39112.fb2 Memorias De Una Geisha - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 21

Memorias De Una Geisha - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 21

Capítulo diecinueve

Aquel mes sorprendente en el que volví a encontrar al Presidente -y conocí a Nobu y al Doctor Cangrejo y a Uchida Kosaburo- me sentí como si fuera un pequeño grillo que ha logrado escapar de su jaulita de mimbre. Por primera vez en años, podía irme a la cama con la idea de que no siempre iba a ser como una gota de té derramada en las esteras de tatami y que alguna vez en Gion se fijarían en mí. Todavía no sabía cuál era el plan de Mameha ni cómo iba a llevarme a triunfar como geisha ni si mi éxito me iba a acercar alguna vez al Presidente. Pero todas las noches, acostada en el futón, me ponía su pañuelo en la mejilla, reviviendo una y otra vez mi encuentro con él. Era como las campanas de los templos, que resuenan largo rato después de haber sido tocadas.

Pasaron varias semanas sin noticias de ninguno de estos hombres, y Mameha y yo empezamos a preocuparnos. Pero, al fin, una mañana, una secretaria de la Compañía Iwamura telefoneó a la Casa de Té Ichiriki pidiendo mi compañía para esa tarde. Mameha estaba encantada con la noticia, pues esperaba que la invitación viniera de Nobu. Yo también estaba encantada; esperaba que fuera del Presidente. Más tarde, ese mismo día, le dije a la Tía, en presencia de Hatsumono, que esa tarde iba a acompañar a Nobu y que si podía ayudarme a escoger el kimono y los complementos. Para mi asombro, Hatsumono vino a echar una mano. Estoy segura de que si un extraño nos hubiera visto pensaría que pertenecíamos a una familia estrechamente unida. Hatsumono no soltó ninguna risita ni hizo ningún comentario sarcástico, y, de hecho, me ayudó bastante. Creo que la Tía estaba tan asombrada como yo. Terminamos eligiendo un kimono verde con un estampado de hojas plateadas y bermellón y un obi gris con hilos de oro. Hatsumono prometió pasar por allí para vernos juntos a Nobu y a mí.

Aquella tarde cuando me arrodillé en el vestíbulo de la Casa de Té Ichiriki pensé que toda mi vida había sido un camino hasta ese momento. Escuché el sonido amortiguado de las risas, intentando adivinar cuál sería la del Presidente; y cuando abrí la puerta y lo vi ante mí en la cabecera de la mesa, y Nobu de espaldas a mí… bueno, me cautivó de tal modo la sonrisa del Presidente, aunque no era sino una huella de la risa de un momento antes, que tuve que contenerme para no devolverle la sonrisa. Saludé primero a Mameha, luego al resto de las geishas que estaban en la habitación y, por último, a los seis o siete hombres allí reunidos. Cuando me puse en pie, me dirigí directamente a Nobu, como Mameha esperaba que hiciera. Debí de colocarme más pegada a él de lo que yo creía, pues Nobu, molesto, dio un golpe en la mesa con la copa y se apartó un poco de mí. Yo me disculpé, pero él no me prestó atención y Mameha sólo frunció el ceño. Me pasé el resto del tiempo sintiéndome fuera de lugar. Luego al salir juntas, Mameha me dijo:

– Nobu-san se molesta enseguida. En el futuro has de tener cuidado de no enfadarlo.

– Lo siento, señora. Al parecer no le gusto tanto como usted pensaba…

– ¡Oh, claro que le gustas! Si no le gustara tu compañía habrías terminado llorando. A veces tiene un temperamento muy brusco, pero a su manera es un hombre muy bueno, como irás descubriendo.

La Compañía Iwamura volvió a invitarme a la Casa de Té Ichiriki esa misma semana y muchas más; y no siempre con Mameha. Ésta me advirtió que no me quedara demasiado tiempo no fuera a crearme mala fama; así que transcurrida una hora más o menos, me despedía, excusándome con una reverencia, como si tuviera que asistir a otra recepción. Muchas veces, cuando me estaba vistiendo para estas veladas, Hatsumono insinuaba que tal vez se dejaría caer, pero nunca lo hizo. Entonces, una tarde, cuando yo no lo esperaba, me informó que aquella tarde tenía un poco de tiempo libre y estaba segura de que vendría.

