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En la Prisión Nacional una mañana llaman a Fairlynn. Van a llevarla a presenciar una ejecución como parte de un programa de tortura.
El ruido de botas pesadas. Aparecen guardias. Escoltan a los prisioneros hasta un camión descubierto. Fairlynn no sabe que sólo la llevan de testigo. Cree que es su último día en la tierra. Llora de forma incontrolada y empieza a gritar el nombre de Mao. Explica a gritos su historia con él. Viene un guardia y le venda los ojos.
Fairlynn lamenta no haberse molestado en escribir a Mao. No significa nada para Mao, ya no. Sin embargo no puede dejar de pensar en él. Le cuesta creer que el afecto de Mao no fuera sincero. Recuerda la última vez que se separaron. Que duremos, le susurró él al oído. Ella se pregunta si lo ofendió al señalarle sus equivocaciones en 1957. Él no iba a admitir que el Gran Salto Adelante era de hecho un Gran Paso Atrás. Ella sólo dijo lo que pensaba como escritora. Se pregunta si no fueron su sinceridad y franqueza las que le granjearon su respeto y veneración en Yenan. ¿No debería saber él que todas sus críticas provenían de un deseo de consolidarlo en el poder? Ella creyó que se habían comprendido mutuamente.
Debe de ser Jiang Qing entonces, concluye Fairlynn. Su perversa mano debe de estar detrás de este telón.
No es una fantasía, le digo a la protagonista de mi ópera. La heroína existió de verdad. Ha pasado penalidades. Quiero que trates la pintura roja de tu pecho como si fuera una herida real. Que la sientas arder. Que sientas cómo te consume. Te están comiendo viva y estás llorando sin que nadie te oiga. Lanza tu voz lo más lejos posible.
Acudo al estudio y me reúno con mi jefe, Yu. Trabajo con él estrechamente en el rodaje. Estoy satisfecha con los avances. Sobre todo con los detalles. El color de un parche de los pantalones de la protagonista. La forma de sus cejas. Me gusta la calidad del sonido de los tambores de fondo y de la orquesta. He reunido a los mejores artistas de la nación. Disfruto con cada expresión de la cara de mi actriz favorita, Lily Fong, y me gusta cómo la iluminan los focos. He dicho al equipo de rodaje que no permitiré ninguna imperfección. Ordeno tomas nuevas. Interminables tomas nuevas. No las apruebo hasta que las secuencias son impecables. En este momento tengo a trescientos mil empleados trabajando en mis proyectos. La cafetería está abierta las veinticuatro horas del día. Yu me sorprende quedándome dormida en mitad de mi propio discurso. Estoy demasiado cansada.
¿Puedo parar? Es una contienda sangrienta con espadas invisibles. El otro día hice una visita a Mao y fui testigo de cómo está empeorando su salud; ya no puede levantarse de la silla de junco sin ayuda. Eso me asustó. La casa no aguantará si cae la viga central. Pero disimulo mi miedo. Tengo que hacerlo. La nación y mis enemigos están observando mi actuación. Me enfrento a un público temible.
Llamo por teléfono a Yu. Discutimos cómo hacer que sea emocionante para la clase trabajadora el mensaje político de las óperas. Cortejamos a la juventud: es crucial para mi supervivencia que los jóvenes se identifiquen con mi heroína. La diosa cariñosa y compasiva que se sacrifica generosamente por el pueblo.
Yu escoge a actrices que se parecen a mí para hacer el papel. Me tranquiliza.
Voy al plato después de atender los asuntos del día. En los estudios me siento como en casa. Siempre ha sido así. Las luces me sosiegan. Mao se ha ido otra vez al sur en su tren. No tengo ni idea de dónde está. Guarda sus planes en secreto. Y los cambia a menudo. Estoy tratando de ocuparme de mis asuntos. Estoy tratando de pensar en las cosas buenas que Mao ha hecho por mí, y me recuerdo constantemente que debo mostrarme agradecida.
De hecho, debería estar contenta con que las cosas me hayan salido por fin. Con Dee al mando del plató, mis películas se están rodando. Las silenciosas balas en las cámaras de las pistolas de sus soldados hablan más fuerte que lo que jamás podría hacerlo mi voz.
