39097.fb2 Me Llamo Rojo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 55

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53. Me llamo Ester

Estaba preparando sopa de lentejas para la cena cuando Nesim me dijo «Hay alguien en la puerta que pregunta por ti». «Que no se pegue la sopa», le avisé después de pasarle el cucharón, tomar su anciana mano en la mía y dar un par de vueltas con ella a la cazuela. Porque si no se lo enseño se puede pasar horas con la cuchara metida en la sopa sin removerla.

Cuando vi a Negro en la puerta simplemente sentí pena por él. Tenía algo en la cara que a una le daba miedo preguntar lo que había pasado.

– No entres -le dije-. Me cambio y ahora mismo estoy contigo.

Me puse el vestido rosa y amarillo que uso cuando me llaman a las celebraciones de Ramadán, a las mesas de los ricos o a las bodas largas y cogí mi atado de los días de fiesta.

– Ya me tomaré la sopa cuando vuelva -le dije al pobre Nesim.

Negro y yo apenas habíamos cruzado una calle de nuestro pequeño barrio judío, donde las chimeneas echan tan poco humo como vapor las cazuelas de los pobres, cuando le dije:

– El antiguo marido de Seküre ha vuelto de la guerra.

Negro estuvo callado hasta que salimos del barrio. Tenía la cara del color de la ceniza, como el atardecer.

– ¿Dónde están? -preguntó mucho después.

Así fue como comprendí que Seküre y los niños no estaban en casa.

– En su casa -me di cuenta de inmediato de que aquello se marcaría como un hierro al rojo en el corazón de Negro porque me refería a la antigua casa de Seküre y quise abrir una puerta a la esperanza-. Probablemente.

– ¿Tú has visto a su marido después de que volviera de la guerra? -me preguntó mirándome a los ojos.

– No lo he visto ni a él, ni a Seküre abandonando la casa.

– ¿Y cómo sabes que ha abandonado la casa?

– Por tu cara.

– Cuéntamelo todo -dijo decidido.

Estaba tan preocupado como para no comprender que para que esta Ester, con el ojo en la ventana y el oído en la calle, pueda ser la Ester que encuentra marido a tantas muchachas soñadoras y que llama con toda tranquilidad a la puerta de tantas casas infelices, nunca puede contarlo todo.

– Hasan, el hermano del antiguo marido de Seküre, fue a vuestra casa -vi que le alegraba que hubiera dicho «vuestra casa»- y le dijo a Sevket que su padre estaba a punto de volver de la guerra, que llegaría esa misma tarde y que si no veía a su mujer y a sus hijos se entristecería mucho. Aunque Sevket le dio la noticia a su madre, Seküre fue prudente y no llegó a tomar una decisión. Poco antes de media tarde Sevket se escapó de casa y se refugió con su tío Hasan y su abuelo.

– ¿Cómo te enteras de todas estas cosas?

– ¿No te ha dicho Seküre que Hasan lleva dos años enredando para llevarla de vuelta a su antigua casa? En cierta época Hasan le envió cartas a Seküre a través de mí.

– ¿Le contestó alguna vez Seküre?

– Conozco a todo tipo de mujeres en Estambul -le respondí con orgullo-, y no hay ninguna tan fiel a su casa, a su marido y a su honra como Seküre.

– Pero ahora su marido soy yo.

En su voz había esa falta de confianza tan masculina que siempre me ha dado tanta pena. Por donde pasa Seküre no quedan más que escombros.

– Hasan escribió una nota en la que decía que Sevket había ido a su casa para esperar a su padre, que su madre se había casado ilegalmente, que el niño era muy desgraciado a causa de su nuevo padre, ese falso marido, y que no pensaba volver, y me la dio para que yo se la llevara a Seküre.

– ¿Y qué hizo Seküre?

– Te esperó toda la noche sola con el pobre Orhan.

– ¿Y Hayriye?

– Hayriye lleva años aguardando la menor oportunidad para ponerle la zancadilla a tu bella esposa. Por eso se le metía en la cama a tu difunto Tío. Cuando Hasan vio que Seküre había pasado la noche sola muerta de miedo por el asesino y los fantasmas le envió otra nota conmigo.

