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Alrededor de las seis de la tarde tuvo lugar el transporte a unos quince kilómetros de distancia. Cuando el calor empezaba a disminuir hicieron un descanso. Luego entraron en un pueblo situado en zona de secano y lleno de sauces.
Aún faltaban unos siete kilómetros desde aquel punto hasta Talovsky, aldea donde se alojaba el estado mayor de la división. Pero antes de entrar en la aldea de los sauces el cabo Popristshenko avisó de que pasarían allí la noche. Descontento, un soldado hizo un comentario:
– ¡Todavía es pronto para pensar en pernoctar! Cabo primero, yo creo que lo mejor sería hacer un alto y fumar un cigarrillo; luego seguimos y al anochecer podemos estar en Talovsky. ¿No sería mejor?
Añadió otro:
– ¡Hemos pasado el día sin comer! Por lo menos allí podríamos acercarnos al caldero del jefe…
Popristshenko gruñó por entre los bigotes grises y se encaró severamente con los parlanchines:
– ¡Ya basta de discutir y de cotorrear! No puedo plantarme ante el coronel con un hatajo de muertos de hambre descalzos, ¿lo entendéis? O sea que pasaremos aquí la noche y pondremos orden. Hay que coser y zurcir la ropa, limpiar las botas, dejar el armamento brillante, lavarse y rapar las barbas. Quiero un zafarrancho y mañana ha de estar todo brillante como el cristal. Y pasaré revista. ¿Está claro? Ya me ocuparé de pedir al koljós todo lo que necesitemos. Aquí no hay más fuerza que la nuestra, de modo que no tenemos por qué mendigar de puerta en puerta. ¡No somos pobres pordioseros! ¡Quede claro y entendido que no consentiré que se deshonre al regimiento!
Encontraron al presidente del koljós en el despacho de dirección. El cabo primero entró en el edificio mientras los soldados se sentaban a la sombra. Algunos se acercaron pesadamente hasta el pozo. Unos quince minutos más tarde oyeron voces en el interior de la casa: la juiciosa y casi suplicante del cabo primero y la otra, de tenor, al parecer del presidente, que repetía una y otra vez en todos los tonos: «No puedo. Nada, que no puedo. ¡No puedo, camarada cabo primero!»
– Parece que no llegan a un acuerdo. Lopajin, ve a ayudar al viejo -aconsejó Kopytovski, que estaba a la escucha.
Hacía ya rato que Lopajin prestaba atención a la conversación. Se levantó y se dirigió decidido a la entrada.
Estaban en una pequeña habitación junto a la ventana. El presidente del koljós estaba sentado junto a los cristales de dicha ventana, pegados con tiras de papel de periódico, y llevaba sobre los hombros una guerrera militar muy ajada. Era un hombre joven de apariencia y llevaba gorra sin estrella. La manga derecha de la guerrera, vacía, la llevaba sujeta a la cintura. El cabo primero se puso frente a él, acercando un taburete de forma que sus rodillas casi rozaban las del presidente. Como si quisiera hacer resaltar la ronquera de su voz, le decía con aplomo:
– Tú has estado en el frente y sin embargo no quieres comprender nuestra situación. Perdona que te diga que piensas como una mujer estúpida…
Al presidente le centelleaban maliciosamente los ojos, que mantenía entrecerrados, y torció los labios en silencio. Estaba claro que le molestaba aquella conversación. Lopajin saludó y tomó asiento en el borde de un banco.
– ¿De qué hablan ustedes? ¿Qué se discute? Sin mirarle siquiera, el presidente le respondió:
– El cabo primero quiere que le entreguemos diversos artículos del almacén del koljós, y yo no puedo hacerlo.
– ¿Por qué no?
– ¡Ja! ¡Por qué! Pues porque el almacén está vacío. ¿Os figuráis que sois los primeros que pasan huyendo a través del pueblo?
– Nosotros no huimos -corrigió Lopajin esforzándose por contenerse. Notó cómo en su interior se incrementaba un odio hacia aquel hombre, cuya voz le parecía cada vez más-presuntuosa. «Se le ha olvidado cómo se vive en el frente, ha dejado de luchar, ahora no hace más que cebarse. ¿Qué demonios le importa la necesidad ajena? Ahora todo le da igual», pensó dirigiendo una mirada hostil al cuello fuerte y enrojecido y a las mejillas tersas y bien afeitadas del presidente del koljós.
– No sois los primeros en huir ni seréis los últimos -repitió tercamente el presidente.
– Insisto en que nosotros no huimos -dijo secamente Lopajin -. Eso, en primer lugar; y en segundo lugar, somos los últimos. No hay nadie detrás de nosotros, nadie.
– ¡Para nosotros eso no importa! ¡Muchos os han precedido ya y han ido haciendo una limpieza como si barrieran con una escoba!
