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VI

Emilia empezó con un catarro tan escandaloso como el de Milagros y terminó con viruelas locas. Durante dos semanas, Josefa no pudo hacer más que, bañarla con yerba mora varias veces al día y soportar las críticas que casi todo el mundo tuvo contra el método curativo inventado por Diego.

– ¿Estaremos haciendo bien? -le preguntó a Diego una mañana en que el boticario leía el periódico Regeneración con la misma concentrada paciencia que hubiera puesto en estudiar la más novedosa receta médica.

– No. No creo que se logre.

– ¿Crees que le quedarán muchas marcas?

– Ya está marcado por sus infamias.

– Diego, hablo de Emilia. De momento no me importa el destino del gobernador de Sonora.

– Es gobernador de Nuevo León.

– No me haces caso. Tendré que pedir trabajo en un periódico para que me oigas. Al Imparcial voy a ofrecerle mis servicios.

– No menciones ese periódico de porquería.

– Emilia tiene un aspecto lastimoso y a ti no te importa -le reprochó Josefa, que de sólo ver a su hija quería llorar. Su cuerpo era un territorio purulento. Le dolía la garganta, le picaba la espalda, sus facciones se deformaron con un montón de granitos blanquecinos.

– No te aflijas -le dijo su marido-. Dentro de doce días tendrá la piel de siempre.

Josefa lo escuchó escéptica.

– Nadie baña a sus hijos -dijo.

– Porque la medicina es una racionalidad imperfecta -le contestó Diego Sauri sin abandonar su periódico-. Todo el mundo cree tener la razón hasta que alguien enmienda la receta. Y las recetas médicas se enmiendan de a poco. Aún existen grandes eminencias practicando sangrías.

– Ahora los bárbaros parecemos nosotros.

– No importa -sentenció Diego-. Hacen más por la medicina quienes buscan que quienes concluyen.

– ¿Dudas cuando me dices qué hacer con Emilia? -preguntó Josefa.

– El que no duda se equivoca dos veces -dijo Diego.

– Con que no la dejes marcada.

– Marcada no se queda con ninguno de los dos métodos. Sólo que el mío es más limpio.

Josefa asintió en el tono irónico que usaba cuando su marido concluía irrebatible algo que ella encontraba más bien incierto.

Una semana después, Emilia dejó las últimas costras en la tina del baño azul y pudo volver a la escuela que tras varias discusiones y muchas dudas le habían escogido sus papás.

– Todo menos meter a la niña con las monjas -había dicho el señor Sauri cuando hubo que pensar en la instrucción de su hija-. Ahí lo único que le enseñarían son rezos y de lo que se trata es de formar una criatura que se entienda con las antinomias del mundo moderno.

– ¿A los siete años? -preguntó Josefa y se enfrascaron en un litigio que terminó con Emilia inscrita en el colegio de una solterona severa y puntillosa que guardaba consigo una historia de amores prohibidos.

Enseñaban catecismo en su colegio, pero los Sauri contrarrestaban esa información diciéndole a Emilia que era una teoría como cualquier otra, tan importante aunque tal vez menos certera que la teoría sobre los dioses múltiples que predicaba la cabeza de Milagros. Por eso Emilia creció escuchando que la madre de Jesús era una virgen que se multiplicaba en muchas vírgenes con muchos nombres, y que Eva fue la primera mujer, salida del costado de un hombre, culpable de cuantos males aquejan a la humanidad, al mismo tiempo en que sabía de la paciente diosa Ixchel, la feroz Coatlicue, la hermosa Venus, la bravía Diana y Lilith, la otra primera mujer, rebelde y sin castigos.

En las tardes, Josefa le enseñaba piano y pasión por las novelas, mientras Diego le hablaba sin juicio ni tregua de política, viajes y medicina. A los once años, el doctor Cuenca empezó a enseñarle cómo tocar el chelo. Era un maestro exigente y de poquísimas palabras, pero la niña aprendió a quererlo así, porque él la quería como a la hija, que nunca había tenido.