– ¿Qué decía?

– Gracias a Dios esta pobre Ester no sabe leer ni escribir y así cuando señores furiosos y padres irritables le preguntan eso puede responder: yo no puedo leer las cartas, sino sólo las caras de las hermosas jovencitas que las leen.

– ¿Y qué leíste?

– Desesperación.

Estuvimos largo rato sin hablar. Vi una lechuza que esperaba la noche posada en el tejado de una pequeña iglesia griega. Vi mocosos del barrio que se reían de mi ropa y de mi atado. Vi un perro sarnoso que bajaba a la calle desde un cementerio con cipreses rascándose alegre.

– ¡Despacio! -le grité luego a Negro-. Yo no puedo subir estas cuestas como tú. ¿Dónde me llevas con este atado encima?

– Antes de que tú me lleves a casa de ese Hasan yo te llevo a la de hombres valientes y generosos para que abras el atado y les vendas pañuelos bordados con flores, fajines de seda y faltriqueras con bordados de plata para sus amantes secretas.

Era algo bueno que Negro todavía pudiera gastar bromas en su triste situación, pero enseguida percibí la parte seria de su broma:

– Si vas a reclutar un ejército, no te llevaré a casa de Hasan -le dije-. Me dan pánico las peleas y las riñas.

– Si eres la inteligente Ester de siempre, no habrá ni peleas ni riñas.

Pasamos Aksaray y entramos en el camino que iba hacia atrás en dirección a los bosques de Langa. En lo alto del fangoso camino, en un barrio que había visto días mejores, Negro entró en una barbería que todavía estaba abierta. Vi que hablaba con un muchacho de rostro limpio y hermosas manos y con el maestro al que afeitaba a la luz del candil. Sin que pasara mucho el barbero, su guapo aprendiz y otros dos hombres se unieron a nosotros en Aksaray. Llevaban espadas y hachas. En un callejón de Sebdizehzadebasi se nos unió en la oscuridad, espada en mano, un estudiante de medersa a quien nunca me habría imaginado mezclándose en tales asuntos de matones.

– ¿Vais a asaltar una casa en la ciudad en pleno día? -pregunté.

– No es de día, es de noche -respondió Negro con un tono más satisfecho que bromista.

– No te confíes tanto sólo porque has reunido un ejército -le dije-. Que los jenízaros no vean que va por ahí un ejército completamente armado.

– No nos verá nadie.

– Ayer los hombres del predicador de Erzurum asaltaron primero una taberna y luego el monasterio de los Cerrahi en Sagirkapi y sacudieron a todo el mundo. Murió un anciano al que le dieron un estacazo en la cabeza. En la oscuridad pueden pensar que sois de ellos.

– Me he enterado de que fuiste a casa del difunto Maese Donoso, de que viste los caballos con la tinta corrida que tenía su mujer, que Dios la bendiga, y de que avisaste de todo a Seküre. ¿Andaba mucho Maese Donoso con los hombres de ese predicador de Erzurum?

– Si le he tirado a su mujer un poco de la lengua ha sido porque pensaba que podía ser de alguna utilidad para mi pobre Seküre -respondí-. En realidad, había ido a mostrarle las telas que acababan de llegar en el barco de Flandes. No para mezclarme en vuestros asuntos legales y políticos, que mi pobre cabeza de judía no alcanza a comprender.

– Señora Ester, eres muy inteligente.

– Si lo soy, déjame que te diga esto: los hombres de ese predicador de Erzurum van a desmandarse todavía más, van a hacer mucho daño, temedlos.

Al entrar por la calle que hay por detrás de la Puerta del Mercado, mi corazón se aceleró de miedo. Las ramas desnudas y mojadas de los castaños y las moreras brillaban a la luz pálida de la media luna. Un viento que soplaban duendes y espectros sacudió los bordados de mi atadillo haciéndolo zumbar y pasó silbando entre los árboles llevando el olor de nuestra comitiva a todos los perros del barrio, que nos esperaban emboscados. Cuando comenzaron a ladrar de uno en uno y por parejas le señalé la casa a Negro. Observamos por un momento el techo y los postigos oscuros. Negro apostó a sus hombres alrededor de la casa, en la huerta desierta, a ambos lados de la puerta del patio y detrás de las higueras de la parte posterior.

