39096.fb2 Me Cas? Con Un Comunista - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 7

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A mediados de agosto de 1950, sólo unos días antes de que me marchara de casa para estudiar el primer curso de carrera en la Universidad de Chicago (en realidad, de que me marchara para siempre), tomé el tren y fui a pasar una semana con Ira en el campo del condado de Sussex, como lo hiciera el año anterior cuando Eve y Sylphid estaban en Francia, visitando al padre de la arpista, y cuando mi propio padre se entrevistó con Ira antes de darme permiso para ir. Aquel segundo verano llegué tarde a la estación rural, la cual se hallaba a ocho kilómetros de la cabana de Ira, por una estrecha carretera secundaria que discurría entre los prados donde pacían los rebaños de las granjas lecheras. Ira me esperaba en el Chevrolet cupé.

A su lado, en el asiento delantero, se sentaba una mujer de uniforme blanco, a quien me presentó como la señora Párn. Esta había viajado aquel mismo día desde Nueva York para suavizarle el cuello y los hombros, y estaba a punto de regresar en el próximo tren con destino al Este. Traía una mesa plegable, y recuerdo que bajó del coche y la sacó del portaequipajes sin ayuda. Eso es lo que recuerdo, la fuerza con que alzó la mesa, que vestía uniforme blanco y medias blancas, que ella le llamaba «señor Rinn» y él a ella «señora Párn». No observé que tuviera nada especial excepto su fuerza. Apenas me fijé en ella. Y después de que hubiera bajado del coche y, con la mesa a cuestas, se hubiera acercado a la vía donde el tren local la llevaría a Newark, nunca más volví a verla. Yo tenía diecisiete años. Aquella mujer me pareció mayor, higiénica y sin importancia.

En junio, una lista de ciento cincuenta y un profesionales de radio y televisión supuestamente relacionados con «causas comunistas» había aparecido en una publicación llamada Red Channels, y había originado una serie de despidos que extendieron el pánico en la industria de la radiodifusión. Sin embargo, el nombre de Ira no figuraba en esa lista, como tampoco el de ninguno de los participantes en Los libres y los valientes. Yo no tenía la menor idea de que probablemente lo habían exceptuado debido al aislamiento que le procuraba estar casado con Eve Frame, y porque ésta, a su vez, estaba protegida (por Bryden Grant, informador de los redactores de Red Channels) de la sospecha que automáticamente podría haber recaído sobre ella como esposa de un hombre con la reputación de Ira. Al fin y al cabo, Eve había asistido con Ira a más de un acto político que, en aquellos días, podría haber puesto en entredicho su lealtad a Estados Unidos. No eran necesarias muchas pruebas incriminatorias (en casos de identidad errónea, no hacía falta ninguna), incluso para una persona tan poco comprometida políticamente como Eve Frame, para que la etiquetaran como «frentista» y acabara sin trabajo.

Pero yo no sabría el papel que tuvo Eve en la difícil situación de Ira hasta unos cincuenta años después, cuando Murray me habló de ello en mi casa. En la época en que tuvieron lugar los acontecimientos, mi teoría era que no habían ido a por él porque temían su violenta reacción, temían lo que entonces me parecía su indestructibilidad. Pensaba que los redactores del Red Channels temían que, si le provocaban, Ira pudiera derribarlos con una sola mano. Incluso tuve un momento romántico, mientras Ira me hablaba de Red Channels durante nuestra primera comida juntos, en el que imaginé la cabana en Pickax Hill Road como uno de esos austeros campos de entrenamiento en plena naturaleza de Jersey donde los pesos pesados solían pasar varios meses antes de la gran pelea. Allí el peso pesado era Ira.

– Quienes van a establecer los criterios del patriotismo en mi profesión son tres policías del FBI. Tres ex agentes del FBI, Nathan, ésos son los que dirigen esa operación de Red Channels. Tres individuos cuya fuente de información preferida es el Comité Doméstico de Actividades Antinorteamericanas decidirán quién ha de trabajar en la radio y quién no. Ya verás lo valientes que se muestran los jefes ante esta basura. Observa cómo el sistema de beneficios se mantiene firme contra la presión. Libertad de pensamiento, de expresión, proceso legal establecido… todo eso a hacer puñetas. Destruirán a la gente, amigo. No son sus medios de vida lo que van a perder, sino la vida. La gente va a morir. Enfermarán y morirán, saltarán desde lo alto de los edificios y morirán. Cuando esto haya terminado, la gente relacionada en esa lista acabará en campos de concentración, por cortesía de la preciosa Ley de Seguridad Interna del señor McCarran. Y si estalla la guerra con la Unión Soviética, y no hay nada que el ala derecha de este país desee más que una guerra, McCarran se ocupará personalmente de ponernos a todos tras las alambradas.

La lista ni hizo callar a Ira ni hizo que, como tantos de sus colegas, corriera para ponerse a cubierto. Sólo una semana después de que se publicara la lista, estalló de repente la guerra de Corea, y en una carta al viejo Herald Tribune, Ira (firmándola provocativamente como el Iron Rinn de Los libres y los valientes) había expresado en público su oposición a lo que denominaba la tan esperada confrontación decisiva de la posguerra entre el capitalismo y el comunismo y, con ello, «la maníaca preparación del escenario para el horror atómico de la Tercera Guerra Mundial y la destrucción de la humanidad». Esa era la primera carta de Ira al director de un periódico desde que escribiera desde Irán al Star and Stripes acerca de la injusticia de la segregación racial de los soldados, y era algo más que una encendida declaración contra la guerra con la Corea del Norte comunista, puesto que implicaba un flagrante y calculado acto de resistencia contra Red Channels y su objetivo, que no consistía tan sólo en una purga de comunistas, sino que también amenazaba con reducir a una sumisión silenciosa a los profesionales de las ondas liberales e izquierdistas no comunistas.

Durante toda la semana que pasé en la cabana, en agosto de 1950, Ira no habló prácticamente más que de Corea. En mi visita anterior, casi todas las noches Ira y yo nos habíamos tirado en desvencijadas sillas de playa, rodeados por velas de esencia de limoncillo para repeler a los mosquitos y jejenes (la fragancia a limón de aquellas velas me recordaría para siempre a Zinc Town) y, mientras yo contemplaba las estrellas, Ira me contaba toda clase de anécdotas, unas nuevas y otras repetidas, acerca de su época de minero, en la adolescencia, los tiempos de la depresión, cuando era un vagabundo sin hogar, sus aventuras en tiempo de guerra como estibador del ejército norteamericano, en la base de Abadán, en el Shatt-al-Arab, el río que, cerca del Golfo Pérsico, más o menos separa Irán de Iraq. Yo nunca había conocido a nadie que hubiera participado en tantos episodios de la historia de Estados Unidos, que estuviera tan familiarizado con la mayor parte de la geografía norteamericana, que se hubiera visto las caras con tantos delincuentes norteamericanos. Nunca había conocido a nadie tan inmerso en sus circunstancias históricas o tan definido por ellas. O tiranizado por ellas, tanto su vengador como su víctima y su herramienta. Imaginar a Ira al margen de sus circunstancias históricas era imposible.

Para mí, durante aquellas noches en la cabana, la Norteamérica que era mi herencia se manifestaba en forma de Ira Ringold. Lo que Ira decía, aquel flujo de odio y amor que ni era del todo límpido ni dejaba de estar repetido, me provocaba exaltados anhelos patrióticos de conocer personalmente la América que se extendía más allá de Newark, encendía aquellas mismas pasiones de hijo del país que experimenté en mi infancia, durante la guerra, que en la adolescencia habían fomentado Howard Fast y Norman Corwin y que, al cabo de uno o dos años, serían mantenidas por las novelas de Thomas Wolfe y John Dos Passos. El segundo año que visité a Ira, allá en las colinas de Sussex, al final del verano, empezó a hacer un fresco delicioso por la noche, y yo alimentaba las rugientes llamas de la chimenea con leña que había partido al sol por la mañana, mientras Ira, en pantalones cortos, calzando unas desgastadas zapatillas de baloncesto y una descolorida camisa verde oliva de su época militar, tomaba el café de una taza vieja y desportillada, con todo el aspecto del arquetípico jefe de niños exploradores, el hombretón con talento innato a quien los muchachos adoran, capaz de vivir de lo que produce la tierra, espantar al oso y velar para que tu hijo no se ahogue en el lago, y hablaba por los codos acerca de Corea en un tono de protesta y disgusto que con toda probabilidad no oirías alrededor de la fogata en ninguna otra acampada del país.

– No puedo creer que a ningún ciudadano norteamericano con dos dedos de frente se le ocurra pensar que tropas comunistas de Corea del Norte embarcarán para recorrer nueve mil kilómetros e invadir Estados Unidos. Pero eso es lo que la gente dice: «Hay que tener cuidado con la amenaza comunista. Van a invadirnos». Truman está enseñando su fuerza a los republicanos, eso es lo que se propone, de eso se trata, ni más ni menos. Mostrar su fuerza a costa de los pobres coreanos. Vamos allá, vamos a bombardear a esos hijos de puta, ¿comprendes? Y todo para sostener a ese fascista vuestro, Syngman Rhee. El admirable presidente Truman, el admirable general McArthur. Los comunistas, los comunistas… No el racismo de este país, no las desigualdades de este país. ¡No, el problema son los comunistas! Cinco mil negros han sido linchados en este país y todavía no han condenado a un solo linchador. ¿Tienen los comunistas la culpa? Noventa negros han sido linchados desde que Truman llegó a la Casa Blanca, llenándose la boca con los derechos civiles. ¿Tienen la culpa de eso los comunistas o el fiscal general de Truman, el admirable señor Clark, quien recurre a la escandalosa persecución, en una sala de justicia norteamericana, de doce dirigentes del Partido Comunista y les arruina cruelmente la vida por sus creencias, pero cuando se trata de los linchadores se niega a mover un dedo? Hagamos la guerra a los comunistas, enviemos a nuestros soldados a luchar contra los comunistas… ¡y adondequiera que vayas, alrededor del mundo, los primeros en morir en la lucha contra el fascismo son los comunistas! Los primeros en luchar por los negros, por los obreros…

Todo eso ya lo había oído antes, las mismas palabras, innumerables veces, y hacia el final de mi semana de vacaciones no deseaba más que dejar de escucharle y marcharme a casa. En esta ocasión, la estancia en la cabana no había sido para mí como el primer verano. Apenas tenía un atisbo de lo acosado que se sentía Ira en todos los frentes, de lo comprometida que veía su provocadora independencia (imaginando todavía que mi héroe se disponía a encabezar y ganar la lucha radiofónica contra los reaccionarios de Red Channels), no podía comprender el temor y la desesperación, la creciente sensación de fracaso y aislamiento que alimentaba la indignación y el ansia de justicia de Ira.

– ¿Por qué mantengo mi actividad política? Hago esas cosas porque creo que son justas. He de hacer algo, porque es necesario hacer algo. Me importa un bledo que nadie lo sepa excepto yo. La cobardía de mis antiguos asociados me repugna, Nathan…

El verano anterior, aunque no era lo bastante mayor para conseguir el permiso, Ira me había enseñado a conducir su coche. Cuando cumplí diecisiete años y mi padre se dispuso a enseñarme, no me cupo duda de que si le decía que Ira Ringold se le había adelantado en agosto, heriría sus sentimientos, por lo que fingí que no sabía lo que estaba haciendo y que aprender a conducir era algo completamente nuevo para mí. El Chevrolet modelo 1939 de Ira era negro, un cupé de dos puertas, y muy bonito. Ira era tan corpulento que, sentado al volante del coche, parecía un fenómeno de circo, y aquel segundo verano, cuando se sentó a mi lado y me dejó conducir, me sentí como si estuviera paseando a un monumento, un monumento enfurecido por la guerra de Corea, un monumento bélico que conmemoraba la batalla contra el belicismo.

El coche había pertenecido a la abuela de alguien, y sólo tenía diecinueve mil kilómetros cuando Ira lo compró, en 1948. Palanca de cambios en el suelo, tres velocidades y la marcha atrás en el lado izquierdo, parte superior, de la H. Dos asientos independientes delante, con un espacio entre ellos lo bastante ancho para que un niño pequeño se colocara incómodamente. Sin radio ni calefacción. Para abrir las aberturas de ventilación, bajabas una palanquita y las aletas se alzaban delante del parabrisas, provistas de una red metálica para impedir que entraran los insectos. Muy eficaz. Ventanillas herméticas con su propia manivela. Asientos tapizados con aquella tela vellosa de color gris ratón que llevaban por entonces todos los coches, estribos, maletero grande. La rueda de recambio, junto con el gato, bajo el suelo del maletero. Una especie de rejilla terminada en punta, y el adorno del capó contenía una pieza de vidrio. Auténticos guardabarros, grandes y redondeados, y los faros separados, como dos torpedos, detrás de aquella rejilla aerodinámica. Los limpiaparabrisas creaban un vacío, de modo que cuando pisabas el acelerador, su velocidad se reducía.

Recuerdo el cenicero, en el mismo centro del tablero de instrumentos, entre el conductor y el pasajero: un bonito y alargado objeto de plástico, con un gozne en la parte inferior que permitía inclinarlo hacia ti. Para acceder al motor, hacías girar una palanca en el exterior. No tenía cerradura, por lo que era posible destruir el motor en un par de segundos. Cada lado del capó se abría por separado. La textura del volante no era suave y reluciente, sino fibrosa, y la bocina sólo estaba en el centro. El arranque era un pequeño pedal de caucho redondeado, con una pieza de caucho corrugado alrededor del cuello. El estárter necesario para arrancar cuando el ambiente era muy frío se encontraba a la derecha, y algo que se llamaba regulador, a la izquierda. Yo no comprendía qué uso podía tener el regulador. Incrustado en la guantera, había un reloj de cuerda. La cubierta del depósito de combustible, en el mismo lado, detrás de la portezuela del pasajero, se desenroscaba como una tapa. Para cerrar el coche, se apretaba el botón que había en la ventanilla del conductor, y al apearte bajabas la palanca rotatoria y cerrabas la puerta de golpe. De esa manera, si estabas distraído, podías dejarte la llave dentro del coche cerrado.

Podría seguir contando detalles de aquel coche porque fue en él donde tuvo lugar mi primera experiencia sexual. Aquel segundo verano que pasé con Ira conocí a la hija del jefe de policía de Zinc Town, y una noche tomé prestado el coche de Ira y la llevé a un cine al aire libre. Se llamaba Sally Spreen y era una pelirroja, un par de años mayor que yo, que trabajaba en los almacenes del pueblo y de la que se decía que era «fácil». Me llevé a Sally Spreen fuera de Jersey, a un cine al aire libre que estaba al otro lado del Delaware, en Pennsylvania. En aquel entonces los altavoces de los cines al aire libre se metían dentro del coche, colgados de la ventanilla, y la película que proyectaban era de Abbott y Costello. Ruidosa. Empezamos a acariciarnos enseguida. Era una chica fácil, en efecto. Lo divertido (si uno puede seleccionar sólo una parte como divertida) era que yo tenía los calzoncillos alrededor del pie izquierdo y éste sobre el acelerador, por lo que mientras me movía encima de ella ahogaba el motor del coche. Cuando me corrí, de alguna manera los calzoncillos se habían enrollado alrededor del pedal de freno y mi tobillo. Costello grita: «¡Eh, Abbott! ¡Eh, Abbott!», las ventanillas están empañadas, el motor ahogado, el padre de la chica es el jefe de policía de Zinc Town y yo estoy atado al suelo del coche.

Mientras la llevaba a su casa, no sabía qué decir ni qué sentir ni qué castigo esperar por haberla llevado más allá del límite estatal para tener relaciones sexuales, así que me dediqué a explicarle por qué los soldados norteamericanos no deberían estar luchando en Corea. Le di la paliza sobre el general McArthur, como si éste fuese su padre.

Cuando regresé a la cabana, Ira alzó la vista del libro que estaba leyendo.

– ¿Qué, ha estado bien la chica?

No sabía qué responderle. Esa idea ni siquiera se me había ocurrido.

– Cualquiera habría estado bien -le dije, y los dos nos echamos a reír.

Por la mañana descubrimos que, en mi exaltación de la noche anterior, había dejado la llave dentro del coche cerrado antes de entrar en la cabana, perdida mi virginidad. Ira volvió a reírse, pero, por lo demás, durante la semana que pasé en la cabana no conseguí divertirle.

