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55. Me llaman Mariposa

Cuando vi a la multitud comprendí que los erzurumíes nos estaban matando a nosotros, los alegres ilustradores.

Negro estaba entre la muchedumbre que contemplaba el asalto. Llevaba una daga y junto a él vi a una serie de hombres extraños, a la famosa Ester la buhonera y a otras mujeres con sus hatillos. Tras ver que a los que salían del café se les daban unas despiadadas palizas y que el café en sí era cruelmente destrozado, quise huir de allí. Algo más tarde, otra multitud, probablemente jenízaros, se acercó al lugar de los hechos y los erzurumíes apagaron las antorchas y huyeron.

En la puerta oscura del café no había nadie y nadie estaba mirando, así que entré. Lo habían roto todo; caminé pisando fragmentos de tazas, platos, vasos, escudillas y cristales. Un candil colgado de un clavo en todo lo alto del muro no había llegado a apagarse durante todo aquel alboroto pero más que alumbrar el suelo cubierto de despojos, las mesas destrozadas y los restos de madera de los bancos, iluminaba las manchas de hollín del techo.

Hice una pila de almohadones, me alcé y cogí el candil. Gracias a la luz pude darme cuenta de los cuerpos que yacían en el suelo. Al ver que uno tenía el rostro ensangrentado, no pude mirarlo más y me acerqué a otro. El segundo cuerpo gemía; cuando vio mi lámpara de su garganta salió una voz parecida a la de un niño y me aparté.

Alguien más entró en el café. En un primer momento me alarmé pero noté que se trataba de Negro. Juntos nos acercamos al tercer cuerpo que yacía en el suelo. Al acercarle la lámpara a la cara ambos comprobamos lo que desde hacía rato ya sabíamos con una parte de nuestras mentes: habían matado al cuentista.

En su rostro, parecido al de una mujer gracias al maquillaje, no había el menor rastro de sangre, pero le habían aplastado el mentón, los ojos y la boca pintada de rojo y, a juzgar por los moratones del cuello, le habían estrangulado. Tenía las manos hacia atrás. No resultaba difícil comprender que mientras uno había sujetado por atrás las manos del anciano vestido de mujer, los otros le habían dado de puñetazos en la cara y por fin lo habían estrangulado. ¿Habrían decidido poner en práctica su intención de cortar las lenguas que difamaran a Su Excelencia el Señor Predicador?

– Acerca aquí la lámpara -dijo Negro. La luz de la lámpara que sostenía iluminó, entre el barro formado por el café derramado alrededor de la chimenea, balanzas, coladores y molinillos rotos y trozos de tazas. En el rincón en el que el cuentista colgaba sus imágenes cada noche Negro buscaba, a la luz de la lámpara, los útiles del muerto, su fajín, su pañuelo y su varita para los juegos de manos. Proyectando en mi cara la luz del candil que me había arrebatado me dijo que en lo que pensaba era en las pinturas: sí, por supuesto, yo había pintado un par de ellas por amistad. Sólo pudimos encontrar el gorro persa que el difunto llevaba en la cabeza completamente afeitada.

Salimos a la oscuridad de la noche sin encontrarnos con nadie por la puerta trasera, a la que se llegaba tras atravesar un estrecho pasaje. Los ilustradores y el resto de la clientela que llenaba el café cuando comenzó el asalto debían de haber escapado por aquel lugar, pero las macetas volcadas y los sacos de café tirados por el suelo indicaban que allí también había habido lucha.

El asalto al café, la muerte cruel del maestro cuentista y la terrorífica oscuridad de la noche hicieron que Negro y yo nos acercáramos el uno al otro. Supongo que también eran la razón de nuestro silencio. Pasamos dos calles, Negro me dio el candil para que yo lo llevara y luego sacó la daga y me la apoyó en la garganta.

– Vamos a ir a tu casa -me dijo-. Quiero registrarla para quedarme tranquilo.

– Ya la han registrado -le respondí, y guardé silencio.

