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Ella sigue lanzándose hacia el futuro con empuje y dinamismo. En apariencia dirige el centro de poder de Mao y se imagina a sí misma por encima del sufrimiento, como las heroínas de sus óperas. Pero en el fondo no acepta sus sentimientos; está entusiasmada con su papel, pero también exhausta y atormentada por las dudas. A veces su amor hacia Mao se parece a la desesperación, otras veces al odio. Y su tristeza por Nah se ha negado a abandonarla. Si se lo permitiera podría acabar con una depresión. Cada día siente que su carácter se pudre un poco más. La noche anterior, acostada en la cama, acudió a su mente la joven protagonista de una antigua historia de amor. Una amante desengañada que envenenó el único pozo del pueblo.
Se aprovechan de los papeles que representan. Tanto Mao Zedong como Jiang Qing. Se ayudan mutuamente y están a punto de derribar a los Liu. Sigue costando hacer que el público acepte la imagen negativa de Liu. Éste ha sido durante medio siglo un icono comunista al lado de Mao. Para resolver el problema y fortalecer su posición, Jiang Qing consulta a Kang Sheng de parte de Mao.
Acusa a Liu de traidor, dice Kang Sheng bebiendo despacio su té. Siempre ha sido el modo más efectivo de provocar una reacción. No importa que Liu se niegue a entrar en escena. Monta el espectáculo por él. Primero trae a conocidos suyos que hayan estado asociados en el pasado con agentes extranjeros. Interrógalos y hazles decir lo que quieres que digan. Comunista o no, ningún estómago soporta el agua con pimienta. Sabemos cómo hacerlos hablar. Conseguiremos sus firmas y luego publicaremos la versión revisada.
No se trata de si Liu es o no traidor, dice la señora Mao al equipo de detectives. Vuestro cometido es conseguir pruebas y testigos. Tenéis tres días.
El equipo trabaja las veinticuatro horas del día. No tarda en presentar nombres. Uno de los interrogados es Zhang Chong-yi, un viejo profesor de sesenta y nueve años del departamento de idiomas extranjeros de la Universidad Normal de la provincia de Hebei. Antes de la Liberación fue rector de la Universidad de Furen. No conoce personalmente ni al vicepresidente Liu ni a Wang Guang-mei, pero sí a sus amigos de la Universidad de Furen. Zhang es ahora profesor de asuntos internacionales.
Trabajaos a Zhang, ordena la señora Mao. Sacadle una confesión.
El hombre no puede hablar, informa el equipo. Le han diagnosticado cáncer de hígado y se está muriendo. Es un cadáver que respira. Tiene la cara hundida y los ojos amarillos de pus. Se le ha paralizado la mejilla derecha y el ojo izquierdo no parpadea. Hay sangre en su orina. Pierde y recobra el conocimiento.
Competid con la muerte, insiste la señora Mao. Hemos de conseguir su confesión. Tenemos que grabar su voz antes de que muera. No olvidéis que el presidente Mao espera resultados.
Empieza el interrogatorio. La grabadora está en marcha. Las cintas se llenan de gritos y llantos.
¡Confiesa o muere! ¡Habla, Zhang Chong-yi! Dinos qué sabes de Wang Guang-mei, la traidora.
No, por favor, no me estires del brazo, farfulla el moribundo. Hablaré. Estoy hablando. Está bien, ahora me acuerdo. Wang Guang-mei es una mujer, ¿verdad? Es la mujer del vicepresidente Liu, ¿no?
En la cinta se oye un golpe seguido del llanto de Zhang Chong-yi.
¡Para de darle patadas!, grita un interrogador. Si le das un solo golpe más morirá. Y entonces todos estaremos en un apuro.
¡Ni se te ocurra engañarnos!, llega la voz del interrogador jefe.
Pero, camarada, estoy diciendo la verdad. No trato de engañar a nadie. Verás…, yo no quiero morir.
¿Cuándo conociste a Wang Guang-mei como agente extranjera?
Ayer.
¿Cómo sabes que es una agente extranjera?
Porque vosotros me lo habéis dicho… Me habéis preguntado qué hacía como agente extranjera, de modo que me figuro que es una agente extranjera. De lo contrario ¿me harías esta clase de pregunta?
¡Cuidado con lo que dices! Si proteges a un agente extranjero te conviertes en uno de ellos. Es un buen momento para hacer méritos.
Comprendo, jadea el moribundo. Ahora que he declarado que es una agente extranjera, ¿vais a dejarme marchar? Dejadme ir, por favor. Os lo suplico. Sé que Wang Guang-mei es una agente extranjera. No sólo es una agente extranjera, también es una agente comunista.
