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Aprende pronto qué es el dolor. A los cuatro años su madre le venda los pies. La madre dice a la niña que no puede permitirse esperar más. Le promete que después, pasado el dolor, será bonita. Se emparentará con una familia rica y no tendrá que andar, sino que la llevarán en un palanquín. Los pies de loto de ocho centímetros son un símbolo de prestigio y clase.
La niña está intrigada. Se sienta en un taburete, descalza. Juega con los dedos de los pies con el montón de telas, recoge una y la deja caer. La madre se está preparando. Remueve un tarro de pegajosa papilla de arroz. La niña se entera de que va a utilizar la papilla como cola. Una buena cola, resistente, que no se resquebrajará, dice la madre. Desaloja el aire. Así conservaban las momias en la antigüedad. La madre tiene cerca de treinta años. Es una mujer guapa, con ojos rasgados en forma de almendra que la niña ha heredado. Casi nunca sonríe. Se describe a sí misma como un rábano conservado en salsa de amargura. La niña está acostumbrada a la tristeza de su madre. Está acostumbrada a su silencio durante las comidas familiares. Su misma posición, como hija de la última concubina, la convierte en el pariente más lejano a considerar. Su padre tenía sesenta años cuando ella nació. Ha sido un desconocido para ella.
El pelo de la madre es negro lacado, y lo lleva recogido en un moño y sujeto con un pasador de bambú. Pide a la niña que se esté quieta mientras empieza. Parece solemne, como si estuviera ante un altar. Coge el pie derecho de la niña, lo lava y lo seca con su camisa. No dice a la niña que es la última vez que ve sus pies tal como los conoce. No le dice que cuando quite las vendas parecerán pasteles de arroz triangulares con las uñas curvadas por debajo de las plantas. La madre trata de concentrarse en el futuro de la niña. Un futuro que será mejor que el suyo.
Empieza a vendar. La niña observa con interés. La madre aplica la papilla entre cada capa de tela. Es un mediodía de verano en la habitación de la madre. Fuera de la ventana trepan campanillas, diminutas y rojas como gotas de sangre. La niña se mira el pie que le está vendando su madre en el espejo del tocador. En el marco aparece también un jarrón antiguo delicadamente tallado con un ramillete de jazmín. El aroma de las flores frescas es intenso. La manecilla de un viejo reloj de pared se columpia con un sonido rústico. La casa está silenciosa. Las demás concubinas duermen la siesta y las sirvientas están sentadas en la cocina pelando judías en silencio.
La madre tiene la frente cubierta de sudor, que empieza a caerle como cuentas rotas por las mejillas. La niña pregunta a su madre si no debería parar para descansar. La mujer sacude la cabeza y dice que ya casi está. La niña se mira los pies. Son tan gruesos como patas de elefante. Le parece divertido. Mueve los dedos dentro del capullo. ¿Ya está?, pregunta. Cuando la madre se lleva el tarro, la niña salta al suelo y juega.
En adelante te quedarás en la cama, dice la madre. El dolor tardará un poco.
La niña no tiene problemas hasta la tercera semana. Ya está aburrida de sus patas de elefante y ahora llega el dolor. Sus dedos gritan pidiendo espacio. Su madre está cerca. Está allí para impedir que se arranque las vendas. Defiende las patas de elefante como si defendiera el futuro de la niña. No se cansa de explicar a la niña sollozante por qué tiene que soportar el dolor. Entonces éste se vuelve insoportable. Los pies de la niña se han infectado. A la madre se le saltan las lágrimas. No, no, no, no te los toques. Insiste, llora, maldice. A sí misma. A los hombres. Se pregunta por qué Dios no le ha dado un hijo. Una y otra vez dice a la niña que las mujeres son como la hierba, nacen para ser pisoteadas.
Estamos en el año 1919. En la provincia china de Shandong. En la ciudad donde nació Confucio y que se llama Zhu. Rodeada de antiguas murallas y puertas. Desde la ventana de la niña, las colinas parecen tortugas gigantes que avanzan muy lentamente por el horizonte. El río Amarillo atraviesa la ciudad y sus aguas turbias se abren paso perezosas hacia el mar. Las ciudades y las provincias de la costa llevan ocupadas por fuerzas extranjeras desde que China perdió la guerra del Opio en 1860. La provincia de Shandong cayó bajo el control de los alemanes primero y luego de los japoneses. China se está viniendo abajo y nadie hace caso del llanto de la niña.
