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En toda mi vida sólo había tenido con este Presidente un brevísimo encuentro, pero desde entonces había pasado muchos momentos imaginándolo. Era como un trozo de una canción que llevaba desde entonces grabada en mi mente. Aunque, claro, algunas notas habían cambiado con el tiempo -lo que significa que esperaba que su frente fuera más ancha y su cabello cano menos espeso-. Me asaltó la duda de si sería el mismo, pero me sentía tan tranquila que enseguida supe sin vacilar que lo había encontrado.
Mientras Mameha saludaba a los dos hombres, yo me quedé detrás esperando mi turno para hacer las reverencias. ¿Y si cuando intentara hablar mi voz sonaba como un trapo abrillantando la madera? Nobu me miraba, con sus trágicas cicatrices, pero no estaba segura de que el Presidente hubiera reparado siquiera en mi presencia; me intimidaba mirar en su dirección. Cuando Mameha ocupó su lugar y empezó a alisarse el kimono sobre las rodillas, vi que el Presidente me miraba con lo que yo creí que era curiosidad. Se me quedaron los pies fríos, pues toda la sangre se me agolpó en la cara.
– Presidente Iwamura… Presidente Nobu -dijo Mameha-, ésta es mi nueva hermana pequeña, Sayuri.
Estoy segura de que alguna vez habrás oído hablar de Iwamura Ken, el fundador de la Compañía Eléctrica Iwamura. Y tal vez también has oído hablar de Nobu Toshikazu. No ha habido en Japón una asociación comercial más famosa que la suya. Eran como un árbol y sus raíces o como un santuario y la verja que lo antecede. Incluso yo había oído hablar de ellos con sólo catorce años. Pero nunca había imaginado que Iwamura Ken podría ser el mismo hombre que yo había conocido en las orillas del arroyo Shirakawa. Bueno, pues me puse de rodillas e hice mis reverencias, acompañadas de toda la retahíla acostumbrada sobre su indulgencia conmigo y todo lo demás. Cuando terminé, me fui a arrodillar en el espacio libre que quedaba entre los dos. Nobu se enzarzó en una conversación con el hombre que tenía al otro lado, mientras que el Presidente estaba callado, con una taza de té entre las manos; a sus pies había una bandeja completa. Mameha empezó a hablar con él; yo agarré la pequeña tetera y me aparté la manga para servirle. Para mi sorpresa, los ojos del Presidente giraron en la dirección de mi brazo. Por supuesto, a mí me entraron ganas de ver por mí misma exactamente lo que estaba viendo él. Tal vez debido al tipo de luz del paraninfo, la cara interna de mi brazo parecía brillar con el suave destello de las perlas y tenía un hermoso tono marfil. Ninguna parte de mi cuerpo me había llamado la atención de este modo antes. Me daba cuenta de que los ojos del Presidente no se habían movido; y mientras siguiera mirándome el brazo, yo no pensaba apartarlo. Y entonces, de pronto, Mameha se quedó en silencio. Me pareció que había dejado de hablar porque el Presidente me estaba mirando a mí en lugar de escucharla a ella. Entonces me di cuenta de lo que pasaba realmente.
La tetera estaba vacía. Es más, ya estaba vacía cuando la agarré.
Un momento antes me había sentido hasta resplandeciente, pero en ese momento balbucí una disculpa y dejé la tetera en la bandeja lo más rápido que pude. Mameha se echó a reír:
– Ya ve que es una chica resuelta, Presidente -dijo-. Si la tetera hubiera tenido una sola gota de té, Sayuri la habría sacado.
– Ese kimono que lleva tu hermana pequeña es ciertamente hermoso, Mameha -dijo el Presidente-. ¿Puedo recordar habértelo visto a ti, en tus días de aprendiza?
De quedarme alguna duda sobre si este hombre era realmente el Presidente de mis sueños, ésta se habría desvanecido al escuchar la conocida dulzura de su voz.
– Es posible, supongo -contestó Mameha-. Pero el Señor Presidente me ha visto con tantos kimonos a lo largo de los años que no puedo creer que los recuerde todos.
– Bueno, no soy distinto de los demás. La belleza me impresiona. Sin embargo, cuando se trata de los luchadores de sumo soy incapaz de distinguirlos.
Mameha se inclinó hacia mí y delante del Presidente me susurró:
– Lo que el Presidente quiere decir es que no le gusta especialmente el sumo.
