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Pobre papá. No quería tener muchos vínculos con el general Trujillo, porque era un gusano y porque pensaba que lo tumbarían rápido y que no valía la pena. Pero el dictador se iba quedando y quedando, y a su nombre se iban sumando títulos como «el Chivo», «el Jefe», «el Benefactor» o «Su Excelencia». Papá optó por vivir al margen de todo. Tenía la concesión de venta de todos los autos del Estado en la República Dominicana. Tenía una tabacalera con un socio americano. Y era cónsul honorario de Italia. Se daba por servido y no tenía más pretensiones.
Pero no era tan fácil. A medida que aumentaba su poder como presidente, el Chivo se adueñaba de todos los negocios del país. Hasta sus amigos podían convertirse de un día para otro en sus competidores. Y así ocurrió con papá. Trujillo compró una tabacalera. Luego, para eliminar a la competencia, le ofreció a papá comprarle la suya por una miseria. Hizo una ridícula oferta económica y terminó con las palabras: «y todos contentos». El muy sinvergüenza.
Al principio, papá realmente pensó en venderla a pesar del precio porque conocía los riesgos. El problema era que, simplemente, no podía. Trujillo quería el cincuenta por ciento para quedarse con el control total de la fábrica, y papá sólo poseía el cuarenta y cinco por ciento. El resto pertenecía a una tabacalera de Filadelfia. Así que papá tuvo que negarse.
Sabía que se estaba ganando al peor de los enemigos, pero era un hombre seguro de sí mismo y con poca tendencia a dejarse manipular. Y sobre todo, se trataba de intereses americanos e italianos, por lo cual mi padre se sentía confiado. De todos modos, ante esa primera amenaza, papá empezó a sacar dinero del país y depositarlo en una cuenta de Nueva York para protegerse y protegernos en caso de cualquier imprevisto.
Hizo bien. Trujillo ni siquiera dejó enfriarse las cosas un poco. Inmediatamente entró, sin sorprender a nadie, en el negocio de los automotores. Acto seguido, convocó a concurso público para la provisión de automotores al Estado. Mi padre quedó muy contrariado porque su contrato aún no había expirado, de modo que el concurso era legalmente nulo. Pero sabía que por la vía judicial no arreglaría nada, al fin y al cabo los jueces eran tan propiedad de Trujillo como la tabacalera o los automóviles o el resto del país.
Una noche, en una recepción diplomática, Trujillo y papá se encontraron. Papá estaba furioso. Era un hombre encantador, pero incapaz de callarse las cosas, por muchos problemas que le pudieran causar sus palabras. Trató, en consecuencia, de combinar ambas cualidades. Con pasos firmes se acercó a Trujillo y, haciendo gala de todas las reverencias apropiadas al caso, le dijo:
– Su Excelencia, me permito brindar por la vigencia de nuestra colaboración mutua.
Sorprendido, el dictador se acomodó el quepí blanco con adornos dorados que solía llevar a estas ocasiones y respondió:
– Yo estoy muy ofendido con usted, Minetti, porque no ha aceptado la ayuda que tan generosamente le he ofrecido.
– Usted sabe que tendrá mi apoyo, general, en todo lo que me sea posible.
– ¿Quiere usted decir que podemos contar con su tabaco?
– Quiero decir, Su Excelencia, que puede usted contar con la provisión de automotores que acordé con el Estado.
– Ese contrato se suspendió.
Trujillo empezaba a perder las buenas maneras. Mi padre, no.
– Por eso mismo, deseo renovar mi compromiso por ofrecer mis servicios al Estado que usted dirige.
Quizá le habría ido mejor de haber adjetivado un poco más. A Trujillo le gustaba oír cosas del estilo de «hago ofrenda pública a nuestro Benefactor de mis mayores parabienes para vuestra ilustre figura y de mi absoluta sumisión a quien, como el león de mitológica bravura, ha tomado el timón de nuestras pequeñas e insignificantes vidas para dirigirlas con su magnanimidad». Pero no le dijo nada de eso, quizá porque no habría podido aguantar la risa que le daba siempre al oír las burradas con que la gente, inclusive gente culta e importante, adulaba los oídos y las suelas del presidente. Solía burlarse de ese trato. Y quizá se le notaba. En todo caso, Trujillo era una persona incapaz de lidiar con sutilezas o con argumentaciones lógicas. Se limitó a mascullar que ya hablarían de eso y se escurrió como un conejo, haciendo sonar sus medallas.
