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– Ira siguió desbarrando, pero ahora contra sí mismo. ¿Cómo era posible que aquella farsa le hubiera arruinado la vida? Todo cuanto era accesorio, la materia periférica de la existencia contra la que le había prevenido el camarada O'Day. El hogar, el matrimonio, la familia, las queridas, el adulterio. ¡Toda la mierda burguesa! ¿Por qué no había vivido como O'Day? ¿Por qué no había recurrido a prostitutas como O'Day? Auténticas prostitutas, profesionales fiables que comprendían las reglas, y no aficionadas chismosas como su masajista estonia.
Entonces empezaron a acosarle las recriminaciones. No debería haber dejado a O'Day. Abandonar la fábrica de discos, irse a Nueva York, casarse con Eve Frame, considerarse pomposamente el señor Iron Rinn… no debería haber hecho nada de todo eso. El mismo era consciente de que no debería haber vivido jamás como lo hizo cuando se marchó del Oeste Medio. No debería haber tenido el apetito de experiencia de un ser humano ni la incapacidad humana de conocer el futuro ni la propensión humana a cometer errores. No debería haberse permitido perseguir una sola de las metas que se propone un hombre viril y ambicioso. Ser un trabajador comunista, vivir solo en una habitación en Chicago Este, sin más luz que la de una bombilla de sesenta vatios… tal era la altura ascética de la que había caído al infierno.
La clave de todo aquello era la acumulación de humillaciones. Lo que le habían lanzado encima no era un simple libro, sino una bomba en forma de libro. McCarthy tendría los doscientos, trescientos o cuatrocientos comunistas en sus listas inexistentes, pero alegóricamente una persona debería representarlos a todos. Alger Hiss es el ejemplo principal. Tres años después del caso Hiss, Ira se convirtió en otro. Aún más: para el ciudadano de a pie, Hiss seguía siendo el hombre del Departamento de Estado y Yalta, y, por tanto, muy alejado del norteamericano corriente, mientras que Ira representaba el comunismo de la cultura popular. Para la confusa imaginación de la gente, él era el comunista demócrata. Era Abe Lincoln. Se trataba de algo muy fácil de entender: Abe Lincoln como el malvado representante de una potencia extranjera, Abe Lincoln como el mayor traidor que tuvo Norteamérica en el siglo XX. Ira llegó a ser para la nación la personificación del comunismo, el comunista personalizado: Iron Rinn era el comunista que había traicionado al hombre corriente, de una manera como jamás podría haberlo hecho Alger Hiss [16].
Era un gigante de gran fortaleza, y en muchos aspectos insensible, pero al final no pudo encajar las calumnias que amontonaban sobre él. Los gigantes también son derribados. Sabía que no podría ocultarse de lo ocurrido y, a medida que transcurría el tiempo, pensó que nunca podría esperar a que todo pasara. Empezó a pensar que, una vez alzada la tapadera, siempre le acecharían desde una u otra parte para atacarle. El gigante no podía encontrar nada adecuado con que hacer frente a la situación, y fue entonces cuando se dio por vencido.
Fui a buscarle y lo traje a vivir con nosotros hasta que no pudimos seguir soportando la situación, y entonces lo ingresé en el hospital de Nueva York. Allí se pasó el primer mes sentado en una silla, restregándose las rodillas y los codos y abrazándose la caja torácica porque le dolían las costillas, pero por lo demás estaba inerte, con la vista fija en el suelo y deseando morirse. Cuando iba a verle apenas hablaba. De vez en cuando decía: «Todo lo que he querido hacer…». Eso era todo. Nunca fue más allá, por lo menos en voz alta. Eso fue lo único que me dijo durante semanas. En un par de ocasiones musitó: «Estar así…», «nunca me propuse…». Pero lo que decía sobre todo era: «Todo lo que he querido hacer…».
En aquella época no había demasiada ayuda para los pacientes mentales. Las únicas püdoras que les daban eran sedantes. Ira se negaba a comer. Estaba sentado en aquella primera unidad (a la que llamaban unidad de desequilibrados) de ocho camas, con bata, pijama y zapatillas, y cada día que pasaba se parecía más a Lincoln. Demacrado, extenuado, con la expresión triste de Lincoln. Yo le visitaba, me sentaba a su lado, le tomaba la mano y pensaba: «Si no fuera por ese parecido, nada de esto le habría ocurrido. Si no hubiera sido responsable de su aspecto».
Transcurrió un mes antes de que lo trasladaran a la unidad de semidesequilibrados, donde los pacientes vestían con normalidad y recibían una terapia recreativa. Algunos de ellos jugaban a voleibol, otros a baloncesto, pero Ira no podía debido a sus dolores articulares. Llevaba un año viviendo con un dolor que era intratable, y es posible que eso le trastornara más que la calumnia. Tal vez el adversario que destruyó a Ira fue el dolor físico, y el libro no habría bastado para destruirle de no haber tenido la salud tan debilitada.
El derrumbe fue total. La vida en el hospital era atroz, pero no podríamos haberle cuidado en casa. Se pasaba el día acostado en la habitación de Lorraine, maldiciéndose y llorando a lágrima viva: O'Day le había dicho, O'Day le había advertido, O'Day sabía, cuando estaban en el muelle, en Irán… Doris se sentaba al lado de la cama de Lorraine y le abrazaba mientras él gemía y se lamentaba. La vehemencia que había detrás de sus lágrimas… era terrible. No te das cuenta del puro sufrimiento que puede acumularse en el interior de una persona titánicamente desafiante que se enfrenta al mundo y combate contra su propia naturaleza durante toda su vida. Eso era lo que salía de él a borbotones: toda aquella puñetera lucha.
A veces me sentía aterrado, como en la guerra, cuando los alemanes nos bombardeaban durante su última contraofensiva. Como Ira era tan corpulento y arrogante, tenías la sensación de que nadie podía hacer nada por él. Veía su rostro alargado y macilento, demudado por la desesperación, con la desesperanza y el fracaso impresos en su semblante, y me embargaba el pánico.
Cuando regresaba a casa, al salir de la escuela, le ayudaba a vestirse. Cada tarde le obligaba a afeitarse e insistía en que diera un paseo conmigo por la calle Bergen. ¿Podía cualquier calle de cualquier ciudad norteamericana haber sido más acogedora en aquellos días? Pero Ira estaba rodeado de enemigos. La marquesina del teatro Park le asustaba, los salamis en el escaparate de Kartzman le asustaban… la confitería de Schachtman, en cuya fachada había un puesto de periódicos, le asustaba. Estaba seguro de que cada periódico contaba su historia, semanas después de que la prensa hubiera terminado de divertirse con él. El Journal-American publicó extractos del libro de Eve. El Daily Mirror publicó su foto en primera página. Incluso el solemne Times no se pudo resistir y publicó un reportaje de interés humano acerca del sufrimiento de la Sarah Bernhardt de las ondas, y se tomó todas aquellas necedades sobre el espionaje ruso completamente en serio.
Pero eso es lo que sucede. Una vez se ha completado la tragedia humana, los periodistas se encargan de trivializarla y convertirla en entretenimiento. Tal vez debido al frenesí irracional que irrumpió en nuestra casa, al que no me pasó por alto ningún detalle insinuante y disparatado de los periódicos, considero la época de McCarthy como la que inauguró en la posguerra el triunfo de la chismorrería como el credo unificador de la república democrática más antigua del mundo. «En el chismorreo confiamos.» El chismorreo como evangelio, como la fe nacional. El mccarthysmo como la primera floración de posguerra de la irreflexión norteamericana que ahora se evidencia en todas partes.
El comunismo era lo que menos preocupaba a McCarthy; si nadie más lo sabía, él sí. El aspecto de juicio espectáculo que tuvo la cruzada patriótica de McCarthy no fue más que su forma teatral. Que las cámaras lo registraran sólo le dio la falsa autenticidad de la vida real. McCarthy comprendió mejor que ningún político norteamericano antes que él que los legisladores podían tener mucha más eficacia si actuaban; McCarthy comprendió el valor como entretenimiento de la deshonra y la manera de alimentar los placeres de la paranoia. Nos llevó a nuestros orígenes, al siglo XVII y al cepo. McCarthy era un empresario teatral, y cuanto más alocadas eran las opiniones, tanto más excesivas las acusaciones, mayor la desorientación y mejor la diversión general. Los libres y los valientes dejoe McCarthy… ése era el programa en el que mi hermano jugaría el papel más importante de su vida.
Cuando no sólo los periódicos de Nueva York, sino también los de Jersey se ocuparon de él… bueno, eso acabó con Ira. Buscaron a todos los conocidos de Ira en el condado de Sussex y les hicieron hablar. Campesinos, ancianos, gente corriente de la que se había hecho amigo el astro de la radio, y todos ellos contaban lo mismo: que Ira les había abordado para hablarles de los males del capitalismo. Ira tenía aquel amigo, un viejo chiflado de Zinc Town, el taxidermista, y le gustaba ir a verle y hablar con él. Los periodistas visitaron al viejo y éste habló por los codos. Ira no podía creerlo. Pero el taxidermista concede que Ira le había engañado como a un niño hasta que un día se presentó con un muchacho y los dos intentaron ponerles, a él y a su hijo, en contra de la guerra de Corea. Escupieron auténtico veneno contra el general Douglas McArthur y volcaron sobre Estados Unidos toda clase de insultos.
El FBI se lo pasó en grande ese día, tanto con el viejo como con la reputación que Ira tenía en la zona. Ponerte bajo vigilancia, destrozar tu reputación en la comunidad, recurrir a tus vecinos para que acaben contigo… Debo decirte que Ira siempre sospechó que había sido el taxidermista quien te señaló. Estuviste con Ira en el taller de taxidermia, ¿no es cierto?
– Así es -respondí-. Se llamaba Horace Bixton, un hombre menudo y chistoso. Me regaló una pezuña de ciervo. Me pasé allí una mañana, viendo cómo desollaban un zorro.
– Pues pagaste cara esa pezuña de ciervo. Verles desollar el zorro te costó la beca Fulbright.
Me eché a reír.
– ¿Has dicho que también puso a su hijo en contra de la guerra? El hijo era sordo como una tapia. Era sordomudo. No oía absolutamente nada.
– Era la época de McCarthy… no importaba. Ira tenía un vecino que vivía carretera abajo, un minero del cinc que había sufrido un grave accidente y solía trabajar para él. Ira pasaba mucho tiempo escuchando las quejas de esos hombres sobre la empresa New Jersey Zinc y tratando de hacerles cambiar de idea acerca del sistema, y aquel individuo en concreto, que era vecino suyo, al que invitaba a comer continuamente, fue el designado por el taxidermista para que anotara el número de matrícula de todo aquel que acudiera a la cabana de Ira.
– Conocí al hombre que había sufrido el accidente -le dije-. Comimos juntos. Se llamaba Ray. Le cayó una roca encima y sufrió lesiones en el cráneo. Raymond Svecz. Había sido prisionero de guerra. Ray solía hacer trabajos ocasionales para Ira.
– Supongo que Ray hacía trabajos ocasionales para todo el mundo -replicó Murray-. Tomaba nota del número de matrícula de los visitantes de Ira y el taxidermista se los daba al FBI. La matrícula que aparecía con más frecuencia era la mía, y también usaron esa prueba contra mí… que visitaba tanto a mi hermano, espía comunista, y a veces incluso pasaba la noche allí. Sólo hubo un hombre que permaneció fiel a Ira. Tommy Minarek.
– Conocí a Tommy.
– Un viejo encantador, inculto pero inteligente. Era un hombre con firmeza moral. Un día Ira llevó a Lorraine al vertedero de piedras y Tommy le dio una bolsa de minerales gratis. Al volver a casa, la niña sólo hablaba de él. Cuando Tommy leyó la noticia en el periódico, fue a la cabana y le dijo a Ira: «Si tuviera redaños, yo también sería comunista».
Tommy fue quien rehabilitó a Ira. Fue quien le hizo salir de sus cavilaciones, quien lo devolvió al mundo. Le hacía sentarse a su lado en el vertedero de piedras, del que se ocupaba, para que la gente viera a Ira allí. En el pueblo respetaban a Tommy, así que, andando el tiempo, perdonaron a Ira por ser comunista. No todos ellos, pero sí la mayoría. Durante tres o cuatro años, los dos se sentaron en el vertedero de piedras, donde conversaban, y Tommy le enseñaba todo lo que sabía de los minerales. Tommy sufrió una apoplejía y murió, y dejó a Ira su sótano lleno de minerales. Entonces Ira, autorizado por el municipio, ocupó el sitio del viejo. Se sentó allí, con su hiperinflamación, restregándose las articulaciones y los músculos doloridos, y dirigió el vertedero de piedras de Zinc Town hasta que se murió. Bajo el sol, un día de verano, cuando vendía minerales, cayó al suelo muerto.
