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Al atardecer, cantó el urogallo en los hayedos cercanos. El cierzo se detuvo repentinamente, se enredó entre las ramas doloridas de los árboles y desgajó de cuajo las últimas hojas del otoño.
Entonces fue cuando, por fin, cesó la lluvia negra que, desde hacía varios días, azotaba con violencia las montañas.
Ramiro se ha sentado junto a la puerta del chozo de pastores donde nos refugiamos anteanoche huyendo de la lluvia y de la muerte. Mientras aprieta morosa y ritualmente con los dedos el cigarro que yo acabo de liarle, contempla absorto la riada de piedras y de barro que el aguacero arrastra por la ladera de la montaña. Al contraluz lechoso y gris del cielo que atardece, su silueta se recorta en la abertura de la puerta como el perfil de un animal inmóvil, quizá muerto.
– Bueno. Parece que esto se acaba -dice.
Y mira brevemente hacia el rincón donde su hermano, Gildo y yo, acurrucados junto a la hoguera de leña verde y amarga, intentamos en vano protegernos de la lluvia que se cuela por la techumbre hacia el interior.
– En cuanto baje la noche, cruzamos el puerto -dice Ramiro encendiendo su cigarro-. Al amanecer, estaremos ya al otro lado.
Gildo sonríe desde el fondo de sus ojos grises, bajo el pasamontañas. Arroja otro manojo de ramas a la hoguera. Las llamas brotan, alegres y amorosas, en la espiral del humo que sube al encuentro con la lluvia a través de los cuelmos empapados.
No ha salido hoy tampoco la luna. La noche es sólo una mancha negra y fría sobre el perfil de los hayedos que trepan monte arriba, entre la niebla, como fantasmagóricos ejércitos de hielo. Huele a romero y a helechos machacados.
Las botas chapotean sobre el barro buscando a cada paso la superficie indescifrable de la tierra. Las metralletas brillan, como lunas de hierro, en la oscuridad.
Vamos subiendo hacia el puerto de Amarza: hacia el techo del mundo y de la soledad.
De pronto, Ramiro se detiene entre las urces. Olfatea la noche como un lobo herido.
Su única mano señala en la distancia algún punto inconcreto delante de nosotros.
– ¿Qué pasa? -la voz de Gildo es apenas un murmullo entre el quejido helado de la niebla.
– Allí, arriba. ¿No lo oís?
El cierzo silba monte abajo azotando las urces y el silencio. Llena la noche con su aullido.
– Es el cierzo -le digo.
– No. No es el cierzo. Es un perro. ¿No lo oís ahora?
Ahora sí. Ahora lo he escuchado claramente: un ladrido lejano, triste, como un quejido. Un ladrido que la niebla prolonga y arrastra por el monte.
Gildo descuelga su metralleta sin hacer ruido.
– Pues, en este tiempo -dice-, no quedan ya pastores en los puertos.
Los cuatro tenemos ya empuñadas nuestras armas e, inmóviles, buscamos en el cierzo el crujido inesperado de una rama, una palabra aislada, quizá una sombra quieta y acechante entre la niebla.
El ladrido vuelve a oírse, ahora con nitidez, frente a nosotros. No hay ya ninguna duda: un perro está royendo las entrañas heladas de la noche del puerto.
Los ladridos nos han guiado en medio de la oscuridad, por el sendero que atraviesa brezales y piornos, hacia la línea gris del horizonte.
Cerca ya, Ramiro hace un gesto con la mano. Su hermano, Gildo y yo nos desplegamos con rapidez hacia los lados. La ascensión es ahora mucho más lenta y penosa: sin la oscura referencia del sendero y con los matojos agarrándose a nuestros pies como garras de animales enterrados en el barro.
La sombra de Ramiro, en el sendero, ha vuelto a detenerse. El perro ladra ya a escasos metros de nosotros.
Sobre la raya gris del horizonte, tras un mojón de robles, se dibuja, imprecisa y helada, la sombra de un tejado que flota entre la niebla.
La majada, en lo alto del puerto, es un montón de tapias arruinadas. Hasta nosotros llega un olor intenso a estiércol y abandono. A soledad.
Los ladridos amenazan con reventar el vientre hinchado de la noche.
– ¿Hay alguien ahí?
La voz de Gildo retumba en el silencio como pólvora húmeda. Obliga a enmudecer al mismo tiempo al perro y la ventisca.
– ¡Eh! ¿Hay alguien ahí?
Otra vez el silencio: denso y profundo. Indestructible.
La puerta cruje amargamente al entornarse. Parece adormecida. El haz de la linterna rasga con lentitud la profunda oscuridad de la majada. Nada. No hay nadie. Sólo los ojos aterrados del perro en un rincón.
Ramiro y Juan salen de entre los robles y comienzan a acercarse.
– Aquí no hay nadie -dice Gildo.
– ¿Y el perro?
– No sé. Ahí está. Solo. Muerto de miedo.
Un quejido apenas perceptible llega desde el rincón que nuevamente inunda el haz de la linterna.
Juan se acerca al perro con cuidado:
– Tranquilo, tranquilo. No tengas miedo. ¿Dónde está tu amo?
El animal se encoge en la paja con los ojos inundados de pánico.
– Tiene una pata rota -dice Juan-. Han debido dejarle abandonado.
Ramiro enfunda su pistola:
– Mátale. Que no sufra más.
Juan mira a su hermano con incredulidad.
– Es lo que tenía que haber hecho su dueño antes de irse -dice Ramiro dejándose caer pesadamente sobre un montón de paja.
La paja está empapada, apelmazada por la humedad. Cruje bajo mi cuerpo como pan tierno. Afuera, el cierzo continúa azotando con violencia los brezos y los robles. Gime sobre el tejado del redil y se aleja monte abajo buscando la memoria de la noche.
Frente a la puerta abierta, colgado de una rama, se balancea suavemente el cuerpo hinchado y negro del perro ahorcado.
Alguien ha encendido una luz en la casa, al fondo del valle que se recuesta mansamente sobre las estribaciones de la vertiente sur del puerto. El murmullo del río recién nacido llega hasta nosotros con un sonido dulce de mimbrales.
Pronto amanecerá. Pronto amanecerá y, para entonces, habremos de estar escondidos. La luz del sol no es buena para los muertos.
– Yo bajaré delante -Ramiro se levanta del cercado de piedra en que se había sentado-. Vosotros tres os quedaréis junto al río, cubriéndome la retirada. ¿De acuerdo?
Gildo y Juan golpean con sus gruesas botas la hierba mojada tratando de ahuyentar el frío.
Lentamente, comenzamos a descender hacia el valle cuyos prados más altos trepan ya monte arriba a nuestro encuentro.
El río viene crecido por las lluvias de los últimos días. Ruge, sombrío, bajo la pontona de madera que Ramiro acaba de cruzar agachado, despacio, sin hacer ruido. Como un cazador que, con el tiempo, hubiera acabado adoptando los movimientos animales de sus presas.
Pero los perros ya han barruntado su presencia y, en la ventana que arroja sobre el agua un borbotón granate, no tarda en recortarse la figura de un hombre alertado por los ladridos.
Ramiro se aplasta contra la pared del caserío.
– ¿Quién anda ahí?
La voz del hombre llega hasta nosotros amortiguada por la escarcha de los cristales y el bramido del río.
Ramiro no contesta.
Ahora, una segunda figura -una mujer- se asoma a la ventana. Parecen discutir mientras escrutan, temerosos, las sombras de la noche delante de la casa. Luego, ambos desaparecen y, un instante después, la luz se apaga. A mi lado, entre los mimbrales, Gildo y Juan se revuelven inquietos e impacientes.
Una puerta. El crujido de una puerta. Y un grito atravesando el río:
– ¡Quieto donde está o le meto un tiro!
Los tres nos abalanzamos por la pontona en dirección al caserío. Los ladridos de los perros arrecian en el corral.
Cuando llegamos, la pistola de Ramiro encañona la mirada de un hombre traspasado de terror y de frío.
Un puchero de leche, un puchero ennegrecido y viejo borbotea sobre el fuego llenando la cocina de vapor. La cocina está tibia todavía, pero el rumor de los troncos ardiendo y la espiral de humo rojo y oloroso que se eleva de los platos aleja de nosotros el frío de la noche y el recuerdo de la lluvia. Y los cuatro comemos ahora con las armas olvidadas sobre el respaldo de las piernas y la memoria atravesada por antiguos sabores familiares.
Hacía cinco días que no probábamos bocado.
La mujer, arrebujada bajo un chal negro y con el pelo descuidadamente recogido, posa el puchero de la leche en el centro de la mesa y regresa otra vez junto a la trébede, al lado del marido. Es una mujer delgada, de pelo y ojos claros, todavía hermosa más allá de la tristeza que anida en sus labios borrosos y en su vientre inmensamente hinchado. Desde que entró en la cocina, no ha dicho una sola palabra. Ni siquiera nos ha mirado.
Ramiro termina de comer y se recuesta en el respaldo del escaño.
