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La casa en la calle West Eleventh, donde Ira vivía con Eve Frame y Sylphid, su elegancia, su belleza, su comodidad, su tenue aura de intimidad sibarítica, la serena armonía estética de sus mil detalles, la cálida vivienda como suntuosa obra de arte, alteraron mí concepto de la vida tanto como lo haría la Universidad de Chicago cuando me matriculara en ella año y medio después. Sólo tenía que cruzar la puerta para sentirme diez años mayor, liberado de mis convenciones familiares, a pesar de que durante la etapa de mi crecimiento me había adherido a ellas en general con placer y sin demasiado esfuerzo. Debido a la presencia de Ira, debido a su manera pesada y despaciosa de andar por la casa, con anchos pantalones de pana, camisas de franela a cuadros, de mangas demasiado cortas y unos zapatos viejos, no me sentía intimidado por una atmósfera, desconocida para mí, de riqueza y privilegio. Debido a esos poderes campechanos de apropiación que tanto contribuían al atractivo de Ira (a sus anchas tanto en la calle Spruce del barrio negro de Newark como en el salón de Eve), muy pronto me hice la idea de lo grata y doméstica que podía ser la vida de los ricos, aquella atmósfera en la que uno respiraba con naturalidad la alta cultura. Era como penetrar en una lengua extranjera y descubrir que, a pesar del alienante exotismo de los sonidos, los extranjeros que lo hablan con fluidez no dicen más que lo que has estado oyendo en inglés durante toda tu vida.
Los centenares de libros serios que llenaban los estantes de la biblioteca (poesía, novelas, obras teatrales, volúmenes de historia, libros sobre arqueología, los tiempos antiguos, música, indumentaria, danza, arte, mitología), los discos de música clásica que llenaban los armarios de dos metros de alto a cada lado del tocadiscos, las pinturas, dibujos y grabados en las paredes, los objetos dispuestos sobre la repisa de la chimenea y que llenaban las mesas (estatuillas, cajas esmaltadas, fragmentos de piedras preciosas, platillos ornamentales, instrumentos astronómicos antiguos, objetos de extraño aspecto, de vidrio, oro y plata, algunos reconociblemente representativos, otros curiosos y abstractos) no se limitaban a formar parte de la decoración, meras chucherías ornamentales, sino que eran posesiones unidas a un estilo de vida placentero y, al mismo tiempo, con moralidad, con la aspiración humana de adquirir importancia por medio de la pericia y el pensamiento. En semejante entorno, ir de una habitación a otra en busca del periódico vespertino, sentarse y comer una manzana ante el fuego eran cosas que podían ser detalles de una gran empresa. O así se lo parecía a un muchacho cuya casa, aunque limpia, ordenada y bastante cómoda, jamás le hacía meditar, ni a él ni a nadie, en la condición humana ideal. Mi casa, con su colección del Information Please Almanac y otros nueve o diez libros que habían llegado a nuestro poder como regalos a miembros de la familia convalecientes, parecía, en comparación, pobre y triste, una insípida cabana. En aquel entonces no habría podido creer que hubiera algo en aquella casa de la calle West Eleventh de lo que alguien quisiera huir. Me parecía el trasatlántico de lujo de los cielos, el último lugar donde tendrías que preocuparte por el trastorno de tu equilibrio. En el centro, erecta, voluminosa y elegante sobre la alfombra oriental de la biblioteca, grácil a pesar de lo maciza que era y visible en cuanto uno pasaba del vestíbulo a la sala de estar, estaba aquel símbolo que se remontaba a los comienzos ilustrados de la civilización, del ámbito de la vida refinado por el espíritu, el maravilloso instrumento cuya forma tan sólo es una amonestación a todo defecto áspero y rudo en la naturaleza mundana del hombre… aquel majestuoso instrumento de trascendencia, el arpa Lyon y Healy, recubierta con pan de oro, de Sylphid.
– La biblioteca estaba detrás de la sala de estar, y se accedía a ella subiendo un escalón -recordaba Murray-. Había unas puertas corredizas de roble que separaban una sala de la otra, pero cuando Sylphid practicaba a Eve le gustaba escucharla, y por ello dejaban las puertas abiertas y el sonido del instrumento se difundía por toda la casa. Eve, quien inició a Sylphid en el arpa allá en Beverly Hills, cuando la niña tenía siete años, no se cansaba nunca de escucharla, pero Ira no entendía la música clásica y nunca escuchaba nada, que yo sepa, excepto las canciones populares de la radio y al coro del ejército soviético, y, por eso, de noche, cuando preferiría sentarse en la sala de estar con Eve, charlando o leyendo el periódico, como hacen en casa la mayoría de los maridos, se encerraba en su estudio. Sylphid tañía y Eve hacía punto ante la chimenea y, cuando alzaba la vista, él se había ido y estaba arriba, escribiendo cartas a O'Day.
Pero después de lo que ella había pasado en su tercer matrimonio, el cuarto, una vez en marcha, siguió siendo bastante admirable. Cuando ella conoció a Ira, salía de un mal divorcio y se estaba recuperando de una crisis nerviosa. A juzgar por lo que decía de él, el tercer marido, Jumbo Freedman, había sido un payaso sexual, experto en entretenimientos de alcoba. Lo pasaron muy bien juntos, hasta que un día ella regresó temprano de los ensayos y le encontró en su despacho con un par de chicas. Pero era todo lo que Pennington no era. Ella tiene una aventura con Jumbo en California, sin duda muy apasionada, y al final Freedman abandona a su mujer, ella abandona a Pennington y los tres, Eve, Sylphid y Freedman, se van al Este. Eve compra esa casa en la calle West Eleventh y Freedman se muda ahí, instala su despacho en lo que sería más adelante el estudio de Ira y empieza a comerciar con propiedades tanto en Nueva York como en Los Ángeles y Chicago. Durante algún tiempo compra y vende propiedades de Times Square, lo cual le permite conocer a los grandes productores teatrales, empiezan a asistir a fiestas y muy pronto Eve Frame actúa en Broadway. Comedias de salón y obras de suspense, protagonizadas por la que fuese belleza del cine mudo. Una producción tras otra es un éxito. Eve gana dinero a espuertas, y Jumbo se encarga de que lo gasten bien.
Eve se aviene a la extravagancia de ese hombre, acepta su desenfreno, un desenfreno por el que incluso ella se deja arrollar. A veces, cuando Eve se echaba a llorar de improviso y Ira le preguntaba por qué, ella le decía:
«Las cosas que me obligaba a hacer, que debía hacer…». Después de que ella escribiera aquel libro y todos los periódicos hablaran de su matrimonio con Ira, éste recibió una carta de una mujer de Cincinnati, diciéndole que si le interesaba escribir por su parte un librito, le convendría ir a Ohio y tener una charla con ella. En los años treinta había trabajado en un club nocturno, como cantante, y fue novia de Jumbo. Le dijo a Ira que quizá le gustaría ver ciertas fotografías que Jumbo había hecho. Quizás ella y Ira podrían colaborar en unas memorias propias; él pondría las palabras y ella, por dinero, aportaría las fotos. Por entonces Ira estaba tan deseoso de venganza que respondió a la mujer, enviándole un cheque por cien dólares. Ella afirmaba tener dos docenas de fotos, así que él le envió los cien pavos que le pedía por ver una sola.
– ¿Y la consiguió?
– La mujer cumplió su palabra. Le envió una foto, en efecto, a vuelta de correo. Pero como yo no iba a permitir a mi hermano que distorsionara todavía más la idea que tenía la gente de lo que había significado su vida, se la quité y la destruí. Fue una estupidez. Sentimental, mojigato y estúpido, y tampoco fui muy clarividente. Haber hecho circular la foto habría sido benevolente en comparación con lo que ocurrió.
– Quería desacreditar a Eve con la foto.
– Mira, hubo un tiempo en que en lo único que Ira pensaba era en cómo aliviar los efectos de la crueldad humana. Todo lo canalizaba en esa dirección. Pero después de que se publicara el libro de Eve, en lo único en que pensaba era en infligir esa crueldad. Le habían privado de su trabajo, su vida doméstica, su nombre, su reputación, y cuando se dio cuenta de que lo había perdido todo, que había perdido su categoría social y ya no tenía que actuar en consonancia con ella, se desprendió de Iron Rinn, dejó de actuar en Los libres y los valientes y abandonó el Partido Comunista. Incluso dejó de hablar tanto. Aquella interminable retórica ofendida. Tanto hablar y hablar cuando lo que quería de veras aquel hombretón era atacar ferozmente. La charla era la manera de embotar esos deseos.
