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3.

Acabé el viaje por la Toscana tres días después, hinchado de champán, relleno de huevos poché y, sobre todo, seguro de que Madame Minetti conocía la vida íntima de todo el Caribe de la primera mitad del siglo xx. Por primera vez, asomaban posibilidades editoriales para el libro: podíamos escribir una radiografía del glamour y la sordidez prerrevolucionarios, y crear una Estefanía de Mónaco de las islas. Quizá podría cobrar incluso unas regalías, aparte de las mensualidades de Madame. Y quién sabe, podría publicar un libro con olor a éxito.

Eso sí, antes habría que organizar el torrente de historias que manaba de la boca de mi clienta. Diana narraba en el más absoluto caos y, aunque le encantaba hablar de la vida de los demás, se mostraba reticente a hablar de la suya. Cada vez que yo trataba de que profundizase en sus novios de juventud, o en su relación con sus padres, se escabullía con alguna anécdota sobre el animal de Ramfis o las barbaridades de Trujillo.

De todos modos, era divertido. Y ella también lo era. Sus amistades eran fatuas e insoportables, pero Madame tenía mundo y cultura, aunque viera la realidad desde una burbuja de mármol. Y, a su manera, era cariñosa. Me llevó de día de campo a pesar de mis impertinencias políticas y me regaló unos aretes etruscos para Paula. Eso fue todo un detalle. Cuando nos despedimos, la llamé Diana. La seguí tratando de usted, pero por su nombre de pila. Pensé que era un tratamiento respetuoso y a la vez cordial.

Como por arte de magia, a mi regreso a Madrid todo empezó a mejorar sustancialmente. Con el dinero de mi pago, logramos salir a comer y al cine, cosas que una semana antes nos parecían lujos imposibles. Además, Paula vendió algunos guiones en el Brasil y pudimos vivir más desahogados. Quizá podríamos estar juntos después de todo. Queríamos estar juntos para siempre.

Claro, que, para eso, el dinero no bastaba: necesitaríamos también papeles. Nadie nos ofrecería un trabajo sin permisos de residencia. Y nadie nos concedería la residencia sin el número fiscal de la empresa contratante, sus certificados tributarios, su razón social y miles y miles de inalcanzables documentos. Es muy difícil migrar en condición de escritor internacional. ¿Cómo hicieron Cortázar, García Márquez y todos los demás? Supongo que eran otros tiempos. En el siglo xxi, se habrían tenido que quedar en sus países y no habría ni Boom Latinoamericano ni cojones. Puedes ser abogado, ingeniero, cocinero o agricultor, pero los escritores no existimos legalmente. Se ha perdido el romanticismo. Y en ese momento, yo estaba a punto de perder la residencia legal por vencimiento del plazo.

Con el dinero de Diana, acudimos a una abogada de inmigrantes, una peruana lista de ésas, absolutamente antipática pero eficiente conocedora de todos los rincones de la ley. Llegamos a su oficina con todos los certificados de estudios y tarjetas de residencia que pudimos. Yo llevé el contrato que me había firmado Diana, por si acaso. La abogada nos recibió con frialdad ejecutiva, fumando mentolados. Ni nos miró a la cara. Sólo le interesaban nuestros papeles:

– ¿Cuándo llegaron a España?

– Hace un año.

– ¿Antes de enero?

– Sí.

– Necesito pruebas: matrículas, pasajes de transporte, empadronamientos, todo sirve. Entran en la amnistía para ilegales.

– Pero nosotros no somos ilegales.

– Ya. Ahora lo son.

– ¿Hay que ser ilegales para ser legales?

– Ya lo vas entendiendo. También les pedirán una oferta de trabajo, pero no hace falta enredarse demasiado. Basta con que el empleador rellene este formulario.

Nos tiró el formulario a la cara. No lo hizo por estar de mal humor. Su rostro nunca reflejaba ninguna emoción. Traté de explicar mi peculiar situación.

– Verás… eh… yo tengo un trabajo con contrato, pero es en Francia.

– Entonces hazte residente francés.

– ¿No sirve para España?

– No.

– Ah. Es que mi… trabajo no me deja tiempo para trabajar. ¿Tú crees que… quizá… con un contrato que no sea totalmente real…?

Empecé con todas las vueltas que los peruanos damos para proponer negocios ilegales. No puedes decirle directamente a alguien que quieres montar una estafa. Pero hay varios resquicios, fórmulas de cortesía, eufemismos, para que nadie diga nada inconveniente pero todos nos enteremos de qué se trata. Sin embargo, ella ya llevaba tiempo en el primer mundo:

– Presentar contratos falsos es ilegal y causal de anulación del proceso.

– Ya.

– Pero quien te haga la oferta no está obligado a contratarte cuando te den la residencia.

– O sea, que si consigo una oferta falsa…

– Presentar ofertas falsas es ilegal y causal de anulación del proceso.

– Pero si consigo uno que no me contrate después… ¿No es falso?

– No.

– No entiendo.

Por primera vez me miró, con la compasión surcándole el rostro. Suspiró y habló.

– ¿Quieres que te diga que presentes una oferta falsa? No puedo. Decírtelo es ilegal. Pero quien firme la oferta no tiene que contratarte después. Decirte eso sí es legal, ¿captas?

Todos nos quedamos mirando unos segundos. Luego Paula dijo:

– Aaaah… O sea que… Ya está.

– ¿Ya está qué? -pregunté.

– Vámonos.

– Pero, querida, si aún no…

– Muchas gracias -dijo Paula con seguridad-, volveremos con los papeles.

– El trámite cuesta ochenta mil pesetas por persona -se despidió la abogada, con tanta calidez que me pregunté si tendría hijos. Y si los querría.

Paula me arrastró hacia fuera y me volvió a explicar todo. Yo seguí sin entender la mayor parte. Pero esa tarde, por orden suya, fui con una copia del formulario a buscar a mi amigo Javi.