– ¿No vive nadie más aquí? -pregunta al matrimonio.
– Ahora no -contesta el hombre-. Los niños están en La Morana, con sus abuelos. Allí hay menos peligro. Y el criado está en el monte con las vacas.
– ¿Cuándo vuelve?
– Mañana.
Gildo vierte la leche en el plato para ver cómo se forma una cenefa roja por los bordes.
– Me gustaba hacerlo de niño -dice sonriendo.
La leche está caliente y espesa. Desciende como una llama por mi garganta.
Por la contraventana, se cuela ya la primera luz del alba. Es blanca y agridulce como el vapor de leche que llena la cocina.
– Bien -Ramiro se levanta y se acerca a la ventana-. Hoy dormiremos aquí. Cuando anochezca, seguiremos camino. Ustedes -dice, dirigiéndose a los dueños del caserío- atiendan a sus labores como si nada extraño sucediera. Y cuidado con lo que hacen. Uno de nosotros estará siempre vigilándoles.
El hombre asiente en silencio, sin atreverse siquiera a levantar la mirada del suelo.
Pero es la mujer la que ha roto, por fin, a llorar. Apenas logro entender sus palabras ahogadas entre las lágrimas:
– Pero ¿qué hemos hecho, Dios mío? ¿Qué hemos hecho? Ya os hemos dado de comer. Habéis comido y os habéis calentado junto al fuego. Ahora marchaos y dejadnos en paz. Nosotros no tenemos la culpa de lo que os pase.
La mujer se ha dejado caer llorando en el escaño, ocultando la cara entre las manos. Siento el murmullo amargo de su llanto y el temblor desacompasado de su vientre junto a mí.
El marido la mira desde la trébede, temeroso y desconcertado, esperando nuestra reacción.
La reacción le llega por boca de Ramiro que ha desenfundado su pistola y le conmina a dirigirse hacia la puerta. Nosotros recogemos los capotes y las armas y le seguirnos en silencio.
Antes de salir, me vuelvo todavía para mirar a la mujer, que continúa llorando en el escaño, ahora ya con mansedumbre. Me gustaría decirle que nada va a sucederles. Me gustaría decirle que tampoco nosotros tenemos la culpa de lo que nos pasa. Pero sé que de nada serviría.
Durante dos largas noches, hemos caminado sin descanso a través de las montañas en busca de la tierra que hace un año abandonamos.
Por el día, dormimos escondidos entre los matorrales. Y, al anochecer, cuando las sombras comenzaron a extenderse por el cielo, hambrientos y cansados, nos pusimos en camino nuevamente.
Atrás, dormidos en las simas de los valles poseídos por la luna, fueron quedando pueblos y aldeas, rediles y caseríos: luces apenas, desmayadas en la noche, sobre los cauces tajados de los ríos o al abrigo desolado y vertical de las montañas.
Hasta que el cielo y los senderos y los bosques comenzaron poco a poco a hacerse familiares. Hasta que, al fin, pasadas ya las negras crestas de Morana, bajo la lámina de arándanos y estrellas de la noche de octubre, aparecieron ante nosotros los tejados lejanos de La Llánava, al comienzo del ancho valle veteado de choperas que el río Susarón abre al pie del monte Illarga.
– Mira allí, Ángel. Junto al molino.
Ramiro se arrastra entre las urces para acercarme los prismáticos. En un instante, mis ojos se salpican de verdes y amarillos: prados mojados junto al río, hileras de negrillos, viejos tejados sobre los que se alzan mansamente las columnas de humo de las chimeneas de La Llánava. En un alud de imágenes -hatos de vacas y caminos perezosos, puentes, torres, corrales y callejas, figuras ya inclinadas sobre las hazas de los huertos-, la distancia me devuelve a través de los cristales los paisajes familiares que nunca había olvidado.
– En el camino -me guía Ramiro, impaciente, con la mano-. Al lado de la presa. ¿No la ves?
Sobre la bruma lenta del amanecer, entre las sebes que bordean el camino del molino, descubro al fin una mancha amarilla. Un pañuelo.
– ¡Mi hermana!
– Sí, es Juana. Debe de llevar las vacas al prado de Las Llamas.
Ahora puedo verla ya con absoluta nitidez: caminando despacio junto a la presa, con la aguijada en la mano y el pañuelo amarillo desgarrando la luz de la mañana. Recuerdo ese pañuelo. Yo mismo se lo regalé, con el primero de mis sueldos, para que se lo pusiera cuando volvía de la era sobre el carro cargado de paja y de sol lento.
– Voy a bajar -les digo, decidido.
– ¿Ahora?
– Ahora.
Ramiro recorre otra vez con los prismáticos todo el valle.
– Es muy peligroso -dice-. Puede verte alguien desde abajo.
– Con cuidado, entre los matorrales, no. Hablo con Juana para que estén preparados y, esta noche, bajamos ya los cuatro.
Gildo esconde entre las urces el capote que acabo de quitarme.
– Deja aquí la metralleta -dice Ramiro dándome su pistola-. Bajarás mejor con esto.
Los tres me ven marchar en silencio, nerviosos ante la posibilidad de que alguien me descubra. La zona está ocupada, llena de soldados, y nuestras vidas dependen ahora únicamente de que logremos pasar ignorados.
Juana se ha vuelto, asustada, al otro lado de la sebe junto a la que se había sentado.
De un salto, se incorpora y, sin volver la espalda, comienza a retroceder muy lentamente hacia el centro del prado donde las vacas pastan indiferentes y aburridas.
– ¡Juana! ¡Juana! ¡Tranquila, Juana! ¡Soy yo, Ángel!
Mi voz apenas es un gemido vegetal entre las zarzas. Pero Juana me ha oído. Se detiene de pronto como inmovilizada por un disparo.
Sus ojos son dos monedas asustadas, incrédulas, azules, clavadas en los míos.
– Siéntate. Siéntate donde estabas. De espaldas, como antes. Y mira hacia las vacas.
Ella obedece y se sienta de nuevo al otro lado de la sebe, a apenas medio metro de donde yo espero rumbado. Casi podría, si quisiera, tocarla con la mano.
– ¿Qué haces aquí? -pregunta con una mezcla de terror y de dulzura-. Te van a matar, Ángel. Te van a matar.
– ¿Cómo estáis?
– Bien -responde en voz muy baja-. Creíamos que ya no volveríamos a verte.
– Pues aquí estoy. Díselo a padre.
– ¿Has venido solo?
– No. Estoy con Ramiro y con su hermano. Y con Gildo, el de Candamo, el que se casó con Lina. Quedaron arriba, en la collada -mi hermana escucha, sin volver la cabeza, golpeando nerviosamente la hierba con la aguijada-. Escucha, Juana. Dile a padre que esta noche bajaremos a La Llánava. Que nos espere en el pajar. Prepáranos algo de comida. Y vete a ver, si puedes, a la madre de Ramiro. Necesitamos encontrar un sitio donde poder escondernos unos días.
A lo lejos, por el camino del río, se oyen ya los mugidos de otras vacas.
– Vete, Ángel, vete. Te van a matar.
Juana se ha vuelto hacia mí, con los ojos abrasados por el miedo. El amarillo de su pañuelo es una llamarada.
– Te van a matar -repite-. Te van a matar.
Cuando me alejo de ella, arrastrándome como un perro sarnoso entre las urces, sus palabras retumban todavía en mis oídos.
La luna se ha asomado, entre las nubes, y baña de plata helada las ramas de los robles. Un espeso silencio sostiene hoy la bóveda del cielo, la arcada de agua negra que se comba mansamente sobre el valle.
Al final de los robledales, cerca de la collada, nace un camino. La senda del rebaño se arrastra monte abajo entre cercados de piedra y claros de tomillo. Busca el bramido del río que baja, por la izquierda, con un vaivén lejano de espadañas.
Más allá, al otro lado del puente, los tejados de La Llánava cortan del cielo enormes trozos de pulpa negra.
No hay nadie por las calles. Ni siquiera los perros, acorralados por el cierzo contra la placidez caliente de las cuadras, parecen ventear nuestra llegada.
– Por la tablada -Ramiro encabeza la marcha, con la pistola en la mano-. El puente puede ser peligroso.
Abajo, entre las salgueras y los juncos de la orilla, el bramido del río crece hasta estrellarse contra las bóvedas del puente, contra las viejas piedras roídas por el tiempo y la humedad.
– Pasa tú primero, Ángel -dice Ramiro-. Y vigila desde la otra orilla.
Las piedras de la tablada por la que el agua se desvía hacia el molino resbalan bajo mis botas como peces dormidos. Como la piel de aquellas truchas que pescábamos de niños, en las atardecidas mansas del verano, mientras la gente del pueblo nos miraba desde el puente.
Ya estoy en la otra orilla. La hierba, aquí, junto a los huertos, está ya muy crecida, brotada de ortigas negras que se desangran bajo mis pies.
