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El siguiente año, 1917 según todos los que aún podían llevar la cuenta, entró en vigor un decreto disponiendo que los impuestos federales se pagaran en plata. A Diego Sauri se le constipó un catarro de tanto lamentar que la revolución y su locura hubieran servido para hacer presidente a un hombre que no por ser más joven que él se veía menos viejo y no por ser antiporfirista, le imponía al país obligaciones distintas a las del porfiriato. Un congreso de representantes, formado por los vencedores de la guerra, aprobó la existencia de una nueva Constitución. Milagros Veytia sobrevivió con Rivadeneira al terrible incendio que se desató en la estación de Buenavista cuando llegó ahí el tren en que ellos viajaban: un carro parque había estallado frente a sus ojos produciendo la más aterradora feria de luces y detonaciones, tras lo cual Milagros tuvo pretexto para dedicarse a correr toda suerte de riesgos alegando que ni la muerte verdadera la espantaría tanto como ya se había espantado esa vez. Josefa volvió a rodarse la escalera por bajarla corriendo. Rivadeneira no dejó de darle vueltas al rompecabezas que había puesto en su entresijo el general Álvaro Obregón al retirarse del gobierno carrancista para comprar un rancho en el que construir un emporio agrícola, él, cuya estrella militar tenía deslumbrado a medio país. Sol García parió una hija tres meses después de morir su marido y Emilia supo a plenitud que es posible conciliar la serenidad con el lujo de las pasiones desmesuradas.
Dormía en la casa de Antonio Zavalza, comía con él en la de sus padres, desayunaba camino al hospital, cenaba donde el hambre de la media noche encontrara su estómago. Todo, hasta la política, que vista de lejos le parecía un espectáculo muy atractivo, corrió por ese año como los ángeles que cruzan los salones cuando se hace un silencio. Y de todo, Emilia guardaba un recuerdo minucioso que hacía las delicias de Zavalza. Oírla recordar los acontecimientos de la semana, como si quedaran lejos y merecieran archivarse en el país de la memoria, le gustaba tanto que una tarde, después de comer, la llevó a caminar la ciudad en busca de un regalo. Bajo la tarde pálida del sábado, se llegaron hasta las calles estrechas en las que se alineaban las tiendas de muebles que fueron apareciendo durante los años de la revolución, con el fin de vender en ellas las extravagancias que llegaban a diario desde las haciendas saqueadas o las casas que los ricos abandonaron intactas, para no correr el riesgo de morirse cuidándolas.
La mecedora estaba colgada de un gancho cerca del cielo raso. Era una de esas piezas de encino que llevan el respaldo y los barrotes labrados. En el cabezal tenía la cara de un viejo sonriente, acorralado por sus barbas y sus bigotes. Zavalza pidió que la bajaran. Cuando la tuvo enfrente le mostró a Emilia la cara del viejo y quiso saber si ella pensaba que aquel grabado podría ser un buen oyente. Emilia probó el asiento columpiándose con energía y le preguntó a Zavalza si pensaba irse. Zavalza dijo que nunca se iría por propia voluntad, pero que necesitaba estar seguro de que aunque así fuera, ella tendría siempre un escucha con el que recuperar el tejido de memorias que hilaba empeñosa y febril, como quien teje una obra de arte.
– A él podrás contarle todo -dijo Zavalza-. Hasta lo que no me puedes contar a mí.
Emilia lo llamó celoso y se levantó a besarlo para borrarle de la imaginación todo lo que su ceño fruncido conjeturaba. No hablaban nunca del tema Daniel, pero sabiendo de su inclinación a recordar como quien borda, era lógico que Zavalza tuviera como una piedra la certidumbre de que ninguno de sus encantos y aventuras había ella olvidado en dos años.
