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En el horizonte azul y limpio se levantaba el sol sobre una tierra martirizada por la artillería. El ajenjo recalentado desprendía su aroma más penetrante y amargo. En las alturas del Don volvieron a presentarse, entre la niebla, los tanques y la infantería alemanes. Se iniciaba el tercer asalto infructuoso.
La tropa de la unidad que protegía el paso del Don rechazó seis ataques furiosos. A mediodía los alemanes tuvieron que retirarse tras unas lomas y hubo un breve descanso en la batalla.
Sviaguintsev notó un silencio repentino y extraño tras el zumbido atronador de la artillería, el fragor de las explosiones y el ladrido de las ametralladoras de primera línea. Con movimientos pausados se quitó el casco, se pasó la manga de la guerrera con gesto de fatiga por la frente, se enjugó el sudor y habló en voz alta para oír su propia voz:
– Vaya, ahora se ha callado todo…
Aquel silencio sosegado le produjo un sentimiento de satisfacción. Ladeó un poco la cabeza y con concentración casi infantil se puso a escuchar los débiles rumores de la tierra arcillosa que se desprendía de las paredes de su trinchera. Los granos de arena y los trozos de tierra amarillenta y apelmazada caían como en cascada formando lentamente montoncillos en el fondo de la trinchera. De cuando en cuando un guijarro chocaba con los casquillos que había a los pies de Sviaguintsev y producía un tintineo, como si hubiera campanillas bajo la tierra oscura. No lejos de allí zumbaba un saltamontes. Un sonido nuevo atrajo repentinamente su atención y Sviaguintsev volvió la cabeza hacia él. Era un abejorro anaranjado que, zumbando como una cuerda de bajo mal afinada, dio un par de vueltas sobre la trinchera para ir después a posarse en una margarita. Parpadeando velozmente, Sviaguintsev observaba fijamente el balanceo exagerado de la margarita como si fuera un fenómeno que viera por vez primera en su vida. Repentina-mente giró la cabeza con un movimiento de extrañeza: desde algún lugar lejano el viento suavemente perfumado traía hasta sus oídos el grito claro y sonoro de la codorniz.
Los siseos del viento sobre la hierba quemada por el sol, la tímida y sencilla belleza de la margarita con sus pétalos blancos, el revoloteo del abejorro en el ambiente cálido, el canto de la codorniz que le era familiar desde la infancia, todas las menudencias de la vida todopoderosa hicieron que Sviaguintsev se sintiera a la vez alegre y perplejo: «¡Qué cosa tan rara, es como si no hubiera habido una batalla!», pensaba sorprendido. Hacía solamente un instante que la muerte acechaba muy de cerca, y ahora surgían la codorniz, los zumbidos de los insectos, y todo con pleno orden, como si estuvieran en paz y cada uno se cuidara de lo suyo. ¡Milagros, eran milagros!
Sviaguintsev miraba distraídamente a su alrededor; daba la impresión en ese momento de un hombre recién despertado de una pesadilla dolorosa que, con un suspiro de alivio, acepta una existencia sencilla y real. Necesitó un buen rato para asimilar el silencio y adaptarse a él. La calma era tensa, desagradable, como si precediera a una tormenta, y si se hubiera prolongado seguramente Sviaguintsev se hubiera sentido incómodo. Pero al poco rato se oyeron por el lado izquierdo, más allá de la cima, los disparos de las ametralladoras y los morteros alemanes; la inesperada tregua acabó tan repentinamente como se había iniciado.
Un municionero joven a quien apenas conocía Sviaguintsev se arrastró hasta su trinchera y tras un fuerte resoplido le dijo:
– Te traigo municiones. Bueno, qué pasa, barbas, ¿vas a aprovisionarte?
Sviaguintsev se pasó la mano por la mejilla; tenía abundantes pelos medio rojizos; en tono ofendido, preguntó:
– ¿Qué es eso de barbas? ¿Acaso crees que soy un viejo?
– Hombre, tanto como viejo no, pero casi. La barba te ha crecido tanto que casi ni se te conoce.
