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51. Yo, el Maestro Osman

En Bujara cuentan una historia de tiempos de Abdullah Jan. Al jan uzbeco, que era un soberano muy receloso, le disgustaba profundamente que los ilustradores observaran las páginas de los demás y se copiaran unos de otros aunque no se oponía a que colaboraran en una misma pintura. Porque si se cometía algún delito al pintar sería imposible encontrar al auténtico culpable entre unos ilustradores que se copiaban desvergonzadamente. Y, lo que era más importante, al poco tiempo aquellos ilustradores plagiarios, en lugar de esforzarse y buscar en la oscuridad los recuerdos de Dios, se dejaban llevar por la holgazanería y se limitaban a dibujar de nuevo lo que veían por encima del hombro del que trabajaba junto a ellos. Por eso el jan uzbeco recibió con alegría a dos grandes maestros que huían de las guerras y de soberanos crueles y buscaron refugio junto a él, uno del sur, de Shiraz, y el otro del este, de Samarcanda, pero les prohibió a aquellos renombrados talentos que vieran las obras del otro y les dio dos pequeños cuartos de pintura situados en los dos rincones más alejados del palacio. Y así, durante treinta y siete años y cuatro meses, aquellos grandes maestros escucharon, como si se tratara de una leyenda, las explicaciones de Abdullah Jan sobre lo maravillosas que eran las páginas del otro, que nunca habían podido ver, en qué detalles se diferenciaban y en qué puntos se parecían sorprendentemente y ambos sintieron una curiosidad mortal por las pinturas del otro. Después de que el jan uzbeco muriera tras una vida tan larga como la de una tortuga, los ancianos ilustradores corrieron al cuarto del otro para ver sus pinturas. Después, sentados juntos a ambos lados de un enorme almohadón, con los libros del otro en el regazo y observando las pinturas que conocían por las historias legendarias de Abdullah Jan, se sintieron decepcionados. Porque las pinturas que veían no eran legendarias, como las de las historias que le habían escuchado al jan, sino que les parecían vulgares, sin luz y borrosas, como todas las que habían visto en los últimos años. Ni siquiera después de quedarse completamente ciegos algún tiempo más tarde comprendieron los dos grandes maestros que el motivo de aquella opacidad era la ceguera que les estaba sobreviniendo, y se murieron habiendo decidido que habían sido engañados a lo largo de toda su vida y creyendo que los sueños eran más hermosos que las pinturas.

Yo estaba mucho más feliz que los protagonistas de aquella historia cruel de Bujara mientras pasaba con mis dedos congelados las páginas de aquellos libros que llevaba cuarenta años imaginando y las contemplaba a medianoche en la fría sala del Tesoro. Me excitaba de tal manera tener entre mis manos antes de quedarme ciego y morir ciertos libros cuya historia legendaria había escuchado durante toda mi vida, que, a veces, al ver que una de las páginas que abría era aún más prodigiosa que la leyenda que había oído, susurraba: «Gracias, gracias, gracias, Dios mío».

Por ejemplo, cuando hace ochenta años el sha Ismail cruzó el río y recuperó por la fuerza de la espada Herat y todo el Jurasán de los uzbecos, nombró a su hermano Sam Mirza gobernador de Herat, y su hermano, para celebrar tan feliz acontecimiento, ordenó preparar un libro reescribiendo y haciendo ilustrar el llamado Encuentro de las estrellas, en el que se narra una leyenda parecida al hecho del que fue testigo Emir Hüsrev en el palacio de Delhi. Una de las imágenes de dicho libro, según yo había oído por la leyenda, mostraba a dos soberanos encontrándose a orillas de un río y celebrando sus victorias y su encuentro, y las caras de los dos soberanos se parecían tanto a la de Keyhubat, sultán de Delhi, y su padre, Bugra Jan, señor de Bengala, cuyas historias se narraban en el libro, como a las del sha Ismail y su hermano, Sam Mirza, que lo habían originado. Estaba absolutamente seguro de que en la tienda del sultán aparecerían los rostros de los protagonistas de cualquiera de las dos historias que en ese momento tuviera en la mente y le agradecí a Dios que me hubiera dado la oportunidad de ver aquella página milagrosa.

En una ilustración del jeque Muhammad, otro de los grandes maestros de aquel mismo tiempo legendario, había un pobre siervo, cuyo fervor y cariño por su soberano habían llegado al extremo del amor y que había estado esperando pacientemente largo rato mientras el sultán jugaba al polo con la esperanza de que la pelota fuera hacia él y así pudiera recogerla del suelo y entregársela, y que había sido representado cuando, después de que la pelota llegó por fin hasta él y pudo recogerla del suelo, se la entregaba a su sultán. Tal y como había oído miles de veces, la admiración, la sumisión y el amor debidos que un pobre siervo siente por un insigne jakán o un glorioso sultán, o bien los que siente un joven y apuesto aprendiz por un gran maestro, estaban representados con tal delicadeza y una comprensión tan profunda en la manera en que el siervo extendía los dedos que sostenían la pelota y en la forma que tenía de no atreverse a mirar a la cara del sultán, que, tal y como yo podía sentir en ese momento en lo más profundo de mi corazón, se podía comprender que en este mundo no hay mayor felicidad que la de ser aprendiz, con una sumisión rayana en la esclavitud, de un gran maestro, tanta como la de ser maestro de jóvenes, hermosos y comprensivos aprendices, y sentía pena por aquellos que eran incapaces de comprender esa verdad.