– En ese callejón hay un asqueroso mendigo tártaro -le dije-. Está ciego, pero sabe mejor que el sereno quién entra y sale de la calle. Se está masturbando continuamente, como los desvergonzados monos del Sultán. Dale ocho o diez ásperos sin tocarlo y te lo contará todo.

Desde lejos vi cómo Negro primero le daba el dinero al tártaro y luego le presionaba apoyándole la hoja de la espada en el cuello. Después, no sé cómo pasó, el aprendiz del barbero, que yo creía que estaba vigilando la casa, comenzó a golpear al tártaro con el mango de su hacha. Estuve mirando un poco pensando que enseguida se terminaría aquello, pero el tártaro había empezado a llorar. Eché a correr y se lo arrebaté de las manos antes de que lo matara.

– Me ha mentado a la madre -decía el aprendiz de barbero.

– Dice que Hasan no está en la casa -me explicó Negro-. ¿Podemos fiarnos del ciego? -me alargó una carta que había escrito allí mismo-. Toma esto y llévalo a la casa, dáselo a Hasan y, si él no está, a su padre.

– ¿No le has escrito nada a Seküre? -le pregunté mientras cogía la carta.

– Si le envío una carta aparte, los hombres de la casa se lo tomarán como una provocación -me explicó Negro-. Dile que he encontrado al miserable asesino de su padre.

– ¿Es eso verdad?

– Tú díselo.

Regañé al tártaro, que seguía lloriqueando y lamentándose hasta conseguir que se callara.

– No olvides todo lo que he hecho por ti -le dije, y me di cuenta de que estaba alargando aquello para no tener que irme.

¿Por qué habría metido las narices en todo aquel asunto? Hacía dos años habían matado a una buhonera en la Puerta de Edirne y le habían cortado las orejas porque la muchacha que había prometido se había casado con otro tipo. Mi abuela me decía que los turcos, la mayor parte de las veces, mataban a la gente sin razón alguna. Eché muchísimo de menos a mi Nesim, que ahora estaría en casa tomándose la sopa de lentejas. Por mucho que mis pies me tiraran hacia atrás caminé hacia la casa pensando que Seküre estaría allí. Además me comía la curiosidad.

– ¡Buhoneraaa! Tengo sedas de china para vestidos de fiesta.

Noté que se movía la luz anaranjada que se filtraba por entre los postigos. Se abrió la puerta. El amable padre de Hasan me hizo pasar. La casa estaba calentita, como las casas de los ricos. Seküre, que estaba sentada a la mesa con los niños a la luz de la lámpara, se puso en pie en cuanto me vio.

– Seküre -le dije-. Ha venido tu marido.

– ¿Cuál?

– El nuevo. Ha rodeado la casa con hombres armados. Y están dispuestos a pelear con Hasan.

– Hasan no está en casa -intervino su atento suegro.

– Mejor, gracias a Dios. Toma esto -le dije al padre entregándole la carta de Negro como un orgulloso embajador que presentara la despiadada voluntad del Sultán.

– Ester -me dijo Seküre mientras su afable suegro leía la carta-, ven, que te sirva un poco de sopa de lentejas, entrarás en calor.

– No me gusta -le dije primero. No me había hecho ninguna gracia su manera de hablar, como si fuera la dueña de la casa. Pero cuando me di cuenta de que quería hablar conmigo a solas agarré la cuchara y la seguí.

– Díle a Negro que todo ha sido por culpa de Sevket -susurró-. Ayer lo esperé toda la noche sola con Orhan muerta de miedo por el asesino. Orhan se pasó la noche temblando. ¡Mis hijos separados! ¿Qué madre puede estar apartada de sus hijos? Negro no volvía y me trajeron noticias de que los torturadores de Nuestro Sultán le habían hecho hablar y que tenía que ver con la muerte de mi padre.

