39097.fb2
Estoy seguro de que a vosotros también os ocurre lo que voy a decir. Cuando paseo dando vueltas y más vueltas por las infinitas calles de Estambul, o cuando me llevo a la boca un trozo de calabacín frito en algún mesón, o cuando observo con atención un adorno en forma de juncos de un margen clavando la mirada en sus curvas, de repente me da la impresión de estar viviendo el presente como si fuera el pasado. Esto es, mientras camino por la calle pisando la nieve me apetece decir caminaba por la calle pisando la nieve.
Los hechos extraordinarios que me dispongo a contar ocurrieron en el presente, tal y como todos lo interpretamos, pero al mismo tiempo es como si hubieran ocurrido en el pasado. Caía la tarde, estaba oscureciendo, nevaba ligeramente y yo andaba por la calle del señor Tío.
Al contrario que otras noches, había llegado hasta allí sabiendo lo que quería, decidido. Mis piernas no me habían traído por sí solas hasta esta calle mientras yo pensaba absorto en cualquier otra cosa -en los volúmenes de Herat de la época de Tamerlán con repujados de rosetas pero sin dorados, en la primera vez en que le dije a mi madre que había cobrado setecientos ásperos por un libro, en mis pecados y en mis estupideces -como me pasaba otras noches. Había llegado hasta allí sabiendo lo que hacía y habiéndolo meditado de antemano.
Cuando aquella enorme puerta del patio, que temía que nadie me abriría, se abrió por sí sola en cuanto la toqué para llamar, comprendí que Dios volvía a estar de mi lado. No había nadie en el brillante enlosado que cruzaba cada una de las noches que acudía a esta casa para añadir nuevas pinturas al libro del señor Tío. A la derecha estaba el cubo del pozo y sobre él un gorrión que no parecía en absoluto molesto por el frío, delante de mí el horno, por alguna extraña razón apagado a pesar de la hora que era, y a la izquierda el establo donde sólo los invitados guardaban sus caballos, todo estaba en su lugar correspondiente. Entré por la puerta que había junto al establo, que se encontraba abierta, y subí al piso de arriba pisando ruidosamente los escalones de madera y tosiendo.
No hubo la menor respuesta a mis toses. Ni tampoco al alboroto que hice cuando me quité los zapatos llenos de barro en la entrada de la antecámara y los dejé junto a los demás pares que se alineaban al lado de la puerta. Como hacía cada vez que venía, busqué entre aquellos pares de zapatos unos verdes y delicados que suponía que pertenecían a Seküre, y, al no verlos, se me ocurrió por primera vez que podría no haber nadie en casa.
De repente me metí en la primera habitación a la derecha, donde creía que dormían abrazados Seküre y los niños. Toqué los colchones y las camas, abrí un baúl que había a un lado y un armario con las puertas ligeras como plumas y miré dentro. Mientras imaginaba que el suave aroma a almendras de la habitación sería el de la piel de la propia Seküre, una almohada, que había estado encajada en el estante más alto del armario que había abierto, cayó primero sobre mi estúpida cabeza y luego rebotó y golpeó una jarra de cobre y unos vasos que había a un lado. Cuando oímos un ruido fuerte es cuando nos damos cuenta de que una habitación está completamente a oscuras; yo me di cuenta de lo fría que estaba.
– ¡Hayriye! -llamó desde dentro el señor Tío-. ¡Seküre! ¿Quién de vosotras es?
En un abrir y cerrar de ojos salí de la habitación, crucé diagonalmente la antecámara, entré en el cuarto de pintura de la puerta azul que usábamos para trabajar en el libro del señor Tío los días de invierno, y dije:
– Soy yo, señor Tío, yo.
– ¿Y tú quién eres?
Justo entonces fue cuando comprendí que los apodos que el Maestro Osman nos había puesto en nuestra infancia servían para que el señor Tío se burlara perversamente de nosotros. Silabeé mi nombre completo pronunciándolo lentamente incluyendo, como haría un calígrafo presumido en el colofón de la última página de un libro presuntuoso, mi lugar de procedencia, el nombre de mi padre y la frase «vuestro pobre y pecador siervo».
– ¿Eh? -dijo primero, y luego-: ¡Ah!
