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Hemos ganado China e ido a vivir a la Ciudad Prohibida. Es una ciudad dentro de una ciudad, un parque enorme rodeado de altos muros donde se encuentran las oficinas gubernamentales y un buen número de espléndidos palacios. Nuestro palacio se diseñó durante la dinastía Ming, se construyó en 1368 y se terminó en 1644. Tiene el tejado dorado, gruesas columnas de madera y paredes de piedra de color rojo intenso. Los gigantescos ornamentos tratan de la armonía y de la longevidad. El trabajo de artesanía es exquisito y el detalle minucioso.
Mientras su gabinete se prepara para la proclamación de la República, mi marido trata de relajarse en su nuevo hogar en una isla del lago Zhongnanhai. Tarda semanas en adaptarse a los espaciosos aposentos. El techo alto del Jardín de la Cosecha le confunde. El espacio le asusta, aunque hay guardias detrás de cada puerta. Por fin, después de dormir en varias habitaciones, se traslada a un rincón silencioso, menos solemne y más modesto, llamado el Estudio Fragancia de Crisantemos.
A Mao le gusta su puerta. Mira exactamente al sur. Los paneles de la puerta son anchos, con ventanas que llegan hasta el techo. La luz natural entra en su nueva habitación a raudales. Los sofás de almohadones extrablandos, obsequios de Rusia, los envía el primer ministro Chu Enlai. Mao no se ha sentado nunca en un sofá y no se siente cómodo. No se acostumbra a lo blando que es. Le crea desazón. Lo mismo que el inodoro. Prefiere acuclillarse como un perro. Deja los sofás para las visitas y pide para él una anticuada silla de junco. La habitación exterior es un salón. Lo han convertido en una biblioteca, y los libros se amontonan del suelo al techo a lo largo de tres paredes. No presta atención a los muebles, pero es consciente de que todo el mobiliario de la ciudad imperial está hecho de madera de alcanforero. Esta madera tiene fama de seguir viviendo y respirando, y desprende un olor agradable aun después de ser convertida en mueble.
Encima de los estrechos estantes hay manuscritos originales encuadernados a mano. En mitad de la habitación hay un escritorio de dos metros y medio por uno veinte, y encima un juego de plumas, un tintero, un tazón de té, un cenicero y una lupa. La habitación interior hace las veces de dormitorio. Tiene las paredes de un blanco grisáceo y unas polvorientas cortinas de color vino. La cama es como las de los barcos, con muchos estantes ajustables para libros. Fuera, pinos de trescientos años alargan sus ramas hacia el horizonte. Más allá de la terraza de piedra caliza se extiende una parte del lago Zhongnanhai. El agua es de color verde hierba, y bajo las hojas de loto se reúnen peces con cara de perro. A la izquierda acaban de terminar un nuevo huerto, y al fondo de éste hay un arco de piedra cubierto de hiedra. Bajo la hiedra hay un sendero que lleva al Jardín del Silencio, donde vive Jiang Qing.
El Jardín del Silencio está protegido por el Jardín de la Cosecha, pero separado de éste. A los ojos de la gente vivimos juntos. Pero el sendero que discurre de su casa a la mía hace tanto que no se utiliza que ha empezado a cubrirse de musgo. Después de primavera la entrada queda obstruida por las hojas. El Jardín del Silencio fue en otro tiempo la residencia de la señora Xiangfei, la concubina favorita del emperador Ming. Xiangfei era conocida por su piel de fragancia natural. Dicen que la emperatriz la envenenó. Para conservar su recuerdo, el emperador ordenó que la residencia permaneciera permanentemente vacía.
Me encanta este lugar, su elegante mobiliario y la decoración. Me apasiona el aspecto salvaje del jardín, sobre todo las dos cascadas naturales. El arquitecto diseñó la casa alrededor del curso del agua. Las matas de bambú al otro lado de mi ventana son gruesas. Las noches de luna llena parece un imponente jardín cubierto de escarcha.
