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La máquina de vapor y sus vagones haciendo tras ella un escándalo de gitanos, llegaron a las cercanías de la ciudad de México como a las tres de la madrugada de un miércoles, a principios de junio. El aire aún oscuro latía generoso y tibio en la cara que Emilia sacó por la ventanilla del vagón para sentir el amanecer contra sus párpados, la brisa despeinándola, el rocío como una premonición del altiplano. Al fondo, dibujados en la oscuridad, estaban los volcanes, vigilando el desastre que corría por esa tierra. Emilia siguió el contorno de sus figuras. Por grande que fuera un desastre, si ahí estaban ellos para contemplarlo, habría un remedio.
El periplo del tren fue tan accidentado que sus tripulantes hubieran merecido una bienvenida como romería. Pero sólo los esperaba en la estación su propio ruido y el cielo aclarándose poco a poco. Daniel, que a veces conseguía dormir como quien se muere, no perdió la modorra sino hasta que el tren dejó de arrullarlo con su estrépito. Abrió los ojos y vio a Emilia cerca de la ventana, con los brazos apoyados sobre los hombros de la pequeña Teodora, hablando en secreto como si fuera posible que aún les quedara algo por decirse.
Tras cuchichear un rato se abrazaron. Emilia besó a Teodora en las mejillas y se soltó llorando con una naturalidad que siempre provocaba en Daniel la misma mezcla de impaciencia y sonrojo. Ella daba poco con el llanto, pero cuando se lo permitía lloraba como quien se ríe, sin inmutarse ni por la opinión ajena, ni por el tiempo que pudiera llevarle salir de su congoja. Así la habían enseñado a llorar en su familia y si no hubiera sido por las quejas que Daniel soltaba cuando la veía hacerlo, jamás se le hubiera ocurrido pensar que su conducta era censurable.
Al verla iniciar aquel homenaje de adiós, Daniel abandonó el piso que le servía de cama, se pasó las manos por la cabeza despeinada, se abotonó la chamarra y carraspeó para ver si ella lograba tomarlo en cuenta de una buena vez. El tren se había quedado vacío y alrededor empezaban a amontonarse sus nuevos pasajeros. Era asunto de bajar al andén y echarse a las calles de la ciudad sitiada, peligrosa y fandanguera en que se había convertido la capital.
En la puerta de la estación tomaron un coche tirado por dos caballos flacos y le pidieron al calesero que los llevara hasta el zócalo. El hombre quiso saber si el lugar en donde pensaban hospedarse quedaba cerca del Palacio Nacional o era sólo por gusto que deseaban acudir a contemplarlo. De ser esta última la circunstancia, él recomendaba no acercarse por ese rumbo. En lo que iba del año, el palacio había cambiado varias veces de moradores, había estado en manos de un bando y otro, con el mismo ritmo que entraban y salían de la ciudad quienes se la peleaban. Esa misma mañana, el rumor era que los villistas y zapatistas, peleados entre sí, habían decidido cambiar al presidente. El zócalo sería una feria de confusiones. La ciudad toda no era el mejor sitio que una pareja pudiera visitar por gusto.
Emilia quiso ir directo a la casa de la colonia Roma. Sabía por Milagros que sus recámaras seguían
abiertas para ellos. Daniel la llamó aparte y le pidió que no escuchara los delirios del rumor público recogidos por un cochero. Terminaron dándole la vuelta a un zócalo desierto. Una puerta de la catedral se abrió a medias para dejar cruzar dos beatas. Un pregonero hizo sonar el silbato del carro en que asaba camotes. Una niñera atravesó cerca de ellos en busca de algún muerto con el que entretener al hijo de sus patrones.
Todos los días aparecían cadáveres regados, sin más dueño que el aire, muertos en mitad de la noche por quítame de allá estas pajas. Al anochecer no les recomendaba que salieran, porque según él a esas horas los revolucionarios andaban aún más sueltos que en el día y más borrachos que en la mañana.
Irritado por el palabrerío del cochero, Daniel le pidió que los dejara a las puertas de un café cercano. Emilia alegó que su estado de mugre no estaba para andar rodando por los cafés. Les urgía un baño.