Sentí más desprecio que ira. El que Negro creyera los vergonzosos rumores que corrían sobre mí ¿no demostraba que no era sino otro vulgar envidioso? Sostenía la daga sin demasiada confianza en sí mismo.

Mi casa está justo en la dirección contraria a la que llevábamos al salir por la puerta trasera del café. Por esa razón, y para evitar la multitud, trazamos un amplio arco dando vueltas a izquierda y derecha por callejuelas entre los barrios y cruzando jardines vacíos entre el triste olor de árboles mojados y solitarios. En ningún momento se interrumpió el alboroto procedente del café, que estábamos rodeando. Oíamos cómo corrían por las calles los erzurumíes y los jenízaros, los serenos y los jóvenes que los perseguían. Habíamos hecho ya más de la mitad del camino cuando Negro me dijo:

– He estado dos días en la sala del Tesoro con el Maestro Osman examinando las maravillas de los maestros antiguos.

Guardé silencio un buen rato y luego le dije, prácticamente gritando:

– Cuando el ilustrador llega a cierta edad, aunque compartiera atril con el mismísimo Behzat, lo que ve sólo le sirve para contento de los ojos y para dar paz y entusiasmo a su alma, pero no enriquece su talento. Porque no se pinta con los ojos, sino con la mano, y la mano, no digamos ya a la edad del Maestro Osman, ni siquiera a la mía, es muy difícil que aprenda nada nuevo ya.

Hablaba a gritos para que mi mujer, que seguro que me estaba esperando, supiera que no iba solo y así pudiera apartarse de la mirada de Negro, no porque me tomara en serio a aquel imbécil tan pagado de sí mismo con su daga en la mano.

Cuando cruzamos la puerta del patio me pareció ver la luz de una lámpara moviéndose en el interior de la casa, pero ahora, gracias a Dios, todo estaba oscuro. Me pareció una violación tal de mi intimidad tener que entrar forzado por un animal armado con una daga en mi paradisíaca casa, en la que pasaba todo mi tiempo y mis días buscando los recuerdos de Dios a través de la pintura y, cuando la vista se me cansaba, haciendo el amor con mi amada, bella entre las bellas, que juré vengarme de Negro.

Acercando el candil, estuvo mirando mis papeles, una página que estaba casi terminada -presos por deudas que le imploraban al sultán que les liberase de sus cadenas y que conseguían su gracia-, mis pinturas, mis atriles, mis cuchillas, mis palilleros, mis pinceles, todo lo que había alrededor de mi mesa de trabajo, mis sellos, mis cortaplumas, por entre las cajas de papel y de cálamos y en los armarios, los baúles, por debajo de los almohadones, una de las tijeras de papel, debajo del blando almohadón rojo y luego de la alfombra y después volvió a investigar de nuevo en los mismos lugares. Como me había dicho cuando desenvainó la daga, no tenía intención de registrar toda mi casa sino sólo mi cuarto de trabajo. Como si yo no hubiera ocultado ya lo único que me interesaba esconder, a mi mujer, en la habitación desde la que seguro que nos estaba observando.

– El libro que estaba preparando mi Tío tenía una última ilustración -dijo-. El que lo mató la robó.

– Era distinta de las otras -le respondí de inmediato-. El difunto Tío me había hecho pintar un árbol en un rincón. En una parte del fondo… En el centro y delante estaría el trabajo de otro; probablemente, la imagen de Nuestro Sultán. Había un espacio muy grande preparado pero no se había pintado nada. Como los objetos del fondo debían estar reducidos, como hacen los francos, me pidió que dibujara el árbol pequeño. Según iba avanzando la pintura daba la impresión, no de que fuera una ilustración, sino de que estuvieras mirando el mundo por la ventana. Fue entonces cuando comprendí que en una ilustración hecha con el estilo de la perspectiva de los francos las líneas de los márgenes y la iluminación ocupan el lugar del marco de una ventana.