Inmóvil, con la respiración contenida, escruto unos instantes las sombras de los huertos más cercanos, el silbido del cierzo entre los avellanos y los árboles frutales. Hago una señal y, en seguida, Gildo aparece al otro extremo de la tablada. Viene despacio, muy despacio, tanteando a cada paso el perfil resbaladizo de las piedras. Su sombra brilla sobre la piel del agua como el reflejo de un árbol enraizado en el medio del río.
De pronto, he escuchado los pasos que se acercan hacia el puente. Un remolino de hierba se abalanza hacia mí y grumos de tierra amarga se meten en mi boca. Levanto la cabeza entre la empalizada vegetal que intenta sujetarme contra el suelo. Busco la metralleta. Busco la oscura silueta de Gildo, inmóvil ya, como una sombra, en la tablada. Ahí delante, el río ha enmudecido de repente como si hubiera muerto.
Los pasos que se acercaban se escuchan ya con claridad. Por el pretil del puente, al contraluz del cielo, pasan dos sombras: un hombre y un caballo. Pasan. Se alejan ya. Se pierden en la noche con un sordo redoble de pezuñas.
En la tablada, el río y Gildo recobran nuevamente el movimiento.
En el pajar, la oscuridad es absoluta: hiere casi en los ojos. Sólo se escucha el crujido seco y oloroso de la hierba y el resuello adormecido de las vacas, debajo, en el establo.
La lámina de plata negra de la noche desaparece tras el postigo.
– ¿Padre?
– Estoy aquí, Ángel. Junto al boquerón.
No es la voz de mi padre. Es la voz de mi hermana, al fondo del pajar.
La hierba trepa apelmazada hacia las vigas del techo. Siento la mano helada que me busca en la oscuridad.
– No tengas miedo, Juana. No tengas miedo.
– ¿Quién está ahí contigo?
– Tranquila, Juana. Es Ramiro. ¿Y padre? ¿Por qué no ha venido?
– No está. Se lo llevaron esta tarde.
Mi hermana ha roto a llorar, casi sin fuerzas, caída sobre mí. Siento el temblor ardiente de su pecho sobre el mío, la caricia salobre y amarga de sus lágrimas.
– ¿Quién? ¿Los guardias?
– Sí. Se lo llevaron al cuartel. Vete, Ángel. Vete en seguida o te matarán.
Un crujido de paja aplastada a mi lado; unos pasos: Ramiro.
– Hola, Juana.
Pero ella no puede responderle, ahogadas en mi capote sus lágrimas y su boca.
– Se han llevado a mi padre -le digo a Ramiro.
– ¿A tu padre? ¿Saben que estás aquí?
Mi hermana se desprende de mi hombro.
– No. No lo saben -dice, conteniendo las lágrimas-. Vienen cada poco. Registran las casas y se llevan a alguno. A los que tienen familiares en el frente.
– ¿Avisaste a mi madre? -pregunta Ramiro.
– No pude. Vinieron los guardias. Vinieron y estuvieron registrando todo el pueblo, casa por casa.
– No te preocupes, Juana. No te preocupes -le digo, tratando de tranquilizarla-. Ya verás como a padre no le pasa nada. En seguida volverá. Y a la madre de Ramiro ya la avisarás mañana. Ahora lo que tienes que hacer es volver a la cama. Los guardias pueden volver con padre en cualquier momento.
– ¿Y vosotros?
– No te preocupes por nosotros, Juana. En el monte no nos encontrarán.
Mi hermana ha dejado de llorar. Sólo su respiración entrecortada delata su presencia en la oscuridad.
Antes de marchar, nos dice todavía:
– Anoche mataron a Benito, el del carrero. Tened cuidado, Ángel. Tened mucho cuidado.
Cuando mi hermana se pierde al fondo del boquerón que comunica por dentro el pajar con el establo, busco a Ramiro en la oscuridad. Él me llama ya desde el postigo:
– Vamos, Ángel. ¿Qué estás haciendo?
– Voy a esperar.
Él retrocede sobre sus pasos. Lo noto por el crujido seco de la hierba.
– ¿Qué dices? ¿Te has vuelto loco?
– Se han llevado a mi padre. ¿No lo entiendes?
– Claro que lo entiendo, Ángel. Claro que lo entiendo -aunque intenta disimularlo, la voz de Ramiro no puede ocultar su nerviosismo-. Se han llevado a tu padre al cuartel. ¿Y qué? Le harán unas cuantas preguntas y volverán a soltarle.
– Es igual -repito, decidido-. Quiero saber lo que ha pasado y voy a esperar.
Ramiro duda un instante antes de decir:
– Bien, Ángel. Tú sabrás lo que haces. Yo no puedo obligarte a lo contrario. Pero ten en cuenta que, si te cogen, no te darán una sola oportunidad. Ya has oído a tu hermana lo que hicieron con Benito y estaba mucho menos comprometido que nosotros.
Y, luego ya, caminando hacia el postigo:
– No salgas del pajar hasta que llegue. Si registraron esta tarde todo el pueblo, no van a registrarlo ahora otra vez.
Ramiro entorna suavemente la vieja puerta de madera y observa unos instantes el exterior por la rendija.
– Te esperaremos en la collada -dice.
Y, de un salto, desaparece por el huerto donde su hermano y Gildo esperan vigilando.
Cuando Ramiro se va, cierro por dentro el postigo con la tranca. Luego, busco una horca y hago un hoyo profundo en el centro del pajar. Me tumbo en el fondo, bajo el capote, y con la misma horca atraigo un inmenso alud de hierba sobre mí.
La oscuridad, aquí, es ya completamente irrespirable. Pero ni aunque cosieran el pajar de extremo a extremo con palos y guadañas podrían encontrarme.
Hacia las dos de la mañana, el crujido de los goznes de un portón me sobresalta. Es un crujido ronco, amortiguado por la paja, en el corral.
Escucho, inmóvil, conteniendo la respiración. Pero no se oye nada, absolutamente nada. Ni voces o pasos en la calleja, delante de la casa, ni el rugido del motor de un automóvil que se alejara de regreso hacia el cuartel. Sólo el crujido ronco de los goznes del portón, en el corral, la enorme cerradura al ser pasada y las lejanas campanadas de las dos, deshilachadas por el cierzo.
Aún espero, sin embargo, cerca de una hora antes de salir del agujero. La oscuridad era tan densa debajo de la hierba que, ahora, puedo ya orientarme fácilmente entre las sombras del pajar.
Por el angosto boquerón asciende de la cuadra un vapor hondo y caliente, un aroma profundo a estiércol y heno viejo que, ahora, no sé por qué, resucita en mi memoria recuerdos muy lejanos: los juegos con mi hermana en los rincones clandestinos del establo y el caldero de leche recién ordeñada que un niño rubio transporta entre la niebla de los años.
El corral está lleno de luna. Lo observo con precaución antes de cruzarlo. Bruna, la perra, surge de entre las sombras y comienza a acercarse lentamente blandiendo entre los dientes un gruñido de amenaza. Tarda en reconocerme: está ya casi ciega y yo hacía más de un año que no entraba en esta casa. Cuando me reconoce, la perra corre hacia mí y se me encarama al pecho saltando de alegría. Pero no ladra. En mi propio silencio, quizá intuye el peligro. Me sigue hasta la puerta y allí se queda quieta y muda, vigilando.
Un lejano destello en sus ojos casi ciegos me dice -pobre Bruna- que está dispuesta a defender mi vida con la suya.
Mi padre está sentado en la cama, bajo las mantas, con la espalda apoyada contra los barrotes de hierro de la cabecera.
Me recibe con una mirada indescifrable.
– ¿Qué ha pasado, padre? ¿Qué ha pasado?
– ¿Qué haces aquí? -pregunta él a su vez, sin contestarme.
– He venido para verle. ¿Cómo está?
Pero mi padre ni siquiera me ha escuchado. Se levanta de la cama y atraviesa la habitación. De un baúl, entre la ropa, saca un delgado fajo de billetes.
– ¿Qué me da? -le digo, tratando de rechazarlo. Debe de ser todo lo que tiene, todo el dinero que ha logrado reunir en una larga vida de trabajo.
– Cógelo y calla -impone él, en tono seco, como si yo fuera un niño todavía y me entregara este dinero para nacerle algún recado en Cereceda-. Escúchame bien, Ángel. Tenéis que marchar lejos cuanto antes, pasar a la otra zona, si podéis. Están buscándoos. No. No saben que estáis aquí -continúa él leyendo en mi mirada la sorpresa-. Buscan a todos los que estabais en Asturias. Saben que muchos habéis vuelto otra vez huyendo a través de las montañas. Y, en los últimos días, han cogido ya a unos cuantos: a Goro, a Benito, el del carrero, a dos o tres de Ancebos. Tienen todos los caminos y pueblos vigilados.
Al fondo de la habitación, una barra de plata helada se cuela por la rendija de la contraventana. Atraviesa la oscuridad iluminando débilmente el rostro de mi padre. Está delgado, muy delgado, envejecido. Y, en sus ojos, un poso de impotencia se mezcla con la rabia que intenta contener entre los labios.
