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13.

Diana acabó su relato entre aliviada y exhausta. Había hablado sin parar durante siete horas, con una prisa y una claridad que nunca había tenido antes. Y ahora, mientras miraba la araña de la sala silenciosa, cansinamente, parecía haberse librado de un peso. Terminó su té. Sólo había bebido té, como si quisiese conservar la lucidez. Arrastrado por su sobriedad, yo mismo había bebido sólo cuatro copas. Le pregunté por el exilio cubano, por su exilio. Saliendo de la nada, una voz nos interrumpió:

– De eso tendrán que hablar mañana. Diana está cansada.

Era Mankiewitz.

– No se ve cansada -repliqué impertinentemente.

– No se ve pero lo está. Ahora, si me permitís…

Se llevó a Diana dándole tiempo apenas para despedirse. Ella aceptaba sus órdenes como una pequeña cuidada por su padre. Había perdido algo de la fuerza con que la conocí. Cosas del amor o de lo que sea. Yo tuve que irme a mi hotel.

La escena con Diana se repitió al día siguiente. Me habló de un tirón sobre los años de su exilio y su juventud. Yo ni siquiera hacía ya preguntas. Ella hablaba y hablaba en asociaciones libres. Pensé que debíamos haber trabajado siempre así. Luego Mankiewitz nos volvió a interrumpir y se la llevó como si fuese un saco de arroz. Yo tenía la sensación de que quería apartarnos, quizá pretendía monopolizar a nuestra amiga de algún modo. Tal vez mi presencia ahí era el testimonio de la última resistencia de Diana a su extraña autoridad, una resistencia que se estaba derrumbando.

Al volver a Madrid me encontré directamente con una buena noticia. Mario Bellatin me había escrito un mail:

Tu novela está muy bien. Las próximas vacaciones llevaré a mi hijo a la selva. ¿Qué tengo que hacer ahora? ¿Tengo que decir algo? ¿Qué tipo de cosa?

La faja de mi portada estaba asegurada. Txema estaría contento. Y sobre todo, a Bellatin le había gustado el libro, lo cual era un alivio. Pero ahora tenía que responderle: ¿qué tenía que poner en la faja del libro? ¿Debía decirle yo qué escribir? ¿No era eso un poco descarado? Pensé que él diría algo espontáneamente, algo como «Genial». Con una palabra así bastaba, ¿no? O «Impresionante: cinco estrellas». O «La nueva promesa de la narrativa peruana». Pero no tenía valor para dictarle la frase de mi libro.

Quizá podía usar algo de su mail: «Esta novela está muy bien». No. No despierta convicción. «Las próximas vacaciones llevaré a mi hijo a la selva.» Tampoco sirve.

Fui a recorrer librerías buscando alguna fajita convincente que sugerir. Paseé por los estantes de todo tipo de literatura. Un libro de Rodrigo Fresán decía:

Gabriel García Márquez filmado por David Lynch

Guau. Eso estaba bien. Sonaba espectacular. Quizá podía sugerir para mi fajita: «Apocalipsis Now» filmado por… por… Es que «Apocalipsis» ya estaba filmada. «Apocalipsis Now» escrita por… No. Eso no funciona. La novela de Martin Amis ponía, con firma del New York Times:

Brillante y divertida

Eso. Eso me gustaría escribir a mí. Una novela brillante y divertida certificada por el New York Times. ¿Sería mejor ser más brillante o más divertido? Mejor a partes iguales, sí. Pero mi novela no era de las que se llaman «divertidas», es decir, no era para reírse. Era triste más bien, sórdida a veces. Busqué algo sórdido. Un libro de McEwan ponía:

Cuidado con este libro: puede resultar adictivo

Empezaron a marearme todas esas fajitas, todas esas declaraciones. Tres novelas estaban clasificadas como «La mejor novela de los últimos diez años», otras dos eran «Revolucionarias», abundaban las «Clases maestras de estilo» y las «Prosas como un estilete». ¿Mi prosa sería como un estilete? A lo sumo, como una navaja de afeitar, supongo. Una navaja usada. Me pregunté si había escrito «Un libro fundamental», «Una radiografía de su tiempo» o por lo menos «Una de las obras más influyentes de su era». Me respondí que no, que sólo tenía una novela falsa, un ejercicio de mentiras sobre países de mentira, un libro del que había vivido cuatro meses. Podía decirle a Bellatin que pusiese «Una farsa» o «Una gran muestra de lo que hace la angustia de no tener papeles». No, tampoco debía ningunearme, pero es que uno se siente tan chiquito, tan poquita cosa entre todos esos ejemplos de literatura universal, entre todas esas frases firmadas por las autoridades, como si tuvieran que gustarle a cualquier don nadie porque le han gustado a alguien que sí es alguien, como si alguien tuviese claro qué carajo es «Una novela indispensable».