Papá pensó que había ganado la discusión. Pero al día siguiente, un oficial del Ejército se presentó en la puerta de Minetti Inc. con una camioneta Ford que tenía los cristales rotos, los faros destrozados, la carrocería en forma de acordeón y los ejes desviados. Por las abolladuras del techo, se notaba que los golpes habían sido propinados con un mazo.
– Sus carros no son buenos -dijo el oficial rascándose la cabeza-. Tendremos que rescindir el contrato.
Quizá ésa fue la mayor sutileza a la que llegó el Chivo.
El concurso público se llevó a cabo con un solo postulante: el concesionario de Trujillo. Pero ganar esa disputa no bastaba. Para Trujillo, el poder era un arma que se tenía que dejar sentir, una prenda que había que ostentar. A mediados de la década de los treinta, además, intentaba medir hasta dónde podía llegar. Sabía que ningún dominicano se podía oponer a sus deseos. Y empezaba a preguntarse si los americanos o los europeos se mostrarían igualmente débiles ante él.
Presionó a mi padre con todas las herramientas legales, ejecutivas y financieras que encontró a su disposición, que eran todas las que había. Gravó despiadadamente el tabaco que papá importaba. Y aún fue más ruin. De un día para otro, los inspectores de Hacienda interpretaban la falta de un papel de Minetti Inc. como una grave evasión tributaria, los empleados portuarios retrasaban los envíos, los burócratas no concedían las licencias. El Chivo buscó y aprovechó cualquier argumento o sospecha que pudiese perjudicar a mi padre, con el único objetivo de hacerle la vida imposible. Fue entonces cuando papá entendió que lo único que podía hacer era sacar al Chivo del poder.
No era el único que había llegado a esa conclusión. En el país había otro empresario italiano llamado Domenico Michellangelo, banquero y dueño de ingenios, latifundios ganaderos y plantaciones de café. La familia Michellangelo poseía también el monopolio de la explotación salina, que había sido enteramente secuestrada por el Chivo. Además, la injerencia del dictador en el poder judicial les había hecho perder un litigio por más de dos millones de dólares. Para los Michellangelo, esa pérdida significó el sacrificio de varias propiedades, muchas de las cuales, como era de esperarse, acabaron pasando a manos de Trujillo.
Incapaz de oponer resistencia a semejante enemigo, la primera reacción del empresario fue ofrecerle al dictador una participación en sus inversiones ganaderas con el fin de ganarlo para su lado. El Chivo, que no rechazaba un negocio aunque se lo ofreciera su peor enemigo, mostró interés. Pero pronto entendió Michellangelo que la intención de su «socio» era entrar al negocio para tener una mejor posición desde la cual quitarlo de en medio.
Trujillo pensaba que quien no mostrase una vocación sumisa desde el principio, debía ser eliminado física, social o económicamente, pues de lo contrario daría un mal ejemplo a los otros. Además, gozaba haciendo sentir el peso de sus botas sobre la nuca de la gente. Michellangelo retiró la oferta a tiempo, pero eso incitó más la furia de su peligroso oponente. Ahora, el empresario podía estar seguro de que el dictador terminaría por llevarlo a la ruina.
Michellangelo no era gran amigo de papá, pero había recurrido algunas veces a él como cónsul de Italia. Sin embargo, nunca habían hablado de política. Eran años de miedo. Cualquier infidencia podía llegar a oídos de algún esbirro del régimen, de modo que nadie se oponía en público al gobierno por temor a las represalias. Sólo cuando supo de los problemas entre papá y Trujillo, Michellangelo lo abordó. Ni siquiera lo llamó. Aprovechó un momento distendido en una cena de empresarios:
– He sabido que el Jefe le está haciendo sentir el peso de la ley.
Mi padre trató de contestar lo más diplomáticamente posible.
– No sé si es el de la ley, pero es un gran peso, sí.
Michellangelo se sintió comprendido.
– Quizá lo que este país necesita es justamente un poco más de respeto por la ley, ¿no cree usted?
– Quizá.
