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– Eve odiaba la cabaña. Al principio de su relación, ella intentó arreglarla. Colgó cortinas, compró platos, vasos y servicios de mesa, pero había ratones, avispas y arañas en el interior, y a ella le aterraban. La tienda más cercana estaba a varios kilómetros de distancia y, como ella no conducía, un granjero que olía a estiércol tenía que llevarla a la tienda. En conjunto, Eve no tenía mucho que hacer en Zinc Town, excepto mantener a raya las incomodidades, y por ello se propuso convencer a Ira para que compraran una casa en el sur de Francia, donde el padre de Sylphid tenía una finca, a fin de que la muchacha pudiera estar cerca de él en verano.
– ¿Cómo puedes ser tan provinciano? -le planteó a Ira-. ¿Cómo podrás saber jamás algo que no sea despotricar contra Harry Truman si no viajas, si no vas a Francia para ver el campo francés, si no vas a Italia para ver los grandes cuadros, si no vas a ninguna parte excepto a New Jersey? No escuchas música, no vas a los museos. Si un libro no habla de la clase obrera, no lo lees. ¿Cómo puede un actor…?
– Mira, no soy un actor -le interrumpió él-, soy un trabajador corriente que se gana la vida en la radio.
Tuviste un marido de lo más fino. ¿Quieres volver con él a ver qué tal te va? ¿Quieres un marido como el que tiene tu amiga Katrina, un culto hombre de Harvard, como el señor Lunático, como el marido de Katrina Van Chismorreo Grant?
Cada vez que ella sacaba a relucir el tema de Francia y la compra de una casa para pasar allí las vacaciones, Ira se ponía en marcha, nunca necesitaba demasiado acicate. No le desagradaba porque sí la gente como Pennington o Grant, no le desagradaba nada porque sí. No había ningún desacuerdo en el que no pudiera cebarse su indignación.
– He viajado -le decía-. He trabajado en los muelles, en Irán. Allí vi suficiente degradación humana… -y así sucesivamente.
El resultado fue que Ira no quiso abandonar la cabana, y ése fue otro motivo de discusión entre ellos. Al comienzo, la cabana era para él una continuación de su vida anterior y para ella parte del rudo encanto que él tenía. Al cabo de un tiempo, Eve consideraba la cabana como un asidero que separaba a Ira de ella, y eso también la llenaba de terror.
Tal vez le quería, y eso era lo que le causaba el temor a perderle. El histrionismo de Eve nunca me pareció amor. Se arrebujaba en el manto del amor, la fantasía del amor, pero era una persona demasiado débil y vulnerable para no acumular rencor. Estaba demasiado intimidada por todo para aportar un afecto juicioso y sincero, para aportar cualquier cosa que no fuese una caricatura del amor. Eso es lo que Sylphid obtuvo. Imagina lo que debió de significar ser la hija de Eve Frame, y además la de Carlton Pennington, y empezarás a comprender la evolución de Sylphid. Una persona así no se hace de la noche a la mañana.
Las facetas de Ira que ella despreciaba, todo cuanto en él era desagradablemente indócil, también estaba presente en aquella cabana. De entrada, mientras la cabana siguiera siendo lo que era, Sylphid se resistiría a visitarla. Sólo podría dormir en el sofá cama de la sala, y las pocas veces que cada verano iba a pasar un fin de semana se sentía aburrida y desdichada. El estanque estaba demasiado turbio para poder nadar, pasear por el bosque quedaba descartado porque había demasiados bichos, y aunque Eve era infatigable en sus intentos de entretenerla, la muchacha se pasaba un día y medio enfurruñada, sin salir de la cabana, y regresaba en el tren al encuentro de su arpa.
Pero la última primavera que pasaron juntos, empezaron a hacer planes para arreglar la casa. Harían una gran renovación pasado el Día del Trabajo. Modernizarían la cocina y el baño, pondrían ventanas nuevas y grandes, cambiarían el suelo, colocarían puertas nuevas que encajaran, nueva iluminación, aislamiento y un nuevo sistema de calefacción a base de petróleo, a fin de convertir la cabana en un lugar apropiado para el invierno. Pintarían por dentro y por fuera. Y construirían un gran anexo en la parte trasera, una nueva sala con una enorme chimenea de piedra y una ventana panorámica que daría al estanque y el bosque. Ira contrató a un carpintero, un pintor, un electricista, un lampista, Eve hizo listas y dibujos, y las obras debían estar terminadas por Navidad. «Qué diablos», me dijo Ira. «Ella lo quiere, pues que lo tenga.»
Por entonces había empezado su desunión, pero no me daba cuenta, y él tampoco. Creía que estaba actuando con astucia, ¿sabes?, que podría resolverlo con tino. Pero sus achaques y dolores le estaban matando, tenía la moral por los suelos y la decisión no partió de la fortaleza que le quedaba sino de lo que se desmoronaba. Pensó que haciendo las cosas como a ella le gustaban podría minimizar la fricción y asegurarse de que ella le protegería contra la lista negra. Ahora temía perderla si perdía la compostura, y por ello emprendió el intento de salvar su pellejo político permitiendo que toda aquella irrealidad de Eve fluyera libremente sobre él.
El temor. El inmenso temor de aquellos días, la incredulidad, la inquietud por la revelación, el suspense de tener tu vida y tus medios de vida bajo amenaza. ¿Estaba Ira convencido de que seguir con Eve le protegería? Probablemente no. ¿Pero qué otra cosa podía hacer?
¿Qué le ocurrió a la astuta estrategia de Ira? Oye que Eve llama al nuevo anexo «la habitación de Sylphid» y eso acaba con la astuta estrategia. La oye en el exterior, con el encargado de la excavadora, diciendo la habitación de Sylphid por aquí y la habitación de Sylphid por allá, y cuando ella entra en la casa, la mar de contenta, Ira ya ha sufrido una transformación.
– ¿Por qué dices eso? -le pregunta-. ¿Por qué lo llamas la habitación de Sylphid?
– No hago tal cosa -replica ella.
– Lo haces. Te he oído. Esa no es la habitación de Sylphid.
– En cualquier caso, se alojará ahí.
– Creía que iba a ser la gran habitación trasera, la nueva sala de estar.
– Pero habrá un sofá cama. Ella dormirá ahí, en el nuevo sofá cama.
– ¿Ah, sí? ¿Cuándo?
– Pues cada vez que nos visite.
– Pero esto no le gusta.
– Le gustará cuando vea que la casa es tan bonita como va a ser.
– Entonces olvídalo -dice él-. La casa no será bonita. La casa será una mierda. El proyecto se va a tomar por saco.
– ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué le haces esto a mi hija? ¿Qué diablos te pasa, Ira?
– Se acabó. La renovación queda cancelada.
– ¿Pero por qué?
– Porque no soporto a tu hija y ella no puede soportarme. Esa es la razón.
– ¿Cómo te atreves a decir nada en contra de mi hija? ¡La estás persiguiendo! ¡No voy a tolerarlo!
Y, dicho esto, Eve llamó a un taxi por teléfono y al cabo de cinco minutos se había ido.
Cuatro horas después él descubrió adonde había ido. Recibió una llamaba telefónica de una agente inmobiliaria de Newton. Quería hablar con la señorita Frame, él respondió que estaba ausente y ella le pidió que le diera un mensaje: las dos preciosas casas de campo que habían visto estaban en venta, las dos eran perfectas para su hija, y podría enseñárselas el próximo fin de semana.
Lo que Eve había hecho, tras abandonar la cabana, fue pasar la tarde buscando una casa de veraneo en el condado de Sussex, a fin de comprársela a Sylphid.
Fue entonces cuando Ira me telefoneó.
– No puedo creerlo -me dijo-. Le busca una casa aquí. No lo comprendo.
– Yo sí -repliqué-. El cariño maternal mal entendido no tiene fin. Oye, Ira, ha llegado el momento de que pases a la siguiente improbabilidad.
Subí al coche y fui a la cabana. Pasé allí la noche, y a la mañana siguiente lo traje a Newark. Eve telefoneaba a nuestra casa todas las noches, rogándole que volviera, pero él le decía que su matrimonio había terminado, y cuando volvieron a emitir Los libres y los valientes se quedó con nosotros e iba cada día a Nueva York.
Le dije: «Estás a merced de los acontecimientos como cualquier otro. Te hundirás o no como todos los demás. Tu mujer no va a protegerte de lo que te espera, ni de lo que le espera al programa o a cualquiera a quien decidan destruir. Los que acusan a los comunistas están en marcha. Nadie va a engañarlos durante mucho tiempo aunque lleve una cuádruple vida. Te van a atrapar con ella o sin ella, pero sin ella por lo menos no tendrás el lastre de una persona que es inútil en una crisis».
Pero, a medida que pasaban las semanas, Ira estaba cada vez menos convencido de que yo tenía razón, lo mismo que Doris, y tal vez, Nathan, no tenía razón. Es posible que si, por sus propias razones calculadas, hubiera vuelto a Eve, a su aura, su reputación, sus conexiones hubieran actuado conjuntamente para salvar a Ira y a su carrera. Eso es posible, pero ¿qué iba a salvarle del matrimonio? Cada noche, después de que Lorraine se hubiera retirado a su habitación, nos sentábamos en la cocina y Doris y yo repetíamos una y otra vez los mismos argumentos mientras Ira nos escuchaba. Tomábamos el té y Doris decía:
– Lleva tres años aguantando sus tonterías, cuando no existía ninguna razón sensata para que lo hiciera. ¿Por qué no puede aguantar sus tonterías otros tres años, cuando por fin existe una razón sensata para aguantar? Por el motivo que sea, bueno o malo, nunca ha apremiado para poner fin a su matrimonio en todo ese tiempo. ¿Por qué habría de hacerlo ahora, cuando ser su marido podría serle útil? Si puede obtener algún beneficio, por lo menos su ridicula unión con esas dos no habrá sido en vano.
– Si vuelve a la ridicula unión, ésta le destruirá -replicaba yo-. Es más que ridicula. La mitad de las veces se siente tan infeliz que tiene que venir aquí a dormir.
– ¡Más infeliz se sentirá cuando esté en la lista negra! -objetaba Doris.
– Ira acabará en la lista negra de todas maneras. Con su bocaza y sus antecedentes, no se va a librar.
