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De vuelta a casa, mi madre parecía haber empeorado en el día que habíamos pasado fuera. O, tal vez, sencillamente había logrado olvidarme de lo enferma que estaba. La casa del Señor Tanaka olía a humo y a pino, pero la nuestra olía, de una forma que ni siquiera puedo soportar describir, a la enfermedad de mi madre. Por la tarde Satsu estaba trabajando en el pueblo, y la señora Sugi vino a ayudarme a bañar a mi madre. La sacamos fuera de la casa; tenía el tórax más ancho que los hombros, y los ojos totalmente nublados. Sólo soportaba verla así recordando cuando estaba fuerte y sana y salíamos del baño juntas, con nuestra pálida piel envuelta en vapor, como si fuéramos dos nabos cocidos. Me resultaba difícil imaginarme que esta mujer, cuya espalda yo había frotado tantas veces con una piedra y cuya piel siempre me había parecido más firme y suave que la de Satsu, podría estar muerta antes de que finalizara el verano.
Aquella noche, tumbada en el futón, intenté examinar aquella complicada situación desde todos los ángulos posibles, a ver si lograba convencerme de que todo saldría bien. Empecé preguntándome cómo íbamos a seguir viviendo sin mi madre. Aunque lográramos sobrevivir y el Señor Tanaka nos adoptara, ¿dejaría de existir mi familia? Finalmente decidí que el Señor Tanaka no sólo nos adoptaría a mi hermana y a mí, sino también a mi padre. No supondría que íbamos a dejarle solo. Por lo general, no podía quedarme dormida hasta que no lograba convencerme de que eso era lo que iba a suceder, con el resultado de que durante aquellas semanas apenas dormí, y por las mañanas todo me parecía aún más borroso.
Una de aquellas calurosas mañanas, cuando regresaba del pueblo de comprar un paquete de té, oí unos pasos detrás de mí. Me volví y vi al señor Sugi -el ayudante del Señor Tanaka- corriendo por el camino hacia mí. Le llevó un buen rato recobrar el aliento cuando me alcanzó, resoplando y agarrándose el costado como si hubiera venido corriendo todo el camino desde Senzuru. Estaba encarnado y brillante como un salmonete, aunque todavía no había empezado a apretar el calor. Por fin dijo:
– El Señor Tanaka quiere que tú y tu hermana bajéis al pueblo lo antes posible.
Ya me había extrañado que mi padre no hubiera salido a pescar aquella mañana. Ahora sabía por qué. Hoy era el día.
– ¿Y mi padre? -pregunté-. ¿No ha dicho nada de él el Señor Tanaka?
– Venga, Chiyo-chan, no te demores -me dijo a modo de respuesta-. Vete a buscar a tu hermana.
Aquello no me gustó, pero corrí hasta la casa y encontré a mi padre sentado en la mesa, rascando con la uña la mugre acumulada en una ranura de la madera. Satsu estaba echando carbón en la cocina. Parecía que los dos estuvieran esperando una desgracia. Yo dije:
– Padre, el Señor Tanaka quiere que Satsu y yo bajemos al pueblo.
Satsu se quitó el delantal, lo colgó de la percha y salió por la puerta. Mi padre no contestó, pero parpadeó varias veces, sin mover la vista del lugar donde había estado Satsu. Luego bajó pesadamente la cabeza y se quedó mirando al suelo. En la habitación de atrás, mi madre lloraba entre sueños.
Satsu casi había llegado al pueblo cuando la alcancé. Me había pasado semanas pensando en este día, pero nunca había imaginado que fuera a estar tan asustada como estaba. Satsu no parecía darse cuenta de que no estaba bajando al pueblo igual que podría haberlo hecho el día anterior. Ni siquiera se había preocupado por lavarse el carbón de las manos, y al retirarse el pelo de la cara se la tiznó toda. No quería que el Señor Tanaka la viera con aquella pinta, así que la alcancé y me puse a frotarle la mancha como habría hecho nuestra madre. Satsu me apartó la mano de un golpe.
A la puerta de la Compañía Japonesa del Pescado y el Marisco, le di los buenos días al Señor Tanaka con una inclinación de cabeza, esperando que mostrara alegría al vernos. Pero estuvo extrañamente frío. Supongo que esto debería haberme dado una pista de que las cosas no iban a ser como yo había imaginado. Cuando nos condujo al carromato pensé que probablemente quería que su esposa y su hija estuvieran delante cuando nos comunicara su intención de adoptarnos.
– El Señor Sugi vendrá conmigo delante -dijo-, así que tú y Shizu-san mejor os montáis detrás.
Eso es lo que dijo: «Shizu-san». Yo pensé que era muy grosero al equivocarse con el nombre de mi hermana, pero él no pareció notarlo. Ella se subió al carro y se sentó entre las cestas de pescado vacías, con una mano en las fangosas tablas del fondo. Y luego con la misma mano se espantó una mosca de la cara, dejándose un rastro brillante en la mejilla. A mí me importaba más que a Satsu ir sentada en aquella suciedad. No podía pensar más que en lo mal que olía y en lo bien que me quedaría cuando pudiera lavarme las manos, y tal vez la ropa, en casa del Señor Tanaka.
