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Hoy, después de casi cuarenta años, recuerdo la noche que pasé con el Presidente como el momento en el que se callaron en mí todas las voces de dolor. Desde el día en que me había marchado de Yoroido no pensaba sino en que cada vuelta de la rueda de la vida traería un nuevo obstáculo a mi paso; y, claro está, eran los obstáculos y las preocupaciones lo que le había proporcionado a mi vida su intensidad. Cuando avanzamos contracorriente cada punto de apoyo adquiere una importancia característica.
Pero mi vida se hizo mucho más dulce y agradable a partir del momento en el que el Presidente se convirtió en mi danna. Me fui sintiendo como un árbol cuyas raíces hubieran encontrado al fin la tierra húmeda y fértil bajo la árida superficie. Nunca había tenido motivos, como ahora, para sentirme más afortunada que otros. Y he de decir que tuve que pasar un largo periodo en aquel estado de felicidad antes de que empezara a serme posible mirar atrás y admitir lo infeliz que había sido en el pasado. Estoy segura de que de otro modo no habría podido hacer la narración de mi vida. Nadie es capaz de hablar honestamente de sus sufrimientos hasta que ha dejado de sentirlos.
La tarde en la que el Presidente y yo tomamos el té en la Ichiríki sucedió algo extraño. No sé cómo, cuando bebí sake de la más pequeña de las tres tazas que utilizamos, se me escapó una gota por la comisura de los labios. Yo llevaba un kimono negro de cinco cenefas con un dragón bordado en rojo y oro que llegaba a la altura del muslo. Recuerdo que vi cómo me caía la gota bajo el brazo y resbalaba por la seda negra del muslo hasta detenerse en los gruesos hilos de plata con los que habían sido bordados los dientes del dragón. Seguro que cualquier geisha habría pensado que derramar sake constituía un mal augurio; pero me pareció a mí que aquella gotita de humedad que se me había escapado como una lágrima era casi la narración de mi vida. Cayó por el espacio vacío, sin control alguno sobre su destino; se deslizó por un camino de seda; y fue a detenerse ante las fauces del dragón. Pensé en los pétalos que había arrojado al río Kamo desde el taller del Señor Arashino, confiando en que sabrían encontrar el camino hasta el Presidente. Me pareció que tal vez así había sucedido.
Con la ingenuidad esperanzada que tan grata me había sido desde la infancia, siempre había imaginado que mi vida sería perfecta si llegaba a ser la amante del Presidente. Era un pensamiento infantil que yo había acariciado incluso de adulta. Pero debería haber sido menos ingenua. ¿Cuántas veces tenía que aprender la dolorosa lección, la de que aunque queramos arrancarnos la saeta que nos hirió, ésta nos deja en el pecho una herida que nunca se cura? Al expulsar de mi vida a Nobu, no solamente perdía su amistad, sino que me exilaba de Gion.
El motivo es tan sencillo que yo debería haber sido capaz de prever lo que sucedería. Cuando un hombre obtiene lo que su amigo desea, se enfrenta a una difícil decisión: o bien debe ocultarlo -si puede- donde su amigo no lo vea, o la relación con su amigo se verá perjudicada. Entre Calabaza y yo había surgido justamente este problema: nuestra amistad nunca había vuelto a ser igual tras mi adopción. Así, aunque las negociaciones del Presidente con Mamita para convertirse en mi danna duraron varios meses, finalmente llegaron al acuerdo de que yo dejaría de trabajar como geisha. No era yo la primera geisha que abandonaba Gion; además de las que huían, estaban las que se casaban y las que abrían sus propias casas de té y sus okiyas. Yo, sin embargo, me encontraba atrapada en un extraño ámbito intermedio. El Presidente quería apartarme de Gion para alejarme de Nobu, pero en modo alguno tenía la intención de casarse conmigo, puesto que ya estaba casado. La mejor solución, y esto era lo que el Presidente había propuesto, habría consistido en instalarme en mi propia casa de té, donde Nobu jamás habría intentado visitarme. Pero Mamita no estaba dispuesta a permitirme abandonar la okiya, ya que ella no recibiría renta alguna de mi relación con el Presidente si yo dejara de pertenecer a la familia Nitta. Por este motivo el Presidente aceptó finalmente pagar a la okiya una cantidad considerable de dinero mensual para que Mamita me permitiera abandonar mi carrera. Yo seguí viviendo en la okiya, como lo había hecho durante tantos años; pero ya no iba a la escuelita por las mañanas ni recorría Gion para hacer visitas de cortesía en ocasiones especiales, ni, por supuesto, acompañaba a ningún cliente por las tardes.