Y sin embargo no me he sentido peor en mi vida.
Me han dejado sola con todos estos tesoros.
Me han dejado sola con mis pesadillas.
¡He ayudado a incubar los huevos de vuestra revolución!, se oye gritar a sí misma. Se levanta en mitad de la noche y se sienta en la oscuridad. Por el escote le caen gotas de sudor frío. Tiene la espalda empapada. Sus gritos se arrastran por el suelo y se pegan a la pared. Mao ya no le informa de sus movimientos. Sus criados la evitan. Cuando trata de hablar con ellos, muestran impaciencia. Como si fueran rehenes.
Una noche cruza el sendero e irrumpe en el dormitorio de Mao. Alarga una mano hacia él y llora de rodillas. Mi cabeza está llena de tormenta. ¡El espejo de mi habitación me está haciendo enloquecer con el esqueleto de un loco! Haz de este lugar un hogar por el bien de nuestros hijos, suplica.
Mao deja el libro que está leyendo. ¿Qué tiene de malo dónde estamos ahora? Anying está contento en el Instituto Militar de Tecnología; a Anqing le va bien en la Universidad de Moscú. Y tanto Ming como Nah lo están pasando bien en el internado del Partido. ¿Qué más quieres?
Ella sigue sollozando.
Él se acerca y la tapa con sus mantas. ¿Qué tal si le pido a nuestros cocineros que compartan la cocina?
Esa noche ella está tranquila. Sueña que duerme el último sueño durante el cual su corazón deja de latir y sus mejillas se paralizan contra el pecho vacío de Mao.
Me disculpo y me levanto de la mesa. Mao no presta atención. Entro en su dormitorio, apago la luz y me quito los zapatos de una patada. Me tumbo en su cama. Oigo cómo deja los palillos en la mesa. Lo oigo encender un cigarrillo con una cerilla. No le gustan los mecheros modernos. Prefiere las grandes cajas de cerillas de madera. Le gusta contemplar cómo la cerilla se consume en sus dedos. Ver cómo queda reducida a cenizas. Me entristece pensar que he llegado a conocer sus pequeños hábitos.
El humo se arremolina. Esta noche huele muy fuerte a ajo. Lo oigo acercarse a su escritorio y apartar la silla. Lo oigo volver la hoja de un documento. Con la imaginación lo veo escribir comentarios en un documento. Círculos y cruces. Lo que solíamos hacer juntos. Me pasaba la pluma y me dejaba hacer mientras disfrutaba de su cigarrillo. Nunca hemos hablado de lo que ha fallado en nuestra relación. El conflicto se ha alimentado de detalles triviales.
Estampa su firma con una pluma roja. El nuevo emperador. El pasado sigue demasiado vivido. ¡No logro olvidar el momento en que me enamoré del bandido! Las imágenes lamen la orilla de mi memoria. Siento su ternura.
Durante semanas y meses permanezco sentada en mi habitación soñando despierta con la joven que tenía luz propia. He perdido su espíritu. ¡Mira por la ventana y disfruta del atardecer! Recuerdo la sensación de sentarme en su regazo mientras dirigía batallas monumentales. Tenía las manos dentro de mi camisa mientras los soldados avanzaban para enaltecer su nombre.
Una voz que imita a una pitonisa me dice: Joven, tienes en la boca un anzuelo dorado.
El tren se abre paso con dificultad por la espesa nieve. La belleza de los árboles escarchados del norte y la blancura la conmueven de un modo extraño. Va a ver a un médico. Un especialista ruso. Sufría un dolor cada vez más intenso y le han encontrado un quiste en el cuello del útero. No sabe por qué quiere ir a Rusia. ¿Para escapar de qué? ¿Del quiste o de la realidad?