– Te acuerdas de la mina del monte Yormas, ¿verdad? Aquella mina abandonada donde nos refugiamos de la lluvia una vez que fuimos a por leña, hace ya años. Escondeos allí de momento. Hasta ver qué pasa. Juana o yo os dejaremos comida cada tres o cuatro días en la collada.
Y, luego, mirándome fijamente:
– Pero no os entreguéis. Pase lo que pase, no os entreguéis, ¿me oyes? Os matarían al día siguiente en cualquier cuneta como han hecho con tantos.
– ¿Qué ha pasado en el cuartel? -le vuelvo a preguntar, ya desde la puerta.
– Nada.
Mi padre me ve marchar, inmóvil en la penumbra, con los ojos atravesados por la barra de plata helada que se cuela por la contraventana.
A mi espalda, mientras me alejo monte arriba por el sendero del rebaño, el reloj de la torre de La Llánava desgrana cuatro lentas campanadas. Cuatro uvas de hierro dolorido que revientan en la noche derramando sobre mi corazón una sustancia fría, mineral y amarga.
Rasga la luz con su hoja de sangre la oscuridad inmensa de las entrañas de la tierra. El haz de la linterna se mezcla con el agua, que fluye, negra y fría, del techo y las paredes, hasta perderse, al fondo, entre un fantasmagórico paisaje de raíles oxidados, de maderas podridas, de bocas indescifrables que se abren interminablemente a izquierda y a derecha de la galería.
El calor es húmedo, asfixiante. Fermenta sobre sí mismo como un animal corrompido. Se pudre. Impregna con su olor penetrante las maderas y el agua y el aire y el silencio.
Luego, se arrastra galería adelante buscando una salida que no encuentra.
– Es como si estuviéramos muertos. Como si, fuera de aquí, no hubiera nada.
Ramiro abandona por un momento su inmovilidad para mirarme. Está tumbado sobre el tablero que anoche bajó de la bocamina para aislarse del agua que permanentemente corre por la galería. Se pasa así los días, inmóvil, en silencio, con la mirada perdida en los desvencijados travesaños que cruzan el techo.
– Te acostumbrarás -me dice-. El hombre se acostumbra a todo.
– Menos a que le entierren vivo.
– Mira éstos.
Gildo y Juan, envueltos en sus capotes, duermen cerca de nosotros, apenas dos bultos negros en la oscuridad. Gildo tiene la cabeza apoyada en un madero y la metralleta cruzada sobre el cuerpo. Su enorme corpulencia contrasta grandemente con la delgada y escuálida figura del hermano de Ramiro, casi infantil aún en su inconclusa y, ya, violenta adolescencia. Juan no ha cumplido los dieciocho años todavía y Gildo tiene más de treinta. Casi podrían ser padre e hijo, aunque ahora duerman hombro con hombro, amenazados por un mismo temor.
– En la mina de Ferreras -dice Ramiro con la mirada de nuevo ya perdida en el techo de la galería- había mulas para tirar de las vagonetas. Nacían y morían allí dentro. Tenían las cuadras en la primera rampa de la mina y jamás salían a la superficie. Por una parte, era mejor. Así nunca llegaban a saber que estaban ciegas y no podían resistir la luz del sol.
– Y nosotros -le digo- acabaremos como ellas si seguimos aquí encerrados mucho tiempo.
Ramiro vuelve a mirarme. De sus labios cuelga una extraña sonrisa. Una sonrisa amarga, lejana, inexpresiva. Una sonrisa que borra la humedad como si fuera polvo.
– ¿Sabes cuántos años trabajé yo en la mina? -me dice-. Doce. Desde los quince hasta los veintisiete, hasta que estalló la guerra. Y no me quedé ciego.
Gildo se revuelve en su sitio. Cambia de postura bajo el capote, respira ruidosamente y continúa durmiendo.
Ramiro y Gildo se han marchado a casa de éste, en Candamo, a buscar algo de comida, mantas y pilas para la linterna, que se quedó definitivamente sin luz esta mañana. Gildo aún no había ido a ver a Lina, su mujer, y al niño que nació cuando él ya estaba en las trincheras de Tejeda. Desde la noche misma en que llegamos, esperaba impaciente este momento.
Juan y yo, cuando se van, comemos un poco de pan, lo último que quedaba de las dos hogazas que mi padre nos subió hasta la collada la otra noche. La carne tuvimos que tirarla: la humedad la había corrompido. Así que tenemos que conformarnos con un poco de pan enmohecido y duro hasta que Gildo y Ramiro regresen de Candamo.
Luego, nos tumbamos otra vez a ver pasar el tiempo.
Ahora, ahí arriba, debe de estar anocheciendo. Quizá el sol retrocede lentamente ante el empuje de las nubes hinchadas de noviembre. Quizá el viento busca consuelo a su soledad entre las urces y los robles. Quizá ahora mismo algún pastor está cruzando sobre el lomo inescrutable de la mina.
Aquí abajo, sin embargo, siempre es noche. No hay sol, ni nubes, ni viento, ni horizontes. Dentro de la mina, no existe el tiempo. Se pierden la memoria y la consciencia, el relato interminable de las horas y los días.
Dentro de la mina, sólo existe la noche.
Ya no hay sol; pero la luz indestructible de la tarde golpea nuestros ojos con violencia. Se resisten a absorber tanta luz. Tanta luz.
En la explanada de la bocamina, tableros, hierros retorcidos, vagonetas roídas por el óxido, escombros, se pudren mansamente bajo la tarde fría que se aleja. El agua que supuran las entrañas de la mina se encharca en la espiral de su propio abandono formando un sucio manantial, un reguero maloliente que se desliza despacio entre las escombreras.
Dentro del barracón que en tiempos debió de ser puesto de mando y oficina, sólo la soledad y el abandono habitan ya. Por todas partes, restos de pizarra, cristales rotos y yerbas amarillas que se abren paso entre las tablas como si una peste súbita hubiera asolado este lugar hace ya siglos.
A lo lejos, detrás del monte Yormas, el sol se desmorona en una charca sucia.
Cuando se olvidan el color y la textura de la luz, cuando la luna se convierte en sol y el sol en un recuerdo, la vista sigue más el dictado de los olores que de las formas, los ojos obedecen al viento antes que a sí mismos.
Cuando la noche lo envuelve todo, permanente e indefinidamente, empapando la tierra y el cielo, anegando el corazón y el tiempo y la memoria, sólo el instinto puede descubrir los caminos, atravesar las sombras y nombrarlas, descifrar los lenguajes del olor y del sonido.
En los sillares de Ancebos, bajo los tejos rojos, anida el viento que por la noche baja al valle para encerrar a las personas y a los perros dentro de las casas, al lado de la lumbre. Pero, ahora, el viento está aquí también. Bate las ramas secas, escarba con furia entre las gredas, se aleja por el monte con un aullido negro e interminable.
– Ya falta poco. Está ahí arriba, detrás de la peña.
Gildo se ha detenido para esperarnos. Señala con la mano la enorme mole gris de Peña Barga, peraltada, frente a nosotros, en difícil equilibrio sobre el valle, varada en medio de la noche como un navío imposible, como un barco encallado en un lugar del que se hubiera retirado el mar.
– Cuando nosotros retrocedimos hacia el norte -explica Gildo jadeando por el esfuerzo-, pasamos por allí, por el desfiladero, ¿lo veis? El redil está justo detrás.
Gildo estuvo aquí avanzado nueve días, los nueve primeros días de la guerra. Gildo, como yo, como Juan, como Ramiro, como tantos y tantos hombres y mujeres de estos pueblos, huyó de noche al monte al quedar la zona partida en dos frentes separados por la línea del ferrocarril. Y aquí aguantó durante nueve días. Todavía quedan trincheras a nuestro alrededor, bombas sin explotar, restos de metralla. Huellas de una batalla que ya sólo el propio Gildo puede recordar:
– Éramos ocho: tres de Ancebos, dos de Vegavieja, un barrenista de Ferreras, el herrero de La Morana y yo. Salvé yo únicamente. Ellos estaban en Ancebos. Una sección entera. Nosotros sólo teníamos una ametralladora. Pero les costó muchos muertos levantarnos.
El viento se abre paso por el desfiladero y sopla con fuerza. Agita nuestros capotes como banderas tristes de un ejército vencido. El viento se abre paso por el desfiladero arrastrando los recuerdos de Gildo hacia el profundo pozo helado de la noche.
Ahí está, al fin, a la salida de la peña, en la pradera que se comba sobre el valle bajo una tromba verdinegra de piornedas.
Brilla bajo la luna el tapial de adobe, el tejado corroído por la nieve, el cobertizo de piedra que guarda el sueño del rebaño y en el que los mastines han barruntado ya nuestra presencia.
– ¡Quieto donde está! ¡Vamos, tire la escopeta!
El pastor había salido al cobertizo alertado por los perros. Salió con la escopeta quizá pensando que alguna alimaña rondaría la majada. O que los lobos habrían bajado ya hasta aquí, empujados por la nieve de los puertos, y ahora acechaban en la peña el sueño del rebaño.
