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Perlas a los cerdos. La propia Diana era una perla hozada por los cerdos. Toda una vida para ser saqueada, robada, sobrevolada por buitres como yo mismo. Toda una vida de plazos retardados y cobros mensuales, de mentiras, de esposos inservibles, hijos con contactos en el banco y biógrafos dispuestos a estafarle cada céntimo. Acabé de leer la carta con lágrimas corriendo por mis mejillas y goteando sobre el papel.
Al fin y al cabo, ella sólo quería contarle su historia a alguien. Decir que había conocido a Jackie Kennedy y al barón de Rothschild, a las horrorosas esposas de Batista y los salones palaciegos del jardinero de Buckingham. Fuera de esos momentos, su vida era una enorme, interminable piara revolcándose en el lodo. Para el mundo -y eso me incluye-, Diana había sido un enorme fajo de billetes ambulante. Ahora, despedidos los ejércitos de servidumbre y liquidados los esposos haraganes, lo único que quedaba de ella era un montón de palabras, quizá ya cuatrocientas páginas para que los gusanos no se comiesen su memoria.
El libro tenía que publicarse.
Y tenía que publicarse con sus nombres verdaderos.
Era lo menos que yo podía hacer por ella, era lo único que alguien alguna vez haría por ella, en realidad. En ese momento no me importaba que no tuviera mi nombre, ni que fuera un fracaso comercial. Me importaba que existiese, que llegase a la República Dominicana y Cuba, que lo leyesen sus personajes y sus apellidos se ruborizasen al menos un poquito al ver lo que se habían hecho a sí mismos.
– Javi, necesito un pequeño préstamo. Es sólo… sólo un poco de dinero…
Javi posó en mí sus ojos hinchados, desde el mostrador del alquiler de vídeos. Sobre su cabeza, había un cartel de dibujos animados que decía «Monstruos».
– ¿Cómo? ¿Dinero de un perdedor? Pero ¿tú no eres un escritor famoso con muchos contactos?
– Si no me lo vas a dar, dilo de una vez. Pero tengo que ir a Barcelona, hablar con Txema. Él sabrá ver la importancia del libro. Quién sabe, quizá lo publique después de todo. Te pagaré con el adelanto.
Prestarme ese dinero era la mejor muestra posible de desprecio. Javi sabía que no se lo pagaría jamás, pero no dejaría pasar la oportunidad de humillarme. Sólo esperó hasta que le supliqué. Y mientras me daba el dinero, dijo algo que no quise escuchar, pero que incluía la palabra «asco».
Reuní todos los papeles dispersos, escribí un nuevo texto que incluía la última carta de Diana, tomé un tren nocturno, que son los más baratos, y me planté en Barcelona a las seis de la mañana. Para variar, llevaba días llamando a Txema, y él nunca me había devuelto la llamada. Como me presenté de improviso en su editorial, él no tuvo más remedio que recibirme. En su oficina, una vez más, estaba Santiago Roncagliolo.
– Santiago ya tiene lista su próxima novela -dijo Txema orgulloso, contento, como si me presentase a su nuevo hijo-. Un thriller político con asesino en serie que sin duda será un éx…
– Tengo listo el libro -interrumpí.
– ¿Cuál libro?
– El que querías, el de la familia de la Mafia.
– Ah, sí. ¿Cómo era esa historia?
– La historia de una mujer de la aristocracia dominicana, hija de un conspirador mafioso, fascista y agente de la CIA. Una mujer que nace entre palacios y mármoles, y termina destruida por su propia familia y su propio dinero. Un libro de no ficción. Realidad pura y documentada.
– Una biografía -dijo un aburrido Santiago con la voz más imbécil que pudo conseguir.
– Una biografía real -dije yo.
– Las biografías tienen que ser de personas conocidas -dijo Txema-. Si no, no funcionan.
– Ella no es conocida, pero conoció a mucha gente importante: aparecen la Cuba de Batista, la República Dominicana de Trujillo, sale hasta Jackie Kennedy.
– Ya. Nos serviría más la biografía de Jackie Kennedy.