A veces Ira invitaba a su vecino más cercano, Raymond Svecz, a cenar con nosotros. Ray era soltero y vivía a unos tres kilómetros carretera abajo, en el borde de una cantera abandonada, una excavación que tenía un aspecto primitivo, un enorme y aterrador abismo artificial cuyo insondable vacío me daba escalofríos incluso cuando estaba iluminado por el sol. Ray vivía allí solo, en una estructura de una sola habitación que décadas atrás había sido cobertizo de almacenamiento para el equipo de minería, la vivienda más desolada que yo había visto jamás. Había estado preso en Alemania durante la guerra, y regresó a casa con lo que Ira llamaba «problemas mentales». Al cabo de un año, cuando había vuelto a su trabajo de perforador en la mina de cinc (en la mina de cinc donde Ira trabajó con una pala de muchacho), se lesionó la cabeza en un accidente. A cuatrocientos metros bajo la superficie de la tierra, una roca del tamaño de un ataúd y que estaba por encima de su cabeza, con un peso de media tonelada, se desprendió cerca de la pared que él estaba perforando y, aunque no le aplastó, le arrojó violentamente de bruces al suelo. Ray sobrevivió, pero no bajó nunca más a la mina, y los médicos le estaban reconstruyendo el cráneo desde entonces. Ray era hábil, y Ira le daba trabajos esporádicos de vez en cuando, le encargaba desherbar el huerto y regarlo cuando él estaba ausente, le pagaba por hacer reparaciones y pintar en la cabana. La mayor parte de las semanas le pagaba por no hacer nada, y cuando Ira estaba allí y veía que Ray no se alimentaba debidamente, le invitaba a comer. Ray casi nunca hablaba. Era un individuo simpático y bobalicón que siempre hacía un gesto de asentimiento con la cabeza (de la que decían que no se parecía mucho a la que tenía antes del accidente), muy cortés… e incluso cuando él comía con nosotros, Ira no cesaba de atacar a nuestros enemigos.

Debería haberlo esperado. Lo cierto era que lo había esperado y, desde luego, con interés. Tiempo atrás habría pensado que aquel discurso no me cansaría jamás. Pero me había cansado. A la semana siguiente comenzaría mis estudios universitarios, y mi educación con Ira había terminado. La rapidez con que finalizaba era increíble. La inocencia también había terminado. Entré en la cabana de Pickax Hill Road siendo de una manera y salí convertido en una persona distinta. Fuera cual fuese el nombre de la nueva fuerza impulsora que había salido a la superficie, había aflorado espontáneamente, por sí misma, y era irreversible. La brusca separación de mi padre, la tensión en el afecto filial ocasionada por mi encaprichamiento de Ira, tenía ahora su réplica en la desilusión que éste me causaba.

Incluso cuando Ira me llevó a ver a su amigo predilecto en la localidad, Horace Bixton (quien, con su hijo, Frank, tenía un negocio de taxidermia en un establo de vacas semiacondicionado y dividido en dos salas, cerca de la granja de los Bixton, que se alzaba junto a una carretera de tierra), de lo único que pudo hablar con él fue de lo mismo que había hablado interminablemente conmigo. El año anterior fuimos a visitarle y lo pasé muy bien, no escuchando a Ira acerca de Corea y el comunismo, sino a Horace, quien hablaba de la taxidermia. «Podrías escribir un guión radiofónico, Nathan, con este hombre en el papel principal y basado tan sólo en la taxidermia.» El interés de Ira por esa actividad formaba parte de la fascinación por la clase obrera que aún sentía, no tanto por la belleza natural sino por la intrusión humana en la naturaleza, por la naturaleza industrializada y explotada, por la naturaleza manipulada, gastada y desfigurada por el hombre, como empezaba a evidenciarse en aquella región, donde se extraía el cinc, arruinada por el hombre.

La primera vez que crucé la puerta de los Bixton, el extraño amasijo en la pequeña estancia delantera me dejó perplejo: pieles curtidas amontonadas por todas partes; cornamentas con etiquetas, colgadas del techo con alambres, de un extremo a otro de la habitación, docenas de cornamentas; enormes peces laqueados también pendientes del techo, peces relucientes con las aletas extendidas, peces relucientes con largas espadas, un único pez reluciente con cara de mono; cabezas de animales, pequeñas, medianas, grandes y enormes, montadas en tableros y llenando todo el espacio de la pared; una densa bandada de patos, gansos, águilas y buhos diseminados por el suelo, muchos de ellos con las alas abiertas como si estuvieran volando. Había faisanes y pavos silvestres, un pelícano, un cisne; había también, furtivamente dispersos entre las aves, una mofeta, un lince, un coyote y un par de castores. En polvorientas vitrinas a lo largo de las paredes estaban los pájaros más pequeños, palomas, un pequeño caimán, así como serpientes enrolladas, lagartos, tortugas, conejos, ardillas y toda clase de roedores, ratones, comadrejas y otras bestezuelas de feo aspecto a las que yo no sabría nombrar, todas ellas dispuestas de manera realista, formando unos cuadros naturales viejos y ajados. Y el polvo estaba por doquier, cubriendo pelajes, plumas, pellejos, todo.

Horace, un hombre delgado y entrado en años, no mucho más alto que la envergadura de las alas de su buitre, con mono de faena y gorra de color caqui, se me acercó con la mano tendida y, al ver mi expresión de sorpresa, sonrió como disculpándose.

– Sí -me dijo-, aquí no desperdiciamos gran cosa.

Ira me había dicho que aquel hombre con aspecto de duende, a quien él miraba desde tanta altura, confeccionaba su propia sidra, ahumaba la carne y conocía a todos los pájaros por su canto.

– Aquí tienes a Nathan, Horace, estudiante y escritor. Le dije lo que me contaste de un buen taxidermista, que se pone a prueba al crear la ilusión de vida. «Así es como se pone a prueba un buen escritor», me dijo él, y le he traído para que los dos artistas cambiéis impresiones.

– Mira, nos tomamos el trabajo en serio -me informó Horace-. Hacemos de todo. Peces, aves, mamíferos, cabezas de caza mayor. Todas las posiciones, todas las especies.

– Habíale de ese bicho -dijo Ira riendo, al tiempo que señalaba un alto pajarraco de patas zancudas que me parecía una especie de gallo de pesadilla.

– Eso es un casuario -respondió Horace-. Un gran pájaro de Nueva Guinea. No vuela. Este ejemplar estaba en un circo. Actuaba en un circo ambulante, en uno de los espectáculos secundarios, y se murió. Me lo trajeron en 1938, lo disequé y los del circo no vinieron a buscarlo. Ése es un órix -dijo, empezando a diferenciar su obra para mí-. Ese de ahí es un halcón de Cooper. Un cráneo de búfalo del Cabo… a eso se le llama montura europea, la mitad superior del cráneo. Esas astas son de alce. Enormes. Un ñu, y ahí, la parte superior del cráneo con el pelaje…

El safari por la sala de exposición, la delantera, nos llevó media hora, y entonces entramos en la otra sala, el taller… «el obrador», como lo llamaba Horace. Allí estaba Frank, un hombre bastante calvo, de unos cuarenta años, modelo a gran escala de su padre, sentado a una mesa ensangrentada y desollando a un zorro con un cuchillo que, como supimos más tarde, el mismo Frank había confeccionado con una hoja de sierra para cortar metales.

– Los distintos animales tienen distintos olores, ¿sabes? -me explicó Horace-. ¿Notas el olor del zorro?

Asentí.

– Sí, hay un olor que se asocia al zorro -dijo Horace-, y no es tan grato como podría ser.

Frank había desollado casi toda una pata trasera del zorro, dejando el músculo y el hueso al descubierto.

– A ése vamos a montarlo entero -dijo Horace-. Parecerá un zorro vivo -el animal, abatido recientemente, ya parecía un zorro vivo, sólo que dormido. Nos sentamos alrededor de la mesa mientras Frank seguía trabajando limpiamente-. Frank tiene unos dedos muy ágiles -comentó Horace con orgullo paterno-. Mucha gente puede disecar zorros, osos, ciervos y aves grandes, pero mi hijo también sabe disecar pájaros cantores.

Entonces nos contó que el instrumento de fabricación casera más valioso de Frank era una minúscula cuchara para extraer el cerebro de los pájaros pequeños, de una clase que no se encontraba en las tiendas. Cuando Ira y yo nos disponíamos a marcharnos, Frank, que era sordo y no podía hablar, había desollado al zorro entero, dejándolo reducido a un cadáver rojizo y flaco, del tamaño de un recién nacido humano.

– ¿El zorro se come? -le preguntó Ira.

– Normalmente no -respondió Horace-, pero durante la depresión probábamos esto y aquello. Entonces todo el mundo estaba en el mismo apuro, ¿sabes?, y no había carne. Comíamos zarigüeya, marmota, conejo.

– ¿Cuál de ellos era bueno para comer?

– Todos esos animales eran buenos. Siempre estábamos hambrientos. En la época de la depresión comías cualquier cosa que pudieras conseguir. Comíamos cuervo.

– ¿Cómo es el cuervo?

– Verás, lo malo del cuervo es que no sabes lo viejo que es el bicho. La carne de uno de ellos era como cuero de zapato. Algunos cuervos sólo servían para hacer sopa. También comíamos ardilla.

– ¿Cómo se cocina la ardilla?

– En una olla negra de hierro colado. Mi mujer les ponía trampas. Las desollaba y, cuando tenía tres, las cocinaba en la olla. Las comíamos como si fuesen muslos de pollo.

– He de traer a mi mujercita para que le des la receta -dijo Ira.

– Cierta vez mi mujer trató de darme mapache, pero me di cuenta. Dijo que era oso negro -Horace se echó a reír-. Era una buena cocinera. Murió el día de la candelaria [12], hace siete años.

– ¿Cuándo disecaste ése, Horace?

Ira señaló, por encima de la gorra de Horace, la cabeza de un jabalí colgada de la pared, entre los estantes cargados con los bastidores de alambre y los de arpillera impregnada de yeso sobre los que se estiraban las pieles de los animales, se ajustaban y cosían para crear la ilusión de que estaban vivos. El jabalí era una bestia considerable, negruzca, con la garganta parda y una máscara blanquecina de cerdas entre los ojos y, a modo de adorno, en las quijadas, y un hocico tan grande, negro y duro como una piedra negra y húmeda. Tenía las mandíbulas abiertas, en actitud amenazante, por lo que se le veía el interior carnoso de la boca y la imponente dentadura, los colmillos blancos. Desde luego, el jabalí daba la ilusión de vida; pero, también, la daba todavía el zorro de Frank, cuyo hedor yo apenas podía soportar.

– Ese jabalí parece auténtico -dijo Ira.

– Claro, es auténtico, pero la lengua no, la lengua es artificial. El cazador quiso que le pusiera los dientes originales. Normalmente usamos dientes falsos, porque los originales suelen agrietarse con el tiempo. Se vuelven quebradizos y se caen. Pero él quería los dientes auténticos, así que se los pusimos.

– ¿Cuánto tiempo te llevó en total?

– Unas tres jornadas de trabajo, veinticuatro horas.

– ¿Cuánto ganas por un jabalí como ése?

– Setenta dólares.

– Me parece barato -dijo Ira.

– Es que estás acostumbrado a los precios de Nueva York -replicó Horace.

– ¿Te dan todo el jabalí o sólo la cabeza?

– En general te dan la cabeza, cortada por la base del cuello. De vez en cuando nos encargan un oso entero, un oso negro… En una ocasión disequé un tigre.

– ¿Un tigre? ¿De veras? No me lo habías dicho.

Me daba cuenta de que, aunque Ira inducía a Horace con vistas a mi educación como escritor, también le interrogaba para oírle responder con su vocecilla aguda y alegre, una voz que parecía tallada en un pedazo de madera.

– ¿Dónde abatieron al tigre? -le preguntó Ira.

– Es de un señor que los tiene, como si fuesen animales domésticos, y uno de ellos se murió. Las pieles son valiosas, y el propietario quería hacer una alfombra con la de aquél. Nos llamó, puso al animal en una camilla y Frank fue allí con el coche y lo recogió. Lo trajo entero, porque ellos no sabían desollarlo ni nada.

– ¿Y sabías disecar un tigre o tuviste que consultar un libro?

– ¿Un libro, Ira? No, nada de libros. Cuando llevas algún tiempo haciendo esto sabes ingeniártelas para disecar cualquier animal.

– ¿Quieres hacerle a Horace alguna pregunta? -me dijo Ira-. ¿Algo que te interese saber para tus estudios?

El mero hecho de escucharle no podía haberme hecho más feliz, y respondí que no.

– ¿Fue divertido desollar a ese tigre, Horace? -quiso saber Ira.

– Sí, lo pasé muy bien. Le pedí a un conocido que tiene una cámara de cine doméstico que hiciera una película de todo el proceso, y aquel año, por Acción de Gracias, la pasé.

– ¿Antes o después de la cena? -preguntó Ira.

Horace sonrió. Aunque yo no podía discernir ironía alguna en la práctica de la taxidermia, el mismo taxidermista tenía un buen sentido del humor norteamericano.

– Bueno, te pasas el día entero comiendo, ¿no? Todo el mundo recordaba aquel día de Acción de Gracias. En una familia de taxidermistas están acostumbrados a cosas así, pero siempre puedes darles una sorpresa, ¿sabes?

Y así prosiguió la charla, una conversación afable y serena, punteada de vez en cuando por la risa, y al final Horace me regaló una pezuña de ciervo. En cuanto a Ira, nunca le había visto más amable y tranquilo con nadie. Y si exceptúo las náuseas que me provocaba el olor del zorro, no recordaba haber estado tan sereno en compañía de Ira. Tampoco le había visto nunca tan serio respecto a algo que no fuesen los asuntos mundiales, la política norteamericana o los defectos de la especie humana. Hablar de cuervos cocinados, de la transformación de un tigre en una alfombra y el coste de disecar un jabalí fuera de la ciudad de Nueva York le liberaba de todo aquello que le excitaba y volvía belicoso, y se mostraba tal como era en realidad; casi irreconocible.

Había algo tan cautivador en la jovial relación de aquellos dos hombres (en especial con un hermoso animal al que estaban despojando del buen aspecto que tenía bajo sus mismas narices) que luego tuve que preguntarme si aquella persona que no tenía necesidad de agitarse y mostrar con vehemencia los efectos de sus emociones para sostener una conversación era tal vez el Ira auténtico, inactivo, que pasaba inadvertido, mientras que el otro, el radical furioso, era una representación, una imitación de algo, como su Lincoln o la lengua del jabalí. El respeto y el cariño que Ira evidenciaba por Horace Bixton sugería, incluso a un muchacho como yo, la existencia de un mundo sencillo, poblado por gentes sencillas y con satisfacciones sencillas, al que Ira podría haberse desplazado, donde sus trepidantes pasiones, donde todo aquello de lo que estaba dotado (y que le dotaba mal) para el ataque contra la sociedad podría ser rehecho e incluso pacificado. Tal vez con un hijo como Frank, de cuyos ágiles dedos pudiera estar orgulloso, y una esposa que sabía atrapar y cocinar una ardilla, tal vez apropiándose de esa clase de cosas al alcance de la mano, preparando su propia y fuerte sidra, ahumando sus carnes, vestido con un mono y una gorra de color caqui, escuchando cantar a los pájaros… Y entonces me dije que quizá no, que ser como Horace, sin un gran enemigo, habría hecho que a Ira la vida le resultara incluso más difícil de tolerar de lo que ya era.

Durante la visita que hicimos a Horace el segundo año no hubo risas y Ira llevó el peso de la conversación.

Frank estaba desollando una cabeza de ciervo. Horace había dicho que su hijo podía ocuparse de un ciervo con los ojos cerrados. El viejo taxidermista estaba encorvado en el otro extremo de la mesa de trabajo, «preparando cráneos». Tenía dispuesto ante él un surtido de cráneos muy pequeños que reparaba con alambre y pegamento.

Unos profesores de ciencias de una escuela que estaba en Easton querían una colección de cráneos de pequeños mamíferos, y sabían que Horace podía tener lo que deseaban porque, como me dijo, sonriendo a la vista de los minúsculos y frágiles huesos, él no tiraba nada.

– ¿Es posible, Horace -le decía Ira-, que cualquier ciudadano norteamericano con dos dedos de frente crea que las tropas comunistas de Corea del Norte embarquen y naveguen nueve mil kilómetros para invadir Estados Unidos? ¿Puedes creer tal cosa?

Horace sacudió lentamente la cabeza, sin alzar la vista de una rata almizclera cuyos dientes flojos le estaba fijando a la mandíbula con pegamento.

– Pues eso es exactamente lo que dice la gente -siguió diciendo Ira-. «Hay que tener cuidado con la amenaza comunista, van a invadir el país.» Ese Truman está mostrando su fuerza a los republicanos, no pretende otra cosa. A eso se reduce todo. Quiere mostrar su fuerza a costa de los inocentes coreanos. Vamos a ir allí tan sólo para apoyar a ese cabrón fascista que es Syngman Rhee. Vamos a bombardear a esos hijos de puta, ¿comprendes? El admirable presidente Truman, el admirable general McArthur…

Y yo, incapaz de no hastiarme ante la infatigable arenga que era el guión primordial de Ira, pensaba maliciosamente: «Frank no sabe la suerte que tiene de ser sordo. Esa rata almizclera no sabe la suerte que tiene al estar muerta. Ese ciervo…». Etcétera.

Lo mismo sucedió (Syngman Rhee, el admirable presidente Truman, el admirable general McArthur) una mañana, cuando fuimos al vertedero de piedras, junto a la carretera, para saludar a Tommy Minarek, un minero jubilado, un eslovaco corpulento y vigoroso que trabajaba en las minas cuando Ira llegó a Zinc Town en 1929 y que en aquel entonces mostró un interés paternal por Ira. Ahora Tommy trabajaba para el municipio, encargado del vertedero de piedras, que es una atracción turística, donde, junto con los coleccionistas de minerales serios, a veces acuden familias con sus hijos para buscar en el vasto vertedero trozos de roca que llevarse a casa y colocarlos bajo una luz ultravioleta; «bajo la luz», me explicó Tommy, «los minerales brillan con una fluorescencia roja, anaranjada, violeta, mostaza, azul, crema y verde. Algunos parecen de terciopelo negro».