Volvieron a la casa con la mecedora. En la puerta de la calle, Zavalza quiso que su mujer se acomodara en ella para cruzar el umbral cargándola con todo y silla. Emilia cedió a sus deseos con una solemnidad poco usual. Acomodó los pliegues de su falda, alzó los pies del suelo, cerró los ojos y avisó que estaba lista. Zavalza vio un temblor agitando sus pestañas oscuras y antes de levantarla se acercó a oír la boca con la que ella murmuraba algo parecido a una jaculatoria. Al sentirlo cerca, Emilia le extendió un beso como un cheque en blanco. Un minuto de cielo los tocó con su embriaguez y su audacia. Luego él alzó la silla y entró en la casa cargando aquel botín de penas y glorias que la vida había tenido la generosidad de poner en sus brazos.
Aquel había sido un día largo: en la madrugada una mujer tuvo a bien parir triates, más tarde un hombre llegó con el brazo a medio arrancar por el machete de su compadre y, para culminar, madame Moré irrumpió como a la una dando gritos presa de una apendicitis que operaron sin quedar seguros de que sobreviviría. Madame Moré era una vieja simpática y cariñosa cuya fama de puta europea había traído a Puebla cuarenta años antes a hombres de todas las regiones del país. Con el tiempo estaba convertida en una especie de abuela exótica dispuesta a pregonar por fin que su condición de europea le venía de un zuavo que tras dormir una noche sobre el petate de una zacapoaxtla, le dejó sembrada en la barriga una niña de ojos verdes y pelo rubio cuyo nacimiento avergonzó al pueblo entero. Horrorizada de haber prohijado semejante rareza, su madre había hecho viaje a la ciudad para dejarla en manos de alguien que tuviera el desfalco de una piel tan clara como la suya. El único sitio de blancos al que la zacapoaxtla pudo colarse a las once de la mañana sin que nadie se lo impidiera, fue el honorable quilombo cercano a la estación del ferrocarril. Ahí, dormida en mitad de un cuarto de blancas mujeres dormidas, dejó a la criatura con la tranquilidad de que entre ellas nadie encontraría extraños su color y sus rasgos. Emilia y Antonio la habían adoptado sin más a pesar de la pestilente fama que la acompañaba, desde la primera tarde en que se presentó a consulta. Porque desde entonces, los entretuvo sentarse a escucharla soltar refranes o describir con minucia las intimidades de todos aquellos que alguna vez se refugiaron contra el poblado vello zacapoaxtla que cubría su blanquísimo pubis bretón.
Era media noche cuando a Emilia la despertó el frío sobre su cuerpo trenzado a la desnudez de Zavalza. Amodorrada y tiritando, Emilia recordó en desorden todas estas cosas mientras jalaba sobre su cuerpo y el de Antonio el edredón de plumas que siempre consideró un símbolo perfecto del cobijo que todo le prodigaba en torno a ese hombre. Se acurrucó contra su espalda dormida y lo escuchó decir entre sueños palabras de esas que penetran la noche con su significado y se quedan para siempre en los tímpanos de quien las escucha. Eso, pensó, debía ser lo que sus padres llamaron siempre felicidad.
Dos años después, para marzo de 1919, el hospital tenía veinte camas y siete médicos más. Sol García se
había convertido por azares de la mala fortuna que la revolución trajo a los bienes de familia de su marido, en su administradora, la más perfeccionista y racional del mundo. Zavalza decía que ni con lupa ni en Alemania podrían haberse encontrado una maravilla como ésa y, al escucharlo, Emilia se llenaba de orgullo como si la misma sangre de Sol latiera en ella. Si les hubiera interesado saberlo, ambas se habrían enterado de lo mal visto que estaba entre alguna gente ver trabajar a dos mujeres como ellas. Pero ninguna tenía tiempo ni ganas de preguntarse por la opinión ajena, así que gozaban con su quehacer sin necesidad de que alguien, aparte de ellas y sus corazones, estuviera en paz con el asunto.
Esa primavera Emilia y Zavalza aceptaron la invitación del doctor Hogan para presentar en el Geneve College of Medicine de Nueva York, una conferencia sobre los parásitos intestinales, tema que hasta la fecha nadie conoce con más precisión que los médicos mexicanos. Aun en esas épocas de epidemias y asesinatos, Sol había contado que de cada diez enfermos, cuatro lo estaban de algo relacionado con un mal en sus estómagos.