Como el anciano que se encontraba con la muerte de un cuento siriaco que oí cuando era niño, se sumergió en un silencio breve de duración infinita.
Ahora que he mencionado la muerte, si hay alguno de vosotros que crea que había acudido allí con alguna mala intención, es que no está entendiendo el libro que lee. ¿Llamaría a la puerta alguien con semejantes intenciones? ¿Se quitaría los zapatos? ¿Iría sin cuchillo?
– Así que has venido -dijo, de nuevo como el anciano del cuento. Pero luego adoptó una actitud completamente distinta-. Bienvenido, hijo mío. Dime, ¿qué quieres?
Ya había oscurecido bastante. Por la pequeña y estrecha ventana recubierta de cera, que en primavera, cuando la abrían, daba al plátano y al granado, entraba sólo la luz suficiente para ver los perfiles de los objetos de la habitación, una luz que les habría gustado a los ilustradores chinos. Yo no veía del todo la cara del señor Tío, que estaba sentado ante un atril de lectura en su rincón habitual recibiendo la luz por la izquierda, pero intentaba conseguir impaciente aquella intimidad que se establecía entre nosotros cuando pintaba allí con él a la luz de las velas hasta el amanecer y hablábamos de ilustraciones entre pinceles, tinteros, cálamos y pulidores. No sé si sería por aquella sensación de extrañeza o porque de repente me dio vergüenza exponer directamente mis recelos y mis sospechas de que había pecado pintando y de que los fanáticos lo sabían, no lo sé, pero el caso es que me refrené y decidí explicarle mis problemas mediante una historia.
Quizá vosotros también hayáis oído la historia del jeque Muhammed, el pintor de Isfahán. No había quien superara a ese ilustrador en la elección de colores, en la composición de la página, en el dibujo de personas, animales y caras, en la aportación a la pintura de un entusiasmo que sólo podemos ver en la poesía y una lógica secreta que sólo podemos ver en la geometría. Después de alcanzar la maestría todavía joven, aquel hombre de manos milagrosas se convirtió en los treinta años siguientes de su vida en el ilustrador más intrépido y emprendedor de su tiempo en lo que respecta a la elección de los temas, la creatividad y el estilo. Él fue quien añadió con talento y equilibrio a la demoníacamente delicada y sensible pintura de Herat los terribles diablos, los genios cornudos, los caballos de enormes testículos, las criaturas monstruosas medio animal medio hombre, los gigantes y los duendes pintados con tinta negra que habían llegado desde China por mediación de los mongoles. Y él fue el primero que sintió interés y en quien influyeron los retratos que venían en los barcos que llegaban de Portugal y de Flandes. Fue él quien reavivó estilos olvidados que se remontaban hasta los tiempos de Gengis Jan rebuscando en viejos libros que se caían a pedazos. Él fue el primero en pintar osadamente temas sexualmente incitantes como a Alejandro observando a las bellezas nadar desnudas en la isla de las mujeres o a Sirin lavándose a la luz de la luna. Él fue quien pintó a Nuestro Profeta Mahoma volando en su caballo Burak, a los shas rascándose, a los perros apareándose, a los jeques borrachos de vino y consiguió que la comunidad de ilustradores lo aceptara. Todo aquello lo hizo con una laboriosidad y un entusiasmo que duraron treinta años mientras bebía vino y fumaba opio, a veces en secreto y a veces abiertamente. Después, ya viejo, se convirtió en seguidor de un jeque fanático, en poco tiempo cambió de arriba abajo, llegó a la conclusión de que todas las pinturas que había hecho a lo largo de aquellos treinta años eran blasfemias impías y renegó de ellas. Y no sólo eso, los treinta años que le restaban de vida los consagró a vagar de ciudad en ciudad, de palacio en palacio y de biblioteca en biblioteca buscando los libros que él mismo había ilustrado en tesoros y bibliotecas de shas y sultanes y destruyéndolos. Si encontraba una pintura que había hecho años atrás en la biblioteca de fuera el monarca que fuese, recurría a todo tipo de medios para eliminarla, usando argucias si no podía engañarlo con lisonjas, y en algún momento en que no llamaba la atención de nadie, o rasgaba la página del libro en la que se encontraba su ilustración o buscaba la ocasión para derramar agua sobre su propia maravilla y así estropearla. Le conté aquella
historia para que sirviera de ejemplo de los sufrimientos que puede acarrear al ilustrador el apartarse de la fe sin darse cuenta cuando se entusiasma en exceso con la pintura. Le recordé que por esa razón el jeque Muhammed había quemado la colosal biblioteca de Kazvin, de la que era gobernador el príncipe Abbas Mirza, ya que era incapaz de distinguir entre los cientos de libros aquellos que él había ilustrado. Le relaté de forma exagerada, como si yo mismo la hubiera vivido, la muerte del ilustrador en el terrible incendio, ardiendo también de dolor y arrepentimiento.