– ¿Cómo puedes estar seguro de que le ocurrirá eso? De entrada es una cosa tan irracional, tan sin ton ni son…
– Su nombre ya ha aparecido en quince o veinte lugares, Doris. Tiene que suceder. Es inevitable. Y cuando suceda, sabemos de qué lado se pondrá ella. No del suyo sino del de Sylphid, para proteger a la chica de lo que le esté ocurriendo a él. Creo que ha de poner fin al matrimonio y a esa desgracia conyugal y aceptar que acabará en la lista negra, esté donde esté. Si vuelve a su lado, se enfrentará a ella, luchará contra la hija, y ella no tardará en comprender por qué está él ahí, y eso empeorará más las cosas.
– ¿Eve? ¿Darse cuenta Eve de algo? -replicó Doris-. La realidad no parece afectar para nada a la señorita Frame. ¿Por qué la realidad alzará ahora la cabeza?
– No, la explotación cínica, el parasitismo… es demasiado degradante. Es una situación que no me gusta nada, porque Ira no es capaz de llevarlo a cabo. Es franco, impulsivo, directo, es impetuoso, y no podrá hacerlo. Cuando ella descubra por qué está ahí, en fin, las cosas serán aún más penosas y confusas. No es necesario que ella misma lo imagine, alguien puede hacerlo por ella. Sus amigos, los Grant, lo imaginarán. Probablemente ya lo han hecho. Si vuelves ahí, Ira, ¿qué vas a hacer para cambiar la manera de vivir con ella? Tendrás que convertirte en un perrito faldero, Ira. ¿Puedes hacer eso? ¿Un hombre como tú?
– Sólo tendrá que ser astuto e ir a su bola -argumentó Doris.
– No puede ser astuto e ir a su bola -repliqué-. Jamás será astuto, porque ese ambiente le enloquece.
– Pues perder todo aquello por lo que ha trabajado, ser castigado en Norteamérica por sus creencias, que sus enemigos lleven la voz cantante… eso le enloquecerá aún más.
– No me gusta -insistí.
– Pero no te ha gustado desde el principio, Murray -dijo Doris-. Ahora utilizas esto para conseguir que Ira haga lo que siempre has querido que hiciera. Al diablo con la explotación de esa mujer. Que la explote, para eso está ella ahí. ¿Qué es el matrimonio sin explotación? La explotación en los matrimonios es constante. Uno explota la posición del otro, uno explota el dinero del otro, uno explota el aspecto del otro. Creo que debería volver. Creo que necesita toda la protección que pueda conseguir, precisamente porque es impulsivo, porque es impetuoso. Está en guerra, Murray. Está bajo el fuego. Necesita un camuflaje y ella lo es. ¿No fue ella el camuflaje de Pennington porque éste era homosexual? Pues que ahora sea el de Ira porque él es comunista. Que sea útil para algo. No, de veras, no veo la objeción. Cargó con el arpa, ¿no es cierto? Impidió que la chica se rompiera la crisma, ¿no? Hizo lo que pudo por ella. Pues ahora que ella haga lo que pueda por él. Ahora, por azar, porque así son las circunstancias, ahora esas dos pueden hacer algo más que quejarse y despotricar de Ira y guerrear entre ellas. Ni siquiera han de ser conscientes de lo que hacen. Sin ningún esfuerzo por su parte, pueden serle útiles a Ira. ¿Qué tiene eso de malo?
– Está en juego su honor, eso es todo -respondí-. Está en juego su integridad. Todo esto es demasiado humillante. Discutí contigo sobre la afiliación al Partido Comunista, Ira. Discutí contigo sobre Stalin y la Unión Soviética. Discutí contigo y no sirvió de nada: estabas comprometido con el Partido Comunista. Pues bien, esta penosa experiencia forma parte de ese compromiso. Te imagino humillándote y no me hace ninguna gracia. Tal vez ha llegado el momento de prescindir de todas las mentiras humillantes. El matrimonio que es una mentira y el partido político que es otra. Ambos te están degradando.
El debate prosiguió durante cinco noches consecutivas. Y durante cinco noches él permaneció en silencio. Nunca le había visto tan silencioso, tan sereno. Finalmente, Doris se volvió hacia Ira y le dijo:
– Esto es todo lo que podemos decir, Ira. Lo hemos comentado todo. Se trata de tu vida, tu carrera, tu esposa, tu matrimonio. De tu programa radiofónico. Ahora la decisión es tuya. De ti depende.
– Si consigo mantener mi puesto -dijo él-, si logro que no lo tiren al cubo de la basura, hago más por el partido que si me quedo sentado y preocupándome por mi integridad. No es la humillación lo que me preocupa, sino ser eficaz. Quiero ser eficaz. Voy a volver con ella.
– Será inútil -le advertí.
– No, saldrá bien. Si tengo claro por qué estoy ahí, me aseguraré de que las cosas vayan bien.
Esa misma noche, media hora o tres cuartos después, sonó el timbre de la entrada. Eve había venido en taxi a Newark. Estaba pálida y ojerosa. Subió a toda prisa la escalera, y cuando nos vio a Doris y a mí en el rellano sonrió al instante, como saben hacerlo las actrices, como si Doris fuese una admiradora esperando a la entrada de los estudios para hacerle una foto con su cámara de cajón. Entonces pasó por nuestro lado, encontró a Ira y se arrodilló. El mismo número que aquella noche en la cabana. La Suplicante de nuevo. Repetida y promiscuamente la Suplicante. La pretensión aristocrática de señorío y aquella conducta perversa y desconocedora de la vergüenza. «Te lo imploro… ¡no me abandones! ¡Haré lo que sea!»
Nuestra pequeña y lista Lorraine había estado en su habitación haciendo los deberes. Había ido a la sala de estar en pijama, para desearnos las buenas noches, y, allí, aquella estrella famosa a la que escuchaba cada semana en El radioteatro americano, aquel personaje alabado dejándose atropellar por la vida. El caos y la crudeza de la más profunda intimidad de un ser humano expuestos en el suelo de nuestra sala de estar. Ira le pidió a Eve que se levantara, pero, cuando intentó alzarla, ella le rodeó las piernas con los brazos y el aullido que lanzó dejó boquiabierta a Lorraine. La habíamos llevado a ver el espectáculo del Roxy y al planetario Hayden, habíamos ido en coche a las cataratas del Niágara, pero, en cuanto a espectáculos, aquél constituía el pináculo de su infancia.
Me arrodillé al lado de Eve. «De acuerdo», pensé, «si lo que él desea es volver, si quiere más de esto, lo va a conseguir, y a espuertas».
– Vamos -le dije a Eve-, ya está bien, levántate. Vamos a la cocina y te haré café.
Y entonces Eve volvió la cabeza y vio a Doris, todavía con la revista que había estado leyendo en las manos. La buena y sencilla Doris, en zapatillas y bata. Recuerdo que la expresión de su semblante era de desconcierto; estaba aturdida, sin duda, pero desde luego no se burlaba. Sin embargo, el mero hecho de estar allí era un desafío suficiente al intenso drama que era la vida de Eve Frame para que ésta apuntara y disparase.
– ¡Y tú qué estás mirando, asquerosa y retorcida judía!
Debo decirte que lo había visto venir, o más bien que percibía la inminencia de algo que no fomentaría precisamente la causa de Eve, por lo que no me quedé tan pasmado como mi pequeña. Lorraine se echó a llorar, Doris le dijo: «Vete de mi casa», y Ira y yo la alzamos del suelo, la llevamos abajo, salimos de casa y la acompañamos en el coche a la estación de Pennsylvania. Ira se sentó a mi lado, y ella ocupó el asiento trasero, como si no recordara lo que había pasado. Durante todo el trayecto hasta la estación mostró aquella sonrisa, la destinada a las cámaras. Por debajo de la sonrisa no había nada en absoluto, ni su carácter ni su historia, ni siquiera su desdicha. No era más que aquel gesto en su cara. Ni siquiera estaba sola. No era consciente de sí misma para poder sentirse sola. Fueran cuales fuesen los orígenes vergonzantes de los que trató de alejarse durante toda su vida, el resultado estaba a la vista: era una persona de la que había huido la vida misma.
Frené delante de la estación de Pennsylvania, bajamos del coche y fría, muy fríamente, Ira le dijo:
– Vuelve a Nueva York.
– ¿Pero no vienes conmigo? -le preguntó ella.
– Claro que no.
– ¿Entonces por qué has venido en el coche? ¿Por qué vienes a la estación conmigo?
¿Sería ése el motivo de su sonrisa? ¿La creencia de que había triunfado y Ira regresaba con ella a Manhattan?
Esta vez no representaba la escena para mi reducida familia. Esta vez un público de unas cincuenta personas que se encaminaban a la estación se detuvieron al ver aquello. Sin el menor escrúpulo, aquella mujer majestuosa, que daba una importancia tan enorme a la idea del decoro, alzó ambas manos y, en el centro de Newark, reveló la magnitud de su aflicción. Una mujer totalmente inhibida y que mantiene en secreto su manera de ser… hasta que se muestra totalmente desinhibida. O bien inhibida y constreñida por la vergüenza, o bien desinhibida y desvergonzada. Nunca nada entre una cosa y otra.
– ¡Me has engañado! ¡Te odio! ¡Te desprecio! ¡ A los dos! ¡Sois la peor gente que he conocido jamás!
Recuerdo que entonces oí a alguien entre la multitud, un individuo que se acercaba a toda prisa, preguntando: «¿Qué están haciendo, una película? ¿No es ésa… cómo se llama? ¿Mary Astor?». Y recuerdo haber pensado que nunca estaría acabada. El cine, la escena, la radio y ahora aquello. La última gran carrera de la actriz entrada en años: expresar a gritos su odio en la calle.
