39018.fb2 Lucharon Por La Patria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 19

Lucharon Por La Patria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 19

18

Al iniciarse la conversación Streltsof escudriñaba con atención los gestos de Nekrasov y de Lopajin: pero al poco se aburrió. Reclinó la cabeza en el capote plegado y sintió un cansancio tan grande por todo el cuerpo que casi le produjo náuseas. Sabía por experiencia que las charlas de los soldados en las horas de ocio forzado se prolongaban mucho, y aunque quería dormir no lograba conciliar el sueño. Sentía en los oídos un zumbido agudo y persistente; le dolían las sienes. Parecía rodearle un silencio pesado y mortífero.

Streltsof no se acustumbraba a su nueva condición de sordo, era incapaz de asimilar la repentina pérdida del oído. Veía que las hojas brillantes, bañadas por la lluvia nocturna, se movían sobre su cabeza; veía que Jos abejorros y las avispas revoloteaban por encima de los escaramujos; y todo lo que contemplaba estaba privado de los correspondientes sonidos. Empezó a darle vueltas a la cabeza. Cerrando los ojos se puso a rememorar lentamente el pasado, su tranquila vida, que se había visto alterada el 22 de junio del año anterior. Y cuando recordó a sus hijos y empezó a pensar en el futuro, que hacía ya tiempo le obsesionaba, volvió a estremecérsele el corazón y de repente se le agolparon a los ojos unas lágrimas; volvió a abrirlos.

Lopajin estaba igual que ante?, encorvado y con las robustas manos sobre las rodillas angulosas. Pero en su cara ya no brillaban la malignidad y la tensión. Su mirada clara y atrevida hacía guiños de confianza y en las comisuras de los labios le afloraba una sonrisa.

Streltsof conocía esta expresión en los rasgos de Lopajin; sin proponérselo sonreía, pensando: «Seguro que está exasperando al tonto de Nekrasov.»

Al poco rato Streltsof quedó sumido en un sueño pesado y triste; pero también durante el sueño su cabeza daba sacudidas y sus manos, apoyadas en el pecho, eran presa de un temblor febril.

Nekrasov le miró un buen rato, tragando en silencio el humo de su cigarrillo y moviendo la nuez con dificultad; luego arrojó a sus pies la colilla, que le estaba quemando las puntas de los dedos, y por último habló:

– ¿Qué combatiente va a ser él? Es una triste realidad, pero ya no es un soldado. Mira las convulsiones que sufre; no podrá tomar una ametralladora con esas manos, y a pesar de ello le animas para que se quede en primera fila. Lopajin, tú tendrás mucha persuasión, pero lo que es cabeza…

– Tú no hables de los demás; será mejor que no cuentes lo de tu enfermedad secreta -dijo Lopajin sonriendo, y miró atentamente el curtido rostro de Nekrasov, cuyos pómulos se empezaban ya a despellejar.

– No hay motivo para reírse -repuso Nekrasov despechado-. No viene a cuento. Por si quieres saberlo, no tengo más que la enfermedad de las trincheras, eso es todo.

– ¡La primera vez que oigo eso! ¿Qué broma es ésta? – preguntó Lopajin, sinceramente asombrado -. ¿Algo así como…?

Nekrasov, molesto, se enfurruñó.

– No, no tiene nada que ver con la simpleza que pensáis. La enfermedad no es corporal sino cerebral.

– ¿Ce-re-bral? -exclamó Lopajin separando mucho las sílabas -. ¡Vaya estupidez! No puedes sufrir esa enfermedad, no tienes por qué, ¡no hay motivo!

– ¿En qué consiste esa especie de enfermedad? Cuéntanoslo, no te calles ahora -interrumpió Kopytovski picado por la curiosidad.

Nekrasov hizo como que no oía las palabras de Lopajin. Durante un buen rato se entretuvo haciendo dibujos en la arena con una ramita que había cortado; después se la pasó por las gastadas botas y finalmente, con desgana, empezó a hablar.

