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Retrospectivamente, esta conversación con Mameha supuso un giro en mi conocimiento del mundo. Antes de ella, no tenía ni idea de qué era el mizuage; era una niña ingenua que no sabía nada de nada. Pero después de la conversación, empecé a comprender qué quería obtener a cambio del tiempo y del dinero que invertía en Gion un hombre como el Doctor Cangrejo. Una vez que te enteras de estas cosas, ya no puedes dejar de saberlas. Y no pude volver a pensar en él como lo había hecho hasta entonces.
De vuelta en la okiya esa misma noche, esperé en mi cuarto a oír a Hatsumono y a Calabaza subir las escaleras. Ya era una o dos horas después de medianoche cuando por fin volvieron. Supe que Calabaza estaba cansada por el ruido que hacía al poner las manos en los peldaños, pues a veces subía a cuatro patas, como un perro. Antes de cerrar la puerta de su cuarto, Hatsumono llamó a una de las criadas y le pidió una cerveza.
– No, espera -dijo-. Trae dos. Quiero que Calabaza beba conmigo.
– Por favor, por favor, Hatsumono-san -oí suplicar a Calabaza-. Antes me bebería el agua de fregar.
– Vas a leerme en alto mientras me bebo la mía, así que mejor te tomas tú también una. Además odio tener al lado a alguien tan sobrio. Me enferma.
Tras esto la criada bajó las escaleras. Cuando volvió a subirlas un rato después, oí tintinear los vasos en la bandeja.
Estuve un buen rato sentada con la oreja pegada a la puerta de mi habitación, oyendo a Calabaza leer un artículo sobre un nuevo actor de Kabuki. Por fin, Hatsumono salió dando traspiés al rellano y abrió la puerta del servicio.
– ¡Calabaza! -la oí llamar-. ¿No te apetecería un plato de pasta?
– No, no señora.
– Mira a ver si encuentras al vendedor ambulante. Y compra también para ti; así me harás compañía.
Calabaza suspiró y bajó, pero yo tuve que esperar a que Hatsumono volviera a su habitación antes de escabullirme escaleras abajo y seguirla. No habría alcanzado nunca a Calabaza si no fuera porque ésta estaba tan agotada que avanzaba sin rumbo a la velocidad del lodo colina abajo. Cuando la encontré, se asustó al verme y me preguntó qué pasaba.
– No pasa nada -le contesté-, salvo que necesito desesperadamente que me ayudes.
– ¡Oh, Chiyo-san! -me dijo; creo que era la única persona que me seguía llamando así-. ¡No tengo tiempo! Estoy tratando de encontrar al vendedor ambulante de pasta. A Hatsumono le han entrado ganas de pasta de repente. Y quiere que yo también me tome un plato. Tengo miedo de vomitar encima de ella.
– ¡Pobre Calabaza! -exclamé-. Pareces un trozo de hielo que ha empezado a fundirse -su cara mostraba todo el cansancio que tenía, y parecía que en cualquier momento iba a caer redonda al suelo por el peso de toda la ropa. Le dije que se sentara, que yo buscaría al vendedor y volvería con los platos de pasta. Estaba tan cansada que no me llevó la contraria; se limitó a darme el dinero y se sentó en un banco junto al arroyo Shirakawa.
Me llevó un rato encontrar al vendedor, pero por fin volví con dos platos de pasta humeante. Calabaza estaba profundamente dormida con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta como si esperara llenarla de agua de lluvia. Eran como las dos de la madrugada, y todavía se veía gente por la calle. Había cerca un grupo de hombres y, a juzgar por sus risas, debían de pensar que Calabaza era lo más divertido que habían visto en las últimas semanas. Y he de admitir que era una escena peculiar: una aprendiza vestida y maquillada al completo roncando en un banco.
Dejé los platos en el banco, a su lado, la desperté lo más suavemente que pude y le dije:
– Calabaza, tengo que pedirte un favor, pero… temo que no te haga muy feliz saber en qué consiste.
– Da igual -dijo-. Ya nada puede hacerme feliz.
– Esta tarde estabas presente en la habitación cuando Hatsumono habló con el doctor. Temo que todo mi futuro dependa de esa conversación. Hatsumono debe de haberle contado algo sobre mí que no es cierto, porque ahora el doctor ya no quiere volver a verme.