Durante el viaje Satsu y yo no cruzamos palabra, hasta que llegamos a lo alto del cerro, desde donde se dominaba Senzuru, y ella dijo de pronto:
– Un tren.
Yo me incorporé y vi pasar un tren a lo lejos, camino de la ciudad. El humo flotaba en la misma dirección del viento y me hizo pensar en una serpiente mudando la piel. Pensé que se me había ocurrido algo ingenioso e intenté contárselo a Satsu, pero a ésta pareció no importarle. Al Señor Tanaka le gustaría, pensé, y también a Kuniko. Decidí explicárselo a los dos cuando llegáramos a su casa.
Entonces, de pronto, me di cuenta de que no nos dirigíamos hacia la casa del Señor Tanaka.
El carro se paró unos minutos después en una pequeña explanada de tierra al lado de las vías del ferrocarril, nada más salir de la ciudad. Un grupo de personas aguardaba de pie, rodeadas de sacos y cajones apilados. Y a un lado del grupo estaba Doña Fuguillas, junto a un hombre particularmente delgado que llevaba un kimono rígido. Tenía el pelo negro muy liso, como el de un gato, y agarraba en una mano una bolsa de tela suspendida de una anilla. Me sorprendió porque estaba totalmente fuera de lugar en Senzuru, sobre todo allí al lado de aquellos campesinos y pescadores, de sus cajones y cestos, y de una anciana jorobada que arrastraba un saco de ñame. Doña Fuguillas le dijo algo, y cuando él se volvió a mirarnos, supe inmediatamente que me aterraba.
El Señor Tanaka nos presentó al hombre, que se llamaba Bekku. El Señor Bekku no dijo ni una palabra, pero me examinó de cerca y pareció sorprenderse al ver a Satsu. El Señor Tanaka le dijo:
– He traído conmigo a Sugi desde Yoroido. ¿Quiere que le acompañe? El conoce a las niñas, y a mí no me importa prescindir de él uno o dos días.
– No, no -dijo Bekku, agitando la mano en el aire.
Ciertamente no me había esperado nada de esto. Pregunté adonde íbamos, pero nadie pareció haberme oído, así que me fabriqué mi propia respuesta. Decidí que al Señor Tanaka no le había gustado lo que Doña Fuguillas le había contado de nosotras, y que este hombre tan flaco, el Señor Bekku, nos llevaba a algún sitio donde nos iban a leer los astros de una forma más completa. Luego volveríamos a casa del Señor Tanaka.
Mientras yo hacía todo lo posible por tranquilizarme, Doña Fuguillas, sonriendo de oreja a oreja, nos condujo a Satsu y a mí a cierta distancia del grupo. Cuando estuvimos lo bastante alejados para que no pudieran oírnos, su sonrisa se desvaneció, y dijo:
– Ahora escuchadme bien. ¡Sois dos niñas malas! -echó un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie nos miraba y nos dio un cachete en la cabeza. No me hizo daño, pero pegué un grito, sorprendida-. Como hagáis algo que me ponga en evidencia -continuó-, os vais a acordar de mí. El Señor Bekku es un hombre muy severo; tenéis que prestarle mucha atención. Y si os dice que os metáis debajo del tren, lo hacéis. ¿Comprendido?
Por la expresión de la cara de Doña Fuguillas deduje que si no contestaba algo, me pegaría. Pero estaba tan asustada, que me había quedado sin habla. Y entonces, exactamente como me había temido, me agarró y empezó a pellizcarme en el cuello de tal forma que no sabía qué parte del cuerpo me dolía. Me sentía como si me hubiera caído en un barreño lleno de unos bichos que me mordían a diestro y siniestro, y me oí quejarme. Lo siguiente que vi fue al Señor Tanaka a nuestro lado.
– ¿Qué está pasando aquí? -dijo-. Si tiene que decirle algo más a las muchachas dígaselo mientras estoy aquí. No hay ninguna razón para tratarlas así.
– Claro que tendríamos muchas más cosas de las que hablar. Pero ahí llega el tren -dijo Doña Fuguillas. Y era cierto: lo vi culebrear en una curva ya bastante cerca de nosotros.
El Señor Tanaka nos volvió a llevar al andén, donde los campesinos y las ancianas reunían sus pertenencias. Enseguida el tren se detuvo delante de nosotros. El Señor Bekku, con su rígido kimono, se metió como una cuña entre Satsu y yo y, agarrándonos por el codo, nos hizo subir al vagón. Oí al Señor Tanaka decir algo, pero estaba demasiado confusa y triste para distinguir con claridad lo que decía. No podía fiarme de lo que había oído. Podría haber sido:
Mata yo! «¡Hasta la vista!»