Me pregunté si Ira había renunciado a ser discutidor, a llevar la contraria y provocar, a actuar ilegalmente cuando era necesario, o si todo eso seguía vivo en él mientras vendía los minerales de Tommy delante del vertedero de piedras, separado por la carretera del taller mecánico donde tenían el lavabo. Probablemente estaba vivo; en Ira todo estaba vivo. Nadie en este mundo tenía menos talento que él para la frustración o era más inhábil en el dominio de sus estados de ánimo. El deseo de actuar… y en cambio vendía a los niños bolsas de minerales a cincuenta centavos. Allí sentado hasta que murió, deseando hacer algo completamente distinto, creyendo que en virtud de sus atributos personales (su estatura, su animosidad, la clase de padre que había tenido que soportar) estaba destinado a ser diferente. Enfurecido por no tener ninguna salida para cambiar el mundo. La amargura de esa servidumbre… Cómo se le debió de atragantar, empleando entonces para destruirse a sí mismo su inagotable capacidad de no desistir jamás.
Ira regresaba del paseo por la calle Bergen, de pasar ante el puesto de periódicos de Schachtman, más desgraciado que cuando salió de casa, y Lorraine no podía soportarlo. Ver a su tío, aquel hombretón, con quien había cantado la canción del obrero («aupad, aupad»), verle humillado de esa manera era demasiado para ella, así que nos vimos obligados a ingresarlo en el hospital de Nueva York.
Se imaginaba el causante de la ruina de O'Day. Estaba seguro de que había sido la perdición de todos aquellos cuyos nombres y direcciones figuraban en las dos agendas que Eve entregó a Katrina, y estaba en lo cierto. Pero O'Day seguía siendo su ídolo, y las cartas de O'Day citadas con detalle en los periódicos después de que aparecieran en el libro… en fin, Ira estaba seguro de que eso había acabado con O'Day, y semejante ignominia era atroz.
Intenté ponerme en contacto con O'Day. Le conocía, sabía lo íntimos que habían sido en el ejército. Recordaba la época en que Ira había sido su compinche en Calumet City. No me gustaba aquel hombre, no me gustaban sus ideas, no me gustaba su mezcla de superioridad y astucia, la ventaja moral que creía tener como comunista, pero no podía creer que considerase a Ira responsable de lo que había ocurrido. Creía que O'Day cuidaría de sí mismo, que era fuerte e implacable en su desinterés por todo lo ajeno a sus principios comunistas, mientras que Ira tenía otro talante. Pero también me equivocaba. En mi desesperación, imaginaba que si alguien podía reanimar a Ira sería O'Day.
Pero no pude conseguir su número de teléfono. Ya no figuraba en los listines de Gary, Hammond, Chicago Este, Calumet City ni Chicago. Cuando escribí a la última dirección suya que tenía Ira, me devolvieron la carta con la indicación «destinatario desconocido en esta dirección». Telefoneé a todas las oficinas sindicales de Chicago, telefoneé a las librerías que vendían material izquierdista, telefoneé a todos los sitios que se me ocurrieron. Cuando ya me había dado por vencido, una noche sonó el teléfono y era O'Day.
Me preguntó qué quería de él y le dije dónde estaba Ira y cuál era su estado. Le dije que si quería viajar al Este el fin de semana para visitar a Ira en el hospital y estar un rato con él, nada más que eso, le enviaría el importe del tren por giro telegráfico, y podría pasar la noche con nosotros en Newark. No me gustaba hacerlo, pero intentaba convencerle, así que le dije: «Usted significa mucho para Ira. Siempre quería ser digno de la admiración de O'Day. Creo que usted podría ayudarle».
Y entonces, de aquella manera sosegada y explícita que le caracterizaba, con la voz de un hijo de puta duro e inalcanzable que tiene una única relación primordial con la vida, me respondió: «Mire, profesor, su hermano me la dio con queso. Siempre me he enorgullecido de saber quién es falso y quién no, pero esta vez me dejé engañar. El partido, las reuniones… todo era una cobertura de su ambición personal. Su hermano utilizó al partido para trepar a su posición profesional, y entonces lo traicionó. Si hubiera sido un comunista con redaños, habría permanecido en el lugar de la lucha, que no es el Greenwich Village de Nueva York. Pero lo único que le importó siempre a Ira fue que todo el mundo pensara de él que era un gran héroe. Fingía siempre, jamás se mostraba tal como era. ¿El hecho de ser alto le convertía en Lincoln? ¿Llenarse la boca de "las masas" le convertía en revolucionario? No era un revolucionario, no era Lincoln, no era nada. No era un hombre. Fingía serlo, junto con todo lo demás. Fingía ser un gran hombre. Lo finge todo. Se quita un disfraz y se convierte en otra persona. No, su hermano no es tan puro como a él le gustaría que lo creyera la gente. No es un hombre muy comprometido, excepto por lo que se refiere al compromiso consigo mismo. Es un farsante, un bobo y un traidor. Traicionó a sus camaradas revolucionarios y a la clase obrera. Los vendió, se libró de ellos. Es totalmente una criatura de la burguesía, seducido por la fama, el dinero, la riqueza y el poder. Y el sexo, el lujoso sexo de Hollywood. No conserva el menor vestigio de su ideología revolucionaria, nada. Un hombre de paja oportunista, probablemente un soplón oportunista. ¿Va usted a decirme que dejó esa información en su mesa por accidente? ¿Un miembro del partido deja esas cosas en su mesa por accidente? ¿O fue algo preparado con el FBI, profesor? Lástima que no esté en la Unión Soviética… allí saben qué hacer con los traidores. No quiero saber nada de él ni quiero verle. Dígale que se ande con cuidado, porque si le veo, y por mucho que intente racionalizar sus actos, correrá la sangre».
Eso fue todo. Correría la sangre. Ni siquiera intenté responderle. ¿Quién se atrevería a explicar el fracaso de la pureza a un militante que era siempre y únicamente puro? Jamás en su vida O'Day había sido de una manera con Fulano, de otra manera con Mengano y de una manera distinta con una tercera persona. No compartía la veleidad de todas las criaturas. El ideólogo es más puro que el resto de nosotros porque es el ideólogo con todo el mundo. Colgué el aparato.
Sabe Dios cuánto tiempo habría estado Ira en la unidad de semidesequilibrados de no haber sido por Eve. Las visitas no se aconsejaban y, en cualquier caso, él no quería ver a nadie, aparte de a mí y a Doris, pero una noche se presentó Eve. El médico estaba ausente, la enfermera no pensaba, y cuando Eve se anunció como la esposa de Ira, la enfermera le señaló una puerta en el pasillo, y allá fue ella. Ira estaba demacrado, todavía muy falto de vigor, y apenas hablaba, por lo que al verle en ese estado ella se echó a llorar. Le dijo que había ido para decirle que lamentaba lo ocurrido, pero que al verle no podía contener las lágrimas. Lo sentía, él no debía odiarla, ella no podría vivir sabiendo que la odiaba. La habían sometido a unas presiones terribles, él no podría comprender hasta qué punto lo fueron. No había querido hacerlo, procuró por todos los medios no hacerlo…
Con la cara entre las manos, lloró y lloró, hasta que al final le dijo lo que todos sabíamos desde que leímos la primera frase del libro. Le dijo a Ira que los Grant lo habían escrito, del principio al fin. Fue entonces cuando Ira habló.
– ¿Por qué se lo permitiste? -le preguntó.
– Me obligaron -respondió Eve-. Ella me amenazó, Ira. Es una lunática, una mujer vulgar y terrible. No puedes imaginar lo terrible que es. Te sigo queriendo. Eso es lo que he venido a decirte. Déjame decírtelo, por favor. No pudo impedir que siguiera queriéndote. Tienes que saberlo.
– ¿Cómo te amenazó? -era la primera vez en varias semanas que hablaba de una manera hilvanada.
– No es que sólo me amenazara a mí -dijo ella-. Eso también lo hizo. Me dijo que si no cooperaba estaba acabada, me dijo que Bryden se encargaría de que nunca volviera a trabajar. Acabaría en la pobreza. Seguí negándome, diciéndole: «No, Katrina, no, no puedo hacerlo, no puedo, al margen de lo que él me haya hecho, le quiero…». Y entonces ella me dijo que, si no lo hacía, la carrera de Sylphid estaría condenada desde el principio.
Bueno, entonces Ira, de repente, volvió a ser el de siempre. Golpeó el techo de la unidad de semidesequilibrados y armó un pandemónium. Por muy semi que esté un desequilibrado sigue siendo un desequilibrado, y aquellos enfermos de la sala jugaban al baloncesto y voleibol, pero conservaban su fragilidad y un par de ellos perdieron la chaveta. Ira gritaba a voz en cuello.
– ¿Lo hiciste por Sylphid? ¿Lo hiciste por la carrera de tu hija?
– ¡Tú eres el único que importa! -exclamó Eve-. ¡Sólo tú! ¿Y mi hija qué? ¡El talento de mi hija!
– ¡Rómpele la crisma! -gritaba uno de los internos-. ¡Rómpele la crisma!
Otro enfermo se echó a llorar, y cuando llegaron los enfermeros Eve estaba de bruces en el suelo, golpeándolo con los puños y gritando: «¡Y mi hija qué!».
Pusieron a Eve una camisa de fuerza… eso era lo que usaban en aquel entonces, pero no la amordazaron, por lo que Eve pudo soltarlo todo.
– Le dije a Katrina: «No, no puedes asfixiar esa clase de talento». Ella estaba dispuesta a destruir a Sylphid, y yo no podía permitirlo. Sabía que tú tampoco podías destruirla. No podía hacer nada. ¡Nada! Le hice la menor concesión que pude, para aplacarla, porque Sylphid… ¡ese talento! ¡No habría estado bien! ¿Qué madre en el mundo dejaría sufrir a su hija? ¿Qué madre se habría comportado de un modo distinto, Ira? ¡Respóndeme! ¿Hacer sufrir a mi hija por la estupidez de los adultos, sus ideas y sus actitudes? ¿Cómo puedes culparme? ¿Qué alternativa me quedaba? No tienes idea de lo que he sufrido. No tienes idea de lo que cualquier madre haría si alguien le dijera: «Voy a destruir la carrera de tu hija». Tú no has tenido hijos. No comprendes nada sobre los padres y los hijos. ¡No tuviste padres y no tienes hijos, y no sabes lo que es el sacrificio!
– ¿No tengo hijos? -gritó Ira. Por entonces habían tendido a Eve en una camilla y ya se la llevaban. Ira corrió tras ellos, gritando por el pasillo-: ¿Por qué no tengo hijos? ¡Por tu culpa! ¡Por ti y tu codiciosa, egoísta yjodidahija!
Se llevaron a Eve, algo que probablemente nunca habían tenido que hacer hasta entonces con un visitante. La sedaron y acostaron en la unidad de desequilibrados, echaron el cerrojo a la puerta y no la dejaron salir hasta la mañana siguiente, cuando pudieron localizar a Sylphid y ésta se presentó para llevarse a su madre a casa. Nunca supimos con certeza qué motivó a Eve para ir al hospital, ni si había algo de verdad en lo que había dicho, que los Grant la obligaron a hacer una cosa tan repulsiva, ni si no era más que una nueva mentira, ni si la vergüenza que había mostrado era auténtica.
Tal vez lo era. Desde luego, podría haberlo sido. En aquella época todo era posible. La gente luchaba por su vida. Si era cierto que las cosas habían ocurrido tal como ella decía, entonces Katrina era un auténtico genio, un genio de la manipulación. Sabía exactamente cómo podía dominarla. Le dio a elegir las personas a las que podía traicionar, y Eve, fingiéndose impotente, eligió a la que no tenía más remedio que elegir. Uno está obligado a ser él mismo, y nadie lo estaba más que Eve Frame, la cual se convirtió en el instrumento de la voluntad de los Grant. Esos dos la dirigían como si fuese un agente.
