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8.

Mi hermano Minetino sirvió en la guerra durante todo el último año de combates y celebró en Francia la caída del Reich. En cada pueblo encontró gente feliz que lo recibía como a uno de los salvadores de la humanidad. O eso suponía yo.

En la inocencia de mi pubertad, yo lo veía como un veterano que volvía a casa cargado de historias que contar, tal vez con una ligera cojera producto de alguna acción heroica. Me gustaba presumir ante mis amigas de que mi hermano, casi solo, había ganado una guerra mundial. Pero todo eran fantasías. Yo tenía la cabeza llena de películas. En la realidad, en casa no supimos mucho de él durante ese año, y nadie me explicó jamás las razones de su ingreso en el Ejército. Temo que ni él mismo las supiese.

A pesar de eso, y de nuestra breve y fría experiencia en Buenos Aires, me hacía ilusión verlo de nuevo. Yo quería tener un hermano, héroe o no. Sin embargo, tras abandonar Europa, Minetino volvió a Estados Unidos y se quedó en algún cuartel. Empezó a demorar su regreso, una y otra vez, con una nueva excusa para cada ocasión. En sus secos y rutinarios mensajes a la familia, no daba razones ni aclaraba qué estaba haciendo. No decía sí ni no a nada. Ni siquiera sabíamos en qué parte del país estaba exactamente.

Su extrema parquedad hizo pensar a mamá que él ya no nos quería, que había descubierto una nueva vida y nos abandonaría definitivamente. Pero la cuestión no era lo que él quisiese. Lo que ocurría en Miami, donde había sido enviado, no tenía nada que ver con su voluntad. Más bien, como casi todo en su vida, tenía que ver con nuestro padre.

El futuro de Minetino empezó con una misteriosa citación que recibió en el cuartel. El remitente del sobre era un tal Howard Hunt, y se dirigía a él con la altivez de un superior. A mi hermano, el nombre no le decía nada. Cuando llegó el día de su encuentro, ni siquiera sabía de qué iban a hablar. Imaginaba que le ofrecerían algún trabajo de oficina para el Ejército o algo así. Y bueno, supongo que era algo así.

Hunt había sido agente de la OSS, la Oficina de Servicios Estratégicos, y había pasado el final de la guerra sirviendo en China en labores de inteligencia. Desde su regreso, trabajaba en una pequeña oficina de Coconut Grove sin señales aparentes ni placas oficiales. Cuando Minetino llegó, no sabía si debía cuadrarse, como se hacía con los oficiales, o sentarse, como se hace ante los empleados administrativos. De todos modos, Hunt lo recibió sin mirarlo, con varios papeles sobre la mesa y el aire atareado e informal del ejecutivo que no tiene tiempo que perder.

– ¿Su nombre es Giorgio Humberto Minetti, oficial?

– Sí. Está en mi expediente.

– Ya. ¿Cuál es su relación con Giorgio Minetti, el empresario italiano antes radicado en Cuba?

– Es mi padre.

– ¿Tiene usted una buena relación con él?

A Minetino le extrañó una pregunta tan personal. Y también le extrañó que definieran a papá como empresario y no como fascista.

– ¿Tengo que responder a eso?

– No es una orden, pero sería mejor, sí.

– Supongo que tenemos… una relación normal.

Por primera vez, Hunt levantó la vista de sus papeles y miró a mi hermano. O, más bien, le clavó los ojos.

– ¿Confía él en usted?

– Sí… Bueno, sí.

– ¿Está usted al corriente de los vínculos que sostenía con el FBI?

– No.

Hunt se quedó observándolo en silencio, presionándolo con la mirada, esperando que cambiase su respuesta. No creía que Minetino hubiese ignorado las relaciones entre papá y los servicios secretos americanos. Pero, en verdad, mi hermano no tenía idea. En el momento de la entrevista era un chico de veinticinco años, y había dejado de vivir con nosotros desde hacía por lo menos ocho.

– ¿Está usted al corriente de los vínculos de su padre con la Italia fascista?

– Sí.