Pero lo que se encuentra frente a él es la pistola de Ramiro.
– ¡Vamos, la escopeta! ¿No me oye?
El pastor obedece. Arroja el arma al suelo, lejos de su alcance, y se queda mirándonos con los brazos en alto.
– ¡Adentro!
Un candil de petróleo, colgado de una viga, en el techo, ilumina vagamente la pequeña estancia en la que se amontonan troncos para la lumbre, bolas de sal, cántaras de leche, pieles sin curtir, un banco desportillado, algunos sacos apilados en desorden contra las paredes y un camastro de tablas donde las mantas cobijan todavía el sueño interrumpido del pastor. Y, al fondo, atravesada en un rincón, a media altura, la balda de madera que sostiene el goteo amarillo de los quesos y la nube esponjosa de la lana.
– Está usted solo, ¿verdad?
El pastor asiente con la cabeza, sin separar la vista de nuestras metralletas. Es un hombre ya viejo, con el rostro curtido por esa extraña mezcla de cansancio y fortaleza que el monte otorga siempre a quien lo habita.
– Bien -dice Ramiro, cerrando la puerta-. Pues esta noche va a tener compañía. Ahí afuera hace mucho frío.
A las cinco de la mañana, Gildo me despierta. Me había quedado dormido sentado en un rincón.
Miro a mi alrededor: Juan también se despereza, levantándose del banco, y, al fondo, Ramiro fuma en silencio vigilando al pastor desde la puerta. Hace calor aquí, entre los sacos.
– ¿Qué hora es?
– Las cinco.
Gildo está guardando varios quesos en un saco. Guarda también una manta y tres o cuatro pieles secas, sin curtir, ante la mirada impotente del pastor, que continúa sentado en el camastro. Recuerdo que, antes de dormirme, contó que una patrulla de soldados pasó al amanecer, hacia Tejeda, donde han establecido un retén de vigilancia en la casa de la escuela con el fin de rastrear estas montañas. Una patrulla de soldados que, en cualquier momento, puede volver a aparecer.
Ramiro aplasta su cigarro con la bota.
– Nos llevaremos una oveja -dice dirigiéndose al pastor-. Y la escopeta. A usted le será fácil conseguir otra.
El hombre no contesta. Consciente de que nada puede hacer para impedirlo, se levanta y sale delante de nosotros al cobertizo donde el rebaño duerme al amparo vigilante y fiel de los mastines.
La noche está muriendo y el frío, ahora, es mucho más intenso, más cortado. Trae en la lengua el lamento escarchado de la niebla.
El pastor se ha metido entre las ovejas. Mira las marcas tajadas a tijera en sus orejas y, al fin, elige una. La arrastra de una soga hacia nosotros.
– ¿De quién es?
El hombre mira a Ramiro, sorprendido. Duda un instante antes de responder:
– Es mía.
Ahora, es Ramiro el sorprendido.
– ¿Suya? ¿Y por qué una suya?
– Si les doy una de otro vecino -dice-, tarde o temprano acabarían enterándose los guardias.
Ramiro le dedica una escéptica sonrisa:
– Yo creí que pensaba decírselo usted mismo.
El pastor no contesta. Se limita a encogerse de hombros mientras entrega a Juan el extremo de la soga para que el chico se haga cargo de la oveja. El animal se resiste a caminar. Forcejea, con las patas clavadas en la tierra, intentando regresar con el rebaño. Quizá ha intuido ya, en nuestros ojos, su destino.
– ¿Es bastante esto?
Seguramente era lo último que el pastor podía esperar de mí en este momento. Ramiro y Gildo también me miran sorprendidos. Desconocían la existencia del dinero que acabo de sacar de mi bolsillo.
Es bastante más del doble. Mucho más de lo que valen la oveja y la escopeta y el mísero botín que Gildo se lleva en ese saco. Es bastante más del doble y el pastor lo sabe. Por eso sigue mirándome extrañado, sin decidirse a coger el dinero que le ofrezco.
– Pues tenga, guárdelo. Nosotros también pagamos -le digo-. Y espero que sea cierto lo que dijo. No olvide que, cualquier noche, podemos volver a visitarle.
El pastor nos ve marchar, desde la puerta, rodeado por los mastines. Casi seguro, en cuanto desaparezcamos por el desfiladero, bajará corriendo al pueblo a denunciar a los guardias lo ocurrido.
El amanecer nos sorprende ya de nuevo cerca de la mina. En una hora, hemos recorrido más de diez kilómetros de monte.
Está helada la escarcha, dura como cristal. Y grandes nubes bajas avanzan por el cielo llenando de luz negra el horizonte v las montañas. Pronto, seguramente, en cuanto el frío se disuelva con la escarcha, comenzará a llover.
– Esperad, no corráis -llama Gildo-. Esperad al chaval.
Juan sube, entre las retamas, tirando de la oveja.
– Hay que matarla ahora -dice Ramiro-. Antes de que se haga totalmente de día.
– ¿Dónde?
– En el barracón.
– ¿Y los despojos?
– Los tiramos al reguero. Que los arrastre hacia el desagüe de las escombreras.
Al otro lado de la loma, bajo la falda del monte Yormas, se divisa ya la explanada de la bocamina: las chapas desvencijadas del barracón, los depósitos vacíos de los lavaderos y las vagonetas corroídas por el óxido y la escarcha. El viento azota suavemente las escombreras grises que nutren al espino, la acedera y el cardo.
Es un paisaje gris, inútil, desolado. Un paisaje abandonado sin remedio a la voracidad del tiempo y el olvido. Juan ha llegado ya a nuestra altura tirando de la oveja. El animal camina, dócil y resignado, con el dibujo de la muerte grabado en su mirada.
– ¡Sujétala! ¡Fuerte! ¡Átale las patas, vamos!
Gildo forcejea con la oveja tratando de tumbarla contra el suelo. Al fin, lo consigue. La inmoviliza clavándole una rodilla en el vientre y yo aprovecho ese instante para atarle las patas con la soga.
Ramiro y Juan miran la escena mientras vigilan desde las ventanas.
Unos segundos y ya Gildo hunde hasta el fondo su navaja en la garganta de la oveja. El animal se revuelve en el suelo chillando ácidamente. Se convulsiona con violencia mientras la sangre surge, impetuosa, de la garganta abierta como vino de una botella rota. La sangre se extiende por la lana de la oveja y por las tablas del suelo, entre los cascotes y los cristales. Salpica la camisa y nuestros ojos.
Poco a poco, las convulsiones van haciéndose más espaciadas, perdiendo fuerza. Se convierten ya en espasmos de agonía, en crispaciones que anuncian la llegada de la muerte.
– Suéltala, Ángel. Ésta ya no se escapa.
Gildo limpia en su pantalón la hoja de la navaja contemplando con gesto victorioso la oveja tendida en el suelo, en medio de un gran charco de sangre.
– Ahora hay que desollarla -dice levantándola por las patas traseras-. Ayúdame a colgarla de esa viga.
La luz que se cuela por las ventanas del barracón es cada vez más clara, más limpia y transparente. Ya ha amanecido y un débil sol de invierno intenta despuntar al otro lado de la loma. Todavía es una mancha amarilla diluida entre las nubes.
– Sujétala por la cabeza. Que no se balancee.
La oveja cuelga de la "viga como un extraño fruto ensangrentado y la navaja avanza, decidida, vientre abajo, haciendo saltar un aluvión de vísceras sobre el caldero roto y oxidado que Ramiro encontró en los lavaderos. Gildo se remanga la camisa y hunde su brazo en el interior del animal. Con movimientos rápidos y sabios, va arrancando del vientre racimos malolientes, despojos que revientan en el fondo del caldero con un sonido azulado y blando.
Por el brazo de Gildo, la sangre avanza en hilos como la hiedra por el tronco de un árbol.
– Juan, tira eso al reguero y trae agua limpia. Date prisa.
Juan sale del barracón con el caldero y Gildo, limpiando nuevamente la navaja, comienza a separar la piel del animal.
– Es buena -dice-. Puede valer para hacer una pelliza.
Pero no le ha dado tiempo a terminar. Juan ha irrumpido en el barracón y se abalanza corriendo hacia una de las ventanas.
– ¡Hay alguien allá arriba! ¡Me ha visto! Ramiro, Gildo y yo corremos a su lado.
– ¿Estás seguro?
– Seguro. Miradle: en lo alto de la loma. Ramiro busca con los prismáticos la silueta que se recorta en el horizonte.
– Es un chaval -dice.
– ¿Qué estará haciendo ahí arriba?
– ¡Y yo qué sé!
Ramiro rastrea todo el monte, delante de nosotros, buscando otras personas. Luego, retorna nuevamente al punto de partida.
– Está bajando hacia aquí -dice-. Viene solo.
En dos minutos, se ha plantado junto a la explanada.
Ahora podemos verle bien. Es un muchacho de catorce o quince años, poco menor que Juan. Lleva una soga en la mano y parece estar buscando algo. Se ha detenido entre las retamas, cerca de los lavaderos, y mira con curiosidad y desconfianza hacia el barracón, sin atreverse quizá a acercarse más.