Tommy estaba sentado en una roca grande y plana, a la entrada del vertedero, sin sombrero, como de costumbre, hiciera el tiempo que hiciese. Era un anciano bien conservado, de cara ancha y cuadrada, cabello blanco, ojos de color avellana y con todos los dientes. Cobraba a los adultos un cuarto de dólar por entrar y, aunque el ayuntamiento le pedía que cobrara diez centavos a los niños, él siempre les dejaba entrar gratis.

– Aquí viene gente de todo el mundo -me dijo Tommy-. Los hay que vienen todos los fines de semana, incluso en invierno, un año tras otro. Enciendo fuego para algunos, y ellos me dan unos dólares. Vienen cada sábado o domingo, tanto si llueve como si brilla el sol.

Sobre una toalla en el capó de su destartalado coche, aparcado junto a la gran roca plana en la que estaba sentado, Tommy tenía a la venta piedras procedentes de su propio sótano, ejemplares voluminosos que costaban hasta cinco o seis dólares y bolsitas de papel marrón llenas de fragmentos de roca que valían cincuenta centavos. El material de quince, veinte y veinticinco dólares lo guardaba en el maletero del coche.

– Ahí tengo las piedras más valiosas -me dijo-. No puedo exponerlas aquí. A veces cruzo la carretera y voy al taller de Gary, para usar el lavabo o lo que sea, y el material está aquí a la vista… El otoño pasado me birlaron dos ejemplares de cincuenta dólares.

El año anterior me había sentado a solas con Tommy, en el exterior del vertedero de piedras, viendo cómo trataba con los turistas y coleccionistas y escuchando su perorata (y más adelante escribí un guión radiofónico sobre esa mañana, titulado El viejo minero). El día anterior había venido a comer salchichas con nosotros en la cabana. Cuando yo estaba en la cabana, tenía a Ira constantemente encima, educándome, y hacía venir a Tommy como conferenciante, para que me hiciera un informe confidencial sobre la penosa situación de los mineros antes de que se organizara el sindicato.

– Habíale a Nathan de tu padre, Tom. Cuéntale lo que le ocurrió.

– Mi padre murió a causa de la mina. El y un compañero fueron a un sitio donde otros dos hombres trabajaban a diario, en una chimenea, un pozo vertical. Aquel día los dos habituales no habían ido al trabajo. Estaba a bastante altura, a más de treinta metros. Mi padre y el otro hombre enviado por el jefe, joven y corpulento… ¡un tipo bien hecho! Fui al hospital, y le vi. No estaba en la cama, y en cambio mi padre estaba estirado y no podía moverse. No le vi hacer ni un solo movimiento. Al segundo día que fui allí, ese otro hombre estaba hablando con alguien, bromeando, ni siquiera en la cama. Y mi padre seguía acostado.

Tommy había nacido en 1880, y empezó a trabajar en la mina en 1902.

– El veinticuatro de mayo de 1902 -me dijo-. Más o menos por la época en que Thomas Edison, el famoso inventor, estuvo aquí, haciendo experimentos.

Aunque Tommy, a pesar de los años pasados en la mina, era un ejemplar humano robusto y erecto que no aparentaba setenta años, él mismo confesaba que no tenía la viveza del pasado, y cada vez que se confundía un poco o se atascaba en su relato, Ira tenía que encarrilarlo de nuevo.

– No pienso con tanta rapidez como solía -nos dijo Tommy-. He de ir hacia atrás, empezando por el abe, ¿sabéis?, a ver si acierto, si vuelvo a coger el hilo. Todavía estoy despierto, pero no tanto como antes.

– ¿Qué accidente sufrió? -le preguntó Ira-. ¿Qué le ocurrió a tu padre? Dile a Nathan lo que le ocurrió.

– La plataforma se rompió. Veréis, poníamos una tabla en el fondo de aquel agujero cuadrado de metro veinte de lado. Cavábamos con un pico en la pared, para hacer una ranura inclinada de modo que la tabla entrara como una cuña y quedara en ángulo. Una delante y otra allí. Entonces colocábamos la tabla de cinco centímetros de grosor.

Ira le interrumpió para que fuese al grano.

– ¿Y qué ocurrió? Dile cómo murió tu padre.

– Se vino abajo. La vibración la derribó. La máquina y todo se vino abajo, desde una altura de más de treinta metros. Mi padre nunca se recuperó. Tenía todos los huesos rotos. Murió al cabo de un año. Teníamos una vieja estufa y él metía allí los pies, tratando de mantenerlos calientes. No podía calentarse.

– ¿Compensaban de alguna manera a los trabajadores? Pregúntaselo, Nathan. Eso es lo que has de hacer si quieres ser escritor. No seas tímido. Pregúntale a Tommy si compensaban a los trabajadores.

Pero yo no podía evitar la timidez. Allí, comiendo salchichas conmigo, estaba un auténtico minero que se había pasado treinta años en la mina de cinc. Mi timidez no habría sido mayor si Tommy Minarek hubiera sido Albert Einstein.

– ¿Lo hacían? -le pregunté.

– ¿Si te daban algo? -replicó Tommy amargamente-. ¿La compañía? No le dieron ni un centavo. La compañía y los jefes eran el problema. Allí los jefes no parecían preocuparse por su casa. ¿Sabes lo que quiero decir? Por el territorio en el que trabajaban a diario. Si yo hubiera sido el jefe allí, habría revisado esas tablas sobre los pozos, por donde pasa la gente. No sé qué profundidad tienen, pero ha habido desgracias porque las tablas se han roto. Estaban podridas. Nunca se preocupaban de las puñeteras tablas ni las revisaban. Jamás lo hacían.

– ¿Entonces no teníais sindicato? -le pregunté.

– No, nada de sindicatos. Mi padre no recibió ni un centavo.

Traté de pensar qué más debería saber como escritor.

– ¿No tenían aquí a Mineros Unidos?

– Eso vino más adelante, ya en los años cuarenta. Por entonces era demasiado tarde -su voz volvía a tener un tono de indignación-. Él había muerto y yo estaba jubilado… y el sindicato tampoco fue de mucha ayuda. ¿Cómo habría podido? Teníamos un dirigente, nuestro presidente local, y era bueno, ¿pero qué podía hacer? No podías hacer nada contra semejante potencia. Mira, años atrás hubo alguien que intentó organizamos. Esa persona fue en busca de agua para su casa a un manantial que estaba carretera abajo. Nunca volvió. No se supo nada más de él. Había tratado de organizar el sindicato.

– Pregúntale por la compañía, Nathan.

– El almacén de la compañía -dijo Tommy-. He visto a gente que obtenía una papeleta en blanco.

– Dile qué es una papeleta en blanco, Tom.

– No le pagaban. El almacén de la compañía se quedaba todo su dinero. Una papeleta en blanco. Eso lo he visto.

– ¿Los propietarios ganan mucho dinero? -inquirió Ira.

– El presidente de la compañía de cinc, el tipo más importante, tiene una gran mansión allá arriba, en lo alto de la colina. Cuando murió, oí decir a uno de sus amigos que tenía una fortuna de nueve millones y medio de dólares.

– ¿Y cuánto ganabas al empezar? -le preguntó Ira.

– Treinta y dos centavos la hora. Tuve mi primer empleo en las calderas, a los veintitantos años. Luego bajé a la mina. El jornal máximo que recibí fue de noventa centavos, porque era como un jefe, como un capataz, el segundo del jefe. Lo hacía todo.

– ¿Tienes pensión?

– Nada. Mi suegro recibía una pensión, de ocho dólares. Había trabajado durante treinta y ocho años. Ocho dólares al mes. Eso es lo que le dieron. Yo no tuve ninguna pensión.

– Cuéntale a Nathan cómo comíais allá abajo.

– Teníamos que comer en el subsuelo.

– ¿Todo el mundo? -le preguntó Ira.

– Los jefes eran los únicos que a las doce subían para comer en su baño. Todos los demás lo hacíamos bajo tierra.

A la mañana siguiente, Ira me llevó al vertedero de piedras para que me sentara allí con Tommy y aprendiera de él todo cuanto pudiera sobre las malas consecuencias del deseo de lucro, tal como se daba en Zinc Town.

– Aquí está mi chico, Tom. Tom es un buen hombre y un buen maestro, Nathan.

– Procuro ser el mejor -dijo Tommy.

– Fue mi maestro en la mina, ¿no es cierto, Tom?

– Es cierto, Gil.

Tommy llamaba a Ira Gil. Aquella mañana, durante el desayuno, cuando le pregunté por qué Tommy le llamaba así, Ira se echó a reír.

– Eso era lo que todos me llamaban allá abajo, y nadie sabía por qué. Un día alguien me llamó así, y el nombre cuajó. Mexicanos, rusos, eslovacos, todos me llamaban Gil.

En 1997, Murray me informó de que Ira no me había dicho la verdad. Le llamaban Gil porque, en Zinc Town, el mismo Ira se hacía llamar Gil Stephens.

– Cuando Gil era un muchacho le enseñé a colocar los explosivos. Por entonces me encargaba de perforar y prepararlo todo, los explosivos, las maderas, todo. Enseñé a Gil a perforar, a poner un cartucho de dinamita en cada agujero y conectar un circuito de cable entre ellos.

– Me marcho, Tom. Luego recogeré al chico. Habíale de los explosivos. Educa a este chico de ciudad, señor Minarek. Habíale a Nathan del olor de los explosivos y cómo te remueve eso las tripas.

Ira se alejó en el coche, y Tommy siguió hablándome.

– ¿El olor? Tienes que acostumbrarte a él. Me afectó una vez. Estaba despejando una columna, bueno, no una columna, una entrada, un cuadrado de metro veinte de lado. Hacíamos eso a fin de eliminar la tierra, las piedras y todo lo que estorbaba para llegar al mineral. Perforamos e hicimos estallar los cartuchos, y echamos agua durante toda la noche sobre los desechos. Al día siguiente olía a rayos, y tuve que respirar aquello. Me fastidió durante algún tiempo. Me puse malo, no tanto como otros compañeros, pero bastante enfermo.

Era verano y ya hacía calor a las nueve de la mañana, pero incluso allí, en el feo vertedero de piedras, con el gran taller mecánico al otro lado de la carretera, donde estaba el baño no demasiado higiénico que Tommy usaba, el cielo era azul y hermoso, y muy pronto empezaron a llegar coches con familias enteras que venían de visita. Un hombre asomó la cabeza por la ventanilla y me preguntó:

– ¿Es aquí donde los niños pueden recoger piedras y esas cosas?

– Sí.

– ¿Ha venido con niños? -le preguntó Tommy.

El señaló a dos que estaban en el asiento trasero.

– Por aquí, señor -le dijo Tommy-. Entre a echar un vistazo. Y cuando salga, aquí tiene, una bolsa por medio dólar para un minero que trabajó en la mina durante treinta años, rocas especiales para los niños.

Una anciana llegó en un coche lleno de niños, probablemente sus nietos, y cuando bajó, Tommy la saludó cortésmente.

– Cuando salga, señora, si quiere una bonita bolsa con fragmentos de roca para los pequeños, reunidas por un minero que trabajó durante treinta años en la mina, pase por aquí. Cincuenta centavos la bolsa. Rocas especiales para los niños. Tienen un hermoso brillo fluorescente.

Yo me estaba acostumbrando a la situación, cogía el tino al placer del deseo de lucro tal como se experimentaba en Zinc Town.

– Tiene buen material, señora -le dije a la visitante.

– Soy el único que prepara esas bolsas -insistió él-. Material de la buena mina. La otra es completamente distinta. Yo no pongo piedras sin valor. Esto es mineral auténtico. Si lo mira al trasluz, le gustará. Son piedras de esta mina, de ninguna otra parte del mundo.

– Está usted al sol sin sombrero -le dijo la anciana-. ¿No tiene calor?

– Me dedico a esto desde hace muchos años -respondió él-. ¿Ve esos minerales sobre el capó de mi coche? Son fluorescentes, con distintos colores. Así parecen feos, pero son muy bonitos bajo la luz, dentro tienen formas diferentes, muchas mezclas distintas.

– Es muy entendido en minerales -tercié-. Lleva treinta años en la mina.

Entonces llegó una pareja que parecía más urbana que los demás turistas. En cuanto bajaron del coche, se pusieron a examinar los ejemplares más caros que Tommy exhibía sobre el capó de su coche y a intercambiar comentarios en voz baja.

– Quieren los minerales de más calidad -me susurró Tommy-. Tengo una colección inigualable. Este es el depósito de minerales más extraordinario del planeta, y tengo los mejores.

Entonces intervine.

– Este hombre tiene el mejor material -dije a la pareja-. Treinta años en la mina. No encontrarán unos minerales más bonitos…

Ellos compraron cuatro piezas, una venta de cincuenta y cinco dólares, y yo me dije que estaba ayudando a un auténtico minero.

– Si desean más minerales en otra ocasión -les dije cuando regresaban al coche con su compra-, vengan aquí. Éste es el depósito de minerales más extraordinario del planeta.

Lo pasé muy bien hasta que, cerca de mediodía, llegó Brownie, y yo mismo me di cuenta de la tonta gratuidad del papel que estaba representando con tanto entusiasmo.

Brownie, Lloyd Brown, era un par de años mayor que yo, un muchacho delgado, rapado al cero, de nariz afilada, pálido y de aspecto en extremo inofensivo, sobre todo con el delantal blanco de tendero que llevaba sobre una camisa blanca y limpia, corbata de pajarita negra y pantalones de tela tosca. Como la relación que tenía consigo mismo era de una sencillez tan transparente, su disgusto al verme con Tommy era evidente y lastimoso. Comparado con Brownie, me sentía como un chico con una existencia variada y frenética, incluso cuando tan sólo estaba sentado junto a Tommy Minarek. Comparado con Brownie, así era yo, en efecto.

Pero si mi complejidad le engañaba en cierto modo, me sucedía lo mismo con su sencillez. Yo lo convertía todo en una aventura, siempre trataba de cambiar, mientras que Brownie no pensaba en nada más que la dura necesidad, la represión le había conformado y domesticado hasta el extremo de que sólo podía representar el papel de sí mismo. Carecía de cualquier anhelo que no se hubiera fraguado en Zinc Town. Quería que la vida se repitiera sin cesar, mientras que yo quería evadirme. Tenía una sensación de extravagancia por querer diferenciarme de Brownie, quizás por primera vez pero no por última. ¿Qué sentiría si esa pasión por evadirme desapareciera de mi vida? ¿Qué sentiría bajo la piel de Brownie? ¿No se reducía a eso, en realidad, la fascinación por «la gente»? ¿Qué sentiría al ser uno de ellos?

– ¿Estás ocupado, Tom? Puedo volver mañana.

– Quédate -le dijo Tommy al muchacho-. Siéntate, Brownie.

Brownie se dirigió a mí en un tono deferente.

– Vengo aquí cada día a la hora del almuerzo y hablo con él de minerales.

– Siéntate, Brownie, muchacho. A ver, ¿qué traes?

Brownie depositó una vieja y desgastada bolsa a los pies de Tommy, de la que se puso a extraer ejemplares de minerales como los que Tommy exhibía sobre el capó de su coche.

– Villemita negra, ¿eh? -le preguntó Brownie.

– No, eso es hematita.

– Me parecía una villemita de aspecto curioso. ¿Y esto? ¿Hendricksita?

– Sí. Villemita pequeña. Ahí dentro también hay calcita.

– ¿Cinco pavos por él? -inquirió Brownie-. ¿Es demasiado?

– Alguien puede quererlo -respondió Tommy.

– ¿También te dedicas a este negocio? -le pregunté a Brownie.

– Ésta era la colección de mi padre. Trabajaba en la fábrica. Se mató. La vendo para casarme.

– Una chica bonita -me dijo Tommy-. Y muy amable. Es una muñeca. Eslovaca. La chica de los Musco. Una chica guapa, honesta, limpia, que usa la cabeza. Ya no hay chicas como ella. Este va a vivir toda su vida con Mary Musco. «Sé bueno con ella y ella será buena contigo», le digo a Brownie. Tuve una esposa así, una chica eslovaca. La mejor del mundo. Ninguna puede ocupar su sitio.

Brownie le mostró otro ejemplar.

– ¿Bustamita con algo dentro?

– Sí, es bustamita.

– Tiene un pequeño cristal de villemita dentro.

– Sí, es cierto.

Este intercambio se prolongó durante cerca de una hora, hasta que Brownie empezó a guardar sus ejemplares en la bolsa para volver a la tienda donde trabajaba.

– Este ocupará mi sitio en Zinc Town -me dijo Tommy.

– Pues no sé -replicó Brownie-. Nunca sabré tanto como tú.