En la cinta la voz se vuelve entrecortada. Deja de oírse. Para cuando Jiang Qing recibe la cinta el profesor Zhang Chong-yi ha muerto. Jiang Qing estrecha la mano a los interrogadores. El presidente Mao y yo estamos satisfechos con vuestro trabajo. Ahora necesitamos un testigo para Liu.
Se aplica el mismo método. De la mañana a la noche dan con un testigo. Esta vez se trata de un amigo, Wang Shi-yin, un antiguo miembro del Partido que tiene cáncer de pulmón. Tiene el pecho cubierto de tubos, pero eso no detiene a los interrogadores. Los gritos y los aullidos resuenan en la cinta.
No tengo ni idea, dice el paciente luchando por hablar. Yo no me invento la verdad.
Se oye el ruido de objetos metálicos chocando.
Llorarás cuando te traigamos el ataúd y sea demasiado tarde, dice el investigador jefe en voz baja. Nos obligarás a desconectar la máquina de oxígeno y a arrancarte los tubos. ¿Estás seguro?
Silencio.
Por fin llega una voz débil. Haced lo que queráis. De todos modos me estoy muriendo. Ya no tengo miedo a nada. Aunque las palabras brotan entrecortadas, su voz es firme. He dicho todo lo que sé del vicepresidente Liu. Podéis estar seguros de que no es un traidor, sino un hombre íntegro y honesto. No sacaréis nada más de mí.
¡Vergonzoso! La señora Mao Jiang Qing señala al investigador con el dedo. Sois unos incompetentes. Volved a insistir hasta conseguir algo. Rompedle la mandíbula si es necesario.
¿Y si muere?
¡Interrogad su espíritu!
El 26 de marzo de 1968, Wang Shi-yin, el paciente con cáncer de pulmón, el hombre de voluntad de hierro, muere durante el interrogatorio. Aunque no incrimina al vicepresidente Liu Shao-shi, en el congreso del Partido Comunista del 24 de noviembre de 1968 se declara de todos modos a Liu «traidor oculto» y lo expulsan del Partido.
La noticia se divulga por toda la nación.
La señora Mao dirige entre bastidores el drama más importante. Es testigo de la superficialidad de la vida en su forma más concreta. Cuando habla de lealtad no lo hace con sentimiento. Basta un ademán para que caiga alguien. Los lugartenientes de Mao traen a la mujer de Liu, Wang Guang-mei, para criticarla antes públicamente. El mitin tiene lugar en el estadio del campus de la Universidad de Qinghua. Se congregan unos trescientos mil guardias rojos. Los gritos son ensordecedores. Jiang Qing se siente rara. Es surrealista observar a Wang Guang-mei, una mujer que cae a causa de su marido. ¿La traicionarán las masas del mismo modo algún día? Ahora comprende por qué Mao no corre riesgos cuando se trata de enemigos en potencia; no puede permitírselo. Los sospechosos deben morir.
Mao ha tenido dificultades para que se celebre el mitin. Los obstáculos han sido las personas fieles a Liu, incluido el primer ministro Chu En-lai. No se tomó ninguna decisión hasta que Mao obligó a los miembros del congreso a escoger entre él y Liu.
En la Biblioteca Nacional hay una famosa imagen de esta época. Una foto en blanco y negro documenta el momento de humillación de Wang Guang-mei. En el fondo se ve un mar de cabezas. En la esquina izquierda hay un periodista con gafas y una cámara. Está excitado y sonríe. En el centro del escenario está Wang Guang-mei. Su cara está medio oculta bajo un sombrero blanco de ala ancha, hecho de paja; le han obligado a vestirse como cuando viaja al extranjero. Del cuello le cuelga un «collar» formado por pelotas de ping gong, que le llega a las rodillas. Obra de Kuai Da-fu.
En el futuro Kuai Da-fu será condenado a diecisiete años de prisión por lo que hace ahora. En el futuro la señora Mao también pagará por ello, y le enseñarán esa misma foto y ella se negará a hacer comentarios. Lo que dirá sin embargo es que cuando era una joven actriz estableció una clara separación entre su vida y sus actuaciones. Pero en realidad la señora Mao no hace distinción. La Revolución Cultural es un escenario real y Mao su dramaturgo.
La historia demostrará que la superviviente Wang Guang-mei es sensata. Cuando hacen creer al mundo que la señora Mao, Jiang Qing, es la única responsable de la muerte de su marido Liu, dice: Liu no murió en manos de la «Banda de los Cuatro» (nombre utilizado para describir a la señora Mao, a Chun-qiao y a dos de sus discípulos al final de la Revolución Cultural). Cuando murió mi marido no se había formado tal banda. ¿Quién es el responsable? No da la respuesta. Espera a que la gente la halle por sí misma.