– ¿No estaba Negro contigo cuando mataron a tu padre?

– Ester -me dijo mi preciosa abriendo enormemente sus ojos negros-, por favor, ayúdame.

– Dime por qué has vuelto aquí para que pueda comprenderlo y ayudarte.

– ¿Crees que sé por qué he vuelto? -hizo un gesto como si fuera a echarse a llorar-. Negro maltrató a mi Sevket y, cuando Hasan dijo que el verdadero padre de mis hijos había regresado, lo creí.

Pero yo comprendía por su mirada que me estaba mintiendo y ella sabía que yo lo sabía. «¡Me dejé engañar por Hasan!», susurró y sentí que con eso quería que yo entendiera que amaba a Hasan. Pero ¿entendía Seküre que había empezado a pensar más en Hasan porque se había casado con Negro?

Se abrió la puerta y entró Hayriye llevando un pan recién salido del horno que olía estupendamente. Por la cara de desagrado que puso en cuanto me vio me di cuenta de que aquella pobre cosa era una herencia maldita que le había quedado a Seküre después de la muerte del Tío y que no podría venderla ni echarla de su casa. Al volver Seküre junto a sus hijos a la habitación con el pan recién horneado, comprendí la verdad. Lo que Seküre buscaba y no podía encontrar no era un marido que la amara, fuera el padre de sus hijos, fueran Hasan o Negro, lo difícil era encontrar un padre que pudiera querer a aquellos niños de ojos enormemente abiertos por el miedo. Seküre estaba dispuesta a amar con toda su buena intención a cualquier marido aceptable.

– Lo que buscas lo buscas con el corazón -le dije sin pensar-. Pero tienes que tomar una decisión con la cabeza.

– Ahora mismo volveré junto a Negro con mis hijos -me respondió-. ¡Pero tengo mis condiciones! -guardó silencio un momento-. Se portará bien con Sevket y Orhan. No me pedirá cuentas por haberme refugiado aquí. Y cumplirá, él ya las sabe, las condiciones de nuestro matrimonio. Anoche me dejó completamente a solas a merced de los asesinos, los ladrones, los espíritus malignos y de Hasan.

– Todavía no ha podido encontrar al asesino de tu padre, pero me pidió que te dijera que lo había encontrado.

– ¿Voy con él?

Sin que yo pudiera responder, habló su antiguo suegro, que seguía sosteniendo la carta que hacía rato había terminado de leer:

– Dígale al señor Negro que yo no puedo asumir la responsabilidad de devolverle a mi nuera sin que mi hijo esté presente.

– ¿Qué hijo? -le pregunté pendenciera pero con voz suave.

– Hasan -contestó-. Al parecer mi hijo mayor regresa del país de los persas, hay testigos -como era todo un caballero se avergonzó de lo que acababa de decir.

– ¿Dónde está Hasan? -le pregunté mientras me tomaba un par de cucharadas de la sopa que me había servido Seküre.

– Ha ido a reunir a los secretarios, porteadores y demás hombres de la Intendencia de Aduanas -respondió con esa expresión infantil de los hombres buenos y tontos que no son capaces de mentir-. Además, después de lo que hicieron ayer los erzurumíes, los jenízaros andan esta noche por la calle.

– Pues nosotros no los hemos visto -dije encaminándome hacia la puerta-. ¿Es ésa tu última palabra?

Se lo pregunté al suegro para meterle miedo, pero Seküre entendió perfectamente que en realidad se lo preguntaba a ella. ¿Realmente estaba tan confusa o me estaba ocultando algo, por ejemplo que estaba esperando el regreso de Hasan con sus hombres? La verdad es que me alegró comprender que me gustaba la indecisión de Seküre.

– No queremos a Negro -dijo Sevket valientemente-. Y tú no vuelvas más por aquí, gorda.

– Pero entonces, ¿quién traerá esos manteles bordados y esos pañuelos con flores y pájaros que tanto le gustan a tu madre y la tela roja para camisas que tanto te gusta a ti? -le respondí dejando mi atado en medio de la habitación-. Mientras vuelvo podéis abrirlo, mirar y poneros lo que queráis, cortar y coser lo que os dé la gana.