– ¡Claro que me crece! No tengo tiempo para cuidarme, en una retirada como ésta; deberías comprenderlo. En cuanto a los años, no tengo tantos como para considerarme un viejo -insistió Sviaguintsev algo molesto, mientras tocaba la funda de los cartuchos con sus manos grasientas.
Sin hacer caso de sus protestas, el municionero parlanchín prosiguió:
– ¡Qué padrecito! ¿Te pudres en la trinchera como un alma en pena? ¡No hay alemanes a la vista y prácticamente no disparan! ¡Mejor sería que salieras al sol, a desentumecer tus viejos huesos!
Lo de «padrecito» y «viejos huesos» no había sido del agrado de Sviaguintsev, quien, frunciendo el ceño, preguntó irónicamente:
– Entonces, jovencito, ¿por qué te arrastras barriga en tierra, si no hay alemanes que disparan?
– Es una vieja costumbre -contestó el municionero, sonriendo-. Es mi trabajo, ¿comprendes? Estoy tan acostumbrado a arrastrarme que a veces me parece que no puedo ponerme de pie. Así que casi siempre me arrastro por los suelos…
– Eso es absurdo y poco inteligente; puedes llegar a desacostumbrarte del todo -comentó animado Sviaguintsev.
Se encontraba tan aburrido que le entraron ganas de charlar con aquel mozo. Le preguntó, como se suele hacer cuando se habla con soldados jóvenes, con tono involuntario de indulgencia y protección:
– ¿Eres de la tercera, muchacho? Tu cara me suena.
– Sí, pertenezco a la tercera.
– Y ¿cómo te llamas?
– Utishev.
– ¿Estás casado, Utishev?
El muchacho, sonriendo, hizo con la cabeza un gesto negativo.
– Todavía soy joven. Antes de la guerra no tuve tiempo.
– Vaya, no tuviste tiempo… Pues mira, como eres municionero te olvidarás de andar, y después de la guerra, cuando pienses en casarte, en vez de caminar con las piernas como la gente normal, te acordarás de tus tiempos de guerra y te arrastrarás sobre la tripa para ir a buscar a una muchacha. ¡Se enfadará cuando vea un novio así! Y su madre te dará con una vara en las espaldas, diciéndote: «¡No deshonres a tu novia, sinvergüenza! ¡Camina como es debido!»
– Aunque estás sin afeitar eres un guasón… Tú no me líes. Yo te escucho, pero también llevo la cuenta de los cartuchos. ¡Se acabó! No eres el único que tiene que disparar.
Sviaguintsev quería decirle algo más pero Utishevse arrastró hasta la trinchera contigua y, sin volver la cabeza, añadió con repentina seriedad:
– Oye, barbas, ahorra los disparos y apunta bien, que parece que disparas al aire, como si fuese a una moneda. A tu edad deberías pensar menos en las chicas, y así las manos no te temblarían.
Ante aquella ofensa inesperada, Sviaguintsev se quedó sin saber qué responder; al cabo de un rato rompió a gritar con todas sus fuerzas:
– ¡Le vas a enseñar a tu abuela cómo se dispara! ¡Vaya mocoso estás hecho!
Utishev seguía arrastrándose y tirando de la caja de cartuchos, riendo y sin girarse. Sviaguintsev miró despectivamente sus espaldas, en las que destacaban dos manchas de sal, y advirtió que la cuerda que llevaba en bandolera se le clavaba en la guerrera desteñida por el sol y descolorida, y pensó amargamente: «¡Qué gente poco seria nos ha salido! ¡Sólo el demonio sabe qué clase de gente es! Se diría que son alumnos de Pietia Lopajin… ¡Qué desgracia, qué lástima que no esté aquí Nikolai Streltsof! No hay ni una persona decente con quien hablar.»
Tras esta breve lamentación por la ausencia del amigo, Sviaguintsev puso en orden toda su impedimenta de soldado y arrojó fuera las vainas de los cartuchos que había bajo sus pies, limpió su escudilla con un manojo de hierba y la metió en el hueco de la trinchera; le hubiera gustado ahondar un poco más la trinchera, pero todo su cuerpo se opuso a la idea de empuñar la pala nuevamente y arrancar trabajosamente trozos de tierra seca y dura como la piedra; sintió tal cansancio que decidió inmediatamente: «La verdad es que puede pasar tal como está; no hace falta cavar un pozo. Si la muerte se empeña, también le encuentra a uno en un pozo.»