– En fin, en cuestión de días Ira pasó a la unidad de sosegados, a la semana siguiente le dieron de alta y entonces se volvió de veras… -Murray reflexionó un momento antes de continuar-. Bueno, tal vez recuperó aquella claridad para sobrevivir que tenía cuando cavaba zanjas, antes de que se alzara a su alrededor el andamio de la política, el hogar, el éxito y la fama, antes de que enterrase vivo al cavador y se pusiera el sombrero de Abe Lincoln. Tal vez volvió a ser él mismo, un hombre que actuaba a su manera. Ira no era un artista superior derribado. Tan sólo se encontraba de nuevo en su punto de partida.
No se alteró lo más mínimo cuando me dijo que quería vengarse, ni más ni menos. Un millar de reos, condenados a cadena perpetua, que golpearan los barrotes de las celdas con sus cucharas no podrían haberse expresado mejor. Venganza. Entre el patetismo suplicante de la defensa y la simetría apremiante de la venganza no había alternativa. Recuerdo que se masajeaba lentamente las articulaciones y me decía que iba a destruirla. Decía: «Desperdiciar así su vida por esa hija, como si la echara al lavabo, y entonces desperdiciar también la mía. No es justo, Murray. Es degradante para mí. ¿Soy su enemigo mortal? Muy bien, entonces es mía».
– ¿Y la destruyó? -le pregunté.
– Ya sabes lo que le ocurrió a Eve Frame.
– Sé que murió, de cáncer, ¿no es cierto? En los años sesenta.
– Murió, pero no de cáncer. ¿Recuerdas esa foto de la que te hablé, la foto que le envió una de las mujeres de Freedman y que éste iba a usar para comprometer a Eve? ¿La foto que rompí? Debería haberle permitido usarla.
– Ya has dicho eso antes. ¿Por qué?
– Porque lo que Ira hacía con aquella foto era buscar una manera de no matarla. Durante toda su vida había buscado la manera de no matar a alguien. Cuando regresó de Irán, se dedicó con ahínco a apagar el impulso violento. Aquella foto… no percibí qué era lo que disfrazaba, lo que significaba. Cuando la rompí, cuando le impedí a Ira usarla como un arma, él me dijo: «De acuerdo, tú ganas», y regresé a Newark pensando estúpidamente que había conseguido algo, mientras que él, allá en Zinc Town, en el bosque, empezaba a practicar el tiro al blanco. Allí tenía varios cuchillos. A la semana siguiente vuelvo a visitarle y él no intenta ocultar aquel arsenal. Sus imaginaciones le ponen demasiado frenético para que piense en esconder nada. Su conversación está trufada de violencia asesina. «¡El olor de la pólvora es un afrodisíaco!», me dice. Está completamente loco. Yo ni siquiera estaba enterado de que tenía un arma de fuego. No sabía qué hacer. Por fin percibía su auténtica afinidad, el irremediable enlace de Ira y Eve, dos seres acosados, cada uno de ellos desastrosamente inclinado hacia eso que no conoce límites una vez se pone en marcha. El recurso a la violencia de Ira era el correlato masculino de la predisposición de Eve a la histeria, manifestaciones tan sólo diferenciadas por el género de una misma catarata.
Le pedí que me diera todas las armas que tenía. O me las daba enseguida o llamaría a la policía. «He sufrido tanto como tú», le dije, «he sufrido más de lo que tú sufriste en aquella casa, porque tuve que enfrentarme primero a ello. Durante seis años estuve solo. No sabes nada. ¿Crees que yo no he tenido ganas de empuñar un arma y cargarme a alguien? Todo lo que ahora quieres hacerle a ella, yo quería hacerlo cuando sólo tenía seis años. Y entonces llegaste tú. Cuidé de ti, Ira. Me interpuse entre tú y lo peor de aquella casa mientras estuve allí.
»No te acuerdas de esto. Tenías dos años y yo ocho, ¿y sabes lo que ocurrió? Nunca te lo he dicho. Ya tenías que soportar suficiente humillación. Tuvimos que mudarnos. Aún no vivíamos en la calle Factory. Eras un bebé y vivíamos junto a las vías de Lackawanna, en Nassau. La calle Dieciocho de Nassau, cuya parte trasera daba a las vías. Cuatro habitaciones, sin luz, mucho ruido. Dieciséis dólares con cincuenta de alquiler mensual, el casero lo aumentó a diecinueve, no podíamos pagar y nos echaron.
»¿ Sabes lo que hizo nuestro padre después de que trasladáramos las cosas? Mamá, tú y yo empezamos a llevarlas a las dos habitaciones de la calle Factory, y él se quedó en el piso vacío, se acuclilló y cagó en medio de la cocina. Nuestra cocina. Dejó una gran mierda en el lugar donde nos habíamos sentado a comer, y embadurnó las paredes con ella. Sin brocha. No la necesitaba. Embadurnó las paredes de mierda con las manos. Grandes trazos. Arriba, abajo, de lado. Cuando terminó de hacer eso en todas las habitaciones, se lavó las manos en el fregadero y salió sin ni siquiera cerrar la puerta. ¿Sabes lo que me llamaron los chicos después de eso durante meses? Cagamuros. En aquella época todo el mundo tenía un apodo. A ti te llamaban Llorica, y a mí Cagamuros. Ese es el legado que hizo nuestro padre a su hijo mayor.
»Entonces yo te protegí, Ira, y voy a protegerte ahora. No permitiré que lo hagas. Encontré mi camino civilizador en la vida, y tú el tuyo, y ahora no vas a retroceder. Déjame que te explique algo que no pareces comprender. Por qué te hiciste comunista en primer lugar. ¿Nunca se te ha ocurrido pensarlo? Mi camino civilizador fueron los libros, la universidad, la escuela de magisterio; el tuyo fueron O'Day y el partido. Tu camino nunca me ha convencido, me he opuesto a él, pero ambos fueron legítimos y ambos surtieron efecto. Tampoco comprendes lo que ha sucedido ahora. Te han dicho que han llegado a la conclusión de que el comunismo no es una salida de la violencia sino un programa para la violencia. Han convertido tu política en crimen y, por añadidura, a ti en un delincuente… y vas a demostrarles que tienen razón. Dicen que eres un criminal, así que cargas tu arma y te atas un cuchillo en el muslo. "¡Pues claro que lo soy!", exclamas. " ¡El olor de la pólvora es afrodisíaco!"»
Hablé hasta quedarme ronco, Nathan, pero cuando estás en compañía de un maníaco homicida encolerizado, hablar de esa manera no le sosiega, sino que le inflama todavía más. Cuando estás con un hombre así, empezar a hablarle de la infancia, mencionar con detalle el piso donde vivíais…
No te lo he contado todo sobre Ira, ¿sabes? Ya había matado a alguien. Por eso, cuando era un muchacho, abandonó Newark, se fue al campo y trabajó en las minas. Era un prófugo. Le llevé al condado de Sussex, que entonces estaba en el quinto pino, aunque no tan lejos como para que no pudiera ponerme en contacto con él y ayudarle a capear el temporal. Le llevé allí, le di un nuevo nombre y le oculté. Gil Stephens. El primero de los nombres de Ira.
Trabajó en las minas hasta que creyó que iban a por él. No la policía, sino la mafia. Ya te hablé de Ritchie Boiardo, quien dirigía el fraude organizado en el distrito primero, el gángster que poseía el restaurante, el Vittorio Castle. Ira se enteró de que los matones de Boiardo le estaban buscando. Entonces empezó a poner tierra de por medio.
– ¿Qué había hecho?
– Mató a un tipo con una pala, cuando tenía dieciséis años.
Me quedé estupefacto.
– ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué ocurrió?
– Trabajaba como ayudante de camarero en The Tavern. Llevaba más o menos mes y medio en el local cuando una noche, a las dos, terminó de fregar los suelos, salió a la calle y se encaminó a la habitación que había alquilado. Vivía en una callejuela junto al parque Dreamland, donde construyeron la urbanización después de la guerra. Dobló en la avenida Elizabeth, siguió por Meecker y avanzaba por la calle oscura por delante del parque de Weequahic, hacia la Avenida Frelinghuysen, cuando un tipo salió de la oscuridad, en el lugar donde estaba el puesto de salchichas de Millman. Salió de la oscuridad y, sin mediar palabra, atacó a Ira con una pala. Su objetivo había sido la cabeza, pero le dio en los hombros.
Era un italiano del grupo de cavadores con el que Ira había trabajado al abandonar la escuela. Dejó de cavar zanjas para trabajar en The Tavern debido a los problemas que le creaba aquel tipo. Era 1929, el año en que abrió el local. Ira se había propuesto entrar allí y ascender desde ayudante a camarero. Ese era su objetivo. Yo le había ayudado a conseguir el empleo. El italiano estaba borracho y le dio un solo golpe. Ira le arrebató la pala y de un golpe le rompió los dientes. Entonces le arrastró detrás del puesto de Millman, donde había un aparcamiento totalmente a oscuras, y allí le atizó de lo lindo.
El tipo se llamaba Strollo, y era el miembro del grupo de cavadores que más odiaba a los judíos. Mazzu' Crist, giude' maladett. «Asesino de Cristo, maldito judío…», esa clase de cosas. Strollo era un especialista en diatribas antijudías. Tenía diez años más que Ira y no era bajo, sino casi de la estatura de Ira. Este le golpeó en la cabeza hasta dejarlo inconsciente y lo abandonó allí. Tiró la pala de Strollo, volvió a la calle y reanudó el camino hacia su casa, pero tenía la sensación de que había dejado algo sin terminar. Algo en Ira nunca estaba terminado. Tiene dieciséis años, es vigoroso y está lleno de rabia, está acalorado, sudoroso, nervioso y excitado, lo habían estimulado, así que da media vuelta, regresa al solar detrás del puesto de Millman y golpea a Strollo en la cabeza una y otra vez hasta matarlo.
El puesto de Millman era el lugar al que Ira solía llevarme a tomar un bocadillo después de nuestros paseos por el parque Weequahic. The Tavern era el local al que Ira había ido a cenar con Murray y Doris la noche que todos ellos se conocieron. Fue en 1948. Veinte años antes había matado a un hombre en aquellos parajes. La cabana en Zinc Town… la cabana significaba para él algo más que yo nunca había comprendido. Era su reformatorio, donde estaba encerrado, solitario.
– ¿Cuál fue el papel de Boiardo?
– El hermano de Strollo trabajaba en la cocina del Castle, el restaurante de Boiardo, y le dijo a éste lo que había ocurrido. Al principio nadie relacionó a Ira con el asesinato, porque ya se había ido del distrito. Pero al cabo de un par de años es a Ira a quien buscan. Yo sospechaba que fue la policía la que puso a Boiardo sobre la pista de Ira, pero nunca lo supe con seguridad. Lo único que sabía es que alguien se presentó en casa preguntando por mi hermano. Gatito me hizo una visita. Los dos crecimos juntos. Gatito dirigía el juego de dados en el callejón del Acueducto. Dirigía el juego de ziconette en el fondo del café Grande, hasta que la policía lo disolvió. Yo solía jugar al billar con Gatito en Grande. Le llamaban así porque, en sus comienzos profesionales, se deslizaba por los tejados para robar y entraba en los pisos por las ventanas, con su hermano mayor, Gatazo. Cuando estudiaban en la escuela primaria ya se pasaban la noche entera por ahí, robando. Y cuando se dignaban ir a la escuela, se dormían en sus pupitres y nadie se atrevía a despertarlos. Gatazo murió por causas naturales, pero a Gatito se lo cargaron en 1979, al auténtico estilo de los gángsters: lo encontraron en su piso de la costa, en Long Branch, en bata y con tres balas del calibre 32 en la cabeza. Al día siguiente, Ritchie Boiardo dijo a uno de sus compinches: «Tal vez haya sido lo mejor, porque hablaba demasiado».
Gatito quiere saber dónde está mi hermano. Le dije que hacía años que no le veía el pelo. «La Bota le está buscando», replicó él. Llamaban a Boiardo «la Bota» porque hacía sus llamadas telefónicas desde una cabina, y así las llamaban los italianos del distrito primero [17]. «¿Por qué?», quise saber. «Porque la Bota protege el barrio.
Porque la Bota ayuda a la gente en momentos de necesidad.» Eso era verdad. Boiardo iba por ahí con un cinturón que tenía brillantes incrustados en la hebilla, y le tenían incluso en más estima que al santo varón que era su párroco. Informé a Ira acerca de Gatito y pasaron siete años, entonces estábamos en 1938, antes de que volviéramos a verle.