Javi era nuestro único amigo español. Había llegado a Madrid desde León para estudiar el curso de guión en la misma escuela que yo. Su padre pensaba que el curso duraba tres años y seguía enviándole dinero desde su pueblo, así que no necesitaba trabajar. Fumaba porros todo el día, tenía una capacidad pulmonar admirable. Me recibió en calzoncillos, entre latas de cerveza y cajas de pizza que llevaban varias edades geológicas ahí tiradas. Como siempre, la PlayStation estaba encendida, y en el salón flotaba una densa nube de humo.

– ¿Qué pasa, tío?

– Oye, Javi, necesito un favor.

– Hombre, claro.

– Tienes que contratarme como tu empleada doméstica.

– ¿Qué?

– Te vendría bien. Tu casa es un asco.

– Pero es mi asco, tío. Estoy orgulloso de él.

– Es para los papeles. Para la residencia.

– Pero ¿tú eres gilipollas? ¿Tú crees que me van a creer? Pero ¿tú me has visto, tío?

Y al decirlo, metió una mano en sus calzoncillos, de donde asomó una pelambrera espesa y un tatuaje de cannabis.

– Yo sí, pero ellos no te verán. Sólo necesitas firmar acá. Luego no tienes que contratarme.

– O sea, es un contrato falso.

– No, es un precontrato.

– Joder, pues es un precontrato falso. Luego van a venir a por mí.

– Eres español. Te tomarán en serio.

– ¡Coño, pero es falso!

– No es falso. Es una oferta verdadera. Si tuvieras dinero, ¿me contratarías?

Miré su estudio de un solo ambiente con un sofá cama. Algo verde goteaba desde la sábana que un día había sido blanca. Me pregunté para qué me podría contratar Javi. Creo que él se preguntó lo mismo, pero dijo:

– Pues sí. Somos colegas.

– Pues ya está. ¿Quién te dice que no tendrás dinero en dos meses?

– Pues no sé.

– ¿Lo ves? Firma acá.

Paula consiguió otra amiga que hizo lo mismo por ella y presentamos esos papeles. Era un trámite rápido de amnistía que debía durar dos meses. Y nuestra vida quedaría resuelta.

Durante las siguientes semanas, se hizo la paz. Trabajaba cinco horas al día en la transcripción de la larga entrevista, tratando de reproducir el estilo de Diana, su sentido del humor y sus apuntes irónicos sobre la alta sociedad caribeña. Cuando le envié los primeros avances del libro, ella quedó encantada. Me llamó por teléfono feliz, y me dijo que se casaría conmigo si yo no fuera tan joven. Fue un alivio saber que mi trabajo quedaba asegurado.

Sin embargo, Diana tenía algunas críticas a detalles que, según ella, yo había malinterpretado o consignado sin exactitud, como los diálogos. Decía:

– Yo no sé si los diálogos de Trujillo y Alfredo eran exactamente así. No hay cómo saberlo.

Traté de explicarle que en una historia, por muy real que sea, hay que poner detalles inexactos que son irrelevantes a fin de cuentas pero sirven para dar más emoción y humanidad a los personajes. Respondió:

– Pero ellos son humanos. Al menos, lo eran. No necesitan más humanidad.

– Ya, pero esos detalles no alteran la esencia de lo que se cuenta, ¿comprende? Simplemente, hacen un relato mejor. Queremos un buen relato, ¿no?

– Queremos un relato real. El que lo lea dirá que, si me he equivocado en esas nimiedades, puedo haberme equivocado en cosas más importantes. O puedo estar mintiendo.

– No se preocupe. Para probarlo, habría que mostrar grabaciones de esos diálogos. Todos los libros de memorias están llenos de diálogos que nadie recuerda. Para contar bien una verdad hay que decorarla entera con pequeñas mentiras.

Por lo demás, a Diana le gustaba el tono de novela frívola, aunque la historia del libro no tuviese ni ton ni son, ni más interés literario que una revista Hola del año cincuenta. Era basura pura. Basura de lujo vomitada por las alcantarillas de la aristocracia.

Como no quería avanzar demasiado rápido, y como Quería ser un-escritor-latinoamericano-profundo, no sólo trabajaba en el libro de Diana. Por las tardes, escribía mi propia novela, que me alimentaba el alma y me hacía sentir menos mercenario (porque soy un cobarde, pero un cobarde con principios).

En realidad, el origen de mi novela era tan azaroso y estaba tan sembrado de mentiras como mi trabajo con Diana Minetti. El joven y audaz editor Txema Kessler, a quien yo había conocido en alguna fiesta editorial donde logré colarme, estaba preparando una serie de novelas de viaje sobre ríos para un importante grupo editorial. Decía que el género estaba de moda y se podría vender bien. Yo le propuse de inmediato una novela sobre el Amazonas.

Yo jamás había estado ahí, y dada la multitud de mosquitos, insectos y bichos que poblaban la zona, tampoco pensaba poner un pie en ese lodazal en mi vida. Aun así, le hablé a Txema sobre mi trabajo en el área (totalmente inexistente), sobre la «magia del Amazonas» (completamente inventada) y sobre lo barato y fácil que sería el viaje (absolutamente incierto). Le insistí en que no podía hacerse una colección de ríos sin el Amazonas, que eso sería un pecado, y que no podía desperdiciar toda una serie hablando del Duero y el Támesis, esos ríos para ricos con hoteles en cada esquina. El Amazonas es un río con dos cojones, sentencié finalmente con ibérica contundencia.

Dije todo eso bastante borracho y casi por reflejo de automarketing, pero nunca me hice ilusiones. Para un proyecto así, Txema no se arriesgaría con un escritor desconocido como yo. Si nadie te conoce, nadie quiere tus libros. Ni aunque sea tu amigo. Punto. Y sin embargo, meses después, cuando yo ya había olvidado el tema, Txema me pidió un curriculum. Por supuesto, le envié uno que dejaba a Philip Roth como un desempleado en comparación conmigo. Al mes, Txema me mandó un mail diciendo que mi proyecto estaba aprobado. Me ofrecía trescientas mil pesetas y me preguntaba cuándo viajaría.

