39096.fb2 Me Cas? Con Un Comunista - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

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5

– El odio a los judíos, ese desprecio hacia los judíos -le dije a Murray-. Y, sin embargo, se casó con Ira y, anteriormente, con Freedman…

Era nuestra segunda sesión. Antes de la cena, nos habíamos sentado en la terraza que daba al estanque y, mientras tomábamos martinis, Murray me habló de las clases a las que asistía en la universidad. No debería haberme sorprendido por su energía mental, ni siquiera por el entusiasmo que ponía en los trabajos escritos, cuya extensión equivalía a un folio de treinta líneas (comentar, desde la perspectiva de toda una vida, cualquier fragmento del famoso soliloquio de Hamlet), que el profesor asignaba a los alumnos ancianos. No obstante, que un hombre tan próximo a la extinción hiciera los deberes para el día siguiente, educándose para una vida que casi se había agotado (que el enigma siguiera desconcertándole, que la clarificación siguiera siendo una necesidad vital) me dejó más que sorprendido, me causó una sensación, que bordeaba la vergüenza, de que yo me equivocaba al vivir aislado y mantenerme tan alejado de todo. Pero entonces esa sensación de que estaba errado se desvaneció. No deseaba crear más dificultades.

Asé pollo a la parrilla en la barbacoa y cenamos en la terraza. Pasaban de las ocho cuando terminamos de cenar, pero sólo estábamos en la segunda semana de julio y aunque por la mañana, cuando fui en busca del correo, la empleada me había dicho que ese mes íbamos a perder cuarenta y cinco minutos de sol, y que si no llovía pronto, tendríamos que ir a la tienda y hacer acopio de conservas de mora y frambuesa, que el número de animales atropellados en la carretera se había cuadriplicado con respecto a la misma época del año pasado, que se había visto de nuevo, cerca de un alimentador de pájaros en la propiedad de alguien, en el borde del bosque, el oso negro que residía en la zona y que medía metro ochenta de alto, lo cierto era que el ocaso no tenía trazas de llegar. La noche estaba oculta tras un cielo nítido que sólo proclamaba permanencia, la vida sin fin y sin trastornos.

– ¿Si ella era judía? -dijo Murray-. Sí, lo era, una judía patológicamente avergonzada de serlo. Esa vergüenza no era en absoluto superficial. Le avergonzaba parecer judía (y la cara de Eve Frame tenía un aire sutilmente judío, todos los matices fisiognómicos, a lo Rebeca, salidos del Ivanhoe de Scott); le avergonzaba que su hija pareciera judía. Cuando supo que hablo español, me dijo: «Todo el mundo cree que Sylphid es española. Cuando fuimos a España, la tomaban por natural del país». Era demasiado patético para discutirlo. En cualquier caso, ¿a quién le importaba? A Ira no. A Ira le tenía sin cuidado. Políticamente era contrario, pues no soportaba ninguna clase de religión. En la Pascua, Doris preparaba un seder, pero Ira ni se acercaba. Lo consideraba supersticiones tribales.

Creo que cuando conoció a Eve Frame.se quedó tan atónito, no sólo por ella sino por todo -acababa de llegar a Nueva York, empezaba a trabajar en Los libres y los valientes, llevando bajo el brazo El radioteatro americano-, que seguramente ni se le pasó por la mente la posibilidad de que ella fuese judía. ¿Qué más le daba? Ahora, el antisemitismo era otra cosa. Eso sí que le importaba. Años después, me dijo que cada vez que él pronunciaba la palabra judío en público, ella intentaba silenciarlo. Tomaban el ascensor en un bloque de pisos tras visitar a alguien y había una mujer con un bebé en brazos o en un cochecito, y Ira ni siquiera reparaba en ellos, pero cuando salían a la calle, Eve le decía: «Qué niño tan horrible». Ira no imaginaba lo que le molestaba a Eve, hasta que se daba cuenta de que el horrible niño era siempre el hijo de una mujer que a ella le parecía vulgarmente judía.

¿Cómo podía Ira aguantar esa estupidez durante más de cinco minutos? Pues no podía. Pero no estaba en el ejército, Eve Frame no era una rústica del sur y él no iba a zurrarla. En cambio, la golpearía con una educación adulta. Ira intentó ser el O'Day de Eve, pero ella no era Ira. Los orígenes sociales y económicos del antisemitismo. Ése era el curso. La hizo sentarse en su estudio y le leyó pasajes de sus libros. Le leyó fragmentos de los cuadernos que llevaba consigo durante la guerra, en los que anotaba sus observaciones y pensamientos. «Que uno sea judío no significa que sea superior en ningún aspecto, como tampoco entraña nada inferior o degradante. Eres judía, y eso es todo. No hay más que hablar.»

Le compró una novela que en aquel entonces era una de sus preferidas. Foco, de Arthur Miller. Ira debió de distribuir docenas de ejemplares de esa novela. Le regaló uno a Eve y subrayó el texto, para que se perdiera los pasajes importantes. Se lo explicó a la manera en que O'Day explicaba los libros en la biblioteca de la base, en Irán. ¿Te acuerdas de Foco, la novela de Miller?

La recordaba bien. Ira también me había dado un ejemplar, cuando cumplí los dieciséis años, y, al igual que O'Day, me la explicó. En los años de escuela, Foco ocupó su lugar, al lado de Con una nota de triunfo y las novelas de Howard Fast (y dos novelas de tema bélico que él me dio, Los desnudos y los muertos y Los jóvenes leones), como un libro que afirmaba mis simpatías políticas al tiempo que me proporcionaba una fuente venerada de la que podía tomar material para mis guiones radiofónicos.

Foco se publicó pocos años antes de que Ira regresara de ultramar con sus bolsas de lona llenas de libros y los mil dólares que había ganado en el transporte de tropas jugando a los dados, y cuatro años antes de que Muerte de un viajante convirtiera a Arthur Miller en un dramaturgo famoso. El libro cuenta el destino cruelmente irónico del señor Newman, quien ostenta un cargo en el departamento de personal de una gran empresa neoyorquina, un cuarentón cauto, conformista y angustiado, demasiado cauto para actuar como el fanático racial y religioso que es en el fondo. Cuando al señor Newman le hacen sus primeras gafas, descubre que realzan la «prominencia semítica de su nariz» y hacen que se parezca peligrosamente a un judío. Y no sólo a él. Cuando su madre, anciana y paralítica, ve a su hijo con las gafas nuevas, se echa a reír y le dice: «Vaya, casi pareces judío». Cuando se presenta en la oficina con las gafas, la respuesta a su transformación no es tan benévola: lo degradan bruscamente y pasa de su importante cargo en el departamento de personal a un trabajo inferior como empleado, una tarea a la que el señor Newman se resigna humillado. A partir de entonces, él, que desprecia a los judíos por su aspecto, sus olores, su mezquindad, su avaricia, sus malos modales, incluso por «su sensual afición a las mujeres», se ve señalado como judío adondequiera que vaya. La animosidad que causa ocupa una gama social tan amplia que el lector percibe (o bien lo percibía el adolescente que yo era) que el rostro de Newman no puede ser el único responsable, sino que el origen de la persecución que sufre es una encarnación gigantesca y espectral del extenso antisemitismo que él mismo era demasiado apocado para poner en práctica. «Durante toda su vida había sentido esa repulsión hacia los judíos», y ahora esa repulsión, materializada en su calle Queens y en todo Nueva York como en una pesadilla llena de terror, le somete a un ostracismo brutal, y al final violento, por parte de los vecinos cuya aceptación él había cortejado con su obediente conformismo a sus odios más repugnantes.

Entré en la casa y regresé con el ejemplar de Foco que probablemente no había abierto desde que Ira me lo regalara, cuando lo leí de cabo a rabo en una sola noche, y luego un par de veces más, antes de dejarlo entre los sujetalibros sobre el escritorio del dormitorio, donde tenía mi alijo de textos sagrados. Ira había escrito en la portadilla un mensaje para mí. Cuando le di el libro a Murray, él lo manoseó un momento (era una reliquia de su hermano) antes de leer la inscripción en voz alta:

Muy pocas veces, Nathan, encuentro a alguien con quien sostener una conversación inteligente. Leo mucho y creo que el beneficio que obtengo de los libros debe ser estimulado y tomar forma en la discusión con otras personas. Tú eres una de esas pocas personas. Me siento ligeramente menos pesimista con respecto al futuro porque conozco a un joven como tú.

Ira. Abril, 1949

Mi antiguo profesor pasó las páginas de Focus para ver lo que yo había subrayado en 1949. Se detuvo hacia la cuarta parte, y volvió a leer en voz alta, esta vez de una de las páginas impresas: «Su cara. El no era su cara. Nadie tenía derecho a rechazarle así a causa de su cara. ¡Nadie! El era él, un ser humano con una historia determinada y no era su cara, la cual parecía haber salido de otra historia, ajena y sucia».

– Ella lee este libro a petición de Ira. Lee lo que él le ha subrayado. Escucha su disertación. ¿Y cuál es el tema de la disertación? Pues es el mismo tema del libro, el tema de la cara judía. En fin, como Ira solía decir, es difícil saber hasta qué punto ella le escucha. Ese era un prejuicio del que ella, al margen de lo que escuche, de la atención que le preste, no podía librarse.

– Foco no sirvió de ayuda -le dije a Murray cuando me devolvió el libro.

– Mira, conocieron a Arthur Miller en casa de un amigo. Tal vez era una fiesta en honor de Wallace, no lo recuerdo. Después de que se la presentaran, ella le dijo a Arthur Miller que su libro le había parecido absorbente.

Y lo más probable es que no mintiera. Eve leía muchos libros, y con una comprensión y una apreciación mucho más amplias que las de Ira, para quien un libro no era bueno si no encontraba en él implicaciones políticas y sociales. Pero fuera lo que fuese lo que ella aprendía de la lectura, la música, el arte o la interpretación, o de la experiencia personal, de la clase de vida que había llevado, se mantenía al margen del lugar donde el odio llevaba a cabo su función. No podía librarse de ese sentimiento. Y no es que fuese una persona incapaz de cambiar, pues cambió de nombre, cambió varias veces de marido, pasó del cine al escenario y la radio cuando se alteró su estrella y fue preciso cambiar, pero el odio era algo inmutable en ella.