– De modo que no puso tierra de por medio a causa de la depresión, sino porque le perseguían.
– ¿Te sorprende saber eso? -me preguntó Murray-. ¿De alguien a quien admirabas tanto como a él?
– No, no me sorprende. Me parece lógico.
– Esa es una de las razones de su colapso nervioso. Por eso acabó llorando en la cama de Lorraine. «Todo ha fallado.» La clase de vida moldeada para superarlo todo se había venido abajo. El esfuerzo había sido inútil. Ira había regresado al caos donde comenzó todo.
– ¿A qué se refiere ese «todo»?
– Cuando regresó del ejército, Ira quería estar rodeado de gente ante la que no pudiera perder los estribos, y se puso a buscarla. Le había asustado su propia violencia. Vivía con el temor de que volvieran a despertarse aquellos impulsos letales. Y yo compartía ese temor. Un hombre que había mostrado tan temprano semejante propensión a la violencia… ¿qué iba a detenerle?
Por eso quiso casarse, por eso quería tener un hijo y por eso el aborto de Eve le afectó tanto. Por eso vino a vivir con nosotros el día que descubrió lo que había detrás del aborto. Y al día siguiente te conoció. Conoció al muchacho que era cuanto él nunca había sido y tenía cuanto él no había tenido. Ira no te reclutaba. Tal vez tu padre lo creyera así, pero no, eras tú quien le reclutaba a él. Aquel día, cuando fue a Newark, el aborto todavía le afectaba tanto que eras irresistible para él. Era un chico de Newark con mala vista, un ambiente familiar cruel y sin educación. Tú eras el chico de Newark bien criado, a quien se lo daban todo. Eras su príncipe Hal. Eras Johnny O'Day Ringold. Todo eso eras, y en eso consistía tu tarea, tanto si lo sabías como si no. Ayudarle a protegerse contra su naturaleza, contra la enorme fuerza que encerraba aquel corpachón, el furor asesino. Esa fue mi tarea durante toda mi vida. Es la tarea de muchísima gente. Ira no constituía ninguna rareza. ¿Hombres que intentan no ser violentos? A eso me refería antes al decir «donde todo había empezado». Esos hombres están a nuestro alrededor, por todas partes.
– Ira mató a aquel hombre con una pala. ¿Qué ocurrió después? -le pregunté-. ¿Qué ocurrió aquella noche?
– Yo no enseñaba en Newark. Era 1929. Aún no habían construido la escuela de Weequahic. Daba clases en la de Irvington, mi primer trabajo. Alquilé una habitación junto al almacén de maderas de Solondz, cerca de las vías del ferrocarril. Eran casi las cuatro de la madrugada cuando Ira se presentó. Yo vivía en la planta baja, y él llamó a mi ventana. Salí, eché un vistazo a sus zapatos y pantalones ensangrentados, a las manos y la cara manchadas de sangre, le hice subir al viejo Ford que tenía y nos pusimos en marcha. No sabía adonde diablos me dirigía. A algún lugar alejado de la policía de Newark. Entonces pensaba en la policía y no en Boiardo.
– Te contó lo que había hecho.
– Sí. ¿Y sabes a quién más se lo contó? A Eve Frame. Lo hizo varios años después, durante su noviazgo, aquel verano que estuvieron juntos en Nueva York. Estaba loco por ella y quería casarse, pero tenía que decirle la verdad, tenía que mostrarse tal como era y revelar lo peor que había hecho. Tal vez ella se asustaría, pero Ira quería que supiera con quién se relacionaba, que había sido un hombre violento, aunque esa faceta suya estaba superada. Lo dijo por la razón que tienen quienes se han reformado a sí mismos para hacer tales confesiones: para que ella le obligara a continuar reformado. Entonces no comprendía, jamás comprendió, que un hombre violento era lo que Eve más necesitaba.
Ciegamente, como era propio de ella, Eve intuía sus deseos más secretos. Necesitaba al bruto. Exigía al bruto. ¿Quién mejor que él para protegerla? Con un bruto estaba segura. Esto explica por qué no pudo seguir con Pennington durante los años en que él pasaba las noches fuera de casa, dedicado a sus aventuras homosexuales, y regresaba por una entrada lateral que había construido en su estudio. Eve le había pedido que construyera aquella entrada especial, para no oírle a las cuatro de la madrugada, cuando volvía de sus citas. Eso explica por qué se casó con Freedman, explica la clase de hombres que le atraían. Su vida romántica consistía en cambiar de brutos. Si aparecía un bruto, ella era la primera aspirante a quedárselo. Necesitaba al bruto que la protegiera, y necesitaba que el bruto fuese intachable. Sus brutos eran la garantía de la inocencia que atesoraba. Arrodillarse ante ellos y rogarles era de la mayor importancia para Eve. Belleza y sumisión, eso era lo que regía su vida, la llave que le daba acceso a la catástrofe.
Necesita al bruto para redimir su pureza, mientras que el bruto, por su parte, necesita que lo amansen. ¿Qué puede ser mejor para domesticarlo que la mujer más airosa del mundo? ¿Qué puede ser mejor para afinar su docilidad que las cenas para sus amigos, la biblioteca con las paredes forradas de madera para sus libros y, por esposa, una actriz delicada con una hermosa dicción? Así pues, Ira le contó a Eve lo que ocurrió con el italiano y la pala, y ella lloró por lo que había hecho a los dieciséis años, por lo que había sufrido, por su supervivencia y la manera en que, con tal valentía, se había convertido en un hombre maravilloso y perfecto, y se casaron.
Quién sabe, tal vez Eve pensó que un ex asesino era perfecto por otro motivo: a un hombre que se confiesa violento y asesino puedes imponerle sin temor esa presencia inaceptable, la de Sylphid. Un hombre corriente huiría corriendo de aquella chica. ¿Pero un bruto? El la aceptaría.
Cuando leí en la prensa que ella estaba escribiendo un libro, pensé lo peor. Ira le había dicho incluso el nombre del tipo. ¿Qué impediría a aquella mujer que, cuando se creía acorralada, era capaz de decir cualquier cosa a quien fuese, quién iba a impedirle que gritara «StroUo» desde los tejados? «¡Strollo, Strollo… sé quién mató a Strollo, el cavador de zanjas!» Pero cuando leí el libro, no contenía nada sobre el asesinato. O bien ella no dijo nada a Katrina y Bryden sobre el suceso, fue capaz de retenerse después de todo, comprendió lo que unas personas como los Grant (otro par de brutos de Eve) harían con esa información, o bien lo había olvidado a la manera en que podía olvidar cualquier hecho desagradable. Nunca supe cuál de los dos motivos explicaba su silencio sobre el caso. Tal vez ambos.
Pero Ira estaba seguro de que aquel hecho del pasado saldría a la luz. El mundo entero iba a verle como le vi yo la noche en que le llevé al condado de Sussex, cubierto con la sangre de un muerto, la cara manchada por la sangre de un hombre al que había matado. Y diciéndome entre risas, la risa entrecortada de un chico enloquecido: «Strollo ha dado su último paseo».
Lo que había empezado como un acto de defensa propia se había convertido en la ocasión de cometer un crimen. La suerte se lo había brindado. La defensa propia había pasado a ser el acto instigador que proporciona la oportunidad de asesinar. «Strollo ha dado su último paseo», me dijo mi hermano. Gozaba de lo que había hecho, Nathan.
«¿Sabes lo que acabas de coger, Ira?», le pregunté. «Has cogido el desvío incorrecto del camino. Acabas de cometer el peor error en el que podías caer. Lo has trastocado todo. ¿Y por qué? ¿Porque el tipo te atacó? ¡Pero le zurraste la badana! Le dejaste inconsciente, te hiciste con la victoria. Descargaste tu cólera golpeándole hasta dejarlo convertido en pulpa. Pero a fin de que tu victoria fuese total, volviste sobre tus pasos y le asesinaste… ¿por qué? ¿Porque dijo algo antisemita? ¿Eso requería que le mataras? ¿El peso entero de la historia judía recae sobre los hombros de Ira Ringold? ¡Tonterías! Has hecho algo irremediable, Ira, maligno, maníaco, algo que nunca podrás extirpar de tu vida. Esta noche has hecho algo que nunca podrás corregir. No puedes disculparte públicamente por un asesinato y arreglar las cosas. Nada puede corregir el asesinato. ¡Jamás! El asesinato no sólo pone fin a una vida, sino a dos. ¡El asesinato termina también con la vida humana del asesino! Nunca te librarás de este secreto. Irás a la tumba con él. ¡Lo tendrás contigo para siempre!».
¿Sabes? Cuando alguien comete un asesinato, imagino que va a intervenir la realidad dostoievskiana. Como soy hombre de letras, profesor de literatura, espero que el asesino manifieste el trastorno psicológico sobre el que Dostoievski escribe. ¿Cómo puedes cometer un asesinato sin que te angustie? Eso te convierte en un monstruo, ¿no es cierto? Raskolnikov no mata a la anciana y luego se siente bien por lo que ha hecho durante los siguientes veinte años. Un asesino con sangre fría como Raskolnikov reflexiona durante toda su vida sobre su sangre fría. Pero Ira no era muy introspectivo, siempre fue una máquina de acción. Por mucho que su crimen deformase el comportamiento de Raskolnikov… en fin, Ira pagó el precio de una manera distinta. Su penitencia (el intento de resucitar su vida, aquel echarse atrás para alzarse erguido) no fue en absoluto la misma.
Mira, no creía que él pudiera soportarlo, ni yo tampoco. ¿Vivir con un hermano que había cometido un crimen así? Pensarías que le habría repudiado u obligado a confesar. La idea de que podría vivir con un hermano que había asesinado a alguien y no hacer nada, de que pudiera pensar que había saldado mi obligación hacia la humanidad… El asesinato es demasiado serio para adoptar semejante actitud. Pero ésa es la que adopté, Nathan. No hice nada.
Pero, a pesar de mi silencio, al cabo de veintitantos años aquel terrible episodio juvenil de Ira estaba a punto de salir a la luz de todos modos. Norteamérica vería al asesino a sangre fría que Ira era realmente bajo la chistera de Abraham Lincoln. Norteamérica iba a descubrir su maldad.
Y Boiardo se vengaría. Por entonces Boiardo había abandonado Newark para residir en una fortaleza palaciega en la zona residencial de Jersey, pero eso no significaba que los lugartenientes de la Bota que permanecían en sus puestos del distrito primero hubieran olvidado el agravio que Ira Ringold había causado a los Strollo. Yo siempre temía que un matón de la sala de billar diese alcance a Ira, que la mafia enviase a alguien para que acabara con él, sobre todo cuando se convirtió en Iron Rinn. ¿Recuerdas aquella noche en que fuimos todos a cenar a The Tavern, Ira nos presentó a Eve y Sam Teiger nos hizo una foto que luego colgó en el vestíbulo? ¡Aquello no me gustó nada! ¿Qué podría haber sido peor? ¿Hasta qué punto podía emborracharse de metamorfosis aquella reinvención de sí mismo a la que llamaba Iron Rinn? Volvía a estar prácticamente en el escenario del crimen, y permitía que exhibieran su jeta en la pared. Tal vez se había olvidado de quién era y lo que había hecho, pero Boiardo se acordaría y le mataría a tiros.
Sin embargo, el encargado de hacer el trabajo fue un libro. En un país donde un libro no ha cambiado absolutamente nada desde la publicación de La cabaña del tío Tom. Un volumen trivial, de chismorreos sobre el mundo del espectáculo, escrito por mercenarios, dos oportunistas que explotaron a una presa fácil llamada Eve Frame. Ira se quitó de encima a Ritchie Boiardo, pero no pudo eludir a los Van Tassel Grant. No es un matón enviado por la Bota quien se carga a Ira, sino un columnista de chismorreos.
Durante toda mi vida en común con Doris no le había hablado de la situación de Ira. Pero la mañana en que regresé de Zinc Town con su pistola y sus cuchillos sentí la tentación de hacerlo. Eran cerca de las cinco de la madrugada cuando él me entregó todas las armas. Aquella mañana conduje directamente a la escuela con las armas bajo el asiento delantero del coche. Ese día no pude dar clase… no podía pensar. Y por la noche no pude dormir. Fue entonces cuando estuve a punto de decírselo a Doris. Me había llevado la pistola y los cuchillos, pero sabía que no era ése el final de la historia. De una manera u otra, él mataría a Eve.