– A ver, a ver, Mameha, si estás intentando buscarme problemas con Nobu…
– Presidente, hace años que Nobu-san sabe cuál es su opinión al respecto.
– Sea como sea. ¿Es ésta la primera vez que asistes a una exhibición de sumo, Sayuri?
Yo había estado esperando una oportunidad para hablar con él; pero antes de haber cogido aire para contestar, todos dimos un respingo, pues una tremenda explosión sacudió el gran edificio. Giramos la cabeza, y la multitud se quedó en silencio, pero sólo era que habían cerrado una de las inmensas puertas. Un momento después oímos chirriar los goznes y vimos a dos de los luchadores empujando la segunda puerta, que se cerraba con dificultad debido a su peculiar alabeo. Nobu tenía la cabeza vuelta, y yo no pude resistir mirar las terribles quemaduras que tenía a un lado de la cara y en el cuello, y también en la oreja, que estaba deformada. Luego vi que la manga de su chaqueta estaba vacía. Había estado tan preocupada por otras cosas que no me había dado cuenta antes; la llevaba doblada por la mitad y sujeta al hombro con un largo alfiler de plata.
Te diré también, si es que no lo sabes, que siendo joven alférez de navio de la marina, Nobu había sido gravemente herido en un bombardeo a las afueras de Seúl, en 1910, cuando la anexión de Corea a Japón. Yo no sabía nada de su heroísmo, aunque, en realidad, la historia era conocida en todo Japón. Si no se hubiera asociado con el Presidente y hubiera llegado a ser director de la Compañía Eléctrica Iwamura, probablemente habría sido un héroe de guerra olvidado. Pero tal como sucedió, sus espantosas heridas hicieron su éxito en los negocios mucho más notable; así que se los solía mencionar juntos.
No sé mucho de historia, porque en nuestra pequeña escuela nos enseñaban sólo las artes de la geisha, pero creo que el gobierno japonés se hizo con el control de Corea al final de la guerra ruso-japonesa, y unos años después se decidió a incorporar Corea al nuevo imperio. Por supuesto, a los coreanos no les gustó nada. Nobu fue allí como parte de una pequeña fuerza cuya función era mantener las cosas bajo control. Un atardecer, acompañó al oficial al mando a girar visita en un pueblo cercano a Seúl. Al volver al lugar donde habían dejado los caballos, la patrulla fue atacada. Cuando oyeron el espantoso silbido de un proyectil, el oficial al mando intentó tirarse a una zanja, pero era un hombre de edad que se movía a la velocidad de un percebe entre las rocas. Unos momentos antes de que el proyectil estallara seguía buscando un sitio seguro donde apoyarse. Nobu se tiró sobre el oficial en un intento de salvarle, pero él no lo entendió y trató de escapar. Logró alzar la cabeza; Nobu intentó volvérsela a bajar, pero entonces estalló el proyectil, matando al oficial e hiriendo gravemente a Nobu. Más tarde, ese mismo año, hubo que amputarle el brazo hasta el codo.
La primera vez que vi su manga agarrada con un alfiler, aparté la vista, asustada. Nunca había visto a nadie que hubiera perdido un miembro -aunque de niña había visto a un obrero del Señor Tanaka que había perdido la yema del dedo índice limpiando el pescado-. En el caso de Nobu, mucha gente pensaba que la amputación era el menor de sus problemas, pues toda su piel era como una enorme herida. Resulta difícil describir su aspecto, y probablemente sea incluso cruel por mi parte intentarlo. Me limitaré a repetir lo que en cierta ocasión oí decir a otra geisha hablando de él: «Siempre que lo miro, se me viene a la cabeza la imagen de una batata asada».
Cuando las grandes puertas se cerraron, me volví hacia el Presidente para contestar a su pregunta. Como aprendiza que era tenía la libertad de sentarme con ellos sin decir palabra, como un florero; pero estaba decidida a no dejar pasar esta oportunidad. Aunque no le causara sino una leve impresión, no mayor a la del pie de un niño en un suelo cubierto de polvo, al menos sería algo.
– El Señor Presidente me preguntaba si era ésta la primera vez que veía una exhibición de sumo -dije-. Sí que lo es, y le quedaré muy agradecida por todas las explicaciones que tenga la gentileza de darme.
– Si quieres saber lo que pasa -dijo Nobu-, mejor habla conmigo. ¿Cómo te llamas, aprendiza? No lo oí antes con todo el vocerío.
