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14.

Mi familia, mi mundo y yo llegamos a Estados Unidos como un ejército derrotado. Las buenas familias no tenían ni para comer. Y los millonarios del Country Club, de un día para otro, vivían de la caridad. O no vivían.

Afortunadamente, mi padre tenía inversiones fuera de Cuba, que salvaron nuestra situación financiera. No tengo muy claro qué inversiones. Según mi hermano, papá tenía una amante en Puerto Rico, y para disimular sus constantes visitas a San Juan, había comprado acciones de empresas ahí. Al final, cuando cayó Cuba, muchas empresas se trasladaron a Puerto Rico, sus índices bursátiles subieron como la espuma y esas acciones nos salvaron el pellejo. Aunque tal vez Minetino dijo eso sólo para mortificarme.

En los primeros tiempos en Miami, todos nos quedamos en un hotel. Mamá y yo tratábamos de actuar con modestia, para mostrarle a papá que estaríamos con él en cualquier circunstancia. Pero pronto comprendimos que éramos incapaces de sobrevivir sin servicio doméstico. No conocíamos ni las labores más básicas. Hicimos de cocineras y casi quemamos la suite. Hicimos de lavanderas y la ropa tendida se cayó en la piscina del hotel. En una ocasión, la niña se nos quedó encerrada en el baño. Otra vez, una puerta automática le machacó un dedo. Tuvimos que llamar al ingeniero del hotel para que retirase todas las cerraduras de la suite.

De todos modos, nuestra situación era privilegiada. Muchos amigos españoles y americanos volvieron arruinados a sus países y sus familias les dieron la espalda. Los cubanos que no tenían propiedades en el exterior se quedaron en la isla, donde se fueron marchitando lentamente. Y de los que huyeron a Miami, la mayoría nunca recuperaron la vida que tenían en la isla.

Una amiga mía, Elodia Martínez, se convirtió en un símbolo de la caída. Al menos para mí. El esposo de Elodia tenía ingenios azucareros, así que en Cuba ella había llevado una vida de cuento de hadas, dedicada a tiempo completo a su matrimonio: tuvo diez hijos, que fue dejando sucesivamente en manos de un ejército de nanas y mucamas. Para aliviar sus pocas tensiones, pasaba la mitad del año en su preciosa casa de playa, donde recibía como si fuese un palacio.

Tras la Revolución, Elodia salió de Cuba casi con lo que tenía puesto. Ya en Miami, por dignidad, seguía invitando a cenas maravillosamente bien servidas. Los manjares: pollo y arroz. Los mayordomos: su batallón de hijos, que se turnaban para que todos pudiesen cenar con servicio alguna vez al mes. La familia entera trataba de vivir como si nada hubiese cambiado.

El esposo de Elodia permanecía en La Habana, preguntándose cómo sacar de ahí sus propiedades. Al fin, cuando recibió el permiso de salida, pregonó por calles y plazas que se llevaría su dinero con él, en billetes de cien dólares escondidos en una escayola falsa. Estaba tan orgulloso de su plan que se lo contó a toda la ciudad. En efecto, el día en cuestión llegó al aeropuerto con el brazo y parte del pecho enyesados, como si hubiera tenido un grave accidente. Y en efecto, no le creyeron y dieron orden de abrir el yeso. Tenían que estar al tanto de la artimaña, porque toda Cuba estaba al tanto. El hombre gritó, empujó y protestó, pero no hubo modo de disuadirlos.

Y sin embargo, cuando cortaron el yeso y lo deshicieron, no encontraron nada. Sólo gasas y argamasa blanca.

La policía de aduanas no entendió qué había pasado. El hombre gritó y dio terribles muestras de dolor mientras ellos se disculpaban avergonzados. Al día siguiente, regresó al aeropuerto con un yeso nuevo que ningún agente se atrevió a abrir. En ése sí llevaba el dinero. El señor Martínez aterrizó al aeropuerto de Miami y se dirigió directamente al banco, donde rompió su yeso con un serrucho y abrió una cuenta. Los billetes estaban un poco blanquecinos pero sanos y salvos.