La reciben los hombres del Ministerio de Asuntos Exteriores de Moscú. Agentes de nariz de patata que la tratan como si fuera la concubina abandonada de Mao. Con ellos hay una mujer, una traductora china de baja estatura y mejillas rosadas. Lleva un abrigo Lenin azul marino y se mueve como un gran triángulo. Al salir de la estación, la señora Mao recibe el azote del viento recio. ¡El aire de Siberia te saluda! Un nariz roja empieza a hablar. El camarada Stalin lamenta que no la acompañe el camarada Mao Zedong.
En su habitación de hotel, con una taza de té, Jiang Qing coge un ejemplar del Diario del Pueblo. Lo envía la embajada y es del 2 de octubre de 1949. En la portada hay una gran foto de su marido. Hecha con gran angular. Está encima de la plaza de Tiananmen, la puerta de la Paz Celestial, pasando revista a una sucesión de desfiles. Es una buena foto, piensa. El fotógrafo captó la euforia en la cara de Mao. Aparenta menos de cincuenta y cuatro años.
Vuelve la página y de pronto se encuentra con el nombre de Fairlynn. Ésta no sólo ha sobrevivido la guerra, sino que también ha colaborado activamente en la proclamación de la República. ¿Se han mantenido en contacto en secreto? ¿La ha invitado a su estudio?
El guardia del Estudio Fragancia de Crisantemos le corta el paso y dice que Mao tiene una visita y no quiere que lo molesten.
¡Hola, presidente! ¡He vuelto! La señora Mao aparta al guardia de un empujón y entra.
La habitación está oscura. Las persianas están bajadas y las cortinas echadas. Mao va en pijama. Está sentado en su silla de junco de cara a la puerta. La visita es una mujer. Está sentada de espaldas a Jiang Qing. Lleva una chaqueta Mao azul marino. Al ver a su mujer, Mao cruza los pies descalzos en un taburete y dice: La zorra de Siberia ha venido a compartir con nosotros la primavera.
La visita se vuelve y se levanta. ¡Camarada Jiang Qing!
¡Camarada Fairlynn!
¿Cómo estás?
Mejor que nunca. La señora Mao va a buscarse una silla. No me digas que sigues soltera y sigues disfrutándolo.
Fairlynn apoya la cabeza en una mano y con la otra hace un pliegue en su pantalón. Recorre el pliegue una y otra vez con los dedos, con nerviosismo. ¿Qué pasa, camarada Jiang Qing? No estás bien, ¿verdad?
Ana Karenina fue estúpida al matarse por un hombre que no merecía la pena, responde la señora Mao. ¡Más té!
Sólo estaba preocupada por tu salud. Después de todo, eres la primera dama y te han practicado una operación; es noticia.
Quiero decir a Fairlynn que mi herida ha sanado y mis tejidos se han regenerado. Estoy más que en forma. He conquistado el dolor. Estoy cuidando mi corazón. Pero hay algo más que no puedo soportar. Un microbio que debo matar antes de continuar. He de prevenir a Fairlynn. Ha ido demasiado lejos.
Mi marido se levanta y escupe hojas de té en una escupidera. Es su forma de hacerme callar. Me siento humillada. En mi interior empieza a despertar la violencia. La llamada es demasiado aterradora para medirla.
Disculpa, Jiang Qing, pero he prometido a la camarada Fairlynn enseñarle la Ciudad Prohibida. Sería una lástima que una escritora como ella no sepa qué hay detrás de las grandes murallas. ¿No te parece?
Sé que no espera que responda. Pero espero una gentileza. Espero que mi marido me invite a acompañarlos o me dé una oportunidad para rehusar.
La petición no llega.
Se clava las uñas en la palma de la mano y se mantiene de pie con suma rigidez. Cuando Mao y Fairlynn salen juntos de la habitación y desaparecen por el enorme jardín imperial, ella siente el beso de la bestia que lleva dentro.
Las cortinas están corridas. El olor a gardenias es intenso en su habitación. La vieja alfombra es suave bajo sus pies. Hace un mes encargó una mesa francesa con un juego de sillas de Shanghai, pero en cuanto llegaron las rechazó; había cambiado de humor. Es el comienzo de su locura. No es consciente de que ésta sigue su curso.