Mientras pasaba las páginas y observaba rápidamente pero con toda mi atención miles de aves, caballos, soldados, enamorados, camellos, árboles y nubes, el alegre enano del Tesoro sacaba más y más tomos de los baúles y los dejaba ante mí presumiendo con tanta desvergüenza como si fuera un sha de los tiempos antiguos que hubiera encontrado la ocasión de exhibir sus riquezas. De entre aquellos libros maravillosos, volúmenes vulgares y confusos álbumes surgieron dos ejemplares extraordinarios de rincones distintos de un baúl de hierro, el uno encuadernado al estilo de Shiraz en color cereza madura y el otro con las cubiertas, lacadas en color oscuro por influencia china, hechas en Herat, cuyas páginas se parecían tanto que en un primer momento pensé que habían sido copiados el uno del otro. Intentando descubrir cuál era el original y cuál la copia, seguí los nombres de los calígrafos en el colofón, busqué las firmas secretas que pudiera ver y por fin, con un escalofrío, comprendí que aquellos dos volúmenes de Nizami eran los libros legendarios que el Maestro Ali, el jeque de Tabriz, había hecho para Cihan Sha, jakán de los Ovejas Negras, y Hasan el Largo, jakán de los Ovejas Blancas. Cuando el sha de los Ovejas Negras lo dejó ciego para que no pudiera hacer un libro igual al primero, el gran maestro ilustrador buscó refugio junto al jakán de los Ovejas Blancas y pintó de memoria uno aún mejor. El ver que en el segundo de aquellos libros legendarios, el que había ilustrado ya ciego, las pinturas eran más puras y simples mientras que en el primero los colores eran más vigorosos y llenos de vida, me recordó que la memoria de los ciegos saca a la superficie la cruel simplicidad de la existencia pero mata su vigor.

Como sé que soy un verdadero gran maestro, como por supuesto lo sabe también el Altísimo Dios, que todo lo ve y todo lo sabe, soy consciente de que algún día me quedaré ciego, pero ¿es eso lo que deseo ahora? Como el condenado a muerte que quiere ver por última vez el paisaje antes de que le corten la cabeza, le dije a Dios «Permíteme ver todas estas ilustraciones y llenarme la mirada con ellas», porque en la extraordinaria y terrible oscuridad de aquella sala del Tesoro repleta de objetos se podía sentir muy de cerca la presencia de Dios.

A menudo, gracias a la divina Providencia, surgían parábolas sobre la ceguera entre las leyendas de las páginas que hojeaba. El jeque Ali Riza de Shiraz, que había pintado las hojas del plátano una a una de manera que cubrieran el cielo en la famosa escena en la que se describe cómo Sirin, en un paseo por el campo, ve la imagen de Hüsrev colgada de una rama del árbol y se enamora de él, había intentado pintar el mismo árbol, de nuevo con todas sus hojas, sobre un grano de arroz para demostrar orgullosamente que el verdadero tema de la ilustración no era la pasión de la hermosa joven sino la del ilustrador en respuesta a un imbécil que había mirado la pintura y había comentado que el verdadero tema no debía ser el plátano. Si la firma orgullosa que había a los hermosos pies de una de las encantadoras damas de Sirin no me engañaba, estaba viendo el extraordinario árbol del gran maestro, el que había hecho sobre el papel, por supuesto, y no el del grano de arroz, que apenas tenía a medias cuando se quedó ciego siete años y tres meses después de haber comenzado el trabajo. En otra página Rüstem aparecía cegando a Alejandro con su flecha de doble punta como lo habría hecho un ilustrador que conociera el país del Indo, con un vigor y un colorido tales que al observador le daba la impresión de que la ceguera, el ansia vital y el secreto deseo del verdadero ilustrador, no era sino el comienzo de una alegre celebración.

Contemplaba todos aquellos libros e imágenes tanto con la excitación de quien quiere ver con sus propios ojos las leyendas sobre las que lleva años oyendo hablar, como con la inquietud de un anciano que siente que poco después ya no podrá ver nunca más. En aquella fría sala del Tesoro envuelta en una rojiza oscuridad como nunca antes había visto, causada por el color de las telas y el polvo y por la extraña luz de las velas de los candelabros, de vez en cuando lanzaba un grito de admiración y Negro y el enano acudían junto a mí, miraban por encima de mi hombro la asombrosa página que yo estaba observando y, sin poder contenerme, se la explicaba.

– Este rojo pertenece al gran maestro de Tabriz Mirza Baba Imami, cuyo secreto se llevó a la tumba consigo. Pintó con él los lados de la alfombra, la señal de su pertenencia a los kizilbas en el turbante del sha safaví y, mirad, también la panza del león en esta página y aquí el caftán de este guapo muchacho. Este rojo tan hermoso, que Dios nunca muestra directamente a sus siervos excepto cuando hace fluir su sangre pero que ha escondido en ciertos minerales o insectos muy raros para que a base de esfuerzo podamos encontrarlo, en este mundo sólo podemos verlo con los ojos desnudos en telas hechas por el hombre y en las ilustraciones de los grandes maestros -y añadía-: Gracias le sean dadas a Él, que nos lo muestra ahora.