Cuando llegó a Puebla el kinetoscopio de Edison, costaba treinta centavos una función que duraba medio minuto. Ahí se acercó Emilia por primera vez a la ilusión de conocer el mundo, que su padre le alimentaba sin tregua. El norte de África, San Petersburgo, Pompeya, Nápoles y Venecia, fueron algunos de los primeros lugares que sus ojos tocaron desde lejos, mientras oía la voz de Diego Sauri, infantil y cálida en mitad del silencio:

– Un día tienes que ir allá.

Al volver del jacalón de madera al que llamaban sala de cine, Josefa sentenciaba a su marido:

– Vas a convertir a Emilia en una insatisfecha permanente. Si la sigues llenado de imposibles crecerá como una planta de selva en mitad de un patio. No quiero que vuelvas a decirle que viajar es una forma de destino.

– ¿Eso le digo?

– La inquietas de más. Yo tengo cuarenta años y no he salido del país. ¿Cómo va a hacer ella para ir a la tercera parte de los sitios en que le aseguras que estará?

– Ella vivirá toda su vida en otro siglo -contestó Diego acariciando con su voz el aire que imperaba en su casa.

Mientras Emilia iba creciendo cobijada por las libertades de ese aire, Daniel Cuenca aprendía el mundo bajo la tutela de don Camilo Aberamen, un hombre de formación anarquista que ponía toda la fuerza de sus creencias en educar a un grupo de muchachos elegidos por él entre los aspirantes a su remota escuela, justo por el temple que los recomendaba. Tenía la certeza de que la inteligencia crecía mejor en los niños de espíritu indómito. Y era su placer y su orgullo enseñarlos a tramar razones y a gobernar su emoción, sin perder la bravura. Con él aprendían lo mismo música que latín y estudiaban tantas horas de matemáticas como horas subían cerros y saltaban obstáculos entrenando sus cuerpos para batallar con la vida.

Sus alumnos salían de aquel colegio perdido en un pueblo polvoso en las faldas del volcán Citlaltépetl, los meses de diciembre y enero. Entonces Daniel volvía a la casa de su padre y a los juegos con Emilia.

Una de aquellas veces fueron juntos a conocer el mar.

Diego Sauri, Manuel Rivadeneira, las dos hermanas Veytia y Emilia tomaron el tren en la estación de Puebla. Por única vez en su vida Milagros había aceptado mostrar en público que un trozo de su libertad lo cedía a veces al poeta Rivadeneira: lo invitó al viaje en tren hasta la playa, después de largas discusiones con Josefa.

– Si lo invito, vas a querer que me case con él. Y no voy a correr ese peligro -dijo. Sin embargo, la mañana en que salía el tren, se presentó en casa de los Sauri acompañada por Rivadeneira y su inagotable erudición.

Manuel Rivadeneira era un hombre rico, de placeres sencillos. Disfrutó siempre todo lo que la vida le fue dando, sin pedir nunca más de lo que le tocaba. Con esa resignación había aceptado la negativa de Milagros a casarse con él, y con esa sabiduría había logrado quedarse junto a. ella sin más explicaciones.

Vivía solo, pero tenía instantes de luz que ningún casado soñó jamás. Se encontraba con Milagros cuando ella quería. Así que nunca vio una mala cara, ni sintió la oscuridad del tedio cruzar por la sonrisa de la mujer que le llenaba la vida. Leía sin horario y vivía sin prisa. Su casa tenía un silencio de iglesia.

El tren arrancó haciendo un ruido que a Emilia le entibió la piel. Por primera vez emprendían un viaje de los mil que a diario ambicionaba su padre para ella.