Dado que sólo había empezado a pensar en hacerme geisha para ganarme el afecto del Presidente, no debería haber tenido sensación alguna de pérdida al apartarme de Gion. Sin embargo, a lo largo de los años había ido haciendo muchas amistades, tanto con otras geishas como con muchos de los hombres que había conocido. No es que por haber dejado de acompañar a los clientes se me hubiera prohibido ver a otras mujeres. Lo que sucedía era que las que se ganaban la vida en Gion tenían poco tiempo para conversaciones. A veces sentía envidia cuando veía a dos geishas que, caminando presurosas para llegar a su próxima cita, se reían de algo que había sucedido en la anterior. No envidiaba las inseguridades de su existencia, pero sí aquella sensación de promesa que yo recordaba tan bien, la expectativa de que la noche guardase algún travieso placer.
Veía con frecuencia a Mameha. Tomábamos el té juntas varias veces por semana. Yo me sentía enormemente en deuda con ella por todo lo que había hecho por mí desde la infancia, y especialmente en relación con el Presidente. Vi un día en una tienda un grabado sobre seda del siglo XVIII; representaba a una mujer que le enseñaba caligrafía a una jovencita. La profesora tenía un rostro exquisitamente ovalado y miraba a su alumna con tal benevolencia que me recordó inmediatamente a Mameha, de manera que se lo compré de regalo. La tarde lluviosa en la que ella lo colocó en la pared de su lúgubre apartamento me sorprendí escuchando el ruido del tráfico que avanzaba por la Avenida Higashioji. No podía evitar una sensación de pérdida al acordarme de su elegante apartamento de hacía algunos años, y del encantador sonido de la cascada del arroyo Shirakawa que entraba por las ventanas. El propio Gion me había parecido entonces como una exquisita pieza de tela antigua; pero tantas cosas habían cambiado. Ahora el apartamento diminuto de Mameha tenía esteras del color del té viejo y olía a las infusiones de la farmacia china que había en el bajo (hasta tal punto que hasta sus kimonos exhalaban a veces cierto olor medicinal).
Cuando hubo colgado la pintura en la pared y después de admirarla un rato, volvió a la mesa. Se sentó, los ojos fijos en el fondo de la taza que tenía entre las manos, como si esperase encontrar allí las palabras que buscaba. Me sorprendió ver que la edad empezaba a hacer visibles los tendones de sus manos. Al fin dijo con una huella de tristeza en la voz:
– Qué curioso lo que nos trae el futuro. Debes procurar no esperar nunca demasiado, Sayuri.
Y tenía razón. Me habría ido mejor en los años siguientes si no hubiera seguido creyendo que un día Nobu me perdonaría. Finalmente tuve que dejar de preguntarle a Mameha si él había preguntado por mí; me dolía verla suspirar y mirarme con tristeza como si quisiera decirme que sentía que yo todavía tuviera aquella esperanza.
La primavera del año en que me convertí en su amante, el Presidente compró una lujosa casa al noreste de Kioto y la llamó Eishin-an, «Retiro de la Próspera Verdad». Su intención era albergar en ella a los invitados de la compañía, pero lo cierto es que quien con más frecuencia la utilizaba era él mismo. Era allí donde él y yo nos encontrábamos para pasar la velada tres, cuatro o incluso más veces por semana. Los días en los que había tenido mucho trabajo llegaba tan tarde que lo único que quería era darse un baño caliente mientras yo le hablaba antes de dormirse. Pero a menudo llegaba al atardecer y cenaba mientras hablábamos y observábamos cómo los criados encendían farolillos en el jardín.
