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La tarde del martes siguiente, llegó Madero. Una multitud lo esperó en la estación del tren gritando vivas y contagiándose de fervor democrático, en lo que fue la más grande manifestación de fuerza antirreleccionista que hubo jamás en la ciudad.
En el remolino de tal marea, Emilia perdió la mano de Daniel. No intentó retenerla. Lo besó a media calle, largo y tendido, hasta quedarse con el sabor de su lengua entre los dientes. Luego, sin una palabra de reproche, lo dejó irse tras Madero. Vio cómo la muchedumbre se cerraba tras su espalda y volteó a buscar un consuelo en la mirada y los brazos de Diego Sauri.
– ¿Quieres un café? -le preguntó Diego tomándola de la cintura, sintiéndose más inútil que nunca.
– Vamos al mitin -dijo Emilia esgrimiendo una sonrisa.
Como se creyó desde el principio, las autoridades no dieron permiso para manifestar en público. Así que la persecución de unos días antes, a causa de los trabajos en el barrio de Santiago, valió la pena, porque pudo hacerse ahí el mitin clandestino en el que se reunió tal gentío que, al rato de iniciado, cualquiera hubiera podido decir que en nuestro castellano clandestinidad significaba jolgorio.
Hubo discursos varios, euforias múltiples, quejas y maldiciones a granel. En cuanto Madero dijo la última palabra, Emilia y su padre volvieron a su casa caminando despacio y hablando poco. Diego no quiso enturbiar la tristeza de su hija con sus lamentos políticos, y Emilia pensó que su padre no merecía el espectáculo de su pesadumbre puesta en palabras. Sólo después que cruzaron el umbral del salón y Diego se encontró con los ojos de Josefa como la interrogante que le urgía responder, dejó salir un parte de sus pesares.
– ¡Qué horror! -dijo tirándose sobre un sillón-. Este hombre nos va a meter en un lío del que ni él va a salir bien librado. No sabe lo que quiere. Todo se le va en buenas intenciones, vaguedades y sanos propósitos. Mientras encierran a la gente por sólo pronunciar su nombre con euforia, el señor anda queriendo quedar bien con la iglesia, con los pobres, con los ricos, con las putas y las damas de San Vicente. ¡Qué discurso infame! Me quería yo meter debajo de una piedra.
– Estás exagerando -aseguró Josefa, que había preferido quedarse en la casa para no rasguñar a Daniel cuando se fuera-. ¿Tú que dices hija?
– Lo mismo -contestó Emilia lánguida y somnolienta.
– Pero ella lo dice porque está celosa -dijo Diego Sauri-. Yo lo digo con toda objetividad.
– Qué celosa ni qué nada. Por mí Daniel puede quedarse acompañando al chaparrito a escuchar cuanta comisión, club o secta quiera escuchar -dijo Emilia dejándose caer cerca de su padre.
– Te vino a ver Sol -le avisó Josefa empeñada en distraerla-. Está radiante como un caramelo.
– Se va a librar de su madre -explicó Diego.
– Y de su padre -aumentó Emilia jugando a morder la mejilla del suyo.
– ¿No la vas a buscar? -preguntó Josefa-. Se casa la próxima semana y no la has acompañado.
– Yo me casé la semana pasada y ella tampoco me acompañó. Casarse es cosa de dos, mamá.
– No siempre, hija -contestó Josefa.
– ¿Te hubiera gustado que me casara como Sol? -preguntó Emilia levantándose de junto a su padre y caminando hasta Josefa.
– No sé -contestó Josefa mordiendo la hebra del hilo con que bordaba.
– Sí te hubiera gustado. ¿Por qué no usas las tijeras? -le preguntó Emilia extendiéndole unas pequeñitas que Josefa tenía sobre su regazo y en las que parecía no haber reparado.
– Por idiota -le contestó Josefa.
– Idiota este señor Madero que anda entre los espíritus mientras tiende la cama de un incendio -dijo Diego.