– Pero aun así tienes que hacerlo -de repente asomó un tono ferviente, casi angustiado, en su voz-. Quiero que alguien de Zinc Town ocupe mi lugar aquí. ¡Alguien de Zinc Town! Por eso te enseño tanto como puedo, para que llegues a alguna parte. Tú eres el único con derecho a hacerlo. Una persona de Zinc Town. No quiero enseñar a nadie que no sea del pueblo.

– Hace tres años empecé a venir aquí a la hora del almuerzo, y entonces no sabía nada -me dijo Brownie-. Todo me lo enseñó él, ¿no es cierto, Tommy? Hoy lo he hecho bastante bien. Tommy puede decirte de qué mina procede cada mineral. Te dice que has de sostener las piedras en la mano, así, ¿verdad?

– Exacto. Has de sostener las piedras en la mano, has de manejar el mineral. Tienes que ver sus diferentes matrices. Si no aprendes eso, no sabrás nada de los minerales de Zinc Town. Ahora este muchacho incluso sabe si el mineral es de esta mina o de la otra.

– El me enseñó a diferenciar -dijo Brownie-. Al principio no podía saber cuál era la mina. Ahora sí.

– Ya lo ves -comenté-, un día vas a estar aquí sentado.

– Eso espero. Mira, este mismo es de esta mina, ¿no es cierto, Tom? Y ese otro también.

Como al cabo de un año confiaba en obtener una beca de la Universidad de Chicago y convertirme en el Norman Corwin de mi generación, como yo iba a alguna parte y Brownie no iba a ninguna, pero, sobre todo, como el padre de Brownie había muerto en la fábrica y el mío estaba vivo, bien y preocupado por mí en Newark, puse incluso más pasión que Tommy al hablar con aquel ayudante de tendero que llevaba delantal y cuya aspiración en la vida era casarse con Mary Musco y ocupar el asiento de Tommy.

– ¡Vaya! ¡Eres bueno, sí señor, muy bueno!

– ¿Y por qué? -dijo Tom-. Porque ha aprendido aquí.

– He aprendido de este hombre -me dijo Brownie orgullosamente.

– Quiero que me suceda y ocupe mi lugar.

– Viene alguien a comprar, Tom -dijo Brownie-. He de irme. Encantado -añadió, dirigiéndose a mí.

– Igualmente -repliqué, como si yo fuese el viejo y él el joven-. Cuando vuelva dentro de diez años te veré aquí.

– Estará aquí, ya lo creo -dijo Tom.

– No, no -gritó Brownie, riendo alegremente por primera vez, mientras se alejaba a pie por la carretera-. Tommy aún estará aquí. ¿No es cierto, Tom?

– Ya veremos.

En realidad, sería Ira quien estaría allí al cabo de diez años. Tommy también le había instruido, cuando le pusieron en la lista negra y perdió su empleo en la radio. Vivía solo en la cabana y necesitaba una fuente de ingresos. Fue allí donde Ira cayó muerto. Fue allí donde se le rompió la aorta, mientras estaba sentado en la roca plana de Tommy, vendiendo minerales a los turistas y a sus hijos, a los que decía: «Mire, señora, una bolsa de minerales para sus hijos por medio dólar, piedras especiales de la mina en la que he trabajado durante treinta años».

Fue así como Ira acabó sus días, convertido en el supervisor del vertedero de piedras a quien los más viejos del lugar llamaban Gil, allá afuera incluso en invierno, encendiendo fuego para ciertas personas por unos pocos dólares. Pero esto no lo supe hasta la noche en que Murray me contó la historia de Ira en mi terraza.

Aquel segundo año, la víspera de mi partida, Artie Sokolow y su familia fueron a Zinc Town desde Nueva York para pasar la tarde con Ira. Ella Sokolow, la esposa de Artie, estaba embarazada de siete meses, y era una mujer alegre, morena y pecosa, cuyo padre, inmigrante irlandés, como yo sabía por Ira, había sido montador de calderas de vapor en Albany, uno de esos sindicalistas llenos de ideales que son patriotas hasta la médula.

– ha marsellesa, ha bandera tachonada de estrellas, el himno nacional ruso -explicó Ella riendo aquella tarde-. El viejo se ponía en pie cuando sonaba cualquiera de ellos.

Los Sokolow tenían gemelos de seis años, y aunque la tarde empezó de una manera bastante agradable, con un partido de touch football, arbitrado hasta cierto punto por Ray Svecz, el vecino de Ira, seguido por un almuerzo campestre cuyos ingredientes Ella había traído de la ciudad y que todos nosotros, Ray incluido, comimos en lo alto de la cuesta a cuyo pie se extendía el estanque, terminó con Artie y Ira junto al agua, enfrentados y gritándose de una manera que me horrorizó.

Yo me había sentado sobre la manta extendida en el suelo, hablando con Ella acerca de Mis gloriosos hermanos, un libro de Howard Fast que ella acababa de leer.

Era una novela histórica ambientada en la antigua Judea, y trataba de la lucha de los macabeos contra Antíoco IV en el siglo II antes de Cristo. Yo también la había leído, e incluso hice un informe sobre ella en la escuela, para el hermano de Ira, la segunda vez que fue mi profesor de Lengua y Literatura inglesa.

Ella me había escuchado como lo hacía con todo el mundo, mostrando una total atención, como si mis palabras la entusiasmaran. Yo debía de llevar un cuarto de hora hablando, repitiendo palabra por palabra la crítica internacionalista y progresista que había escrito para el señor Ringold, y, a juzgar por el semblante de Ella, parecía como si lo que le estaba diciendo no pudiera ser más interesante. Sabía lo mucho que Ira admiraba a aquella mujer, radical de toda la vida, y yo quería que ella también admirase mi radicalismo. Sus antecedentes, la magnificencia física de su embarazo y ciertos gestos que hacía (unos amplios gestos con las manos que me daban la impresión de que era asombrosamente desinhibida), todo, en fin, daba a Ella Sokolow una autoridad heroica, y yo quería impresionarla.

– He leído a Fast y le respeto -le había dicho-, pero creo que hace demasiado hincapié en la lucha de los hebreos para volver a su antigua condición, su culto de la tradición y los días de la esclavitud después del éxodo a Egipto. Una parte muy considerable del libro es mero nacionalismo…

Y fue entonces cuando oí a Ira gritar:

– ¡Te estás dando por vencido! ¡Te asustas y te das por vencido!

– ¡Si no está ahí, nadie lo sabe! -replicó Sokolow, alzando también la voz.

– ¡Ya sé que no está ahí!

La cólera que embargaba a Ira me impidió seguir adelante. De repente, tan sólo podía pensar en la anécdota, que me había negado a creer, que me contara el ex sargento Erwin Goldstine en su cocina de Maplewood, acerca de Butts, acerca del tipo a quien Ira intentó ahogar en el Shatt-al-Arab.

– ¿Qué ocurre? -le pregunté a Ella.

– Déjalos y confiemos en que se tranquilicen. Y tú, cálmate también.

– Sólo quiero saber de qué están discutiendo.

– Se culpan mutuamente de cosas que han ido mal. Discuten por cosas relacionadas con el programa de radio. Tranquilízate, Nathan. No tienes mucha experiencia en el trato con gente enfadada. Ya se les pasará.

Pero no parecía que fueran a calmarse, sobre todo Ira. Iba de un lado a otro por el borde del estanque, agitando los largos brazos, y cada vez que se volvía hacia Artie Sokolow, yo temía que se abalanzara sobre él y la emprendiera a puñetazos.

– ¿Por qué haces esos puñeteros cambios? -le gritó Ira.

– Déjalo como está y vamos a perder más de lo que ganamos -replicó Sokolow.

– ¡Tonterías! ¡Que sepan esos cabrones que hablamos en serio! ¡Vuelve a poner en su sitio el jodido fragmento!

– ¿No deberíamos hacer algo? -le pregunté a Ella.

– He oído discutir a los hombres durante toda mi vida -respondió ella-, despellejándose vivos por los pecados de omisión o comisión de los que no parecen capaces de abstenerse. Si se estuvieran golpeando sería diferente. Pero, por lo demás, tenemos la responsabilidad de mantenernos al margen. Si intervienes cuando la gente ya está agitada, cualquier cosa que hagas echará leña al fuego.

– Si tú lo dices…

– Llevas una vida muy protegida, ¿verdad?

– Procuro que no.

– Es mejor que no te metas, en parte por dignidad, para dejar a la gente calmarse sin tu intervención, en parte por defensa propia y en parte porque tu intervención sólo empeoraría las cosas.

Entretanto, Ira no había dejado de rugir.

– Un puñetero texto a la semana… ¿y ahora ni siquiera vamos a incluirlo? ¿Qué hacemos entonces en la radio, Arthur? ¿Promover nuestra carrera? ¡Nos obligan a luchar, y tú huyes! ¡Es la confrontación decisiva, Artie, y tú no tienes redaños y pones pies en polvorosa!

Aunque sabía que no podría hacer nada si aquellos dos barriles de pólvora empezaban a golpearse, de todos modos me levanté y, seguido por Ray Svecz, que corría a su manera torpona, corrí hacia el estanque. La vez anterior me hice pis en los pantalones, y ahora no podía permitir que volviera a ocurrirme. Sin tener más idea de la que tenía Ray sobre lo que podría hacer para evitar el desastre, me dirigí en línea recta a la refriega.

Cuando llegamos a ellos, Ira ya había retrocedido y se alejaba inequívocamente de Sokolow. Era evidente que seguía furioso con él, pero también que se esforzaba por controlarse. Ray y yo llegamos a su lado y caminamos juntos un rato, mientras Ira, a intervalos y entre dientes, hablaba rápidamente consigo mismo.

La mezcla de su ausencia y su presencia me turbó tanto que, finalmente, me dirigí a él.

– ¿Qué ocurre? -como él no parecía oírme, traté de pensar qué podría decirle para que me atendiera-. ¿Es por un guión?

El se inflamó de súbito.

– ¡Si vuelve a hacerlo, le mataré! -exclamó.

Y no era una expresión que usara tan sólo para conseguir un efecto dramático. A pesar de mi resistencia, me resultaba difícil no creer por completo en el significado de sus palabras.

Butts, pensé. Butts, Garwych, Solak, Becker.

La expresión de su rostro era de cólera absoluta, una cólera prístina. Una cólera que, junto con el terror, constituye el poder primordial. Todo cuanto él era había evolucionado a partir de esa expresión, y también todo cuanto no era. «Tiene suerte de no estar encerrado», pensé, una conclusión alarmantemente inesperada, pues se le ocurría de una manera espontánea a un muchacho que había rendido culto a su héroe, que durante dos años había tenido como ideal la virtud de aquel héroe, y ahora, cuando ya no me sentía tan agitado, dejaba de hacerle objeto de mi admiración, una actitud cuyo acierto me confirmaría Murray Ringold cuarenta y ocho años después.

Eve había salido de su pasado al imitar a Pennington; Ira había salido del suyo a la fuerza.

Los gemelos de Ella, que habían huido de la orilla del estanque cuando se inició la discusión, estaban acurrucados contra ella, sobre la manta, cuando Ray y yo regresamos.

– ¿Sabes? La vida cotidiana puede ser más dura de lo que crees -me dijo Ella.

– ¿Es esto la vida cotidiana? -le pregunté.

– Lo es en todos los lugares donde he vivido -replicó ella-. Anda, sigue hablándome de Howard Fast.

Me esforcé por reanudar la conversación como si no hubiera ocurrido nada, pero si a la mujer de clase obrera de Sokolow no le inquietaba aquel ajuste de cuentas entre su marido y Ira, a mí sí.

Ella se echó a reír cuando hube terminado. En su risa era perceptible su naturalidad, así como todas las tonterías que había aprendido a tolerar. Se reía como ciertas personas se sonrojan: de una vez y completamente.

– Bueno, ahora no estoy segura de lo que he leído -me dijo-. Mi propia evaluación de Mis gloriosos hermanos es sencilla. Quizá no he pensado demasiado a fondo, pero, en mi opinión, todo se reduce a un grupo de individuos rudos, duros y decentes, los cuales creen en la dignidad de todos los hombres y están dispuestos a morir por ella.

Por entonces Artie y Ira se habían serenado lo suficiente para subir la cuesta desde el estanque al lugar en que los demás estábamos, sobre la manta.

Ira, al parecer tratando de decir algo que pudiera tranquilizar a todos, él mismo incluido, y recuperar el estado de ánimo inicial de la jornada, dijo:

– He de leerlo. Mis gloriosos hermanos. He de hacerme con ese libro.

– Te infundirá valor, Ira -le dijo Ella, y entonces, abriendo de par en par la gran ventana que era su risa, añadió-: Aunque nunca he pensado que necesites más.

Entonces Sokolow se inclinó hacia ella y gritó:

– ¿Ah, sí? ¿Quién lo necesita? ¿Quieres decirme quién necesita más?

Los gemelos se echaron a llorar, y contagiaron el llanto al pobre Ray. Ella se enfadó por primera vez.

– ¡Por el amor de Dios, Arthur, compórtate! -exclamó enfurecida.

Aquella noche comprendí más a fondo lo que había desencadenado la discusión de la tarde, cuando Ira y yo estábamos a solas en la cabana y él se puso a despotricar airadamente contra las listas.

– Listas, listas de nombres, acusaciones y expedientes. Todo el mundo tiene una lista. Red Channels, Joe McCarthy, los VFW, el Comité Doméstico de Actividades Antinorteamericanas, la Legión americana, las revistas católicas, los periódicos de Hearst. Esas listas con sus números sagrados, 141, 205, 62, 111. Listas de todos los americanos que se han mostrado descontentos por algo, o han hecho alguna crítica o han protestado, o que se han asociado con cualquiera que haya criticado algo o protestado por lo que sea, todos ellos ahora comunistas o títeres de los comunistas, o ayudantes de los comunistas o contribuyentes a las arcas de los comunistas o infiltrados en el mundo laboral, el gobierno, la educación, Hollywood, el teatro, la radio y la televisión. Listas de quintacolumnistas compiladas a toda prisa en cada oficina y agencia de Washington. Todas las fuerzas de la reacción intercambiando nombres, dando nombres erróneos y vinculando nombres para demostrar la existencia de una gigantesca conspiración que no existe.

– ¿Y qué me dices de ti? -le pregunté-. ¿Qué me dices de Los libres y los valientes?

– Desde luego, contamos con muchos progresistas en nuestro programa, y ahora van a decir públicamente de ellos que son actores que «con astucia venden la línea política trazada por Moscú». Eso lo vas a oír mucho, y peor que eso. «Los títeres de Moscú.»

– ¿Sólo los actores?

– Y el director, el compositor, el guionista, todo el mundo.

– ¿Estás preocupado?

– Puedo volver a la fábrica de discos, amigo. En el peor de los casos, siempre puedo venir aquí y lubricar coches en el taller de Steve. Lo he hecho antes. Además, puedes enfrentarte a ellos, ¿sabes? Puedes luchar contra esos cabrones. Según mis últimas noticias, había una Constitución en este país, una Declaración de Derechos en alguna parte. Si te embobas delante del escaparate capitalista, si quieres más y más, si tomas esto y aquello, si adquieres, posees y acumulas, entonces ha llegado el fin de tus convicciones y el principio de tu temor. Pero no tengo nada de lo que no pueda prescindir, ¿comprendes? ¡Nada! Haberme ido de la mísera casa de mi padre en la calle Factory para ser este gran personaje, Iron Rinn; que Ira Ringold, con un año y medio de enseñanza secundaria, haya llegado a conocer a la gente que ha conocido, que tenga las comodidades que tiene como miembro oficial de la cómoda burguesía… todo eso es tan increíble que perderlo por completo de la noche a la mañana no me parecería tan extraño. ¿Comprendes? ¿Comprendes lo que quiero decir? Puedo volver a Chicago. Puedo trabajar en las fábricas. Si es preciso, lo haré. ¡Pero no sin hacer valer mis derechos de norteamericano! ¡No sin luchar contra esos cabrones!

Cuando estaba a solas en el tren, de regreso a Newark (Ira había esperado en la. estación, en el Chevrolet, para recoger a la señora Párn, la cual, el día que me marché, viajaba de nuevo desde Nueva York para masajearle las rodillas, que le dolían terriblemente tras el partido de fútbol que jugamos el día anterior), incluso empecé a preguntarme cómo Eve Frame podía soportarle a diario. Estar casada con Ira y su cólera no podía ser muy divertido. Recordé haberle oído pronunciar el mismo discurso sobre el escaparate capitalista, sobre la mísera casa de su padre, sobre su año y medio de enseñanza media, aquella tarde, el año anterior, en la cocina de Erwin Goldstine. Recordé variantes de ese discurso pronunciadas por Ira diez, quince veces. ¿Cómo podía Eve soportar la pura repetición, la redundancia de esa retórica y la actitud del atacante, la implacable paliza con el instrumento contundente que era el discurso político de Ira?