Mi padre, en ese primer encuentro, no terminó de ver hasta dónde llegaban las palabras de Michellangelo. Como cualquier conversación en la que nadie sabe para quién trabaja su interlocutor, podía ser tanto a favor como en contra del régimen. Pero Michellangelo continuó sondeándolo durante un tiempo, en cada encuentro, yendo cada vez más lejos.
– Me gustaría que conociera usted a unos amigos -dijo finalmente, tras varios diálogos ambiguos. Y añadió-: Gente interesante.
Lo invitó a un almuerzo en una finca fuera de la ciudad. La invitación se refería a él solo, sin mi madre y sin abundar en la lista de invitados. Papá asistió, sobre todo por la curiosidad que le inspiraba este hombre amable que evidentemente ocultaba algo.
La «gente interesante» que se reunió ese día en casa de Michellangelo era bastante dispar. Había algunos trabajadores del empresario, otros empresarios pequeños y no tan pequeños, algunos profesionales y estudiantes, un par de zapateros, un albañil, incluso un par de militares vestidos de civil. Michellangelo los presentó a todos por su nombre de pila, sin mencionar los apellidos, y la reunión transcurrió en un clima de informalidad. Almorzaron con vino pero con moderación y se conocieron ligeramente, sin entrar en temas polémicos. Cuando Michellangelo presentaba a mi padre, decía:
– Él es Giorgio. Tiene carros.
Todo el mundo mostraba mucho interés por ese detalle, y por los otros con que Michellangelo hacía las presentaciones: «tiene amigos», «conduce muy bien» y, en algún caso, «es un gran tirador».
Papá entendió rápidamente que eso era mucho más que una reunión social, y que su presencia ahí era comprometedora. Pero no abandonó la reunión. Empezaba a abrigar esperanzas de que alguien hiciese algo contra la prepotencia del Chivo. Y pensó que quizá ese alguien podría ser él mismo, con la ayuda de otros rebeldes cansados del poder ilimitado del dictador. Sin embargo, aún en ese punto, todo podía ser una trampa o una estrategia del mismo Trujillo con el fin de conseguir una razón para meterlo preso. De modo que no dijo nada que pudiese interpretarse políticamente en ningún sentido. Nadie más lo hizo.
El almuerzo era un paso arriesgado pero bien medido de Michellangelo, en el que todo el mundo hablaba entre líneas y entendía tácitamente de qué se trataba. Pero ninguno de los participantes pudo decir luego que fue testigo de una conspiración en esa casa. De hecho, entre los invitados había también personas reconocidas por su acérrimo trujillismo, que nunca se llegó a saber si eran traidores o tontos útiles de la conspiración para alejar las sospechas.
Ni siquiera durante los siguientes meses Michellangelo habló con claridad al respecto. Era un hombre que hacía las cosas con mucho cuidado, sin dejar rastros, y aparentemente era el único que manejaba los hilos de lo que ocurría. Los demás imaginaban que había otra gente trabajando para lo mismo, pero nadie sabía quiénes eran exactamente ni a qué nivel estaban comprometidos. Tampoco querían saberlo. Si alguno de ellos era un traidor o caía, no podría delatar gran cosa. En cualquier caso, Michellangelo saldría perdiendo, eso estaba claro. Durante los meses que siguieron a ese almuerzo, los dos empresarios desarrollaron una estrecha amistad en la que pudieron atreverse a criticar al gobierno cada vez con más énfasis.
En esa época, la manera de hablar sobre el dictador era una señal de intimidad y confianza en el país. Era socialmente bien visto llenarse la boca hablando de las maravillas del Benefactor. Cuando ya se conocía mejor a una persona, se podía criticar con ella tibiamente la gestión de los recursos. Quizá más adelante, se hablaría del estado de la economía. Despotricar contra la falta de libertad y la ridiculez del dictador era un símbolo de hermandad entre los interlocutores. La relación entre Minetti y Michellangelo tuvo que crecer mucho antes de que este último se atreviese a decir con un whisky en la mano:
– Bueno, Giorgio. Tú sabes de qué se trata todo esto, ¿no?