No quiero decir que las cosas no mejorasen cuanto más insistía Ira, o que no pareciera que iban mejor. A fin de evitar aquellas disertaciones, probablemente ella se censuraba por lo menos un poco. Ahora, que sus sentimientos variasen es otra cuestión. Cuando tenía necesidad de hacerlo, de ocultar sus sentimientos a sus amigos de la alta sociedad, a los judíos importantes de su círculo social, lo hacía. Era complaciente con Ira, le escuchaba pacientemente cuando él le soltaba un discurso sobre el antisemitismo en la Iglesia católica, el campesinado polaco y Francia durante el asunto Dreyfus. Pero cuando Eve veía una cara inequívocamente judía (como la de mi mujer, como la de Doris), sus pensamientos no eran los de Ira ni los de Arthur Miller.

Eve detestaba a Doris. ¿Por qué? Doris había trabajado en un laboratorio de hospital, había sido técnico de laboratorio, y era una madre y esposa de Newark. ¿Qué amenaza podía presentar a una famosa estrella? ¿Qué esfuerzo era preciso hacer para tolerarla? Doris sufría escoliosis, que al envejecer le causaba dolores, así que tuvieron que operarla para insertarle una varilla, la operación no salió muy bien y así sucesivamente. La cuestión es que Doris, para mí una hermosura desde el día que la conocí hasta el de su muerte, tenía una visible deformación de la columna vertebral. Su nariz no era tan recta como la de Lana Turner, eso era evidente. Creció hablando inglés a la manera en que se hablaba en el Bronx cuando ella era pequeña, y Eve no la soportaba en su presencia, no podía mirarla. Mi mujer le molestaba demasiado para mirarla.

Durante los tres años que estuvieron casados, nos invitaron a cenar una sola vez. Lo veías en los ojos de Eve. La ropa que Doris llevaba, lo que Doris decía, el aspecto de Doris… todo le repelía. En cuando a mí, se mostraba aprensiva; por lo demás, le tenía sin cuidado. Yo era profesor de escuela secundaria en Jersey, un don nadie en su mundo, pero ella debía de percibirme como un enemigo potencial, y por eso siempre se mostraba cortés y encantadora. Como sin duda lo hacía contigo. Tenía que admirar su coraje, el de una persona frágil, impresionable, que cae fácilmente en la confusión… para, con tales características, llegar tan lejos como ella había llegado, siendo una mujer mundana, hace falta mucha tenacidad. Seguir intentándolo, salir una y otra vez a la superficie después de todo lo que había sufrido, tras los reveses en su carrera, y triunfar en la radio, establecerse en aquella casa y formar aquel salón, agasajar a tanta gente… Cierto que se equivocó con Ira, los dos se equivocaron. Juntos no tenían nada que hacer. Y, sin embargo, haberle aceptado, aceptar un marido más, iniciar por todo lo grande una nueva vida… había que tener cualidades para eso.

Si dejo aparte su matrimonio con mi hermano, si prescindo de su actitud hacia mi mujer, si intento mirarla al margen de todo eso… bueno, era una mujercita alegre y llena de vida. Si prescindo de todo eso, probablemente era la misma chica alegre y llena de vida que viajó a California a los diecisiete años decidida a convertirse en estrella de cine. Tenía brío, y se nota en aquellas películas mudas. Su fachada cortés enmascaraba un gran temple, me atrevería a decir que un temple judío. Cuando podía relajarse, cosa que no le sucedía a menudo, tenía una vertiente generosa. Una vez relajada, notabas que algo en su interior la impulsaba a hacer lo correcto. Intentaba prestar atención. Pero ese impulso era de corto alcance y se quedaba como paralizada. No podías establecer con ella ninguna relación independiente, ni ella podía sentir por ti un interés independiente. Tampoco podías contar con su juicio durante mucho tiempo cuando a su otro lado estaba Sylphid.

Bueno, aquella noche, cuando nos marchamos, le dijo a Ira, acerca de Doris: «Detesto a esas esposas maravillosas, esos felpudos». Pero no veía a Doris como un felpudo, sino a una mujer judía de esas que no podía soportar.

Yo lo sabía; no necesitaba que Ira me pusiera al corriente. Pero él lo hizo de todos modos porque se sentía demasiado comprometido. Mi hermano menor me lo decía todo, como se lo decía a cualquiera, pues no había tenido pelos en la lengua desde el día en que empezó a hablar. Sin embargo, eso no me lo dijo hasta que todo hubo terminado. Por mi parte, no tuve que esperar a que él me lo dijera para ver que aquella mujer se había quedado atascada en su propia representación. El antisemitismo era tan sólo una parte del papel que representaba, una parte irreflexiva de cuanto intervenía en la representación del papel. Yo diría que, al principio, casi ni se daba cuenta. No lo hacía con mala voluntad, sino que actuaba sin pensar, y así ese aspecto se confundía con todos los demás. Ella no observaba lo que le estaba sucediendo.

¿Eres una persona natural de Estados Unidos que no quieres ser hija de tus padres? Muy bien. ¿No quieres que te asocien con los judíos? Perfecto. ¿No quieres que nadie sepa que eres judía de nacimiento, quieres disfrazarte para acceder al gran mundo? Estupendo. Estás en el país apropiado. Ahora bien, para eso no es necesario que odies a los judíos. Para librarte de algo no tienes que emprenderla a puñetazos con nadie. Los vulgares placeres que proporciona el odio a los judíos no son necesarios. Sin ellos eres tan convincente como un gentil. Eso es lo que un buen director le habría dicho acerca de su actuación. Le habría dicho que el antisemitismo exagera el papel, que es una deformidad, tanto como la deformidad que ella trataba de borrar. Le habría dicho: «Ya eres una estrella de la pantalla, no necesitas el antisemitismo como parte de tu bagaje superior». Y también: «En cuanto hagas eso, dorarás la pildora y no serás en absoluto convincente. Te estás extralimitando. Desde el ángulo de la lógica, la actuación es demasiado completa, demasiado sofocante. Te rindes a una lógica que no funciona en la vida real. Déjala, no la necesitas, las cosas te saldrán mucho mejor sin ella».

Al fin y al cabo, existe la aristocracia del arte, si aristocracia era lo que ella buscaba, la aristocracia del actor a la que ella podía pertenecer con naturalidad, en la que uno puede encuadrarse no sólo aunque no sea antisemita, sino incluso siendo judío.

Pero el error de Eve fue Pennington, a quien tomó por modelo. Fue a California, se cambió el nombre, se reveló como una maravilla, trabajó en el cine y entonces, bajo la presión y el estímulo de los estudios, con la ayuda de éstos, abandonó a Mueller y se casó con aquel astro del cine mudo, aquel auténtico aristócrata rico y jugador de polo, que le sirvió para hacerse una idea del gentil. Él fue su verdadero director, y ahí fue donde ella la hizo buena. Tomar por modelo, por mentor gentil, a otro profano es una garantía de que la imitación no saldrá bien. Porque Pennington no sólo es aristócrata, sino también homosexual y antisemita. Y ella se apropia de las actitudes de ese hombre. Todo lo que intenta hacer es alejarse de sus orígenes, y eso no es ningún delito. El delito ni siquiera es intimar con un antisemita. Eso es asunto de uno. El delito consiste en ser incapaz de enfrentarte a él, incapaz de defenderte del ataque y hacer tuyas sus actitudes. En Estados Unidos, tal como yo lo veo, puedes permitirte todas las libertades menos ésa.

En mi época, como en la tuya, la Sandhurst [8] de esta clase de cosas, el campo de adiestramiento a toda prueba (si es que existe semejante lugar) para los judíos que desean desprenderse de su condición de judíos, solía ser la Ivy League [9]. ¿Recuerdas a Robert Cohn, el personaje de Fiesta? Se licencia por Princeton, boxea allí, nunca piensa en su componente judío y, de todos modos, sigue siendo una rareza, por lo menos para Ernest Hemingway. Pues bien, Eve se licenció no en Princeton, sino en Hollywood, de la mano de Pennington. Se decidió por Pennington debido a la aparente normalidad de aquel hombre. Es decir, Pennington era un aristócrata gentil tan exagerado que ella, una inocente, esto es, una judía, no le consideraba exagerado sino normal, mientras que la mujer gentil habría barruntado eso y lo habría entendido. La mujer gentil de la inteligencia de Eve jamás habría consentido en casarse con él, por mucho que los estudios se empeñaran en que lo hiciera; habría comprendido desde el principio que era un hombre insolente, dañino y desdeñosamente superior al intruso judío.

La aventura fue mal desde el comienzo. Eve no tenía una afinidad natural con el modelo común de aquello que le interesaba, por lo que imitó a un gentil inadecuado. Ella era joven y se instaló rígidamente en el papel, incapaz de improvisar. Una vez establecida la representación, de la A a la Z, temió eliminar cualquiera de sus partes, temió arruinar toda la actuación. No hay introspección y, por lo tanto, no hay posibilidad de efectuar pequeños ajustes. Ella no es la dueña del papel, sino que éste la domina. En el escenario habría sido capaz de llevar a cabo una actuación más sutil. Claro que en el escenario tenía un nivel de conciencia que no siempre mostraba en la vida cotidiana.

Ahora bien, si quieres ser un auténtico aristócrata gentil norteamericano, tanto si lo sientes como si no, fingirás una gran simpatía hacia los judíos. Esa es la manera astuta de actuar. Lo esencial de ser un aristócrata inteligente y refinado es que, al contrario que los demás, te obligas a superar, o dar la impresión de que superas, la reacción despectiva a la diferencia. Todavía puedes odiarlos en privado si lo deseas, pero ser incapaz de relacionarse de una manera natural, amable y amistosa con los judíos pondría moralmente en un compromiso al auténtico aristócrata. Amable y amistosamente… así se relacionaba con ellos Eleanor Roosevelt, lo mismo que Nelson Rockefeller y Averell Harriman. Los judíos no son ningún problema para esa gente. ¿Por qué habrían de serlo? Pero sí que lo son para Carlton Pennington. Y ésa es la tendencia que siguió ella y así es como adoptó unas actitudes que no necesitaba.

Para Eve, como joven esposa, falsamente aristocrática, de Pennington, la transgresión permisible, la transgresión civilizada, no era el judaismo y no podía serlo; la transgresión permisible era la homosexualidad. Hasta que apareció Ira, ella no sólo desconocía lo ofensivos que resultaban todos los pertrechos del antisemitismo, sino también lo perjudiciales que eran para ella. Eve razonaba: «Si detesto a los judíos, ¿cómo es posible que yo sea judía? ¿Cómo puedes odiar lo que eres?».