– Léela, Txema. No te arrepentirás.
– Odio los libros periodísticos -dijo Santiago, batiendo récords de estupidez-, no me interesa que me cuenten algo real. Yo quiero una buena historia.
– Entonces no lo leas -dije yo, ya sin ningún escrúpulo de educación.
Txema prometió leer el manuscrito y se fue con Roncagliolo a algún lugar al que no me invitaron. Yo deambulé por la ciudad esperando el tren de la noche y bebiendo una copa en cada cervecería que encontré abierta. Por la noche, me quedé dormido en el vagón cafetería.
De regreso en Madrid, me senté a esperar una respuesta junto al teléfono en mi casa. Ya no tenía muebles. Usaba unas toallas como colchón.
Por las noches, dilapidaba lo que quedaba del dinero de Javi emborrachándome con desconocidos sólo para contarles la historia de Diana. Cada vez que la contaba le agregaba detalles y le exageraba otras cosas, midiendo la atención que producía en el auditorio. Podía pasar toda la noche embriagándome con la historia, y luego inventando nuevas mentiras, mentiras de todo tipo, sólo para demostrarme a mí mismo lo bien que las contaba. A veces inventaba que era un abogado argentino, otras veces hacía creer a la gente que venía de una familia de banqueros ecuatorianos. Dedicaba mis noches a mentir, a inventar hasta perder la consciencia.
Una mañana, como a las doce, el teléfono me despertó. Tenía un dolor de cabeza espantoso. Temblaba. Había pasado la noche convenciendo a un grupo de turistas yanquis de que yo era andaluz y dueño de un tablao flamenco. Al levantarme, encontré manchas de barro por toda mi ropa. A saber dónde me había revolcado. Contesté esperando que fuese Txema. Era Mankiewitz:
– Viejo, no le has mandado al hijo el libro.
– No se lo voy a mandar.
– ¿Lo has pensado bien?
– Lo he pensado perfectamente. Es un hijo de puta. Y voy a publicar ese libro para que lo sepa el mundo.
– ¿Vos sabés con quién te estás metiendo, boludo? ¿Tenés una idea?
Miré a mi alrededor. La casa estaba cubierta de polvo. Una pasta verde empezaba a acumularse alrededor del váter.
– No puede quitarme nada, simplemente porque no tengo nada que perder.
– No necesito contarte justo a ti de dónde viene esta gente, ¿verdad? ¿Vos creés que no son expertos en ver qué te pueden quitar? Llevate bien con ellos, viejo. Es lo mejor para vos. Yo lo digo pensando en vos, nada más.
– ¿Sabes lo que le hicieron a Diana? ¿No eras amigo de Diana, tú, cabrón?
– Por favor, no me vengas con sentimentalismos. Escucha: Diana no estaba bien de la cabeza. Tenía un odio enfermizo, y sólo podía mirar la realidad a través de él. Sabe Dios qué te habrá dicho, pero no creas que todo es verdad.
– ¿Ahora vas a decir que estaba loca? ¿Ahora me vas a decir eso a mí, que la conocía tanto?
– ¿Creías que la conocías? ¡Ni siquiera sabías que estaba enferma! Y no es tu culpa. Nadie conocía a esa mujer. Nadie sabe qué pensaba de verdad. Y por cierto, nadie sabe de dónde sacás vos todas esas conversaciones entre Luciano, el jefe de la CIA, el padre… No pretenderás que todo eso es cierto, ¿no? Tiene una base cierta, supongo. Pero son diálogos muy comprometedores como para inventártelos alegremente.
– No le voy a mandar ese libro al mafioso del hijo.
– Bueno, es tu problema, boludo. Espero volverte a ver. Chau.
«Espero volverte a ver.» ¿Era una amenaza eso? ¿Había hablado con el hijo? ¿Estaban dispuestos a hacerme algo? ¿A mandarme a un sicario o algo así? No era posible. Recordé al congresista dominicano asesinado. A Jesús Gómez advirtiéndome de los peligros. Al gringo Mitchell que se quejaba de las balas en su barrio. Por otro lado, el gringo también había mencionado que Diana estaba loca. ¿Y si era cierto? ¿Y si toda su carta era sólo producto de un delirio? ¿Cómo saberlo? Seguramente sus hijos tenían una versión diferente de la historia. Cuando las interpretaciones se vuelven irreconciliables, la realidad se anula. No hay verdad.