– Verás cómo sucedió. Ya en el invierno empecé a notar que algo cambiaba en mí. No tenía ganas de charlar con los amigos, de afeitarme, de lavarme ni de otras cosas. Sólo me cuidaba escrupulosamente de mi ametralladora, pero no me preocupaba de nada de mi persona. No hice nada para arreglarme el forro del cuello, que estaba roto, ni procuré tener un aspecto aseado; incluso te diré que no me cambié la ropa interior ni me lavé como es debido durante unos dos meses. «Un pobre diablo que se pierde -pensé-, da igual que se lave o no.» En una palabra, me volví triste y muy nervioso. Vivo como en sueños, camino como un inválido… El teniente Zmykov me amenazó con enviarme al batallón de castigo, pero yo ni siquiera le escuché, ya tenía mi idea formada: ¡no me mandarían más allá del frente ni podían rebajarme a menos de soldado raso! Sólo conseguí embrutecerme. Evitaba a los camaradas, no me entendía a mí mismo, nada me causaba lástima, ni los compañeros ni los amigos ni yo mismo. Ya estábamos en primavera… ¿Te acuerdas, Lopajin, cuando nos reagruparon y avanzamos a lo largo del frente, que pasamos una noche en Semienovka? Fue entonces cuando me sucedió todo esto por vez primera. A media compañía nos metieron en una isba y allí dormimos amontonados, sentados o como pudimos.

»En la isba había una atmósfera irrespirable, el bochorno era asfixiante y faltaba poco para que desfalleciéramos. Desperté al sentir una necesidad, me puse en pie y se me ocurrió que estaba en una chabola y que para salir tenía que subir unos peldaños. Estaba despierto, lo recuerdo perfectamente, y me subí a una estufa… ¡Y en la estufa había una vieja durmiendo! Aquella mujer debía de tener más de noventa años y a causa de la vejez parecía estar cubierta de musgo…

De pronto Kopytovski hipó de un modo extraño, enrojeció y luego se puso azulado; se llevó las manos a la boca como si se asfixiara. Miraba a Nekrasov por entre los dedos y con los ojos llenos de lágrimas, estremeciéndose en silencio para contener la risa.

Nekrasov se quedó cortado y Lopajin se enfadó. Movió los labios con rabia, sin que Nekrasov se diera cuenta, y amenazó con su puño nudoso a Kopytovski, diciendo:

– Venga, Nekrasov continúa, no te dé vergüenza, que aquí, aparte de un idiota, todos somos comprensivos.

De espaldas, Kopytovski, que era muy dado a la risa, hacía resonar las tripas, roncaba y lanzaba pequeños silbidos intentando por todos los medios cortar el ataque de risa que le asaltaba. Nekrasov esperó a que Kopytovski se calmara y, con la misma serenidad de antes en su rostro taciturno, continuó:

– ¡Pues lo que aquella anciana llegó a imaginarse! Yo estaba al borde de la estufa. La vieja tinosa, medio dormida y con el consiguiente susto, se puso muy nerviosa y me dijo lastimera: «¡Hijo mío! ¿Qué se te ha ocurrido, maldito?», y me echó las botas a las narices. Debido a sus años, aquella mujer dormía, incluso en aquella estufa caliente, con las botas y la pelliza puestas. ¡Dios mío, daban ganas de reír y llorar a la vez! Bueno, pues cuando me dieron las botas en las narices, espabilé y le dije: «Abuela, por Dios, no hagas ruido y deja de dar patadas, que te puede dar un repente. Verás, yo estaba medio dormido y creí que salía de una chabola. Por eso he subido hasta aquí. Perdona, abuela, por haberte molestado, pero no te preocupes por tu virginidad. ¡Antes me cogerá el cólera!» Bajé de allí pero a causa del sueño me tambaleaba como si estuviera borracho y los oídos me ardían. «Madre mía -pensé-, ¿qué ha pasado? Si alguno de los muchachos ha oído mi conversación con esa vieja, ¿qué pensará? ¡Por culpa de esa vieja estúpida me van a desollar vivo con sus bromas!» Acababa de pensar esto cuando alguien me agarró por una pierna. Un comandante de transmisiones dormía cerca de la estufa. Se había despertado; encendió una linterna y me preguntó muy seriamente: «¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?» Con buenas palabras le expliqué que me había dormido, que había imaginado absurdamente estar en una chabola y que, sin querer, había importunado a la viejecita. Él me dijo: «Camarada soldado, tú tienes la enfermedad de las trincheras. A mí me pasó lo mismo en el frente occidental. La puerta está a la derecha; sal e intenta no ir a parar al tejado para hacer tus necesidades, podrías romperte la cabeza.»

