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Lopajin se empeñó en la ardua tarea de ganarse las simpatías de la patrona. Ofreció su ayuda para regar el huerto y en vez de alejarse lentamente del pozo con los cubos colmados, como hacen los hombres de la estepa, se apresuraba tomando la delantera a la mujer y dando saltitos alegres. Al hacer leña mandaba en todas direcciones astillas de abedul. Sin detenerse a meditarlo se quitó las botas brillantes, se remangó los pantalones hasta las rodillas y se lanzó ardientemente a limpiar el corral de verano de las vacas. El estiércol le llegaba a los tobillos.
Por su parte la patrona aceptaba esta ayuda con placer; contemplaba al ardiente Lopajin con una sonrisa picara y jovial en sus ojos grises. De cuando en cuando volvía la cabeza y se arreglaba torpemente el pañuelo blanco que la cubría. ¡Si hubiera podido ver entonces Lopajin la sonrisa franca del que todo lo sabe!
El resto de los soldados seguían sentados al amparo del cobertizo del granero. Hablaban a media voz; cada cual se entretenía en sus asuntos pero a nadie se le escapaba el menor gesto de la patrona y de Lopajin, a quienes observaban de continuo. El cabo primero era el más interesado por las evoluciones de Lopajin. Se instaló en el asiento de una segadora averiada y desde allí, junto al granero, observaba el patio como un jefe militar que contemplara un campo de batalla. El ametrallador Vasili Jmys le dijo burlonamente, dirigiendo un guiño a la tropa:
– Camarada cabo primero, su puesto de vigía es mejor que el de un general. ¡Seguro que disfruta de una buena vista desde allí!
El cabo primero gruñó:
– ¡Cállate, perra parturienta! Hay un hombre que hace todo lo posible por vosotros y tú no sabes más que ladrar.
El cabo primero seguía observando a Lopajin con desconfianza, pero su rostro se iluminó cuando, al volverse, oyó que la mujer llamaba con voz suave y cariñosa a Lopajin, que estaba cortando leña.
– ¡Menuda pieza! ¡Es terrible con las mujeres! ¡Ya ha conseguido que le llame por su patronímico! ¿Habéis oído? Le ha llamado Piotr Fedotovich. ¡ Qué minero! No es de los que se pierden o se quedan huérfanos.
– ¡Ya pica! -exclamó satisfecho Nekrasov moviendo la cabeza y señalando a la mujer, mientras daba un golpecito amistoso al cabo primero.
– ¡Claro que pica! Dime, ¿por qué no iba a picar? Es un buen muchacho y la estatura… a fin de cuentas, ¿qué importa? Para hacer buena pareja con esa mujer haría falta un hombre largo como la viga de un puente o dos muchachos fornidos colocados uno encima del otro, para que el de arriba llegara a la altura de ella… ¡Pero este Lopajin no necesita trucos, el muy hijo de perra! Por algo dicen que la chinche aunque es pequeña huele mal. Actúa como un héroe, como ese jefe del ejército… -Al llegar a este punto el cabo primero, arrugando los labios, miró fijamente a Nekrasov y súbita e inesperadamente preguntó-: ¿Tú has estudiado alguna vez, por casualidad, historia antigua?
– Tengo muy pocos estudios -contestó Nekrasov con un suspiro -. No pude acabar ni siquiera la enseñanza primaria por culpa del maldito zarismo y de la pobreza de mis padres. No he tenido ocasión de conocer la historia antigua. Y lo que no lo sé, pues no lo sé; no soy pretencioso.
– ¡Ya es lástima que no hayas estudiado, ya es lástima!
– exclamó el cabo primero en tono de reproche, y con aires de superioridad se atusó el bigote -. Cuando yo era pequeño tampoco se me daban bien algunas asignaturas. Solía ocurrirme que cuando tenía que estudiar historia antigua, o cualquier otra materia desagradable, como la geografía, me daban hasta dolores de cabeza. Pero bueno, llega el momento en que se supera todo eso y uno va adquiriendo poco a poco educación y más instrucción, ¿comprendes?
– Claro que comprendo -afirmó resuelto Nekrasov admirando la cultura del cabo primero, que antes no había descubierto debido a los avatares de la guerra.
– Por ejemplo, en la antigüedad vivió un general famoso, Alejandro… Alejandro… ¡Ay, maldita memoria! De repente no me acuerdo de un apellido… La memoria de un viejo es como un cacharro viejo. Alejandro…
– ¿Suvorov? -preguntó Nekrasov tímidamente.