Los Martínez vivieron de ese dinero durante un par de años. Y luego se fueron degradando. Se mudaron a barrios cada vez peores, hasta que desaparecieron de mi vista. Mucho antes de la desgracia total, ya ni siquiera respondían mis llamadas. La vergüenza les impedía mirar a la cara a su pasado.

En cambio a mí, mi pasado me visitaba periódicamente. Y tampoco me gustaba. Mi esposo Manuel venía a ver a sus hijos cada semana a nuestra nueva residencia de Sunset Island. Por suerte, se fue aburriendo. Al cabo de dos o tres años, sus visitas se espaciaron. A menudo aparecía en casa sólo cinco minutos para justificar el viaje pagado por papá. Después de marcar tarjeta y tomar café en casa, no volvíamos a verlo en todo el fin de semana. Llegamos a descubrir que su familia tenía apartamentos y negocios en Miami, pero los mantenían en secreto para que mi padre siguiese financiando sus desplazamientos.

Sin embargo, Manuel tenía planes para el niño. Sabía que donde estuviese mi hijo, estaría también el dinero de papá, y esa fuente de recursos podría salvarlo de la ruina en Cuba. Durante una visita -que sería la última- se mostró inusualmente simpático. No peleamos -lo que ya era todo un logro-, y él pasó mucho tiempo con el niño. Incluso se quedó a dormir. Tanta amabilidad, claro, sólo podía tener un propósito oculto. A la mañana siguiente, durante el desayuno, mi madre me preguntó:

– ¿Tú sabías que tu esposo se quiere llevar a tu hijo a Cuba?

Yo me quedé helada. Ni sabía ni quería saberlo. Ni él había hecho jamás una insinuación al respecto.

– Eso no es posible -le dije.

Ella respondió:

– Le he oído hacer una reservación aérea para el jueves. Dos pasajes: él y su hijo, tú vas a ver.

Y siempre que ella decía «tú vas a ver» tenía razón.

El teléfono de la planta baja estaba al pie de la escalera. Manuel había hecho las reservaciones desde ese aparato sin saber que mi madre pasaba por arriba. Está claro que mi marido no podía tener un poco de sentido común ni siquiera para mentir.

Llamé a la compañía aérea fingiendo que quería confirmar la reserva. Del otro lado de la línea, una voz recitó lo que yo temía escuchar: Manuel Rodríguez y su hijo, Manuel Rodríguez. Al colgar, mis primeras palabras fueron:

– Mamá, ese niño no va a salir de Miami.

Y las segundas:

– ¿Y ahora qué diablos voy a hacer?

Llamé al abogado de la familia en Florida. Y él tramitó una sentencia de emergencia que prohibía a los niños salir del país.

Un día antes del pretendido viaje, ofrecimos una cena para la embajadora italiana que nos había ayudado a salir de Cuba. En pleno aperitivo, sonó el timbre de la casa. Afuera había un teniente y un sargento de la policía. Entraron al salón y el teniente se dirigió directamente hacia mi esposo:

– ¿Usted es Manuel Rodríguez? -preguntó.

Mi esposo asintió y recibió la carta. Antes de abrirla, comprendió que era una citación judicial y la soltó. Noté que sabía cómo eludir una citación. Calculo que habría recibido muchas antes, si sus métodos de negocios eran como los familiares. Yo, que no podía más, exploté:

– ¿Y tú te creías que te ibas a llevar a mi hijo?

Manuel no podía creerlo. Se puso tan furioso que me empujó contra una silla, que se rompió con la fuerza del golpe.

El abogado, astutamente, había agregado una cláusula a la sentencia: si mi esposo me ponía un dedo encima, iría a la cárcel sin tener que pasar por el juzgado. Así que el teniente sacó las esposas. Todo se volvió muy confuso entonces. Mamá gritaba:

– ¡El padre de mis nietos en la cárcel, qué horror!

La embajadora italiana preguntaba:

– ¿Cara, cosa pasa?

Y yo repetía como un disco rayado:

– ¿Y tú te creías que te ibas a llevar a mi hijo?