»Menos mal que ninguno de los muchachos oyó nuestra conversación; estaban demasiado cansados y dormían a pierna suelta, de modo que todo acabó bien. Sin embargo, desde entonces es rara la noche en que no me imagino encontrarme en una chabola, en un fortín o en algún refugio. Esta es mi desgracia. Si tocan generala inmediatamente me doy cuenta de lo que pasa, pero cuando me despierto con una necesidad siempre empiezo a hacer cosas raras…

»La semana pasada, cuando pasamos la noche en Stukachev, me las ingenié por todos los medios para meterme en una estufa. ¡En una estufa! Sólo un verdadero loco haría semejante cosa. Por poco me asfixio allí. Donde quiera que me meta, ¡el acabóse! No se me ocurrió dar un paso atrás, puse la cabeza en el ladrillo y me acosté. Alrededor apestaba a quemado… «Bueno -pensé-, ya ha llegado mi muerte, me han sepultado con granadas.» Un caso parecido me sucedió en noviembre del año pasado, cuando me enterraron vivo en un fortín. Si entonces no me hubieran desenterrado rápidamente mis cama-radas, seguramente en estos momentos estaría criando malvas. Y ahí me tenéis, arañando el ladrillo con las uñas. De repente di un manotazo a la leña, me agité y grité con todas mis fuerzas: «¡Camaradas! ¿Quién ha quedado vivo? ¡Vamos a desenterrarnos por nuestros propios medios!» Nadie me contestó. Únicamente oí mi propio corazón que, a causa del susto, me latía casi en la garganta. Fui tanteando con las manos, pues no llevaba la pala. Pensé que los demás muchachos habían podido desenterrarse y que yo solo no lograría conseguirlo. Y al darme cuenta de todo esto me puse a llorar. Pensé: «¡Qué muerte tan absurda me acecha por segunda vez! ¡Morir de esta manera, en esta guerra…!» En aquel instante noté que alguien me cogía de las piernas. Era el cabo primero. Me sacó arrastrándome y yo, que estaba tumbado, no vi quién era. Al ponerme en pie sentí gran alegría. «¡Gracias, muchacho, eres un buen tío, camarada, que nos has salvado de la muerte! ¡Apresurémonos a sacar a los demás, si no, acabarán asfixiados!» El cabo primero, soñoliento aún, no comprendía una sola palabra de todo aquello; me agarró por un hombro y al oído, muy lentamente, me dijo: «Pero ¿cuántos estabais en la estufa, y por qué demonio?» Luego, al darse cuenta de lo que pasaba, me llevó al refugio, me echó una bronca y terminó diciendo: «He luchado en tres guerras en las que he visto todo tipo de cosas, pero lunáticos que en vez de andar por los tejados se metan en las estufas ajenas, es la primera vez que veo. Si tú mismo has visto que la patrona había sacado todo el combustible y la había cargado de leña, ¿por qué demonio te has metido allí?»

Yo me empezaba a recuperar y quise darle una explicación sobre mi enfermedad de las trincheras, pero él no quería escucharme. Se rascó, bostezó y luego, con suave acento ucraniano, dijo muy despacio: «¡Sufres alucinaciones, hijo del demonio! Mañana cubrirás dos servicios, por haber ido a hurgar en una estufa ajena y ofender a la gente, y otros dos servicios más por no saber buscar en el lugar adecuado, pues la leche hervida y las schtchi que sobraron de la cena se las llevó la patrona al sótano al anochecer. ¡Ni siquiera tienes capacidad de observación militar!»

Kopytovski se echó a reír y se dio una palmada en la cadera desnuda.

