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Cuarta Parte. 1946

Capítulo XIII

Durante todo el día estuve observándolas. Subieron con el sol por el camino de Valgrande, se dispersaron monte arriba buscando entre los brezos el brote de la aliaga y la lavanda y, ahora, de nuevo reagrupadas, duermen bajo la luna en las praderas frescas de Fuente Amarga.

Con las primeras sombras abandoné la cueva y comencé a acercarme. Despacio. Muy despacio. Como un lobo que trata de caer por sorpresa sobre el sueño confiado de un rebaño. Pero, todavía lejos, las yeguas olfatearon mi presencia y se alejaron con un galope inquieto dejando sola a la vacada y despertando en mí de nuevo la oscura sensación de haberme convertido ya en una auténtica alimaña. Una alimaña que se arrastra bajo el peso de la noche para robar una gallina en algún corral dormido o una oveja separada de un rebaño. Una alimaña cuya proximidad asusta a hombres y animales. Una alimaña -¿o acaso podría llamarse de otro modo?- que sólo abandona su guarida cuando la luz del sol no puede dañar ya sus ojos inundados de soledad y de sangre.

Pero, hoy, esta alimaña ha bajado hasta aquí buscando leche. Solamente. Un poco nada más de la leche que inflama las ubres de esas vacas hasta casi reventarlas y que, mañana, cuando los dueños suban a ordeñarlas, ni siquiera echarán en falta.

Primero lleno el cántaro de barro que la mujer de Gildo me dejó la otra noche con aceite junto a las tapias del cementerio de Candamo y, luego, cansado del descenso tortuoso entre los brezos del barranco de Valgrande, me tumbo junto a una de las vacas, sobre la hierba húmeda, para beber directa y largamente de sus tetas como aquella culebra que, un verano ya lejano de mi infancia, entraba por las noches en la cuadra de mi casa y mamaba la leche de las vacas. Todavía recuerdo el terror de mi hermana y el mío, abrazados bajo las mantas, al escuchar los bramidos desolados de las vacas llamando a la culebra la noche en que mi padre descubrió su nido en el pajar y la mató a golpes de aguijada. Mas sé que a mí, cuando me maten, ni siquiera las vacas bramarán llamándome.

Toda la noche la danza milenaria de la hierba y el hierro, el zigzag verdinegro de la muerte ante mis pies y el resplandor solitario de la luna de Illarga. Toda la noche inclinado sobre el prado, con la guadaña en las manos y la metralleta a la espalda, para que, al amanecer, mi familia le encuentre ya segado.

Es mi manera anónima y humilde de devolverles alguna de las muchas noches que, en estos años, les he robado.

De regreso a la cueva, rayando casi el alba, el silencio me sale a recibir hasta la entrada. Ha llenado por completo el pasadizo e invade ya como una niebla sucia las grietas de la peña y las profundidades del piornal.

Antes, cuando Ramiro aún vivía, era fácil ahuyentar su presencia con sólo una mirada o una palabra. Pero, ahora, adueñado otra vez, quizá definitivamente, de este húmedo agujero donde sólo él habitó desde la noche de los tiempos, ni siquiera la voz puede ya quebrar su equilibrio, el gemido profundo que anida en el fondo del monte y de mi corazón.

Tardé mucho tiempo, sin embargo, en acostumbrarme a él. Me revolvía al principio bajo las mantas incapaz de soportar con mis únicas fuerzas todo el peso de su soledad. Me despertaba de noche sobresaltado por su aliento cercano de animal al acecho. Y muchas veces abandoné la cueva y vagué durante horas por el monte sin rumbo y sin sentido tratando de olvidar la locura de su perfección. Hasta que, poco a poco, hube de admitir que nada podría hacer por evitar su presencia y su compañía. Hasta que, poco a poco, hube de reconocer que él, el silencio, era el único amigo que me quedaba ya.

Hoy es mi mejor aliado en esta larga lucha contra la muerte. Y, como un perro, me sale a recibir, cuando regreso, hasta la entrada de la cueva.

Dejo el cántaro con la leche escondido en el piornal, cubierto con una manta para que no le golpee la luz. Como un poco de pan con cecina y me tumbo vestido, agotado, sobre el jergón.

Afuera, por las crestas de Peña Malera, el sol está ya a punto de estallar.

Despierto cuando todos, ahí abajo, están durmiendo. Es la hora de la siesta y un sol rojo y violento, como de sangre seca, se cuelga sobre el vértice del cielo levantando pirámides de oro por las eras y acorralando a la gente dentro de las casas. Ni un símbolo de vida rompe el orden de las sombras y el silencio: ni un perro por las calles, ni un sonido, ni un temblor tan siquiera de visillos en las ventanas entornadas de las habitaciones donde hombres y mujeres dormirán ahora empapando las sábanas de sudor y de sexo.

Sólo yo, tras los prismáticos, vigilando desde el monte el sueño de los pueblos. Sólo yo, tras los prismáticos, condenado a estar en guardia mientras todos duermen.

Cuando vuelvo de lavarme, traigo el cántaro que anoche dejé en el piornal. Tomo un poco de leche migada con pan viejo -mi hermana amasó la otra semana y me dejó, como siempre, dos hogazas enterradas en el rincón del huerto- y el resto la vierto en latas vacías para que cuaje y fermente. El goteo misterioso de los quesos no tardará en hacer su aparición.

Después, a falta de tabaco y como tantas veces, lío un cigarro con hojas de patata secadas junto al fuego y me siento a la entrada de la cueva a limpiar las armas mientras vigilo.

El valle ha comenzado a despertar y una sucesión interminable de mugidos y portones entreabiertos extiende de nuevo por los pueblos el latido profundo que brevemente interrumpió la siesta. Yuntas de vacas, carros y personas vienen y van por los caminos, acarrean cereal en los sembrados, se afanan en las eras. Todos parecen cegados por el sol y el brillo incandescente del centeno. Todos parecen aún adormecidos por el recuerdo reciente de la siesta y el murmullo áspero y seco de los trillos.

Pero, de vez en cuando, hacen un alto en su trabajo para limpiarse el sudor y el polvo de la paja y, casi sin querer, como en un gesto aprendido, miran al monte buscando entre las urces y los robles mi presencia distante, vigilante y muda.