Yo me volví hacia él, dándole la espalda al Presidente con la mismas pocas ganas que un niño hambriento dejaría un pastel de chocolate.
– Me llamo Sayuri, señor -respondí.
– Eres la nueva hermana pequeña de Mameha, ¿no? ¿Por qué no te llamas «Mame algo», entonces? -continuó Nobu-. ¿No es ésa una de vuestras costumbres?
– Sí, señor. Pero todos los nombres con «mame» resultaron ser poco propicios, según el vidente.
– ¡El vidente, el vidente! -dijo Nobu con cierto desprecio-. ¿Fue él quien eligió tu nombre?
– Yo lo elegí -dijo Mameha-. El vidente no elige los nombres; sólo nos dice si son aceptables.
– Una día, Mameha -replicó Nobu-, madurarás y dejarás de hacer caso a esas tonterías.
– Bueno, bueno, Nobu-san -dijo el Presidente-, quien te oyera creería que eres el hombre más moderno del país. Sin embargo, no conozco a nadie que crea más en el destino que tú.
– Todo hombre tiene su destino. Pero ¿quién necesita ir a un vidente para saberlo? ¿Es que acaso yo voy a un cocinero para descubrir que tengo hambre? -dijo Nobu-. En cualquier caso, Sayuri es un nombre muy bonito, aunque los nombres bonitos y las chicas bonitas no siempre van juntos.
Empecé a preguntarme sí su siguiente comentario sería del tipo de: ¡Pero Mameha! ¡Qué hermana pequeña más fea has tomado! O algo por el estilo. Pero para mi alivio dijo:
– Aquí tenemos un caso en el que el nombre y la chica van juntos. ¡Incluso creo que puede llegar a ser incluso más bonita que tú, Mameha!
– ¡Nobu-san! A ninguna mujer le gusta oír que no es la criatura más hermosa del mundo.
– Especialmente a ti, ¿eh? ¡Pues más vale que te vayas acostumbrando! Sobre todo tiene unos ojos maravillosos. Vuélvete, Sayuri, déjame que vuelva a verlos.
No podía mirar al suelo, pues Nobu quería verme los ojos. Ni tampoco podía mirarlo directamente sin parecer demasiado atrevida. Así que tras deslizar la mirada a mi alrededor, como intentando guardar el equilibrio sobre una placa de hielo, finalmente la fijé a la zona de su barbilla. Si hubiera podido hacer que mis ojos dejaran de ver, lo habría hecho; pues los rasgos de Nobu parecían malamente modelados en arcilla. No debemos olvidar que entonces yo todavía no sabía nada de la tragedia que lo había desfigurado. Cuando empecé a hacer conjeturas sobre lo que podría haberle pasado, me inundó una terrible pesadumbre.
– Te brillan los ojos de una forma sorprendente -dijo.
En ese momento se abrió una puertecita a un lado del pabellón, y entró un hombre vestido con un kimono excepcionalmente formal y tocado con un casquete negro; parecía directamente salido de una pintura de la corte imperial. Avanzó por el pasillo dirigiendo una fila de luchadores tan gigantescos que tenían que agacharse para pasar por la puerta.
– ¿Qué sabes del sumo, jovencita? -me preguntó Nobu.
– Sólo que los luchadores son grandes como ballenas, señor -contesté yo-. En Gion trabaja un hombre que fue luchador de sumo.
– Te debes de referir a Awajiumi. Está ahí, ¿sabes?
Con su única mano Nobu señaló hacia la grada donde estaba sentado Awajiumi, riéndose de algo junto a Korin. Ella me había visto, pues esbozó una sonrisa y luego se inclinó a decirle algo a Awajiumi, que miró entonces hacia donde estábamos nosotros.
– Nunca fue un verdadero luchador -dijo Nobu-. Le gustaba vapulear a sus contrincantes con el hombro. Nunca funcionó, pero él siguió insistiendo, lo que le costó varias roturas de clavícula.
Ya habían entrado todos los luchadores en el edificio y se quedaron de pie alrededor del montículo. Se les nombró uno a uno, y ellos, conforme decían su nombre, se subían al montículo y se ponían de cara al público, formando un semicírculo. Luego, cuando empezaron a salir del paraninfo para que entraran sus contrincantes, Nobu me dijo:
– Esa cuerda que forma un círculo en el suelo es el ring. El primer luchador que caiga fuera de ella o que toque el montículo con cualquier parte del cuerpo salvo los pies, pierde. Puede que suene fácil, pero ¿te gustaría empujar a uno de esos gigantes?