– ¿Tienes miedo, hijo mío -me preguntó cariñosamente el señor Tío-, de las pinturas que estamos haciendo?
La habitación estaba tan oscura ahora que más que ver supuse que me lo decía sonriendo.
– Nuestro libro ya no tiene nada de secreto -le dije-. Quizá eso no sea importante. Pero corren rumores por todos lados. Se dice que blasfemamos contra nuestra religión de manera encubierta. Se dice que no estamos preparando el libro que había pedido y esperaba Nuestro Sultán sino uno que satisfaga nuestro propio placer, que incluso se burla de Nuestro Santo Profeta, un libro impío y ateo que imita a los maestros infieles. Incluso hay quien dice que nuestro libro presenta al Diablo como alguien amigable. Dicen que blasfemamos al mirar el mundo con la perspectiva de un asqueroso chucho de la calle porque pintamos del mismo tamaño un tábano y una mezquita, con la excusa de que la mezquita está más atrás, y que nos burlamos de los fieles que acuden a ella. No puedo dormir por las noches pensando en todo esto.
– Hemos hecho juntos las pinturas -me contestó el señor Tío-. Y no sólo no hemos hecho nada de eso, ¿se nos ha pasado acaso ni una sola vez por el corazón?
– ¡Dios nos libre! -le dije exagerando las tintas-. Pero, no sé dónde lo habrán oído, dicen que hay una última pintura y que ésa no es una impiedad encubierta, sino una clara blasfemia.
– Tú mismo has visto esa última pintura.
– Yo he pintado lo que me pidió y como me lo pidió en los rincones que me indicó de una hoja grande para una ilustración de doble página -le contesté con un cuidado y una decisión que esperaba que apreciara el señor Tío-. Pero no he visto la pintura entera. Si la hubiera visto mi conciencia habría estado absolutamente tranquila al negar estas repugnantes calumnias.
– ¿Por qué te sientes culpable? -me preguntó-. ¿Qué es lo que te está reconcomiendo? ¿Quién ha conseguido que dudes de ti mismo?
– Cuando uno duda de si un libro que lleva meses ilustrando feliz puede atacar cosas que cree sagradas, vive los tormentos del Infierno. Si pudiera ver entera esa última ilustración…
– ¿Y eso es todo lo que te preocupa? ¿Para eso has venido?
De repente me inquieté. ¿Acaso estaba pensando algo tan repugnante como que yo había matado al pobre Maese Donoso?
– Además, los partidarios de destronar al sultán y poner en su lugar al Príncipe Heredero se unen a esas calumnias y andan divulgando que Nuestro Sultán apoya este libro en secreto.
– ¿Cuánta gente cree en eso? -me preguntó con aspecto cansado, exhausto-. Cualquier predicador ambicioso al que le embriaga la poca atención que le prestan enseguida empieza a decir que estamos dejando de lado la religión. Es la forma más segura que tienen de ganarse la vida.
¿Pensaba que había ido hasta allí sólo para informarle de aquel rumor?
– Pobre Maese Donoso, que en paz descanse -dije con voz temblorosa-. Al parecer lo matamos nosotros porque había visto la última ilustración entera y se había dado cuenta de que era una blasfemia. Me lo ha contado en el taller un jefe de sección amigo mío. Y ya sabe cómo son los aprendices y los asistentes; todo el mundo se dedica a los cotilleos.