Sentí pena al salir: nunca había visto a Seküre con los ojos tan llenos de lágrimas. Antes de que me diera tiempo a acostumbrarme al frío del exterior Negro me salió al paso en el fangoso camino llevando la espada en la mano.

– Hasan no está en casa -le dije-. Quizá haya ido al mercado a comprar vino para celebrar la vuelta de Seküre. O quizá, como me han dicho, regrese enseguida con sus hombres. Entonces habrá lucha porque está loco. Sobre todo si agarra esa espada roja.

– ¿Qué ha dicho Seküre?

– Su suegro ha dicho que no, que ni hablar, que no entregará a su nuera, pero no es a él a quien debes temer, sino a Seküre. Si me lo preguntas a mí, tu mujer está confusa y ha vuelto aquí dos días después de que mataran a su padre porque comprendió que no podía pasar una segunda noche muerta de miedo en aquella casa con el temor al asesino, las amenazas de Hasan y habiendo desaparecido tú sin el menor aviso. También le han dicho que tú tuviste que ver con el asesinato de su padre… Pero en eso de que su antiguo marido vaya a volver no hay nada de cierto. Sevket se ha creído la mentira de Hasan y su padre aparenta creerlo… Seküre tiene la intención de volver contigo, pero tiene también sus condiciones.

Enumeré las condiciones mirando a Negro a los ojos. Las aceptó de inmediato, con un gesto oficial, como si estuviera hablando con un embajador de verdad.

– Yo también tengo una condición -añadí-. Ahora voy a volver a la casa -le señalé las tablas de la ventana tras la que estaba el suegro-. Dentro de un momento atacaréis por ahí y por la puerta. Lo dejaréis cuando yo grite. Si viene Hasan, golpeadlo sin dudar.

Por supuesto, mis palabras no eran las propias de un embajador, que no tiene que temer que le pase nada, pero Ester se estaba dejando llevar por la emoción del asunto. En esta ocasión la puerta se abrió en cuanto grité «¡Buhoneraaa!». Me planté directamente ante el suegro.

– El barrio entero y todo el mundo en esta orilla, incluido el cadí, saben que Seküre se ha divorciado y que se ha vuelto a casar de acuerdo con el Sagrado Corán -le dije-

Aunque tu hijo, que ha muerto hace mucho, resucite y regrese a ti desde el Paraíso y la compañía del Profeta Moisés, Seküre ya está divorciada y no hay nada que hacer. Habéis secuestrado a una mujer casada y la retenéis aquí a la fuerza. Negro me ha pedido que te diga que él y sus hombres te castigarán por ello antes de que el cadí pueda hacerlo.

– Se equivocaría -respondió el suegro delicadamente-. ¡Nosotros no secuestramos a Seküre! Yo, alabado sea Dios, soy el abuelo de estos niños. Y Hasan es su tío. Cuando Seküre se quedó sola, ¿qué podía hacer sino buscar refugio con nosotros? Si quiere puede volver de inmediato con los niños. Pero no olvides que éste es su propio hogar, donde parió a sus hijos y donde los crió en un ambiente feliz.

– Seküre -pregunté sin pensármelo-, ¿quieres volver a casa de tu padre?

Había empezado a llorar a causa de aquella referencia a un hogar feliz. «No tengo padre», dijo. ¿O fue que yo lo oí así? Los niños primero se agarraron a sus faldas, luego se sentaron en sus piernas y la abrazaron; todos lloraban abrazados formando una pelota. Pero Ester no es estúpida: comprendía perfectamente que, llorando, Seküre pretendía contentar a ambas partes sin tomar una decisión, pero también sabía que lloraba sinceramente porque yo misma comencé a hacerlo. Poco después miré y vi que la serpiente de Hayriye también estaba llorando. La única persona que no lloraba en la casa era el amable suegro de ojos verdes y su castigo llegó en ese mismo momento cuando Negro y sus hombres empezaron el asalto. Comenzaron a golpear las tablas de la ventana y a forzar la puerta. Dos hombres la golpeaban con una especie de ariete y a cada golpe parecía que un cañón estallara en el interior de la casa.