– ¿Sabe si él desea regresar a Cuba?

– Sí. Lo desea.

– ¿Hablan ustedes con frecuencia?

– Más o menos.

A Minetino empezaba a ponerlo nervioso ese extraño interrogatorio. Trató de hacer preguntas él también:

– Disculpe, oficial. ¿Es usted oficial? Disculpe, señor, pero no entiendo adónde quiere llegar.

– Oficial Minetti, seré muy claro con usted. Estamos formando una nueva agencia de inteligencia, una oficina que pueda ocuparse del manejo de información internacional mientras el FBI se concentra en los asuntos internos del país, ¿me sigue?

– Sí, señor.

– Ahora mismo, su padre puede estar tranquilo. El fascismo no es un tema que nos preocupe. Está en el pasado, se acabó. La amenaza que se extiende en este momento por el planeta es el comunismo. Crece, oficial Minetti, como un cáncer, cada día más gordo y lleno de células muertas, matando todo lo que toca. Tenemos especial interés en proteger al mundo de esa amenaza. ¿Es usted un anticomunista, oficial?

– Absolutamente, señor.

– ¿Y su padre?

– También, señor.

– Muy bien. De momento, sabemos que América Central y las Antillas son dos regiones que debemos cuidar especialmente. Esos países están cerca de nosotros y padecen una alta inestabilidad política, lo cual los convierte en un excelente campo de cultivo para el enemigo. Nos interesaría contar con un anticomunista convencido como su padre, pero, claro, eso no es tan fácil.

– A mi padre le encantaría, estoy seguro…

– Entienda la situación, oficial: el FBI nos considera una competencia indeseable y va a hacer todo lo posible por que fracasemos. Y una de esas cosas será denunciar o vetar a un ex espía de Mussolini, aunque haya trabajado para ellos. Dirán que nos estamos aliando con el enemigo y bla, bla, bla. Ellos también tienen asuntos oscuros que tapar, pero no se trata de empezar a sacarnos los trapos sucios, ¿verdad? Se trata de resolver problemas. Su padre tiene experiencia política y diplomática en la zona, además es un empresario de éxito…

– ¿Por qué no habla de esto directamente con mi padre, señor Hunt?

– Eso es lo que le estoy explicando. Su padre no puede volver por el momento a La Habana, al menos no con la fuerza que tenía antes, pero usted sí. Usted es un ciudadano norteamericano que ha luchado por este país, su lealtad está fuera de toda duda, y si acepta ser uno de los nuestros, podrá asumir usted los negocios de su padre. Él podrá volver y administrarlo con perfil bajo -Hunt puso énfasis al pronunciar con perfil bajo-. Cuando la gente se haya olvidado un poco, podrá hacer lo que quiera. ¿Le interesaría a usted trabajar con nosotros?

Para Minetino, se trataba de una oferta inigualable. A pesar de su juventud, podía asumir él el control sobre mi padre, podía decirle qué hacer y qué no hacer porque papá dependería exclusivamente de él para poder permanecer en Cuba. A la vez, sería un agente secreto de los Estados Unidos, prácticamente un intocable en la isla. Durante unos segundos, se preguntó si debería pedir un tiempo para pensar en la propuesta. Luego respondió:

– Cuenten conmigo, señor Hunt.

– Bienvenido a la CIA, agente Minetti.

Tras esa reunión, Hunt partió a instalar la primera oficina de la agencia en México. Años después, estaría involucrado en la invasión de Bahía de Cochinos, sería acusado de haber conspirado para el asesinato de Kennedy y, finalmente, condenado a prisión por su participación en el caso Watergate.

Pero ésa es otra historia. Para mi familia, la única noticia importante que surgió de ese encuentro era la que más esperábamos: regresaríamos a Cuba. Incluso papá, que nunca transmitía emociones, era incapaz de disimular su alegría. El día que aterrizamos en La Habana, mamá se arrodilló y besó el suelo. Y cuando volvimos a casa, besó el dintel de la puerta. Y luego besó el mar Caribe. Y, aunque nunca había sido muy expresiva, me cubrió de besos y me anunció:

– Hoy volvemos a vivir.