Tres estaciones y casi dos horas después, llegaron a San Andrés Chalchicomula. Cuando el vagón en que viajaban cruzó despacio frente al andén, Emilia vio por la ventana la figura larga y la cabeza alborotada de su amigo. Tenía a sus pies la maleta de cuero con la que iba y volvía cada fin de año y sobre la cara una larga mecha de cabello cobrizo con la punta levantada. Al verlos aparecer, Daniel sacó de su bolsillo una flauta y se puso a tocar algo de su propia invención.

– A este niño se le nota la libertad en cuanto lo dejan suelto -dijo Milagros viéndolo desde la ventana con toda la complacencia de la madre que no era.

– Se nota que lo adoras -dijo Rivadeneira.

En cuanto se abrieron la puertas, Daniel irrumpió en el vagón haciendo más escándalo que una feria. Emilia le dio la bienvenida a gritos. Se abrazaron riéndose hasta rodar por el suelo y sólo cuando el movimiento volvió a sacudir el tren, Josefa logró acomodarlos en dos sillones contiguos dándoles unas barajas españolas y una bolsa con galletas para que se hicieran al ánimo de entrar en paz.

Jugaron brisca y discutieron hasta llegar a las cumbres de Maltrata. El tren subía una cuesta muy empinada y estaban rodeados de nubes. Caía una llovizna menuda sobre los cerros que perforaban la niebla. El valle por el que habían viajado un rato largo se convirtió en un acantilado por cuyas laderas a veces se suspendían cabañas y a veces giraban arroyos. Todo era verde o agua a su alrededor.

Anduvieron por ese paisaje hasta quedarse dormidos uno contra otro. Empezaban a sentir frío cuando un largo silbar de la máquina les anunció que habían llegado a Boca del Monte. Las puertas del vagón se abrieron de par en par y el tren quedó enfrente de una cabaña con la mesa servida y una gran lumbre de colores. Desde entonces, siempre que sentía frío, Emilia añoraba esa noche junto al fuego de la posada.

Al día siguiente, cuando llegaron a Veracruz para instalarse en el Hotel de México, justo en la playa del muelle, frente al primer mar de sus ojos, Emilia conoció el calor del trópico y el café en que sus padres se enamoraron de golpe y sin regreso.

Otras vacaciones, Milagros los hizo recorrer todo el estado de Puebla. Les enseñó el valle que según sus conocimientos habían gobernado en otro tiempo los designios del dios Xólotl, y les habló durante horas de los conocimientos astronómicos que cabían en la reverencia a un dios cuyo nombre quiere decir Caminante Celeste. También los llevó a Cholula, el centro religioso más importante del valle de Anáhuac, para que subieran la pirámide erigida en honor de Quetzalcóatl, el dios del aire.

– Era el dios inteligente y bueno, había enseñado a los hombres el arte de trabajar los metales, y el arte, más difícil aún, de gobernar a los pueblos. Cuando le hablaban de guerra se tapaba los oídos -les dijo Milagros Veytia mientras se acercaban al templo en un tranvía jalado por mulas.

Al llegar corrieron por la cuesta que sube a la punta de la pirámide hasta la iglesia que los españoles del siglo XVI plantaron encima del gran templo, sin ningún respeto por el dios con que los habían confundido los primeros habitantes de México.

– Españoles arbitrarios -dijo Daniel contemplando el paisaje sobre el que reinaba el atrio de la iglesia construida para la Virgen de los Remedios.

– Su religión y su tiempo eran los arbitrarios. Además, hijo, no conviene criticar a los antepasados -le dijo Milagros Veytia.

– Mis antepasados eran aztecas, no españoles -dijo Daniel.

– ¿Por eso tienes nalgas de torero? No es como uno quiere, sino como es -dijo la tía.

– Y los aztecas también eran arbitrarios -afirmó Emilia. Tenía las mejillas ardiendo y el fleco húmedo rizándose contra su frente:

– ¿Cuándo regresas al colegio? -preguntó.

– El martes -dijo Daniel pasándole un brazo por el hombro mientras caminaban hacia una mujer que vendía naranjas.

