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Tercera Parte. 1943

Capítulo IX

La puerta se abre con suavidad y la silueta silenciosa y enlutada de la madre de Ramiro se recorta en el umbral iluminado por la luna.

Se queda ahí un instante, atenta a cualquier ruido, intentando descifrar inútilmente con los ojos la penumbra cuajada de la hornera.

– Madre. Estamos aquí.

Ella cierra la puerta y, a tientas, guiándose tan sólo por la memoria y el instinto, se abre paso torpemente hasta nosotros entre las arcas y los sacos y el perfil patibulario de las cestas colgadas de las vigas.

– ¿Estáis bien?

– Sí, madre. Estamos bien. ¿Y usted?

– ¿Por qué tardasteis tanto?

– No pudimos venir antes. Los guardias estaban en la calleja.

Ella nos mira desde el fondo de unos ojos encendidos por la espera como queriendo constatar una vez más el milagro de que aún estemos vivos. De que no somos fantasmas que surgimos de tarde en tarde entre las sombras de la hornera para seguir alimentando su esperanza.

– Estaba muy preocupada.

– ¿Por qué?

– Hace un mes que no sabía nada de vosotros.

En el silencio de la cocina de horno, las palabras de Ramiro y de su madre llegan hasta mi oído como roídas por la noche y por el humo. Como si hubieran sido pronunciadas años antes en algún lugar lejano del que se hubiera retirado para siempre el sol. Y no en este cuarto olvidado y oscuro, adosado a las cuadras, al final del corral, que conserva en los viejos arcones la memoria sagrada del pan y el recuerdo imborrable de todos los hombres que habitaron la casa.

– ¿Tenéis hambre?

– No.

– Tu hermana me trajo ayer esta caja de tabaco – me dice.

– ¿Cómo están?

– Bien. Preocupados, como yo.

– Dígales que hemos estado aquí.

Mientras hablamos, la madre de Ramiro ha metido en mi mochila la caja de tabaco, una hogaza y un poco de matanza. Luego, busca entre la pila de urces secas, junto al horno.

– Las botas -dice, trayendo un pequeño envoltorio. Están aquí ya desde el domingo.

Ramiro palpa las botas con su mano. Las acaricia antes de sentarse en un arcón para ponérselas.

– Son buenas -dice-. Nos durarán por lo menos un par de inviernos.

Su madre se arrodilla ante él para ayudarle a atárselas. Seguramente está pensando lo mismo que nosotros: estas botas de cuero rojo y bruñido, claveteadas y escondidas al amparo de la noche, pueden ser las últimas que tenga que encargar para nosotros al viejo zapatero de La Llánava. Pero no dice nada. Se limita a mirarnos desde el silencio distante e inexpresivo de la mujer acostumbrada a esperar despierta cada noche, en la terrible soledad del caserón vacío, la llegada furtiva de su hijo.

Y a contemplar su marcha, siempre apresurada, cuando ni siquiera ha tenido tiempo suficiente todavía para verle.

– Esperad un poco. Cenad algo antes de iros.

Son las palabras de siempre. El mismo gesto inútil, repetido.

– Madre. Sabe que no me gustar estar aquí más que lo imprescindible -le dice, una vez más, Ramiro-. Los guardias pueden aparecer en cualquier momento y, sobre todo, no quiero que usted corra ningún peligro.

Ella le mira, desolada.

– ¿Cuándo vais a volver?

– No sé, madre. No sé. Cualquier día.

Antes de marchar, tiro mis viejas botas por la boca del horno, entre las cenizas. Estaban ya deshechas por completo, con las suelas abiertas y podridas.

Eran las que Gildo llevaba puestas cuando murió.

– ¿Por qué no se lo dijiste?

Ramiro, tumbado a mi lado, sobre la hierba, me mira con extrañeza.

– A tu madre -le digo.

Él duda un momento antes de contestarme:

– ¿Para qué? Es mejor que nunca se entere. Así seguirá esperándole siempre.

Y se queda de nuevo en silencio, escuchando el latido sereno, monótono, hondo, del corazón de la noche.

Los dos llevamos así casi una hora, escondidos en el huerto de la casa del cura. Don Manuel está en la cantina, como todas las noches, escuchando la radio o jugando a las cartas.

Por fin, hacia la medianoche, nos alerta el ladrido de un perro, al fondo de la calleja.

Ramiro y yo nos apretamos contra la hierba y escuchamos con todos los sentidos en tensión. La brisa se ha detenido entre los árboles del huerto y, al otro lado de la tapia, podemos oír ya los pasos que se acercan por la calle y las voces que se despiden rutinarias, hasta mañana, una noche más.

Don Manuel ignora todavía que ésta no va a ser para él una noche cualquiera. Don Manuel, el cura de La Llánava, ignora todavía que, en el crujido del portón, al entornarse, y en el destello de la luna sobre el tejado de la casa, anida el latido mudo de la venganza.

Nos ha llevado en silencio hasta su despacho: una habitación presidida por un crucifijo, con una mesa en el fondo y varios libros desordenados en el armario de la pared.

Nos invita a sentarnos con una mirada.

– Siéntese. Siéntese usted -le ordena Ramiro.

Don Manuel atraviesa el despacho y ocupa su silla, detrás de la mesa. Se recoge con un gesto las mangas de la sotana y entrelaza las manos sin dejar de mirarnos.

A la luz mortecina de la bombilla, observo su figura envejecida. Don Manuel tiene el pelo completamente gris, como quemado. Y un ácido temblor, quizá aumentado ahora por el miedo, agita sus manos blancas. Nada recuerda ya su antigua fortaleza, la energía inagotable con que llevó durante años las riendas de la vida religiosa y aun privada, de La Llánava. Ni, por supuesto, la inusual y febril actividad que desplegara en la denuncia de los vecinos sospechosos cuando la guerra llamó con ansiedad a la puerta de todas las casas.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Mucho tiempo para todos.

– ¿Por qué tiembla, don Manuel? -Ramiro le dirige sonrisa dura y helada-. Usted no nos tendrá miedo, ¿verdad?

– Por supuesto -responde él con voz firme.

Y, luego, tras un corto silencio, mirándome a mí:

– Estoy esperando simplemente a saber a qué debo el placer de vuestra visita.

– Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, don Manuel -le digo-. Desde antes de la guerra.

He recalcado las últimas palabras, pero él no parece haberlo percibido. Recuperado ya de la inicial sorpresa, se recuesta en el respaldo de la silla con gesto distendido. Aunque la rigidez de sus músculos, contraídos en la cara y en el cuello, continúa denotando su nerviosismo.

– ¿Necesito deciros que, para mí, vuestra presencia no es muy agradable?

– No -responde Ramiro-. Lo imaginábamos.

– ¿Entonces?

– Hemos venido a matarle.

– El temblor de las manos de don Manuel se detiene bruscamente. Y una palidez intensa, como de nieve, se apodera de su rostro.

Mi metralleta, fija en sus ojos, le obliga a desistir de su primer impulso: levantarse.

– Pero, antes, va a contarnos todo lo que sabe.

– Lo que sé, ¿de qué?

– Todo -repite Ramiro-. Todo lo que usted sabe.