En el tren, durante el viaje de regreso a Newark, mientras pensaba en Ira lanzando los denuestos de sus apocalípticas profecías gemelas («¡Los Estados Unidos de América están a punto de declarar la guerra atómica a la Unión Soviética! ¡Recordad lo que os digo! ¡Los Estados Unidos de América avanzan por.el camino del fascismo!»), no sabía lo suficiente para comprender por qué, de súbito, con tanta deslealtad, cuando él y las personas como Artie Sokolow estaban siendo más intimidadas y amenazadas, Ira me hastiaba hasta tal extremo, por qué me sentía mucho más inteligente, deseoso y a punto de alejarme de él y de su faceta irritante y opresiva y buscar mi inspiración lejos de Pickax Hill Road.

Si uno se queda huérfano tan pronto como Ira, se encuentra en la situación por la que pasan todos los hombres, sólo que muchísimo antes, lo cual resulta espinoso, porque o bien uno no recibe ninguna educación o bien se vuelve demasiado proclive a entusiasmos y creencias, maduro para el adoctrinamiento. Los años juveniles de Ira fueron una serie de conexiones rotas: una familia cruel, la frustración escolar, la caída de cabeza durante la depresión, una orfandad temprana que cautivaba la imaginación de un muchacho como yo, tan arraigado en una familia, un lugar y sus instituciones, un muchacho que tan sólo empezaba a salir de la incubadora sentimental; una orfandad temprana que liberó a Ira para relacionarse con lo que quisiera, pero que también le dejó las amarras lo bastante sueltas para que se entregara a alguna causa en el acto, se entregara totalmente y para siempre. Por todas las razones que se le pueden ocurrir a uno, Ira era un fácil blanco para la visión utópica. Mas para mí, que estaba amarrado, era diferente. Si no te quedas huérfano pronto, si tienes una relación intensa con tus padres durante trece, catorce, quince años, te crece la polla, pierdes la inocencia, buscas tu independencia y, si no tienes una familia neurótica, te dejan ir, preparado para empezar a ser un hombre, es decir, preparado para buscar nuevas fidelidades y afiliaciones, los padres de la edad adulta, los padres elegidos a los que, como no te piden que les estés agradecido con amor, los quieres o no, según te plazca.

¿Cómo se eligen? Por medio de una serie de accidentes y con mucha voluntad. ¿Cómo llegan a ti y cómo llegas a ellos? ¿Quiénes son? ¿Qué es esta genealogía que no es genética? En mi caso eran hombres de los que aprendía, de Paine a Fast y de Corwin a Murray, Ira y más allá, los hombres que me formaban, los hombres de los que procedía. Para mí todos eran notables, cada uno a su manera, personalidades con las que discutir, mentores que encarnaban o abrazaban ideas poderosas y que fueron los primeros en enseñarme a abrirme paso por el mundo y sus exigencias, los padres adoptados a los que también, cada uno en su momento, tuve que abandonar con su legado, tuvieron que desaparecer, dejando así lugar a la orfandad total, que es la virilidad. Cuando estás ahí afuera, en el mundo, completamente solo.

Leo Glucksman también había sido soldado, pero sirvió después de la guerra y sólo tenía alrededor de veinticinco años. De mejillas rosadas y un poco rollizo, no parecía mayor que sus alumnos universitarios de primer y segundo curso. Aunque Leo aún estaba completando la tesis para obtener el doctorado de letras en la universidad, se presentaba en el aula con un traje de tres piezas y pajarita carmesí, vestido con mucha más formalidad que cualquiera de los miembros veteranos de la facultad. Cuando llegaba el tiempo frío, se le veía cruzar el patio luciendo una capa negra que, incluso en un campus donde existía una tolerancia atípica de la idiosincrasia y la excentricidad y donde se comprendía la originalidad y su rareza, como era la Universidad de Chicago en aquella época, encandilaba a los estudiantes a cuyo alegre (y divertido) «Hola, profesor» Leo respondía golpeando fuertemente el suelo con la contera metálica de su bastón. Una tarde, tras echar un rápido vistazo a El secuaz de Torquemada, que, para incitar la admiración del señor Glucksman, se me había ocurrido entregarle, junto con el trabajo de clase sobre la Poética de Aristóteles, Leo me sorprendió al arrojarlo con repugnancia sobre la mesa.

Su comentario fue rápido, su tono vehemente e implacable. En sus palabras no hubo el menor rastro del genio juvenil vestido con demasiada afectación, la pajarita roja bajo la cara rechoncha, erguido en su sillón acolchado. Su gordura y su personalidad correspondían a dos personas muy distintas, mientras que las ropas eran propias de una tercera persona. Y su polémica a una cuarta, no a un amanerado sino a un crítico adulto auténtico que me revelaba los peligros de mi sometimiento a la tutela de Ira, que me enseñaba a adoptar una postura menos rígida ante la literatura. Era precisamente aquello para lo que estaba preparado en mi nueva fase de reclutamiento de guías. Bajo la orientación de Leo empecé a transformarme no sólo en el descendiente de mi familia sino del pasado, heredero de una cultura incluso más admirable que la de mi vecindario.

– ¿El arte como un arma? -me dijo, la palabra arma llena de desdén y ella misma un arma-. ¿El arte como el reflejo de adoptar la postura correcta en todo? ¿El arte como el abogado de las cosas buenas? ¿Quién te ha enseñado todo esto? ¿Quién te ha enseñado que el arte consiste en eslóganes? ¿Quién te ha enseñado que el arte está al servicio del pueblo? El arte está al servicio del arte y, de lo contrario, no existe arte que merezca la atención de nadie. ¿Cuál es el motivo para escribir literatura seria, señor Zuckerman? ¿Desarmar a los enemigos del control de precios? El motivo para escribir literatura seria es escribir literatura seria. ¿Quieres rebelarte contra la sociedad? Te diré cómo debes hacerlo: escribe bien. ¿Quieres abrazar una causa perdida? Entonces no luches por la clase trabajadora. A ellos les irá bien. Van a llenar alegremente los depósitos de sus Plymouths. El trabajador nos conquistará a todos, de su necedad fluirá la bazofia que es el destino cultural de este país filisteo. Pronto tendremos en este país algo mucho peor que el gobierno de los campesinos y los obreros, tendremos la cultura de los campesinos y los obreros. ¿Quieres una causa perdida por la que luchar? Entonces lucha por la palabra. No la palabra ampulosa, no la palabra inspiradora, no la palabra a favor de esto y en contra de aquello, no la palabra que anuncia al respetable que eres una persona maravillosa, admirable, compasiva, que está al lado de los oprimidos. ¡No, lucha por la palabra que dice a las pocas personas cultas condenadas a vivir en Estados Unidos que estás al lado del mundo! Este guión tuyo es basura. Es horrible. Es exasperante. Es basura vulgar, primitiva, ingenua, propagandista. Empaña el mundo con palabras. Y hiede al alto cielo de tu virtud. Nada tiene un efecto más siniestro en el arte que el deseo de un artista de demostrar lo bueno que es. ¡La terrible tentación del idealismo! Tienes que dominar tu idealismo, tu virtud tanto como tu vicio, has de conseguir un dominio estético de todo lo que te impulsa a escribir en primer lugar: ¡tu indignación, tu política, tu pesadumbre, tu amor! Empieza a predicar y tomar posiciones, empieza a ver tu propia perspectiva como superior, y eres una nulidad como artista, nulo y ridículo. ¿Por qué escribes estas proclamas?

¿Porque miras a tu alrededor y te escandalizas? ¿Porque miras a tu alrededor y te conmueves? La gente cede con demasiada facilidad y finge sus sentimientos. Quieren tener sentimientos enseguida, y los de escandalizado y conmovido son los más fáciles, así como los más estúpidos. Salvo en raras ocasiones, señor Zuckerman, mostrarse escandalizado es siempre una falsedad. Proclamaciones. ¡Al arte no le sirven de nada las proclamaciones! Llévate tu encantadora mierda de este despacho, por favor.

Leo consideró mejor mi trabajo sobre Aristóteles (como, en general, me consideraba a mí), pues la siguiente vez que nos vimos me sobresaltó, no menos de lo que me sucedió con su vehemencia acerca de mi guión, al pedirme que le acompañara al Orchestra Hall para escuchar a la Orquesta Sinfónica de Chicago, dirigida por Rafael Kubelik, que interpretaría a Beethoven el viernes por la noche.

– ¿Has oído alguna vez a Rafael Kubelik?

– No.

– ¿Y a Beethoven?

– Sí, he oído hablar de él -respondí.

– ¿Pero le has oído a él?

– No.

Me reuní con Leo en la Avenida Michigan, delante del Orchestra Hall, media hora antes de la representación. Mi profesor llevaba la capa que le habían confeccionado en Roma antes de licenciarse del ejército en 1948, y yo la zamarra de lana a cuadros escoceses y con capucha que compré en Larkey, Newark, para ir a la universidad en el gélido Middle West. Una vez sentados, Leo sacó de su portafolio la partitura de cada una de las sinfonías que íbamos a escuchar y, durante todo el concierto, no miró a la orquesta que tocaba en el escenario -que era, me dije, lo que supuestamente debía absorber nuestra atención, sólo cerrando de vez en cuando los ojos, cuando te entusiasmabas-, sino su regazo, donde, con una concentración considerable, leía la partitura mientras los músicos tocaban la obertura Coriolano de la Cuarta Sinfonía y, tras el intermedio, la Quinta. Con excepción de las primeras cuatro notas de la Quinta, yo no podía distinguir una pieza de otra.

Después del concierto, tomamos el tren de regreso al South Side y fuimos a su habitación en la Casa Internacional, una residencia gótica en el Midway donde se alojaba la mayoría de los estudiantes extranjeros de la universidad. Leo Glucksman, hijo de un tendero del West Side, estaba algo mejor preparado que sus compatriotas para tolerar la proximidad de los extranjeros que ocupaban las habitaciones a lo largo del corredor, de las que salían olores de cocina exótica. La habitación que ocupaba era incluso más pequeña que el cubículo que constituía su despacho en la universidad, y preparó té, hirviendo el agua en una tetera sobre un hornillo que descansaba en el suelo, comprimido entre los libros amontonados en las paredes. Leo se sentó ante su escritorio, también cargado de libros, las orondas mejillas iluminadas por la luz del flexo, y yo me senté en la oscuridad, entre más montones de sus libros, en el borde de la estrecha cama sin hacer, sólo a medio metro de distancia.

Me sentía como una muchacha, o como imaginaba que se sentiría una muchacha cuando acabara sola con un chico intimidante a quien, con demasiada evidencia, le gustaban sus pechos. Leo soltó un bufido al ver mi timidez y, con el mismo visaje despectivo con que había emprendido la demolición de mi carrera radiofónica, me dijo:

– No temas, que no voy a tocarte. Es que no soporto que seas tan convencional.

Y sin más preámbulo se embarcó en una introducción a Soren Kierkegaard. Quería que le escuchara mientras me leía lo que Kierkegaard, cuyo nombre me decía tan poco como el de Rafael Kubelik, ya había supuesto en la tranquila Copenhague cien años atrás acerca del pueblo, al que Kierkegaard llamaba el público, nombre correcto, me informó Leo, de esa abstracción, esa «abstracción monstruosa», ese «algo que lo abarca todo y que no es nada», esa «nada monstruosa», como escribió Kierkegaard, ese «vacío abstracto y desierto que lo es todo y nada» y al que yo trataba con un sentimentalismo empalagoso en mi guión. Kierkegaard odiaba al público, Leo odiaba al público, y su objetivo, en la penumbrosa habitación de la Casa Internacional después del concierto de aquel viernes y de los conciertos a los que me llevó en viernes posteriores, consistía en salvar mi prosa de la perdición, haciendo que también yo odiara al público.

– «Todo el que ha leído a los autores clásicos -leyó Leo- sabe cuántas cosas podía hacer un cesar a fin de matar el tiempo. De la misma manera, el público tiene un perro para divertirse. Ese perro es la escoria del mundo literario. Si hay alguien superior a los demás, tal vez un gran hombre, le lanzan el perro y comienza la diversión. El perro va a por él, le muerde y desgarra los faldones de la levita y se permite toda clase de familiaridades descorteses, hasta que el público se cansa y dice que la persecución puede terminar. Éste es mi ejemplo de cómo el público allana. Maltrata a los que son mejores y superiores en valía, y el perro sigue siendo un perro al que incluso el público desprecia… El público es impenitente. La realidad no menospreciaba a nadie; tan sólo quería un poco de diversión».

Este pasaje, que significaba mucho más para Leo de lo que podía significar para mí, fue sin embargo la invitación que me hizo Leo Glucksman para que me uniera a él como «alguien superior a los demás», alguien como el filósofo danés Kierkegaard y como él mismo -pues imaginaba ser como él algún día no muy lejano-: un «gran hombre». Me convertí de buena gana en estudioso de Leo y, gracias a su intercesión, de Aristóteles, Kierkegaard, Benedetto Croce, Thomas Mann, André Gide, Joseph Conrad, Feodor Dostoievski… hasta que pronto mi apego a Ira (como a mis padres, mi hermano e incluso el lugar donde había crecido) quedó, según creía yo, totalmente roto. Cuando uno empieza a educarse y su cabeza se transforma en un arsenal de libros, cuando es joven, atrevido y rebosa de alegría al descubrir toda la inteligencia oculta en el planeta, tiende a exagerar la importancia de la nueva realidad, con su agitación, y menospreciar la importancia de todo lo demás. Ayudado e instigado por el intransigente Leo Glucksman, por su displicencia y sus manías tanto como por su cerebro en constante actividad intelectual, eso es lo que hice, con todas mis fuerzas.

Cada viernes por la noche, era presa del hechizo en la habitación de Leo. Toda la pasión de Leo, que no era sexual (aunque gran parte lo era pero debía reprimirla), la aplicaba a cada una de las ideas que yo había tenido hasta entonces, en particular a mi concepción virtuosa de la misión del artista. Aquellos viernes por la noche Leo me acometía como si fuese el último estudiante que quedaba en la tierra. Empecé a pensar que casi todo el mundo me daba una oportunidad. Educar a Nathan. El credo de todas las personas a las que yo me atrevía a saludar.

Hoy en día, cuando en ocasiones rememoro el pasado, mi vida me parece un largo discurso que he estado escuchando. A veces la retórica es original y a veces placentera, a veces basura de imitación (el discurso de lo incógnito), unas veces maníaca y otras prosaica, en ocasiones como un alfilerazo, y lo escucho desde el tiempo más remoto al que alcanza mi memoria: cómo he de pensar, cómo no he de pensar; cómo debo comportarme y qué conducta he de evitar; a quién detestar y a quién admirar; qué he de aceptar y cuándo debo huir; qué es apasionante, qué es letal, qué es loable, qué es superficial, qué es siniestro, qué es una mierda y cómo mantener el alma pura. Hablar conmigo no parece presentar un obstáculo a nadie. Tal vez esto sea la consecuencia de que durante años he ido por ahí dando la impresión de que necesitaba que me hablaran. Pero sea cual fuere la razón, el libro de mi vida es un libro de voces. Cuando me pregunto a mí mismo cómo he llegado a donde estoy, la respuesta me sorprende: «Escuchando».

¿Es posible que haya sido ése el drama invisible? ¿Fue el resto una mascarada que disfrazaba al auténtico fracasado que me obstinaba en ser? Escuchar a los demás, un fenómeno absolutamente errático. Cada uno percibe la experiencia no como algo que debe tener, sino para poder hablar de ello. ¿Por qué es así? ¿Por qué quieren que preste atención a sus arias? ¿Dónde se decidió que yo servía para eso? ¿O acaso desde el principio, tanto por inclinación como por elección, no fui más que un oído en busca de un mundo?

