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El primero de octubre de 1975, el día de la Independencia Nacional, la prensa de Shanghai liderada por Las Noticias de la Liberación, publica una serie de artículos sobre Wu, la emperatriz convertida en emperador de la dinastía Han en el año 200 d.C. Las críticas elogian la sabiduría y la fuerza de Wu, y su éxito al gobernar China durante medio siglo. Junto a los artículos aparecen fotos de la señora Mao, Jiang Qing. Documentan sus visitas a fábricas, comunas y escuelas así como al ejército. Aparece entre una masa de gente de rasgos duros, con expresión firme y los ojos brillantes mirando hacia el futuro. En Pekín siguen criticándola. A la semana siguiente acapara los titulares la noticia del empeoramiento de la salud del primer ministro Chu y aparece en escena Deng Xiao-ping.
Hay un hombre importante que los medios de comunicación han tenido olvidado. Se trata de Kang Sheng. Tiene una enfermedad terminal y sufre de paranoia. Presiente la caída de Jiang Qing lejos de Mao y no quiere caer con ella. Ha jugado un papel ambiguo entre los Mao. Mao no ignora el hecho de que ha dado a Jiang Qing información crucial que le ha ayudado a llegar donde está. Ha dejado de contestar a las cartas y las notas de Kang Sheng para demostrarle su consternación.
El hombre de la perilla está asustado. Se ha pasado la vida complaciendo al emperador, y de pronto se enfrenta al descrédito y el cese.
Tengo un recado importantísimo para el presidente, dice Kang Sheng en su cama a las mensajeras personales de Mao, la sobrina de Mao, Wang Hai-rong, viceministra de Diplomacia, y Tang Wen-sheng, la traductora de confianza de Mao. He guardado muchos años esta información, pero ahora que mi vida toca a su fin, siento que debo al Partido una confesión: Jiang Qing y Chun-qiao son traidores. Han destruido los archivos, pero la verdad prevalece.
Las dos mujeres se quedan boquiabiertas.
Habría ido a ver personalmente al presidente si éste hubiera querido oírme, dice Kang Sheng lloroso. Pero ya no me queda mucho tiempo para trabajar para él y debo demostrarle mi lealtad.
Kang Sheng cierra los ojos y se recuesta en su almohada. Ahora sacad vuestra libreta de notas y apuntad con cuidado. Demostraré por última vez que soy útil al presidente.
Con una voz cada vez más débil dice el año, la fecha, los testigos y el lugar donde ha tenido lugar la traición de la señora Mao, Jiang Qing.
No presto atención a mis rivales. Kang Sheng no puede hacerme caer más bajo. Estoy haciendo todo lo posible para acercarme al cada vez más rígido Mao. Tiene que abrir su mandíbula y pronunciar mi nombre ante la nación. Lo intentaré todo. Cueste lo que cueste. Por suerte encuentro a alguien que me ayude. El sobrino de Mao, Mao Yuan Xin. Le hago saber que su tía Jiang Qing está dispuesta a adoptarle como príncipe del reino. El joven expresa su buena voluntad y no tarda en ganarse la confianza de su tío. Ya no tendré que pelearme con los guardias y podré enviar mensajes directamente a Mao a través de Xin.
Mis enemigos y yo estamos compitiendo en una carrera contra el último aliento de Mao. He perdido la noción del tiempo. Ya no tengo apetito. Tengo todos los sentidos concentrados en una sola cosa: el movimiento de la boca de Mao. Aunque me he convencido de que el amor que sintió por mí hace tiempo que murió, sigo deseando que ocurra un milagro. He pedido a Xin que permanezca junto a su tío las veinticuatro horas con un magnetofón y una cámara. Estoy esperando que Mao evoque de pronto su juventud. Tal vez entonces vuelva a verme y se acuerde de rendir tributo a ese amor. Lo necesito con urgencia. Necesito las caricias de sus dedos. Su frase «Jiang Qing me representa» va a poner las cosas en su sitio. «Un movimiento de un dragón equivale al desplazamiento de un caballito de mar durante diez años.» Me salvará y curará. He estado hasta considerando una alternativa. Una vez que Mao haya pronunciado las palabras es posible que me retire. Tengo más de sesenta años. Mirar hacia el futuro ha dejado de ser mi principal interés. Sin honor, sin embargo, no quiero vivir. Soy Jiang Qing, el gran amor de la vida de Mao.