Emilia tenía particular devoción por el Geneve College porque en 1847, cuando ninguna universidad norteamericana permitía la entrada de mujeres a la carrera de medicina, los alumnos de esa escuela, consultados por el decano sobre si aceptarían a una mujer entre ellos, dieron por escrito un sí unánime, pensando que la pregunta era una broma. Elizabeth Blackwell, como se llamaba la joven en cuestión, armó con semejante asunto tal revuelo que convenció a sus futuros compañeros de que no había motivo para retractarse de lo que decidieron jugando. Entonces, a pesar de que las autoridades habían predicho graves incidentes por la presencia de una mujer en las aulas, poco a poco apareció, entre los estudiantes y su colega femenino, un aprecio genuino. Tanto que cuando uno de los maestros pidió a la señorita Blackwell que se ausentara durante las explicaciones anatómicas del aparato reproductor masculino, sus compañeros secundaron su negativa a marcharse. Tras los dos años que por esas épocas duraba la carrera de medicina, Elizabeth se licenció con las más altas calificaciones de su grupo.
La doctora Blackwell había sido maestra de Hogan, y el hombre sentía por su historia y su vida una devoción que sembró completa en la conciencia de Emilia. Como si la hubiera conocido, Emilia sabía de las tribulaciones de esa mujer durante su visita a Londres, donde se le permitió el acceso a las clases y los hospitales, pero fue rechazada por muchas de las mujeres a las que intentó atender. No había encontrado menos penas en su paso por Francia, donde en su afán por aprender aceptó trabajar en la escuela de comadronas, única en la que se le permitió practicar la obstetricia.
A encontrarse con Emilia y Zavalza fueron a Nueva York el doctor Hogan y la intrépida Helen Shell, quienes se habían enamorado como si uno no fuera treinta y cinco años mayor que la otra, o por eso mismo. Helen seguía siendo la impulsiva que encantó a Emilia cinco años antes y, tocado por la magia de la joven filósofa, Hogan se parecía a las fotos de la época en que su primera mujer vivía encendiendo sus treinta años.
Cuando volvieron a México, Emilia dedicó las noches del siguiente mes a columpiarse en la mecedora. Tenía la suposición de que todo lo que quisiera recordar cuando fuera vieja debía archivarlo ahí como en un sobre del que podría extraer enigmas y sueños cuando la vida empezara a volverse sólo un manojo de impulsos y formas inconstantes. De ese paraíso, tejido con recuerdos, no habría nunca nadie que pudiera expulsarla.
Zavalza la veía columpiarse en la silla lo mismo para recontar sus yerros que para conversar sus ilusiones o quebrantos. Había aprendido a conocerla por completo y sabía, quizás tan bien como ella misma, qué obsesiones la despertaban, qué sobresaltos y por qué abismos de nostalgia cruzaba algunas tardes de silencio, cuánta azúcar le ponía al café de las mañanas, de qué modo había dado en gustarle la sal, cómo dormía doblada sobre su lado derecho y qué caminos debía él seguir para tocar sus sueños.
Agradecía de Emilia la ventura de saberse querido y la emoción diaria de verla ir por el mundo persiguiendo siempre una sorpresa. No sabía darse por vencida, no usaba nunca la palabra incurable, no creía en Dios, pero de qué manera en algo así como la Divina Providencia. Cuando no le funcionaba un tratamiento intentaba otro. Le había enseñado a Zavalza que nadie se enfermaba igual de la misma cosa y que por lo mismo nadie tenía por qué curarse de lo mismo con lo mismo. Diagnosticaba los males de la gente con sólo verle el color de la piel o la luz en los ojos, con sólo detenerse en el tono de la voz o el modo de mover los pies. Zavalza la consideraba tan eficaz como un laboratorio ambulante. Nunca la escuchó hacer preguntas tan imprescindibles como el simple y directo ¿qué le duele? Y cuando nadie se atrevía a decir de dónde venía un mal o todos lo encontraban desconocido y peligroso, ella salía con tres contundencias increíbles y la mayor parte de las veces acababa teniendo razón. Gracias a su empeño conciliador el hospital a veces parecía más un consejo de locos que un centro científico, pero en el fondo estaba de acuerdo con su eclecticismo y sus búsquedas.