– Los márgenes y la iluminación los hacía Maese Donoso.

– Si me lo estás preguntando, ya te he dicho que yo no lo maté.

– Un asesino nunca confiesa haber matado -replicó con rapidez, y me preguntó qué estaba haciendo en el café cuando lo asaltaron.

Colocó el candil un poco más allá del almohadón donde yo estaba sentado, entre mis papeles y las páginas que estaba pintando, de manera que me alumbrara la cara. Él daba vueltas por la habitación, como una sombra en la oscuridad.

Además de lo que ya os he dicho, que en realidad iba muy poco al café y que estaba allí por casualidad, le conté que había hecho dos de las pinturas de las que se colgaban de sus paredes pero que nunca me había gustado lo que ocurría allí.

– Porque si la fuerza del ilustrador proviene, en lugar de su talento, del amor a la pintura y de su deseo de llegar a Dios, del deseo de denigrar y castigar las miserias de la vida, acaba por ser él mismo el denigrado y castigado. Injurie al predicador de Erzurum o al mismísimo Diablo. Además, si en ese café no se hubieran metido con los erzurumíes, quizá no lo hubieran asaltado esta noche.

– Pero de todas formas ibas por allí -dijo el muy miserable.

– Iba porque allí me divertía -¿comprendía lo sincero que estaba siendo?-. Nosotros, los hijos de Adán, podemos conseguir un gran placer con algo a pesar de que nuestra conciencia y nuestra inteligencia sepan que está feo y mal -añadí-. Y me daba vergüenza divertirme con aquellas pinturas baratas, con las imitaciones, con las historias del Diablo, del dinero y del perro contadas de mala manera sin ritmo ni rima.

– Entonces, ¿para qué ibas a ese café de descreídos?

– De acuerdo -le respondí atendiendo a una voz interior-, a veces tengo una sospecha que me corroe el corazón como si fuera un gusano. Voy a contártelo: desde que he sido abiertamente reconocido como el ilustrador más hábil y de mayor talento del taller no sólo por parte del Maestro Osman, sino también por parte del Sultán, he empezado a tener tal miedo de la envidia de los demás que voy, aunque sólo sea un poco, a los lugares que frecuentan, me paso el rato con ellos e intento parecerme a ellos para que no me odien a muerte. ¿Lo entiendes? Y desde que empezaron a decir que yo era uno de los erzurumíes voy a ese café de miserables descreídos para que nadie se crea dicho rumor.

– El Maestro Osman me ha dicho que muchas veces te comportabas como si quisieras pedir disculpas por tu habilidad y tu talento.

– ¿Y qué más te ha dicho sobre mí?

– Que pintabas ilustraciones minúsculas y estúpidas en granos de arroz y en uñas para que creyeran que renunciabas a la vida por amor a la pintura. Decía que siempre estabas esforzándote por gustar a los demás porque te avergonzaba el talento que Dios te había dado.

– El Maestro Osman no tiene nada que envidiarle a Behzat -dije con toda sinceridad-. ¿Qué más?

– Me explicó tus defectos sin dudar ni un instante.

– Dímelos.

– Me dijo que a pesar de tu talento no pintabas por amor a la pintura sino para caer bien a los demás. Que lo que más te gustaba de pintar era imaginarte el placer que obtendrían los que contemplaran la obra. Sin embargo, deberías haber pintado por el propio placer de la pintura.

Me hirió en el corazón que el Maestro Osman le hubiera confesado de una manera tan abierta lo que pensaba sobre mí a un hombre con tan poco carácter como para consagrar su vida, en lugar de al arte, a ser secretario, a escribir cartas y adular a sus patrones. Negro continuó:

– Me contó que los grandes maestros antiguos nunca se doblegaban a abandonar las maneras y los estilos que habían conseguido alcanzar entregando sus vidas a la pintura simplemente por el poder de un nuevo sha, los caprichos de un nuevo príncipe o los gustos de una nueva época, y que para evitar que les forzaran a cambiar de maneras y estilos preferían cegarse heroicamente. No obstante, con la excusa de que eso era lo que quería Nuestro Sultán, vosotros habíais imitado a los maestros francos, de forma entusiasta pero deshonrosa, en las páginas del libro de mi Tío.