– Eres un señor respetable con mucho mundo -le dije al suegro envalentonada por mis propias lágrimas-, abre la puerta y diles a esos perros rabiosos que ahora sale Seküre para que paren de una vez.

– ¿Echarías tú a la calle a una mujer desvalida que se ha refugiado en tu casa y que además es tu nuera, se la dejarías a esos perros?

– Es ella misma quien quiere irse -respondí sonándome la nariz, atascada de tanto llorar, con mi pañuelo morado.

– Pues entonces puede coger la puerta e irse.

Me senté junto a Seküre y los niños. A causa del estruendo terrible de los que cargaban contra la puerta, cada nuevo movimiento era una excusa para más lágrimas; los niños habían comenzado a llorar con más violencia y aquello provocó que se intensificaran las lágrimas de Seküre y las mías. Pero ambas llevábamos la cuenta de los golpes que parecían que fueran a tirar abajo la casa y de los gritos de amenaza del exterior y sabíamos que llorábamos para ganar tiempo.

– Seküre, preciosa mía. Tu suegro te ha dado permiso, tu marido Negro ha aceptado sin dudar todas tus condiciones, te espera con amor, ya no tienes nada que hacer en esta casa. Ponte la ropa de salir y el velo, coge tus cosas y a tus hijos, abre la puerta y vamonos a casa pasito a pasito.

Aquellas palabras mías provocaron nuevas lágrimas de los niños. Y consiguieron que Seküre abriera los ojos.

– Tengo miedo de Hasan -dijo-. Su venganza será terrible. Es un salvaje. Yo vine aquí por mi propia voluntad.

– Eso no anula para nada tu nuevo matrimonio. Te encontrabas desesperada y por supuesto tenías que refugiarte en algún sitio. Tu marido ya te ha perdonado y te acepta. En cuanto a Hasan, nos hemos pasado años apañándonoslas, seguiremos haciéndolo -le sonreí.

– Pero yo no puedo abrir la puerta. Si lo hago entonces estaré volviendo por mi propia voluntad.

– Querida Seküre, yo tampoco puedo abrirla. Sabes perfectamente que en ese caso estaría metiendo las narices en vuestros asuntos y se vengarían de mí con mayor crueldad todavía.

Vi en sus ojos que me daba la razón.

– Entonces nadie abrirá la puerta -dijo-. Dejemos que la derriben y que entren y nos lleven a la fuerza.

Aun sabiendo que aquélla era la mejor solución para Seküre y los niños, tuve miedo.

– Pero entonces se derramará sangre -dije-. Si el cadí no interviene habrá sangre y la deuda de sangre durará años.

Nadie que quiera seguir viviendo sin perder la honra puede permanecer impasible después de ver cómo le han roto la puerta, le han asaltado la casa y se han llevado a la mujer que se había refugiado en ella.

Cuando Seküre, en lugar de darme una respuesta razonable, se abrazó a sus hijos y comenzó a llorar con todas sus fuerzas volví a darme cuenta arrepentida de lo retorcida y calculadora que era. Una voz interior me decía que lo dejara todo y que me largara, pero ya no podía salir por la puerta, que parecía estar a punto de romperse por los golpes. Lo cierto es que tanto miedo me daba que tiraran la puerta y entraran como que no lo hicieran. Porque no se me iba de la cabeza que los hombres de Negro, que confiaban en mí y que temían llevar el asunto demasiado lejos, podían retirarse en cualquier momento, lo cual envalentonaría al suegro. Cuando se acercó a Seküre comprendí que no lloraba de verdad pero también, y eso sí era malo, que temblaba de una manera que no podía ser un simulacro.

Me acerqué a la puerta y grité con todas mis fuerzas:

– ¡Paraos! ¡Basta ya!

El movimiento de fuera y los lloros de dentro se detuvieron de repente.

– Madre de Orhan, que sea él quien abra la puerta -dije con una repentina inspiración y con voz dulce, como si hablara con un niño-. Quiere volver a su casa y nadie se enfadará con él.