– La política es la gran generalizadora -me dijo Leo-, y la literatura la gran particularizadora, y no sólo están en relación inversa entre ellas, sino en relación antagónica. Para la política, la literatura es decadente, blanda, irrelevante, aburrida, terca, insípida, algo que no tiene sentido y que realmente no debería existir. ¿Por qué? Debido al impulso particularizador en que consiste la literatura. ¿Cómo puedes ser un artista y renunciar al matiz? Pero ¿cómo puedes ser un político y permitir el matiz? En tanto que artista, el matiz es tu tarea. Tu tarea no consiste en simplificar. Aun cuando decidieras escribir de la manera más sencilla, a lo Hemingway, la tarea sigue siendo la de aportar el matiz, elucidar la complicación, denotar la contradicción. No se trata de eliminar la contradicción, de negarla, sino de ver dónde, dentro de la contradicción, se encuentra el ser humano atormentado. Permitir el caos, dejarlo entrar. Tienes que dejarlo entrar o, de lo contrario, produces propaganda, si no para un partido político (un movimiento político, estúpida propaganda para la misma vida), sí para la vida como ella preferiría ser divulgada. Durante los cinco o seis primeros años de la Revolución rusa, los revolucionarios gritaban: «¡El amor libre, existirá el amor libre!». Pero, una vez estuvieron en el poder, no pudieron permitirlo, porque ¿qué es el amor libre? Es caos, y ellos no querían el caos. No es para eso para lo que habían hecho su gloriosa revolución. Querían algo disciplinado, organizado, contenido, científicamente predecible, a ser posible. El amor libre inquieta a la organización. La literatura inquieta a la organización. No porque esté flagrantemente a favor o en contra, o incluso lo esté de una manera sutil. Inquieta a la organización porque no es general. La naturaleza intrínseca de lo particular consiste en ser particular, y la naturaleza intrínseca de la particularidad estriba en no amoldarse. La generalización del sufrimiento: eso es el comunismo. La particularización del sufrimiento: he aquí la literatura. En esa polaridad se da el antagonismo. Uno participa en la batalla al mantener vivo lo particular en un mundo simplificador y generalizador. No tienes necesidad de escribir para legitimar el comunismo o el capitalismo; estás al margen de ambos. Si eres escritor, no te alias con uno ni con otro. Ves diferencias, sí, y, por supuesto, ves que esta mierda es un poco mejor que aquella mierda, o que aquella mierda es mejor que ésta. Tal vez mucho mejor. Pero ves la mierda. No eres un empleado del gobierno. No eres un militante. No eres un creyente. Eres una persona que se enfrenta de una manera muy diferente al mundo y a lo que sucede en el mundo. El militante presenta la fe, una gran creencia que cambiará el mundo, y el artista presenta un producto que no tiene cabida en ese mundo, que es inútil. El artista, el escritor serio, introduce en el mundo algo que ni siquiera estaba ahí al comienzo. Cuando Dios hizo todas las cosas en siete días, las aves, los ríos, los seres humanos, no dedicó ni diez minutos a la literatura. «Y entonces existirá la literatura. A algunos les gustará, a algunos les obsesionará y querrán hacerla…» No, no. El no dijo eso. Sí entonces le hubieras preguntado a Dios: «¿Habrá lampistas?», te habría respondido: «Sí, los habrá, porque habrá casas y serán necesarios los lampistas». «¿Habrá médicos?» «Sí, porque la gente enfermará y necesitará médicos que le receten medicinas.» «¿Y literatura?» «¿Literatura? ¿De qué me estás hablando? ¿Para qué sirve eso? ¿Dónde encaja? Por favor, estoy creando un universo, no una universidad. Nada de literatura.»

Intransigente. El irresistible atributo de Tom Paine, de Ira, Leo y Johnny O'Day. Si hubiera ido al encuentro de O'Day a mi llegada a Chicago, que era lo que Ira había dispuesto para mí, mi vida estudiantil, tal vez toda mi vida a partir de entonces, podría haber quedado a merced de distintas tentaciones y presiones, y tal vez habría prescindido de aquellas limitaciones que había tenido hasta entonces y que aportaban seguridad, bajo la tutela apasionada de un monolito muy diferente al de la Universidad de Chicago. Pero mi abrumadora tarea universitaria, por no mencionar las exigencias del programa complementario del señor Glucksman para eliminar mis convencionalismos, explica que hasta primeros de diciembre no me fuese posible tomarme libre una mañana de sábado y viajar en tren para reunirme con quien fuese el mentor de Ira Ringold en el ejército, el obrero metalúrgico a quien Ira me describió cierta vez como «un marxista de la cabeza a los pies».

Las vías de la Línea de la Ribera Sur estaban en Sixty-third y Stony Island, a sólo quince minutos a pie de mi residencia de estudiantes. Subí al vagón pintado de color naranja, tomé asiento y, a medida que pasábamos por las sucias poblaciones a lo largo de la línea y el cobrador iba diciendo los nombres: «Hegewisch… Hammond…

Chicago Este… Gary… Michigan City… South Bend», volvía a sentirme emocionado, como si escuchara Con una nota de triunfo. Como venía de la New Jersey norteña e industrial, aquel paisaje no me resultaba desconocido. Mirando hacia el sur desde Elizabeth, Linden y Rahway desde el aeropuerto, también nosotros teníamos la compleja superestructura de las refinerías a lo lejos, los malsanos olores de la refinería y las llamaradas en lo alto de las torres producidas por el gas resultante de la destilación del petróleo al arder. En Newark teníamos las grandes fábricas y los talleres minúsculos, teníamos la suciedad, los olores, las vías de ferrocarril que se cruzaban en todas direcciones, los montones de barriles de acero, las colinas de fragmentos metálicos y los horrendos vertederos. Teníamos por todas partes altas chimeneas que vertían humo negro, el hedor a productos químicos, el hedor a malta y el hedor de la granja porcina Secaucus que se expandía por nuestro barrio cuando el viento soplaba con fuerza. Y teníamos ferrocarriles como aquel que corría sobre terraplenes entre las marismas, a través de los juncos, las plantas de pantano y las extensiones de agua. Teníamos la suciedad y el hedor, pero lo que no teníamos ni podíamos tener era Hegewisch, donde construían los tanques para la guerra. No teníamos Hammond, una localidad especializada en la fabricación de vigas maestras para puentes. No teníamos los montacargas de grano a lo largo del canal de embarque que bajaba desde Chicago. No teníamos los hornos con hogar abierto que iluminaban el cielo cuando vertían el acero fundido, un cielo rojizo que podía ver en las noches claras desde una gran distancia, desde la ventana de mi dormitorio, allá en Gary. No teníamos U.S. Steel, Inland Steel, Jones Laughlin, Standard Bridge, Union Carbide y Standard Oil de Indiana. Teníamos lo que tenía New Jersey, mientras que aquí estaba concentrada la potencia del Middle West. Lo que tenían aquí era una inmensa producción de acero, acerías que se extendían muchos kilómetros a lo largo del lago, a través de dos estados, un complejo fabril más vasto que cualquier otro en el mundo, hornos de coque y de oxígeno que transformaban el hierro en acero, grandes cucharones elevados que transportaban toneladas de acero fundido, metal caliente que se vertía como lava en los moldes y, en medio del resplandor, el polvo, el peligro y el ruido, trabajando a una temperatura ambiental de 38°, aspirando vapores que podían destruir su salud, había hombres afanándose las veinticuatro horas del día, hombres que realizaban un trabajo interminable. Yo no era natural de aquella América, nunca lo sería y, sin embargo, la poseía como norteamericano. Mientras miraba desde la ventanilla del vagón, abarcaba lo que me parecía tan reciente, tan moderno, el mismo emblema del industrial siglo XX y, no obstante, un inmenso solar arqueológico; ningún hecho de la vida me parecía más serio que ése.

Veía a mi derecha un bloque tras otro de bungalows cubiertos de hollín, las casas de los obreros metalúrgicos, con glorietas y baños para pájaros en la parte posterior, y más allá de las casas las calles en las que se alineaban unas tiendas bajas y de aspecto degradado donde sus familias compraban, y tan potente era el impacto que ejercía sobre mí la visión del mundo cotidiano de un metalúrgico, su crudeza, su austeridad, el duro mundo de la gente con el agua hasta el cuello, siempre endeudada, siempre pagando algo, tanto me inspiraba pensar: «Por el trabajo más duro, el jornal mínimo, por deslomarse, las recompensas más humildes», que, ni qué decir tiene, ninguno de mis pensamientos le habría parecido extraño a Ira Ringold, mientras que todos ellos habrían consternado a Leo Glucksman.

– ¿Qué me dices de la esposa del Hombre de Hierro? -fue casi lo primero que quiso saber O'Day-. Tal vez me gustaría si la conociera, pero eso es un imponderable. Algunas personas a las que valoro tienen amigos íntimos que me resultan indiferentes. La holgada burguesía, el círculo en el que ahora vive con ella… No estoy seguro. En general, existe un problema con las esposas. La mayoría de los hombres que se casan son demasiado vulnerables. Se convierten en rehenes de la reacción en las personas de su mujer y sus hijos. Así pues, corresponde a una pequeña camarilla de personajes endurecidos por sí mismos ocuparse de aquello de lo que es preciso ocuparse. Todo esto es una pesadez, desde luego, y sería bonito tener un hogar, una mujer dulce esperándote al final de la jornada, tal vez un par de hijos. Incluso los hombres que disfrutan de todo eso se hartan de vez en cuando. Pero mi responsabilidad inmediata es hacia el obrero que cobra por horas, y por él no estoy haciendo la décima parte del trabajo que debería. Sea cual fuere el sacrificio, lo que se debe recordar es que esta clase de movimientos son siempre hacia arriba, al margen de cuál sea el resultado del problema inmediato.

El problema inmediato era que Johnny O'Day había sido expulsado del sindicato y perdido su empleo. Le visité en una casa de huéspedes cuyo alquiler no pagaba desde hacía dos meses. Disponía de una semana más para cumplir con su obligación o le echarían. Su pequeña habitación tenía una ventana por la que se veía el cielo y estaba bien ordenada. El colchón de la estrecha cama descansaba sobre un somier metálico y era compacto, incluso bello, y la pintura verde oscuro de la armadura de hierro de la cama no estaba picada ni se descascaraba, como le ocurría a la del ruidoso radiador, pero de todos modos la imagen era desalentadora. En conjunto, los muebles no eran más escasos que los que Leo tenía en su habitación de la Casa Internacional y, no obstante, el aura de desolación me sorprendió y (hasta que la voz reposada, imperturbable de O'Day y su enunciación de nitidez tan peculiar empezaron a eliminar de mi atención cuanto no era su presencia) me hizo pensar que debería levantarme e irme. Era como si lo que faltaba en aquella habitación, fuera lo que fuese, se hubiera evaporado. En el instante en que abrió la puerta, me hizo pasar y me invitó cortésmente a sentarme en una de las dos sillas, ante una mesa en la que no cabía mucho más que la máquina de escribir, tuve la sensación de que no sólo se lo habían arrebatado todo a O'Day excepto la existencia, sino, peor todavía, que de una manera casi siniestra O'Day se había desprendido de todo cuanto no era su existencia.

Entonces comprendí qué estaba haciendo Ira en la cabana. Entonces comprendí el deterioro de la cabana y el acto de volver a prescindir de todo, la estética de la fealdad que sería tan insoportable para Eve Frame, que conllevaba la soledad y la vida ermitaña, pero que también le dejaba a uno desembarazado, libre para ser audaz, resuelto e intrépido. Lo que la habitación de O'Day representaba era disciplina, esa disciplina según la cual por muchos deseos que tenga, puedo circunscribirlos a este pequeño espacio. Puedes arriesgar lo que sea si al final te sabes capaz de tolerar el castigo, y aquella habitación formaba parte del castigo. De aquella estancia sacaría una firme impresión: la relación existente entre la libertad y la disciplina, entre la libertad y la soledad, entre la libertad y el castigo. La habitación de O'Day, su celda, era la esencia espiritual de la cabana de Ira. ¿Y cuál era la esencia espiritual de la habitación de O'Day? Lo descubriría al cabo de unos años, cuando, durante una visita a Zurich, localizara la casa con la placa conmemorativa que contiene el nombre de Lenin y, tras sobornar al portero con un puñado de francos suizos, me permitiera ver la habitación del anacoreta donde el revolucionario fundador del bolchevismo vivió exiliado durante año y medio.

El aspecto de O'Day no debería haberme sorprendido. Ira lo había descrito exactamente tal como era todavía, un hombre con la forma de una garza: metro ochenta de altura, flaco, tieso, cabello gris muy corto, rostro afilado, ojos que también parecían haberse vuelto grises, nariz muy larga y delgada y la piel, o mejor el pellejo, arrugado como si tuviera muchos más de sus cuarenta años. Pero lo que Ira no me había dicho era que el fanatismo había dado a su cuerpo el aspecto de una prisión en cuyo interior un hombre cumplía la severa sentencia en que consistía su vida. Era el aspecto de un ser que no tiene elección? cuya historia había sido trazada de antemano. No tenía ninguna posibilidad de elegir. Separarse de las cosas por el bien de su causa: eso era lo único que podía hacer. Y nadie podía influir en él. No sólo su físico era un filamento de acero, envidiablemente estrecho; también su ideología era parecida a una herramienta, contorneada como la silueta del fuselaje de la garza vista de lado.

Recordé algo que Ira me había dicho acerca de O'Day: que éste lleva un saco de arena ligero, para practicar el boxeo, entre sus pertrechos, y que en el ejército era tan rápido y fuerte que, «si se veía obligado», podía golpear a dos o tres hombres al mismo tiempo. Durante el viaje me había preguntado si O'Day tendría un saco de arena en su habitación. Y, en efecto, allí estaba, pero no colgado en un rincón, a la altura de la cabeza, como yo había imaginado que estaría si aquello fuese un gimnasio, sino tendido en el suelo, contra la puerta de un armario, un grueso saco de arena en forma de lágrima tan viejo y deteriorado que parecía una parte descolorida del cuerpo de algún animal sacrificado, como si para mantenerse en forma O'Day se ejercitara con el testículo de un hipopótamo muerto. La idea no era racional pero, debido al temor inicial que me causaba el hombre, no podía alejarla de mi mente.

Recordé las palabras de O'Day la noche que le confesó a Ira su frustración porque no había podido dedicarse por entero a «construir el partido aquí en el puerto»: «No soy muy hábil para organizar, eso es cierto. Tienes que ofrecer la mano a los bolcheviques tímidos, y yo tiendo más a darles coscorrones». Lo recordé porque, al regresar a casa, introduje esas palabras en el guión de radio que escribía por entonces, acerca de una huelga en una acería, y en el que hasta la última palabra de la jerga de Johnny O'Day aparecía intacta en la de un tal Jimmy O'Shea. Cierta vez O'Day escribió a Ira, diciéndole: «Voy a ser el hijo de puta oficial de Chicago Este y sus alrededores, y eso significa que acabaré en la Ciudad de los Puños», ha Ciudad de los Puños sería el título de mi guión siguiente. No podía evitarlo. Quería escribir acerca de cosas que parecían importantes, y eran cosas de las que yo no sabía nada. Y con el vocabulario de que disponía entonces, lo transformaba todo al instante en agitación y propaganda, perdiendo así en pocos segundos aquello que era importante acerca de lo importante e inmediato acerca de lo inmediato.

O'Day estaba sin blanca, y el partido era demasiado pobre para contratarle como organizador a fin de ayudarle económicamente de alguna manera. Se pasaba los días escribiendo panfletos para distribuirlos en las puertas de las acerías. Los pocos dólares aportados en secreto por viejos camaradas metalúrgicos le permitían pagar el papel y alquilar la máquina de mimeografiar y la grapadora. Al final de cada jornada, él mismo repartía los panfletos en Gary. Utilizaba la calderilla que le quedaba para comer.

– Mi acción contra Inland Steel no ha terminado -me dijo, yendo directamente al grano, franqueándose conmigo como si fuese un igual, un aliado, si no ya un camarada, habiéndome como si, de alguna manera, Ira le hubiera hecho creer que yo tenía el doble de mi edad, que era cien veces más independiente y mil veces más valeroso-. Pero parece ser que la dirección y los acusadores de los comunistas del USA-CIO, Congreso de Organizaciones Industriales, han hecho que me despidan y que figure en la lista negra para siempre. En todos los campos profesionales, a lo largo y ancho del país, existe un movimiento con el fin de aplastar al partido. No saben que no es el CIO de Phil Murray el que decide las grandes cuestiones históricas. No hay más que ver lo sucedido en China. Quien decidirá las grandes cuestiones históricas es el trabajador norteamericano. En mi campo laboral ya hay más de cien metalúrgicos desempleados en este sindicato local. Es la primera vez desde 1939 que no ha habido más puestos de trabajos que hombres, e incluso los metalúrgicos, el sector más obtuso de toda la clase obrera, empiezan por fin a poner en tela de juicio a la organización. Se acerca, se acerca… te aseguro que se acerca. No obstante, tuve que verme ante la junta ejecutiva del sindicato local y me expulsaron por mi pertenencia al partido. Esos cabrones no querían expulsarme, sino repudiar mi pertenencia. La prensa soplona, que me reserva sus críticas más intransigentes en estas inmediaciones… Mira -me tendió un recorte de periódico que había estado junto a la máquina de escribir-, el Gary Post-Tribune de ayer. La prensa habría dado mucho bombo a esa noticia y, aunque habría conservado mi carné de trabajador en el ramo de los traficantes en hierro, los contratistas y los jefes de cuadrilla se habrían enterado y me habrían puesto en la lista negra. Es una industria cerrada, por lo que la expulsión del sindicato significa que no puedo trabajar en mi campo profesional. Bueno, que se vayan al infierno. De todos modos, puedo luchar mejor desde el exterior. ¿Me consideran peligroso la prensa soplona, los impostores de la clase obrera, las farsantes administraciones municipales de Gary y Chicago Este? Bien. ¿Tratan de impedir que me gane la vida? Estupendo. Nadie depende de mí, salvo yo mismo, y yo no dependo de amigos ni mujeres ni trabajos ni de cualquier otro sostén convencional de la existencia. De todos modos me las arreglo. Si el Gary Post -tomó el recorte que yo no había tenido tiempo de mirar mientras me hablaba y lo dobló pulcramente-, el Hammond Times y los demás periódicos creen que nos harán salir corriendo del condado de Lake, a nosotros, los comunistas, con esa clase de tácticas, se equivocan. Si me hubieran dejado en paz, probablemente uno de estos días me habría marchado por mis propios medios, pero ahora no tengo dinero para ir a ninguna parte, así que tendrán que seguir habiéndoselas conmigo. En las entradas de las acerías, la actitud de los obreros cuando les doy mis panfletos es, en conjunto, amistosa e interesada. Me hacen el signo de la victoria, y es en esos momentos cuando las cosas se equilibran un poco. Tenemos nuestro cupo de trabajadores fascistas, por descontado. El otro día, el lunes por la noche, mientras repartía los panfletos en la gran acería de Gary, un patán gordo se puso a llamarme traidor, necio y no sé qué más. No esperé a averiguarlo. Confío en que le guste la sopa y las galletas blandas. Díselo al Hombre de Hierro -me pidió, sonriendo por primera vez, aunque de una manera inquietante, como si forzar la sonrisa fuese una de las cosas más difíciles para él-. Dile que todavía estoy en bastante buena forma. Vamos, Nathan.