Por mucho que odiara a Hatsumono -por mucho que quisiera averiguar lo que había hecho esa tarde- lamenté al instante habérselo mencionado a Calabaza. Estaba pasándolo tan mal que el suave toque que le di en el brazo fue demasiado para ella. Los ojos se le llenaron de lágrimas, que empezaron a correrle por las anchas mejillas, como si llevara años almacenándolas.
– No lo sabía, Chiyo-san -dijo, rebuscando bajo el obi hasta sacar un pañuelo-. No tenía ni idea.
– ¿Te refieres a lo que iba a decir Hatsumono? Pero ¿cómo iba a saberlo nadie?
– No, no es eso. No sabía que nadie pudiera ser tan malo. No lo entiendo… Hace cosas con el único objetivo de dañar a la gente. Y lo peor es que cree que la admiro y que quiero ser como ella. Pero, ¡la odio! Nunca he odiado tanto a nadie.
El pañuelo amarillo de Calabaza estaba teñido con el blanco del maquillaje. Si unos momentos antes me había parecido un cubo de hielo que empezaba a derretirse, ahora se había convertido en un charco.
– Calabaza, por favor, escúchame -dije-. No te lo habría preguntado si tuviera otra alternativa. Pero no quiero quedarme de criada toda mi vida, y eso es lo que pasará si Hatsumono se sale con la suya. No parará hasta aplastarme como a una cucaracha. Me machacará si tú no me ayudas a escabullirme.
A Calabaza le pareció gracioso que yo me comparara con una cucaracha, y nos echamos a reír. Mientras ella se debatía entre la risa y el llanto, yo agarré el pañuelo que tenía en la mano y me puse a quitarle los churretes del maquillaje. Estaba tan emocionada de volver a ver a la Calabaza de antes, la que había sido mi compañera de fatigas, que a mí también se me llenaron los ojos de lágrimas y terminamos abrazadas.
– ¡Oh, Calabaza! Se te ha corrido todo el maquillaje -le dije cuando nos separamos.
– No importa -me respondió-. Le diré a Hatsumono que me asaltó un borracho y me pasó un trapo por la cara sin que yo pudiera defenderme porque llevaba los dos platos de pasta en las manos.
Creí que no iba a decir nada más, pero finalmente, tras un largo suspiro, dijo:
– Quiero ayudarte, Chiyo, pero ya hace un buen rato que estoy en la calle. Hatsumono saldrá a buscarme si no me doy prisa. Y si nos encuentra juntas…
– Sólo te quiero hacer unas cuantas preguntas, Calabaza. Sólo dime: ¿cómo se enteró Hatsumono que yo veía al doctor en la Casa de Té Shirae?
– ¡Ah, eso! -dijo Calabaza-. Hace unos días intentó provocarte a propósito del embajador alemán, pero tú no le hiciste caso. Parecías tan tranquila que Hatsumono pensó que Mameha y tú debíais de traeros algo entre manos. Así que se acercó al Registro a ver a Awajiumi y le preguntó qué casas de té habías estado frecuentando. Cuando se enteró de que la Shirae era una de ellas, puso esa cara que se le pone a ella, y esa misma noche empezamos a ir allí a buscar al doctor. Fuimos dos veces antes de encontrarlo.
Muy pocos hombres de importancia frecuentaban esa casa de té. Por eso Hatsumono había pensado enseguida en el Doctor Cangrejo. Como pude enterarme más tarde, en Gion se le conocía como el especialista en mizuage. En cuanto pensó en él, Hatsumono probablemente coligió lo que se proponía Mameha.
– ¿Qué le dijo hoy? Cuando lo vimos después de que os fuerais, ni siquiera nos dirigió la palabra.
– Bueno…, estuvieron hablando un rato -dijo Calabaza-, y luego Hatsumono fingió que algo le había recordado una historia. Y empezó a contarla: «Hay una joven aprendiza llamada Sayuri, que vive en mi misma okiya…». Cuando el doctor oyó tu nombre…, se irguió en la silla como si acabara de picarle una avispa, en serio. Y dijo: «¿La conoces?». A lo que Hatsumono le respondió: «Pues claro que la conozco, doctor. ¿No le estoy diciendo que vive en mi okiya?». Y luego dijo algo que no recuerdo, y de pronto continuó: «No debería hablar de ella porque… bueno, en realidad, le estoy guardando un secreto…».