En todo caso, sí había cosas que yo podía averiguar. Cuestiones jurídicas. Necesitaba una asesoría legal. La ley es una ficción más. Si toda esa familia no estaba presa y yo no estaba deportado, era porque toda la ley era de mentiritas, en cualquier país. Llamé a mi abogada y le expliqué la situación. Le ofrecí pagarle un porcentaje de las ganancias del libro, pero sólo si había dinero de por medio. Aceptó.
– ¿Qué medidas pueden tomar legalmente contra mí si…, tú sabes, si publico el libro?
– Bueno, te pueden demandar por injuria, difamación, delito contra la intimidad…
– Pero tengo las grabaciones de ella diciéndolo todo.
– Pero no la autorización escrita para publicarlo. Ellos tienen todas las de ganar, a menos que tu editor quiera correr con el riesgo.
Pensé en Txema. Comprendí que no, que él no correría con ningún riesgo por mí. La abogada siguió hablando con su cigarro mentolado:
– Aunque, por lo que me dices, esta gente no se va a tomar la molestia de demandarte. Te van a romper las piernas directamente, o algo peor.
– Ya, gracias.
– Si firmaste un contrato, trata de atenerte a él. Quizá por ahí haya alguna salida.
Era verdad, el contrato. Tenía que buscarlo. Tenía que estar por algún lado. Lo busqué por todas partes, pero no había nada entre mis papeles, ni en el baño ni en los cajones de la cocina. Debía haberlo perdido durante la mudanza, o quizá Paula se lo había llevado sin querer. Me insulté y me di de cabezazos contra el espejo, por idiota. Al final, lo encontré detrás de la lavadora. Era un rígido contrato de confidencialidad, cuyas cláusulas yo ya había olvidado, que me impedía usar cualquier parte de la investigación para trabajos futuros o hacer público todo dato proporcionado por Diana. Por ahí, no conseguiría nada. Además, el texto nombraba a Diana propietaria del producto, de modo que su hijo era el heredero legal y el único autorizado para permitir la publicación del libro.
Pensé que estaba perdido. Pero al final de la hoja, un detalle me devolvió la ilusión. Cuando lo vi, me restregué los ojos, no podía ser cierto, pero ¡ese papel no estaba firmado! Es decir, llevaba la firma de Diana pero no la mía, era el original que Diana había mandado faxear al principio de nuestra relación. Yo había enviado de vuelta uno firmado que, según la secretaria, no estaba ahí. Todo apareció bajo una luz nueva entonces. Quizá Diana había destruido el contrato con mi firma para que yo pudiese publicar el libro… O quizá, simplemente, el papel estaba en algún lugar de la casa, esperando ser encontrado por los hijos. Mi abogada dijo:
– Si no hay contrato y tú tienes las grabaciones, podemos argumentar que hay indicios suficientes de que ella quería publicar el libro. Ahora, si quieren joderte por la vía legal, te pueden hacer la vida imposible tanto tiempo como quieran. Los ricos tienen millones de abogados dedicados a tiempo completo a fastidiar a los demás.
Y yo no era nadie, era una empleada doméstica que repartía volantes porno.
Esa noche, al acostarme, extendí el brazo buscando a Paula. Lo hice automáticamente, sin recordar que ya no estaba ahí. Con los ojos cerrados, esperando que el vacío fuese sólo una ilusión, que ella estuviese un poco más al borde, más en la esquina, lista para recibir mis caricias con un gemidito de sueño, como hacía antes. Me di cuenta de que estaba llorando sólo después de mucho rato de hacerlo. De todas las cosas que estaban pasando, la peor era esa sensación de que no había nadie ahí para besar mis lágrimas como antes.