– El Gran Ilustrador, el Maestro Osman, no quería decir nada malo con eso -le respondí-. Voy a preparar algo de tila para mi invitado.

Pasé a la habitación contigua. Mi amor, llevando el camisón de seda china que le había comprado a Ester la buhonera, se me echó al cuello, me remedó diciendo «¡Voy a preparar algo de tila para mi huésped!» y me puso la mano en el cálamo.

Del fondo del armario, que ella había abierto y que era el lugar más cercano a nuestra cama, cogí la espada de empuñadura de ágata que tenía entre unas sábanas que olían a pétalo de rosa y la desenvainé. Esta espada está tan afilada que si dejas caer sobre ella un pañuelo de seda lo corta en dos y si se trata de una hoja de pan de oro los bordes resultan tan rectos como cortados con una regla.

Regresé al cuarto de trabajo ocultando la espada. El señor Negro estaba tan complacido con su interrogatorio que seguía dando vueltas alrededor del almohadón rojo con la daga en la mano. Coloqué sobre el almohadón una página a medias. «Mira esto», le dije y él se arrodilló con curiosidad intentando entenderla.

Me coloqué a sus espaldas, saqué la espada y le derribé de un golpe echándome encima de él. La daga se le cayó. Mientras le apretaba la cabeza contra el suelo agarrándole del pelo apoyé la espada en su garganta. Mi pesado cuerpo, boca abajo, aplastaba el delicado cuerpo de Negro y al mismo tiempo le apretaba de tal manera la cabeza con la barbilla y la mano que casi tocaba la punta de la espada. Una de mis manos estaba ocupada con su sucio pelo y con la otra apoyaba la espada en la delicada piel de su garganta. Fue lo bastante inteligente como para no moverse porque en cualquier momento habría derramado su sangre. Me ponía aún más nervioso el estar tan cerca de su rizado pelo, de su incitante nuca, a la que en otro momento me habría gustado dar una insolente colleja, y de sus feas orejas.

– Me estoy conteniendo a duras penas para no matarte aquí mismo -le susurré al oído como quien confiesa un secreto.

Me gustó que me escuchara como un niño bueno, sin hacer el menor ruido.

– Sabrás la leyenda por el Libro de los reyes -continué susurrando-Feridun Sha comete un error, parte su reino en tres y les da los peores países a sus dos hijos mayores y al menor, Ireç, le da el mejor país, Irán. Tur, decidido a vengarse, engaña a su hermano menor, Ireç, a quien envidiaba, y antes de cortarle la garganta le agarra del pelo como yo te estoy agarrando ahora y, también como yo te estoy haciendo ahora, se echa con todo el peso de su cuerpo sobre su hermano pequeño. ¿Sientes el peso de mi cuerpo?

No me contestó pero comprendí que me había escuchado por su mirada de cordero que se dirige al sacrificio. De repente tuve una inspiración:

– Soy fiel al estilo y a las maneras de los persas no sólo en la pintura sino también en lo que se refiere a apoyar la espada en la garganta y a cortar con todo cuidado la cabeza. Otra versión de esta escena tan popular la he visto también en la pintura donde se describe la muerte del sha Siyavus.

