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«Las cosas y los actos son como son,
y sus consecuencias serán las que tengan que ser; ¿por qué entonces deseamos ser defraudados?
Obispo Butler
Supongo que ya soy mayor, ¿O la palabra «adulto» sería mejor, más… adulta? Si vinieran a hacerme una encuesta, irían poniendo las cruces en todas las casillas convenientes. Me sorprende lo bien camuflado que estoy. Edad: treinta / Casado: Sí / Hijos: Uno / Trabajo: Sí / Casa: Sí / Con préstamo: Sí / (Hasta aquí sólido como una roca) Coche: Discutible / ¿Miembro de un jurado alguna vez?: Una vez, en la que se declaró al acusado inocente tras una larga discusión sobre «dudas razonables» / Animales domésticos: No, porque lo ensucian todo / Vacaciones en el extranjero: Sí / Perspectivas: Mejorar el nivel económico / Felicidad: Oh, sí; ahora o nunca.
Compongo semejantes testimonios en mi cabeza durante las escasas noches en que el sueño me falla y el pánico campa por sus respetos en mi mente. Aunque, a veces las categorías pueden ser diferentes: más torvas y dinámicas, elegidas para ahuyentar los tornadizos miedos de la noche. Saludable, raza blanca, británico, acabo de hacer el amor, no soy pobre, no tengo defectos físicos, no estoy acosado por la religión, no soy paranoico por exceso de nervios o emociones. Es curioso cómo la lista iba corriendo el velo ante los rechazos; pero los rechazos proporcionan el consuelo adecuado si ya estás en la cama al lado de tu mujer, mientras abajo, con un ruido sordo y tranquilizador, la nevera cambia de marcha. Me siento aliviado de nuevo, satisfecho de estar en mi piel.
Adulto, sí, eso es un consuelo que también lo abarca todo. Al menos, concluyo que debe serlo. Hace pocos años era una preocupación que me agobiaba. ¿Por qué no había descubierto ninguna luz verde o alguna señal desde los boxes, algún saludo celestial (no demasiado público) que me informara de que ya he llegado? Este sentimiento, sin embargo, comenzó a desaparecer; en gran parte porque nadie me desafiaba. Nadie aparecía diciéndome: Tú has eludido ese problema, ergo no eres un hombre, regresa y empieza otra vez con un nuevo sistema de principios, ventajas y desventajas. Solía pensar que estaba a punto de suceder y que la sentencia se me vendría encima sin equívoco posible, pero la gente es indulgente. A veces, sospecho que el concepto de la madurez se mantiene gracias a una conspiración de indulgencias.
Y hay otras formas de calmar los miedos nocturnos. De vez en cuando, despierto en la cama mientras afuera, en la oscuridad, una nueva fecha aparece en el calendario, me vuelvo hacia Marion, que está durmiendo despatarrada y con la cabeza casi colgando de la cama. Trastornado, torpe como un pato maniobro cautelosamente hacia su camisón, que se le enreda en las piernas mientras se acurruca para acabar durmiéndose otra vez. El ardid (¿está Marion consintiendo calladamente?) tiene por finalidad poseerla, y despertarla poco a poco con algo más fuerte que un beso. Esta vez se agita con más renuencia de lo habitual.
– ¿Qué pasa?
– Adivina -digo entre risas.
– Hmm.
– MMMMMMM.
– ¿Qué día es, Chris?
– Domingo.
– Estoy muy cansada.
– Bueno, no quería decir domingo/lunes, querida. Es, hum, sábado/domingo. Las doce pasadas. Las cero treinta, exactamente.
Este pedantesco jugueteo inicial nos provoca risitas tontas y dulces.
– Hmm.
Separa suavemente los muslos, extiende su mano libre entre ellos y me atrae hacia sí. La conversación cesa. Nos dejamos ir entre gemidos.
Después, (esa palabra que todavía se caracteriza por su elasticidad) nos separamos, somnolientos, sintiendo que lo compartimos todo. Pienso que estos momentos son los más felices de mi vida. La gente dice que la felicidad es aburrida; para mí, no. También dicen que toda la gente feliz es feliz de la misma forma. Qué importa; en cualquier caso, en momentos como este no me interesan las discusiones bizantinas.