Cuando llegaba, el Presidente solía hablar un rato sobre su trabajo. Me contaba los problemas que implicaba algún producto nuevo, o me hablaba de un accidente de tráfico en el que se había perdido un camión cargado de piezas, o de alguna otra cosa así. A mí me gustaba escucharle, por supuesto, pero me daba perfecta cuenta de que el Presidente no me contaba aquellas cosas porque quisiera que yo las supiera, sino para vaciar su conciencia de ellas como quien vacía un cubo de agua. Así que yo escuchaba atentamente, no tanto sus palabras como su tono de voz; porque del mismo modo que el sonido se eleva a medida que se vacía un cubo, yo oía que la voz del Presidente se iba dulcificando a medida que hablaba. Cuando llegaba el momento adecuado, yo cambiaba de tema y enseguida nos encontrábamos hablando de todo lo que no era serio, de lo que le había pasado por la mañana camino del trabajo, o de algo relacionado con una película que habíamos visto allí mismo, en Eishin-an, o yo le contaba una historia chistosa que le había oído contar a Mameha, quien se reunía con nosotros a veces allí. Este sencillo proceso de vaciar primero la conciencia del Presidente para después relajarle con conversación intrascendente tenía un efecto parecido al de mojar una toalla que se hubiera secado arrugada al sol. Cuando llegaba y le lavaba las manos con un trapo húmedo sus dedos estaban rígidos como bastones. Después de un rato de charla, empezaban a adquirir flexibilidad, como si estuviera dormido.
Yo quería que mi vida transcurriera así, acompañando al Presidente por las noches y buscándome ocupaciones que me entretuvieran durante las horas diurnas. Pero en otoño de 1952 acompañé al Presidente en su segundo viaje a los Estados Unidos. Él había estado allí el invierno anterior y ninguna otra experiencia le había causado una impresión comparable. Decía que había entendido por vez primera el sentido verdadero de la prosperidad. Por ejemplo, en aquella época la mayoría de los japoneses sólo tenían electricidad a ciertas horas, mientras que en las ciudades americanas había luz veinticuatro horas al día; y, mientras en Kioto nos llenaba de orgullo el que la nueva estación del ferrocarril tuviera los andenes de cemento y no de madera, el piso de las estaciones americanas era de mármol. Incluso en los pueblos pequeños de los Estados Unidos los cines eran tan lujosos como nuestro Teatro Nacional, decía el Presidente, y los baños públicos estaban inmaculados en todas partes. Lo que le maravillaba en máximo grado era que cada familia estadounidense tuviera una nevera, y que ésta se pudiera comprar con el equivalente al salario mensual medio de un trabajador. En Japón un trabajador debía invertir el equivalente al salario de quince meses para conseguir tal cosa, y pocas familias se lo podían permitir.
En cualquier caso, como he dicho, el Presidente me dejó acompañarle en su segundo viaje a América. Fui a Tokio sola en tren y desde allí volamos juntos en un avión con destino a Hawai, donde pasamos unos días memorables. El Presidente me regaló mi primer bañador y me lo ponía para tomar el sol en la playa con el pelo sobre los hombros como todas las demás mujeres que me rodeaban. Hawai me recordaba a Amami y me preocupaba que también el Presidente estableciera esta relación, aunque si así fue nunca dijo nada al respecto. Desde Hawai seguimos hasta Los Ángeles y finalmente hasta Nueva York. No sabía nada sobre los Estados Unidos, excepto lo que había visto en las películas. En realidad no acababa de creer que los grandes edificios de Nueva York existieran realmente. Y cuando llegué por fin a mi habitación del Hotel Waldorf-Astoria y, asomándome a la ventana, vi los edificios imponentes y allá abajo las calles rectas y limpias, tuve la sensación de ver un mundo en el que cualquier cosa era posible. Había esperado sentirme como un bebé al que han alejado de su madre, ya que nunca había salido de Japón y no podía imaginar que un escenario tan extraño como el de Nueva York pudiera producir en mí otro sentimiento que el de temor. Tal vez mi buena disposición durante toda la visita se debiera al entusiasmo del Presidente. Él había reservado además una habitación para las reuniones de negocios, pero todas las noches venía a la suite conmigo. A veces yo me despertaba a medianoche extrañando la cama y le encontraba sentado a oscuras junto a la ventana observando Park Avenue. Una noche, después de las dos, me llevó de la mano hasta la ventana para que observase cómo se besaba una joven pareja bajo una farola.