Ni un solo instante se olvidan de mí. Nueve años ya persiguiéndome noche y día y continúan mi búsqueda sin cejar un solo instante. No lo harán hasta que me vean tirado en un camino con la boca y los ojos llenos de ortigas.

Esta mañana, cuando volví a la cueva, patrullaban el camino y las calles de La Llánava. Ahora van hacia Ferreras siguiendo la vía.

Cae la tarde, un día más se deshace como escarcha hacia las crestas de Peña Negra, pero los guardias siguen sin olvidarse de mí un solo instante.

Capítulo XIV

La luna se ha enredado entre las ramas de los chopos y su lejano resplandor apenas logra iluminar la espiral lenta del baile ni la huida de las parejas que se alejan silenciosas buscando la soledad.

Cerca de mí, junto al camino, un enjambre de niños bulliciosos se arremolina frente al maletón de cuero en el que Braulio, el buhonero ambulante de Tejeda, ofrece su mundo mágico de pólvora y caramelos. Y, más allá, en pequeños grupos, hombres y mujeres ya mayores, con los zapatos y los trajes de domingo, contemplan el baile de los jóvenes con una mezcla indefinida de nostalgia y envidia.

Después de tanto tiempo sin poder estar así, mezclado entre la gente, como uno más, sin nada que aparentemente me separe, sin nada que delate entre las sombras de los chopos mi auténtica identidad, una dulce sensación embriaga poco a poco mis sentidos hasta hacerme olvidar por un instante el silencio de la cueva o la desolación inmensa de las noches vagando sin rumbo por el monte. Como si no fuera yo quien ha bajado hasta la fiesta de La Llera atraído como un niño por ese acordeón que muerde el viento. Como si no fuera yo quien ha llegado aquí empujado por los recuerdos y la soledad.

Una dulce sensación que me envuelve como niebla y que como niebla también se difumina y se deshace al contacto de mi mano en la pistola. Ese tacto frío y gris, en el bolsillo, que se encarga otra vez de recordarme lo que ahora de verdad yo soy aquí: un lobo en medio de un rebaño, una presencia extraña y desconocida.

No son sus ojos los que me han mirado, sino dos brasas negras.

Altos ya la luna y el cansancio de la noche, con la gente comenzando poco a poco a dispersarse hacia sus casas, los ojos de Martina han rasgado las sombras ce la noche hasta clavarse, al fin, en los míos.

Yo hacía tiempo, sin embargo, que la había descubierto girando entre una nube de rostros imprecisos. Rostros borrosos, deformados por la luz de la bombilla, en los que sin embargo no me fue difícil descubrir el recuerdo lejano de antiguos alumnos y vecinos. Todos marcados ya por la huella de los años y el olvido. Todos inalcanzables para mí, al otro lado del destino. Todos ajenos por completo a mi presencia junto a ellos, incapaces de imaginar siquiera -como los guardias que contemplan aburridos el baile junto a los músicos- que yo pudiera atreverme a venir hoy aquí.

Sólo Martina me ha reconocido. Sólo ella ha sabido descubrir entre las sombras de los chopos al hombre que hace ahora ya diez años bailaba en este mismo prado abrazando su cintura. Aquel hombre que llegó un día al pueblo de maestro, que le habló de amor y de hijos, y al que el oscuro torbellino de la guerra alejó para siempre de su vida.

Se ha quedado un instante mirándome, inmóvil, con los ojos ardiendo en los míos.

Después, sin que nadie lo note, ha seguido bailando, en silencio, abrazada con fuerza al marido.

Hasta las fuentes de Peña Negra la música del acordeón me ha perseguido.

Hasta las fuentes de Peña Negra los ojos de Martina han seguido ardiendo en los míos.

Me ocultaron la verdad hasta el último instante. Silenciaron su angustia para ocultar la mía hasta que, ya irreversible, mi hermana colgó en la ventana su pañuelo amarillo y Pedro, su marido, subió de noche al monte para encontrarse conmigo en el redil de la collada.

Ni siquiera ellos conocen la situación exacta de la cueva.

Le esperé casi una hora escondido entre estas tapias que el verano y el rebaño abandonaron hace sólo una semana. Le esperé hundido en la penumbra de un rincón, escuchando en tensión los sonidos del monte mientras trataba de adivinar la razón de esta alarma repentina, para, al fin, cuando la puerta se abre con un crujido viejo y la mirada de Pedro me encuentra en la oscuridad, conocerla a bocajarro: agotado, aplastado por los años, cansado de sufrir, mi padre está muriéndose ahí abajo.

– Esta noche, mañana, no lo sé, Ángel. Está inconsciente, agonizando. El médico ha dicho que es ya cuestión de horas.

Pedro -la voz entrecortada por la subida al monte, la respiración encendida y rota- mira nervioso las sombras del redil en nuestro derredor, se recuesta en la tapia, rehúye el hielo súbito de mi mirada. Como si él tuviera la culpa de lo que está pasando. Como si él fuera el responsable de la noticia que acaba de alojarse en mi corazón como un disparo.

Él, que lo único que ha hecho es volver a poner en peligro su vida por mí.

– Juana quería avisarte antes, el viernes, cuando se puso malo -me dice tras una pausa-. Pero ¿para qué? ¿Para echarte más tierra encima?

Por el tejado roto, roído por la nieve, desvencijado, un grumo de luz mojada -de estrellas lejanísimas- se cuela oblicuamente iluminando los ojos de este hombre al que ni el riesgo, ni el temor, ni las presiones y amenazas de los guardias hicieron desistir de su deseo de casarse con mi hermana. Este hombre que ha comenzado a sufrir ya las consecuencias de entrar a formar parte de mi vida.

– ¿Qué piensas hacer, Ángel?

Pedro sigue recostado contra la tapia, inmóvil frente a mí, ahora ya otra vez mirándome.

Pero yo no puedo contestarle. Es como si el silencio, este silencio transparente y duro que, siempre, inevitablemente, se apodera de mí en ocasiones como ésta, convirtiera mi rostro en una mueca inexpresiva y fría, mi lengua en barro.

Únicamente puedo negar con la cabeza cuando insiste:

– ¿Necesitas algo?