Pero no lo hará. No volverá a pronunciar mi nombre. Su silencio autoriza a los demás a eliminarme; a asesinarme a sangre fría. Por mucho que intento pintar de rosa lo negro, la verdad habla por sí sola en voz alta. Mao está decidido a seguir adelante con su traición. Quiere castigarme por ser quien soy. Quiere achacarme la muerte de Shang-guan Yun-zhu. Me ha señalado como su enemigo.
¿Por qué me molesto entonces en ordenar que nos construyan un panteón para los dos en la colina Babo? ¿Por qué iban a enterrarlo a mi lado en lugar de al lado de Zi-zhen o Kai-hui? ¿O de Shang-guan Yunz-hu? No quiero volver a recordar cómo me amabas. Por las noches me escuecen los ojos de llorar por tu afecto. ¿Por qué no yaces solo después de todo el odio que sientes hacia mí?
En medio de las fuertes nevadas de enero de 1976 fallece el primer ministro Chu. Lento y necio, ciego y sordo, ha ido a contracorriente. Ha brindado demasiadas veces a la salud de los demonios. Sin embargo se le recuerda como el primer ministro del pueblo. Para desengaño de Jiang Qing, la nación no hace caso de la orden de Mao de quitar importancia a la ceremonia y llora la muerte de Chu. La plaza de Tiananmen se cubre de coronas blancas. El enfermo Mao lo interpreta como una clara muestra de resentimiento. Sospecha que el amigo de Chu, el recién ascendido primer ministro, Deng Xiao-ping, está tramando una traición.
Con palabras susurradas y medio atragantadas, Mao ordena la destitución de Deng Xiao-ping. La orden se lleva a término de inmediato. El país está confundido.
La señora Mao, Jiang Qing, no pierde tiempo. Se aprovecha de la situación y sale de un salto a escena. En nombre de Mao nombra a los miembros de su futuro gabinete: Chun-qiao como primer ministro, su discípulo Yiao como viceprimer ministro, Wang como ministro de Defensa Nacional y Yu como ministro de Cultura y Artes.
Yu quiere que yo comprenda su sufrimiento. Se está marchitando como la hierba en verano. Está aterrorizado con el nuevo cargo. Pero me niego a soltarlo del anzuelo. Estamos de pie en mi oficina, discutiendo cara a cara. Abro la ventana para dejar entrar el aire frío. Me siento frustrada y contrariada. El cielo es como una sábana azul zafiro con nubes que la desgarran como a zarpazos. Te apoyaré, te le prometo. Podrás ser una figura decorativa. Tus ayudantes barrerán el suelo detrás de ti. ¿Qué pasa que seas artista? Se espera que hagas las cosas de distinta forma. Los grandes genios se supone que tienen cuernos, ya se lo he dicho a todo el mundo. El pueblo lo entenderá.
Él gruñe, habla entre dientes y suplica.
Suavizo mi tono. Ante ti se está formando un arco iris, Yu. Lo único que tienes que hacer es abrir los ojos.
Se seca la frente con las mangas y sus labios empiezan a tensarse. No…, no puedo hacerlo. Soy…
No me hables de tu miedo. ¡Hemos traído el barco! ¡Yu Hui-yong, el barco ya está dentro! ¡Vamos, sube a bordo!
Ella continúa con gestos animados, extendiendo los brazos y agitándolos en el aire. ¡Un golpe más y caerá en nuestras manos el fruto de la victoria!
Yu se rinde.
La señora Mao se deja caer en el sofá.
Los demás miembros la miran fijamente.
Yu se acerca al alféizar de la ventana y coge un tiesto. Desprende con cuidado la tierra con un dedo. Es una especie silvestre, dice de repente. Las hojas se enroscan alrededor como una corona. En los tallos brotarán pequeñas flores blancas. Vuelve la planta hacia el sol. Disfruto observando cómo las plantas levantan las hojas y se vuelven de un verde más intenso. Disfruto de verdad.