Le conté con todo detalle a Negro, que me escuchaba en silencio, cómo Siyavus se había preparado para vengar a sus hermanos, cómo había quemado su palacio y sus posesiones, se había despedido de su mujer, había montado a caballo y se había puesto en marcha con su ejército, cómo había perdido la batalla, cómo lo habían arrastrado por el suelo tirándole del pelo entre el polvo del campo de batalla cubierto de cadáveres, cómo lo habían tumbado boca abajo, tal y como él estaba ahora mismo, y cómo por fin le habían apoyado una daga en la garganta, y mientras el legendario sha se encontraba en tan triste situación amigos y enemigos habían empezado a discutir sobre si matarlo o perdonarlo y el sha vencido escuchaba toda aquella discusión con la cara aplastada contra la tierra; por fin le pregunté a mi víctima:

– ¿Te gusta esa ilustración? Geruy, como yo, se acerca por detrás a Siyavus tumbado en el suelo, se le echa encima, le apoya la espada en el cuello y le corta la garganta agarrándole exactamente así del pelo. De la tierra estéril sobre la que se derramará poco después la roja sangre surgirá primero un humo negro y luego brotará una flor.

Me callé un poco y escuchamos a los erzurumíes que corrían gritando por callejones lejanos. El desastre y el terror de fuera volvieron a acercarnos de inmediato, tumbados el uno sobre el otro.

– Pero en todas esas ilustraciones -le dije a Negro apretando aún más su pelo en mi puño- se nota la dificultad de pintar de manera elegante a dos hombres cuyos cuerpos parecen uno, como los nuestros, pero que al mismo tiempo se odian. Es como si todo el desbarajuste de traiciones, envidias y batallas anterior al momento mágico y magnífico en que se corta la cabeza hubiera impregnado demasiado esas ilustraciones. Hasta a los más grandes maestros de Kazvin les cuesta dibujar a un hombre encima de otro; todo se mezcla. Sin embargo, mira, nosotros estamos mejor dispuestos, en una postura más elegante.

– Me estás cortando con la espada -gimió.

– Muchas gracias por haber hablado, querido, pero no te estoy cortando. Tengo mucho cuidado y no haría nada que estropeara la belleza de nuestra postura. Cuando los grandes maestros antiguos pintaban como si fuera uno solo todos esos cuerpos que se unían en las escenas de amor, muerte o guerra, sólo eran capaces de provocarnos lágrimas de decepción. Mira, mi cabeza está tan próxima a tu nuca que parece una parte de tu cuerpo. Siento su olor y el de tu pelo. Mis piernas se extienden a lo largo de las tuyas con tanta armonía que si alguien nos viera pensaría que somos un grácil animal de cuatro patas. ¿Sientes el equilibrio de mi peso sobre tu espalda y tu trasero? -no hubo respuesta pero no apreté con la espada porque habría podido hacerle sangrar-. Como no hables, te muerdo la oreja -le dije susurrándole precisamente a esa misma oreja.

Vi en su mirada que estaba dispuesto a hablar y le repetí la misma pregunta:

– ¿Sientes el equilibrio de mi peso sobre ti?

– Sí.

– ¿Y hermosos? ¿Somos hermosos? -le pregunté-. ¿Somos tan hermosos como los héroes legendarios que se matan gallardos en las maravillas de los maestros antiguos?

– No lo sé -me respondió Negro-. No puedo vernos en el espejo.

Al imaginarme cómo nos vería mi esposa, que nos observaba desde algo más allá, desde el interior de la otra habitación, tumbados en el suelo a la luz del candil del café, tuve miedo de morderle realmente la oreja a Negro de pura excitación.

– Señor Negro, que has invadido mi casa y mi intimidad con una daga en la mano y que me has sometido a un interrogatorio, ¿sientes ahora mi fuerza sobre ti?

– Y siento también que tienes toda la razón.

– Ahora vuelve a preguntarme lo que querías saber.

– Cuéntame cómo te acariciaba el Maestro Osman.

– Cuando yo era aprendiz y mucho más delgado, airoso y apuesto de lo que soy ahora, se me echaba encima como yo ahora estoy encima de ti. Me acariciaba los brazos, a veces también me hacía daño pero incluso aquello me gustaba porque admiraba su sabiduría, su talento y su fuerza y no pensaba en nada malo porque lo amaba. Para mí, amar al Maestro Osman era una vía para amar la pintura, los colores, el papel, los pinceles, la belleza de la ilustración, todo lo que se pintaba y, por lo tanto, el mundo y a Dios. Para mí el Maestro Osman era más que un padre.