– Supongo que me acercaría a él cuando estuviera desprevenido y haría mucho ruido con una carraca o algo así junto a su oído, de modo que del susto saltara fuera de la cuerda.
– Hablo en serio -dijo Nobu.
No voy a decir que ésta fuera una respuesta muy ingeniosa, pero era el primer intento de mi vida de bromear con un hombre. Me sentí tan turbada que no se me ocurrió qué decir luego. Entonces el Presidente se inclinó hacia mí y me dijo:
– Nobu-san no bromea hablando de sumo -me dijo calladamente.
– Yo no bromeo con las tres cosas más importantes de la vida: el sumo, los negocios y la guerra.
– ¡Por todos los cielos!, creía que era una broma -dijo Mameha-. ¿Significa eso que se está contradiciendo?
– Si estuvieras contemplando una batalla -me dijo Nobu-, o, lo que es lo mismo, si estuvieras en medio de un consejo de administración, ¿te enterarías de lo que estaba pasando delante de ti?
No estaba muy segura de lo que quería decir el director, pero me imaginaba por su tono que esperaba que yo dijera «no».
– ¡Oh, no! No en absoluto -contesté.
– Exactamente. Pues tampoco puedes esperar comprender lo que sucede en el sumo. Así que puedes reírte de las bromitas de Mameha o puedes escucharme y enterarte de lo que significa lo que estás viendo.
– Lleva años intentando enseñarme -me dijo el Presidente con su calma característica-, pero soy muy mal alumno.
– El Presidente es un hombre brillante -dijo Nobu-. Es mal alumno de sumo porque no le interesa en absoluto. No estaría aquí esta tarde de no ser porque tuvo la generosidad de aceptar mi propuesta de que la Compañía Eléctrica Iwamura patrocinara la exhibición.
Los equipos terminaron sus rituales de entrada en el ring. A esto siguieron dos rituales más, uno por cada uno de los dos yokozuma. Un yokozuma es el rango más alto a que puede llegar un luchador de sumo. «Como la posición que ocupa Mameha en Gion», según me explicó Nobu. No tenía razones para dudar de él, pero si Mameha tardara en entrar en una fiesta la mitad del tiempo de lo que tardaban estos yokozuma en entrar en el ring, nunca se la volvería a invitar. El segundo de los dos era bajo y tenía una cara de lo más peculiar -no era fláccida, sino que parecía cincelada como la piedra, y con una mandíbula que me recordó la proa cuadrada de una barco de pesca-. El público dio tales gritos vitoreándolo que yo tuve que taparme los oídos. Se llamaba Miyagiyama, y si sabes algo de sumo, sabrás por qué lo ovacionaban como lo hacían.
– Es el mejor luchador que he visto -me dijo Nobu.
Un poco antes de que empezaran los asaltos, el presentador enumeró los premios de los ganadores. Uno era una considerable suma de dinero ofrecida por Nobu Toshikazu, director de la Compañía Eléctrica Iwamura. A Nobu pareció fastidiarle esto:
– ¡Qué tontería está diciendo! El dinero no lo he dado yo; lo ha dado la Compañía. Le pido disculpas Presidente. Haré que le digan al presentador que corrija este error.
– No es un error, Nobu. Si consideramos todo lo que te debo, es lo menos que puedo hacer.
– El Presidente es demasiado generoso -dijo Nobu-. Le estoy muy agradecido -y tras esto, le pasó una copa al Presidente, se la llenó, y bebieron juntos.
Yo esperaba que el primer asalto empezara no bien entraran en el ring los luchadores. Pero en lugar de ello, se pasaron cinco minutos o más echando sal al montículo y, agachados, levantando alternativamente las piernas y dejándolas caer con un golpe seco. De vez en cuando se ponían en cuclillas y se miraban fijamente, pero cuando creía que ya iban a atacarse, uno de ellos se levantaba y se alejaba en busca de un nuevo puñado de sal. Por fin, cuando ya había dejado de esperarlo, empezó realmente el asalto. Se tiraban el uno contra el otro, agarrándose de los taparrabos; pero un instante después, uno de ellos hacía perder el equilibrio al otro y el juego estaba terminado. El público aplaudía y gritaba, pero Nobu se limitó a mover la cabeza y dijo:
– Poca técnica.