O esto:
Matte yo! «¡ Espere!»
O incluso esto:
Ma… dejo! «¡Pues… vámonos ya!»
Cuando miré por la ventanilla, vi al Señor Tanaka dirigiéndose a su carro y a Doña Fuguillas limpiándose las manos en el kimono.
Pasado un momento, mi hermana dijo:
– ¡Chiyo-chan!
Escondí la cara entre las manos, y sinceramente me hubiera hundido en la desesperación. Por la forma de llamarme, no era necesario que dijera nada más.
– ¿Sabes adonde vamos? -me preguntó.
Creo que sólo quería que le contestara sí o no. Probablemente no le importaba mucho cuál era nuestro destino, mientras hubiera alguien que supiera lo que estaba pasando. Pero yo tampoco lo sabía. Le pregunté al hombre flaco, el Señor Bekku, pero no me prestó atención. Seguía mirando a Satsu como si nunca hubiera visto nada igual. Finalmente, hizo una mueca de disgusto y dijo:
– ¡Pescado! ¡Las dos apestáis a pescado!
Se sacó un peine de la bolsa y empezó a desenredarle el pelo. Estoy segura de que le estaba haciendo daño, pero me di cuenta de que a Satsu debía de dolerle aún más ver pasar el paisaje al otro lado de la ventanilla. Un momento después, hizo un puchero, como si fuera un bebé, y empezó a llorar. Si me hubiera pegado y gritado no me habría dolido más que verla llorar de aquel modo; le temblaba toda la cara. Yo tenía la culpa de todo. Una vieja campesina, dentona como un perro, se acercó y le dio a Satsu una zanahoria y luego le preguntó que adonde iba.
– Kioto -respondió el Señor Bekku.
Me sentí tan mal al oír esto que no me atreví a mirar a Satsu a los ojos. Si la ciudad de Senzuru me parecía un lugar lejano y remoto, para qué decir Kioto. Me sonaba tan extranjera como Hong Kong o Nueva York, de la que había oído hablar una vez al doctor Miura. Si me hubieran dicho que allí se comían a los niños crudos, me lo habría creído.
Estuvimos en el tren muchas horas, sin nada que comer. Por un momento atrajo mi atención ver que el Señor Bekku sacaba de su bolsa un paquetito de hoja de loto y lo desenvolvía, revelando una bola de arroz rebozada de semillas de sésamo. Pero cuando la tomó entre sus huesudos dedos y se la introdujo, apretándola, en su mezquina boquita, sin ni siquiera mirarme, sentí que no podía soportar un minuto más aquel tormento. Por fin nos bajamos del tren en una gran estación, que yo pensé que sería Kioto, pero un rato después, entró otro tren en el andén, y nos montamos en él. Éste sí que nos llevaba a Kioto. Iba mucho más lleno que el anterior, así que tuvimos que ir de pie. Para cuando llegamos, al atardecer, me sentía como una roca después de todo un día de golpearle el agua encima.
Conforme nos aproximábamos a la estación, apenas se veía nada de la ciudad. Pero entonces, para mi sorpresa, divisé una panorámica de tejados que se extendía hasta el pie de las colinas, a lo lejos. Nunca hubiera podido imaginar una ciudad tan grande. Todavía hoy, la visión de calles y edificios desde un tren me hace recordar el terrible vacío y el miedo que sentí aquel día, el día que dejé mi casa para siempre.
Por entonces, hacia 1930, todavía funcionaban en Kioto bastantes rickshaws. De hecho, había tantos alineados a la puerta de la estación que pensé que en aquella ciudad nadie iba a ningún lado si no era en rickshaw, lo que no podía estar más lejos de la verdad. Unos quince o veinte descansaban en sus varas, con los conductores acuclillados al lado, fumando o comiendo; algunos de los conductores incluso dormían hechos un ovillo sobre la sucia calle.
El Señor Bekku nos volvió a agarrar por los codos, como si estuviera acarreando un par de cubos desde el pozo. Probablemente pensaba que si me soltaba un momento me escaparía; pero yo no lo habría hecho. Nos llevara adonde nos llevara, lo prefería a verme sola en aquella inmensa maraña de calles y edificios, tan desconocida para mí como el fondo del mar.
Nos montamos en un rickshaw, con el Señor Bekku apretado entre las dos. Era más huesudo de lo que imaginaba. Nos fuimos hacia atrás cuando el conductor subió las varas, y entonces el Señor Bekku dijo:
– Tominagaho, en Gion.
El conductor no contestó, pero dio un tirón al rickshaw para ponerlo en movimiento, y luego empezó a correr al trote. Cuando habíamos recorrido una o dos cuadras, me armé de valor y le pregunté al Señor Bekku:
– ¿Será tan amable de decirnos, por favor, adonde nos lleva?
No pareció que fuera a responder, pero un momento después, dijo:
– A vuestro nuevo hogar.