Unas pocas nubes se dirigían lenta y majestuosamente hacia el este. De vez en cuando una nubecilla blanca parecía menguar la potencia de los rayos del sol; sin embargo, ni esos instantes conseguían refrescar la atmósfera calurosa. La tierra caldeada sólo respiraba calor e incluso la parte de la trinchera que estaba en sombra estaba caliente, hasta tal punto que al propio Sviaguintsev le daba repugnancia apoyarse en ella.
Dentro de la trinchera se respiraba una atmósfera caliginosa y pesada, como un baño turco. Algunas moscas surgidas de no se sabe dónde molestaban con su zumbido. Sviaguintsev, aplanado por el calor del mediodía, se levantó después de haber permanecido un rato echado sobre el capote; se frotó los ojos con el dorso de la mano y al contemplar los tanques destruidos y quemados vio también los cadáveres de los alemanes tirados por la estepa y una gran nube de polvo que dejaba una estela y que se movía más allá de las montañas, sobre el camino dirigido al este, siguiendo paralelamente la corriente del Don. «Los malditos fascistas alemanes preparan algo -pensó mientras seguía con la mirada aquella nube de polvo-. Seguramente producen esta humareda los refuerzos que les llegan. Lo intentarán de nuevo, se reagruparán, se lamerán las heridas y volverán a lanzarse. ¡Sois unos diablos tercos, unos demonios obstinados! Pero nosotros tampoco somos de barro, hemos aprendido a golpear y ahora tendrán que limpiarse la sangre de las narices. ¡Ya no es el año 41! Al principio tuvieron suerte, pero ¡ya está bien!», seguía pensando Sviaguintsev para tranquilizarse a sí mismo. Luego dirigió una mirada al tanque destruido por Lopajin.
La máquina grisácea, hasta hacía muy poco amenazadora, yacía volcada con un gran boquete y callada para siempre, con el cañón a media altura. El primer tanquista había salido por la escotilla y yacía en el suelo con las piernas segadas por una ráfaga de ametralladora. Tenía los brazos totalmente abiertos y el viento movía indolentemente su guerrera desabrochada; el segundo, en cambio, que había sido alcanzado por Sviaguintsev, antes de morir tuvo tiempo de apartarse un poco del carro. Por entre los setos Sviaguintsev veía su nuca morena, su mano quemada echada hacia delante con la manga gris remangada hasta el codo, los herrajes de las botas brillantes a la luz del sol; veía también las cabezas blancas y gastadas de los clavos de las suelas de las botas.
– Con el calor los muertos se hincharán y apestarán de un modo horrible. Con semejantes vecinos nos será imposible respirar -exclamó Sviaguintsev haciendo una mueca de asco.
Notó un cosquilleo en la espalda y una sensación de frío le hizo encoger los hombros. Se acordó del olor nauseabui.do y dulzón de los cadáveres que desde la primavera acompañaba al regimiento tanto en los combates como en las retiradas.
Ya había pasado mucho tiempo desde la época en que Sviaguintsev sentía curiosidad por ver el rostro de los enemigos a quienes mataba; ahora observaba fríamente al tanquista de elevada estatura que yacía no muy lejos de él, abatido por una bala, y sólo deseaba saltar cuanto antes de aquella trinchera angosta en la que seis horas de permanencia eran bastante para enloquecerle, y dormir de un tirón dos días seguidos en cualquier parte sobre un montón de paja fresca de centeno.
Recordó con fuerza el fragante aroma del centeno recién trillado, suspiró por los recuerdos que le asaltaban y hacían palpitar su corazón, se sentó una vez más en el fondo de la trinchera, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Tenía tanto sueño que con gusto habría charlado incluso con Lopajin para apartar de sí la modorra que le invadía. Pero después del cuarto ataque alemán Lopajin se había cambiado a una trinchera de reserva y ahora se hallaba bastante lejos.