– Primero está la paz interior y después la limpieza. Lo que nos urge es comer -dijo Daniel argumentando que nadie los vería mal, el mundo ya era de los pobres y de los mugrosos, gobernaban el país los soldados campesinos que habían viajado con ellos en el tren.
Bajaron del coche tras pagarle a su dueño una suma que les pareció estratosférica cuando la oyeron en pesos y ridícula cuando la trasladaron a dólares.
– Por diez dólares uno encuentra quien mate -dijo el conductor de la calesa-. Tengan cuidado de no enseñar que los tienen -recomendó lanzando una última queja contra los oídos de Daniel.
Entraron al café seguros de que el cochero mentía y de que un dólar no estaba cambiándose por tantísimos pesos convencionistas. Emilia todavía guardaba algún dinero del que había ahorrado en los Estados Unidos, donde el doctor Hogan le pagaba honorarios de médico no sólo por lo mucho que la quería, sino como parte de las ganancias que ingresaban mensualmente a la botica por la venta de los medicamentos inventados entre ellos y las cartas de Diego Sauri. A Daniel le quedaban dólares de los que Gardner le había mandado como pago de sus colaboraciones atrasadas, pero entre los dos no creían tener un capital que les permitiera gastar sin medida por demasiado tiempo. Los sorprendió que la cuenta por dos huevos fritos y tres panes dulces acompañados por un café con leche y una taza de chocolate, fuera escandalosamente mayor que tres años antes.
– Casi como un banquete de bodas -dijo Emilia preguntándose cuántos dólares le pedirían a cambio.
En tanto, Daniel se había distraído hablando con una mujer que cargaba un niño en el rebozo. Desmedrada y susurradora abrió un puño para mostrarle el brillante más original que él había visto en su vida. Lo ofreció en sólo seis veces lo que costaría pagar la cuenta del desayuno. Antes de que Emilia, perdida en el escándalo de que un plato de frijoles costara dos pesos, se diera cuenta de lo que sucedía, Daniel puso el dinero en la mano de la mujer y se guardó el anillo.
Mientras se preguntaban si alguien abriría la puerta de la casa de la colonia Roma, se detuvieron a contemplar su aspecto. Estaban sucios como un par de guerrilleros y parecían lo que eran: dos sobrevivientes urgidos del paraíso de camas blandas y tinas gemelas de las que Emilia había hecho uso cuatro años antes, sin pensar que alguna vez estarían entre sus anhelos más elementales. Después de media hora de tocar la campana, una voz atemorizada y chillona preguntó quién llamaba. Emilia reconoció el tono de Consuelo, la solterona que se encargaba de la casa cuando ella la visitó, y vio abierta la gloria que guardaba esa puerta.
Entró ofreciendo disculpas por su facha de náufragos terrestres, pero al cabo de unas frases cayó en la cuenta de que Consuelo había perdido la capacidad de sorprenderse. La casa conservaba su carácter elegante y solemne, pero algo había en el tapiz de los muebles y el blando palpitar de las alfombras que la hacía más acogedora, más como a su reformada cuidadora.
– Si supiera de dónde estamos saliendo, no gastaría sus fuerzas en disculparse por su aspecto -dijo Consuelo-. Al fin de cuentas usted, se vista como se vista, es una persona fina y merece cada una de las paredes con que nos complace albergarla.
Contó después que los meses anteriores, la casa había estado tomada en préstamo por un general villista, cuyo estado mayor se hospedaba en la residencia vecina. El hombre, más malhablado que ruin, consideró necesaria cierta privacía, y se instaló ahí todas las noches desde noviembre hasta hacía un mes, fecha en que el general Villa había hecho el favor de irse con su guerra a otra parte. Consuelo había atendido al hombre y a las tantas mujeres con las que dio en dormir, en todos sus caprichos, con tal de que no agarraran la casa por su cuenta. Se habían comido toda la despensa y hasta los vinos de la cava, pero ni un libro de la biblioteca, ni un plato ni una copa se había perdido.