A mí, lo que más me alegraba era la perspectiva de ver a mi hermano. De hecho, como nunca antes, nos podríamos ver con frecuencia. Pero él no estaba especialmente feliz con la idea. Había cambiado.

En mis recuerdos, Minetino era un chico tímido, algo soso, pero amable e inseguro. En cambio, el día de nuestro reencuentro en La Habana era un témpano. Al sentirlo llegar a la casa, bajé corriendo a recibirlo y salté sobre él para abrazarlo. Él me contuvo en el aire y me dio un beso que casi parecía una señal de STOP. Luego siguió de largo, se fijó en el sofá del salón y masculló:

– No me gustan los colores de ese mueble. Cámbienlo.

Como un perro que orina para marcar su territorio, recorrió toda la casa, parando en cada rincón, juzgando cada detalle y a cada persona en dos segundos. Ahora supongo que se veía ridículo, un chico casi menor de edad con pretensiones de Humphrey Bogart. Pero en ese momento parecía inaccesible, inalcanzable, un hombre con algo que ocultar. No habló mucho ese día. Sólo se llevó aparte a papá. Displicentemente, como si le diésemos pereza, nos explicó que tenían que conversar de negocios. Y cerró la puerta del estudio. La historia de mi vida ocurría en ese estudio. Para mí, como para la isla, la vida ocurría donde no podíamos verla.

El mismo día en que ocupó su nueva oficina en la calle Infanta, papá volvió a colocar en el centro de la habitación su rosa náutica, que en Buenos Aires había dormido en una caja. Además, mandó tallar otra rosa náutica en la fachada del edificio. Para él, eso significaba que la deriva había terminado. El barco volvía a estar bajo su control.

Según lo acordado, Minetino era el jefe nominal y papá trataba de pasar desapercibido. Pero su sola presencia era una fuerza de la naturaleza. Rápidamente hizo crecer el concesionario y recuperó la exclusividad para proveer de automóviles al Estado: vendía los Oldsmobiles para patrulleros y los Cadillacs para los políticos importantes. En pocos meses, Cuba llegó a ser el segundo país del mundo con la mayor venta de Cadillacs, el primero en ventas per cápita.

Entre sus primeras tareas también estaba la de integrarse en un círculo social. Trabó amistad con un americano de origen italiano, Amleto Battisti, un hombre al que recuerdo por su pulcritud y elegancia. Cada detalle de su atuendo, peinado y uñas estaba finamente pulido y elaborado.

Igual que papá, Battisti era adicto al trabajo. Aparte de sus innumerables negocios, entre ellos el lujoso hotel Sevilla Biltmore, estaba metido en política y llegó a ser el único extranjero elegido parlamentario. Para ello, se labró una imagen pública de benefactor social, mediante generosos donativos a obras de caridad. Battisti aparecía en los periódicos en todas las páginas: la social, la local, política. Incluso en la de espectáculos, compartiendo fiesta con estrellas de Hollywood que alojaba en su hotel. Cada vez que veía una foto de él en la prensa, papá decía:

– Ahí está. Amleto otra vez. Sólo le falta salir en la sección de deportes.

Desde su llegada al país, Amleto Battisti se mostró muy dispuesto a insertar a papá en sus zonas de influencia. Le compró automóviles, le solicitó asesoría legal en varios temas de impuestos. Y más de una vez, le echó una mano con el gobierno del país. Battisti tenía contactos al más alto nivel. Su hotel estaba situado justo entre el Palacio de Gobierno y la Casa Marina, el burdel más elegante de la ciudad. Según las malas lenguas, Battisti tenía oficinas en los tres edificios.

En uno de sus negocios con Battisti, papá ayudó a declarar y reducir los costes de envío de un cargamento de azúcar que salía para Miami. Se trataba de un embarque de proporciones descomunales, pero a papá no le pareció anormal. Era un trabajo como cualquier otro. Un contenedor en un barco que debía llegar de un punto a otro. O eso parecía. O eso quería creer él.