El 1 de octubre de 1969 se estrena Conquistando la montaña del tigre con ingenio y es un éxito. Al cabo de unas semanas oigo cantar las arias por las calles. Para poner a la disposición del público el guión, ordeno que sea publicado íntegramente en El Diario del Pueblo y El Diario del Ejército de Liberación. Ocupa todo el periódico y no queda espacio para otras noticias o sucesos.
En los siguientes meses terminamos La leyenda de la linterna roja y la estrenamos en los cines de todo el mundo. La siguen dos películas de ballet de tres horas, Mujeres del destacamento rojo y La muchacha del cabello blanco, y las películas de las óperas El puerto, El estanque de la familia Sha y Asaltad la división Tigre Blanco.
¡Que sensación! No puedo ir a ninguna parte sin que me feliciten.
La leyenda de la linterna roja es tan popular que Mao expresa su deseo de verla. Lo considero un honor y lo acompaño a su cabina de proyección privada. Le gusta todo salvo el desenlace en el que mueren fusilados la heroína y el héroe.
Es demasiado deprimente, se queja. Sugiere que lo convierta en un final feliz. No estoy de acuerdo, pero prometo considerar su observación y le digo que haré todo lo posible por cambiarlo.
El hecho es que no pienso hacer nada al respecto. No pienso tocar el final. Es simbólico. Es cómo me siento acerca de la vida. Las balas zumban en el aire. Es mi vida. Me han fusilado tantas veces.
Es un espacio abierto. Unos postes de madera de la altura de un hombre, situados a casi un metro de distancia uno de otro, se recortan contra el cielo gris. Veinte en total. La maleza llega hasta la cintura. El viento sopla con fuerza. Bajan a los prisioneros a patadas del camión y los atan a los postes. Les quitan las vendas de los ojos. Sus caras han perdido el color. Algunos han sido amordazados con toallas. El jefe del pelotón de fusilamiento grita una orden. Varios prisioneros empiezan a perder el conocimiento. Se les cae la cabeza sobre el pecho como si ya les hubieran disparado.
Fairlynn tiembla visiblemente. Lucha por respirar. De pronto sus piernas echan a andar solas. Se acerca involuntariamente al poste de madera. ¡Presidente Mao!, gime.
El jefe del pelotón de fusilamiento se acerca a ella y la levanta por el cuello. La arrastra hacia un lado. La mente de Fairlynn se paraliza. Se siente como un pescado cocinado en una fuente, con la espina arrancada.
Los soldados levantan las armas. Se oye el ruido del viento. Una prisionera se vuelve y busca a Fairlynn con la mirada. Es Loto, su compañera de celda. Fairlynn rueda por el suelo y luego gatea. De pronto ve a Loto hacer gestos con las manos, agitando los puños hacia el cielo. «¡Abajo el comunismo! ¡Abajo Mao!», grita.
A continuación deja de dar puñetazos al cielo; le ha alcanzado una bala. Pero su boca sigue moviéndose.
Aterrorizada, Fairlynn levanta la cabeza y gatea hacia Loto. A su alrededor todo da vueltas. La tierra está al revés. Empiezan a zumbarle los oídos. De pronto todo empieza a flotar ante ella sin hacer ruido.
Los prisioneros caen en todas direcciones. Algunos rebotan contra los postes de madera. Las cuerdas hechas trizas por los disparos caen al suelo. Loto corre hacia Fairlynn. Se agita con la barbilla elevada hacia el cielo. Detrás de ella, las nubes se han caído a la tierra rodando como gigantescas bolas de algodón.
El jefe del pelotón de fusilamiento grita la última orden. En silencio absoluto, Fairlynn presencia cómo se resquebraja la cara de Loto. Las salpicaduras de sangre dibujan un crisantemo abierto.
¡Experimento de chimpancés! Fairlynn se desmaya.
Aunque Fairlynn sobrevive a la Revolución Cultural, cuando la cara de Loto se convierte en un sangriento crisantemo, estalla también un espacio importante de su conciencia. Así lo sugieren sus memorias, escritas en 1985 y publicadas por South Coast China Publishing en 1997.