Me quedé fría al oír esto. Estaba segura de que Hatsumono se habría inventado algo verdaderamente espantoso.
– ¿Cuál era el secreto, Calabaza?
– No estoy muy segura de saberlo -me contestó Calabaza-. No parecía nada del otro mundo. Hatsumono le contó que había un joven que vivía al lado de nuestra okiya y que Mamita tenía unas normas muy rígidas con respecto a amigos y novios. Hatsumono le dijo que tú y ese chico os gustabais, y que a ella no le importaba encubriros porque pensaba que Mamita era demasiado estricta. Incluso le dijo que cuando Mamita salía, os dejaba solos en su propio cuarto. Y luego dijo algo como: «¡Oh! ¡Pero si yo no debería contarle nada de esto! ¿Y si llegara a los oídos de Mamita, después de todo lo que me ha costado encubrirlos?». Pero el doctor le dijo que le agradecía toda esa información, y que descuidara, que no pensaba decírselo a nadie.
Me imaginaba lo que habría disfrutado Hatsumono tramando esa pequeña intriga. Le pregunté a Calabaza si sabía algo más, y me dijo que no.
Se lo agradecí repetidamente y le dije cuánto lamentaba que hubiera tenido que pasar todos esos años de esclava de Hatsumono.
– Supongo que algo bueno tenía que salir de todo esto. Hace sólo unos días, Mamita se decidió por fin a adoptarme. Así que puede que se haga realidad mi sueño de tener un sitio donde acabar mis días.
Casi me mareo cuando oí esas palabras, aunque le dije cuánto me alegraba por ella. Y era verdad que me alegraba por Calabaza, pero también sabía que formaba parte del plan de Mameha el que Mamita me adoptara.
Al día siguiente, en su apartamento, se lo conté todo a Mameha. En cuanto oyó lo del novio, empezó a mover la cabeza indignada. Yo ya lo había entendido, pero me explicó que Hatsumono había encontrado una ingeniosa manera de meter en la cabeza del Doctor Cangrejo la idea de que mi «cueva» ya había sido explorada por la «anguila» de otro hombre.
Pero Mameha se preocupó aún más por la inminente adopción de Calabaza.
– Calculo -dijo- que tenemos unos meses hasta que la adopción se lleva a cabo realmente. Lo que significa que ha llegado el momento de tu mizuage, Sayuri, estés o no preparada para ello.
Esa misma semana, Mameha encargó a mi nombre en la confitería un tipo de pasteles de arroz que llamamos ekubo, que en japonés significa «hoyuelo». Los llamamos así porque tienen una especie de hoyuelo en su parte superior con un pequeño círculo rojo en el centro; algunas personas los consideran muy sugerentes. A mí siempre me recordaron a un cojín diminuto, suavemente rehundido, como si una mujer hubiera recostado en él la cabeza para dormir y lo hubiera manchado de carmín en el centro, pues estaba demasiado cansada para quitárselo antes de tumbarse. En cualquier caso, cuando una aprendiza de geisha está disponible para el mizuage, regala cajas de ekubo a los hombres que ha frecuentado. La mayoría se los dan por lo menos a una docena de hombres, o, tal vez, más; pero en mi caso, sólo había dos: Nobu y el doctor, y eso teniendo suerte. En cierto modo me apenaba no dárselos al Presidente; pero por otro lado, todo el asunto parecía tan desagradable que no lamentaba totalmente dejarlo fuera.
Ofrecerle la caja de ekubo a Nobu fue cosa fácil. La dueña de la Casa de Té Ichiriki lo avisó para que una noche determinada viniera a una hora más temprana, y Mameha y yo nos reunimos con él en una habitación que daba al patio de la entrada. Yo le agradecí todas las atenciones que había tenido conmigo durante los últimos seis meses, pues no sólo me había llamado para asistir a sus fiestas, incluso cuando el Presidente no estaba, sino que también me había hecho varios regalos, además de la peineta de la noche que había aparecido Hatsumono. Después de darle las gracias, le hice una reverencia y, tomando la caja de ekubo, que iba envuelta en papel de estraza y atada con un basto cordel, la deslicé sobre la mesa hacia donde estaba él. Él la aceptó, y Mameha y yo volvimos a agradecerle su cortesía, haciendo una reverencia tras otra hasta que empezamos a marearnos. La pequeña ceremonia había concluido, y Nobu salió de la habitación con la caja en la mano. Un rato más tarde, cuando estaba entreteniendo a sus invitados, no hizo la menor referencia a ella. En realidad, creo que había estado un poquito incómodo.