Odiaba lo que era y el aspecto que tenía. Parecía mentira, pero Eve Frame detestaba su aspecto. Su propia belleza era su fealdad, como si aquella mujer encantadora hubiese nacido con una gran mancha violácea extendida por la cara. La indignación por haber nacido así, la afrenta que representaba, nunca desaparecieron del todo. Ella, como el señor Newman de Miller, tampoco era su cara.

Debes de preguntarte por Freedman. Era un tipo indeseable pero, al contrario que Doris, no era mujer, sino hombre, y rico, y ofreció a Eve protección de cuanto le oprimía tanto, incluso más que del hecho de ser judía.

Era él quien se encargaba de las finanzas de Eve: iba a enriquecerla.

Por cierto, Freedman tenía la nariz muy larga. Lo primero que se te ocurriría pensar es que Eve echaría a correr al verle: un judío menudo y atezado, especulador inmobiliario, provisto de una nariz muy grande, las piernas arqueadas y con zapatos de tacón alto Adler. El tipo ni siquiera tiene acento inglés. Es uno de esos judíos polacos de pelo ensortijado, rojizo y anaranjado, el acento de su país natal, el vigor y el impulso del emigrante bajito y robusto. Tiene un apetito voraz, es un voluminoso bon vivant, pero por grande que tenga la panza, su polla, según todos los informes, es todavía más grande y visible más allá de ella. Freedman, ¿sabes?, es la reacción de Eve a Pennington, como éste fue su reacción a Mueller: te casas una vez con una exageración, y a la vez siguiente te casas con la exageración antitética. La tercera vez se casó con Shylock. ¿Por qué no? Hacia el final de los años veinte las películas mudas casi habían desaparecido, y a pesar de su dicción (o debido a ella, porque en aquellos tiempos era demasiado declamatoria), Eve nunca dio el salto al cine hablado. En 1938 le aterraba la perspectiva de no volver a trabajar, así que recurrió al judío para lo que uno recurre al judío: dinero, negocios y sexo licencioso. Supongo que, durante algún tiempo, él la reanimó sexualmente. No es una simbiosis complicada. Aquello fue una transacción. Una transacción de la que ella salió desplumada.

Tienes que acordarte de Shylock, y también de Ricardo III. Dirías que Lady Anne querrá alejarse cuanto pueda de Ricardo, duque de Gloucester, el monstruo atroz que ha asesinado a su marido. Ella le escupe a la cara.

«¿Por qué me escupes?», le pregunta él. «Ojalá fuese un veneno mortal», replica ella. No obstante, poco después la corteja y la hace suya. «La poseeré», dice Ricardo, «pero no me quedaré con ella mucho tiempo». El poderío erótico de un monstruo repugnante.

La oposición, la resistencia, la manera de conducirse en una discusión o un desacuerdo eran cosas de las que Eve no tenía la menor idea. Pero a diario todo el mundo tiene que oponerse y presentar resistencia a algo. No es necesario que seas un Ira, pero tienes que ser resueltamente tú mismo todos los días. En el caso de Eve, como percibe cada conflicto como un ataque, suena una sirena, una sirena de ataque aéreo, y la razón nunca entra en juego. Estalla de desdén y furia, y al cabo de un instante capitula y se hunde. Es una mujer con una clase de delicadeza y amabilidad superficiales, pero a quien todo la confunde, amargada y envenenada por la vida, por esa hija, por sí misma, por su inseguridad, por su inseguridad absoluta de un momento al siguiente… y Ira se enamora de ella.

Ciego a las mujeres, ciego a la política, locamente comprometido con unas y otra. Se entrega a todo con el mismo exceso de compromiso. ¿Por qué Eve? ¿Por qué la elige? Lo que más desea en la vida es ser digno de Lenin, Stalin y Johnny O'Day, así que se enreda con ella. Reacciona a los oprimidos en todas las formas, y reacciona a su opresión de una manera equivocada. De no haber sido su hermano, me pregunto hasta qué punto me habría tomado en serio su arrogancia. Bueno, quizá para eso estén los hermanos, para ser sinceros ante las extravagancias.

– Pamela -expelió Murray, tras superar algún pequeño impedimento (la edad de su cerebro) para dar con el nombre-. La mejor amiga de Sylphid era una chica inglesa llamada Pamela. Tocaba la flauta. No llegué a conocerla. Lo que sé me lo contaron. Una vez vi su fotografía.

– Yo vi una vez a Pamela -le dije-. La conocí.

– ¿Era atractiva?

– Tenía quince años y quería que me sucediera algo inaudito. En esas condiciones todas las chicas te parecen atractivas.

– Según Ira, era una belleza.

– Según Eve Frame, una princesa hebrea -repliqué-. Así llamó a Pamela la noche que la conocí.

– ¿Qué más? Ella debía de exaltarlo todo románticamente. La exageración lava la mancha. Si eres una mujer hebrea y esperas ser bien recibida en el hogar de Eve Frame, es mejor que seas una princesa. Ira tuvo una aventura con la princesa hebrea.

– ¿De veras?

– Se enamoró de Pamela y quiso que se escapara con él. Cuando ella tenía el día libre la llevaba a Jersey. Pamela contaba con un pisito en Manhattan, cerca de Little Italy, un paseo de diez minutos desde la calle West Eleventh, pero Ira corría peligro si se presentaba en su casa. Un hombre de su estatura no pasaba desapercibido por la calle, y en aquel entonces representaba su papel de Lincoln en toda la ciudad, gratis en las escuelas y centros por el estilo, y mucha gente en Greenwich Village sabía quién era. En la calle siempre estaba hablando con alguien, averiguaba cómo se ganaban la vida y les decía de qué manera el sistema los exprimía. Así pues, los lunes se iba con la chica a Zinc Town, pasaban allí el día y luego conducía a toda velocidad para estar de regreso a la hora de cenar.

– ¿Eve no acabó por enterarse?

– Nunca lo supo. No lo descubrió.

– Y yo, como era tan jovencito, no podía haberlo imaginado -le dije-. Jamás pensé que Ira fuese un mujeriego. Eso no armonizaba con el disfraz de Lincoln. Le veo tan claramente como era al principio que incluso ahora me resulta increíble.

Murray se echó a reír.

– Tenía entendido que la multiplicidad de facetas increíbles de un hombre era el tema principal de tus libros. Tus novelas nos dicen que absolutamente todo es creíble en un hombre. Las mujeres, claro. Las mujeres de Ira. Tenía una gran conciencia social, con el amplio apetito sexual que la acompaña. Era un comunista tan provisto de conciencia como de una buena polla.

Cuando ese aspecto mujeriego me disgustó, Doris también salió en su defensa. Doris, de quien habrías dicho que, a juzgar por la clase de vida que llevaba, sería la primera en condenarle. Pero ella tenía una comprensión de cuñada, afable, sí, acerca de la debilidad de Ira por las mujeres, su punto de vista era de una afabilidad sorprendente. Doris no era tan corriente como parecía. No era tan corriente como Eve Frame la consideraba. Tampoco era una santa. El desprecio de Eve hacia Doris también tenía que ver con ese punto de vista benevolente. ¿Qué le importa a Doris? Ira está traicionando a esa prima donna… bien, a ella le tiene sin cuidado. «Un hombre atraído continuamente por las mujeres, y éstas atraídas por él. ¿Y eso es malo?», me preguntó Doris. «¿No es humano? ¿Acaso ha matado a una mujer? ¿Ha robado a alguna mujer? No. ¿Qué es tan reprobable?» Mi hermano sabía muy bien cómo satisfacer ciertas necesidades. En cambio, había otras para las que era un inútil total.

– ¿Qué otras?

– La necesidad de elegir contra qué luchas. Eso no podía hacerlo. Tenía que luchar contra todo, en todos los frentes, constantemente. En aquel entonces había muchos judíos enojados como Ira. Judíos enojados a lo largo y ancho del país, que luchaban por una cosa u otra. Uno de los privilegios de ser norteamericano y judío era que podías enfadarte con el mundo a la manera de Ira, mostrarte agresivo al afirmar tus creencias y no dejar ningún insulto sin venganza. No tenías que encogerte de hombros y resignarte, no tenías que poner sordina a nada. Ser norteamericano con tu propia inflexión de voz ya no era tan difícil. Sólo tenías que salir a la calle y argumentar tus ideas. Ésa es una de las grandes cosas que Estados Unidos dio a los judíos… les dio su enojo, sobre todo a nuestra generación, la de Ira y mía, en especial después de la guerra. Los Estados Unidos a los que volvimos nos ofrecían un lugar donde cabrearte al máximo. Judíos cabreados en Hollywood, judíos cabreados en la rama textil. Los abogados, los judíos cabreados en la sala de justicia. En todas partes. En la cola del pan, en el estadio de béisbol, en el campo de fútbol. Judíos cabreados en el Partido Comunista, tipos que podían ser beligerantes y hostiles. Tipos que, además, eran capaces de emprenderla a puñetazos. Estados Unidos era un paraíso para los judíos cabreados. El judío tímido y vergonzoso seguía existiendo, pero no tenías que serlo si no querías.

Mi sindicato… mi sindicato no era el de los profesores, era el sindicato de los judíos enojados. Estaban organizados. ¿Sabes cuál es su lema? Judíos enojados desde la Segunda Guerra Mundial. Claro que existen los judíos afables, los judíos que se ríen cuando no deben, los que rebosan de amor hacia todo el mundo, los que te dicen que nunca se habían sentido tan conmovidos, los que afirman que sus papas eran unos santos, los que afirman que se desviven por sus hijos bien dotados, los que comentan que están escuchando a Itzhak Perlman [10] sin que puedan contener las lágrimas, el judío divertido que siempre está haciendo juegos de palabras, el bromista infatigable… pero no creo que escribas semejante libro.

La taxonomía de Murray me hizo reír, y él me secundó. Pero al cabo de un momento su risa se deterioró, convirtiéndose en tos.

– Será mejor que me sosiegue -comentó-. Tengo noventa años. Será mejor que vaya al grano.

– Me estabas hablando de Pamela Solomon.