Salí de la librería mareado, tenía náuseas, veía portadas de libros por todas partes, llenas de críticas favorables, de reseñas importantes, de sonrisas editoriales satisfechas, ninguna con mi firma. Corrí a la cabina de Internet. Le escribí de vuelta a Bellatin:

Mira, supongo que debes poner lo que te parezca. El editor querrá algo que suene vendedor, me imagino.

Bellatin me envió su frase al día siguiente:

¿Qué tal esto? «Un nuevo Corazón de las tinieblas de Conrad para todos.» ¿Te gusta?

Parecía publicidad de baratillo, pero no podía responder: «No, mándame algo más elogioso, por favor. Que se note que te fascina mi libro». Se lo reenvié a Txema.

Mi editor ni siquiera me respondió el correo, pero como ya era habitual, lo llamé todos los días hasta que contestó de casualidad.

– ¿La faja? Ah, sí, la faja. Llegó justo a tiempo para sacarla con el libro. ¿Te gusta cómo ha quedado?

– ¿Cómo que si me gusta? No lo he visto.

– ¿Qué? ¿No te lo han mandado?

No. No me lo había mandado nadie. Pero ya estaba en librerías, con faja y todo, la última novedad literaria amazónica. Mi libro en una librería. Era una imagen que llevaba esperando toda la vida. Entré en la librería más cercana. Busqué en la mesa de novedades, luego en la parte de narradores latinoamericanos, después en el estante que correspondía a mis iniciales, la de mi apellido y la de mi nombre. No lo encontré por ninguna parte. Le pregunté a la vendedora sobre «ese nuevo libro del Amazonas». Me sacó uno de Isabel Allende. Le dije que era literatura de viajes. Me mostró uno de Javier Reverte. Acabé por decirle el nombre del autor seguido de un «o algo parecido» para que pensase que yo tampoco estaba muy seguro del nombre. Me dijo que el nombre del libro y del autor no le sonaban para nada, pero de todos modos buscó en la computadora. Después me mandó a un oscuro estante confinado al rincón más húmedo y remoto de la librería. Ahí, entre la literatura de viajes, estaba mi libro. Me quedé mirándolo embelesado. La edición era hermosa, la carátula parecía el póster de la película que algún día alguien dirigiría para que yo pudiese cobrar los derechos y decir que me parecía una mierda de película. Pero lo mejor era la faja:

«Una novela tierna y estremecedora que me ha dejado varias noches insomne. Un nuevo Corazón de las tinieblas de Conrad en el Amazonas.»

Mario Bellatin

Un poco largo, pero maravilloso. Tomé consciencia de que yo era, oficialmente y certificado por las autoridades, el nuevo Conrad. Pondría eso en mi curriculum. Y rogaría al cielo que Mario Bellatin nunca viese la fajita.

Al salir de la librería, dejé caer como por descuido mi novela sobre la mesa de novedades, en la parte más visible. Por la tarde, visité cuatro librerías más, donde coloqué mi libro en las mesas de «Recomendaciones» y «Los más vendidos». En la última, casi me descubren. Ya en casa, llamé por teléfono a las librerías que me quedaban demasiado lejos. Dije que era de la editorial y que quería saber dónde habían colocado ese nuevo libro sobre el Amazonas. Tres de las librerías no lo habían recibido. Dos pensaban que les hablaba del libro de Isabel Allende. Una de ellas no recibía nunca libros de mi editorial. Y la cuarta tenía el libro en la base de datos, pero nadie consiguió encontrar el estante donde lo habían colocado.

Paralelamente a mi estrategia de posicionamiento del producto, inicié una nueva serie de llamadas a Txema. Esta vez logré que me contestase al cuarto día. Progresaba.

– ¿Qué hay, Txema? Quiero saber cuándo vamos a presentar el libro.

– ¿Presentarlo? ¿A quién?

– Pues… presentarlo, al mundo, no sé… A la prensa o algo así.

– Ah… bueno… Andamos un poco ocupados por acá. ¿Te hable de mi casa nueva?

– Algo me has dicho, sí.

– Además, no sabía que tú vivías acá. ¿No vives en Latinoamérica?

– Txema, llevo dos años viviendo en este país.

– Qué bien. ¿Y qué tal? ¿Estás contento? Es que Argentina está difícil, ¿no?

– Soy peruano, Txema.

– Bueno, eso… Mira, estaré en Madrid para un evento de la editorial. ¿Por qué no pasas por ahí y conversamos?

– ¡Excelente!