La niña nunca olvidará el dolor. Ni cuando se convierta en la esposa de Mao, la mujer más poderosa de China, a finales de los años sesenta y durante los setenta. Recuerda el dolor como el «testimonio de los crímenes del feudalismo» y expresa su indignación en una serie de óperas y ballets, La mujer del destacamento rojo y La muchacha del cabello blanco, entre otras muchas. Hace que el billón de habitantes comparta su dolor.
Comprender el dolor es comprender por lo que pasó el proletariado en el viejo orden, grita en un mitin. ¡Es comprender la necesidad del comunismo! Cree que el dolor que experimentó le da derecho a liderar la nación. Es la clase de dolor que te perfora todo tu ser, explica a la actriz que protagoniza la ópera. No puedes apoyar en el suelo los dedos de los pies ni tampoco volar. Estás atrapada, encadenada. Hay una sierra invisible. No tienes dedos en los pies. Te falta el aire. Se te oye por toda la casa, pero nadie viene en tu auxilio.
Recuerda vívidamente su lucha con el dolor. Una heroína en el escenario de la vida real. Arrancarse las vendas de sus pies es su debut.
¡Sin rebelión no hay supervivencia!, grita en los mítines durante la Revolución Cultural.
Mi madre se queda horrorizada cuando arrojo las hediondas vendas ante ella y le enseño mis pies. Los tengo azules y amarillos, hinchados y rezumando pus. Un par de moscas se posan en las vendas. El montón parece un monstruoso pulpo muerto de cien tentáculos. Si intentas vendarme otra vez los pies me mataré, digo a mi madre. Hablo en serio. Estoy dispuesta a hacerlo. Ya he encontrado un lugar donde yacer. En el templo de Confucio. Me gustan los versos que se leen en la verja:
No hay ningún monje en el templo,
de modo que será el viento el que barra el suelo.
No hay velas en el templo,
de modo que será la luna la que lo ilumine.
Es preciso que tengas los pies de loto, grita mi madre. Tú no has nacido para trabajar.
Después se rinde. Me pregunto si ya sabe que un día me necesitará para que huya con ella.
Recuerda a su padre como un hombre alcoholizado y violento. Tanto su madre como ella lo temen. Las pega. No hay forma de saber cuándo perderá los estribos. Cada vez que ocurre da un susto de muerte a la niña.
No es un hombre pobre. La señora Mao no dice la verdad cuando más adelante lo describe como un proletario para impresionar a sus compatriotas. En realidad es un próspero hombre de negocios, el carpintero de la ciudad y dueño de una ebanistería. En la mesa hay comida y la niña va al colegio.
Nunca he comprendido por qué mi padre pega a mi madre. Nunca hay una verdadera razón. No interviene nadie de la casa. Todas las mujeres oyen las palizas. Todos mis hermanastros son testigos. Sin embargo nadie dice ni pío. Si mi padre no está contento con mi madre, va a su habitación, se quita el zapato y empieza a pegarla. Las concubinas son esclavas que se compran y sirven para calentar la cama, pero me pregunto si la verdadera cólera de mi padre se debe a que mi madre no le ha dado un hijo.
Es así como su padre siembra en ella la sensación de no valer para nada. Es algo con lo que ella convive. En cuanto empieza a recordar el ambiente en que creció, experimenta una cólera que estalla a su tiempo y ritmo. Como una crecida del río Amarillo, llega en grandes olas. Su violencia cambia el paisaje interior de mi madre. La cólera empeora con los años. Se convierte en una bestia cautiva. Respira y crece en la clandestinidad. Y la consume. Su presencia constante le hace sentir inútil. Detrás de cada uno de sus actos está el deseo de combatir a la bestia, de demostrar que no existe.
Soy por naturaleza rebelde contra los opresores. Cuando mi madre me dice que aprenda a «comer una albóndiga hecha de tu lengua» y «a esconder tu brazo roto dentro de la manga», me rebelo sin pensar en las consecuencias.
Frustrada, mi madre me pega. Me pega con una escoba. Le asusta mi forma de ser. Cree que me matarán como a los jóvenes revolucionarios cuyas cabezas cuelgan de astas de bandera en la puerta de la ciudad. Asesinados por las autoridades.
Mi madre me regaña, me llama «Mu-yu», el instrumento que utiliza el monje para salmodiar, hecho para ser golpeado todo el tiempo. Pero yo no tengo remedio. Siempre es después, después de que se ha cansado de pegarme, cuando se derrumba y rompe a llorar. Se llama a sí misma madre inepta, y está segura de que acabará recibiendo un castigo en la próxima vida. Acabará convertida en un animal de lo más desafortunado, una vaca que en vida soporta grandes cargas y cuando muere se la comen, y convierten su piel en chaquetas y sus cuernos en medicinas.
