39018.fb2 Lucharon Por La Patria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 14

Lucharon Por La Patria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 14

13

Antes de que llegara el anochecer los alemanes disminuyeron la intensidad de su ataque. Fatigados por los extenuantes intentos de apoderarse de los puentes del Don, se hicieron fuertes en las cotas de las montañas cercanas y, sin iniciar ataques en toda regla, se dedicaron a bombardear ininterrumpidamente el paso del río y los caminos desiertos que discurrían por la pradera. El fuego de la artillería y de los morteros no se detenía.

Ya por la tarde la unidad de cobertura había tenido conocimiento de la orden de replegarse hasta la ribera izquierda del Don. Tuvieron que esperar al anochecer para empezar a retirarse silenciosamente de sus posiciones. Evitando las ruinas incendiadas del pueblo, cruzaron los campos y sin seguir camino alguno se retiraron hacia el Don.

Iba al mando de la compañía el cabo primero Popristshenko. Los soldados iban relevándose para llevar la camilla del teniente Golostchiekov, que había caído gravemente herido. Cerraba la marcha Lopajin, enfurecido y malhumorado como un diablo.

Apartado de él avanzaba Kopytovski, agobiado por el peso de una mochila llena de cartuchos y del fusil antitanque del soldado Borsij, que había muerto.

Volvieron a pasar por el lugar que habían visto aquella mañana; antes brillaba la hojarasca verde del huerto y se oía el alegre canto de los pájaros. Ahora sólo se veían troncos carbonizados, como golpeados por una tormenta de fuerza irresistible. Los árboles, arrancados de la tierra, quebrados y malheridos, yacían desordenadamente; el ramaje estaba destrozado por la metralla. Lopajin se paró un momento junto al gran pozo y contempló la mancha oscura del carro alemán abrasado en la penumbra. Su masa seguía recostada sobre uno de los flancos; una de las orugas aplastaba unas frambuesas y la vieja noria del molino, molino gracias al cual en otro tiempo allí habían nacido, crecido y fructificado los árboles. En la atmósfera abrasadora imperaba una mezcla de olores: lubricante, hierro caliente y carne achicharrada; pero ni ese olor tan repugnante llegaba a cubrir el aroma suavísimo, presente antes que todos los demás, de la hierba prematuramente agostada, que no había llegado a florecer. De aquel huerto casi desaparecido surgía un hálito grato y maravilloso.

Arrastrando las botas por entre los setos destrozados de las zarzamoras, Kopytovski se le acercó suspirando y dijo en voz baja:

– ¡Qué asco de vida la nuestra! Si por lo menos pudiéramos fumar…

– Se diría que te has aburrido. Aguanta sin fumar -le replicó Lopajin con sequedad.

– ¡Aguantar, aguantar! -exclamó Kopytovski de malhumor-. Desde luego, el soldado ruso lo soporta todo, pero su paciencia no es de hierro. Yo he aguantado tanto que mi paciencia ya ha rebasado el límite…

Lopajin seguía mirando con fijeza y en silencio el oscuro y enorme tanque. Kopytovski se acomodó el macuto a las espaldas y dijo:

– Tengo muchas ganas de fumar, ¡y no digamos de comer! Todo depende de la naturaleza de cada uno; algunos, cuando tienen miedo sólo sienten deseos de vomitar, mientras que a mí, cuando me asusto, me entra el hambre. ¡Y el día de hoy ha sido de miedo! ¡Cómo nos atacaba el maldito alemán! Yo ya me había apuntado en la lista de los muertos y creí que me olvidaría de respirar. Pero no fue así.

Lopajin no prestaba atención a Kopytovski; con voz queda y señalando el tanque, dijo:

– Esto ha sido trabajo de Kochetigov, que ya no se encuentra entre los vivos; ha muerto como un héroe. ¡Qué buen muchacho era!

Aunque no se podía evitar, resultaba desagradable hablar de la muerte de los camaradas; y por eso existía el acuerdo tácito de no mencionarla. Pero fue como si Lopajin rompiera el acuerdo, y eso que por lo general no era aficionado a desahogarse. De pronto empezó a hablar, con un susurro:

– ¡ Ese muchacho era todo fuego! Un auténtico secretario del Konsomol. No hay nada parecido en el regimiento. ¡Qué digo en el regimiento! ¡Ni en todo el ejército! ¿ Viste cómo quemó el tanque? Ya le había aplastado, le había cubierto de tierra hasta la mitad del cuerpo, le había estrujado el pecho… Yo mismo vi cómo le salía la sangre por la boca. Pero se irguió en la trinchera, se levantó con el último aliento y lanzó la botella. ¡Y lo incendió! ¿Llegará a saber su madre cómo ocurrió? ¿Cómo podrá vivir después de lo sucedido? Yo mismo disparé sobre ese tanque maldito. ¡Pero no acerté, no le di! ¡Maldito! Tenía que haber disparado antes, y no de frente, sino de lado… ¡Qué estúpido soy! ¡No soy más que un viejo tres veces maldito por Dios! Yo me precipité y el muchacho perdió la vida… No había tenido tiempo de vivir, apenas había salido del cascarón, pero tenía un corazón de águila. ¡De qué heroicidad ha sido capaz! Y yo, hermano, cuando veo matar ante mí a criaturas así, me entran ganas de llorar… ¡De llorar y de matar sin compasión a esos cerdos alemanes! Para mí, morir es algo completamente distinto, yo soy un hombre maduro y he saboreado todos los aspectos de la vida. Pero cuando caen personas como Kochetigov, mi corazón no lo aguanta, ¿comprendes? ¿Cómo van a pagar eso los alemanes? ¿Con qué? Fíjate en esa carroña alemana que se ha quedado aquí; apesta y, no obstante, mi corazón está sediento de venganza. ¿Y cómo van a pagar por las lágrimas de la madre? ¡Me mancharé de la sangre de los alemanes hasta las rodillas, hasta el cuello, hasta las narices, y consideraré que no han pagado! ¡Que ni siquiera han empezado!

A Kopytovski le extrañaron y preocuparon las palabras de Lopajin, con su defecto de pronunciación y desconexas como si fuera un borracho. Al principio le escuchaba con indiferencia; para quitarse las ganas de fumar, se echó a la boca un trocito de tabaco de mascar que había picado previamente. Masticó el amargo pedacito de tabaco que le escocía el paladar y las encías sin comprender qué le ocurría a Lopajin, siempre tan comedido, para ahora, de repente, exteriorizarse de semejante modo. ¡No parecía Lopajin, no parecía el mismo! Finalmente, Kopytovski se tragó la saliva amarga producida por el tabaco e intentó examinar con detenimiento, en la oscuridad, el rostro de Lopajin. Pero estaba de medio lado, con la cabeza muy inclinada; en su entonación y en la postura de su cabeza había algo que sacó a Kopytovski de sus casillas. Todos esos comentarios y recuerdos sobre la muerte de Kochetigov estaban fuera de lugar, no era el momento apropiado, Kopytovski estaba convencido de ello. Venciendo su emoción, dijo decidida y tajantemente:

– ¡Basta! En este momento pareces una mujer. Qué, han matado al muchacho, ¿y a otros muchos no? No puedes pagar por todos ellos, y de todas formas eso no es asunto tuyo ni mío. Además esta conversación no lleva a nada. Vamos, muévete, que los muchachos ya se alejan y vamos a quedarnos atrás.

Lopajin se volvió rápidamente y, sin pronunciar una palabra, echó a andar. Pasaron sin hablar junto a las ruinas de la central lechera, sumidas en tinieblas violáceas; con paso sólido, pisoteaban los trozos de ladrillos, que crujían bajo sus botas. Una vez en el bosque, cuando se sentaron un instante a descansar, Lopajin rompió el prolongado silencio:

– ¿También ha muerto Sviaguintsev?

– ¿Qué sé yo?

– Tú has dicho que viste cómo caía.

– Sí, pero no sé si muerto o herido; no le he tomado el pulso.

– A lo mejor no era él. Tal vez no fuera él… No se distingue bien en medio de la confusión… -dijo Lopajin con acento de esperanza en la voz.

Kopytovski notó en la temblorosa voz de Lopajin cierta lastima desconocida; involuntariamente se conmovió y le respondió en otro tono:

Sí, Sviaguintsev ha caído. Estoy seguro de que lo he visto. I In morterazo estalló detrás de él y ¡al suelo! Herido mortal-mente o lo que sea, eso no lo sé.

– ¿ Tú qué sabes? ¿ Qué vas a saber tú? ¡ No entiendes nada de nada! ¿Qué quieres saber, si te falta ese aparato? -le espetó Lopajin, excitado y mordaz -. Levántate, vamos. Te has instalado ahí como si estuviéramos en un balneario. ¡Menudo elemento estás hecho!