Pero después de eso no sucedió nada. Ira regresó al programa radiofónico mientras seguía alojado en nuestra casa, y no volvió a mencionar su regreso a la calle West Eleventh. Helgi venía a masajearle tres veces por semana, y no ocurrió nada más. Muy al principio Eve llamó por teléfono, pero me puse yo y le dije que Ira no podía hablar con ella. ¿Hablaría yo con ella? ¿La escucharía por lo menos? Le dije que sí. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Dijo saber en qué se había equivocado, saber por qué Ira se escondía en Newark: porque ella le había hablado del recital de Sylphid. Ira ya estaba bastante celoso de la joven, y no pudo avenirse al inminente recital. Pero cuando Eve decidió hablarle de ello, se creyó en el deber de hacerle saber de antemano lo que suponía un recital. Porque, me dijo, no se reduce a alquüar una sala, no basta con presentarse allí y llevar a cabo el concierto, sino que es una producción. Es como una boda, un acontecimiento enorme que absorbe a la familia del músico durante meses antes del día señalado. Sylphid se prepararía durante todo el año siguiente. Para que una representación pudiera calificarse como recital, hay que tocar por lo menos durante una hora, lo cual es una tarea enorme. La mera elección de la música sería una tarea enorme, y no sólo para Sylphid. Habría interminables discusiones sobre las piezas iniciales y las finales, y cuál debería ser la partitura de cámara, y Eve había querido que Ira estuviera preparado para que no perdiera los estribos cada vez que ella le dejara a solas con Sylphid para hablar del programa. Eve había querido que él supiera de antemano que, como miembro de la familia, tendría que aguantarlo: iba a haber publicidad, frustración, crisis. Como todos los demás músicos jóvenes, Sylphid se acobardaría y querría retirarse. Pero Eve también quería que Ira supiera que al final habría valido la pena, y quería que yo se lo dijera. Porque un recital era lo que Sylphid necesitaba para abrirse paso. Me dijo que la gente es estúpida. Le gusta ver arpistas altas, rubias y cimbreantes, y Sylphid no tenía ninguna de esas características, pero era una artista extraordinaria y el recital iba a demostrarlo de una vez por todas. Tendría lugar en el ayuntamiento, Eve lo aseguraría, y Sylphid sería aconsejada por su antigua profesora de Juilliard, quien había accedido a ayudarla en su preparación, y Eve invitaría a todos sus amigos, los Grant le habían prometido ocuparse de que salieran críticas en todos los periódicos y ella no tenía la menor duda de que Sylphid lo haría estupendamente y obtendría unas críticas magníficas, y entonces la misma Eve podría utilizarlas para interesar a Sol Hurok [13]. ¿Qué iba a decirle? ¿De qué habría servido que le hubiera recordado esto, aquello o lo de más allá? El punto fuerte de Eve, afectada por una amnesia selectiva, consistía en reducir a la insignificancia los hechos inconvenientes. Lo había imaginado todo: el motivo de que Ira se alojara en nuestra casa era que ella se había creído en el deber de hablarle sinceramente sobre el recital en el ayuntamiento y todo lo que comportaría.
Pues bien, la verdad es que Ira nunca nos había mencionado el recital de Sylphid. Tenía la cabeza demasiado ocupada con el problema de la lista negra como para preocuparse por el recital de Sylphid. Dudo incluso de que cuando Eve le hablaba de eso, él hubiera reaccionado de alguna manera. Después de aquella llamada telefónica de Eve, me pregunté si sería cierto que se lo había planteado.
Entonces Eve envió una carta. Anoté en el sobre «destinatario desconocido» y, con el consentimiento de Ira, la devolví. Hice lo mismo con la segunda carta. A partir de entonces cesaron las llamadas y las cartas. Durante cierto tiempo pareció como si el desastre hubiera terminado. Eve y Sylphid pasaban los fines de semana en Staatsburg con los Grant. Debió de darles la tabarra sobre Ira, y tal vez sobre mí, y ellos, a su vez, le darían la tabarra sobre la conspiración comunista. Pero aun así no ocurrió nada, y empecé a creer que nada ocurriría mientras él siguiera oficialmente casado y los Grant supusieran que la esposa correría algún peligro, aunque fuese remoto, si acusaban al marido en Red Channels y era despedido.
Un sábado por la mañana, ¿quién aparece en el programa Van Tassel y Grant sino Sylphid Pennington y su arpa? Yo diría que la aprobación concedida a Sylphid invitándola al programa era un favor que le hacían a Eve, a fin de aislar a la hijastra de toda posible mancha por su relación con el padrastro. Bryden Grant entrevistó a Sylphid, y ésta les contó anécdotas divertidas de un músico en la orquesta del music hall y luego tocó una breve selección musical para los radioyentes, tras lo cual Katrina se embarcó en su monólogo semanal sobre el estado de las artes, una extensa fantasía, aquel sábado, acerca de las expectativas que el mundo de la música cifraba en el futuro de Sylphid Pennington, la ilusión ya creciente ante su debut, el recital en el ayuntamiento. Katrina explicó que, tras haber arreglado las cosas para que Sylphid tocara delante de Toscanini, éste dijo tales y cuales cosas sobre la joven arpista y, tras haber conseguido que Sylphid tocara para Phil Spitalny, éste había dicho esto y lo otro, y no había ningún nombre musical famoso del que ella no hiciera uso, y Sylphid nunca había tocado para ninguno de ellos.
Aquello fue audaz, espectacular y absolutamente característico. Si se sentía acorralada, Eve podía decir cualquier cosa, mientras que Katrina podía decir lo que quisiera en cualquier momento. Su talento y habilidad radicaban en la exageración, la tergiversación, la pura y simple invención, lo mismo que su marido, lo mismo que Joe Mc-Carthy. Los Grant no eran más que Joe McCarthy con pedigrí y convicción. Resultaba difícil creer que a McCarthy le sorprendieran mintiendo como ocurría con aquel par. El «Artillero de cola Joe» nunca podía suprimir del todo su cinismo. En el caso de McCarthy, la vileza me parecía una capa que lo cubría holgadamente, mientras que los Grant y su vileza eran una y la misma cosa.
Así pues, no ocurrió nada, y Ira empezó a buscar un piso para vivir solo en Nueva York… y fue entonces cuando sucedió algo, pero con Helgi.
Lorraine se lo pasaba en grande con aquella mujer corpulenta que tenía un diente de oro, el cabello teñido y recogido precipitadamente en un moño rubio, que entraba como un huracán en nuestro piso con la mesa plegable y hablaba en voz aguda y con acento estonio. En el dormitorio de Lorraine, donde masajeaba a Ira, Helgi siempre reía. Recuerdo que cierta vez le dije: «Te llevas bien con esta gente, ¿verdad?». Y él me respondió: «¿Por qué no habría de hacerlo? No hay nada malo en ellos». Fue entonces cuando me pregunté si el mayor de los errores que habíamos cometido fue no haberle dejado en paz para que se casara con Donna Jones, no haberle dejado en paz para que se ganara la vida en el centro de Estados Unidos, desprovisto de rebeldía, fabricando helados y creando una familia con aquella ex bailarina de strip-tease.
Pues bien, una mañana de octubre, Eve está fuera de sí, desesperada y asustada, y le pasa por la cabeza la idea de que Helgi entregue una carta a Ira. La telefonea al Bronx y le dice: «Venga aquí en taxi. Le daré el dinero. Quiero que le lleve una carta cuando vaya a Newark».
Helgi se presenta muy bien vestida, con abrigo de piel, su sombrero más bonito y su mejor vestido, con la mesa de masaje bajo el brazo. Eve está arriba, escribiendo la carta, y le dice a Helgi que espere en la sala de estar. La mujer inicia una larga espera. Hay un bar y una vitrina con vasos delicados, así que busca la llave de la vitrina, toma un vaso, localiza el vodka y se sirve. Y Eve sigue en el dormitorio, en bata, escribiendo una carta tras otra, rompiendo cada una y empezando de nuevo. Cada carta que escribe está mal y, con cada una de ellas, Helgi se sirve otro trago y se fuma otro cigarrillo, y pronto Helgi va de un lado a otro de la sala, mirando las fotos de Eve cuando era una espléndida y joven actriz de cine, las fotos de Ira y Eve con Bill O'Dwyer, el ex alcalde de Nueva York, y con Impellitteri, el alcalde actual, y se sirve otro trago, enciende otro cigarrillo y piensa en esta mujer con todo su dinero, su fama y su privilegio, piensa en sí misma y la dureza de su vida, y cada vez siente más lástima de sí misma y está más bebida. A pesar de lo corpulenta y fuerte que es, incluso empieza a llorar.
Cuando Eve baja con la carta, encuentra a Helgi tirada en el sofá, con el abrigo de piel y el sombrero puestos, todavía fumando y bebiendo, aunque ya no llora. Por entonces su irritación ha alcanzado cotas increíbles, y está furiosa. La falta de dominio del bebedor no empieza y termina con el alcohol.
– ¿Por qué me ha hecho esperar hora y media? -le pregunta Helgi.
Eve se la queda mirando y comprende cuál es su estado.
– Salga de esta casa -le dice.
Helgi no se mueve del sofá. Repara en el sobre que Eve tiene en la mano.
– ¿Qué le dice en esa carta que ha necesitado hora y media? ¿Qué le ha escrito? ¿Le pide disculpas por ser tan mala esposa? ¿Le pide disculpas porque no obtiene de usted ninguna satisfacción física? ¿Le pide disculpas porque no le da las cosas que un hombre necesita?
– ¡Cierra la boca, estúpida, y vete de aquí ahora mismo!
– ¿Le pide disculpas porque nunca le hace una mamada? ¿Le pide disculpas porque ni siquiera sabe hacerlo? ¿Sabe quién le hace las mamadas? ¡Helgi es quien se la chupa!
– ¡Voy a llamar a la policía!
– Estupendo. La policía la detendrá. Yo se lo diré… ¡miren, así se la chupa ella, como la dama perfecta, y la condenarán a cincuenta años de cárcel!
Cuando llega la policía, Helgi sigue desbarrando, infatigable, allí en la calle West Eleventh, diciéndole al mundo:
– ¿Se la mama su mujer? Qué va. Es la Campesina quien le hace las mamadas.
La llevan a la comisaria, la fichan (borrachera y conducta desordenada, allanamiento de morada), y Eve vuelve a la sala llena de humo, está histérica y no sabe qué hacer, y entonces observa que faltan dos de sus cajas esmaltadas. Tiene una hermosa colección de cajitas esmaltadas en una mesa lateral. Faltan dos de ellas, y llama a la comisaría. «Regístrenla», les pide, «faltan cosas». Buscan en el bolso de Helgi y, en efecto, ahí están las dos cajas y también el encendedor de plata con el monograma de Eve Frame. Resultó que también había robado uno de nuestra casa. No sabíamos adonde había ido a parar y yo preguntaba: «¿Dónde diablos está ese encendedor?», y entonces, cuando Helgi acabó en la comisaría, lo supe.