Aún ahora, no sé si Txema es consciente de lo que eso representó para mí. Pero supongo que sí, porque la paga era una porquería. El editor contaba con que, desde mi punto de vista, lo importante era tener una novela publicada en España o, simplemente, una novela publicada. ¡Y hasta recibir dinero por ella! En Lima me habían rechazado incluso las editoriales que cobraban.

Decidí escribir una historia de lucha contra el río, con una perspectiva social, distinta del cliché del aventurero en el Amazonas. El libro tendría aventuras, y viaje, y animales salvajes, pero también un panorama histórico sobre la injusticia y la miseria de la zona. Escribí varias cuartillas con sinopsis de historias. Preparé mapas con itinerarios para el viaje, y pedí presupuestos de vuelos.

Hasta que tomé conciencia de que yo no podía ir al Amazonas.

Mi permiso de residencia estaba a punto de vencer. Quizá podría salir de España (salir siempre se puede) pero luego no podría regresar. Escribiría una novela y no podría traerla de vuelta. La mandaría por mail y me quedaría afuera, tirado en algún rincón del río, feliz de publicar un libro en algún lugar al que ya no podría volver.

Al principio, pensé que de todos modos valdría la pena. Pero luego, Diana Minetti me contrató, y canceló incluso esa posibilidad. Aunque pudiese salir de España, no podía desaparecer de la escena durante tres meses justo entonces. La perspectiva era deprimente: al fin un editor me pedía una novela en vez de tirármela por la ventana, y yo iba a decirle que no.

Con lágrimas en los ojos, me senté a escribir el mail para Txema rechazando el proyecto. Era lo correcto. Desperdiciaría la oportunidad, pero sería honesto. Diría la verdad. Tal vez, algún día, Txema me llamaría para otra cosa, a pesar de haberle fallado, a pesar de haberle vendido un proyecto que no era capaz de llevar a cabo, señal inequívoca del escritor bisoño con exceso de entusiasmo y confiabilidad cero. Sin embargo, algo dentro de mí se negaba a escribir ese mensaje. Estaba arrojando a la basura mi oportunidad de ser un escritor serio, o al menos un escritor publicado.

Analicé la situación bajo otro prisma: Txema vivía en Barcelona. No tenía por qué notar si yo me quedaba o me iba. Pensé en Emilio Salgari, que había escrito Sandokán y El Corsario Negro y hasta Yolanda, la hija del Corsario Negro sin salir de su pueblecito en Italia. A fin de cuentas, la editorial no me pedía un viaje al Amazonas sino una novela sobre el Amazonas. Podía leerme todo lo que hubiese sobre el Amazonas y escribir algo. Escribir es fácil.

Txema había dicho:

– Si puedes, trata de que sea una novela larga. Los lectores prefieren las novelas de viaje largas.

¿Cómo iba a prolongar una historia sobre un sitio en el que no había estado? Con dos relatos cruzados. Sí, eso estaba bien. Lo de contar dos historias paralelas engorda el libro. Una de las narraciones podía ser histórica, para que no hiciese falta viajar. Y podía ambientarla durante el boom del caucho, la única época interesante del Amazonas. ¿Cuándo coño había sido el esplendor del caucho? ¿En el xvi? ¿En el xviii? Tendría que ver Fitzcarraldo y leer a Up de Graff y alguna cosa sobre El Dorado, quizá. ¿Se llamaba Lope de Aliaga el famoso explorador? ¿O ése era Ponce de León? ¿O no tenía nada que ver con el caucho? Empecé a albergar esperanzas. Podría buscar algunos documentales y artículos en revistas de viaje. Poco a poco, me fui entusiasmando de nuevo con el proyecto. Si la Minetti me daba dinero, Txema Kessler y su grupo editorial me iban a dar prestigio intelectual. Costase lo que costase. Al final, simplemente escribí en el mail: «Puedo partir en un mes».

Y apreté Send.

La editorial me envió el contrato un par de semanas después. Temí que hubiese algún problema, porque yo no tenía permiso de trabajo. Opté por no mencionar ese detalle. Puse el número de mi tarjeta de estudiante y firmé. Nadie hizo preguntas. Cuando el dinero llegó, estuve a punto de llorar de felicidad. Compré unos treinta libros. Conseguí libros de viaje, algo de Juan Madrid, reportajes, libros de fotos, uno de Fawcett, guías turísticas, Kingston, crónicas, novelas, Kane, informes ecológicos, Rittlinger (que es un pesado), Quiroga, Rivera, toneladas de material que organizar, sobre todo para la historia del cauchero. El libro tenía futuro.

Al regresar de la Toscana, comencé a trabajar simultáneamente en la novela y las memorias de Diana Minetti. Me sentía un escritor profesional. De hecho, eso era. Me encerraba durante ocho, nueve y hasta diez horas diarias sin dejar de escribir. Le daba cada avance de la novela a Paula, que leía y corregía con una paciencia admirable. Siempre tenía críticas que yo nunca aceptaba al principio, pero luego, ya con calma, terminaba por escuchar. Paula era mi mejor lectora y yo producía mucho que leer.

De hecho, no hacía nada más. No me bañaba, no me movía de la casa, no veía televisión, sólo fumaba y tomaba café mientras escribía. Y por la noche, bebía. Invitaba a los amigos, especialmente a Javi, y ahí, bajo la mirada atenta de mi bisabuelo con sable y uniforme, me ponía a contar la historia de Diana, que daba para horas de conversación. Bromeábamos diciendo que me convertiría en el amante joven de Diana, o me haría adoptar por ella. Inventamos un juego: «Si fueras amante a sueldo de una millonaria de setenta años, ¿qué porcentaje de los ingresos le darías a tu novia?». Javi decía que dejaría a su novia, sin más. Paula pensaba que debía repartirse el dinero con la pareja mitad y mitad. La situación daba para muchos chistes.