Para cuando al país entero lo tomó la epidemia de influenza española, además de la planta de médicos con título universitario, Emilia había ido llevando poco a poco a un tanto igual de curadores sin título, cuya presencia dio al hospital la fama de ser un sitio en el que todo era posible. Convivían ahí enriqueciéndose con el intercambio indiscriminado de sus conocimientos, tres célebres médicos homeópatas, dos autoridades indígenas que se llamaban a sí mismos médicos tradicionales y una partera de oficio más apta para el trance de sacar hijos que el más famoso ginecólogo neoyorquino. Además, enviado por Hogan, cada semestre los visitaba un médico extranjero, dispuesto como nadie al sorprendente intercambio de conocimientos.
Como llamada por la fuerza de un eco, la pequeña Teodora apareció un mediodía en la botica de los Sauri. Cuando Emilia y Zavalza llegaron a la Casa de la Estrella muertos de hambre, por ahí de las cuatro de la tarde, encontraron a Josefa acostada en el suelo, con Teodora subida sobre su espalda apretándole los sitios que desde su caída no encontraban alivio. Por Emilia, Zavalza sabía de aquella vieja y sus manos de artista, así que no lo sorprendió oír a su mujer nombrarla con la intacta devoción de una alumna y alegrarse, pero nunca sorprenderse con su llegada.
Total, para que aquel hospital fuera lo más parecido a un circo de tres pistas, un atardecer anaranjado apareció Refugio con su colección de enigmas bajo el brazo. Al verlo entrar en su despacho, guiado por Diego Sauri, Emilia sintió el recuerdo de unos pájaros en el centro de su estómago y se preguntó mientras lo abrazaba qué sería del marido que le vaticinó como un imposible. Llevaba casi cuatro años sin verlo, y aunque vivía en paz y su corazón estaba mejor cuidado que nunca, Emilia sabía como quien sabe que tiene ojos, sin por eso vivir siempre pensando en ellos, que su cuerpo guardaba inamovible su devoción por el otro hombre de aquella vida. No pensaba de más en esa certidumbre, la guardaba para sí como todo el mundo guarda secretos bajo el alma con que sonríe, pero a veces, se permitía incluso alimentarla, y aunque no hiciera una sola pregunta cuando Milagros resumía sus cartas en ausencia de Zavalza, sabía todo lo que necesitaba saber de él. Que estaba bien y vivo, que seguía escribiendo para varios periódicos y que aún la quería a pesar de la furia con que la había odiado durante todo el primer año que siguió a la separación que él llamaba sin más, su arbitrario abandono.
Milagros tenía el don de olvidar las cartas de Daniel en el mismo cajón del tocador, que seguía siendo trajinero de Emilia en su recámara de la Casa de la Estrella. De ahí las tomaba Emilia cada dos o tres meses, y ahí las devolvía bien leídas una tarde después de encontrarlas, a la hora de la siesta. Habían vuelto a ser cartas muy largas, que empezaban con un breve querida tía y que de ahí para adelante usaban siempre el plural ustedes: ¿Cómo están? Les gustaría, les mando, les extraño, les recordé. No hablaban nunca de volver, poco de política, mucho de otros países, nada de otras mujeres. A veces, lograba que Emilia se sintiera culpable sin siquiera mencionarla, y a veces le hacían correr hasta la mecedora a invocar el sortilegio de otros tiempos. Después, las horas, la curiosidad y el amor de cerca, volvían a imponérsele como un filtro entre la vida real y la fantasía de recordar al hombre de sus muchas guerras.
Refugio entró al hospital con el cargo de conversador oficial. Al principio, sólo Emilia confiaba en los poderes curativos de su lengua, pero la experiencia hizo que casi todos ahí lo consideraran de una utilidad práctica sin igual. Refugio lo mismo servía para hablar con recién paridas que con moribundos, con niños lastimados que con hombres reacios a decir de sí mismos nada más allá que su nombre, y como tenía más tiempo que nadie para escuchar, resultaba un espléndido compendiador de las fases por las que iba pasando cada enfermo.