Me puse un poco nerviosa, como te puedes imaginar; pero las cosas empeoraron aún más cuando llegué a la casa de té y descubrí que Nobu estaba ausente. Era el grupo más pequeño al que hubiera sido invitada en Gion, con dos geishas más solamente y cuatro hombres. ¿Qué iba a pasar si venía Hatsumono y me encontraba en compañía del Presidente y sin Nobu? No había avanzado mucho tratando de encontrar una solución cuando de pronto se abrió la puerta y vi, no sin que me entrara inmediatamente una atroz ansiedad, a Hatsumono de rodillas en el umbral.

Mi único recurso, decidí, era fingir que estaba aburriéndome, como si sólo me interesara la compañía de Nobu. Tal vez, aquello habría bastado para salvarme aquella noche, pero por suerte Nobu llegó unos minutos después, en cualquier caso. La hermosa sonrisa de Hatsumono se expandió en cuanto Nobu entró en la habitación, hasta que sus labios parecieron gotas de sangre manando de una herida. Nobu se acomodó en la mesa, y entonces, de pronto, Hatsumono sugirió de una forma casi maternal, que le sirviera sake. Yo me fui a sentar a su lado e intenté mostrar todos los signos de una chica enamorada. Cada vez que se reía, por ejemplo, yo empezaba a parpadear mirándolo, como si no pudiera resistirlo. Hatsumono estaba encantada y nos observaba tan abiertamente que ni siquiera se daba cuenta de que las miradas de todos los hombres estaban clavadas en ella, o lo más probable es que simplemente estuviera acostumbrada a la atención que provocaba. Esa noche estaba cautivadoramente hermosa, como siempre. El joven sentado en un extremo de la mesa no podía hacer otra cosa que mirarla y fumar un cigarrillo tras otro. Incluso el Presidente, que sostenía con singular gracia una copa entre los dedos, la miraba a hurtadillas. Yo me pregunté si los hombres se dejarían cegar hasta tal punto por la belleza que llegaran a sentirse privilegiados de poder vivir con un verdadero demonio, mientras fuera un demonio hermoso. Me imaginé de pronto al Presidente entrando tarde por la noche en el vestíbulo de nuestra okiya para encontrarse con Hatsumono, con un ligero sombrero en la mano y sonriéndome mientras se desabotonaba el abrigo. No creía que pudiera llegar a estar realmente tan extasiado por su belleza que ello le hiciera pasar por alto los rasgos de crueldad que terminarían por dejarse ver. Pero una cosa era cierta: si Hatsumono se daba cuenta de lo que yo sentía por él, intentaría seducirlo, aunque sólo fuera por hacerme sufrir.

De pronto, me pareció urgente que Hatsumono se fuera. Sabía que estaba allí para contemplar «la evolución del romance», como decía ella. Así que me propuse que viera lo que había venido a ver. Empecé tocándome el cuello y el peinado cada dos por tres, a fin de parecer que estaba preocupada por mi aspecto. Pero al rozar sin darme cuenta uno de los adornos que llevaba en el pelo, se me ocurrió una idea. Esperé hasta que alguien contó un chiste y entonces riéndome y atusándome el peinado me incliné hacia Nobu. He de admitir que era un gesto un poco extraño, pues mi cabello estaba encerado y apenas se movía o se despeinaba. Me proponía soltarme uno de los adornos -una cascada de flores de seda amarillas y naranjas-, de modo que cayera en el regazo de Nobu. No obstante, lo que sucedió fue que el adorno estaba más sujeto de lo que yo creía, y cuando por fin conseguí soltarlo, salió disparado, rebotó en el pecho de Nobu y cayó en el tatami entre sus piernas cruzadas. Casi todo el mundo se dio cuenta, pero nadie sabía qué hacer. Yo había planeado que alargaría la mano hasta su regazo y lo reclamaría con infantil turbación, pero no me atreví a alcanzar su entrepierna.

Nobu lo agarró él mismo y lo giró lentamente tomándolo por la púa que lo sujetaba al cabello.

– Busca a la joven camarera que me ha recibido -me dijo-. Dile que quiero el paquete que he traído.

Hice lo que Nobu me mandaba y volví al salón, donde todo el mundo me esperaba. Nobu tenía todavía en la mano mi adorno del pelo, agarrándolo de modo que las flores oscilaban sobre la mesa. No hizo ademán de tomar el paquete cuando se lo ofrecí.