En la modorra del calor y la fatiga, en el límite de la vigilia y el sueño, Sviaguintsev veía a su mujer y a sus hijos, al tanquista de la camisa gris a quien había matado, al director del parque de máquinas y tractores; veía también un riachuelo de poco caudal, desconocido, de corriente rápida, y un guijarro pulimentado y de colores en su lecho… El riachuelo corría entre abruptas márgenes de arcilla con un murmullo cada vez más fuerte y sonoro; Sviaguintsev, sin querer, se despabiló y abrió los ojos: por encima de él, en el cielo, pasaba una formación de seis aviones que se dirigían a lo lejos, dejando tras de sí el rugir de los motores.
Sviaguintsev era hombre de carácter eminentemente práctico y no siempre ni en cualquier momento le gustaba la aviación; sólo la apreciaba cuando le protegía desde el aire y cuando bombardeaba ante sus propios ojos las posiciones enemigas. Por eso acompañaba a aquellos cazabombarderos con la mirada fría y soñolienta de sus ojos inflamados por el sueño, y murmuraba con rabia:
– ¡Otra vez venís con retraso! Mientras los alemanes nos atacaban y bombardeaban como si estuviéramos atados, probablemente vosotros estaríais bebiendo café y poniéndoos vuestras malditas botas; y ahora, cuando todo se ha acabado, os presentáis para arar en el agua y quemar el combustible del Estado… ¡No sois más que unos derrochadores de gasolina!
No tuvo tiempo para acabar de refunfuñar: los alemanes habían iniciado la preparación artillera y en la primera zona se concentró rápidamente una fuerte lluvia de proyectiles. Sviaguintsev se olvidó al momento de los aviones y del resto del mundo.
Cientos de explosiones de proyectiles y minas zumbaban y rugían desgarrando la atmósfera caliginosa; los trozos de metralla volaban por los aires para incrustarse cerca de las trincheras, levantando verdaderos surtidores de tierra y humo y atravesando la sinuosa línea de defensa, que estaba plagada de hoyos. Las explosiones se sucedían una tras otra con velocidad inverosímil y cuando varias de ellas coincidían sobre la tierra estremecida por los disparos, se levantaba un gran rumor sordo que vibraba pesadamente y lo aplastaba todo.
Hacía tiempo que Sviaguintsev no veía un fuego tan concentrado y denso, hacía tiempo que no sentía una desesperación tal que le dejaba el corazón aterido. Las minas y los proyectiles caían cerca, abundantes y ensordecedores, y aquel ruido infernal crecía tanto que Sviaguintsev empezaba a perder el ánimo y la valentía que le caracterizaban desde siempre, y hasta perdía la esperanza de salir con vida de aquel infierno…
Las noches insomnes, el cansancio extenuante y la tensión de un combate de seis horas contribuyeron lo suyo, y cuando estalló un proyectil a la izquierda de su trinchera y entre el fragor de la lucha oyó el grito de su vecino herido, en el interior de Sviaguintsev algo pareció truncarse. Se estremeció, se apoyó con fuerza contra la pared delantera de la trinchera, con el pecho, con los hombros, con su corpachón, y apretó los puños tanto que los dedos se le durmieron. Abrió los ojos desmesuradamente y le pareció que a causa de las explosiones toda la tierra se movía y se abría a sus pies como en una sensación febril; impelido por un fuerte temblor, se apretó aún más contra el suelo, que también trepidaba, buscando una protección que no halló. En ese momento de desesperación perdió su maravillosa idea de que quizá a otros no, pero a él, a Iván Sviaguintsev, la tierra patria le protegería de la muerte…
Por unos momentos atravesó su mente una idea clara: «Tenía que haber cavado más hondo la trinchera.» Luego ya no tuvo ideas cuerdas; sólo sentía el corazón oprimido de terror. Sviaguintsev cerró los ojos involuntariamente mientras dejaba caer las manos sobre las rodillas; inclinando mucho la cabeza, tragaba saliva con dificultad, pues se le había vuelto amarga como la bilis; se puso a rezar en silencio.