«Y así el carrusel del tiempo trae sus venganzas…» ¿Reconoces esta frase? Es del último acto de Noche de Reyes. Feste, el payaso, se la dice a Malvolio, poco antes de que Feste cante esa hermosa canción, antes de que cante: «Hace mucho que el mundo comenzó, / con, ¡hola!, el viento y la lluvia», y la obra termina. No podía quitarme ese verso de la cabeza. «And thus the whirligig of time brings in bis revenges.» Esas «ges» criptográmicas, la sutileza con que pierden intensidad… esas «ges» duras de whirligig seguidas por la «ge» nasalizada de brings y la «ge» suave de revenges. Las «eses» finales… thus brings his revenges. La sorpresa siseante del sustantivo plural revenges. Las consonantes se me clavan como agujas; y las vocales palpitantes, la marea ascendente de su tono en la que me sumerjo. Las vocales de graves que ceden el paso a las vocales contralto. El alargamiento agresivo de la vocal «i» poco antes de que el ritmo cambie de yámbico a trocaico y la prosa doble el recodo redondeado hacia el alargamiento. I breve, i breve, i larga. I breve, i breve, i breve, ¡bum! Venganzas. Trae sus venganzas. Sus venganzas. Sibilante. ¡Suuuus! Cuando regresaba a Newark con las armas de Ira en el coche, esas diez palabras, la red fonética, la omnisciencia general… Tenía la sensación de que me asfixiaba dentro de Shakespeare.
A la tarde siguiente salí de nuevo, fui a verle después de la escuela. «Anoche no puede pegar ojo, Ira», le dije, «no pude dar clase a los chicos en todo el día, porque sé que no cejarás hasta que hayas cargado sobre tus espaldas con un horror que va mucho más allá de figurar en la lista negra. La lista terminará algún día. Este país incluso podría recompensar a las personas que han sido tratadas como tú, pero si te encierran por asesinato… ¿Qué estás pensando ahora, Ira?».
Volví a tardar media noche en averiguarlo y, cuando por fin me lo dijo, repliqué: «Voy a avisar a los médicos del hospital, Ira. Voy a conseguir una orden judicial. Esta vez te voy a recluir para siempre. Voy a hacer que te confinen en un sanatorio mental durante el resto de tu vida».
Iba a estrangularla. Y a la hija también. Iba a estrangular a las dos con las cuerdas del arpa. Tenía el cortaalambres. Hablaba en serio. Iba a cortar las cuerdas, atárselas al cuello y estrangularlas hasta que muriesen.
A la mañana siguiente regresé a Newark con el corta-alambres. Pero no tenía remedio, lo sabía. Al salir de la escuela fui a casa y le conté a Doris lo que había sucedido. Fue entonces cuando le hablé del asesinato. Le dije: «Debería haber permitido que lo encerraran. Debería haberlo entregado a la policía y dejar que la ley siguiera su camino». Le puse al corriente de lo que le había dicho a Ira por la mañana, antes de dejarle: «Tiene que vivir con su hija. Ese es su castigo, un castigo terrible que se ha buscado ella misma». Pero Ira se echó a reír: «Claro que es un castigo terrible, pero no suficiente».
En todos los años de relación con mi hermano, ésa fue la primera vez que me derrumbé. Se lo conté todo a Doris y me derrumbé. Le dije que, debido a un sentido de la lealtad deformado, había actuado equivocadamente. Tenía veintidós años, vi a mi hermano cubierto de sangre, le hice subir al coche y me equivoqué. Y ahora, como el carrusel del tiempo trae sus venganzas, Ira mataría a Eve Frame. Lo único que podía hacer era visitar a Eve y decirle que se marchara de la ciudad llevándose a Sylphid. Pero no podía. No podía presentarme ante aquella mujer y su hija y decirles: «Mi hermano está en pie de guerra, y será mejor que os escondáis».
Estaba derrotado. Me había pasado la vida entera aprendiendo a ser razonable ante lo irrazonable, aprendiendo lo que me gustaba denominar desapasionamiento vigilante, aprendiendo, enseñando a mis alumnos y a mi hija y tratando de enseñar a mi hermano. Y había fracasado. Era imposible cambiar a Ira. Ser razonable ante lo irrazonable era imposible. Esto ya lo había experimentado en 1929. Estábamos en 1952, yo tenía cuarenta y cinco años y era como si el tiempo transcurrido no hubiese servido de nada. Allí estaba mi hermano menor con su potencia y su enojo fuera de lo corriente, tentado de nuevo por el deseo de asesinar, y una vez más yo iba a ser cómplice del crimen. Después de todo (todo cuanto él había hecho, todo cuanto los demás habíamos hecho), iba a cruzar la línea una vez más.
Cuando se lo dije a Doris, subió al coche y fue a Zinc Town. Doris se hizo cargo del asunto. Tenía esa clase de autoridad. Cuando regresó, me dijo:
– No asesinará a nadie. No creo que quisiera asesinarla, pero en cualquier caso no va a hacerlo.
– ¿Qué va a hacer entonces?
– Hemos negociado un acuerdo. Llamará a sus chicos.
– ¿Qué significa eso?
– Recurrirá a ciertos amigos.
– ¿De qué me estás hablando? No te referirás a gángsters.
– Me refiero a periodistas. Sus amigos periodistas. Ellos la destruirán. Deja a Ira en paz. Yo me encargo de él.
¿Por qué hizo caso a Doris y no a mí? ¿Cómo le convenció? Quién diablos sabe por qué. Doris tenía tino con él, tenía una astucia especial, y dejé que se ocupara de Ira.
– ¿Quiénes eran esos periodistas? -le pregunté.
– Compañeros de viaje -respondió Murray-. Había muchos, tipos que admiraban al hombre del pueblo culturalmente auténtico. Ira tenía mucho prestigio entre esa gente debido a sus credenciales de clase obrera y a sus combates con el sindicato. Habían estado con frecuencia en casa en aquellas veladas.
– ¿Y ellos lo hicieron?
– Destrozaron a Eve. Lo hicieron, desde luego. Demostraron que el contenido del libro era una pura invención, que Ira nunca fue comunista ni había tenido nada que ver con el partido, que el complot comunista para infiltrarse en el mundo de la radiodifusión era un extravagante amasijo de mentiras. Esto no hizo que se tambaleara la confianza de Joe McCarthy, Richard Nixon y Bryden Grant, pero podía acabar con Eve en el mundo del espectáculo neoyorquino, y así ocurrió. Era un mundo ultraliberal. Piensa en la situación. Los periodistas la abordan, anotan cada palabra que dice y los diarios las publican. En la radio de Nueva York hay un gran círculo de espías, cuyo cabecilla es su marido. La Legión americana la apoya, le piden que les hable. Una organización llamada Cruzada Cristiana, un grupo religioso anticomunista, también la apoya. Reproducen capítulos del libro en su revista mensual. Sale un reportaje elogioso en el Saturday Evening Post. El Reader's Digest abrevia un capítulo del libro, es el material que más les gusta, y esto, junto con el Post, coloca a Ira en todas las salas de espera de médicos y dentistas del país. Todo el mundo quiere hablar con ellos. Todo el mundo quiere hablar con Eve, pero entonces pasa el tiempo, los periodistas dejan de interesarse, nadie compra el libro y poco a poco nadie quiere hablar con ella.
Al principio nadie la pone en tela de juicio. Nadie cuestiona la importancia de una actriz famosa con un aspecto tan delicado y que se presenta ante el público con esa mierda a fin de venderla. El affaire Frame no hace precisamente que la gente piense bien. ¿El partido ordenó a Ira que se casara con ella? ¿Fue ése su sacrificio comunista? Incluso aceptaron eso sin ninguna duda. Cualquier cosa para vaciar la vida de sus incongruencias, de su falta de sentido, de sus chapuceras contingencias e imponerle a cambio la simplificación coherente… que lo entiende todo mal. El partido le ordenó a Ira que lo hiciera. Todo es una maquinación del partido. Como si Ira careciera del talento necesario para cometer errores por su cuenta. Como si Ira necesitara al Comintern para ayudarle a planear un mal matrimonio.
Todo el mundo se llenaba la boca con la palabra comunista y nadie en Estados Unidos tenía la menor idea de qué diablos era un comunista. ¿Qué hacen, qué dicen, qué aspecto tienen? ¿Cuando están juntos hablan en ruso, chino, yiddish o esperanto? ¿Fabrican bombas? Nadie lo sabía, y por ello era tan fácil explotar la amenaza como lo hacía el libro de Eve. Pero entonces los periodistas de Ira se pusieron manos a la obra y empezaron a aparecer artículos en el Nailon, el Repórter, el New Republic, que se ensañaban con ella. La máquina pública que Eve puso en movimiento no siempre va en la dirección que uno quiere. Sigue su propia dirección. Ira empieza a volver hacia ella la máquina pública que Eve había querido destruir. Tenía que ser así. Esto es Norteamérica. En cuanto pones en marcha esta máquina pública, el único fin posible es una catástrofe para todo el mundo.
Probablemente lo que la trastornó, lo que más la debilitó, tuvo lugar al comienzo de la contraofensiva de Ira, antes incluso de que hubiera tenido ocasión de explicarse lo que estaba ocurriendo y de que nadie pudiera tomarla de la mano y decirle lo que no debía hacer en semejante batalla. Bryden Grant se hizo con el ataque del Nation, el primer ataque, cuando todavía estaba en galeradas. ¿Por qué habría de importarle a Grant lo que publicaba el Nation más de lo que le importaba lo que publicara Pravda? ¿Qué otra cosa cabría esperar que escribieran en el Natwn? Pero su secretaria envió las galeradas a Eve, y ésta, evidentemente, telefoneó a su abogado y le dijo que quería que un juez enviase al Natwn un requerimiento judicial para impedir que publicaran el artículo, pues éste era maligno y falso, una serie de mentiras destinadas a destruir su nombre, su carrera y su reputación. Pero un requerimiento sería coerción previa, y un juez no podía hacer eso. Después de que se publicara el artículo, sería posible poner una demanda por libelo, pero eso era insuficiente, sería demasiado tarde, ella ya estaría arruinada, así que fue personalmente a la redacción del periódico y pidió ver al redactor. Este era L. J. Podell, Jake Podell, el ejecutor de faenas desagradables, el que descubría y aireaba escándalos y corrupciones para el Nation. Era un hombre temido, y con razón. Con una pala en la mano, Podell era preferible a Ira, aunque no mucho más.
Eve entró en el despacho de Podell y tuvo lugar la gran escena, la escena merecedora del Osear. Le dijo al periodista que el artículo estaba lleno de mentiras, todas ellas perversas, ¿y sabía él cuál era la más perversa? ¿De todo el artículo? Podell la presentaba como una judía de salón. Escribía que había ido a Brooklyn y había descubierto la auténtica historia: se llamaba Chava Fromkin, nacida en Brownsville, Brooklyn, en 1907, había crecido en la esquina de Hopkinson y Sutter y su padre era un inmigrante pobre, pintor de brocha gorda, un judío polaco sin educación que pintaba edificios. Decía que nadie de su familia había hablado inglés, ni sus padres, ni siquiera su hermano y hermanas, los cuales habían nacido años antes que ella, en Europa. Con excepción de Chava, todos hablaban yiddish.
Podell incluso encontró al primer marido, Mueller, el hijo del tabernero de Jersey, el ex marino con quien ella se fugó a los dieciséis años. Todavía está en California, viviendo gracias a una pensión de incapacidad, policía retirado con problemas cardiacos, esposa y dos hijos, un buen veterano sin más que buenas cosas que decir de Chava. Lo guapa que era, su impetuosidad, una picara, lo creas o no. Mueller dijo que se había fugado con él no porque amara al gran idiota que era entonces, sino porque, como él lo supo desde el principio, significaba su pasaje para Brooklyn. Le dijo a Podell que, como sabía eso y le tenía afecto, nunca se interpuso en su camino, nunca la acosó para obtener dinero, ni siquiera cuando ella triunfó. Podell incluso consiguió algunas viejas instantáneas, unas fotos que Mueller (por una suma indeterminada) le entregó amablemente. El periodista se las muestra: Chava y Mueller en una agreste playa de Malibú, el Pacífico amplio y resonante tras ellos, dos jóvenes guapos, sanos, joviales, veinteañeros y lozanos, en bañador, ansiosos por darse el gran chapuzón. Unas instantáneas que acabarían publicadas por la revista Confidential.
