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Cuevas, pulgas, vientos recios, comida ordinaria, caras de dientes cariados, uniformes grises y gorras con la estrella roja, éstas son mis primeras impresiones de Yenan. Mi nueva vida comienza con una forma de tortura. A fin de sobrevivir me prohíbo pensar que estoy en un lugar donde cada año mueren de hambre tres millones de personas. Me prohíbo reconocer que esa gente no ha visto un retrete en su vida y no se baña salvo el día en que nace, el de su boda y el de su muerte. Muy pocos saben en qué día nacieron o dónde está la capital de China. En Yenan todos se llaman a sí mismos comunistas. Para ellos es su religión. La búsqueda de pureza espiritual los gratifica.
Me asignan a una cuadrilla de otras siete camaradas. Cinco del campo y dos, incluyéndome a mí, de la ciudad. Cuando pregunto a las campesinas sus motivos para enrolarse al ejército, Sesame, la más osada, dice que lo hizo para huir de un matrimonio de conveniencia. Su marido era un niño de siete años. El resto de las chicas asienten. Han venido para impedir que las vendan o para no morir de hambre. Las felicito. Pasamos la mañana aprendiendo un ejercicio militar.
La mujer de la ciudad tiene unas facciones extrañas. Tiene los ojos en los lados de la cara cerca de las orejas, como una cabra. Es arrogante y habla mandarín imperial. Enlaza las sílabas unas con otras, con una voz masculina. El Ejército Rojo no es un ejército de salvación, advierte. Sino una escuela, de formación. Somos comunistas, no un puñado de mendigas. Es terrible que nunca hayáis oído hablar del marxismo leninismo. Estamos en el ejército para cambiar el mundo, no para llenarnos el estómago.
Me indigna. Las campesinas se miran; no saben cómo reaccionar. Las intimida. Le pregunto cómo se llama. Fairlynn, responde. Por la poeta de la antigüedad Li, Reflejo Puro. ¿Has oído hablar de su obra? ¡Unos versos maravillosos!
¿Qué eres?, le preguntan las campesinas.
Poeta.
¿Qué es eso? ¿Qué es un poema? Sesame sigue sin entenderlo aun después de oír la explicación.
Fairlynn le arroja un libro. ¿Por qué no te haces un favor y lo averiguas?
No sé leer, dice Sesame disculpándose.
¿Por qué te has enrolado al Ejército Rojo?, pregunto a Fairlynn.
Para continuar mis estudios con el presidente Mao. Él también es poeta.
Fairlynn es una atleta espiritual. Necesita una rival para ejercitar la mente. Me llama señorita Burguesa y dice que Yenan va a endurecerme. Por la mañana deja la puerta abierta para que dé golpes con el viento. Disfruta con ello. Oigo su risa masculina. ¡El viento recio volverá a esculpir tus huesos y tus nervios! Le encanta dejarme sin habla. Gracias a Buda que es fea, me digo. Con una figura tan rechoncha seguro que tiene que soportar mucha soledad. Su peinado está inspirado, según afirma, en Shakespeare. Parece un paraguas abierto. Su cara alargada tiene unas líneas muy definidas, con la piel amarilla de fumadora empedernida. Siempre habla con las manos en la cara.
Participo en concursos de versos Qu y Pai, dice. Estoy impaciente por competir con el presidente Mao. He oído decir que le encanta que lo desafíen. Mi fuerte es la dinastía Tang y el suyo tengo entendido que es la dinastía Song. Su especialidad es Fu. Entre los de la dinastía Song, prefiere «Norte tardío» y «Sur temprano». Mi especialidad son los poemas de ocho versos y cuatro tonos de Zu Hei-Niang, y los del presidente, los de cinco versos y dos tonos. Del tipo pin, pin, zhe, zhe.
Me sorprendería que el presidente la recibiera, me digo. Los hombres deben de buscar distinta clase de estimulación en mujeres diferentes.
Vivo durante unos meses en la llamada Cuesta de la Familia Qi. En el pueblo cueva hay más de treinta familias y todas se apellidan Qi. El viento sopla con fuerza por los valles y mi piel ya ha empezado a resentirse. Me han incorporado al nuevo programa de entrenamiento de soldados. En el pueblo sólo hay una calle que recorro cada día. Se prolonga hasta desembocar en un campo abierto. En el extremo este hay un cobertizo, y en el oeste, un pozo público. El pozo no tiene rejilla y en invierno se cubre de hielo.
Recorro con mi cuadrilla la calle en dirección a la base de entrenamiento. Veo a un niño de mejillas rosadas junto al pozo. Tira de una cuerda de la que cuelga un cubo de agua y el peso le hace inclinarse peligrosamente sobre el pozo. Podría resbalarse y caer en cualquier momento. Cierro los ojos al pasar por su lado. En la calle hay un ciego vendiendo unos ñames de aspecto viejísimo. Sus dos hijos van con pantalones abiertos por detrás y juegan con el carbón con los traseros manchados de negro. Al lado hay una ebanistería. Un carpintero hace baldes gigantes y sus hijos lo ayudan a lijar la superficie de la madera.
A Fairlynn y a mí nos ponen a vivir con una familia campesina. Tengo tortícolis de dormir en el suelo. Un día, mientras el dueño de la casa nos da los buenos días, le menciono mi dolor. Al día siguiente trae dos esteras de paja.
Fairlynn echa por tierra mis esperanzas de dormir bien una noche. Es nuestro deber vencer la debilidad burguesa, dice. Recoge las esteras de paja y se las devuelve al dueño.
Al cabo de una semana de dormir fatal empiezo a encontrarme mal. Fairlynn también se pasa toda la noche dando vueltas. Una mañana después de desayunar, el dueño de la casa viene con una mujer del vecindario que es sastra. Nos explica que le ha pedido que nos preste su cuarto de costura. Tiene camas, añade la sastra. Las camaradas de huesos frágiles de la ciudad tal vez las prefieran al suelo.