– Pues sí -dijo Murray-, finalmente tocó la flauta con la Orquesta Sinfónica de Cleveland, lo sé porque cuando aquel avión se estrelló en los años sesenta, o quizá fue en los setenta, sea como fuere, viajaba a bordo una docena de miembros de la Sinfónica de Cleveland, y Pamela Solomon figuraba entre los muertos. Parece ser que era una artista con mucho talento. Cuando empezó a vivir en Estados Unidos era también un poco bohemia. Pertenecía a una familia de judíos londinenses, muy formal y asfixiante, su padre un médico más británico que los británicos. Pamela no soportaba las convenciones de su familia, y por eso se trasladó a Estados Unidos. Estudió en Juilliard y, recién liberada de la reprimida Inglaterra, se entusiasmó con la irreprimible Sylphid, su cinismo, su refinamiento, su descaro americano. Le impresionó la lujosa casa de Sylphid, tanto como la madre de ésta, actriz de cine. Como se encontraba en Norteamérica sin madre, le reconfortó que Eve la tomara bajo su protección. Aunque sólo vivía a unas manzanas de distancia, las noches en que visitaba a Sylphid acababa quedándose a cenar y dormir en la casa. Por la mañana, en la cocina, iba de un lado a otro en camisa de dormir, preparaba el desayuno y fingía que ni ella ni Ira tenían genitales.

Y Eve se lo cree, trata a la encantadora y joven Pamela como a su princesa hebrea y nada más. El acento inglés arrastra al estigma semítico, y en conjunto le alegra tanto que Sylphid tenga una amiga con tanto talento y buenos modales, le alegra tanto que Sylphid tenga cualquier amiga, que no pasa por su mente el resultado de ese movimiento de los pechos de Pamela bajo la camisa de dormir cuando sube y baja la escalera.

Una noche Eve y Sylphid fueron a un concierto y Pamela, que estaba en la casa, se quedó con Ira. Se sentaron en la sala de estar, juntos por primera vez, y él preguntó a Pamela por su procedencia. Era su táctica inicial con todo el mundo. Pamela le habló de su familia tan formal y de las escuelas insoportables a las que la habían enviado. Él le preguntó por su trabajo en Radio City. La muchacha era tercera flauta y flautín, un trabajo combinado. Fue ella la que le consiguió a Sylphid el puesto de suplente. Las chicas charlaban continuamente acerca de la orquesta, la política, el estúpido director, el increíble esmoquin que llevaba, su necesidad de un corte de pelo, el hecho de que nada de lo que hacía con las manos y la batuta tenía el menor sentido. Cosas de chiquillas.

Aquella noche le dijo a Ira:

– El violoncelista principal no deja de galantearme. Me tiene harta.

– ¿Cuántas mujeres hay en la orquesta?

– Cuatro.

– ¿Y cuántos músicos en total?

– Setenta y cuatro.

– ¿Y cuántos de los hombres te hacen proposiciones? ¿Setenta?

– Aja -dijo ella, y se echó a reír-. Bueno, no, no todos tienen ese descaro. Sólo los que lo tienen se atreven.

– ¿Qué te dicen?

– Pues… «qué bien te sienta este vestido»; «estás siempre tan guapa cuando vienes a ensayar…»; «la próxima semana tengo un concierto y necesito una flautista». Cosas así.

– ¿Y tú, cómo reaccionas?

– Sé cuidar de mí misma.

– ¿Tienes novio? -fue entonces cuando Pamela le contó que desde hacía dos años se relacionaba con el oboe principal.

– ¿Soltero? -le preguntó Ira.

– No, está casado.

– ¿No te preocupa que esté casado?

– No me interesa vivir de una manera formal -replicó Pamela.

– ¿Qué me dices de su esposa?

– No la conozco, nunca la he visto y no tengo intención de conocerla. No quiero saber nada en particular sobre ella. Lo nuestro no tiene nada que ver con su mujer, ni tampoco con sus hijos. El quiere a su mujer y sus hijos.

– ¿Pues con qué tiene que ver?

– Con nuestro placer. Hago lo que me apetece, por placer. No me digas que crees aún en la santidad del matrimonio. ¿Crees que haces una promesa de fidelidad y ya está, que los dos sois fieles por siempre jamás?

– Sí -le dice él-, así lo creo.

– Tú nunca…

– No.

– Le eres fiel a Eve.

– Claro.

– ¿Piensas serle fiel durante el resto de tu vida?

– Eso depende.

– ¿De qué?

– De ti -responde Ira. Pamela se ríe; los dos se ríen.

– ¿Depende de si te convenzo de que está bien? -replica ella-. ¿De que eres libre de hacerlo? ¿De que no eres el propietario burgués de tu mujer y ella no es la propietaria burguesa de su marido?

– Sí. Trata de convencerme.

– ¿De veras eres un norteamericano tan irremediablemente típico que estás esclavizado por la moralidad estadounidense de clase media?

– Sí, ése soy yo… el norteamericano típico irremediablemente esclavizado. ¿Y tú qué eres?

– ¿Qué soy yo? Yo soy músico.

– ¿Qué significa eso?

– Me dan una partitura y la toco. Toco lo que me dan. Soy una intérprete.

Ahora bien, Ira imaginó que tal vez Sylphid había preparado la situación para tener algo en su contra, y por eso aquella primera noche lo único que hizo cuando Pamela hubo terminado de presumir y se dispuso a subir a su dormitorio fue tomarle la mano y decirle: «No eres una niña, ¿verdad? Te había tomado por una niña».

– Soy un año mayor que Sylphid -replica ella-. Tengo veinticuatro años, estoy expatriada. Jamás volveré a ese país idiota con su estúpida vida afectiva subterránea. Me encanta vivir en Estados Unidos. Aquí estoy libre de toda esa basura sobre el tabú de mostrar tus sentimientos. No puedes imaginarte cómo es aquello. Aquí se vive, aquí tengo mi propio apartamento en Greenwich Village. Trabajo mucho y me abro camino en el mundo. Actúo seis veces al día, seis días a la semana. No soy una niña, de ninguna manera, Iron Rinn.

La escena se desarrolló más o menos así. Pamela era lozana, joven, coqueta, ingenua… y al mismo tiempo no era ingenua, sino también astuta. Está embarcada en su gran aventura norteamericana. Él admira a esta hija de la clase media alta que vive al margen de las convenciones burguesas. El sórdido apartamento en un edificio sin ascensor, el hecho de que se hubiera trasladado sola a Estados Unidos. Admira la pericia con la que ella adopta todos sus papeles. Para Eve representa a la dulce chiquilla; con Sylphid intercambia confidencias en pijama a la hora de acostarse; en Radio City es flautista, una artista profesional; y con él se porta como si en Inglaterra la hubieran educado los fabianos; un espíritu libre, sin trabas, de inteligencia superior y al que no intimida la sociedad respetable. En otras palabras, es un ser humano… tal actitud con éste, tal otra con aquél, una distinta con el de más allá.

Y todo esto es estupendo, interesante, impresionante. Pero ¿enamorarse? En el caso de Ira, todo lo sentimental tenía que darse en exceso. Cuando Ira encontraba su blanco, disparaba. No sólo se prendó de ella. ¿Aquel bebé que había querido tener con Eve? Ahora quería tenerlo con Pamela. Pero temía que ella, asustada, se alejara de él, por lo que, de momento, no dijo nada al respecto.

Se limitan a vivir su aventura antiburguesa. Ella puede explicarse a sí misma todo lo que está haciendo. «Soy amiga de Sylphid y de Eve, haría cualquier cosa por ellas, pero, mientras no les perjudique, no veo que la amistad conlleve el sacrificio heroico de mis propias inclinaciones.» También ella tiene su ideología, pero Ira ha cumplido los treinta y seis y desea cosas: el hijo, la familia, el hogar. El comunista quiere todo lo que más aprecia el burgués. Ira quiere conseguir de Pamela todo cuanto creyó que obtendría de Eve y, en realidad, obtuvo a Sylphid.

Juntos en la cabana, hablaban mucho de Sylphid.

– ¿De qué se queja? -le pregunta Ira a Pamela-. Tiene dinero, categoría social, privilegio, lecciones de arpa desde pequeña. Veintitrés años y le lavan la ropa, le preparan las comidas, le pagan las facturas. ¿Sabes cómo me crié? Me fui de casa a los quince años. Tuve que cavar zanjas. No conocí la adolescencia.

Pero Pamela le explica que cuando Sylphid sólo tenía doce años, Eve abandonó al padre de Sylphid para irse con el salvador más grosero que pudo encontrar, un inmigrante que era una dínamo empinada y que iba a hacerla rica, y su madre estaba tan entusiasmada con él que Sylphid la perdió durante aquellos años, y entonces se mudaron a Nueva York y Sylphid perdió a sus amigos de California, allí no conocía a nadie y empezó a engordar.

Todo eso era basura psiquiátrica para Ira. «Sylphid ve a Eve como una actriz de cine que la abandonó, dejándola en manos de las niñeras», le dice Pamela, «que la dejó plantada por los hombres y las extravagancias de sus maridos, que la traicionó a cada oportunidad. Sylphid ve a Eve como alguien que se arroja continuamente en los brazos de los hombres a fin de no tener que valerse por sí misma».

– ¿Es Sylphid lesbiana?

– No, su lema es que el sexo te coloca en una posición débil. No hay más que ver a su madre. Me dice que nunca me relacione sexualmente con nadie. Detesta a su madre por ceder ante todos esos hombres. Sylphid está empeñada en gozar de una autonomía absoluta. No va a tener obligaciones con nadie. Es terca.

– ¿Terca? -replica Ira-. ¿De veras? ¿Pues por qué no abandona a su madre si es tan terca? ¿Por qué no se independiza? Lo que dices no tiene sentido. La terquedad es un vacío, lo mismo que la autonomía y la independencia. ¿Quieres saber la respuesta a Sylphid? Sylphid es sádica, es una sádica en un vacío. Cada noche esa graduada por Juilliard rebaña con un dedo las sobras en el borde de su plato, pasa el dedo una y otra vez hasta que rechina, y entonces, para enloquecer a su madre con más eficacia, se mete el dedo en la boca y lo lame hasta dejarlo limpio. Sylphid está ahí porque su madre la teme. Y Eve jamás dejará de temerla porque no quiere que Sylphid la deje, y ésa es la razón por la que Sylphid no la dejará, hasta que encuentre una manera mejor de torturarla. Sylphid es la que blande el látigo.

Como ves, Ira le repitió a Pamela lo que yo le había dicho al principio sobre Sylphid, pero que, por venir de mí, se había negado a tomar en serio. Le repitió eso a su querida como si se le hubiera ocurrido a él, eso que la gente hace tan a menudo. Los dos tuvieron muchas conversaciones de este estilo. A Pamela le gustaban, le excitaban. Hablar con esa libertad acerca de Sylphid y Eve le hacía sentirse fuerte.