Y entonces mamá decía:

– ¡La carne! ¡Se va a pasar la carne en el horno!

Minutos después, la policía se llevaba a Manuel a un hotel, no a la cárcel. Y mis hijos, mi madre y yo cenábamos a salvo. Mamá otra vez tenía razón. La carne se había cocinado demasiado.

No volvería a ver al padre de mis hijos nunca más.

Resolví iniciar un proceso de divorcio. Ahora la ley estaba de mi lado, y con el antecedente del intento de secuestro, todo sería más fácil. Pero el que no estaba de mi lado era mi padre, que se opuso con todas sus fuerzas. Hombre al fin, temeroso de que yo me casase con alguien más o me enredase con alguien, puso todos los obstáculos posibles. Dentro de sus ideas sobre el matrimonio -las ideas que funcionaban en su propio matrimonio-, yo debía aguantar a mi esposo en las buenas y en las malas, en la salud y la enfermedad, aunque mi propio padre no lo aguantaba mucho. En última instancia, según papá, si yo insistía en reconstruir mi vida, debía hacerlo con un cubano:

– ¿Para qué quieres divorciarte si no te vas a volver a casar? -decía-. Esperemos volver a Cuba. Y entonces, si te casas, lo harás con alguien de tu nivel.

Papá vivía con la esperanza de que Castro, como Trujillo, terminaría por caer y todos podríamos volver a la isla. Ni siquiera creía que algo cambiaría después de la Revolución. Soñaba con volver al mismo remanso pacífico de siempre, donde sus hijos podrían vivir, los clubes estarían abiertos y yo me casaría con algún título nobiliario, más respetable que el anterior. Han pasado cuarenta años y yo, de haberlo creído, aún seguiría esperando volver a Cuba.

Mi madre también se oponía con todas sus fuerzas a mi divorcio, que consideraba un disparate. Mi madre ni siquiera imaginaba la vida sin un esposo.

Y sin embargo, yo tendría otro esposo. Después de mucho insistir, y de buscar a Francisco sin éxito por todos los Estados Unidos, me divorcié y me metí en un segundo matrimonio. Bueno, llamarlo «matrimonio» es un exceso debido a que hubo una ceremonia formal. En realidad, por su duración, más merecería el nombre de «visita prolongada».

Como todo en mi vida, esta historia de amor -o de lo que sea- empezó con una dictadura: la del general Gerardo Machado, que había gobernado sangrientamente Cuba en los años treinta. Como todos, Machado se había enriquecido durante el gobierno, pero sus descendientes despilfarraron la herencia. Treinta años después, la nieta del general vivía en una casa enorme pero desvencijada en Ocean Drive, una ruina que la familia ya no podía mantener. La casa -con el retrato del dictador presidiendo el salón- era su última propiedad, el último rescoldo de la prosperidad. Cada marco roto de sus ventanas era un paso hacia la pobreza, cada mancha de humedad en las paredes representaba una distancia mayor de la gloria pasada, y cada pared descascarada, un mundo que se iba derrumbando. Para sobrevivir, la nieta se vio obligada a subdividir la casa y alquilarla por partes. Uno de sus inquilinos era Andrés Antúnez Goliardi, mi segundo marido. Debí haber sabido que de una casa así no podría sacar nada bueno.

Como si fuese una condena, Andrés era primo de mi primer esposo. Pero en cierto sentido, en La Habana todos éramos primos. Y además, este hombre era completamente diferente de Manuel. Casi su reverso exacto. No era ni bruto ni inteligente, ni simpático ni pesado, ni buen mozo ni feo. En suma, era tan anodino que no me daba miedo casarme con él. Imaginé que un hombre así, con esa presencia lánguida, casi fantasmal, no me pasaría por encima. Como él era apenas perceptible aun cuando estaba en casa, no pensé que pudiese abandonarme. Me casé justamente porque no pensé.