Ahora sí, aclarados los malentendidos, Txema empezaba a tomarme en serio. Nos veríamos, seguramente iríamos a cenar, conversaríamos de nuestros proyectos, de nuestra visión del libro como un retrato de la miseria, acabaríamos hablando de cosas más personales, seríamos amigos. No habíamos tenido tiempo de conocernos bien, eso era todo. Como él pensaba que yo no vivía en España, no había querido comprometerse emocionalmente, pero ahora todo estaba solucionado. Como todavía no había recibido mi lote de libros, compré un ejemplar de mi novela por si aparecía en el evento algún crítico o periodista. Y también para asegurarme de que al menos vendería uno.

El evento de Txema era la presentación de una recopilación de escritos de Bioy Casares, en el mismo café de la vez anterior. Yo odio los eventos literarios. Todo el mundo diciendo cosas complicadas sobre autores que no conozco con amaneramiento académico, y todos me hablan mirándome por encima del hombro en busca de alguien más interesante o importante con quien conversar. Lo que más odio es la cara de aburrimiento que ponen cuando el azar social los obliga a hablar conmigo. Para que no se notase que yo no hablaba con nadie, llevé a Javi.

Sobre el escenario, en una mesa con micrófonos, estaban escritos los nombres de los participantes del evento: Santiago Roncagliolo, Edgardo Cozarinsky y Alberto Manguel.

– ¡Joder, Cozarinsky y Manguel! -se emocionó Javi-. ¡La hostia, tío!

– ¿Cómo que «joder, Cozarinsky y Manguel»? ¿Quiénes son esos señores?

– Cozarinsky es escritor y cineasta. Y Manguel es el que más sabe sobre Lewis Carroll en el mundo. Además, le leía a Borges.

– ¿Y tú cómo sabes eso, Javi? ¿No eras analfabeto?

– Hombre, no te leo a ti porque es una mierda lo que escribes, pero a ellos sí. Son buenos.

– Gracias, Javi.

Al entrar, vi a Txema en un rincón y me acerqué a saludarlo. Txema no me presentó a los ponentes. En venganza, yo no le presenté a Javi. Cozarinsky tenía un aire medio ruso, con sus grandes ojos claros y su calvita Gorbachov. Manguel era el tipo mejor vestido de todo el café, con un impecable traje negro sin cuello. Miré mi chompa de lana bordada con alpaquitas en un espejo del café. Al lado de ellos, parecía un mendigo.

Txema se desembarazó de mí rápidamente para presentar el evento, que transcurrió mucho más entretenido de lo que yo imaginaba. Los participantes hablaron de su experiencia personal con Bioy y resultaron muy divertidos y agudos. Roncagliolo estaba insoportable una vez más, pero los otros dos eran buenos. Javi me explicó las partes que yo no entendía. No me dormí ni nada.

Al final del evento, Javi dijo:

– Tío, preséntame a Manguel y a Cozarinsky, macho.

Sonreía con sus dientes negros de tabaco y porro. Me imaginé el bochorno de presentarle a Javi a estas eminencias culturales: joder, qué guay, macho, cojones, escribís de la hostia, joder, me parto la polla. Me imaginé a mí mismo queriendo que me trague la tierra: no, no lo conozco, jamás lo vi, para nada, no tengo idea.

– Verás, Javi, es que ahora tenemos que hablar de trabajo…

– Nada, será sólo un minuto.

– Gracias por venir, Javi. Nos vemos…

– ¿Qué pasa? ¿Me estás echando?

– No, no, Javi, es sólo que tengo que concentrarme.

– Pero si no te voy a distraer, tío. Sólo quiero un autógrafo de ellos.

Llegó la hora de ponerme duro. Esto me dolería más a mí que a mi amigo. Lo tomé del brazo y le dije:

– Lo siento, Javi, pero voy a hablar con ellos yo solo.

Javi me miró como si viese a otra persona, como si no me reconociese. Lentamente, tratando de encontrar otra explicación mientras hablaba, preguntó:

– Tío, ¿te doy vergüenza?

– No, Javi, qué dices, es sólo que éste es un momento importante para mí y…

– ¡Me la suda, tío! ¡Te avergüenzas de mí!

Tres o cuatro personas voltearon a vernos con sus copas en la mano.

– Javi, por favor, habla más bajito.

– ¡Me cago en tu puta madre, yo hablo como me sale de los cojones!

– Javi, por favor, no me hagas una escena…

Pero hizo una escena. Tiró su vaso al suelo, me dio la espalda y se fue. Otras seis o siete personas voltearon a vernos. Con una sonrisa dedicada al vacío, dije:

– ¡Adiós, Javi, ven cuando quieras, ya nos vemos, qué pena que te tengas que ir!

En fin, éste es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.

Me pegué a Txema como una sanguijuela para que me contase -de ser posible, frente a Roncagliolo, que se había sentado en su mesa- el boom que íbamos a conseguir con mi novela amazónica.

