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13. Me llaman Cigüeña

Era la hora de la oración del mediodía. Llamaron a la puerta, fui a mirar y era Negro, a quien no veía desde nuestra infancia. Nos abrazamos. Tenía frío, así que le invité a pasar sin preguntarle siquiera cómo había encontrado el camino de mi casa. Su Tío lo había enviado para tirarme de la lengua para saber por qué había desaparecido Maese Donoso y dónde. Pero no sólo eso, también me traía nuevas del Maestro Osman. «Y tengo una pregunta -me dijo-. El Maestro Osman me había explicado que lo que distingue al auténtico ilustrador de los demás es el tiempo. El tiempo de la pintura». ¿Que qué pensaba yo de eso? Escuchad.

La pintura y el tiempo

Como todo el mundo sabe, antiguamente los ilustradores de nuestra parte del mundo, por ejemplo los antiguos maestros árabes, veían el universo como lo ven hoy los francos infieles y lo pintaban tal y como lo habían observado vagabundos y perros en las calles, dependientes y apios en la verdulería. Como no estaban al tanto de las técnicas de perspectiva de las que tan orgullosamente presumen hoy los maestros francos, su mundo era limitado y aburrido y se circunscribía a lo que podían ver los perros y los apios. Luego ocurrió algo y el universo de nuestra pintura se alteró de repente. Voy a contároslo empezando por ahí.

Tres historias sobre la pintura y el tiempo

Alif

Hace trescientos años, la fría mañana de febrero en que Bagdad cayó en manos de los mongoles y fue despiadadamente saqueada, las mundialmente famosas bibliotecas de dicha ciudad contenían veintidós libros, en su mayor parte Sagrados Coranes, escritos por Ibn Sakir, el más famoso y magistral calígrafo no sólo del mundo árabe sino de todo el orbe musulmán a pesar de su juventud. Como estaba convencido de que aquellos libros existirían hasta el Día del Juicio, Ibn Sakir vivía con una idea profunda e infinita del tiempo. Había trabajado heroicamente toda una noche a la luz temblorosa de los candelabros en el último de aquellos libros legendarios, que pocos días después serían rotos, destrozados, quemados y arrojados al Tigris uno a uno por los soldados del jakán mongol Hulagu, de tal manera que hoy no sabemos nada de ellos. Los maestros calígrafos árabes, fieles a la tradición y a la idea de la inmortalidad de los libros, tenían una manera de descansar la vista para luchar contra la ceguera a la que recurrían desde hacía cinco siglos: dar la espalda al sol naciente y mirar hacia el oeste, hacia el horizonte. Así pues, en la frescura de aquella mañana, Ibn Sakir subió al alminar de la Mezquita Califal y vio desde el balcón lo que iba a acabar con toda una tradición de escritura que perduraba desde hacía quinientos años. Primero vio la entrada en Bagdad de los crueles soldados de Hulagu pero permaneció en el alminar. Vio cómo se saqueaba y se destruía la ciudad, cómo se pasaba por la espada a cientos de miles de personas, cómo mataban al último de los califas del Islam, que habían gobernado Bagdad desde hacía quinientos años, cómo se violaba a las mujeres, cómo se quemaban las bibliotecas y cómo decenas de miles de libros eran arrojados al Tigris. Dos días después, en medio del hedor de los cadáveres y de los gritos de agonía, mientras contemplaba la corriente del Tigris, que ahora fluía rojo a causa de la tinta de los libros que habían arrojado a él, pensó que las decenas de libros que había escrito con su hermosa caligrafía y que ahora habían desaparecido no habían servido para detener aquella terrible masacre y destrucción y juró que nunca más volvería a escribir. Más aún, se le ocurrió que sólo podría expresar el dolor y la catástrofe de que había sido testigo mediante el arte de la pintura, al que hasta ese día había despreciado y considerado una rebelión contra Dios, y pintó todo lo que había visto desde el alminar en el papel del que nunca se separaba. A ese milagro feliz posterior a la invasión mongola le debemos la fuerza de la que gozó la pintura islámica durante trescientos años y lo que la separa de la de los paganos y los cristianos: que el mundo se pinte con un dolor sincero y trazando la línea del horizonte desde lo alto, desde donde Dios lo contempla. Y además, a que Ibn Sakir, con el corazón resuelto y sus dibujos en la mano, se dirigiera después de la matanza hacia el norte, en la dirección por la que habían venido los ejércitos mongoles, y aprendiera pintura de los maestros chinos… Así pues, se comprende que la idea del tiempo infinito que había yacido en el corazón de los calígrafos árabes durante quinientos años se haría realidad, no en la escritura, sino en la pintura. La prueba es que los libros, los volúmenes, pueden ser destrozados y desaparecer pero las páginas ilustradas que contienen se introducen en otros libros, en otros volúmenes, y siguen viviendo hasta el infinito mostrándonos el universo de Dios.