El día anterior a la salida del cargamento, mi hermano irrumpió como un energúmeno en la oficina de papá, cerró la puerta y dijo:

– ¿Te has vuelto loco, papá?

– No, tú te has vuelto loco -respondió papá malhumorado-. Eres mi hijo. A mí no me puedes hablar como si fuera tu chofer.

– ¿Qué sabes del cargamento de Battisti? ¿Los contenedores llenos de azúcar?

– Eso mismo. ¿Qué pasa con ellos?

– Eso no es azúcar, papá. Una parte es azúcar, pero dentro de los costales, el polvo es otro.

– Estás diciendo estupideces.

– La CIA y la mitad de los policías americanos lo saben. Están todos comprados. Pero esto es tráfico de estupefacientes. Como aparezca uno que no haga la vista gorda, te habrás metido en un lío muy duro. Y yo contigo.

Considerando las sospechas sobre papá de los servicios secretos americanos, eso podía ser un golpe mortal. Inmediatamente, papá fue a pedirle explicaciones a su amigo.

Battisti lo recibió en su oficina del Sevilla. Por las ventanas, el mar y La Habana Vieja ponían a su conversación un sereno marco azul y blanco. Pero sus palabras sonaban como abismos y bombazos.

– ¿En qué embrollo me estás metiendo, Amleto?

– No sé de qué me estás hablando.

– Mira, a mí no me importa lo que tú hagas. Pero si hacemos negocios juntos, me tienes que decir adónde me meto. Si no hay confianza, no hay negocio.

Battisti se encogió en su escritorio. Levantó las manos, como si nada fuese culpa suya.

– ¿Quién te lo ha dicho? -preguntó.

– Eso no importa. Lo saben los americanos. Narcóticos podría estar esperándonos.

– Narcóticos sabe que no debe saber nada.

– Aunque no se enteren, me da igual. Éstos no son mis negocios.

Battisti sonrió. Se levantó del asiento y se acercó a la ventana. Señaló hacia fuera, a la ciudad, que se perdía en la línea del litoral.

– Mira este paisaje, Giorgio, y dime qué ves.

– Veo una ciudad en la que quiero estar tranquilo. Ya he tenido bastante en los últimos años.

Amleto se encendió un habano. Una mueca de decepción se dibujó en su rostro.

– Ése es el problema -dijo mientras dibujaba círculos con el humo-. Sólo ves el pasado. ¿Sabes lo que yo veo? Una larga costa de hoteles y salas de juego que va de Varadero hasta La Habana, a lo largo de la Vía Blanca. Veo gente sonriendo y divirtiéndose en las playas y los casinos. Veo placer, Giorgio. Mulatas, fiestas, sol. ¿Y sabes qué más veo? Veo a los americanos venir volando a sumergirse en ese placer, muy cerca de Miami pero infinitamente lejos de los incómodos legisladores de ese gran país. ¿Los ves ahora? Trayendo todos esos dólares libres de impuestos para entregárnoslos uno por uno. Veo el futuro.

Sopló el humo de su habano sobre el rostro de papá, como si fuese el vaho de un sueño.

Difícilmente esta situación tomaba por sorpresa a mi padre. Imaginaba con quién trataba. Había creído que podría mantenerse al margen de la parte peligrosa, pero sin duda ya estaba en el lado oscuro. Su nombre se asociaba con Battisti y su entorno. Ahora, podía pelear con el único grupo de gente leal que lo apoyaría ante cualquier dificultad. O podía aprovechar la situación y devolver la misma lealtad. Papá había dicho muchas veces en casa que nuestro regreso a Cuba era definitivo y que no volvería a salir de ahí bajo ningún concepto, bajo ninguna amenaza. Supongo que estaba dispuesto a lo que fuera por conservar su lugar en el mundo. A lo que fuera.

– Un empresario con tu talento podría hacerle mucho bien a gente como nosotros, Giorgio -continuó Battisti, hablando ya en plural, como si lo invitase a una secta.

– Amleto, yo apenas estoy reponiendo mis negocios en La Habana. No es gran cosa.