Esta vez Fairlynn acepta la propuesta sin decir palabra. Recogemos nuestras cosas y seguimos a la sastra a su cuarto. Nos muestra las dos camas. Una es sencilla hecha de cañas de bambú y la otra cuelga del techo. En realidad es una tabla. Encima hay telas y trapos. Mide un metro veinte de ancho por dos y medio de largo, y se eleva unos dos metros del suelo, casi tocando el techo.
Fairlynn sugiere que yo ocupe la tabla y ella la cama. No soy ligera como un pájaro como tú, dice. La tabla no soportará mi peso; si se cae me romperé los huesos.
Me duele la cabeza sólo de mirar la tabla. Para llegar a ella tengo que subirme a la cama de Fairlynn y a continuación levantar una pierna hasta alcanzar un saliente de madera. Con un pie en el saliente, he de levantar el otro hasta la tabla. Una vez que me tumbo no puedo incorporarme, porque si lo hiciera me golpearía con la cabeza en el techo.
Por la noche se pega a la pared sin atreverse a darse la vuelta. No hay barandilla para impedir que se caiga. Sueña muchas veces con que rueda hasta el borde y se cae. Tarda semanas en acostumbrarse al miedo. A fin de evitar bajar de la tabla de noche, no se atreve a beber agua después de las tres de la tarde.
Tras recoger el trigo seco, la cuadrilla ha de transportar los tallos en un carro de una sola rueda. A Lan Ping le lleva un tiempo aprender a utilizarlo. Una vez aprende el truco, sujeta la barra con firmeza con los brazos doblados y pegados al cuerpo para hacerse con el control del carro, y camina sobre los talones. En las bajadas, tira de la barra hacia el suelo y se acuclilla. El peso del cuerpo sirve de freno. A veces permanece de cuclillas todo el trayecto, arrastrando el trasero por el suelo. A diferencia de ella, Fairlynn se cae al tomar las curvas cerradas cuando se precipita colina abajo.
Lan Ping empieza a advertir el abismo. El abismo entre ella y el papel que quiere interpretar. Éste se le escabulle de las manos. Se pregunta cuándo va a conocer a gente importante.
Si eres soldado, compórtate como tal. El tono de Fairlynn es firme. No hagas preguntas como una civil. No pidas ver a Mao, por ejemplo… De pronto se tira un pedo. Es sonoro y llega en mitad de la frase. Huele fuerte.
Demasiados ñames, comenta Sesame.
¿Pastillas antigases?, ofrece Lan Ping.
Fairlynn está muy seria, como si hubiera sido otra. Luego se tira otro y las chicas se echan a reír. Uno es tan largo que dura un minuto y estallan en carcajadas cuando modula un par de notas.
Para ir al lavabo hay que acuclillarse sobre un pozo negro de casi un metro de diámetro, atravesado por una simple tabla de madera. Los días de lluvia su superficie se vuelve sumamente resbaladiza. Pensar en ello me hace sentir aún más deprimida de lo que estoy. He aprendido a manejar armas, a arrojar granadas, a rodar por matorrales y rocas, a combatir y trabajar sin parar. El comunismo es para mí una luna en el estanque y una flor en el espejo. Todo lo demás me dice que éste no es mi sitio.
Es medianoche y vuelvo a tener diarrea. No quiero bajar con este frío y despertar a Fairlynn. Pero al cabo de una hora de dar vueltas en la cama no aguanto más. Me visto y empiezo a bajar. Fairlynn está profundamente dormida. Me envuelve la oscuridad. He pasado un mal rato imaginándome haciendo equilibrios en la tabla de madera. Me planteo despertar a Fairlynn y pedirle que sostenga una linterna por mí. Pero cambio de idea. No quiero que vuelva a llamarme señorita Burguesa.
Avanzo a tientas. Cuando llego a la puerta, mi malestar de estómago aumenta. Empujo la puerta pero no cede. Con prisas giro el pomo y logro por fin salir.
Estoy perdida. Ante mí hay un patio desierto. No recuerdo dónde está el pozo negro, sólo sé que no muy lejos.
No fue como lo que explicó más tarde Lan Ping a la gente, que nunca dudó del camino que había tomado. Dudó y mucho, como ahora.
Llorando, va a ver a Kang Sheng. Es una tarde despejada cuando se presenta en su oficina situada en una cueva.
¡Camarada Lan Ping! ¿Cómo te va? ¿Qué tal la vida en Yenan? Dime, ¿has comido? Almuerza conmigo, por favor.
Hace meses que ella no ve carne.
Hablan mientras comen. Ella se muestra humilde, pide consejo.
Bueno, no conozco mucho mejor que tú la situación, responde él. Sólo tengo más años y he vivido más. ¿Has probado en la compañía de ópera de aquí? En Yenan hay un montón de aficionados a la ópera, empezando por los dirigentes del Partido.
Quiero intentarlo, pero la jefa de mi cuadrilla es incapaz de darme un día libre. ¿Cómo voy a explicárselo?
Veamos. Puedo trasladarte en nombre del departamento de personal. Diré a la jefa de tu cuadrilla que la revolución te necesita.
Ella está a punto de levantarse y tocar el suelo con la frente delante de él, pero se contiene. En lugar de ello pregunta cómo se llaman los encargados de la compañía de ópera de Yenan.
La gente con la que trabajarás es posible que esté avanzada políticamente, dice él. Arranca un trozo de papel y anota rápidamente una lista de nombres. Pero no saben cantar ni actuar. Sobresaldrás, así que empléate a fondo. ¿Si llevaré a gente a ver la obra? Si eres buena te llevaré hasta al presidente Mao.
Con una sutil indirecta me recuerda que el tiempo no me permite esperar. La juventud cuenta. Con qué facilidad el delicado cutis de las chicas de ciudad termina convertido en papel de lija aquí. El viento recio no discute. Susurra sabiduría antigua. Si bien son muchos los que reciben el consejo, sólo los prudentes se benefician de él. Usa la cabeza. Míralo así. En Yenan el jardín del amor es distinto. Una mujer ama a un hombre por lo que es capaz de hacer por China.