Una noche sucedió algo peculiar con Eve. Estaba en la cama con Ira, las luces apagadas, y se disponía a dormir cuando se puso a llorar sin poder contenerse. Ira le preguntó qué le ocurría, pero ella no le respondió. «¿Por qué lloras? ¿Qué te ocurre ahora?» «A veces creo… oh, no puedo», dijo ella. No podía hablar ni tampoco contener el llanto. El encendió la luz y le dijo que se desahogara contándole lo que le oprimía. Ella le confesó: «A veces siento que Pamela debería haber sido mi hija. A veces me parece más natural». «¿Por qué Pamela?» «Por lo bien que nos llevamos, aunque tal vez eso se deba a que no es mi hija.» «Puede que sí o puede que no», dijo él. «Su vivacidad», añadió Eve, «su ligereza». Y se puso a llorar de nuevo, por un sentimiento de culpa, más que probablemente, por haberse permitido aquel inocuo deseo de cuento de hadas, el deseo de tener una hija que no le recordara a cada momento su fracaso.

Por ligereza no creo que Eve se refiriese sólo a la ligereza física, a la sustitución de la gorda por la delgada. Indicaba algo más, alguna clase de excitación en Pamela, una ligereza interior. Creo que se refería a que en Pamela podía reconocer, casi a pesar de sí misma, la susceptibilidad que en otro tiempo había vibrado bajo su propia superficie reservada. La reconocía por muy infantil que fuese el comportamiento de Pamela en su presencia, por muy recatada que fuese su conducta. Después de aquella noche, Eve nunca volvió a decir nada parecido. Sucedió aquella única vez, precisamente cuando la pasión de Ira por Pamela, cuando la ilegitimidad de la temeraria aventura estaba en su apogeo.

Así pues, cada uno reclama a la joven y animosa flautista como la criatura soñada canalizadora de placer que ninguno de los dos ha podido lograr: la hija que le ha sido negada a Eve, la esposa negada a Ira.

– Qué triste, qué triste -le dice Eve-. Es tristísimo -permanece abrazada a él durante toda la noche, hasta la mañana, sollozando, suspirando, gimiendo; el dolor, la confusión, la contradicción, el anhelo, el engaño, la incoherencia… todo lo vierte. Ira nunca se ha sentido más apenado por ella; no podía ser menos, ahora que está en plena aventura con Pamela y que nunca tampoco se había sentido más alejado de Eve.

– Todo ha salido mal -le dice ella-. Lo intenté una y otra vez, y no ha habido manera. Lo intenté con el padre de Sylphid. Lo intenté con Jumbo. Procuré darle estabilidad, coherencia, una madre a la que pudiera mirar a la cara. Y entonces tuve que ser un buen padre, y ella ha tenido demasiados buenos padres. No pensaba más que en mí misma.

– No has pensado sólo en ti misma -replica él.

– Sí que lo he hecho. Mi carrera, mis profesiones, mi actuación. Siempre tenía que ocuparme de mi actuación. Lo intenté. Ella tuvo buenas escuelas, buenos preceptores y una buena niñera. Pero quizá debería haber estado siempre con ella. No puede consolarse. Se atraca de comida. Ese es su único consuelo, por algo que no le di.

– A lo mejor se comporta así porque tal es su naturaleza -le dice él.

– Pero hay montones de chicas que comen demasiado, y luego pierden peso, dejan de comer de esa manera absurda. Lo he intentado todo. La he llevado a médicos, a especialistas. Y ella sigue comiendo. Sigue comiendo para odiarme.

– En ese caso, si lo que dices es cierto, tal vez sea hora de que se independice.

– ¿A qué viene eso? ¿Por qué tendría que independizarse? Aquí es feliz, ésta es su casa. Al margen de cualquier trastorno que yo le pueda haber ocasionado, ésta es su casa, siempre lo ha sido, y seguirá siéndolo mientras ella quiera. No hay ninguna razón para que se marche antes de que esté decidida a hacerlo.

– Supon que irse de casa fuese una manera de que dejase de comer así -le propone Ira.

– ¡Comer y vivir donde lo hace son cosas distintas! ¡No veo que tengan nada que ver una con otra! ¡Lo que dices es absurdo! ¡Estamos hablando de mi hija!

– De acuerdo, de acuerdo, pero acabas de expresar cierto grado de decepción…

– He dicho que comía para consolarse. Si se marcha de aquí, tendrá que consolarse el doble. Tendrá que consolarse mucho más. Oh, he hecho algo terriblemente erróneo. Debería haberme quedado con Carlton. Era homosexual, pero era su padre. Debería haber seguido con él. No sé en qué estaba pensando. Nunca habría conocido a Jumbo, nunca me habría relacionado contigo, ella habría tenido un padre, y no se habría entregado de esa manera a la comida.

– ¿Por qué no te quedaste con él?

– Sé que parezco egoísta, como si lo hubiera hecho por mí, para encontrar satisfacción y compañía. Pero en realidad quería que él se liberase. ¿Por qué debía estar confinado por la vida familiar, con una mujer que no le parecía atractiva ni interesante? Cada vez que estábamos juntos, yo me decía que él debía de estar pensando en el siguiente camarero. No quería que tuviera que seguir mintiendo tanto.

– Pero no mentía acerca de eso.

– Oh, yo lo sabía, y a él no se le ocultaba que estaba enterada, lo mismo que todo el mundo en Hollywood lo sabía, pero él siempre procuraba no ser visto y hacía planes. Llamaba por teléfono, desaparecía, daba excusas cuando llegaba tarde y cuando no asistía a una fiesta de Sylphid… Llegó un momento en que yo no podía aceptar otra de esas penosas excusas. A él no le importaba lo que yo pensara, y sin embargo seguía mintiendo de todos modos. Quería aliviarle de eso, quería aliviarme. No era por mi felicidad personal, de veras, sino más bien por la suya.

– ¿Entonces por qué no te marchaste sola? ¿Por qué te fuiste con Jumbo?

– Bueno… ésa era una forma fácil de hacer las cosas. Para no estar sola. Tomar la decisión pero para no estar sola. Claro que podría haberme quedado, y Sylphid habría tenido un padre, no habría sabido la verdad acerca de él y no habríamos pasado aquellos años con Jumbo ni hecho los espantosos viajes a Francia que son una pesadilla. Podría haberme quedado, y ella habría tenido un padre ausente como el de cualquier otra chica. ¿Qué importaba que fuese de la acera de enfrente? Sí, en parte me decidí por Jumbo y la pasión, pero también lo hice porque ya no soportaba las mentiras, el falso engaño, porque era una superchería fingida, porque a Carlton no le importaba, pero por un ápice de dignidad o decencia fingía ocultarlo. ¡Ah, quiero tanto a Sylphid! Quiero a mi hija. Haría cualquier cosa por ella. Pero si pudiera ser más ligera, más fácil y más natural… más como una hija. Está aquí, y la quiero, pero cada decisión es una lucha, y su poder… No me trata como a una madre, y eso me dificulta tratarla como a una hija, aunque haría lo que fuese por ella, cualquier cosa.

– ¿Entonces por qué no dejas que se vaya?

– ¡Sigues insistiendo en eso! Ella no quiere marcharse. ¿Por qué crees que la solución consiste en que se vaya? La solución para ella es quedarse. No está harta de mí. Si estuviera dispuesta a marcharse, a estas alturas ya lo habría hecho. No está preparada. Parece madura, pero no lo está. Soy su madre, la apoyo, la quiero, y ella me necesita. Sé que no parece necesitarme, pero me necesita.

– Pero eres tan desdichada -le dice él.

– No comprendes. No me preocupo por mí sino por Sylphid. Yo me las arreglaré, siempre me las arreglo.

– ¿Qué te preocupa acerca de ella?

– Quiero encontrarle un buen hombre, alguien a quien pueda amar y que cuide de ella. Casi no sale con chicos.

– Casi no -replica Ira-; nunca sale.

– Eso no es cierto. Salió con un chico.

– ¿Cuándo? ¿Hace nueve años?

– Muchos hombres se interesan por ella en el music hall. Muchos músicos. Pero ella se está tomando su tiempo.

– No sé de qué me hablas. Anda, duerme. Cierra los ojos e intenta dormir.

– No puedo. Cierro los ojos y me pongo a pensar en lo que le ocurrirá, en lo que nos pasará a las dos. Lo he intentado una y otra vez… y mira qué poca paz he conseguido, qué poca serenidad mental. Cada día es un nuevo… Sé que a otros les parecerá felicidad, sé que ella parece muy feliz y que juntas damos una impresión de gran felicidad, y la verdad es que somos muy felices juntas, pero las cosas son más difíciles cada día.

– ¿Sois felices juntas?

– Bueno, ella me quiere, sí, me quiere. Soy su madre. Claro que parecemos felices juntas. Es hermosa, hermosa.

– ¿Quién? -le pregunta él.

– Sylphid. Es hermosa -Ira había creído que diría «Pamela»-. Mírala bien a los ojos, mira su cara -sigue diciendo Eve-. La belleza y la fuerza que revelan. No se ven si te limitas a mirarla de una manera superficial. Pero tiene una belleza muy profunda. Es una chica hermosa. Es mi hija. Es notable. Una artista brillante. Es una chica hermosa. Es mi hija.

Si Ira supo alguna vez que la situación no tenía remedio, fue aquella noche. No podría haber visto con mayor nitidez lo imposible que era. Sería más fácil convertir a Estados Unidos al comunismo, más fácil desencadenar la revolución proletaria en Nueva York, en Wall Street, que separar a una mujer y una hija que no querían separarse. Sí, era él quien debía separarse. Pero no lo hizo. ¿Por qué? En última instancia, Nathan, no tengo ninguna respuesta. Pregunta por qué alguien comete cualquier error trágico. No hay respuesta.

Durante aquellos meses, Ira se sintió cada vez más aislado en la casa. En las noches en que no estaba en una reunión de la junta directiva del sindicato, o en la reunión de su partido, o no habían salido a cenar, Eve estaba en el salón haciendo punto y escuchando la música que tocaba Sylphid, mientras Ira, en su estudio, escribía a O'Day. Y cuando el arpa dejaba de oírse y él bajaba en busca de Eve, no la encontraba allí. Estaba en la habitación de Sylphid, escuchando el tocadiscos. Las dos metidas en cama, escuchando Cosifan tutte. Cuando subía al piso superior, oía la ópera de Mozart a todo volumen y las veía juntas en la cama, Ira tenía la sensación de que él era el hijo. Más o menos al cabo de una hora, Eve regresaba, todavía caliente de la cama de Sylphid, para acostarse con él, y ése fue más o menos el fin de la dicha conyugal.