¿Cuándo se acaban las teorías? ¿Y por qué? Dígase lo que se diga, para la mayoría de nosotros se terminan. ¿Las mata un único acontecimiento decisivo? Para algunos, quizá. Pero, normalmente, mueren por desgaste; lenta, circunstancialmente. Y después, te preguntas: ¿de todos modos, nos las tomábamos en serio?
Los domingos por la mañana salgo temprano de casa. Giro a la izquierda, ante unas casas prudentemente distanciadas entre sí: Ravenshoe, con su alfombra de flores de castaño de indias sobre el pavimento; Vue de Provence, con sus persianas verdes; East Coker, con su ridículo garaje. Todas tienen los nombres grabados con letras góticas sobre tableros clavados a los árboles.
Atravieso el campo de golf, contemplando una pelota mañanera que se empapa de rocío mientras rebota para detenerse, en seguida, brillando. Me gusta este sitio. Me gusta esta perspectiva húmeda, diferente. Desde lo alto del cuarto hoyo se puede seguir con la mirada las minúsculas figuras que arrastran sus carritos por el césped, deshaciéndose en múltiples rayas de color al contacto con la lluvia.
Desde aquí los gritos de advertencia casi para uno mismo de «Ahí vaaa!» parecen distantes y cómicos (sonrío al recordar el rugido con el que Toni replicaba «puuutaaa»). Más abajo, presuntuosos trenes plateados desfilan produciendo un sonido similar al de un telar. Las ventanas te deslumbran al reflejar el sol, como si unos niños jugasen con espejos. Las iglesias les recuerdan a otros que tienen que levantarse y rezar.
Es realmente irónico volver a estar en Metrolandia. De niño seguramente lo hubiese llamado: le syphilis de l'âme, o algo así. ¿Pero hacerse hombre no es ser capaz de cabalgar sobre la ironía sin que te descabalgue? Además, es un lugar práctico para vivir. Al lado de la tienda de discos hay una tienda en donde venden huevos tan frescos que aún están llenos de mierda y paja. A dos minutos de la peluquería donde va Marion, se pasean unos cerdos sobre capas de estiércol. A cinco minutos en coche ya estás en el campo, donde sólo los postes de electricidad recuerdan la vida en la ciudad. De niño, cuando pasábamos en coche ante estos postes, le daba un codazo a Nigel para que dejase su revista de ciencia ficción y le susurraba al oído: «Mira, chicas desnudas gigantes.» Hoy, cuando paso ante ellos, todavía recuerdo el poema de Auden, pero lo encuentro inexacto y demasiado emocionado.
¿Cuándo se acaban las teorías? De pronto recuerdo una vez, al principio de mi relación con Marion, una excursión que hicimos en coche una noche muy fría de diciembre. Acabamos deteniéndonos en el aparcamiento de un cine, dejamos la calefacción en marcha y nos pusimos a hablar.
Hablamos tanto tiempo dentro de su Morris Minor descapotable que todavía recuerdo de izquierda a derecha todos los controles del tablero.
– ¿Y?
Era la forma en que Marion iniciaba siempre nuestras conversaciones. Era su primera palabra tras el ruidoso deslizarse del freno de mano.
– ¿Y? Pues que aún te quiero.
– Ah… Bueno.
Un beso; otro; un demorarse por debajo de su mejilla.
– Tanto como ayer.
– Bien. ¿Y?
– Su barbilla era bien firme, me di cuenta. No era sólo que el jersey de cuello alto la resaltara.
– ¿No es bastante?
– Probablemente, para mí sí. Pero no para ti.
– ¿…?
– Y por consiguiente, al fin y al cabo para mí tampoco.
– Mierda. ¿Ya vuelves a lo de Le Petit Coq otra vez?
Ese fue el café de París donde por primera vez sentimos -y yo casi temí- nuestro mutuo interés.