Estas palabras sí que eran del Lopajin de antes, el de siempre, v su voz sonaba como antes; toscamente, con una tirantez sorda. Kopytovski se sintió en cierto modo aliviado y guardó silencio; con el Lopajin anterior era más fácil convivir…

De nuevo caminaban sumidos en la profunda oscuridad, tropezaban con las raíces quemadas de las encinas, se enganchaban en las ramas tronchadas de los arbustos y se orientaban por el sonido de los pasos que les precedían. En la vaguada, al llegar al cruce de caminos, fueron atacados por los morteros enemigos. Se tumbaron durante unos momentos apretando fuertemente los cuerpos contra el suelo frío y arenoso; poco después el cabo primero les ordenó levantarse y cruzar corriendo el camino. Disparaban a ciegas y no tuvieron bajas.

Cuando se acercaban a la presa medio destruida, donde los alemanes disparaban aprovechando un poco de luz, se encontraron de nuevo bajo el fuego; en esta ocasión permanecieron durante media hora pegados a los matorrales.

La oscuridad se rasgaba con las explosiones, era atravesada por los haces de luz que describían las balas de fogueo. A menudo se encendía en las montañas donde se hallaban los alemanes una cegadora luz blanca de bengala; su resplandor se posaba sobre las copas de los árboles, discurría suave y caprichosamente por entre las ramas, y después, repentinamente, se apagaba. De noche, en el bosque, los estallidos tenían un sonido sordo. Kopytovski, asombrado, exclamaba:

– ¡Aquí resuena como en un barril de hierro!

Les llamaron desde el otro lado de la presa. El rayo de una linterna cubierta por el bajo de un capote brilló pálidamente y se apagó en seguida. Se oyó una voz de bajo, con acento bonachón:

– Bueno, ¿hacia dónde marcha la infantería? ¿Hacia dónde? Pateáis como ovejas y por aquí todo está minado. Seguid por la izquierda de la presa, unos cien metros más a la izquierda… ¿Cómo que no está señalizado? ¡ Incluso demasiado señalizado! Mira los postes clavados y los centinelas repartidos… ¿Que dónde está la línea divisoria? Pues al otro lado de la vaguada os saldrán al encuentro y os indicarán el camino. Allí os acompañarán los hermanos zapadores. Los zapadores son capaces de todo; pueden llevaros al otro mundo e incluso más lejos… ¿Qué es eso? ¿Un herido? ¿Es un teniente? ¡Mala suerte! Por ese camino se os hará trizas. Deberíais ir por la izquierda, allá el terreno es más llano.

Los fragmentos de conversación captados por Kopytovski le pusieron de un humor sombrío.

– ¿Has oído, Lopajin, lo que dice ese pelagatos? -exclamó irritado-. Hablan de nosotros como de simple infantería, y ellos, ¿qué hacen? ¡Vaya con los zapadores! Toda la vida con el hacha y las palas, y ahora vienen con guasas… Colocan minas y luego plantan unos postecitos para cercarlas. Ni que esto fuera un campo de pruebas. Aquí tropieza uno con un poste de telégrafos y hasta que no se pega de frente, no se entera… Desgraciados, sorbecaldos, palurdos, topos… No se ve nada a dos pasos y encima ponen postecitos… Si ese zapador del diablo se hubiera dormido, ahora podríamos estar metidos en un campo de minas, por las buenas. ¡Bonito asunto! Nos libramos de los alemanes y por poco volamos sobre nuestras propias minas… Tenemos que cruzar el maldito Don y allá nos encontraremos seguros. Ahí tienes, ¡hala!, un poquito más y nos metemos en nuestro propio campo de minas. ¡Cosas como esta ocurren a porrillo! Cuando parece que uno ha conseguido algo, todo se va al demonio. En nuestro koljós ocurrió algo curioso antes de la guerra. Un contable anduvo detrás de una chica cerca de tres años, ella trabajaba como telefonista en el soviet agrícola. Él insistía pero ella no le hacía ningún caso porque no le gustaba y no sentía amor por él. Pero el hijo de perra logró salirse con la suya. Se puso tan pesado que finalmente ella accedió a casarse con él. Se dice que el agua llega perforar la piedra, y eso es lo que sucedió en este caso: tres años tardó en conseguir lo que quería. La chica decía a sus Mitigas llorando: «Me caso con él porque no me deja en paz, no porque sienta hacia él algún cariño.» En una palabra, que todo llegó a su fin y se inscribieron en el registro civil. El día de la boda por la tarde el contable reunió a sus amistades. Sentado a la mesa, estaba orondo como un cerdo untado de mantequilla; se sentía orgulloso, muy orgulloso de sí mismo. Pero allí mismo, al poco rato, sentado a la mesa, se murió. ¿Sabes cuál fue la causa? ¡Se atragantó con un trozo de pastel! No sé si de alegría o de glotonería, pero el caso es que se lo tragó emérito,.ni masticar, y se le atravesó en la garganta. ¡Y se acabó! Le dieron golpes en la espalda, incluso con sillas, le pusieron cabeza abajo, pero todo resultó inútil. A pesar de los innumerables esfuerzos, que no sirvieron para nada, acabó asfixiado. Fíjate, la joven telefonista enviudó allí mismo para satisfacción suya… Y todavía podría contarte otras muchas anécdotas del koljós…