Cuando terminó de contar su historia, segura de que nada peor podría haber traído esa revolución, se persignó y rogó por el alma de su sobrino Elías, un muchacho de catorce años que se había ido tras el general.
– ¿Le avisaron que murió? -preguntó Emilia.
– Para mí está muerto desde el día en que abandonó la casa -aclaró Consuelo.
– Sus razones tendría el muchacho -dijo Daniel con la voz como un balde de agua fría.
– Su necia idea de que todos somos iguales -respondió Consuelo-. ¿Les caliento el baño?
Daniel tuvo a bien posponer la discusión en torno a la igualdad. La posibilidad de un baño le resultó en ese momento un ideal tan caro como cualquiera de las más puras aspiraciones revolucionarias.
Nada como el agua caliente, pensó Emilia hundiéndose en la transparencia de la primera tina. Daniel se hundió tras ella y se dispusieron a soltar en el agua su mugre de casi un mes. La tina tenía las dimensiones necesarias como para permitir que ahí dentro pudieran moverse a gusto dos sentimentales. Se enjabonaron uno al otro, se abrazaron bajo el agua y jugaron hasta que las puntas de los dedos se les pusieron arrugadas y a Emilia le salieron unas chapas como dos brasas iluminándole la cara. Entonces, hartos de sopearse en su mugre, decidieron cambiar sus cuerpos a la tina de junto para enjuagarse.
– Qué animal magnífico eres tú -le dijo Emilia a Daniel cuando lo vio de pie, sobre ella que aún no se decidía a salir del agua. Desde abajo, morosa, encontró alegre la parte que veía de sus testículos y le acarició las piernas, le besó una rodilla huesuda, se incorporó para jugar a meter su cabeza bajo el arco que hacían sus muslos-. Eres el techo de mi casa -le dijo.
Daniel se agachó a besarla y la jaló hacia arriba sacándola del agua.
– Qué tonteras dices -dijo atándose una toalla a la cintura y alejándose en busca de quién sabía qué.
Emilia empezó a chapotear en el agua limpia, esperando a que Daniel se metiera por fin y dejara de ir y venir por el cuarto.
– ¿Qué buscas que no encuentres aquí? -preguntó poniéndose la mano encima del mechón oscuro que tantas luces guardaba.
– No sé -dijo Daniel entrando por fin al agua tersa en que ella se adormilaba. Tenía ganas de medirle la cintura con las dos manos, de meter la lengua a su ombligo, en el centro de su vientre plano. Pero antes le buscó la boca con la boca y dentro la lengua imaginativa y memoriosa que ella tenía siempre en alianza con sus ojos.
– Hace mucho que no te regalo una piedra -dijo él después, separándose de su boca.
Emilia sintió un escalofrío de oro rozándole los dientes, metió la lengua en un círculo de aire y apretó los labios. Dos lágrimas como enigmas le corrieron por la cara limpia. Daniel le había puesto en la boca el anillo que compró en la mañana.
– No llores que me enervas -dijo-. ¿Te quieres casar conmigo?
Al otro día, planchados y perfumados, salieron a buscar por la ciudad indiferente una oficina de telégrafos, una tienda en la que comprarse ropa, un restorán para celebrar y alguien que tuviera tiempo y ganas de casarlos. Lo primero que encontraron fue la oficina de telégrafos. Emilia envió a los Sauri el telegrama más largo de que se tuviera noticia en tal oficina. Lo segundo fue un restorán lujoso que parecía no resentir los demonios de la carestía. Ahí apartaron dos lugares para las tres de la tarde y salieron a caminar en busca de la ropa y un casamentero.
Casi todas las tiendas estaban cerradas, pero en el mercado encontraron un huipil blanco, bordado por las pacientes manos de una oaxaqueña.
– Qué fortuna no tener enemigos -dijo Emilia mientras caminaban de nuevo, sin rumbo.
– ¿Por qué lo dices? -le preguntó Daniel.
– Porque sí -dijo Emilia.