¿A qué crees que venía su actuación en el papel de Abe Lincoln? Se ponía aquella chistera y pronunciaba las palabras de Lincoln, pero prescindió de cuanto le había desbravado, de todas las comodidades civilizadoras, y volvió a ser el Ira que cavaba zanjas en Newark, el Ira que trabajaba en la mina de cinc, allá arriba, en las colinas de Jersey. Recuperó su experiencia más temprana, cuando la pala era su tutora. Estableció contacto con el Ira anterior a la época en que se impuso la corrección moral, antes de que hubiera asistido a la escuela de buenos modales de la señorita Frame y tomado todas aquellas lecciones de etiqueta. Antes de que fuera al colegio privado contigo, Nathan, representando el impulso paterno y mostrándote que podía ser un hombre bueno y nada violento. Antes de que fuera al colegio privado conmigo y a la escuela con O'Day, la escuela donde te ponían al día acerca de Marx y Engels, la escuela de la acción política. Porque O'Day fue en realidad la primera Eve y ésta tan sólo otra versión de O'Day, quien le sacó de la zanja, le hizo salir al mundo de la luz.
Ira conocía su propia naturaleza. Sabía que, físicamente, estaba muy fuera de proporción y que eso le convertía en un hombre peligroso. Tenía la rabia y la violencia y, como medía más de dos metros, tenía los medios. Sabía que necesitaba sus domadores, sus maestros, a un chico como tú, sabía que ansiaba conocer a un chico como tú, que tenía cuanto él nunca había tenido y que era el hijo admirador. Pero, tras la publicación de Me casé con un comunista, Ira abandonó el colegio privado de buenos modales y recuperó al Ira que nunca viste, que zurraba la badana a sus compañeros en el ejército, el Ira que, de muchacho, cuando se independizó, usó la pala con la que cavaba para protegerse de aquellos tipos italianos. Blandía su herramienta de trabajo como un arma. Toda su vida fue una lucha por no tomar aquella pala. Pero después de que se publicara el libro, Ira se dispuso a ser el mismo de antes, sin corregir.
– ¿Y lo hizo?
– Ira nunca eludía un trabajo de hombre, por pesado que fuese. El cavador de zanjas causó su efecto en ella, la puso en contacto con lo que ella había hecho. «Muy bien», me dijo. «La educaré, sin la foto guarra».
– Y lo hizo.
– Lo hizo, sí. Ilustración por medio de la pala.
A principios de 1949, unos dos meses y medio después de que Henry Wallace sufriera una derrota tan aplastante -y, ahora lo sé, después de su aborto-, Eve Frame dio una gran fiesta, precedida por una cena más reducida, con la intención de animar a Ira, el cual llamó a casa para invitarme a asistir. Después del mitin de Wallace en el Mosque, sólo había vuelto a verle otra vez en Newark, y hasta que recibí la sorprendente llamada telefónica («Ira Ringold, amigo. ¿Cómo está mi chico?») había empezado a creer que no volvería a verle. Tras la segunda vez que nos encontramos, y fuimos a dar nuestro primer paseo por el parque de Weequahic, cuando me habló de Irán, le envié una copia hecha con papel carbón de mi obra radiofónica El secuaz de Torquemada. A medida que transcurrían las semanas y él no me respondía, comprendí el error que había cometido al someter una obra mía a un actor radiofónico profesional, incluso la que había considerado la mejor de las que había escrito. Estaba seguro de que ahora que había visto el poco talento que tenía, se había apagado el interés que pudiera haber tenido por mí. Entonces, una noche, mientras estaba estudiando, sonó el teléfono y mi madre entró corriendo en mi habitación: «¡Nathan, querido, es el señor Iron Rinn!».
Ira y su mujer habían organizado una cena, y entre los invitados estaría Arthur Sokolow, a quien él había dado mi guión a leer. Ira creía que tal vez me gustaría conocerle. A la tarde siguiente, mi madre me hizo ir a la calle Bergen, a comprar unos zapatos negros, y llevé mi único traje a la sastrería de la avenida Chancellor para que Schapiro me alargara las mangas y los pantalones. Entonces, un sábado al anochecer, me metí en la boca un caramelo aromático y, con el corazón latiéndome como si me dispusiera a cruzar la frontera del estado para cometer un asesinato, me encaminé a la avenida Chancellor y subí a un autobús con destino a Nueva York.
Mi compañera a la mesa era Sylphid. Todas las trampas que me habían tendido -los ocho cubiertos, las cuatro copas de formas distintas, el gran aperitivo llamado alcachofa, las bandejas que presentaba desde atrás y por encima de mi hombro una mujer negra de expresión solemne, la escudilla para enjuagar los dedos, el enigma que representaba esa escudilla-, todo lo que me hacía sentir como un niño pequeño lo anulaba Sylphid con sus comentarios sardónicos, una explicación cínica, y sonreía o ponía los ojos en blanco, ayudándome gradualmente a comprender que allí no había tanto en juego como lo sugería aquella elegancia. Me pareció espléndida, sobre todo en su faceta satírica.
– A mi madre le gusta poner en todo la rigidez que había en el palacio de Buckingham, donde creció -comentó Sylphid-. Aprovecha cualquier oportunidad para convertir la vida cotidiana en una broma.
Sylphid siguió así durante toda la comida, me hizo confidencias al oído con el espíritu mundano de quien se ha criado en Beverly Hills, al lado de la casa de Jimmy Durante, y luego ha vivido en Greenwich Village, el París de Estados Unidos. Incluso cuando me tomaba el pelo me sentía aliviado, como si me rescatara de un desgraciado accidente que sólo estaba a un plato de distancia.
– No te preocupes demasiado por hacer lo correcto, Nathan. Parecerás mucho menos cómico haciendo lo que no debes.
También me animaba ver cómo se comportaba Ira a la mesa. Comía allí igual que junto al puesto de salchichas al otro lado del parque de Weequahic, y también hablaba de la misma manera. Era el único de los comensales masculinos que no usaba corbata ni camisa de etiqueta y chaqueta y, aunque no carecía de los modales mínimos exigibles a la mesa, al verle ensartar y tragar los bocados resultaba evidente que su paladar no valoraba en exceso las sutilezas de la cocina de Eve. No parecía trazar ninguna línea entre la conducta permisible en un puesto de salchichas y un espléndido comedor de Manhattan, ni la conducta ni la conversación. Incluso allí, donde los candelabros de plata sostenían diez altas velas encendidas y había floreros con flores blancas en el aparador, todo le acaloraba aquella noche, sólo un par de meses después de la aplastante derrota de Wallace (el Partido Progresista había obtenido poco más que un millón de votos en toda la nación, más o menos la sexta parte de lo que había previsto), incluso algo en apariencia tan poco controvertido como el día de las elecciones.
– Os diré una sola cosa -anunció a los invitados, y las voces de todos se desvanecieron mientras la suya, fuerte y natural, cargada de protesta y acerada de desprecio por la estupidez de sus compatriotas, ordenaba con apremio-: Vamos, escuchadme. Creo que este querido país nuestro no entiende de política. ¿En qué otro país del mundo, en una nación democrática, la gente va a trabajar el día de las elecciones? ¿En dónde más las escuelas están abiertas? Si eres un chiquillo y dices: «Eh, hoy son las elecciones, ¿no tenemos el día libre?», tus padres te responden: «No, es el día de las elecciones, eso es todo», ¿y qué vas a pensar? ¿Qué importancia puede tener el día de las elecciones si has de ir a la escuela? ¿Cómo puede ser importante si las tiendas y todo lo demás está abierto? ¿Dónde diablos están tus valores, hijo de puta?
Al decir «hijo de puta» no aludía a ninguno de los invitados. Se refería a todas aquellas personas a las que había tenido que enfrentarse a lo largo de su vida.
Entonces Eve Frame se llevó un dedo a los labios, a fin de que él se refrenase.
– Querido… -le dijo en un tono tan suave que apenas era audible.
– Bien, ¿qué es más importante -replicó él, alzando la voz-, quedarse en casa el día de Colón? ¿Cierras las escuelas por una fiesta de mierda, pero no las cierras el día de las elecciones?
– Pero nadie te lo discute -le dijo Eve con una sonrisa-, ¿por qué te enfadas?
– Mira, me enfado -le dijo él-, me enfado siempre, y confío en estar enfadado hasta el día de mi muerte. Me meto en líos por enfadarme. Me meto en líos porque no me callo. Me enfado mucho con mi querido país cuando el señor Truman le dice a la gente, y ellos le creen, que el comunismo es el gran problema de este país. No el racismo ni las desigualdades. Eso no es el problema. Los comunistas son el problema. Los cuarenta, sesenta o cien mil comunistas. Van a derribar el gobierno de un país de ciento cincuenta millones de personas. Vamos, no insultéis a mi inteligencia. Os diré qué es lo que va a trastornar al puñetero país: la manera en que tratamos a la gente de color, el trato que damos a los trabajadores. No serán los comunistas los que destruyan este país. ¡No, este país va a destruirse a sí mismo porque trata a las personas como si fuesen animales!