Durante los tres años siguientes volví a visitar los Estados Unidos en dos ocasiones con el Presidente. Mientras él hacía sus negocios durante el día, mi criada y yo visitábamos museos y restaurantes; incluso una vez fuimos al ballet, lo que me impresionó profundamente. Por extraño que pueda parecer, el dueño de uno de los pocos restaurantes japoneses que encontramos en Nueva York era un cocinero al que yo había conocido en Gion antes de la guerra. Un mediodía me sorprendí a mí misma en un cuarto privado detrás del restaurante acompañando a un grupo de hombres a quienes hacía años que no veía: el vicedirector de Telefónica Nipona, el nuevo Cónsul General de Japón, quien había sido alcalde de Kobe; un catedrático de ciencia política de la Universidad de Kioto. Era casi como volver de nuevo a Gion.
En verano de 1956 el Presidente, a quien su esposa había dado dos hijas pero ningún hijo, dispuso el matrimonio de la hija mayor con un hombre llamado Nishioka Minoru. La intención del Presidente era que el Señor Nishioka adoptase el nombre familiar de Iwamura y se convirtiera en su heredero. Pero a última hora el Señor Nishioka cambió de parecer e informó al Presidente de que no quería casarse. Era un joven muy temperamental, pero brillante, en la opinión del Presidente. Durante más de una semana el Presidente estuvo de mal humor y nos trató a los criados y a mí con brusquedad sin la más mínima provocación. Nunca le había visto tan malhumorado.
Nadie me dijo nunca por qué Nishioka Minoru cambió de parecer; pero nadie tenía por qué hacerlo. El verano anterior el fundador de una de las compañías de seguros más potentes de Japón había despedido al director de la misma, hijo suyo, sustituyéndolo por un hombre mucho más joven, hijo ilegítimo suyo y de una geisha de Tokio. Fue un escándalo muy sonado. Este tipo de cosas habían sucedido antes en Japón, pero a menor escala, en negocios familiares de confección de kimonos, o de pastelería, por ejemplo. El dueño de la compañía de seguros describía a su primogénito en los periódicos como «un joven serio cuyo talento no puede, por desgracia, compararse con el de…», y aquí nombraba a su hijo ilegítimo sin la más mínima sugerencia de la relación que le unía a él. Pero no importaba: todo el mundo enseguida supo la verdad.
Imagínate que, después de haber aceptado ser el heredero del Presidente, Nishioka Minoru hubiera descubierto un nuevo dato -un dato tan importante como que su futuro suegro acababa de ser padre de un hijo ilegítimo-, pues bien, en ese caso comprenderíamos su negativa a casarse. Todo el mundo sabía que el Presidente lamentaba no tener un hijo varón y que quería mucho a sus hijas. ¿Había alguna razón para pensar que no querría igualmente a un hijo ilegítimo, lo suficiente como para modificar sus planes antes de morir y entregarle a él la empresa que había creado? Por lo que se refiere a si yo había dado o no a luz a un hijo del Presidente… en caso afirmativo sin duda me resistiría a hablar demasiado explícitamente de él, pues temería que su identidad fuera conocida públicamente. Y a nadie podía interesarle que sucediera tal cosa. De manera que lo mejor es que yo no diga nada; estoy segura de que me comprendes.
Una semana después de que Nishioka Minoru cambiase de opinión sobre su matrimonio, decidí tocar un tema muy delicado con el Presidente. Estábamos sentados en el porche de Eishin-an después de cenar. El Presidente estaba malhumorado y no había dicho palabra desde el comienzo de la cena.
– No sé si le he comentado a Danna-sama -empecé-, que he tenido recientemente una extraña sensación.
Miré hacia él pero no pude discernir signo alguno de que estuviera escuchándome siquiera.
– Sigo pensando en la Casa de Té Ichiriki -seguí-, y verdaderamente empiezo a darme cuenta de cómo echo de menos mi trabajo de geisha.
El Presidente tomó un bocado de helado y dejó la cuchara de nuevo en el plato.