Por la mañana me levantaba sin resaca, no sé si por la costumbre o por la emoción del trabajo. Desayunaba con Paula y las noticias. Después empezaba a escribir. Hasta tuve que reducir el horario dedicado a las memorias de Diana porque llevaba un ritmo demasiado rápido. Si seguía así acabaría en un mes, y mataría a la gallina de los huevos de oro.

Mientras tanto, seguía viendo a Diana con regularidad. Ella había vuelto a París. Los fines de semana, tenía que levantarme a las seis para tomar el vuelo de la mañana. Dormía en el metro, en la sala de espera, en el avión, en el bus y llegaba como a las diez a su casa, después de dar un paseo desde el Arco de Triunfo. A menudo la oía rechazar invitaciones por teléfono en todos los idiomas, diciendo que estaba con el periodista español que escribía su vida.

Pero pronto la historia de Diana empezó a descarrilar. Se acabaron los nombres de gente famosa, y por su relato empezaron a desfilar millonarios desconocidos, primos y tíos de Diana sin interés para mí. La mayoría de las anécdotas eran pequeñas peleas domésticas y escándalos de la alta sociedad dominicana. La mayoría de los personajes eran víctimas del más profundo desprecio de Diana, que parecía encontrar liberadora esta ocasión de arremeter contra su pasado. Pero era aburrido. De todos modos, yo fingía escucharla con fascinación, para prolongar el tiempo de trabajo.

Entre todas las familias dominicanas, Diana estaba obsesionada con una: los Picciardi, que habían estado involucrados en el robo de su herencia. Hablaba de ellos a todas horas, viniese al caso o no, sobre todo para detestarlos con toda la fuerza de su rencoroso corazón.

Por lo que yo era capaz de entresacar de sus enrevesadas historias, los Picciardi mantenían su posición casando a sus hijas según los índices bursátiles. Cada matrimonio aumentaba o disminuía la cotización de la familia en los parqués de Nueva York. Por eso, su mayor crisis fue el matrimonio a traición de Antenor Picciardi, uno de los viejos popes de la familia. Antenor era muy viejo. Estaba a punto de morirse y dejar una gran herencia. Pero se casó con una costurerita. La chica era tan poquita cosa que, cuando él le compraba telas italianas, en vez de buscar un modisto, ella misma cosía los vestidos con su máquina de pedales. Un adefesio de mujer, o sea. Aun así, Antenor se lo dejó todo: las casas, las acciones, los hoteles, el dinero, todo. La familia Picciardi se sintió apuñalada por la espalda, y comenzó un largo y demoledor litigio contra la chica. Para sorpresa general, perdieron. Al final, la costurerita se mudó a Londres y se casó con un búlgaro con problemas de mal aliento y unos modales francamente desagradables. Pero al menos, remataba Diana con una mueca de desagrado, ella logró librarse de los Picciardi.

Todas las historias eran por el estilo. Las semanas pasaban y no entrábamos en el tema de sus hijos, que yo reservaba para cuando no quedase nada de que hablar. Pero las reservas de odio de Diana Minetti alcanzaban para todo el resto de su interminable familia, que por lo visto estaba constituida por personalidades muy importantes que yo no había oído nombrar en mi vida, y que tenían relación directa con lo que ella llamaba «el saqueo de mis posesiones legítimas». A veces, después de hablar pestes durante horas de un completo desconocido, concluía:

– Y ése era mi primo Tony. ¿Sabes quién es Tony?

– No.

– Fue presidente de la República Dominicana, cariño. Tienes que estudiarte un poco todo eso.

Yo prometía hacerlo y por las noches me iba a casa de Mariela. Tomábamos un poco de vino, nos reíamos y no nos tocábamos. Yo amaba a Paula y no quería arruinarlo. Suelo arruinarlo todo siempre, pero esta vez era diferente. Aunque ella no lo sabría nunca, no quería engañarla. Por las noches, volvía a casa de Diana siempre con el último metro y me robaba alguna botella de vino para cenar. Me servía lo que me dejaba Rose en la cocina y me quedaba bebiendo y mirando por la ventana la rueda de la fortuna, que brillaba iluminando la noche de París.

Las sesiones de trabajo con Diana duraban cuatro horas de entrevistas diarias, dos en la mañana y dos en la tarde, y una hora más para comentar los avances en el libro. Conforme yo escribía, Diana iba enviando el texto al periodista cubano Jesús Gómez, el que había escrito el panfleto sobre el caso de su herencia, y él nos mandaba sus opiniones por FeDex. Ésa era la parte más antipática de mi principesca vida en París.

Gómez pensaba que el libro estaba quedando demasiado ligero, que detrás de toda esa «bobada de sociedad» había grandes temas políticos y sociales, y que esos temas debían formar parte de las memorias de Diana. Yo imaginaba que Gómez era un rival que quería mi puesto, y trataba de desacreditarlo sutilmente frente a Diana. Pero ella confiaba en él. Y hacía bien. En realidad, yo ni siquiera entendía los comentarios del cubano, entre otras cosas porque no sabía nada de la República Dominicana. Diana me había dado libros, y tal vez debía estudiar más, pero estaba encerrado en el Amazonas, que era mi novela mía, y en el fondo toda esa historia de gente rica me tenía sin cuidado.

Hasta que una mañana, en su soleada terraza, Diana me recibió con una noticia, que más bien era una orden:

– Te tienes que ir a la República Dominicana. Para que veas de qué se trata.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Y Jesús va a ir contigo. Tengo una secretaria en Santo Domingo que se ocupará de ustedes. Se llama Margarita y es española, como tú. Le pago más que a un gerente de empresa, o sea que tiene que servir para algo. Aunque a veces creo que está confabulada con mis hijos. Da igual, te vas.

A mí no me molestaba la perspectiva de otro viaje, y menos a un país con buenas playas, pero seguía sin papeles. Mi residencia como estudiante ya había vencido, y mi permiso de trabajo como empleado doméstico de Javi aún estaba en trámite. Sin embargo, explicar eso habría sido decepcionar a Diana recordándole que yo no era español. Eso podía ponerla muy triste. Y a mí podía dejarme sin trabajo. Traté de dar largas al asunto. No obstante, Diana estaba obsesionada. Ella parecía tener mucha prisa y yo no tenía ninguna. Pensé en quedarme en Madrid y decir que ya había ido, como con el Amazonas, pero esta vez tendría testigos.