Es cierto, el presidente Mao tiene sus puntos débiles. Éstos parecen más patéticos en los últimos años de su vida. Creo que no hay nada de malo en escribir sobre ello. Pero dadas las circunstancias me niego a revelar más de lo que ya se sabe. Hay gente que trata de negar las grandes contribuciones y hazañas heroicas de Mao. No sólo quieren manchar su nombre sino desenmascararlo como un demonio, y eso no lo permitiré. Por injusto que sea el trato que he recibido en el pasado, no utilizaré mi pluma para escribir ni una palabra contra Mao.
En capítulos posteriores, la leyenda de setenta y nueve años se extiende largamente con tono de euforia sobre un encuentro con Mao:
Fue en Yenan. Hacía visitas a la cueva de Mao con bastante frecuencia. Casi cada vez me regalaba un poema suyo o de otros. Todos escritos en papel de arroz con su bonita caligrafía. Una vez me preguntó: ¿Estás de acuerdo en que Yenan es como una pequeña corte imperial, Fairlynn?
Estaba segura de que bromeaba, así que respondí: No, porque no hay una junta de cien consejeros. Él se echó a reír y dijo: Eso tiene fácil arreglo. Crea una junta. Confeccionemos una lista. Sacó una pluma y un papel, y dijo: vamos, dime los candidatos y yo les concederé títulos.
Dije los nombres que me acudieron a la cabeza y él fue escribiéndolos. Nos lo estábamos pasando en grande. Al lado de los nombres escribió títulos antiguos: Li-bu-shang-shu, juez del Tribunal Supremo; Bing-bu-shang-shu, ministro de Defensa Nacional. Y otros como primer ministro y secretario de Estado. Después me preguntó: ¿Qué hay de las mujeres y concubinas? Me eché a reír. ¡Vamos, Fairlynn, nombres!
En ese momento me retiré porque no quería más problemas con Jiang Qing.
Es la noche de Fin de Año. La nieve ha convertido la Ciudad Prohibida en una beldad congelada. Sin embargo no estoy de humor para visitar mis queridas flores de ciruelo. A primera vista he hecho realidad un sueño: he salido de la sombra de una concubina imperial y me he establecido como la futura gobernante. Y sin embargo, para mi desencanto, he perdido una vez más el acceso a Mao; éste ha declinado mi invitación de pasar conmigo la noche de Fin de Año.
Está muy relacionado, estoy segura, con el éxito de mis películas de ópera y ballet; cree que mi popularidad ha mermado su nombre. Está dolido. ¿Qué ocurrirá ahora? No tengo que mirar muy lejos. Ésa es la razón por la que se deshizo de Liu.
Me siento tan sola como siempre, y sin embargo no puedo dejar de hacer lo que he estado haciendo. Como una polilla estoy destinada a ir tras la luz. Para huir de la depresión hago planes para mi fiesta privada de Fin de Año en el Gran Salón del Pueblo. Invito a mi equipo creativo y a los miembros del equipo de rodaje, trescientos en total. A la camarada Jiang Qing le gustaría honrarte pasando contigo la noche de Fin de Año.
Tras una copa de vino me empiezan a saltar las lágrimas. Para contenerlas, pido a mis guardaespaldas que traigan fuegos artificiales. Al principio se sorprenden; todos saben que tengo aversión al estruendo y al humo espeso. Es cierto que he tenido los nervios a flor de piel. Pero estoy desesperada por disimular mis sentimientos y acabar con las sospechas del público de que estoy cayendo en desgracia de Mao.
Mis guardaespaldas vuelven con las manos vacías. Las normas de seguridad no permiten los fuegos artificiales ante el Gran Salón del Pueblo.
Me trae sin cuidado. ¡Soy Jiang Qing! ¡Quiero verlos aquí en menos de veinte minutos o estaréis despedidos! ¡Robadlos si es preciso!
Media hora más tarde los guardaespaldas vuelven con cajas de petardos.