A la mañana siguiente me llamó Txema. Era la primera vez que lo hacía. Tenían que ser buenas noticias.
– ¿Has leído el libro?-pregunté.
– Sí.
– ¿Y qué te parece?
Vamos, Txema, éste es el momento de decir que es una genialidad, que una cosa así tiene que publicarse, un testimonio único, que editarlo es nuestro deber de países hermanos o algo así.
– No me convence. La historia no está mal, pero… es un libro irregular, no sé si me habla del padre o de la hija, si es una novela histórica o íntima, no sé a quién pueda interesarle…
– Podemos darle vuelta, presentarlo como una crónica real o como una novela…
– No lo veo…
– Quizá una novela en la que yo cuente también la historia de cómo se hizo el libro… Una cosa entre la realidad y la fantasía, que deje dudas, ¿me entiendes? Una novela evidentemente real, pero novela, como la de Cercas…
– Eso ya lo hizo Cercas.
– Pero distinto. Con otros recursos. Puede haber un personaje que se llame como yo pero no sea yo…
– Eso ya lo hicieron Bryce, Amis, Auster, Duteurtre…
– Ese libro es real, Txema. Tiene la fuerza de lo real. Tenemos que…
– ¿Sabes qué podría funcionar? Una fajita. Tendría que ser una fajita de Vargas Llosa, por su libro sobre Dominicana. ¿Conoces a Vargas Llosa?
– ¿Que si lo conozco? ¡Claro que sí! ¡Me ayudó con la investigación! ¡Le encanta el libro! Dice que es fundamental para la comprensión de la ignom…
– Una fajita de él ya vende. Todo lo que el libro tenga dentro es sólo una excusa. Lo que se vende en realidad es la fajita. Consíguela y hablamos, ¿vale? Por cierto, todavía no me has mandado la crítica que te pedí de la novela, para la revista.
– Claro. Se me había olvidado. Ya te la envío, tranquilo.
Colgó. Supe que ni yo escribiría la crítica ni él me volvería a llamar nunca.
Temblando y con mi manuscrito bajo el brazo, fui a la casa de Vargas Llosa esa misma tarde. Me detuve ante la puerta de su edificio. Quería tocar el timbre. Luego pensé: ¿cuánta gente pasará como yo por esta puerta dejando libros? ¿Cuántos libros acabarán en sus bolsas de basura? ¿Y si digo quién soy? Tiene memoria de elefante, dicen. Se acordará de mí. Pensará: «¡Claro! El chico del libro ese tan divertido». ¿Y si no se acuerda? Ni me abriría la puerta. Lo mejor sería esperar ahí y propiciar un encuentro casual:
– Justo yo pasaba por aquí, qué casualidad, fíjese…
– Claro, tú eres el chico del libro divertido. ¿Y qué pasó con eso?
– Pues terminé el libro. Justo vengo de fotocopiarlo. ¿No quiere usted una copia?
– Claro que sí. Llámame en una semana, tendré una opinión.
Sí, eso era perfecto. Tendría una opinión y una fajita para mí. Me quedé en la placita frente a su casa, al acecho. Ya empezaba a hacer frío. Acabé una cajetilla entera de cigarros. Quería otra, pero no podía moverme de ahí. Él podía pasar en cualquier momento. A las nueve de la noche corrí al bar de al lado desesperado por la abstinencia. A las once, ya había acabado con los cigarros del segundo paquete. A medianoche, empecé a pensar que Vargas Llosa podía estar en Ámsterdam o en Bagdad o en México. A las dos de la mañana, regresé a mi casa y vomité.