Caminaban regidos sólo por las ocurrencias del ocio. De pronto, sin pretenderlo, estaban en la puerta de un cementerio.
– Aquí está enterrado Juárez -dijo Emilia reconociendo el Panteón de San Fernando. Lo había visitado cuatro años antes con Milagros, en busca de tumbas gloriosas. Se dispuso a cruzar la puerta para volver a recorrerlo.
– ¿No pretenderás meterte a un cementerio? -le dijo Daniel.
Emilia le respondió con una sonrisa que subió hasta sus ojos oscuros. Daniel recordó a Milagros Veytia diciendo que los gestos de Emilia estaban tocados por una gracia misteriosa. Tal vez su secreto principal fuera no ser perfecta, tener un huequito entre los dientes de en medio, una pequeña marca de varicela que matizaba la presunción de su nariz de diosa, un modo raro de fruncir el ceño cuando una pregunta le parecía inútil.
Entraron al panteón. Emilia caminó adelante diciendo que ahí también había estado enterrado Miramón, el enemigo de Benito Juárez, hasta que Concha su mujer lo sacó para llevárselo a otra parte cuando supo que Juárez descansaba cerca. Daniel rió con la anécdota y Emilia aprovechó para recordarle lo bueno que era no tener enemigos ni desperdiciar la vida en riñas políticas. Lo único justo que uno podía hacer en la vida era perdonar. La única manera de no ser responsable de un alud era no ser nunca uno de los granos de arena que lo forman. Daniel volvió a reír y la acusó de simple. Segura del trabajo que le había costado llegar a tal simpleza, Emilia le pasó la mano por la cintura y caminó en silencio.
Como toda la ciudad, el camposanto estaba descuidado y ruinoso. A las doce del día ocupaban sus bancas mendigos completos y borrachos a medias. Entre ellos y unos setos que floreaban en desorden, Emilia y Daniel caminaron felices de serlo y divertidos con la idea de casarse.
Un hombre viejo como la vejez misma se acercó a preguntarles la fecha. Ellos la recitaron con todo y la hora, el mes y el año. Luego, a cambio de tan pertinente información, le pidieron que los declarara marido y mujer.
– No puedo -contestó el viejo.
– ¿Por qué? -preguntó Emilia.
– Porque tengo mucha hambre -contestó-. Estoy aquí esperando a que regrese mi hija que fue junto con otras mujeres a asaltar la panadería de un español.
– Cásenos mientras espera -le pidió Emilia.
– No -dijo el hombre-. Yo no caso a dos que van a separarse.
– ¿Cómo sabe que nos vamos a separar? -preguntó Daniel.
– Porque soy adivino -contestó el viejo yendo a sentarse a una banca. Emilia y Daniel lo siguieron hipnotizados.
– ¿Y según sus profecías, quién va a quedarse con el gobierno de la revolución? -le preguntó Daniel que desde en la mañana andaba queriendo preguntarle a quien fuera lo que supiera o adivinara de política.
– Los más malos -dijo el anciano.
– ¿Quiénes son los más malos?
Eso ya le toca adivinarlo a usté -dijo el viejo. Emilia se inclinó para asegurarle que ellos dos no pensaban separarse nunca.
– Eso no es cosa que se piense -dijo el adivino-. Se van a separar, porque lo derecho siempre está chueco. Pero si tanto se quieren los caso. Párense ahí.
Señaló un fresno a medio metro de la banca. Luego, sin más autoridad que su gesto de viejo erudito en asuntos de sobrevivencia y sin más trámite que el de preguntarles sus nombres, don Refugio, como dijo llamarse, los declaró marido y mujer. Cortó luego tres hojas del fresno que cubría sus cabezas. Mordió la punta de las tres y se las pasó a ellos para que cada quien buscara un sitio donde morderlas. Luego las revisó como si fueran pliegos llenos de compromisos, se quedó con una, y le dio una a cada uno de los nuevos esposos.
– Este árbol se alimenta con la luz de los muertos. Así que no necesitamos más testigos -dijo el viejo. Luego les preguntó si a cambio de la ceremonia estaban dispuestos a llevarlo a comer.