En vano espera una palabra mía, una sola palabra. Un corazón helado es un paisaje sin viento ni sentido.

Pedro se incorpora nervioso, cada vez más nervioso, impaciente por regresar a casa.

– Tengo que irme, Ángel. Juana quedó sola con él, estará intranquila esperándome. Tú sigue atento a la ventana. Te tendremos al corriente de lo que pase.

Y, luego, ya en la puerta, despidiéndose:

– Lo siento mucho, Ángel. Sobre todo por ti.

– ¿Por mí?

He escuchado mi voz como si no fuera mía. He oído mis palabras como si yo no las hubiera pronunciado. Como si llegaran de algún lugar lejano en el que yo jamás hubiera estado.

– Juana me tiene a mí -dice Pedro-. A ti no te queda nadie.

Camino de la cueva, en medio de la noche, tropezando en las urces como un sonámbulo, el recuerdo de mi padre estalla en mi memoria deshecho en mil imágenes, en un alud de partículas hirientes y borrosas, como cristales rotos, que apenas logran ya alcanzar lo que el dolor oculta y cuyo último destino es el de irse corrompiendo poco a poco en el pantano sin fondo del olvido.

Camino de la cueva, el recuerdo de mi padre se hace sombra de luna, brezo, sangre.

No he podido aguantar más. No he podido soportar por más tiempo la angustia de la espera y el eco de este aullido que silba como el cierzo por las paredes de mi corazón.

Durante todo el día, he vigilado la ventana de mi casa esperando esa señal que me revele en la distancia el estado de mi padre. Durante todo el día, agazapado como un topo en la boca de la cueva, sin comer ni dormir, sin atender siquiera la obligada vigilancia de los guardias, he rastreado las continuas entradas y salidas de vecinos en mi casa intentando adivinar la expresión inalcanzable de sus caras a través de los prismáticos.

Durante todo el día, he vigilado en vano. Ninguna contraseña, ningún gesto, nada ha roto la corteza de silencio que rodea las paredes de mi casa.

Por eso, en cuanto cae la noche, cojo la metralleta y, sin pensarlo, me lanzo monte abajo.

Ahí están, como temía, apostados en el callejón trasero, vigilando la casa y esperándome. Esperando a que yo cometa el error de bajar a despedirme de mi padre.

Son tres. Y no abandonarán sus puestos hasta que el amanecer venga con su luz fría a relevarles.

Pero yo no he llegado hasta aquí para quedarme ante las puertas de mi casa. No he arriesgado mi vida esta noche para volver a la cueva con las manos vacías y este aullido de nieve royéndome las entrañas.

Sé que aún tengo una posibilidad. Una única posibilidad tan débil y arriesgada que, en cualquier otra ocasión, la hubiera rechazado de antemano. Pero que, hoy, al borde ya de la locura, con el instinto y la razón deshechos entre la bruma de la desesperanza, estoy dispuesto, pase lo que pase, a aprovechar.

Durante largo rato, agazapado entre los árboles, compruebo lo que ya suponía y esperaba: como de costumbre, los guardias centran su vigilancia en las entradas traseras de la casa. Uno en cada esquina y otro desde una tapia, cerrándome el camino hacia el pajar y hacia el pequeño ventanuco de la cuadra.

Así que, lentamente, me arrastro por los huertos hacia la parte delantera de mi casa, cruzo entre las carrizas el arroyo de las vacas y, como un vecino más que tras cenar y disponer el pasto del ganado acudiera a velar la agonía de mi padre, salgo al camino y avanzo decidido hacia esa puerta por la que nunca, y menos esta noche, podrían sospechar los guardias que yo me atrevería a entrar en casa: la puerta principal, la puerta delantera de la calle.

Esta puerta de nogal pesada y vieja que hacía ya diez años no empujaba.

Se han vuelto todos hacia mí, sobresaltados.

Bruscamente ha cesado el murmullo de las conversaciones y los rezos en voz baja y, como una ráfaga de nieve repentina, el silencio y el miedo han batido las paredes de este cuarto donde se escucha ya el rumor de limos de la muerte.

Se han vuelto todos hacia mí como si ésta acabara de hacer su aparición a mis espaldas.

Desde la puerta, la metralleta baja, recorro la habitación de una ojeada: los rostros silenciosos, asustados, de las mujeres que rodean como un retablo en negro el espacio de la cama: el resplandor amargo y verde del aceite de las lámparas: las miradas lejanas de los hombres, de pie junto a la ventana: el vaho del espliego: los ojos de mi hermana, al otro lado, junto a la cabecera donde una llama helada se desangra sobre el granate de las mantas iluminando la respiración profunda, entrecortada, de mi padre. Ajeno ya por completo a cuantos le rodean. Definitivamente hundido en ese río subterráneo que avanza por su boca y por sus brazos.

Ni siquiera reconozco a las personas que se apartan en silencio para dejarme paso. El vaho va borrando sus rostros a mi lado mientras, al fondo, el de mi padre se enmarca y agiganta, blanco de muerte sobre la superficie blanca de la almohada.

– Padre.

Cojo su mano y una lengua de hielo atraviesa la mía.

– Soy yo: Ángel. He bajado.

– No puede oírte, Ángel.

Es la voz de mi hermana. Está junto a mí, vestida ya de negro, con los ojos abrasados por las lágrimas.

Pero yo soy el que ya no puede oír. Yo soy el que no puede entender el sentido final de sus palabras y el que insiste una y otra vez apretando hasta el dolor la mano de mi padre:

– Padre. Estoy aquí. He venido. ¿No me oye? Soy Ángel.

– ¡Vete, Ángel! ¡Por el amor de Dios, vete de aquí! ¡Déjale en paz!

De pronto, la voz de Juana se ha quebrado en un aullido incontenible, en un grito que sacude las paredes y los rostros aterrados, pero que no consigue despertar de su sueño blanco los ojos de mi padre.

– ¿Qué quieres?!¿Acabar de matarle?!

Rompió a llover hacia la medianoche. Rompió a llover como si nunca más hubiera de volver a amanecer.

Pero lo hizo con una luz lechosa y fría. Con una luz empapada de ozono y limos grises que iluminó mi casa y, en la ventana, la negación del viento que jamás podrá volverme a abandonar.