En su lejana infancia, cuando estudiaba todavía en la escuela parroquial, el pequeño Vania Sviaguintsev iba con su madre a misa todos los días festivos; se sabía de memoria todas las oraciones, pero desde entonces, durante muchos años, no había molestado a Dios con petición alguna y se le habían olvidado todas las oraciones. Por eso rezaba a su manera, de forma breve y reiterada, susurrando continuamente lo mismo. «¡Señor, sálvame! ¡No dejes que me pierda!»
Pasaron unos momentos de angustia interminables. El fuego no cesaba. Sviaguintsev levantó de pronto la cabeza, volvió a apretar con fuerza los puños hasta que le crujieron las articulaciones y miró con sus ojos hinchados, centelleantes de rabia, la pared de la trinchera de la cual se desprendían montones de tierra. Se puso a gritar en alta voz, diciendo palabrotas y blasfemando. El mismo Lopajin habría sentido envidia de haberle oído. Pero tampoco esto le alivió. Se calló. Gradualmente se apoderaba de él una indiferencia cada vez mayor… Se quitó de la barbilla la correa resbaladiza y mojada de sudor, se desprendió del casco, presionó la mejilla grisácea contra la pared de la trinchera y, harto ya y sin interés por nada, dijo en su interior: «¡Que me maten pronto, que acaben ya…!»
Alrededor, todo rugía y tronaba en medio del polvo y de los relámpagos amarillos de las explosiones. La aldea, abandonada por sus habitantes, ardía por todas partes. Sobre las casas, polvorientas por el tiroteo, se alzaban las alas imprecisas de una gran nube de polvo. Por encima de las trincheras flotaba el olor corrosivo a pólvora mezclado con el amargo humo de los árboles y la paja quemados.
El fuego de preparación artillero no duró más de media hora pero al aterrorizado Sviaguintsev le pareció haber vivido toda una segunda existencia. Acababa de asaltarle un deseo insensato: saltar de su agujero y dirigirse corriendo a la montaña, al encuentro de la negra masa que avanzaba hacia las trincheras. Tuvo que hacer un gran esfuerzo de voluntad para no cometer tan insensata acción.
La artillería alemana dirigió su fuego al fondo de la línea de defensa. El sordo ruido de los proyectiles crecía en el poblado en llamas e incluso más lejos, por el pequeño robledal esparcido por la pradera anegada. Sviaguintsev, hundido y envejecido en esa media hora maldita, se puso maquinalmente el casco, frotó con la manga el cerrojo y el punto de mira del fusil y echó un vistazo fuera de su trinchera.
Más allá de las montañas, en la lejanía, la compacta infantería alemana iba avanzando bajo la protección de los carros de combate. Sviaguintsev oyó, amortiguado por la distancia, el ruido de los motores, el griterío de los soldados alemanes que iban al ataque, y sin saber cómo ni por qué se le hizo un nudo en la garganta. Haciendo un esfuerzo logró reaccionar.
Aunque su corazón seguía latiendo acelerada y desacompasadamente, ya no quedaba en él rastro alguno del desánimo que había sufrido. La lenta penetración de los carros enemigos, acompañados por los gritos de los alemanes, representaba un peligro evidente contra el cual se podía actuar; y Sviaguintsev estaba acostumbrado a hacerlo. Al fin y al cabo, había algo que dependía también de él, de Iván Sviaguintsev. Por lo menos ahora podía defenderse y no quedarse sentado, cruzado de brazos, esperando triste e impotente que un alemán invisible, atontado por el calor, hiciera blanco en su trinchera disparando al azar…
Sviaguintsev bebió un trago de agua tibia que sabía a barro y se recobró definitivamente. Al principio sintió unos terribles deseos de fumar, pero se dio cuenta de que no tendría tiempo para liar un cigarrillo y fumárselo entero. Recordó el pánico que había experimentado hacía poco y cómo había rezado, con qué pena, y pensó como si se tratara de otra persona: «¡Hay que ver lo que han hecho con el hombre, a qué punto le hacen llegar! ¡Bestias!» Luego imaginó la cáustica sonrisa del rostro de Lopajin y en seguida pensó, precavido: «Tengo que callarme todo esto. ¡Dios me libre de contárselo a Piotr! ¡No me dejaría vivir, acabaría haciéndome la vida imposible! Desde luego, a mí la religión no me está prohibida, puesto que no soy del partido. De todos modos no es muy… aunque no estoy seguro…»
Recordando lo que había pasado experimentaba cierto descontento, una ligera sensación de vergüenza, pero no tenía tiempo ni ganas de buscar razones de peso para justificarse. Se maldijo a sí mismo y pensó: «¡Ay, qué desgracia, que haya rezado un poco! Bueno, la verdad es que he rezado muy poco… ¡Aún podría hacer cosas peores, si el destino me obligara! La muerte no le cae bien a nadie, resulta horrible a todos, al que es del partido, al que no lo es y a cualquier persona, sea lo que sea.»