La señora Mao permanece de pie, erguida como una estatua de Lenin en la plaza Roja de Moscú. En su voz no hay rastro de sentimiento. En pocas palabras, no permitiré ninguna traición. Eres mi hombre. Hace una pausa para contenerse, pero de pronto rompe a llorar. Si quieres que suplique, ahora mismo me arrodillo y lo hago. Te suplico que dejes de insultarme… No soy fría ni insensible por naturaleza… He elegido antes el amor. Pero no dio sentido a mi vida. He perdido el alma del artista… Es mi destino fatal. Uno puede curar una enfermedad, pero no el destino. La batalla que libro es inevitable. Mi corazón estalla… Deja que te recuerde, que os recuerde a todos, que ya no hay salida. Estamos juntos en esto y somos soldados. De modo que corramos hacia donde está el fuego.
El 9 de septiembre de 1976 la historia de China vuelve una página. A la edad de ochenta y tres años, Mao Zedong exhala el último aliento. Al enterarse por Xin de la noticia, Jiang Qing entra por la fuerza en el Estudio de los Crisantemos, y revuelve entre las cartas y documentos de Mao en busca de un testamento. Pero no hay ninguno. Da media vuelta y convoca una reunión del Politburó en el Pabellón Luz Púrpura. Quiere anunciar personalmente la muerte del presidente.
No asiste nadie salvo los miembros de su gabinete. Pregunta a su secretaria qué está pasando y ésta le dice que una nueva figura, un hombre llamado Hua Guo-feng, un secretario provincial de la misma ciudad que Mao, se ha hecho con el poder. Está tratando de ponerse en contacto con ella; Mao ha dejado un testamento en el que lo nombra sucesor.
¡Eso es ridículo! ¡Totalmente ridículo! Oye su propio eco en el pasillo vacío.
El palacio está silencioso. Es un día sin viento. El cuerpo sin vida de Mao yace en el Gran Salón del Pueblo, en la sala del Hunan. Se le ve más rígido que cuando respiraba. Le han peinado hacia atrás el pelo a la altura de las orejas. Las facciones parecen serenas, sin indicio de dolor. Tiene los brazos pegados a los costados. La chaqueta gris que lleva puesta está almidonada. Del pecho para abajo está cubierto por una bandera roja con una hoz y un martillo de color amarillo.
¡Embustero! La señora Mao golpea la mesa con los puños. El presidente no ha dejado ningún testamento.
No hay duda de que la caligrafía es de Mao, murmura el secretario. Lo ha confirmado un arqueólogo y calígrafo especializado en xing-shu.
La señora Mao se queda mirando el documento, conteniendo el aliento.
Es el funeral del siglo. Sobre la plaza de Tiananmen llueven flores de papel blanco. En lo alto de la puerta de la Paz Celestial, la señora Mao permanece de pie detrás de Hua Guo-feng, quien da a la nación el discurso conmemorativo. Vestida totalmente de negro, la señora Mao lleva la cara cubierta con un pañuelo de raso negro. No puede soportar compartir la misma tarima con su enemigo.
El ataúd de cristal es grande. Las mejillas de Mao están cubiertas de una gruesa capa de polvos, los labios son de un rojo poco natural, y las comisuras de la boca han sido artificialmente levantadas para formar una sonrisa. El cuerpo se extiende como la ladera de una colina: del pecho para abajo hay una repentina curva descendente; los intestinos vaciados hacen que la tripa parezca una depresión. La cabeza se ve enorme.
La señora Mao permanece a menos de un metro del ataúd, estrechando manos a extraños extranjeros y del país. Lleva dos horas haciéndolo. Tiene tortícolis y le duele la muñeca. Pálida y nerviosa, en la mano tiene un pañuelo de seda blanco que se lleva de vez en cuando a las mejillas. Es incapaz hasta de fingir unas lágrimas. No puede parar de pensar en lo que Mao le dijo. «Te arrojarán y encerrarán en mi ataúd.»
Nah ha estado llorando desconsolada al lado de su madre.
Se ha derrumbado mi cielo.
Medio cielo, Nah.
No, el cielo entero.
No sirves realmente para nada.