Delante de mí se sentaba Arthur Sokolow, el guionista radiofónico, otro de esos muchachos judíos agresivos y autodidactas cuyas antiguas fidelidades de barriada (y padres inmigrantes analfabetos) determinaban fuertemente su estilo personal brusco y emotivo, jóvenes que recientemente habían regresado de una guerra en la que descubrieron Europa y la política, que realmente les permitió descubrir por primera vez a Estados Unidos por medio de los soldados con los que debían convivir, y en la que habían empezado, sin ayuda formal pero con una enorme e ingenua fe en el poder transformador del arte, a leer las cincuenta o sesenta primeras páginas de las novelas de Dostoievski. Hasta que la lista negra destruyó su carrera; Arthur Sokolow, aunque no era un escritor tan eminente como Corwin, figuraba desde luego entre los otros guionistas radiofónicos a los que yo más admiraba: Arch Oboler, que escribió Luces apagadas, Himan Brown, autor de Un recóndito lugar sagrado, Paul Rhymer, autor de Vic y Sade, Carlton E. Morse, autor de Me encanta un misterio, y William N. Robson, que hizo mucha radio bélica, en la que también me inspiré para mis propias obras. Los premiados dramas radiofónicos de Arthur Sokolow (así como dos obras representadas en Broadway) se caracterizaban por un profundo odio a la autoridad corrupta tal como la representaba un padre excesivamente hipócrita. Durante toda la cena temí que Sokolow, un hombre bajo y ancho, un martinete que, en la escuela, en Detroit, había sido zaguero del equipo de fútbol, iba a señalarme con el dedo y denunciarme ante los presentes como plagiario, debido a todo lo que le había robado a Norman Corwin.
Terminada la cena, los hombres, invitados por Ira, subieron al estudio de éste, en el primer piso, para fumar puros, mientras las mujeres iban a la habitación de Eve para arreglarse antes de que empezaran a llegar los invitados después de la cena. El estudio de Ira daba a la parte trasera del jardín, con estatuas iluminadas por focos. En las tres paredes cubiertas por estanterías tenía sus libros sobre Lincoln, la biblioteca política que se había traído a casa en tres bolsas de lona, al finalizar la guerra, y los libros que había acumulado desde entonces, buscándolos en las librerías de viejo de la Cuarta Avenida. Tras distribuir los cigarros y decir a los invitados que tomaran lo que les apeteciera del carrito con botellas de whisky, Ira sacó la copia de mi guión radiofónico que guardaba en el cajón superior del macizo escritorio de caoba (donde yo imaginaba que tenía su correspondencia con O'Day) y se puso a leer el discurso inicial. Y no lo leía para denunciarme por plagiario, sino que empezó por decir a sus amigos, Arthur Sokolow incluido:
– ¿Sabéis lo que me hace tener esperanzas en este país? -y me señaló. Allí estaba yo, ruborizado y trémulo, esperando que me ayudara a salir del trance-. Tengo más fe en un chico como éste que en la llamada gente madura de nuestro querido país que fue a las urnas dispuesta a votar a Henry Wallace y, de repente, vio una gran foto de Dewey ante sus ojos (y estoy hablando de personas de mi propia familia), de modo que bajó la palanca de Harry Truman. ¡Un hombre que conducirá este país a la Tercera Guerra Mundial, y ésa es su inteligente elección! El Plan Marshall, ésa es su elección. En lo único que pueden pensar es en pasar por alto a las Naciones Unidas, en cercar a la Unión Soviética y destruirla, mientras desvían a su Plan Marshall centenares de millones de dólares que podrían servir para elevar el nivel de vida de los pobres de este país. Pero decidme, ¿quién detendrá al señor Truman cuando arroje sus bombas en las calles de Moscú y Leningrado? ¿Creéis que no arrojarán bombas atómicas sobre inocentes niños rusos? ¿Que no harán eso para preservar nuestra maravillosa democracia? A otro con ese cuento. Escuchad a este chico. Todavía va a la escuela y ya sabe más de lo que está mal en este país que nuestros queridos compatriotas cuando van a votar.
Nadie se reía, ni siquiera sonreía. Arthur Sokolow se había apoyado en la estantería y pasaba despacio las páginas de un libro de la colección sobre Lincoln, mientras los demás hombres daban caladas a los cigarros, tomaban sorbos de whisky y actuaban como si aquella noche hubieran salido con sus mujeres para ser oyentes de mi visión de Estados Unidos. Sólo mucho tiempo después comprendí que la seriedad colectiva con que recibieron mi presentación respondía tan sólo a lo acostumbrados que estaban a las agitaciones de su imperioso anfitrión.
– Escuchad -le dijo Ira-, escuchad esto. Es una obra sobre una familia católica en una ciudad pequeña y los intolerantes de la localidad.
Entonces Iron Rinn se puso a recitar mi texto: Iron Rinn dentro de la piel, dentro de la caja de resonancia de un americano cristiano corriente y bondadoso, como aquellos que yo imaginaba y de los que no sabía absolutamente nada.
– «Soy Bill Smith -empezó a decir Ira, dejándose caer pesadamente en el sillón de cuero de alto respaldo y poniendo los pies sobre la mesa-. Soy Bob Jones. Mi nombre no importa. No es un nombre que inquiete a nadie. Soy blanco y protestante, así que no tienes que preocuparte por mí. Me llevo bien contigo, no te molesto, no te irrito. Ni siquiera te odio. Me gano tranquilamente la vida en una bonita y pequeña ciudad, cuyo nombre es lo de menos y que podría estar en cualquier parte. Digamos que se llama Cualquierparte. Mucha gente aquí, en Cualquierparte, aparenta estar de acuerdo con la lucha contra la discriminación. Hablan de la necesidad de destruir las vallas que mantienen a las minorías en campos de concentración sociales. Pero demasiados de ellos llevan a cabo su lucha de una manera abstracta. Piensan y hablan acerca de la justicia, la decencia, el derecho, el americanismo, la hermandad del hombre, la Constitución y la Declaración de Independencia. Todo esto está muy bien, pero muestra que en realidad desconocen los motivos de la discriminación racial, religiosa y nacional. Fíjate en esta ciudad, fíjate en Cualquierparte, fíjate en lo que ocurrió aquí el año pasado, cuando una familia católica que vivía cerca de mi casa descubrió que un fervoroso protestante puede ser tan cruel como lo fue Torquemada. Sin duda te acuerdas de Torquemada, el asesino a sueldo de los Reyes Católicos, el que dirigió la Inquisición para los reyes de España, un tipo que expulsó a los judíos de España para Fernando e Isabel en 1492. Sí, has oído bien, amigo… 1492. Estaba Colón, es cierto, estaban la Pinta, la Niña y la Santa María… y luego estaba Torquemada. Siempre está Torquemada. Tal vez siempre estará… Bueno, he aquí lo que sucedió en Cualquierparte, Estados Unidos, bajo las barras y las estrellas, donde todos los hombres han sido creados iguales, y no en 1492…».
Ira pasó las páginas.
– Y prosigue de esa manera… y aquí, el final. Este es el final. El narrador de nuevo. Un chico de quince años ha tenido el valor de escribir esto, ¿comprendéis? Decidme qué emisora tendría el valor de emitirlo. Decidme qué patrocinador, en el año 1949, se enfrentaría resueltamente al comandante Wood y su comité, quién se enfrentaría al comandante Hoover y sus brutos milicianos nazis, quién se enfrentaría a la Legión americana, a los veteranos de guerra católicos, a los VFW y a las DAR [6] y a todos nuestros queridos patriotas, a quién le importaría un bledo que le llamaran puñetero rojo cabrón y le amenazaran con boicotear su precioso producto. Decidme quién tendría el valor de hacer eso porque es lo que se debe hacer. ¡Nadie! Porque la libertad de expresión les importa un rábano, de la misma manera que a los tipos con los que estuve en el ejército les importaba un rábano. No me dirigían la palabra. ¿Os he dicho eso alguna vez? Entraba en el comedor, ¿comprendéis?, donde había doscientos y pico hombres, y nadie me saludaba, nadie decía nada, debido a las cosas que yo decía y las cartas que enviaba a Stars and Stripes. Aquellos tipos te daban la clara impresión de que la Segunda Guerra Mundial se libraba para fastidiarles. Al contrario de lo que muchos puedan pensar de nuestros queridos muchachos, no tenían la menor idea, no sabían para qué diablos estaban allí, el fascismo y Hitler les tenían sin cuidado, ¿qué les importaba a ellos? ¿Hacerles comprender los problemas sociales de los negros? ¿Hacerles comprender las tortuosas maneras en que el capitalismo se esfuerza por debilitar a los trabajadores? ¿Hacerles comprender que cuando bombardeamos Francfort no cayó una sola bomba en las fábricas de I.G. Farben? ¡Tal vez estoy en desventaja por mi falta de educación, pero las mentes insignificantes de «nuestros muchachos» me revuelven las tripas! Todo se reduce a esto -añadió, leyendo de repente mi guión-: «Si quieres una moraleja, aquí la tienes: el hombre que se traga la patraña sobre los grupos raciales, religiosos y nacionales es un lelo. Se perjudica a sí mismo, a su familia, su sindicato, su comunidad, su estado y su país. Es el secuaz de Torquemada». ¡Escrito -exclamó Ira, arrojando con enojo el guión sobre la mesa- por un chico de quince años!