Al oír esto, se me llenaron los ojos de lágrimas. Oí llorar a Satsu al otro lado del Señor Bekku, y yo misma estaba a punto de dejar escapar un sollozo cuando el Señor Bekku le dio un golpe a Satsu, que ahogó un grito. Me mordí el labio y contuve el llanto tan instantáneamente que creo que las lágrimas se pararon en seco a medio camino de mis mejillas.
Enseguida giramos y aparecimos en una avenida que era tan ancha como todo el pueblo de Yoroido. Apenas podía ver el otro lado de tanta gente, bicicletas, coches y camiones como había. Era la primera vez que veía un coche de cerca. Había visto fotos, pero recuerdo que me sorprendió… bueno… es cruel…, pero asustada como estaba me pareció que estaban diseñados para hacer daño a la gente, más que para ayudarla. Me sentía agredida por todos lados. Los camiones pasaban con gran estrépito a mi lado, tan cerca que sentía el olor a caucho quemado de sus ruedas. Oí un terrible chirrido y resultó ser un tranvía que circulaba por el centro de la avenida.
Al empezar a caer la noche, aumentó mi terror; pero hasta entonces nada me había sorprendido tanto como las luces de la ciudad. No había visto la electricidad, salvo durante el rato de la cena en casa del Señor Tanaka. Aquí se veían las ventanas de los edificios iluminadas, en todos los pisos, y en las aceras había gente parada en charcos de resplandor amarillento. Veía puntitos de luz extendiéndose por toda la avenida. Giramos en una calle, y vi por primera vez el Teatro Minamiza, al otro lado del puente que teníamos frente a nosotros. Su tejado de azulejo era tan grandioso que creí que era un palacio.
Por fin, el rickshaw torció en un callejón flanqueado de casas de madera. Estaban tan pegadas unas a otras que parecía que compartían una sola fachada, con lo que volví a sentirme perdida. Vi mujeres vestidas con kimono yendo y viniendo apresuradas. Me parecieron muy elegantes; aunque, como me enteré más tarde, no eran más que criadas.
Nos paramos ante una de las puertas, y el Señor Bekku me dijo que bajara. El saltó detrás de mí, y entonces, como si no hubiéramos tenido ya bastante por aquel día, sucedió lo peor de todo. Pues cuando Satsu hizo ademán de bajar también, el Señor Bekku se volvió y la detuvo con su largo brazo.
– Tú quédate aquí -le dijo-. Tú vas a otro lado.
Miré a Satsu, y Satsu me miró. Puede que fuera la primera vez en nuestra vida que entendíamos perfectamente cómo se sentía la otra. Pero no duró más de un instante, pues los ojos se me inundaron de lágrimas y ya no vi nada más. Sentí cómo me arrastraba el Señor Bekku; oí voces femeninas y una pequeña conmoción. Estaba a punto de tirarme al suelo cuando vi que Satsu se quedaba boquiabierta por algo que había en la puerta, a mi espalda.
Me encontraba en un estrecho portal que tenía a un lado un pozo que parecía antiguo y al otro, unas cuantas plantas. El Señor Bekku me había arrastrado hasta dentro y entonces me obligó a ponerme de pie. Allí, en el escalón de entrada, calzándose unos zori lacados y vestida con un kimono que era más bonito de lo que yo hubiera podido imaginar, había una mujer de una belleza exquisita. El kimono de la joven geisha de los dientes grandes que había visto en Senzuru, el pueblo del Señor Tanaka, me había impresionado; pero éste era azul turquesa, con líneas color marfil que imitaban los remolinos de un arroyo. Brillantes truchas plateadas nadaban en la corriente, y en la superficie del agua se formaban anillos dorados en donde la rozaban las tiernas hojas de un árbol. Sin duda, la túnica estaba tejida en seda pura, como el obi, que estaba bordado de verdes y amarillos pálidos. Y la ropa no era lo único extraordinario en ella; también llevaba la cara pintada con una espesa capa blanca, como una nube iluminada por el sol. Sus negros cabellos, moldeados con ondas, brillaban como la laca y estaban decorados con adornos de ámbar y con un pasador del que colgaban unas tiritas plateadas que relucían con sus movimientos.
Esta fue la primera vez que vi a Hatsumono. Por aquel entonces era una de las geishas más famosas del distrito de Gion; aunque, claro está, yo todavía no sabía nada de esto. Era una mujer pequeñita; le llegaba al Señor Bekku por el hombro, y eso que llevaba un moño altísimo. Tanto me sorprendió su apariencia que olvidé mis buenos modales -bueno, tampoco es que hubiera aprendido todavía mucho de modales-, y me la quedé mirando directamente a la cara. Ella sonreía, pero no de una forma amable. Y entonces dijo:
– ¿Podría sacar la basura más tarde, Señor Bekku? Me gustaría poder salir.