No tenía más remedio que hacer ese maldito viaje.

A mi regreso a Madrid, llamé a mi abogada:

– Oye, necesito salir del país.

– Imposible.

– No. Necesito salir del país de verdad y con urgencia.

– ¿Cuándo venció tu tarjeta de estudiante?

– Hace dos semanas.

– Aún puedes renovarla. El plazo es de un mes. Pide la renovación. Con el certificado de que está en trámite, consigues un permiso de retorno a España.

– No puedo renovarla. No estoy estudiando nada y ya no tengo seguro médico. Te piden el seguro. Tampoco tengo cuenta bancaria. Te piden seis mil dólares mínimo.

– No puedes renovarla.

– No. No puedo.

– Pero puedes pedir la renovación.

– Pero no me la van a renovar.

– No necesitas renovarla. Necesitas pedir la renovación.

– Pedirla.

– Eso es todo.

– Ah.

Decidí iniciar el trámite al día siguiente, en la comisaría de Los Madrazo, metro Sevilla, cerca de Gran Vía. Había estado varias veces ahí. Uno tiene que llegar a las siete de la mañana para conseguir entrar a la comisaría a las doce. Durante todo ese tiempo, permanece de pie en la calle sin importar el calor o el frío, entre vendedores chinos, empleados de locutorio peruanos, obreros ecuatorianos, dueños de restaurantes marroquíes, mendigos rumanos, peones polacos y estudiantes de todas partes, todos igualmente hartos de la cola. A pesar de eso, es una cola muy divertida y políglota donde siempre se conoce gente simpática. Uno se siente feliz de ver cómo la comisaría piensa en nuestra amistad e integración, de verdad, un orgullo. Un abrazo solidario desde aquí para todos los que están dentro y fuera de esa comisaría.

Yo siempre he tratado de ir bien vestido a esas cosas. Desde el principio. Cuando pedí la visa para estudiar en España, fui al consulado muy elegante, porque era empleado público, con traje y corbata y lentes y bien afeitado y, sobre todo, blanco de piel. Entre los requisitos, el consulado exigía certificados de salud mental, ausencia de enfermedades venéreas y no drogadicción, porque, según parece, en España nunca ha habido ninguna de esas cosas hasta que las trajo algún extranjero cabrón. En fin, que con los primeros certificados no tuve problemas (el de venéreas hasta acabaría sirviéndome para certificar mi capacidad de sexo seguro ante la primera chica con la que salí en España). Pero el análisis de drogas, sinceramente, no lo iba a superar. No es lugar aquí para contar detalles, el caso es que justo ese certificado no me lo iban a dar en ese momento. Para qué engañarnos. Así que no lo llevé. Ni lo pedí. En el consulado, cuando llegó mi turno de entrevista, el señor de la ventanilla miró mis papeles y dijo:

– Aquí falta el certificado de no drogadicción.

Yo puse mi mejor cara de traje y corbata y lentes, con mi blanca piel reluciendo bajo el sol de las colonias, y dije:

– Hágame el favor, señor. Esto me parece una falta de respeto.

Lo dije con genuina indignación de aristocracia herida por esa promiscuidad asquerosamente democrática de pedirles a todos los mismos certificados. Pensé que no serviría de nada, que de todos modos me negarían la visa, pero el señor se disculpó y me la concedió. Fue realmente fácil. Desde entonces, siempre trato de ir bien vestido a esas cosas. Lo más desagradable es que funciona.

La mañana de la cola en Los Madrazo me presenté sin traje ni corbata, pero afeitado y con lentes. Llevé mi libro y pasé el rato conversando con un argelino que me enseñó a decir «Dame tus papeles, hijoputa» en árabe. La cola de esa mañana rompió el récord: seis horas.

Cuando finalmente entré, me dieron un papelito, anotaron mi nombre en un cuaderno y me volvieron a despedir. No recibieron mis papeles. El papelito era chiquitito y tenía unas cifras escritas. Le pregunté al policía de la puerta qué eran esas cifras. Me dijo que ahí estaba la fecha de la cita en que podría entregar los papeles para iniciar el trámite. Era un día de marzo de 2002. Faltaban seis meses.

Por la tarde, llamé a mi abogada:

– Oye, me han dado fecha para dentro de seis meses.

– ¿Has ido a Los Madrazo?

– Sí.

– No vuelvas ahí. Te voy a dar la dirección de sus jefes del Ministerio del Interior. Dejas los papeles ahí y los mandan por correo a Los Madrazo. Ellos sellan el inicio del trámite.

– Pero en Los Madrazo les dirán que ya tengo cita para dentro de seis meses.

– Eso no importa, porque ya tendrás sellado el inicio del trámite.

– Pero ¿y si se fijan en que mis papeles no sirven para nada? Es un detalle importante.

– Ellos no se fijan. Los mandan a Los Madrazo, y en Los Madrazo se fijan.

Me dio la dirección de una oficina cerca de la Castellana, por el metro Nuevos Ministerios. Ocho días después, y sin entender cómo ni por qué, yo volaba a Santo Domingo.

El plan era pasar dos semanas investigando en Santo Domingo, aunque no tenía muy claro qué era lo que iba a investigar. Pensé que, en el peor de los casos, me iría a la playa todos esos días y volvería a Madrid tostadito. De todos modos, preparé en el avión una lista de posibles entrevistados y confirmé mi reserva de hotel, que había sido enviada por la agencia de siempre desde Miami. Me alojaría en un hotel de cinco estrellas. Como un rey.

Mi primera imagen de Santo Domingo es la larga costa bordeada de palmeras que separa el aeropuerto de la ciudad. La segunda, un mamotreto de hormigón en una de las orillas del río, quizá una fábrica de papel o algo así. Santo Domingo era puro contraste: el antiguo casco histórico y los modernos hoteles de plexiglás del malecón. Los ricos en jeeps con aire acondicionado y los pobres a pie. Nada de lo que vieras en un segundo se parecía al segundo anterior.