Entra una mujer con una tetera y nos sirve té. Es joven, pero el viento ha surcado su cara de profundas arrugas. Kang Sheng añade: En Yenan la estatura de una mujer se mide por el rango de su marido. Ríe como si bromeara. Estoy seguro de que una joven de tus cualidades tiene admiradores. Deberías reservarte. Por supuesto, éste no es el tema que hoy nos ocupa. Toma, dice dándome un expediente que ha sacado de su cajón. Aumenta tus conocimientos sobre el Partido; lee la obra de Mao. Recuerda que uno sólo es grande si su vida se entrecruza con la historia.
Ella empieza a leer los libros y periódicos que le recomienda Kang Sheng. Los artículos le fascinan. Tratan de la historia del Partido Comunista, pero sobre todo del éxito de un hombre. Un hombre que ha fundado el Partido sin ayuda de nadie y lo ha liderado. Un hombre que ha caído tres veces en desgracia del Partido y tres veces ha recuperado el liderazgo.
Es la historia de Mao Zedong.
Es un hombre hecho a sí mismo, hijo de un campesino del Hunan. Fundó el grupo comunista del Hunan cuando era estudiante, en 1923. Su mentor fue el jefe del Partido Comunista de Duxiu, el señor Chen. En 1927, después de que Chang Kai-shek aniquilara a los comunistas, la relación entre alumno y profesor se estropeó. Empezaron a discrepar. Mao creía en el poder de la fuerza y Chen en la mesa de negociaciones. Chen tuvo la última palabra, pero la historia ha demostrado que Mao tenía razón. Tras el fracaso de las negociaciones, Chen volvió a equivocarse ordenando una guerra posicional: mandó construir muros humanos para detener las balas de Chang Kai-shek. Como consecuencia el Ejército Rojo perdió el noventa por ciento de sus hombres.
Frustrado, Mao reunió un pequeño ejército de campesinos y se escondió en las remotas montañas de Jinggang. Estaba decidido a preparar y entrenar a sus hombres hasta convertirlos en una fuerza de hierro. Por tal acción lo acusaron de traidor y oportunista, y lo expulsaron.
Pero Chen no tuvo suerte y el Ejército Rojo estuvo a punto de ser aniquilado. Ofrecieron a Mao volver a su puesto, porque había convertido a su gente en un ejército de treinta mil hombres bien equipados. Mao aceptó el nuevo empleo y se preparó para enfrentarse al ejército diez veces mayor de Chang Kai-shek. Jugó al gato y al ratón con el enemigo. Luego encajó otro golpe interno. El Politburó del Partido Comunista central consideró que el Ejército Rojo era tan potente que había llegado el momento de reivindicar las principales ciudades de Chang Kai-shek. Mao pidió contener la acción. Volvieron a tacharlo de patán estrecho de miras y lo destituyeron.
Mao cayó enfermo, pero no se dio por vencido. Cuando llegó la mala noticia -la destrucción del Ejército Rojo enviado a tomar la ciudad- estaba preparado para sentarse de nuevo en su silla de comandante. Como un estratega de la antigüedad, volcó su talento en la guerra e invirtió como por arte de magia la situación. El Ejército Rojo no sólo sobrevivió, sino que empezó a ganar de nuevo.
Así y todo, los problemas de Mao estaban lejos de haberse terminado. Los expertos militares entrenados en Rusia expresaron sus dudas acerca de la clase de guerrilla que él defendía. Convencieron al Politburó de que las cautelosas tácticas de Mao estaban arruinando la reputación del Partido. El Politburó estaba convencido de que era necesario lanzar una segunda ofensiva sobre el bastión de Chang Kai-shek. Cuando Mao volvió a oponerse, lo acusaron de haber perdido la fe en la revolución y lo llamaron cobarde. Esta vez no sólo lo destituyeron de su cargo sino que le ordenaron que abandonara la base. Como una forma de exilio, le dieron instrucciones de «fundar» una delegación del Partido en una remota provincia. Corría el año 1932.
Mao no esperó a que le llegara el turno. Presionó activamente, habló con sus amigos y contactos. Sus predicciones se cumplieron una por una. El Ejército Rojo perdió batallas claves y terminó bloqueado por el ejército de Chang Kai-shek.
Llamaron por tercera vez a Mao. Pero éste se negó a volver a ser utilizado de puente para salvar al ejército de las aguas agitadas. Exigió un cargo permanente en el gobierno; exigió un control absoluto sobre la dirección del Partido Comunista que incluía la eliminación de sus enemigos políticos.
Lo complacieron.
En 1935 el dios se puso al frente de sus seguidores e hizo un milagro. Se llamó la Larga Marcha.
La joven está sentada frente a una pila de papeles. Ve cómo se forman sus pensamientos. Las sílabas se juntan en el aire, sus sentidos conectan. Es abrumador. El nacimiento de una visión repentina. Su energía vital. La combinación entre intimidad prohibida y comprensión ilícita.
¡Quiero ocupar un lugar en su mapa!, exclama.
Kang Sheng comenta que hay mujeres que se presentan en la cueva de Mao sin estar invitadas. Tanto del país como extranjeras.
No voy a convertirme en una roca por ello, replica la joven. El sol empieza a ponerse tras la colina. Llegan compañías de soldados y se ponen en fila. Se sientan en hileras frente a un escenario improvisado. Éste está hecho de cañas de bambú, con el cielo azul cada vez más oscuro de fondo. La orquesta afina sus instrumentos. La joven de Shanghai se ha convertido en la primera actriz de la compañía de ópera de Yenan. Está a punto de interpretar un solo llamado «Historia de la hija de un pescador».
Se prepara en una tienda. Se cubre la cabeza con un pañuelo amarillo. Va disfrazada con un chaleco rojo y una falda pantalón verde. Recoge un «remo» del suelo y, fingiendo estar en un bote, empieza a hacer ejercicios de calentamiento, dando un paso adelante, un paso atrás y un paso al lado. Se mece, balanceando los brazos de un lado a otro.