Empiezan los ruidos, semejantes a disparos, y los fuegos artificiales cubren el cielo. Los petardos van arriba y abajo, y de un lado a otro. Río hasta que se me saltan las lágrimas. Odio a Mao. Me odio a mí misma por ir por este camino.
Cuando llega el jefe de seguridad del salón y trata de detenerme, le lanzo un «dragón de tierra». Los petardos salen disparados como cuerdas mágicas, cercándolo y dejando quemaduras negras en su ropa.
Mis guardaespaldas me imitan. Le «disparan» en el pecho y en los pies hasta que finalmente retrocede.
Ella cambia. Los altibajos de su estado de ánimo reflejan el humor de Mao y el trato de éste hacia ella. En público se muestra más fanática que nunca de Mao. Vive en Shanghai y hace llevar uniforme militar a todos los miembros de su compañía de ópera. Les dice que hay que tomar cada representación tan en serio como una batalla. Para ella es más que cierto. Tiene la sensación de que debe luchar por el derecho a respirar. Se vuelve histérica y nerviosa. Nada dura eternamente, comenta sin que venga a cuento. La noche que duerme bien se despierta pensando en su pasado. Un día revela a su cantante de ópera predilecta un secreto: ¿Sabes?, éste es el mismo escenario en el que interpreté a Nora.
Se pregunta qué ha sido de Dan. La última vez que lo vio fue en el escenario. Ha estado representando a emperadores y héroes de toda clase. La imagen sigue siendo grandiosa e irresistible. Desde la Revolución Cultural su nombre ha desaparecido de los periódicos y las revistas. De pronto lo desea. Ahora comprende por qué la viuda emperatriz se obsesionó con actores. Saciada pero hambrienta. Respirando pero sintiéndose como enterrada viva. Está esta necesidad de aferrarse a las fantasías.
No puede tocarlos, pero los guarda como posesiones. Está rodeada de hombres guapos e inteligentes. Hombres en cuyos ojos se ve una vez más como diosa. Sus favoritos son Yu Hui-yong, el compositor, Haoliang, el actor de ópera, Liu Qingtang, el bailarín, y Zhuang Zedong, el campeón de ping pong mundial. Sólo hay un hombre que no se postra ante ella. Se muere por él porque reconoce su talento; comparado con los emperadores que él representa, Mao parece un impostor. Y sin embargo no puede soportarlo. Delante de él se siente derrotada.
Vuelven a encontrarse mientras ella disfruta de unas breves vacaciones en el lago Oeste. Están alojados por casualidad en el mismo hotel. Dan ha estado documentándose para la Biografía de Lu Xun, una película que sueña con hacer. Se encuentran en el vestíbulo. Ella lo reconoce, pero él no da muestras de hacerlo. Cuando le sigue hasta su habitación, él se sorprende. Se estrechan la mano. Esa noche ella se siente intranquila. Ya no le basta con un apretón de manos. La próxima vez que se lo encuentra lo abraza. Le echa los brazos al cuello y busca su boca con los labios.
Él se queda paralizado, pero no se aparta. El beso dura largos segundos. Es un buen actor. Ella finalmente lo suelta.
Están sentados uno frente al otro en un salón de té. Él comenta que tiene muy buen aspecto. «El lugar más elevado es el más frío», responde ella recitándole un viejo poema.
Él palidece, pero sigue adelante con su actuación. Ella está convencida de que él está igual de interesado. Hablan de arte. Ella comenta que de los papeles que él ha hecho el que más le ha gustado es el de mariscal de la dinastía Ching. Él le pregunta si podría levantar la prohibición. Se produce un silencio. Ella le pregunta si ha pensado alguna vez en ella en todos estos años. Él sonríe y al principio no responde. Al cabo de un rato dice: Buda siempre me concede lo contrario de lo que le pido en mis oraciones.
Ella sonríe. Te concederé lo que has estado rezando que ocurra esta noche.
Él hace una pausa y responde: Pero me he convertido en un hombre sin agallas.
A mis ojos siempre serás el valiente Dan. Dime, ¿qué fue de ti después de Casa de muñecas? ¿Cómo está Lucy?