»Mirad esto -les dije mucho después, de nuevo sin poder contenerme, y les mostré una ilustración maravillosa que habría podido estar en cualquier libro de poesía que hablara del amor, de la amistad, de la primavera y de la felicidad. Miramos los árboles abriéndose multicolores a la primavera, los cipreses de un jardín parecido al del Paraíso y la felicidad de los amantes sentados en dicho jardín bebiendo vino y recitando poemas, y nos pareció que podíamos oler el suave aroma de las flores y de la piel de los alegres amantes en aquella fría sala del Tesoro que olía a moho y a polvo-. Mirad la rudeza al trazar el ciprés de atrás del mismo ilustrador que fue capaz de pintar con tanta sinceridad los brazos de los amantes, sus pies descalzos, la elegancia de sus posturas y el placer de los pájaros que vuelan a su alrededor. Es una obra de Lütfi el de Bujara, que dejaba todas sus pinturas a medias a causa de su mal humor y su propensión a las pendencias, que discutía con todos los shas y janes porque decía que no entendían de pintura y que nunca paró mucho en ninguna ciudad. Este gran maestro, que, a fuerza de disputas, fue de ciudad en ciudad del palacio de un sha al de otro sin que llegara a encontrar ningún soberano por el que valiera la pena trabajar en un libro, por fin se unió al taller de un oscuro señor que gobernaba sobre unas montañas peladas y allí pasó los últimos veinticinco años de su vida afirmando: "Su país será pequeño, pero el jan entiende de pintura". Todavía hoy se discute y es motivo de bromas si sabía o no que ese oscuro señor estaba ciego.

»¿Veis esta página? -dije mucho después de medianoche y en esta ocasión ambos corrieron de inmediato con candelabros en la mano-. Desde Herat hasta aquí, desde los tiempos del nieto de Tamerlán hasta ahora, este libro ha cambiado diez veces de dueño en ciento cincuenta años -los tres juntos leímos, todo aumentado por mi lente, las firmas, las dedicatorias, las frases con la fecha y los nombres de sultanes, encajados unos sobre otros o entre los demás, que en la vida real se habían estrangulado entre ellos y que llenaban cada esquina de la página del colofón-. Este libro fue terminado, con la ayuda de Dios, en Herat por el calígrafo Sultán Veli, hijo de Muzaffer el de Herat, en el año ochocientos cuarenta y nueve de la Hégira para Ismet-üd Dünya, esposa de Muhammed Cûki, victorioso hermano de Baysungur, señor del Mundo -luego leímos que había pasado a manos de Halil, el sultán de los Ovejas Blancas, después a las de su hijo Yakup Bey, de él a los sultanes uzbecos del norte, y de aquellos sultanes uzbecos, cada uno de los cuales se había entretenido feliz con el libro durante un tiempo sacando un par de ilustraciones y añadiendo un par de otras, incorporando entusiasmados desde el primero los rostros de sus hermosas mujeres y escribiendo orgullosos sus nombres en el colofón, pasó a manos de Sam Mirza, conquistador de Herat y hermano del sha Ismail, que regaló el libro a su hermano con una dedicatoria distinta, y el sha Ismail se llevó el libro a Tabriz y lo preparó como regalo e hizo escribir una nueva dedicatoria, pero después de que fuera derrotado en Çaldiran por el sultán Selim el Fiero, que en Gloria esté, y de que su palacio de Los Ocho Cielos en Tabriz fuera saqueado, el libro cruzó desiertos, montañas y ríos con los soldados del sultán victorioso y llegó a Estambul, a esta sala del Tesoro.

¿Hasta qué punto compartían Negro y el enano el entusiasmo y el interés de un anciano ilustrador como yo? Cada vez que abría un nuevo volumen y pasaba las páginas sentía en mi corazón la profunda tristeza de miles de ilustradores distintos en temperamento y carácter que se habían quedado ciegos demostrando su talento trabajando al servicio de crueles shas, janes y señores en cientos de ciudades. Pasando avergonzado las páginas de un primitivo libro que mostraba técnicas e instrumentos de tortura sentí las palizas que todos nos habíamos llevado en nuestros años de aprendices, los reglazos en nuestras mejillas hasta que se quedaban hechas un puro moratón y los golpes con tinteros de mármol en nuestras cabezas afeitadas. No sé qué hacía aquel libro miserable en el Tesoro de la casa de Osman, un libro encargado a ilustradores deshonestos capaces de pintarrajear aquellas ilustraciones a cambio de un puñado de monedas de oro para viajeros infieles que lo usarían para demostrar a sus correligionarios lo crueles y despiadados que éramos en lugar de mostrar que la tortura es una práctica que necesariamente debe hacerse en presencia de un cadí para asegurar la justicia de Dios sobre la Tierra. Me sentí avergonzado por el evidente y retorcido placer que el ilustrador había obtenido pintando todas aquellas imágenes de hombres sufriendo bastinados, palizas, crucifixiones, ahorcamientos, suspendidos boca abajo, colgados de ganchos, empalados, atados a la boca de un cañón que luego se disparaba, atravesados por clavos, ahogados, con la garganta cortada, dados de comer a los perros, azotados, metidos en sacos, metidos en presas, sumergidos en agua fría, con el pelo arrancado, los dedos rotos, despellejados poco a poco, con las narices cortadas y los ojos arrancados de sus cuencas. Sólo los que son como nosotros, sólo los auténticos ilustradores que a lo largo de todos sus años de aprendizaje han sufrido crueles bastinados, palizas gratuitas, puñetazos para que el maestro nervioso que ha trazado mal una línea pueda tranquilizarse, golpes con palos y reglas durante horas para que el diablo de nuestro interior muera y se convierta en el genio de la pintura, sólo alguien así puede obtener un placer tan profundo pintando escenas de palizas y torturas y colorear los instrumentos con unos colores tan despreocupadamente alegres como los que usaría un niño para decorar su cometa.