El Doctor Cangrejo, claro está, era harina de otro costal. Para empezar, Mameha tuvo que recorrer las principales casas de té de Gion para decirle a sus respectivas dueñas que tuvieran la bondad de avisarla si el doctor se dejaba caer por allí. Esperamos unas cuantas noches hasta que nos informaron de que había aparecido en una casa de té llamada Yashino, como invitado de otra persona. Me apresuré al apartamento de Mameha a cambiarme de ropa y enseguida me puse en camino hacia Yashino con la caja de ekubo envuelta en un trozo de seda.
La Casa de Té Yashino era bastante moderna y estaba en un edificio de estilo occidental. Las salas eran elegantes a su manera, con vigas oscuras y todo eso; pero en lugar de esteras de tatami y mesitas bajas rodeadas de cojines, la habitación a la que me pasaron aquella noche tenía un suelo de madera parcialmente cubierto de oscuras alfombras persas y una mesita de café con varios mullidos sillones. Tengo que admitir que nunca se me hubiera ocurrido sentarme en uno de ellos. En su lugar, me arrodillé en la alfombra esperando a Mameha, aunque mis rodillas se resintieron de la dureza del suelo. No me había movido de esta posición cuando media hora después entró Mameha.
– Pero ¿qué haces? -me preguntó-. Ésta no es una habitación de estilo japonés. Siéntate en uno de esos sillones e intenta no desentonar.
Hice lo que Mameha me decía. Pero cuando ella misma se sentó frente a mí, parecía tan incómoda como debía de parecerlo yo.
Al parecer, el doctor estaba en la habitación de al lado, en una fiesta. Mameha ya había estado allí un rato entreteniendo y sirviendo a los invitados.
– Le he servido mucha cerveza para que tuviera que salir al servicio -me dijo-. Y cuando salga, le cazaré en el pasillo y le pediré que entre aquí un momento. Tienes que darle la caja sin más preámbulos. No sé cómo va a reaccionar, pero ésta es nuestra única oportunidad de reparar el daño que nos ha causado Hatsumono.
Mameha salió, y yo esperé un buen rato sentada en el sillón. Estaba muy nerviosa y muerta de calor, y me preocupaba que el maquillaje blanco se me estropeara con el sudor y pareciera un futón con todas las sábanas revueltas. Busqué algo para distraerme; pero lo único que podía hacer era levantarme de vez en cuando para echarme un vistazo en el espejo.
Finalmente oí voces y luego llamaron a la puerta y Mameha la abrió.
– Un momento, doctor, si es usted tan amable.
Distinguí al Doctor Cangrejo entre las sombras del pasillo, con una expresión tan sombría como las de los retratos que cuelgan en las grandes paredes de los bancos. Me miraba desde detrás de sus gafas. Yo no estaba segura de qué hacer; normalmente habría hecho una reverencia arrodillada en el tatami, así que me levanté del sillón y me arrodillé en la alfombra para hacerlo igual, aunque sabía que a Mameha no le gustaría y se enfadaría conmigo. No creo que el doctor se dignara mirarme.
– Prefiero volver a la fiesta -le dijo a Mameha-. Le ruego me disculpe.
– Sayuri ha traído algo para usted, doctor -le contestó Mameha-. No será más que un momento, si es usted tan amable.
Mameha le hizo un gesto para que entrara en la habitación y luego se aseguró de que estaba confortablemente sentado en uno de los mullidos sillones. Tras esto, supongo que se olvidó de lo que me había dicho un rato antes, porque las dos nos arrodillamos, cada una delante de una de las rodillas del doctor. No me cabe duda de que el doctor debió de sentirse importante con dos mujeres tan ricamente ataviadas arrodilladas de tal modo ante él.
– Siento no haberle visto últimamente -le dije-. Y ya empieza a templar el tiempo. ¡Tengo la impresión de que ha pasado toda una estación!
El doctor no respondió y se limitó a mirarme fijamente.