– Déjate de majaderías -dijo Lopajin con tono tajante. Kopytovski se mantuvo en silencio con resignación. Un momento después tropezó con un tocón, trastabilló y cayó a tierra cuan largo era.

– ¡Contigo se podría tapar un boquete en el puente! – exclamó Lopajin.

– Es*que esto está tan oscuro… -dijo Kopytovski con aire culpable, como si quisiera justificarse, a la vez que se frotaba la rodilla.

Después de lo que había pasado a lo largo del día, Kopytovski no estaba dispuesto a callarse; al cabo de un rato dijo:

– Lopajin, ¿sabes a dónde nos conduce el cabo primero?

– Hacia el Don.

– No es eso, quiero saber si nos lleva hacia el puente o hacia dónde.

– Más hacia la izquierda.

– ¿Y cómo vamos a vadear el río? -preguntó Kopytovski asustado.

– Con las narices -cortó Lopajin.

Kopytovski siguió caminando en silencio durante unos minutos y luego dijo, conciliador:

– ¡No te enfades, Lopajin! Te enfadas en seguida… ¿Y por qué, me pregunto? ¿Eres tú el único amargado o qué? Todos estamos igual de mal.

– Me enfado porque sólo sueltas tonterías.

– ¿Cómo que tonterías? Me parece que no he dicho nada de particular.

– ¿Nada? ¿Cómo que no has dicho nada? ¿No ves que los alemanes están acechando el puente?

– Ya lo veo, claro.

– Lo ves y encima preguntas si vamos al puente o a dónde. Sólo haces preguntas. Pues está bien claro, sólo faltaría que nos llevaran al puente batido… Y, además, deja de hacerme preguntas estúpidas y no me vengas pisando los talones, porque te daré un codazo que te hará salir sangre de las narices.

– Ponte farolillos en los talones, que en la oscuridad no se te ven. Ahora resulta que tienes los talones delicados… -refunfuñó Kopytovski.

– Te colgaré los farolillos a ti, si llega el caso, pero de momento no me empujes. No eres una vaca ni yo soy un ternero, ¿entendido?

– Pero si yo no te empujo…

– Procura mantener la distancia, ¿de acuerdo?

– Ya guardo la distancia.

– ¿Qué distancia ni que demonio, si no haces más que pisarme los talones? ¿Por qué te arrastras detrás de mí?

– No me arrastro tras de ti, no me hace ninguna falta.

– ¡Claro que te arrastras! ¿Acaso temes perderte?

– Otra vez te has enfadado – dijo Kopytovski desanimado -. No es que tema perderme, pero eso de vadear el río sin puente… ¿Cómo te diría yo? ¡Bueno, pues tengo miedo! ¿Y qué? A ti te resulta fácil porque sabes radar, pero yo no sé nadar ni un poco. ¡Y sólo faltaba eso! Vamos más a la izquierda del puente y allí no habrá lanchas, estoy seguro. De modo que tendremos que cruzar el río por nuestros propios medios, y eso no me gusta nada. He vadeado el Donetz por mí mismo, y ¡vaya una broma…!

¿No eres capaz de dejar de cotorrear? -dijo la voz de Lopajin en la oscuridad con irritada amabilidad.

Kopytovski, abatido aunque con terca resolución, dejó oír su voz de bajo:

¡No, no me callo! Después de todo, sólo me queda de vida hasta que lleguemos al Don y tengo que decirlo todo antes de morir. Incluso hay una ley que permite decir todo lo que se quiera antes de la muerte. Cuando dicen que hay que vadear por los propios medios, eso, si no sabes nadar, no significa nada; si no sabes, tápate la nariz con los dedos lo más fuerte posible y baja al fondo a hacer compañía a los cangrejos… Cuando recibimos la orden de cruzar el Donetz, el comandante nos dijo: «¡Muchachos, emplead vuestros propios medios! ¡Seguidme! ¡Rápido!» Eché al agua un bidón de gasolina de los alemanes vacío, me agarré a él y empecé a mover los pies con la Intención de atravesar el Donetz. Llegué hasta el centro no sé cómo, empujado por la corriente o por el viento. Luego, en cuanto la ropa se me empapó, empecé a separarme del bidón. El maldito no hacía más que dar vueltas en el agua y yo también, de un lado para otro. Unas veces tenía la cabeza fuera, otras dentro del agua. Una vez abrí los ojos y, ¡madre mía, qué hermosura! El sol, el cielo azul, los árboles en las riberas… Los abrí otra vez y, ¡maldita sea!, tenía el agua verdosa alrededor, apenas se veía el fondo y junto a mí iban subiendo unas burbujas claras. Claro, yo había soltado el bidón y bajaba hacia el fondo… Menos mal que un camarada se zambulló y me sacó. -¡Qué lástima que lo hiciera! ¡No tenía que haberte sacado! se lamentó Lopajin.

– Lo que quieras, pero me sacó. Desde luego, tú no me hubieras sacado. ¿Qué cosa buena cabe esperar de ti? Por eso no quiero saber nada de los propios medios. Es mejor estar bajo el fuego enemigo pero en un puente. Por eso se me corta la respiración al recordar la cantidad de agua que tragué en el Donetz… De golpe me metidos cubos llenos, tenía que tragarla a la fuerza…

– No te quejes tanto, Sashka. ¡Cállate un rato! De una forma o de otra, esta vez podrás vadearlo -le dijo Lopajin para animarle.

– ¿Cómo voy a vadearlo? -exclamaba deprimido Kopytovski-. ¿Acaso estás sordo? Te estoy diciendo todo el rato que no sé nadar y aún quieres que lo cruce. Encima me has cargado el macuto de cartuchos y además el fusil de Borsij, y también llevo el capote, y el fusil ametrallador con sus peines de balas, y la pala como los zapadores, y mis zapatos, que pesan lo suyo… Incluso sabiendo nadar, con toda esta impedimenta cualquiera se hunde; figúrate el que no sabe, como yo. Basta de meterse en el agua hasta las rodillas para caerse y morir allí mismo. ¡Forzosamente tengo que ahogarme con todo esto! No sé por qué llevo tantos cartuchos y tanto equipo, será para martirizarme antes de morir. ¡No lo entiendo! En cuanto llegue al Don lo echaré todo al agua, me quitaré los pantalones y me ahogaré desnudo. Desnudo a lo mejor resulto más agradable…

– ¡Haz el favor de callarte, no te hundirás! El estiércol no se hunde -murmuró de mal humor Lopajin.

– Claro que el estiércol no se hunde, Lopajin. Pero tú vadearás el río al primer intento, mientras que de mí no quedará nada. En cuanto lleguemos al Don te regalaré mi maquinilla de afeitar como recuerdo. No soy tan rencoroso como tú, yo no recuerdo las cosas malas. Tú te afeitas a tu gusto con mi maquinilla y te acuerdas de Alexandr Kopytovski, que se ahogó heroicamente.

– ¡Vaya pajarracos corren por el mundo! -masculló Lopajin entre dientes acelerando el paso.

Caminaban insultándose en voz baja, con los pies hundidos en la tierra hasta los tobillos. Empezaron a descender por la vertiente arenosa de la colina y al fin pudieron ver la franja grisácea del Don a la luz que se filtraba por entre los matorrales. Había varias barcas amarradas a la orilla y mucha gente permanecía en pie con las botas hundidas en la arena.

– ¡Sashka, dame la maquinilla! ¿Oyes lo que te pido, ahogado? – exclamó Lopajin severamente.

Pero Kopytovski, contento ya y con tono burlón, repuso: – ¡No amigo, ahora me servirá a mí! ¡Estoy vivo otra vez! Sólo con ver la balsa es como si hubiera nacido por segunda vez.

– ¿Eres tú, Lopajin? -gritó en la oscuridad el cabo primero Popristshenko.

– Sí -contestó Lopajin con desgana.

El cabo primero se separó del grupo que estaba junto a la balsa y fue a su encuentro, haciendo crujir a su paso las conchas menudas que pisaba. Se plantó delante de Lopajin y dijo con voz turbada:

No ha conseguido llegar hasta aquí. El teniente ha muerto. Lopajin puso el arma en el suelo lentamente y se quitó el casco. Permanecieron de pie, silenciosos. Un vientecillo cálido, casi agradable, y húmedo, les soplaba el rostro.