– Pensaba dártelo más tarde, cuando salieras. Pero parece que debo dártelo ahora -dijo, y me indicó con un gesto de cabeza que lo abriera. A mí me daba mucha vergüenza, pues todo el mundo me miraba, pero le quité la envoltura de papel, abrí la cajita de madera que había dentro y encontré una peineta exquisitamente decorada sobre un lecho de satén. La peineta, que tenía una forma semicircular, era de un vivo color rojo decorada con flores de brillantes colores.

– La encontré en una tienda de antigüedades hace unos días -dijo Nobu.

El Presidente, contemplando pensativo el adorno que yo había dejado en su estuche, encima de la mesa, movió lo labios, pero ningún sonido salió de su boca al principio; entonces se aclaró la garganta, y dijo con una extraña tristeza en la voz:

– Vaya, Nobu-san, no sabía que fueras tan sentimental.

Hatsumono se levantó de la mesa; pensé que había logrado librarme de ella por esa noche, pero para mi sorpresa dio la vuelta y se arrodilló a mi lado. Yo no sabía qué hacer, hasta que ella sacó la peineta de la caja y la introdujo cuidadosamente en la base de mi moño. Luego extendió la mano, y Nobu le dio el adorno de flores, que ella volvió a colocar en mi cabeza con la misma delicadeza que una madre con su bebé. Yo se lo agradecí con una pequeña reverencia.

– ¿No es la más linda de las criaturas? -dijo, dirigiéndose claramente a Nobu. Y luego suspiró dramáticamente, como si éste fuera uno de los pocos momentos románticos que hubiera experimentado en su vida, y salió de la habitación, como yo esperaba que hiciera.

No es necesario decir que los hombres pueden ser tan distintos unos de otros como los arbustos que florecen en diferentes momentos del año. Pues aunque Nobu y el Presidente parecieron interesarse por mí unas semanas después del torneo de sumo, pasaron varios meses y seguíamos sin saber nada ni del Doctor Cangrejo ni de Uchida. Mameha tenía muy claro que debíamos esperar hasta que ellos dijeran algo, más que encontrar un pretexto para volver a verlos, pero a la larga no pudo soportar más el suspense y una tarde fue a ver lo que pasaba con Uchida.

Resultó que poco después de nuestra visita, un tejón mordió a su gato que murió de la infección al cabo de unos días. Y a resultas de ello, Uchida se había vuelto a dar a la bebida. Mameha fue a visitarlo varios días para animarlo. Finalmente, cuando parecía que su humor estaba a punto de cambiar, me vistió con un kimono azul cielo adornado en el bajo con un bordado de cintas multicolores -y con tan sólo un toquecito de maquillaje occidental, para «acentuar los ángulos», como decía ella- y me mandó a su casa con un gatito blanco perla que le había costado una fortuna. Yo pensaba que el gatito era adorable, pero Uchida apenas le hizo caso y, en su lugar, me miró con los ojos entrecerrados, moviendo la cabeza a un lado y al otro. Unos días después, nos llegó la noticia de que quería que posara para él en su estudio. Mameha me advirtió que no dijera ni una palabra y me envió allí con su doncella Tatsumi de carabina, la cual se pasó toda la tarde dando cabezadas en un rincón de la habitación, mientras Uchida me llevaba de un sitio a otro, mezclando frenéticamente sus tintas y pintando un poco sobre papel de arroz, antes de volver a cambiarme de sitio.

Si recorrieras Japón y vieras las distintas obras en las que posé para Uchida durante ese invierno y los años que siguieron -como su único óleo conservado, que está colgado en la sala de juntas del Banco Sumitomo de Osaka-, te podrías imaginar que posar para él fue una experiencia llena de glamour. Pero en realidad no podría haber sido más aburrido. La mayor parte del tiempo, me limitaba a estar incómodamente sentada durante una hora o más. Sobre todo me acuerdo de pasar mucha sed, pues Uchida nunca me ofrecía nada de beber. Incluso cuando empecé a llevarme mi propio té en un tarro, él se lo llevaba al otro extremo de la habitación para no distraerse. Siguiendo las instrucciones de Mameha, nunca intenté hablarle, ni siquiera una tarde terrible a mediados de febrero, cuando probablemente debería haberle dicho algo y no lo hice. Uchida vino a sentarse frente a mí y me miró fijamente a los ojos, mordisqueando el lunar que tenía en la comisura de la boca. Tenía un ramillete de barras de tinta en la mano y un cuenco con agua que se enfriaba continuamente, pero pese a todas las combinaciones de tinta azul y gris que llevaba molidas no acababa de estar satisfecho con el color resultante y salía fuera para tirarlo en la nieve. Su irritación fue en aumento a lo largo de la tarde, conforme sus ojos me iban taladrando, hasta que terminó por decirme que me fuera. No supe nada de él en dos semanas, y más tarde me enteré de que había vuelto a beber. Mameha me echó la culpa por haber dejado que esto sucediera.