– Nos ha visto. No hay duda.
– Ángel, sal tú y aléjale de aquí -me dice Ramiro, agachado a mi lado, bajo la ventana-. Pero sin que sospeche nada.
Dejo la metralleta en el suelo, me limpio con un pañuelo la sangre de las manos y me encamino despacio hacia la puerta.
En la explanada, la luz ya crecida del amanecer se abalanza, helada, sobre mí.
El muchacho me observa, inmóvil entre las retamas. Tarda un rato en decidirse a preguntarme:
– ¡Eh, oiga! ¿Ha visto usted una cabra por aquí?
Yo aparento descubrirle en ese instante.
– No. No he visto nada. ¿Se te perdió?
– Sí. Anoche ya no volvió con el rebaño.
– ¿De dónde eres?
– De Vegavieja.
Parezco infundirle cierta confianza, porque el muchacho ha abandonado su lugar entre las retamas y comienza a acercarse a la explanada. Si no hago nada por evitarlo, llegará hasta el barracón.
– Ya se ha quedado más veces en el monte -viene diciendo-. Pero, ahora, está preñada y mi padre tiene miedo de que se esconda por ahí, a parir sola, y la cojan los lobos o una nevada…
De pronto, sus ojos se han clavado en el caldero lleno de vísceras ensangrentadas que Juan abandonó junto al reguero. El muchacho retrocede. Comienza a correr monte arriba entre las retamas sin darme tiempo a reaccionar. Se vuelve cada poco para asegurarse de que no le sigo.
Ya cerca de la loma, me grita, amenazante y asustado al mismo tiempo:
– ¡Ha sido usted! ¡Ha sido usted quien la ha robado!
Y se pierde corriendo entre las nubes.
– Vámonos de aquí -dice Ramiro saliendo a la explanada-. Antes de una hora, esto estará infestado de soldados.
Hacia el mediodía reventaron las nubes. No soportaban ya tanto silencio.
Primero se ablandaron como frutas maduras, después se aplastaron unas contra otras y, por fin, abrieron sus barrigas inflamadas derramando sobre la tierra una sustancia negra y amarga.
Monte abajo, las retamas inclinaron, sumisas, sus cabezas al paso de la lluvia.
– Ahí les tenéis.
Estamos tumbados boca abajo sobre la arista del cabezo que corona, como una cresta rota, la cumbre vertical del monte Yormas. Desde aquí, con la ayuda de los prismáticos, podemos dominar un paisaje mucho más grandioso y bello de lo que los ojos por sí solos podrían soportar: la mole ingrávida de Peña Negra, sobre la verde sima del valle de los Osos y las colladas de La Friera y Vegavieja: las agujas cortadas del Usiello, detrás de Peña Barga, hacia el oeste: los puertos de Tejeda y La Morana: el cueto de Morana: los neveros de la Sierra de la Sangre donde hilvanan su memoria el lago Negro y el río Susarón: el perfil plateado y familiar del monte Illarga, borrado por la lluvia y la distancia. Y, abajo, a nuestros pies, como erupciones minúsculas de una tierra maldita y olvidada, las grises escombreras de la mina y la raya de la loma que bordea la explanada por el sur y que recorta ahora las siluetas de unos hombres que avanzan desplegados, las armas empuñadas, como en una gigantesca cacería.
– Menos mal que salimos a tiempo de esa ratonera.
Es la voz de Ramiro, aplastado a mi lado contra la arista de la roca, casi sobre el vacío.
El viento aúlla como un lobo esparciendo la lluvia en todas las direcciones. Las nubes están tan bajas que casi se apoyan sobre nosotros.
Los guardias y los soldados, desplegados al borde de la explanada, entre las retamas, han rodeado las escombreras y han tomado posiciones en torno a los depósitos de los lavaderos y el barracón.
Después, durante algunos minutos, han observado las instalaciones de la mina, bajo la lluvia, antes de que una voz gritara entre las retamas:
– ¡Salgan con las manos en alto! ¡No tienen escapatoria!
Pero, del interior del barracón, sólo llega la respuesta inquietante del silencio.
Por fin, tras una nueva espera, varios guardias surgen de las retamas y corren por la explanada a parapetarse tras las vagonetas y los depósitos de los lavaderos. Algunos alcanzan la zanja del desagüe y se arrojan sobre el barro, a sólo veinte metros del barracón.
Ahora, ahí debajo, se oyen voces ininteligibles, gritos amortiguados por el aguacero. Un guardia ha abandonado su puesto provisional detrás de una vagoneta y corre en solitario, agachado, hacia el barracón, cubierto por el fuego graneado de los que se quedaron tumbados en la zanja. Se aplasta contra la pared, al lado de la puerta, y mira nervioso en dirección a las retamas esperando órdenes. El silencio es tan tenso que incluso la lluvia ha enmudecido para esperar el desenlace.
Pasan unos segundos interminables antes de que el guardia se decida. Da una patada a la puerta y encañona la estancia vacía.
– Los galones tendrán que esperar -murmura Ramiro, a mi lado, con una sonrisa.
Pero algo llama ahora mi atención en la explanada: todos han abandonado ya sus refugios entre las retamas y varios guardias se dirigen hacia la boca de la mina encañonando a dos hombres esposados. Les obligan a entrar delante, en cabeza, para que les sirvan de parapeto en el caso de que alguien abra fuego desde dentro.
El resto de los guardias y los soldados se quedan esperando en la explanada, husmeando en los alrededores del barracón y de los lavaderos.
La espera no es muy larga, sin embargo. A los pocos minutos, dos disparos desgarran el vientre de la montaña. Las detonaciones son secas, profundas, como explosiones de dinamita bajo la tierra. Conmueven un instante el equilibrio perfecto de la lluvia y el silencio.
Cuando la partida se reagrupa en la explanada y comienza a alejarse nuevamente hacia Tejeda, los dos prisioneros va no van en ella.
La carne crepita sobre el fuego, al fondo de la cueva, mientras, afuera, el viento de noviembre arrastra hojas lejanas por el monte.
Un humo denso y acre invade el pasadizo, se agolpa contra el capote que, en la boca de la cueva, impide, desplegado, que el resplandor del fuego pueda verse desde fuera. Es agradable, después de un día entero soportando la humedad y el frío que supuran las entrañas de la tierra, sentir el olor profundo del asado, el monótono crujido de las llamas que acarician con sus lenguas de roble la carne que se encoge con un largo lamento.
– Bueno. Esto ya está.
Gildo ha clavado su navaja en la hebra palpitante y apretada y la retira del fuego para trocearla sobre una piedra plana.
Nosotros le miramos sin demasiado interés. Juan se ha tumbado sobre unas cuantas mantas lejos de la lumbre y Ramiro, recostado frente a mí contra la oscura pared del pasadizo, parece dormitar sumido en un profundo tedio. Apenas ha cambiado de postura y de expresión en todo el día. O mejor: apenas ha cambiado de postura y de expresión desde que estamos enterrados -una semana se cumplirá mañana- en este húmedo agujero, prolongación tortuosa de la oquedad cegada por el barro y las retamas que, en tiempos, debió de ser refugio de pastores y que nosotros vaciamos y excavamos durante cinco largas noches de trabajo, completamente a oscuras y con la única ayuda de un cuchillo y una pala, cuando llegamos aquí huyendo de la mina abandonada. La cueva, pese a la protección de los chapones que trajimos del viejo barracón para cubrir por dentro el techo y las paredes, es húmeda y helada, apta quizá sólo para la supervivencia de alimañas. Pero está oculta de miradas tras la hojarasca espesa de un piornal, colgada como un nido de águilas en las aristas escarpadas de Peña Illarga, y nadie, ni siquiera los más viejos pastores de los pueblos del contorno, podría recordarla ya. Y, sobre todo, desde la estrecha abertura de su boca, podemos dominar con los prismáticos el valle entero del río Susarón, con los tejados de Pontedo y de La Llánava, la carretera que viene de Ferreras, la línea negra del ferrocarril y las paredes cenicientas del cuartel de Cereceda.
– ¿Qué os pasa? -pregunta Gildo-. ¿No vais a comer nada?
Un silencio indiferente le contesta. Ramiro y Juan ni siquiera abren los ojos para mirarle.
Yo tampoco tengo hambre. Desde que estamos aquí, apenas he vuelto a sentir el grito negro de la bestia que, en el fondo de mi estómago, bramaba desolada tantas veces en los últimos meses de la guerra y, sobre todo, durante los cinco días que pasamos sin comer huyendo a través de las montañas y en medio de la lluvia de otra bestia más concreta, más humana y sanguinaria, que perseguía implacable nuestros pasos. Es como si la humedad y el frío de la cueva se me metieran en los huesos y en el alma manteniéndome tumbado día y noche al lado de la lumbre, sin ganas de comer, ni de hablar, ni de asomarme siquiera a la boca de la entrada para observar el cielo encapotado y duro que, en sus aristas, tiene ya el aliento de la nieve y, en él, nuestra condena: antes de la primavera no podremos escapar de aquí.