El nuevo dirigente de China, Hua, tiene cara de viejo lagarto. Se le cierran los párpados sobre la mitad de las pupilas, lo que le da una expresión soñolienta. Su traje gris imita el de Mao. Está rígido, con una sonrisa helada en la cara. Cuando la señora Mao pone en duda el testamento, saca del bolsillo del pecho un rollo de papel y muestra la conocida letra: «Para el camarada Hua Guo-feng. Contigo al mando puedo descansar en paz».
Ella se ríe histérica, se da media vuelta y se acerca a la puerta gritando: Tengo la verdadera versión del testamento de Mao. Él mismo me lo leyó al oído. Se encuentra por casualidad con el mariscal de setenta y nueve años, Ye Jian-ying, que se dispone a presentar sus respetos a Mao.
¿Cómo puede presenciar esto y no hacer nada, mariscal?, grita ella.
El mariscal pasa por su lado sin prestarle atención.
¡Aún no se ha enfriado el cuerpo del presidente y ya estás tramando un golpe de Estado!
¡Camarada Jiang Qing!, gime el mariscal Ye Jian-ying. No me quedan más de diez años de vida. Pero estoy dispuesto a renunciar a ellos con tal de hacer un bien a este país.
Es el 5 de octubre de 1976, muy temprano. Un viento recio hace que las hojas se arremolinen en el aire. De la noche a la mañana el verde del jardín imperial se vuelve amarillo. Los troncos desnudos apuntan como púas al cielo. En el Salón del Puerto de los Pescadores la señora Mao ofrece una fiesta de despedida.
Las lámparas de bronce en forma de antorcha brillan con intensidad por todo el salón. Ya son más de las doce de la noche. La señora Mao entretiene a los invitados con una cena opípara y secuencias de la ópera que están filmando. Después de la proyección vuelven a encender las luces y los invitados se levantan. Con un elegante traje largo azul, ella brinda por la suerte y la salud de todos. Bajo su máscara sonriente se esconde nerviosismo. Se tranquiliza contando chistes buenos, pero nadie se ríe.
Los invitados son sus personas fieles en todas las esferas. Entre ellos los famosos cantantes de ópera. ¿Sabéis de qué estaba hecho el pastel de cumpleaños de la emperatriz Wu? La señora Mao habla como si estuviera en un escenario. Luego se responde: De tierra, semillas y malas hierbas. ¿Por qué? ¡Porque es nutritivo!
Del público llegan unas pocas risas. El monólogo continúa. Pasa de un tema a otro de forma inconexa. La señora Mao tan pronto critica la relación entre el eunuco Li Lian-ying y la emperatriz viuda, como describe un bonito telar que utilizaba en Yenan.
Los hilos se rompían sin razón, explica riendo. Me dije: Menuda revolucionaria de salón que soy si no puedo conquistar un estúpido telar. De modo que me quedé levantada toda la noche hasta que conseguí hacerlo funcionar. Sí, así soy yo. Tozuda como una mula. Bueno, basta de bromas. Como todos podéis ver, estoy nerviosa. ¿De qué hablábamos? Ah, sí, hablábamos de la devoción a costa de la muerte. Sí, no es un tema frívolo.
Al cabo de un momento de silencio continúa. Estoy destinada a ser reina o prisionera. Mao me ha dejado sola para que descubra por mí misma el final. Es su forma de enseñar. Como ya he dicho, detesta que lo calen. Como actriz, interpreto mi papel. No puedo contar con el ejército. Ésta es mi principal preocupación. Mientras el presidente vivía no se atrevieron a tocarme, pero ahora son capaces de cualquier cosa. Hua Guo-feng no es una amenaza para mí. La amenaza son los viejos camaradas. Ye Jian-ying y Deng Xiao-ping. Una vez hablé de ello con Mao. Le dije que tal vez había nacido para representar un personaje trágico. Le hizo gracia y dijo que era un comentario fascinante.
¿Lo es?, pregunta ella recorriendo la habitación con la mirada. Imaginaos que me cogen y me matan mañana. Miradme bien. Estoy inmóvil. Los que me preocupáis sois vosotros, vuestra vida y vuestra familia. Todos vosotros. Porque irán por vosotros. Tal vez no os maten, pero os harán sufrir. Es el precio que tenéis que pagar por haberme seguido. ¿Qué puedo decir? ¿Qué voy a decir a vuestros hijos? ¿Que soy una buena causa?… Baja la cabeza y las lágrimas se deslizan por sus mejillas. ¿Qué puedo hacer para protegeros?
