39018.fb2 Lucharon Por La Patria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 22

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En el oeste parecía colgar del cielo una nube blanca aureolada de rojo. Alrededor de la nube soplaba el viento ondulando la aureola que la envolvía. Por encima de la nube se dirigían en dirección norte cuatro Messerschmitt. Tras pasar las aldeas descendieron y poco después el viento trajo el típico tableteo de las ametralladoras y las explosiones apagadas.

– Por el camino están sacudiendo a alguien. Seguro que están pasando un mal rato -comentó un soldado alto y cuellilargo que pescaba cangrejos en la otra ribera del Don.

Lopajin alzó un momento la cabeza, escuchó las explosiones, no muy lejanas, y volvió a inclinar la frente. Se escupió las botas y luego, con un trozo de capote alemán, las limpió parsimoniosamente.

Bajo el tejado del granero se instaló la tropa. Se quedaron en mangas de camisa, sucios y sudorosos, y empezaron a coser los rotos de las guerreras, viejas y deslucidas. Les tocó luego el turno a los capotes y a los pantalones. A continuación intentaron arreglar el calzado. Un soldado encontró unos cuantos instrumentos de zapatero, un par de hormas e hilo. Kopytovski resultó un zapatero aceptable. Puso a sus botas unas medias suelas, lo que le valió que sus camaradas le encomendaran las suyas. Kopytovski murmuraba irritado:

– ¡Así que habéis topado con un remendón! ¡Habéis encontrado un idiota que ni siquiera cobra! ¡ Me tendré que estar aquí dándole al martillo hasta que amanezca!

Estaba sentado en un tocón, en calzoncillos (grises y desgastados) y con las piernas abiertas. Insertaba con furia cuñas de madera de abedul en unas medias suelas para las botas de Nekrasov. Éste, a su lado, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, intentaba poner un remiendo en la pernera de los pantalones de Kopytovski con una aguja torcida, tarea en la que se mostraba un tanto torpe. En sus manos iba quedando un costurón lleno de protuberancias; Kopytovski, dejando su trabajo dijo con espíritu crítico:

– Nekrasov, tú quizá tengas alguna idea de lo que es un sastre, pero careces de maña. Sólo puedes hacer atalajes para caballos, pero nada de remendar pantalones de soldados. ¡Vamos! ¿Qué manera es esa de trabajar? ¡Es una burla para los pantalones, no un trabajo! Cualquier piojo se matará si se cae por esa costura del tamaño de un dedo. ¡Eres un desgarramantas, no un sastre!

– ¡Menudos pantalones los tuyos! -repuso Nekrasov-. ¡Sólo tenerlos en las manos da asco! Yo intento remendártelos con el segundo repuesto antigás, y por mucho que me atormento, no se ve el final de esto… Habría que hacerte unos pantalones de hojalata, entonces quizá sirvieran para algo. Sashka, ¿por qué no les hacemos tirantes a tus calzoncillos y quemamos los pantalones?

Kopytovski puso los ojos en blanco mientras pensaba una respuesta cáustica pero en aquel momento alguien gritó:

– ¡Muchachos, que viene la patrona!

De repente todos callaron. Veintiséis pares de ojos dirigieron sus miradas hacia la puerta; sólo Streltsof siguió silbando suavemente, engrasando con cuidado el cerrojo desmontado de su fusil ametrallador, sin levantar la cabeza, que mantenía inclinada.

Una mujer se acercaba majestuosamente al umbral de la puerta. Era bastante alta, corpulenta y hermosa. Bien proporcionada, tenía facciones hermosas y su estatura rebasaba al menos en una cabeza al más alto de ellos. En medio del silencio, alguien suspiró:

– ¡Vaya, fijaos en eso!

El cabo primero abriendo los ojos desmesuradamente empujó a Lopajin.

– Alégrate, muchacho. ¡Esto no lo esperábamos! Lopajin se apretó el correaje, se arregló inmediatamente los pliegues de la guerrera y tras quitarse el casco, se alisó los cabellos con la palma de la mano. Irguiéndose completamente, como un caballo que hubiera oído los clarines que llaman al combate, con ojos embelesados acompañaba a aquella mujer de aspecto imponente.

El cabo primero movía con desesperación los brazos, diciendo:

– ¡No hay nada que hacer! ¡Ahora mismo voy a romperle los morros a ese presidente! ¡Para que se burle otra vez de nosotros, el muy hijo de puta!

Lopajin le dirigió una mirada confusa y, algo descontento, le preguntó:

– ¿De qué demonios te asustas?

– ¿Cómo que de qué? -se indignó el cabo primero -. ¿No has visto acaso lo que viene?

– Lo veo. Una mujer de una pieza. Con faldas y todo lo demás. ¡Una maravilla, no una mujer! -exclamó Lopajin admirado.

– ¡De una pieza! ¡Maravilla con faldas! -gruñó el cabo primero -. No es una mujer lo que viene, es un monumento. ¡Da miedo mirarla! Vi una parecida en una exposición agrícola de Moscú, antes de la guerra. A la entrada había una mujer de piedra, un monumento, como ésta… ¡Dios ha creado cada cosa! – El cabo primero, escupiendo y blasfemando, arrastró a Lopajin a un rincón del granero y le preguntó en voz baja -: ¿Qué haremos? ¿Nos mudamos de alojamiento?

Lopajin, seguro de sí mismo, mirándole de arriba abajo le dijo, encogiéndose de hombros:

– ¿De qué hablas? ¿Por qué mudarnos? Haremos lo que hemos acordado. Todo sigue en pie como antes.

– ¡Pero Lopajin, deberías limpiarte los ojos! ¡Mira bien! ¿No ves que tu cabeza apenas alcanza a los hombros de esa mujer?

– Bueno, ¿y qué importa eso?

– Pues que eres bajito para ella, ¿no lo ves?

Mirando el rostro demudado y casi asustado del cabo primero, Lopajin sonrió con aire despectivo:

– Cabo, ya te han salido canas e ignoras lo que sabe cualquier mujer…

– ¿Qué ignoro? Puedo enterarme ahora…

– Pues que la pulga pequeña pica más fuerte y mejor ¿comprendes?

El cabo primero, disipadas algunas de sus dudas, contemplaba en silencio y con profundo respeto a Lopajin, que parecía irradiar aplomo y arrogancia. Lopajin, frunciendo el ceño, dijo con alegre sonrisa:

– Oye, cabo, ¿has estudiado alguna vez historia antigua? -No he tenido ocasión. Para hacerme albañil no la necesité en absoluto. ¿Por qué lo preguntas?

– En la antigüedad hubo un jefe supremo de los ejércitos que se llamaba Alejandro de Macedonia, y más tarde, en Roma, vivió otro jefe de los ejércitos llamado Julio César, cuyo lema era «Llegué, vi y vencí.» Yo tengo el mismo lema y no me asusta lo más mínimo la estatura de esta ciudadana. ¿Me das tu permiso para actuar, cabo primero?

– Claro, actúa, no puedo oponerme, no tenemos otra salida. Pero te diré una cosa, minero: tú no morirás de muerte natural.

El cabo primero movió la cabeza con desconsuelo, pero Lopajin le guiñó un ojo alegremente poniendo su manaza sobre el hombro del viejo cabo.

– Todo saldrá bien. ¡ Cabo primero, no te haré ninguna faena ni me la haré tampoco a mí! ¡Puedes estar totalmente seguro!