Cuando tiene lugar la explosión, Eve se asombra. Sylphid debe buscarse un piso propio. «Pamela vive a cinco mil kilómetros de distancia de su familia», dice Ira. «Sylphid puede vivir a tres manzanas de la suya». Pero lo único que Eve hace es echarse a llorar. Esto es injusto, es horrible, él intenta apartar a su hija de ella. No, insiste él, sólo se trata de que viva a la vuelta de la esquina. Tiene veinticuatro años y ya es hora de que deje de acostarse con mamá. «¡Es mi hija! ¿Cómo te atreves?» «Muy bien», dice él. «Seré yo quien viva a la vuelta de la esquina», y a la mañana siguiente encuentra un apartamento en Washington Square, lado norte, a cuatro manzanas de distancia. Entrega la fianza, firma el contrato de alquiler con opción a compra, paga el alquiler del primer mes, vuelve a casa y dice lo que ha hecho. «¡Me abandonas! ¡Te divorcias de mí!» El replica que no, que sólo va a vivir a la vuelta de la esquina, y que así podrá pasarse toda la noche en cama con su hija, pero si, para variar, alguna vez quiere pasar toda la noche con él, sólo tiene que ponerse el abrigo y el sombrero e ir a la vuelta de la esquina, donde él la recibirá encantado. En cuanto a la cena, ¿quién reparará siquiera en que él no está presente? Ya vería: iba a producirse una mejora considerable en la perspectiva que Sylphid tenía de la vida. «¿Por qué me haces esto? ¿Para obligarme a elegir entre mi hija y tú, para obligarle a una madre a elegir… ¡es inhumano!» El necesita varias horas más para explicarle que le está pidiendo que acepte una solución que eliminará la necesidad de elegir, pero es dudoso que Eve llegue a comprender lo que le está diciendo. La comprensión no era el fundamento sólido de sus decisiones, sino la desesperación y la capitulación.

A la noche siguiente, Eve subió como de costumbre a la habitación de Sylphid, pero esta vez para presentarle la propuesta que ella y Ira habían convenido, la propuesta que iba a traerles la paz. Ese día Eve había ido con él a ver el apartamento alquilado en Washington Square. Tenía puertas vidrieras, altos techos, molduras ornamentales y suelo de parqué. Había una chimenea con la repisa tallada. Al otro lado del dormitorio trasero había un jardín vallado muy parecido al de la casa en la calle West Eleventh. No era la avenida Lehigh, Nathan. Washington Square Norte, en aquellos días, era una calle tan hermosa como la que más de Manhattan. «Es encantador», comentó Eve. «Es para Sylphid», dijo él. Mantendría el contrato a su nombre, pagaría el alquiler, y Eve, quien siempre había ganado mucho dinero pero le aterraba la idea de que se lo arrebatara un Freedman cualquiera, Eve no tendría que preocuparse de nada. «Ésta es la solución», le dijo él. «¿Y es tan terrible?» Ella se sentó al sol, en uno de los asientos junto a la ventana, en el salón. Su sombrero tenía un velo, uno de aquellos velos con lunares que Eve popularizó en alguna película, lo alzó de su carita deliciosa y se echó a llorar. La lucha había terminado. Se puso en pie de un salto, abrazó a Ira, le besó y corrió de una habitación a otra, imaginando dónde iba a colocar los hermosos y antiguos muebles que llevaría desde la calle West Eleventh para Sylphid. No podría haber sido más feliz. Volvía a tener diecisiete años. Era mágica, encantadora, era la chica seductora de las películas mudas.

Aquella noche hizo acopio de valor y subió al piso superior con el dibujo que había hecho, el plano del nuevo apartamento, y una lista de los muebles que de todos modos Sylphid habría heredado y de los que ya podía disponer. Por descontado, Sylphid planteó enseguida sus objeciones y Ira subió corriendo las escaleras hasta el cuarto de la joven. Las encontró juntas en la cama, pero esta vez sin Mozart. Esta vez era un manicomio. Vio a Eve tendida boca arriba, llorando y gritando, y a Sylphid en pijama y a horcajadas sobre ella, también gritando y llorando, sus fuertes manos de arpista aferrando los hombros de Eve e inmovilizándola en la cama. Había trozos de papel por todo el suelo, el plano del nuevo apartamento, y allí, encima de su esposa, estaba sentada Sylphid, gritando: «¿No puedes enfrentarte a nadie? ¿No te enfrentarás a él una sola vez por tu propia hija? ¿Es que no vas a ser nunca, jamás una madre?».

– ¿Y qué hizo Ira? -le pregunté.

– ¿Qué crees que hizo? Salió de la casa, vagó por las calles hasta Harlem, regresó a Village, caminó varios kilómetros y entonces, en plena noche, fue al piso de Pamela en la calle Carmine. Procuraba no verla nunca allí si podía evitarlo, pero tocó el timbre, subió a toda prisa los cinco pisos y le dijo que había terminado con Eve. Quería que le acompañara a Zinc Town y que se casara con él. Le dijo que había querido casarse con ella desde el principio, y tener un hijo. Puedes imaginar el impacto de sus palabras.

Ella vivía en una única habitación al estilo bohemio: armarios sin puertas, el colchón en el suelo, láminas de Modigliani, la botella de quianti con la vela y partituras de música por todas partes. Era un apartamento minúsculo, y aquel hombre, alto como una jirafa, entra bruscamente, vuelca el atril de música, derriba todos los discos de 78 revoluciones, tropieza con la bañera, que está en la cocina, y le dice a aquella bien educada chica inglesa, con su nueva ideología de Greenwich Village, convencida de que lo que estaban haciendo no tendría consecuencias (una espléndida y apasionada aventura, libre de consecuencias, con un famoso hombre mayor que ella), que iba a ser la futura madre de sus herederos nonatos y la mujer de su vida.

El abrumador Ira, aquel grandullón que irrumpía allí como una jirafa volcándolo todo, aquel hombre impulsivo, con su actitud de todo o nada, le dice: «Recoge tus cosas, te vienes conmigo», y así se entera, con más rapidez que de cualquier otra manera, de que, desde hacía meses, Pamela deseaba poner fin a su relación. «¿Fin? ¿Por qué?» «No podía soportar más la tensión.» «¿Tensión? ¿Qué tensión?» Y entonces ella se lo dijo: cada vez que estaba con él en Jersey, no dejaba de abrazarla, toquetearla y llenarla de inquietud al decirle mil veces cuánto la amaba; entonces dormía con ella, y ella regresaba a Nueva York, se reunía con Sylphid y ésta no hacía más que hablar del hombre al que apodaba la Bestia; unía a Ira y su madre llamándoles la Bella y la Bestia. Y Pamela tenía que darle la razón, tenía que reírse de él; también tenía que bromear acerca de la Bestia. ¿Cómo era tan ciego que no se daba cuenta del efecto que eso le causaba? No podía huir y casarse con él. Tenía un trabajo, una carrera, era una artista que amaba su música, y no podía volver a verle. Si no la dejaba en paz… Así que Ira la dejó. Subió al coche, se dirigió a la cabana y allí es donde fui a verle al día siguiente, cuando salí de la escuela.

Él habló, yo escuché. No me puso al corriente de su situación con Pamela, y no lo hizo porque conocía muy bien mi postura sobre el adulterio. Ya se la había repetido más veces de las que él estaba dispuesto a escuchar. «Lo estimulante del matrimonio es la fidelidad. Si esa idea no te estimula, el matrimonio no es para ti.» No, no me habló de Pamela, sólo me contó la escena de Sylphid sentada sobre Eve. Se pasó la noche entera hablándome de eso, Nathan. Me marché al amanecer, fui a la escuela, me afeité en el baño del profesorado y di las clases. Por la tarde, después de la última clase, subí al coche y volví a la cabana. No quería que se pasara la noche allí a solas, porque no sabía qué era lo que podría hacer a continuación. No sólo se enfrentaba a un grave conflicto en su vida hogareña. Eso era una parte del problema. Por otro lado, la cuestión política se estaba desmadrando: las acusaciones, los despidos, la lista negra permanente. Eso era lo que le estaba minando. La crisis doméstica no era todavía la crisis. Desde luego, corría riesgos en ambos aspectos, los cuales acabarían por fusionarse, pero de momento podía mantenerlos separados.

La Legión americana ya tenía a Ira en su punto de mira por «simpatías procomunistas». Su nombre había salido en una revista católica, en alguna lista, como una persona con «asociaciones comunistas». Su programa radiofónico estaba bajo sospecha, y existían fricciones con el partido. El ambiente se estaba enrareciendo. Stalin y los judíos. El antisemitismo soviético empezaba a penetrar incluso en las conciencias de los zoquetes del partido. Empezaban a circular rumores entre los miembros judíos, y a Ira no le gustaba lo que estaba escuchando. Quería saber más. Sobre las afirmaciones de pureza del Partido Comunista y la Unión Soviética, incluso Ira Ringold quería saber más. La sensación de que el partido era un traidor empezaba a afianzarse, aunque la plena conmoción moral no llegaría hasta las revelaciones de Kruschev. Entonces todo se derrumbó para Ira y sus amigos, la justificación de sus esfuerzos y sufrimientos. Seis años después, la parte central de sus biografías de adultos se echó a perder. De todos modos, ya en 1950, una fecha tan temprana, Ira se creaba problemas al querer saber más, aunque nunca hablaba conmigo de eso y no quería que le hablara en un tono autoritario. Sabía que si nos enredábamos en la cuestión comunista, acabaríamos como tantas familias, sin volver a hablarnos durante el resto de nuestras vidas.

Ya habíamos tenido una buena discusión en 1946, cuando él estaba en Calumet City, compartiendo una habitación con O'Day. Fui a visitarle y no resultó agradable. Porque Ira, cuando discutía de las cosas que más le importaban, nunca terminaba contigo. Sobre todo en aquellos días de la posguerra, Ira, cuando se embarcaba en una discusión política, era extremadamente reacio a perder. Y así le sucedía conmigo. El hermano menor sin formación educaba al hermano mayor bien formado. Me miraba fijamente, me apuntaba con el dedo, turbulento, forzando la decisión, invalidando cuanto yo decía con frases como: «No insultes a mi inteligencia»; «eso es una puñetera contradicción de términos»; «no voy a quedarme aquí sentado y aguantar esa mierda». Su energía para la pelea era asombrosa. «¡Me importa un bledo que nadie lo sepa excepto yo!» «Si tuvieras alguna idea de cómo funciona el mundo…» Se mostraba especialmente irritante cuando me ponía en mi sitio como profesor de inglés: «¡Lo que más detesto es eso de "por favor, defíneme qué diablos quieres decir"!». En aquel entonces no había nada pequeño para Ira. Todo aquello en lo que pensaba, porque él lo pensaba, era grande.