No había basura alguna en la entrada; se refería a mí. El Señor Bekku dijo que creía que Hatsumono tenía espacio suficiente para pasar.
– Puede que a usted no le importe estar tan cerca de ella -dijo Hatsumono-. Pero yo cuando veo basura, me cruzo de acera.
De pronto apareció desde el interior de la casa una mujer de más edad, alta y huesuda, como una caña de bambú.
– No comprendo cómo puede haber alguien que te aguante, Hatsumono-san -dijo la mujer. Pero le hizo un gesto al Señor Bekku para que me quitara de en medio, lo que él hizo inmediatamente.
Tras esto bajó renqueando a la entrada -pues tenía una cadera fuera de su sitio y le costaba trabajo andar-, y se dirigió a una hornacina practicada en la pared. Tomó algo que a mí me pareció un trozo de pedernal, junto con una piedra rectangular del tipo de las que usan los pescadores para afilar sus cuchillos, y, poniéndose detrás de Hatsumono, frotó el pedernal contra la piedra, de modo que sobre la espalda de la joven se derramó una pequeña lluvia de chispas. Yo no entendía nada; pero las geishas son todavía más supersticiosas que los pescadores. Una geisha nunca sale a ejercer sus funciones hasta que alguien no encienda un pedernal en su espalda para favorecer la buena suerte.
Concluido el ritual, Hatsumono salió, dando unos pasitos tan pequeños que parecía deslizarse; sólo el bajo del kimono se ondulaba ligeramente. Por entonces yo no sabía que era una geisha, pues estaba a mil años luz de la criatura que había visto en Senzuru unas semanas antes. Decidí que debía de ser una artista de un tipo u otro. Todos la vimos alejarse como flotando, y entonces el Señor Bekku me puso en manos de la mujer mayor, que se había quedado en la entrada. Volvió a subirse al rickshaw con mi hermana, y el conductor levantó los varales. Pero no los vi partir, porque me desplomé en el suelo del portal bañada en lágrimas.
La mujer debió de compadecerse de mí; durante un buen rato me quedé allí sollozando mi desgracia sin que nadie me tocara. Incluso oí cómo hacía callar a una criada que se acercó a hablar con ella. Finalmente me ayudó a levantarme y me secó la cara con un pañuelo que se sacó de la manga de su sencillo kimono gris.
– Venga, venga, muchachita. No te pongas tan triste. Nadie te va a comer -hablaba con el mismo acento del Señor Bekku y Hatsumono. Sonaba tan diferente del japonés que se hablaba en mi pueblo que me costaba trabajo entenderla. Pero en cualquier caso, sus palabras eran las más amables que había oído en todo el día, así que decidí hacer lo que ella me aconsejaba. Me dijo que la llamara Tía. Y luego me miró directamente a la cara, y dijo con una voz gutural:
– ¡Santo cielo! ¡Qué ojos tan sorprendentes! Eres una chica muy guapa. Qué ilusión le va a hacer a Mamita.
Yo pensé que la Mamita de aquella mujer, fuera quien fuera, tendría que ser muy vieja, porque su pelo, recogido en un moño tirante detrás de la cabeza, era casi todo blanco, sólo le quedaban algunos mechones negros.
La Tía me hizo entrar, y me encontré en un pasaje de terrazo que corría entre dos construcciones casi pegadas y terminaba en un patio detrás de ambas. Una de las construcciones, que era una vivienda pequeña, como mi casa de Yoroido, tenía dos habitaciones de suelo de terrazo y era el espacio destinado a las criadas. La otra era una casa pequeña y elegante, levantada sobre un lecho de piedra, de tal forma que un gato podría colarse bajo ella. El pasaje se abría al oscuro cielo, por lo que me dio la sensación de que me encontraba en una especie de pueblo en miniatura más que en una casa, sobre todo porque en el otro extremo del patio había varias pequeñas edificaciones de madera. Por entonces todavía no lo sabía, pero ésta era la clase de vivienda típica del barrio de Kioto en el que nos encontrábamos. Las edificaciones del patio, aunque parecían otro grupo de casitas, no eran más que un pequeño cobertizo para los retretes y un pequeño almacén en dos niveles, con una escalera de mano pegada al exterior. Toda la vivienda ocupaba menos espacio que la casa del Señor Tanaka en el campo y alojaba sólo a ocho personas. O, más bien, nueve, después de mi llegada.
Cuando me había hecho una idea de la peculiar disposición de todas las pequeñas edificaciones, reparé en la elegancia de la casa principal. En Yoroido, las estructuras de madera eran más grises que marrones y estaban agrietadas por el aire salino. Pero aquí los suelos y las vigas de madera brillaban a la luz amarilla de las lámparas eléctricas. En el vestíbulo principal se abrían unas ligeras puertas correderas y arrancaba una escalera recta. Una de las puertas correderas estaba abierta, y vi una pequeña habitación forrada de madera en la que había un altar budista. Estas habitaciones eran para el uso de la familia y también de Hatsumono, aunque ésta, como supe después, no formaba parte de ella. Cuando los miembros de la familia querían salir al patio, no pasaban por el pasaje, como las sirvientas, sino que tenían su propia pasarela de madera pulida adosada a un lado que la casa. Incluso había retretes separados: uno arriba para la familia y otro abajo para las sirvientas.