Andrés, todo hay que decirlo, era un verdadero amor con mis niños, especialmente con Manuelito, que tenía trece años y necesitaba una figura paterna. A una mujer divorciada se la conquista conquistando a los hijos. Y a los hijos varones se los conquista con un rifle. Manuelito formaba parte de los Knickerbockers, un grupo de instrucción premilitar que les enseñaba el empleo de armas de fuego y patriotismo americano. Nada más conocernos, Andrés llegó una mañana con un rifle y una invitación a cazar. El niño se volvió loco de contento. En consecuencia, puedo decir que fui seducida por un rifle.

En adelante, Andrés y el chico irían a pescar, a escalar y a hacer todas las cosas que una no hace porque es mujer. Cuando Andrés estaba en casa, los dos conversaban y jugaban. Se divertían. Y yo pensaba que era eso lo que necesitaba mi vida: una etapa de serenidad, de cazar y pescar y conversar.

Poco a poco, Andrés y yo empezamos a acercarnos. El nuestro no fue un amor fulminante. Todo lo contrario. Avanzaba lenta y plácidamente, sin prisas. Yo comencé a pensar que Andrés era una persona dócil, atenta y decente, que podía hacer mucho bien a mis hijos. Pronto, sin saber bien cómo, estaba comprometida en matrimonio una vez más.

Nos casamos en las Bermudas, en una ceremonia muy pequeña, sin grandes fiestas. Yo quería un matrimonio opuesto por el vértice al anterior. Aquél había sido espectacular, éste fue discreto. El primero había sido el sueño de mi madre, éste era para mí solita y yo lo decidía todo. La noche de bodas, por cierto, fue bastante mejor que la primera, aunque eso no era difícil. Sin embargo, tuve pesadillas toda la noche con mi primer esposo, como si él me persiguiese, como si me hubiese dejado un estigma de infelicidad y tristeza.

Tal vez era así. Antes de mi primer matrimonio, yo había tenido la cabeza llena de pajaritos acerca del amor ideal y la relación romántica. Ahora, sólo tenía la ilusión de una familia feliz. Pero tampoco lo conseguiría. Puedo precisar que el sueño duró dos semanas, ni un día más, ni uno menos.

El colegio de los chicos empezaba quince días después de nuestra boda. Permanecimos todo lo que pudimos en la tranquilidad de la playa, y luego volvimos. A partir de ese día, la actitud de Andrés dio un giro de ciento ochenta grados. A los niños no volvió a invitarles ni una Coca-Cola. Por alguna razón que nunca expuso, dejó el trabajo que tenía y se dedicó a zanganear en la cama hasta el mediodía. Durante el resto de la jornada veía televisión, actividad que sólo interrumpía para hacer un poco de ejercicio, ida y vuelta hasta la nevera. Si el fútbol o la película eran interesantes (noticias no veía) se limitaba a dar la orden al servicio doméstico de que le sirviera. No volvió a mover un dedo ni por sí mismo ni por nadie. Era como si hubiese muerto el hombre que yo había conocido, pero hubiese muerto en mi cama y roncando. Yo siempre he sido muy madrugadora. Cada mañana desde las siete, tenía tiempo sobrado para explorar esa masa informe que se iba ensanchando a un lado de la cama y preguntarme: «¿En dónde me he metido?».

Y esta vez, como había tomado mis decisiones sola y con independencia, no tenía a quién echarle la culpa del parásito que se había colado en mi vida.

Tenía que terminar con esa relación antes de que mis hijos se encariñasen y todo se volviese más difícil. Una mañana lo encaré y le dije:

– Me voy a pasar la Navidad en Santo Domingo. Creo que lo mejor será que no estés aquí cuando vuelva.

– ¿Que no…?

– Esto ya no funciona y me parece que lo menos doloroso será…

– Ok.

– ¿Ok?

Andrés ni siquiera protestó mucho, no trató de convencerme de nada. Supongo que le daba igual. Cualquier atisbo de vitalidad había abandonado su cuerpo desde nuestro regreso de las Bermudas. Durante mi estancia en Santo Domingo, yo llamaba con inquietud todos los días a la criada y le preguntaba si él seguía ahí. Ella siempre respondía sí. Creo que se mudó la noche anterior a mi regreso, después de vaciar la cocina de cervezas y papas fritas. Eso fue en enero. Y nos habíamos casado en agosto.