– ¿Te pegaba mucho? -me preguntó.

– Me pegaba como debe pegar un padre, en su momento y con sentido de la justicia, y me pegaba como debe pegar un maestro, haciéndome daño para que aprendiera del castigo. Ahora me doy cuenta de que aprendí muchas cosas mejor y más rápidamente gracias al dolor y al miedo que me daba la regla con la que me golpeaba en las uñas. Siendo discípulo suyo, para que no me agarrara de los rizos y me golpeara la cabeza contra los muros, aprendí a no derramar la pintura, a no derrochar el dorado, a dibujar en mi mente la curva del casco del caballo, a cubrir los errores del que ha trazado los márgenes, a limpiar los pinceles a tiempo y a entregar toda mi atención y mi alma a la página. Como le debo todo mi talento y mi maestría a las palizas que me llevé, ahora pego a mis aprendices con toda tranquilidad de corazón. Sé que incluso una bofetada que se da sin motivo, si no hiere el orgullo del aprendiz, acabará siéndole útil.

– Pero, de vez en cuando, mientras le pegas a algún aprendiz angelical de bonita cara y mirada dulce te das cuenta de que pierdes los papeles y lo haces por puro placer y comprendes que el Gran Maestro Osman te hacía a ti lo mismo, ¿no?

– A veces me daba con tanta fuerza detrás de las orejas con el pulidor de mármol que los oídos me zumbaban y me quedaba atontado durante días. A veces me daba una bofetada tal que durante semanas la mejilla me ardía tanto que me hacía llorar. Me acuerdo de todo eso, pero también sigo amando a mi maestro.

– No -dijo Negro-. Estabas furioso con él. Y la única manera de vengarte de esa furia que se iba acumulando en lo más profundo de ti era pintando para ese libro de mi Tío que imitaba a los de los francos.

– No conoces en absoluto a los ilustradores. Lo cierto es justo lo contrario. Las palizas que recibe de niño unen al ilustrador a su maestro con un profundo amor hasta el día de su muerte.

– El hecho de que a Ireç y a Siyavus les cortaran la garganta apoyándoles la espada desde atrás de manera traidora y cruel, como tú me estás haciendo ahora, se debe a la envidia entre hermanos. Y en el Libro de los reyes la envidia entre hermanos siempre la causa un padre injusto…

– Es verdad.

– Y el padre injusto que os ha hecho caer unos sobre otros ahora se prepara a traicionaros -dijo insolente-. ¡Ay! ¡Cuidado, me estás cortando! -gimió. El dolor le hizo gritar un poco más-. Sí, es cuestión de un momento el cortarme la garganta y derramar mí sangre como la de un cordero que se sacrifica. Pero si lo haces sin escuchar lo que voy a decirte, aunque de hecho no creo que vayas a hacerlo, ¡ay!, basta ya, te pasarás años dándole vueltas a lo que iba a contarte. Aparta un poco la espada -le obedecí-. El Maestro Osman, que desde que erais niños os ha vigilado cada vez que dabais un paso y cada vez que respirabais y que observaba feliz cómo esas capacidades vuestras regalo de Dios iban abriéndose como una flor en primavera gracias a sus cuidados hasta convertirse en auténtico talento, os está dando la espalda para proteger su taller y su estilo, a los que ha entregado su vida, como vosotros, por otro lado.

– Te conté tres parábolas el día que enterramos a Maese Donoso para que comprendieras lo feo que es eso que llaman estilo.

– Eran sobre el estilo de ilustradores particulares -respondió Negro con todo cuidado-. Lo que le preocupa al Maestro Osman es proteger el estilo del taller.