La primera noche que le visité en el lugar donde vivía con O'Day me dijo que el sindicato de profesores debía promover el desarrollo de «la cultura popular». Esa debía ser su política oficial. Quise saber por qué. Porque era la política oficial del partido. Tienes que elevar la comprensión cultural del pobre hombre de la calle y, en vez de una educación clásica, anticuada, tradicional, tienes que hacer hincapié en las cosas que contribuyen a aumentar la cultura popular. Era la línea del partido, y a mí no me parecía en absoluto realista. Pero qué obstinación la suya. Yo no era un pelele, sabía convencer a la gente de que también hablaba en serio. Pero la oposición de Ira era inagotable. No daba su brazo a torcer. Cuando regresé de Chicago, no tuve noticias suyas durante casi un año.

Otra cosa se estaba apoderando de él, aquellos dolores musculares, aquella enfermedad que sufría. Le decían que era tal cosa o tal otra, pero no acertaban a descubrir de qué diablos se trataba. Polimiositis, polimialgia reumática. Cada médico le daba otro nombre. Eso fue casi todo lo que le dieron, aparte de linimento Sloan y Ben-Gay. Su ropa empezó a heder a todas las clases de potingues que le vendían para tratar sus dolores. Yo mismo le llevé a un médico, amigo de Doris, que tenía su consultorio delante del Beth Israel, el cual se informó del caso, le extrajo sangre, le hizo un examen a fondo y nos dijo que su organismo era hiperinflamatorio. Aquel hombre tenía una complicada teoría, y nos hizo unos esquemas. Se trataba de un fallo de la inhibición en la cascada que conduce a la inflamación. Dijo que las articulaciones de Ira producían con facilidad unas reacciones inflamatorias que aumentaban rápidamente. Prontas a inflamarse, lentas en la extinción.

Tras la muerte de Ira, un médico me sugirió, planteándomelo de la manera más persuasiva, que Ira padecía la misma enfermedad que, según creen, tenía Lincoln. Se vestía con sus ropas y atrapó su enfermedad, la de Marfan. El síndrome de Marfan. Una altura excesiva, las manos y los pies grandes, las extremidades delgadas y mucho dolor en músculos y articulaciones. Los pacientes del síndrome de Marfan solían estirar la pata como Ira lo hizo. La aorta estalla y adiós. Sea como fuere, lo cierto es que a Ira no le diagnosticaron lo que tenía, o por lo menos no supieron prescribirle un tratamiento adecuado, y en los años 1949 y 1950 los dolores empezaron a ser más bien intratables. Además, se sentía bajo la presión política de ambos lados del espectro, la emisora de radio y el partido. Su situación me tenía preocupado.

En el primer distrito, Nathan, no sólo éramos la única familia judía de la calle Factory, sino que probablemente éramos la única familia no italiana entre las vías de Lackawanna y la línea de Belleville. Esos vecinos del distrito primero procedían de las montañas, y eran en su mayoría individuos menudos, de anchos hombros y cabezas enormes, naturales de las montañas al este de Ñapóles. Cuando llegaban a Newark, alguien les ponía una pala en las manos y se dedicaban a cavar durante el resto de su vida. Cavaban zanjas. Cuando Ira abandonó la escuela, cavó zanjas con ellos. Uno de aquellos italianos intentó matarle con una pala. Mi hermano era un bocazas y tuvo que luchar para sobrevivir en aquel barrio. Tuvo que luchar para sobrevivir desde los siete años de edad.

Pero de repente estaba combatiendo en todos los frentes, y yo no quería que hiciera algo estúpido o irreparable. No iba a visitarle para decirle nada en particular. No era hombre a quien pudieras decirle lo que debía hacer. Ni siquiera iba allí para decirle lo que pensaba. Y lo que pensaba era que seguir viviendo con Eve y su hija me parecía una locura. La noche que Doris y yo cenamos en su casa, era inequívoca la rareza del vínculo entre los dos. Recuerdo que aquella noche, cuando regresaba a Newark con Doris, le decía una y otra vez: «Ira está fuera de lugar en esa combinación».

Ira llamaba comunismo a su sueño utópico, Eve llamaba al suyo Sylphid. La utopía del hijo perfecto que acarician los padres, la utopía del fingimiento de la actriz, la utopía judía de no ser judía, por nombrar tan sólo algunos de sus proyectos más grandiosos para desodorizar la vida y hacerla aceptable.

Que Ira estaba fuera de lugar en aquella vivienda era algo que Sylphid le había hecho saber sin demora. Y Sylphid tenía razón: allí estaba de más, no tenía nada que hacer. Sylphid le dejó perfectamente claro que privar a su madre de la utopía, darle una dosis de estiércol de la vida que no olvidara jamás, era su más profunda inclinación filial. A decir verdad, yo tampoco creía que su sitio estuviera en la radio. Ira no era un actor. Tenía el descaro de levantarse y hablar por los codos, eso nunca le había faltado, ¿pero actor? Representaba todos los papeles de la misma manera. Aquella plácida memez, como si estuviera sentado enfrente de ti, con los naipes en la mano. El sencillo enfoque humano, sólo que no era ningún enfoque. No era nada. La ausencia de enfoque. ¿Qué sabía Ira de actuar? De niño había resuelto apañárselas por sí solo, y todo lo que le incitaba a seguir adelante era un accidente. No tenía ningún plan. ¿Quería un hogar con Eve Frame? ¿Quería un hogar con la chica inglesa? Comprendo que eso es un impulso primario, y en el caso de Ira el impulso de tener un hogar era el residuo de una decepción muy antigua. Pero elegía a mujeres bellísimas con las que tener un hogar. Ira se instaló en Nueva York con toda su energía, con aquel anhelo de una vida importante y llena de sentido. Del partido recibió la idea de que era un instrumento de la historia, de que la historia le había llamado a la capital del mundo para rectificar los errores de la sociedad, y todo eso me parecía ridículo. Ira no era tanto una persona desplazada como situada fuera de lugar, siempre con una altura inadecuada para el lugar donde se encontraba, tanto espiritual como físico. Pero no era ésa una perspectiva que fuese a compartir con él. ¿Mi hermano tiene la vocación de ser asombroso? Como guste. Lo único que yo no quería era que acabara irreconocible como cualquier otra cosa.

La segunda noche llevé unos bocadillos y los comimos mientras él hablaba y yo le escuchaba. Debían de ser las tres de la madrugada cuando un taxi yellow cab neoyorquino se detuvo ante la cabana. Era Eve. El teléfono de Ira estaba descolgado desde hacía dos días, y cuando ella no pudo seguir soportando la señal de comunicando cada vez que telefoneaba, llamó a un taxi y recorrió los casi cien kilómetros hasta aquel lugar en el campo y en plena noche. Llamó a la puerta, la abrí, ella entró precipitadamente en la sala, y allí estaba él. Es posible que Eve hubiera planeado durante el trayecto en taxi la escena que siguió, aunque también podría haberla improvisado fácilmente. Parecía salida de aquellas películas mudas en las que ella había actuado. Una actuación completamente chiflada, una pura y exagerada invención y, no obstante, tan adecuada para ella que la repetiría casi punto por punto sólo al cabo de unas semanas. Uno de sus papeles predilectos. La Suplicante.

Eve se puso de rodillas en medio de la sala y, olvidándose de mí (o tal vez sin olvidarse), exclamó: «¡Te lo ruego! ¡Te lo imploro! ¡No me abandones!», al tiempo que alzaba los brazos enfundados en el abrigo de visón. Le temblaban las manos y lloraba, como si lo que estuviera en juego no fuese un matrimonio sino la redención de la sociedad. Confirmaba así, si la confirmación era necesaria, su absoluto repudio a la racionalidad humana. Recuerdo que pensé: «Bueno, esta vez ha arruinado sus planes».

Pero yo no conocía a mi hermano, no sabía lo que era capaz de aguantar. Durante toda su vida había protestado de que la gente se pusiera de rodillas, pero habría creído que por entonces tendría los recursos para distinguir entre alguien que se arrodillaba debido a las condiciones sociales y alguien que sólo actuaba. No pudo contener del todo su emoción al verla así. O eso creía yo. Su imposibilidad de soportar el sufrimiento ajeno emergía a la superficie (o así lo creía yo), y salí de la cabana para fumar con el taxista hasta que la armonía se hubiera restaurado.

La estúpida política lo impregnaba todo. Eso era lo que pensaba en el taxi. Las ideologías que llenan la cabeza de la gente y socavan su observación de la vida. Pero sólo más tarde, durante el trayecto de regreso a Newark, empecé a comprender de qué manera esas palabras eran aplicables a la apurada situación en que estaba mi hermano con su esposa. Ira no sólo era incapaz de resistirse al sufrimiento de Eve. Desde luego, podía experimentar los impulsos que casi todo el mundo siente cuando una persona con la que está íntimamente relacionado empieza a derrumbarse; y, por supuesto, podía tener una idea errónea de lo que debería hacer al respecto. Pero no es eso lo que sucedió. Sólo cuando regresaba a casa comprendí que eso no era en absoluto lo que había sucedido.

Recuerda que Ira pertenecía al Partido Comunista sin la menor fisura. Obedecía cada giro de ciento ochenta grados en la política. Se tragaba la justificación dialéctica de cada canallada de Stalin. Ira apoyó a Browder [11] cuando éste era su mesías norteamericano, y cuando Moscú lo expulsó y, de la noche a la mañana, Browder se vio convertido en un colaborador de clase y un imperialista social, Ira se lo tragó todo y apoyó a Foster y la postura que éste defendía, la de que Estados Unidos iba por el camino del fascismo. Logró suprimir sus dudas y convencerse de que su obediencia a cada una de las vueltas que daba el partido ayudaba a construir una sociedad justa y equitativa en Estados Unidos. Se consideraba a sí mismo virtuoso, y en general creo que lo era, otro individuo inocente elegido por votación en un sistema que no comprendía. Resulta difícil creer que un hombre que daba tanta importancia a su libertad pudiera permitir ese control dogmático de su pensamiento. Pero mi hermano se rebajaba intelectualmente de la misma manera que todos. Desde el punto de vista político eran unos crédulos, desde el moral también. No se enfrentaban a la realidad. Los Iras cerraban sus mentes al origen de lo que vendían y celebraban. Era aquél un hombre cuya fuerza principal radicaba en la capacidad de decir que no. No temía decir que no, y te lo decía a la cara. Y, sin embargo, lo único que podía decir siempre al partido era que sí.