En cuanto al Doctor Cangrejo, cuando lo conocí prometió vernos a Mameha y a mí en la Casa de Té Shirae, pero seis semanas después seguíamos sin saber nada de él. Mameha empezó a preocuparse al ver que pasaban las semanas sin noticias. Yo todavía no me había enterado de su plan para desequilibrar a Hatsumono, salvo que era como una puerta colgada de dos bisagras: una era Nobu y la otra el Doctor Cangrejo. Lo que se proponía con Uchida, no puedo saberlo, pero me parecía que formaba parte de un plan diferente, o, al menos, no ocupaba un lugar central en sus planes.

Finalmente, un día a finales de febrero, Mameha se encontró con el Doctor Cangrejo en la Casa de Té Ichiriki y se enteró de que había estado agobiado de trabajo debido a la apertura de un nuevo hospital en Osaka. Pero una vez superado el trabajo más duro, esperaba poder reanudar mi conocimiento en la Casa de Té Shirae a la semana siguiente. Recordarás que Mameha había afirmado que me abrumarían las invitaciones si me dejaba ver en la Ichiriki; por eso el Doctor Cangrejo sugería que nos viéramos en la Shirae. Pero la verdadera razón de Mameha para no ir a la Ichiriki era, claro está, vernos libres de Hatsumono. Pese a todas las precauciones, cuando me estaba preparando para volver a ver al doctor, no pude evitar sentir cierta desazón ante la idea de que Hatsumono nos encontrara. Sin embargo, en cuanto vi la Casa de Té Shirae, casi me echo a reír, pues era ciertamente el tipo de lugar que Hatsumono haría todo lo posible por evitar. Me hacía pensar en un capullo marchito en un árbol totalmente florecido. Gion siguió siendo una zona bulliciosa durante los años de la Depresión, pero la Casa de Té Shirae, que, para empezar, nunca había sido especialmente importante, no había hecho sino decaer aún más. La única razón por la que un hombre tan rico como el Doctor Cangrejo fuera cliente de un lugar como éste era que no siempre había sido tan rico. La Casa de Té Shirae era tal vez lo mejor que el doctor se podía permitir durante sus primeros años, y el ser finalmente recibido en la Ichiriki no significaba que tuviera libertad para romper su vínculo con la Shirae. Cuando un hombre toma una amante, no se da media vuelta y se divorcia de su esposa.

Esa noche en la Shirae, yo serví el sake mientras Mameha contaba una historia, y durante todo el tiempo, el Doctor Cangrejo estuvo sentado con los codos apuntando hacia fuera, tanto, en realidad, que a poco que se moviera enseguida nos daba con ellos, tras lo cual se volvía y se excusaba con una pequeña inclinación de cabeza. Como pude descubrir aquella noche, el Doctor Cangrejo era un hombre tranquilo; se pasó la mayor parte de la velada con la vista fija en la mesa, y de vez en cuando deslizaba un trozo de sashimi bajo el bigote de una forma que a mí me hacía pensar en un niño escondiendo algo bajo las tablas del suelo. Cuando por fin nos despedimos, yo pensé que la velada había sido un fracaso, pues normalmente un hombre que se hubiera divertido tan poco no volvería a Gion. Pero, muy al contrario, resultó que volvimos a saber de él a la semana siguiente, y prácticamente todas las semanas durante los meses que siguieron.

Todo parecía ir suave como la seda en lo que al Doctor Cangrejo se refiere, hasta que una tarde de mediados de marzo estuve a punto de echar a perder con una auténtica tontería los planes que con tanta cautela había trazado Mameha. Estoy segura de que muchas jóvenes geishas han echado por tierra unas magníficas perspectivas negándose a hacer algo que se esperaba que hicieran, portándose mal con un hombre importante o cualquier otra cosa por el estilo. Pero la falta que yo cometí era tan trivial que ni siquiera fui consciente de lo que estaba haciendo.