Por la mañana tenía en mi buzón un mensaje de Manuel Minetti, el hijo. No se apellidaba como su padre. Durante el litigio por la herencia, había cambiado su apellido por el de la familia más rica. Su mensaje era muy amable y decía así:
He sabido que hizo usted un trabajo biográfico para mi madre. Mi intención ahora no es entrar en polémicas innecesarias con usted, pero creo que como heredero legal de Diana Minetti tengo derecho a conocer el contenido de ese texto. Espero que comprenda usted mi petición. Atentamente,
Las presiones más directas habían comenzado. Pensé en decirle que nadie tenía ningún interés en ese libro, que me dejase en paz, que yo lo olvidaría también. Ya había tenido bastante con toda esa historia. No podía eternizarme en la puerta de Vargas Llosa. Luego me acordé de quién era ese cabrón del hijo, de lo que le había hecho a Diana. Pensé en que valdría la pena jugar un poco con él, total, al menos quizá podría darle un susto. Le envié por Internet el libro con el siguiente mensaje:
Estimado señor: le adjunto el texto que usted quiere ver. Dos grandes grupos editoriales están interesados en su publicación, debido a su aporte al conocimiento de la historia contemporánea dominicana. Le adelanto que no le gustará lo que va a leer, pero sepa que no es mi intención molestarlo. Yo sólo hago mi trabajo.
Lo envié y me reí por primera vez en varios días. En la pantalla se reflejaban mis dientes ennegrecidos de tabaco, vino y café. A ver si el cabrón se asustaba un poco con eso de los «dos grandes grupos editoriales». Tres días después me llamó Mankiewitz:
– ¿Me podés decir qué has hecho?
– ¿Por qué? ¿Qué pasa?
– El hijo de Diana está desesperado. No sé a qué has jugado, pero está dispuesto a darte cien mil dólares para que no publiques ese libro.
Cien mil dólares.
Cien mil dólares.
$100.000.
– ¿Estás hablando en serio?
– ¿Los aceptarías? Él quiere saber eso de una vez.
Pensé en cómo iba a pagar el siguiente alquiler. Me había bebido el dinero de Javi. No tenía trabajo ni perspectivas y mi libro había pasado por la historia editorial española sin dejar rastros. Cien mil dólares. Como un premio literario. El libro que más dinero me daría en mi vida era el que no publicaría jamás. Cien mil dólares. Un apartamento en el centro de Madrid. No pagar alquiler nunca más. Ser propietario.
– Dile que se ponga en contacto conmigo directamente -respondí-, no voy a hablar contigo.
Mi conciencia empezó a molestar: yo era igual a todos los que se habían aprovechado de la vida de Diana. No, era peor, porque me estaba aprovechando de su muerte. Traté de aplacar esos pensamientos repitiéndome que ella comprendería, después de todo. El libro era impublicable, no tenía salida, no había nada que hacer, eso estaba fuera de mi control. No era culpa mía que el mundo funcionase así, son leyes de mercado, oferta y demanda, yo siempre fui un liberal. Al contrario, Diana estaría contenta de que, ya que el libro no podía publicarse en ningún caso, al menos yo estafase a su hijo cobrándole por lo inevitable. Era justicia, sí. Yo estaba vengando a Diana.
No le escribí directamente al hijo. No debía mostrarme impaciente, al contrario, debía mostrarme seguro de mí mismo, tranquilo. Por supervivencia, mientras esperaba una respuesta, tuve que volver a mi trabajo repartiendo volantes porno. Al dueño del puticlub no le había gustado mi falta de cortesía al despedirme, pero estaba acostumbrado a cosas peores. Mientras repartía mis volantes, me detenía ante los escaparates de las inmobiliarias que anunciaban los precios de las casas:
Estudio en Lavapiés: 98.000 euros
Eso podría ser. Lavapiés es bonito.
Apartamento dos habitaciones La Latina: 124.000 euros
Quizá también. Una entrada de cien mil y el resto a plazos. Como un alquiler barato durante cinco años. Quizá era mejor. Quizá podía guardar un poco de dinero y hacer un viaje largo y divertido por Europa, o comprar algo barato y pasar algún tiempo, mucho tiempo, dedicado a escribir. Sería como una gran beca, como la beca que nunca gané. Todas las tardes pasaba por la cabina de Internet en espera de una respuesta de Minetti y su propuesta oficial de arreglar mi vida. Su mail llegó el lunes siguiente por la mañana.