Continué hablando un rato, cada vez más excitado, siguiendo aquellos razonamientos. No sé cuánto de lo que contaba lo había oído yo mismo, cuánto me había imaginado de puro miedo después de matar a aquel cabrón calumniador y cuánto me estaba inventando mientras hablaba. Esperaba que después de tanto dar vueltas, por fin el señor Tío sacaría aquella última ilustración de doble página, me la enseñaría y yo podría tranquilizarme. ¿Por qué no entendía que sólo así podría librarme de mi miedo de estar hundiéndome en el pecado?
En cierto momento quise sobresaltarle y le pregunté osadamente:
– ¿Puede uno hacer sin darse cuenta una pintura impía?
En lugar de responderme hizo de repente un gesto airoso con la mano, como si en la habitación hubiera un niño dormido y me llamara la atención y yo guardé silencio.
– Está muy oscuro -me dijo como en un susurro-, vamos a encender ese candelabro.
No me agradó en absoluto ver en su cara un orgullo desacostumbrado mientras encendía la vela del candelabro en el brasero. ¿O era una expresión de lástima por mí? ¿Lo había comprendido todo y pensaba que era un miserable asesino, o me tenía miedo? Recuerdo que de repente me pareció que perdía el control de mis pensamientos y que observaba sorprendido lo que estaba pensando en ese momento como si lo pensara otro. La alfombra del suelo tenía algo en una esquina que se parecía a un lobo, ¿por qué no me había dado cuenta hasta ese momento?
– Todos los janes, shas y sultanes que han amado la pintura, las ilustraciones y los libros hermosos, han pasado por tres épocas en su afición -dijo el señor Tío-. Al principio son osados, complacientes y sienten curiosidad. Quieren pinturas para aumentar su prestigio, porque otros van a verlas; es una etapa de aprendizaje. En la segunda encargan los libros que les gustan para satisfacer su propio placer. Como por fin han conseguido disfrutar sinceramente de la contemplación de la pintura, adquieren prestigio y acumulan libros que, tras su muerte, les darán renombre en este mundo. En el otoño de sus vidas no hay ningún monarca que se preocupe ya por su inmortalidad mundana. Con «inmortalidad mundana» me refiero al deseo de que nos recuerden en este mundo nuestros nietos, las futuras generaciones. En realidad los soberanos aficionados a la pintura ya han conseguido esa inmortalidad con los libros que nos han encargado hacer, en los que han hecho constar sus nombres, en algunos de los cuales se cuentan incluso sus propias historias. En su vejez sólo les preocupa asegurarse un buen lugar en el otro mundo. Y todos descubren enseguida que la pintura es un obstáculo para conseguirlo. Eso es lo que más me entristece y más miedo me da. El sha Tahmasp, que era él mismo un maestro ilustrador y que había pasado su juventud en los talleres, los cerró al acercársele el momento de la muerte, expulsó de Tabriz a todos aquellos milagrosos pintores, repartió los libros que había encargado y sufrió ataques de remordimientos. ¿Por qué todos creen que la pintura les cerrará las puertas del Paraíso?
– ¡Ya sabe por qué! Porque recuerdan que Nuestro Santo Profeta dijo que en el Día del Juicio Dios daría el más duro de los castigos a los pintores.
– A los pintores no -dijo el señor Tío-, a los que crean ídolos. Es un hadiz, de Bujari.
– El Día del Juicio se les pedirá a los que han creado esos ídolos que les insuflen vida -continué con mucha precaución-. Pero como serán incapaces de darle vida a nada serán castigados con las penas del Infierno. No lo olvidemos; Creador es uno de los Nombres de Dios en el Sagrado Corán. Sólo Dios es el que crea, el que hace que exista lo inexistente y da vida a lo que no la tiene. Nadie debe intentar competir con él. La pretensión de los pintores de hacer lo que Él hace, de ser creadores como Él, es el mayor de los pecados.
Le dije todo aquello con dureza, como si le estuviera acusando también a él. Me miró a los ojos.
– ¿Crees que eso es lo que estamos haciendo?