Al mediodía, la lluvia ya amansada y el barro apoderándose del río y los caminos, los ladridos de los perros y las campanas de La Llánava entran a buscarme hasta el fondo de la cueva, hasta el rincón helado donde, durante horas, he tratado inútilmente de olvidar el ladrido de este perro que se alimenta de sangre dentro de mi corazón.

Ante la puerta de mi casa, bajo los paraguas, la gente espera ya la última salida de mi padre. Son como sombras negras, borradas por la lluvia y la distancia a través de los prismáticos. Sombras lejanas que seguramente ahora comentan en voz baja lo que todo el pueblo sabrá ya: que yo, anoche, estuve allí. Que yo, anoche, mientras ellos dormían, mientras el viento golpeaba los cristales de sus casas y los perros aullaban en las cuadras barruntando la llegada de la muerte, abandoné mi escondite en las entrañas de los bosques, atravesé los círculos concéntricos de la noche y el olvido e, inesperadamente, me presenté en mi casa para dar el último adiós a ese hombre que ahora es sacado de ella a hombros de sus vecinos para no regresar jamás.

Las campanas han comenzado a doblar con tristeza aún más profunda. Húmedas se estremecen por los tejados y los campos antes de deshacerse con un dolor de hierro contra las peñas ateridas. Brota la lluvia con fuerza repentina mientras el carro con el féretro se pone en movimiento delante de mi casa arrastrando tras de sí un reguero de paraguas y la leyenda de ese hombre indómito e invisible que anoche, una vez más, volvió a burlar la vigilancia de los guardias y que, sin duda, ahora les estará observando desde alguna parte. Ese hombre imaginado tantas noches, al calor de las cuadras y cocinas, inmortal como su sombra, lejano como el viento, valiente, astuto, inteligente, invencible.

Ese hombre al que el espejo de la lluvia, en la montaña, devuelve sin embargo la memoria de lo que siempre ha sido: un hombre perseguido y solitario. Un hombre acorralado por el miedo y la venganza, por el hambre y el frío. Un hombre al que incluso se le niega el derecho de enterrar el recuerdo de los suyos.

Cuando llego al camino, la lluvia ya ha cesado. Una luz gris, de luna lejanísima -(«Mira, Ángel. Mira la luna: es el sol de los muertos»)-, ilumina levemente la línea de los montes y el temblor estremecido de los árboles. El río baja bronco, enfurecido. Golpea con su aullido los troncos de los chopos y los tejados negros que duermen a lo lejos, entre las ramas rotas, de espaldas a este huerto solitario donde crecen las ortigas y el silencio desde la noche más lejana, desde el principio de los siglos.

La puerta está cerrada. Un candado de hierro guarda bajo su óxido el sueño de quienes ya cruzaron el río del olvido. Pero la tapia no es muy alta. Y un crujido de zarzas me espera al otro lado, me aplasta suavemente contra el barro.

Aquí están, al fin, silenciosos y grises delante de mis botas, los montones de tierra donde fermenta el tiempo, donde se pudren con mansedumbre antigua pasiones y recuerdos. Aquí están, como montañas de tristeza bajo una luna lejanísima y mojada: el de mi madre, cerca de la puerta, endurecido ya por el paso de los años: el de María, alzado solamente por entregarme a mí su soledad y su venganza: el de Benito: el de Teresa, la niña ahogada: el de Ramiro, en el rincón de los proscritos, borrado ya definitivamente por un montón de ortigas después de que su cuerpo calcinado fuese exhibido por los pueblos como un trofeo de caza.

Y aquí está, delante de mis botas, sin nombre aún, sin fecha hacia el olvido, el cuadro de tierra removida donde, desde esta tarde, está esperándome mi padre.

– Soy yo: Ángel. He bajado.

Capítulo XV

– Quítate esa ropa. Estás empapado.

Lina ha apagado la luz y ha cerrado con llave las puertas de la calle. Ahora atiza el rescoldo de la lumbre y una sustancia roja se levanta desde el fondo del fogón iluminando su rostro somnoliento y duro. Estaba ya en la cama.

– ¿El niño?

– Durmiendo. Habla bajo.

Lina mete mis botas en el horno y extiende sobre el cuadro de la trébede la ropa y el capote. Me trae luego un pantalón y una camisa, anchos, excesivamente grandes.

– Eran de Gildo -dice.

Poco a poco, voy entrando en calor. Poco a poco, voy arrancándome del alma la huella de la niebla que atraviesa ahí afuera la noche de noviembre con su cuchillo helado.

Lina, despeinada y cubierta con un camisón blanco, se sienta junto a mí, en el extremo del escaño. Está muy pálida, más delgada, y un mar de arrugas infinitas, profundizadas por el sueño, surca su cara. Pero quizá eso mismo contribuye a acentuar todavía más la belleza dura y extraña de esta mujer que avanza ya, completamente sola, hacia la frontera de los cuarenta años.

Esta mujer que ni siquiera en los momentos más difíciles me ha abandonado.

– ¿Cómo estás, Ángel?

– Cansado. Cada vez más.

– El invierno está ya ahí fuera. Pronto va a nevar.

Sobre la chapa del fogón el agua de la ropa levanta gotas de humo, blancas burbujas que se deshacen en el hierro sin haber nacido aún. Como las grietas de la niebla. Como mi voz en el silencio gris de esta cocina:

– No sé cuánto podré aguantar ya.

– ¿Sabes?

– ¿Qué?

– ¿Sabes lo que dice la gente? -Lina cambia de postura; se mueve, incómoda, en el escaño. Evita mis ojos para decirme-: Dicen que lo mejor que podrías hacer es beberte una botella de coñac y pegarte un tiro.

Se ha quedado mirándome con el pulso en suspenso. Como asustada de lo que acaba de decirme. Como asustada de sí misma.

Se ha quedado mirándome como si ésta fuera la primera vez que me hubiera visto.

Antes de marchar, me tapa con una manta y atiza por última vez las brasas mortecinas. Me había quedado dormido.

– Te llamaré a las cinco. Duerme tranquilo.

– Lina.

– ¿Qué?

– Diles que no soy un perro. Díselo, Lina.