Ese domingo, por primera vez, Emilia encontró urgente pedirles algo a dos dioses al mismo tiempo. Sin embargo, ni Quetzalcóatl ni la señora de los Remedios pudieron ayudarla a evitar que el doctor Cuenca llevara a su hijo de regreso a Chalchicomula.

– Ya entiendo por qué ustedes no le rezan a ningún dios -les dijo a sus padres al poco tiempo.

– ¿Ya? -le preguntó Josefa levantando la cabeza, que había perdido entre los hilos con los que bordaba una servilleta.

– De todos modos no conceden nada -dijo Emilia.

– La única que concede cosas es la vida -intervino Diego tras las hojas abiertas de su cuarto periódico del día-. Y es generosa. Muchas veces concede lo que no se le pide. Pero nunca nos basta.

– A mí me ha bastado -confesó Josefa.

– A ti porque naciste con luna llena -le dijo Diego.

– ¿Yo con qué nací? -preguntó Emilia.

– Tú naciste con luz eléctrica -contestó su padre-. Quién sabe cuántas cosas vas a querer de la vida.

Los domingos extrañaba a Daniel más que los otros días. El jardín de los Cuenca se le hacía tan inmenso como era largo el tiempo.

A su amiga Sol García nunca la dejaban ir con ella a lo que en su familia llamaban tertulias de anarquistas. Así que mientras los adultos preveían la democracia, Emilia recorría la casa como un gato aburrido o se quedaba quieta en una silla de mimbre escuchándolos hablar de música y política. Se entretenía mirándolos desde lejos mientras ellos imaginaban y discutían el futuro como si dependiera de sus designios. Al hablar, Milagros movía las manos de un modo que a Emilia le resultaba elocuente de por sí. Verla desde el silencio era presenciar una danza memorable que sólo a ella le pertenecía y que se le quedó para siempre en el abismo donde uno acomoda sus mejores recuerdos.

Algunas veces, los Sauri llegaban tarde a las reuniones del doctor Cuenca, porque con la misma intensidad de sus pasiones republicanas, Diego cultivaba una irrebatible pasión por los toros que se propuso contagiarle a su hija. Ésa era tal vez una de sus escasas diferencias con Milagros su cuñada, quien no bajaba de carnicería lo que él exaltó siempre como un arte mayor.

Durante todo el siglo XIX, el asunto de los toros fue motivo de discusiones no sólo entre cónyuges y familiares, sino hasta en el Congreso. En 1867 el presidente Juárez prohibió lo que consideraba "una diversión bárbara, salvaje y estúpida que sólo podía agradarle a un gobierno despótico".

En ese punto Diego Sauri no estaba de acuerdo con aquel presidente al que llamaba en sus conversaciones "el implacable y buen señor Juárez". Así que cuando las corridas de toros se aprobaron en la Cámara, él fue uno de los primeros en celebrarlo.

Los Sauri habían conocido mucha gente inolvidable durante el largo itinerario en busca de yerbas medicinales al que llamaron su viaje de bodas. Su amistad con Ponciano Díaz, el primer torero mexicano de la época, se inició en aquel entonces, durante una pesada travesía entre Querétaro y Guadalajara. Cuando recibió la alternativa en la plaza de Puebla, el torero vivió y bebió unos días en la casa de sus amigos poblanos. Al poco tiempo se hizo famoso.

Ponciano Díaz era un hombre sencillo al que Emilia conoció una tarde en que su padre la llevó a los toros, vestida de china poblana y cargando un ramo de claveles más grande que ella.

A mitad de la corrida Diego bajó al ruedo con su hija y ella le entregó las flores a aquel hombre sudado y exhausto vestido de andaluz, a quien la autoridad de la plaza en Puebla había condecorado con una banda verde, blanca y roja igual a la que usan los presidentes de la república.

Emilia le dio los claveles con una sonrisa más bien tímida y Ponciano, que tras la niña descubrió a su amigo Diego Sauri, no tuvo mejor idea que cargarla y dar de vueltas con ella en brazos.