– ¿Tú no vas a moverte del tema? Porque yo no quiero iniciar otra vez la defensa de la moderación maderista. Me voy a dormir -amenazó Josefa empezando a guardar los hilos.
– ¿De qué quieres que hablemos? -le preguntó Diego Sauri-. ¿El otro tema son las bodas? ¿Quieres que te diga que tienes razón, que no debimos permitirle a Emilia que quisiera a Daniel sin más trámite, porque el muchacho iba a irse de un día para otro? No te lo voy a decir, Josefa de mi alma. Este país va a arder en una guerra y la virginidad de las niñas no le preocupará ni a Nuestra Señora de Guadalupe.
– Me voy a mi cama antes de que llegues a tu discurso sobre la democracia como un asunto civilizatorio -contestó Josefa levantándose.
Abandonó su poltrona y caminó por el centro del cuarto, pensativa y disgustada. Diego la miró caminar, sin querer evitarse el viejo encanto que su mujer le provocaba en los momentos más inesperados.
– No se enoje usted -le pidió-. ¿De qué quiere platicar? ¿Qué sueño ambiciona? ¿Qué estrella le bajo?
– No molestes, Diego -dijo la señora Sauri alejándose de los brazos que su marido le extendía.
Emilia sonrió al verlos juguetear, y una especie de consuelo le pacificó la pena rara que era su amor adolescente, abandonado de buenas a primeras, con la misma contundencia con que osó llegar.
– Mañana voy a ver a Sol y la ayudo en todo lo que necesite. Te lo prometo -dijo abrazando a su madre como si fuera su hija.
Detenidas en mitad de la sala, una apoyada en la otra, le parecieron a Diego el centro del mundo.
– Están exhaustas como dos guerreras -opinó Diego contemplándolas con los ojos perdidos en su abrazo. Le pareció que eran hermosas y firmes. Idénticas y opuestas. ¿Qué importaría una guerra cerca de ellas?
Al día siguiente, hija y madre salieron temprano rumbo a la casa de Sol. Desde el portón de la entrada se oía el revuelo del segundo piso. Emilia y Josefa entraron en la recámara donde se amontonaban todas las prendas de ropa interior que una mujer pueda usar en su vida, junto con todas las toallas, sábanas y colchas que pueda necesitar una casa en veinte años, cuando la niña casadera estaba subida en una silla probándose el vestido que apenas había llegado a tiempo de París, con el inconveniente de ser dos tallas más grande que su dueña.
Josefa pensó que hubiera sido mejor encargárselo a la modista más elegante de la ciudad, en vez de lidiar con un disgusto de última hora, pero se ahorró el comentario movida por su odio a la impertinencia. No conforme con eso, se ofreció a conseguir que el traje le quedara pintado a Sol. Pidió alfileres y empezó a prenderlos en el vestido, con una habilidad de modista. En media hora había terminado de ajustar el traje al cuerpo de la muchacha. Hasta entonces, Sol bajó de la silla y Emilia le ayudó a desabrochar la hilera de pequeños botones forrados de organza que le corría por la espalda como un escalofrío.
– Vas a estar preciosa -dijo y la besó para disculpar su ausencia de tantos días.
Sol se había quedado a medio vestir con su corpiño de varillas y sus fondos de olanes.
– ¿Qué te pasó? -le preguntó a Emilia en voz baja y casi sobre el oído.
– Me caí a un río -dijo Emilia jugueteando con sus recuerdos.
Se hicieron hueco entre la corsetería que salpicaba la cama, para acomodarse a cuchichear mientras Josefa y la madre de Sol iban a entretenerse en la sala de los regalos.
Habían montado repisas a todo lo largo y ancho de la gran habitación y no quedaba ni un lugar vacío.
– ¿Dónde pusiste el mío? -preguntó Milagros Veytia a manera de saludo al entrar al salón dispuesta a examinarlo todo con gesto de juez. Paseaba entre la plata, las porcelanas y el cristal cortado, con un desparpajo que ponía en riesgo la estantería completa-. Hay vajillas para un ejército -dijo.