En el espejo ve a una concubina de segunda categoría, a punto de ser olvidada. ¿Se está convirtiendo en Zi-zhen? Nunca la ha visto, pero ha oído vívidas descripciones de ella. Una vieja arpía con cara de pájaro, enmarcada por un pelo de color heno. Una vez puso a prueba a su marido para ver si quedaba en él algún rastro de su amor por Zi-zhen.
Un viento suave que sopla a través de la hierba, fue la respuesta de Mao.
No tiene a nadie más con quien hablar. En su frustración se vuelve hacia Kang Sheng. Le hace saber que se trata de un intercambio y promete hacer lo mismo por él cuando la necesite. Él está encantado con el trato. Lo han ascendido a secretario del Departamento de Seguridad Nacional de China. El aprendiz de Stalin. «Los dientes de acero hincados en la carne de la República», lo llama Mao. Acude a socorrerla. Le da información valiosísima y la orienta con consejos. Diez días después le dará una lista de nombres, los nombres de los enemigos que, según él, la destruirán si ella no lo hace antes. Los nombres la sorprenderán. Son dos tercios del congreso. Y él la alentará y meterá prisas para que actúe. Y ella será un soldado y librará las batallas de puro pavor. Se aferrará a esa lista escrita a mano. Los nombres alrededor de los cuales él ha trazado un círculo. CONFIDENCIAL. PARA LA CAMARADA JIANG QING. Ciento cinco miembros del congreso además de noventa representantes regionales.
En los años cincuenta Kang Sheng es mi mentor. Nos utilizamos mutuamente de bastón para levantarnos, circular y llegar a la cima. No podemos pasar el uno sin el otro. Hacemos tratos.
Yo no soy Zi-zhen ni soy masoquista. He probado la vida y quiero más. Mao sigue decepcionándome. Quiere que me ocupe del jardín trasero imperial y espera que me contente con ello. Pero fue él quien me ofreció el papel de primera dama. Fue nuestro trato. Es él quien ha roto la promesa, aunque nunca dice que no me ama o que quiere el divorcio. Esto es peor. Porque se limita a hacerlo. Me ha arrebatado mi identidad. Preguntad a la gente de la calle quién es la primera dama. Nueve de cada diez no lo sabe. El nombre de Jiang Qing no suena a nadie. Y nadie ha visto la foto de la primera dama en los periódicos. Me engañaría a mí misma si dijera que no es la voluntad de Mao.
«El mayor deseo de una mujer es ser amada»; no hay verdad más profunda. Siento que me han arrancado la esencia de la vida. Empiezo a compadecer a Zi-zhen. Me identifico con su tristeza y me aferro a mi cordura. La Ciudad Prohibida ha sido residencia de muchos que se han vuelto locos. Vago por el jardín de Mao y veo a hombres y mujeres que actúan como eunucos de los viejos tiempos. Olisquean como perros. Pasan cada segundo del tiempo que están despiertos tratando de complacer al emperador. Saben cuándo el emperador está a punto de «soltar» a su concubina.
Soy consciente de mi posición. Mi papel no es de carne y hueso. No obstante, la ilusión está a mi alcance si me esfuerzo en crearla. Sigo siendo la esposa oficial de Mao. Tengo que subir al escenario. Aunque tenues, todavía brillan los focos sobre mi cabeza. Los hombres de Mao han tratado de arrebatarme el disfraz. Siento que me tiran de las mangas. Pero no lo soltaré. Me aferro a mi título. No dejaré que la magia de mi personaje se desvanezca. La esperanza me guía y la revancha me motiva.