Don Manuel busca mi ayuda con los ojos. Unos ojos desencajados, atravesados por el pánico.

Ramiro se sienta frente a él.

– Yo le voy a ayudar -dice-. Puede empezar hablando de mi hermano.

– ¿Tu hermano? -balbucea la voz temblorosa del cura.

– Sí. Mi hermano. Se acuerda de él, ¿verdad?

– Claro, claro. ¿Cómo no voy a acordarme? Juan, el que murió en la guerra.

– En la guerra no -le interrumpe con brusquedad Ramiro-. Mi hermano murió aquí, en La Llánava. Y usted lo sabe.

– ¿Yo?

Ramiro le sostiene con los ojos la pregunta.

– Yo no sé nada de tu hermano ni de nadie -dice el cura.

– No mienta, don Manuel. Nosotros somos como Dios: lo vemos todo desde ahí arriba.

Pero don Manuel no responde. Ha clavado su mirada en la mesa para evitar nuestros ojos desafiantes. Seguramente está pensando en cómo hemos logrado enterarnos de algo mantenido en secreto durante tantos años.

– Le voy a refrescar la memoria -Ramiro juega con su pistola aparentemente distraído, pero en su voz alienta ya el poso incontrolado de la ira-. ¿Recuerda usted una noche, hace ahora seis años, en que un hombre llamó a su puerta pidiendo ayuda?

– Muchas veces viene gente a mi casa pidiendo ayuda -se defiende con torpeza el cura-. No olvides que soy sacerdote.

Y, bajo la sombra negra del crucifijo, su afirmación suena extraña e irreal, casi como un insulto.

– Usted sabe perfectamente de qué noche estoy hablándole.

– No lo sé.

– Se lo voy a decir yo.

Don Manuel mira a Ramiro con ojos desorbitados. Un sudor frío y pegajoso atraviesa su rostro cuando éste le dice:

– Aquel hombre estaba herido. Aquel hombre era mi hermano y le pidió que le escondiera aquí, en su casa.

– Yo no podía hacer eso, Ramiro -contesta el cura, definitivamente acorralado-. Yo no podía esconderle. Me comprometía a mí.

– Y le entregó a sus perseguidores para que le remataran.

El cura ya no puede seguir defendiéndose, ni siquiera hablando. Sus manos, aferradas al borde de la mesa, parecen sarmientos blancos. Y sus labios helados tiemblan en una oración como hojas de sangre.

– ¡Levántese! ¡Levántese y deje de rezar, que no le va a servir de nada!

Por las calles de La Llánava, sólo los perros y la luna están despiertos. Los perros nos despiden con sus ladridos a las afueras del pueblo. Pero la luna continúa con nosotros dispuesta a no abandonarnos en toda la noche.

Don Manuel camina en silencio, con la mirada en el suelo y las manos hundidas en la sotana, como un fantasma extraño que se alejase hacia el río. Ramiro y yo, uno por cada lado del camino, le seguimos a corta distancia sin dejar de apuntarle con nuestras armas.

Ya junto al río, el cura tuerce por el sendero que sube entre chopos hasta la pontona vieja. Una, dos revueltas más bordeando los últimos prados, sobre la orilla misma, y a nuestro encuentro sale la campa de Remolina.

– ¿Aquí?

Don Manuel asiente con la cabeza.

Contemplo la pradera negra y húmeda, brotada de berros. Los chopos proyectan sus sombras solemnes sobre ella. El río baja a su lado con un profundo bramido. El equilibrio de la noche es tan perfecto que nada podría hacer pensar que Juan esté enterrado ahí, bajo la hierba. Bajo esta misma hierba que Ramiro y yo hemos pisado tantas veces, tantas noches, bajando hacia La Llánava.

Don Manuel permanece en silencio junto a nosotros.

– Arrodíllese -le dice Ramiro.

Ha arrancado, en un gesto inesperado, una rama de espino y la ha clavado en el suelo como si fuera una cruz.

Don Manuel se resiste a obedecer. Teme seguramente que en esa postura, de rodillas, indefenso, cumplamos nuestra amenaza y le demos el tiro de gracia.

– ¡Arrodíllese! -grita Ramiro-. ¡Arrodíllese y rece, hijo de puta! ¡Ahí hay un hombre enterrado, no un perro!

La brisa azota con suavidad las espadañas y las ramas de los chopos. Ahoga un instante el bramido del río. En el centro de la campa, una luna lejana y fría ilumina la figura del cura, arrodillado frente a la rama de espino, y la pistola que le apunta fijamente a la cabeza.

Me he despertado al amanecer. Me han despertado unos ladridos lejanos y la voz de Ramiro, en la oscuridad:

– ¿Has oído?

Los dos nos quedamos callados, inmóviles, conteniendo la respiración.

Los ladridos se oyen lejos, por la collada. Pero aún está amaneciendo y, a esta hora, el rebaño debe de estar esperando todavía la campana para salir de La Llánava.

– ¡Son ellos! -grita Ramiro saltando de entre las mantas.

Desde la entrada de la cueva, podemos verles: los guardias suben por la ladera del monte, desplegados, cerca ya de la collada. Son al menos veinte o treinta y traen varios perros con ellos. A la luz lechosa del alba, sus capas flotan, verdes e inconfundibles, sobre las matas. Me arrastro fuera de la cueva y, muy despacio, procurando no hacer ningún ruido, doblo contra la boca ramas del piorno más cercano. Ramiro las sujeta de dentro y las ata como puede con una cuerda.

– ¿Se ve algo?

– No. Vale así. Vale así.

Me arrastro otra vez, bajo el piorno, al interior de la cueva. Los guardias están ya en la collada. Ato el otro extremo de la cuerda a una punta clavada la pared del pasadizo. Suelto y el piorno se cimbrea suavemente durante unos segundos antes de quedar inmóvil por completo. Nadie podría ahora, desde fuera, descubrir la boca de la cueva ni imaginar siquiera que existe.

– Tenía que haberle matado -dice Ramiro mientras rocía el piorno con aguardiente para ahuyentar a los perros-. Tenía que haberle matado y tirado al río. Cojo mi metralleta y la de Gildo y me tumbo boca abajo junto a él.

Durante toda la mañana, han rastreado el monte en todos los sentidos. Han subido hasta lo alto de la peña y han quemado los brezales de La Roza por si pudiéramos ir allí escondidos. En varias ocasiones, pasaron casi junto a nosotros.

A mediodía, cansados y aburridos, los guardias se reagrupan en la collada y comienzan a bajar hacia La Llávana.

Las ventanas del pueblo están cerradas y ni siquiera perros deambulan por las calles. Dos camionetas oscuras esperan a los guardias aparcadas en la plaza. Y, dentro de las casas, acurrucados en las cocinas, los vecinos estarán ahora aguardando esos golpes violentos que, dentro de poco tiempo, llamarán a sus puertas para que abran.

Son ya seis años los que llevan así, viviendo en silencio, aterrados, en la indecisión de la pena que les mueve a ayudarnos y el miedo, mayor cada vez, a las represalias.