Fui yo quien dio la fianza para que la soltaran. Desde la comisaría telefoneó a casa, a Ira, pero fui yo quien acudió en su ayuda. La conduje al Bronx, y durante el trayecto me soltó una perorata de borracha, diciendo que aquella zorra rica no volvería a darle órdenes. Una vez en casa, le conté a Ira lo ocurrido. Le dije que él había esperado toda su vida el estallido de la guerra de clases, ¿ya que no sabía dónde se había producido? En su sala de estar. Le había explicado a Helgi que Marx instó al proletariado a arrebatar la riqueza de la burguesía, y eso era exactamente lo que ella se había dispuesto a hacer.
Lo primero que hace Eve, después de llamar a la policía para informar del robo, es ponerse en contacto con Katrina. Ésta sale a toda prisa de su casa en la ciudad y, antes de que el día haya terminado, todo el contenido del escritorio de Ira pasa a manos de Katrina, luego a las de Bryden, a la columna de éste y, finalmente, a la primera página de todos los periódicos de Nueva York. En su libro, Eve afirmaría que fue ella quien abrió el escritorio de caoba en el estudio de Ira y encontró las cartas de O'Day y las agendas donde tenía los nombres y los números de serie, los nombres y direcciones de todos los marxistas a los que había conocido durante el servicio militar. La prensa patriótica la alabó mucho por esa acción, pero creo que Eve, fingiendo de nuevo como una actriz, se jactó de la irrupción en el estudio de Ira, fingió ser la heroína de los patriotas… se jactó y, tal vez, simultáneamente, protegió la integridad de Katrina Van Tassel Grant, la cual no habría dudado en irrumpir donde fuera a fin de preservar la democracia norteamericana, pero cuyo marido planeaba por entonces su primera campaña para acceder al Congreso.
En «El runrún de Grant» aparecen los pensamientos subversivos de Ira, escritos por éste en un diario secreto que llevaba cuando supuestamente servía en ultramar como leal sargento del ejército de Estados Unidos. «Los periódicos y la censura han distorsionado las noticias de Polonia, creando así una cuña entre nosotros y Rusia. Rusia estaba y está dispuesta a comprometerse, pero nuestra prensa no la ha presentado así. Churchill se muestra partidario de una Polonia totalmente reaccionaria.» «Rusia pide la independencia de todos los pueblos coloniales. Los demás sólo hacen hincapié en el autogobierno y más administraciones fiduciarias.» «Se disuelve el gabinete británico. Estupendo. Ahora es posible que nunca se materialice la política de Churchül contraria a Rusia y favorable al statu quo.»
Lo que hay ahí es pura dinamita, y aterra tanto al patrocinador y la emisora que, al final de la semana, Iron Rinn está acabado, lo mismo que Los libres y los valientes y otras treinta personas, más o menos, cuyos nombres figuran en las agendas de Ira. Y, andando el tiempo, también lo estaré yo.
Ahora bien, puesto que desde mucho antes de que comenzaran los problemas de Ira mis actividades sindicales me habían convertido en el enemigo público número uno para nuestro inspector de enseñanza, es posible que la junta escolar hubiera encontrado la manera de etiquetarme como comunista y despedirme sin la ayuda del heroísmo de Eve. Era sólo cuestión de tiempo, con o sin su ayuda, hasta que Ira y su programa de radio se hundieran, y por eso tal vez nada de lo que nos sucedió a cualquiera de nosotros requería que ella diese primero aquel material a Katrina. No obstante, es instructivo pensar en lo que hizo exactamente Eve al ser presa de los Grant y entregar a Ira a sus peores enemigos.
Una vez más, estábamos juntos en clase de Lengua y Literatura inglesa, el señor Ringold apoyado en el borde de su mesa, vestido con un traje de color canela que había comprado en la calle Broad con la paga que recibió al licenciarse del ejército (en las rebajas de la American Shop para los soldados que habían regresado) y que, durante los años de escuela, alternó con el otro traje adquirido en la misma tienda, de sarga gris y chaqueta cruzada. Alzaba con una mano el borrador de la pizarra, que no dudaría en arrojar a la cabeza de un alumno cuya respuesta a una pregunta no correspondiera a su requisito mínimo cotidiano de agudeza mental, mientras que con la otra mano solía cortar el aire, enumerando de una manera espectacular los aspectos que debíamos recordar para el examen.
– Esto demuestra -me dijo Murray- que cuando decides aportar tu problema personal a un programa político, todo lo personal se exprime y elimina y lo que queda es lo útil para la ideología. En este caso, una mujer aporta su marido y sus dificultades conyugales a la causa del anticomunismo fanático. Básicamente, lo que Eve aporta es la incompatibilidad que ella misma no pudo resolver desde el primer día entre Sylphid y Ira. Una dificultad habitual entre hijastro y padrastro, aunque un tanto intensificada en la familia de Eve Frame. Todo cuanto, por lo demás, Ira era con Eve, buen marido, mal marido, amable, áspero, comprensivo, estúpido, fiel, infiel, todo cuanto constituye el esfuerzo y el error conyugales, todo cuanto es consecuencia de que el matrimonio no tiene nada que ver con un sueño, se exprime hasta eliminarlo, y lo que queda es aquello que puede utilizar la ideología.
Luego la esposa, si se siente inclinada a hacerlo (y no sabemos si Eve se sintió inclinada o no), puede protestar: «No, no, no fue así. No lo comprendes. El no era sólo lo que dices que era. Conmigo no era en absoluto todo lo que dices que era. Conmigo podía ser así, pero también podía ser asá». Luego una informadora como Eve puede darse cuenta de que no sólo lo que ella ha dicho es responsable de las extravagantes distorsiones que de él lee en la prensa, sino también todo lo que expresamente no ha dicho. Pero por entonces ya es demasiado tarde. Por entonces la ideología no tiene tiempo para ella porque ya no le es de utilidad. «¿Esto? ¿Eso?», replica la ideología. «¿Qué nos importa a nosotros esto y eso? ¿Qué nos importa la hija? Tan sólo forma parte de la fofa masa que es la vida. Apartadla de nuestro camino. Todo lo que necesitamos de ti es lo que fomenta la causa justa. ¡Otro dragón comunista al que matar! ¡Otro ejemplo de su traición!»
En cuanto al pánico de Pamela…
Pero eran más de las once, y le recordé a Murray, cuyo curso en la universidad había terminado aquel mismo día (y cuya narración nocturna me parecía que había alcanzado su crescendo pedagógico), que a la mañana siguiente debía tomar el autobús de Nueva York y que tal vez era hora de que le llevara en el coche a la residencia de Athena.
– Podría escucharte indefinidamente -le dije-, pero creo que deberías dormir un poco. En la historia del vigor narrativo ya le has quitado el título a Scherezade. Nos hemos sentado aquí seis noches seguidas.
– Estoy bien -replicó él.
– ¿No te fatigas? ¿No tienes frío?
– Aquí se está estupendamente. No, no tengo frío. Hace buen tiempo, es delicioso. Los grillos pasan cuentas, las ranas gruñen, las libélulas están inspiradas y yo no había tenido ocasión de hablar así desde que dirigía el sindicato de profesores. Mira, la luna. Es de color naranja. El lugar perfecto para mondar los años.
– Sí, es cierto -convine-. En esta montaña es posible elegir: o bien puedes perder el contacto con la historia, como a veces prefiero hacer, o puedes hacer mentalmente lo que estás haciendo, a la luz de la luna, durante horas, esforzarte por recuperar su posesión.
– Todas aquellas hostilidades -dijo Murray-, y luego el torrente de la traición. Cada alma su propia fábrica de traición, por la razón que sea: supervivencia, excitación, avance, idealismo, por el daño que es posible hacer, por el dolor que se puede infligir, por la crueldad y el placer que hay en ella. El placer de manifestar tu poder latente. El placer de dominar al prójimo, de destruir a tus enemigos. Los sorprendes. ¿No es ése el placer de la traición? El placer de engañar a alguien. Es una manera de pagar a la gente por la sensación de inferioridad que despiertan en ti, de la humillación que te causan, de la frustración en tus relaciones con ellos. Su misma existencia puede ser humillante para ti, ya sea porque no eres lo que ellos son o porque ellos no son lo que tú eres. Y así les das su merecido.
Desde luego, los hay que traicionan porque no tienen alternativa. Leí un libro de un científico ruso que, en la época de Stalin, traicionó a su mejor amigo, delatándole a la policía secreta. Le habían sometido a un intenso interrogatorio y una terrible tortura física durante seis meses, y entonces les dijo: «Miren, no puedo resistir más, así que, por favor, díganme lo que quieren. Firmaré cualquier cosa que me den».
Firmó lo que querían que firmara, y le sentenciaron a cadena perpetua, sin libertad condicional. Al cabo de cuarenta años, en los sesenta, cuando las cosas cambiaron, le pusieron en libertad y escribió el libro. En él dice que traicionó a su mejor amigo por dos razones: porque no podía resistir la tortura y porque sabía que no importaba, que el resultado del juicio ya estaba establecido. Lo que él dijera o dejara de decir no serviría de nada. Si no lo decía él, lo haría otra persona torturada. Sabía que su amigo, al que amó hasta el final, le despreciaría, pero bajo una tortura brutal un ser humano normal es incapaz de resistir. El heroísmo es una excepción humana. Una persona que lleva una vida normal, que está formada por veinte mil pequeños compromisos cotidianos, no está preparada para no comprometerse en absoluto de repente, y no digamos para resistir la tortura.
Algunas personas requieren seis meses de tortura para debilitarse, y algunas empiezan con una ventaja, la de que ya son débiles. Son personas que sólo saben ceder. A una persona así basta con decirle: «Hazlo», y te obedece. Sucede con tal rapidez que ni siquiera se enteran de que es una traición. Como hacen lo que les piden que hagan, les parece correcto. Y cuando comprenden la verdad es demasiado tarde, han traicionado.