Todo sucedió en un minuto, en la okiya, un día muy frío poco después de comer. Yo estaba tocando el shamishen sentada en la plataforma exterior, y Hatsumono se acercó apresurada camino del retrete. De haber estado calzada, habría saltado de un brinco al pasaje del patio para dejarla pasar. Pero lo que sucedió es que tuve que forcejear un momento para ponerme en pie porque tenía las piernas y los brazos agarrotados de frío. Si hubiera sido más rápida, probablemente Hatsumono no se habría tomado la molestia de dirigirme la palabra. Pero mientras yo trataba torpemente de levantarme, me dijo:

– El embajador alemán está en la ciudad, pero Calabaza no está libre para acompañarlo. ¿Por qué no le dices a Mameha que te prepare las cosas para poder sustituirla? -y se echó a reír, como si quisiera decir que la idea de que yo pudiera acompañar al embajador alemán era tan ridicula como servirle un plato de bellotas al Emperador.

El embajador alemán había causado un gran revuelo en Gion por esos años. Durante este período, en 1935, acababa de subir al poder en Alemania un nuevo gobierno. Y aunque nunca he sabido mucho de política, sí que sé que por entonces Japón se estaba distanciando de los Estados Unidos y deseaba causar buena impresión al embajador alemán. Todo el mundo se preguntaba quién tendría el honor de acompañarlo durante su inminente visita a Gion.

Cuando Hatsumono me habló, yo debía haber bajado la cabeza avergonzada y haber lamentado con gran teatro la miseria de mi vida comparada con la de Calabaza. Pero dio la casualidad de que precisamente había estado reflexionando sobre cuánto parecían haber mejorado mis expectativas y lo bien que habíamos engañado a Hatsumono con el plan de Mameha, fuera éste el que fuera. Mi primer instinto cuando Hatsumono me habló fue sonreír, pero en su lugar me mostré impasible como una máscara, y me alegré de no haber soltado prenda. Hatsumono me miró de forma extraña; y justo en ese momento yo debería haberme dado cuenta de que se le había pasado algo por la cabeza. Me eché rápidamente a un lado, y ella siguió su camino. Eso fue todo, por lo menos en lo que a mí respecta.

Entonces, unos días después, Mameha y yo fuimos a la Casa de Té Shirae a acompañar al Doctor Cangrejo. Pero cuando abrimos la puerta, vimos a Calabaza calzándose para marcharse. Me di un gran susto al verla y empecé a hacer conjeturas sobre lo que habría podido llevarla hasta allí. Entonces Hatsumono entró en el vestíbulo, y yo supe entonces que de un modo u otro había vuelto a burlarnos.

– Buenas tardes, Mameha-san -dijo Hatsumono- ¡Y mira quién va contigo! ¡La aprendiza que tanto le gustaba al doctor!

Estoy segura de que Mameha estaba tan sorprendida como yo, pero no dio muestras de ello.

– ¡Vaya, vaya, Hatsumono-san! Por poco no te reconozco… ¡ Madre mía! ¡ Qué bien envejeces!

Hatsumono no era realmente mayor; sólo tenía veintiocho o veintinueve años. Creo que Mameha sencillamente quería decirle algo desagradable.

– Supongo que vais a ver al doctor -dijo Hatsumono-. ¡Qué hombre tan interesante! Espero que siga queriendo veros. Bueno, yo ya me iba. Adiós -Hatsumono parecía contenta al salir, pero a la luz de la farola de la calle distinguí una mirada lastimera en Calabaza.

Mameha y yo nos descalzamos sin decir palabra; ninguna sabía qué decir. Esa noche, el deprimente ambiente de la Casa Shirae parecía tan denso como el agua de un estanque. El aire olía a maquillaje rancio; las esquinas de los cuartos estaban todas desconchadas. Hubiera dado cualquier cosa por darme media vuelta e irme.

Cuando abrimos la puerta del vestíbulo, encontramos a la dueña de la casa de té acompañando al Doctor Cangrejo. Por lo general, solía quedarse unos minutos después de que llegáramos; seguramente para cobrárselos al doctor. Pero esa noche, al entrar nosotras, se excusó y ni siquiera levantó la vista al pasar a nuestro lado. El Doctor Cangrejo estaba sentado de espaldas a nosotras, así que pasamos por alto el formalismo de la reverencia y fuimos directamente a sentarnos con él en la mesa.