Durante los asaltos que siguieron, estuve casi todo el tiempo con la impresión de que tenía un oído ligado a la cabeza y el otro al corazón; porque por un lado escuchaba lo que me decía Nobu -y la mayor parte de lo que me decía era interesante-; pero por el otro me distraía el murmullo de la voz del Presidente hablando con Mameha.
Pasó una hora y entonces me llamó la atención el movimiento de unos brillantes colores en la zona en la que se sentaba Awajiumi. Era una flor de seda naranja en el cabello de una mujer que estaba ocupando su lugar en la grada. Primero pensé que sería Korin, que se había cambiado de kimono. Pero entonces me di cuenta de que no era Korin; era Hatsumono.
Al verla allí tan inesperadamente sentí una sacudida, como si hubiera tocado un cable eléctrico y me hubiera dado un calambre. Ahora era solo cuestión de tiempo, pues seguro que encontraba la forma de humillarme, incluso aquí en este inmenso pabellón con cientos de personas alrededor. No me importaba que me hiciera quedar por tonta delante de toda una multitud, si tenía que suceder; pero no podía soportar la idea de pasar por tonta delante del Presidente. Se me hizo tal nudo en la garganta que ni siquiera pude fingir que escuchaba cuando Nobu empezó a decirme algo sobre los dos luchadores que se estaban subiendo al montículo. Cuando miré a Mameha, ella me guiñó un ojo señalando a Hatsumono y luego dijo:
– Presidente, disculpe, tengo que salir un momento. Y se me ocurre que tal vez Sayuri también quiera salir.
Esperé hasta que Nobu hubiera terminado lo que me estaba contando, y luego la seguí fuera del pabellón.
– ¡Oh, Mameha-san! Esa mujer es un demonio -dije.
– Korin se fue hace una hora. Debe de haber encontrado a Hatsumono y haberla enviado aquí. Deberías sentirte halagada, realmente, si piensas en todas las molestias que se tiene que tomar Hatsumono para atormentarte.
– No soporto la idea de que me haga quedar como una tonta delante de…, bueno delante de toda esta gente.
– Pero si haces algo ridículo, te dejará en paz, ¿no crees?
– Por favor, Mameha-san… no me haga pasar vergüenza.
Cruzamos un patio y cuando estábamos a punto de subir las escaleras del edificio que alojaba los servicios, Mameha cambió de dirección y nos adentramos un poco por un pasadizo cubierto. Cuando estuvimos seguras de que no nos oía nadie, me habló con voz queda.
– Nobu-san y el Presidente han sido grandes protectores míos durante muchos años. Los cielos son testigos de que Nobu puede ser espantoso con la gente que no le gusta, pero con sus amigos es siempre tan fiel como un siervo con su señor; y nunca encontrarás un hombre más de fiar que él. ¿Tú te crees que Hatsumono aprecia estas cualidades? Lo único que ve cuando mira a Nobu es al «Señor Lagarto», como ella lo llama: «Mameha-san, anoche te vi con el Señor Lagarto. Pero ¿qué veo?, si estás toda llena de manchas. Creo que te está contagiando». Este tipo de cosas. No me importa lo que pienses de Nobu-san por el momento. Con el tiempo te darás cuenta de lo bueno que es. Pero puede que Hatsumono te deje en paz si piensa que tú lo encuentras adorable.
No supe qué responder. Ni siquiera estaba segura de qué me estaba diciendo Mameha que hiciera.
– Nobu-san ha estado hablando contigo casi toda la tarde – continuó-. Que sepan que lo adoras. Haz teatro ante Hatsumono. Que se crea que estás encantada con él. Pensará que es lo más divertido que ha visto en su vida. Probablemente querrá que te quedes en Gion simplemente para ver qué pasa.
– Pero, Mameha-san, ¿cómo voy a hacer creer a Hatsumono que me fascina Nobu-san?
– Si no lo consigues es que no te he preparado bien -dijo por toda respuesta.
Cuando volvimos a nuestra grada, Nobu estaba otra vez enfrascado en una conversación con el hombre de al lado. No podía interrumpirlo, así que hice que estaba absorta mirando a los luchadores prepararse para el asalto. El público se iba poniendo cada vez más inquieto; Nobu no era el único que charlaba. Yo anhelaba poder volverme hacia el Presidente y preguntarle si se acordaba de un día años atrás en que había enseñado a una niña lo que era ser amable…, pero claro, no podía decir tal cosa. Además, sería desastroso que centrara en él mi atención mientras miraba Hatsumono.