No hace mucho leí un artículo en el periódico sobre un hombre de Alemania Oriental que informó sobre su mujer durante veinte años. Encontraron documentos acerca de él en los archivos de la policía secreta de Alemania Oriental, después de que derribaran el muro de Berlín. La mujer tenía cierto cargo, la policía quería seguirla y el marido era el informante. Ella no tenía ni idea de lo que ocurría. Lo descubrió cuando se abrieron los archivos. El asunto se había prolongado durante veinte años. Tenían hijos y parientes, daban fiestas, pagaban las facturas, sufrían operaciones, hacían el amor, no hacían el amor, en verano iban a la playa y se bañaban, y durante todo ese tiempo él estuvo informando. Era abogado, inteligente, culto, incluso escribía poesía. Le dieron un nombre codificado, firmó un acuerdo, y una vez a la semana se reunía con un funcionario, no en la sede de la policía, sino en un piso especial, particular; le dijeron: «Usted es abogado y necesitamos su ayuda», y él era débil y firmó. Tenía un padre al que mantener, aquejado de una enfermedad terrible y debilitante. Le dijeron que si les ayudaba cuidarían bien de su padre, al que amaba. A menudo las cosas son de esta manera. Tu padre está enfermo, o tu madre, o tu hermana, y te piden que les ayudes, así que, pensando sobre todo en tu padre enfermo, justificas la traición y firmas el acuerdo.
Creo que probablemente en la década posterior a la guerra, digamos entre 1946 y 1956, se perpetraron en Estados Unidos más actos de deslealtad personal, y eso es revelador, que en cualquier otra época de nuestra historia. La acción repulsiva de Eve Frame es un ejemplo de lo que mucha gente hizo en aquellos años, o bien por obligación o bien porque se creían en el deber de hacerlo. ¿Cuándo hasta entonces la deslealtad había sido un estigma en este país y se había recompensado? Durante aquellos años estaba por todas partes, era la transgresión asequible, la transgresión permisible que cualquier norteamericano podía cometer. No sólo el placer de la deslealtad sustituye a la prohibición, sino que uno lo hace sin prescindir de su autoridad moral. Conservas tu pureza al mismo tiempo que eres desleal por patriotismo, al mismo tiempo que experimentas una satisfacción que raya en la sexual, con sus ambiguos componentes de placer y debilidad, de agresión y vergüenza, la satisfacción de socavar. Socavar a los amantes, los rivales, los amigos. La deslealtad se encuentra en la misma zona de placer perverso, ilícito y fragmentado. Un tipo de placer interesante, manipulador y clandestino en el que es mucho lo que un ser humano encuentra apetecible.
Algunos tienen incluso la genialidad de practicar el juego de la deslealtad tan sólo por el gusto de hacerlo, sin ningún interés personal, nada más que para entretenerse. Probablemente a eso se refería Coleridge cuando calificó la traición de Yago hacia Ótelo como «malignidad inmotivada». En general, sin embargo, yo diría que existe un motivo que estimula las energías perversas y hace que aflore la malignidad.
El único contratiempo es que, en los días felices de la Guerra Fría, entregar a alguien a las autoridades acusándole de espía soviético podía conducir en línea recta a la silla eléctrica. Al fin y al cabo, Eve no entregaba a Ira al FBI por ser un mal marido que había tenido relaciones sexuales con su masajista. La deslealtad es un ineludible componente de la vida (¿quién no es desleal?), pero confundir el acto de deslealtad público más atroz, la traición, con todas las demás formas de deslealtad no era una buena idea en 1951. La traición, al contrario que el adulterio, es un delito capital, por lo que la exageración inconsiderada, la imprecisión irreflexiva, incluso tan sólo el juego en apariencia inocuo de insultar… en fin, los resultados podían ser horrendos en aquellos días oscuros en que nuestros aliados soviéticos nos habían traicionado al quedarse en Europa Oriental y hacer estallar una bomba atómica, y nuestros aliados chinos nos habían traicionado haciendo una revolución comunista y echando a Chiang Kai-Shek, Josif Stalin y Mao Tse-Tung: ellos constituían la excusa moral para adoptar semejante actitud.
Las mentiras… un río de mentiras. La traducción de la verdad a mentira, la traducción de una mentira a otra mentira, la competencia que la gente muestra al mentir, la habilidad. Juzgar meticulosamente la situación y entonces, con la voz serena y el semblante serio, decir la mentira más productiva. Aun cuando digan la verdad parcial, nueve de cada diez veces en pro de una mentira. Nunca había tenido que contar estas cosas a nadie como lo estoy haciendo, Nathan, con tanto detalle. No lo había contado hasta ahora y no lo volveré a contar. Me gustaría hacerlo bien, hasta el final.
– ¿Por qué?
– Soy la única persona aún viva que conoce la historia de Ira, y tú eres la única persona aún viva a quien le interesa. Ésa es la razón, que todos los demás han muerto -se rió antes de añadir-: Mi última tarea. Confiar la historia de Ira a Nathan Zuckerman.
– No sé qué puedo hacer con ella -le dije.
– Esa no es mi responsabilidad. Tengo la responsabilidad de contártela. Ira y tú os teníais mucho afecto.
– Entonces adelante. ¿Cómo terminó?
– Pamela -respondió-. Pamela Solomon. Pamela sintió pánico cuando supo por Sylphid que Eve había desvalijado el escritorio de Ira. Pensó lo que suele pensar la gente cuando se entera de la catástrofe que ha sufrido alguien: ¿cómo me afecta esto? ¿Fulano, de mi oficina, tiene un tumor cerebral? Eso significa que he de hacer yo solo el inventario. ¿Mi vecino Fulano iba en ese avión que se estrelló? ¿Murió en el accidente? No, no puede ser. Iba a venir el sábado para arreglar el triturador de basuras.
Existía una foto de Pamela que Ira le había hecho en la cabana y en la que aparecía en traje de baño, junto al estanque. Pamela temía, infundadamente, que esa foto estuviera en el escritorio, junto con el material comunista, y que Eve la hubiera visto o que, si no estaba allí, Ira se la mostrara a Eve, se la pusiera ante las narices y le dijera: «¡Mira!». ¿Qué ocurriría entonces? Eve se enfurecería con ella, la llamaría desvergonzada y la echaría de casa. ¿Y qué pensaría Sylphid de Pamela? ¿Qué haría Sylphid? ¿Y si deportaban a Pamela? Esa era la peor posibilidad de todas. Pamela era extranjera en Estados Unidos… ¿y si su nombre afloraba en el lío comunista de Ira, acababa por salir en los periódicos y la deportaban? ¿Y si Eve se ocupaba de asegurar que la deportaran, por tratar de robarle a su marido? Adiós bohemia. De regreso a todo aquel sofocante decoro británico.
Pamela no se equivocaba del todo en su evaluación del peligro que encerraba para ella el lío comunista de Ira y del estado de ánimo del país. La atmósfera de acusación, amenaza y castigo era omnipresente. A una extranjera, en particular, le parecía un pogromo democrático lleno de terror. Había suficiente peligro para justificar el temor de Pamela. En aquel clima político, sus temores eran razonables. Y así, como reacción a sus temores, Pamela aplicó a la situación apurada toda su considerable inteligencia y su sentido común realista. Ira acertó al reconocer en ella a una joven perspicaz y lúcida, de mente clara y que sabía lo que quería.
Pamela le dijo a Eve que un verano, dos o tres años antes, se encontró con Ira en Village. El conducía la rubia, se iba al campo, le dijo que Eve ya se encontraba allí y le preguntó sí quería subir e ir a pasar el día con ellos. Era un día tan bochornoso que ella no se detuvo a pensar las cosas bien. «De acuerdo», le dijo, «voy a buscar el bañador», y él la esperó y partieron hacia Zinc Town, donde, al llegar, ella descubrió que Eve no estaba. Intentó ser afable y creer la excusa que él le daba, e incluso se puso el bañador y fue al estanque con él. Fue entonces cuando Ira le hizo la fotografía e intentó seducirla. Ella se echó a llorar, lo rechazó, le dijo lo que pensaba de él y lo que le estaba haciendo a Eve, y entonces tomó el siguiente tren a Nueva York. Como no quería tener problemas, había mantenido en secreto los requerimientos de Ira. Temía que, de lo contrario, todo el mundo la culpara y la considerase una furcia por haber subido en el coche con él. Le llamarían toda clase de cosas por haberle dejado hacer aquella foto. Nadie prestaría oídos a su versión de lo ocurrido. El la habría agobiado con todas las mentiras concebibles si ella se hubiera atrevido a exponer su traición diciendo la verdad. Pero ahora que conocía el alcance de su traición, no podía, en conciencia, seguir guardando silencio.
Una tarde, al terminar las clases, fui a mi despacho y encontré a mi hermano, esperándome. Estaba en el pasillo, firmando su autógrafo para un par de profesores que le habían visto. Abrí la puerta, entramos y él echó sobre la mesa un sobre en el que estaba escrito «Ira». El remitente era el Daily Worker, y dentro había un segundo sobre, éste dirigido a «Iron Rinn», con la caligrafía de Eve y el papel avitelado azul que ella usaba. El jefe de redacción del Worker era amigo de Ira, y había ido personalmente en su coche a Zinc Town para darle el sobre.
Parece ser que un día después de que Pamela hubiera ido a Eve con la historia, Eve actuó con lo que ella consideraba la mayor firmeza, dio el golpe más fuerte del que era capaz. Vestida con su chaqueta de lince, un carísimo vestido de terciopelo negro con adornos de encaje blanco, calzada con unos zapatos negros de puntera abierta y tocada con uno de sus elegantes sombreros de fieltro con velo, se encaminó, no al 21 para almorzar con Katrina, sino a la redacción del Daily Worker. Este periódico tenía su sede en University Place, a pocas manzanas de la calle West Eleventh. Eve toma el ascensor hasta el quinto piso y pide ver al director. La hacen pasar al despacho, donde saca la carta del manguito de lince y la deposita sobre la mesa del director. «Para el héroe martirizado de la revolución bolchevique», le dice, «para la última y mejor esperanza del artista del pueblo y de la humanidad», y dicho esto, se da la vuelta y se marcha. A pesar del tormento y el temor que experimentaba ante cualquier oposición, su arrogancia podía ser impresionante cuando se sentía justamente agraviada y tenía uno de sus engañosos días de gran señora. Era capaz de tales transformaciones, y tampoco adoptaba medidas a medias. En cualquier extremo del arco iris sentimental los excesos podían ser persuasivos.