Cuando llegué al hotel, un dependiente con uniforme chillón chequeó mi reserva y dijo: piso 11. Inmediatamente se acercó un señor, me arrebató la mochila, la puso en un carrito dorado, llamó al ascensor por mí, me expulsó en el piso 11 y siguió de largo con mi mochila en el carrito. Traté de recuperarla y forcejeé un poco, pero se la llevó de todos modos. Aterricé en otra recepción, donde una dominicana en traje ejecutivo me ofreció un café y una sonrisa de tres mil dólares.

– Sí, señor. Su reserva está confirmada. ¿Me puede dar su tarjeta de crédito?

– ¿Mi qué, perdón?

– Su tarjeta de crédito. Es sólo una formalidad.

– ¿La mía? ¿Ahora?

– Puede darme la de su empresa.

Una vez me habían ofrecido una tarjeta de crédito, más o menos un año antes, en Perú. Esa vez respondí: «¿Qué cree que hago yo? ¿Tomar vacaciones en el Caribe?». Ahora no sabía qué decir. Si no tienes una tarjeta de crédito eres una mierda de rico, un guiñapo, un desperdicio del mundo de los negocios. Cuando estaba a punto de salir corriendo del hotel, una voz a mis espaldas dijo:

– Yo me ocuparé de sus gastos.

Como en las películas. Atrás de mí había una mujer guapa y bajita, unos cuarenta años, acento relativamente español. Era Margarita, la secretaria de Diana, y me recibía con una sonrisa sin límite de crédito. Respiré tranquilo. Todo estaría bien.

– Sube a refrescarte un poco y nos reunimos abajo con el señor Gómez.

Mi cuarto estaba en el último piso, en la máxima-súper-primera clase: cuatro espejos, bidé, miles de pociones en el baño, mesa, tele con cable, mi mochila, sillón, balcón con vista al mar azul verdoso y a la ciudad antigua, frigobar. (Es un error darle un frigobar a una persona como yo. Un error divino.) Dejé las cosas y jugué un rato con el televisor: tenía canales peruanos, CNN, MTV, TVE y porno. No necesitaría más. Quería quedarme a vivir ahí, pero debía bajar a conocer a Gómez.

Me metí en el baño, y me lavé la cara mirándome con angustia en el espejito redondo de detectar espinillas. Sabía que Gómez tendría que aprobar todo lo que yo hiciese, así que nuestro primer contacto era un asunto delicado. Por lo que yo sabía, él conocía a Diana desde que ella era una niña y él un periodista de un periódico de papá Minetti. Su biografía era la de un superviviente. Había sido exiliado de Cuba durante el primer gobierno de Batista, y también en el segundo. Gómez se fue a la República Dominicana, y Trujillo lo echó de ahí. En los sesenta, trabajó en España, y Franco lo largó también. En los setenta tuvo que abandonar Chile. Vivía en Miami desde entonces, donde la comunidad en el exilio tampoco lo quería mucho. Así que lo mejor sería llevarme bien con él. Me sequé la cara y bajé.

El recibidor del hotel estaba presidido por una catarata artificial iluminada con luces de colores. Del techo colgaba una gran lámpara de araña, que en caso de caerse podía matar a alguien. Jesús Gómez estaba con Margarita justo debajo de la lámpara. Mi primera impresión fue que no se parecía a la leyenda que yo me había hecho de él. Tenía más de ochenta años y caminaba con un bastón. Parecía dormirse por momentos. Margarita nos presentó con un grito:

– ¡Señor Gómez! ¡Él es el periodista!

– ¿Quién?-preguntó él.

– ¡El periodista español!

– En realidad, soy peruan… -traté de decir. Pero estaba todo perdido.

Él me dijo:

– Ah. Qué tal. Quería decirle que en mi cuarto hay una corriente de aire espantosa.

– ¡No! -volvió a gritar Margarita muy cerca de su oído-. ¡Es el periodista!

Lo llevamos casi en vilo a un comedor vacío que parecía un pabellón de reformatorio superstar, con un bufé lleno de cosas color naranja y violeta. Pedimos de comer. No pedí lo más caro directamente. Me contuve.

Mientras comíamos, Jesús contó que su vuelo había sido un desastre, que los aviones de ahora parecen buses de transporte público. Y el aeropuerto, qué porquería de aeropuerto, y la comida y el país y en fin. Hablaba a gritos porque no se oía a sí mismo. Cuando terminó de quejarse, pasamos al trabajo. Debíamos ponernos de acuerdo en nuestro plan de acción. Yo estaba preparado para escuchar sus lecciones de viejo sabio del periodismo. Él dijo:

– El caso de Diana hay que verlo considerando el contexto político de la era Trujillo: la corrupción, el caos, la crisis, todo sigue igual porque gobiernan los mismos.

Para Gómez, todo el libro de Diana tenía que hablar del caso de la herencia. Era lo único que veía en él, mientras que Diana sólo veía sus fiestas de sociedad. Gómez se despachó con un largo monólogo sobre la continuidad del trujillismo que me pareció producto de una paranoia senil. Después de media hora en ese plan, decidí interrumpirlo y soltar mi idea genial:

– ¡Deberíamos hablar con los hijos de Diana!

– ¿Qué? -dijo él.

Margarita se le acercó al oído:

– ¡Que podrían hablar con los hijos de Diana!

– ¿Los hijos?

– ¡Sí! -grité yo-. Yo les diría con sinceridad lo que ocurre. Creo que eso es lo justo y quizá podríamos mediar para que ellos se amisten…

Gómez sonrió con compasión. Luego se puso serio:

– No se te ocurra llamarlos.

– ¿Por qué? Estoy seguro de que podrían llevarse bien. Es decir, son madre e hijos, ¿no? Tienen que quererse.

– Hijo, esta gente no quiere llevarse bien. Son unos comemieldas. ¿Te acuerdas del congresista que se entrevistó con Diana?