– Van a tener dos haciendas, una casa en la capital, un atelier en París y otros lugarcitos. Les harán falta, no creas -dijo la madre de Sol, fingiendo bañarse de sencillez cuando no cabía en su piel. Luego volvió a caminar entre regalos. Como iluminada, se detuvo frente a un reloj metido en madera con incrustaciones. Una joya de marquetería, a la que estaba prendida la tarjeta de Milagros Veytia. Cuando la leyó, la mujer se deshizo en elogios y agradecimientos.
Como respuesta al panegírico, Milagros se limitó a preguntar condescendiente para qué podía ser útil en ese momento. Josefa le había mandado un mensaje pidiéndole que viniera y le explicó que los motivos de la urgencia estaban todos en las cien alforzas por desbaratar y volver a hacer en el vestido de Sol.
Milagros había quedado exhausta tras la visita de Madero, pero en vez de poner un pretexto y salir corriendo del trabajo, se dijo que le vendrían bien un tiempo de reflexión y silla con algo entre las manos. Los últimos días había caminado kilómetros yendo de un lado al otro de la ciudad, así que le gustó la idea de acomodarse en el costurero a conversar con su hermana.
– Esta mujer se ahoga en un charco -dijo en cuanto la madre de Sol tuvo que irse a solucionar uno de los veinte mil falsos problemas que la agobiaban.
– Y tú no tienes vergüenza. Te vi cambiar la tarjeta -le aclaró Josefa deteniendo el bordado para escudriñar los impasibles ojos de Milagros.
– No me delatarás, ¿verdad? -se aseguró Milagros-. Me parece necio gastar en un regalo para alguien que ha recibido envíos de todos los ricos de México. Con lo que me hubiera costado ese reloj saco a veinte hombres de la cárcel -explicó justificándose con la clara sonrisa de una santa.
Durante los días que siguieron, la vida giró sin reparo hasta casi parecer la misma. En las mañanas, las Veytia conversaban largo junto al vestido de Sol. Quien las hubiera visto de lejos, cosiendo sin aparente preocupación el vestido de la muchacha que se casaría con el hijo menor de una de las familias más ricas de la ciudad, el estado y el país, no podría siquiera imaginar el aire que rondaba sus conversaciones. Josefa sabía por Milagros que durante los días siguientes a la visita de Madero, habían desaparecido de la ciudad decenas de sus más entusiastas seguidores. Para aumentar sus pesares, Milagros le contó que una noche había salido un tren con ciento treinta prisioneros que serían llevados como castigo a Quintana Roo, aquel imaginario lugar lleno de prodigios por el que su marido sentía nostalgia tantas tardes.
Por más que le daba vueltas, Josefa no podía creer que tal paraíso fuera considerado un lugar de castigo.
– Los llevan a hacer trabajos forzados bajo un calor que mata -le dijo su hermana-. No van a pescar y a dormir junto al mar que revuelve los recuerdos de tu marido. Van a la selva cerrada, a dormir entre víboras y mosquitos, a pelearse con el monte para abrir caminos, a comer lo que les avienten, a morirse.
– ¿Todo eso por querer elecciones limpias?
– Todo eso… -murmuró Milagros, en quien por primera vez Josefa percibió el desaliento.
– Vente a vivir con nosotros -le pidió Josefa al verla por un momento de sus vidas en condición de desamparo.
– No es para tanto. La soledad tiene sus placeres.
– Cásate con Rivadeneira -sugirió Josefa cortando un hilo.
– ¿Para arruinarle la vida? -preguntó Milagros.
– Ya se la tienes arruinada -dijo Josefa.
– ¿Cómo va Emilia? -preguntó Milagros, que sintió peligros en semejante conversación.
– Va -le contestó Josefa sabiéndola más desolada de lo que era posible notarle.
Desprendida de Daniel y su abrazo, Emilia quiso hundirse entre los frascos y fragancias de la botica. Su padre la recibió cantando el Ritorna vincitore y no se volvió a tocar el tema del dolor por ausencia.