El jefe de redacción recibió la carta, subió a su coche y se la llevó a Ira, el cual vivía solo en Zinc Town desde que lo despidieron. Cada semana iba a Nueva York para hablar con los abogados: iba a demandar a la emisora, al patrocinador y a Red Channels. En la ciudad hacía un alto para visitar a Artie Sokolow, quien había sufrido su primer ataque cardiaco y estaba encamado en su casa del Upper West Side. Luego venía a Newark para vernos. Pero en general Ira estaba en la cabana, enfurecido, meditativo, hundido en la tristeza, obsesionado, preparando la cena para el vecino que sufrió el accidente en la mina, Ray Svecz, comiendo con él y quejándose de su caso a aquel individuo que sólo era consciente a medias de lo que le estaba diciendo.
A última hora del día Ira tuvo la carta de Eve en su poder, y entonces vino a mi despacho y la leí. Está en mi archivo, con los demás papeles de Ira. No le haría justicia si la parafraseara. Tenía tres páginas y estaba escrita con mordacidad. Era evidente que había sido redactada de corrido, y el resultado era perfecto. Tenía garra, era un documento feroz y, sin embargo, muy competente. Estimulada por la cólera, Eve se mostraba neoclásica en el papel azul con monograma. No me habría sorprendido que el texto, en el que ponía a Ira como un trapo, finalizara con una fanfarria de pareados heroicos.
¿Recuerdas a Hamlet cuando maldice a Claudio? ¿El pasaje del segundo acto, después de que el actor que hace de rey hable sobre la muerte de Príamo? Está en medio del monólogo que empieza con: «¡Oh, qué miserable soy, qué parecido a un siervo de la gleba!». «¡Sanguinario y lascivo granuja!», dice Hamlet. «¡Inhumano, traidor, impúdico y desnaturalizado asesino! ¡Oh, venganza!» Pues bien, el meollo de la carta de Eve va más o menos por ahí: sabes lo que Pamela significa para mí, una noche te confié, sólo a ti, todo lo que Pamela significa para mí. "Complejo de inferioridad", ése era, según Eve, el problema de Pamela. Una chica con complejo de inferioridad, lejos de su hogar, su país y su familia. Era una pupila de Eve, ésta tenía la responsabilidad de cuidarla y protegerla y, sin embargo, de la misma manera que él afeaba todo aquello en lo que había puesto las manos, se dispuso astutamente a convertir a una muchacha de la clase de Pamela Solomon en una artista de strip-tease como la señorita Donna Jones. Atraer a Pamela a aquel antro con apariencia engañosa, salivar como un pervertido mirando su foto en traje de baño, tomar con sus manazas de gorila aquel cuerpo indefenso, por el mero placer de hacerlo, para convertir a Pamela en una puta corriente y humillar a Sylphid y a ella misma de la manera más sádica que era capaz de maquinar. Pero esta vez había ido demasiado lejos. Cierta vez le dijo, ella lo recordaba bien, que, a los pies del gran O'Day, se había maravillado de El príncipe de Maquiavelo. Ahora ella comprendía lo que había aprendido de ese libro. «Comprendo por qué mis amigos han tratado de convencerme durante años de que en todo cuanto dices o haces eres un implacable y depravado maquiavélico al pie de la letra, a quien no le importa el bien y el mal y sólo rinde culto al éxito. Intentaste forzar a esta joven encantadora y llena de talento para que tuviera relaciones contigo, una chica que se debate con su complejo de inferioridad. ¿Por qué no intentaste hacer el amor conmigo como un medio, tal vez, de expresar amor? Cuando nos conocimos vivías solo en el Lower East Side, en el sórdido ambiente de tu querido proletariado. Yo te di una hermosa casa llena de libros, música y arte. Te proporcioné un estudio propio y te ayudé a formar tu biblioteca. Te presenté a la gente más interesante, inteligente y con más talento de Manhattan, te ofrecí el acceso a un mundo social como el que jamás habías soñado para ti. Hice cuanto pude por darte una familia. Sí, tengo una hija exigente. Tengo una hija problemática. Lo sé. Pero la vida está llena de exigencias. Para un adulto responsable, la vida es un conjunto de exigencias…» Y continuaba así por el estilo, siempre cuesta arriba, filosófica, madura, juiciosa, absolutamente racional, hasta que finalizaba con la amenaza: «Puesto que, como recordarás, tu ejemplar hermano no me permitió hablar contigo ni escribirte cuando estabas escondido en su casa, he recurrido a tus camaradas para buscarte. Parece ser que el Partido Comunista tiene más acceso a ti (e incluso a tu corazón) que cualquiera. Eres, en efecto, Maquiavelo, el acrisolado artista del control. Bueno, mi querido Maquiavelo, como no pareces haber entendido todavía las consecuencias de nada de lo que has hecho a otro ser humano para salirte con la tuya, puede que haya llegado la hora de que te enseñen».
¿Te acuerdas, Nathan, de la silla que había en mi despacho, al lado de mi mesa, la «silla eléctrica», donde vosotros, los chicos, tomabais asiento y sudabais mientras yo examinaba vuestras redacciones? Ira se sentó en ella mientras yo leía la carta.
– ¿Es cierto que has hecho proposiciones a esa china?
– He tenido una aventura con ella durante seis meses.
– Te la has tirado.
– Muchas veces, Murray. Creía que estaba enamorada de mí. Me sorprende que haya podido hacerme esto.
– ¿Te sorprende ahora?
– Estaba enamorado, quería casarme y tener una familia con ella.
– Ah, eso está mejor. No piensas, ¿verdad, Ira? Actúas. Actúas, sin más. Gritas, jodes, actúas. Durante seis meses te tiraste a la mejor amiga de su hija, que también era como una hija para ella, su pupila. Y ahora ha sucedido algo y estás «sorprendido».
– La quería.
– Habla claro. Lo que querías era tirártela.
– No lo entiendes. Venía a la cabana. Estaba loco por ella. Me sorprende, me deja pasmado lo que ha hecho.
– Lo que ha hecho ella, ¿eh? No lo que has hecho tú.
– Me delata a mi mujer, ¡y al hacerlo miente!
– ¿Ah, sí? ¿Y qué es lo sorprendente? Tienes un problema, ¿sabes? Tienes un gran problema con tu mujer.
– ¿Tú crees? ¿Qué va a hacer? Ya lo hizo, con sus amigos los Grant. Ya estoy despedido. Me han dado una patada en el culo. Ella lo está convirtiendo en una cuestión sexual, y no se trataba de eso. Pamela sabe que no era eso.
– Bueno, pues ahora es eso. Te han atrapado, y tu mujer promete nuevas consecuencias. ¿Cuáles crees que serán?
– Nada, no queda nada. Esta estupidez -agitó la carta ante mí-, una carta que ha entregado en mano en el Worker. Esta es la consecuencia. Escúchame. Nunca hice nada que Pamela no quisiera. Y cuando ella puso fin a la relación, fue terrible para mí. Durante toda mi vida había soñado con una mujer como ella. Fue terrible. Pero hice lo que me pedía. Bajé las escaleras, salí a la calle y la dejé en paz. No volví a molestarla.
– Bien -le dije-, sea como fuere, por honorable que fuese tu comportamiento al despedirte caballerosamente de seis meses de sexo extravagante con una chica que era como una hija para tu mujer, ahora estás en un aprieto, amigo mío.
– ¡No, es Pamela quien está en un aprieto!
– ¿Ah, sí? ¿Vas a actuar de nuevo? ¿Vas a actuar de nuevo sin pensar? No, no voy a permitírtelo.
No se lo permití y él no hizo nada. Ahora bien, es difícil precisar hasta qué punto haber escrito esta carta dio a Eve impulso para embarcarse en el libro. Pero si iba en busca de un motivo para jugarse el todo por el todo y hacer la gran irracionalidad para la que había nacido, el material proporcionado por Pamela no pudo hacerle daño. Uno pensaría que al haberse casado con una nulidad como Mueller, luego con un homosexual como Pennington, después con un fullero como Freedman y, finalmente, un comunista como Ira, había cumplido con cualquier obligación que tuviera hacia las fuerzas de la sinrazón. Uno pensaría que podría haberse desquitado de la jugarreta que Ira le había hecho yendo al Worker con la chaqueta de lince y el manguito a juego. Pero no, el destino de Eve requería que elevara su irracionalidad a cotas cada vez más altas, y aquí es donde los Grant intervienen de nuevo.
Fueron los Grant quienes escribieron ese libro, y fueron doblemente negros. Usaron el nombre de Bryden en la cubierta («relatadas a Bryden Grant») porque eso era casi tan eficaz como si en la cubierta figurase el nombre de Winchell, pero en el libro brilla el talento de la pareja. ¿Qué sabía Eve Frame del comunismo? Había comunistas en los mítines de Wallace a los que había ido con Ira. Había comunistas en Los libres y los valientes, personas que iban a su casa a cenar y que estaban presentes en todas las veladas. Ese pequeño grupo de gente relacionada con el programa tenía interés en controlarlo al máximo posible. Estaba el secreto, el margen de conspiración: contratar a gente que pensara como ellos, influir tanto como pudieran en el sesgo ideológico del guión. Ira se sentaba en su estudio con Artie Sokolow e intentaban meter a la fuerza en el guión cada cliché trillado del partido, todos los llamados sentimientos progresistas que pudieran incluir impunemente, manipulaban el guión para incorporar la bazofia ideológica cuyo contenido les parecía comunista en cualquier contexto histórico. Imaginaban que iban a influir en el pensamiento del público. El escritor no sólo debe observar y describir, sino también participar en la lucha. El escritor no marxista traiciona la realidad objetiva; el marxista contribuye a su transformación. El regalo que el partido hace al escritor es la única visión del mundo correcta y verdadera. Creían todo eso. Memeces, propaganda, pero las memeces no están prohibidas por la Constitución. Y en aquel entonces la radio estaba llena de necedades. Gangbusters, Vuestro FBI. Kate Smith cantando Dios bendiga América. Incluso tu héroe Corwin, propagandista de una democracia norteamericana idealizada. Al final no era tan diferente. Ira Ringold y Arthur Sokolow no eran espías, sino agentes de publicidad. Hay una distinción. Eran propagandistas de pacotilla, contra quienes las únicas leyes son estéticas, las leyes del gusto literario. Luego estaba el sindicato, la AFTRA [14], y el combate por el control del sindicato. Muchos gritos, terribles luchas internas, pero eso sucedía en todo el país. En mi sindicato, como en casi todos ellos, había una división entre la derecha y la izquierda, liberales y comunistas que luchaban por hacerse con el control. Ira formaba parte de la junta ejecutiva del sindicato, hablaba por teléfono con la gente, y bien sabe Dios que era capaz de gritar. Desde luego, dijo ciertas cosas en presencia de Eve. Y lo que Ira decía, lo decía en serio. Para él, el partido no era una sociedad de debates, no era un club de estudios. No era la Unión de Libertades Civiles. ¿Qué significa una revolución? Pues significa una revolución. Ira se tomaba en serio la retórica. No puedes llamarte revolucionario y no tener un compromiso serio. El suyo no estaba falseado, era genuino. Se tomaba en serio a la Unión Soviética. En la AFTRA, Ira actuaba en serio.