Se había reconciliado con ella porque ningún patrocinador, ninguna emisora ni agencia de publicidad tocaría a Ira mientras estuviera casado con la Sarah Bernhardt de las ondas. A eso apostaba, a que no podrían perjudicarle, no podrían deshacerse de él mientras tuviera a la realeza radiofónica de su parte. Ella protegería a su marido y, por extensión, protegería a la camarilla de comunistas que dirigían el programa de Ira. Se arrojó al suelo, le imploró que volviera a casa, y Ira comprendió que sería mejor obedecerla, porque sin ella estaba hundido. Eve era su tapadera, el baluarte del baluarte.

Es entonces cuando aparece un deus ex machina con su diente de oro. Eve lo descubrió. Oyó hablar de ella a algún actor quien, a su vez, se había informado a través de una bailarina. Era masajista, probablemente diez o doce años mayor que Ira, cercana a los cincuenta por entonces. Tenía un aire de desgaste, crepuscular, el de la hembra sensual que va cuesta abajo, pero su trabajo la mantenía en buena forma y conservaba bastante firme aquel cuerpo grande y cálido. Se llamaba Helgi Párn, era estonia y estaba casada con un estonio que trabajaba en una fábrica. Una mujer maciza, de clase obrera, a quien le gusta el vodka y tiene algo de prostituta y algo de ladrona. Una mujer corpulenta y sana a quien, la primera vez que se presenta, le falta un diente. Y, cuando vuelve, luce un diente nuevo, de oro, regalo de un dentista al que masajea. Otra vez aparece con un vestido, regalo de un fabricante textil a quien da masajes. En el transcurso del año se muestra con diversas piezas de bisutería fina, un abrigo de piel, un reloj, y no tarda en comprar acciones, etcétera, etcétera. Helgi mejora constantemente, y bromea acerca de todas sus mejoras. «No son más que muestras de agradecimiento», le dice a Ira. La primera vez que Ira le paga, ella le dice: «No acepto dinero, sino regalos». Y él le responde: «No puedo ir de compras. Tome esto y cómprese lo que guste».

Ella y Ira tienen la obligatoria discusión sobre la conciencia de clase, y él le dice que Marx instaba a los trabajadores como los Párn a arrebatar el capital a la burguesía y organizarse como la clase dirigente, controlando los medios de producción, pero Helgi no acepta nada de eso. Ella es estonia, los rusos han ocupado Estonia y la han convertido en una república soviética, por lo que es instintivamente anticomunista. Para ella sólo existe un país libre, los Estados Unidos de América. ¿Dónde si no una chica campesina inmigrante, sin educación, bla, bla, bla? Para Ira, esas mejoras son cómicas. De ordinario, su sentido del humor no da mucho de sí, pero por lo que respecta a Helgi es una excepción. Piensa que tal vez debería haberse casado con ella. Tal vez esta palurda grandullona y bondadosa a quien no espanta la realidad era su alma gemela, a la manera en que Donna Jones fue su alma gemela: debido a su lado bravio, debido a la faceta díscola de su carácter.

Sin duda, el talante codicioso de la mujer le estimulaba. «¿Qué es esta semana, Helgi?» Ella no cree que eso sea prostitución, que sea siniestro; se trata de una mejora, ni más ni menos. La realización del sueño norteamericano de Helgi. Estados Unidos es la tierra de las oportunidades, los clientes de la masajista la aprecian y una chica tiene que ganarse la vida, así que tres veces a la semana se presentaba después de la cena, con el aspecto de una enfermera (vestido blanco almidonado, medias blancas, zapatos blancos) y provista de una mesa plegable, una mesa de masaje. Instala la mesa en el estudio, ante el escritorio, y aunque él era tan alto que la mesa se quedaba corta y las piernas le sobresalían dos palmos, se estiraba allí y, durante una hora, ella le masajeaba de una manera muy profesional. Esos masajes aportaban a Ira el único alivio auténtico que jamás tuvo de sus dolores.

Entonces, sin quitarse el uniforme blanco, de la manera más profesional, la mujer concluía con algo que le proporcionaba más alivio. Un espléndido chorro brotaba del pene de Ira, y la prisión se disolvía momentáneamente. Ese chorro contenía toda la libertad que le quedaba a Ira. El combate de toda la vida para ejercitar plenamente sus derechos políticos, civiles y humanos había evolucionado hasta consistir en correrse, por dinero, en aquella estonia cincuentona con un diente de oro mientras abajo, en la sala de estar, Eve escuchaba a Sylphid tocar el arpa.

Es posible que Helgi fuese una mujer guapa, pero su frivolidad era evidente. Hablaba un inglés que no estaba en plena forma y, como digo, siempre había un arroyuelo de vodka gorgoteando por sus venas. En conjunto, todo esto le daba un aura de persona bastante lerda. Eve le puso el apodo de la Campesina, y así la llamaban en la calle West Eleventh, pero Helgi Párn no era ninguna campesina. Tal vez superficial, pero no lerda. Helgi sabía que Eve la consideraba una bestia de carga. Eve no se molestaba en ocultarlo, no creía que debiera hacerlo con una masajista, una persona inferior, y la masajista inferior la despreciaba por ello. Cuando Helgi le hacía el francés a Ira y Eve estaba en la sala, escuchando el arpa, la estonia se divertía imitando la manera melindrosa y elegante en que suponía que Eve se la chupaba. Tras la inexpresiva máscara báltica, había un ser osado que sabía cuándo y cómo debía golpear a sus desdeñosos superiores. Y cuando golpeó a Eve, lo echó todo abajo. Cuando tenía vodka en la sangre, Helgi no estaba dispuesta a contenerse.

– La venganza -concluyó Murray-. No hay sentimiento más grande ni más pequeño en el ser humano, no hay nada tan audazmente creativo incluso en las personas más corrientes como el funcionamiento de la venganza, y nada es tan cruelmente creativo incluso en los más refinados de los refinados como el funcionamiento de la traición.

Estas últimas palabras me hicieron volver a la clase de inglés de Murray Ringold: el resumen que hacía el profesor, el señor Ringold absorto en la recapitulación, antes de que finalizara la clase, sintetizando su tema; el señor Ringold dando a entender, por su tono categórico y su cuidada exposición, que «la venganza y la traición» muy bien podría ser la respuesta a una de sus «veinte preguntas» semanales.

– Recuerdo que en el ejército me hice con la Anatomía de la melancolía de Burton y la leía cada noche, la leí por primera vez en mi vida cuando nos adiestrábamos en Inglaterra para invadir Francia. Ese libro me encantó, Nathan, pero me dejó perplejo. ¿Recuerdas lo que dice Burton acerca de la melancolía? Dice que cada uno de nosotros tiene la predisposición a experimentarla, pero algunos adquirimos el hábito de la melancolía. ¿Cómo adquieres el hábito? Este es un interrogante al que Burton no responde. Ese libro suyo no lo dice, y por ello tuve que planteármelo durante la invasión, me lo pregunté hasta descubrirlo gracias a la experiencia personal.

Adquieres el hábito al ser traicionado. La traición es la causante. Piensa en las tragedias. ¿Qué es lo que causa la melancolía, el delirio, el derramamiento de sangre? Ótelo, Hamlet, Lear, todos traicionados. Incluso podríamos decir que Macbeth sufre la traición. Claro que, como se traiciona él mismo, el caso es distinto. Los profesionales que han dedicado sus energías a enseñar las obras maestras, los pocos de nosotros a quienes aún nos absorbe el escrutinio de las cosas que hace la literatura no tenemos ninguna excusa para encontrar la traición en cualquier parte que no sea el mismo corazón de la historia. La historia de arriba abajo. La historia mundial, la historia familiar, la historia personal. La traición es un gran tema. Sólo tienes que pensar en la Biblia. ¿De qué trata ese libro? Esaú, los habitantes de Siquem, Judá, José, Moisés, Sansón, Samuel, David, Urías, Job… todos traicionados. ¿Quién traicionó a Job? Pues el mismísimo Dios. Y Dios traicionado. Traicionado por nuestros antepasados a cada oportunidad.


  1. <a l:href="#_ftnref8">[8]</a> Se refiere a la Real Academia Militar de Sandhurst (Inglaterra), fundada en 1802, donde recibieron instrucción militar personalidades como Churchill y el general Montgomery. (N. del T.)

  2. <a l:href="#_ftnref8">[9]</a> Se llama así a un grupo de universidades en el noreste de Estados Unidos, como Yale, Harvard, Princeton, Columbia, etcétera, con una reputación de alto rendimiento académico y prestigio social. (N. del T.)

  3. <a l:href="#_ftnref10">[10]</a> Violinista israelí nacido en 1945, afectado por la poliomielitis en su infancia. Considerado un gran virtuoso, dio su primer concierto a los diez años. Luego estudió en la escuela de música Juilliard de Nueva York. Ha tocado con las grandes orquestas norteamericanas. (N. del T.)

  4. <a l:href="#_ftnref11">[11]</a> Earl Browder (1891-1973), dirigente del Partido Comunista de EE UU durante casi veinticinco años, hasta que rompió con la doctrina oficial del partido después de la Segunda Guerra Mundial. Se presentó a las elecciones presidenciales en 1936 y 1940. Fue expulsado del partido en 1946. Autor de numerosas obras, entre ellas Marx y América. (N. del T.) ** William Foster (1881-1961), dirigente del Partido Comunista de EE UU, tres veces candidato a la presidencia del país. En 1932, tras sufrir un ataque cardiaco, la dirección del partido recayó en Earl Browder, cuya política durante la Segunda Guerra Mundial Foster desaprobó. En 1945, cuando la dirección internacional comunista mostró su insatisfacción con Browder, Foster fue nombrado presidente del partido. En 1948 figuró entre los dirigentes acusados de actividad subversiva, pero no le juzgaron debido a su precario estado de salud. (TV. del T.)