– Nada de Suvorov, Alejandro Makedonskov. ¡Ese era su apellido! ¡Me ha costado acordarme, con este ajetreo del diablo! Vivió bastante antes que Suvorov, en tiempos del zar Goroj, cuando aún había poca gente. Pues bien, el caso es que este Alejandro combatía de la siguiente manera: ¡uno y dos, jaque mate! Su precepto principal ante el enemigo era: «Llegué, vi y hollé.» Y dejaba tales huellas el muy hijo de perra que el enemigo al cabo de cien años aún no se había recuperado. ¡Y a cuántos atizó! Pudo con los alemanes, con los franceses, con los suecos y hasta con algunos italianos. Sólo se estrelló contra Rusia, donde no pudo hacer nada, y por ello tuvo que retroceder. ¡Le venía grande Rusia!
– ¿De qué nacionalidad era? -preguntó Nekrasov francamente interesado.
– ¿Quién? ¿Alejandro? – La pregunta inesperada dejó atónito al cabo primero, que durante unos segundos se estuvo atusando el bigote, con la frente fruncida y musitando-: ¡ Ah, maldita memoria! A un hombre de edad le ocurre como a un caballo viejo: le llaman por su nombre y ni siquiera mueve la cola; se le olvidan hasta los nombres… -El cabo primero se quedó un rato pensativo y en silencio, luego dijo, con decisión-: Supongo que tendría su propia nacionalidad.
– ¿Cómo que su propia nacionalidad? -preguntó Nekrasov, admirado por la respuesta.
– Pues eso, que tenía la suya, simplemente. Su propia nacionalidad y se acabó. ¿Está claro? Así lo explica la historia antigua. Tuvo su propia nacionalidad, y luego todo se fue al demonio y no quedó ni para simiente. Bueno, pero no tiene importancia. Lopajin y yo hemos recordado a ese Alejandro a causa de la actual circunstancia. Le he dicho: «Muchacho, no te vayas a quemar con esa mujer, no nos hagas una jugarreta con los alimentos.» Y el hijo de perra sonríe y dice: «Tengo la misma costumbre que Alejandro Makedonskov: "Llegué, vi y hollé".» «Bueno -le digo- quiera Dios que nuestro ternero siga vivo. Ve y actúa, gánate a esa mujer de manera que al final se desprenda, al menos, de una oveja. ¡Que no sea menos!» Prometió cumplir su palabra y por lo visto la cosa le va bien. ¿Has oído cómo le habla? Le ha dicho: «Piotr Fedotovich, déme un cubo.» En primer lugar, se ha dirigido a él llamándole por su patronímico, y en segundo lugar le ha tratado de usted. Esto significa algo, ¿no es verdad?
– Claro, tienes razón -confirmó Nekrasov satisfecho -. Y no estaría mal que pudiéramos comernos unos schi frescos con cordero lechal. La patrona tiene en su granja unos corderitos muy buenos. Especialmente hay uno ya crecido, que debe de tener casi cuatro kilos de grasa. Si la patrona se desprende de un animal, sólo tenemos que hacer la matanza y… ¡a comer! Antes me he quedado sorprendido al ver a ese animal cuando volvía de pastar.
– El borstch de cordero queda muy sabroso cuando se guisa con coles tiernas -comentó meditabundo el cabo primero.
– La col debe ser tierna, mientras que la patata ha de ser vieja para poder hacer un buen borstch – dijo animadamente Nekrasov-. La patata nueva no sirve para cocerla.
– Se le puede echar patata vieja -consideró el cabo primero-. Y tampoco quedaría mal con un poco de cebolla frita…
Vasili Jmys, que se había acercado sin que ellos lo advirtieran, dijo soñadoramente:
– Antes de la guerra mi madre siempre que hacía borstch iba al mercado y compraba riñones. ¡Para el borstch son buenísimos los riñones de cordero! ¡Y si se le echa hinojo, toda la casa despide un aroma delicioso!
– El hinojo es demasiado fino. Lo importante es que la col y los tomates estén maduros. ¡En eso consiste la verdadera gracia! -dijo el cabo primero, convencido.
– La zanahoria tampoco le va mal -exclamó Nekrasov con aire soñador.
El cabo primero estaba a punto de añadir algo pero de repente escupió y exclamó con rabia:
– ¡Bueno! ¡Se acabó la charla! ¡Vamos a limpiar las armas! Luego pasaré revista minuciosamente. Se empiezan charlas estúpidas y cuando uno las escucha, se le revuelven las tripas…