Ahora bien, casi nunca vi a Ira dedicado a esas actividades. Estoy seguro de que tú tampoco le viste apenas. Pero Eve no le vio jamás. No tenía la menor idea de lo que hacía. No solía prestar atención a lo que la gente decía a su alrededor. Estaba por completo al margen de la vida corriente, demasiado áspera para ella. Jamás pensaba en el comunismo ni el anticomunismo. No pensaba nunca en nada presente, excepto cuando Sylphid estaba presente.
Aquello de «relatadas a» significaba que la malévola historia había sido inventada por los Grant. Y no la habían inventado en absoluto en beneficio de Eve ni tan sólo para destruir a Ira, por mucho que Katrina y Bryden lo detestaran. Las consecuencias para Ira formaban parte de su diversión, pero en gran medida eran marginales. Los Grant inventaron todo aquello para que Bryden, gracias a su tratamiento del comunismo en la radiodifusión, pudiera despejar su camino hacia el Congreso.
Aquella escritura, aquella prosa de Journal-American, más la sintaxis y la sensibilidad de Katrina. Sus huellas se notaban en todo el libro. Supe enseguida que Eve no lo había escrito, porque Eve no podía escribir tan mal. Eve era demasiado culta y bien leída. ¿Por qué permitió que los Grant escribieran su libro? Porque se convertía sistemáticamente en la esclava de casi cualquiera. Porque aquello que los fuertes son capaces deshacer es espantoso, y lo que son capaces de hacer los débiles también lo es. Todo es espantoso.
Me casé con un comunista se publicó en marzo de 1952, cuando Grant ya había anunciado su candidatura, y en noviembre de ese año, cuando se produjo la victoria aplastante de Eisenhower, accedió al Congreso por el distrito veintinueve de Nueva York. Habría sido elegido de todas maneras. Su programa de los sábados por la mañana era uno de los favoritos del público, y durante años publicó la columna en el periódico. Estaba arropado por personas importantes y, después de todo, era un Grant, descendiente de un presidente de Estados Unidos. No obstante, dudo que Joe McCarthy en persona hubiera viajado al condado de Dutchess para aparecer a su lado de no haber sido por los comunistas importantes a los que el programa radiofónico de Grant ayudó a descubrir y erradicar de las emisoras. Todo el mundo estuvo en Pough-keepsie, haciendo campaña en su favor. Westbrook Pegler [15] estuvo allí. Todos aquellos articulistas de Hearst eran amigos suyos, y los que detestaban a Franklin Delano Roosevelt, que habían encontrado en el baldón comunista una manera de derribar a los demócratas. O bien Eve no tenía idea de para qué la utilizaban los Grant o, más probablemente, lo sabía pero no le importaba, porque la experiencia de atacar, de devolver por fin los golpes a los monstruos, le hacía sentirse tan fuerte y valiente.
Sin embargo, puesto que conocía bien a Ira, ¿cómo podía publicar el libro y no esperar que él hiciera algo? Aquello no era una carta de tres páginas dirigida a Zinc Town, sino un gran best seller nacional que tuvo mucha resonancia. Tenía todos los ingredientes para ser uno de los libros más vendidos: Eve era famosa, lo mismo que Grant, y el comunismo era el peligro internacional. En cuanto a Ira, no era tan famoso como ellos y, aunque el libro garantizaba que nunca volvería a trabajar en la radio y que la carrera que iniciara fortuitamente había terminado, durante los cinco o seis meses que el libro estuvo en las listas de los más vendidos, Ira llamó la atención como jamás lo había hecho. De un solo golpe, Eve lograba despersonalizar su vida al tiempo que dotaba al espectro del comunismo de un rostro humano, el de su marido. Me casé con un comunista, me acosté con un comunista, un comunista atormentó a mi hija, los Estados Unidos escucharon a un comunista sin sospecharlo, a un hombre disfrazado de patriota que hablaba por la radio. Un perverso traidor de dos caras, los nombres auténticos de auténticas estrellas, un gran telón de fondo para la Guerra Fría… claro que se convirtió en un best seller. La acusación de Eve contra Ira podía conseguir un gran público en los años cincuenta.
Y no estaba de más que nombrara a todos los demás judíos bolcheviques que intervenían en el programa de Ira. La paranoia de la Guerra Fría tenía el antisemitismo latente como una de sus fuentes, y así, bajo la guía moral de los Grant (a quienes el judío izquierdista ubicuo y perturbador les gustaba casi tanto como a Richard Nixon), Eve pudo transformar un prejuicio personal en un arma política al confirmar a la Norteamérica gentil que, tanto en Nueva York como en Hollywood, tanto en la radio como en el cine, cada vez que te topabas con un comunista, en nueve de cada diez casos era, por añadidura, judío.
¿Pero imaginaba ella que aquel hombre abiertamente agresivo e impetuoso no reaccionaría de alguna manera? ¿Creía que aquella persona que sostenía violentas discusiones a la mesa, que la emprendía a gritos en la sala de estar, que, al fin y al cabo, era comunista, que sabía lo que era llevar a cabo una acción política, que se había hecho tenazmente con el dominio de su sindicato, que se las había ingeniado para redactar de nuevo los guiones de Sokolow, para intimidar a un pendenciero como Artie Sokolow… creía que no iba a hacer absolutamente nada? ¿Le conocía de veras? ¿Y el retrato de él que hacía en su libro? Si Ira era Maquiavelo, era un pájaro de cuidado. Todo el mundo debería ponerse a cubierto.
Eve piensa que está enojada de veras: enfadada por lo de Pamela, lo de Helgi, la renovación de la cabana y todas las demás fechorías contra Sylphid, y piensa que va a llamar la atención de ese cabrón maquiavélico, lascivo y cruel. Pues bien, ya lo creo que llamó su atención. Pero sin duda lo más evidente al llamar la atención de Ira metiéndole por el culo un atizador al rojo vivo en público es que lograría enfadarle. Nadie cede jovialmente a esa clase de trastadas. A nadie le gusta verse expuesto en best sellers que le denuncian falsamente, y uno ni siquiera tendría que ser Ira Ringold para ofenderse. Y para emprender alguna acción. Pero eso no se le pasa a ella por la cabeza. El justo rencor que alimenta su proyecto, la ausencia de culpabilidad que alimenta su proyecto no puede imaginar que nadie se desquite. Ella sólo ha querido ajustar cuentas. Fue Ira quien tuvo un comportamiento horrible, y ella se limita a presentar su versión de la historia. Ha conseguido sus últimas satisfacciones, y las únicas consecuencias que imagina son consecuencias que se merece. Tiene que ser así… ¿qué ha hecho ella?
La misma ceguera que le hizo sufrir tanto con Pennington, Freedman, Sylphid, Pamela, los Grant, incluso con Helgi Párn… al final, esa misma ceguera fue el gusano que la destruyó. Fue lo que el profesor que enseña a Shakespeare en la escuela llama el defecto trágico.
Eve estaba poseída por una gran causa: la suya propia. Su causa, presentada en la forma ampulosa de una batalla abnegada para salvar a Estados Unidos de la marea roja. Todo el mundo tiene un matrimonio fracasado, ella misma ha tenido cuatro. Pero también ha necesitado ser especial, una estrella. Quiere mostrar que también ella es importante, que tiene cerebro y la capacidad para luchar. ¿Quién es ese actor, Iron Rinn? ¡Soy yo quien actúa! ¡Soy yo quien tengo el nombre y el poder del nombre! No soy esa débil mujer a la que puedes hacer lo que se te antoje. ¡Soy una estrella, maldita sea! El mío no es un matrimonio corriente fracasado. No perdí a mi marido debido a la horrible trampa en la que estoy metida con mi hija.
No perdí a mi marido debido a esas escenas en las que le imploraba de rodillas. No perdí a mi marido debido a esa puta borracha con un diente de oro. Tiene que ser más imponente que todo eso, y yo debo ser intachable. El rechazo a confesar sinceramente la verdad en sus dimensiones humanas la convierte en algo melodramático, falso y vendible. Perdí a mi marido a causa del comunismo.
Y Eve ni siquiera tenía la más ligera idea del verdadero tema de aquel libro, de lo que lograba realmente. ¿Por qué presentaban a Iron Rinn al público como un espía soviético peligroso? Para lograr la elección de otro republicano en el Congreso. Para lograr que Bryden Grant llegara al Congreso y que Joe Martin ocupara el puesto de presidente de la Cámara.
Finalmente, Grant fue elegido en once ocasiones. Un considerable personaje en el Congreso. Y Katrina se convirtió en la anfitriona republicana de Washington, la soberana de la autoridad social en la época de Eisenhower. Para una persona llena de envidia y vanidad, ninguna posición en el mundo habría sido más gratificante que la que permitía decidir quién se sentaba frente a Roy Cohn. En las cenas ofrecidas en Washington, donde el respeto a las jerarquías era motivo de preocupación, la capacidad de Katrina para rivalizar, el puro vigor caníbal de su gusto por la supremacía, por premiar y desairar a la clase dirigente, ejercía su… soberanía, creo que ésa sería la palabra. Aquella mujer preparaba una lista de invitados con el sadismo autocrátíco de Calígula. Experimentaba el goce de humillar a los poderosos. Producía uno o dos temblores en la capital. En la época de Eisenhower y, más adelante, en la del mentor de Bryden, Nixon, Katrina tenía atenazada a la sociedad washingtoniana como si fuese la encarnación del miedo.