– Por favor, acepte estos ekubo, doctor -le dije y, haciendo una reverencia, deposité el paquete en una mesita que tenía al lado. Él se puso las manos en el regazo, como diciendo que ni soñando pensaba tocar aquella caja.
– ¿Por qué me das esto?
Mameha le interrumpió:
– Lo siento, doctor. He sido yo quien convenció a Sayuri de que a usted le gustaría recibir sus ekubo. Espero no haberme equivocado.
– Pues sí te has equivocado. Tal vez no conoces a esta chica tan bien como te crees. Yo te tengo en muy buen concepto, Mameha-san, pero no dice mucho en tu favor que pretendas recomendármela.
– Lo siento, doctor -dijo Mameha-. No sabía que pensaba así. Tenía la impresión de que le gustaba Sayuri.
– Muy bien. Pues ahora que ha quedado todo aclarado, permíteme que vuelva a la fiesta.
– Pero, permítame que le pregunte: ¿ha hecho algo Sayuri que haya podido ofenderle? Las cosas han cambiado tan súbitamente.
– Claro que sí. Como ya te he dicho, me ofende la gente que me engaña.
– ¡Sayuri-san! ¡Qué vergüenza haber engañado al doctor! -me dijo Mameha-. Le has dicho algo que no era cierto, ¿no?
– ¡No lo sé! -exclamé lo más inocentemente que pude-. A no ser que se refiera a que hace algunas semanas sugerí que ya estaba templando el tiempo, pero no fue así…
Mameha me miró cuando dije esto; no creo que le gustara.
– Eso es algo entre vosotras dos -dijo el doctor-. Y no me concierne. Te ruego que me excuses.
– Pero, antes de irse, doctor, ¿no cree que puede haber habido un malentendido? Sayuri es una chica honrada que no engañaría a nadie a sabiendas. Especialmente cuando han sido tan amables con ella.
– Pues te sugiero que le preguntes sobre su vecino -dijo el doctor.
Sentí un gran alivio de que por fin hubiera sacado el tema. Era un hombre muy reservado y no me habría sorprendido si se hubiera negado a mencionarlo.
– ¡Así que ése era el problema! -exclamó Mameha-. Debe de haber hablado con Hatsumono.
– No creo que eso importe mucho -respondió él.
– Hatsumono se ha dedicado a difundir esa historia por todo Gion. Es totalmente falsa. Desde que a Sayuri le dieron un importante papel en la representación de las Danzas de la Antigua Capital, Hatsumono ha puesto toda su energía en tratar de difamarla.
Las Danzas de la Antigua Capital era el evento anual más importante de Gion. Sólo quedaban seis semanas para que empezaran, a principios de abril. Todos los papeles de las bailarinas habían sido adjudicados meses antes, y yo me habría sentido muy honrada de tener uno. Una profesora mía incluso me había propuesto, pero que yo supiera, mi único papel estaba en la orquesta y no en el escenario. Mameha había insistido en ello para no provocar a Hatsumono.
Cuando el doctor me miró, yo hice todo lo que pude por dar la impresión de que tenía un papel importante en el escenario y que hacía tiempo que lo sabía.
– Siento decirle, doctor, que Hatsumono es una conocida embustera -continuó Mameha-. Es arriesgado creerla.
– Ahora me entero.
– Nadie se habría atrevido a decírselo -dijo Mameha, bajando la voz, como si realmente temiera que la oyeran-. ¡Hay tantas geishas mentirosas! Ninguna quiere ser la primera en acusar. Pero o yo le estoy mintiendo ahora o Hatsumono le estaba mintiendo cuando le contó ese cuento. Es sólo cuestión de decidir a cuál de las dos conoce mejor y de cuál se fía más.
– No entiendo por qué Hatsumono tendría que andar contando todas esas mentiras sólo por que Sayuri tiene un papel en el escenario.
– Seguramente conoce a la hermana pequeña de Hatsumono, Calabaza. Hatsumono esperaba que le dieran un papel a Calabaza, pero, al parecer, se lo han dado a Sayuri en cambio. ¡Y a mí me han dado el que codiciaba Hatsumono para ella misma! Pero esto no importa mucho, doctor. Si la integridad de Sayuri está en duda, entiendo perfectamente que prefiera no aceptar la caja de ekubo que le ofrece.
El doctor se quedó sentado mirándome fijamente. Finalmente dijo:
– Le pediré a uno de los médicos del hospital que la examine.