La pregunta encerraba una trampa, pero también una oportunidad. Admitir explícitamente que estaba al corriente era cruzar el punto de no retorno y entrar en el complot. Por otro lado, decir que no sabía de qué le estaba hablando Michellangelo significaría quedar fuera de cualquier riesgo y no darse por enterado de nada. Papá era un hombre que nunca huía de las empresas difíciles, al contrario, para él era un placer el riesgo, siempre que estuviese calculado. Y si algo sabía como empresario, era calcular los riesgos. Sin embargo, ésa fue la primera vez que tuvo que arriesgarlo todo, inclusive la vida. Esa tarde, frente a Domenico Michellangelo, bebió un largo trago de su vaso, hizo sonar los hielos y dijo:
– Nos van a matar a todos.
– Pero ¿estás con nosotros?
– Claro que sí.
En cuanto se pusieron a trabajar, ya no se detuvieron. No tenían apoyo extranjero ni programas políticos. Sólo pretendían que, muerto el Chivo, hubiese unas elecciones normales. Formalmente al menos, Trujillo no era irremplazable, y papá confiaba en las familias de empresarios que conocía y respetaba. Sabía también que nadie se niega a tomar el poder.
Los militares aliados a la conspiración diseñaron la estrategia. El mejor momento para un atentado era alguna aparición pública del dictador, cuando más difícil resultaba protegerlo para su cuerpo de seguridad. Además, la turba podría esconder a los conspiradores fácilmente y la confusión obstruiría el paso de los guardaespaldas por suficiente tiempo, hasta que los francotiradores quedasen a buen recaudo.
Mi padre estaría encargado de proveer dinero y dos vehículos, que debían desaparecer inmediatamente después, huir hacia el oeste y desbarrancarse desde la carretera de salida de la ciudad. Tenían los medios. Tenían la voluntad. Nada, o casi nada, podía fallar.
El atentado se realizaría a la salida de una misa en la catedral de Santo Domingo, a la que el dictador asistiría el domingo por la mañana para el bautizo de uno de sus sobrinos. La catedral parecía diseñada para albergar un magnicidio. Había sido construida en varias etapas durante la colonia, hasta adquirir una estructura muy peculiar con la puerta principal en el costado. Si la víctima sale del edificio por la fachada delantera, deja poco espacio para el disparo y la fuga. Además, el campanario puede resultar un estorbo. En cambio, la puerta lateral, la que más se usa, da a la plaza Colón, que es mucho más amplia y permite apostar francotiradores en las esquinas de Los Condes con Arzobispo Merino e Isabel la Católica.
Como si fuera poco, la catedral tiene un valor simbólico y estético interesante. Su tosco estilo gótico, único en América, le otorga un matiz siniestro, igual que su historia. En tiempos, el pirata Drake encerró y asesinó ahí a decenas de prisioneros, justo al lado del águila imperial española. Su campanario achaparrado, casi burdo, fue construido más pequeño de lo previsto con el fin de evitar que se usase para atacar la fortaleza cercana. Por todo eso, la catedral tiene una historia de guerra, de muerte y de miedo. Perfecta para el plan de papá y Michellangelo.
El 2 de abril de 1935, día previsto para el atentado, los dos vehículos entregados por mi padre esperarían en la calle Luperón, al margen del tumulto que siempre rodeaba las apariciones públicas de Trujillo, listos para rodear el centro y huir cada uno en una dirección diferente. Dispararían al mismo tiempo, dejarían las armas en el suelo y alcanzarían los carros. Después de desaparecer los coches, serían recogidos por otros carros fuera de la ciudad y llevados a lugares seguros en Samaná y Baoruco, donde nadie los buscaría hasta que se calmasen las cosas. Los involucrados pronto volverían a sus labores habituales y, habida cuenta de la cantidad de enemigos del dictador, sería difícil seguirles la pista. De hecho, durante un momento se manejó la posibilidad de culpar a los comunistas del exilio para aumentar la confusión, pero se decidió que no sería necesario. El incidente ya sería suficientemente confuso de por sí y lo mejor era no agitar las aguas aún más.
Me puedo imaginar a los dos socios ese domingo, cada uno en un país, sudando, consultando las noticias y pensando con cada latido del corazón que, quizá, su enemigo yacía fulminado en la plaza Colón.
Pero ese día, Trujillo no asistió a la misa.