Los invitados que se presentaron después de la cena debían de ser cincuenta más. A pesar de la importancia extraordinaria que Ira me había dado en su estudio, jamás habría tenido el valor de quedarme y mezclarme con la gente apretujada en la sala de estar, de no haber sido porque Sylphid acudió una vez más en mi ayuda. Había actores y actrices, directores, escritores, poetas, abogados, agentes literarios y productores teatrales, estaba Arthur Sokolow y estaba Sylphid, la cual no sólo llamaba a todos los invitados por sus nombres de pila, sino que conocía, y sabía caricaturizar, cada uno de sus defectos. Era una conversadora temeraria y entretenida, con una gran capacidad de odio y el talento de un chef para cortar en filetes, enroñar y asar un pedazo de carne, y yo, que tenía como objetivo decir la verdad a través de la radio, de un modo audaz e intransigente, estaba asombrado ante la joven que no movía un dedo por racionalizar, y no digamos ocultar, su divertido desprecio. Ese es el hombre más vano de Nueva York… ése de ahí necesita ser superior… la insinceridad de éste… aquél no tiene la menor idea… ése se emborrachó tanto… el talento de aquél es tan minúsculo, tan infinitesimal… el de ahí está tan amargado… el de allá es tan depravado… lo más risible de esa lunática es su afectación…
Qué delicioso era menospreciar a la gente, y observarla mientras era menospreciada. Sobre todo para un muchacho que en semejante ambiente se inclinaba hacia la veneración. A pesar de que me preocupaba llegar tarde a casa, no podía privarme de aquella educación de primera clase en los placeres de la vejación. Nunca había conocido a nadie como Sylphid, tan joven y, sin embargo, tan llena de hostilidad, tan mundana y, no obstante, vestida con una falda larga y llamativa, como si fuese una adivina, tan patentemente excéntrica, tan despreocupada por el hecho de que todo le repelía. Yo no había sabido hasta qué punto era dócil e inhibido, lo deseoso que estaba de complacer, hasta que vi lo deseosa que estaba Sylphid de provocar hostilidad, no había tenido idea de la libertad que se experimenta una vez que el egoísmo se libera de la coerción que impone el temor a quedar socialmente en evidencia. Me fascinaba lo formidable que era aquella chica. Veía que Sylphid era intrépida, no temía cultivar en su interior la amenaza que podía representar para otros.
Las dos personas a las que, según me dijo, soportaba menos formaban pareja y tenían un programa matinal de radio que resultó ser uno de los favoritos de mi madre. Ese programa, llamado Van Tassel y Grant, procedía de la casa de campo junto al río Hudson, en el condado de Dutchess, Nueva York, donde vivían la popular novelista Katrina Van Tassel Grant y su marido, el colaborador del Journal-American y crítico de espectáculos Bryden Grant. Katrina era muy alta y de una delgadez alarmante, con largos bucles morenos que en otro tiempo debieron de resultar atractivos. A juzgar por su porte, era consciente de la influencia que ejercía en el país con sus novelas. Lo poco que sabía de ella hasta aquella noche (que la hora de la cena en casa de los Grant se reservaba para comentar con sus cuatro guapos hijos las obligaciones que tenían hacia la sociedad; que sus amigos en la antigua y tradicional Staatsburg, donde sus antepasados, los Van Tassel, se establecieron, según se decía como la aristocracia local, en el siglo XVII, mucho antes de que llegaran los ingleses, tenían unas credenciales éticas y educativas impecables) había acertado a oírlo cuando mi madre escuchaba el programa Van Tassel y Grant.
El adjetivo impecable se repetía mucho en el monólogo semanal de Katrina sobre la vida espléndida, variada y excepcional que llevaba en la bulliciosa ciudad y el bucólico campo. No sólo sus frases estaban infestadas de impecables, sino también las de mi madre cuando llevaba una hora escuchando a Katrina Van Tassel Grant (a quien ella consideraba «cultivada»), mientras la novelista alababa la superioridad de quienquiera que tuviese la suerte de entrar en la esfera social de los Grant, tanto si era el hombre que le arreglaba la dentadura como el hombre que le arreglaba el lavabo. «Un lampista impecable, Bryden, impecable», decía, mientras mi madre, como millones de amas de casa, escuchaba embelesada un comentario sobre las dificultades del desagüe que afligen a las viviendas de incluso las mejores familias norteamericanas; y mi padre, cuya pertenencia al campo de Sylphid era inamovible, decía: «Bueno, apaga a esa mujer, ¿quieres, por favor?».
Katrina Grant era la mujer sobre la que Sylphid me había susurrado: «Lo más risible de esa lunática es su afectación». Y acerca del marido, Bryden Grant: «Ése es el hombre más vano de Nueva York».
– Mi madre va a almorzar con Katrina y vuelve a casa pálida de rabia. «Esa mujer es insoportable. Me habla del teatro y las últimas novelas, cree saberlo todo y no sabe nada de nada.» Y es cierto: cuando van a comer, Katrina invariablemente alecciona a mi madre sobre lo único de lo que ella está perfectamente informada. Mi madre no puede soportar las novelas de Katrina, ni siquiera es capaz de leerlas. Cuando lo intenta se echa a reír, y luego le dice a Katrina lo estupendas que son. Mi madre pone un apodo a cada persona que la espanta, y el de Katrina es Lunática. «Deberías haber oído lo que decía la Lunática sobre la obra de O'Neill», me dice. «Se superó a sí misma.» Entonces la Lunática llama a las nueve de la mañana siguiente y mi madre se pasa una hora hablando con ella. Mi madre utiliza la indignación vehemente como un manirroto utiliza su fortuna, y luego enjabona a esa mujer por el aristocrático «Van» de su nombre, y porque cuando Bryden menciona a mi madre en su columna, la llama «la Sarah Bernhardt de las ondas». Mi pobre madre y sus ambiciones sociales. Katrina es la más pretenciosa de toda esa gente rica y pretenciosa que vive a orillas del río en Staatsburg, y parece ser que él desciende de Ulysses S. Grant.
Y en medio de la fiesta, con los invitados tan juntos que casi tenían que desviar los labios de los vasos ajenos, Sylphid se volvió para buscar en la estantería, a nuestra espalda, una novela de Katrina Van Tassel Grant. A cada lado de la chimenea encendida, las estanterías se extendían del suelo al techo, hasta tal altura que era precisa una escalera para llegar a los estantes superiores.
– Mira -me dijo Sylphid-. Eloísa y Abelardo.
– Mi madre lo ha leído -le informé.
– Tu madre es una picara desvergonzada -replicó ella, y sentí débiles las rodillas hasta que me di cuenta de que bromeaba. No sólo mi madre, sino casi medio millón de norteamericanos había comprado y leído aquel libro-. Toma, ábrelo por cualquier página, pon un dedo donde quieras y prepárate a apasionarte, Nathan de Newark.
Hice tal como ella decía y cuando ella vio dónde había puesto el dedo, sonrió.
– Bueno, no tienes que buscar muy lejos para descubrir a V.T.G. en la cima de su talento -entonces me leyó-: «Le rodeó la cintura con las manos, atrayéndola hacia él, y ella notó los poderosos músculos de sus piernas. Echó la cabeza atrás y entreabrió la boca para recibir el beso. Un día él sería castrado como brutal y vengativo castigo por la pasión que le provocaba Eloísa, pero de momento estaba lejos de ser mutilado. Cuanto más la apretaba, tanto mayor era la presión en las zonas sensibles de Eloísa. Qué excitado estaba aquel hombre cuyo genio renovaría y revitalizaría la enseñanza tradicional de la teología cristiana. Ella tenía los pezones erectos y duros, y sus entrañas se tensaron al pensar: "¡Estoy besando al escritor y pensador más grande del siglo XII!". Era famoso por la solución que había dado al problema de los universales y por su original uso de la dialéctica, pero no era menos ducho, incluso ahora, en el apogeo de su fama intelectual, en fundir el corazón de una mujer… A la mañana siguiente estaban saciados. Por fin ella tenía la ocasión de decirle al canónigo y rector de Notre Dame: "Enséñame ahora, por favor. ¡Enséñame, Pierre! Explícame tu análisis dialéctico del misterio de Dios y la Trinidad". Así lo hizo él, explicándole pacientemente los pormenores de su interpretación racionalista del dogma trinitario, y entonces la tomó como mujer por undécima vez».
– Once veces -dijo Sylphid, abrazándose a sí misma por el puro deleite de lo que acababa de leer-. Ese marido suyo no sabe lo que son dos veces. Ese mariconcete no sabe siquiera lo que es una vez -y transcurrió un buen rato antes de que pudiera, de que pudiéramos dejar de reírnos-. «¡Oh, por favor, Pierre, enséñame!» -y sin más razón que su felicidad, me dio un sonoro beso en la punta de la nariz.
Después de que Sylphid hubiera devuelto Eloísa y Abelardo al estante y los dos nos hubiéramos recuperado más o menos del ataque de risa, me sentí lo bastante audaz para hacerle una pregunta que deseaba plantearle desde el comienzo de la velada, una de las varias que deseaba hacerle. No ¿cómo era crecer en Beverly Hills?, ni ¿cómo era vivir al lado de Jimmy Durante? ni ¿qué sientes cuando tus padres son astros de la pantalla? Como temía que ella me ridiculizara, sólo le formulé la que yo consideraba mi pregunta más seria: ¿Cómo es tocar en el Music Hall de Radio City?