– ¿…?
– ¿Qué quieres que diga?
Yo quería saberlo de verdad; o casi.
– Bueno, no quiero que digas algo sólo porque creas que lo quiero oír -(Era bastante razonable, ¿pero por qué no era todo más fácil? Creía que cuanto más se quiere a alguien más fáciles son las cosas. Había tantas trampas como siempre.)
– ¿Es esa pregunta? -La pregunta que siempre surgía desde ángulos diversos.
– Necesito sentir que lo piensas.
– Lo pensaré. ¿Quieres casarte conmigo?
– Lo pensaré.
– Me gustaría creer que ya lo habías pensado.
Hablamos y nos besamos. La gente salió del cine y vació el aparcamiento. No pudimos poner el coche en marcha: la calefacción había agotado la batería. Al final llegó un mecánico, y al ver el vapor en las ventanas, comentó reprendiéndonos:
– Tan sólo un caso de recalentamiento, señores.
Toni no vino a la boda. Recibí una carta en la que explicaba que por una cuestión de principios era incapaz de asistir. Eso era lo que decía la primera línea, en todo caso. No me tomé la molestia de continuar leyendo y la tiré. Dos días más tarde me llamó por teléfono.
– ¿Bien?
– ¿Bien, qué?
– ¿Te gustó la carta?
– No la leí.
– Joder, ¿por qué no? Quiero decir, si no te interesa ahora leer un cuidadoso argumento en contra del matrimonio, ¿cuándo te va a interesar?
– Bueno, lo curioso del caso es que ahora me interesa menos que en otras ocasiones. ¿Querías un épato qué?
– Coño, claro que no. Ya superamos eso, ¿no? Pensé que apreciarías una cierta mirada histórica sobre lo que pretendes llevar a cabo.
– Qué detalle.
– No me malinterpretes. Me gusta mucho Marion, lo sabes. Aunque no es mi tipo, por supuesto…
– Bueno, ya es un alivio… aunque supongo que algunas circunstancias históricas impedirían que me la arrebataras.
– No te entiendo.
– Pues vete a la mierda, Toni.
– La verdad no sé por qué te estás cabreando.
– Bueno, entonces uno de nosotros dos es estúpido.
– De todas formas, es interesante, ¿sabes? El otro día busqué el significado de mariageen un diccionario gabacho. ¿Sabías que todas las expresiones que se citaban tenían connotaciones negativas?: mariage de convenace, d'intérêt, blanc, de raison, à la mode…, etcétera.
– ¿Mariage d'inclination?
– Te equivocas.
– No. -Y colgué.
Y luego, recuerdo una mañana encapotada hace seis años. A las 11:30. De pie en la acera ante el juzgado de Kennington, con un pequeño y agudo dolor en la espalda y uno enorme e inconfundible en el estómago. Marion y yo estábamos uno al lado del otro intentando mantener unas sonrisas plausibles y mirando ansiosamente de soslayo para ver si alguien había traído arroz ignorando nuestra prohibición. Algunos amigos con cámaras intentaban hacernos reír para fotografiarnos en poses ridículas. Marion posó como si estuviese embarazada, poniendo los pies para dentro, tirándose hacia atrás y pretendiendo sentir náuseas. Alguien (creo que Dave) trajo una pistola de anticuario, e intentamos persuadir a los transeúntes con edad adecuada para que posaran apuntándome. El problema era que nadie que pareciese lo suficientemente respetable como para ser el padre de Marion se atrevía a cometer el sacrilegio que se le pedía. Al final, una especie de vagabundo que arrastraba sus pertenencias en un carrito de la compra pasó por allí, y conseguimos que se pusiera de espaldas al objetivo, apuntándome. Después tuvimos que pelearnos con él para que nos devolviera la pistola, pues pareció considerarla como propina.
Cuando volvimos al piso de Marion a cambiarnos para la fiesta (el pacto con nuestros padres fue una fiesta «como debe ser» a cambio de una ceremonia como la que queríamos nosotros), descubrí la razón del dolor en mi espalda: un alfiler que me pasó desapercibido al desempaquetar mi nueva camisa blanca. En cuanto al otro dolor, el errante e indómito que afectaba mi estómago, me preguntaba, mirando el rostro amable, dulce, fuerte, feliz y adorable de Marion, si era miedo.