Conforme avanzaba la noche y el local se iba despejando, fuimos quedando en una mesa los ponentes y yo, ahí, casi abrazado a Txema aunque él no me hablaba. Manguel y Cozarinsky contaban anécdotas de Borges, y yo me sentía como si me hubiesen alquilado por horas un rincón del cielo. Ése era el mundo al que yo quería pertenecer, un mundo lleno de escritores argentinos y anécdotas de Borges. Una hora después de comenzar a conversar, viendo que no le quedaba remedio, Txema accedió a presentarme. Yo repetí todo lo que Javi me había contado de ellos, para que pareciese que los conocía.

– Señor Manguel, ¿es verdad que usted era uno de los lectores de Borges?

– Y, sí, pero era sólo uno de los aproximadamente 4.576 que le leyeron algo a Borges. No es un gran mérito.

– Ya.

No se me ocurrió nada que decir.

Roncagliolo, en cambio, estaba encantador, el cabrón. Habló del intimismo en Bioy, y de muchos ismos más y de las universidades de tres países donde enseñaba a mi edad. Cuando Txema preguntó qué querían cenar, todos hicieron elegantes referencias a la cocina francesa y española. Y yo comprendí que nadie me estaba invitando a mí. Y que Txema no hablaría nunca de mi libro ni de mi presentación, ni de nada referido a mí.

Ya me hundía en mi silla y en mi copa, derrotado, pensando que eso era el fin de mis contactos y que lo mejor sería ir a emborracharme en casa, cuando Cozarinsky trajo a colación el tema de las herencias. Según dijo, tras la muerte de Bioy, su herencia se había vuelto un problema legal muy gordo. Sus herederos no se ponían de acuerdo, había por ahí un hijo que no era tan hijo y era todo muy triste, che, si Bioy lo supiese se volvería a morir. Entonces pensé que, quizá, una luz brillaba al final del tema y aún había una oportunidad para mí.

– En este momento -dije-, yo también estoy metido en el centro de un problema de herencia… Una herencia de la Mafia.

Se hizo el silencio. Repentinamente, todos en esa mesa estaban pendientes de lo que yo dijese. Comencé a contar la historia de Diana tímidamente, paso a paso, describiendo los decorados de la casa y las alfombras persas Voltaire y la araña que seguro que también era Voltaire, todo muy Voltaire. Los rostros de la concurrencia fueron mostrando interés. De vez en cuando, un suspiro entrecortado o una risa rápida expresaban la total atención que mi historia atraía. Hablé de la conspiración contra Trujillo, de la CIA y la Cosa Nostra, de la huida de Cuba. Manguel dijo:

– Mirá, Cozarinsky, esa historia parece tuya.

Cozarinsky asintió. Comenté atribulado que no sabía si el libro tendría interés editorial, esperando que Txema se ofreciese a publicarlo. Como no se ofreció, hablé del contrato de confidencialidad que había firmado, dije que había importantes intereses tratando de que el libro no viera la luz. Cozarinsky intervino:

– Pero esta mujer ¿cuántos años tiene?

– Como setenta.

– ¿Y los hijos?

– Unos cincuenta años.

– Che, no pasa nada, guardá ese libro. Total, se van a morir todos antes que vos.

El éxito de mi historia fue tan fulminante que silenció al imbécil de Roncagliolo durante un rato y logró el objetivo: a la hora de levantarnos de la mesa para ir al restaurante, Txema dijo:

– ¿No quieres venir?

Claro que quería ir. Estar con mis colegas los escritores, como corresponde. A la hora de levantarnos, oí que uno de los argentinos le decía a Txema:

– Me tenés que pasar el libro de este chico, me gustaría leerlo.

Y fui feliz. Si Cozarinsky se portaba bien, le regalaría el que llevaba en la mochila con un autógrafo cariñoso que algún día pudiese usar de fajita en uno de sus libros.

Fuimos a un lugar cerca de la Gran Vía que resultó elegantísimo. La mesa estaba decorada como si fuese a cenar el príncipe de Asturias con su modelo noruega. Al llegar faltaba una silla. El camarero insistía en que sólo le habían pedido cinco reservaciones. Txema me dijo:

– ¿Y por qué no dijiste antes que venías a cenar?

Tuve que ir a otra mesa y arrastrar desde ahí una silla más. En el camino pisé a una señora y me di cuenta de que yo era lo peor vestido que había pisado ese restaurante desde su fundación en 1876. Así que me senté un rato en silencio, a esperar a que se me bajase el rubor de las mejillas. Por suerte, los demás de la mesa eran simpáticos.