Más discursos erráticos y escleróticos. ¿Qué tendría que ver el congresista ahora? Pero no tenía más remedio que seguirle la cuerda.

– Sí, el de la comisión parlamentaria. Vi sus entrevistas en un vídeo que Diana…

– Lo mataron.

– ¿Cómo, perdón?

– No sé si sea por Diana, no creo, se habrá metido en algún asunto de narcos. Quizá se acostó con la esposa de uno. Da igual. Todo está relacionado.

– Bueno, pero a mí no me van a matar, ¿no?

Me reí. Pero Gómez dejó de reírse. Miré a Margarita. Tampoco se estaba riendo. En el silencioso comedor, el aire se hizo más denso. Oí una cuchara caerse de una mesa, pero no vi a nadie comiendo.

– ¿No? -pregunté de nuevo.

– ¿Qué? -preguntó Gómez.

– ¡Que si lo van a matar! -gritó Margarita.

– ¡Ah! No, no te van a matar. A lo mucho te meterán coca en la mochila y las autoridades te cogerán en el aeropuerto. Según en qué celda te pongan, alguien te podría violar accidentalmente. Je, je.

Ahora era yo el que no me estaba riendo.

– Pero bueno -insistí-. ¡Es la familia de Diana! Es un asunto personal.

– Mejor no los llames -dijo Margarita con dulzura.

– Y no le digas a nadie qué estás haciendo -añadió Gómez.

– Y entonces ¿qué digo que hago aquí?

– Invéntate una tesis de Ciencias Políticas o algo así. Eres español. Te tomarán en serio.

– ¿Una tesis? -yo estaba cada vez más desesperado.

– El caso de Diana hay que verlo considerando el contexto político de la era Trujillo: la corrupción, el caos, la crisis, todo sigue igual.

– ¿Una tesis? ¿Sobre Diana?

– Mejor será no tocar ese tema directamente -dijo Margarita con discreción. Ella lo decía todo con discreción.

– A ver, ¿por dónde vamos a empezar? -pregunté rendido.

– El caso de Diana hay que verlo considerando el contexto político de la era Trujillo: la corrupción, el caos, la crisis, todo sigue igual porque gobiernan los mismos.

Y así durante horas.

Gómez pensaba entrevistar sólo a una persona: un americano de ochenta años, que según el viejo había trabajado para la CIA en los años cincuenta. Margarita ya había concertado una cita. No había más que hablar.

El americano se llamaba Ronald Mitchell y vivía en el Gazcue, el barrio de clase alta tradicional al lado del malecón. Su apartamento quedaba al costado de una sede del Partido Reformista de Balaguer, el antiguo número dos de Trujillo. En ese momento, Balaguer ya tenía más de noventa años y estaba ciego, pero seguía postulando a la presidencia. Así que en la puerta de su local había un eslogan de campaña:

QUE NADIE ASPIRE MIENTRAS BALAGUER RESPIRE

Conforme subíamos en el ascensor, di por sentado que con Gómez no iba a entenderme en todo el viaje. Estaba demasiado viejo y demasiado sordo, y sólo podía ser un estorbo para mi investigación. Simplemente, fingiría hacerle algún caso para ganarme su favor y procuraría moverme solo por la ciudad. Antes de entrar en la casa del gringo, la secretaria dijo muy suave pero muy firme:

– Frente a Mitchell, el señor Gómez dirá que él está escribiendo un artículo y que tú eres su ayudante, ¿vale?

– Margarita.

– Dime, cariño.

– Tú eres española. ¿Te parece que parezco español?

– Bueno, quizá. Yo llevo aquí veinte años. En fin, que el señor Gómez dirá que está escribiendo un artículo y tú…

– Lo entendí, sí.

– Vale.

Y me sonrió. Siempre sonreía.

El americano que nos abrió la puerta tenía más o menos la misma edad que Gómez. Nos recibió muy atentamente y nos hizo pasar. Dijo alegrarse de que lo visitasen los periodistas. Nos ofreció café y nos mostró un libro que había escrito sobre Cristóbal Colón. Hojeé el volumen con cara de interés, como todos los editores que hasta entonces habían abierto mis propios manuscritos, y le dije que me parecía muy interesante. Luego lo cerré y nos sentamos. Como estábamos todos en silencio, me sentí obligado a decir algo.

– Verá usted, señor Mitchell. Estamos haciendo una investigación…

– ¿Un reportaje?

No sabía qué responder. Miré a Margarita, que le sonreía a Mitchell muy dulce y eficiente, y a Gómez, que tenía la mirada perdida.

– Una tesis… una tesis y un reportaje sobre…

A él le brillaron los ojos. Se sintió reconocido. Se hinchó de orgullo. Y no me dejó terminar:

– Qué bueno. Aplaudo su interés, porque creo que mi tesis no ha sido bien difundida. Yo he descubierto que Cristóbal Colón, cuyo verdadero nombre era Cristóforo, por cierto, no nació en realidad en Génova sino en un pequeño pueblo llamado Rapallo, cerca de Pisa. Y creo que es positivo que los medios españoles escuchen…

– Perdone, pero nuestra investigación es sobre las élites dominicanas en la era Trujillo, ¿verdad, señor Gómez?

– ¿Qué? -preguntó Gómez.

– Es sobre las élites dominicanas en la era Trujillo -confirmé.

– ¿No es sobre Colón?-preguntó Mitchell.

– ¿Sobre quién? -pregunté yo.

– Cristóbal Colón. El de América.

– No, en realidad, no.

– Ah. Ustedes los españoles nunca escuchan cuando alguien habla de Cristóbal Colón fuera de España. Creen que tienen el monopolio de la verdad.

– Bueno, yo en realidad no…

– Si uno no viene de una de sus universidades, no…

– Es que yo ni siquiera soy español.

– Claro, claro, ya…

Cambió de actitud. Miró nuestras tazas de café llenas con genuino arrepentimiento. La sala se enfrió de repente en medio del calor húmedo de la ciudad. Un largo e incómodo silencio se cernió sobre nosotros. Al fin, Mitchell retomó la conversación, mirándome:

– Sobre la élite.