Los que contemplen de lejos nuestro mundo sin entenderlo demasiado, como aquellos que contemplen dentro de unos siglos las pinturas de los libros que hemos ilustrado, aunque tengan el deseo de acercarse a él y comprenderlo, si no demuestran la paciencia necesaria, quizá puedan llegar a sentir la vergüenza y la felicidad, el dolor profundo y el placer de la mirada que yo sentía mirando ilustraciones en la fría sala del Tesoro, pero no nos llegarán a comprender del todo. Mientras mis ancianos dedos, que habían perdido toda sensibilidad con el frío, pasaban las páginas, mi vieja lente con mango de nácar y mi ojo izquierdo se deslizaban sobre las ilustraciones como una cigüeña migratoria que ha podido ver de todo viajando por el mundo, sin sorprenderse por el paisaje que había bajo ellos pero observándolo admirados, aprendiendo cosas nuevas. Gracias a aquellas páginas que durante años nos habían sido ocultadas, algunas de ellas legendarias, me enteraba de qué había aprendido qué ilustrador de quién, en qué talleres y bajo la protección de qué sha se había formado por primera vez eso que ahora llaman estilo, al servicio de quién había trabajado qué ilustrador legendario o, por ejemplo, que las rizadas nubes a la manera de los chinos, que yo sabía que se habían extendido por todo el país de los persas desde Herat por influencia china, también se habían utilizado en Kazvin, y de vez en cuando suspiraba con un cansado «¡Ay!», pero el dolor que sentía en lo más hondo, la tristeza y la vergüenza que tanto me cuesta compartir con vosotros tenían más que ver con los sufrimientos y las humillaciones que padecían los hermosos ilustradores de cara de luna, ojos de gacela y cuerpo de junco, la mayoría de los cuales habían sido azotados por sus maestros cuando eran aprendices, con el entusiasmo y la esperanza que sentían, con la proximidad de corazón que vivían con sus maestros y su amor mutuo por la pintura y con el olvido y la ceguera a los que llegaban al final de sus días.

Con esa tristeza y esa vergüenza me introducía en un universo de sentimientos gráciles y delicados que mi alma estaba olvidando en silencio debido a que llevaba años pintando para Nuestro Sultán escenas de batallas y celebraciones. En un álbum vi a un muchacho persa de labios rojos y cintura estrecha que, como estaba haciendo yo en ese momento, sostenía un libro en su regazo y recordé algo que han olvidado todos los shas apasionados por el oro y el poder, que toda la belleza es de Dios. En una página de otro álbum contemplé con lágrimas en los ojos a dos jóvenes enamorados extraordinariamente hermosos, pintados por un joven maestro de Isfahán, y recordé el amor por la pintura de mis propios apuestos aprendices. Una bella muchacha, delgada como un junco, de labios de fresa, ojos almendrados y nariz chata contemplaba admirada, como si mirara tres hermosas flores, las tres pequeñas y profundas marcas de amor que un joven de pies pequeños como ella, piel transparente, delicado y poco musculoso, se había hecho para demostrar la fuerza de su amor y la reverencia que sentía por la muchacha quemándose el delicado y adorable brazo cuidadosamente remangado, cuya piel despertaba en uno el deseo de besarla y morir.

Mi corazón se aceleró y comenzó a latir de una manera extraña. Al mirar las pinturas medio indecentes hechas con tinta negra venidas de Tabriz que mostraban a apuestos jóvenes de piel de mármol y muchachas delgadas de pechos pequeños, en mi frente comenzó a acumularse el sudor en gruesas gotas, tal y como me ocurría cuando las veía en los primeros años de mi aprendizaje, sesenta años atrás. Recordé la profundidad de pensamiento y el amor por la pintura que había sentido cuando, tras haber dado mi primer paso en la maestría y unos años después de casarme, vi al hermoso joven de cara de ángel, ojos de almendra y piel de rosa que había sido traído al taller como candidato a aprendiz. De repente noté con tal fuerza que la pintura no tenía nada que ver con la tristeza y la vergüenza sino con aquel deseo que estaba sintiendo y que era el talento del maestro ilustrador el que convertía ese deseo en amor a Dios primero y luego en amor por el mundo como Él lo ve, que me pareció haber vivido como una victoria feliz del placer todos los años que me había pasado echando joroba ante el tablero de pintura, todas las palizas que me había llevado para aprender mi arte, la decisión de quedarme ciego pintando, todos los sufrimientos que había padecido y hecho padecer por la pintura. Como si mirara algo prohibido, estuve largo rato observando en silencio aquella maravillosa ilustración con ese mismo placer. Mucho después, todavía seguía observándola cuando una lágrima se desprendió de mi ojo, rodó por mi mejilla y se perdió en la barba.

Al ver que se acercaba uno de los candelabros que erraban con lentitud por la sala del Tesoro aparté el álbum y abrí al azar uno de los volúmenes que poco antes el enano había dejado junto a mí. Éste también era un álbum preparado especialmente para los shas: vi dos ciervos enamorados en la linde de un prado y a los chacales mirándolos con una envidia hostil. Pasé la página: vi caballos castaños y alazanes como sólo podrían hacerlos los antiguos maestros de Herat, ¡qué hermosos! Pasé la página: vi la imagen de un secretario estatal sentado de manera arrogante; era una pintura de hacía setenta años y no pude descubrir de quién se trataba porque se parecía a cualquiera. Iba a seguir cuando el tono de la ilustración y la manera de estar pintada en varios colores la barba del hombre sentado me trajeron algo a la memoria. Mi corazón latió a toda velocidad, reconocí la mano maravillosa que había pintada, mi corazón lo había sentido antes que yo, sólo él podría haber hecho una mano tan prodigiosa. Era de Behzat, el gran maestro de la pintura. Me dio la impresión de que una luz surgía de la ilustración y me golpeaba en la cara.