– Es un horror. El director de orquesta es espantoso. «Mi querida señora, ya sé que es muy difícil contar hasta cuatro en ese compás, pero si a usted no le importara, estaría tan bien…» Sabes que cuanto más cortés se muestra, tanto más irritado está contigo. Si está enfadado de veras, te dice: «Mi querida, mi muy querida señora», y ese «querida» gotea veneno. «Eso no está del todo bien, querida, eso debe hacerse arpegiado». Y en tu partitura esa parte no figura arpegiada. No puedes volver atrás sin que parezcas discutidora y causante de una pérdida de tiempo, y decirle: «Perdone, maestro, pero en la partitura consta de la otra manera». Entonces todo el mundo te miraría, pensando: «¿Es que no sabes cómo debe hacerse, idiota, y él tiene que decírtelo?». Es el peor director de orquesta del mundo, no dirige más que música del repertorio estandarizado, y aun así te preguntas si alguna vez ha escuchado esa pieza antes. Luego, en el music hall, está la plataforma giratoria de la orquesta. Se mueve hacia arriba y atrás, adelante y abajo, y cada vez que se mueve, gracias a un elevador hidráulico, sufre una brusca sacudida y tienes que aferrar el arpa para no caerte, aunque desafines. Los arpistas nos pasamos la mitad del tiempo afinando y la otra mitad tocando desafinado. Detesto las arpas.
– ¿De veras? -le dije, riéndome, en parte porque era divertida y en parte porque, cuando imitaba al director de orquesta, ella también se reía.
– Es increíble lo difíciles que son de tocar, y se rompen continuamente. Basta con que eches el aliento a las cuerdas y ya desafinan. Tratar de mantener el arpa en perfectas condiciones me vuelve loca. Moverla… es como transportar un portaaviones.
– ¿Entonces por qué tocas el arpa?
– Porque el director de orquesta tiene razón… soy una estúpida. Los oboes son listos, y los violinistas, pero no los arpistas. Los arpistas somos unos peleles imbéciles.
¿Cómo vas a ser inteligente si eliges un instrumento que dominará y arruinará tu vida como lo hace el arpa? De no haber tenido siete años, cuando era demasiado estúpida para saber lo que hacía, no habría empezado a tocar el arpa, y mucho menos seguiría tocándola. Ni siquiera conservo ningún recuerdo anterior a la época en que tocaba el arpa.
– ¿Por qué empezaste tan pequeña?
– La mayoría de las niñas que empiezan a tocar este instrumento lo hacen porque sus mamas creen que es una cosa encantadora. Parece tan bonito, la música es tan dulce, y se toca con tanta elegancia en pequeñas salas para gente elegante que no tienen el menor interés por escucharte. La columna recubierta de pan de oro… necesitas gafas de sol para mirarla. Un auténtico refinamiento. Permanece ahí erguida y te recuerda continuamente su existencia. Su tamaño es tan monstruoso que nunca puedes esconderla. ¿Dónde vas a meterla? Está siempre ahí, burlándose de ti. Nunca puedes alejarte de ella. Como mi madre.
Una mujer todavía joven, con abrigo y un pequeño estuche negro en la mano apareció de repente al lado de Sylphid y le pidió excusas con acento británico por haber llegado tarde. La acompañaban un hombre joven, robusto y moreno, vestido con elegancia y, como si le encorsetaran sus privilegios, mantenía militarmente erecta su juvenil carnosidad, y una mujer joven de sensualidad virginal y aspecto maduro, al borde de la plenitud, con una cascada de cabello dorado rojizo ensortijado que contrastaba con su cutis blanco. Eve Frame se apresuró a recibir a los recién llegados. Abrazó a la joven que llevaba el pequeño estuche y que se llamaba Pamela, la cual le presentó a su vez a la espléndida pareja de novios que no tardarían en casarse, Rosalind Halladay y Ramón Noguera.
Al cabo de unos minutos, Sylphid estaba en la biblioteca, con el arpa contra las rodillas y apoyada en el hombro mientras la afinaba, Pamela se había quitado el abrigo y estaba al lado de Sylphid, manoseando los pistones de su flauta y, sentada entre ambas, Rosalind afinaba un instrumento de cuerda que me pareció un violín pero que pronto supe que era algo mayor y se llamaba viola. Gradualmente, los reunidos en la sala de estar se desplazaron hacia la biblioteca, donde Eve Frame aguardaba en silencio, con un vestido que más tarde describí a mi madre lo mejor que pude, y entonces mi madre me dijo que era un vestido de gasa blanca plisado, con esclavina y ceñido de gasa verde esmeralda. Cuando le describí su peinado tal como lo recordaba, mi madre me dijo que se llamaba corte de pluma: los largos rizos dan la impresión de plumas y rodean la cara formando una especie de halo, sin embargo la coronilla de la cabeza es lisa. Mientras Eve Frame aguardaba con paciencia y una leve sonrisa aumentaba su encanto (y la fascinación que me producía), era evidente que una alegre excitación crecía en su interior. Cuando habló, cuando dijo: «Algo hermoso está a punto de ocurrir», toda su elegante reserva parecía a punto de desaparecer.
La actuación fue sensacional, sobre todo para un adolescente que al cabo de media hora habría regresado en el autobús 107 a Newark y a la vivienda donde cuanto ocurría ya sólo podía dejarle frustrado. La actuación de Eve Frame duró menos de un minuto, pero tan sólo con la manera majestuosa en que bajó el escalón y entró en la sala de estar, con el vestido de gasa blanca y la esclavina, dio significado a toda la velada: la aventura para la que se vive la vida estaba a punto de desplegarse.
No quiero dar la sensación de que Eve Frame parecía representar un papel. Por el contrario, lo que hacía era revelar su libertad y se mostraba sin trabas, arrobada y en absoluto intimidada, en un estado de serena exaltación. En todo caso, era como si ella nos hubiera asignado nada menos que el papel de nuestra vida, el papel de unos seres privilegiados cuyo sueño más caro se había convertido en realidad. La realidad había caído víctima de la hechicería artística; cierta reserva de magia oculta había purificado la velada en su función social mundana, la había purgado de la reluciente y semiebria reunión de los malos instintos y las intrigas rastreras. Y esa ilusión había sido creada a partir de prácticamente nada: unas pocas sñabas pronunciadas con dicción precisa desde el escalón de la biblioteca, y todo el absurdo egotismo de una velada de Manhattan se disolvió en un romántico empeño en huir a la dicha estética.
– Sylphid Pennington y la joven flautista londinense Pamela Solomon tocarán dos dúos para flauta y arpa. El primero será la Berceuse de Fauré. El segundo, Casilda Fantasie, de Franz Doppler. La tercera y última selección será el animado segundo movimiento, el interludio, de la sonata para flauta, viola y arpa de Debussy. La viola es Rosalind Halladay, quien ha venido desde Londres. Rosalind es natural de Cornwall en Inglaterra, graduada por la Escuela de Música y Arte Dramático Guildhall de Londres. En la actualidad, Rosalind Halladay toca con la orquesta de la Royal Opera House londinense.
La flautista era una muchacha de aspecto triste, rostro alargado, ojos oscuros y esbelta, y cuanto más la miraba, cuanto más cautivado por ella me sentía -y cuanto más miraba a Rosalind, más cautivado me sentía por ella-, tanto más nítidamente veía lo deficiente que era mi amiga Sylphid en todo aquello destinado a estimular el deseo masculino. Con el tronco cuadrado, las piernas robustas y el curioso exceso de carne que la engrosaba un poco como un bisonte en lo alto de la espalda, Sylphid me recordaba, mientras tocaba el arpa, e incluso a pesar de la elegancia clásica de sus manos que se movían a lo largo de las cuerdas, uno de esos luchadores japoneses de sumo. Aunque éste era un pensamiento del que me avergonzaba, no hacía más que afirmarse a medida que la actuación se desarrollaba.
En cuanto a la música, no entendía nada. Al igual que Ira, era sordo al sonido de todo lo que no fuese familiar (en mi caso, a lo que oía las mañanas de los sábados en Sala de baile fingida y las noches sabatinas en Los 40 principales), pero la visión de Sylphid que tocaba seriamente bajo el hechizo de la música que desprendía de aquellas cuerdas y, también, la auténtica pasión con que tocaba -una pasión liberada de cuanto era en ella sardónico y negativo- hizo que me preguntara por el poderío que tal vez habría tenido si, además de su pericia musical, su rostro fuese tan atractivamente anguloso y delicado como el de su madre.
Habrían de transcurrir décadas, hasta después de la visita de Murray Ringold, para que yo comprendiera que la única manera en que Sylphid podía sentirse a sus anchas era odiando a su madre y tocando el arpa. Detestar la exasperante debilidad de su madre y producir unos sonidos etéreos y encantadores, establecer con Fauré, Doppler y Debussy todo el contacto amoroso que el mundo permitiría.
Cuando miré a Eve Frame, en la primera fila de espectadores, vi que ella miraba a Sylphid con tal expresión menesterosa que se habría dicho que en Sylphid se hallaba la génesis de Eve Frame y no viceversa.