– Parece cansado, doctor -dijo Mameha-. ¿No se encuentra bien hoy?

El Doctor Cangrejo no abrió la boca. Sencillamente se puso a hacer círculos en la mesa con el vaso de cerveza, como para pasar el rato -aunque era un hombre eficaz y no malgastaba ni un momento si estaba de su mano.

– Sí, estoy bastante cansado -dijo por fin-. No tengo muchas ganas de hablar.

Y con esto, apuró la cerveza de un trago y se levantó para marcharse. Mameha y yo nos miramos. Cuando el Doctor Cangrejo llegó a la puerta de la habitación, se volvió a nosotras y dijo:

– No me gusta que la gente en la que confío me engañe.

Y luego salió sin cerrar la puerta.

Mameha y yo estábamos demasiado atónitas para hablar. Finalmente, ella se puso en pie y cerró la puerta. De vuelta a la mesa, se alisó el kimono y luego entrecerró lo ojos enfadada y me dijo:

– Está bien, Sayuri. ¿Qué le has dicho exactamente a Hatsumono?

– Mameha-san, ¿después de todo lo que hemos trabajado? Le prometo que nunca haría nada que echara a perder mis posibilidades.

– Pues parece que el doctor te ha apartado de su camino, como si no fueras más que un saco vacío. Estoy segura de que hay una razón… pero no podremos conocerla hasta que no sepamos lo que le ha dicho Hatsumono esta noche.

– ¿Y cómo vamos a saberlo?

– Calabaza estaba también en la habitación. Así que tendrás que abordarla como sea y preguntarle.

No estaba muy segura de que Calabaza quisiera hablar conmigo, pero dije que lo intentaría, y Mameha pareció quedarse satisfecha. Se levantó y se dispuso a marcharse, pero yo me quedé donde estaba hasta que ella se volvió para ver qué me detenía.

– Mameha-san, ¿puedo hacerle una pregunta? -dije-. Ahora Hatsumono está enterada de que he estado acompañando al doctor, y probablemente sabe por qué. El que sin duda lo sabe es el doctor. Usted también, claro está. Incluso Calabaza sabe por qué. ¡Yo soy la única que no lo sabe! ¿Sería tan amable de contarme cuál es su plan?

– Sabes perfectamente bien que Uchida-san te mira con ojos de artista. Pero el doctor está interesado en algo más, lo mismo que Nobu. ¿Sabes a lo que nos referimos cuando hablamos de la «anguila sin casa»?

No tenía ni idea de qué hablaba y así se lo dije.

– Los hombres tienen una especie de… bueno, de «anguila» -dijo-. Las mujeres no la tienen. Pero los hombres sí. Esta situada…;

– Creo que sé a lo que se refiere -dije-, pero no sabía que se llamaba anguila.

– No es un anguila de verdad -dijo Mameha-. Pero hacer que es una anguila facilita las cosas. Así que imaginemos que lo es. La cosa es así: esta anguila se pasa toda la vida intentando encontrar una casa, ¿y qué crees tú que tienen las mujeres dentro de ellas? Una cueva donde a las anguilas les gusta vivir. Esta cueva es de donde sale la sangre todos los meses, cuando las «nubes cubren la luna», como se suele decir.

Ya era lo bastante mayor para comprender lo que Mameha decía de las nubes cubriendo la luna, pues ya hacía varios años que lo había experimentado. La primera vez no me habría asustado más si hubiera estornudado y hubiera encontrado un trozo de mis sesos en el pañuelo. Estaba realmente asustada, creyendo que me iba a morir, hasta que la Tía me encontró un día lavando un trapo manchado de sangre y me explicó que sangrar era sencillamente una parte de lo que era ser una mujer.

– Puede que no lo sepas -dijo Mameha-, pero las anguilas son muy territoriales. Cuando encuentran una cueva que les gusta se deslizan dentro y se dan unos meneos para asegurarse de que…, bueno de que es una cueva agradable. Y cuando por fin deciden que es lo bastante confortable, marcan la cueva como territorio propio… escupiendo. ¿Entiendes?