Tiempo después, un amigo de mi padre se encontró con él y le dijo:

– Supe que tu hija se casó, pero cuando iba a enviarle una felicitación, me enteré de que se divorció.

Papá, con su sentido del humor, le dijo:

– Lo peor del caso es que hizo bien en las dos instancias.

A mí, en cambio, papá no me dijo nada. Igual que durante mi primer matrimonio, respetó a mi esposo como tal mientras nuestra relación duró. Sólo después de la separación me espetó:

– Espero que ahora sí tengas claro que el matrimonio no es para ti. Es momento de que te dediques completamente a tus hijos.

No tomé muy en serio esas palabras de mi padre, pero sí descubrí con esa experiencia que hay muchas maneras de que un matrimonio no funcione. Afortunadamente, también hay muchas maneras de divorciarse. Mi primer matrimonio había sido tormentoso, me había hecho sentir burlada y abandonada, y el divorcio había pasado por dos legislaciones diferentes. Esta vez, el matrimonio fue anodino y sin gracia, me hizo sentir aburrida, y el divorcio fue «a la mexicana», en un día.

Hizo los arreglos el mismo abogado al que había recurrido cuando Manuel quería llevarse a mi hijo. El abogado conocía todas las formas de destruir familias. Ésta en particular era bastante expeditiva. Una mañana, después de dejar a los niños en el colegio, viajé a México, me hice residente del estado de Chihuahua (donde había «residido» aproximadamente dos horas) y solicité el divorcio. Me lo concedieron de inmediato. El paquete completo incluía coche del aeropuerto al juzgado, trámite de residencia, trámite de divorcio y sentencia, todo por un módico precio. La única condición era que fuesen divorcios de mutuo acuerdo, sin pleitos. Mi esposo -ex esposo- no tenía ni que aparecer.

Aún tendría una relación más mientras vivimos en Estados Unidos. Al fin, me enamoré de un hombre que no era cubano. Y sólo con él entendí que mi vida nunca estaría en mis manos. Yo jamás sería libre.

Todo comenzó en Nueva York. Yo estaba de compras en Manhattan, y una amiga me invitó a una especie de recepción en Long Island para embajadores latinoamericanos ante las Naciones Unidas. Horror de horrores, era un domingo.

Yo asistí por amistad. Mi amiga necesitaba ayuda con el idioma. No me hacía ninguna gracia vestirme temprano un domingo para ir al campo, y menos considerando que no tenía coche. Pero conseguí un chofer que me llevase y mi amiga aseguró que algún invitado me traería de vuelta. Esa mañana, por única vez en mi vida, me puse medias verdes. En el almuerzo había un americano, el delegado de Estados Unidos ante la ONU. Cuando nos presentaron, me dijo:

– Veo que trae usted medias a juego con el paisaje.

Y yo respondí:

– Veo que trae usted la lengua muy suelta.

No suena como un comienzo muy romántico, pero en ese momento, algo hizo clic entre nosotros. Y yo supe que ese almuerzo no sería tan aburrido como yo esperaba. Al final de la tarde, prescindí del chofer. Mi nuevo amigo me llevaría de regreso a casa.

John Tate, que así se llamaba, era un hombre casado. Pero no se notaba. Prácticamente hacía vida de soltero, y no porque fuese un mujeriego o algo así. Era sólo que tenía una esposa extraña. Nadie me llegó a explicar nunca si era enfermiza o alcohólica. Quizá las dos cosas. John, que era un caballero, no hablaba de ella. Pero estaba claro que se trataba de una mujer terriblemente dependiente que no lo dejaba respirar. Cuando una mujer está postrada, si quiere ayudar a su esposo con la vida de diplomático, puede al menos agarrar un teléfono y hacer un par de llamadas coordinando las cosas. Esta mujer, en cambio, no ayudaba ni en eso. Si John tenía una recepción, debía trabajar todo el día y luego volver a casa, limpiarla, comprar flores, ponerlas en el florero, ocuparse de la comida y la bebida, recibir a la gente, despedirlos, recoger los platos y limpiarlos. Y si los invitaban a otro sitio, ella sufría a última hora un malestar o un dolor de cabeza y lo dejaba solo. Sus ausencias eran tan frecuentes que la gente empezó a invitarlo sólo a él.