Tumbado en el escaño, escucho sus pasos por la escalera, el crujido de las tablas encima de la cocina, el ruido de la cama al recibirla. Tumbado en el escaño, oigo durante un rato su respiración solitaria y profunda. Y, sin saber por qué, me duermo con la oscura sensación de estar traicionando la memoria del hombre cuya ropa llevo encima.

Cerca de Fuente Amarga, por los tejares solitarios de Respino, un olor a quemado me detiene, inmoviliza mis pasos y mi respiración. Es un olor a humo lejano, muy lejano, deshecho entre los hilos de la niebla.

Desde lo alto de una roca, la metralleta ya empuñada, olfateo como un lobo la soledad de la noche, escucho atentamente los sonidos del monte a mi alrededor. Pero la niebla lo borra todo, borra y confunde olores y sonidos en un tejido único. Deshace las distancias en un fantasmagórico temblor.

Imposible conocer el origen del fuego. Imposible adivinar la dirección del humo.

Algún pastor habrá hecho lumbre en algún sitio.

Ha sido en la collada, abandonados ya los piornales y los robles del camino, donde una ráfaga de humo más espeso, más negro y definido, me ha arrojado entre las urces, me ha aplastado contra el suelo, sobre la grama dura y helada. Ninguna hoguera arde, solitaria y lejana, bajo la niebla. No hay pastores ni arrieros calentándose a la lumbre en ningún sitio. El fuego está ahí al lado, frente a mí. El fuego está ahí al lado: en las cortadas verticales de la peña. Y el humo sale a bocanadas por la abertura oculta de la cueva.

De pronto, la metralleta ha dejado de ser una simple boca de muerte dispuesta a matar. De pronto, la metralleta se ha convertido en un relámpago de hierro que se arrastra velozmente hacia los robles huyendo de la collada y su indefensión. Bajo la escarcha roja va dejando un reguero de hojas. Entre los claros de las retamas va descubriendo las señales violadas que yo ayer dejé al marchar: esa rama cruzada que ya no está ahí: esa línea de hojas que ha sido pisada: ese montón de tierra que alguna bota seguramente se llevó…

El disparo ha segado los hilos de la niebla como una exhalación. Ha cortado mi avance y ha estallado en la peña, casi encima de mí.

El disparo ha segado al unísono los hilos de la niebla y de mi corazón. Pero, antes de que éste pueda apenas darse cuenta, antes aun de que quienes me estaban esperando hayan tenido tiempo de reaccionar, yo estoy rodando ya por la quebrada de la peña, arrastrando matojos y piedras desprendidas, rebotando en la tierra como una piedra más. Las ramas arrancadas me acompañan y empujan. Los cardos y las urces se agarran a mi ropa intentando pararme. Pero no hay elección. La pendiente no se detiene. La pendiente no acaba nunca. Los disparos aúllan buscando mi sombra y los gritos de los guardias desgarran ya la niebla a mi alrededor. Están ahí, mezclando casi su aliento con el mío. Están ahí. No hay elección.

El salto ha sido eterno, interminable. El tiempo se ha detenido, indefinidamente, en mi corazón. Sólo la niebla, negra y helada. Sólo la niebla, cubriéndolo todo, y, al fin, un golpe seco, brutal, bajo mis pies.

He corrido con todas mis fuerzas. He corrido con rabia, como un perro herido, conteniendo el dolor.

Monte abajo, sobre los matorrales, rompiendo la niebla, he corrido con todas mis fuerzas hasta caer reventado en el fondo del valle, a la orilla del río, entre la espesura vegetal y fría de la que brotan ya los primeros destellos del amanecer.

Gritos, sombras de pájaros. Una racha de viento entre los avellanos y el temblor fugitivo de las hojas que caen.

Escucho. Asomo levemente la cabeza entre las espadañas y los juncos. Miro a mí alrededor: nada, el silencio, la niebla, las ovas enredadas en el centro del río y mi propio reflejo en la profundidad.

Ni rastro de los guardias. Ni una sombra. Ni un ruido. Ni el eco amortiguado de un paso o de una voz.

Pero, hasta que anochezca, ya no podré salir de aquí.

Dos días y dos noches duró la tormenta. Dos días y dos noches huyendo por los montes, en medio de la nieve, siempre hacia el norte. Hacia el confín del viento y de la soledad.

Comenzó a media tarde, todavía en el río. Una ráfaga seca destrozó los restos de la niebla, entre los avellanos, y un bramido profundo bajó de las montañas arrastrando a su paso retamas y árboles caídos. Se embraveció aguas abajo el grito de las algas y una lámina blanca, como de acero y hielo, borró todo el paisaje en torno a mí.

Sobre los cuatro extremos de la tierra, adelantando la noche y el invierno, adelantando estrellas y muertes y oraciones, súbitamente comenzó a nevar.

Dos días y dos noches duró la tormenta. Dos días y dos noches huyendo por los montes, cegado por el viento, sin comer ni dormir, sin saber dónde esconderme, a dónde ir, sin otra fe en mis fuerzas que mi propia, infinita, inexpugnable desesperación. Esta pasión que me ha arrastrado lejos de los rescoldos mortales de la cueva. Esta pasión que me ha empujado a través de la ventisca y me ha guiado en la oscuridad: evitando el peligroso contraluz de colladas y laderas, fundiéndome en la nieve bajo una manta blanca que robé en un corral de Vegavieja, caminando de espaldas por el día para desorientar el rastro de los guardias que, al saberme sin cueva, acorralado, vigilan pueblos y caminos y baten las montañas en una gigantesca cacería que esperan -tanto tiempo han esperado- sea la definitiva.

Dos días y dos noches duró la tormenta. Ahora es ya el amanecer del tercer día. Para mí, tal vez, el último.

Espero, completamente inmóvil, cerca de una hora. Una honda calma ha sucedido a la ventisca y, en la distancia, bajo la manta blanca, nadie podría distinguirme entre la nieve.

En torno a mí, un paisaje irreal y desolado marca las extensiones infinitas del silencio. Hay una luz metálica, como sobrevenida. Y, en el confín de las montañas que ahora me rodean, la línea del horizonte ha desaparecido otra vez borrada por la niebla.

Un movimiento mío, un solo movimiento, bastaría para romper este equilibrio tan perfecto.