Cada vez que veo la cara manchada de lágrimas de mi madre envejezco. Siento que me salen canas. Estoy harta de ver a mi madre atormentada. A menudo deseo que se muera para liberarla de la obligación de cuidar de mí.
Pero su madre sigue viviendo por ella, la hija que desearía que fuera un varón. Así es como la infelicidad impregna el alma de la niña. Se pasa casi toda su vida sin estar contenta con la persona que es. Lo irónico del asunto es que desea de todo corazón satisfacer el deseo de su madre. Por eso empieza su carrera de actriz. Muy joven, en su propia casa, interpreta papeles. Cuando cree no ser quien es, se siente relajada y sin miedo. Está en un lugar seguro donde el terror de su padre no puede alcanzarla y las lágrimas de su madre ya no pueden llevársela consigo.
Más adelante se hace evidente que la señora Mao no perdona. Cree que cada uno debe cobrar sus deudas. No le interesa entender qué es el perdón. Lo que entiende es la venganza. La entiende en su forma más salvaje. Nunca en su vida titubea antes de ordenar la total aniquilación de sus enemigos. Lo hace con toda naturalidad. Es un ejercicio que empezó a practicar de niña.
Veo a mi padre golpear a mi madre con una pala. Ha ocurrido de repente. Sin previo aviso. No doy crédito a mis ojos. Está fuera de sí. Llama a mi madre mujerzuela. Ella se hace un ovillo. El pecho me va a estallar. La golpea por detrás y por delante gritando que le romperá los huesos. Mi madre está en estado de shock, es incapaz de moverse. Mi padre la arrastra por el suelo, le da patadas, la pisotea como para aplanarla como un trozo de papel.
Siento cómo el terror me revuelve el estómago. De un salto me coloco entre los dos. Ya no eres mi padre, anuncio temblando toda yo. ¡Nunca te perdonaré! ¡Un día de éstos te encontrarán muerto porque habré puesto matarratas en tu vaso!
El hombre se vuelve y levanta la pala por encima de la cabeza.
Me arden los labios. Tengo los dientes delanteros bailando en la boca.
Durante la producción de sus óperas y ballets de los años setenta, la señora Mao describe la herida a las actrices, actores, artistas y a la nación. Nuestras heroínas deben estar cubiertas de heridas, dice. Heridas de las que brote sangre. Heridas infligidas con armas como palas, látigos, cristales, astillas, balas o explosiones. Examinad las heridas, prestad atención al grado de las quemaduras, a las capas de tejido infectado. A la transición de color entre la carne. Y a las formas que os recuerdan un cuerpo infestado de gusanos.
Tiene ocho años y ya está decidida. No tiene claro si su padre echó a su madre o si ésta huyó. En cualquier caso la niña ya no tiene casa. La madre se lleva consigo a su hija. Deambulan de calle en calle y de ciudad en ciudad. La madre trabaja de criada. O de lavandera, inferior en rango a una ayudante de cocina. La madre trabaja donde les permiten, a ella y a la niña, pasar la noche. Por la noche la madre sale a menudo misteriosamente. Suele volver al amanecer. La madre no explica adónde va. Un día que la niña insiste le dice que va a distintas casas. Pela patatas o calienta los pies de los hijos del señor de la casa. Nunca dice a la niña que calienta los pies del mismo señor. La madre se marchita rápidamente. Su piel se arruga como se riza la superficie de un lago, y el pelo se le seca como un tallo en invierno.
Algunas noches la niña se aburre de esperar a su madre. No puede dormir pero le da miedo salir. Se queda en silencio en la cama. Después de medianoche oye disparos. Los cuenta para saber a cuánta gente han matado.
Mi cifra siempre coincide con el número de cabezas que cuelgan al día siguiente de la puerta de la ciudad. Mis compañeras de colegio hablan entre ellas así: Te mataré y colgaré tu cabeza de un gancho. Te meteré una pipa de opio entre los dientes.
Odio el colegio. Es porque soy objeto de ataques. Porque no tengo padre y tengo una madre que hace trabajos que despiertan sospechas. Suplico a mi madre que me cambie de colegio. Pero la situación no cambia. Empeora tanto que un día un compañero de clase suelta un perro.
La señora Mao más tarde utiliza el incidente en un ballet y en una ópera del mismo título, Las mujeres del destacamento rojo. Los villanos van tras la joven esclava con perros de aspecto perverso. Primer plano de los dientes del perro y primer plano de la herida. Partes del cuerpo sangrando.