Le habían puesto una corona de laurel, tenía manchado el traje oscuro y olía a sangre como si él mismo fuera un toro lastimado.

Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a Cuatro Dedos,

al que quiero es a Ponciano

que es el rey de los toreros

cantaba la gente para acompañar la danza de su torero preferido.

Cuando Ponciano la regresó al suelo después de besarla mientras felicitaba a Diego Sauri por su "hermosa vaquilla", Emilia vio su falda bordada de lentejuelas, sucia de sangre y tierra, miró a los tendidos en que la gente seguía gritando su delirio patrio por el primer torero mexicano y se encajó los dientes en la orilla de un labio para no ponerse a llorar. Desde entonces, la fiesta de los toros provocó en ella una mezcla de horror y entusiasmo que le costaba esconder.

Trece meses y dos días después, el famoso primer torero mexicano murió de lo que llamaron una afección hepática. Bien sabía Diego cuántos fueron los tragos que se la causaron.

Una multitud de fanáticos desfiló atribulada ante su féretro. Emilia entró al comedor cuando su padre leía la crónica sobre el entierro en uno de los periódicos que tenía extendidos sobre la mesa.

– Cómo es que no se muere mejor el otro Díaz -le oyó decir mientras una lágrima grande caía sobre su taza de café.

Porfirio Díaz llevaba entonces veinte años gobernando México. Veinte años durante los cuales pasó sin reparos de héroe republicano a dictador. Por eso mismo Diego Sauri lo había convertido en su enemigo personal.

Empezaba a iluminarse la mañana. Emilia sintió frío. Estaba descalza y medio desnuda.

– Me piqué con algo -dijo extendiendo su dedo para que Diego pudiera verle sangrar la yema del índice.

Su padre revisó la pequeña herida, la chupó y luego le dio un beso.

– ¿Por qué me lames?

– La saliva desinfecta. Te picaste con algo.

– ¿Con qué? Si estaba durmiendo.

– Tu mamá va a saber-dijo Diego cuando su mujer entró al comedor y tras besarlos estuvo de acuerdo en que la niña se había picado con algo.

– ¿Con qué? -volvió a preguntar Emilia, aún estremecida por la sorpresa que la había despertado.

– Con algún alambre -le dijo su madre llevándosela a vestir.

– ¿No sería tu amigo Ponciano? -le preguntó Emilia a Diego-. Dicen que los muertos regresan.

– Regresan, pero no así -contestó Diego Sauri. Luego volvió al fondo de los periódicos con todo y su alma.

A media mañana Josefa se presentó en el colegio para llevarse a Emilia. El punzón que le había herido el dedo era el diente de una rata encontrada bajo su cama.

En su casa, congregados en tomo al animal que Diego logró guardar en una jaula, estaban el doctor Cuenca, Milagros Veytia y hasta el poeta Rivadeneira. Todos miraban al animal con el horror de quienes ven tras él a la peste bubónica y a la rabia, pero al entrar Emilia disimularon el pánico mientras ella saludaba enseñando su mordida a cada uno de los presentes.

El doctor Cuenca consideró que no podía saberse nada de momento, y los Sauri decidieron conservar a la rata en la casa para observarla durante ocho días. Diego puso la jaula en el patio trasero del primer piso y ahí la dejó correr su tiempo. A los diez días de observarla viva y sana, quedó claro que Emilia estaba a salvo de cualquier daño. Para entonces Diego y su hija habían trabado amistad con la rata y cada tarde posponían su ejecución para el día siguiente. Como al mes no se habló más de ejecutarla y la rata se volvió una invitada habitual, a la que Diego le bajaba zanahorias cada mañana y Emilia pasaba a visitar al volver de la escuela.

– Es un encanto ese animal -dijo Diego Sauri durante la comida de un jueves-. Hasta voy a creer que algo tiene de Ponciano.

– La gente no reencarna en animales. Uno se muere y ya -declaró Josefa.