No es eso, sin embargo, lo que me retiene aquí, tumbado entre la nieve como un animal muerto. No es la alucinación borrosa de los bosques que flotan a lo lejos como fantasmagóricos ejércitos de hielo la que me mantiene inmóvil, cara al cielo, desde hace cerca de una hora. Es el agotamiento de los días de caminar sin descanso y, sobre todo, la constatación final de lo que, en sueños, ya había presentido: la barba helada y las uñas reventadas por el frío, la transparencia gris en que la nieve y la humedad del río han convertido mis huesos y mi aliento. Y el miedo a descubrir, cuando me mueva, esa zona insensible de mi cuerpo que el hielo, a lo peor, ya ha dormido para siempre.

Pero no puedo quedarme indefinidamente aquí. Tengo que seguir. Tengo que incorporarme y reanudar la marcha en busca de ese sitio -un chozo abandonado, una cueva, un caserío- donde poder esconderme hasta que mis perseguidores abandonen su captura.

Con miedo, busco bajo la manta y el capote el contacto de mis manos, de mis piernas, de mis pies. Las ropas están heladas, extrañamente duras. Las botas son sólo ya dos masas de cuero mojado y rígido. Lentamente, froto todo mi cuerpo con torpe indecisión. Los músculos se contraen sin fuerza ni dolor. Pero están vivos. Todos. Despiertan poco a poco de un sueño profundísimo, de un sueño tan lejano que ni siquiera al corazón puede alcanzar. Ya de rodillas, como una res caída, miro de nuevo las sombras y las líneas que enmarcan el silencio. Nada: la soledad y yo. La soledad y el cierzo y el llanto deshojado de la nieve con la que froto mis manos y mi rostro para hacerles reaccionar.

Me incorporo con torpeza infinita. Todo mi cuerpo rechina como una máquina fría y oxidada. Pero hay que seguir. Hay que volver, de nuevo, a caminar.

Hacia el mediodía, descubro un chozo de pastores al pie de la montaña. La ventisca ha destruido su techumbre y las empalizadas del corral aparecen cubiertas por la nieve. Pero, a pesar de ello y de la desorientación total en que desde el amanecer he caminado, no me es difícil reconocer en él el viejo chozo de los pastores de Láncara.

Despacio, deslizándome entre los troncos de las hayas que bajan hacia el valle, comienzo a acercarme a la cabaña. La nieve está dura y blanquísima en sus alrededores, sin huellas de pisadas. Los guardias todavía no han venido a registrarla.

Pero mis huellas quedan nítidas, profundas, y pueden atraerles en cualquier instante.

Anochece.

Un día más se diluye como cierzo en el confín azul de las montañas.

Un día más huyendo de mí mismo, sin descanso ni esperanza.

Ni siquiera me he parado a vigilar los apostaderos habituales de los guardias: el puente sobre el río, el vado de las vacas, el callejón trasero de mi casa. Sólo pienso en llegar. En olvidar la nieve. En caer como un saco de tierra en cualquier parte. Hace días que la posibilidad cercana de la muerte ni siquiera alcanza ya a importarme. Hace días que, incluso, he comenzado oscuramente a desearla.

Roto, extenuado, con los pies descalzos, entro en las calles desiertas de La Llánava. Llevo las botas en la mano para esquivar el insomnio acechante de los perros y amortiguar la nitidez de mis pisadas. Mis pies son dos bolsas blancas, sin uñas, desmesuradas. Mi cuerpo apenas puede soportar el peso del capote y de la manta. Sólo la rabia me sostiene en pie. Sólo la rabia y la desesperación que, como una fuerza amarga, me arrastra inexorable hacia mi casa. Hacia esa casa en la que ni siquiera sé quién estará esperándome.

Pero ahí está, por fin, el postigo cerrado del pajar que tantas noches guillotinó la luna a mis espaldas. Ahí está, al fin, el aliento invisible de las vacas: hondo y caliente en su profundidad de siglos, amable como un abrazo al tiempo familiar y extraño. Hace mucho que aprendí a desear menos la compañía de los hombres que la de los animales. Hace tiempo que aprendí el sitio exacto que aquéllos me habían reservado. Pero, hoy, más que nunca, tras nueve días errando entre la nieve, tras nueve largos días de soledad y de frío, de soledad y de hambre, sé lo inmensamente humana que para alguien puede ser la simple oscuridad caliente de una cuadra.

Trepo al postigo con las últimas fuerzas. La paja gime con un sonido blando. Está podrida y blanca. Como mis pies. Como mi alma.

Como la noche helada que el postigo ha borrado para siempre a mis espaldas.

Capítulo XVI

Abro los ojos y no veo nada. 0 mejor: una penumbra aún más negra y más espesa que la penumbra física del sueño.

Muevo los brazos y las piernas y una opresión cercana los detiene. Como si hubiera muerto y un féretro de tierra enmarcara las dimensiones invisibles de mi cuerpo.

Pero no. Yo sé que no es verdad. Yo sé que esta ilusión no es más que el último palpito del sueño. Pese a la oscuridad, pese a la opresión cercana y asfixiante de la tierra, yo sé que aún sigo vivo, enteramente vivo., tan vivo al menos como cuando aún vagaba como el viento entre la nieve. Aunque, desde hace un mes, no pueda ya mirar la luz ni escuchar los lenguajes azules del invierno. Aunque, desde hace un mes, tumbado como un topo en esta fosa subterránea que Pedro y yo excavamos en la corte de las cabras, entre la cuadra y la panera, esté mucho más cerca del mundo de los muertos.

Me han despertado el ruido de la puerta y un remolino de pezuñas encima del tablero. Escucho: pasos, una voz baja abriéndose camino entre las cabras y el silencio. Contengo la respiración, inmóvil por completo. No sé qué hora será. No sé siquiera si, ahí afuera, será día o será noche. Ignoro el tiempo que he podido estar durmiendo.

Pero no hay nada que temer. Tres golpes secos, convenidos, suenan, por fin, encima del tablero.

Cuando salgo, mi hermana o mi cuñado ya se han ido. Me han dejado comida en un caldero, oculta entre hojas secas, y se han ido cerrando la puerta por fuera.

Es lo que hacen cada noche cuando en el pueblo ya todos duermen.