Yo me sentí muy contenta de saber que era casado. Un affaire con él era la mejor manera de eludir cualquier posibilidad de matrimonio. Yo ya había tenido suficiente de eso. John era perfecto porque los casados no se casan.

Iniciamos una relación secreta. Bueno, era menos secreta de lo que me gusta pensar. Yo era muy torpe para ocultar las cosas, como para casi todo. La misma amiga que nos presentó nos encontró juntos una vez durante las compras navideñas, en una boutique, mientras paseaba con su madre. La escena parecía de comedia de enredos:

– ¡Hola, qué sorpresa!-dijo ella.

– Pues sí, estábamos…

– Comprando, supongo.

– Eso, sí…

– Ésta es mi madre.

– Encantada, señora.

– Mucho gusto -dijo la señora-. Forman ustedes una pareja encantadora.

– No me diga…

– No son pareja, mamá -aclaró mi amiga, pero luego preguntó, como si hiciese falta-: ¿Verdad?

– Claro que no, es decir, no…

Risas, despedidas y mutis por la izquierda.

Después de vernos, la madre le preguntó a mi amiga cuándo nos íbamos a casar.

– No se van a casar, mamá.

– Oh, querida, sí lo harán.

En otra ocasión, fui a reunirme con John en Suiza, y le dije a la criada que estaría pescando en Bahamas. Primer error, porque el teléfono que dejé para emergencias no era de Bahamas. La chica sabía guardar la discreción, en cualquier caso:

– ¿Éste es el número en Nassau, señora?

– Sí, claro. ¿Hay algún problema?

– No, claro. Dijo Bahamas, ¿verdad?

Pero el desastre sobrevino días después, cuando una amiga mía llamó a casa por teléfono, y la chica dijo lo que tenía que decir:

– La señora Minetti está en… Bahamas.

– ¡Genial, yo también! -dijo la otra-. ¿En qué parte?

– En la parte en que se pesca. Está pescando.

– ¿En serio?

– Así me ha dicho hoy mismo.

– Espero que esté bien, entonces. Desde ayer tenemos un huracán en la isla.

Lo dicho: yo era un poco torpe.

Mi relación con John me recordaba a Francisco Irureta, mi amante de La Habana. Y era un recuerdo incómodo. Yo me estaba enamorando irremediablemente. Eso equivalía a caer en un pozo cada vez más profundo. No quería volver a ser la querida que vive esperando un divorcio que nunca llega. No quería sufrir. Y John nunca dejaría a su esposa, no por amor, sino por responsabilidad. Se sentía obligado a ocuparse de ella.

Una noche en Nueva York, con lágrimas en los ojos -dije que mencionaría todas las veces en que he llorado-, rompí con él. Aún recuerdo mis palabras:

– Te quiero demasiado para seguir contigo.

Lo recuerdo porque nunca le había dicho a nadie «te quiero». Y tampoco lo volvería a hacer.

Tras la ruptura, regresé a Miami y me encerré con mis hijos y mi existencia de ama de casa. Ayudé a mamá con su vida social, eludí cualquier posibilidad de salir con alguien y me convertí, durante un mes, en la hija emocionalmente discapacitada que papá quería tener. Por las noches, si quería llorar, me encerraba en el baño. En casa había baños suficientes para llorar sin interrupciones.

Una noche, me sacó del baño una misteriosa llamada telefónica. La persona que llamaba no se había querido identificar con la criada. Aguijoneada por la curiosidad, me lavé la cara y atendí el teléfono:

– ¿Sí?

– ¿La señora Minetti?

La voz del otro lado era ronca, grave y asexual. Imposible dilucidar si se trataba de un hombre o de una mujer.