Entonces todo lo que se había detenido volvió a comenzar. Los aplausos, los bravos, las reverencias, y Sylphid, Pamela y Rosalind bajaron del escenario en que se había convertido la biblioteca, y allí estaba Eve Frame, para abrazarlas una tras otra. Yo estaba lo bastante cerca para oírle decir a Pamela: «¿Sabes qué parecías, querida? ¡Una princesa hebrea!». Y a Rosalind: «¡Y has estado deliciosa, absolutamente deliciosa!». Y finalmente a su hija: «Sylphid, Sylphid… ¡Sylphid Julieta, jamás, jamás habías tocado de una manera más, más bella! ¡Jamás, querida! La pieza de Doppler ha sido especialmente encantadora».
– La pieza de Doppler, mamá, es basura de salón -replicó Sylphid.
– ¡Oh, cuánto te quiero! -exclamó Eve-. ¡Tu madre te quiere tanto!
Empezaron a acercarse los invitados para felicitar al trío de músicos femeninos y, de improviso, Sylphid me deslizó un brazo alrededor de la cintura y me presentó cariñosamente a Pamela, Rosalind y al novio de ésta.
– Aquí tenéis a Nathan de Newark -les dijo Sylphid-. Es un protegido político de la Bestia.
Puesto que había dicho eso con una sonrisa, sonreí también, tratando de creer que utilizaba el epíteto sin mala intención, una simple broma familiar acerca de la estatura de Ira.
Miré a mi alrededor en busca de Ira y vi que no estaba allí, pero en vez de pedir disculpas e ir en su busca, me permití seguir adecuadamente rodeado por el brazo de Sylphid, junto a sus amigos tan mundanos. Nunca había visto a un hombre de la juventud de Noguera que vistiera tan bien o fuese tan afablemente correcto y cortés. En cuanto a la atezada Pamela y la blanca Rosalind, ambas me parecían tan bonitas que no podía mirar directamente a ninguna de las dos durante más de una fracción de segundo a la vez, aunque simultáneamente no podía perderme la oportunidad de permanecer con fingida naturalidad a pocos centímetros de ellas.
Rosalind y Ramón iban a casarse al cabo de tres semanas en la finca que los Noguera tenían en las afueras de La Habana. Eran cultivadores de tabaco, el padre de Ramón había heredado de su abuelo millares de hectáreas en una región llamada El Partido, una tierra que heredaría Ramón y, andando el tiempo, los hijos de Ramón y Rosalind. El era muy silencioso y serio, como si en todo momento fuese consciente del destino que le aguardaba y estuviera diligentemente dispuesto a representar el cargo de autoridad conferido por los fumadores de puros del mundo entero, mientras que Rosalind, quien sólo unos pocos años antes era una pobre estudiante de música en Londres, procedente de un remoto rincón de la Inglaterra rural, pero que ahora estaba tan cercana al final de sus temores como lo estaba del comienzo de unos gastos cuantiosos, era cada vez más vivaracha y locuaz. Nos habló del abuelo de Ramón, el Noguera más renombrado y reverenciado, quien durante unos treinta años había sido gobernador provincial así como gran terrateniente, hasta que se incorporó al gabinete del presidente Mendiata (de quien yo sabía que su jefe del estado mayor era el infame Fulgencio Batista); nos habló de la belleza de las plantaciones de tabaco, donde, bajo unas telas, cultivaban la hoja que envolvía a los habanos; y entonces nos habló de la boda al suntuoso estilo español que la familia Noguera había planeado para ellos. Pamela, amiga de la infancia, volaría de Nueva York a La Habana, un viaje costeado por los Noguera, y se alojaría en una casa para invitados en la finca. En cuanto a Sylphid, si lograba hacerse un hueco en sus compromisos, añadió la desbordante Rosalind, podía asistir con Pamela.
Rosalind hablaba con ilusionada inocencia, con una alegre mezcla de orgullo y sensación de triunfo, sobre la enorme riqueza de los Noguera, mientras yo no podía dejar de preguntarme: «¿Y qué me dice usted de los campesinos cubanos que trabajan el tabaco… quién los lleva a ellos en avión de Nueva York a La Habana y regreso para asistir a una boda? ¿En qué clase de "casas para invitados" viven en las hermosas plantaciones de tabaco? ¿Qué me dice de las enfermedades, la desnutrición y la ignorancia entre los trabajadores del tabaco, señorita Halladay? En lugar de derrochar obscenamente todo ese dinero en su boda al estilo español, ¿por qué no empieza a compensar a las masas cubanas cuyas tierras la familia de su prometido posee ilegítimamente?».
Pero mantuve la boca tan cerrada como Ramón Noguera, aunque, en mi interior, no estaba ni mucho menos emocionalmente tan sereno como él parecía estarlo, la impávida mirada adelante, como si estuviera en una revista de tropas. Todo lo que decía me consternaba y, sin embargo, no podía ser lo bastante incorrecto socialmente para decírselo. Tampoco podía reunir las fuerzas necesarias para exponer a Ramón Noguera la valoración que el Partido Progresista hacía de sus riquezas y el origen de éstas. Tampoco podía apartarme voluntariamente del esplendor británico de Rosalind, una joven físicamente adorable y dotada para la música, quien no parecía comprender que, al abandonar sus ideales por los atractivos de Ramón (o, si no sus ideales, al abandonar los míos) casándose con un miembro de la clase alta oligárquica y terrateniente de Cuba, no sólo comprometía fatalmente los valores de una artista sino también, según mi juicio político, se trivializaba uniéndose a alguien muchísimo menos merecedor de su talento -y de su cabello dorado rojizo y de su piel tan acariciable- que, por ejemplo, yo mismo.
Resultó que Ramón había reservado mesa en el Stork Club para Pamela, Rosalind y él mismo, y cuando le pidió a Sylphid que se les uniera, también, con cierta ecuanimidad distraída, me invitó.
– Por favor, señor, venga con nosotros.
– No puedo, no… -repliqué, y entonces, sin explicación (como sabía que debería hacer… como sabía que Ira haría: «¡No apruebo a la gente de su clase!»), añadí en cambio-: Gracias, gracias de todos modos.
Me volví y, como si huyera de la peste en vez de una maravillosa oportunidad para un escritor en ciernes de ver el famoso Stork Club de Sherman Bilüngsley y la mesa donde se sentaba Walter Winchell [7], me apresuré a alejarme de las tentaciones que ofrecía el primer plutócrata que veía en mi vida.
Subí a una habitación para invitados en el primer piso, donde encontré mi abrigo debajo de las docenas amontonadas sobre las camas gemelas, y allí me topé con Arthur Sokolow, quien, según me dijo Ira, había leído mi guión radiofónico. Mi timidez me había impedido decirle nada en el estudio de Ira después de que éste efectuara una breve lectura de la obra, y él, ocupado en hojear aquel volumen sobre Lincoln, no parecía tener nada que decirme. Sin embargo, en varias ocasiones durante la velada, acerté a oírle algo que decía enérgicamente a alguien en la sala de estar. «Eso me puso tan furioso», le oí decir, «que me senté, lleno de frenesí, y escribí la pieza de una sentada por la noche»; y también: «Las posibilidades eran ilimitadas. Había una atmósfera de libertad, de disposición a establecer nuevas fronteras». Entonces le oí reírse y decir: «Bueno, me aportaron unas ideas contra el principal programa de radio…», y el impacto que esas palabras ejercieron en mí fue como si hubiera encontrado la verdad indispensable.
Procuré acercarme a Sokolow y le oí hablar con dos mujeres de una obra que se proponía escribir para Ira, un monólogo basado no en los discursos sino en la vida entera de Abraham Lincoln, desde su nacimiento a su muerte. Entonces tuve la visión más nítida que había tenido jamás de cómo quería yo que fuese mi vida.
– Los discursos, el primero inaugural, el de Gettysburg, el segundo inaugural, eso no lo es todo. Eso es la retórica. Quiero que Ira lo cuente todo, que diga lo terriblemente difícil que fue para él llegar a donde llegó: la falta de escolaridad, el padre estúpido, la madrastra espantosa, los socios del bufete, la candidatura contra Douglas, la derrota, su mujer, aquella compradora histérica, la pérdida brutal del hijo, la muerte de Willie, la condena por todas partes, el ataque político cotidiano desde el momento en que ocupó el cargo, el salvajismo de la guerra, la incompetencia de los generales, la Proclama de emancipación, la victoria, la unión preservada y la liberación de los negros, y, entonces, el asesinato que cambió al país para siempre. Un material maravilloso para un actor, tres horas, sin intermedio. Los radioyentes se quedarán mudos en sus asientos, se quedarán afligidos por lo que Estados Unidos podría ser hoy, para negros y blancos por igual, si él hubiera ocupado la presidencia por segunda vez y supervisado la reconstrucción. He pensado mucho en ese hombre, asesinado por un actor. ¿Quién si no? -se rió-. ¿Quién si no sería tan vano y tan estúpido como para matar a Abraham Lincoln? ¿Puede Ira interpretar en solitario durante tres horas? La parte de la oratoria… sabemos que eso puede hacerlo. Por lo demás, trabajaremos juntos en ello y él lo captará: un dirigente tremendamente hostigado, lleno de ingenio, astucia y capacidad intelectual, un hombre altísimo cuyo estado de ánimo sufría alternativamente grandes cambios y pasaba de la euforia a la más profunda depresión, y -Sokolow volvió a reírse- todavía no está al corriente de que es el Lincoln del monumento.