Anteriormente ya había visto algunas ilustraciones hechas por el gran maestro Behzat, pero, quizá porque no las había observado solo sino con algunos viejos maestros hacía años, o quizá porque no estábamos del todo seguros de que pertenecieran al gran Behzat, ninguna me deslumbró como ésta.

Me pareció que la pesada oscuridad que hedía a moho de la sala del Tesoro se iluminara. En mi mente se unieron aquella mano magníficamente pintada y el extraordinario y delicado brazo marcado con las señales de amor que había visto poco antes. Le di las gracias a Dios por haberme mostrado aquellas maravillas antes de quedarme ciego. ¿Cómo sé que me quedaré ciego dentro de poco? ¡No lo sé! Por un momento noté que podría comunicarle aquella intuición a Negro, que se me había acercado con el candelabro en la mano y que ahora observaba la página que yo estaba mirando, pero de mi boca salió algo distinto:

– Mira la hermosura de la mano -le dije-. Es de Behzat.

Mi mano, por sí sola, cogió la de Negro como si cogiera la de uno de aquellos guapos aprendices de piel suave y sedosa, a cada uno de los cuales tanto había amado en mi juventud. Su mano era lisa y firme, más cálida que la mía y la parte venosa de la muñeca donde se unía con el brazo era como a mí me gustaba, delicada y ancha. Cuando era joven, antes de coger la mano de un aprendiz para decirle cómo debía sostener el pincel, le miraba con cariño a sus ojos atemorizados y dulces. Fue así como miré a Negro. En sus pupilas vi la llama de la vela del candelabro que tenía en la mano.

– Nosotros, los ilustradores, somos todos hermanos. Pero ahora todo se está acabando.

– ¿Cómo?

Había dicho aquel «todo se está acabando» como un gran maestro que se hubiera entregado durante años a un jakán o a un príncipe, que hubiera creado maravillas en su taller a la manera de los maestros antiguos y que incluso hubiera conseguido que el taller tuviera un estilo y quisiera quedarse ciego sabiendo que, después de que el jan que le protegía hubiera perdido todas las batallas, los nuevos señores que seguirían a las tropas saqueadoras que habían entrado en la ciudad dispersarían el taller, desencuadernarían los volúmenes y mezclarían las páginas y lo despreciarían y destruirían todo, incluyendo aquellos pequeños detalles en la pintura en los que creía, que él mismo había descubierto y a los que quería como si fueran sus propios hijos. Pero a Negro tendría que explicárselo de otra manera.

– Esta imagen es la del gran poeta Abdullah Hatifi -dije-. Hatifi era un poeta tan grande que cuando el sha Ismail entró en Herat y todo el mundo fue a adularlo, él no se movió de su casa y fue el sha Ismail quien acudió a visitarlo a su casa en las afueras de la ciudad. Sabemos que es la imagen de Hatifi no por la cara pintada por el Maestro Behzat, sino por la inscripción que hay bajo la imagen, ¿no?

Negro me miró asintiendo con sus hermosos ojos.

– Al mirar el rostro del poeta en la pintura -proseguí-, vemos que es una cara cualquiera, como cualquier otra. Si el difunto Abdullah Hatifi estuviera aquí ahora no podríamos identificarlo por la cara de esta ilustración. Pero sí por toda ella: en la atmósfera de la pintura, en la postura de Hatifi, en los colores, en la iluminación y en la hermosa mano pintada por el Maestro Behzat hay algo que nos dice enseguida que se trata de la imagen de un poeta. Porque en nuestra pintura el significado precede a la forma. Ahora, como en el caso del libro que Nuestro Sultán encargó a tu difunto Tío, cuando se empiece a pintar imitando a los maestros francos e italianos, se acabará todo este universo de significado y comenzará el reino de la forma, que con el estilo de los francos…

– Mi difunto Tío ha sido asesinado -me interrumpió groseramente Negro.

Acaricié la mano de Negro que sostenía entre las mías con el mismo respeto con que habría acariciado la pequeña mano de un joven aprendiz destinado a pintar maravillas en el futuro. Durante un rato estuvimos observando con respeto Y en silencio la maravilla de Behzat. Luego Negro apartó su mano de las mías.

– Hemos pasado muy deprisa, sin poder mirarles los ollares, por los caballos castaños de la página anterior.

– Ahí no hay nada -le respondí y, para que lo viera, abrí la página anterior. No había nada extraordinario en los ollares de los caballos.

– ¿Cuándo encontraremos caballos con los ollares extraños? -me preguntó Negro como un niño.

Pero, cuando en cierto momento entre la medianoche y el amanecer el enano y yo encontramos en el interior de un baúl de hierro que había bajo unos montones de sedas y rasos verdes el legendario Libro de los reyes del sha Tahmasp y lo sacamos de allí, Negro se había acurrucado en una alfombra roja de Usak y se había dormido con su bien formada cabeza apoyada en un almohadón de terciopelo bordado con perlas. En cambio para mí el día acababa de comenzar según comprendí en cuanto vi de nuevo, después de años, el legendario libro.