Diego estaba seguro de que ninguna palabra podía darle a su hija mejor que el entretenimiento, así que la entretuvo enfrentándola a uno de los problemas más abrumadores del ser humano: cómo descubrir las causas de sus enfermedades para poder librarse de ellas.
Con la naturalidad de quien nunca ha quitado ese tema de su cabeza, Emilia volvió a los libros de medicina que guardaba su padre.
– Mira lo que te tengo -dijo Diego una tarde, esgrimiendo un tomo amarillento y deshojado.
Se llamaba Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales y había sido escrita por el médico sevillano Nicolás Monardes y publicada en el año de 1574.
– Tu héroe -dijo Emilia.
– Uno de ellos -contestó Diego dejando aquel libro sobre la mesa central del laboratorio.
Emilia jaló un banco alto y se puso a hojearlo.
– Ya conocían los usos del aceite de liquidámbar -dijo levantando la cabeza en busca de su padre-. ¿Por qué me habías dicho que ésa era una preparación original de la botica Sauri?
– Es original nuestra porque ya nadie la usaba. Y el tiempo es el mejor amigo de la originalidad.
– Dice Monardes que calienta, conforta, resuelve y mitiga el dolor. Tal vez me sirva untármelo.
– Todo sirve para el mal de amores, golondrina -le dijo Diego-. Mientras haya inteligencia en el enfermo, cualquier aceite cura, y tú eres una enferma muy inteligente. Tanto, que muchas veces nos engañas. Hasta parece que ni te acuerdas de tu mal.
– De loca pongo cara de pena frente a Josefa Sauri. Si así le sobran discursos, imagínate si me nota la tristeza. No se le acaba el odio por Daniel en todo lo que le queda de vida -dijo Emilia.
– Tu mamá tiene debilidad por Daniel -inventó Diego, a quien lo aterraba la sola idea de una brecha entre su mujer y su hija.
– Eres fantasioso, papá. Te pareces a Monardes -dijo Emilia guiñándole un ojo-. ¿Ya viste para cuántas cosas dice que usaban el tabaco? Para cerrar heridas, para dolores de cabeza, reumas, males de pecho, dolor de estómago, ahíto, lombrices, hinchazones, dolores ventosos y de muelas, carbúnculos, llagas… Con razón no hay cosa que mi tía Milagros no resuelva liando un cigarrillo.
Pasaron la tarde leyendo y transcribiendo todo acerca del tabaco y sus utilidades. Cuando cerraron la botica para subir a cenar se llevaron el libro a la casa y abrumaron a Josefa con las más extrañas anécdotas sobre el opio y los fantasmas e imaginaciones que provoca.
– ¿Sabes lo que escribió Monardes? -le preguntó Emilia a su madre siguiéndose de largo a la cita-: "A los españoles cinco granos de opio nos matan cuando sesenta les dan a los indios salud y descanso".
– ¿De casualidad no dice cuántos trastornan a los mestizos? Porque yo a veces quisiera privarme de juicio y ver cosas y visiones que me den contentamiento -rió Josefa parodiando las descripciones del libro.
– Tú te mueres con los cinco granos de los españoles -le dijo su marido.
– ¿Ahora me vas a presumir de indio, diciendo que tú aguantas cincuenta? -preguntó Josefa irónica y divertida.
– Te lo demuestro -le dijo Diego.
– No inventes desperdiciar -dijo Emilia-. Con ese tanto aliviamos a cinco moribundos, y a ti puede matarte.
– ¿Matarme? Tú no sabes de qué estoy hecho -presumió Diego regodeándose en la paz de su sillón predilecto.
El poeta Rivadeneira irrumpió en esa paz, entrando a la sala exhausto y pálido como un cabo de vela.
– Se llevaron presa a Milagros -dijo. Y pareció que fuera lo último que podría decir.
– Vamos por ella -respondió Emilia, creyendo que sería cosa de repetir los trucos de unos días antes.