Mi hermana y yo hemos leído con atención y consternación el libro que usted nos envió. No nos ha sorprendido. Desafortunadamente, mi madre hizo muchas cosas de ese estilo durante su vida. Como comprenderá, no podemos autorizar su publicación. No es sólo por nosotros. Ese libro está lleno de falsedades que afectan la intimidad y el honor de muchas personas. No debemos permitir esas cosas. Sin embargo, si usted cree necesario conversar más, le ruego que mantenga el contacto.
Y me daba su número de teléfono. Volví a leer el mensaje varias veces. ¿Dónde estaban mis cien mil dólares? ¿Dónde estaba mi soborno? Mankiewitz lo había prometido. Sospeché que no quería ser demasiado directo, al menos no por escrito: «si usted cree necesario conversar más…». ¿Qué quería decir con eso? ¿Él sí quería? ¿Hablaríamos de dinero? ¿De mucho dinero?
No sabía qué contestar. Cualquier error podía ser fatal. Revisé los destinatarios del mensaje. Iba con copia para su hermana y para alguien más, seguramente un abogado. Quizá había también destinatarios encubiertos. Su carta debía haber sido asesorada legalmente palabra por palabra para no decir nada comprometedor. Pasé la noche pensando una respuesta. Cada vez que alguien me rechazaba un volante por la calle, yo pensaba: «Imbécil, te estás perdiendo de recibir algo de un escritor que va a ser rico muy pronto».
Al día siguiente, decidí que lo mejor sería presionar un poco más. Así se daría cuenta de que la cosa iba en serio. Él había dicho «no podemos autorizar su publicación». Pues escucharía mi respuesta. Le escribí:
Señor Minetti: dice usted que no le sorprende mi libro. Pues a mí sí me sorprende su carta. Usted no tiene nada que autorizar en este tema. Detento los derechos de autor de ese libro, como su madre reconoció en correspondencia a mi persona y a importantes figuras de las letras y la política internacionales que colaboraron con la redacción de este libro. Si usted quiere, le puedo vender esos derechos, y en ese caso, sólo en ese caso, tomará usted decisiones sobre lo que se pueda hacer con el texto.
Así, perfecto, con energía. Ahora quería verlo responder. Sospeché que si me viese, con mi barba sin afeitar, mi resaca, mi olor a alcohol y mis volantes porno, ni se tomaría la molestia de negociar conmigo. Pero él parecía creer que yo era importante. Corrección: para él yo era importante, él creía de verdad que mi libro podía ser un boom editorial en Europa. Que se joda.
Durante todo el mes siguiente, no respondió. Mi vida se limitó por entonces a repartir volantes, entrar a cada cabina de Internet que se me pusiese a tiro a cada momento del día y mirar los escaparates de las inmobiliarias con los apartamentos que compraría con el bien merecido dinero de mi soborno. Ya no me importaba la fajita de Vargas Llosa, ya no quería saber nada de Txema. Con un apartamento propio podría trabajar medio tiempo para sobrevivir y escribir el resto del día. Era todo lo que yo le pedía a la vida. Sin embargo, la respuesta no llegaba.
Sospeché que el heredero estaba poniendo patas arriba la casa de Diana hasta encontrar el contrato de confidencialidad. O quizá simplemente se había enojado y estaba contratando a algún matón para romperme todos los huesos. Al fin, una madrugada insomne en una cabina de veinticuatro horas, un mensaje de Minetti disipó todas mis dudas:
Perdón por la demora en responderle. Como le he dicho, no quiero crear con usted ninguna polémica innecesaria. Los documentos contractuales que obran en mi poder certifican que mi madre era propietaria del producto final de su investigación. Por lo tanto, en mi condición de heredero legal, me correspondería autorizar o denegar la publicación del libro. Sin embargo, si usted tiene documentos que refuten lo que digo, le ruego me los envíe por fax. Tras el análisis correspondiente, estoy seguro de que podremos llegar a un acuerdo.
Ya estaba. Un acuerdo. Empezábamos a hablar el mismo idioma.
Pero yo no tenía esos documentos.