– Allá vosotros -dice Gildo blandiendo en su navaja un trozo de carne asada-. Pero os advierto que esto es lo último que quedaba de la oveja.
Y comienza a comer vorazmente, dejando que la grasa le manche las manos hinchadas por el frío y la ya espesa y crecida barba.
Hacia las tres de la mañana, ha cantado el búho en el hueco de algún roble cercano. Debe de ser rojo y negro como la hoguera que agoniza dentro de la cueva. Y sus ojos resplandecientes en la noche como dos brasas.
Cuando despierto, por la boca de la cueva se cuela ya la luz helada y temblorosa del amanecer. La lumbre está apagada, consumida bajo sus propias brasas, y la humedad traspasa mi manta y mi capote.
– ¿Estás despierto?
Es Ramiro. Descubro el brillo de sus ojos frente a mí, en la oscuridad, y me acuerdo del búho que cantó en la noche.
– Sí. ¿Qué hora es?
– Las siete. Está amaneciendo.
Torpemente, me recuesto en el montón de lana y hojas sobre el que he estado durmiendo. Tengo las manos duras, hinchadas por el frío, sin fuerzas casi para sujetar la botella que Ramiro me alarga en la oscuridad.
– Toma, bebe. Te ayudará a espantar el frío.
Busco el respaldo helado de la roca y destapo la botella. El aguardiente abre un surco de fuego por mi garganta. El aguardiente es un río de hierro que estalla con furor contra las bóvedas del sueño buscando en mi memoria la memoria dolorida de la noche.
Pero esta amarga llama de su aliento es la única que podemos encender mientras la luz del día ilumine las montañas y el humo de una hoguera pueda verse desde el valle.
– Hay movimiento -dice Ramiro mirándome beber.
Lo ha dicho en voz muy baja, con los ojos pintados por un destello extraño: ese brillo fugaz, cortado e indescifrable que siempre asoma a ellos cuando el peligro ronda en torno nuestro.
– ¿Qué pasa?
– No sé. Pero han llegado dos camionetas con refuerzos.
– ¿Cuándo?
– De madrugada. Mira, ven.
Dejo la botella en el suelo, sobre las mantas, y me arrastro detrás de Ramiro hasta la boca del pasadizo.
El valle de Cereceda se abre al pie de la peña como mi cielo invertido, como una inmensa olla de la que sube bacía nosotros un vapor denso y helado. La niebla es tan compacta, tan cuajada, que hace imposible ya distinguir el contorno de los bosques y el perfil de las montañas. Todo se funde lentamente en un mismo color y en una misma masa, en una lámina deshilachada y gris que sólo se desgarra en las agujas de los chopos, junto al río, y en los tejados rojos de Pontedo y de La Llánava.
– ¿Ves algo?
Ramiro trata inútilmente de abrirse paso en la niebla con los prismáticos:
– Nada. La niebla está subiendo muy de prisa. Hace un momento, se veía el cuartel perfectamente. Y las dos camionetas en el patio.
De pronto, casi a un tiempo, una misma sospecha nos asalta. Puedo leerla en los ojos de Ramiro, repentinamente agigantados y encendidos, del mismo modo que él quizá esté ahora leyéndola en los míos: las camionetas deben seguir ahí, en el cuartel cubierto por la niebla. Pero ¿y los guardias que en ellas han llegado?
Ramiro corre hacia el final del pasadizo en busca de Gildo y de su hermano. Éstos, envueltos entre las mantas, junto a la lumbre, se despiertan sobresaltados. No entienden todavía el motivo de nuestra alarma.
Pero, sin perder tiempo, cogen sus metralletas y nos siguen.
Afuera, en el piornal, la niebla es una gasa temblorosa y apretada. Corta la luz y difumina, delante de nosotros, las ramas que se abren, crujiendo, a nuestro paso.
Veo las botas de Ramiro aplastarse entre la hierba en dirección a la collada, trepar por la ladera de la peña delante de mis ojos, del vapor jadeante que nace de mi boca. Siento los pasos de Juan detrás de mí, pegados a mis botas. Y adivino las botas de Gildo cerrando la columna y el poso de la niebla. No podemos ver nada. Ningún sonido llega anunciando desde lejos la batalla. Pero todos sabemos que la presencia de esas dos extrañas camionetas ahí abajo marca el presagio incierto de la muerte. Y que esta hora, la del amanecer, cuando la escasa luz permite todavía la avanzada sigilosa entre las urces y el sueño vence a veces la tensa vigilancia del huido, es la elegida siempre por los guardias para subir al monte tras sus pasos.
En lo alto de la peña, nos tumbamos en el suelo, bajo los brezos, de espaldas unos a otros. La niebla nos sepulta con un bramido blanco.
Esta niebla en la que tal vez se funde ya el aliento cercano de los guardias.
Fue una alarma infundada. Una más. Una de tantas.
Cuando bajó la niebla volvimos a la cueva.
Las camionetas se fueron por la tarde.
Nadie pudo hacerle desistir de su intención. Ni siquiera Ramiro. Juan era el único que nunca había bajado.
– Madre me está esperando. Traeré comida y mantas.
– Bajaré yo contigo.
– No. Voy a bajar yo solo. Vosotros ya habéis ido varias veces. Esta noche me toca a mí arriesgarme.
Juan cogió la metralleta y la pistola de su hermano. Metió un puñado de cartuchos en el bolso y se alejó entre las urces camino de La Llánava.
Nosotros le seguimos con la mirada hasta que perdimos su rastro en el horizonte de la collada.
– Ángel.
Es Ramiro. Otra vez.
– ¿Qué?
– ¿Duermes?
– No tengo sueño.
– ¿Qué hora será?
– No sé. Las dos. Las dos y media.
– Tarda mucho, ¿no te parece?
Ramiro se queda en silencio, mirando la hoguera. Mirando la hoguera y esperando de mí una respuesta que no llega.
Hacia el amanecer, llega la voz del viento. Se enrosca en el capote que cubre la boca de la cueva, asoma su cabeza transparente al interior para mirarnos y, luego, se aleja nuevamente monte abajo.
Juan no ha regresado todavía.
Ramiro vuelve del piornal y apaga el fuego.
– Está amaneciendo -dice.
Gildo y yo le miramos en silencio.
– A Juan le ha pasado algo.
Hace tiempo que me ocupo en engrasar la metralleta para olvidar mi nerviosismo.
– ¡A mi hermano le ha pasado algo! -grita de pronto Ramiro totalmente descompuesto-. ¡No os quedéis ahí sentados!
Gildo me mira sin saber qué hacer. O mejor: sabiendo, como yo, que lo único que podemos hacer hasta la noche es seguir aquí sentados esperando.
Durante todo el día, rastreamos por turnos el valle con los prismáticos: la espesura del monte, los caminos, las orillas del río, las calles de La Llánava, la solitaria línea negra del ferrocarril.
Nada. Ni rastro de Juan. Ni un solo indicio de su paso.
En el cuartel, el ritmo regular de las patrullas y las rondas parece desechar cualquier suceso extraño.
El edificio del molino se yergue, hierático y sombrío, al borde de la presa donde duermen ahora los rodeznos con los dientes hundidos en el agua. El ruido de la espuma, en la pesquera, es torrencial. Pero una calma honda, doméstica e invernal, envuelve mansamente los chopos deshojados del camino.
En la ventana del molino hay luz: un coágulo amarillo que salpica la espuma de la presa y las salgueras de la orilla.
Tomás, el molinero, está solo en la cocina. A través de los cristales puedo ver su figura desvaída, acodada en la mesa con los restos de la cena, de espaldas al fogón. Son las once de la noche y Tomás, que vive solo aquí, separado del pueblo por el río, hace tiempo hasta la hora de dormir escuchando por la radio las noticias. El frío de la noche y el miedo a algún encuentro en el camino no invitan demasiado a acercarse a la cantina.
Pero, hoy, Tomás tiene visita. ¿A estas horas? No puede ser. Tomás escucha con atención. Baja el volumen de la radio. Ahora sí. Ahora lo ha oído claramente: un golpe suave, amortiguado por la escarcha, en la ventana.
El molinero se levanta y se acerca muy despacio. Escruta, receloso, las sombras de la noche a través de los cristales.
Cuando me ve y me reconoce, la sorpresa le deja petrificado.
– ¿En el monte?
– Desde hace un mes. Le parecerá seguramente una locura.
Tomás ha corrido el cerrojo de la puerta y cerrado las contraventanas. Apaga también la radio.
No sabe que Gildo está ahí afuera vigilando.
– Lo que me parece una locura -dice- es que hayáis venido aquí. Os arriesgáis vosotros y me comprometéis a mí.
– Lo sé, Tomás. Y lo siento. De veras que lo siento. Pero necesitamos su ayuda. Por eso hemos venido.