– Esta vez no va a ser fácil -dijo Rivadeneira-. A ella la conocen bien en las cárceles, no podemos inventar que es extranjera. Además el gobernador la detesta desde la noche en que le preguntó a su esposa de dónde sacaba estómago para vivir con un asesino. La detuvieron por orden suya, no de cualquier policía. Por supuesto, en ninguna cárcel hay registro de su entrada -explicó Rivadeneira. Nunca se había sentido mejor informado ni más inútil.
Diego Sauri abandonó su sillón para ir a sentarse junto a Josefa quien, muda desde que entró Rivadeneira, lloraba sin alardes, pero sin tregua. En su cabeza daban vueltas las mil veces en que le habló a su hermana de los claros beneficios de una vida regida por el sosiego. Y temblaba recordando los labios de Milagros al repetirle siempre como un edicto implacable: "Para que tú me veas quieta, tendrán que enterrarme."
Durante unos minutos, Rivadeneira caminó en silencio de un lado a otro de la sala, mirando a Josefa hacer el inútil esfuerzo de abandonar el llanto, a Diego hundir los dedos entre su despeinada cabeza para jalarse los pelos, a Emilia morder la uña de su pulgar izquierdo, moviendo los labios en un silencioso repetir algo que él descifró como un insulto impronunciable. Después empezó a hablar en desorden, como se habla en los sueños, como si oyéndose pudiera encontrar una respuesta. Los Sauri no entendían su soliloquio, lo escuchaban como a un loco peinando sus locuras, pero lo escucharon un buen rato con esa paciencia que sólo procura la angustia.
Ninguno de los tres se atrevió a interrumpir aquel discurso tan incoherente y, sin embargo, no menos coherente que cualquiera de los que cada uno de ellos dejaba pasar por su cabeza. Así estuvieron durante un tiempo que pareció brevísimo y eterno. Un tiempo regido por el anhelo común de ver a Milagros entrar en la estancia para solucionarlo todo con su presencia como un conjuro. Luego pasó el silencio entre ellos, largo como una legión de ángeles ociosos.
Sólo entonces Rivadeneira detuvo su desorden, se puso el saco, caminó hacia el espejo que le ofrecía un paragüero alto, se acomodó el pelo y descolgó su sombrero.
– Lo que tengo que hacer es sacarla de donde esté y llevármela de una vez por todas a un mundo que la ensordezca menos que éste -dijo poniéndose el sombrero-. No se lo voy a preguntar. Estoy harto de condescender, harto de que me trate como si no existiera, de que me tome y me deje como si yo fuera la esposa de un general en campaña -sentenció mientras volvía a ir y venir por la sala de los Sauri, enmudeciéndolos con aquella beligerancia que le desconocían.
Josefa lo escudriñaba como si por primera vez pudiese atisbar la índole de aquella relación casi secreta entre su hermana y el único hombre que le había dado la medida a su ambición de libertad.
– Eso haz. Me parece una idea prodigiosa -dijo levantándose de un brinco y pasándose las manos por la cara como si así pudiera cambiar el paisaje de sus sentimientos-. ¿Cómo vas a sacarla?
– Pidiéndosela al infame que la tiene -contestó el poeta, dueño por completo de una firmeza que sin duda poseía desde siempre, aunque no acostumbrara mostrarla-. Espero no tardar demasiado. Gracias por aclararme las cosas.
– ¿Qué te aclaramos? -preguntó Emilia.
– Todo -le contestó Rivadeneira yendo hacia la puerta seguido por Diego Sauri, que se propuso escoltarlo a donde quiera que se le ocurriese ir.
Eran las diez de la noche cuando se presentaron en la casa del gobernador, acompañados por un notario tembloroso, amigo de Rivadeneira. Dos guardias les impidieron la entrada y uno de ellos tocó un silbato. A su llamado acudieron, en menos de un minuto, treinta hombres armados como para repeler un asalto. Rivadeneira se ajustó el saco, esgrimió su tono elegante y pidió ver al gobernador.