– Podría ser más. Nosotros tenemos negocios con un enorme flujo de capital que necesitamos colocar.

– Colocar.

– Necesitamos una persona hábil en las finanzas, ¿me entiendes? Alguien que pueda hacer movimientos de dinero rápidos y limpios. Y sobre todo, alguien leal, de nuestra sangre.

– No sé, Amleto. Yo ya he tenido bastantes problemas en este país y no quiero meterme en más. Aún soy un perseguido, y mi posición es delicada. El FBI debe saber hasta a qué hora voy al baño. Además, yo no sé de estas cosas. Nunca he estado metido en estos negocios.

– Justamente eso es lo que nos interesa, Giorgio. Justamente por eso te hemos escogido.

Y esta vez, su voz no era la de un amigo sino la de un padre, la de alguien que te adopta, que te invita a su familia.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, mientras planeaban la ocupación de Italia, los americanos decidieron tender redes de poder al interior del país para preparar la llegada de sus tropas y sabotear los planes de defensa fascistas. No podían acudir a los partisanos, que eran comunistas, ni a las resistencias antinazis de otros países, que eran extranjeras. Hacían falta italianos organizados y capitalistas con destreza en el uso de las armas y buenos contactos en la política local. Claramente, los únicos que respondían al perfil eran los miembros de las familias de la Mafia.

Varios cabecillas de las principales familias que estaban presos fueron liberados, entrenados en instalaciones militares y enviados a Europa. El más importante de ellos era Lucky Luciano, el hombre que había organizado a la Mafia, sacándola de las destilerías de mala muerte para convertirla en un negocio a nivel nacional. En el acta de libertad de Luciano, el gobierno de los Estados Unidos destacaba su patriotismo, espíritu democrático y fidelidad.

Luciano hizo su trabajo en nombre del mundo libre, y Estados Unidos liberó Italia. Pero terminada la guerra, Luciano comprendió que en ese país no había un futuro para él. Se trataba de un país demasiado pobre, en el que funcionaban ya miles de pequeñas familias con negocios regionales con las que sería muy difícil competir. Era como tratar de instalar un McDonald's en una ciudad donde los clientes no tienen un centavo y los cafés típicos te pueden poner una bomba. Además, a Luciano le faltaba arraigo. En América, la Mafia tenía organizaciones, familias y empresas completamente integradas en la sociedad. Era imposible trasladar todo eso a Europa.

Hizo sus cálculos. Un nuevo negocio asomaba en el horizonte: la cocaína. Llevarla a Estados Unidos podía producir mucho dinero si se encontraba el lugar indicado para trabajar. Un lugar con caletas y radas donde aprovisionar barcos clandestinamente. Un lugar que ya conociese desde la importación de ron durante la ley seca. Un lugar lo suficientemente cerca y lo suficientemente lejos de América. Y ese lugar se llamaba Cuba.

En 1946, Lucky Luciano entró en La Habana con un nombre falso y convocó a una reunión de las familias para planear un nuevo reparto de los negocios. Su regreso fue saludado con optimismo por sus viejos amigos. En diciembre de ese año, el financiero de la Mafia Meyer Lansky, Vito Genovese, Santos Trafficante, un emisario de Al Capone y decenas de caudillos firmaron el registro del Hotel Nacional, el más suntuoso de la isla, un gigantesco edificio frente al mar donde aún hoy se exhiben los cañones de la independencia. El amigo de papá Amleto Battisti no firmó porque él tenía su propio hotel.

La reunión de La Habana fue larga y productiva, llena de resoluciones importantes. Se abrieron nuevas rutas comerciales. Se distribuyó el negocio. Se cerraron acuerdos. Pero, paradójicamente, el único que no salió beneficiado de ella fue quien la había convocado. Porque tras esos días cercanos a la Navidad, los jefes de las familias salieron convencidos, por sobre todas las cosas, de que el viejo Lucky Luciano, el gran líder, el fundador, se había vuelto completamente loco.