He tenido una racha de mala suerte, suspira él. Los partidarios de Chang Kai-shek me encarcelaron como sospechoso comunista. Me tuvieron en la prisión del desierto Xin-jiang cinco años. Dijeron a Lucy que yo había muerto y ella se casó con mi amigo Du Xuan. Yo…
Dan, me gustaría que lloráramos juntos esta noche. Beberemos el licor imperial que he traído de Pekín. Lo pasaremos bien. Aquí tienes mi llave.
Ella espera e imagina. Cuenta los minutos. Las diez y media, y Dan sigue sin aparecer; ha dejado el hotel.
El aire muerde y el agua envenena. Ella siente como que está perdiendo pie mientras trama cómo hacerse con los zapatos nuevos de otros.
Encierran a Dan a raíz de este incidente. El pretexto son las típicas orejas de burro que reparte la Revolución Cultural: «Agente de Chang Kai-shek». La celda recuerda a Dan un escenario en el que hizo de comunista clandestino. La pared tiene casi un metro de grosor y está a más de nueve metros bajo tierra. Vive en total oscuridad y le dan dos tazones de sopa líquida al día. Le entregan herramientas para que acabe con su vida.
Durante quince años Dan lucha por ver la luz. Cuando salí no podía ni andar una manzana, dice cuando lo dejan en libertad tras la caída de la señora Mao en 1977. Mi segunda mujer trató de divorciarse de mí. Mis hijos me demostraron su resentimiento uniéndose a la Guardia Roja. En un mitin mi hijo cogió un látigo y me azotó.
¿Cómo voy a distinguir la vida real de una película?
Las secuencias filmadas son decepcionantes. La dirección es rígida y la interpretación poco convincente. La iluminación es demasiado sombría y la cámara no enfoca el ángulo adecuado. Antes del almuerzo ordeno detener la producción. Todos están aterrorizados. Eso me hace sentir un poco mejor. Pero los buenos momentos no duran. Alguien se atreve a expresar su opinión. ¡Qué oportuno! Es un director de escena. Dice que deberíamos seguir filmando. El presidente Mao nos ha dado instrucciones de promocionar las óperas. No deberíamos dejar de trabajar en tan honrosa misión. El mayor idiota de China es ahora el que no sabe leer mis pensamientos. De modo que lo despido en el acto. Veréis, puedo hacerlo sin esfuerzo. No necesito suplicar a nadie.
La actriz principal rompe a llorar y cree que ella es la razón de que yo esté contrariada. La despido también. ¡No puedo soportar los personajes patéticos! Ojalá pudiera despedirme a mí misma. Es un papel horrible el que estoy interpretando. No hay modo de hacerlo brillar. Nada funciona. Mi papel es irrisorio. Tengo el poder de paralizar la nación pero soy incapaz de granjearme el cariño de un solo individuo.
El estado de ánimo de Jiang Qing empieza a cambiar de forma drástica. En menos de un mes ha despedido a la mitad del equipo de rodaje. Las producciones se han convertido en un caos. Al final las cámaras dejan de rodar. Ella sigue buscando al enemigo. Atrapada cada vez más profundamente en su propia infelicidad, ve veneno en su tazón y asesinos detrás de cada pared.
La señora de la mansión, Shang-guan Yun-zhu, lleva desde esta mañana tratando de ponerse en contacto con su amante Mao. Quiere decirle que ha estado leyendo poemas sobre el Gran Vacío. Está cansada de su papel de querida y harta de la interminable espera. Quiere decirle que echa de menos actuar. Ha estado viendo películas producidas por el Estudio de Cine de Shanghai y ha reconocido papeles que fueron creados en un principio para ella. Quiere hablarle de las llamadas amenazadoras que ha recibido de los agentes de Jiang Qing pidiéndole que empiece a «contar sus días». Pero no puede contactar con Mao; le han desconectado el teléfono y sus criadas han desaparecido.
Sobre la mente de Shang-guan se proyectan sombras. Presiente cómo va a acabar. Imagina las carcajadas de la señora Mao, Jiang Qing, mientras recita un verso del siglo XIII.