¿Sabía el dictador lo que tenían planeado para él? No sólo lo sabía, sino que planeó su respuesta con cuidado. Ese día nadie fue arrestado, los carros se quedaron esperando con los motores encendidos, los asesinos apuntaron a una puerta de la que nadie salió. Para blindarse ante posibles traiciones, los dos líderes conspiradores habían abandonado la capital dos días antes. Michellangelo partió a sus ingenios en el Cibao y mi padre visitó a sus socios en los Estados Unidos. El domingo, tras recibir la noticia de que nada había ocurrido, papá y Michellangelo se pusieron en contacto y decidieron reunirse para planear un nuevo atentado. Supongo que se sentían frustrados pero seguros del éxito del plan. El error no había sido suyo. La logística había funcionado a la perfección. Sólo faltaba una nueva ocasión.
En casa, mi padre anunció su regreso para el martes. Mi madre, que no tenía idea de lo que ocurría, fue a recibirlo al aeropuerto. Esperó frente a la puerta de llegadas durante una hora y media. Pero papá no salió por ahí, sino directamente desde la pista de aterrizaje en un coche de la policía.
Casi a la misma hora, veinticinco conspiradores más fueron apresados y repartidos entre la cárcel de Nigua y la Fortaleza de Ozama. A mi padre le tocó la segunda.
La Fortaleza de Ozama aún se puede ver, y hasta visitar, en pleno centro colonial de la ciudad, sobre un farallón de la orilla occidental del río, a unos cien o doscientos metros de la desembocadura. En un principio, debía servir para proteger la entrada del puerto. Pero el agua ha horadado tanto la piedra caliza del farallón que siempre se temió un derrumbe. Más adelante, su explanada se llenó de viviendas que hacían imposibles las operaciones militares. Un siglo después de su construcción, a principios del xvii, se la declaró inútil y sin importancia. El portal que rodea a la torre fue la última construcción de la colonia española. Tuvieron que pasar varios siglos para que Trujillo descubriera su utilidad.
El dictador la trataba como su juguete. Le ganó unos metros al mar y expandió sus murallas para terminar convirtiéndola en una prisión de máxima seguridad. En su interior permanecían constantemente incomunicados treinta presos en cada celda de cinco metros cuadrados. Muchas de esas celdas no tenían luz, ventanas ni puertas, sólo rendijas concebidas originalmente para albergar francotiradores y agujeros para arrojar a los presos a su interior. De ahí sólo se salía para los interrogatorios y las torturas, que incluían látigos con puntas de hierro, amenazas de muerte, golpes.
Papá, quizá por dignidad, nunca me habló del tiempo que permaneció preso. Michellangelo sí declaró públicamente después que lo molieron a golpes de fusil y bayoneta, que lo enterraron del cuello para abajo cerca del agua, que su brazo quedó paralizado y lo dejaron siete días sin comer, hasta que estaba tan débil que no podía ingerir alimentos aunque se los pusiesen enfrente. No le permitieron bañarse ni cambiarse de ropa en todo el cautiverio, y su único retrete era una lata de querosene. Michellangelo sufrió gripe, fiebres y malaria. Otros testimonios afirman que a los muertos dentro de la cárcel se les dejaba ahí hasta pudrirse, y que la única agua disponible para beber era la que usaban para bañarse los tuberculosos. No había ninguna asistencia médica y las únicas visitas permitidas eran las de chinches y liendres. Pero papá nunca habló de eso.
A mi madre, el gobierno no le dio ninguna explicación. No hubo una denuncia formal, ni siquiera una carta. Tuvo que enterarse por el Departamento de Estado de los Estados Unidos -que lo había averiguado por sus servicios de inteligencia- de que los hombres de Trujillo habían sacado del avión a papá y lo habían encerrado en la cárcel acusado de conspirar contra el gobierno. A mí me decía que papá estaba de viaje y volvería pronto, y se pasaba las noches en vela a mi lado, como si yo también pudiese ser secuestrada.
Ningún libro puede expresar en su totalidad las vivencias cotidianas de quienes están involucrados en esas circunstancias. Para mi madre, que había sido criada a la antigua y tenía poco interés por la política y los negocios, la noticia de la detención fue un directo al corazón. Para protegerla, mi padre no le había dicho ni una palabra de lo que ocurría. Su primera reacción fue pensar que se trataba de un error.