La salva de aplausos indica que han llegado los líderes y miembros del gabinete. Los tramoyistas meten prisas a los actores. El redoble de los tambores se intensifica por momentos. Las caras de los actores son máscaras de polvos, con los ojos y las cejas perfilados como gansos voladores.
Al mirarse al espejo la joven recuerda su vida en Shanghai. Piensa en Dan, Tang Nah y Zhang Min. Los hombres que recorrieron su cuerpo pero nunca encontraron la joya que había dentro. Piensa en su madre. Su mala fortuna. De pronto la echa de menos. Sólo después de que la hija ha experimentado su propia lucha es capaz de comprender el significado de las arrugas de su madre y la tristeza contenida bajo su piel.
Los carros cruzan volando el escenario. A los actores se les quiebra la voz al alcanzar las notas altas. El público entusiasmado grita excitado. El ruido perfora la noche. El tramoyista dice a la actriz que Mao ha llegado y tomado asiento entre el público. La joven se lo imagina sentado. Como el Buda sobre una flor de loto.
Sale al escenario con pasos sui-bu, deslizándose como si navegara, y los brazos caídos como un sauce liu-quan. Recoge el «remo» y lo mueve con garbo en el agua imaginaria. Dobla y estira las rodillas una y otra vez para describir el movimiento a bordo de un bote. Los redobles de tambor completan el movimiento. Cruza de izquierda a derecha el escenario andando con las puntas y los talones, exhibiendo su facilidad para «caminar por el agua». Adopta una pose liang-xiang y abre la boca para cantar la famosa aria.
La cara de Mao parece solemne, pero dentro de su cerebro el viento se levanta y sopla a través de los troncos de sus nervios; la voz de la joven es como una flecha que le atraviesa la mente. El mundo de pronto funciona al revés: en el cielo crecen algas y en el mar empiezan a flotar nubes.
Surcaré contigo las Nueve Corrientes
entre vientos que soplan con violencia y olas que rompen a su antojo
en coches acuáticos con la cubierta de flores de loto…
Su mente es un caballo con grilletes, azotado y maltratado, que corre contra un vendaval y sube sin resuello a la cima de una montaña envuelta en espesa niebla.
Subo a los acantilados de Quen-Rung para contemplar la vista,
mi corazón se siente débil y enfermizo.
Al caer la noche
me siento perdido y desamparado,
pensando en riberas lejanas
me recobro…
Huele el aire húmedo. El aire que transporta el peso del agua. Oye el ritmo de su propia respiración. Parpadea y se seca el sudor de la frente.
En cuanto cae el telón, Kang Sheng acompaña a Mao hasta el escenario y le presenta a la actriz. Se dan un apretón de manos. Él se conduce como un sabio de la antigüedad. Es más alto y tiene el pelo más largo, negro y abundante que nadie en el público. Lo lleva peinado con raya en medio y hacia los lados, al estilo campesino de Yenan con un toque de artista moderno. Tiene los ojos almendrados, afables pero penetrantes; la boca roja, de labios carnosos, y la piel suave. Un hombre de mediana edad, seguro y obstinado. Su uniforme tiene muchos bolsillos, y coderas y rodilleras pulcramente cosidas. Lleva un calzado hecho de paja.
Ella tantea su papel.
El invierno se despide y la primavera aún no ha llegado. De la noche a la mañana la hierba de la colina se cubre de escarcha. Hasta el mediodía no empieza a derretirse la capa blanca. Después de las cuatro vuelve a formarse hielo y toda la colina, la hierba que todavía no se ha vuelto verde, parece cubierta con un cristal.
Es en esta época cuando Fairlynn se convierte en redactora jefe del periódico de Mao, La base roja. Dicen que Mao la ha nombrado personalmente para el cargo. El periódico aplaude las recientes victorias y llama a Mao «el alma de China».
La señorita Lan Ping va con su uniforme y un pañuelo naranja alrededor del cuello. Es la imagen que se trabaja: una soldado con un toque de diosa romántica. El efecto de una pequeña rosa entre follaje verde. Sabe cómo buscan y registran los ojos de los hombres. La cámara del corazón de su futuro amante. Sus camaradas, incluidas las esposas de los oficiales de alto rango, están murmurando. El tema es la señora de Chang Kai-shek, Song Meilin. Su facilidad para hablar un idioma extranjero y, aún más importante, su capacidad para controlar a su marido. Dicen que ha llamado la atención sobre la campaña de éste. Habló ante las Naciones Unidas y consiguió fondos para la guerra de su marido. La joven está enormemente interesada.
Durante las siguientes semanas nieva y llueve a la vez. En un instante el universo de Yenan queda empapado y la lluvia convierte la tierra en un cenagal. El suelo de tierra apisonada se convierte en barro, y las vasijas y las tazas de la habitación flotan como pequeños barcos. Al día siguiente sale el sol, que seca el camino y endurece las huellas de las ruedas. Cuando vuelve a llover, el camino es una pista de patinaje. Después de acarrear ñames a lo largo de un kilómetro y medio, Lan Ping resbala como un payaso de circo.
La cafetería es una gran cueva por cuyas paredes penetra el agua. La mitad del local se utiliza para guardar carros y herramientas. Mis camaradas y yo nos abrimos paso con nuestros tazones de arroz hacia un rincón donde el suelo no parece tan fangoso. Caen gotas de agua de lluvia en mi tazón, y para esquivarlas tengo que comer y moverme al mismo tiempo.
Tengo las botas cubiertas de barro. Se arrastran como si trataran de escapar de mis pies. Hago lo posible por no echar de menos Shanghai. El pavimento, las hojas podadas, los acogedores restaurantes y el inodoro.
No para de llover y nevar a la vez. El cielo y la tierra quedan envueltos en una gigantesca cortina gris.