El sumiller sirvió un vino que me pareció imposiblemente delicioso, considerando que mi único criterio para seleccionar vinos había sido siempre que costasen menos de tres dólares. Roncagliolo se quejó de que el vino estaba dos grados demasiado frío. El sumiller lo cambió sin cobrarlo. Fue increíble. Yo pedí medallones de venado en salsa de frambuesas, que ni siquiera era lo más caro. No quería que Txema pensase que me estaba aprovechando de su invitación. La conversación fluyó en torno a anécdotas de Sábato en restaurantes, todas muy hilarantes. Hasta el tarado de Roncagliolo sabía anécdotas de Sábato en restaurantes paraguayos que aún no me explico de dónde sacó (como no me explico qué hacía Sábato en Paraguay ni qué hace quien sea en Paraguay). Empecé a sentirme más cómodo. Me acogían, me querían, me consideraban uno más de ellos, quizá el joven escritor en ciernes, el Rimbaud de los narradores en lengua española. De vez en cuando, Cozarinsky me preguntaba:

– Por cierto, ¿no sos argentino vos?

– Peruano.

– Qué raro. Tenés un tonito así… como argentino.

A los postres, yo ya había bebido suficiente para sentirme como en casa. Dejé de pensar en mí como el peor vestido. Me imaginé que era el «escritor joven que no se preocupa por las formalidades». Hasta las alpaquitas de mi chompa adquirieron un aire reivindicativo, claro que sí, de escritor de izquierdas que come medallones de venado y vino dos grados demasiado frío. Muy combativo. Cuando estábamos en lo mejor, llegó la cuenta. Manguel la miró y anunció:

– Son noventa euros por persona.

Era mi presupuesto para la alimentación de un mes.

Todos sacaron sus billeteras y empezaron a recolectar el dinero con aire satisfecho. Revisé la mía: doce euros y un abono transporte. Miré a Txema con pavor, esperando que hiciese un gesto como «No te preocupes, la editorial paga», pero ni siquiera se movió. Cuando ya todos habían depositado su aporte en la mesa, me aclaré la garganta y solicité:

– Txema, creo que me tienes que prestar un poco de dinero porque… porque mi tarjeta, pues, la tarjeta de crédito, claro…

Txema me odió con la mirada, pero no se pronunció. Pidió que nuestras cenas se cargasen a la tarjeta de la editorial. Nadie más dijo nada. Al salir, traté de cambiar de tema para que se olvidasen mis vergüenzas. Pero no se me ocurría nada de que hablar. Le dije a Txema que me acompañase a un cajero, que le pagaría, pero la gente empezaba a desbandarse y no encontrábamos un cajero cercano. Caminamos bajo una noche inusualmente fría con Txema preguntándome hasta dónde tendríamos que ir. Al final, todo el mundo se despidió confusamente. Cozarinsky me dijo:

– ¿Vos estás seguro de que no sos argentino?

– Sí, de verdad.

– Qué raro. Es que tenés ese tonito así como… como argentino.

Y subió a un taxi. Txema había hecho lo mismo dos metros antes. De repente, en la acera no quedaba nadie más. Volví la cabeza a un lado y otro. Me pregunté si alguien se había despedido de mí y yo no le había contestado. Temía haber resultado un maleducado sin saberlo. En la calle desierta, mi mirada se topó con un tipo alto y delgado con un acento perfectamente neutral. El tarado de Roncagliolo, el único sobreviviente de la velada, estaba conmigo. Pareció reparar en mi presencia de repente. Sonrió. Pensé que se burlaba de mí, pero era una sonrisa amable. Dijo:

– ¿Entonces? ¿Vamos a tomar una cerveza?

Al fin encontraba un alma gemela.

Lo llevé a un sitio barato cerca de Gran Vía. Se me ocurrió que quizá no era tan tarado ni tan pedante. Al contrario, era el único al que no le importaba mi pobreza. Me esmeré en invitarle un par de cervezas. Después de un rato, le propuse publicar una crítica de mi novela en alguna de las revistas en que escribía, y no se negó. A la cuarta cerveza, Roncagliolo, con su apellido ridículo y sus maneras de señorito, ya me caía bien: era lo que yo quería ser, era lo que quizá yo podría ser, era un amigo natural, un alma gemela del Paraguay.

Empecé a hablar de literatura con gran entusiasmo. Mencioné autores que pensé que le gustarían. Al principio parecía escucharme con atención. Luego descubrí que, por encima de mi hombro, estaba viendo el partido de fútbol que ponían en el televisor del bar. Traté de hablar de fútbol, pero no es mi tema. Hablé de Brasil, sabía algo de Brasil por Paula.

– Me gusta más el juego europeo -dijo él.

Hable de los grandes jugadores europeos como Redondo o Batistuta.