El presidente volvió el rostro hacia Lopajin, como si quisiera añadir algo. Pero Lopajin se le adelantó para preguntar:
– ¿Has estado alguna vez en el frente?
– ¿Piensas que un cordero se me ha merendado el brazo?
– ¿Has tenido que retroceder?
– De todo hubo. Pero jamás he visto lo que estoy presenciando ahora.
– Comprende, pedazo de alcornoque, que no puedo dejar hambrienta a toda esta gente -insistió el cabo primero -. Soy responsable ante el coronel de todos y cada uno de ellos, ¿entiendes? Extiéndeme un vale, ya encontraremos alguna cosa; no es mucho lo que necesitamos.
Con gesto persuasivo el cabo primero puso una mano encima de la rodilla del presidente, pero éste retiró la pierna sonriendo tranquilamente.
– ¡Ay, cabo, cabo! ¿Cómo te lo haré entender, viejo? Te estoy hablando en ruso: no hay nada en el almacén, sólo ratones, aunque no lo creas. Y no me toques la pierna, que no soy una mujerzuela; además, mi pierna no es sensible a las peticiones, es artificial. Mi última oferta: os daré dos kilos de mijo, eso es todo. Encontraréis pan por las casas de aquí.
– ¿Y qué quieres que haga yo con dos kilos para veintisiete personas en activo, para todo el regimiento? Además, ¿con qué vamos a condimentar las gachas? Por otro lado, no permitiré que los soldados vayan de puerta en puerta pidiendo pan. ¿ Está claro?
Lopajin notó el gesto avinagrado del cabo primero y separó el banco, haciendo un leve ruido. El cabo primero le advirtió con un gesto:
– Lopajin, no te sulfures.
– Vamos al almacén -se limitó a decir el jefe del koljós.
Pisando con fuerza y haciendo chirriar su pierna artificial al arrastrarla, se dirigió a la salida. Popristshenko le seguía satisfecho. Lopajin iba tras ellos.
Cuando llegaron al granero, el presidente dejó que el cabo primero entrara primero y cogió a Lopajin por el codo.
– Mira tú mismo, impulsivo, lo que nos queda. No tengo ningún granero oculto, no voy a esconderos nada de nada. Al parecer sois buenos soldados, valientes, y os daría con gusto una oveja para que os la comierais, pero el ganado, grande y pequeño, fue evacuado ayer por orden de la jefatura del distrito. Sólo queda lo que corresponde al uso particular de cada miembro del koljós. Os regalaría mi oveja si tuviera una, pero en mi hogar sólo quedan mi mujer y un gato.
Lopajin, en silencio, ayudó a abrir el candado y se introdujo en el almacén de grano, sumido en la penumbra. En un rincón se amontonaba un poco de mijo. El cabo primero notó la indecisión de Lopajin y le ordenó imperativamente:
– ¡Date prisa!
Agachándose, rojo de vergüenza y de tensión, Lopajin amontonó en el centro, con ayuda de una pluma de ganso que encontró, todo el mijo que había. Cuando hubo terminado, se levantó.
– En total habrá unos tres kilos.
– Bueno, pues cogedlo todo, no lo vamos a guardar para simiente -dijo el presidente con aire benévolo, sin quitar los ojos de Lopajin.
Mientras Lopajin echaba a puñados el mijo en el macuto, el cabo primero sacó del bolsillo una cartera sucia de sudor y moviendo los bigotes llenos de polvo, empezó a contar unos rublos grasientos.
– ¿Cuánto vale? -preguntó mirando al presidente por el rabillo del ojo.
Este, riéndose, movió el brazo que le quedaba.
– De ninguna manera. No cobramos por una insignificancia.
– Y nosotros no nos llevamos nada sin pagar, ¿entiendes? – El cabo primero dejó el dinero en el lugar donde se guardaba el mijo y luego añadió respetuosamente-: Agradecemos tu amabilidad.
Y se dirigió hacia la salida.
– Los ratones se van a comer tu dinero -comentó sonriendo el presidente.
El cabo primero no respondió. Una vez traspasado el umbral, se dirigió a Lopajin, diciéndole:
– Ya tenemos la base, pero ¿y el resto? El cuento dice que un soldado calentó gachas con un hacha, pero sólo era un cuento. ¿Qué haremos nosotros, minero? Unas sopas ligeras, sin condimento y sin pan, son como una boda sin novio. ¡Y los muchachos están que se mueren de hambre! Una situación imposible -concluyó tristemente el cabo primero.