Capítulo X

El hombre viene subiendo por el medio del camino, silbando entre dientes una canción y tirando sin demasiadas ganas de la caballería. Trae un viejo tabardo de piel vuelta, descolorido ya por los años y la lluvia, y un sombrero hongo de fieltro hundido hasta los ojos.

Quizá por eso no nos ve hasta que está ya prácticamente encima de nosotros.

Aún no son las ocho todavía de un día que ha amanecido hinchado de negros nubarrones, amenazando lluvia, y, aquí arriba, en el puerto de Amarza, la humedad y la luz se funden formando una misma sustancia, una niebla pegajosa y fría que empapa mansamente la tierra y el espacio.

Cuando nos ve, parados en medio del camino, al final de una revuelta, el hombre tira del ronzal a la caballería y se detiene. De reojo, bajo el ala del sombrero, mientras Ramiro y yo nos acercamos, observa los hayedos más cercanos buscando otras personas.

Recibe con recelo mi saludo. Pero sus ojos, hundidos bajo el sombrero, no dejan traslucir la menor sombra de miedo.

– Estábamos esperándole -le digo.

El hombre no responde. Se limita a mirarnos, inmóvil junto al caballo. Sabe ya quiénes somos -el brazo mutilado de Ramiro es una seña de identidad inconfundible- pero, en los últimos tiempos, hay partidas de guardias y mercenarios que recorren los montes vestidos y armados como nosotros con el fin de sorprendernos o de sembrar, al menos, la confusión y el miedo en los enlaces, y él sin duda quiere asegurarse.

Me acerco al caballo y aparto hacia atrás la manta que cubre los dos sacos sujetos a la montura.

– ¿Qué lleva?

– Harina -responde él escuetamente.

– ¿De dónde?

– De Vegavieja.

Desato uno de los sacos y hundo la mano en su interior. Al retirarla, la harina la ha dejado completamente banca.

Ramiro asiente con un gesto. También nosotros queremos estar seguros.

– El Francés quiere vernos -le digo por fin.

Era la contraseña que esperaba.

El hombre levanta levemente el ala del sombrero para mirarnos otra vez de arriba abajo. Luego, observa los nubarrones que doblan ya su peso sobre las verdes agujas de las hayas y tira del caballo fuera del camino.

Toda la marcha la hemos hecho en silencio, siguiendo al hombre a distancia. Aunque en sentido inverso, es el mismo camino que hace años recorrimos, con Gildo y el hermano de Ramiro, huyendo de una guerra que también nos esperaba al otro lado. Y, al pasar frente a las tapias arruinadas del corral donde entonces encontramos un perro abandonado, he vuelto a recordar aquella noche y la he hallado tan nítida en mi memoria, tan cercana, que todas las demás, incluso la pasada, me han parecido una misma e interminable noche de niebla y perros ahorcados.

Hacia las diez, divisamos un caserío perdido entre hayedos. Es el primer signo de vida que encontramos desde que doblamos la cumbre del puerto y comenzamos a adentrarnos en tierras asturianas.

– Vosotros quedaos aquí -el hombre se ha detenido para esperarnos-. Yo bajaré primero a ver si todo está en orden. Si me asomo a la ventana es que podéis bajar.

Hace rato que las nubes reventaron y, ahora, una lluvia melancólica y mansa golpea suavemente las hojas de las hayas y la grama salpicada de arándanos silvestres en cuyos frutos rojos tiemblan las transparencias frías y efímeras del agua.

Resguardados de la lluvia bajo un haya, Ramiro y yo vemos al hombre atravesar el prado, amarrar al caballo bajo el cobertizo y entrar en la casa.

Por fortuna, no tarda en asomarse a la ventana.

Durante todo el día, Ramiro y yo permanecemos escondidos en la cuadra, tirados sobre un montón de paja, con la única compañía del caballo.

El dueño del caserío y su mujer -a quien, por el momento, sólo hemos podido ver a través del pequeño ventanuco- van y vienen de un lado para otro atendiendo a las labores de la casa. De vez en cuando, al pasar frente al cobertizo, lanzan una rápida mirada hacia la cuadra.

Según nuestros informes -Marcial, el molinero de Vegavieja, es quien nos ha servido de enlace-, el matrimonio vive solo, sin hijos, aquí arriba, del trabajo del caserío y del transporte de mercancías y viajeros que el marido realiza de un lado a otro del puerto. Conoce estas montañas como la palma de su mano, y por eso -y por el odio que en su alma acumularan los dos años pasados en la cárcel, tras la guerra- es el enlace más fiel y valioso con que cuentan los huidos de la comarca.

– Por aquí, cada vez van resistiendo menos. Cinco o seis hombres desperdigados por los montes de Amarza y dos partidas en la zona de Beres, hacia Cabañada: la de Acevedo y la del Cariñoso. Supongo que habréis oído hablar de ellos.

El hombre cena sentado frente a nosotros, en la semipenumbra de la cocina iluminada solamente por el lejano resplandor del llar. Es la única luz con que cuenta el caserío, perdido en las montañas y batido ahora por la lluvia de una noche cerrada y sin estrellas.

– Acevedo ha cruzado el puerto un par de veces para operar al otro lado -le digo-. Él fue, según nuestras noticias, el que voló la línea eléctrica de Valselada. Aunque, por allí, claro está, nos culpan a nosotros.

El hombre hace un gesto de indiferencia.

– Los demás -continúa- los han ido matando poco a poco o se han ido entregando.

– ¿Y él? ¿Con quién está?

– ¿El Francés?

– Sí.

– Solo. Escondido. Pero quiere enlazar con todas las partidas de la zona. Estuvo un par de años con el Cariñoso antes de pasar a Francia. Y, ahora, ha regresado trayendo consignas y armas.

Ramiro, que ha permanecido en silencio todo el tiempo escuchando, aparta su plato hacia un lado y se recuesta en el respaldo del escaño.

– ¿Qué clase de consignas? -pregunta.

– Atacar. Uniros todos y atacar al mismo tiempo. En Francia creen que Franco tiene ya los días contados. Que Hitler está a punto de caer y, en cuanto acaben con él, los aliados invadirán también Portugal y España.

Ramiro le dedica una escéptica sonrisa.

– Esa música la venimos oyendo desde hace años. Esa es la que siempre nos han tocado los partidos desde fuera para que sigamos aguantando aquí los cuatro desgraciados que no pudimos escapar a tiempo. Y encima, ahora, quieren que ataquemos -Ramiro ha ido elevando la voz, enardecido, a medida que habla-. ¿Sabe usted lo único que me interesa a mí de los partidos?: las armas. Si quieren atacar, que vengan ellos aquí. Que vengan los políticos a las montañas.

El dueño del caserío se encoge de hombros.

– Mi trabajo se reduce a poneros en contacto -responde-. Allá vosotros os entendáis con el Francés.

La mujer, a su lado, permanece en silencio, ajena a nuestra charla. Es joven todavía, mucho más que su marido hay en su rostro un gesto envejecido, como un poso de melancolía o de cansancio.

Y se turba cuando sus ojos atraviesan fugazmente el de la mesa y se encuentran de repente, sorprendidos, con los míos.

Cuando acabamos de cenar, el hombre se pone su tabardo, coge una linterna y un paraguas y se dirige a la cuadra a buscar al caballo.