El público responde con sollozos. El cantante de ópera, Hao Liang, el protagonista de La leyenda de la linterna roja, se adelanta. ¡Hombres de coraje!, exclama. Vamos al Politburó, vamos a donde la gente pueda escucharnos, las estaciones de radio, los escenarios, las salas de redacción. ¡Expresemos nuestro vivo deseo de que la camarada Jiang Qing sea la presidenta del Partido Comunista y la presidenta de China! Cambiemos la situación con nuestra acción. Estoy seguro de que el pueblo nos seguirá.
La habitación se hace eco en una sola voz. Siguen juramentos de lealtad. Un invitado saca un pañuelo blanco, se muerde el dedo del corazón y escribe con su sangre: «La camarada Jiang Qing para la presidencia o mi cerebro desparramado por la Gran Muralla».
Es un gran momento en mi vida. El 5 de octubre en el Salón del Puerto de los Pescadores. La gran pasión demostrada por los grandes actores. La magia de un escenario. Logro olvidar la realidad.
A través de mis cálidas lágrimas veo entrar en el salón a Chun-qiao y a su discípulo. Interrumpen la fiesta con un mensaje de emergencia: mi enemigo ha empezado a actuar. A pesar del pánico de Chun-qiao, no me doy prisa en despedirme de cada uno personalmente. Tengo el presentimiento de que es la última vez que los veo.
Hao Liang, digo al actor, me gustaría darte las gracias por tu espléndido trabajo en la película. En el futuro las películas hablarán por nosotros. Has iluminado mi vida. Hemos sudado días y noches para obtener una excelente calidad en el cine. El recuerdo es lo que nos regalamos el uno al otro. No puedo darte lo suficiente. Pero mi corazón siempre estará cerca de ti en el cielo o en el infierno. El héroe que has representado en el escenario murió a manos del enemigo. Recuérdame y recuérdate a ti mismo así.
Al amanecer llamo a Chun-qiao para mantener el contacto. Me comunica que los viejos camaradas y los dirigentes militares se han visto mucho. Le pido que venga a verme inmediatamente. Llega media hora más tarde.
¿Has hablado con mis amigos, el comandante Wu y el comandante Chen?, pregunto. He mantenido una buena relación con ellos y han prometido apoyarme.
Eres boba si crees que cumplirán la promesa que te hicieron en vida de Mao. He tratado de contactar con ellos pero no me devuelven las llamadas.
Empiezo a sentir el peso del cielo.
Olvídate del ejército, dice Chun-qiao apretando los dientes. Tenemos que depender de nuestras propias fuerzas. ¿Los trabajadores armados de Shanghai? Sí. Pero no nos queda mucho tiempo.
¿Cuánto se tarda en preparar un golpe militar? Aferro las manos de Chun-qiao. Debemos agarrar a los viejos camaradas antes de que ellos nos agarren a nosotros.
Por lo menos unos días.
¡Actuemos antes de que caiga el hacha! ¡Me voy a Shanghai! Por favor, camarada Jiang Qing, por tu seguridad y tu salud, deja el asunto en nuestras manos.
¡No me fío de ti!, grito. ¡Tu visión pesimista me inquieta! ¡La función debería representarse al revés, los personajes deberían estar invertidos! ¡Somos nosotros los que tenemos el hacha en la mano!
Las órdenes de avanzar ya han sido dadas. Debemos dejarlo todo en manos de Buda. Debemos confiar… en el pueblo. La voz de Chun-qiao pierde de pronto energía.
Ella se obliga a seguir adelante. Dice a su secretaria que va a ir al parque de la colina Jing por la tarde. Llama a mi fotógrafo. Dile que estaré en la zona de los Manzanos.
Es un día nublado. Perfecto para hacer fotos. El cielo es una gasa natural que ayuda a difuminar la luz. El parque se construyó para los emperadores de la dinastía Soong. Hace seiscientos años el emperador Jing se ahorcó aquí después de haber perdido su país. Subo a lo alto de la colina sin detenerme. A mis pies se extiende la grandiosa ciudad imperial.