– Ésos son argentinos -dijo, pero todo lo decía así, sin sorna, como al descuido, con los cinco sentidos verdaderamente puestos en los veintidós jóvenes en pantalón corto que se disputaban la pelota en el cuadrado de veinte pulgadas. Finalmente, pareció reflexionar, recordar que yo era un ser humano después de todo, que ya llevaba un día bastante vapuleado, que no merecía arrastrarme por tan poco, me miró como si lo hiciese desde un edificio altísimo y yo estuviese en el piso 28, y casi a gritos por la distancia, pero con voz de perfecta corrección de universidades de tres países a mi edad, dijo:

– Vamos a otro sitio, ¿no?

Salimos, yo con mi mochila, pensando que mejor me despedía de una vez y le daba mi libro a ver si lo leía. Le pondría alguna dedicatoria bonita, «Por nuestra pasión común por el fútbol», algo así de humillante. Él en cambio andaba con pasos tranquilos, no parecía arrastrarse como yo, que caminaba como una oruga, hasta que se acercó uno de los propagandistas de un bar de putas como el que me había empleado a mí. Al principio pensé que era el mismo bar, temí que el chico me conociese o, peor aún, me reconociese, pero no, era otro bar de putas, cercano, seguramente igualito, pero era otro. El que repartía la publicidad era un europeo del Este, rubio y guapo pero pobre, que en Europa sí se puede:

– ¿Chicas? ¿Chicas? -dijo-. Lo show empieza ahora.

Roncagliolo mostró cierto interés.

– ¿Son buenas tus chicas?

– Oh, sí, son lo más buena que tienen.

– ¿Y caras?

– Lo más buena que tienen, sí.

Roncagliolo empezó a seguir al polaco y yo empecé a seguir a Roncagliolo pensando en que me despediría, le daría el libro y ya, que fuera lo que Dios quisiera. Le escribiría mi teléfono abajito por si le había caído bien. Pero el sitio de las putas estaba demasiado cerca, y antes de atinar a despedirme, una señora me quitó la mochila y me dio un botón, y Roncagliolo dejó su abrigo ahí mismo, con mi mochila y con mi botón, con total calma, como si todos los días fuese a bares de putas y pagase ¡cinco euros! de guardarropa. Al fin y al cabo, y sin saber por qué, acababa de pagarlos yo y a cambio sólo había recibido un botón de plástico numerado que no debía valer ni veinte céntimos.

Desde abajo emergían luces rojas y azules. Descendimos por una escalerilla que parecía llevar a los infiernos. Y los infiernos eran un lugar maravilloso. Un grupo de chicas bailaban desnudas en la pista con el coño afeitado, apenas con una crestita que despuntaba arriba en el centro, generalmente negra, a veces rubia. Las luces se reflejaban en las alpaquitas bordadas de mi chompa, que ese día parecía estar condenada a verse ridícula en todos y cada uno de los lugares por los que pasase.

Roncagliolo fue directamente a sentarse delante del escenario, al centro, donde mis alpaquitas se veían más ridículas y menos reivindicativas de escritor de izquierdas que en el restaurante de los medallones de venado, las pobres. Pensé que seguramente él estaba escribiendo algo sobre putas y que todo esto debía ser un trabajo de campo, al menos esperé que así fuese porque cada copa en ese lugar costaba diez euros, de modo que no quería ni preguntar cuánto costaba una puta, de todos modos daba igual porque no podría pagarle ni la conversación. Decidí ser totalmente honesto al menos por una vez y para evitar malentendidos:

– Mira, Santiago, no tengo dinero para pagar una copa aquí.

Pero Roncagliolo, que ya tenía a dos sentadas una a cada lado (una egipcia y una rusa según les oí decir), sacó su tarjeta de crédito y dijo:

– Pide nomás, yo invito.

Así que pedí un whisky. Buena gente, Roncagliolo, compartía conmigo su trabajo de campo y su tarjeta de crédito. Lo que no compartía era a la egipcia y a la rusa, que parecían reírse de todos sus chistes, celebrar todos sus comentarios ingeniosos, y eso que en ese lugar la música estaba muy fuerte y ellas no hablaban muy bien español, debían ser muy despabiladas y cultas.

Al rato se me sentó una a mí. Muy simpática, rumana era, y empezamos a conversar. Yo le conté que era peruano y ella me dijo que el gerente del local también era peruano. No me extrañaba, de algo hay que vivir, pensé que seguro que un compatriota sí me habría empleado con contrato, que me había equivocado de puticlub cuando fui a buscar trabajo. Luego le pregunté qué tal era Rumania, dijo que muy bonito, y ya no teníamos mucho más de que hablar, así que se me ocurrió preguntar cómo iba el proceso democrático y qué tal marchaba el país después de Ceaucescu, yo sabía que había sido muy duro, sí sí, muy duro, dijo ella. Y qué tal el tema de los papeles, consulté, porque a mí me complican mucho la vida con eso, fíjate que soy escritor y eso legalmente es como decir que soy vago, hasta que ella empezó a perder la paciencia -siempre con una sonrisa deliciosa, eso sí- y me preguntó:

– ¿Por qué no me invitas una copa?