Kang Sheng es un hombre obsesivo. Se le conoce por su pulcra caligrafía. También colecciona esculturas de jade, bronce y piedra. Una vez me comentó que los trazos del gran poeta y calígrafo Guo Mou-rou son «peores que los que hago yo con los pies». No exagera. Cuando Kang Sheng habla de arte, es un estudioso consagrado. De su boca brota un torrente de frases grandiosas. En esos momentos todas sus arrugas se estiran como la ondulada hierba de primavera al sol; cuesta imaginar cómo se gana la vida.
Todavía estoy aprendiendo mi oficio. Voy a menudo a casa de Kang Sheng para tomar lecciones. Algunas son duras. Es como el veneno que la sirena del cuento tiene que beber para tener piernas. Bebo lo que Kang Sheng me ofrece a fin de tener poderosas alas que corten como sierras.
Su casa es un museo y su esposa de cara de tigre, Chao Yiou, es su socia. La pareja vive en un palacio privado en Dianmen, en el número 24 de la calle del Puente de Piedra, al final del bulevar Oeste. Tiene un aspecto corriente, pero por dentro es una maravilla. Una de sus peculiaridades es una colina artificial detrás de la casa principal. Tiene unos tres pisos y está rodeada de un bosque de bambú. Era la casa de Andehai, el eunuco jefe y mano derecha de la emperatriz Ci-xi durante la dinastía Ching. Está vigilada por soldados.
Es en el sótano de su casa, en medio de su colección de tallas de piedra, donde Kang Sheng me revela su secreto. Su forma de ver las cosas y sus artimañas. Me hace una demostración del fuego y el metal que componen su carácter, y me enseña lo que debo aprender y lo que no. Y lo que debo soportar a cambio de la inmortalidad.
Le digo que me he lavado con cuidado los oídos; le escucho. Entonces Kang Sheng empieza a verter veneno negro en forma de palabras, detalles y hechos terribles. Con voz firme, a un ritmo constante, el líquido me recorre el oído, la garganta, el pecho, hacia abajo.
Se trata de Mao. Sus ejercicios para la longevidad. Aquí tienes el número de vírgenes que penetra. Lamento ser yo quien se las proporcione, pero es mi trabajo. Debes comprenderlo. No armes jaleo con la información que te doy. Es tu vida lo que trato de proteger. Debes comprender la necesidad de Mao de penetrar. No debes compararte con Fairlynn y las de su calaña. Tú eres una emperatriz, no una vagina más. Tu verdadero amor no es Mao sino el emperador en cuyas ropas él se ha vestido. Tu verdadero amor es el poder en sí mismo.
No te lo diría si no fuera tu amigo, no te lo diría si no me importaras. Te lo digo para que no te comportes como una necia; te lo digo para que sepas cómo apostar con muy poco capital. Estoy tratando de asegurarme de que tu posición no se vea amenazada. No pierdo de vista a quien sea que pasa por la cama de Mao. Mao se acuesta cada día con una mujer distinta. Son incontables. Encájalo, mi pequeña Grulla entre las Nubes. Encájalo.
Trata de salir de las aguas que ahogaron a Zi-zhen. Sólo es una receta que toma para absorber el elemento yin. Penetra a las jóvenes que le traigo de pueblos. Y luego me encargo de ellas. De nuevo es mi trabajo.
Las cosas te van bien, Jian Qing. Estás navegando sin problemas. Has cruzado el océano y no estás demasiado lejos de la costa.
Fuera las hojas secas arañan la tierra. Jiang Qing ha regresado al Jardín del Silencio. Se ha estado escondiendo bajo las sábanas y las almohadas. En el sótano de Kang Sheng ha perdido la poca paz que le quedaba. Ya no puede conciliar el sueño. Sigue oyendo crujidos, como si se le partiera el cráneo. En su imaginación, una gigantesca horda de bestias llegan y la llenan.
Al amanecer tiene los nervios a flor de piel. Despierta y descubre que ha renunciado a comprender. Se siente ligera y perpleja a la vez. Piensa en enviar concubinas a Mao con ollas de veneno mezclado con sopas de ginseng y tortugas cocidas al vapor.