Desde la ventana entornada, le veo montar a su grupa, abandonar el cobertizo y perderse en la noche, monte arriba, bajo la lluvia.

– En dos horas estaré de vuelta -ha dicho antes de salir.

Ramiro, como siempre, no termina de fiarse. Y, tras apurar su cigarro, coge una manta y se marcha a vigilar al cobertizo. Así que, ahora, en la cocina, hemos quedado solos la mujer y yo.

Ella, como si yo también me hubiera ido, recoge y limpia la mesa en silencio, sin mirarme. Luego, trae de la despensa un caldero de leche y se sienta a batirla junto al llar mientras espera el regreso del marido. Es algo que, sin duda, ha repetido muchas veces en su vida. Y muchas también las noches que debe de haber pasado completamente sola en este solitario caserío.

Al contraluz mágico de la lumbre, amparado en la penumbra que me oculta de su vista, puedo contemplar sus ojos melancólicos, inmensamente azules, sus labios doloridos. Y adivinar también, bajo la sombra negra del vestido, el temblor de unos pechos tan cercanos e indefensos como ella, la cálida caricia de unas piernas abiertas a ambos lados del caldero cuya leche bate ahora con lentos movimientos circulares que le obligan a mover al mismo tiempo todo el cuerpo.

Ella ha debido de adivinar ya mis pensamientos. Pero no dice nada. Continúa su trabajo ajena por completo a mi presencia, aunque instintivamente recoge entre las rodillas los pliegues arrugados de la falda.

Sólo después de un largo rato, con la lumbre deshaciéndose en escarcha y la leche comenzando a cuajarse en el caldero, vuelve sus ojos para mirarme.

– Hace mucho tiempo que no estás con una mujer, ¿verdad?

Lo ha dicho con voz neutra, inexpresiva, buscándome entre las sombras de la cocina con la mirada. Y sus palabras, las primeras que pronuncia en todo el día, quedan notando entre los dos como si siempre hubieran estado ahí.

Me había adormecido. El sopor de la cena y el calor me habían adormecido. Y, aunque la pregunta y la mirada de la mujer me han sobresaltado, me quedo en silencio, hundido en el escaño, sin saber qué responderle y sin hallar el valor suficiente para sostener su mirada.

Ella aparta el caldero hacia un lado.

Ven -me dice, levantándose y dirigiéndose hacia puerta.

Cuando entro en la habitación, ella me espera ya sentada al borde de la cama.

La mujer me recibe con un dulce gemido. Se encoge sobre sí misma, como si hubiera sido atravesada por un cuchillo al primer contacto. Lentamente, sin hablarnos, desabrocho su vestido. Ella me deja hacer, sentada todavía, con las manos desmayadas a ambos lados de las piernas entreabiertas y los ojos clavados en los míos. De rodillas, le beso con rabia los hombros y los pechos, los labios encendidos como una flor de sangre, mientras mis manos buscan, avanzando torpemente bajo el misterio de la falda, la plenitud de fuego y leche de sus muslos.

No ha aguantado ya más. Se ha doblado de pronto, como una rama rota, sobre sí misma y me ha arrastrado hacia el suelo llenándome los ojos de luz negra. Es la noche total. El vértigo infinito. La bóveda del tiempo que comienza a caer sobre nosotros con un bramido sordo de ríos que se encuentran. De ríos que se encuentran y se funden. De ríos que se encuentran y se funden, y se funden.

Ha quedado tendida un instante a mi lado, desnuda, temblando. Luego, se ha vestido en silencio y ha salido del cuarto dejándome solo.

Cuando regreso a la cocina, la mujer está otra vez junto al fuego, peinada y con el pelo recogido, nuevamente la leche del caldero.

Ni siquiera levanta los ojos para mirarme cuando entro.

Hacia la medianoche, el ruido de los cascos de un caballo me despierta. Se acercan al caserío, a medio trote, chapoteando sobre los charcos.

Ramiro continúa en el cobertizo y la mujer, sentada todavía junto al fuego, me dirige una mirada fugaz e inexpresiva. Quizá también se había dormido esperando a su marido.

Sin moverme del escaño, monto la metralleta y la apunto hacia la puerta.

Poco después, ésta se abre bruscamente.

No es el hombre, sin embargo, el que aparece. Es Ramiro, empuñando nervioso la pistola.

– Viene solo -dice-. El caballo ha vuelto solo.

La mujer y yo nos hemos puesto en pie. Ella permanece un instante inmóvil junto al llar, anonadada, sin poder creer aún lo que Ramiro acaba de anunciamos. Pero, en seguida, se abalanza gritando hacia la puerta:

– ¡Le han matado. Dios mío! ¡Le han matado!

De un empujón, Ramiro la hace retroceder hasta el final de la cocina.

– ¿Se ha vuelto loca?

Ella le mira, desolada, sin comprender.

– Si le han matado -le dice Ramiro-, ahora estarán ya rodeando el caserío. Así que salga fuera y verá cómo le vuelan la cabeza.

Por la rendija de la ventana, apenas puede verse el haz de lluvia negra que rasga el cobertizo.

– ¿A dónde da esa puerta? -le pregunta Ramiro a la mujer señalando la que hay a nuestra espalda, al final de la cocina.

– A la cuadra. La usamos en invierno, cuando nieva.

– ¿Está abierta?

La mujer busca la llave en la alacena.

– Escuche bien -le dice Ramiro-. Desnúdese y métase en la cama. No tenga miedo. A usted no le harán nada. Nosotros vamos a tratar de escapar del caserío.

La mujer se queda sola en la cocina sin saber qué hacer, sin saber si gritar o derrumbarse, sin saber si esconderse en el rincón más olvidado de la casa o salir corriendo en busca del marido.

La mujer se queda sola en la cocina como una estatua levantada al pánico.

Dentro de la cuadra, la oscuridad es absoluta. Las vacas, la placidez del primer sueño y sus respiraciones hondas llenan de vaho caliente la penumbra. Pero no podemos verlas. Sólo la turbia claridad del ventanuco permite adivinar el perfil de sus siluetas acostadas.

– Están ahí -dice Ramiro en voz muy baja.

– ¿Como lo sabes?

– No lo sé. Pero les huelo.

Afuera, el silencio ha madurado como un fruto. Hasta la lluvia parece haber callado presagiando la tragedia. Barruntando la muerte.

– ¿Qué piensas tú que habrá pasado?

– No sé -dice Ramiro-. Les habrán cogido cuando bajaban. Alguien debió de hablar más de la cuenta y sabían que esta noche nos reuníamos aquí.

– ¿Y el caballo? ¿Por qué le han dejado irse?

– Se les escaparía…

Ramiro se ha quedado callado de repente. En medio de la oscuridad, sólo su respiración entrecortada me delata su presencia.

– ¡El caballo! -exclama-. ¡Está ahí, en el cobertizo!

Por la oquedad del ventanuco podemos ver su sombra, escuchar su resuello acelerado por la carrera a través de las montañas.

– Cúbreme, Ángel. Voy a intentar cogerle. Puede ayudarnos a escapar de aquí.