Y yo dije la verdad:

– Porque no tengo un céntimo, cariño.

– ¿No te parezco guapa?

– Me pareces guapísima, pero aquí el de la Diners es ése, el que se la está pasando de puta madre con dos chicas mientras yo hago vergüenzas contigo, de todos modos no te preocupes por mí, hoy he tenido tiempo de acostumbrarme a hacer de imbécil.

Y en efecto, no se preocupó por mí, porque de inmediato se levantó y se fue a buscar a alguien que tuviese menos alpaquitas ridículas y más tarjetas de crédito mientras yo esperaba que, por favor, Roncagliolo acabase su trabajo de campo de una puta vez -nunca mejor dicho- y nos fuéramos de ese sitio que estaba empezando a ponerme nervioso.

Pero Roncagliolo parecía concentrado en su investigación -debía ser un libro muy complejo ese que planeaba- mientras yo seguía recibiendo una larga serie de chicas guapísimas con coños seguramente depilados hasta la crestita y de todas las nacionalidades menos europeas occidentales (¿será verdad entonces que los europeos no putean ni tienen enfermedades venéreas?), con las que hablaba de las dificultades de una migración igualitaria y de la nostalgia por el país dejado atrás, y de las alpaquitas y del gerente del local que sí, era peruano, pero no estaba esa noche, lástima porque le habría pedido trabajo, y no, cariño, no te puedo invitar ni un vaso de agua porque, además, las copas de putas son más caras que las de cliente y yo sé bien que ni siquiera tienen alcohol.

Ya como al tercer whisky y la décima chica que se hartó de mí y me pidió que cambiase de sitio con mi amigo, me sentí demasiado fuera de lugar y decidí confesarle a Roncagliolo que me estaba quedando sin temas de conversación y que lo mejor sería que me fuese, si no era mucha molestia y él sabía volver solo a casa. Pero antes de hablar, él se levantó con una de las putas (al final fue la egipcia) y se metió a un cuarto oscuro que había detrás del escenario. Por un momento pensé que eso no estaba mal, me había dejado libre y me podía ir, pero luego recordé que su abrigo estaba en el mismo sitio que mi mochila y que no podría irse sin mi botón numerado de veinte céntimos para recogerlo, y a mí las putas ya hasta me miraban feo porque ocupaba un sitio que podría ser mucho más productivo, pero con alguien tenía que conversar para fingir que conversaba, porque de eso se trata, las putas son de mentira, te dejan claro que conversarán contigo todo lo que sea necesario y se reirán de tus chistes pero por ninguna razón te dirán su verdadero nombre ni en realidad nada personal porque bajo ningún concepto podrás poseer nada de ellas que no sea exclusivamente físico, no te darán ni una palabra que no pagues y su lengua no se moverá ni siquiera por compasión hacia el ridículo que estás haciendo, que, a fin de cuentas, es asunto tuyo. Todo lo que te digan será mentira, todo lo que sientan será mentira, como en una novela, y es bueno que así sea, porque las mujeres no putas dicen la verdad (a veces) y eso trae muchos problemas, de modo que lo mejor es jugar el juego saludablemente, sabiendo que los dos se mienten y que eso es lo que quieren, y que si sabes hacerlo bien podrás irte con ellas al cuarto de atrás como Roncagliolo y dejar a tus colegas tirados en la sala, abandonados a sí mismos, a su pobreza, sus problemas con los papeles y sus alpaquitas de verdad.

Cuando empecé a notar que simplemente estaban huyendo todas de mí, fui al baño y me encerré a fumar, al menos ahí no sufriría en público. Acabé cuatro cigarros. Después de cada uno, salía a ver si Roncagliolo había terminado ya con su investigación de campo. Al quinto, finalmente salió. Casi lo arrastré hasta arriba. Estaba más borracho de como había entrado al cuartito. Se bamboleaba. Llevaba en la mano una tarjeta del local donde la puta le había escrito «Para que vuelvas, mi amor». Me la metió al bolsillo de la mochila entre risas. «Para que vuelvas, mi amor», me dijo. Luego se quejó de que sólo habían hablado de dinero y dijo que por mucho menos conseguía una mamada mejor con unas putas de alguna de las universidades del mundo en que enseñaba. Con las manos temblando cogió su abrigo y yo abrí mi mochila. Pensé que entonces podría darle al fin el libro y quizá ponerle una dedicatoria cómplice, «Compañero de letras y puticlubes» o «Colega de aventuras nocturnas», pero me pareció un poco peligroso, porque quién sabe, quizá tenía novia y sin saberlo le jodía la vida con una dedicatoria así. Simplemente le puse «Con un abrazo» y luego me di cuenta de que Roncagliolo ya no estaba ahí, de que se me había escapado y tomaba un taxi a diez metros de mí, y tuve que correr hacia él -siempre sonriente, siempre seguro de mí mismo- diciendo:

– ¡Santiago, mi libro, no lo olvides!