Si Mameha me hubiera dicho sin más lo que trataba de decirme, seguro que me habría asustado, pero, al menos, descifrando todo aquello me distraje un poco. Años después descubriría que así fue también como se lo había explicado a Mameha en su momento su hermana mayor.

– Y aquí viene la parte que te va a parecer más extraña -continuó Mameha, como si lo que acabara de decirme no me lo pareciera ya bastante-. A los hombres les gusta mucho hacerlo. De hecho, hay hombres que apenas hacen otra cosa en la vida que buscar diferentes cuevas para su anguila. La cueva de una mujer en la que nunca ha entrado una anguila es particularmente apreciada por los hombres. ¿Entiendes? A esto le llamamos mizuage.

– ¿A qué se llama mizuage"?

– A la primera vez que la anguila de un hombre explora la cueva de una mujer. A eso llamamos mizuage.

Mizu significa «agua»; y age, algo así como «elevar» o «poner encima»; de modo que el término mizuage suena como si tuviera algo que ver con sacar agua o poner algo sobre el agua. Si le preguntas a tres geishas, cada una tendrá una idea distinta sobre el origen del término. Cuando Mameha terminó su explicación, yo me sentí aún más confusa, aunque hice como si me hubiera enterado de algo.

– Supongo que te imaginas por qué le gusta tanto al doctor venir a Gion -continuó Mameha-. Gana mucho dinero en su hospital y, salvo el que necesita para mantener a su familia, se lo gasta todo intentando encontrar posibilidades de mizuage. Puede que te interese saber, Sayuri-san, que tú eres precisamente el tipo de joven que más le gusta. Lo sé muy bien, porque yo también fui una de esas jóvenes.

Como pude saber tiempo después, uno o dos años antes de que a mí me trajeran a Gion, el Doctor Cangrejo había pagado una cantidad récord por el mizuage de Mameha, tal vez 7.000 u 8.000 yenes. Puede que ahora no parezca mucho dinero, pero en aquel tiempo era una suma que incluso alguien como Mamita -que sólo pensaba en el dinero y en cómo tener más y más- sólo podría ver una o dos veces en toda su vida. El mizuage de Mameha había sido tan caro, en parte, por su fama; pero además había otra razón, como me explicó aquella tarde. Dos hombres de fortuna habían pujado por su mizuage. Uno era el Doctor Cangrejo. El otro, un hombre de negocios llamado Fujikado. Por lo general, los hombres en Gion no competían de este modo; se conocían y preferían llegar a un acuerdo. Pero Fujikado vivía en el otro extremo del país, y sólo aparecía ocasionalmente por Gion, No le preocupaba ofender al Doctor Cangrejo. Y éste, que afirmaba que por sus venas corría sangre aristocrática, odiaba a ese tipo de hombres como Fujikado, salidos de la nada, aunque, en realidad, él también lo era en gran medida.

Cuando Mameha se dio cuenta en el torneo de sumo que yo le hacía tilín a Nobu, pensó en las similitudes que guardaba éste con Fujikado -también se había hecho a sí mismo y también era repulsivo a los ojos de un hombre como el Doctor Cangrejo-. Con Hatsumono siempre persiguiéndome, como un ama de casa detrás de una cucaracha, no iba a hacerme famosa como lo había sido Mameha ni, por lo tanto, iba a poder sacar mucho de mi mizuage. Pero si esos dos hombres me encontraban lo bastante atractiva, podrían empezar a competir por cuál de los dos ofrecía más, lo que me pondría a mí en una posición en la que podría pagar mis deudas, como si hubiera sido todo el tiempo una cotizada aprendiza. A esto es a lo que se refería Mameha cuando decía que había que «desequilibrar» a Hatsumono. A Hatsumono le encantaba la idea de que Nobu me encontrara atractiva; pero de lo que no se daba cuenta era que mi favor con Nobu podría subir considerablemente el precio de mi mizuage.

No cabía duda de que teníamos que recuperar el aprecio del Doctor Cangrejo. Sin él Nobu podría ofrecer lo que quisiera por mi mizuage, es decir, si es que estaba interesado realmente. Yo no estaba muy segura de ello, pero Mameha me tranquilizaba diciendo que un hombre no cultiva una relación con una aprendiza de quince años a no ser que tenga en mente su mizuage.

– Estate segura de que no es tu conversación lo que le atrae -me espetó.

Yo intenté dar la impresión de que no me había ofendido.