El libro era tan grande y pesado que entre Cezmi agá y yo sólo podíamos levantarlo a duras penas. Al tocar el volumen que hacía veinticinco años sólo había podido mirar de lejos, noté que las tapas, por debajo de la piel, eran de madera. Veinticinco años atrás, cuando murió el sultán Solimán el Magnífico, el sha Tahmasp se sintió tan alegre de haberse librado de aquel soberano que había conquistado tres veces Tabriz, que envió al sultán Selim, su sucesor, camellos cargados de regalos, un magnífico Sagrado Corán y este libro, el mejor de su tesoro. El libro, junto con la embajada persa formada por trescientas personas, fue primero a Edirne, donde el nuevo sultán pasaba el invierno cazando, y cuando llegó a Estambul con el resto de los regalos a lomos de camellos y mulas, nosotros cuatro, el Gran Ilustrador Memi el Negro y tres jóvenes maestros, fuimos a verlo antes de que lo encerraran en el Tesoro. Aquel día, en el que fuimos corriendo a Palacio como cuando los habitantes de Estambul van a ver un elefante traído de la India o una jirafa que ha llegado de África, supe por el Maestro Memi el Negro que el gran maestro Behzat se había trasladado en su vejez de Herat a Tabriz pero que no había colaborado en aquel libro porque se había quedado ciego.

Para nosotros, ilustradores otomanos que por entonces nos quedábamos admirados con libros mediocres que contenían siete u ocho pinturas, ver aquel libro con doscientas cincuenta enormes ilustraciones era como pasear por un palacio magnífico mientras todos duermen. Contemplamos sin hablar y con una sensación de silenciosa reverencia las increíblemente ricas páginas del libro como si contempláramos el Jardín del Edén que, como resultado de un milagro, se hubiera aparecido ante nosotros por un breve instante.

Y los siguientes veinticinco años los pasamos hablando de aquel libro encerrado en el Tesoro.

Veinticinco años más tarde, abrí en silencio, como si abriera la enorme puerta de un palacio, la gruesa tapa del legendario Libro de los reyes, pero mientras pasaba las páginas, que producían un agradable susurro, se despertó en mi interior, más que admiración, un sentimiento de tristeza.

1. No podía concentrarme en las pinturas a causa de las murmuraciones que aseguraban que todos los maestros ilustradores de Estambul habían robado algo de las páginas de aquel libro para utilizarlo.

2. No podía prestar toda mi atención a las maravillas que aparecían en una de cada cinco o seis ilustraciones (¡con qué decisión y qué gracia golpeaba Tahmuras con su maza de guerra las cabezas de los demonios y gigantes que más tarde, en tiempo de paz, le enseñarían el alfabeto, griego y todo tipo de lenguas!) porque estaba atento a que quizá podía encontrarme por casualidad con una mano pintada por Behzat en algún rincón.

3. Los ollares de los caballos y la presencia de Negro y el enano me impedían entregarme por completo a lo que estaba viendo.

Era una enorme suerte el poder mirar hasta hartarme aquel libro legendario que había encontrado como resultado de una oportunidad que Dios me había concedido generosamente antes de que descendiera sobre mis ojos el telón de terciopelo de la oscuridad, esa gracia divina que se me iba acercando como a todos los grandes ilustradores, pero también era una pena que sólo pudiera observarlo con la mente en lugar de con el corazón. Para cuando las luces del amanecer alcanzaron la sala del Tesoro, cada vez más parecida a un frío mausoleo, había podido ver cada una de las doscientas cincuenta y nueve (no doscientas cincuenta) ilustraciones de aquel libro inigualable. Las observé con la mente, así que voy a clasificarlas como si fuera un sabio árabe, tan aficionados a los razonamientos:

1. No pude encontrar un caballo con los ollares parecidos a los que había dibujado el infame asesino; ni entre los caballos de todos los pelajes que se encontró Rüstem mientras perseguía a los cuatreros en Turan; ni entre los caballos maravillosos de Feridun Sha, que cruzaron a nado el Tigris aunque el Sultán de los árabes se había negado a darle permiso; ni entre los tristes caballos grises que contemplaban cómo Tur, hermano mayor de Ireç, le cortaba a éste la cabeza de manera alevosa y traidora porque le tenía envidia ya que su padre le había dejado a su hijo menor Irán, el más hermoso de todos los países, mientras que a él le había cedido el lejano país de Rum ya su otro hermano el aún más lejano país de la China; ni entre los caballos del heroico ejército de Alejandro, provisto de armaduras, escudos de hierro, espadas inquebrantables y brillantes cascos y que incluía auxiliares jázaros, egipcios, beréberes y árabes; ni tampoco en el legendario caballo que mató de manera inesperada y obedeciendo a la justicia divina al sha Yazdgird a la orilla del lago verde cuyas aguas medicinales tan bien le iban a la perpetua hemorragia nasal que tenía como resultado de haberse opuesto al destino que Dios le tenía reservado; ni entre los cientos de caballos, legendarios y verdaderos, pintados todos por sólo seis o siete ilustradores; pero ante mí tenía más de un día para examinar el resto de los libros del Tesoro.