Me mortificaba que aquel metalúrgico desempleado me llamara por mi nombre propio (es decir, me mortificaba por mis nuevas obsesiones universitarias, mi incipiente superioridad, el abandono del compromiso político) cuando acababa de referirse, con la misma voz reposada e imperturbable, con la misma enunciación cuidadosa, y con una familiaridad íntima que no parecía entresacada de los libros, a «las grandes cuestiones históricas», «China», «1939», y, sobre todo, que mencionara la dura y sacrificada abnegación que le imponía su misión hacia «el obrero pagado por horas».

– Nathan -me dijo con la misma voz que me había puesto los brazos de piel de gallina al decir: «Se acerca, se acerca, te aseguro que se acerca»-. Vamos a comer algo.

Desde el principio, la diferencia entre el discurso de O'Day y el de Ira fue inequívoca para mí. Tal vez porque no había nada contradictorio en los propósitos de O'Day, tal vez porque éste llevaba la clase de vida para la que quería ganar prosélitos, porque su discurso no era un pretexto para otra cosa, porque parecía surgir de ese núcleo cerebral que es la experiencia, la pertinencia de cuanto decía no dejaba resquicio alguno a la duda, su pensamiento estaba firmemente establecido, las mismas palabras parecían entreveradas de voluntad, no eran en absoluto altisonantes, no perdía energía al hablar, sino que en cada una de sus frases había una artera astucia y, por muy utópica que fuese la meta, un profundo sentido práctico, la sensación de que tenía la misión tanto en las manos como en la cabeza; la sensación, contraria a la que Ira producía, de que era la inteligencia, y no su carencia, aquello que se valía de sus ideas y que las manejaba. El sabor de lo que yo consideraba «lo real» impregnaba su conversación. No era difícil ver que aquello a lo que el discurso de Ira imitaba débilmente era el discurso de O'Day. El sabor de lo real… aunque también el discurso de una persona completamente incapaz de tomarse nada a risa, con el resultado de que la singularidad de su objetivo daba cierta sensación de insania, y eso también le distinguía de Ira. En el acto de atraer, como hacía Ira, todas las contingencias humanas que O'Day había desterrado de la vida había cordura, la cordura de una existencia expansiva y desordenada.

Aquella noche, cuando regresaba en el tren, la fuerza de la implacable concentración de O'Day me había desorientado tanto que sólo se me ocurría pensar en cómo les diría a mis padres que había tenido suficiente con tres meses y medio: abandonaba la universidad para ir a la ciudad del acero, Chicago Este, estado de Indiana. No les pedía que me dieran apoyo económico. Encontraría trabajo para sostenerme, un trabajo humilde, más que probablemente, pero eso no importaba, porque no era más que un medio. No podía seguir justificando mi empeño en cumplir con las expectativas burguesas, las suyas o las mías, no podía seguir así después de mi visita a Johnny O'Day, el cual, a pesar de la suavidad de su habla que ocultaba la pasión, se me revelaba como la persona más dinámica que había conocido jamás, incluso más que Ira. La más dinámica, la más indestructible, la más peligrosa.

Era peligroso porque no se preocupaba por mí como Ira, y tampoco me conocía como Ira. Ira sabía que era el hijo de alguien, lo comprendía intuitivamente (y mi padre se lo había dicho por añadidura) y no había intentado arrebatarme mi libertad ni alejarme de mi lugar de procedencia. Ira nunca intentó adoctrinarme más allá de cierto punto, y tampoco deseaba con desesperación aferrarse a mí, aunque lo más probable era que durante toda su vida hubiera estado lo bastante necesitado de afecto como para tener un anhelo perpetuo de amistad íntima. Lo único que había hecho era tomarme en préstamo cuando iba a Newark, tomarme ocasionalmente en préstamo para tener alguien con quien hablar cuando estaba de visita en Newark o se encontraba solo en la cabana, pero jamás se le ocurrió llevarme a un mitin comunista. La otra vida que llevaba era casi del todo invisible para mí. Lo único que me llegaba eran las quejas y los desvarios, la retórica, el aderezo. No sólo se mostraba espontáneo, sino que Ira tenía tacto conmigo. A pesar de su obsesión fanática, conmigo era muy decoroso, tierno y consciente de cierto peligro al que él estaba dispuesto a exponerse pero al que no deseaba exponer a un muchacho. Conmigo mostraba una afabilidad de grandullón jovial que era la otra cara del furor y la cólera. Ira consideraba oportuno educarme sólo hasta cierto punto. Jamás vi al fanático completo.

Mas para Johnny O'Day yo no era el hijo de alguien ni tenía que protegerme. Para él era un joven al que reclutar.

– No te relaciones frivolamente con los trotskistas en la universidad -me dijo O'Day durante la comida, como si los trotskistas fueran el problema que me había llevado a Chicago Este para hablar con él.

Juntos, nuestras cabezas casi tocándose, comimos hamburguesas en una oscura taberna cuyo propietario polaco todavía le fiaba y donde un muchacho como yo, incapaz de resistirse a los encantos de la intimidad viril, encontraba la situación muy de su agrado. La callecita, no lejos de la acería, estaba ocupada casi en su totalidad por tabernas, con excepción de una tienda de comestibles en una esquina, una iglesia en la otra y, enfrente, un solar dedicado en su mitad a amontonar chatarra y en la otra a vertedero de basura. El viento del este era fuerte y olía a dióxido de azufre. El interior del local olía a humo y cerveza.

– Soy lo bastante heterodoxo para sostener que está bien relacionarse con trotskistas -me dijo O'Day-, siempre que luego te laves las manos. Hay personas que manejan reptiles venenosos a diario, que llegan a extraerles el veneno a fin de buscarle un antídoto, y son pocas las que reciben mordeduras letales, precisamente porque saben que los reptiles son venenosos.

– ¿Qué es eso de trotskista? -le pregunté.

– ¿No conoces la divergencia fundamental de comunistas y trotskistas?

– No.

O'Day dedicó varias horas a instruirme. Su explicación estaba llena de términos como socialismo científico, neofascismo, democracia burguesa, de nombres que no me decían nada, como, para empezar, León Trotsky, nombres como Eastman, Lovestone, Zinoviev, Bujarin; acontecimientos que desconocía, como la Revolución de Octubre y los juicios de 1937; formulaciones que empezaban diciendo: «El precepto marxista de que las contradicciones inherentes a una sociedad capitalista…» y «Obedientes a su falaz razonamiento, los trotskistas conspiran para impedir que se consigan los objetivos…». Pero al margen de lo abstrusos o complicados que eran los meandros del relato, cada palabra de O'Day me parecía precisa y en absoluto ajena, no un tema del que estaba hablando por hablar de algo, no un tema del que estaba hablando para que yo hiciera un trabajo escolar, sino una lucha cuya ferocidad él había sufrido en sus carnes.

Eran casi las tres cuando dejó de exigirme una atención absoluta. La manera en que te hacía escucharle era extraordinaria, y tenía mucho que ver con su promesa tácita de no hacerte peligrar mientras te concentraras sin fisuras en sus palabras. Yo me sentía exhausto, la taberna estaba casi vacía y, no obstante, tenía la sensación de que todas las posibilidades seguían girando a mi alrededor. Recordé aquella noche, cuando era alumno de secundaria, en que desafié a mi padre e, invitado por Ira, me fui con éste al mitin de Wallace en Newark, y una vez más me sentí partícipe en la disputa sobre la vida que realmente importaba, la gloriosa batalla que había buscado desde que cumplí los catorce años.

– Vamos -me dijo O'Day, tras consultar su reloj-. Voy a enseñarte la cara del futuro.

Y allí estábamos, allí estaba yo, allí estaba aquello; el mundo donde, desde hacía tanto tiempo, había soñado en secreto con ser un hombre. Sonó el silbato, las puertas se abrieron de par en par, y allí estaban ellos, ¡los trabajadores! Los hombres corrientes de Corwin, nada espectaculares pero libres. ¡El hombrecito! ¡El hombre medio! ¡Los polacos! ¡Los suecos! ¡Los irlandeses! ¡Los croatas! ¡Los italianos! ¡Los eslovenos! Los hombres que ponían en peligro la vida para fabricar acero, se arriesgaban a sufrir quemaduras, a ser aplastados o volar en pedazos, y todo en beneficio de la clase dirigente.

Estaba tan emocionado que no podía verles las caras, no veía a los individuos sino sólo la masa amorfa que cruzaba las puertas para ir a casa. ¡La masa de las masas norteamericanas! Pasaban rozándome, chocando conmigo… ¡la cara, la fuerza del futuro! El impulso de gritar (de tristeza, ira, protesta, triunfo) era abrumador, como lo era el impulso de unirme a la masa que no era del todo amenazante ni del todo una masa, de unirme a la cadena, al torrente de hombres calzados con botas de gruesas suelas y seguirlos a casa. El ruido que producían era como el del público alrededor del cuadrilátero antes del combate. ¿Y el combate? El combate por la igualdad norteamericana.

De una bolsa que le pendía del hombro sobre la cadera, O'Day sacó un fajo de octavillas y me lo dio. Y allí, a la vista de la acería, aquella basílica humeante que debía de tener más de un kilómetro y medio de longitud, los dos permanecimos uno al lado del otro, dando una octavilla a cada hombre que salía del turno de siete a tres y que alargaba la mano para tomarlo. Sus dedos tocaban los míos y mi vida entera estaba vuelta del revés. ¡Todo cuanto en Estados Unidos estaba en contra de aquellos hombres también estaba en mi contra! Hice el voto del repartidor de octavillas: no sería más que el instrumento de la voluntad de aquellos hombres. En mí no habría más que probidad.

Con un hombre como O'Day notas el tirón, claro que sí. O'Day no te hace recorrer la mitad del camino y entonces te abandona. No, te acompaña durante todo el camino. La revolución va a eliminar esto y sustituirlo por eso… la claridad en modo alguno irónica del Casanova político. Cuando tienes diecisiete años y conoces a un individuo con una postura agresiva, que, tanto desde el ángulo idealista como desde el ideológico, lo ha comprendido todo, que carece de familia, no tiene parientes ni casa, que no tiene todo aquello que tiraba de Ira en veinte direcciones distintas, no tiene todas esas emociones que tiraban de Ira en veinte direcciones diferentes, desconoce las convulsiones que sufre un hombre como Ira debido a su temperamento, la turbulencia que supone el deseo de hacer una revolución que cambie el mundo mientras al mismo tiempo vive con una hermosa actriz, tiene una amante joven, juguetea con una puta entrada en años, anhela una familia, se debate con una hijastra y vive en una casa imponente en la ciudad de la industria del espectáculo, así como en una cabana proletaria en el quinto infierno, decidido a hacer valer incansablemente una manera de ser en secreto, otra en público y una tercera en los intersticios entre ambas, a ser Abraham Lincoln, Iron Rinn y Ira Ringold, todos ellos hechos un ovillo en un frenético y sobreexcitable yo grupal, y a quien en cambio aclaman tan sólo por su idea, quien no es responsable de nada más que su idea y comprende casi matemáticamente lo que necesita para llevar una vida honorable, entonces te dices, como yo me lo dije: «¡Sí, esto es lo mío!».

Eso fue, con toda probabilidad, lo que Ira se dijo al conocer a O'Day en Irán. O'Day le influyó visceralmente de la misma manera. Se apodera de ti y te liga a la revolución mundial. Sólo que Ira había acabado por tener aquella serie de componentes accidentales, involuntarios, impremeditados, haciendo rebotar las demás pelotas con el mismo esfuerzo enorme por imponerse, mientras que todo cuanto O'Day tenía, era y quería ser era tan sólo el artículo genuino. ¿Porque él no era judío? ¿Porque era gentil? ¿Porque, como Ira me había dicho, se educó en un orfanato católico? ¿Era ésa la razón de que pudiera vivir con una modestia tan despiadada, tan completa y tan visible, sin tener donde caerse muerto?

O'Day no tenía ni un ápice de la blandura que, como yo bien sabía, anidaba en mi interior. ¿Veía él mi blandura? No se lo permitiría". ¡Mi vida con su blandura exprimida, aquí, en Chicago, con Johnny O'Day! Aquí, en la entrada de la acería, a las siete de la mañana, las tres de la tarde y las once de la noche, distribuyendo octavillas después de cada turno. El me enseñará a redactarlas, me enseñará qué decir y la mejor manera de decirlo a fin de incitar al trabajador a que actúe y convierta a Estados Unidos en una sociedad equitativa. Me lo enseñará todo. Soy alguien que sale de la cómoda prisión de su insignificancia humana y aquí, al lado de Johnny O'Day, accede al medio hipercargado que es la historia. Un trabajo humilde, una existencia empobrecida, sí, pero aquí, al lado de Johnny O'Day, no una vida carente de significado. ¡Por el contrario, todo con significado, todo profundo e importante!

Presa de tales emociones, sin duda parece inimaginable que pudiera encontrar alguna vez el camino de regreso a mi situación anterior, pero lo cierto es que a medianoche aún no había telefoneado a mi familia para comunicarles mi decisión. O'Day me había dado dos delgados panfletos para leer en el tren durante el trayecto hasta Chicago. Uno de ellos se titulaba Teoría y práctica del Partido Comunista, el primer curso de la Serie de Estudios Marxistas preparada por el Departamento de Educación Nacional del Partido Comunista, en el que la naturaleza del capitalismo, de la explotación capitalista y de la lucha de clases se exponía de un modo abrumador en menos de cincuenta páginas. O'Day me prometió que la próxima vez que nos viéramos comentaríamos lo que yo hubiera leído, y entonces él me daría el segundo curso que, según dijo, «desarrollaba en un nivel teórico superior los temas del primer curso».

El otro panfleto que me llevé aquel día para leer en el tren, ¿De quién es propiedad Estados Unidos?, escrito por James S. Alien, argumentaba -predecía- que «el capitalismo, incluso en su encarnación más potente en Estados Unidos, amenaza con reproducir el desastre a una escala cada vez mayor». En la portada había una caricatura, en azul y blanco, de un hombre gordo de aspecto porcino, con chistera y chaqué, sentado con arrogancia sobre una hinchada bolsa de dinero con la inscripción «Beneficios» y el vientre, también hinchado, adornado con el signo del dólar. Humeando, en segundo plano, estaban las fábricas de Norteamérica, representantes de la propiedad expropiada injustamente por la rica clase dirigente a «la principal víctima del capitalismo», los trabajadores en lucha.

Leí ambos panfletos en el tren. En la habitación de la residencia volví a leerlos, confiando en que hallaría en sus páginas el ánimo necesario para telefonear a casa y comunicarles mi decisión. Las últimas páginas del panfleto titulado ¿De quién es propiedad Estados Unidos? tenían el epígrafe: «¡Hazte comunista!», y las leí en voz alta, como si el mismo Johnny O'Day me estuviera hablando: «Sí, juntos venceremos con nuestras huelgas. Levantaremos nuestros sindicatos, nos reuniremos para luchar juntos contra las fuerzas de la reacción, del fascismo, del belicismo. Juntos trataremos de construir un gran movimiento político independiente que se enfrentará en las elecciones nacionales a los partidos de los monopolios. Ni por un momento daremos cuartel a los usurpadores, a la oligarquía que está arruinando a la nación. No permitas que nadie ponga en tela de juicio tu patriotismo, tu lealtad a la nación. Únete al Partido Comunista. En tanto que comunista, podrás cumplir, en el sentido más profundo de la palabra, con tu responsabilidad como norteamericano».

«¿Por qué no es esto alcanzable?», me pregunté, y entonces me dije: «Hazlo como aquella vez, cuando subiste al autobús hasta el centro y asististe al mitin de Wallace. ¿Es tu vida o la de ellos? ¿Tienes el valor de tus convicciones o no lo tienes? ¿Es esta América la clase de América en la que quieres vivir o te propones lanzarte a revolucionarla? ¿O acaso, como todos los demás universitarios "idealistas" que conoces, eres otro hipócrita egoísta, privilegiado, absorto en sí mismo? ¿Qué temes, la penuria, el oprobio, el peligro o tal vez a O'Day? ¿De qué tienes miedo si no es de tu debilidad de carácter? No recurras a tus padres para que te saquen de esto. No llames a casa y pidas permiso para afiliarte al Partido Comunista. ¡Recoge la ropa y los libros, vuelve allí y hazlo! Si no te atreves, ¿es posible hacer alguna distinción entre tu capacidad de atreverte a cambiar y la de Lloyd Brown, entre tu audacia y la audacia de Brownie, el ayudante de tendero que quiere heredar el puesto de Tommy Minarek en el vertedero de piedras de Zinc Town? ¿Hasta qué punto la imposibilidad que sufre Nathan de renunciar a las expectativas de su familia y luchar para abrirse camino hacia la auténtica libertad difiere de la imposibilidad que sufre Brownie de enfrentarse a las expectativas de su familia y luchar por su propia libertad? Se queda en Zinc Town vendiendo minerales, yo me quedo en la universidad estudiando a Aristóteles… y acabo siendo Brownie con un título».