Ahora, ¿tenía él ese contrato? ¿O estaba bluffeando igual que yo? Así las cosas, el que debía mostrar sus cartas primero era yo. Pero también podía decirle que ya no era necesario, que había llegado a un acuerdo con el gran grupo editorial para la publicación y que no me hacía falta su estúpido acuerdo. Pero, claro, entonces me demandaría. O me mataría. O me mataría y luego me demandaría. Busqué entre mis papeles algo que pudiese valer para decir que Diana quería publicar el libro. Una frase interpretable en sus cartas, alguna mención en sus grabaciones, un adjetivo utilizable en cualquier cosa en el mundo que ella hubiese dicho o firmado. Nada parecía aprovechable, pero igual lo llevé todo donde la abogada. Ella revisó los papeles. Imprimí inclusive los correos del heredero. La abogada lo miró todo con la misma expresión de total indiferencia con que miraba el mundo a su alrededor.
– No tienes nada -acabó por confirmar.
– Tiene que poder hacerse algo. ¿Y si falsifico una firma? Quizá por fax no se note…
– ¿Estás tratando de estafar a un millonario? ¿Quién te has creído que eres? Este hombre lleva en la sangre desde hace generaciones lo que tú quieres hacer como aficionado. Debe reconocer esas cosas por olfato.
– Mierda.
– Hay algo más.
– ¿Algo bueno?
– Para ti, no. Si tú estableces una correspondencia constante cuyo fin es cobrar para no publicar el libro, podrá acusarte de chantaje.
– ¿A mí?
– Se puede interpretar que es eso lo que estás haciendo. Y es delito. Y aunque no lo sea, sus abogados demostrarán que hasta tu respiración es un delito.
Yo estaba descorazonado. Ella tenía razón. Era la lección de toda la vida de Diana. Para tener dinero hay que mover papeles, hacer cosas, tener corporaciones de fachada, llevar estados de cuenta, justificar el origen del dinero, aunque sea de mentira. ¿Cómo le explicaría al fisco que en mi cuenta de empleado doméstico habían depositado cien mil dólares provenientes de un banco dominicano? Yo no tenía ni siquiera una tarjeta de crédito para puticlubes. ¿Cómo negaría estar chantajeando al hijo con el subterfugio legal de una venta de derechos de edición para no editar un libro? Toda mi vida legal era un contrasentido.
Con lo último que tenía de dinero, compré unos cigarros y una botella de ron, que empecé a beberme directamente del pico en el camino a la casa. Acabé tumbado en el saloncito, tratando de perder el sentido. Ya era medianoche cuando oí rechinar la puerta de entrada a mis espaldas. Me volví. Algo me hizo pensar que quizá Paula había vuelto, que podíamos comenzar desde cero, que podíamos llevar una vida de verdad. Pero en la puerta había un desconocido alto y moreno. Estaba de pie ahí sin decir nada. Me levanté con esfuerzo:
– ¿Quién eres tú?
– ¿Aquí vive Nicolás?
Hablaba con voz grave y resuelta. Tenía acento caribeño. Entre las brumas de la borrachera, empecé a pensar que quizá debía sentir miedo.
– Aquí no hay ningún Nicolás -balbuceé-. En este edificio no vive ningún Nicolás.
– Debo haberme equivocado entonces.
Pero no se movió.
– ¿Cómo has abierto la puerta?
– Estaba abierta.
– ¿La de abajo también?
Me pareció que sonreía. El umbral estaba en penumbra y yo veía doble, pero una expresión estaba cobrando forma en su rostro, y no era precisamente un gesto de amabilidad.
– Lárgate. ¡Fuera!
– Tranquilo, tranquilo. Yo sólo venía a ver si…
– ¡Fuera!
Le arrojé una silla contra la puerta. Ahora sí creí estar seguro de que estaba sonriendo. En un arranque de valor, me arrojé yo mismo sobre él, pero tropecé con la silla y me fui de bruces contra el borde de la puerta abierta. Sentí la sangre brotando de mi nariz. Pensé que ahora que estaba en el suelo, el desconocido aprovecharía el momento para atacarme. Me arrastré hacia la botella para usarla como arma. La empuñé y me levanté de un salto. Me sorprendí de mis propios reflejos, despiertos de susto. Cuando me di vuelta blandiendo la botella, ya no había nadie en la puerta.