2. Hay una afirmación que ha sido objeto de cotilleo entre los maestros ilustradores los últimos veinticinco años: que un ilustrador, con un permiso especial del sultán, había entrado en esta inaccesible sala del Tesoro, que había encontrado este libro prodigioso, que había copiado en su cuaderno de modelos muchos ejemplos de caballos, árboles, nubes, flores, aves, jardines y escenas de guerra y amor y que luego los había utilizado en su propio beneficio… Eso era lo que decían los demás, envidiosos, cada vez que un ilustrador pintaba algo sorprendente y extraordinario. Y también para desprestigiarlo un tanto como un trabajo a la manera de los persas, de Tabriz. Por aquel entonces Tabriz no formaba parte de los territorios de Nuestro Sultán. Cuando se había referido de otros, yo mismo había creído esa calumnia, que cuando se dijo de mí me hizo sentir una justa ira y un secreto orgullo. Ahora, de una manera extraña, me daba cuenta con tristeza de que los cuatro ilustradores que aquel día de hace veinticinco años miramos una sola vez el libro nos lo habíamos grabado en la memoria y que a lo largo de estos veinticinco años habíamos ilustrado los libros de Nuestro Sultán recordando y alterando lo que teníamos en la mente. Lo que me entristecía no era la crueldad de los suspicaces sultanes que no sacaban éste y otros libros de su Tesoro para mostrárnoslos, sino lo limitado que era nuestro propio universo pictórico. Tanto los grandes maestros de Herat como los nuevos maestros de Tabriz, los ilustradores persas siempre han pintado escenas más perfectas y maravillosas que nosotros, los ilustradores otomanos.

Por un momento pensé que lo mejor sería que todos los ilustradores, incluido yo, fuéramos sometidos a tortura dos días después y raspé con el extremo de mi cortaplumas los ojos de la primera cara que se me vino a las manos en la pintura que tenía ante mí. ¡Era la historia del sabio persa que aprendía a jugar al ajedrez observando el tablero cuadriculado y las piezas que había traído el embajador de la India y que, en cuanto aprendía, vencía al maestro indio! ¡Mentiras persas! Raspé uno a uno los ojos de los jugadores de ajedrez y del sha y de sus hombres, que los contemplaban. Volví atrás las páginas y raspé también cruelmente los ojos de los shas que combatían sin cuartel, de los soldados magníficamente armados de sus imponentes ejércitos y de las cabezas cortadas en el suelo. Después de hacer lo mismo en tres páginas, me guardé el cortaplumas en el fajín.

Me temblaban las manos, pero no me sentía especialmente mal. ¿Comprendía ahora lo que habían sentido los tantísimos perturbados que realizaban aquella extraña acción, con los que tan a menudo me había encontrado a lo largo de mis cincuenta años de vida como ilustrador? Me habría gustado que de los ojos que había raspado chorreara sangre a las páginas del libro.

3. Y esto me conduce al tormento y al consuelo del final de mi vida. El pincel del gran Behzat no había tocado ese libro que el sha Tahmasp había encargado obligando a trabajar durante diez años a los mayores maestros de Persia, aquellas hermosísimas manos suyas no estaban pintadas en ningún lugar. Eso confirmaba que cuando fue a Tabriz en los últimos años de su vida, después de haber perdido el favor en Herat, Behzat estaba ciego. Así fue como de nuevo comprendí feliz que cuando alcanzó la perfección de los maestros antiguos después de trabajar toda su vida, el gran maestro se había cegado a sí mismo para que su pintura no se viera sometida a los caprichos de ningún otro taller ni de ningún otro sha.

En ese momento Negro y el enano abrieron un grueso volumen y lo colocaron ante mí.

– No, éste no es -dije sin la menor brusquedad-. Éste es un Libro de los reyes mongol. Los caballos de hierro de la caballería de hierro de Alejandro han sido llenados de nafta, les han prendido fuego y brillan como lámparas mientras atacan al enemigo lanzando llamas por los ollares.

Observamos aquel ejército de hierro envuelto en llamas copiadas de las pinturas chinas.

– Cezmi agá -dije-, en la Crónica de Selim nosotros pintamos los regalos que hace veinticinco años trajeron los embajadores persas que también trajeron este libro del sha Tahmasp.

Encontró rápidamente el volumen de la Crónica de Selim y me lo trajo. En la detallada lista de los regalos que había frente a la página brillantemente coloreada que mostraba a los embajadores presentando el Libro de los reyes junto con los demás regalos al difunto sultán Selim mi mirada encontró por sí sola algo que había leído en tiempos y que había olvidado porque era como si no pudiera creérmelo:

«El alfiler de turbante de oro con cabeza de turquesa e incrustaciones de nácar que el antiguo maestro de Herat y maestro de maestros, el ilustrador Behzat, usó para cegarse.»

Le pregunté al enano dónde había encontrado el volumen de la Crónica de Selim. Caminamos dando vueltas por la polvorienta oscuridad de la sala del Tesoro, entre baúles, armarios, pilas de telas y alfombras y por debajo de escaleras. Vi que nuestras sombras, que se alargaban y se reducían, pasaban sobre escudos, colmillos de elefante y pieles de tigre. En una de las otras salas, sumida en el mismo rojo extraño del color de las telas y las sedas, vi que, junto al baúl de hierro en el que habíamos encontrado el Libro de los reyes y entre otros libros, cobertores bordados con hilo de oro y plata, granates de Ceilán en bruto y dagas con la empuñadura de rubí, había algunos de los demás regalos enviados por el sha Tahmasp, alfombras de seda de Isfahán, un juego de ajedrez de marfil y una caja de cálamos que me llamó la atención y que se podía distinguir rápidamente que procedía de los tiempos de Tamerlán por las ramas y los dragones chinos y por la roseta con incrustaciones de nácar que tenía. La abrí y de su interior surgió, junto con un ligero aroma a papel quemado y a rosas, el alfiler de turbante de oro con adornos de turquesa y nácar. Lo cogí y volví a mi sitio como una sombra.