En la sala de la Escuela de Bellas Artes LuXiun de Yenan se ha congregado una gran multitud. Mao va a dar una conferencia. La joven de Shanghai se ha sentado en un taburete de madera en primera fila. Ha venido temprano para asegurarse el mejor asiento, un lugar desde el que ver y ser vista. Espera con paciencia. Reina un ambiente de euforia. Los soldados cantan con su fuerte acento norteño. Las canciones son las enseñanzas de Mao con una melodía popular:
Creemos en el gran comunismo,
somos los soldados del Ejército Rojo,
castigamos el saqueo y el robo,
vivimos para servir al pueblo
y luchar contra los invasores japoneses y los nacionalistas de Chang Kai-shek.
A la joven le gusta la simplicidad de la letra. No la han repetido por tercera vez que ya se la ha aprendido y canta a pleno pulmón. Llama inmediatamente la atención, pero ella sigue, alcanzando sin esfuerzo la nota más elevada. Los soldados le lanzan miradas de admiración. Ella canta aún más fuerte, sonriente:
El edificio más alto se construyó a partir de un ladrillo.
El río más profundo se originó a partir de una gota de agua.
La revolución empieza aquí en Yenan,
en el territorio rojo, liderada por el gran Mao Zedong.
Le conmueve el ambiente, lo que está haciendo para hacer realidad su sueño; el hecho de que podría convertirse en víctima de tal sueño. Una perfecta heroína trágica. Podría romper a llorar, piensa sonriendo.
En medio de la salva de aplausos aparece Mao. El público lo aclama a voz en cuello: «¡Presidente Mao!».
Él empieza con un jocoso chiste popular que muy pocos entienden.
La joven está fascinada. Tiene la sensación de estar ante Buda en persona.
El hombre del escenario habla de la relación entre arte y filosofía, entre los papeles del artista y el revolucionario.
¡Camaradas! ¿Qué estamos haciendo con las malas hierbas que han estado creciendo en nuestras tripas?
Se mueve de forma relajada, como un erudito. Su voz tiene un fuerte sonido nasal, mezclado con el acento vibrante del Hunan.
Yo he estado haciendo una criba. A base de estirar y arrancar. El caso es que Chang Kai-shek y los japoneses son fáciles de identificar como enemigos. Sabemos que están allí y que van por nosotros. Pero el dogmatismo es como las malas hierbas. Se disfraza con brotes de arroz. ¿Lo distinguís? Para ser un buen artista hay que ser antes marxista. Hay que saber diferenciar el dogmatismo del comunismo.
Ella detecta metal en el cuerpo de ese hombre. De pronto se pregunta si hay parte de verdad en el consejo de Kang Sheng: lo que cuenta en Yenan es demostrar tu pasado comunista. Su intuición le revela otra verdad, lo que la naturaleza dice a hombres y mujeres. No hay nada que demostrar. Todo está en los cuerpos, en la atracción de miradas de los animales humanos.
El hombre del escenario continúa. Fluyen las palabras, las frases, los conceptos.
Los dogmáticos pretenden pasar por auténticos revolucionarios. Ocupan asientos importantes en nuestro congreso. No hacen más que formar con los labios el nombre de Iósiv Stalin. La rebelión y los ataques han empezado dentro del mismo cuerpo del Partido. Son invisibles pero fatales. Se llaman a sí mismos soviéticos acérrimos, pero son arañas incapaces de producir hilo que no esté podrido; no sirven para la revolución. Repiten las palabras de Karl Marx, pero ayudan a Chang Kai-shek. Se han mofado de nosotros. Nos han dado gafas con los cristales rayados para que no veamos con claridad. Hemos creído en Stalin y confiado en la gente que nos ha enviado. Pero ¿qué hacen aquí aparte de realizar experimentos sociales a nuestra costa?
El hombre explica la historia de China a la luz de la situación actual, aplica teorías de diseño e invención militar. Luego cambia de expresión, se retrae y se pone serio, como si el público hubiera desaparecido ante sus ojos.
Desde su taburete, la joven no puede evitar empezar a hacer cálculos. Contempla el futuro del hombre con ojos de pitonisa. Da un golpe de zoom para estudiar su cara. Detrás del brillo ve la huella de un león. Oye un rugido a destiempo. En ese instante oye cómo ella y su papel encajan con un clic.
El guardaespaldas de Mao se acerca con una taza de té. El joven tiene entre las cejas una cicatriz en forma de oruga. Deja el tazón en los pies de su señor. La joven se asombra. En Yenan parece natural recoger una taza del suelo en lugar de una mesa.
La voz del escenario aumenta de volumen. Lo cierto, camaradas, es que hemos estado perdiendo hombres, caballos, seres queridos. Puesto que nos hemos visto obligados a actuar donde no debíamos, nuestro mapa ha vuelto a reducirse de tamaño. ¿No hemos aprendido ya suficientes lecciones? No hemos perdido las batallas libradas contra Chang Kai-shek o contra los japoneses, sino contra el enemigo de dentro. Las cabezas de nuestros hermanos están rodando… En cuanto a conservar la inocencia política, sí, queremos conservarla, pero no a base de ignorancia, sino a base de sabiduría y cordura. Nuestros líderes son tan débiles que no hay forma de despegarnos de la mala suerte. ¡Se nos caen los dientes si bebemos agua fría y nos caemos al suelo con sólo tirarnos un pedo! ¡Debemos abandonar el camino hacia nuestra tumba! ¡Camaradas! ¡Quiero que todos comprendáis que el dogmatismo consiste en hacer salchichas con excrementos de burro!
Se inclina, recoge la taza y bebe un sorbo.
Ella oye el ruido de lápices arañando papel.
Los presentes, entre los que se encuentra Fairlynn, toman nota del discurso de Mao.
La joven no escribe. Memoriza las frases de Mao, las que pronuncia y las que no pronuncia. Pone a funcionar su talento.