Las jóvenes que cogen flores han desaparecido.
De pronto
a visitar los lugares de interés me siento poco inclinada.
Trotamundos como soy,
corro por todos los paisajes.
La aflicción me priva del placer que puedo hallar.
El año pasado
las golondrinas se fueron volando más allá del horizonte.
¿Quién diablos sabe en casa de quién están este año?
Deteneos, ¿queréis?,
para escuchar la lluvia por la noche en la tercera luna.
Porque no puede impedir que de pronto aparezcan flores.
Ha llegado el momento, murmura cerrando despacio el libro.
Están haciendo el amor. Mao está sentado en un sofá y Shang-guan Yun-zhu en su regazo. Él está viendo las fotografías de sus películas, de los papeles que ha interpretado. Eres una joya.
Ella sonríe y se inclina. Lleva pendientes de jazmín fresco.
Él la sujeta y empieza a desvestirla.
Ella lo recorre y siente su amor por él.
No estés triste, haré que algún día funcione.
Ella hace un gesto de negación. Tengo miedo.
¡Oh, cielos! ¡Cuánto te echo de menos! ¡Ten compasión! Vamos. Oh, belleza, tienes el corazón de piedra.
Cuanto más la acaricia él, más triste se siente ella. ¿Qué hay del mañana? Sin embargo no se atreve a preguntar. Lo ha preguntado antes y eso lo ha alejado de ella.
Shang-guan se sintió halagada pero también preocupada cuando Mao fue tras ella por primera vez. Al principio se negó a ser infiel a su marido, el señor Woo, un humilde subdirector del Estudio de Cine de Shanghai. Pero eso no detuvo a Mao. Kang Sheng no tardó en resolver el problema. El señor Woo cedió a su esposa. El siguiente problema fue la señora Mao, Jiang Qing. Shang-guan Yun-zhu no era capaz de superar su miedo, misión que Mao volvió a asignar a Kang Sheng. Éste mantuvo oculta a Shang-guan Yun-zhu hasta que se enteró de que Mao y Jiang Qing habían vuelto a unirse; a Mao no le importó sacrificar a Shang-guan para complacer a Jiang Qing.
No es que Shang-guan careciera de perspectiva. Entró muy joven en el mundo del espectáculo y aprendió cómo funcionaba. Sabía lo que se hacía. Contaba treinta y cinco años cuando conoció a Mao. Tenía sus propios planes. Su carrera de actriz de cine había tocado techo y buscaba una alternativa. Empezó a frecuentar a Mao cuando Kang Sheng le convenció de que Jiang Qing había caído en desgracia y no era la esposa adecuada para un político. El análisis de Kang Sheng fue concienzudo e inspirador. La idea de convertirse en la señora Mao hizo que Shang-guan Yun-zhu abandonara a su marido y su carrera.
Se marchó de Shanghai y entró en el palacio de Mao, y se puso el disfraz de la señora Xiang-fei. Sin embargo no tardó en descubrir que ella no era la única.
Cuando quiso salir, los detectives de Kang Sheng estaban en todas partes. Se trata de un asunto nacional, la advirtió él. Debemos protegerte las veinticuatro horas del día. No tienes motivos para estar aburrida. Estar a la disposición del presidente debería ser la única meta en tu vida.
¡Pero Mao no se ha dejado ver en mucho tiempo! Ha perdido interés en mí y se ha alejado, ¿no lo ves?
Es tu deber esperar, continuó la voz gélida.
Ella esperó durante el largo invierno y el verano. Mao nunca vino. Cuando empezó la Revolución Cultural, Shang-guan Yun-zhu vio la foto de Mao y Jiang Qing juntos en la puerta de la Paz Celestial y supo que estaba sentenciada.
Los pensamientos de Shang-guan se detienen. Sonríe cansinamente frente a un gran espejo. Su residencia ha permanecido silenciosa esta mañana. Es una mansión aislada situada en verdes prados. Un barrio en las afueras de Pekín. Hace dos noches se fueron sus guardias y llegó un nuevo pelotón de hombres.