Pero el crujido de la puerta asusta al animal y, antes de que Ramiro logre acercarse a él, abandona el cobertizo se aleja trotando por el prado.

Se detiene finalmente lejos de nuestro alcance, en medio de la noche y de la lluvia.

– ¿Qué hacemos, Ramiro? ¿Por qué no salimos?

– No podemos. Si están ahí, sería un suicidio. Sólo nos queda una opción.

– ¿Cuál?

– Esperar.

La espera, sin embargo, no es muy larga.

Poco después de escaparse, el caballo comienza a acercarse otra vez al cobertizo y, tras él, empujándole con su presencia, dos sombras sigilosas aparecen. Ramiro tenía razón: estamos rodeados.

– Todo esto debe de estar infestado de civiles.

No sé si sus palabras buscaban por mi parte una respuesta. En cualquier caso, no la tengo. También yo sé que no hay escapatoria.

– ¿Y si nos escondemos?

– ¿Dónde? Nos buscarían debajo de la tierra.

Una voz. Muy cerca. Detrás del cobertizo.

– Ya están ahí.

Ramiro se agacha a mi lado, junto al ventanuco.

– Suelta las vacas -me dice.

– ¿Las vacas?

– Sí, date prisa. Vamos a provocar una estampida.

A tientas, guiándome en la penumbra por el resuello adormecido de las vacas, me deslizo hasta la fila de pesebres y comienzo a soltarles los collares. Los animales se incorporan con pereza, pesados, sorprendidos, formando en medio de la cuadra un sordo remolino de pezuñas.

Me abro paso hasta Ramiro.

– ¿Cuántas son?

– Seis. Creo que seis.

– Suficientes.

Ramiro escruta el exterior del ventanuco. Ha enfundado la pistola y en la mano tiene ahora las dos bombas de piña.

– Tiraré una a cada lado. Hay que aprovechar la confusión de la salida.

Busco a las vacas en la oscuridad y, con la metralleta y con las botas, comienzo a golpearles en las patas y en el vientre para que abandonen corriendo la cuadra en el momento en que se abra la puerta. Las vacas se revuelven dolidas, asustadas.

Ahí fuera, los guardias estarán preguntándose qué será lo que sucede dentro del establo. Muy pronto lo sabrán.

– ¿Ya?

Es la voz de Ramiro, junto a la puerta.

– Ya -le contesto, conteniendo la respiración y agachándome entre las vacas.

No me ha dado tiempo a decir más. La puerta se abre por completo y la estampida me arrastra fuera de la cuadra. Casi al tiempo, un violento resplandor ilumina el cobertizo. El caballo surge frente a mí, alzándose de bruces, relinchando. Me aplasta contra una de las vacas. El suelo está empapado, frío. Y una pezuña viene a clavarse en el centro de mi espalda. Pero ya estoy de pie otra vez. Sin saber cómo. Y corro. Corro en medio de la noche, en medio de las ráfagas. Una vaca se derrumba a mi derecha, acribillada. Tropiezo con ella. Me revuelvo en el suelo. Me revuelvo disparando. Hacia la noche. Hacia el vacío que ahora rasga un segundo resplandor. Ramiro ¿dónde está? Las metralletas han callado. Hay que correr. Correr desesperadamente hacia la noche abierta entre las últimas vacas ya desperdigadas. Entre la lluvia y los aullidos de las balas. Entre esas hayas salvadoras que no pueden ya estar lejos. Que no pueden estar lejos y que, al fin, cierran sus negras copas a mi espalda.

La luz de la mañana me sorprende tumbado boca abajo entre unas zarzas, en medio del hayedo, con el corazón contra el suelo para que no puedan oírse sus golpes rojos y desacompasados. No sé siquiera cuánto tiempo llevo así. Ni la distancia que ahora me separa del caserío y de las botas de los guardias.

Ni, por supuesto -y es lo que me sostiene emboscado como un animal ciego entre estas zarzas-, la suerte que Ramiro habrá corrido.

Deben ser casi las doce. Lo sé porque ha dejado de llover y un débil sol, mojado y lejanísimo, se filtra entre las hayas derramando una luz verde y vertical sobre mi espalda.

No aguanto más aquí. Son ocho o nueve horas las que llevo tumbado en el zarzal, con la cara aplastada contra el suelo y sin poder cambiar prácticamente de postura. No puedo aguantar más. Voy a salir. En toda la mañana no he escuchado un solo ruido sospechoso en el hayedo y, además, aun en el caso de que los guardias hubieran rastreado mis huellas por el monte, a esta hora deben ya haberse dado por vencidos. O quizá no. Quizá cazaron a Ramiro y se han ido, satisfechos, renunciando a mi captura. No sé. Sólo sé que he de salir de aquí, abandonar este zarzal y buscar algún lugar seguro desde el que pueda ver el caserío y comprobar lo que ha ocurrido.

Lentamente, con la respiración contenida y todos los músculos en tensión para no hacer el menor ruido, comienzo a arrastrarme entre las zarzas. La hierba nueva está empapada y fría. Y el espino se agarra con rabia a mi ropa arañándome los brazos y la cara. Pero ya puedo ver, contemplar con claridad el paisaje exterior: los troncos de las hayas que descienden monte abajo como un fantasmagórico ejército de sombras. Sombras verdes, profundas, misteriosas, que pueden esconder en sus espacios otras sombras menos quietas, más nerviosas y acechantes. Durante largo rato, las escruto una por una atento a cualquier cambio, a cualquier brillo, al mínimo temblor de las gotas de agua que se escurren de las ramas. Todo parece estar tranquilo. Despacio, muy despacio, con la metralleta dispuesta a secundar mis órdenes, continúo arrastrándome sobre los codos y las piernas hasta salir por fin de entre las zarzas. Inmóvil y en silencio, vuelvo a observar las sombras brevemente para, después, deslizarme hasta el tronco más cercano y aplastarme contra él como si fuera musgo.

La luz es más intensa, más verde y vertical aquí.

Primero, enterraron las tres vacas en una enorme fosa abierta delante del cobertizo. Una de ellas todavía estaba viva. Sobre la hierba bramaba y se agitaba hasta que un guardia la remató de un tiro.

Las otras tres, y la mujer, se las llevaron atadas de la cola del caballo sobre el que habían cruzado los cuerpos de los hombres reventados a balazos.

La manta que los cubría me impidió ver si alguno de los dos era Ramiro.

Ahora, anochece ya de nuevo en las montañas. Las sombras se deslizan espesas y profundas. Se funden entre ellas tejiendo una sustancia vegetal -de helechos y de lluvia- que comienza a apoderarse lentamente del hayedo,

Pronto cantará el búho.

Durante largas horas, febril e intermitente, el búho ha cantado sin cesar por todos los hayedos, por todos los senderos, por todas las colladas de la noche. Lo ha hecho casi sin fe -sin descanso, pero sin fe-, empujado solamente por la angustia y la desesperanza.

Y durante largas horas también, por todos los hayedos, por todos los senderos, por todas las colladas de la noche un silencio tenaz, compacto, ha encontrado por única respuesta.

Ha sido al amanecer, cerca de la majada derruida del puerto de Amarza, cuando otro búho invisible ha respondido al fin a su llamada.