– Esto tiene que ser un malentendido -decía a los diplomáticos americanos.
– Lo peor, señora, es que no -respondían ellos.
La embajada norteamericana reportó a su país que Minetti era un hombre conocido por su discreción y por la propiedad con que se conducía en sus funciones consulares, cuya detención se debía a móviles políticos. El informe era cierto, pero ocultaba el hecho efectivo de que existió el complot. Si la embajada sabía o no de la participación de papá, es algo que quedará siempre en el limbo de la ambigüedad diplomática. Lo cierto es que con su defensa de mi padre, se defendían también los intereses de multinacionales como Ford Motors, cuyo concesionario era papá. Porque tras la captura de los conspiradores, el gobierno dominicano dio una ley con nombre propio y efecto retroactivo que adjudicaba al Estado la administración de todos sus bienes.
Estados Unidos, Italia e incluso la Alemania de Hitler comenzaron a presionar. Las potencias percibían la detención de papá como un ensayo del gobierno por encarcelar a sus competidores -incluso extranjeros- para quedarse con sus bienes. Se sabía que otros extranjeros como Mitchell estaban en la mira, y Minetti era la llave de esa prometedora caja de caudales.
El proceso judicial -como todos los procesos políticos de la época- fue una farsa. Alguien, quizá algún invitado de aquella vieja cena, había entregado a los conspiradores, pero en poder de la acusación no obraba ni una sola prueba. Tampoco se mostró un gran interés por conseguirlas, pues para condenar a los enemigos de Trujillo bastaba una sospecha. El juicio se realizó un mes después del arresto y no tomó más de quince minutos. La sentencia, que ya estaba mecanografiada antes de empezar la sesión, condenó a papá a cuatro años de prisión. Ninguno de los esfuerzos diplomáticos bastó para que un abogado pudiese visitar a mi padre, ni siquiera para que hubiese testigos durante el veredicto.
Mamá siempre había sido una mujer muy fuerte, pero tras cerciorarse de que ella misma tendría que asumir una enorme responsabilidad si quería volver a ver a papá, su ánimo se robusteció aún más. Casi vivía en las legaciones diplomáticas, buscando una salida, un salvoconducto, un arreglo judicial o extrajudicial. Cuando todo hubo fracasado, ella no se rindió. Por el contrario, decidió transmitir ese coraje a mi padre. Fue a verlo para pedirle que resistiese y hacerle saber que estaban haciendo todo lo posible. Las visitas, por supuesto, no estaban autorizadas. Ella lo sabía pero le daba igual. Bajó del coche sin dudarlo y se acercó a paso firme a la puerta de la fortaleza. Ahí, un guardia se le acercó:
– Señora, no puede estacionar en esta zona.
Ella se volteó hacia el chofer.
– Espérame ahí mismo, que ya salgo.
Y continuó caminando. El guardia trató de insistir, pero mi madre siguió adelante sin mirarlo siquiera. Entonces se acercó al chofer y le explicó lo mismo, ya no con los modales que una dama requiere sino con la simple insolencia con que un hombre armado se dirige a un civil:
– Oye, sal de acá, coño, que no te puedes quedar.
El chofer se bajó del coche y le respondió:
– Mira, mi hermano, yo sé que tu jefe tiene cojones, pero la mía da una orden y yo no me atrevo a negarme. Si quieres que me vaya, habla con ella.
El soldado siguió gritando con acento marcial, pero no había remedio. El único modo de sacar el coche era con una grúa o una orden de mi madre, que ya estaba en la puerta. Ahí, un sargento se cuadró y le pidió sus documentos de identificación. Una vez más, ella avanzó murmurando algo así como «muchachito insolente, a mí no me vas a levantar la voz». Ya en el portal, los soldados de guardia cruzaron sus fusiles frente a ella. Ella pasó por debajo de las armas y entró en el recinto. Los soldados se habían quedado tan sorprendidos que no atinaban a nada. Adentro, un grupo hacía prácticas físicas y ella pasó enfrente de todos sin que supiesen quién era. Al fin, apareció el comandante dando gritos:
– ¡Pero bueno! ¿Quién es esa señora?
Los guardias dijeron:
– Una loca, definitivamente.