– Y ya ¿qué? -preguntó Emilia.

– Y ya quién sabe, hija -le contestó Josefa con una tristeza que puso a temblar a Emilia.

– Mi tía Milagros dice que uno se convierte en árbol, Sol García dice que uno se va al cielo, la señorita Lagos dice que al infierno, en casa del doctor Cuenca creen que los espíritus se quedan en el aire y ustedes dicen que quién sabe.

– Eso decimos -aceptó Josefa-. Así que te aseguro que la rata no es Ponciano. Pobre hombre, tanto bregar para que lo quieran ver en un animal de porquería. Ya que se muera, Diego, dale algo.

– Le voy a bajar una copita de oporto -dijo Diego sirviéndose un brandy-. ¿Tú quieres una, Emilia?

– Tienen razón mis amigas -dijo Josefa-. La estamos haciendo una niña rara.

– Pobre criatura si la dejamos ser como las demás -dijo Diego.

– Soy como las demás. Sólo que ustedes son más raros que otros padres -opinó antes de levantarse con la copa de la rata en la mano-. Si se la toma fue torero, si no la envenenamos -dijo.

A la rata no le gustó el oporto, pero Diego se había encariñado tanto con ella que sólo aceptó sacarla de su casa quince meses después y para otorgarle la libertad.

Subidos en uno de los primeros autos de motor que circulaban por la ciudad, los Sauri la dejaron atrás muy temprano en busca del campo. La ceremonia de abandono cobró tanta importancia que iban como invitadas Milagros Veytia y Sol García. El auto era un préstamo a Diego de su amigo el poeta Rivadeneira, quien además de su pasión por Milagros Veytia tenía en su haber una fortuna menos inasible que aquella mujer ingrata y luminosa.

Todos formaban un cortejo, en el que prevalecía la tristeza, presidido por la contundente Josefa Veytia y Rugarcía, como llamaba Diego a su mujer cuando ella se daba la obligación de comportarse como el único miembro de la familia capaz de mantener la cabeza en su lugar.

Caminaban entre las flores lilas que pespuntean el campo en octubre. Diego llevaba la jaula con una mano y de la otra iba colgada Emilia, tarareando una cancioncita que su padre insistía en silbar de madrugada: Agua quisiera yo ser a donde vas a bañarte. Cruzaban un llano buscando el centro.

– Aquí ya está bien -decidió Josefa al poco rato de andar.

Diego Sauri se detuvo a poner la jaula en el suelo.

– Yo le abro -dijo Emilia agachándose para levantar el pestillo que abría la puertecita. Ni un segundo tardó la rata en salir corriendo a estrenar el campo en que se perdería.

– Adiós Ponciano -murmuró Diego cuando la vio desaparecer entre unos matorrales.

– Ponciano era más educado. Ésta ni las gracias dio -dijo Milagros.

– Tienes razón -aceptó Diego melancólico-. Ustedes las Veytia siempre tienen razón.

– Hasta cuando les creemos a los yucatecos -soltó Josefa que había sacado un mantel de la canasta y lo hacía volar contra el viento empeñada en colocarlo sobre el pasto sin una arruga. Cinco veces lo dejó caer y volvió \a levantarlo porque no le gustaba cómo había quedado. La última lo abandonó como estaba para evitarse las burlas de su hermana en torno a su espíritu perfeccionista.

Sentada en el suelo, Milagros la vio trajinar hasta que hubo acomodado sobre el mantel platos, vasos, vino, queso, ensalada, pan, mantequilla y hasta un florero al que le clavó unas flores que le llevaron Emilia y Sol. Milagros detestaba los trabajos que la costumbre les había dado a las mujeres, le parecían suertes menores en las que miles de talentos mayores dejaban el ímpetu que debía ponerse en cosas más útiles.