Casi a continuación, la figura de Ramiro aparece entre las tapias.

Sabía que, más tarde o más temprano, acabarías pasando por aquí.

Ha empezado a amanecer y una luz dulce y lechosa ilumina en su cara una sonrisa.

– Yo no estaba tan seguro de encontrarte. Vi cómo se llevaban en el caballo dos cadáveres.

El dueño del caserío y el Francés. Imagino que sería el Francés. Pasaron cerca de mí.

Y luego, sin dejar de sonreír:

– ¿Sabes? Estuve a punto de confundirte.

– ¿Con quién?

– Con el búho. Cantas ya tan bien como él.

– Sí, claro -le digo, recostándome, agotado, contra la tapia-. Y corro como el rebeco, y oigo como la liebre, y ataco con la astucia del lobo. Soy ya el mejor animal de todos estos montes.

Ramiro busca su caja de tabaco.

– Líame un cigarro -me dice-. Llevo sin poder fumar todo el día.

Capítulo XI

Ya es otoño, finales de un setiembre lento y grana que de nuevo devuelve a las montañas la milenaria soledad profunda que brevemente destruyó el verano.

Ya es otoño. Y, tras las últimas batidas de los guardias y el retorno hacia el sur de los rebaños trashumantes, todo vuelve a estar en orden y tranquilo en torno nuestro: las provisiones y la leña para el fuego acumuladas a lo largo del verano, la matanza puesta al humo al fondo de la cueva -y en algunas anónimas cocinas de Pontedo y de La Llánava-, los sonidos del valle y las montañas, la monótona rueda del sol y de la luna, los turnos de la ronda de los guardias y de nuestra interminable y aburrida vigilancia. Todo menos nosotros, cada vez más solos y desesperados, cada vez más temerosos de un invierno que se anuncia, como siempre, larguísimo y feroz y que, otra vez, volverá a convertir este húmedo agujero en un cubil infecto para bestias apestadas.

Ahí abajo, en el valle, mientras tanto, los campesinos han comenzado ya la poda de los chopos que habrá de proporcionar hoja tierna para la ceba del rebaño cuando el forraje de los huertos comience a escasear. Y, allí donde el río no ha extendido sus brazos todavía cubriendo la ribera de balsas y llamargos, un suave bamboleo vegetal denuncia en la distancia la presencia silbante del hocil.

Ése será, durante varios días, el único sonido que llegue desde el valle hasta nosotros: un silbido metálico y lejano que atraviesa las copas de los chopos estremeciéndoles de dolor y de frío. Un silbido que Ramiro y yo conocemos desde niños, cuando acompañábamos a nuestros padres hasta el soto brotado de amarillos y agua muerta para cargar en el carro las ramas desgajadas.

Por eso le tememos. Porque le conocemos y sabemos que, en él, está el primer gemido de la nieve. Y porque sabemos también que, aunque el temor del hombre llena de leña y hoja los corrales, la cólera del invierno es implacable.

Al atardecer, Ramiro y yo teníamos ya dispuestos y engrasados los cebos y las trampas: los lazos de alambre para las liebres y el cepo de acero duro y dientes afilados que nos dio hace dos años Matalobos, el viejo alimañero de Tejeda, para truncar la carrera de algún corzo cuya carne, cortada en tiras y curada al humo, pueda servirnos para ahuyentar los últimos zarpazos del invierno.

Ahora, los rebaños de los pueblos no suben ya hasta el monte. Se quedan en las eras y en los barriales bajos buscando entre las mielgas el último rebrote del otoño. Así que no hay peligro de que el cepo atrape alguna oveja y descubra a los pastores nuestras huellas.

– Los corzos estarán todavía arriba, por los puertos -dice Ramiro comprobando con satisfacción el silbido del muelle y el violento castañeteo de los dientes al encontrarse-. Pero nunca se sabe.

El muelle estaba rígido por la humedad, casi oxidado. Tuve que rasparle pacientemente con un cuchillo para quitarle el moho rojo del desuso y, luego, untarle con sebo recalentado.

Los lazos para las liebres los esparcimos por la collada, entre las urces y el tomillo. El cepo lo escondimos en el piornal, bajo las hojas muertas, para poder escuchar desde la cueva su chasquido violento y acerado el día en que un inesperado visitante se quede para siempre aprisionado entre sus dientes.

– El lobo ya está en Peña Negra. Se pasó la noche entera aullando.

Ramiro ha traído una botella de aguardiente y los dos nos sentamos a la entrada de la cueva para ver, un día más, cómo anochece.

– No tardará en nevar.

Bebo un trago de la botella. El aguardiente tiene un sabor violento, a acero. Como el silbido del cepo o el horizonte de lobos sin luna que anuncia ya la llegada del invierno.

– ¿Sabes? -Ramiro ha encendido un cigarro y se recuesta contra la arista fría de la peña-. Siendo yo un chaval, antes de entrar a la mina, estuve un par de meses con Ovidio, el de la sierra, cortando madera en el valle de Valdeón, allá -y señala en la distancia con la mano-, para la parte de Riaño. Allí cazan los lobos todavía como los hombres primitivos: acorralándoles. Tocan un cuerno cuando le ven y todos, hombres, mujeres y niños, acuden a participar en la batida. Yo lo vi una vez. Nadie puede llevar armas, sólo palos y latas. La estrategia consiste en acechar al lobo y empujarle poco a poco hasta un barranco en cuyo extremo está lo que llaman el chorco: una fosa profunda y oculta con ramas. Cuando el lobo, al fin, ha entrado en el barranco, los hombres comienzan a correr detrás de él dando gritos y agitando los palos y las mujeres y los niños salen de detrás de los árboles haciendo un gran estruendo con las latas. El lobo huye, asustado, hacia adelante y cae en la trampa. Le cogen vivo y, durante varios días, le llevan por los pueblos para que la gente le insulte y le escupa antes de matarle.

Ramiro habla como si nadie le escuchara. Ramiro fuma y habla con la mirada perdida en las montañas, en la línea del cielo por la que el sol se hunde, acorralado por las sombras, en el chorco sin fondo de la noche helada.

Por la mañana, una delgada lámina de escarcha nos esperaba en la collada. Una lámina blanca que el débil sol ensangrentado de setiembre, casi tan frío como la propia escarcha, pugnaba por deshacer.

En el profundo tedio en que Ramiro y yo quedamos sumergidos cuando se va el verano y, con él, nuestras nocturnas correrías por el valle, tumbados siempre en el camastro, sin nada que decirnos, sin nada ya que hacer sino contar las horas por el lejano silbido de los trenes o venir de tarde en tarde hasta la boca de la cueva para observar con los prismáticos los movimientos de los guardias, siempre supone una especial emoción salir con el alba a comprobar las trampas. Sobre todo el primer día.

Hay que acercarse despacio entre las urces y el tomillo, buscar las huellas en la escarcha y repasar uno a uno los pequeños promontorios de tierra amontonada. En cualquiera de ellos puede surgir el ovillo gris de una liebre o la mirada aterrada de un tejón que lucha todavía por librarse de su trampa.