– ¡Con qué buen criterio lo arregló todo el cabo primero! ¡Eso no es un cabo primero, sino un tribunal supremo!

Nekrasov le miró con cara de pocos amigos y con mucha parsimonia, como si estuviese hablando de otra persona, continuó:

– ¡He ensayado todos los sistemas para conciliar el sueño durante las noches, pero es inútil! He pasado días enteros sin probar agua y sin llevarme a la boca comida caliente. ¡Y nada! Antes del alba pego un salto como impulsado por la voz de «firmes» y empiezo a vagabundear… Incluso esta misma noche me he despertado antes del amanecer; llovía y yo tenía los pies mojados. Todavía soñando, la maldita enfermedad de las trincheras me ha hecho pensar: «La chabola se ha inundado, tendré que sacar el agua que ha entrado durante la noche.» Me levanto y palpo un árbol con las manos. No me daba cuenta de que Maiboroda y yo nos habíamos echado a dormir bajo un álamo. Seguí tanteando el árbol creyendo que era una pared;

busco las escalerillas, porque quiero subir. Mientras estaba rodeando el tronco del álamo le pisé sin querer la cabeza a Maiboroda… ¡Vaya jaleo armó! Se levanta de un salto, tira el capote, traga saliva y se pone a blasfemar y a soltar palabrotas. «¡Estúpido -me dijo -, eres un psicópata, que si esto y lo otro, que si te has vuelto loco de repente y por las noches trepas a los árboles como los monos! ¡Por lo menos no molestes a los demás y no andes por encima de sus cabezas; de lo contrario cogeré el fusil y os agujearé a ti y al árbol! ¡Te pudrirás como una manzana llena de gusanos!»

»El muy idiota no quería comprender que yo le había molestado porque no estaba en mi juicio y que la culpa la tenía la maldita enfermedad de las trincheras. Estuvo diciendo palabrotas hasta que se quedó afónico de tanto gritar. Como comprendí que yo era culpable de aquello tuve que callarme. El recogió sus cosas, las envolvió en el capote y antes de buscar un nuevo sitio en el bosque, me soltó como despedida: «Mira qué suerte más perra: a los muchachos buenos los matan y en cambio tú, Nekrasov, todavía sigues vivo.» Entonces ya no me pude aguantar y le dije: «¡ Vete, haz el favor, no me apestes aquí! ¡Lástima que haya pisado tu cabezota estúpida con un solo pie, en vez de hacerlo con los dos y a fondo…!» Y él, que es un tipo recio y robusto como un toro, vino hacia mí enseñándome los puños. Yo cogí el fusil ametrallador, di dos pasos atrás y le grité de lejos: «¡No te acerques o te limpiaré la cara con una ráfaga! ¡Te haré migas!» Por poco pasamos a las manos.

– Ya he oído esta noche como os gritabais -comentó Lopajin-. Pero ¿para qué nos cuentas todo eso? No entiendo…

– Pues está claro, que necesito un descanso.

– Y los demás, ¿qué?

– De los demás yo no sé nada. Quizá yo no sea tan fuerte como los demás -dijo Nekrasov con tono lastimero.

Se había sentado con las piernas muy abiertas; sus botas de color blanquecino estaban estropeadas por la vegetación de la estepa; seguía haciendo dibujos absurdos sobre la arena con una ramita fina sin levantar la cabeza inclinada hacia el suelo.

Una refriega aérea se libraba a la izquierda, detrás del bosque, en aquel cielo azul despejado que desde la tierra parecía sólido y compacto. Ninguno de los que estaban sentados en el claro del bosque había visto los aviones. Solamente se oía cómo en las alturas se cruzaban el sonoro ruido de las ráfagas de las ametralladoras y los continuos y sordos disparos de los cañones.

Del conjunto de sonidos distintos y del conjunto de los motores se separó por unos momentos el rugido de un avión cazabombardero; al principio era fino y agudo, luego se incrementaba hasta convertirse en un sonido ronco y muy rabioso que al poco rato cesó de repente. A lo lejos se oían sonidos de disparos y explosiones, como si estuvieran rasgando un tejido.