– Por supuesto, no puedo volver a trabajar en Gion; lo sé perfectamente. Y sin embargo me pregunto, Danna-sama… ¿no sería posible tener una pequeña casa de té en Nueva York?
•-No sé de qué estás hablando -dijo-. No tienes ningún motivo para querer marcharte de Japón.
– Hoy en día se ven más hombres de negocios y políticos japoneses en Nueva York que tortugas en un estanque -dije-. A muchos de ellos los conozco desde hace años. Es cierto que marcharme de Japón sería un cambio muy abrupto. Pero si se tiene en cuenta que Danna-sama tendrá que pasar cada vez más tiempo en los Estados Unidos… -sabía que esto era verdad porque él me había confiado sus proyectos de abrir allá una sucursal de su empresa.
– No estoy de humor para hablar de esto, Sayuri -empezó. Creo que quería decir alguna otra cosa, pero yo continué como si no le hubiera oído.
– Dicen que cuando un niño crece entre dos culturas a menudo lo pasa mal -dije-. De manera que si una madre se traslada con su hijo a vivir a un lugar como los Estados Unidos lo sensato es que se instale allí de manera permanente.
– Sayuri…
– Lo que equivale a decir -continué-, que una mujer que tomara tal decisión probablemente no volvería nunca a traer a su hijo a Japón.
Al llegar a este punto el Presidente debía de haber comprendido lo que yo estaba sugiriendo: que yo podía apartar de Japón el único obstáculo que existía para que Nishioka Minoru fuese adoptado como heredero. Por un momento su rostro reflejó sorpresa. Luego, tal vez a medida que iba tomando cuerpo en su conciencia la imagen de mi despedida, su irritación pareció romperse como un huevo y se le formó en el rabillo del ojo una única lágrima que apartó como quien espanta una mosca.
En agosto de aquel mismo año me trasladé a Nueva York para abrir mi propia casa de té para empresarios y políticos japoneses que se encontraran en viaje de negocios. Naturalmente, Mamita intentó que cualquier negocio que yo emprendiera en Nueva York fuera una extensión de la okiya Nitta, pero el Presidente se negó a considerar tal posibilidad. Mamita tenía poder sobre mí en tanto en cuanto yo permaneciera en Gion; pero al marcharme, yo rompía mis lazos con ella. El Presidente envió a dos de sus contables para cerciorarse de que yo recibía de Mamita hasta el último yen de lo que me correspondía.
No puedo decir que no estuviera asustada hace tantos años cuando por primera vez cerré la puerta de mi apartamento en las Waldorf Towers. Pero Nueva York es una ciudad fascinante. Enseguida empecé a sentirme tan en casa como en Gion. De hecho, cuando pienso en ello, el recuerdo de las muchas y largas semanas que he pasado aquí con el Presidente ha hecho que mi vida en los Estados Unidos sea más rica en algunos sentidos de lo que lo fue en Japón. Mi pequeña casa de té, situada encima de un viejo club en una esquina de la Quinta Avenida, fue un pequeño éxito desde el principio. Bastantes geishas han venido de Gion a trabajar aquí conmigo e incluso Mameha me visita a veces. Ahora sólo voy allí cuando vienen a la ciudad amigos muy cercanos o viejos conocidos. Paso el tiempo de muchas otras maneras. Por las mañanas suelo reunirme con un grupo de artistas y escritores japoneses que viven en la zona para estudiar temas que nos interesan: la poesía, la música, y, en una ocasión, durante todo un mes, la historia de Nueva York. Almuerzo casi siempre con algún amigo. Y por las tardes me arrodillo delante del tocador y me arreglo para alguna reunión, a veces en mi propio apartamento. Cuando levanto la cortinilla de encaje que cubre mi espejo no puedo evitar el recuerdo del olor lechoso del maquillaje blanco que tan a menudo llevé en Gion. Me gustaría tanto volver allá de visita. Por otra parte, creo que me perturbaría ver todos los cambios. Cuando vienen las amistades con fotos de sus viajes a Kioto, a menudo pienso que a Gion le ha pasado lo que a los jardines mal cuidados, cada vez más llenos de malas hierbas. Por ejemplo, cuando murió Mamita hace algunos años, derribaron la okiya Nitta y la sustituyeron por un diminuto edificio de cemento que alberga una librería en la planta baja y dos apartamentos encima.