Todavía tardaría un día o dos en descubrir todas aquellas cosas. Pero entonces me quedé un buen rato en el pasaje tratando de adivinar dónde estaba y sintiéndome muy asustada. La Tía había desaparecido en la cocina, donde la oí regañar a alguien. Por fin ese alguien salió. Resultó ser una chica más o menos de mi misma edad, que llevaba un cubo de madera en la mano, tan lleno de agua que iba regando con ella el suelo. Tenía el cuerpo muy delgado y estrecho; pero su cara era regordeta y casi totalmente redonda, así que me pareció una sandía clavada en un palo. Con el esfuerzo de llevar el cubo, sacaba la lengua, que parecía así el rabito de la sandía. No tardé en darme cuenta de que era un tic suyo. Sacaba la lengua cuando revolvía la sopa de miso o se servía arroz o incluso cuando se abrochaba el vestido. Y su cara era en verdad tan gordinflona y tan lisa, casi siempre con la lengua fuera, curvada como el tallito de una calabaza, que al cabo de unos cuantos días era así como la llamaba, y con el apodo de «Calabaza» llegó a ser conocida por todo el mundo, incluso muchos años después, ya como geisha de Gion, por sus clientes.
Cuando hubo dejado el cubo a mi lado, Calabaza metió la lengua, y luego se atusó el peló detrás de la oreja, mientras me miraba de arriba abajo. Creí que iba a decirme algo, pero se limitó a seguir mirándome, como si estuviera decidiendo dónde iba a darme el bocado. Realmente parecía que tenía hambre. Por fin, se inclinó y me susurró:
– Pero ¿de dónde has salido tú?
Pensé que no la ayudaría mucho decir que venía de Yoroido; estaba segura de que no iba a reconocer el nombre de mi pueblo, pues su acento me sonaba tan extraño como el del resto. Así que le dije simplemente que acababa de llegar.
– Creí que nunca volvería a ver una chica de mi edad -me dijo-. Pero ¿qué te pasa en los ojos?
En ese momento la Tía salió de la cocina y después de mandar a Calabaza a otra parte, tomó el cubo y un trapo y me llevó al patio. El patio era bastante lindo, todo cubierto de musgo y con un caminito de guijarros que conducía al almacén; pero olía fatal debido a los retretes, que estaban en una pequeña edificación en uno de sus lados. La Tía me dijo que me desnudara. Yo temía que me hiciera algo parecido a lo que me había hecho Doña Fuguillas, pero sólo me echó agua por encima y me frotó con el trapo. Luego me dio un vestido que, pese a ser del más tosco algodón azul marino, era lo más elegante que había llevado en mi vida. Una anciana que resultó ser la cocinera se acercó por el pasillo con varias criadas más, todas entradas en años, a verme. La Tía les dijo que tendrían todo el tiempo del mundo para mirarme cualquier otro día y las mandó irse por donde habían venido.
– Ahora escúchame bien, pequeña -me dijo la Tía cuando nos volvimos a quedar solas-. No quiero ni aprenderme tu nombre hasta que no decidan quedarse contigo. La última chica que tuvimos no fue del agrado de Mamita y de la Abuela, y sólo duró un mes. Soy demasiado vieja para andar aprendiéndome tantos nombres nuevos.
– ¿Y qué me pasará si no quieren quedarse conmigo? -le pregunté.
– Será mejor para ti que quieran guardarte.
– Le puedo preguntar… ¿qué es este lugar?
– Es una okiya -me respondió-. Es el lugar donde viven las geishas. Si trabajas mucho, de mayor tú también serás geisha. Pero si no me escuchas con atención, no pasarás aquí más de una semana. Mamita y la Abuela van a bajar a verte dentro de un momento. Y más vale que lo que vean sea de su agrado. Lo que se espera de ti es que les hagas la reverencia más profunda que puedas y que no las mires directamente a los ojos. La mayor, a la que llamamos Abuela, no ha apreciado a nadie en su vida, así que no te preocupes por lo que te diga. Y, sobre todo, si te hace alguna pregunta, ¡no se te ocurra contestarle! Yo lo haré por ti. A la que tienes que impresionar es a la Mamita. No es mala persona, pero sólo le preocupa una cosa.
No tuve la oportunidad de saber cuál era esa cosa, pues en ese momento oí un crujido proveniente del vestíbulo, y enseguida aparecieron las dos mujeres, deslizándose por la pasarela hacia donde estábamos nosotras. No me atreví a mirarlas. Pero por lo que pude ver por el rabillo del ojo, me parecieron dos lindos fardos de seda flotando en la corriente. Un momento después revoloteaban en la pasarela encima de nosotras, y acto seguido bajaron y se alisaron el kimono a la altura de las rodillas.