– Nunca -sonreí-. Pero eso fue lo que empezó a pensar el difunto Maese Donoso cuando vio completa la última ilustración. Decía que pintar según la ciencia de la perspectiva y seguir las maneras de los maestros francos eran tentaciones del Diablo. Al parecer en esa última ilustración se ha pintado el rostro de un mortal siguiendo las técnicas de los francos de tal manera que el que la ve tiene la impresión de que es real y no una pintura y despierta el deseo de postrarse ante ella, tal y como ocurre en las iglesias. Decía que la perspectiva era una tentación del Diablo no sólo porque hace que el punto de vista de la pintura descienda del de Dios al de un perro callejero, sino porque además al usar las técnicas de los francos estamos adulterando nuestra sabiduría y nuestro talento con los de los infieles y así perdemos nuestra pureza y nos convertimos en sus esclavos.
– No existe nada puro -replicó el señor Tío-. Cada vez que se crean maravillas en la ilustración, en la pintura, cada vez que en un taller aparece una obra de una belleza tal que nos humedece los ojos y nos pone la piel de gallina, sé que allí se han unido dos cosas distintas que nunca antes habían estado juntas para que esa maravilla pueda aparecer. Le debemos Behzat y toda la hermosura de la pintura persa a la mezcla entre la árabe y la china y mongola. El sha Tahmasp unió en sus más bellas pinturas el estilo persa con la sensibilidad turcomana. Si hoy todo el mundo se hace lenguas de los talleres que Ekber Jan tiene en la India es porque ha animado a sus artistas a que adopten los estilos de los maestros francos. Tanto el Oriente como el Occidente son de Dios. Que Él nos proteja de aspirar a la pureza sin adulterar.
Todo lo que tenía de dulce e iluminada su cara a la luz de la vela lo tenía de oscura y terrible su sombra en la pared. A pesar de lo razonable y lo cierto que era lo que decía, seguía sin creerle. Como suponía que sospechaba de mí, yo también sospechaba de él y me daba la impresión de que de vez en cuando prestaba atención a la puerta del patio como si esperara a alguien que le pudiera librar de mí.
– Me has contado la historia del jeque Muhammed, el pintor de Isfahán, de cómo quemó la gigantesca biblioteca porque allí había pinturas suyas de las que había renegado y de cómo se quemó en ella torturado por los remordimientos -me dijo-. Y yo voy a contarte una historia que no conoces relativa a esa leyenda. Sí, el artista se pasó los últimos treinta años de su vida buscando sus pinturas. Pero en los libros en cuyas páginas rebuscaba vio, más que sus propias pinturas, imitaciones inspiradas en él. En los años posteriores pudo darse cuenta de que dos generaciones de pintores habían adoptado como modelos aquellas pinturas de las que él había renegado y que se las habían grabado en la memoria, más que aprendiéndoselas, convirtiéndolas en parte de sus almas. Y el jeque Muhammed, mientras buscaba sus propias ilustraciones para destruirlas, vio que los artistas jóvenes las habían reproducido admirados en multitud de libros, que las habían usado para ilustrar otras historias, que estaban en la memoria de todos y que se habían propagado por el mundo entero. Lo comprendemos a lo largo de los años, observando libro tras libro e ilustración tras ilustración: un buen pintor no se limita a permanecer en nuestras mentes con sus prodigios, sino que además acaba por cambiar el paisaje de nuestra memoria. Una vez que se han grabado de esa manera en nuestra alma el talento y las obras de un pintor, se convierten en el criterio de belleza para el mundo entero. El pintor de Isfahán no sólo fue testigo al final de su vida de cómo se multiplicaban sus obras mientras las quemaba para destruirlas, sino que comprendió que todos los demás veían el mundo como él mismo lo había visto en tiempos y encontraban feas las cosas que no se parecían a las pinturas que había hecho de joven.
Fui incapaz de refrenar la admiración y el deseo de gustarle al señor Tío que se elevaban en mí y me arrojé de rodillas a sus pies. Mientras le besaba las manos aparecieron lágrimas en mis ojos y noté que le estaba otorgando a él el lugar que el Maestro Osman había ocupado antes en mi corazón.
– El ilustrador -continuó el señor Tío con el tono de alguien satisfecho de sí mismo- pinta sin temer nada, atendiendo a su conciencia y de acuerdo con las normas en las que cree. No le importa lo que digan sus enemigos, los fanáticos ni los envidiosos.