Salí al pasillo y bajé un poco las escaleras, pero tampoco había nadie. Volví a mi apartamento, directamente al baño, y me abracé al váter.
Mi derrota estaba consumada. Mi cabeza quería explotar, no tenía libro, ni novia, ni amigos, ni éxito. Pensé en las palabras de Mariela: «Tienes que vivir esas cosas para poder contarlas». Pero ¿y si no puedes contarlas?
No quise mandarle un correo a Minetti para rendirme. La consigna de mi abogada era «nada por escrito». Además, pensé que oír su voz sería ya un pequeño triunfo, una osadía. No debía ser una persona muy accesible. No debía hablar con cualquiera, sólo con gente importante como yo. Esperé a que fuese horario de oficina en la República Dominicana. A las diez de la mañana, hora tropical, llamé al teléfono que me había dado Minetti. Me contestó una secretaria. Le dije quién era y me comunicó con él directamente, como si estuviese esperando mi llamada. Minetti tenía una voz graciosa y pituda, como de niño, mucho menos viril que la mía, a decir verdad.
– ¿Señor Minetti?
– Llámeme Manuel, por favor.
De verdad, tenía clase.
– Ok. Manuel. Llamo… llamo a decirle que se quede usted tranquilo. No publicaré el libro que le envié.
– Gracias. Se lo agradezco muy de veras. A mi hermana le agradará saberlo.
– Quizá… Verá usted… Dediqué un año a esa investigación. No quisiera que se desperdiciase… Yo… yo vivo de esto.
Cuando no de repartir volantes.
– Claro, comprendo perfectamente. ¿Qué propone usted?
– Quizá… quizá escriba otro libro, ¿me enriende usted? Un libro en que probablemente el apellido de su familia no sea mencionado… O si lo es, lo será sólo por referencias documentales, libros, entrevistas. No hablaré de su vida privada. El gran grupo editorial y yo no creemos que sea necesario.
– Lo único que yo quisiera es que el apellido de mi familia no figurase… ni para bien ni para mal, ¿me comprende usted? Lo de mi madre ha sido un golpe muy duro. Sólo queremos pasar la página.
– Claro. Comprendo. Quizá haga un libro con nombres cambiados, por ejemplo. Un libro que se presente como una novela… Ficción, ¿me entiende usted? Sin su nombre.
– Créame que tendrá toda la colaboración que yo pueda ofrecerle en ese nuevo libro que planea.
– Gracias, señor Minetti. Se lo agradezco… muy… de veras.
– Si puedo pasar por Madrid se lo haré saber para que nos veamos. Estoy viajando a París con cierta frecuencia. Quizá alguna vez podamos entrevistarnos.
– Espero que sí. Aceptaré encantado una reunión con usted.
– Nuevamente muchas gracias.
– A usted. Hasta luego.
Nunca me llamó, una llamada más en la larga lista de las llamadas que nunca sonarán en mi teléfono. Tampoco escribí nunca ese libro.
Este libro es la historia de cómo este libro nunca se escribió.
Tampoco he vuelto a París, hasta ahora. Supongo que algún día debería ir, cuando tenga dinero, cuando tenga trabajo al menos. Es una deuda que debo cumplir: dejar unas flores en una tumba de Père-Lachaise y agradecerle a Madame Minetti su regalo envenenado, la mejor y la peor de sus historias, la única que tenía. Le contaré cómo me ha ido desde que nos vimos, y le diré todas las cosas que nunca le llegué a decir. Llevaré una botella de champán, y nos la tomaremos juntos. Y cuando hayamos conversado un buen rato, después de hablar durante horas sobre muebles y tapices y joyas, cuando ya estemos en confianza, quizá me atreva a regañarla un poco. Lo haré suavemente, con cariño, pero con firmeza. Total, se lo ha buscado. Ella tiene la culpa de que yo haya perdido los únicos cien mil dólares que jamás he tenido.