En el transcurso de los últimos años, Emilia había desarrollado una particular predilección por los casos relacionados con el cerebro y la médula espinal, esos dos misántropos, que encerrados en sus cajas de hueso lo controlan todo sin rendir más cuentas que las sugeridas por uno que otro destello, con el que muchas veces no se sabe qué hacer. Iban a parar a sus manos todos los casos relacionados con cambios abruptos en el estado de ánimo, trastornos en la memoria o el lenguaje, parálisis, convulsiones, visión rara, falta de arreglo en los movimientos o cualquier otra cosa inusitada. Ella se daba a la tarea de clasificar los síntomas y los signos que podían venir de eso que ya daba en llamarse el sistema nervioso central y que no era entonces mucho menos desconocido y arcano de lo que sería ochenta años después. Refugio la ayudaba escuchando, recuperando con paciencia cada una de las sensaciones, imágenes, impulsos y despropósitos que aparecían en un paciente cuando ella no estaba cerca.
El azaroso año de 1920 vio levantarse contra el gobierno a una mayoría de generales inconformes con la calma restauradora del carrancismo, lidereados por Álvaro Obregón y la buena estrella militar que Josefa reconoció siempre en su agricultor predilecto. Emilia vivió ese año intrigada como nadie por los desolados paisajes interiores de una mujer que entristeció sin más, los insólitos sueños de un hombre enfebrecido porque sí, los atisbos de música angelical que oía una muchacha antes de caer en convulsiones que su cura confesor consideraba la toma de su cuerpo por el demonio, las dificultades en el habla de un niño inteligentísimo para escribir, la contundencia con que un hombre maduro se empeñaba en afirmar que su mujer era un paraguas, el nítido recuerdo del ayer y el preciso olvido del presente que confundía la vida de algunos viejos, la luz tibia y morada con que veía las cosas un adolescente en los minutos previos a un desmayo del que volvía cinco minutos más tarde extenuado como si regresara de escalar un monte. Nada le llenaba más la vida profesional que su trato con el desconsuelo, los placeres y encantos guardados en el misterioso parentesco entre lo que cada quien siente, piensa, imagina, y lo que su cuerpo alberga bajo el nombre de cerebro. Movida por semejante pasión, decidió emprender un viaje a los Estados Unidos para tomar un curso al que Hogan la convocó de un día para otro, en el tono suave pero conminatorio con que los maestros no dejan nunca de llamar a sus mejores alumnos. Zavalza no podía acompañarla porque el viaje era demasiado largo y el hospital no se adaptaba a la falta de ambos por tanto tiempo. Así que Emilia buscó la compañía de Milagros, siempre dispuesta al viaje, dado que a su edad, según decía, era ya la única manera sensata de correr riesgos y sentirse como recién enamorada.
Era octubre y el día anterior la Cámara de Diputados había declarado presidente constitucional de la República al general Álvaro Obregón, cuando Zavalza las dejó en un barco que salía de Veracruz rumbo a Galveston y Nueva York. Emilia notó la cara de animal abandonado que Antonio pretendía ocultar mirando al frente como si algo se le hubiera perdido en el infinito. Era un hombre generoso y sensato, se hubiera lastimado con cualquier cosa antes que disputarle a Emilia su derecho al viaje, pero a pesar del esfuerzo que hacía para no demostrarle su desazón, todo en él había perdido el sosiego con que solía ayudarse. La lógica se negaba a estar con él para explicarle que no la estaba perdiendo para siempre, que las separaciones fortalecen, que antes había podido vivir solo, que no se moriría por más que se sintiera agonizando.
– Si quieres no voy -le dijo Emilia conmovida, pero tramposa.
Zavalza sonrió, agradeciéndole el guiño mientras se desprendía de su abrazo. Luego le pidió que no lo sacara de su cerebro y bajó del barco que avisaba de su partida lanzando al aire un grito ronco.
– Suena a promesas -dijo Milagros tras escuchar la sirena varias veces. Agitó entonces su brazo envejecido para acompañar la fiebre con que su sobrina movía el suyo en homenaje y bendición del Antonio Zavalza que palpitaba en la orilla.