Pero el señor Tío ni siquiera es un ilustrador, pensé mientras besaba llorando sus manos cubiertas de lunares y manchas. De inmediato me avergoncé de lo que había pensado. Era como si alguien me hubiera metido a la fuerza en la mente aquella idea demoníaca e insolente. A pesar de todo, vosotros mismos sabéis que lo que pensaba era cierto.
– No les tengo miedo a ellos -siguió-, porque no temo a la muerte.
¿Quiénes eran «ellos»? Asentí con la cabeza como si entendiera lo que había dicho. Vi que justo a su lado tenía un antiguo volumen del Libro del alma de El Cevziyye. Este libro, que narra los avatares por los que pasa el alma después de la muerte, les encanta a los que desean morir. Sólo vi un objeto nuevo desde la última vez que había venido entre todos aquellos cortaplumas, palilleros, tinteros, escribanías y cajas de cálamos que llenaban bandejas y que cubrían la caja de pinturas y el baúl: un tintero de bronce.
– Probémosles que no les tenemos miedo -le dije audazmente-. Saque la última ilustración y mostrémosla.
– ¿Y no demostraría eso que nos importan sus calumnias al menos tanto como para tomárnoslas en serio? No hemos hecho nada por lo que tengamos que temer. ¿Hay acaso otra cosa que justifique tus miedos?
Me acarició el pelo como un padre. Temí que volvieran a brotarme lágrimas de los ojos y lo abracé.
– Sé por qué mataron al pobre iluminador Maese Donoso -dije inquieto-. Maese Donoso, calumniándole a usted, al libro, a nosotros, iba a conseguir echarnos encima a los hombres de Nusret, el predicador de Erzurum. Había decidido que aquí no se hacían más que impiedades siguiendo las instrucciones del Diablo y había comenzado a contarlo por todas partes y a incitar contra usted a los demás ilustradores que trabajan en el libro. No sé por qué hizo eso de repente. Quizá por celos o quizá tentado por el Diablo. Los demás ilustradores que trabajan en el libro también estaban al tanto de lo decidido que estaba Maese Donoso a destruirnos. Como puede suponer, todos se asustaron y empezaron a alimentar sospechas, como yo. Uno de ellos se dejó llevar por el pánico una noche en que Maese Donoso le estaba presionando y provocándole contra usted, contra nosotros, contra el libro, las ilustraciones, la pintura y contra todo en lo que creía y mató a ese miserable y lo tiró al pozo.
– ¿Miserable?
– Maese Donoso era un traidor con muy mala idea y muy mala leche -le respondí-. ¡Un hijo de mala madre! -grité, como si lo tuviera frente a mí en aquella habitación.
Se produjo un silencio. ¿Tenía miedo de mí? Yo mismo me daba miedo. Era como si me hubieran poseído la ambición y la inteligencia de otra persona, pero era una sensación agradable.
– ¿Quién es ese ilustrador que se ha dejado llevar por el pánico como tú y como el pintor de Isfahán? ¿Quién lo mató?
– No lo sé -respondí.
Pero quise que comprendiera por la expresión de mi cara que le estaba mintiendo. Me daba cuenta de que había cometido un grave error viniendo hasta aquí. Pero tampoco iba a dejar que me dominaran los sentimientos de culpa y de arrepentimiento. Podía ver que el señor Tío sospechaba de mí y eso me complacía y me daba fuerzas. Pensé a toda velocidad que si ahora comprendía que yo era un asesino y le daba miedo, entonces sacaría para enseñármela la última ilustración, que yo ahora quería ver no tanto para saber si era realmente una impiedad como por pura curiosidad.
– ¿Acaso es importante saber quién mató a ese degenerado? -le dije-. ¿No hizo un buen trabajo el que lo quitó de en medio?
Me dio valor el que no pudiera mirarme directamente a los ojos. Eso es lo que le pasa a la gente importante que se cree mejor y más ética que uno cuando sienten vergüenza de ti, que no pueden mirarte a los ojos. Quizá porque están pensando en denunciarte y entregarte al verdugo para que te torture.
Fuera, justo delante de la puerta, unos perros empezaron a ladrar como si estuvieran rabiosos.