Ba

En un tiempo no demasiado lejano pero no demasiado cercano, cuando todo se repetía de tal manera que de no ser por el envejecimiento y la muerte los hombres no habrían percibido que había algo llamado tiempo y cuando el mundo era ilustrado con las mismas historias y pinturas como si el tiempo no existiera, el pequeño ejército del sha Fahir «pulverizó» a las tropas del jan Selahattin, según se cuenta en la breve Historia de Salim de Samarcanda. El victorioso sha Fahir, después de torturar hasta la muerte al jan Selahattin, a quien había tomado prisionero, en primer lugar, siguiendo la costumbre, visitó la biblioteca y el harén del difunto soberano para imprimirles su propio sello. El experimentado encuadernador de la biblioteca ya había comenzado a desencuadernar los libros del rey muerto, a combinar las páginas y a encuadernar nuevos volúmenes, los calígrafos a cambiar en las inscripciones el nombre del «siempre vencedor» Selahattin Jan por el de Fahir Sha el Victorioso y los ilustradores a borrar de las más hermosas pinturas de los libros las caras, magistralmente trabajadas, del fallecido Selahattin Jan, desde ese momento condenado al olvido, para pintar en su lugar el rostro más joven de Fahir Sha. A Fahir Sha no le costó el menor esfuerzo encontrar la mujer mas bella en cuanto entró en el harén, pero siendo como era un hombre delicado que entendía de libros y pintura, en lugar de poseerla por la fuerza, decidió ganarse su corazón y habló con ella. Y la sultana Neriman, bella entre las bellas y viuda llorosa del difunto Selahattin Jan, le pidió una única cosa a Fahir Sha, que había de ser su nuevo marido. Su deseo era que la cara de Selahattin Jan no se borrara de un libro que relataba los amores de Leyla y Mecnun y en el que Leyla aparecía con los rasgos de ella y Mecnun con los de él. El derecho a la inmortalidad, que su marido había estado años intentando conseguir encargando libros, no debía serle arrebatado al difunto, al menos en una página. Fahir Sha el Victorioso aceptó generosamente cumplir con aquel deseo tan simple y ésa fue la única pintura que no retocaron los ilustradores. Y así Neriman y Fahir hicieron el amor, se enamoraron sin que pasara mucho tiempo y olvidaron el pasado terrible. Pero Fahir Sha no había olvidado aquella pintura del volumen de Leyla y Mecnun. Lo que lo inquietaba no era que su mujer estuviera pintada con su antiguo marido ni los celos, no. Le reconcomía el hecho de que, como no estaba pintado en aquel libro maravilloso, entre las leyendas antiguas, se le impedía alcanzar el tiempo infinito, unirse a los inmortales junto con su esposa. Tras cinco años de que el gusano de aquella inquietud le royera los huesos, al final de una noche feliz en la que había hecho el amor largamente con Neriman, Fahir Sha tomó un candelabro, entró a escondidas como un ladrón en su propia biblioteca, abrió el tomo de Leyla y Mecnun e intentó pintar su cara en lugar de la del difunto marido de Neriman. Pero como tantos monarcas aficionados a la pintura, él mismo no era sino un ilustrador mediocre y no acertó a pintar bien su rostro. Y así fue como el bibliotecario, que abrió el libro aquella mañana sospechando algo, se encontró con que frente a la Leyla con el rostro de Neriman aparecía una cara nueva que no era la del difunto Selahattin Jan y proclamó a los cuatro vientos que tampoco se trataba de la de Fahir Sha, sino la de su principal enemigo, el joven y apuesto Abdullah Sha. Aquel rumor desmoralizó tanto a los soldados de Fahir Sha como envalentonó a Abdullah Sha, el joven y agresivo nuevo soberano del país vecino. Y así fue como también él derrotó en la primera batalla a Fahir Sha, lo tomó prisionero, lo mató, imprimió su propio sello en su harén y en su biblioteca y se convirtió en el nuevo marido de la siempre hermosa sultana Neriman.