Sí, guardo rencor a Wang Guang-mei. Pero ésa no es la única razón para denunciarla. Mi deseo de complacer a Mao se ha convertido en la fuerza impulsora que hay detrás de cada uno de mis actos. Detenerme significaría morir. Nadie imagina el placer que me produce leer los informes de Kuai Da-fu: saber que Mao se sentirá orgulloso de mí. Me trasladan mentalmente a Yenan, a la época en que yo era el único centro de Mao.
Wang Guang-mei merece este trato. Por pisarme haciendo creer a los demás que ella era la primera dama de China. Por dejar que su euforia fuera captada por la cámara y apareciera en los periódicos de todo el mundo. ¿Dijiste con tus bonitos labios de cereza: «Siento que la señora Mao no se encuentre bien para recibirte personalmente»? Nunca te di permiso para decir tal cosa. Nunca debiste ir al extranjero, ni llevar ese collar de perlas blanco y ese par de zapatos negros de tacón alto… Nunca debiste robarme mi papel. Ahora ponte el disfraz por última vez y conviértete en el hazmerreír de todos. Bajo el sol, en este despejado día de abril, espera tu turno para cruzar mi escenario del infierno.
La señora Mao reconoce que admira, pese a todo, a Wang Guang-mei. La señora Mao casi se siente conmovida por ella.
Oigo suspirar a mi marido por la noche, confiesa Wang Guang-mei a la multitud. Nunca lo he visto tan triste. Lamento que se niegue a ver la realidad. Su amor hacia China y el presidente Mao es ciego. Y le comprendo. No puede dejar de servir a China. Es en lo que cree, su norte en la vida. Como esposa debo aceptar el destino de mi marido. Aceptar mi realidad.
La señora Mao, Jiang Qing, desearía hacer lo mismo por su marido. Tenderse sobre el altar del amor. Vivir la ópera. Pero no lo hará. El sentimiento hace que se sienta trágica. Mira fijamente el informe y la cólera se apodera poco a poco de ella. Cuanto más demuestra Wang Guang-mei su voluntad de sufrir por Liu, más profundo es el dolor interno de la señora Mao; ahora está desesperada por ver destruida a Wang Guang-mei.
Entre bastidores, Wang Guang-mei forcejea con los guardias rojos. La han arrastrado hasta allí. Señala la ropa que lleva, un traje marrón, y dice: Esto ya es un disfraz. Me lo ponía para recibir a las visitas extranjeras.
No nos importa. Hoy llevarás lo que te pongamos.
No puedo. El vestido no es adecuado. Además, me va demasiado justo.
Lo llevaste durante tu viaje a Filipinas.
Eso fue hace años. He envejecido y perdido la figura.
Parece ser que has olvidado quién eres.
Soy Wang Guang-mei.
No. Eres el enemigo del pueblo… Tienes que ponértelo.
No quiero y no lo haré.
Póntelo o te obligaremos a hacerlo.
Entonces dejadme morir.
No hay trato. Te vamos a llevar de nuevo al escenario. Vas a ahogarte en los escupitajos de millones.
Más adelante, la señora Mao escucha una y otra vez una cinta que le ha traído Kuai Da-fu. En la cinta la voz de Wang Guang-mei cambia. Habla como una heroína. Podéis obligarme a arrodillarme, pero no me arrebataréis la dignidad.
¡Arrodíllate!, grita la multitud. ¡Esposa apestosa de un anticomunista! ¡No eres más que una espía y una traidora! Dejarte en libertad es consentir el crimen. Esto es un magnífico exponente de la dictadura del proletariado.
Desnudadme entonces, responde Wang Guang-mei. El resto de las palabras se pierden en el griterío de una multitud de trescientos mil: «¡Abajo Liu Shao-shi! ¡Abajo Wang Guang-mei! ¡Larga vida al presidente Mao! ¡Saludos a nuestra querida señora Mao, Jiang Qing!»
Es una escena grandiosa, pero la actriz Jiang Qing de pronto rompe a llorar.
Hace tres días que llovizna, como si el cielo tuviera goteras. Está haciendo un otoño extraño. Las bombillas que cuelgan a través de la antigua ciudad de Kai-feng en la provincia de Hebei tiemblan al viento, como los ojos de un fantasma. Es el 17 de octubre de 1969.