Nobu no tardó en volverse hacia mí y me dijo:
– Estos asaltos han sido muy aburridos. Cuando salga Miyagiyama veremos lo que es la verdadera técnica.
Esta era mi oportunidad para darle coba:
– Pero a mí me ha impresionado mucho lo que hemos visto hasta ahora -dije-. Y todas las cosas que el Señor Director ha tenido la gentileza de irme explicando me han parecido tan impresionantes que me cuesta creer que no hayamos visto lo mejor.
– No seas ridicula -me contestó Nobu-. Ninguno de estos luchadores merece estar en el mismo ring que Miyagiyama.
Detrás del hombro de Nobu, en una grada bastante alejada, distinguí a Hatsumono. Estaba hablando con Awajiumi y no parecía estarse fijando en mí.
– Sé que puede parecer una pregunta estúpida -dije-, pero ¿cómo puede ser el mejor un luchador tan bajito como Miyagiyama? -y si hubieras visto mi cara habrías pensado que no había en el mundo nada que me interesara más que el sumo-. Me sentí ridicula, simulando estar totalmente absorta por algo tan trivial, pero cualquiera que nos viera pensaría que estábamos contándonos los secretos más íntimos. Menos mal que precisamente en ese momento sorprendí a Hatsumono mirándome.
– Miyagiyama parece bajo sólo porque los otros están mucho más gruesos -me estaba diciendo Nobu-. Pero él presume mucho de su tamaño. Hace unos años un periódico publicó su talla y su peso verdaderos; pero él se ofendió tanto que hizo que un amigo le diera con un tablón en la cabeza y luego se atiborró a batatas y agua, y fue al periódico a demostrarles que estaban equivocados.
Probablemente me hubiera reído de cualquier cosa que dijera Nobu -sólo para que me viera Hatsumono-. Pero, en realidad, me pareció bastante divertido imaginarme a Miyagiyama entrecerrando los ojos a la espera de que el tablón le rebotara en la cabeza. Retuve esa imagen y me reí con tanta libertad como me atreví, y Nobu no tardó en echarse también a reír. Hatsumono debió de pensar que éramos los mejores amigos del mundo, pues la vi dando palmadas, divertida con lo que veían sus ojos.
Enseguida se me ocurrió la idea de hacer como si Nobu fuera mi Presidente; y siempre que me hablaba, yo pasaba por alto su brusquedad e intentaba imaginar que era todo dulzura. Poco a poco me fui sintiendo capaz de mirarle la boca y borrar de mi mente las cicatrices y las manchas, e imaginar que eran los labios del Presidente y que todos los matices de su voz eran una forma de comentar lo que sentía por mí. En un momento determinado creo que incluso llegué a pensar que no estaba en una exhibición de sumo, sino en una tranquila habitación, arrodillada al lado del Presidente. No recordaba una dicha semejante en toda mi vida. Como una pelota lanzada al aire que parece quedar suspendida, inmóvil, antes de caer, yo me sentía suspendida en un estado de tranquila intemporalidad. Al echar un vistazo a mi alrededor, sólo vi la belleza de las gigantescas vigas de madera del edificio y sentí el aroma de las galletas de arroz. Pensé que este estado no terminaría nunca; pero entonces hice un comentario que ni siquiera recuerdo, y Nobu respondió:
– Pero ¿qué dices? ¡Sólo un tonto pensaría semejante cosa!
No pude impedir que se me helara la sonrisa en los labios, como si estuviera accionada por un cordel y lo hubieran cortado. Nobu me estaba mirando directamente a los ojos. Claro que Hatsumono estaba sentada a bastante distancia, pero estaba segura de que nos estaba observando. Y entonces se me ocurrió que si una geisha o una joven aprendiza se mostrara llorosa delante de un hombre, ¿no pensaría la mayoría que estaba enamorada? Podría haber contestado a su brusco comentario con una disculpa; pero intenté imaginarme que era el Presidente el que me había hablado con tanta brusquedad, y un momento después me empezó a temblar la barbilla. Bajé la cabeza e hice el numerito de comportarme como una niña pequeña.
Para mi sorpresa, Nobu dijo:
– Te he ofendido, ¿no? -no me costó trabajo sorberme las lágrimas dramáticamente. Nobu me siguió mirando fijamente y luego dijo-: Eres una chica encantadora -estoy segura de que se proponía decirme algo más, pero en ese momento Miyagiyama entró en el pabellón y la multitud empezó a rugir.