Entonces Sokolow se limitó a sonreír y, en un tono que me sorprendió por su afabilidad, me dijo:
– Ah, joven Zuckerman. Ésta debe de ser una gran noche para usted.
Hice un gesto de asentimiento, pero volví a sentirme incapaz de hablar, incapaz de preguntarle si tenía algún consejo que darme o alguna crítica de mi obra. Un sentido de la realidad notablemente desarrollado para un muchacho de quince años me informó de que Arthur Sokolow no la había leído.
Cuando salía del dormitorio con mi abrigo, vi que Katrina Van Tassel Grant venía hacia mí desde el baño. Yo era un chico alto para mi edad, pero ella, con zapatos de tacón, lo era mucho más, aunque tal vez habría caído bajo el conjuro de su majestuosidad, habría percibido que ella se consideraba el ejemplo más excelso de tal o cual cosa, aun cuando yo la hubiera superado en dos palmos de altura. Una pésima escritora, así como partidaria de Franco y enemiga de la URSS y, sin embargo, ¿dónde estaba mi aversión cuando la necesitaba? Cuando me oí a mí mismo decir: «Señora Grant, ¿sería tan amable de firmarme un autógrafo para mi madre?», tuve que preguntarme de súbito quién era yo o qué clase de alucinación estaba sufriendo. Mi actitud era peor que la que había tenido con el magnate del tabaco cubano.
La señora Grant, sonriente, me hizo una pregunta destinada a averiguar quién era yo para explicar mi presencia en aquella espléndida casa.
– ¿Eres el novio de Sylphid?
Ni siquiera tuve que pensar en si le diría una mentira.
– Sí.
Ignoraba que parecía lo bastante mayor, pero tal vez los adolescentes eran una especialidad de Sylphid, o tal vez la señora Grant todavía consideraba a Sylphid una chiquilla, o puede que la hubiera visto cuando me besó en la nariz y supuso que ese beso tenía que ver con nosotros dos y no con el hecho de que Abelardo poseyera a Eloísa por undécima vez.
– ¿También eres músico?
– Sí.
– ¿Y qué instrumento tocas?
– El mismo que ella, el arpa.
– Eso es raro en un chico, ¿no?
– No.
– ¿Tienes algo donde pueda escribir? -me preguntó.
– Creo que tengo un trozo de papel en la cartera… -pero entonces recordé que en el interior de la cartera tenía fijada con un alfiler la insignia de «Wallace presidente» que llevé a la escuela, prendida del bolsillo de la camisa, todos los días durante dos meses y de la que, tras las desastrosas elecciones, rehusé desprenderme. Ahora la mostraba como una placa policial cada vez que sacaba dinero para pagar algo-. Me he olvidado la cartera -le dije.
Del bolso adornado con abalorios que ella llevaba, sacó un bloc y una pluma de plata.
– ¿Cómo se llama tu madre?
Me lo había preguntado con toda amabilidad, pero no podía decírselo.
– ¿No lo recuerdas? -inquirió con una sonrisa inofensiva.
– Escriba usted su nombre, por favor. Será suficiente.
Mientras escribía, me preguntó:
– ¿Cuál es tu ocupación, joven?
Al principio no entendí que se refería a qué subespecie humana, desde su encumbrado punto de vista, pertenecía yo. Era absurdo que le preguntara por su ocupación a alguien que sólo podía ser un estudiante.
– No tengo ninguna -le respondí, sin la menor intención de hacerme el gracioso.
¿Por qué aquella mujer me había parecido una estrella incluso superior, más amedrentadora, que Eve Frame? ¿Cómo podía yo, sobre todo tras la disección que de ella y su marido había hecho Sylphid, sentirme tan abrumado por el ansia de admiración que evidenciaba la dama y dirigirme a ella con el tono de un bobo?
El motivo era su poder, naturalmente, el poder de la celebridad. Y también era el poder de quien compartía el de su marido, pues con unas pocas palabras dichas por la radio o una observación en su columna -tan sólo con una elipsis en su columna- Bryden Grant podía hacer y deshacer carreras en el mundo del espectáculo. La Van Tassel Grant poseía el poder escalofriante de alguien a quien la gente siempre sonríe, da las gracias, abraza y aborrece.
¿Pero por qué le lamía el culo? Yo no tenía una carrera en el mundo del espectáculo. ¿Qué tenía que ganar o perder? No me había llevado ni siquiera un minuto abandonar todos los principios, creencias y fidelidades que tenía. Y habría seguido así si ella, misericordiosamente, no hubiera firmado su autógrafo y regresado a la fiesta. Nadie me pedía nada más que hacerle caso omiso, como ella me lo había hecho sin la menor dificultad hasta que le pedí el autógrafo para mi madre. Pero mi madre no coleccionaba autógrafos, y nadie me había obligado a adular servilmente y mentir. Simplemente, eso era lo más fácil; incluso peor que fácil, era automático.
– No pierdas el valor -me había advertido Paul Robeson entre bastidores en el Mosque.
Cuando me dijo eso le estreché la mano orgullosamente, pero había perdido el valor a la primera oportunidad, e inútilmente. No me llevaban a rastras a la comisaría y me golpeaban con una porra. Salí al pasillo con mi abrigo. Eso fue todo lo que necesitó el pequeño Tom Paine para descarrilar.
Bajé la escalera lleno del asco hacia sí mismo de alguien lo bastante joven para creer que cuanto dice debe ser sincero. Habría dado cualquier cosa por tener los recursos para dar media vuelta y de alguna manera poner a la mujer en su lugar, tan sólo por el patetismo de mi actuación. Sin embargo, mi héroe no tardaría en hacer eso, y sin pizca de mi insigne cortesía que diluyera la soberbia imprudencia de su hostilidad. Ira compensaría con creces todo lo que yo había dejado de decir.
Encontré a Ira en la cocina, que estaba en el sótano, secando los platos que habían lavado en el fregadero doble Wondrous, la criada que nos había servido la cena, y una chica más o menos de mi edad que resultó ser su hija y se llamaba Marva. Cuando entré, Wondrous le estaba diciendo a Ira:
– No quise desperdiciar mi voto, señor Ringold. No quise desperdiciar mi precioso voto.
– Díselo tú -me pidió Ira-. Esta mujer no me cree, y no sé por qué. Habíale del Partido Demócrata. No sé cómo una negra puede pensar que el Partido Demócrata dejará de incumplir las promesas que hace a los negros. No sé quién le ha dicho eso ni por qué le hace caso. ¿Quién te lo ha dicho, Wondrous? Yo no he sido. Cono, te lo dije hace seis meses… tus serviles liberales del Partido Demócrata no van a poner fin a la discriminación racial. ¡No son y nunca han sido compañeros de los negros! Había un solo partido en las elecciones al que los negros podían votar, un solo partido que lucha por los desvalidos, un solo partido consagrado a convertir a los negros de este país en ciudadanos de primera clase. ¡Y no era el Partido Demócrata de Harry Truman!
– No podía tirar mi voto, señor Ringold. Eso es lo único que habría hecho. Echar mi voto a la alcantarilla.
– El Partido Progresista nombró a más candidatos negros para desempeñar cargos públicos que cualquier otro partido en toda la historia del país… ¡cincuenta candidatos negros para importantes cargos nacionales en las listas del Partido Progresista! ¡Cargos para cuyo desempeño ningún negro ha sido nombrado jamás, y no digamos que ha ocupado! ¿Es eso tirar el voto a la alcantarilla? Cono, no insultes a tu inteligencia ni a la mía. Me cabreo con la comunidad negra cuando pienso que no habéis sido los únicos en no pensar lo que estabais haciendo.
– Lo siento, pero un hombre que pierde como ese hombre ha perdido no puede hacer nada por nosotros. También tenemos que vivir de alguna manera.
– Bien, votar así ha sido no hacer nada. Peor que nada. Lo que has hecho con tu voto ha sido aupar de nuevo al poder a una gente que va a seguir con la segregación, la injusticia, el linchamiento y el impuesto de capitación mientras vivas, mientras Marva viva, mientras vivan los hijos de Marva. Díselo, Nathan. Has conocido a Paul Robeson. El ha conocido a Paul Robeson, Wondrous, para mí el negro más grande en la historia de Estados Unidos. Paul Robeson le dio la mano, ¿y qué te dijo, Nathan? Dile a Wondrous lo que te dijo.
– Me dijo: «No pierdas el valor».
– Y eso es lo que has perdido, Wondrous. Has perdido el valor en el colegio electoral. Estoy muy sorprendido.
– Mire -replicó ella-, todos ustedes pueden esperar si quieren, pero nosotros tenemos que vivir de alguna manera.