Sintiéndose seguro y creyendo que los viejos tiempos continuaban, Luciano estaba llamando la atención demasiado. Hizo que sus cuatro dóbermans persiguiesen a un cartero para divertirse. Se trepó al escenario del Tropicana y arrastró a una vedette hasta la pileta de la puerta principal. Se dejó fotografiar en cuatro cabarets de la mano de bailarinas. Montó una fiesta de tres días en el hotel con Frank Sinatra, que atrajo a toda la prensa de espectáculos. Y golpeó a un policía en la puerta del cabaret Sans-Souci.

Su viejo amigo Meyer Lansky trataba de controlarlo un poco. Le pedía discreción y calma, y se ocupaba puntualmente de comprar el silencio de los policías y periodistas que atestiguaban sus barbaridades. Pero Luciano estaba desbocado. Pensaba que en ese país nadie los tocaría, que no tenían enemigos a su altura. Cuando empezó a aparecer también en periódicos de los Estados Unidos, sus socios se alarmaron seriamente. En una de las reuniones, Genovese explotó y le reprochó:

– Luciano, actúas como un adolescente.

– Mejor -le respondió Luciano-. Me siento mejor que cuando era adolescente.

En lo referente al trabajo, Luciano proponía concentrar todo el tráfico de droga en Cuba y cultivar en la misma isla, para ahorrar en transportes. Estaba obsesionado con el negocio de la cocaína y la usaba constantemente, aun durante las reuniones. En una cena, fuera de sí, le ofreció una raya a uno de los camareros, que no sabía cómo responder ni qué decir. Luciano pretendía sobornar a autoridades a todo nivel y se creía capacitado para desafiar a los Estados Unidos por estar en un país soberano. Pensaba que, en el peor de los casos, los americanos no tomarían represalias contra los italianos sino contra las autoridades de la isla. Lo peor era que aún se consideraba el jefe de todos los demás. Despreciaba a quien lo contradijese y se mostraba prepotente. Tras cada una de sus intervenciones, Meyer Lansky y Genovese se observaban y sacudían la cabeza.

– Ha perdido la razón.

– Una pena. Era un tipo tan listo…

– Y ahora es un estorbo.

Tras la reunión del Hotel Nacional, Amleto Battisti encomendó a papá su primera misión: librarse de ese estorbo.

Durante el verano de 1947, Lucky Luciano vino a casa tres días por semana sin falta. Hasta donde yo recuerdo, era un tipo amable, aunque se ponía impetuoso después de la cuarta copa, lo cual solía ocurrir a la media hora de llegar. De cualquier modo, nunca fue escandaloso. Además, por recomendación de Battisti, confiaba ciegamente en papá. Cuando hacía algún comentario desatinado, papá lo corregía con la paciencia de un abuelo. Entonces Luciano se le quedaba mirando un rato y respondía:

– Sí. Supongo que tienes razón.

Invariablemente, cada vez que Luciano abandonaba nuestra casa rumbo a alguna de sus fiestas, Minetino llegaba y se encerraba con papá en el estudio.

En lo personal, yo prefería las visitas de Luciano. Al menos era un tipo divertido, con sentido del humor, con una vida. Mi hermano, en cambio, sólo trabajaba. Ni siquiera tenía amantes o grandes fiestas. Era una persona seca, amargada y, lo peor de todo, siempre andaba de muy mal humor conmigo. A mí me gustaba divertirme. Mamá me había enseñado a tener una vida social intensa. En cambio, para Minetino, una mujer era un accesorio del salón, dedicada exclusivamente a la moda y a engordar. Él pensaba que los hombres debían pasar por nuestras vidas como un plumero, para desempolvarnos y ponernos en un lugar bonito que decoraríamos a nuestro gusto. Y se creía con derecho a darme órdenes. Me exigía estar «presentable» (o no estar presente) cuando estuviese Luciano en casa, y en general trataba de enseñarme a «comportarme» y de reprimir mis ganas de vivir.

Lamentablemente, Minetino se quedaría cerca de mí mucho más tiempo que Luciano, cuyas visitas estaban por acabar. En las reuniones entre papá y mi hermano, el tema fundamental era cómo sacarlo de Cuba.