Cuando yo llegué a Gion por primera vez trabajaban allí ochocientas geishas. Hoy son menos de sesenta, además de un puñado de aprendizas, y disminuye cada día, ya que el ritmo de los cambios no decrece nunca aunque queramos convencernos de lo contrario. La última vez que el Presidente visitó Nueva York dimos un paseo por Central Park. Íbamos hablando del pasado; y al llegar a una vereda que discurre entre pinos, el Presidente se detuvo súbitamente. Me había hablado a menudo de los pinos que jalonaban la calle de las afueras de Osaka donde él se había criado; y mirándole supe que se acordaba de ellos. De pie, con las manos frágiles apoyadas en su bastón y con los ojos cerrados, inspiró profundamente el aroma del pasado.
– A veces -suspiró-, pienso que las cosas que recuerdo son más reales que las que veo.
Cuando era más joven creía que la pasión se apaga con la edad, del mismo modo en que el contenido de una taza que queda olvidada en una habitación termina evaporándose en el aire. Pero cuando el Presidente y yo volvimos a mi apartamento, nos bebimos el uno al otro con un ansia tal que después me sentí vacía de todo lo que el Presidente me había arrebatado, y llena al mismo tiempo de todo lo que yo le había quitado a él. Caí en un sueño profundo y soñé que estaba en una fiesta en Gion, hablando con un anciano, quien me explicaba que su esposa, por la que había sentido un profundo afecto, no estaba realmente muerta, ya que el tiempo que habían pasado juntos seguía viviendo en su interior. Mientras él decía esto yo bebí un tazón de la sopa más extraordinaria que he probado jamás; cada sorbo era una especie de éxtasis. Empecé a sentir que todas las personas a las que había conocido y que o habían muerto o me habían abandonado no se habían marchado realmente, sino que habían seguido viviendo dentro de mí como la esposa de aquel hombre vivía dentro de él. Sentí que me los bebía a todos: mi hermana Satsu, que había huido abandonándome tan pequeña; mi padre y mi madre; el Señor Tanaka y su perversa idea de la gentileza; Nobu, quien nunca podría perdonarme; incluso el Presidente. La sopa contenía todo lo que yo había amado en mi vida; y mientras yo la bebía aquel hombre dirigía sus palabras a mi corazón. Me desperté bañada en lágrimas y tomé la mano del Presidente temiendo no poder vivir sin él cuando muriera y me dejara. El entonces estaba ya tan frágil que yo no podía evitar pensar en mi madre en Yoroido. Y sin embargo, cuando le sobrevino la muerte sólo algunos meses después, comprendí que me había dejado al final de su larga vida con la naturalidad con la que caen las hojas de los árboles.
No sé decirte qué es lo que nos guía en esta vida; pero yo caí hacia el Presidente como caen las piedras al suelo. Cuando me corté el labio y conocí al Señor Tanaka, cuando murió mi madre y me vendieron sin piedad, todo ello fue como un arroyo que discurre sobre piedras antes de alcanzar el mar. Incluso ahora que se ha marchado lo sigo teniendo, en la densidad de mis recuerdos. Contándote mi vida la he vuelto a vivir.
Es verdad que a veces cuando cruzo Park Avenue me asalta una sensación de exotismo con respecto a mi entorno. Los taxis amarillos que pasan a toda velocidad tocando el claxon, las mujeres con sus maletines, que se sorprenden al ver a una diminuta anciana japonesa vestida con kimono esperando en la esquina para cruzar. Pero en realidad, ¿me resultaría menos exótico Yoroido si volviera allá? De joven creía que mi vida nunca habría sido una lucha si el Señor Tanaka no me hubiera arrancado de mi casita sobre el acantilado. Pero ahora sé que nuestro mundo no es nunca más permanente que una ola que se eleva sobre el océano. Cualesquiera que sean nuestras luchas y nuestras victorias, comoquiera que las padezcamos, enseguida desaparecen en la corriente, como la tinta acuosa sobre el papel.