Él se pasea, bebe el té a sorbos y espera a que la gente levante la vista de sus cuadernos. No dispone de imprenta ni de periódicos, de modo que confía en la boca de sus seguidores. Recorre el salón con la mirada. De pronto se oye un suspiro inesperado. Su concentración se interrumpe. La reconoce, reconoce a la joven que no toma notas como los demás. La actriz con la cara lavada. El impacto es como la luz del día perforando la oscuridad.
Germina una semilla dormida.
Ella desvía la mirada, consciente de que lo ha distraído. Ahora toda su atención está concentrada en ella y sólo en ella. Ocurre en un silencio absoluto: un crisantemo silvestre se abre en secreto y con fervor, y recibe los rayos de sol. La joven se siente extrañamente serena y experimentada. Está en su papel. Disfruta del momento y trata de hacerlo brillar. Está satisfecha consigo misma, una actriz que nunca ha dejado de cautivar a su público. No se le acelera el pulso. En silencio se presenta a sí misma. Cada parte de su cuerpo habla, se entrega, se alarga hacia él. Hace que él la examine abiertamente: su pelo pulcramente peinado, su tez de marfil. Ella permanece inmóvil en su silla, en la base de Yenan. Deja que él la encuentre.
Y él sonríe. Ella se vuelve hacia él pero enseguida clava la vista más allá. No permite que sus miradas se crucen. Aún no. Lo atraviesa para prenderle el fuego, para hacer que empiece la persecución.
Por su cabeza circulan arias de ópera. Las alas de mariposa están cubiertas de polen dorado… De pronto oye a Fairlynn exclamar a voz en cuello: ¡Increíble! ¡Qué conferencia! ¡Me encanta este hombre!
Mao firma autógrafos y contesta preguntas. La joven levanta un brazo y él hace un gesto de asentimiento. Ella lanza una pregunta sobre la liberación de la mujer. De pronto advierte que en su sonrisa hay una expresión ausente. La mira pero sus ojos no la registran.
Ella olvida la pregunta. Pierde su seguridad en sí misma y vuelve a sumergirse en el mar de la multitud. Mao levanta la vista. Ella espera que la esté buscando, pero es imposible saberlo. Él interrumpe su búsqueda, y ella se levanta y se va. Se dice a sí misma que es preferible desaparecer a no ser reconocida.
Más adelante él le explica el problema. Aunque ha estado viviendo solo, el obstáculo es que sigue casado. El nombre de su mujer es Zi-zhen, y es una heroína tan popular y respetada como él. Cuando él era bandido, Zi-zhen se rebeló contra su propia familia de terratenientes para seguirlo. Tenía entonces diecisiete años y se la conocía por su belleza y valor. Debajo de las costillas tiene alojadas varias balas de la Larga Marcha de 1934. Le dio seis hijos de los cuales sólo vive una hija.
Su separación empezó cuando a ella le entró el pánico de quedarse otra vez embarazada y se negó a acostarse con él. Él empezó a olfatear por allí y Zi-zhen se enteró. Dámelo tú entonces, le exigió él. Ella le dio un puñetazo en la cara y fue derecha al Politburó. ¡Haced que se comporte como Mao Zedong el Salvador!
A Mao le hubiera gustado hacer desaparecer el certificado de matrimonio que lo unía a Zi-zhen. Se marchó de la cueva diciéndole que habían terminado, y Zi-zhen sacó su pistola y disparó a cada vasija de cerámica de la habitación. Él supuso que era su cabeza lo que ella quería hacer añicos y huyó de allí. Ella se vino abajo, pero estaba decidida a hacerlo volver, a hacer lo que fuera por complacerlo. Él la evitó, y ella acabó dándose por enterada.
¡Dime cómo puedo complacerte! Volvió a instalarse en la cueva y él se marchó. Ella insistió en que le diera una razón y él se inventó una: Sabes demasiado poco de marxismo leninismo.
Ella anotó sus palabras y se subió a un tren para Rusia. Volveré convertida en una marxista leninista acérrima.
Agnes Smedley, una periodista norteamericana que estaba visitando Yenan en aquella época, recordaba sus esfuerzos para enseñar a bailar a Mao. En una carta a un amigo hizo una predicción: Si Mao algún día aprende a bailar, abandonará a su mujer Zi-zhen. Mao preguntó a Agnes si existía de verdad el amor. Yo desde luego nunca lo he experimentado.
Cuando la joven de Shanghai entra en su cueva, se convierte en la personificación de todo lo que Mao ha estado buscando.
Zi-zhen se marcha de Yenan en el preciso momento en que llega Lan Ping. Según los archivos es una tarde de mucho viento. Fría y desagradable. Zi-zhen viaja con su hija pequeña. Parece exhausta y llena de resentimiento. Explica a un compañero de viaje su vida con Mao. Le habla de cuando tenía dieciocho años y unos ojos descritos como joyas. Lo conocí en las montañas de Yong-xin en unas jornadas comunistas. Después de días de reuniones, hablamos y comimos juntos. Bebidas alcohólicas y pollos asados. Me pidió que compartiera con él su taza de té. Zi-zhen recuerda vívidamente cómo Mao anunció a sus amigos: «Estoy enamorado». Recuerda su sueño de crear él solo un ejército. Ahora que ya tiene un ejército propio, ella ha perdido su salud y su alegría. Tiene veintiocho años, y está enferma y hecha un palillo. Está sentada en un taburete de un motel barato, paralizada con sus pensamientos.
El hombre de la perilla no puede sino admirar a la actriz.
Si bien la conferencia del presidente Mao me ha parecido esclarecedora, tengo dificultades en comprender ciertas cuestiones. ¿Hay algún modo de que se las pueda preguntar al presidente en persona?
Kang Sheng nunca ha conocido a una joven como ella. Dulce pero agresiva. Ya la ve como a una perfecta aliada, de modo que responde: Por supuesto, el presidente es un maestro al que le gustan los alumnos que lo desafían. Pero debido a su cargo no es fácil fijar una visita. Su casa está muy vigilada. Kang Sheng hace una pausa, mira a la joven y frunce el entrecejo. Déjame ver qué puedo hacer.