Al fotógrafo no le gustan los manzanos de fondo para mi foto. Dice que los árboles cargados de frutos distraen demasiado. Cree que debería ponerme junto a las peonías. Pero yo me llamaba Manzana, Ping, le digo. Me une a mi pasado. Hoy me atrae la eternidad porque huelo a muerte. Esta foto será la del archivo policial o la que sustituya a la de Mao en la puerta de la Paz Celestial.
El fotógrafo se instala por fin. Aleja todo lo posible mi silla de los árboles para que las manzanas queden desenfocadas. Ahora pone objeciones a mi chaqueta Mao. Me he cambiado de ropa durante su lucha con las manzanas. Le gusto más con traje, pero insisto en parecer un soldado. Quisiera ir así vestida cuando muera. Para recordar a la gente que he luchado como un hombre.
El fotógrafo acerca el ojo a la lente. Me pide que sonría. No quiere fotografiar muerte. Pero soy incapaz de sonreír. Esta mañana me he visto la cara en el espejo. La mandíbula hundida y una mirada sin expresión. No he dormido mucho. Los somníferos no surten efecto.
Los clics continúan. Siete rollos. Por fin hay una foto que le gusta. ¿Cuál? La que está como ausente. ¿Estaba muy lejos su mente, señora? Tenía una mirada como soñadora. Ha sacado a la joven que hay en usted. La mujer que reconozco en la foto de usted y el presidente frente a la cueva de Yenan.
Oh, es mi favorita.
La estudié cuando era estudiante de fotografía. Me alegro de haber captado de nuevo a la heroína que hay en usted. Su expresión me ha conmovido. Revelaré los negativos y le enviaré las copias dentro de unos días. Sabrá de qué estoy hablando. Es la mejor foto que he hecho nunca.
El negativo nunca se convierte en positivo.
5 de octubre de 1976. La sala de guerra del Cuartel Militar de China está atestada de mariscales y generales. Con una foto de Mao colgada sobre el mapa, empieza la acción. Alrededor de la mesa están sentados el comandante en jefe, el mariscal Ye Jian-ying, y a su lado Hua Guo-feng, el vicepresidente Li Xian-nian y Chen Xia-lian, además del recién ascendido jefe de la Guarnición 8341, Wang Dong-xin.
El timbre de un teléfono rompe el silencio. Wang descuelga el auricular. Al cabo de unos segundos informa: El enemigo ha dado un paso. La inteligencia de la marina apostada junto al mar de la China Oriental ha descubierto que el astillero Jiang-nan de Shanghai ha convertido dos barcos en buques. Los trabajadores han construido una defensa alrededor de toda la bahía. Hace un momento han venido a reclamar la base de artillería Wo-song del ejército.
Los presentes en la sala de guerra se recuestan en sus asientos. Lo único que les preocupa es: ¿Qué consecuencias tendrá destruir a la señora Mao cuando no hace ni veintisiete días de la muerte de Mao? ¿Estará de acuerdo la nación con tal medida? ¿Tendrá un efecto contraproducente?
Es el 6 de octubre. Hua Guo-feng llama a Jiang Qing para que se reúna con él por la tarde en el Salón de la Clemencia. La secretaria de Jiang Qing, Pequeña Luna, pregunta el motivo de la reunión.
La publicación del quinto volumen de las obras del difunto presidente, responde él con tranquilidad.
La camarada Jiang Qing estará ausente, responde Pequeña Luna con voz suave pero clara. Por supuesto, le daré el recado lo antes posible.
La señora Mao, Jiang Qing, aparece junto a la puerta. Lleva un traje con un pañuelo alrededor del cuello. Voy a cumplir sesenta y tres, dice. Nunca he celebrado mis cumpleaños. No había gran cosa que celebrar. Pero mi vida está cambiando y la gente vendrá a celebrar mi cumpleaños. Confío en su juicio.
«Como una mala hierba se abre paso a través de las aceras.» Extiende los brazos y empieza a cantar como la heroína de su ópera. «¡Resquebraja el suelo del patio y perfora la esquina más desierta en busca de aire y luz!»
La noche envuelve la habitación. Pequeña Luna está sentada junto al teléfono.
¿Seguimos sin tener noticias de la oficina de Chun-qiao?, pregunta la señora Mao.
No.