La artillería enemiga concentró otra vez el fuego en la primera línea, pero ahora Sviaguintsev ya no se tomaba a pecho todo lo que sucedía alrededor suyo: el fuego enemigo ya no le parecía tan arrollador y las bombas no removían la tierra solamente alrededor de la trinchera, como creía antes, sino que, siguiendo el designio alemán, iban ribeteando la línea defensiva destruida.
La infantería alemana se acercaba a la línea de fuego y a las trincheras. Los soldados, erguidos, avanzaban en formación compacta; los tanques disparaban sobre la marcha y haciendo pausas. Sin embargo, Sviaguintsev se dio cuenta de que el fuego Je respuesta iba en disminución y se debilitaba. Entonces llegó en nuestra ayuda la artillería pesada. A lo lejos, más allá del Don, se oyó un trueno de cuatro explosiones juntas; los proyectiles, con un grave y fuerte susurro, trazaron sobre las trincheras arcos invisibles y pronto empezaron a verse inmensas columnas de tierra que se desintegraban en el aire, ante las filas alemanas.
Los tanques avanzaban con rapidez para salir de la zona batida. Sin darles alcance, la infantería alemana corría tras ellos.
Sviaguintsev observaba con el corazón en un puño cómo los grupos de soldados enemigos caían derribados por las explosiones, evitaban cráteres, se acercaban rápidamente, astutamente diseminados y muy disminuidos en número. Muchos de ellos disparaban las ametralladoras sin dejar de correr. ¡Y de pronto pareció volver a la vida nuestra primera línea, hasta entonces silenciosa y secreta! Daba la impresión de que todo lo vivo hacía tiempo que había sido barrido por la artillería enemiga, arrasado por completo. Pero cuando los puestos supervivientes empezaron a actuar todos a una, la infantería alemana se vio sesgada por un mortífero chaparrón de fuego de ametrallado-ras. Los alemanes se echaron cuerpo a tierra pero poco después empezaron a efectuar breves carreras de aproximación.
Durante unos instantes Sviaguintsev levantó la vista que tenía fija en tierra; nada se había alterado arriba, en el cielo, durante aquella media hora; el firmamento seguía tan azul como antes, tranquilo e inalterable en su profundidad; las nubes se movían lentamente en la misma dirección, separadas, como quemadas por el sol y un poco ahumadas en sus bordes, impulsadas continuamente por un airecillo que las orientaba hacia el este. Sviaguintsev pudo ver un retazo de ese mundo azul lleno de sol, pero todo lo que tuvo tiempo de divisar en una mirada rápida atravesó su corazón de parte a parte como la apesadumbrada sonrisa de despedida de una mujer, toda llena de lágrimas…
Junto a la mejilla de Sviaguintsev, cerca de su ojo entornado, se mecía una margarita inclinada y cubierta de polvo, molestándola el campo de visión. Las ramitas gris azulado de ajenjo también se movían; más allá de los matojos de hierbas se dibujaban distintamente las figuras de los enemigos que aumentaban de tamaño según se acercaban, inexorablemente.
Eran ocho los soldados alemanes que se dirigían directamente a la trinchera de Sviaguintsev. Los encabezaba, inclinándose un poco hacia adelante, como si le diera un fuerte viento de frente, un oficial. Mientras caminaba movía distraídamente una vara que llevaba en la mano; luego se volvió y al parecer transmitió una orden. Los soldados echaron a correr hasta alcanzarle.
