39018.fb2 Lucharon Por La Patria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 26

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Marshenko, coronel jefe de la división, se preparó para descansar. Por la mañana le habían cambiado los vendajes del antebrazo y de la cabeza, donde había resultado herido cerca de Serafimovich. Se sentía muy débil y le invadía una somnolencia profunda, producto de la pérdida de sangre y de las noches insomnes.

En cuanto cayó postrado en un sueño profundo, alguien llamó a la puerta con suavidad repetidas veces. Golovkov, comandante de estado mayor, entró en la habitación en penumbra sin esperar que le respondieran.

– ¿Estás dormido, Vasili Semionovich? -inquirió.

– No, no duermo. ¿Qué quieres?

Golovkov se aproximó a la ventana a pasos cortos; estaba grueso como una barrica y era de baja estatura. De espaldas a Marshenko se quitó las gafas, las limpió con el pañuelo y dijo con voz temblorosa:

– El treinta y ocho ya ha llegado…

– Vaya… -Marshenko se incorporó al momento y rechinó los dientes. Sintió un dolor agudo en la sien que casi le obligó a recostarse.

Se echó nuevamente y preguntó con voz extraña, reuniendo todas sus fuerzas:

– ¿Y qué ha pasado…?

Desde la lejanía le llegó la voz de Golovkov, que tanto conocía:

– Son veintisiete combatientes; cinco están levemente heridos. Los trae el cabo primero Popristshenko. Son casi todos del segundo batallón; en cuanto al material… Se conserva la bandera del regimiento. Esperan formados. -Se acercó a su oído y añadió-: Vasia, no hace falta que te levantes, ya les recibiré yo. No seas insensato, podrías dañarte, no se te ocurra levantarte. ¡Estás pálido como la cera! ¿Tú crees que puedes ir así?

Marshenko se quedó unos segundos sentado en el catre; se pasaba la mano oscura por el vendaje que le cubría parte de la cabeza. Unas gotas de sudor le perlaban la sien derecha. Con gran esfuerzo irguió su cuerpo huesudo y replicó secamente:

– Yo saldré a recibirles. Fiodor, ya sabrás que yo serví bajo esa bandera antes de la guerra; fueron ocho años… Sí, iré a recibirles.

– ¿No te caerás, como pasó ayer?

– No -repuso Marshenko.

– Será conveniente que alguien te sostenga del brazo.

– No. Diles que no hace falta que den la novedad; y que saquen la bandera.

Saliendo al exterior, Marshenko bajó lentamente y con cautela los inseguros escalones; se apoyaba en la barandilla. En cuanto su pie tocó la tierra, los veintisiete pares de botas de la formación militar que tenía delante dieron un taconazo sordo y unánime.

Marshenko tanteaba primero el suelo con la punta del pie para apoyar luego toda la planta; parecía un ciego. Finalmente se irguió, aproximándose lentamente a la formación. En el profundo silencio no se oía más que la respiración de los soldados y el crujido de la tierra bajo los pies del coronel.

Se paró en seco y con el ojo que no estaba vendado, brillante, oscuro como el carbón e inquisidor, contempló uno a uno los rostros de los soldados. De modo inesperado exclamó con fuerte voz:

– ¡Soldados! ¡Vuestra patria y Stalin no olvidarán nunca vuestra heroicidad y vuestro sacrificio! Os agradezco que hayáis conservado la bandera, reliquia del regimiento. -Estaba emocionado y no podía ocultarlo. Una convulsión nerviosa le recorría con intermitencia la mejilla derecha.

Dejó transcurrir unos momentos de silencio y siguió ha blando:

– En dos ocasiones rindió honores militares a esta bandera nuestro gran Stalin en el año 1919; era cuando estaba en el frente sur y su regimiento combatía contra las tropas de Danikin. Esta bandera la vio en Sivasch el camarada Fruse. También los camaradas Vorochilov y Budeny la han visto desplegada muchas veces…

El coronel levantó la sucia mano, cerró el puño y lo puso sobre su cabeza. Su voz, llena de fe, de pasión y de energía, creció y resonó como la cuerda tensa de un instrumento.

– ¡Venceremos nosotros, no importa que el enemigo celebre de momento sus éxitos! ¡Tenéis que llevar nuestra bandera a Alemania! Sobre ese país maldito, cuna de violadores, asesinos y saqueadores, caerá la desgracia. En los últimos enfrentamiento, ya en suelo alemán, nuestra bandera se desplegará… ¡La bandera de nuestro gran ejército liberador! ¡Soldados, gracias!

La bandera dorada enarbolada en el asta ondeaba a los soplos del viento. Silenciosamente el coronel se acercó a ella y clavó la rodilla en tierra. Por unos momentos su cuerpo se inclinó y su mano derecha se apoyó en la húmeda arena. Venciendo aquel rasgo de debilidad se irguió, inclinó respetuosamente la vendada cabeza y comprimió los labios temblorosos contra el paño aterciopelado de la bandera; olía a pólvora, al polvo de los caminos lejanos, al inevitable ajenjo de las estepas…

Apretando los dientes, Lopajin se mantenía quieto; oyó un gemido a su derecha y esto le hizo volver la cabeza. El cabo primero Popristshenko, un veterano de guerra, temblaba; pero seguía en posición de firmes. Caían de sus ojos entrecerrados lágrimas que se deslizaban por aquellas mejillas ajadas. Por respeto al reglamento no movió la mano para enjugárselas; se limitaba a inclinar lentamente la cabeza…