En 1969, cuando se especuló con que Nixon le daría a Grant un cargo en la Casa Blanca, el marido congresista y la esposa novelista y anfitriona aparecieron en la portada de Life… No, Grant nunca llegó a ser Haldeman, pero al final, el caso Watergate también le hizo naufragar. Compartió la suerte de Nixon y, a pesar de las pruebas contra su jefe, le defendió en la sala del Congreso hasta la misma mañana de la dimisión. Por eso Grant salió derrotado en 1974. Claro que había emulado a Nixon desde el comienzo. Nixon tuvo a Alger Hiss, Grant tuvo a Iron Rinn. Para catapultarlos a la eminencia política, cada uno de ellos tuvo un espía soviético.
Vi a Katrina en la televisión, cuando retransmitieron el funeral de Nixon. Grant había muerto años atrás y ahora también ella está muerta. Tenía mi edad, tal vez uno o dos años más. Pero allí, en el funeral en Yorba Linda, con la bandera ondeando a media asta entre las palmeras y el lugar de nacimiento de Nixon al fondo, era aún nuestra Katrina, canosa y apergaminada, pero todavía capaz de estimular con su fortaleza a las buenas gentes, charlando con Bárbara Bush, Betty Ford y Nancy Reagan. La vida no parecía haberle obligado a reconocer la inconveniencia de una sola de sus pretensiones, y no digamos a renunciar a ellas. Todavía sinceramente decidida a ser la autoridad nacional en probidad, rigurosa en extremo en cuanto a que se hiciera lo correcto. La vi hablar con el senador Dole, nuestro gran faro moral, y me pareció que seguía totalmente convencida de que cada palabra que pronunciaba era de la máxima importancia. Seguía ajena a la introspección en silencio. Seguía siendo la vigilante virtuosa de la integridad ajena. Y no se arrepentía. Mostraba una divina falta de arrepentimiento y blandía esa ridicula imagen de sí misma. La estupidez no tiene cura, ¿sabes? Esa mujer era la encarnación de la ambición moral, con el carácter pernicioso y la locura de ésta.
Lo único que les importaba a los Grant era la manera de lograr que Ira fuese útil a su causa. ¿Y cuál era su causa? ¿Estados Unidos? ¿La democracia? Si alguna vez el patriotismo ha sido un pretexto para el egoísmo, el interés propio, la adoración de sí mismo… Mira, aprendemos de Shakespeare que, al contar un relato, no puedes mitigar la simpatía que experimentas en tu imaginación hacia cualquier personaje. Pero yo no soy Shakespeare, y todavía desprecio a esa pareja, ejecutores de tareas inescrupulosas por cuenta ajena, por lo que le hicieron a mi hermano, y lo hicieron con tanta facilidad, utilizando a Eve como utilizas a un perro para que te vaya a buscar el periódico al porche. ¿Recuerdas lo que dice Gloucester del viejo Lear? «El rey está muy encolerizado.» Yo también me sentí muy encolerizado cuando vi a Katrina Van Tassel en Yorba Linda. «No es nada», me dije, «no es nadie, una partiquina. En la vasta historia de la malevolencia ideológica del siglo XX, ha representado un papel minúsculo y nada más». Pero verla allí seguía resultándome insoportable.
Cierto que el funeral de nuestro trigésimo octavo presidente apenas era soportable. La orquesta y el coro de los marines tocando todas las canciones destinadas a suspender el pensamiento de la gente y ponerla en estado de trance: Saludo al jefe, América, Eres una espléndida y vieja bandera, El himno de batalla de la República y, por supuesto, la más estimulante de esas drogas, gracias a las que la gente se olvida momentáneamente de todo, el narcótico nacional, La bandera tachonada de estrellas. Nada como las exaltantes observaciones de Billy Graham, un ataúd envuelto en una bandera y un grupo de soldados de varias razas para llevarlo a hombros, todo ello coronado por La bandera tachonada de estrellas y seguido por el saludo de veintiuna salvas de artillería y el toque de silencio para provocar la catalepsia en la multitud.
Entonces los realistas toman el mando, los expertos en hacer y deshacer tratos, los maestros en las maneras más desvergonzadas de arruinar al adversario, aquellos para quienes las inquietudes morales deben quedar siempre para el final, pronuncian el consabido, irreal e hipócrita canturreo sobre todo menos las verdaderas pasiones del difunto. Clinton exalta a Nixon por su «notable trayectoria» y, bajo el hechizo de su propia sinceridad, expresa su profunda gratitud por los «sabios consejos» que Nixon le había dado. El gobernador Pete Wilson asegura que cuando la mayoría de la gente piensa en Richard Nixon, piensa en su «elevadísimo intelecto». Dole y su inundación de clichés lacrimosos. El «doctor» Kissinger, magnánimo, profundo, hablando con ese engreimiento que adopta cuando quiere convencer de que él no es egoísta, y con la fría autoridad de su voz sumida en el fango, lleva a cabo un tributo tan prestigioso como el de Hamlet a su padre asesinado para referirse a «nuestro valeroso amigo». «Era un hombre, en todo y por todo, como no volveré a ver otro igual.» La literatura no es una realidad primordial, sino una especie de costosa tapicería para un sabio a su vez tan rollizamente tapizado, y así no tiene idea del contexto equívoco en el que Hamlet habla del rey sin par. ¿Pero quién, sentado ahí y obligado al tremendo esfuerzo de mantener la cara seria mientras contempla la ejecución del encubrimiento definitivo, va a sorprender al judío de la corte en una metedura de pata cultural cuando menciona una obra maestra inadecuada? ¿Quién está ahí para advertirle de que no debería citar a Hamlet hablando de su padre, sino de su tío, Claudio, de que debería mencionar lo que dice Hamlet del nuevo rey, el usurpador asesino de su padre? ¿Quién ahí, en Yorba Linda, se atreve a gritar: «Eh, doctor, cite esto: "Aunque toda la tierra las aplaste, las fechorías aparecerán ante los ojos de los hombres"»? ¿Quién? ¿Gerald Ford? Gerald Ford. No recuerdo haberle visto jamás tan concentrado como en esa ocasión, tan lleno de inteligencia como lo estaba claramente en aquel terreno sagrado. Ronald Reagan haciendo a la guardia de honor su famoso saludo, aquel saludo que era siempre medio demencial. Bob Hope sentado al lado de James Baker. El traficante de armas en el conflicto Irán-Contra, Adnan Kashogi sentado junto a Donald Nixon. El ladrón G. Gordon Liddy, con su arrogante cabeza afeitada, estaba allí. El más desacreditado de los vicepresidentes, Spiro Agnew, con su cara de mañoso sin conciencia. El más cautivador de los vicepresidentes, el brillante Dan Quayle, tan lúcido como un botón. El esfuerzo heroico que hacía ese pobre hombre, siempre jugando el papel de inteligente sin estar nunca acertado. Todos ellos trivialmente de duelo bajo el sol y la brisa deliciosa de California: los encausados, los declarados culpables y los que se habían librado de ambas cosas, y el elevadísimo intelecto del ex presidente por fin descansando en el ataúd tachonado de estrellas, terminado para siempre el forcejeo y la búsqueda de un poder sin obstáculos, el hombre que volvió del revés la moral de todo un país, el generador de un enorme desastre nacional, el primero y único presidente de los Estados Unidos de América que ha obtenido de un sucesor elegido a dedo un perdón completo e incondicional de todas las irregularidades cometidas durante su mandato.
Y Van Tassel Grant, la adorada viuda de Bryden, ese abnegado funcionario, gozaba de su importancia y charlaba por los codos. Durante toda la ceremonia fúnebre, la boca de la malignidad temeraria habló atropelladamente, debido a su aflicción televisada, acerca de nuestra pérdida nacional. Lástima que no hubiera nacido en China en lugar de en los Estados Unidos. Aquí tenía que conformarse con ser una novelista de best sellers, una famosa personalidad radiofónica y una anfitriona de la alta sociedad washingtoniana. Allí podría haber dirigido la Revolución Cultural de Mao.
En mis noventa años de vida, Nathan, he presenciado dos funerales causantes de una hilaridad sensacional. En el primero estuve presente cuando tenía trece años, y el segundo lo vi en televisión hace sólo tres, a los ochenta y siete. Dos funerales que vienen a ser como los paréntesis entre los que transcurre mi vida consciente. No son acontecimientos misteriosos. No requieren un genio que descubra su significado. Son tan sólo unos acontecimientos naturales que revelan, tan claramente como Daumier reveló las características peculiares de la especie en sus caricaturas, las mil y una dualidades que tuercen su naturaleza y forman el nudo humano. El primero fue el funeral del canario del señor Russomanno, cuando el zapatero remendón se hizo con un ataúd, portadores y un coche fúnebre tirado por caballos, y enterró majestuosamente a su amado Jimmy, y cuando mi hermano menor me rompió la nariz. El segundo fue cuando enterraron a Richard Milhous Nixon con un saludo de veintiún cañonazos. Ojalá los italianos del distrito primero hubieran podido estar allí, en Yorba Linda, con el doctor Kissinger y Billy Graham. Ellos sí que habrían sabido disfrutar del espectáculo. Se habrían desternillado de risa al oír lo que se proponían aquellos dos individuos, las indignidades a las que descendían para dignificar aquel alma flagrantemente impura. Y si Ira hubiera estado vivo para oírles, se habría vuelto loco de nuevo ante el hecho fehaciente de que el mundo lo entendía todo mal.
<a l:href="#_ftnref13">[13]</a> Sol Hurok (1888-1974), empresario musical norteamericano de origen ruso. Patrocinó a numerosos virtuosos extranjeros y distinguidas compañías. Hizo mucho por despertar el interés por la música clásica y el ballet en Estados Unidos. (N. del T.)
<a l:href="#_ftnref14">[14]</a> American Federation of Televisión and Radio Artists. (N. del T.)
<a l:href="#_ftnref15">[15]</a> Westbrook Pegler (1894-1969), periodista conservador norteamericano de gran renombre. En sus artículos atacó al Tribunal Supremo, la Asociación de la Prensa, el sistema fiscal de Estados Unidos, los ricos, los sindicatos y a muchos personajes conocidos. Fue procesado por libelo. En 1941 recibió el Premio Pulitzer. (N. del T.)