39018.fb2 Lucharon Por La Patria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 25

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Kopytovski despertó a Lopajin temprano:

– ¡Pulga del demonio, levántate y desayuna! ¡Venga, especie de pulga!

– ¿Cómo que pulga? Pero si es Alejandro Makedonskov… – intervino Akimov sin dejar de restregar unos cubiertos de aluminio con un trozo de tela.

– Sí, el terror de las mujeres, el defensor de los pueblos – dijo Jmys -. Y sin embargo, como yo decía, ayer no pasó.

– ¡Te morirás de hambre si se te ocurre confiar en semejante defensor! -exclamó Nekrasov.

Lopajin entreabrió los ojos y se recostó. Como siempre, su ojo izquierdo brillaba con vivacidad, pero el derecho seguía ribeteado por una mancha cárdena. Sólo recibía luz por una rendija.

– ¡Sí que te ha tratado bien la mujer! -dijo Kopytovski con el ceño fruncido; a continuación se volvió de espaldas para que el otro no viera cómo se reía. Lopajin sabía a la perfección que sólo mediante el silencio era posible salir indemne de las burlas de sus compañeros.

Se puso a silbar con indiferencia, sacó del macuto una toalla y un trozo de jabón y salió al exterior. Los soldados, al pie del pozo, se lavaban codo con codo. Sobre la hierba de un pequeño jardín estaban desperdigados los macutos; sobre cada uno de ellos estaban el plato y el perol correspondiente. Cerca de allí ardía una gran hoguera. La olla grande del regimiento pendía de una viga de hierro. La patrona, muy acicalada, alimentaba el fuego. Con una cuchara de madera removía el contenido del recipiente inclinando su robusto talle.

A Lopajin todo esto le pareció un sueño. Hizo una mueca dolorosa y se frotó los ojos. «¡Maldita bruja!», pensó, pero en ese preciso instante llegó hasta sus narices un olor a sopa de carne. Lopajin se encogió de hombros y salió al porche. Acercándose al fuego, dijo con galantería:

– Buenos días, Natalia Stepanovna.

La patrona se irguió, le dirigió una mirada penetrante y aguda y se inclinó nuevamente sobre el puchero. Sus mejillas se sonrojaron ligeramente y en su recio cuello blanco aparecieron algunas manchas rojas.

– ¡Hola! -repuso ella en voz baja-. Bueno, perdóname Piotr Fedotovich. Tienes un ojo morado que no presenta buen aspecto… Espero que tus camaradas no estuvieran a la escucha anoche…

– No tiene importancia -repuso Lopajin con suficiencia-. Los cardenales adornan la cara de un hombre. Cierto que usted debería emplear sus puños con más acierto, pero ahora ya no hay remedio. No se preocupe por mí, ya se me pasará. Cuando el perro sale, encuentra un hueso. Yo fui a verla a usted y encontré un chichón. Lo nuestro, Natalia Stepanovna, es cosa de solteros.

La patrona se irguió nuevamente, dirigió una mirada a Lopajin y, moviendo las cejas con un gesto severo, le dijo:

– ¡Eso es lo malo, que esté usted soltero! ¿Cree que porque mi marido se halle en el ejército tengo yo que comportarme como una infame? Por eso, Piotr Fedotovich, me vi obligada a enseñarle la eficacia de mis puños, ya que Dios no me ha privado de fuerza…

Lopajin miró asustado, con su ojo sano, a la patrona, que tenía los suyos entornados, y preguntó:

– Claro, claro, le pido perdón por mi atrevimiento. Pero, dígame: ¿cómo es su marido? ¿Cuál es su estatura?

La patrona midió a Lopajin con la mirada y sonrió:

– Más o menos como usted, Piotr Fedotovich, sólo que él es algo más grueso.

– Seguro que se pasarían el día peleando, como el gato y el perro.

– ¿Qué dice? ¿Cómo se le ocurre, Piotr Fedotovich? Vivíamos el uno para el otro.

Los pómulos prominentes de la mujer enrojecieron. Se volvió de espaldas y se secó una lágrima con el pico del pañuelo, al tiempo que sonreía maliciosamente. Mirando a Lopajin, le dijo con los ojos ligeramente desorbitados.

– Como mi marido no hay nadie en el mundo. Es una persona excelente, trabajadora, sosegada. Sólo tiene un defecto, que cuando bebe un poco más de la cuenta se pone nervioso. Sin embargo, nunca he ido a quejarme al miliciano del distrito; cuando empezaba a armar jaleo, ya le apañaba yo. No le pegaba fuerte, sino así, con cariño. Ahora está herido en el hospital de Kibishev. Quizá le dejen venir a casa para que se restablezca.

– Seguro que le darán permiso -dijo Lopajin -. Pero dígame: ¿por qué usted, Natalia Stepanovna, está preparando comida para toda nuestra gente? Hay algo que no comprendo…

– No hace falta comprender. Si usted me hubiera explicado ayer el asunto claramente y le hubiera dicho al presidente del koljós que su unidad se había batido valerosamente con los alemanes cerca de la aldea de Podiemsky, yo no estaría preparando ahora su comida, sino que ya lo habría hecho ayer mismo. Nosotras las mujeres pensábamos que los nuestros huían en desbandada y que no querían defenderse del enemigo; habíamos decidido que los que huyeran del Don y se retiraran, ya podían morirse de hambre los muy malditos: no les daríamos un mendrugo de pan ni una gota de leche. Por el contrario, a los que marcharan hacia el Don para defendernos les daríamos de comer aunque no lo pidieran. Y así lo hemos estado haciendo. No sabíamos que ustedes hubieran combatido en Podiemsky. Anteayer las mujeres de nuestro koljós llevaron alimentos al Don. Al volver nos dijeron que corría la voz de que nuestras fuerzas habían sufrido muchas bajas en la otra orilla del río, pero que también los alemanes habían caído a montones y que estaban esparcidos por el campo de batalla como leña caída. Si llegamos a saber que eran ustedes los que habían luchado de esa forma, les habríamos recibido de otra manera. Su jefe, el viejo entre canoso y pelirrojo, fue ayer noche a ver al presidente y le dijo lo mucho que habían sufrido. Y al amanecer el presidente ha venido a mi patio a todo correr. «Natalia, hemos metido la pata -ha dicho -. No son hombres que huyen, son héroes. Mata algunas gallinas y asa una pierna de cordero para que coman lo que quieran.» Me ha contado como se defendieron en Podiemsky y las pérdidas que sufrieron. Ahora estoy asando una pierna de cordero y he matado ocho gallinas que ya se están cociendo. ¿Acaso vamos a escatimar los alimentos a nuestros defensores? ¡Todo lo daríamos con tal de que los alemanes no lleguen hasta aquí! ¿Hasta cuándo va a durar esta retirada? Habría que empezar a afianzarse… No se ofenda por la dureza de mis palabras, pero la verdad es que da pena verles…

– O sea que no hemos acertado con la llave de su cerradura – comentó Lopajin.

– Eso es -sonrió la patrona.

Lopajin refunfuñó con despecho, hizo un gesto con el brazo y se dirigió hacia el pozo. «Algo me va mal con el amor últimamente», meditó tristemente mientras caminaba por el sendero.