Durante un rato, Miyagiyama y el otro luchador, que se llamaba Saiho, se pasearon fanfarronamente alrededor del montículo, tomando puñados de sal y echándolos en el ring, o golpeando el suelo con los pies como lo hacen los luchadores de sumo. Cada vez que se agachaban, mirándose, me imaginaba que eran dos inmensas peñas a punto de echar a rodar. Parecía que Miyagiyama se inclinaba un poquito más que Saiho, que era más alto y más grueso. Pensé que cuando se lanzaran uno contra el otro, el pobre Miyagiyama iba a salir despedido; no podía imaginarme que nadie pudiera arrastrar a Saiho al otro lado del ring. Tomaron posiciones ocho o nueve veces sin que ninguno de los dos atacara; y entonces Nobu me susurró:
– Hataki komi! Va a hacer un hataki komi. Mírale a los ojos.
Hice lo que me decía Nobu, pero lo único que vi es que Miyagiyama no miraba nunca en la dirección de Saiho. No creo que a Saiho le gustara que le ignoraran de esta forma, porque él sí que miraba ferozmente a su rival. Los carrillos le caían sobre la mandíbula, de modo que su cabeza semejaba la ladera de una montaña; y la cara se le iba poniendo roja de cólera. Pero Mayagiyama siguió haciendo como si no se hubiera fijado en él.
– No va a durar mucho más -me informó en voz baja Nobu.
Y, de hecho, la siguiente vez que se acuclillaron con los puños en el suelo, Saiho atacó.
Viendo a Miyagiyama inclinarse hacia delante cualquiera habría pensado que se disponía a lanzarse con todo su peso contra Saiho. Pero en lugar de ello, usó el impulso del ataque de su contrincante para volver a ponerse de pie. En un instante, se apartó y, girando como una puerta de batiente,.dejó caer la mano en la nuca de Saiho; éste perdió el equilibrio como si fuera a caerse por unas escaleras. Miyagiyama le empujó con todas sus fuerzas, y Saiho rozó la cuerda, a sus pies. Entonces, para mi sorpresa, esa montaña de hombre pasó volando sobre el reborde del montículo y cayó cuan largo era en la primera fila de espectadores. Estos trataron de quitarse de en medio, pero cuando hubo pasado el susto, uno de ellos se levantó sin aliento, porque Saiho le había aplastado con un hombro.
El encuentro había durado apenas un segundo. Saiho debía de sentirse humillado por su derrota, porque hizo la reverencia más breve de todos los que habían sido derrotados ese día y salió del pabellón mientras la multitud estaba todavía en pleno tumulto.
– Ese -me explicó Nobu- es el movimiento que se llama hataki komi.
– ¿No es fascinante? -dijo Mameha, como deslumbrada. Ni siquiera terminó la frase.
– ¿Qué es fascinante? -le preguntó el Presidente.
– Lo que acaba de hacer Miyagiyama. Nunca había visto nada igual.
– Pues claro que sí que lo has visto. Los luchadores hacen cosas así todo el tiempo.
– Bueno… pero esta vez me ha dado una idea… -contestó Mameha.
Más tarde, cuando regresábamos en rickshaw a Gion, Mameha se volvió hacia mí excitada.
– Ese luchador de sumo me ha dado una idea -me dijo-. Hatsumono no lo sabe, pero ella también está perdiendo el equilibrio. Y no va a recuperarlo hasta que no sea demasiado tarde.
– ¿Ya tiene un plan? ¡Por favor, por favor, Mameha-san! ¡Dígamelo!
– Pero ¿cómo puedes pensar ni siquiera un momento que voy a decírtelo -me espetó-. Ni siquiera se lo voy a decir a mi propia doncella. Tú lo único que tienes que hacer es asegurarte de que Nobu-san sigue interesándose por ti. Todo depende de él y también de otro hombre.
– ¿Qué otro hombre?
– Un hombre que todavía no conoces. Y ahora, ¡chitón! Probablemente ya he dicho más de lo que debía. Qué bien que hayas conocido hoy a Nobu-san. Podría ser él quien venga en tu auxilio.
He de admitir que cuando oí esto, sentí un gran desánimo. Si alguien iba a rescatarme, quería que lo hiciera el Presidente y no ningún otro.