Ahora bien, Podell nunca se dedicó a poner en evidencia a los judíos. Él era un judío indiferente, y sabe Dios que jamás apoyó a Israel. Pero tenía delante a una mujer que había mentido durante toda su vida acerca de su pasado y que ahora mentía acerca de Ira. Podell tenía referencias contrastadas, facilitadas por toda clase de ancianos de Brooklyn, presuntos vecinos y parientes, y Eve dijo que todo eso era chismorreo estúpido y que el periodista hacía pasar por la verdad las cosas que la gente estúpida inventaba sobre alguien famoso, ella demandaría a la revista para que la cerraran y a él personalmente le arruinaría.
Alguien de la redacción, provisto de una cámara, entró en el despacho de Podell e hizo una foto a la que fuera estrella de cine en el preciso momento en que le recordaba a Podell lo que podía hacerle. Bien, el resto de dominio de sí misma que le quedaba se evapora, la actitud racional, que todavía conservaba, se evapora, echa a correr por el pasillo, llorando, se encuentra con el director y éste la hace pasar a su despacho y la invita a sentarse.
– ¿No es usted Eve Frame? Soy un gran admirador suyo. ¿Cuál es el problema? ¿En qué puedo ayudarla? -ella se lo cuenta-. Dios mío, Dios mío, eso no puede ser.
El hombre la tranquiliza, le pregunta qué cosas desea que cambien en el artículo, y ella le dice que nació en New Bedford, Massachusetts, en una antigua familia de marinos, su bisabuelo y su abuelo fueron capitanes de un clíper yanqui, y aunque sus padres no eran ricos en modo alguno, después de la muerte de su padre, que había sido abogado de patentes, cuando ella era pequeña, su madre dirigió una encantadora sala de té. El director le dice cuánto se alegra de saber la verdad y, mientras la acompaña a un taxi, le asegura que se encargará de que la revista publique la verdad. Y Podell, que ha estado junto a la puerta del despacho del director, tomando nota de cuanto ella decía, hace precisamente eso: lo publica.
Cuando ella se hubo ido, Podell tomó el artículo y añadió la totalidad del incidente, la visita a la redacción, la gran escena, todo. Era un viejo e implacable ariete, sobremanera aficionado a esa clase de deporte y, por añadidura, Ira le gustaba especialmente y Eve no. Puso el relato de New Bedford con todos sus detalles como conclusión del artículo. Los periodistas que se ocuparon posteriormente del asunto se basaron en el artículo de Podell, y eso se convirtió en otro motivo de los artículos contrarios a Eve, otra razón de que se volviera en contra de Ira, quien no sólo no es comunista sino un judío orgulloso y practicante, etcétera. Lo que decían de Ira casi tenía tan poca relación con Ira como lo que ella había dicho de él. Cuando todos esos intelectos salvajes, con su fidelidad a los hechos, hubieron terminado con la mujer, para encontrar en alguna parte algo de la repulsiva verdad que era realmente la historia de Ira y Eve se habría requerido un microscopio.
El ostracismo se inicia en Manhattan. Eve empieza a perder amigos. La gente no asiste a sus fiestas. Nadie la llama. Nadie quiere hablar con ella. Nadie cree ya en ella. ¿Destruye a su marido con mentiras? ¿Qué tiene eso que ver con la calidad humana? Poco a poco deja de haber trabajo para ella. El radioteatro da sus últimas boqueadas, aplastado primero por la lista negra y luego por la televisión, y Eve ha ganado peso y no interesa a la televisión.
La vi actuar un par de veces en la tele. Creo que ésas fueron las dos únicas ocasiones en que apareció. La primera vez que la vimos, Doris se quedó pasmada. Gratamente, debo añadir. Me dijo: «¿Sabes a quién se parece ahora con ese físico? A la señora Goldberg, de la avenida Tremont, en el Bronx». ¿Te acuerdas de Molly Goldberg, de Los Goldberg? ¿Con su marido, Jake, y sus hijos, Rosalie y Samily? Philip Loeb. ¿Te acuerdas de Philip Loeb? ¿No te lo presentó Ira? Lo trajo a nuestra casa. Phil representó el papel de papá Jake durante muchos años, desde los treinta, cuando empezó el programa en la radio. En 1950 le despidieron del programa de televisión porque su nombre estaba en la lista negra. No podía encontrar trabajo, no podía pagar las facturas, no podía cancelar sus deudas, y en 1955 Phil Loeb se registró en el hotel Taft y se suicidó con somníferos.
Los dos papeles que representó Eve eran de madre. Algo espantoso. En Broadway siempre había sido una actriz dotada de serenidad, tacto e inteligencia, y ahora lloraba y gesticulaba, actuaba, lamentablemente, casi tal como era. Pero por entonces debía de estar sola, sin nadie que la orientara. Los Grant estaban en Washington y no tenían tiempo, de modo que sólo le quedaba Sylphid.
Y Sylphid tampoco le duró. Un viernes por la noche las dos salieron juntas en un programa de televisión que entonces era muy popular. Se llamaba ha manzana y el árbol. ¿Lo recuerdas? Un programa semanal de media hora sobre niños que habían heredado alguna clase de talento, ciertos rasgos o la profesión de su padre o su madre. Científicos, artistas, actores, adetas. A Lorraine le gustaba, y a veces lo veíamos con ella. Era un programa agradable, divertido, cálido, incluso interesante a veces, pero bastante ligero, una diversión bastante trivial… aunque no cuando Sylphid y Eve fueron las invitadas. Tenían que ofrecer al público una toma recortada del Rey Lear, con Sylphid en el papel de Goneril y Regan.
Recuerdo que Doris me dijo: «Ha leído y comprendido todos esos libros. Ha leído y comprendido los papeles que ha representado. ¿Tanto le cuesta ser juiciosa? ¿Qué es lo que vuelve a una persona con tanta experiencia tan irremediablemente necia? Tener cuarenta y cinco años, ser una persona de mundo y, al mismo tiempo, con tanta falta de astucia».
Lo que me interesaba era que, tras publicar y promover Me casé con un comunista, ni por un instante, de pasada, reconoció el rencor que le llevó a publicarlo. Tal vez por entonces había olvidado convenientemente el libro y todo lo que había causado. Puede que aquélla fuese la versión anterior a la monstruosa de los Grant, la historia de Ira contada por Eve antes de que Van Tassel la hubiera manipulado a base de bien. Pero el brusco giro que dio al revisar su historia también era digno de verse.
Todo lo que Eve pudo decir en la televisión fue lo mucho que había querido a Ira, lo feliz que había sido con él y que el comunismo traidor que Ira abrazaba fue lo único que destruyó su matrimonio. Incluso lloró un momento por la felicidad que el comunismo traidor había echado a perder. Recuerdo que Doris se levantó y se alejó del televisor, y entonces volvió a sentarse, abochornada. Luego me dijo: «Verla llorar así en la televisión… me ha disgustado casi tanto como si fuese incontinente. ¿No puede dejar de llorar durante un par de minutos? Es actriz, por el amor de Dios. ¿No puede tratar de comportarse de acuerdo con la edad que tiene?».
Así pues, la cámara recogió el lloro de la inocente esposa del comunista, todo el país televidente contempló el lloro de la inocente esposa del comunista, y entonces ésta se enjugó los ojos y, mirando nerviosamente a su hija cada dos segundos, en busca de corroboración, no, de autorización, dejó claro que todo volvía a ir de nuevo sobre ruedas entre Sylphid y ella, la paz se había establecido, pelillos a la mar, su confianza y su cariño de antes estaban restaurados. Ahora que el comunista había sido extirpado, no había una familia más unida, ninguna familia en mejores relaciones, desde La familia Robinson suiza.
Y cada vez que Eve intentaba sonreír a Sylphid con aquella sonrisa desmañada, trataba de mirarla con la expresión más penosamente incierta, una expresión que casi imploraba a la hija que dijera: «Sí, mamá, te quiero, es cierto», que le pedía casi con descaro: «Dilo, cariño, sólo es para la televisión»; Sylphid revelaba el juego al devolverle una mirada furibunda o mostrarse condescendiente o trastocar con irritación todo lo que Eve había dicho. Llegó un momento en el que ni siquiera Lorraine pudo seguir aguantándolo. De repente la niña gritó a la pantalla: «¡Que se os vea un poco de cariño, a las dos!».
Sylphid no muestra el menor afecto hacia esta mujer patética que se esfuerza por resistir. Ni pizca de generosidad, y no digamos comprensión. Ni una sola frase conciliadora. Aquel programa me reveló que la chica jamás pudo haber querido a su madre. Porque si quieres a tu madre, aunque sólo sea un poco, a veces puedes pensar en ella como alguien que no es sólo tu madre, piensas en su felicidad y su desdicha, en su salud, en su soledad, en su locura. Pero aquella muchacha no tenía imaginación para nada de eso, no comprendía absolutamente nada de la vida de una mujer. Todo lo que tiene es su J'accuse. Todo lo que desea es procesarla ante el país entero, hacerla parecer terrible en todos los aspectos. El vapuleo de mamá en público.
Jamás olvidaré esa imagen: Eve mirando sin cesar a Sylphid, como si la idea que tenía de sí misma y de su valía se basara en la hija que era la juez más implacable de las deficiencias de su madre que cabía imaginar. Deberías haber visto la burla, el escarnecimiento de su madre con cada mueca despectiva, menospreciándola con sus sonrisas, relamiéndose públicamente. Por fin había conseguido el foro para dar rienda suelta a su cólera, para hacer pasar a su famosa madre un mal rato en la televisión. Es capaz de decir con sarcasmo: «Tú, que fuiste tan admirada, eres una estúpida». Una actitud nada generosa. La actitud que la mayoría de los jóvenes ha superado a los dieciocho años, una postura brutalmente reveladora. Te das cuenta de que encierra un placer sexual cuando persiste hasta tan tarde en la vida de una persona. Aquel programa te hacía estremecer: el histrionismo de la indefensión de la madre no era menos notable que los implacables zarpazos de la malevolencia de la hija. Pero lo que más asustaba era la máscara en que consistía el rostro de Eve, la máscara más desdichada que puedas imaginar. Entonces supe que no quedaba nada de ella. Parecía aniquilada.
Al final, el presentador del programa mencionó el inminente recital de Sylphid en el ayuntamiento, y Sylphid tocó el arpa. Esa había sido la finalidad, el motivo por el que Eve había accedido a degradarse de aquella manera en la televisión. Lo había hecho por el bien de la carrera de Sylphid, naturalmente. Me pregunté si podía existir una metáfora mejor de su relación: Eve llorando en público por todo lo que ha perdido, mientras la hija, a quien no le importan los sentimientos de su madre, toca el arpa y da publicidad al recital…
Un par de años después, Sylphid la abandona. Cuando Eve se hunde y más la necesita, la hija descubre su independencia. A los treinta años, Sylphid decide que no es bueno para el bienestar sentimental de una hija vivir con una madre de edad mediana que la acuesta y arropa cada noche. Mientras que la mayoría de los hijos abandonan a sus padres a los dieciocho o veinte, viven independientes durante quince o veinte y, con el tiempo, se reconcilian con sus padres entrados en años y tratan de echarles una mano, Sylphid prefiere hacer las cosas completamente al revés. Por las mejores razones psicológicas modernas, Sylphid se va a Francia para vivir a costa de su padre.
Por entonces Pennington ya estaba enfermo, y murió al cabo de un par de años. Cirrosis hepática. Sylphid heredó la finca, los coches, los gatos y la fortuna de la familia Pennington. Sylphid se quedó con todo, incluido el guapo chófer italiano de Pennington, con quien se casó. Sí, Sylphid casada. Incluso engendró un hijo. Tal es la lógica de la realidad. Sylphid Pennington fue madre. Gran noticia para la prensa sensacionalista debido a una interminable querella legal iniciada por un famoso diseñador de decorados francés, cuyo nombre he olvidado, y que había sido amante de Pennington durante largo tiempo. Ese hombre afirmaba que el chófer era un buscavidas, un cazador de fortunas, que sólo recientemente había salido a escena, que él mismo había sido amante ocasional de Pennington, y que de alguna manera había manipulado o falsificado el testamento del actor.