A la una de la madrugada crucé el Midway desde mi residencia, bajo una tormenta de nieve, la primera ventisca que experimentaba en Chicago, hacia la Casa Internacional. El estudiante birmano que estaba de guardia en la recepción me reconoció y, cuando abrió la puerta de seguridad y le dije: «El señor Glucksman», asintió y, a pesar de la hora, me dejó pasar. Subí al piso de Leo y llamé a la puerta. Horas después de que un estudiante extranjero hubiera cocinado curry en el hornillo de su habitación, el olor seguía impregnando la atmósfera del pasillo. Pensé: «Un chico indio viene desde Bombay para estudiar en Chicago, y tú temes vivir en Indiana. ¡Levántate y lucha contra la injusticia! Date la vuelta, vete… ¡tienes la oportunidad de hacerlo! ¡Recuerda la entrada de la acería!».

Pero como mis emociones habían estado al rojo vivo durante tantas horas, durante tantos años adolescentes, abrumado por todos aquellos nuevos ideales y visiones de la verdad, cuando Leo, en pijama, abrió la puerta, me eché a llorar y, al hacer eso, le llevé a una lamentable conclusión errónea. Vertí cuanto no tuve el atrevimiento de mostrarle a Johnny O'Day. La blandura, el infantilismo, la frivolidad opuesta a la seriedad de O'Day que estaba en mi naturaleza, todo lo no esencial que me constituía. ¿Por qué no es alcanzable? Carecía de lo que supongo que a Ira también le faltaba: un corazón sin dicotomías, un corazón como el de O'Day, envidiablemente estrecho, inequívoco, dispuesto a renunciar a cualquiera y a todo excepto a la revolución.

– Oh, Nathan -me dijo tiernamente Leo-. Mi querido amigo.

Era la primera vez que no me llamaba «señor Zuckerman». Me hizo sentar ante su mesa y él, en pie a pocos centímetros de mí, me observó mientras, todavía llorando, yo me desabrochaba la zamarra ya mojada y cargada de nieve. Tal vez pensó que me disponía a quitármelo todo, pero, en vez de hacer eso, me puse a hablarle del hombre al que había visto. Le dije que quería trasladarme a Chicago Este y trabajar con O'Day. Tenía que hacerlo, por el bien de mi conciencia. Pero ¿podía hacerlo sin decírselo a mis padres? Le pregunté a Leo si eso era honorable.

– ¡Eres una mierda! ¡Una puta! ¡Vete! ¡Vete de aquí! ¡Putilla calientabraguetas y falsa!

Y, tras decir esto, me hizo salir a empujones de la habitación y cerró de un portazo.

No lo comprendía. No entendía realmente a Beethoven, seguía teniendo problemas con Kierkegaard y lo que Leo gritaba y por qué lo gritaba era también incomprensible para mí. Lo único que había hecho era decirle que contemplaba la posibilidad de vivir con un metalúrgico comunista de cuarenta y ocho años que, como le expliqué, tenía cierto parecido con un Montgomery Clift entrado en años, y Leo reaccionaba echándome de su cuarto con cajas destempladas.

No sólo el estudiante indio cuya habitación estaba en el otro lado del pasillo, sino casi todos los estudiantes indios, orientales y africanos que vivían a lo largo del corredor salieron de sus habitaciones para ver a qué se debía la conmoción. La mayoría de ellos, a tales horas, estaba en ropa interior, y miraba a un muchacho que acababa de descubrir que no era tan fácil ser un héroe a los diecisiete años como lo era a esa edad ser atraído hacia el heroísmo y el aspecto moral de casi todas las cosas. Lo que creyeron ver fue algo por completo distinto. Lo que creyeron ver no pude imaginarlo hasta que, en la siguiente clase de humanidades, me di cuenta de que a partir de entonces Leo Glucksman no sólo no me consideraría alguien superior, y no digamos alguien destinado a ser un gran hombre, sino que me tendría por el filisteo más inexperto, culturalmente atrasado y cómico que jamás, y de un modo escandaloso, había sido admitido en la Universidad de Chicago. Y nada de lo que dije en clase o escribí para la clase durante el resto del curso, ninguna de mis largas cartas explicándome, pidiendo disculpas y señalando que no había abandonado la universidad para irme a vivir con O'Day, sacaría a Leo de su error.

El verano siguiente vendí revistas por las casas en Jersey, lo cual no era lo mismo que distribuir octavillas en una acería de Indiana al alba, en el crepúsculo y en la oscuridad de la noche. Aunque hablé con Ira un par de veces por teléfono, e hicimos un plan para ir a visitarle a la cabana en agosto, me alivió que tuviera que cancelarlo en el último momento, y entonces regresé a la universidad. Al cabo de unas semanas, a fines de octubre de 1951, me enteré de que él, Artie Sokolow, así como el director, el compositor, los otros dos actores principales del programa y el famoso locutor Michael J. Michaels, habían sido despedidos de Los libres y los valientes. Mi padre me dio la noticia por teléfono. Yo no leía los periódicos con regularidad, y me dijo que la noticia había aparecido el día anterior en los dos diarios de Newark, así como en todos los de Nueva York. «Hierro al rojo vivo», le habían llamado en el titular del New York Journal-American, donde colaboraba Bryden Grant como columnista. Los detalles habían salido en «El runrún de Grant».

Por el tono de mi padre, comprendí que su mayor preocupación era yo, las repercusiones que podría tener mi amistad con Ira.

– Porque le llaman comunista -repliqué indignado-, porque mienten y llaman a todo el mundo comunista.

– Sí, también pueden mentir y llamártelo a ti.

– ¡Que lo hagan! ¡Déjales que lo hagan!

Pero por mucho que gritara a mi padre, un podólogo y liberal, como si él fuese el ejecutivo de la emisora que había despedido a Ira y sus compañeros, por mucho que alzara la voz para afirmar que las acusaciones eran tan inaplicables a Ira como lo serían a mí, sabía, por haber pasado una sola tarde con Johnny O'Day, lo equivocado que podía estar. Ira había estado más de dos años con O'Day en la base militar de Irán. O'Day había sido su mejor amigo. Cuando le conocí, aún recibía largas cartas de O'Day y le contestaba. Luego estaba Goldstine y lo que había dicho en su cocina. «No dejes que te llene de ideas comunistas, chico. Los comunistas se hacen con un títere como Ira y lo utilizan. Vete de mi casa, estúpido y gilipollas comunista…»

Me había negado obstinadamente a reunir todo esto. Esto y el álbum de discos y más cosas.

– ¿Recuerdas, Nathan, la tarde en mi consultorio, cuando él vino desde Nueva York? Los dos le preguntamos, ¿y qué dijo él?

– ¡La verdad! ¡Dijo la verdad!

– «¿Es usted comunista, señor Ringold?», le pregunté, y tú le hiciste la misma pregunta -en un tono alarmante, que nunca le había oído hasta entonces, mi padre gritó-: ¡Si mintió, si ese hombre mintió a mi hijo…!

Lo que había percibido en su voz era la disposición a matar.

– ¿Cómo puedes relacionarte con alguien que te miente sobre algo tan fundamental? -inquirió él-. ¿Quieres decirme cómo? No era una mentira infantil, sino de adulto, una mentira motivada, una mentira absoluta.

Mi padre siguió hablando, mientras yo me preguntaba por qué se molestó Ira, por qué no me dijo la verdad. Yo habría ido a Zinc Town de todas maneras, o lo habría intentado. Claro que no sólo me mintió a mí. Ésa no era la cuestión. Mintió a todo el mundo. Si mientes a todo el mundo, de una manera automática y constante, lo estás haciendo a propósito para cambiar tu relación con la verdad. Porque nadie puede improvisar una cosa así. Dices la verdad a esta persona, mientas a esa otra persona… eso no puede salir bien. Así pues, mentir forma parte de lo que sucede cuando te pones ese uniforme. Mentir formaba parte de la naturaleza de su compromiso. Nunca se le ocurrió decir la verdad, en particular a mí, pues eso no sólo habría puesto en peligro nuestra amistad, sino que también me habría puesto en peligro a mí. Había muchas razones por las que mintió, pero ninguna que yo pudiera explicarle a mi padre, aun cuando la hubiera comprendido en su momento.

Después de hablar con mi padre, y con mi madre, que me dijo: «Le he rogado a papá que no te llamara, que no te apurase», traté de telefonear a Ira a la calle West Eleventh. El teléfono comunicó durante toda la tarde, y cuando volví a marcar a la mañana siguiente y por fin pude hablar, Wondrous, la mujer negra a quien Eve llamaba con la campanilla, algo que Ira detestaba, me dijo: «Ya no vive aquí», y colgó. Como todavía consideraba al hermano de Ira en gran medida «mi profesor», me abstuve de telefonear a Murray Ringold, pero escribí a Ira, a la avenida Lehigh de Newark, para que el señor Ringold le entregara la carta, y también al apartado de correos de Zinc Town. No obtuve respuesta. Leí los recortes de periódico que me envió mi padre, gritando: «¡Mentiras! ¡Mentiras! ¡Sucias mentiras!», pero entonces recordé a Johnny O'Day y Erwin Goldstine y no supe qué pensar.

Menos de seis meses después apareció en las librerías de Estados Unidos, precipitadamente publicada, la obra Me casé con un comunista, las confesiones de Eve Frame relatadas a Bryden Grant. La sobrecubierta, por delante y detrás, era una réplica de la bandera norteamericana. En la portada, la bandera estaba desgarrada, y dentro del óvalo irregular había una foto reciente en blanco y negro de Ira y Eve, ella encantadora, con uno de sus sombreritos y el velo a topos que la hiciera famosa, enfundada en una chaqueta de piel y con un bolso circular en la mano, sonriendo a la cámara mientras camina del brazo de su marido por la calle West Eleventh. Pero Ira no parecía en absoluto feliz; por debajo del ala ancha de su sombrero de fieltro y a través de las gafas miraba a la cámara con una expresión seria y preocupada. Casi en el centro de la diana que era aquel óvalo en la cubierta del libro «Me casé con un comunista, confesiones de Eve Frame relatadas a Bryden Grant», la cabeza de Ira estaba audazmente rodeada por un círculo rojo.

En el libro Eve afirmaba que Iron Rinn, alias Ira Ringold, era «un loco comunista» que la había «atacado e intimidado» con sus ideas comunistas, que las sermoneaba, a ella y a Sylphid, cada noche durante la cena, hacía todo lo posible para «lavarles el cerebro» a las dos y las obligaba a trabajar por la causa comunista. «No creo haber conocido en toda mi vida a nadie con el heroísmo de mi joven hija, a quien nada le gustaba más que pasarse el día entero tocando el arpa, cuando discutía vigorosamente en defensa de la democracia norteamericana contra las mentiras totalitarias de ese loco comunista y estalinista. No creo haber visto nada tan cruel en toda mi vida como las tácticas de campo de concentración soviético que empleaba ese loco comunista para poner de rodillas a mi valiente hija.»

En la contraportada había una foto de Sylphid, pero no la que yo conocía, no la joven de veintitrés años, corpulenta y sardónica vestida de gitana que me ayudó con sus divertidas ocurrencias durante la cena y luego me encantó al criticar mordazmente uno tras otro a los amigos de su madre, sino una Sylphid minúscula, de cara redondeada y grandes ojos negros, con coletas y un vestido de fiesta, sonriendo a su hermosa mamá por encima de un pastel de cumpleaños en Beverly Hills. Sylphid con un vestido de algodón blanco que lucía pequeñas fresas bordadas, la falda abombada, debido a las enaguas, y sujeta por un ceñidor atado a la espalda con un lazo. Sylphid con veintiún kilos y seis años de edad, con calcetines cortos blancos y zapatos de charol de tacón bajo. Sylphid no como la hija de Pennington, ni siquiera de Eve, sino de Dios. La imagen lograba lo que Eve se había propuesto al principio con la brumosa ensoñación de un nombre: elevar a Sylphid de la profanidad, volverla etérea, haciéndola pasar de lo sólido a lo atmosférico. Sylphid como una santa, perfectamente desconocedora de todos los vicios, sin instalarse para nada en este bajo mundo. Sylphid como todo aquello que no es la hostilidad.

«¡Mamá! ¡Mamá!», grita la valiente pequeña a su madre en una escena culminante, «¡esos hombres que están con papá en su estudio hablan en ruso!».

Agentes rusos, espías rusos, documentos rusos, cartas secretas, llamadas telefónicas, mensajes entregados en mano que llegaban a la casa día y noche, enviados por los comunistas del país entero. Reuniones de la célula en la casa y en «el refugio comunista secreto en la región más alejada y agreste de New Jersey». Y «en la sala de un piso que alquiló durante breve tiempo en Greenwich Village, en Washington Square Norte, frente a la famosa estatua del general George Washington, un piso que Iron Rinn adquirió principalmente con la finalidad de proporcionar un puerto seguro a los comunistas que huían del FBI».

– ¡Mentiras! -exclamé-. ¡Unas mentiras completamente demenciales!

¿Pero cómo iba a saberlo con seguridad? ¿Cómo lo sabría nadie? ¿Y si el alarmante prefacio del libro era cierto? ¿Era posible que lo fuese? Durante años no leería el libro de Eve Frame, a fin de proteger mientras pudiera mi relación original con Ira, aun cuando le había ido abandonando progresivamente, a él y a su perorata, hasta que llegó un momento en que casi le había rechazado. Pero como no quería que aquel libro fuese el atroz final de nuestra amistad, me limité a hojearlo y no lo leí a fondo más allá del prefacio. Tampoco tenía un ávido interés por lo que publicaban los periódicos sobre la traicionera hipocresía del primer actor de Los libres y los valientes, quien había interpretado a todos aquellos grandes personajes norteamericanos a pesar de haberse reservado personalmente un papel más siniestro; quien, según el testimonio de Eve, había sido el responsable directo de que cada uno de los guiones de Sokolow se sometieran a un agente ruso para que hiciera sugerencias y diera su aprobación. Ver a una persona hacia la que tenía afecto públicamente denostada… ¿Por qué querría yo intervenir en eso? No había ningún placer en ello, y tampoco había nada que pudiera hacer al respecto.

Incluso dejando de lado la acusación de espionaje, aceptar que el hombre que me había introducido en el mundo de los hombres podía haber mentido a mi familia sobre su condición de comunista no era menos doloroso para mí que aceptar la posibilidad de que Alger Hiss o el matrimonio Rosenberg hubieran mentido a la nación al negar que eran comunistas. Me negué a leer nada de aquello, como anteriormente me había negado a creer nada de aquello.

He aquí el comienzo del libro de Eve, el prefacio, el zambombazo de una página inicial.

¿Es correcto que haga esto? ¿Me resulta fácil hacerlo? Está muy lejos de ser fácil, creedme. Es la tarea más terrible y difícil de toda mi vida. ¿Qué motivo tengo?, se preguntará el público. ¿Cómo puedo considerar que mi deber moral y patriótico es informar sobre un hombre al que he amado tanto como he amado a Iron Rinn? Porque, como actriz norteamericana, me he jurado que lucharía con todas las fibras de mi ser contra la infiltración comunista en la industria del espectáculo. Porque, como actriz norteamericana, tengo una solemne responsabilidad hacia un público norteamericano que me ha proporcionado tanto amor, reconocimiento y felicidad, la solemne y firme responsabilidad de revelar y exponer la extensión del control comunista en la industria de la radiodifusión, que llegué a conocer a través del hombre con quien estaba casada, el hombre al que amaba más que a cualquiera de los hombres que he conocido, pero que estaba decidido a usar el arma de la cultura de masas para destruir el estilo de vida norteamericano.

Ese hombre era el actor radiofónico Iron Rinn, alias Ira Ringold, afiliado al Partido Comunista de Estados Unidos de América y jefe de la unidad de espionaje clandestino comunista dedicada a controlar la radio norteamericana. Iron Rinn, alias Ira Ringold, un norteamericano que recibe órdenes de Moscú.

Sé por qué me casé con este hombre: por amor. ¿Y por qué se casó él conmigo? ¡Porque se lo ordenó el Partido Comunista! Iron Rinn no me quiso jamás. Iron Rinn me explotó. Iron Rinn se casó conmigo para poder infiltrarse mejor en el mundo del espectáculo norteamericano. Sí, me casé con un comunista maquiavélico, un hombre perverso y de una astucia enorme que estuvo a punto de arruinar mi vida, mi carrera y la vida de mi querida hija. Y todo ello a fin de hacer que progresara el plan de Stalin para la dominación del mundo.


  1. <a l:href="#_ftnref12">[12]</a> En el original, Groundhog Day, festividad del 2 de febrero; en inglés, Can-dletnas (como también se dice). En este caso es especialmente apropiado porque groundhog significa «marmota americana». (N. del T.)