De pronto surgió en la parte izquierda del cielo una columna de humo inclinada; en su extremo se divisaba la silueta de un avión que se precipitaba a tierra y cuyo fuselaje brillaba bajo los rayos del sol. Poco después se oyó un estruendo seco y rechinante en la otra orilla del Don.

Kopytovski palideció visiblemente y murmuró:

– Ahí va uno… ¡Madre mía, que no sea de los nuestros! Se me revuelve el estómago cada vez que veo caer a uno de los nuestros.

Permaneció unos instantes en silencio y cuando se repuso de la primera impresión miró receloso a Nekrasov y con un tono de voz preocupado le preguntó:

– Oye, esa enfermedad de las trincheras que tienes… ¿no es contagiosa? Porque a lo mejor se sienta uno a tu lado tranquilamente y en su juicio y luego, por la noche, empieza a trepar por donde no debe.

Nekrasov frunció el entrecejo y exclamó despectivo: -¡Idiota!

– Muy interesante. ¿Por qué soy idiota? -preguntó Kopytovski maravillado.

– Porque con la salud que tienes tú no se te pegaría ni el carbunco, y menos aún una enfermedad cerebral.

Kopytovski, al parecer halagado, adoptando expresión juvenil e hinchando el pecho, aspiró una bocanada de aire y, visiblemente orgulloso de sí mismo, dijo:

– Lo que dices es cierto, yo gozo de buena salud.

Nekrasov observó, entristecido:

– Los jóvenes pueden combatir sin descanso, pero yo ya no puedo. Mis años no son los tuyos, me gustaría poder estar en mi casa… Tengo cuatro hijos y, compréndelo, hace un año que no les veo… He olvidado hasta la cara que tienen, es decir sus rasgos. Recuerdo vagamente sus miradas y veo sus figuras como a través de la niebla. A veces por la noche, cuando no combatimos, me atormento tratando de imaginármelos, pero no puedo. ¡Por más que lo intento, y aunque se me desgarra el corazón, no logro imaginármelos! Y lo peor es que me pasa lo mismo con la mayor de los cuatro, Masutka, que tendrá unos quince años… Es inteligente, siempre queda la primera de la clase…

Nekrasov hablaba cada vez más sordamente y con menos claridad. Pronunció las últimas palabras tembloroso, casi sin voz, y quedó en silencio. Rompió la ramita con la que había estado jugueteando y de pronto dirigió hacia Lopajin sus ojos brillantes por las lágrimas, sonriendo como si quisiera disimular su estado de ánimo.

– Y ya no hablo de mi mujer… Para eso no tengo palabras… Sólo puedo decir que hace tiempo que he olvidado cómo le huelen los sobacos…

Pálido, casi sin poder dominarse, Lopajin miraba a Nekrasov con ojos llenos de rabia y le escuchaba en silencio; al cabo de un rato, con voz suave y lenta, preguntó:

– ¿De dónde eres, Nekrasov? ¿De Kursk?

También en voz baja y tosiendo ligeramente, Nekrasov contestó:

– Sí, de Kursk, cerca de Lebedjan.

Lopajin apretó los dedos con fuerza y, sin apartar la vista del entristecido rostro de Nekrasov, dijo sordamente:

– ¡Qué lástima da escucharte cuando hablas de los niños, da verdadera lástima! ¡ Oírte hablar como un amante padre y esposo! Sin embargo, mientras los alemanes se apoderan de tu hogar y se quedan con tu familia, tú sólo piensas en convertirte en un yerno más, aquí en la retaguardia; has buscado el momento más oportuno para… Bueno, pues descansa, llénate la barriga de comida, diviértete con otra mujer y deja que mientras tanto los alemanes labren la tierra de tu mujer y-que tus hijos se mueran de hambre como perros. ¡Total, qué más da! ¡Y encima dices que te has olvidado de las caras de tus hijos! ¿No te da vergüenza preocuparte sólo de tu propio pellejo? ¡Escucha, no vuelvas la jeta! Dices que te gustaría estar en tu casa, pero ¿cómo piensas estar allí? ¿Entrando con la conciencia y el honor de un soldado o arrastrando la barriga como prisionero de los alemanes? Después te arrastrarás hasta tu puerta y moverás el rabo para alegrar a tu familia, pues nuestro héroe se siente fatigado de combatir pero está dispuesto a servir en cuerpo y alma al fascista alemán, ¿no es eso? Nekrasov, yo creía que eras un auténtico ruso y por lo visto eres un individuo de nacionalidad desconocida. ¡Vete de aquí sapo asqueroso, no me hagas desbarrar!