Pero no hay nada aún esta mañana. Sólo el silencio, enroscado como un animal ciego entre los matorrales, y un viento frío que golpea suavemente sus espaldas.

– Mala señal -dice Ramiro mirando con decepción la última trampa.

Es lo que siempre dice el primer día, haya lo que haya. Busca un momento por la escarcha unas huellas todavía inexistentes, comprueba una vez más el buen funcionamiento de los lazos y regresa a la cueva con gesto preocupado:

– Mal invierno se avecina, Ángel.

Pero mañana saldrá de nuevo con el alba para volver a repasar las trampas. Y, así, uno, y otro, y otro día, hasta que, al fin, una mañana me despierte de regreso con la victoria estañándole en los ojos y una liebre pendiendo ensangrentada de su mano.

Capítulo XII

Despierto y un brillo extraño, frente a mí, me sobresalta. Son los ojos de Ramiro, encendidos como brasas en la oscuridad.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

Ahora es él el que se sobresalta: como si mis palabras le hubieran rescatado de un sueño profundísimo.

– Nada.

Pero está acurrucado muy cerca, casi encima de la lumbre. Y envuelto en el capote y varias mantas.

Me incorporo torpemente en el jergón.

– ¿Qué te pasa, Ramiro? Estás blanco como la nieve.

– Tengo fiebre -responde al fin-. Debe de ser eso.

– ¿Y frío?

– Sí. También.

– Espera -le digo, levantándome-. Echaré más leña al fuego.

– No, Ángel. Déjalo -me detiene él-. Hay que apagarlo ya. Está amaneciendo.

Por la boca de la cueva, en efecto, se cuelan ya los primeros hilos de luz del nuevo día. Un día que se anuncia frío y gris como el mes que, con él, nace: noviembre.

Ramiro se encoge bajo las mantas, apoya su cabeza en la pared y se queda mirando los rescoldos calcinados de la lumbre.

Ha estado todo el día tumbado en el jergón, cubierto con sus mantas y las mías, tiritando.

Ramiro se revuelve sin cesar. Dice palabras sueltas, inconexas: delira. Y una intensa palidez se apodera poco a poco de su rostro acentuando aún más la quemazón de los ojos. Yo le doy a beber agua fresca, le humedezco la frente con un trapo húmedo. Pero todo es inútil. La fiebre va en aumento y, a mediodía, su cuerpo es ya una llama viva.

Afuera, mientras tanto, un viento helado y duro muerde con rabia los piornos y las urces, aúlla en las aristas de la peña, se cuela por el estrecho pasadizo hasta el fondo de la cueva y huye de nuevo por los montes llevándose consigo el fuego helado de los ojos de Ramiro.

Al caer la noche, con el capote de Gildo desplegado nuevamente a la entrada de la cueva, apilo ramas secas en el hoyo de la lumbre. Pronto, una onda caliente y amorosa se expande suavemente por todo el pasadizo.

Es el momento que esperábamos desde el amanecer.

– Voy a cocer café. Con aguardiente. Te vendrá bien.

Ramiro ni siquiera se vuelve para mirarme.

– Déjalo, Ángel -me dice.

– ¿Por qué?

– No servirá de nada.

Y se quita la bota izquierda para enseñarme una herida sucia, profunda, amoratada. Un tajo descarnado en la planta del pie.

– Fue un bote -me dice-. Ayer salí descalzo al piornal.

– ¿Y por qué no lo has dicho antes?

– ¿Para qué? ¿Qué podías hacer tú?

Busco una cazuela y pongo agua a calentar. Le lavo y limpio la herida y, luego, se la cubro con un trozo de venda.

Pero, al tratar de ponerle la bota nuevamente, el pie, muy hinchado, apenas cabe ya dentro de ella.

– Tiene que verte un médico, Ramiro.

Él ni asiente ni rechaza. Se limita a mirarme en silencio desde el fondo de unos ojos comidos por la fiebre. No se puede ver la herida -ni siquiera lo ha intentado, derrumbado como un saco en el jergón-, pero seguramente ha adivinado ya en mis ojos la verdadera importancia de su dolor.

La Garganta del Tojo, al norte de Vegavieja, es un valle cerrado y profundo -de tojos y helechos- donde nace el río Negro y tienen los invernales los vecinos del pueblo. Y aquí suben cada invierno con las vacas para pastar el trébol de las brañas altas y reservar así para más adelante la hierba almacenada a lo largo del verano en las tenadas de las casas.

Desde lo alto del monte, en la noche, los invernales del Tojo parecen estrellas de piedra en el cielo invertido del valle.

– Es aquél: el de ahí abajo.

Ramiro, envuelto en el capote y una manta, señala con la mano el invernal más cercano.

– Hay un sendero que baja cerca del río.

– Siéntate, Ramiro. Descansa un poco.

Pero él rechaza, tajante:

– No estoy cansado.

Y reanuda la marcha, apoyado en mi hombro, cojeando.

Un denso olor a hierba seca y fermentada envuelve la quietud del invernal. Y, a su lado, el murmullo del río atraviesa la noche como un fragor infinito.

Pero el perro ya ha oído nuestros pasos y comienza a ladrar en el interior.

Los ladridos arrecian cuando golpeo el postigo cerrado, junto a la puerta.

Es ésta, sin embargo, la que se abre, después de un rato. Y un rostro de mujer, asustado y hostil., asoma con desconfianza por la rendija. Es Tina, la mujer que tantas noches ha acogido a Ramiro en su casa y en su cama.

– Soy yo, Tina. No tengas miedo.

Ella observa un instante los invernales cercanos, aprieta al perro contra sus piernas, acariciándole para que no ladre, y cierra de nuevo la puerta detrás de nosotros.

El perro -un mastín atigrado, con carlancas al cuello para los lobos- nos ve entrar con un gruñido hosco entre los dientes.

– ¡Qué susto me habéis dado! -protesta Tina corriendo la tranca.

Dentro del invernal, la oscuridad es absoluta. Y un caliente olor a establo y hierba seca se agolpa dulcemente en los sentidos.

– Ramiro está enfermo -le digo.

– ¿Enfermo? ¿Qué te pasa, Ramiro?

Pero él no responde. En su lugar, nos llega un ruido de hierba.

Tina busca un candil de petróleo y lo enciende. El resplandor amarillo ilumina el perfil de las vacas tumbadas, al fondo de la cuadra, los ojos recelosos del perro, detrás de su dueña, y el cuerpo de Ramiro desmadejado sobre la hierba, junto a nosotros.

– Tiene fiebre, mucha fiebre, Tina. Se ha cortado en el pie con una lata oxidada.

– Ven -me dice ella-. Ayúdame a tumbarle en el jergón.

Entre los dos, le arrastramos hasta el colchón de borra apretada donde ella dormía cuando llegamos. Ramiro no puede ya ayudarnos. Pero Tina es muy fuerte. Tiene esa fuerza acida y dura de la mujer solitaria, obligada a trabajar y vivir como un hombre.

– Tápale bien. Ahí tienes más mantas.

Tina le seca el sudor del rostro con un pañuelo. Ramiro está agotado. Han sido cuatro horas caminando por el monte sin descanso.