Y Santiago levantó los brazos con cara de aliviado en el taxi que ya se ponía en marcha y se despedía, y yo seguía corriendo casi hasta arrojar el libro como una jabalina, que se coló por la ventana del auto y creo que le dio en la cara. No estaba mal, un libro debe causar impacto. Al menos alguien tenía el único ejemplar vendido de mi novela, alguien que podía darle cierto eco porque, definitivamente, yo le había caído bien, por lo menos no la había cagado demasiado y me había revelado como un amigo confiable que le cuidaría el botón del vestuario mientras a él se la chupaban por más dinero que en cualquiera de sus universidades del mundo.

No sé bien cómo volví a casa, pero sí recuerdo que Paula estaba esperándome en la puerta:

– ¿Se puede saber dónde estabas? ¡Son las cinco de la mañana y no contestas el teléfono!

– He estado en un prostíbulo con Santiago Roncagliolo.

– Estás ebrio.

– Sí, pero puedo informarte que Rumania está mejor sin Ceaucescu.

Luego me desmayé.

Cuando desperté, Paula ya no estaba en casa.

– ¿Qué tal, Txema? Creo que acabo de conseguir una crítica que firmará Santiago Roncagliolo. Buen chico, nos llevamos muy bien.

– Ah… sí… Le daré tu libro cuando lo vea.

– No le preocupes, ya se lo di yo.

– Sí, me dijo. Desayunamos juntos, pero me contó que se lo dejó en el taxi. Por ahora viaja a dar un curso en Michigan, pero ya lo veremos a la vuelta.

– Ah…

Hubo un silencio incómodo en la línea. Txema lo rompió:

– Tenía mucho interés en tu otro libro, el próximo, ¿ya está listo? ¿El de la familia de la Mafia?

– Casi listo, a punto de terminar.

– Todo el mundo quedó muy impresionado con él. Mándamelo en cuanto lo termines.

– Ya. Y este libro de ahora, mi novela…

– Ah, sí, pues ya veremos…

– Claro, será mejor si la crítica de Roncagliolo coincide con la presentación del libro, ¿verdad?

– ¿Presentación? No, mira, se vienen unos meses muy complicados… No creo que tengamos tiempo de presentar tu novela…

– Ah…

– Pero bueno, ya veremos qué hacemos. Nos vemos.

– Escucha… Pero… algo de prensa habrá, ¿no? Hay que dárselo a los periódicos y eso…

– Pues mira, ya que lo dices, ¿por qué no publicamos una crítica en la revista de la editorial?

– Claro, Txema. ¿Por qué no? Además, es tu editorial y tu revista, será una buena crítica, ¿eh?

– Sí, escríbela y mándamela.

– ¿Quieres que la escriba yo?

– Sí, hazte una buena crítica y ponte algún seudónimo bonito, ¿vale? Que sea convincente, ¿eh? Bueno, yo acabo de llegar, así que vuelvo al trabajo, ¿vale? Adiós…

– Hola… ¿Txema? ¿Txema, estás ahí?

No estaba ahí. Como tampoco estaban las pocas reservas de dignidad que había tratado de conservar hasta la noche anterior. Eso era todo. El fin de mi carrera como escritor sería una reseña autoelogiosa en una revista de la editorial. Ni siquiera habría libro de la Mafia. Diana me mataría si lo intentaba. Mi sueño de ser escritor se había convertido en pesadilla.

Me encerré a escribir el libro de Diana. Al menos era un trabajo decente. Todavía me faltaba transcribir su historia en el exilio. Trabajaba igual que bebía alcohol, para no pensar. Escribí furiosamente, tratando de que el tecleo borrase el sonido de mis lágrimas cayendo sobre la mesa.

Me interrumpió el teléfono. Ilusamente, imaginé que sería Txema, arrepentido, con un nuevo plan para promocionar mi novela. Pero al otro lado de la línea reconocí una voz argentina, ronca y maleducada:

– ¿Qué hacés? Te rascas las pelotas, supongo.

– ¿Mankiewitz? Qué sorpresa.

– Mira, viejo, voy a ser claro y rápido. La vieja se muere.

– ¿Qué?

– ¡Que se muere! ¿No me escuchas o qué? No nos va a durar nada.

– ¿De qué carajo estás hablando?

– Ha tenido cáncer siempre, viejo. Cuando te contrató ya sabía que se iba a morir. Pero ahora está mal, mal, mal. No llega a fin de mes. Con suerte, al fin de semana.