– ¿Y qué hace ahí, que no la sacan?
– No sabemos. No se deja sacar.
A todo esto, mi madre había llegado ya a la torre y la rodeaba llamando a mi padre en voz alta. El comandante, furioso, reprochó la falta de hombría de sus subordinados y se acercó a ella.
– ¡Señora, usted no puede estar aquí!
– Pues mire usted, ya estoy.
Los soldados miraban al comandante con el gesto marcial y la sonrisa en los o j os.
– Lo siento, pero voy a tener que expulsarla.
– Ajá -dijo ella sin resultar retadora, como si fuese lo más normal del mundo-. Tendrá que hacerlo por la fuerza. ¿Es tan hombre como para golpear a una mujer?
El comandante se vio de repente ante una situación sin salida. No podía sacarla a patadas ni dar esa orden a los mismos soldados a los que había reprochado su falta de autoridad. Cinco minutos después, la supuesta loca estaba hablando con papá a despecho de los fracasos de las potencias internacionales, mientras el comandante amenazaba a sus hombres con encerrarlos en la misma fortaleza si alguien se iba de la lengua.
Mi padre recibió la visita como un bálsamo. Resistía las inhumanas condiciones de la prisión con toda la dignidad que le era posible, con la mirada limpia y la moral alta. Tuvieron un encuentro breve pero emotivo. Aparte de las preguntas de rigor por la familia y del mensaje de ánimo, casi no hablaron. Pero a ambos, la entrevista les permitió renovar sus fuerzas y su confianza en que las cosas mejorarían. Al final, se despidieron mandándose besos y, esta vez sí, los soldados tuvieron que arrastrar a mamá del brazo hasta la puerta. Cuando salió, el guardia de la calle seguía hablando con el chofer, pero había cambiado de tono:
– Por favor, hermano, si el comandante te ve aquí, me voy a meter en un lío. Por favor, muévete…
Mi madre volvió a subir al auto y el chofer le hizo una seña de camaradería al guardia. Luego se fueron tan tranquilos. Porque a ella no había manera de detenerla.
Finalmente, cuando papá llevaba cuarenta y cinco días en la cárcel, la ayuda vino de donde menos se la esperaba. De un italiano llamado Benito Mussolini. Ya he dicho que papá era cónsul de Italia, pero debo añadir que no era cualquier cónsul. Había estudiado esgrima con el conde Ciano, que se convertiría en yerno y canciller de Mussolini, y mantenía con él una relación cercana a pesar de la distancia.
El 15 de mayo, el New York Times publicó un titular que decía: «Italia amenaza a Santo Domingo». Ante la inoperancia de las gestiones diplomáticas, Mussolini se había enfurecido y había asegurado que mandaría un barco a las costas dominicanas si no se liberaba a su cónsul de inmediato. La advertencia no sólo asustó a la República Dominicana sino, sobre todo, a los Estados Unidos, que temían un desembarco en costas tan cercanas.
Para aumentar la presión, Mussolini envió a la República Dominicana un representante personal, un camisa negra gordo y con porte autoritario llamado Migliavata, que hacía sonar sus botas militares más fuerte que las del Chivo, y que llegó a la entrevista de muy muy mal humor. Era la última conversación que Italia ofrecería a Trujillo.
– General Trujillo -dijo el italiano nada más entrar-, nuestro Duce se está impacientando. Usted ha violado la inmunidad de un funcionario diplomático.
– ¡Pero si es un conspirador! -respondió el Chivo.
– Eso lo podríamos saber si hubiese tenido un juicio más regular. En las circunstancias de su condena, dudamos de la veracidad de las acusaciones.
– No hemos hecho nada que no hayan hecho ustedes con sus enemigos políticos.
– Fingiré que no he entendido esa insinuación, general.
– Quiero decir que un régimen fuerte no puede dejarse espantar por…
– ¿Por un cónsul de otro régimen fuerte? ¿Quiere usted decir que la detención de Minetti implica un desafío a la Nación Italiana en su conjunto?
Trujillo sudaba y, cuando se veía perdido, sonreía.
– De ninguna manera, cónsul. Buscaremos una salida. Yo me ocupo.
Eso podía significar que resolvería el problema, o también que mandaría matar a papá.