Las cabras me ven salir del agujero con ojos asustados, con relámpagos negros. Siguen sin habituarse a mi presencia. Se revuelven inquietas buscando protección en las paredes. Se apartan a mi paso como ante un aparecido.

Ceno sentado en un rincón, sobre un feje de hierba. Por la ventana del corral una claridad leve ilumina oblicuamente la corte ante mis pies. Poco a poco, mis ojos se van acostumbrando a ella. Poco a poco, todo mi cuerpo, tras la inmovilidad forzosa, comienza a desentumecerse.

Lo que un hombre solo, completamente solo, sentado en un rincón o paseando, entre las cabras, es capaz de pensar a lo largo de una noche ni siquiera yo mismo podría imaginarlo.

Lo que un hombre solo, completamente solo, amargamente solo, es capaz de pedir y desear a lo largo de una noche ni siquiera Dios mismo podrá nunca saberlo.

Un corazón solo, en medio de la noche, es siempre una tormenta.

Amanece. Las campanas suenan ya convocando al rebaño y un tren pasa lejano, fundido con el cierzo. Por la ventana del corral la luz comienza a hacerse más blanca y consistente.

Ha llegado la hora. Ha llegado el momento de volver a ese agujero irrespirable y de tumbarme como un topo debajo del tablero. Ha llegado la hora del reencuentro con ese hálito de magmas, de líquenes podridos, que impregna las entrañas de la tierra y el corazón de quien las viola y las habita.

Amanece. Dentro de unos minutos, mi hermana o mi cuñado vendrán en busca de las cabras y extenderán el abono por encima del tablero. Y, entonces, volveré otra vez a ser un muerto.

Primero fue un rumor confuso, lejano, en el corral: en dirección a los pajares y a la cuadra. Luego un silencio amenazado, cargado de tensión. Y, al fin, tras larguísimos minutos de ansiedad y de espera, el golpe de la puerta al abrirse bruscamente y un ruido atropellado de voces y pisadas, entre el revuelo de las cabras, justo sobre mí.

Si siempre, dentro de la fosa, la inmovilidad y el silencio son para mí condiciones permanentes y obligadas, ahora, en cambio, de repente, han pasado a formar parte sustantiva de mi propia identidad. Si siempre la ansiedad me ha acompañado y me ha seguido como un perro allí donde yo voy, ahora, en cambio, de repente, se ha erigido en mi única pulsión. Las botas de los guardias van y vienen por encima del tablero golpeando los vientres de las cabras. Amenazan con sus gritos y sus armas a mi hermana y mi cuñado, obligados, sin duda, como siempre, a entrar delante de ellos en la corte por si yo estuviera ahí escondido y abriera fuego desde la oscuridad. Aunque no puedo verles, por sus palabras y sus gritos puedo seguir los pasos de los guardias con tensa y absoluta precisión: escarban entre los fejes de hoja seca amontonados: apartan maderas y sacos para mirar hasta el último rincón: golpean, en fin, con las culatas de sus armas el suelo y las paredes en busca de ese hueco simulado que el tablero, una vez más, les oculta a sólo unos centímetros de mí.

Mil veces han registrado toda la casa, palmo a palmo: la cuadra y los pajares, la corte, la panera, la cocina de horno, las habitaciones, el desván. Mil veces sin que nunca ni siquiera mi rastro o mi recuerdo pudieran encontrar.

Un portazo violento. Las voces que se alejan al fondo del corral. Las cabras aquietándose y el silencio que cae de nuevo sobre mí. Otra vez. Una vez más. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo habré de seguir viviendo así?

Media hora más tarde -apenas media hora- la puerta de la corte vuelve a abrirse. Suavemente. Ahora suavemente. Y, al contrario que otras veces, tres golpes secos suenan en seguida sobre mí.

Juana me ayuda a levantar el tablero desde arriba. Sus ojos encendidos y su pelo rapado casi al cero es lo primero que mis ojos pueden ver.

– ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha pasado, Juana?

Juana no me responde. Deja el tablero a un lado y retrocede algunos pasos, entre las cabras, hacia la oscuridad.

– Te han pegado, ¿verdad?

Ella niega con la cabeza, absurdamente. Las contusiones y los golpes marcados en su cara hablan por ella de manera inequívoca.

Las cabras, como siempre, retroceden asustadas ante mí. Lejos de acostumbrarse, cada día que pasa rehúyen más mi compañía y, últimamente, ni siquiera se atreven ya a acercarse hasta el borde del tablero. Mi olor a tierra hundida las espanta. Mi palidez mortal las llena de temor y de recelo.

– ¿Y Pedro?

– Se lo han llevado.

Juana está hundida en la oscuridad. Me mira, inmóvil y distante en medio de las cabras, como si ella también se asustara de mí.

– ¿Tienes hambre?

– No.

– No pude hacerte nada -se disculpa-. Los guardias llegaron de repente, por la tarde.

– No te preocupes, Juana. No tengo hambre.

Mientras yo estaba ahí abajo, ha vuelto a nevar. El corral está cubierto por completo y un resplandor helado hiere mis ojos a través de la ventana. El año está acabando y lo hace, como siempre, con furia inusitada. No sé qué puede ser peor: si estar aquí enterrado, bajo la asfixia del tablero y los registros constantes de los guardias, o soportar la ira de otro invierno en las montañas.

– Ángel.

La voz de Juana ha llegado hasta mí temblorosa y quebrada, partida por el peso de unos nervios a punto de estallar. Desde el principio, desde que entró en la corte y me buscó bajo el tablero cuando los guardias ni siquiera debían haber salido todavía de La Llánava, supe que algo grave había ocurrido o me tenía que decir. Algo que yo nunca podría imaginar mientras espero, de espaldas a ella, mirando por la ventana la soledad del corral.

– Tienes que marcharte, Ángel.

Durante unos segundos ni siquiera he entendido las palabras temblorosas de mi hermana. Durante unos segundos ni siquiera he tenido consciencia de haberlas escuchado. Han quedado flotando, suspendidas a mi espalda, hasta que el silencio, de nuevo poderoso, inunda como un vómito la corte y las deshace.

– Tienes que marchar de aquí.

Lentamente me he vuelto buscando la figura de mi hermana. Lentamente mis ojos se han hundido otra vez en la oscuridad.