Cuando Sylphid abandonó Nueva York para instalarse en Francia, Eve Frame era una alcohólica sin remedio. Tuvo que vender la casa. Murió sumida en el estupor de la bebida en una habitación de hotel de Manhattan, en 1962, diez años después de la publicación del libro. El público la había olvidado. Tenía cincuenta y cinco años. Ira murió dos años después, a los cincuenta y uno. Pero había vivido lo suficiente para verla sufrir, y no creo que eso le alegrara. No creo que le gustara la partida de Sylphid. «¿Dónde está la encantadora hija de la que todos oíamos hablar tanto? ¿Dónde está la hija para decir: "Te ayudaré, mamá"? ¡Se ha ido!»
La muerte de Eve puso de nuevo a Ira en contacto con las satisfacciones primarias, desencadenó el principio del placer del cavador de zanjas. Cuando a una persona que ha actuado siempre por impulso se le retira la manipulación de la respetabilidad, la construcción social civilizadora, ¿qué es lo que aparece? Un geiser, ¿no es cierto? Empieza a brotar. Tu enemigo destruido… ¿qué podría ser mejor? Cierto, tardó un poco más de lo que él había esperado y, desde luego, esta vez no llegó a hacerlo con sus propias manos, no sintió el chorro de sangre caliente en la cara, pero de todos modos nunca había visto a Ira disfrutar tanto como cuando supo que Eve había muerto.
¿Sabes qué dijo cuando murió Eve? Lo mismo que la noche en que asesinó al tipo italiano y organizamos su huida. «Strollo ha ido a dar su último paseo», me dijo. Era la primera vez que pronunciaba ese nombre en más de treinta años. «Strollo ha ido a dar su último paseo», y entonces soltó la risa entrecortada de muchacho alocado. Aquella risa que decía: «A ver si se atreven a intentar hacerme lo mismo». La risa desafiante que yo todavía recordaba, desde 1929.
Ayudé a Murray a bajar los tres escalones de la terraza y lo llevé por el oscuro sendero hasta donde mi coche estaba aparcado. Avanzamos en silencio por la carretera de montaña llena de curvas, pasamos junto al lago Madamaska y llegamos a Athena. Cuando le miré, vi que tenía la cabeza echada atrás y los ojos cerrados. Primero pensé que estaba dormido, y entonces me pregunté si habría muerto, si, tras haber recordado toda la historia de Ira, tras haberse oído a sí mismo contar la historia completa de Ira, incluso aquel hombre tan resistente había perdido la voluntad de seguir adelante. Volví a recordarle cuando nos leía en clase, sentado en el ángulo de su mesa, pero sin el borrador amenazante, nos leía escenas de Macbeth, dando una voz distinta a cada personaje, sin temor a caer en la teatralidad y la actuación, y me impresionaba lo viril que parecía la literatura representada de aquella manera. Recordé haber oído al señor Ringold leer la escena al final del acto cuarto de Macbeth, cuando Ross informa a Macduff que Macbeth ha matado a la familia de Macduff, mi primer encuentro con un estado espiritual que es estético y deja de lado todo lo demás.
En el papel de Ross leyó: «Tu castillo ha sido asaltado; tu mujer y tus hijos han sido bárbaramente destrozados…». Entonces, tras un largo silencio en que Macduff al mismo tiempo comprende y deja de comprender, Murray leyó con la voz de Macduff, una voz serena, sorda, casi como un niño en su réplica: «¿También mis hijos?».
«Mujer, hijos, criado», dijo el señor Ringold/Ross, «todos los que pudieron encontrar». El señor Ringold/ Macduff volvió a quedarse mudo, lo mismo que los alumnos: la clase como tal se había desvanecido del aula, todo se había desvanecido excepto las palabras de incredulidad que seguirían. Entonces el señor Ringold/Macduff dijo:
«¿También mataron a mi mujer?». Y el señor Ringold/ Ross respondió: «Ya lo he dicho». El gran reloj avanzaba hacia las dos y media en la pared del aula. En el exterior, el autobús 14 avanzaba por la cuesta de la avenida Chancellor. Faltaban pocos minutos para que terminara la larga jornada escolar. Pero lo único que importaba, más que lo que sucediera después de la escuela o incluso en el futuro, era el momento en que el señor Ringold/Macduff comprendiera lo incomprensible. «El no tiene hijos», dijo el señor Ringold. ¿A quién se refería? ¿Quién no tenía hijos? Algunos años después supe cuál era la interpretación habitual, que Macduff se refiere a Macbeth, que éste es ese «él» que no tiene hijos. Pero, tal como lo leía el señor Ringold, ese «él» a quien Macduff se refiere es, horriblemente, el mismo Macduff. «¿Todos mis queridos pequeños? ¿Has dicho que todos? ¿…Todos? ¿Qué, todos mis lindos polluelos y su madre, bajo su garra feroz?» Y entonces Malcolm dice, el señor Ringold/Malcolm, ásperamente, como para hacer que Macduff volviera en sí: «Piénsalo como un hombre». «Eso haré», responde el señor Ringold/ Macduff.
Entonces el sencillo verso que, en la voz de Murray Ringold, se impondría cien, mil veces durante el resto de mi vida: «Pero también debo sentirlo como un hombre».
«But I must also/eel it as a man», nos dijo el señor Ringold al día siguiente. «Diez sílabas, cinco compases, pentámetro… nueve palabras, el tercer acento yámbico recae con naturalidad y perfección en la quinta y más importante palabra… ocho monosílabos y la única palabra de dos sílabas tan corriente y tan útil como cualquiera del inglés cotidiano… y sin embargo, todas juntas, y en el lugar donde se encuentran… ¡qué fuerza! Sencillo, muy sencillo, ¡y como un martillo!»
– Pero también debo sentirlo como un hombre -y el señor Ringold cierra el grueso libro de las obras completas de Shakespeare, como lo hace al final de cada clase-. Hasta la próxima -nos dice, y sale del aula.
Cuando llegamos a Athena, Murray había abierto los ojos.
– Aquí estoy con un eminente ex alumno y no le he dejado abrir la boca. No te he preguntado nada sobre ti.
– La próxima vez.
– ¿Por qué vives ahí arriba, completamente solo? ¿Por qué te desagrada el mundo?
– Prefiero vivir así.
– No, te he observado mientras escuchabas, y no creo que lo prefieras. No creo ni por un momento que haya desaparecido la vivacidad. Eras así de muchacho. Por eso me gustabas tanto de muchacho… prestabas atención. Y todavía lo haces. ¿Pero qué hay ahí para que le prestes atención? Deberías superar el problema, sea cual fuere. Rendirte a la tentación de ceder no es elegante. A cierta edad, eso puede acabar contigo como cualquier otra enfermedad. ¿De veras quieres ir gastándolo todo antes de que haya llegado tu hora? Guárdate de la utopía del aislamiento. Guárdate de la utopía de la cabana en el bosque, la defensa del oasis contra la rabia y la aflicción. Una soledad inexpugnable. Así terminó la vida para Ira, y mucho antes de que cayera muerto.
Aparqué en una de las calles alrededor de la universidad y le acompañé hasta su residencia. Eran cerca de las tres de la madrugada, y todas las habitaciones estaban a oscuras. Probablemente, Murray era el último de los estudiantes veteranos en marcharse y el único que dormía allí aquella noche. Ojalá le hubiera invitado a quedarse conmigo, pero tampoco había tenido ánimo para eso. Una persona durmiendo cerca de mí, a la que pudiera oír, ver u oler, habría roto una cadena de condicionamiento que no me había sido fácil forjar.
– Iré a visitarte a Jersey -le dije.
– Tendrás que ir a Arizona. Ya no vivo en Jersey. Hace tiempo que resido en Arizona. Pertenezco a un club del libro eclesiástico, dirigido por los unitarios. No hago mucho más. No es el lugar ideal si te gusta pensar, pero también tengo otros problemas. Mañana dormiré en Nueva York y pasado volaré a Phoenix. Tendrás que viajar a Arizona si quieres verme. Pero no te hagas el remolón -añadió con una sonrisa-. La tierra gira muy rápido. El tiempo no está de mi parte.
A medida que transcurren los años, no hay nada para lo que tenga menos talento que para despedirme de alguien con quien me siento muy unido. No siempre me doy cuenta de lo fuerte que es el vínculo, hasta que llega el momento de la despedida.
– No sé por qué supuse que seguías en Jersey.
Ese fue el último sentimiento peligroso que se me ocurrió expresar.
– No. Me marché de Newark después de que mataran a Doris. La asesinaron, Nathan. Al otro lado de la calle, cuando regresaba del hospital. No me habría ido de la ciudad, ¿sabes? No iba a irme de la ciudad donde había vivido y enseñado durante toda mi vida sólo porque entonces era una ciudad negra y pobre llena de problemas. Incluso después de los disturbios, cuando Newark se vació, nos quedamos en la avenida Lehigh, fuimos la única familia blanca que lo hizo. Doris, a pesar de sus problemas de espalda, volvió a trabajar en el hospital. Yo enseñaba en el South Side. Después de que me rehabilitaran volví a Weequahic, donde ya por entonces enseñar no era nada fácil, y al cabo de un par de años me pidieron que me encargara del departamento de Lengua y Literatura inglesa en el South Side, donde las cosas eran incluso peores. Nadie podía enseñar a aquellos chicos negros, así que me pidieron que lo hiciera. Pasé allí los últimos diez años, hasta la jubilación. No pude enseñar nada a nadie. Apenas era capaz de contener el pandemónium, era imposible enseñar. El trabajo consistía en mantener la disciplina. Patrullar los pasillos, discutir hasta que algún chico te pegaba, las expulsiones. Fueron los diez peores años de mi vida. Peor que cuando me despidieron. No diría que el desencanto me abrumara. Comprendía la realidad de la situación, pero la experiencia sí que era abrumadora, brutal. Deberíamos habernos mudado, pero no lo hicimos, y eso es lo que ocurrió.
Durante toda mi vida había sido uno de los agitadores del sistema en Newark, ¿no es cierto? Mis viejos amigos me decían que estaba chiflado. Por entonces todos vivían en los barrios residenciales. ¿Pero cómo podía huir? Me interesaba que se mostrara respeto hacia aquellos chicos. Si existe alguna oportunidad para la mejora de la vida, ¿dónde va a empezar si no es en la escuela? Además, cada vez que, en mi calidad de profesor, me pedían que hiciera algo que consideraba interesante y meritorio, respondía:
«Sí, me gustaría hacerlo», y me lanzaba a la tarea. Nos quedamos en la avenida Lehigh, fui al South Side y dije a los profesores del departamento: «Tenemos que persuadir a los alumnos de que se comprometan», y cosas por el estilo.
Me atacaron en un par de ocasiones. A raíz de la primera vez deberíamos habernos mudado y, desde luego, después de la segunda. La segunda vez, a las cuatro de la tarde, había doblado la esquina de casa cuando tres chicos me rodearon y sacaron un arma. Pero no nos mudamos, y una noche, Doris sale del hospital y, para ir a casa, como recordarás, sólo tiene que cruzar la calle. Bueno, no llegó a cruzarla. Alguien le abrió la cabeza. A unos ochocientos metros de donde Ira había matado a Strollo, alguien le partió la crisma con un ladrillo. Por un bolso que no contenía nada. ¿Sabes de qué me di cuenta? De que había sido embaucado. No es una idea que me guste, pero la tengo desde entonces.
Me había embaucado a mí mismo, por si te preguntabas quién lo había hecho. Por mí mismo con todos mis principios. No puedo traicionar a mi hermano. No puedo traicionarme como profesor. No puedo traicionar a los desfavorecidos de Newark. «Yo no, no me voy de aquí. No huyo. Mis colegas pueden hacer lo que les parezca, yo no voy a abandonar a esos chicos negros.» Y así, a quien traiciono es a mi mujer. Cargo en otra persona la responsabilidad de mis elecciones. Doris paga el precio de mi virtud cívica, es la víctima de mi negativa a… mira, este asunto no tiene ninguna salida. Cuando te liberas, como intenté hacerlo yo, de todos los engaños evidentes, la religión, la ideología, el comunismo, te sigue quedando el mito de tu propia bondad. Ése es el engaño final, al que sacrifiqué a Doris.
– Eso es suficiente -dijo-. Cada acción ocasiona una pérdida. Es la entropía del sistema.
– ¿Qué sistema? -le pregunté.
– El sistema moral.