Casi antes de que hubiera terminado de hablar Orhan se deshizo del ahora flojo abrazo de su madre y, como alguien que hubiera vivido años en esa casa, primero abrió el cerrojo, luego levantó la tranca, después giró el picaporte y se retiró dos pasos. Por el hueco de la puerta, que se abrió por sí sola, entró el frío del exterior. Se produjo tai silencio que todos oímos el ladrido de un perro perezoso a lo lejos que ladraba por hacer algo.

– Se lo voy a contar al tío Hasan -dijo Sevket cuando Seküre besó a Orhan al volver éste a los brazos de su madre.

Cuando vi que Seküre se levantaba, cogía su sobretodo preparaba su hatillo me sentí tan aliviada que temí echarme a reír. Me senté y me tomé un par de cucharadas de la sopa de lentejas.

Negro fue lo bastante inteligente como para no acercarse a la puerta de la casa. A pesar de que en cierto momento Sevket se encerró en la habitación de su difunto padre y corrió el cerrojo desde dentro y nosotras pedimos ayuda, Negro no puso el pie en la casa ni permitió que sus hombres entraran. Por fin Sevket consintió en dejar la casa cuando su madre le dio permiso para que se llevara la daga con la empuñadura de rubíes de su tío Hasan.

– Temed a Hasan y a su espada roja -dijo el suegro más que con tono de derrota y venganza con auténtica preocupación. Besó a sus nietos oliéndoles el pelo y susurró algo al oído de Seküre.

Al ver que miraba a toda prisa y por última vez la puerta de la casa, los muros y el horno, recordé una vez más que allí era donde Seküre había pasado los años más felices de su vida junto a su primer marido. ¿Se daba cuenta de que aquella misma casa se había convertido ahora en el refugio de dos hombres infelices y solitarios y que olía a muerte? No me acerqué a ella en el camino de vuelta porque me había roto el corazón.

Lo que hizo que en el camino de vuelta por fin nos aproximáramos los dos huérfanos y las tres mujeres, una esclava, una judía y una viuda, no fueron ni el frío ni la oscuridad de la noche, sino la estrechez de las calles casi impracticables de aquellos barrios extraños y el miedo a Hasan. Nuestra multitudinaria comitiva, protegida por los hombres de Negro, como si fuera una caravana que transporta un tesoro, avanzaba por caminos apartados, calles laterales y barrios por los que no había un alma para no darse con serenos, jenízaros, matones de barrio demasiado curiosos, bandidos ni con Hasan. A veces, en medio de una oscuridad negra como la pez en la que no se veía a un palmo, encontrábamos el camino chocando unos con otros o con los muros. Nos abrazábamos con fuerza creyendo que los espectros, los duendes y los diablos subterráneos nos llevarían en la oscuridad. Tras los muros y los postigos cerrados que sentíamos a tientas oíamos en el frío de la noche los ronquidos y las toses de la gente que dormía y los gemidos de las bestias en los establos.

Aunque yo misma, Ester, que me he pateado todas las calles de Estambul, excepto los barrios más pobres y peores, o sea, donde habitan los emigrantes y todo tipo de gente desdichada, creyera de vez en cuando que desapareceríamos entre aquellas callejuelas que daban vueltas y revueltas sin parar en una oscuridad sin fondo, había no obstante ciertos rincones que reconocía por haber pasado por allí de día llevando mi hatillo pacientemente: reconocí los muros de la calle del Sastre Mayor, el intenso olor a estiércol, que casi parecía canela, del establo que había junto al jardín del Maestro Nurullah, los solares incendiados de la calle de los Titiriteros y el pasaje de los Halconeros y la plaza de la Fuente del Peregrino Ciego, a la que daba el pasaje, y comprendí que no nos dirigíamos a la casa del difunto padre de Seküre sino a algún otro sitio que no pude adivinar.

Me di cuenta de inmediato de que Negro había encontrado otro lugar que sirviera de refugio porque quería ocultar a su familia de Hasan, que era imprevisible cuando se dejaba llevar por la ira, y de aquel demoníaco asesino. Si hubiera podido saber de qué sitio se trataba os lo diría ahora mismo y a Hasan a la mañana siguiente. No porque sea malvada, sino porque estaba segura de que Seküre querría atraerse de nuevo el interés de Hasan, por eso. Pero el inteligente Negro no confiaba ya en mí, y con toda la razón.