Los ojos del vicepresidente Liu llevan días cerrados. Ha cumplido los setenta años en la prisión. Ha sufrido un infarto, y tiene la presión alta y complicaciones de diabetes e insuficiencia respiratoria. No puede tragar y un tubo alimentador se le mete por la nariz. Esta mañana abre los ojos. Su entorno le parece extraño y las caras que encuentra, hostiles. Vuelve a cerrar los ojos y permanece en silencio. Está envuelto en una manta de algodón.
Por la noche el viento del norte sopla por el patio. En el cuadrángulo se alzan dos árboles ancianos, altos pero sin hojas, como dos locos enzarzados en una discusión. ¿Qué tiene en mente Liu? Su esposa Wang Guang-mei ha sido condenada a muerte. Su hijo mayor Liu Yong-bing ha muerto de una paliza en un mitin. Sus tres hijas o están en prisión o se han visto obligadas a exiliarse. A su socio y mejor amigo Deng Xiao-ping lo han enviado a un remoto campo de trabajos forzados.
Liu se niega a creer que la República que ha ayudado a proclamar lo ha denunciado. Se resiste a creer que Mao ha ordenado su asesinato. Pasa sus últimos veintitantos días en la oscuridad.
La mañana del 11 de noviembre abre por última vez los ojos. Mira fijamente el techo cubierto de telarañas. Los insectos atrapados en las telas, secos.
La última imagen que tiene el pueblo chino del vicepresidente Liu Shao-shi es con un libro en la mano, tratando de explicar derecho a los estudiantes de la Universidad de Qinghua. Los alumnos se ríen y se burlan. Lo creen un necio. Lo zarandean, mofándose de su libro de derecho.
¡La ley son las enseñanzas del presidente Mao!, gritan los jóvenes.
Liu sabe que ha llegado su hora. Su cuerpo decide rendirse antes que su mente. No está preparado para abandonar la vida. No sin hablar antes con Wang Guang-mei y sus hijos, no sin abrazar el cofre de cenizas de su hijo Yong-bing.
La tristeza lo endurece por minutos.
El 12 de noviembre de 1969, a las 6.45 de la mañana, la cara del vicepresidente Liu de pronto se ilumina. Empiezan a alisarse las arrugas y se relajan los músculos faciales. La eternidad se instala en ella. Casi hay una sonrisa cuando el gran corazón deja de latir.
En el silencio absoluto empieza a nevar. El viento deja de aullar y los viejos árboles dejan de agitarse. China yace inmóvil.
Los Mao están sentados al sol matinal, disfrutando de un té de crisantemos, cuando Loto, la nueva secretaria y amante de Mao, le pasa el informe de la muerte de Liu. Mao lo abre mientras enciende un cigarrillo. Recorre las líneas con la mirada.
La señora Mao se inclina y echa un vistazo.
Es la letra del primer ministro Chu… Noventa y cuatro horas de interrogatorio sin interrupción… Separado de su familia…, severamente golpeado y herido… La infección de vejiga empeoró… La fiebre continuó. Su cuerpo perdió el control… la cama estaba húmeda a todas horas. Lo encerraron en una pequeña habitación sin comida ni agua. El tratamiento médico que le envié fue interceptado… Adelgazó hasta pesar treinta kilos…, murió de neumonía con complicaciones.
Mao exhala el humo del cigarrillo.
La señora Mao sabe que vuelve a sentirse a salvo.
Pasan a otros informes. Antes de llegar a la noticia de la muerte del mariscal Peng De-huai, Mao ya está cansado.
¿Qué está haciendo Lin Piao?, pregunta de pronto. ¿Sabías que las facciones de la ciudad de Wuhan están fuera de control? Los obreros siderúrgicos están fabricándose ametralladoras. Estoy seguro de que se avecina una sangrienta guerra civil. ¿Puedes decirle a Lin Piao que haga algo al respecto?
No sé qué hace Lin Piao como ministro de Defensa Nacional. Parece que su única tarea sea halagar a Mao. Utiliza los aviones a reacción del ejército para llevar langostas vivas a la cocina de Mao. Envía pelotones a las montañas en busca de las mejores raíces de ginseng para Mao. Se está trabajando su futuro. Se ha hecho ilusiones respecto a él y Mao.
A diferencia de Lin, yo no me hago ilusiones respecto a Mao. Me preparo para un cambio repentino en su actitud. Es una fantasía y una tragedia ser la esposa de Mao. De haber sido Wang Guang-mei, habría estado dispuesta a ser una buena ama de casa. Odio admitir que después de todo envidio a Wang Guang-mei; vio cumplido el mayor deseo de una mujer. Claro que no estoy segura de si yo me hubiera conformado con unas perlas.