Me contó con todo detalle cómo el Sultán le había dado una enorme importancia a encontrar al miserable que había matado a Maese Donoso y a su Tío y cómo, con ese objeto, incluso les había abierto las puertas del Tesoro Privado y cómo el Maestro Osman estaba aprovechando la ocasión para sabotear el libro de su Tío y para castigar a aquellos que le habían traicionado comenzando a imitar a los maestros francos. Me dijo también que sospechaba de Aceituna por los ollares cortados del caballo y por su estilo, pero que iba a entregar a Cigüeña a los verdugos porque, como Gran Ilustrador, estaba seguro de su culpabilidad. Noté que decía la verdad bajo la presión de la espada y estuve a punto de darle un beso por su forma de entregarse a lo que contaba, como un niño. No me preocupó en absoluto lo que había escuchado: porque la desaparición de Cigüeña significaba que yo me convertiría en Gran Ilustrador a la muerte del Maestro Osman, que Dios le dé larga vida.

Lo que me inquietaba no era que todo aquello pudiera convertirse en realidad, sino la posibilidad de que no ocurriera. El vacío que percibí en lo que me había contado significaba que el Maestro Osman no sólo estaba dispuesto a sacrificar a Cigüeña, sino también a mí. Pensar en esa increíble posibilidad no sólo me aterrorizaba, sino que además me arrastraba a una sensación horrible de abandono, como si de repente hubiera perdido a mi padre. Me contuve porque cada vez que se me venía a la cabeza me entraban ganas de clavarle la espada en la garganta a Negro y no intenté discutir la cuestión ni con él ni conmigo: ¿Por qué iba a convertirnos en traidores el que hubiéramos hecho unas cuantas ilustraciones estúpidas inspirándonos en los maestros francos para el libro del Tío? Volví a pensar que tras la muerte de Maese Donoso se ocultaba una conspiración organizada por Cigüeña y Aceituna contra mí y retiré la espada del cuello de Negro.

– Vamos juntos a casa de Aceituna y la registraremos hasta dejarla patas arriba -le dije-. Si tiene la última pintura, por lo menos sabremos que ya no tenemos que temer a nadie. Si no la tiene nos lo llevaremos como apoyo para asaltar la casa de Cigüeña.

Le dije que confiara en mí y que su daga nos bastaría para los dos. Me disculpé por no haberle podido dar siquiera un vaso de tila. Al recoger del suelo la lámpara del café ambos miramos por un momento de manera muy significativa el almohadón sobre el que le había derribado. Me acerqué a él con el candil en la mano y le dije que el corte en su garganta, apenas visible, sería el signo de nuestra amistad. Había sangrado un poco.

Por las calles continuaba el alboroto de los erzurumíes y de sus perseguidores pero nadie nos hizo el menor caso. Llegamos rápidamente a la casa de Aceituna. Llamamos a la puerta del patio, llamamos a la puerta de la casa y llamamos impacientes a las contraventanas: no había nadie, habíamos hecho tanto ruido que estábamos seguros de que nadie dormía allí dentro. Fue Negro quien dijo lo que ambos estábamos pensando: ¿Entramos?

Aflojé el cerrojo de la puerta forzándolo con la parte roma del puñal de Negro, luego introduje la daga por el hueco de la puerta, la desencajé empujando con todas mis fuerzas y rompí el cerrojo. Desde dentro nos llegó un olor a humedad, suciedad y soledad acumuladas durante años. A la luz de la lámpara vimos una cama revuelta, fajines, chalecos, túnicas y dos turbantes tirados descuidadamente sobre los almohadones, el diccionario persa-turco de Nimetullah Efendi el naksi-bendi, un soporte para turbantes, tela de sarga y aguja e hilo para coser, una fuente de cobre llena de mondaduras de manzana, bastantes cojines, una colcha de seda, pinturas, pinceles y todos los materiales necesarios para el ilustrador. Estaba a punto de lanzarme sobre el papel de escribir, las pilas de papel de la India cuidadosamente cortado y las páginas ilustradas que había en su escritorio cuando me contuve.