Al cabo de tres días Kang Sheng envía a la joven el recado de que le ha concertado un encuentro privado con Mao.
Como si la llamaran a escena, la señorita Lan Ping se acerca al telón. Se echa un último vistazo en el espejo. Va sin maquillar. De hecho se ha lavado la cara dos veces. Ha decidido presentarse como una joven sin pretensiones, digna de confianza. Va con uniforme, su disfraz completo. Un cinturón le ciñe el talle.
Se dirige a la cueva de Mao. El guardia de la cicatriz en forma de oruga entre las cejas le cierra el paso. Ella da su nombre. El guardia la mira de arriba abajo con recelo. El presidente me ha invitado. Espera, dice el guardia entrando en la cueva. Al cabo de unos minutos sale. El presidente te espera.
Siéntate, dice él acercándole una silla. ¿Té?
Ella se sienta y mira alrededor. Lamento molestarle, presidente. Me consta que es un hombre ocupado.
Yo…, se interrumpe como si fuera demasiado tímida para continuar.
Es parte de mi trabajo escuchar lo que la gente tiene que decir, dice él sonriente. A veces un poco de esparcimiento hace que luego rinda más.
Ella sonríe, se siente relajada.
Él despeja su escritorio y se sienta frente a ella.
Ella bebe un sorbo de té y lo mira. Es consciente del efecto que puede tener su mirada en un hombre. Se lo han dicho Yu Qiwei, Tang Nah y Zhang Min. Lo baña en su luz.
Él rompe el silencio: Me he enterado por el camarada Kang Sheng de que tienes dificultades en comprender ciertos puntos de mi conferencia.
Así es, responde ella. De nuevo lamento molestarlo.
No te preocupes, dice él. Se levanta y añade agua caliente en la taza de ella. Como ha dicho Confucio, uno debe disfrutar enseñando. Mi puerta está abierta para ti. Cada vez que tengas una duda sólo tienes que venir.
Hay formalidad mientras interpretan los papeles de profesor y alumna. Luego él le pregunta sobre su vida. Quién es y de dónde viene. Ella disfruta respondiéndole. Ha ensayado bien el guión. De vez en cuando hace una pausa y lo observa. Él se muestra cauteloso. Ella reanuda su historia, añadiendo, cambiando y saltándose ciertos detalles. Cuando menciona lo grande que es Shanghai, él interviene.
Estuve allí en 1923, para el congreso del Partido. Sigue jugando con su lápiz y dibuja círculos en un telegrama. Por aquel entonces el Partido sólo tenía un puñado de miembros y éramos constantemente perseguidos por los agentes de Chang Kai-shek.
¿Dónde se alojaba?, pregunta ella intrigada.
En el barrio de Luwan, por la calle Cima.
¿La calle de las casas de ladrillo rojo y puerta de arco negra?
Eso es.
Los huevos con té son excelentes en esa calle.
Bueno, era demasiado pobre para permitirme probarlos.
¿Qué provincia representaba en el congreso?
Hunan.
¿Tenía otros empleos además de trabajar para el Partido?
Trabajaba en una lavandería en Fu-xing's.
¡En una lavandería!, exclama ella riéndose. ¡Qué interesante!
Lo complicado del trabajo no era lavar sino entregar las prendas, añade, ya que casi todo el dinero que ganaba lavando se iba en billetes de tranvía que eran carísimos.
¿Por qué no se quedó en Shanghai?
Digamos que pasé un mal rato nadando en una bañera.
Ella se levanta para irse. Es la hora de cenar.
Por favor, quédate a comer.
Me temo que ya le he molestado bastante.
Quédate, oye ella a sus espaldas mientras se encamina hacia la puerta. Por favor, acepta mi invitación.
Los guardias ponen la mesa. Cuatro platos. Pollo sofrito con salsa de soja, rábanos, verdura y tofu con especias. Ella devora la comida disculpándose por sus modales. La vida en Yenan es mucho más dura que en Shanghai, ¿verdad? Como un padre, él la observa comer. Ella asiente mientras sigue llenándose la boca.
Él coge un trozo de carne y lo deja caer en el tazón de ella. La comida de aquí me parece deliciosa comparada con lo que comíamos durante la Larga Marcha, comenta. He llegado a comer corteza de árboles, hierba y ratas.
Ella deja de comer y le pide que le explique más cosas de su exilio.
Fue después de Tatú, empieza él. Nuestro ejército se dirigió al norte. En las montañas nevadas hallamos relativa seguridad, aunque la prodigiosa altura nos debilitó a todos. Murieron muchos y tuvimos que abandonar provisiones y animales de carga. Estábamos en terrenos pantanosos de pastos. Era un espectáculo atroz. Mis hombres habían sido atacados cerca de Tíbet y ahora volvíamos a cruzar una región de tribus hostiles. No teníamos comida. Nuestros cocineros desenterraron lo que parecían nabos y que más tarde resultaron ser venenosos. El agua nos sentó mal. Los vientos nos zarandearon y las tormentas de granizo dieron paso a la nieve. Extendimos cuerdas a través de los pantanales para orientarnos, pero desaparecieron en las arenas movedizas. Perdimos los pocos animales de carga que nos quedaban.
Ella nota que Mao trata de restar importancia a sus palabras, pero no puede.
Él respira hondo y termina la frase: Alcanzamos a ver una pequeña columna avanzando a través de una brumosa extensión de hierba y de pronto… toda la columna se desvaneció.
Ella se queda mirándolo.
Cuando el guardia enciende la segunda vela, ella se levanta y se despide. Te parecerá extraño, pero pensé que serías arrogante, dice ella al cruzar la puerta.
¿Qué motivos tengo para ser arrogante? Soy Mao Zedong, no Chang Kai-shek.
Ella asiente riendo y dice que tiene que irse.
El camino es malo y es una noche sin luna. ¡Pequeño Dragón! Acompaña a la camarada Lan Ping a su casa, ¿quieres?