– ¡Umeko-san! -gritó la Tía, pues éste era el nombre de la cocinera-. Traiga té a la Abuela.
– No quiero té -oí decir a una voz enfadada.
– Venga, venga, Abuela -dijo una voz más áspera, que supuse que sería la de Mamita-. No tienes que bebértelo. La Tía sólo quería estar segura de que estás a gusto.
– No hay manera de estar a gusto con estos huesos míos -refunfuñó la anciana. La oí tomar aliento antes de seguir hablando, pero la Tía la interrumpió.
– Esta es la nueva chica, Mamita -dijo, al tiempo que me daba un pequeño empujón, que yo tomé como una señal para que hiciera una reverencia. Me arrodillé y bajé tanto el cuerpo que me llegó el aire mohoso que corría entre la casa y el lecho de piedra sobre el que estaba levantada. Entonces volví a oír la voz de Mamita.
– Levántate y acércate. Quiero examinarte de cerca.
Estaba segura de que iba a decirme algo más, pero en lugar de ello se sacó de debajo del obi una pipa con la cazoleta de metal y una larga boquilla de bambú. La depositó a su lado, en la pasarela, y luego se sacó del bolsillo que llevaba en la manga una bolsita de seda, de la que extrajo una buena pulgarada de tabaco. Cargó la pipa, apretando bien el tabaco con un dedo meñique manchado de un denso color naranja, como el de una batata asada; se la puso en la boca y la encendió con una cerilla que sacó de una cajita de metal.
Entonces me observó detenidamente, exhalando el humo, mientras la anciana suspiraba a su lado. No podía mirar a la Mamita, pero tenía la impresión de que el humo salía de su cara como el vapor que mana de las grietas de la tierra. Me inspiraba tanta curiosidad que mis ojos tomaron vida propia y empezaron a dispararse a un lado y a otro. Cuantas más cosas veía de ella, más fascinada me quedaba. Llevaba un kimono amarillo estampado con unas ramas de sauce cargadas de bonitas hojas verdes y naranjas; era de gasa de seda, tan delicado como una tela de araña. El obi me pareció igual de sorprendente. Tenía también una linda textura de gasa, pero más pesada, y era de color asalmonado y marrón, entretejido con hilos dorados. Cuanto más miraba su ropa, más me olvidaba de que me encontraba en un sitio desconocido y menos me preguntaba qué habría sido de mi hermana -y de mi madre y mi padre- y qué sería de mí. Cualquier detalle del kimono de aquella mujer bastaba para que me olvidara de mí misma. Y entonces tuve una terrible conmoción, pues sobre el cuello de aquel elegante kimono había una cara tan despareja con la ropa que era como si hubiera estado acariciando a un gato y descubriera de pronto que tenía la cara de un bulldog. Era una mujer espantosamente fea, aunque mucho más joven que la Tía, algo que yo no hubiera esperado. Resultó que, en realidad, la Mamita era hermana de la Tía, aunque se llamaban la una a la otra «Mamita» y «Tía» respectivamente, como lo hacían el resto de los habitantes de la okiya. Tampoco eran hermanas de verdad, como lo éramos Satsu y yo. No habían nacido en la misma familia; pero la Abuela las había adoptado a las dos.
Estaba tan sorprendida, con tantas ideas pasándome por la cabeza, que terminé haciendo precisamente lo que la Tía me había dicho que no hiciera bajo ningún concepto. Miré directamente a los ojos a la Mamita. Al percatarse, ella se sacó la pipa de la boca, lo que hizo que su mandíbula inferior cayera como una trampilla, dejando la boca abierta de par en par. Y, aunque sabía que tenía que bajar la vista inmediatamente pasara lo que pasara, la fealdad de sus ojos me resultó tan peculiar, que me quedé mirándola fijamente. El blanco de sus ojos tenía una espantosa sombra amarilla, y me hizo pensar en un retrete en el que acabaran de orinar. En el borde de los párpados, que parecía estar en carne viva, se encharcaba una humedad nebulosa; y la piel formaba grandes bolsas alrededor de ellos.
Bajé la vista hasta la altura de su boca, que seguía abierta. Los colores de su cara estaban mezclados: el borde de los párpados era de un rojo vivo, pero tenía las encías y la lengua grises. Y para empeorar aún más las cosas, sus dientes inferiores parecían inmersos en un pequeño charco de sangre. Esto se debía a que en el pasado había habido algún tipo de deficiencia en la dieta de Mamita, como pude saber más tarde; pero cuanto más la miraba, más fuerte era la impresión de que era como un árbol que ha empezado a perder la hojas. Estaba tan sorprendida por su aspecto general que creo que di un paso atrás, o se me escaño un gritito de asombro o dejé ver de un modo u otro lo que pensaba, pues inmediatamente me dijo con su áspera voz:
– ¡Qué miras!