– Me has decepcionado. Peor todavía, has decepcionado a Marva, y decepcionarás a los hijos de Marva. No lo comprendo y nunca lo comprenderé. ¡No, no comprendo a los trabajadores de este país! ¡Lo que detesto con toda mi alma es escuchar a gente que no sabe votar en su propio puñetero interés! ¡Me gustaría tirar al suelo este plato, Wondrous!
– Haga lo que quiera, señor Ringold. El plato no es mío.
– ¡Me enfado tanto con la comunidad negra, con lo que hicieron y dejaron de hacer por Henry Wallace, que me gustaría de veras romper este plato!
– Buenas noches, Ira -le dije, mientras él permanecía allí, amenazando con romper el plato que estaba terminando de secar-. He de volver a casa.
En aquel momento se oyó la voz de Eve desde lo alto de la escalera.
– Ven a despedirte de los Grant, cariño.
Ira fingió que no la oía y se volvió de nuevo hacia Wondrous.
– Mira, Wondrous, muchas son las buenas palabras usadas a modo de chanza en todo un nuevo mundo…
– ¿Ira? Los Grant se marchan. Sube a darles las buenas noches.
De repente, Ira arrojó el plato, lo hizo volar.
– ¡Mamá! -gritó Marva, cuando el plato chocó con la pared, pero Wondrous se encogió de hombros (la irracionalidad incluso de los blancos que se oponían a la segregación racial no le sorprendía) y se puso a recoger los fragmentos, mientras Ira, con la toalla de secar los platos en la mano, subía de tres en tres los escalones y gritaba para que pudieran oírle desde lo alto de la escalera:
– No comprendo, cuando tienes libertad de elección y vives en un país como el nuestro, donde supuestamente nadie te obliga a hacer nada, cómo puede uno sentarse a cenar con ese asesino nazi hijo de puta. ¿Cómo pueden hacer eso? ¿Quién les obliga a sentarse con un hombre cuyo trabajo consiste en perfeccionar algo nuevo para matar a la gente mejor que antes?
Yo estaba detrás de él. No sabía de qué estaba hablando hasta que le vi dirigirse a Bryden Grant, quien estaba en el umbral, con un abrigo Chesterfíeld y un pañuelo de seda, el sombrero en una mano. Grant era un hombre de cara cuadrada y mandíbula prominente, cabello suave y plateado, de espesor envidiable, un cincuentón de recio físico que no obstante, tan sólo por lo apuesto que era, parecía algo poroso.
Ira fue en derechura hacia Bryden Grant y no se detuvo hasta que sus caras estuvieron a pocos centímetros de distancia.
– Grant -le dijo-. Grant, ¿eh? ¿Es ése tu nombre? Eres licenciado universitario, Grant. Un hombre de Harvard, Grant. Un hombre de Harvard y periodista de Hearst, y eres un Grant… ¡de la familia Grant! Es de suponer que sabes algo más que el abecedario. Sé por la mierda que escribes que tu elemento de trabajo consiste en no tener convicciones, pero ¿careces de convicciones sobre todas las cosas?
– ¡Basta, Ira! -Eve Frame se había llevado las manos a la pálida cara, y entonces aferró los brazos de Ira-. Cuánto lo siento, Bryden -dijo, mirando por encima del hombro mientras trataba de empujar a Ira hacia la sala de estar-. Lo lamento terriblemente, no sé…
Pero Ira la hizo a un lado con facilidad.
– Repito: ¿careces de toda convicción, Grant?
– Ésta no es tu mejor faceta, Ira. No estás presentando tu mejor faceta -Grant hablaba con la superioridad de quien desde muy joven había aprendido a no rebajarse defendiéndose verbalmente de un inferior social-. Buenas noches a todos -dijo a la docena, más o menos, de invitados que seguían en la casa y se habían congregado para ver qué era aquella conmoción-. Buenas noches, querida Eve -dijo Grant, dándole un beso, y entonces, volviéndose para abrir la puerta de la calle, tomó a su esposa del brazo y se dispuso a marcharse.
– ¡ Wernher von Braun! -le gritó Ira-. Un ingeniero nazi hijo de puta. Un sucio fascista hijo de puta. Te sientas con él a cenar. ¿Verdad o mentira?
Grant sonrió y, con un perfecto dominio de sí mismo, su tono sereno expresando tan sólo un atisbo de advertencia, le dijo a Ira:
– Lo que está usted haciendo es temerario en extremo, señor.
– Invitas a este nazi a cenar en tu casa. ¿Verdad o mentira? Una gente que trabaja y fabrica cosas para matar ya es bastante mala, pero este amigo tuyo, Grant, fue amigo de Hitler. Trabajó para Adolf Hitler. Tal vez nunca has oído hablar de esto porque la gente a la que quería matar no era Grant, Grant, ¡era gente como yo!
Entretanto Katrina había estado mirando furibunda a Ira, al lado de su marido, y fue ella quien contestó por él. Todo oyente matinal de Van Tassely Grant podría haber supuesto que a menudo Katrina contestaba en nombre de su marido. Así él mantenía un amenazante porte autócrata y ella alimentaba un apetito de supremacía que no se molestaba lo más mínimo en ocultar. Mientras que Bryden se consideraba claramente más intimidante si decía poco y dejaba que la autoridad fluyera de dentro a fuera, Katrina se parecía a Ira en que asustaba al hablar sin pelos en la lengua.
– Nada de lo que estás gritando tiene el menor sentido -Katrina tenía la boca grande y, sin embargo, reparé en que sólo entreabría el centro de los labios para hablar, formando un orificio cuya circunferencia no era mayor que la de una pastilla contra la tos. Por ese agujero expelía las pequeñas y ardientes agujas que constituían la defensa de su marido. Sumida en el hechizo del enfrentamiento -aquello era la guerra-, se erguía impresionantemente escultural, incluso frente a un patán que rebasaba los dos metros de estatura-. Eres ignorante, ingenuo y grosero, un hombre pendenciero, simplón y arrogante, eres un palurdo y desconoces los hechos, desconoces la realidad, no sabes de qué estás hablando, ¡no lo sabes ahora ni lo has sabido nunca! ¡No sabes más que lo que dice el Daily Worker y repites como un loro!
– Von Braun, vuestro invitado a cenar -replicó Ira, a gritos-, ¿no mató a bastantes norteamericanos? ¿Ahora quiere trabajar aquí para matar a los rusos? ¡Estupendo! Matemos a los comunistas para el señor Hearst, el señor Dies y la Asociación Nacional de Fabricantes. A ese nazi no le importa a quién mata, mientras reciba su paga y la veneración de…
Eve lanzó un grito. No era un grito teatral o calculado, sino que en el vestíbulo lleno de invitados bien vestidos, donde, al fin y al cabo, un hombre con medias no hundía su estoque en otro hombre con medias, parecía haber llegado con terrible rapidez un grito cuyo tono era tan horrendo como la nota humana más alta que yo había oído, en un escenario o fuera de él. En el aspecto emotivo, Eve Frame no parecía tener que desplazarse mucho para llegar a donde quería estar.
– Querida -le dijo Katrina, quien se había adelantado para tomar a Eve de los hombros y abrazarla protectoramente.
– Bah, déjala, no le pasa nada -dijo Ira, mientras empezaba a bajar la escalera hacia la cocina-. Está bien.
– No está bien -replicó Katrina-, no debería estarlo. Esta casa no es una sala para mítines políticos -Ira ya había desaparecido de su vista, y la mujer alzó la voz-: ¡Para matones políticos! ¿Tienes que armar una bronca cada vez que abres esa boca que excita a la chusma, tienes que traer a un hogar hermoso y civilizado tus ideas comunistas…?
Ira subió al instante la escalera y se encaró con ella.
– ¡Esto es una democracia, señora Grant! Mis creencias son mis creencias. Si quiere usted conocer las creencias de Ira Ringold, no tiene más que preguntárselas. Me importa un bledo que le gusten o no. ¡Son mis creencias, y me tiene sin cuidado que gusten o no a cualquiera! Pero no, su marido cobra de un fascista, así que todo aquel que se atreva a decir lo que a los fascistas no les gusta oír es comunista, «hay un comunista en nuestro civilizado hogar». Pero si usted tuviera un pensamiento lo bastante flexible para saber que en una democracia la filosofía comunista, cualquier filosofía…
Esta vez, cuando Eve gritó, fue un grito sin fondo ni techo, un grito indicador de un estado de emergencia, en el que la vida peligraba, y que puso eficazmente fin al discurso político y, con ello, a mi primera gran noche fuera de casa, en la ciudad.
<a l:href="#_ftnref6">[6]</a> VFW: Veterans of Foreign Wars. (N. del T.) DAR: Daughters of the American Revolution. (N. del T.)
<a l:href="#_ftnref7">[7]</a> Walter Winchell (1897-1972), periodista y cronista radiofónico cuyos artículos y programas de radio tuvieron un vasto público y ejercieron una enorme influencia en Estados Unidos entre las décadas de 1930 y 1950. En los años cincuenta se había vuelto muy reaccionario, hasta el extremo de apoyar al senador Joseph McCarthy y aprobar su creciente lista negra de actores, escritores y técnicos de radio y televisión sospechosos de ser comunistas o simpatizantes del comunismo. (N. del T.)