¿Por qué no me había contado antes lo que le ocurrió a Doris? ¿Obedecía su reticencia al heroísmo o al sufrimiento? También le había sucedido esa tragedia. ¿Y qué más? Podríamos haber estado en la terraza seiscientas noches antes de que oyera la historia completa de cómo Murray Ringold, quien había decidido ser nada más extraordinario que un profesor de escuela, no había podido eludir el tumulto de su época y el lugar donde vivía y acabó por ser una víctima de la historia como su hermano. Esa era la existencia que Norteamérica había trazado para él, y que él mismo se había trazado al pensar, al vengarse de su padre pensando críticamente, al ser razonable ante la sinrazón. A eso le había conducido pensar en Estados Unidos. A eso le había conducido aferrarse a sus convicciones y oponer resistencia a la tiranía del compromiso. Si hay alguna oportunidad de que la vida mejore, ¿dónde va a empezar si no es en la escuela? Irremediablemente enmarañado en las mejores intenciones, entregado de una manera tangible, durante toda su vida, a una trayectoria constructiva que ahora es una ilusión, a formulaciones y soluciones que ya no tienen credibilidad.
Controlas la traición por un lado y acabas traicionando a alguien más, porque no es un sistema estático, porque está vivo, porque todo lo que vive está en movimiento, porque la pureza es petrificación, porque la pureza es una mentira, porque a menos que seas un asceta modélico como Johnny O'Day y Jesucristo, hay quinientas cosas que te incitan, porque sin la barra de hierro de la rectitud con la que los Grant se abrían paso a porrazos hacia el éxito, sin la gran mentira de la rectitud que te diga por qué haces lo que haces, tienes que preguntarte a lo largo del camino: «¿Por qué hago lo que hago?». Y tienes que soportarte sin saberlo.
Nos rendimos simultáneamente al impulso de abrazarnos. Al tener a Murray entre mis brazos percibí, o más que percibir corroboré, la extensión de su decrepitud. Me resultaba difícil comprender de dónde había sacado las fuerzas para revisar tan profundamente, durante seis noches, los peores episodios de su vida.
No le dije nada, pensando que, al margen de lo que le dijese, durante el trayecto de regreso a casa desearía haber guardado silencio. Como si todavía fuese su alumno inocente, ansioso de hacer el bien, me moría por decirle: «No te embaucaste a ti mismo, Murray. Ese no es el juicio apropiado de tu vida. Debes saber que no lo es». Pero como también soy un hombre entrado en años, sabedor de las conclusiones muy poco favorables a las que uno puede llegar cuando sondea su vida, no lo hice.
Murray me tuvo abrazado durante casi un minuto, y entonces me dio una palmada en la espalda y se rió de mí.
– Las exigencias sentimentales de abandonar a un nonagenario -me dijo.
– Sí. Eso y todo lo demás. Lo que le ocurrió a Doris, la muerte de Lorraine, Ira… todo cuanto le sucedió a Ira.
– Ira y la pala -dijo Murray-. Todo lo que se impuso a sí mismo, se exigió a sí mismo debido a aquella pala. Las malas ideas y los sueños ingenuos. Sus aventuras románticas, la pasión con que quería ser alguien que no sabía cómo ser. Jamás descubrió su vida, Nathan. La buscaba por todas partes, en la mina de cinc, en la fábrica de discos, en la factoría de helados, en el sindicato, en la política radical, en la radio, en la agitación de las masas, en la vida burguesa, en el matrimonio, en el adulterio, en el salvajismo, en la sociedad civilizada. No podía encontrarla en ninguna parte. Eve no se casó con un comunista, sino con un hombre siempre ansioso por hallar su vida. Eso era lo que le encolerizaba y confundía, lo que causó su ruina: nunca pudo crearse una vida a su medida. La enorme equivocación de su esfuerzo… Pero nuestros errores siempre salen a la superficie, ¿no es cierto?
– Todo es un error -le dije-. ¿No es eso lo que me has estado diciendo? No existe más que error. Ahí está el meollo del mundo. Nadie encuentra su vida. Eso es la vida.
– Escucha. No quiero cruzar el límite. No te digo que esté a favor ni en contra. Te pido que cuando vayas a Phoenix me lo expliques.
– ¿Que te explique qué?
– Tu soledad. Recuerdo el comienzo, aquel muchacho tan vehemente, tan ilusionado por participar en la vida. Ahora, sesentón, vive solitario en el bosque. Me sorprende verte retirado así del mundo. Vives de una manera demasiado monástica. Sólo te faltan las campanas para que te anuncien la hora de la meditación. Lo siento, pero debo decírtelo: desde mi punto de vista, todavía eres joven, demasiado joven para esa clase de vida. ¿De qué te apartas? ¿Qué diablos ha sucedido?
Me tocó el turno de reírme de él, una risa que me permitía sentirme fuerte de nuevo, absolutamente independiente, un recluso que se presentaba cuando lo invocaban.
– He escuchado atentamente tu relato, eso es lo que ha ocurrido. ¡Adiós, señor Ringold!
– Hasta la vista.
Cuando regresé a la terraza, con la vela de esencia de limoncillo todavía ardiendo en el recipiente de aluminio, aquella llamita era la única luz a la que mi casa era discernible, con excepción de la leve luminosidad de la luna anaranjada que silueteaba el tejado bajo. Cuando aparqué el coche y me encaminé a la casa, la oscilación de la llama alargada me recordó el cuadrante de la radio, no mayor que la esfera de un reloj y, bajo los diminutos números negros, del color de una piel de plátano maduro, que era todo lo que podía ver en nuestro dormitorio a oscuras cuando mi hermano y yo hacíamos caso omiso de la prohibición de nuestros padres y nos quedábamos hasta pasadas las diez escuchando nuestro programa favorito. Los dos en nuestras camas gemelas y, pomposo sobre la mesilla de noche entre las dos, el Philco Jr., el receptor de radio en forma de catedral que habíamos heredado cuando mi padre compró la consola Emerson para la sala de estar. La radio al volumen más bajo posible, pero aun así con el volumen suficiente para que actuara sobre nuestros oídos como el imán más potente.
Apagué de un soplo la llama de la vela perfumada y me tumbé en la tumbona. Caí en la cuenta de que escuchar en la negrura de una noche de verano a un Murray apenas visible era, en cierto modo, parecido a escuchar la radio del dormitorio cuando era un muchacho que ambicionaba cambiar el mundo haciendo que mis convicciones, aún no puestas a prueba, enmascaradas como relatos, fuesen retransmitidas por la radio a todo el país. Murray, la radio: voces procedentes del vacío que lo controlaban todo en el interior, las circunvoluciones de un relato que flotaban en el aire y llegaban al oído, de modo que el drama se percibía muy detrás de los ojos, la copa que es el cráneo se transformaba en un escenario que era un globo ilimitado y contenía criaturas como nosotros. ¡Qué profundo es el oído! Piensa en lo que significa comprender algo que solamente has oído. ¡El carácter casi divino del oído! ¿No es por lo menos un fenómeno semidivino verte ante las iniquidades más profundas de una existencia humana por el sencillo procedimiento de permanecer sentado en la oscuridad, escuchando lo que te dicen?
Estuve en la terraza hasta el amanecer, tendido en la tumbona, contemplando las estrellas. El primer año que viví solo en esta casa aprendí a identificar los planetas, las grandes estrellas, los racimos de estrellas, la configuración de las grandes constelaciones de la antigüedad y, con la ayuda del mapa astronómico en una esquina de la segunda sección del New York Times dominical, tracé la lógica giratoria de su viaje. Pronto eso era lo único que me interesaba examinar en aquel montón de papel impreso y fotos. Arrancaba el recuadro de «Observación celeste», que muestra, sobre un texto explicativo, un círculo que abarca el horizonte celeste y señala el paradero de las constelaciones a las diez de la noche durante la próxima semana, y tiraba los dos kilos de papel restantes. Pronto tiré también el periódico diario; pronto había tirado todo aquello con lo que no quería habérmelas, todo excepto lo que necesitaba para vivir y trabajar. Me dispuse a obtener todas mis satisfacciones de aquello que en el pasado incluso a mí me habría parecido muy insuficiente, y a experimentar la escritura como única pasión.
Si hace buen tiempo y la noche es clara, me paso quince o veinte minutos antes de irme a la cama en la terraza, contemplando el cielo o, provisto de una linterna, recorro el sendero hasta el pasto en lo alto de la colina, desde donde puedo ver, muy por encima de los árboles, la totalidad del inventario celeste, estrellas desplegadas en todas las direcciones y, precisamente esta semana, los planetas Júpiter al este y Marte al oeste. Es algo increíble y, al mismo tiempo, un hecho, un hecho simple e indiscutible: que nacemos, que eso está aquí. No se me ocurren peores maneras de terminar la jornada.
La noche que Murray se marchó recordé que, de pequeño, cuando no podía dormir porque el abuelo había muerto e insistía en comprender adonde había ido, me dijeron que el abuelo se había convertido en una estrella. Mi madre me hizo bajar de la cama, salimos al sendero junto a la casa y juntos contemplamos el cielo nocturno mientras ella me explicaba que una de aquellas estrellas era mi abuelo. Otra era mi abuela, y así sucesivamente. Mi madre me explicó que, cuando uno muere, va al cielo y vive para siempre como una estrella brillante. Recorrí el cielo con la mirada, le pregunté: «¿Es aquélla?», ella respondió que sí, entramos en casa y me dormí.
Esa explicación tuvo sentido entonces y, curiosamente, volvió a tener sentido la noche en que, despierto por el estímulo del festín narrativo, permanecí en el exterior hasta el amanecer, pensando en que Ira estaba muerto, Eve estaba muerta, que tal vez con la excepción de Sylphid en su finca de la Riviera francesa, una mujer rica de setenta y dos años, todas las personas que habían jugado un papel en el relato que me hizo Murray de la destrucción del Hombre de Hierro ya no estaban sujetas a su momento, sino muertas y libres de las trampas que les había puesto su época. Tampoco las ideas de su época ni las expectativas de nuestra especie determinaban el destino: sólo el hidrógeno lo determinaba. Ya no existen errores para que Eve o Ira los cometan. No hay traición. No hay idealismo. No hay falsedades. No existe ni la conciencia ni su ausencia. No hay madres e hijas, ni padres y padrastros. No hay actores. No hay lucha de clases. No hay discriminación ni linchamiento ni segregación racial ni los ha habido jamás. No hay injusticia ni justicia. No hay utopías. No hay palas. Al contrario de lo que afirma el folklore, excepto la constelación de Lira, que estaba muy alta, en el cielo oriental, un poco al oeste de la Vía Láctea y al sudeste de las dos Osas, no hay arpas. No hay más que el horno de Ira y el horno de Eve que arden a veinte millones de grados. Está el horno de la novelista Katrina Van Tassel Grant, el horno del congresista Bryden Grant, el horno del taxidermista Horace Bixton y del minero Tommy Minarek, de la flautista Pamela Solomon, de la masajista estonia Helgi Párn, de la técnica de laboratorio Doris Ringold y de Lorraine, la hija de Doris que quería a su tío. Está el horno de Karl Marx, de Josif Stalin, de León Trotsky, de Paul Robeson y de Johnny O'Day. Está el horno del artillero de cola Joe McCarthy. Lo que ves desde esta tribuna silenciosa en mi montaña, en una noche tan espléndidamente clara como aquella en la que Murray me dejó para siempre, pues el mejor de los hermanos leales, el as de los profesores de inglés, murió en Phoenix al cabo de dos meses, es ese universo en el que no se entromete el error. Ves lo inconcebible: el colosal espectáculo de la falta de hostilidad. Ves con tus propios ojos el vasto cerebro del tiempo, una galaxia de fuego que no ha encendido ninguna mano humana.
<a l:href="#_ftnref16">[16]</a> Alger Hiss (1904), funcionario del Departamento de Estado que asistió a la conferencia de Yalta como consejero de Roosevelt. Condenado en 1950 por perjurio, tras haber sido acusado de pertenecer a un grupo de espionaje comunista. A pesar de que él siempre se proclamó inocente, pasó en la cárcel tres de los cinco años a los que fue sentenciado. Su caso parece haber servido para que el senador McCarthy sostuviera la afirmación de que los comunistas se habían infiltrado en el Departamento de Estado. (N. del T.)
<a l:href="#_ftnref17">[17]</a> Pronuncian booth, «cabina», como boot, «bota». (N. del T.)