A medida que Lopajin hablaba, su corazón se le iba endureciendo cada vez más; finalmente se calló y dejó salir el aire de sus pulmones con tanto ímpetu como si tuviera en el pecho el fuelle de un forjador.

– Quizá sería mejor que te largaras, Nekrasov; de lo contrario podría suceder que éste… te pegara sin querer -aconsejó Kopytovski seriamente preocupado, no por las palabras de Lopajin, sino por su forma de hablar amenazadora y contenida.

Nekrasov ni se inmutó. Al principio escuchaba sonrojándose lentamente, sin apartar su brillante mirada de los ojos de Lopajin. Después apartó la vista y tanto en sus mandíbulas como en su mentón y en los pómulos despellejados apareció una palidez azulada.

Ahora permanecía silencioso, cabizbajo, y sus dedos temblorosos jugueteaban con la correa del fusil ametrallador. Tan pesado se había hecho el silencio que Lopajin no lo pudo resistir y, con voz todavía más dura y áspera, se volvió hacia Kopytovski.

– Bueno, y tú, Sashka, ¿qué? ¿Te quedarás aquí? Kopytovski rasgó rabiosamente un trozo de papel para liar un cigarrillo y elevó una ceja con enojo, mientras decía:

– ¡Vaya pregunta difícil de contestar! ¿Partiremos en dos nuestro fusil? Si te quedas tú, también me quedo yo. Tú y yo somos como el pez y el agua. Marcharemos juntos hasta la victoria final. No puedo dejarte. Sin mí te morirías de nostalgia, no tendrías a quién insultar. Yo tengo mucha paciencia, otro cualquiera no te aguantaría, según lo que le dijeras.

A Lopajin se le iluminó la mirada y algo nuevo brilló en sus ojos cuando se volvió para mirar de reojo a su ayudante.

– Eso es justo – dijo con tono de aprobación-. Es camaradería. Mi querido Sashenka, quédate junto a Streltsof mientras yo voy a ver al cabo primero. Hay que comunicar a los jefes que nos quedamos, esto no puede hacerse a escondidas.

Nekrasov echó a correr para alcanzarle.

– ¡Ya está bien! ¿Qué más quieres ahora, yerno de cualquier mujerzuela? -dijo groseramente Lopajin sin volverse.

Después de alcanzarlo, Nekrasov, con voz apenas audible, dijo:

– He decidido… que también yo… ¡He decidido quedarme con vosotros, eso es! Con tanta fatiga y tanta maldad, uno ya no sabe lo que piensa y la locura le hace decir cosas estúpidas. Y tú, Lopajin, no tengas en cuenta las tonterías… ¿Cuánto hemos caminado juntos? No somos extraños el uno al otro… No tienes por qué enfadarte tanto, ¿entiendes, Pietia? ¿Fumamos el cigarrillo de la paz?

El corazón de Lopajin aún guardaba rencor hacia su compañero. Lopajin aceleró el paso al mismo tiempo que le alargaba su petaca y, con voz más suave, murmuró:

– ¡Habría que invitarte a un culatazo, no a un cigarrillo! El demonio sabe lo que haces, y además dices tantas tonterías que haces que pierda los estribos. ¡ Ah, y no olvides que cuando líes un cigarrillo con la petaca de otro, debes hacerlo más delgado!

– ¡Te juro que no sé hacerlos delgados! -exclamó alegremente Nekrasov.

Lopajin se detuvo, lio un cigarrillo muy delgado y se lo pasó a Nekrasov. Éste lo tomó cuidadosamente con sus negros dedos, lo examinó por todas partes, le prendió fuego en silencio y, soltando un suspiro, se puso a fumar.