Los guardias lo miraron de la frente a los zapatos como si fuera un loco. Dijeron que el gobernador no estaba y que ésas no eran horas para buscarlo. Como si no los hubiera escuchado, Rivadeneira sacó una tarjeta con su nombre y se la dio al que parecía más importante. Al mismo tiempo, con el tono más afable que Diego le conocía a su noble trato, dijo que el asunto era urgente y que esperarían el tiempo que fuera necesario.
Cinco minutos después, un hombre de traje oscuro con chaleco debajo, se presentó como el secretario privado del señor gobernador, y tras consultar ceremonioso la hora exacta en su reloj de leontina, preguntó si se les había tratado bien y le participó a Rivadeneira que para su jefe sería un honor recibirlo. Escoltado por Diego Sauri y el notario, un hombre bajito que parpadeaba nervioso como si en los ojos tuviera un par de colibrís, Rivadeneira subió las escaleras del palacio en que vivía el repartidor de bienes y desgracias en el estado de Puebla.
Caminaron primero por largos corredores iluminados y desiertos. Luego entraron a un gran salón, de ahí a una estancia y de ahí a un cuarto más pequeño y a otro más pequeño. En ese último el secretario les pidió que esperaran unos minutos, y desapareció tras una puerta de cristales.
– ¿Qué vamos a decirle a este demonio? -preguntó Diego Sauri.
– Yo sé lo que hay que decirle -contestó Rivadeneira como si desde siempre hubiera previsto semejante encuentro.
El secretario volvió con la engominada sonrisa que parecía puesta en su boca desde el día de su nacimiento, y con un ademán les pidió que cruzaran la puerta. Una gran sala presidida por el retrato de Benito Juárez se abrió frente a sus ojos. Al fondo, tras un escritorio alrededor del cual podrían comer doce personas, estaba sentado el gobernador.
– Mi estimado señor Rivadeneira -dijo levantándose en cuanto los vio entrar-. Estoy para servirle.
– Deje libre a mi cuñada -dijo Diego Sauri sin más trámite.
– Yo no encarcelo a nadie, ¿señor…? -dijo el gobernador deteniendo sus ojos en Diego Sauri como quien trata de indagar con qué piedra ha tropezado.
– Diego Sauri -dijo el boticario sin dar más explicaciones y sin extender la mano para buscar la de su poderoso interlocutor.
– Mi amigo Diego Sauri -dijo Rivadeneira, está casado con la hermana de Milagros Veytia. Y Milagros Veytia debería estar casada conmigo.
– Para contarme eso viene usted a buscarme.
– Para pedirle que la deje libre, y garantizarle que me haré cargo de ella a partir del momento en que usted me la entregue. Estoy dispuesto a firmárselo ante notario -dijo Rivadeneira con la solemnidad de un emperador.
– Tendría yo que ir contra la ley. Milagros Veytia está presa porque es un peligro viviente.
– No me lo tiene usted que decir a mí. Lo sé de siempre. Pero es también un lujo y los lujos, usted y yo lo sabemos, cuestan caros -dijo Rivadeneira.
– ¿Qué tan caros?
– Todas las tierras amparadas bajo el nombre de la Hacienda de San Miguel. Tres mil hectáreas cruzadas por un río.
– ¿Tanto vale esa leguleya? -preguntó el gobernador, altanero y burlón.
– No le tolero un agravio -dijo Rivadeneira-. Éstos son los títulos de propiedad. Se los firmo en cuanto me entregue a la señora Veytia.
Sin decir una palabra, el gobernador revisó los papeles hoja por hoja, con el gesto glotón de quien imagina, una por una, tres mil hectáreas siempre verdes. Luego rió escandaloso al tiempo en que tocaba un timbre. El secretario apareció en ese instante haciendo una caravana.
– ¿Ya trajeron a la señora Veytia? -preguntó el gobernador-. Nuestro amigo Rivadeneira me ha ofrecido muy buenas y juiciosas razones a favor de su inocencia absoluta.
– Ya está aquí. ¿La hago pasar? -preguntó el secretario.