Cada vez que la tomaba por ahí, su más ferviente interlocutor era nada menos que Diego. Así que ambos pasaron esa tarde previendo un futuro luminoso para Emilia y las otras mujeres del planeta, mientras Josefa reía y las niñas corrían hasta perderse como dos puntos en el paisaje y regresaban a jugar damas chinas o darse el placer de irrumpir en la conversación de los adultos.

– Así está repartido el trabajo. Él pasa todo el día en la botica y no se queja -oyó Emilia decir a su madre mientras ponía queso en un pan.

– De acuerdo, hermana. Lo que no me parece es que Emilia vea tu actitud como algo ineludible y natural. Porque será muy tu hija, pero es mi ahijada y ella puede tener otro futuro.

– Yo voy a trabajar en la botica -dijo Emilia pasando cerca del grupo.

– Ella vivirá en otro siglo -sentenció Diego.

– Nosotros ya vivimos en otro siglo -dijo Milagros encontrando un asidero para empezar otro de sus discursos.

– Bendita seas cuñada, alguien que se dé cuenta -dijo Diego. Luego dio un largo trago de vino tinto.

– Llevamos cinco años dándonos cuenta. ¿Y de qué ha servido? -preguntó Josefa.

– Entre otras cosas ha servido para que el gobernador se reelija por tercera vez en nuestras narices -dijo Milagros.

– ¿Eso qué cambia? -preguntó Josefa.

– Lo que no se ve hasta que se ve -dijo Diego.

– Tu marido puesto en filósofo -rió Milagros.

– Tú empezaste -acusó Josefa-. Con que no sigan con los Flores Magón y eso de ir a visitarlos a Canadá.

– No va a dar a tiempo. Ellos van a volver antes.

– Los van a encerrar en cuanto lleguen -opinó Josefa.

– Avisarán su llegada con tiros, no con discursos -dijo Diego.

– No asustes a Josefa -pidió Milagros.

– Ni tú me protejas, hermana. Eso de la insurrección es una barbaridad. Va a fracasar. No entiendo por qué no lo entienden ustedes -dijo Josefa volviendo al discurso que no se cansaría de repetir: tener un Club Antirreleccionista era una cosa necesaria y correcta, pero convertirlo en un grupo de profesionistas con afán de justicia metidos a disparar, sería una barbaridad.

Oscurecía. Las niñas volvieron de su última expedición y entre todos guardaron los trastos en la canasta.

– ¿Te caíste? -le preguntó Diego a Emilia.

– No -contestó la niña.

– Tienes sangre en la falda. ¿Ahora qué te mordió?

– Nada. ¿Dónde tengo la sangre?

– ¿Dónde la ha de tener? -preguntó Milagros-. También para eso pasan los años.

– No lo digas, no lo digas -pidió Josefa mirando el tiempo en la falda de su hija, en la palidez de su cara infantil, en el asombro de sus ojos, en la prisa con que puso la mano entre sus piernas.

¿Qué tengo? -preguntó Emilia que veía una respuesta en el gesto de los demás.

– La sangre de las mujeres -le dijo su amiga Sol que era un año mayor y hacía tiempo se había conformado con esa frase oscura y unos trapitos blancos para solucionar su pregunta de cada mes.

Diego Sauri se supo fuera de la conversación. Echó a andar hacia ese otro misterio que era el automóvil de su amigo y las dejó hablando entre ellas, bajo un cielo al que empezaban a brotarle tres luceros.

Al rato, las mujeres dieron por resuelto su cónclave. Empezaba a llover. Volvieron cantando. Milagros se hizo cargo de llevar la voz:

Santa Bárbara doncella/tú que fuiste estrella/ líbranos de un rayo y de una centella.

Josefa no hubiera podido decir una palabra más.

Durante la noche despertó varias veces a llorar el primer cambio de su privadísimo siglo XX.

– ¿No te gustan los cambios del siglo? -le preguntó su marido.

– No -contestó ella con la cabeza escondida entre los brazos.

– Éste tampoco me gusta a mí -dijo Diego acariciándole la espalda.