La cara de mi madre se vuelve irreconocible. Pierde su forma y se vuelve tan chupada que se intuye el contorno del cráneo. Sus bonitos pómulos empiezan a sobresalir y tiene profundas ojeras. Está tan enferma que no puede ir muy lejos andando. Sin embargo seguimos huyendo. La han despedido del trabajo. No puede hablar, susurra entre jadeos. Escribe una carta a sus padres suplicando que la acojan. Me pregunto por qué no lo ha hecho antes. No me lo explica. Tengo la impresión de que no era la hija predilecta de sus padres. Probablemente tiene malos recuerdos del pasado. Pero ahora no tiene otra elección.
Mis abuelos viven en Jinan, la capital de la provincia de Shan-dong. Comparada con Zhu, es una ciudad elegante. Está en la orilla sur del río Amarillo, a unos catorce kilómetros de distancia. Es un centro comercial y político. Es muy antigua. El nombre de las calles refleja su antiguo esplendor: calle de los Juzgados, calle de las Finanzas, calle Militar, etc. Hay suntuosos templos y llamativos teatros de ópera. No me entero hasta más tarde de que muchos de los teatros de ópera son en realidad prostíbulos.
Mis abuelos y yo no nos conocíamos y el encuentro cambia mi vida. De la noche a la mañana dejo de depender de mi madre. Mi abuelo se hace cargo de mí. Es un hombre amable, manso en realidad, erudito pero incapaz de hacer frente a la realidad. Me enseña ópera. Me pide que recite después de él. Frase por frase y tono por tono, terminamos las más famosas arias. No me gusta, pero quiero complacerlo.
Cada mañana, sentado en una silla de junco con una taza de té, mi abuelo empieza la lección. Primero me explica de qué trata la historia, la situación y el personaje, y a continuación canta. Lo hace muy mal, por lo que resulta muy divertido. Lo acompaño sin recordar exactamente lo que canto. Imito a propósito su pobre tono y trata de corregirme. Después de varios intentos descubre que le tomo el pelo y amenaza con enfadarse, y entonces me comporto. Alcanzo la nota con una voz perfecta. Aplaude y ríe. Cuando abre mucho la boca veo una cavidad sin un solo diente.
Seguimos adelante. Pronto sé cantar pasajes de La historia novelada de los tres reinos, sobre todo «La ciudad desierta». Mi abuelo está satisfecho. Me hace saber que soy importante. Chico o chica, a él lo mismo le da. Sólo pone una condición: que lo siga y aprenda. Me deja hacer lo que quiero por la casa. Mi abuela es una señora menuda y silenciosa, budista. Se hace eco de su marido y nunca parece tener una opinión propia. Siempre me saca de apuros. Por ejemplo, cuando rompo sin querer el frasco de tinta preferido de mi abuelo, coge sus ahorros y se apresura a ir con sus pies de loto a la ciudad para comprar uno nuevo que reemplace el viejo. Lo hace sin atraer la atención y yo la adoro.
Mi abuelo continúa cultivándome. Mueve la cabeza en círculos y yo lo imito. Cuando está de buen humor me lleva a óperas. No a las buenas -no puede permitirse pagar la entrada-, sino a las imitaciones que se representan en los prostíbulos. Durante las funciones a menudo hay peleas entre los borrachos.
Mi abuelo quiere que termine la enseñanza primaria. Eres un pavo real que vive entre gallinas, dice. Está reparando el brazo de su silla de junco cuando me lo dice. Tiene la cabeza en el suelo y su trasero apunta al techo. La frase hace mucha mella en mí.
Mi abuelo me mete en un colegio del barrio, a una manzana de distancia. Me da un nombre formal, Yunhe, una grulla entre las nubes. Saca la imagen de su ópera favorita, El pabellón de oro. La grulla es símbolo de esperanza.
El nuevo colegio es un lugar horrible. Los niños ricos dan palizas a los pobres cuando les viene en gana. Yunhe lo soporta todo hasta que un día un niño le pega y un grupo de niñas aplauden. Eso la enfurece y durante días sufre lo indecible. Lo habría soportado si hubieran sido sólo los chicos abusando de las chicas, explica más adelante la señora Mao. No me habría sentido tan sola y traicionada. No lo habría tomado como un insulto personal, porque maltratar a las mujeres se consideraba una tradición. Fue el hecho de que las niñas, las mujeres, la hierba, las criaturas inútiles, se rieran de una de su misma condición lo que me dolió, lo que abrió mis heridas y las sumergió en agua salada.