¿Y qué hay de Yao?
Tampoco ha devuelto la llamada. Por cierto, señora, también hemos perdido el contacto con Wang.
Se produce una repentina colisión de pensamientos en la que el miedo se materializa. La señora Mao advierte que le cuesta cada vez más respirar. Por su mente desfilan secuencias como de película, que más tarde resulta que coinciden con lo que ha ocurrido en realidad.
La primera es el reloj que cuelga de la pared de la Sala de la Clemencia. Marca las siete cincuenta y cinco de la tarde. Chun-qiao entra con paso rápido en la sala. Lleva una chaqueta Mao, y se le ve menudo y delgado, como a través de un gran angular. De pronto aparecen detrás de él dos guardias que saltan sobre su espalda y lo arrojan al suelo. Le quitan las gafas. No opone resistencia y se lo llevan. Son las ocho y quince.
El escenario cambia. Ahora es la Sala del Ala Este. Entra el discípulo Yao. Salen dos guardias y le cortan el paso. El mira alrededor y cae de rodillas. Luego llega Wang Hong-wen. Cuando Wang ve acercarse a los guardias, da media vuelta y echa a correr, pero no llega a la puerta. Forcejea, pero acaban inmovilizándolo.
Un guardia se acerca a la cámara. En su cara hay euforia. Extiende el brazo y la apaga.
Nadie contesta a sus llamadas de socorro. Nadie está en casa. Todos se han «hospitalizado» a fin de evitarla.
De pronto se apodera de ella la sensación de que no vale para nada. Acuden a su memoria recuerdos de la infancia. La cara de su padre. Las lágrimas de su madre. El dolor aflora. El terror. El agua sube y ya le llega a la garganta. Oye a su padre gritar: ¡Ríndete!
¿Por qué está tan silencioso aquí? ¿Por qué, Pequeña Luna, me miras como si acabaras de despertarte? ¿Han resultado ciertas mis suposiciones? ¿Han terminado invadiendo los lobos mis tierras? ¡Basta! ¡Deja de temblar como una cobarde!… Supongo que no hay… nada que yo pueda hacer. El ejército siempre ha sido mi punto flaco. El presidente no me dejó suficiente tiempo para controlar a los señores de la guerra. Los señores de la guerra… tal vez… No estoy segura de que no me haya tendido la trampa el mismo Mao… Ven aquí, Pequeña Luna.
Pequeña Luna se levanta. Su cuerpo flaco como un palillo está rígido, y la mirada fija.
Ven aquí, niña, siéntate a mi lado. Charlemos. Anímame. Deja que te cuente anécdotas de mi vida. Porque dentro de unos minutos será otro cantar. Me llamarán el Demonio de los Huesos Blancos. Vamos, Pequeña Luna, abre tu boca fruncida. No es atractivo que aprietes con tanta fuerza las mandíbulas. Y eres atractiva. ¿Por qué no me dejas que te arregle las cejas? Tráeme mis tijeras pequeñas, ¿quieres? O lo hago ahora o nunca. ¿No quieres? ¿Qué te pasa? No me mires como si te acabaras de comer un huevo podrido. ¡Vamos, ten coraje!
Pequeña Luna tuerce la boca y respira entrecortadamente.
Me estoy cansando de oír el sonido de mi voz. ¿Dónde están los lobos?
Come en silencio su última comida como señora Mao. Pequeña Luna tiene órdenes de acompañarla. Pero no es capaz de comer. Abre almejas con sus palillos y pone la carne en el platito de acompañamiento de Jiang Qing.
Gracias. Agradezco tu lealtad y me gustaría que fueras Nah. La tontería de una madre. Ahora parece… que no era tan necia… Al desierto de Ningxia ha huido… El reino de la laxitud… En fin, para coronar mi vida. Ha llegado el momento de ser mártir, de meterme un palillo en la garganta; estoy preparándome. Una buena actriz es capaz de representar cualquier escena… ¿Dónde está Yu Hui-yong? Necesito oír mis óperas. Yu es un cobarde. No me sorprendería que acabara matándose. Es demasiado delicado y vive con sentimientos y miedo. Es el problema del artista. Somos artistas. Por eso Yu se matará. Y yo también, me temo. ¿Por qué hablo de esto? ¿Por qué hablo de ser artista? La música de Yu me hace llorar. Ya lo echo de menos. Chun-qiao es el más duro de nosotros, tiene esta suerte.