El primer paso de su plan fue darle a la CIA toda la información de sus operaciones. Cada embarque de droga que Luciano quería mover, cada negocio que trataba de montar, se encontraba con la oposición de las autoridades cubanas presionadas por Estados Unidos. A pesar de eso, el jefe de mi hermano, Howard Hunt, sospechaba de las relaciones entre papá y Luciano. En sus reuniones, siempre hacía preguntas incisivas al respecto y se mostraba suspicaz. Pero Minetino, por supuesto, lo defendía:

– Mi padre nos está transmitiendo todo lo que sabe sobre Luciano. Eso prueba su lealtad a América.

– No sé si es lealtad a América o al dinero de la Cosa Nostra -respondía un malencarado Hunt-. Al fin y al cabo, sigue haciendo negocios con Battisti y los demás, ¿no?

– Está dispuesto a dejarlo si se lo ordenamos. Ahora bien, ¿queremos que él deje la Mafia o queremos que nos informe de sus movimientos desde adentro?

– Supongo que es mejor tener a esa gente en La Habana que en Nueva York. Pero ¿por qué no quitan de en medio a Luciano? Está dejando en ridículo a los Estados Unidos.

– Si los italianos expulsan a su antiguo líder -argumentó Minetino-, se creará una guerra de mafias en la isla. Y será peor.

– ¿Y entonces? ¿Nos quedamos con los brazos cruzados?

Minetino tenía una respuesta para esa pregunta, una respuesta forjada en largas charlas en el estudio de casa, mientras Luciano se divertía en algún cabaret:

– Los italianos no pueden rebelarse contra Luciano. Pero si la presión contra él llega de Estados Unidos, mi padre garantizará que las familias no lo defiendan.

A Hunt le pareció una propuesta razonable.

Para aumentar la presión sobre Luciano, papá empezó a filtrar a la prensa información sobre sus negocios. Los artículos atraían la atención de los cubanos, pero sobre todo de los diplomáticos norteamericanos, que exigían escandalizados la salida de Luciano de la isla. Conforme se iba cerrando el cerco, Luciano empezó a ponerse nervioso:

– Tenemos un infiltrado, Giorgio -decía a veces-. Alguien nos está traicionando, y cuando lo encuentre, le voy a abrir la garganta como a un perro.

Por suerte para papá, no tendría tiempo de descubrir al traidor y cumplir su amenaza. En sólo tres meses, los Estados Unidos declararon a Cuba un bloqueo de medicinas exigiendo la deportación de Luciano.

Cuando la noticia apareció en los periódicos, Luciano llegó a casa furioso. Papá ni siquiera logró convencerlo de encerrarse con él en el estudio o hablar en voz baja. En pleno comedor, mientras yo escuchaba desde la cocina, propuso a gritos sobornar al presidente para que rompiese relaciones con Estados Unidos. Aseguró que con el dinero de la droga podrían manejar todo el negocio desde Sicilia. Pensó en cambiar de identidad y establecerse en Caracas mientras las aguas se calmaban. En respuesta, papá iba enumerando con calma todas las razones por las que sus ideas eran inviables. Luciano estaba borracho y, antes de irse, rompió un jarrón. No sé si lo hizo por rabia o por torpeza.

El 29 de marzo de 1947, papá y Amleto Battisti acompañaron a Luciano al barco que se lo llevaría. En el puerto se habían congregado otros italianos y un par de vedettes del Tropicana. Pero pocos de los abrazos que Luciano recibió ese día fueron sinceros. Las últimas palabras que le dedicó papá fueron:

– No te preocupes. Te traeremos de vuelta cuando las cosas se enfríen.

No era verdad. Cuando el barco zarpó, lo único frío era la botella de champán con que mi hermano esperaba a papá en su Cadillac. Ahora sí eran socios de pleno derecho. Y sobre todo, ahora podíamos sentirnos tranquilos. Finalmente, y de una vez por todas, teníamos un lugar en Cuba. Teníamos la isla entera, porque era nuestra.