– Espere -pidió Rivadeneira-. Firmo antes -dijo amarrando el ansia de verla a su voluntad de ocultarle las razones de su libertad. Diego Sauri lo miró firmar, preguntándose a qué Dios debía agradecerle la fortuna de tenerlo como amigo. Nadie firmó jamás con tan clara certeza de que su nombre abría las puertas de un paraíso.
– Debe usted estar loco -dijo el gobernador tomando los papeles y ordenándole con los ojos al secretario que trajera a Milagros Veytia.
– Créame que ha sido un placer -dijo Rivadeneira.
– Será mejor que la encontremos afuera -aconsejó Diego Sauri acercándose a Rivadeneira. Pero para entonces Milagros había cruzado la puerta, y estaba frente a ellos inmutable y altiva; como si no saliera del fondo de una cárcel secreta.
– ¿Qué te pidió este pillo? -le preguntó a Rivadeneira.
– Una descripción de tus cualidades -dijo Rivadeneira tomándola del brazo y caminando hacia la puerta, temiendo que el hombre aquel pudiera arrepentirse de su trato. ¿Ceder a Milagros? ¿Él? Ni aunque le escrituraran el país con todo y sus mares.
Una semana después, durante la boda religiosa de Sol, Milagros Veytia, que asistía siempre a esas ceremonias para darse el gusto de conversar sin tregua mientras duraban, le prometió al poeta Rivadeneira que tras las elecciones lo acompañaría en un viaje dedicada sólo a quererlo.
– Y entonces me vas a explicar cómo hiciste para que me dejaran libre -le sentenció al oído hincada junto a él a la hora del Sanctus.
– Entonces… -le contestó Rivadeneira como si rezara.
El poeta sonrió apretando su secreto mientras un coro de niños decía el Aleluya de Haendel y Sol tomaba el brazo de su marido para caminar con él hacia la puerta de la iglesia.
Emilia, de pie entre su tía Milagros y su madre, miró a su amiga hecha una muñeca nerviosa y trató de concentrarse en la música.
– ¡Qué desastre estamos permitiendo! -le dijo Milagros al oído.
– ¿Qué podíamos hacer? ¿Rescatarla de la dicha? -preguntó Emilia- ¿Cómo se convence al cielo de que no es azul sino transparente?
– Hija, te estás volviendo sabia demasiado pronto -le dijo Milagros besándola a media iglesia.
– ¿Sabes que el tapete rojo sale desde su casa, cruza el parque, llega a la iglesia y continúa por las banquetas hasta el jardín donde será la comida? -preguntó Emilia informando. Luego, como si una cosa se desprendiera de la otra, cuando Sol pasaba frente a ellas anhelante y blanca, dijo casi en voz alta-: Yo creo que Daniel está perdiendo su tiempo en esto de la lucha por la igualdad y la democracia.
– Puede que tengas razón -le contestó Milagros tras sonreírles a los novios condescendiente como un vaso con leche.
– Claro que tengo razón. ¿No estás viendo? Si todo esto sale de perjudicar pobres, ¿por qué alguien puede querer beneficiarlos?
– Porque no les va a quedar más remedio.
– ¿Por qué no va a quedarles más remedio? Tía Milagros, son dueños de todo.
– Ya lo sé, mi vida. Hasta que dejen de serlo.
– Mi papá no se cansa de repetir que para eso tendría que haber una guerra.
– Ojalá y no -dijo Milagros-. En todo caso hoy no vamos a resolver eso. ¿Te parece si caminamos por el tapete rojo hasta los novios y la fiesta?
– No me trates como a una tonta. No me distraigas la pena. Tú eres la única que no se ha empeñado en distraerme -dijo Emilia cuando cesó la música y en un tono de voz destinado a superarla.
Como toda la gente, Diego y Josefa habían salido tras los novios. En la iglesia quedaban sólo ellas, Rivadeneira, el olor estorboso de los nardos y, justo de espaldas a Emilia, un hombre que al oírla volteó su cuerpo de animal fino metido en una levita impecable, y dijo con la voz redonda de un hallazgo:
– Soy Antonio Zavalza y me encantaría seguir escuchando su conversación.