– Quiero cooperar en todo lo que pueda, doctor -contestó Mameha-, pero no me va a resultar fácil disponer las cosas si usted no acepta ser el protector de Sayuri en su mizuage. Si se duda de su integridad… bueno, Sayuri va a ofrecer sus ekubo a muchos más hombres. Y estoy segura de que muchos se mostrarán bastante escépticos con respecto a los cuentos que les haya contado Hatsumono.
Pareció que esto tuvo el efecto que deseaba Mameha. El Doctor Cangrejo se quedó callado un momento. Finalmente, dijo:
– No sé qué es lo más apropiado. Es la primera vez que me veo en una situación semejante.
– Acepte, por favor, estos ekubo, doctor, y dejemos a un lado los disparates de Hatsumono.
– He oído muchas historias de chicas poco honradas que disponen su mizuage para el momento del mes en que el hombre puede ser fácilmente engañado. Soy médico, como sabes. No se me puede engañar tan fácilmente.
– ¡Pero si nadie trata de engañarlo!
Se quedó sentado un momento más y luego se puso en pie con los hombros encorvados y salió marcando el paso de la habitación. Yo estaba demasiado distraída haciendo todas las reverencias de despedida y no me di cuenta de si tomaba o no el paquete de ekubo; pero después de que los dos hubieron salido, miré a la mesita y vi que la caja ya no estaba allí.
Cuando Mameha mencionó que yo tenía un papel en el escenario, creí que se lo estaba inventando sobre la marcha para explicar por qué podría haber contado Hatsumono las mentiras que había contado sobre mí. Así que puedes imaginarte mi sorpresa cuando al día siguiente me enteré de que Mameha estaba diciendo la verdad. O, si todavía no era una verdad completa, Mameha esperaba que lo fuera para el final de la semana.
En aquel tiempo, en los años treinta, trabajaban en Gion por lo menos setecientas u ochocientas geishas; pero como en la producción de las Danzas de la Antigua Capital sólo se necesitaban unas sesenta, la competición por los papeles acabó con muchas amistades. Mameha no había dicho toda la verdad cuando afirmó que le habían dado el papel que ansiaba Hatsumono; pues ella era una de las pocas geishas de Gion que tenía garantizado un papel en solitario todos los años. Pero sí era cierto que Hatsumono deseaba fervientemente ver a Calabaza en el escenario. No sé de dónde sacó la idea de que semejante cosa era posible; puede que Calabaza hubiera ganado el premio de las aprendizas y otros reconocimientos, pero nunca había sobresalido como bailarina. Sin embargo, unos días antes de que yo le ofreciera al doctor la caja de ekubo, una aprendiza de diecisiete años con un papel solista se había caído por las escaleras y se había roto una pierna. La pobre muchacha estaba desolada, pero al resto de las aprendizas de Gion no les importaba aprovecharse de su mala suerte para intentar hacerse ellas con el papel. Y fue a mí a quien acabaron dándole el papel. Yo sólo tenía quince años en ese momento y nunca me había subido a un escenario, lo que no quiere decir que no estuviera preparada. Muchas de las muchísimas tardes que me había quedado en la okiya, en lugar de ir de recepción en recepción como la mayoría de la aprendizas, la Tía se ofrecía a tocar el shamisen para que yo practicara la danza. Por eso, a los quince años me habían pasado ya al undécimo nivel, aunque en realidad puede que no tuviera más dotes para la danza que cualquier otra. Si Mameha no se hubiera mostrado tan decidida a mantenerme oculta por causa de Hatsumono, podría haber tenido ya un papel en el espectáculo del año anterior.
Me dieron el papel a mediados de marzo, así que sólo tenía un mes más o menos para ensayar. Por suerte, mi profesora de danza fue muy amable y muchas tardes me dio clase a mí sola. Mamita no se enteró sino varios días después -Hatsumono, claro está, no se apresuró a decírselo-, en una partida de mah-jong. Cuando volvió a la okiya preguntó si era cierto que me habían dado el papel. Al decirle que sí, se alejó con la misma expresión de sorpresa que si su perro Taku le hubiera hecho las sumas en su libro de cuentas.
Como era de esperar, Hatsumono estaba furiosa, pero a Mameha no le preocupaba. Según ella, había llegado el momento de expulsar a Hatsumono del ring.