– Vuelve a nevar -dije-. ¿Dónde están todos a estas horas de la noche? ¿Por qué se han ido abandonándolo solo en casa? Ni siquiera han dejado una vela encendida.
– Es muy raro, mucho -me respondió-. No lo entiendo.
Era tan sincero que lo creí por completo y volví a sentir en lo más profundo que lo quería a pesar de que me burlara de él cuando estaba con los otros ilustradores. Me resulta imposible saber cómo comprendió al instante que se elevaban en mi corazón un cariño y un respeto excesivos por él, pero en ese momento me acarició de nuevo el pelo con aquel irresistible afecto paternal. Sentí que la manera de pintar del Maestro Osman, inspirada en los antiguos maestros de Herat, no tenía futuro alguno. Era un pensamiento tan feo que me dio miedo de mí mismo. A todos nos ocurre lo mismo después de alguna catástrofe: con una última esperanza rogamos por que todo siga como antes sin que nos importe parecer ridículos o estúpidos.
– De todas formas, sigamos ilustrando el libro -le dije-. Que todo siga como antes.
– Hay un asesino entre los ilustradores. Continuaré el libro con el señor Negro.
¿Me estaba provocando para que lo matara?
– ¿Dónde está ahora Negro? -le pregunté-. ¿Dónde están su hija y los niños?
Me daba la impresión de que aquellas palabras me las había puesto en la boca una fuerza ajena a mí, pero no podía contenerme. Ya no había manera de que pudiera ser feliz en el futuro ni de que pudiera alimentar ninguna esperanza. Sólo me quedaba ser inteligente y sarcástico, aunque detrás de aquellos dos duendes siempre divertidos, la inteligencia y el sarcasmo, podía sentir la presencia del Diablo, que los gobernaba y que se iba infiltrando en mi corazón. En ese preciso momento, los malditos perros que había más allá de la puerta del patio empezaron a aullar enloquecidos como si hubieran olido sangre.
¿No había vivido aquel instante mucho tiempo atrás? En una ciudad muy lejana, en un tiempo que ahora me parecía muy remoto, mientras fuera nevaba aunque yo no pudiera verlo, a la luz de las velas, intentaba demostrarle llorando mi inocencia a un viejo chocho que me acusaba de haber robado pintura. Entonces, justo como estaba ocurriendo ahora, también habían comenzado a aullar como si hubieran olido sangre unos perros que había más allá de la lejana puerta del patio. También el señor Tío tenía una barbilla arrogante, como aquel tipo arrugado y malvado, y, lo comprendí porque por fin clavó su mirada en la mía despiadadamente, tenía la intención de aplastarme. En ese momento revivía aquel terrible recuerdo neto pero descolorido de cuando era un aprendiz de diez años de la misma manera en que habría podido representarme en la mente una pintura con las líneas muy definidas pero un tanto desteñida.
Y mientras me levantaba, rodeaba al señor Tío, que seguía sentado, y cogía de entre los tinteros familiares que había sobre la mesa de trabajo, algunos de vidrio, otros de porcelana, otros de cristal de roca, aquel nuevo de bronce, enorme y pesado, el ilustrador laborioso que había en mi mente, y que el Gran Ilustrador Osman nos había enseñado a ser, me pintaba de forma neta y descolorida como si lo que hacía y lo que veía no fuera algo que estaba viviendo en ese instante sino un lejano recuerdo. En los sueños nos vemos desde el exterior y sentimos un escalofrío, y yo, con un escalofrío parecido y con el tintero rechoncho de boca estrecha en la mano, dije:
– Cuando tenía diez años y era aprendiz vi un tintero parecido.
– Es un tintero mongol de hace trescientos años -me respondió el señor Tío-. Negro me lo ha traído de Tabriz. Sólo se usa para la tinta roja.
Por supuesto, era el Diablo el que me tentaba para que en ese preciso instante descargara el tintero con todas mis fuerzas sobre los sesos aguados de ese viejo chocho tan pagado de sí mismo. No le hice caso. Y con una esperanza estúpida, dije:
– Yo maté a Maese Donoso.
Comprendéis por qué lo dije esperanzado, ¿no? Esperaba que el señor Tío me comprendiera y me perdonara. Y que me temiera; y que me ayudara.