Ramiro escucha en silencio junto a la puerta. Los ojos del molinero van intermitentemente de él a mí. Piensa seguramente que hemos venido para pedirle que nos esconda en el molino. Y la idea, es evidente, no parece gustarle demasiado. Sabe el peligro que por ello correría.
– ¿Qué queréis?
– Buscamos a mi hermano -Ramiro, al fin, ha roto su silencio-. Está en el monte con nosotros. Anoche bajó a casa a por mantas y comida y no ha vuelto todavía.
– Y quieres que yo vaya hasta tu casa para saber qué ha sucedido.
– Exacto -asiente Ramiro-. Para nosotros es muy arriesgado. Si han cogido a mi hermano, los guardias tendrán ahora todo el pueblo vigilado.
– Si lo hubieran cogido -dice Tomás, no sé si en un intento de despejar nuestros temores o de encontrar una disculpa para él mismo-, ya se hubiese sabido. Tu hermano seguramente está escondido en casa.
Ramiro y yo le miramos en silencio, sin responder. El molinero, inmóvil frente a nosotros, parece cada vez más indeciso. Sin duda tiene miedo a salir solo y acercarse hasta La Llánava en esta extraña noche cuajada de temores y presagios. En esta extraña noche atravesada por el frío.
Pero no encuentra el coraje suficiente para negarnos la ayuda que le pedimos.
– Vosotros esperadme aquí -dice, al fin, consultando el reloj y buscando su pelliza-. Yo volveré en seguida.
El reloj de la iglesia da las doce cuando le vemos regresar por el camino. Ha pasado solamente media hora.
Desde la cerca de la presa, donde Ramiro y yo nos hemos reunido ya con Gildo -ninguno de los dos podía soportar la tensa espera en la oscuridad de la cocina-, vemos venir a Tomás con las manos hundidas en los bolsos de la pelliza y el cuerpo inclinado hacia adelante para abrirse paso entre las ráfagas cortadas de la ventisca.
Se asusta cuando nos ve aparecer al borde del camino.
– No está -dice mirando a Ramiro-. Y anoche tampoco estuvo.
– ¿Que anoche tampoco estuvo?
El molinero duda un instante antes de decir:
– Así es. A menos que tu madre me haya mentido.
Una ráfaga helada ha cortado sus últimas palabras. Bruscamente, el agua de la presa enmudece en la pesquera. El cielo se torna del color del hierro viejo y, en lo alto de los chopos, la luna se deshace como un fruto podrido.
Es la señal: sobre los campos desolados, sobre las extensiones infinitas de la noche, sobre las soledades eternamente juntas del río y del camino, comienza a nevar con repentina y aprendida mansedumbre.
Por los últimos huertos, cerca ya del cementerio, la ventisca arrecia. Desciende por el monte con un aullido doblando las cabezas de los árboles como animales sagrados que se inclinan ante el dios que pasa.
En sólo unos minutos -los que hemos empleado en llegar desde el molino hasta aquí arriba-, la nieve ha comenzado a dejar su impronta blanca en el camino. Un camino de tierra, cercado, que atraviesa los huertos y los prados ribereños y remonta torpemente la cuesta del cementerio antes de convertirse, ya en el monte, en senda tortuosa de rebaños.
Ha sido justo aquí, al salir a monte abierto, cuando nos ha sorprendido a bocajarro la descarga: una cortina de fuego que se enciende de repente junto a las viejas tapias del cementerio.
Cuando recobro el movimiento, estoy tumbado boca abajo en medio del camino. Casi al azar, cegado por la nieve, sintiendo en torno a mí las lenguas aceradas de las balas, busco el amparo de las urces donde Gildo empuña ya con rabia y decisión su metralleta.
– ¡Disparad! ¡Disparad! -Es la voz de Ramiro, a mis espaldas-. ¡Nos van a machacar!
La noche ha reventado como un barril de pólvora. Se ha convertido en un devastador y helado torbellino. La nieve, el viento, el tableteo de las armas, los gritos de los guardias, se funden bajo la noche dibujando una lámina borrosa e indescifrable. El ruido es sobrehumano. Por todas partes, las balas buscan nuestros cuerpos, rebotan contra la tierra con un aullido interminable.
– ¡Hay que salir de aquí! -grita Gildo, a mi lado, sin dejar de disparar-. ¡Hay que salir de aquí!
– ¡Aguantad! ¡Aguantad!
Aplastado contra el camino, Ramiro busca en el cinto una granada de mano. Arranca la espoleta con los dientes y la lanza con todas sus fuerzas hacia las sombras invisibles de los guardias.
El estampido es atronador. Acalla durante unos segundos las voces de los guardias y el tableteo nervioso de sus armas. Unos segundos largos, interminables, que nosotros aprovechamos para correr desesperadamente monte arriba, en medio de la noche y la ventisca.
– ¡Disparad! ¡Vamos, cubridme!
Ramiro empuña ya la otra granada. Y, antes de que los guardias puedan reaccionar, una segunda explosión les obliga a permanecer agachados tras las tapias.
Y, otra vez, correr, correr monte arriba con todas nuestras fuerzas, correr entre las urces y las ráfagas de nieve, correr buscando la raíz más profunda de la noche, la salvación cercana de esas rocas que marcan, en lo alto de la loma, la frontera de la muerte y de la vida.
De pronto, un golpe en la rodilla. Un golpe seco, inesperado. Y un escozor azul que asciende por mi pierna llameando.
– ¡Esperadme! ¡Esperadme! ¡Me han dado!
– ¡Corre! ¡No te pares! ¡No te pares!
Me arrojo al suelo, entre los matorrales, y me arrastro como puedo hasta la roca. Gildo está ya arriba, disparando.
Ramiro llega a mi lado:
– ¿Dónde? ¿Dónde te han dado?
– Aquí, en la rodilla.
El escozor es cada vez más fuerte, más profundo. Intento contener el borbotón caliente con la mano.
– Toma. Átate este pañuelo.
Ramiro coge mi metralleta y trepa a lo alto de las rocas, junto a Gildo.
– Quieto. No dispares -le dice-. Aquí no subirán.
Al cabo de unos minutos, una ráfaga corta y desesperanzada pone fin al tiroteo.
La noche se resiste a aceptar el silencio. Tan intenso. Pero, en seguida, el aullido gris de la ventisca reaparece entre las urces para llenar el vacío que la pólvora ha dejado. A lo lejos, algunas luces dispersas comienzan a encenderse en las ventanas de La Llánava.
Poco a poco, los guardias comienzan a salir de entre las tapias. Se acercan al camino con recelo y temor al principio. Convencidos después de que ya estamos al otro lado de la loma, perdidos en la noche, lejos de su alcance. Son solamente cuatro. Durante largo rato, rastrean con linternas la senda del rebaño, los matorrales apretados de las urces, el perfil sinuoso de las rocas, delante de nosotros.
Ramiro tenía razón: al final, las linternas se estrellan contra el cielo, por encima de las rocas, sin que los guardias se atrevan a subir en nuestra búsqueda.
En la collada de Illarga, la nieve alcanza ya un palmo de altura. La ventisca ha amainado y, ahora, una calma densa y fría se extiende mansamente sobre el monte.
Apoyado en el hombro de Gildo, hundiéndome en la nieve a cada paso, sin un solo descanso, sin ni siquiera un alto mínimo para mirar atrás y contemplar la larga estela de silencio que vamos dejando entre nosotros y las botas de los guardias, sólo percibo ya el escozor amargo que roe mi rodilla como un insecto. Las peñas se agigantan delante de mis ojos. Los copos y las urces se funden y deshacen, borrosos e insensibles, contra mis manos y mi rostro.
Siento que voy a desmayarme. Siento brotar en mi cerebro un lago negro y profundo.
– Parad -suplico-. No puedo más.
Gildo se detiene y me deja caer sobre la nieve. Quita el pañuelo ensangrentado para mirar la herida.
– Vamos, Ángel. Aguanta. Ya falta poco.
Gildo lava el pañuelo entre la nieve y lo vuelve a apretar en mi rodilla. La humedad paraliza el zumbido del insecto. Pero, a cambio, un relámpago de hielo atraviesa mi espalda como un látigo.
Ramiro borra con una rama el reguero de sangre que ha quedado entre la nieve. Me pregunta:
– ¿Puedes seguir?
– Sí -respondo, sin saber todavía si seré capaz de levantarme.
Pero no puedo. No siento ya ningún miembro del cuerpo.
Entre los dos, me levantan del suelo. Gildo me coge a cuestas y comienza, torpemente, a caminar.
Cerca de la cueva, Gildo me deja caer otra vez sobre la nieve y empuña su metralleta.
Ramiro se adelanta. Se interna entre los piornos y comprueba las marcas de seguridad con la linterna: esas señales apenas perceptibles -una rama cruzada, una lata, una cuerda- que dejamos a la entrada de la cueva para saber si alguien ha estado aquí en nuestra ausencia.
– ¿Juan?
La voz de Ramiro rasga como un cuchillo las entrañas heladas de la peña.
– ¿Juan? ¿Estás ahí?
Pero nadie contesta.