Yim

Entre los ilustradores de Estambul se cuenta la historia de Mehmet el Largo, conocido como Mohammed el Jorasaní en el país de los persas, sobre todo como ejemplo de una vida larga y de ceguera, pero en realidad es una parábola sobre la pintura y el tiempo. Lo que distinguía a este maestro, que, si tenemos en cuenta que comenzó a trabajar de aprendiz a los nueve años, pintó durante más o menos ciento diez sin quedarse ciego, era que no se destacaba en nada. Pero no intento hacer un juego de palabras, sino que expreso un elogio absolutamente sincero. Todo lo pintaba siguiendo el estilo de los antiguos maestros, como hacía todo el mundo pero todavía más, y por eso era el más grande. Su modestia y su completa devoción a la pintura, que consideraba un servicio a Dios, le mantuvieron apartado de las disputas internas en todos los talleres en los que trabajó e incluso de la ambición de convertirse en gran ilustrador a pesar de que tenía la edad adecuada. A lo largo de sus ciento diez años de vida profesional pintó pacientemente todo tipo de detalles de los que quedan arrinconados a un lado, las hierbas que se dibujan para rellenar las esquinas de la página, miles de hojas de árbol, curvas de nubes, crines de caballos que había que perfilar una a una, muros de ladrillo, innumerables decoraciones de paredes que se repetían una vez y otra y cientos de miles de rostros de delicado mentón y ojos rasgados, todos exactamente iguales. Era muy feliz y muy silencioso. Nunca intentó sobresalir ni reclamar un estilo o una personalidad. En cualquier taller de cualquier príncipe o monarca que trabajara veía un hogar y él mismo se consideraba un mueble de ese hogar. Y cuando los janes y los shas se estrangulaban los unos a los otros y los ilustradores iban de una ciudad a otra al servicio de su nuevo señor como las mujeres del harén, el estilo del nuevo taller de pintura aparecía primero en las hojas, en la hierba, en las curvas de las rocas que pintaba y en los meandros ocultos de su paciencia. Al llegar a los ochenta años la gente olvidó que era mortal y comenzó a creer que vivía en las leyendas que ilustraba. Quizá por eso algunos afirmaban que existía fuera del tiempo y que nunca envejecería ni moriría. Y había quienes atribuían al milagro de que para él el tiempo se hubiera detenido el hecho de que no se hubiese quedado ciego aunque se había pasado la mayor parte de su vida sin patria ni hogar, en cuartos de talleres de pintura, durmiendo en tiendas y con la mirada fija en el papel. Otros decían que en realidad sí estaba ciego pero que ya no tenía necesidad de ver para dibujar puesto que lo hacía de memoria. Cuando, con ciento diecinueve años, aquel maestro legendario que nunca se había casado ni hecho el amor encontró en los talleres del sha Tahmasp el modelo en carne y hueso de los apuestos jóvenes de ojos rasgados, barbilla puntiaguda y rostro de luna que llevaba dibujando cien años en la persona de un aprendiz de dieciséis, mestizo de chino y croata, muy comprensiblemente se enamoró de inmediato de él y se dedicó, como habría hecho un auténtico enamorado, a las luchas por el poder y a los enredos de los ilustradores y se entregó a la mentira, al engaño y a las artimañas. Aunque el esfuerzo por alcanzar las pretensiones de las modas, algo que había logrado evitar durante cien años, revigorizara en un principio al maestro del Jorasán, también le apartó de su antigua y legendaria eternidad. Una tarde en que estaba absorto contemplando al hermoso aprendiz por una ventana abierta, se resfrió con el frío de Tabriz, al día siguiente se quedó ciego estornudando y dos días después se cayó por las altas escaleras de piedra del taller y se mató.

– Había oído el nombre de Mehmet el Largo el Jorasaní, pero no sabía esta historia -dijo Negro.

Muy delicadamente había hecho aquel comentario para indicar que había comprendido que la historia había terminado y que su mente estaba ocupada con lo que acababa de contarle. Guardé silencio un rato para que me observara a placer. Porque, como me hacía sentir incómodo el que mis manos estuvieran quietas, en cuanto empecé a contarle la segunda historia seguí pintando allí donde me había interrumpido cuando llamó a la puerta. Mi apuesto aprendiz Mahmut, que se sentaba siempre a mis pies y mezclaba las pinturas, afilaba los cálamos y, a veces, borraba mis errores, permanecía a mi lado contemplándome y escuchándome en silencio. Del interior de la casa nos llegaban los ruidos de mi mujer.

– ¡Ah! -dijo Negro-. El sultán se ha puesto en pie.