¿Una situación imposible? ¡No existen situaciones imposibles! O por lo menos siempre lo había creído así, y es posible que la última frase del cabo primero le llevase a cometer alguna imprudencia… Unas lucecitas alegres brillaron en los ojos claros de Lopajin. ¡Demonio! ¿Cómo no había caído antes en la cuenta ¿Cómo podía rendirse cuando tenía en sus manos una baza tan importante, su atractivo personal y su gran éxito entre las mujeres, él, tan irresistible entre el bello sexo? Lopajin dio unas palmaditas al cabo primero en el hombro; tenía un aspecto de profundo abatimiento, y le dijo:
– ¡ Popristshenko, lo más importante es que no te desanimes! Déjalo todo de mi cuenta. De mi cuenta. Ahora lo organizaremos. No prometo mucho para hoy. Me dedicaré a estudiar la situación y a explorar el terreno, ¡pero mañana os podré alimentar a todos! ¿De acuerdo? -y mientras decía esto se acercó la palma de la mano a la nariz.
– Pero, ¿qué se te ha ocurrido? -intentó averiguar el cabo primero -. ¿No habrás pensado en algo ilegal?
– Todo será perfectamente legal, palabra de tirador antitanque – aseguró Lopajin sonriendo -. En este asunto el único perjudicado seré yo. Tendré que prescindir de mis principios morales, aunque la verdad es que de un tiempo a esta parte se han debilitado un tanto; además, estoy dispuesto a sacrificarme por mis compañeros.
– Si claro y no me marees más.
– Bien, ahora lo sabrás. ¡Un minuto más, camarada presidente!
Lopajin se acercó a él clavando su mirada en la del presidente. Jugueteando con un botón de la guerrera del camarada, dijo con aplomo.
– Eres una buena persona y te hablaré con claridad: tenemos que comer sea como sea, ¿no es así? Tú no puedes hacer nada para proporcionarnos comida, ¿verdad? Pues ayúdanos de otra manera.
– ¿Cómo?
– Tiene que haber en este koljós alguna viuda o mujer de soldado que viva desahogadamente y que tenga gallinas, ovejas o cualquier clase de pequeños animales domésticos.
– Claro que las hay. Nuestro koljós es bastante rico. -Bien, pues en tal caso debes instalarnos en la casa de una de esas ciudadanas acomodadas para pernoctar. Una vez allí, corre de nuestra cuenta lo demás. Pero, por favor, que no tenga una cara horrible. Que tenga más o menos aspecto de mujer: ¿me entiendes?
El presidente guiñó un ojo maliciosamente y preguntó:
– ¿Y que no tenga más de setenta años?
El asunto era demasiado serio para que Lopajin se permitiera bromear. Quedó pensativo y repuso:
– Setenta quizá resulte demasiado, es un precio muy elevado; pero en caso de necesidad una de setenta serviría. ¡Hay que aceptar algún riesgo! De todos modos sería preferible que fuera más joven…
– ¿Qué dices? ¡Claro que es posible! -exclamó el presidente frunciendo los labios -. Decides con la seguridad de un soldado. Dicen que a falta de pan buenas son tortas. Te llevaré, pero con una condición: que luego no te enfades conmigo.
– ¿Por qué? -preguntó Lopajin.
– Cerca de aquí vive la mujer de un soldado. Tiene unos treinta años. Su marido es teniente y está en la guerra. En su casa está sola pero tiene gallinas, gansos, patos, dos cerdos y docena y media de ovejas. Vive en la abundancia. Lo más importante es que está ella sola, no tiene hijos ni a nadie. ¿Ves?, es aquella casa del tejado verde, más allá de los álamos. Ahí vive. Su marido antes de la guerra trabajaba en…
– No me interesa su marido – le interrumpió Lopajin impaciente-. ¿Y qué ocurre? ¿Por qué me puedo enfadar? ¡La edad me va bien!
– Amigo, sucede que es una mujer dura. ¡Vaya que si es dura!
– Bueno, eso no es terrible. Otras parecidas se han doblegado – contestó Lopajin muy seguro de sí mismo, y se volvió hacia el cabo primero-: ¿Me das permiso para actuar, cabo primero?
Popristshenko hizo un gesto lleno de fatiga.
– Actúa. Pero no estoy muy seguro de que no nos vayas a comprometer.
– ¿Yo? ¿Comprometeros yo? -exclamó Lopajin irritado. -No sería tan difícil. Cuando serví en el viejo ejército y aún era joven, hacía de todo, no podía vivir sin pecar. Y en ocasiones, cuando uno se separaba de los demás para ir a casa de alguna amiguita, siempre volvía con alguna tortilla y una botellita de vodka. Pero aquí hay veintisiete hombres. No sé cómo habrá que tratar a esa mujer para que nos dé comida, no para uno solo, sino para veintisiete. Aquí, minero, es donde hay que esforzarse. Yo diría que…
– No me importa tener que esforzarme -le aseguró Lopajin con aires modestos.