El frufrú de su falda de seda ha cesado,
en el suelo de mármol se acumula polvo,
su habitación vacía está fría y silenciosa,
las hojas caídas se amontonan en el felpudo.
Es el 6 de octubre a medianoche. En el Jardín del Silencio. A través de los gruesos muros llegan sonidos. Se oyen ruidos de pasos detrás de las verjas. Susurros. Alguien hablando con el guardia. Sí, señor, responde el guardia. Una sombra alta se acerca. Un hombre salta. Es Zhang Yiao-ci, el número dos de la Guarnición 8341. Un momento después sigue andando y entra en la mansión. Aporrea la puerta. Le tiemblan las manos.
Está abierto, llega la voz de la primera dama.
Zhang Yiao-ci se precipita dentro. Tiene la mano derecha en el arma que lleva a la espalda.
La señora Mao está sentada en el sofá con un tazón de té. Su calma paraliza al hombre.
El hombre mira alrededor. Suda profusamente.
Un pájaro de patas largas lo mira desde un cuadro de la pared.
La señora Mao dice algo, seguido de una carcajada estridente. ¡Llevo tanto esperando este día! He esparcido flores desde mi dormitorio hasta la verja.
El hombre jadea y las sílabas brotan forzadas de sus labios: Jiang Qing, enemiga de la república, el Politburó ha ordenado tu detención.
Cuando se levanta el telón imaginario, la actriz se obliga a salir. Visualiza los mil millones de espectadores aclamando a viva voz y agitando banderas. Un mar rojo. El color le hiere la vista. Huele el cálido sol. Camina a grandes zancadas al son de la música de su ópera. En su cabeza se juntan los tambores y las trompetas. Recuerda que una vez Yu describió lo que sentía cuando componía siguiendo sus órdenes: Es como el ruido de cientos de locomotoras arrojando humo y con los pistones subiendo y bajando. Las notas se tensan y retuercen hasta romperse. Es como si las garras de la locura lo asfixiaran y descolgara una por una las notas de los ganchos de su mente, las arrojara todas juntas a un cubo gigante y empezara a revolver.
Luego hay una pausa y oye llorar a Yu. Sigue un silencio tan absoluto que oye el crujido del tiempo. Cae una estrella fugaz.
Una vez más ve su vida como si fuera una película. Y una vez más es una joven en lo alto de un tejado dominando la ciudad de Shanghai y soñando con su futuro. Ve al chico de las nueces ging-ko y oye su pregón: Xtang-u-xiang-lai-nu-u-nu! El tono del chico es monótono y mecánico, aunque claro. El viento de medianoche barre la oscura y larga calle. El chico se acuclilla frente a su wok con una brazada de luz.
Ella se ve a sí misma sentada en la celda de la prisión nacional Qin-Cheng, donde la esposa del vicepresidente Liu, Wang Guang-mei, ha pasado una docena de años antes que ella. La señora Mao se sienta de cara a la pared. Le ordenan que haga muñecas para exportar. Tiene que cumplir el objetivo de producción diario. Las muñecas se venderán en almacenes de todo el mundo. Ve los vestiditos de colores en los pequeños cuerpos de plástico. Decenas, cientos, miles de muñecas entre 1976 y 1991. Borda en los vestidos flores de su invención. Cuando los celadores no miran, borda a escondidas su nombre, «Jiang Qing», dentro de los dobladillos de los vestidos. Luego la descubren y la detienen. Pero es demasiado tarde para localizar las que ya han sido enviadas. Cestas de muñecas con su firma. Salen de China al mundo. ¿Dónde aterrizarán? ¿En el cajón olvidado de un niño? ¿O en un escaparate?
Es hora de dejar vacío el escenario. Recuerda, siempre te cruzarás conmigo en los libros que traten de China. No te sorprendas si ves mi nombre difamado. Ya no pueden hacerme nada más. Y no olvides que yo era actriz, una gran actriz. Actué con pasión. Por los que están fascinados conmigo me debes un aplauso, y por los que están indignados puedes escupir.
Gracias a todos por venir.