Sviaguintsev apuntó al oficial, contuvo la respiración un instante y disparó. Esperaba que el oficial cayera, pero éste siguió su avance como si nada. Maravillado del arrojo del oficial y al mismo tiempo indignado consigo mismo, Sviaguintsev disparó por segunda y tercera vez. Era metódico y al mismo tiempo se precipitaba; efectuó dos disparos más. El oficial seguía como si estuviera embrujado, incluso parecía que acelerase el paso; y, como antes, movía juguetonamente el bastón que llevaba en la mano, como si fuera de paseo. Pareció que decía algo a los soldados que le seguían.
«¡El muy perro debe estar borracho!» se le ocurrió pensar a Sviaguintsev; y con manos temblorosas se apresuró a llenar de nuevo el cargador; sus dientes rechinaban de rabia e indignación. «Espera y verás. ¡Te haré besar el suelo! Llevarás a la tierra tu…»
Mientras cargaba el arma, el sargento Nikiforov derribó con dos ráfagas cortas al oficial y a tres de sus soldados. Los cinco restantes, amedrentados ante tales pérdidas, se refugiaron rápidamente en los cráteres que había por aquella zona y empezaron a disparar como si quisieran terminar la munición lo antes posible.
Por algún lugar de la derecha se oía el rugido de los tanques. En el fragor de la lucha Sviaguintsev justamente oyó la voz del teniente Golostchiekov que, aunque ronca, sonaba muy aguda:
– ¡Deja que pasen los tanques! ¡Deja que pasen los tanques! ¡Fuego a la infantería!
A lo largo de toda la línea defensiva ocupada por la compañía, así como en el sector vecino, hacia donde avanzaba principalmente el enemigo, la infantería alemana, que había quedado retrasada de los tanques por el fuego a que estaba sometida, se echó a tierra; pero luego se levantó para seguir a los tanques e ir ganando posiciones protegida por los mismos, en espera del ataque decisivo.
Los alemanes estaban ya bastante cerca. Sviaguintsev oía perfectamente las órdenes del mando alemán, extrañas impresiones del odiado lenguaje enemigo, y los fuertes latidos de su corazón le llenaban el pecho. Disparaba y al mismo tiempo escuchaba con impaciencia: ¿cuándo empezaría a oírse la ametralladora de Nikiforov, que se había quedado muda? Pero la ametralladora guardaba silencio. «Ahora, a la bayoneta», se dijo Sviaguintsev sintiéndose irremediablemente perdido, mientras palpaba una granada con manos sudorosas. La emoción le dificultaba la respiración, abría las fosas nasales e inspiraba el aire caliente, que olía a humo, con un ronquido, como un caballo al que obligaran a correr.
A los pocos minutos los alemanes se levantaron gritando. Como a través de una niebla Sviaguintsev vio las guerreras de color verde grisáceo, pudo oír fuertes pisadas y el retumbar de las explosiones de las granadas de mano, los estallidos rápidos de los disparos, las ráfagas de las ametralladoras, entrecortadas y continuas. Echó un vistazo rápido e iracundo a ambos lados; de las demás trincheras ya saltaban los camaradas, sus cámara-das entrañables, hermanos en la vida y en la muerte. No eran muchos, pero el claro «hurra» que lanzaron en el momento de avanzar sonaba ardiente y amenazador.
El soldado Sviaguintsev saltó de su trinchera como lanzado por una catapulta; su cuerpo voluminoso parecía haberse aligerado e incluso le pareció haber perdido parte de su peso habitual; con la ametralladora en la mano, echó a correr hacia delante, sin dejar de mirar a los alemanes que se le aproximaban; sintió que todo el peso del fusil pasaría en seguida al extremo de la bayoneta.
Sólo tuvo tiempo para alejarse unos metros de la trinchera. A sus espaldas relampagueó una llama, sonó un ruido ensordecedor y Sviaguintsev cayó de bruces en la oscuridad más absoluta, que se abrió de improviso ante sus ojos enloquecidos y desorbitados por un dolor fortísimo.