Estábamos en una calle oscura por detrás del Mercado de Esclavos cuando nos llegaron voces, gritos y llamadas desde el otro extremo de la calle. Oímos un forcejeo, ese estrépito incomparable que se escucha cuando empieza la pelea y entrechocan las hachas, las espadas y los garrotes y reconocí con pánico aullidos de agonía.

Negro le entregó su enorme espada a un hombre de confianza, le arrebató a la fuerza a Sevket la daga que llevaba, naciéndole llorar, e hizo que Seküre, Hayriye y los niños se alejaran de allí acompañados por el aprendiz de barbero y otros dos hombres. El estudiante de medersa me dijo que me llevaría directamente a casa; no me dejaría ir con los demás. ¿Era una casualidad o era para ocultarme astutamente el lugar en que iban a esconderlos?

Al final de la estrecha calle, nos vimos obligados a cruzarla, había un establecimiento que comprendí que era un café. Quizá la pelea había terminado antes de empezar. Una multitud que entraba y salía a gritos -en un primer momento pensé que lo estaban saqueando- estaba destruyendo el café. Primero sacaban las tazas, las cafeteras, los vasos y las mesas cuidadosamente y a la luz de las antorchas para que nosotros, los curiosos, lo observáramos y nos sirviera de ejemplo, y luego lo rompían todo ante nuestros ojos. Estuvieron golpeando un rato a uno que intentó detener aquello pero por fin pudo librarse. Al principio pensé que su única preocupación era el café, como decían. Explicaban los peligros del café, cómo estropeaba la vista y el estómago, cómo confundía la mente y provocaba que los hombres abandonaran la fe, cómo era un veneno franco y cómo el Profeta Mahoma lo había rechazado a pesar de que el Diablo se lo había ofrecido disfrazado de una hermosa mujer. Aquello parecía una función nocturna educativa, hasta el punto de que en cuanto volviera a casa pensaba reñir a Nesim y decirle: «No tomes mucho de ese veneno».

Como por los alrededores había bastantes pensiones de solteros y fondas baratas, rápidamente se reunió una multitud de espectadores, compuesta de piojosos sin oficio ni beneficio y vagos que habían entrado ilegalmente en la ciudad, que envalentonó a los enemigos del café. Fue entonces cuando me di cuenta de que se trataba de los hombres de Nusret, el famoso predicador de Erzurum. Iban a limpiar Estambul de nidos de bebida y prostitución y de cafés y castigarían a todos aquellos que se apartaran del camino del Profeta Mahoma y a los que bailaban moviendo las caderas al ritmo de la música en los monasterios con la excusa de que se trataba de ceremonias religiosas. Maldijeron a los enemigos de la religión, a los que colaboraban con el Diablo, a los idólatras, a los impíos y a los ilustradores. Entonces recordé que aquél era el café de cuyas paredes se colgaban pinturas, donde se difamaba la religión y al predicador de Erzurum y se cometían tantas obscenidades.

Del interior salió un mozo con la cara cubierta de sangre; creí que iba a desplomarse pero se limpió la sangre de la frente y las mejillas con la manga de la camisa, se unió a nosotros y comenzó a contemplar el asalto. La multitud, temerosa, se había retirado ligeramente. Me di cuenta de que Negro reconocía a alguien entre la multitud y de que dudaba por un instante. Comprendí que estaban llegando los jenízaros o cualquier otro grupo armado de garrotes por la manera en que se dispersaron los erzurumíes. Las antorchas se apagaron y en la multitud se produjo una enorme confusión.

Negro me agarró del brazo y me apartó para que siguiera al estudiante. «Id por calles laterales -dijo-. Te llevará a tu casa». El estudiante quería desaparecer lo antes posible, así que nos alejamos a la carrera. Seguía pensando en Negro, pero si retiran a esta Ester vuestra de la acción ya no puede contaros cómo sigue la historia.