El día de mañana ya ha empezado a discurrir, murmura. Mañana se terminarán todos mis problemas. Atraparán por fin el pájaro de mi imaginación.
Shang-guan se sienta y empieza a escribir una carta a su marido. Le guarda rencor por haber renunciado a ella. Aunque comprendo que te presionaron y no tenías otra salida, no te perdono. Mi vida es tan odiosa que creo que es mejor ponerle fin. Pero luego se da cuenta de que no está siendo sincera. No se casó con el señor Woo por amor. Fue ella quien se sintió atraída por la idea de convertirse en la señora Mao.
Rompe la carta.
Shang-guan se levanta y sale al jardín para cerrar la verja. Camina a paso rápido y contiene la respiración como para no oler la primavera. Con las prisas arranca las plantas en flor que se encuentra por el camino. Su traje se lleva consigo los pétalos. Vuelve a su dormitorio y cierra la puerta tras de sí. Mira alrededor. Las dos ventanas orientadas al este se hallan situadas simétricamente, como unos ojos gigantes sin globos oculares. Las cortinas de color gris oscuro enrolladas encima parecen dos pobladas cejas. Entre las ventanas hay un armario de madera de secoya que llega hasta el techo. El suelo está cubierto de una alfombra de color fideo. La habitación le hace pensar en la cara de Mao.
Shang-guan se pasea por ella con elegancia. Se conduce como si estuviera delante de una cámara. Recuerda lo relajada que se sentía aun con los movimientos más difíciles de la cámara. Nunca le incomodaron las sofisticadas exigencias técnicas. Era muy intuitiva y siempre salía a escena en el momento justo. Los directores de escena e iluminación la adoraban. Estaba a la altura de las expectativas del público y de la crítica. Los críticos dijeron que era su confianza en sí misma lo que hacía que su glamourosa y contenida actuación conmoviera los corazones.
Siente el peso de sus pestañas postizas. Se ha aplicado una gruesa capa de cremas y polvos. Ensaya la escena en el espejo. Con la barbilla levantada adopta una expresión distante. Siente e| aliento de la muerte en las mejillas mientras se pinta por última vez los labios. A continuación saca una sábana blanca y cubre con ella el espejo. Se detiene delante del armario. Abre las puertas e introduce una mano. Abre un cajón y saca un tazón de cerámica azul añil. El bol está cubierto de papel de cera marrón, y alrededor del borde hay atado un cordel amarillo. Lo desata y levanta la tapa. Dentro hay una caja de somníferos.
Con cuidado aprieta el borde del papel de cera y lo dobla en forma de rombo. Vuelve a apretarlo antes de tirarlo a la papelera de debajo de la mesa. Va a la cocina con el tazón. Coge del armario un vaso y una botella medio llena de Shaoju, y mezcla el licor con los comprimidos. Revuelve y tritura, tomándoselo con calma. Luego vuelve al dormitorio y hace de nuevo la cama. Estira la sábana hasta que desaparecen todas las arrugas. De debajo de la cama saca una maleta negra en la que guarda una colección de vestidos y unos zapatos. Se cambia la blusa por un vestido de color melocotón, regalo de Mao. Luego cambia de opinión. Se quita el vestido y lo sustituye por una prenda de color azul marino que compró a una monja cerca de las montañas de Tai. Se cambia las zapatillas por las sandalias de algodón negro. Guarda el vestido y las zapatillas en la maleta, y vuelve a esconderla debajo de la cama.
A continuación se bebe la pócima de un trago. Sin vacilar. Se lava las manos y se enjuaga la boca. Luego se acuesta en la cama y estira los miembros.
Su mente empieza a vaciarse. La gente que conocía aparece enfocada para a continuación desvanecerse como el humo, entre ellos Mao Zedong y Jiang Qing. Siente que el destino por fin la deja ir. Corre hacia los confines inexplorados de la tierra donde la paz la recibe con los brazos abiertos. Conforme llega el dolor y su respiración se debilita, susurra una frase que le gustaba especialmente cuando hacía el papel de la señora Taimon.
«¿Es posible rescatar una rama de jazmín de una tetera?»