– Exactamente, sí.

– Usted quiere decir los ricos.

– Sí, más o menos.

– No voy a hablar de eso.

Mierda.

– ¿Perdón?

– No. Cada vez que hablo me caen encima todos. Son mis amigos, ¿no? Nos conocemos desde chiquitos. Hace un par de años conté cosas viejas en una entrevista, cosas de hace cincuenta años. Todos se enojaron. Me dijeron gringo pendejo. Comprenda, son mis vecinos. Al frente vive Manolito Picciardi. Y al costado, tengo el local de Balaguer. Ya le he dicho al jefe distrital del partido que su gente organiza fiestas todos los días, escucha música hasta las cuatro de la mañana y dispara al aire para celebrar. ¿Sabe lo que me ha dicho? «Comprende, pues, gringo, esta gente no tiene educación. ¿Qué esperas?» Yo le dije: «¡Esa gente es tu partido!». Él se rió. Y aquí siguen todos, organizando sus fiestas. Si me pongo a hablar de ellos, la próxima bala atravesará mis ventanas.

Para mí, en ese momento se hundió la entrevista. Y el mundo. Acababa de arruinar el trabajo, y seguía sentado frente a un americano octogenario en alguna ciudad del Caribe, sin tener idea de lo que estaba haciendo, tirado en medio de una historia que no entendía, preguntándome cómo había llegado a ella. Y entonces Gómez, el paranoico, el viejo sordo e inútil que sólo me metía en problemas, dijo de repente:

– Sí, son unos comemieldas.

– Pues sí -dijo el gringo-, pero son mis amigos.

– Son todos unos corruptos -machacó Gómez.

– Si le contara yo…

– ¿Sabe lo que me hicieron una vez? Me expulsaron.

– ¿A usted también? A mí me decían que yo trabajaba para la CIA.

– Comemieldas.

– Sí. ¿En qué año estuvo usted?

Ése fue el inicio de una larga charla sobre los años cuarenta y cincuenta. Animado por encontrarse con un colega de su edad -no quedaban muchos vivos-, Mitchell mejoró de ánimo. Nos ofreció otro café, que yo acepté con pavor ante la perspectiva del soporífero relato que nos esperaba. Y la perspectiva se confirmó: Mitchell nos habló de cuando era un chico, de las chicas con que salía y luego de sus hijas y cómo habían cambiado los tiempos. De vez en cuando, Gómez intervenía para pedir más especificaciones de algún personaje de la historia, «¿Cuchito era el primo de Mariví?», ese tipo de cosas. Se sabía algunas historias personales, como las de Diana, sobre nombres que no me decían nada. Mi mayor entretenimiento de la tarde fue contemplar el apareamiento de dos moscas en un helecho del balcón. Dos horas y media después, tras escuchar las intimidades de unos tres millones de personas y beber cuatro cafés, yo temblaba de una mezcla de taquicardia y aburrimiento. Y cuando al fin, tras miles de anécdotas irrelevantes, parecía que nos íbamos a ir, Gómez súbitamente pareció recordar algo muy importante. Movió las manos, como si tuviese que atraer hacia sí los recuerdos, y por un momento pensé que le estaba dando un infarto. Pero finalmente dijo:

– ¿Sabe qué caso me indignó más? La estafa Minetti.

– ¡La estafa Minetti! -se rió el viejo Mitchell-. Ésa sí que fue buena. ¿Cuántos millones le birlaron a esa mujer? ¿Doscientos? ¿Doscientos cincuenta?

– Cuatrocientos. Y el fallo no sale.

– Eso nunca va a salir. El padre era un mafioso y el hijo es dueño de la mitad del país.

– Un robo.

– Pero ¿qué se puede esperar? No le iban a dejar a esa mujer todo…

– Un robo.

– Y los Picciardi ahí metidos. Nada de nada. El juicio no saldrá antes de que muera Diana. Ni después. Además, dicen que está loca.

– El caso de Diana hay que verlo considerando el contexto político de la era Trujillo: la corrupción, el caos, la crisis, todo sigue igual porque gobiernan los mismos.

Mitchell estuvo de acuerdo, pero tenía algunos matices que aclarar, así que empezó a desgranar la historia de la familia.

Y entonces ocurrió el milagro.

Ante mis ojos, Mitchell empezó a relacionar nombres, eventos, personajes que hasta ese momento eran para mí ecos recónditos del salón Voltaire. De repente, todo el cuadro empezó a cobrar sentido. Gómez había pulsado las teclas exactas para soltarle la lengua al americano y hacerlo decir lo que acababa de negarse a decir. Cada frase del viejo periodista activaba los resortes exactos en su cabeza y lo hacía darnos información nueva. Mitchell se lanzó con una larga parrafada sobre las grandes familias de la era Trujillo y empezó a contar el papel de Giorgio Minetti durante la dictadura, un papel mucho más interesante, oscuro y ambiguo del que yo había imaginado hasta entonces. Narró de dónde había salido su fortuna. Describió sus conspiraciones. Contó las verdaderas razones de su viaje a Cuba. Y retrató a un personaje que no parecía salido de una novela rosa, sino de una de espías.

Cuando salimos de la casa ya era de noche. Yo tenía miles de datos en la memoria, y la historia empezaba a asomar mucho más interesante que un montón de chismes de millonarios. Ahora tenía una base para comenzar a investigar, y una serie de nombres que seguir, y sobre todo una historia, y ya no un montón de anécdotas de gente muerta.

Ya en el auto, Gómez me preguntó:

– ¿Has tomado notas de la entrevista, chico?

– No quería asustar al gringo sacando un cuaderno, pero tengo lo esencial en la cabeza.

– Espero que sí, porque yo no escuché un carajo, chico. Ese comemielda hablaba tan bajito…

Sólo entonces comprendí que Jesús Gómez era un genio.

Y que yo tenía entre manos un libro muy distinto del que esperaba.