– Tina. Voy a bajar al pueblo, a buscar al médico.

– ¿A don Félix?

– Sí. ¿Te atreves a quedarte sola con él?

Tina mira a Ramiro, blanco y desencajado a la luz del candil. La fiebre le está devorando. Ella vuelve a secarle el sudor con el pañuelo.

– Vete. Vete tranquilo -me dice-. Yo cuidaré de él.

Todavía espero un rato antes de salir. En las brañas cercanas no se ve ningún movimiento. Hombres y animales deben de dormir compartiendo el calor y el espacio dentro de los invernales.

Escondido entre los robles del camino, he visto las dos brasas encendidas que salen de Vegavieja. Los guardias vienen hablando, pisando los charcos. Y una nube de perros les despide por las últimas casas.

Me tumbo en la hierba, con la respiración contenida y la metralleta empuñada.

– ¿Subimos hasta Tejeda?

– ¿Ahora?

– Son las dos todavía.

– Ya. Pero mejor bajamos hacia Ferreras y hacemos tiempo en la mina. ¿Quién crees tú que va a andar por ahí con esta noche?

– Nosotros.

Las voces de los guardias se alejan por la carretera. Se pierden entre los robles y el chapoteo de los charcos.

Sin saberlo, casi han rozado la boca de mi metralleta con sus capas.

Ha tardado mucho tiempo en abrir. Demasiado tiempo para esperar a la puerta, expuesto a la mirada desvelada de algún vecino. O al punto de mira de su escopeta.

Ya valgo cien mil pesetas, vivo o muerto.

Cuando al fin aparece, somnoliento y a medio vestir, don Félix contempla con sorpresa la soledad de la noche frente a su puerta. Desde lo alto de la escalera -la mano en la barandilla: piedra sobre la piedra-, el viejo médico escruta temeroso las sombras de los chopos y el temblor de la luna sobre la carretera.

De inmediato comprende que yo estoy aquí.

– Te pedí que no volvieras más.

Don Félix ha buscado un abrigo y ha salido por detrás de la casa a encontrarse conmigo junto al lavadero: en el establo vacío, roído por la hiedra, donde años atrás encerraba el caballo con el que recorría los pueblos del contorno en sus visitas médicas. Y donde una noche de nieve, a la luz de una vela y con ayuda de su esposa, me extrajo de la rodilla la bala qué me la destrozó en la refriega que sostuvimos con los guardias la noche que bajamos a La Llánava a buscar al hermano de Ramiro.

Pero, ahora, don Félix, retirado de la profesión, camino ya de los setenta años, sólo aspira a vivir sin sobresaltos sus últimos días cuidando las flores de su invernadero.

– Necesito su ayuda, don Félix. De lo contrario, no hubiera venido.

Don Félix se me queda mirando desde el fondo de unos ojos velados por la noche y por el miedo. Don Félix se me queda mirando como si nunca antes me hubiera visto.

– Ramiro está enfermo -le explico-. Se clavó una lata oxidada en el pie y lleva un día entero comido por la fiebre, delirando. La herida tiene muy mal aspecto: está negra, como podrida. Tengo miedo de que se le haya gangrenado.

Pero la respuesta de don Félix es seca. Quizá, por inesperada, aún más rotunda:

– Lo siento, Ángel. Yo ya no soy médico.

Lo ha dicho sin expresión alguna, hundido en su viejo abrigo, hundido en el rincón del establo vacío.

– Yo ya no puedo ayudaros -se disculpa.

Y desvía sus ojos de los míos.

Inútilmente trato de hallar, entre todas, esa palabra capaz de convencerle. En seguida comprendo que don Félix está ya desde hace años decidido. Él es consciente de que la ayuda que en otro tiempo nos prestó y la propia indefensión de su vejez le protegen de cualquier represalia nuestra y yo también comprendo -aunque ahora quiera resistirme a hacerlo- que el año de cárcel a que fue condenado por ayudarme haya llenado de miedo su corazón.

Pese a ello, insisto todavía:

– Ramiro puede morir.

Pero don Félix ni siquiera responde. Me mira en silencio con expresión vacía. Me ve salir del establo sin despedirme.

Me ha alcanzado en la carretera, todavía cerca del pueblo.

Don Félix viene jadeando por el esfuerzo:

– Ángel.

He estado a punto de disparar sobre él. Afortunadamente, le he reconocido a tiempo: por el abrigo.

– Toma -me dice-. Ábrele la herida con un cuchillo quemado y lávasela con esto.

Cojo el frasco que don Félix me ofrece.

– ¿Qué es?

– Alcohol -responde-. No se puede hacer otra cosa.

Y, luego, comenzando ya a retroceder sobre sus pasos:

– Si ves que la fiebre sube y el pie se le pone negro, entrégalo cuanto antes. Tendrán que amputárselo y no podrá seguir escondido.

Ha sido cerca ya de los invernales, en la cumbre de la collada que remonta el camino antes de dar vista al valle, cuando he escuchado los disparos. Una ráfaga seca, cortada, primero. Y, luego, apagándola, el estruendo simultáneo y violento de varias armas.

Instintivamente me he arrojado fuera del camino, sobre un charco. Me quedo inmóvil unos segundos, como una culebra, con la metralleta empuñada y la cara aplastada contra el barro. Me arrastro hasta un matorral. Escucho nuevamente: los disparos se oyen nítidos, cercanos: en los invernales.

La imagen de Ramiro devorado por la fiebre se clava en mi memoria mientras corro collada arriba entre los tojos mojados que se apartan, silenciosos, a mi paso.

He llegado muy tarde, sin embargo. Hubiera llegado tarde de todos modos por mucho que corriera. Un hombre solo, con una metralleta y dos bombas de mano, ninguna resistencia podría oponer a los numerosos guardias que en estos momentos rodean el invernal de Tina. Un hombre solo, con una metralleta y dos bombas de mano, lo único que ahora puede hacer es asistir como un testigo mudo, agazapado entre los tojos, al dantesco espectáculo que ahí abajo, en el valle, se está desarrollando: las vigas del tejado, la puerta y los postigos, la hierba almacenada en el establo, el invernal entero arde en medio de la noche convertido en una enorme pira. Llamas rojas, violetas, amarillas, muerden con rabia de mercurio las lábanas de piedra y las pizarras, se extienden a los árboles cercanos, se alzan por encima del tejado conviniendo la bóveda del cielo en una gigantesca fundición. Y una densa columna de humo negro se funde con la noche ofreciendo a un dios bárbaro e impasible el bramido brutal de las vacas abrasadas.

Los guardias han dejado de disparar. Seguramente aguardan, desplegados por las brañas, la irrupción desesperada de Ramiro y -pensarán también- la mía. Pero pasan los segundos, lentos, interminables, y el angustioso mutismo del invernal reaviva en mi corazón la llama de la esperanza: quizá Ramiro y Tina lograron huir a tiempo y ahora contemplan desde el monte, como yo, el incendio y el cerco de los guardias.

De pronto, sin embargo, dos disparos de pistola retumban dentro del invernal. Secos. Inequívocos. Brevemente aislados entre sí.

Casi a continuación, el tejado se desploma envuelto en llamas.