Mientras observaba admirado la pintura me comporté como si el motivo de su admiración no tuviera la menor importancia, pero a vosotros os lo voy a confesar abiertamente: en cada una de las doscientas pinturas en las que se describen los cincuenta y dos días de las ceremonias de la circuncisión del Libro de las festividades que estábamos haciendo, nuestro Exaltado Sultán aparece sentado observando el desfile de artesanos, gremios, plebe, soldados y bandoleros que pasan a los pies de su balcón. Sólo en aquella pintura que estaba haciendo lo había dibujado de pie, arrojando dinero de unas bolsas repletas de florines a la multitud de la plaza. Lo había hecho para poder pintar el asombro y la excitación de aquellas multitudes que se acogotaban, se daban puñetazos y se pateaban mientras elevaban sus culos al cielo para recoger las monedas esparcidas por el suelo.

– Si el amor es el tema de una escena, debe ser pintada con amor -dije-. Y si es el dolor, el dolor debe fluir de la pintura. Pero este dolor no debe estar en los personajes ni en sus lágrimas, sino que debe surgir de la armonía interna de la ilustración, que en un primer momento no se ve pero se siente. Yo nunca he dibujado la sorpresa, como cientos de maestros ilustradores llevan siglos haciendo, con alguien que se lleva el índice al círculo de la boca, sino que he hecho que de toda la pintura emanara sorpresa. Y eso es lo que ocurre al poner de pie a nuestro soberano.

No paraba de darle vueltas a cómo miraba mis cosas y mis instrumentos de pintura, de hecho toda mi vida, buscando una pista, y de repente vi mi propia casa a través de su mirada.

Ya conocéis esas pinturas de palacios, baños y fortalezas que se hicieron durante una época en Tabriz y en Shiraz; para que vaya paralela a la atención de Dios, que todo lo ve y lo entiende, el ilustrador parecía cortar por la mitad con una enorme y milagrosa cuchilla el palacio que pintaba y dibujaba todo lo que contenía: ollas y pucheros, vasos, decoraciones de pared imposibles de ver desde el exterior, cortinas, el loro en su jaula y, en el lugar más recóndito, los cojines en los que se recostaba la más bella entre las bellas, cuya cara jamás había visto el sol. Negro, como el lector aficionado que contempla admirado esa pintura, observaba mis obras, mis papeles, mis libros, a mi hermoso aprendiz, el Libro de las vestiduras que había hecho para los viajeros francos y mis álbumes, las escenas de coitos y las páginas indecentes que había bosquejado a toda prisa y en secreto para un bajá, mis tinteros multicolores de cristal, bronce y arcilla, mis cortaplumas de marfil, mis cálamos con mango de oro y la mirada de mi apuesto aprendiz.

– Al contrario de los maestros antiguos, yo he visto muchas batallas, muchas -dije para llenar el silencio con mi presencia-. Máquinas de guerra, cañones, ejércitos, muertos. Siempre era yo quien decoraba los techos de las tiendas de campaña de Nuestro Sultán y sus bajas. Cuando volvía a Estambul después de cada guerra, pintaba escenas de batallas que todo el mundo olvidaría, cadáveres partidos en dos, ejércitos entrelazados en la lucha, pobres desdichados soldados infieles que miraban aterrorizados desde los bastiones de fortalezas sitiadas nuestros cañones y nuestros ejércitos, rebeldes a los que se decapitaba, la excitación de caballos cargando al galope. Todo lo que he visto se me queda en la memoria: una cafetera nueva, un tirador de ventana como nunca antes he visto, un cañón, un gatillo de mosquete franco de un tipo nuevo, de qué color se ha vestido cada cual en un banquete, qué ha comido, quién puso cómo su mano dónde…

– ¿Cuál es la moraleja de esas tres historias que me has contado? -me preguntó Negro con un tono que quería resumirlo todo y, un poco, también pedirme cuentas.

– Alif -le respondí-. La primera historia, la del alminar, demuestra que por mucho que sea el talento de un ilustrador, lo que hace perfecta a la pintura es el tiempo. Bá: la segunda historia, la del harén y el libro, demuestra que las únicas maneras de sustraerse al tiempo son el talento y la pintura. Dime tú la moraleja de la tercera, pues.

– ¡Yim! -contestó Negro con una enorme confianza en sí mismo-. La tercera historia, la del ilustrador de ciento diecinueve años, resume alif y bá y demuestra que el tiempo de quien se aparta de la vida y la pintura perfectas se termina y él mismo acaba por morir. Esa es la moraleja.