– ¿A dónde, Juana? ¿A dónde?

Los dos estamos ahora frente a frente, separados por el hueco de la fosa y la tibia penumbra de la corte. Juana inmóvil y distante, como una sombra más entre las sombras de las cabras, y yo, a sus ojos, blanco de muerte al contraluz pálido y gris de la ventana.

Los dos estamos ahora frente a frente, distantes, sin mirarnos, sin hablarnos, como si ya no fuéramos hermanos.

Hasta que Juana, de pronto derrumbada, de pronto ahogada por la rabia y por las lágrimas, huye corriendo, huye de mí y de sus palabras por el corral solitario y nevado.

(Pedro -lo supe al día siguiente- volvió al amanecer. Los guardias le llevaron al monte de Candamo y allí fingieron fusilarle.

Pedro -lo supe al día siguiente- lo aguantó todo como siempre: sin despegar los labios.)

Juana tiene razón. Juana y todos los que tantas veces, a lo largo de estos años, me lo han repetido: «Tienes que marchar de aquí, Ángel. Esta tierra no tiene perdón. Esta tierra está maldita para ti.»

Tengo que marchar de aquí, sí. Pero ¿a dónde? Y, sobre todo, ¿cómo?

Si yo lo supiera, hace ya mucho tiempo que hubiera escapado sin tener que esperar a que nadie me lo dijera, sin tener que escuchar que lo mejor para mí sería beberme una botella entera de coñac y meterme un tiro, sin tener que llegar a oírle a mi propia hermana algo que -también lo sé- ella ha sentido más que yo decírmelo. Son muchos años sufriendo esta condena. Son muchos años de soportar detenciones y registros, de recibir en silencio golpes e insultos, de aguantar el aislamiento temeroso de los propios vecinos. Sí. Son muchos años sufriendo por este hombre desahuciado que se agarra con desesperación a la vida y que, en su desesperación, arrastra a todos los suyos.

Juana tiene razón. No puedo permanecer eternamente aquí, tumbado como un muerto boca arriba, sin luz, sin esperanza, con la mirada y el corazón siempre prendidos del vacío. Tengo que huir, romper este cerco angustioso que me empuja cada día un poco más hacia el suicidio. Tengo que escapar de esta tierra maldita y poner kilómetros de silencio y de olvido entre mí y mi recuerdo, entre mí y esta fosa donde el calor y la desesperación se funden en una sustancia putrefacta que comienza a invadir ya mi cuerpo igual que el de aquel hombre de Nogales que, al acabar la guerra, mientras Ramiro, Gildo y yo vagábamos por las montañas, se escondió bajo un pesebre de la cuadra y no volvió a salir más que al cabo de seis años, ciego, enfermo y corrompido, para que su mujer le enterrase de noche, a escondidas, en un rincón del huerto de la casa.

Juana tiene razón. Juana y todos los que tantas veces, a lo largo de estos años, me lo han repetido: aquí no hay esperanza ni perdón para mí.

Aquí sólo me queda ya esperar la muerte enterrado vivo.

Hiere la luz después de tanto tiempo. Hiere con un fulgor de nieve esta luz triste y helada que ahora nace. Después de tanto tiempo. Después de tantos días sin sentirla como se sienten en la piel la lluvia o la nostalgia. Hiere la luz y mancha mis sentidos oscurecidos por la noche, borrados por el viento, ahogados en los ojos de mi hermana cuando cerró la puerta a mis espaldas para, seguramente, no verme nunca más.

Poco a poco, la luz ha dibujado contra la mancha mortecina de la noche el viejo apeadero de Perreras: el tejado nevado, el andén solitario, los raíles roídos por el óxido y el hielo. Poco a poco, la luz ha diluido la nube del aliento que nacía entrecortada de mi boca. Han sido cuatro horas caminado por el monte hasta llegar aquí. Cuatro horas en medio de la noche, completamente a oscuras, completamente solo, sin fuerzas ya para mirar atrás ni para desear siquiera que amanezca. Como si el tiempo se hubiera detenido para siempre entre las cuatro paredes de mi casa. Como si la desesperación y el miedo que, en la fosa, inundaban mi memoria día y noche se hubieran diluido como polvo al contacto con el viento.

Pero ahora ya amanece en el viejo apeadero de Ferreras. Ahora ya amanece y esta luz que me hiere y me ciega también ha despertado los sonidos: el crujido de mis botas en la nieve, los perros invisibles y ateridos, el aullido de la brisa por el andén vacío. Y ese rumor lejano, como de hierros negros, que comienza a acercarse lentamente. Lentamente.

Los escasos viajeros me han mirado con más sueño que sorpresa. Quizá les ha extrañado mi palidez mortal -los días bajo tierra- y la evidente antigüedad de estas botas y este abrigo que un día fueron de mi padre y que hoy me acompañan a mí en este largo viaje hacia el olvido o hacia la muerte. Quizá les ha extrañado mi silencioso nerviosismo; pero apenas me han mirado brevemente, distantes, sin sorpresa, y han seguido dormitando en sus asientos.

Yo busco el mío junto a una ventanilla, cerca de la puerta. Dejo la maleta en el suelo, entre las piernas, y, ya sentado, con la gorra inclinada hacia los ojos, repaso mentalmente mi equipaje inconfesable: el dinero cosido en el forro del abrigo, la documentación falsa, la pistola que tiembla como hielo entre mis dedos, en el bolso, y ese plano arrugado, escondido en el fondo de las botas, que intentará ayudarme a atravesar de noche y por el monte la frontera. En el andén ya ha sonado la campana. Fría. Deshecha por el viento. Y el tren se pone en marcha muy despacio. Poco a poco, por el cristal empañado y helado, veo alejarse el andén solitario y el viejo edificio del apeadero. Poco a poco, por el cristal empañado y helado, veo alejarse entre los árboles las nevadas montañas de Illarga donde se quedan para siempre nueve años de mi vida y el recuerdo imborrable de los amigos muertos. Miro a mi alrededor: todos duermen. Me encojo bajo el peso del abrigo. Recuesto la cabeza en el respaldo del asiento. Sólo oigo ya el rumor negro y frío del tren que me arrastra. Sólo hay ya nieve dentro y fuera de mis ojos.