– ¿Quién habla?

– Soy la señora de John Tate. Supongo que sabe usted de mí.

En realidad yo no sabía ni había querido saber nada de ella. Guardé un silencio que ella tomó como una afirmación. Continuó:

– Mi esposo me ha pedido el divorcio, señora Minetti.

– No sé por qué me dice…

– Señora Minetti, ahorrémonos el melodrama. Usted sabe perfectamente de qué hablo. Deje de hacerse la tonta y yo evitaré hacerme la ofendida.

– ¿Qué desea?

– ¿Se casará usted con él?

– ¿Cómo?

– Si yo me divorcio de John, ¿se casará usted con él?

– No lo sé… Es… prematuro…

– Si usted no se quiere casar, ¿por qué él me ha pedido el divorcio?

No era yo quien debía responder eso. Ni siquiera era yo quien debía hablar con ella. De hecho, creo que durante toda la llamada no hice más que balbucear. Quería hacer preguntas que no salían de mi boca. Si sabía lo nuestro, ¿por qué no lo había dicho antes? ¿Su aceptación del divorcio estaría supeditada a mi respuesta? Si yo dejaba a John, ¿se quedaría con él, aunque la engañase? ¿Por qué John no me había dicho que pensaba hablar con ella? ¿Sería acaso que tampoco volvería conmigo? Me acordé de mi amiga cubana, la esposa de Francisco. Empecé a comprender qué enfermedad aquejaba a la señora Tate.

La mujer me dejó con esas preguntas y muchas más. Pero mi padre me ahorraría la necesidad de responderlas, y junto con ella, la necesidad de pensar por mí misma, y la necesidad de vivir.

Traté de comunicarme con John sin éxito, con la cabeza volando en fantasías sobre nosotros. Al final, tampoco era necesario. Después de días persiguiéndolo, mamá me transmitió la noticia:

– Nos vamos a Santo Domingo.

Era lo último que yo esperaba escuchar. Había dado por definitiva nuestra vida en Sunset Island.

– ¿Por qué?

Por supuesto, mamá no sabía por qué. Asumía los dictados de papá como órdenes, sin dudas ni murmuraciones. Y papá no hacía propuestas: sólo certificaba hechos. Fue él quien me explicó:

– Castro no se va a caer nunca. En cambio, Trujillo ya se cayó. Nos vamos a la República Dominicana, donde se pueden hacer negocios y donde está nuestra familia.

– ¡Yo no quiero ir!

– No se trata de lo que quieras.

Papá ni siquiera estaba discutiendo conmigo. Mientras me hablaba, hojeaba una revista.

– ¡Quiero quedarme en Estados Unidos! -era lo único que podía decir. Papá finalmente levantó la mirada de la revista, pero no alzó la voz ni se preocupó demasiado.

– Por tu americano, ¿verdad? Es otra buena razón para irnos. Ya te has divertido, ya has montado todos los escándalos que has querido. Santo Domingo será un lugar más sano para ti.

Nunca se me ocurrió que papá supiese lo de John. Ahora comprendo que él sabía todo lo que necesitaba saber. La única que no se enteraba de nada era yo.

– Quiero vivir mi vida -exigí-. Y quiero vivirla aquí.

– Ajá. ¿Y con qué dinero vas a vivirla? -preguntó papá.

En verdad, yo no tenía nada. Nunca he tenido nada mío, a mi nombre. El colegio de mis hijos, mis viajes para encontrarme con John, mi ropa, mis desayunos, mis pendientes y todo lo que yo llamaba «mi vida» era propiedad de papá. Ni siquiera necesitaba molestarse conmigo. Le bastaba con cortar mi línea de crédito. Yo era tan frágil, tan débil, que lo único que tenía en el mundo era un gran montón de dinero. Y él me tenía a mí como una cosa, igual que todos los hombres que habían pasado por mi vida.

– Haz las maletas -terminó papá. Parecía divertido por mi silencio-. Y no te olvides tus medias verdes. En la República Dominicana también hacen juego con el paisaje.