Es el tercer día que se reúnen en privado. Las estrellas parecen ojos de voyeurs que se abren y se cierran. Mao Zedong y Lan Ping están sentados muy juntos en la creciente oscuridad. Ha empezado a refrescar. La maleza se inclina lánguida sobre la orilla del río, y en la superficie del agua tiembla el reflejo de la luna.
Nací en el pueblo de Shaoshan en 1893. Mao describe el paisaje de su ciudad natal, es tierra de hibiscos, orquídeas, siervos y campos de arroz. Mi padre era un pobre campesino que se enroló de joven al ejército del señor de la guerra por estar cargado de deudas. Fue soldado durante muchos años. Más tarde volvió al pueblo y se las arregló para volver a comprar su tierra. Ahorró religiosamente y abrió un pequeño comercio. Era un hombre mezquino. Cuando yo tenía ocho años me envió a una escuela primaria local, pero pretendía que trabajara en la granja por la mañana temprano y por la noche. Odiaba verme sin hacer nada. ¡Hazte útil!, gritaba a menudo. Todavía oigo su voz. Era un hombre irascible, y a menudo nos daba palizas a mí y a mis hermanos.
Llegado a este punto la joven intercala sus comentarios. Describe a su padre. Dice que comprende perfectamente cómo debió de sentirse de niño, aterrorizado por su padre. Levanta la mirada hacia él con los ojos llenos de lágrimas.
Él asiente y, sosteniéndole las manos entre las suyas, continúa: Mi padre no nos daba dinero. Nos daba fatal de comer. El día quince de cada mes hacía una concesión a sus trabajadores y les daba huevos con arroz, pero nunca carne. A mí nunca me daba huevos ni carne. Su presupuesto era muy limitado y miraba el dinero.
¿Y tu madre?, pregunta la joven. La cara de él se ilumina. Mi madre era una mujer amable, generosa y compasiva que siempre estaba dispuesta a compartir lo que tenía. Se compadecía de los pobres y a menudo les daba comida. No se llevaba bien con mi padre.
De nuevo la joven responde que sabe de qué está hablando. ¿Qué podía hacer una mujer en tales circunstancias sino llorar y aguantar? El comentario hace que Mao hable de cómo se rebeló contra su padre, cómo una vez lo amenazó con arrojarse a un estanque y morir ahogado. No vuelvas a pegarme o no me verás más el pelo. Le enseña cómo gritó a su viejo. Se ríen.
Describe como «turbulentos» sus años de estudiante. Se marchó de casa a los dieciséis y se graduó en la Primera Escuela Normal del Hunan. Era un lector voraz y prácticamente vivía en la Biblioteca Provincial del Hunan.
A ella no le suena, para su vergüenza, ninguno de los títulos que él menciona. La riqueza de las naciones de Adam Smith y El origen de las especies de Darwin, y los libros sobre ética de John Stuart Mill. Más tarde se le requerirá que lea tales libros, pero nunca será capaz de pasar de la página diez.
Él parece disfrutar enormemente hablando con la joven. Ella agradece que no le pregunte si se ha cruzado alguna vez con uno de sus queridos libros. No quiere empezar a hablar de poesía. No tiene sensibilidad. Teme un nombre: Fairlynn. Decide cambiar de tema.
Parece como que te saltaste un montón de comidas, dice interrumpiéndolo con suavidad. No cuidaste de tu salud.
Él ríe con ganas. No lo creerás, pero estaba más que en forma. En aquella época reuní a un grupo de estudiantes y fundé una organización llamada Sociedad de Ciudadanos Nuevos. Además de discutir sobre grandes temas, éramos culturistas rebosantes de energía. En invierno recorríamos a pie los campos, subíamos y bajábamos montañas, y bordeábamos los muros de la ciudad. También cruzábamos ríos a nado. Estábamos continuamente expuestos al sol, la lluvia y el viento, y acampábamos en la nieve.
Ella dice que le gustaría oír más. Es tarde, no debería robarte horas de sueño. Ella tiene los ojos brillantes como luceros. Bueno, te contaré una última historia. Él se quita el abrigo y la envuelve en él. Y se acabó, ¿de acuerdo? Ella asiente.
Fue un verano que había llovido más de la cuenta y todas las plantas habían crecido en exceso. En un árbol delante de mi casa descubrieron un panal gigantesco. Era como una mina suspendida en el aire. Por la mañana el árbol se doblaba por el peso del panal, ya que había absorbido la humedad de la noche y pesaba más. Y al mediodía el árbol volvía a erguirse.
Era un panal muy extraño. En lugar de miel y cera, estaba lleno de toda clase de fibra: hojas muertas, semillas, plumas, huesos de animales, paja y trapos. Por eso de noche olía a podrido. El olor atraía a bichos. Sobre todo gusanos de luz. Entraban en masa y lo saqueaban. A esas horas las abejas dormían. La luz de los gusanos convertían el panal en una linterna azul.
¿Sabías que cuando se juntan luciérnagas se encienden y apagan a la vez?
Cada noche la joven se duerme con el mismo cuento de hadas en el que ve la linterna azul descrita por Mao.
El deseo de reunirse en la oscuridad va en aumento. Mao empieza a enviar lejos al guardia. Una noche Lan Ping está decidida a no ser la que pida afecto y se despide justo después de cenar. Él coge su caballo y se ofrece a acompañarla un kilómetro y medio.
Permanecen callados. Ella está molesta. La gente murmura sobre el tiempo que paso a solas contigo, dice. Tengo miedo de que me prohíban venir.
La sonrisa de él se esfuma.
Ella se aleja.
He estado tratando de cortar el flujo del agua con una espada, murmura él a sus espaldas.
Ella se vuelve y lo ve colocar un pie en el estribo. De pronto él la oye reír.
¿Qué te parece tan gracioso?
Tus pantalones.
¿Qué les pasa?
La tela está tan gastada que en un par de días se te verá el trasero.
Maldita sea.
Te los puedo arreglar, si quieres.
Él recupera su sonrisa.