Lo hice tanto porque Negro demostraba más entusiasmo que yo como porque sabía que no trae nada bueno que un maestro ilustrador hurgue entre las cosas de otro con menos talento que él. Aceituna no tiene tanta capacidad como se cree; simplemente tiene buena voluntad. Su falta de talento intenta suplirla con la admiración que siente por los maestros antiguos. No obstante, las leyendas antiguas sólo encienden la imaginación del ilustrador, pero es la mano la que pinta.

Mientras Negro registraba cuidadosamente todos los baúles y cajas llegando incluso al fondo de las cestas de la ropa sucia, yo, sin tocar nada, le echaba una ojeada a las toallas de Bursa de Aceituna, a su peine de ébano, a sus sucios lienzos para los baños, a sus frascos de agua de rosas, a un ridículo faldellín de tela estampada de la India, a sus chalecos, a una túnica abierta, pesada y sucia, a una fuente de cobre medio abollada, a sus muebles descuidados y baratos, teniendo en cuenta el dinero que ganaba, y a sus asquerosas alfombras. O bien Aceituna era muy tacaño y se guardaba el dinero o se lo gastaba a manos llenas en algún otro sitio…

– Es exactamente la casa de un asesino -dije luego con una repentina inspiración-. Ni siquiera tiene una alfombra de oración -pero no era eso lo que tenía en la cabeza. Pensé un poco más-. Las cosas de alguien que no sabe ser feliz… -dije. Pero con una parte de mi mente notaba entristecido también cómo la infelicidad y la proximidad al Diablo alimentan la pintura.

– Aunque uno sepa cómo ser feliz, puede no serlo -dijo Negro.

Puso ante mí una serie de ilustraciones hechas sobre basto papel de Samarcanda reforzado por detrás con cartón que había encontrado en el fondo de un baúl. Vimos un encantador Diablo que había venido hasta aquí desde Jurasán surgiendo del subsuelo, un árbol, una mujer hermosa, un perro y una ilustración de la Muerte que había dibujado yo: eran las imágenes que el cuentista asesinado colgaba de las paredes cada noche mientras contaba alguna desvergonzada historia. Como Negro me preguntó, le mostré la ilustración de la Muerte que había hecho.

– En el libro de mi Tío hay las mismas ilustraciones -dijo.

– Tanto el cuentista como el dueño del café se habían dado cuenta de que sería más inteligente que fueran ilustradores quienes pintaran las imágenes que se iban a colgar de las paredes cada noche. Nos hacían que dibujáramos algo a toda prisa en papel basto, el cuentista nos preguntaba un poco por la historia y por algunos chistes de ilustradores y con eso y con lo que añadía de su propia cosecha narraba sus cuentos.

– ¿Por qué dibujaste para él la misma ilustración de la muerte que habías hecho para mi Tío?

– Era una figura aislada, tal y como me lo había pedido el cuentista. Pero no la pinté esforzándome tanto como con la del libro de tu Tío, sino deprisa y a vuelapluma. Y también los otros, quizá como burla, dibujaron para el cuentista lo que habían pintado para ese libro secreto de una manera más burda y simple.

– ¿Quién pintó el caballo? -me preguntó-. Tiene los ollares cortados.

Acercamos la lámpara y contemplamos el caballo con admiración. Se parecía al caballo hecho para el libro de su Tío, pero había sido dibujado más deprisa, con menos cuidado y para satisfacer un placer más vulgar. Era como si alguien no se hubiera limitado a pagar menos al ilustrador y a obligarle a trabajar con mayor prisa, sino que además le hubiera forzado a pintar un caballo más tosco y, quizá por esa misma razón, más realista.

– Quien mejor puede saber quién ha pintado este caballo es Cigüeña -respondí-. Ese imbécil pagado de sí mismo va cada noche al café porque no sabe vivir sin los cotilleos de los ilustradores. Estoy seguro de que este caballo lo ha pintado Cigüeña.