Una vez solo, coloqué sobre una página abierta del Libro de los reyes el alfiler con el que el Maestro Behzat se había cegado y lo contemplé. Me hacía sentir escalofríos, no ya ver el alfiler con el que se había cegado el propio Behzat, sino cualquier cosa que hubiera tomado en sus manos milagrosas.

¿Por qué el sha Tahmasp había enviado al sultán Selim aquel terrible alfiler junto con el libro que le había regalado? ¿Porque el sha, que en su niñez había recibido lecciones de pintura de Behzat y en su juventud había protegido a los ilustradores, en su vejez había apartado de su círculo a poetas y pintores y se había entregado a la oración? ¿Era por eso por lo que había consentido en desprenderse de aquel libro magnífico en el que los mejores maestros habían trabajado durante diez años? ¿Había enviado ese alfiler con el libro para que todos supieran que el final del maestro ilustrador había sido la ceguera voluntaria o porque quería insinuar, como se contaba en tiempos, que cualquiera que mirara las páginas de este libro legendario aunque sólo fuera una vez ya no querría ver ninguna otra cosa en el mundo? Pero para el sha, arrepentido de su juvenil amor a la pintura por miedo al pecado, como les ocurre a tantos soberanos en su vejez, este libro ya no era una maravilla.

Recordé las historias que contaban los ilustradores desdichados que se decepcionan al envejecer. Cuando los ejércitos del soberano de los Ovejas Negras, Cihan Sha, estaban a punto de entrar en Shiraz, el legendario Gran Ilustrador de la ciudad, Ibni Hüsam, hizo que su aprendiz le quemara los ojos con un hierro al rojo diciendo: «No quiero pintar de otra manera». Se decía que un anciano maestro persa, uno de los ilustradores que los ejércitos del sultán Selim el Fiero trajeron a Estambul después de derrotar al sha Ismail, entrar en Tabriz y saquear el Palacio de los Ocho Cielos, no se había quedado ciego por una enfermedad que hubiera sufrido en el camino, como se afirmó luego, sino a causa de los fármacos que había tomado porque se negaba a pintar al estilo de los otomanos. Yo mismo les hablaba a mis ilustradores sobre cómo Behzat se había cegado para que les sirviera de ejemplo en sus momentos de frustración.

¿Es que no podía haber una segunda vía? Si un maestro ilustrador adoptaba sólo lo más superficial de las nuevas maneras, ¿no podría salvar el estilo de todo un taller y de los maestros antiguos, aunque sólo fuera un poco?

En el agudo extremo del alfiler de turbante, que se afilaba de una forma sumamente grácil, había una sombra, pero mis cansados ojos no podían distinguir si se trataba de sangre o de alguna otra cosa. Acerqué la lente y contemplé largamente el alfiler notando la misma tristeza que alguien que mira una melancólica escena de amor. Intenté imaginarme cómo podría Behzat haber hecho aquello. La gente decía que uno no se quedaba ciego inmediatamente, sino que, como ocurre con los ancianos que se quedan ciegos de manera natural, la aterciopelada oscuridad desciende con lentitud, tardando a veces días o meses.

Lo había visto mientras pasaba por la sala contigua; me levanté a verlo, seguía allí; un espejo de marfil con el mango borneado, con el grueso marco de ébano con inscripciones parecidas a flores que lo rodeaban. Me senté en mi sitio y observé mis ojos en el espejo. Qué hermosa ondeaba la llama del candelabro de oro en mis pupilas, que llevaban sesenta años pintando y contemplando pinturas.

¿Cómo lo había hecho el maestro Behzat?, volví a preguntarme anhelante.

Sin apartar mis pupilas del espejo, con la habilidad de una mujer acostumbrada a aplicarse afeites en los ojos, mi mano encontró por sí sola el alfiler. Sin dudar, de la misma forma que se perfora por un extremo el huevo de avestruz que se va a decorar, me lo clavé con decisión, calma y fuerza en mi pupila derecha. Me sentí mal no por lo que había hecho, sino porque lo había visto. Me clavé como un cuarto de dedo el alfiler en el ojo y lo saqué.

En el pareado grabado en el marco del espejo el poeta deseaba infinita belleza e infinita sabiduría a quien se mirara en él y una vida infinita para el propio espejo.

Sonriendo, hice lo mismo con mi otro ojo.

Durante un rato estuve sin moverme. Contemplé el universo. Todo.

Los colores del universo no se oscurecieron, como creía, sino que parecieron mezclarse suavemente. Pero todavía podía verlo más o menos todo.

Poco después la pálida luz del sol penetró entre el rojo oscuro, el rojo sangre, de las telas de la sala del Tesoro. El Tesorero Imperial y sus hombres volvieron a romper con la misma ceremonia el sello y abrieron el candado y la puerta. Cezmi agá cambió los orinales, las lámparas y el brasero, cogió pan recién horneado y moras secas y les comunicó que seguiríamos buscando caballos de extraños ollares entre los libros de Nuestro Sultán. ¿Qué puede haber más hermoso que intentar recordar el mundo visto por Dios mirando las más bellas pinturas del mundo?