– Lo siento, señora. Estaba mirando su kimono -le contesté-. Nunca había visto nada igual.
Ésta debió de ser la respuesta adecuada -si es que la había-, pues dejó escapar una risita, que sonó como si estuviera tosiendo.
– ¿Así que te gusta? -dijo, sin dejar de toser o de reír; era imposible distinguir entre la tos y la risa de aquella mujer-. ¿Sabes cuánto cuesta?
– No, señora.
– Más que tú. De eso no cabe duda.
En ese momento apareció una criada con el té. Mientras lo servían aproveché la ocasión para echar un vistazo a la Abuela. Al contrario de Mamita, que estaba un poquito entrada en carnes, con unos dedos regordetes y un cuello bastante grueso, la Abuela era una anciana enjuta. Era al menos tan vieja como mi padre, pero parecía como si se hubiera pasado los años cociéndose a fuego lento para alcanzar aquel estado de concentrada mezquindad. Su cabello cano parecía una maraña de hilos de seda, pues se le veía perfectamente el cuero cabelludo. E incluso éste tenía también un aspecto mísero debido a que estaba en parte cubierto por esas manchas rojas y marrones que salen con la edad. No es que estuviera constantemente frunciendo el ceño, pero en estado normal, su boca tenía una severa mueca.
Inspiró profundamente preparándose para hablar; y luego, soltando el aire, dijo:
– ¿Pero no había dicho que no quería té? -tras esto, suspiró, movió la cabeza y me preguntó-: ¿Cuántos años tienes, muchachita?
– Es del año del mono -respondió la Tía por mí.
– La tonta de la cocinera es un mono -dijo la Abuela.
– Nueve años -dijo Mamita-. ¿Tú que opinas, Tía?
La Tía se dio la vuelta y me echó la cabeza hacia atrás para examinarme la cara.
– Tiene bastante agua.
– Y unos bonitos ojos -dijo Mamita-. ¿Se ha fijado, Abuela?
– A mí me parece una tonta -dijo la Abuela-. Y además no necesitamos otro mono.
– Sin duda, tiene razón -dijo la Tía-. Probablemente es exactamente como usted dice. Pero a mí me parece una muchacha lista y adaptable; se le ve en la forma de las orejas.
– Con tanta agua en su personalidad -dijo Mamita-, probablemente olerá el fuego incluso antes de que empiece. ¿No sería estupendo eso, Abuela? Ya no tendrías que preocuparte de que se prenda fuego en el almacén con todos nuestros kimonos dentro.
A la Abuela, como me enteraría más tarde, le aterraba más el fuego que a un vaso de cerveza un hombre sediento.
– Además es bastante bonita, ¿no cree? -añadió Mamita.
– Hay demasiadas niñas bonitas en Gion -dijo la Abuela-. Lo que necesitamos es una chica inteligente, no una chica bonita. Para bonita ya tenemos a Hatsumono, y mirad lo tonta que es.
Tras esto, la Abuela se levantó y, con la ayuda de la Tía, volvió a subir a la pasarela. Aunque he de decir que viendo los torpes andares de la Tía -debido a la cadera que tenía más salida que la otra-, no era del todo obvio a cuál de las dos mujeres le costaba más andar. Enseguida oí el sonido de una de las puertas correderas del vestíbulo abriéndose y cerrándose, y la Tía estaba de vuelta.
– ¿Tienes piojos, pequeña? -me preguntó Mamita.
– No -respondí yo.
– Tendrás que aprender a hablar con más corrección. Tía, rasúrale el cabello, si eres tan amable.
La Tía llamo a una criada y le ordenó que trajera las tijeras.
– Bueno muchachita -me dijo Mamita-, ahora estás en Kioto. Tendrás que portarte bien o recibirás unos buenos azotes. Es la Abuela la que se encarga de darlos, así que lo lamentarás. Mi consejo es que trabajes mucho y nunca salgas de la okiya sin permiso. Haz lo que se te dice; no des mucha guerra, y dentro de dos o tres meses empezarás a aprender las artes necesarias para ser una geisha. No te he traído aquí para que seas una criada. Te echaré, si todo se queda en eso.
Mamita dio una chupada a su pipa y clavó sus ojos en mí. No me atreví a moverme hasta que me dijo que lo hiciera. Me encontré preguntándome si mi hermana estaría también en aquel momento ante otra mujer cruel, en otra casa de esta horrorosa ciudad. Y de pronto me vino una imagen de mi pobre madre enferma incorporándose en el futón y mirando alrededor para ver si nos veía. No quería que Mamita me viera llorar, pero no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas. Se me emborronó la visión, el kimono amarillo de Mamita empezó a desvanecerse hasta que pareció que centelleaba. Entonces ella soltó una bocanada de humo y desapareció completamente.