Marion me consiguió mi primer empleo de verdad. Por entonces, era profesor suplente en Wandsworth: veinticinco libras a la semana por el privilegio de que distintos niños de diferentes cursos me pincharan las ruedas de la bicicleta cada semana, y el de que quinceañeros musculosos me preguntaran si era marica. Ni siquiera el apoyo de Toni (le encantaba que la gente tuviera trabajos que odiaba: lo llamaba «levadura social») pudo aliviar mi furioso aburrimiento. Afortunadamente, Marion venía a verme a mi aséptica habitación alquilada; y yo me tumbaba mirando a través del velo de su cabello las manchas de humedad del techo.
Un día que ella estaba husmeando entre las notas de un tablero de anuncios de trabajo leyó: «Ewart Porter necesita aprendiz de escritor publicitario: 1.650 libras al año, posibilidad de aumento de sueldo cada seis meses. Simpático, capaz de amoldarse…» y todas las típicas perogrulladas.
– No es exactamente lo que tenía pensado.
– ¿Acaso lo de ahora sí?
Para mi asombro me contrataron. Y para mayor un asombro, me gustó el trabajo. El desdén de Toni fue neutralizado por la aprobación de Marion. Además nunca me pareció un trabajo. Era como si te pagasen por hacer deporte, o crucigramas, y uno se volvía alegremente competitivo durante las grandes campañas. Recuerdo que colaboré en el lanzamiento de una nueva margarina llamada Lift,[7]que, como era de suponer, justificó ampliamente nuestra broma de oficina, cuando decíamos que las ventas no despegarían del suelo. Queríamos superar todos los eslóganes de las margarinas rivales: «Se extiende como una caricia» era el lema que adoptamos como prototipo de lo memorable. Trabajamos en cosas como: «Déle vuelo a su cocina» (un astronauta con pastelitos esponjosos), «¿Sube? Venga conmigo» (un botones ante su ascensor con pastelitos esponjosos), e incluso -para una oferta especial – «A caballo volador no le mires el diente» (potro saltando vallas con pastelitos esponjosos). Era ridículo pero divertido. Además, nunca me pareció una profesión peligrosa. Decían que había poetas y novelistas en el mundo de la publicidad; aunque nunca podía recordar sus nombres cuando me preguntaban. Sabía que Eliot trabajó en un banco.
Tres años después, a través de Dave, conseguí un trabajo en la firma Harlow Tewson. Era una empresa que acababa de fundarse, pero sus regalos, cuyo diseño ya había demostrado tener gancho, no faltaban en ninguna cocina con suelo de corcho, en ningún cuarto de baño con paneles de pino ni en ningún llamativo Renault 4. He preparado las ediciones de estos libros durante cinco años sin arrepentirme. Tampoco me ha hecho sentir despreciable: no estamos en contra de ganar dinero, pero contratamos buenos profesionales y editamos buenos libros. En estos momentos, por ejemplo, trabajo en un libro sobre la pintura renacentista italiana: se publicará coincidiendo con la emisión de una serie televisiva de documentales dramáticos basados en Vasari. Toni -que se opone a la idea de que los artistas tengan una vida además de una obra- ya ha pensado por nosotros los títulos de los capítulos: Buonarotti descarga un mazazo, Leonardo consigue Fortuna, Sandro folla, Masaccio…, etcétera. Siempre hay etcéteras con Toni.
– ¿Qué haces cuando te vas a pasear, Chris?
(En otro tiempo habría contestado, no sin honestidad, pero un poco escurriendo el bulto: «Para tu deleite, tonificar los músculos», o algo así. Pero ya he abandonado -creo- las verdades a medias, como he abandonado mi interés por la metacomunicación: maravillosa en teoría, pero no demasiado fiable en la práctica.)
Supongo que meditar un poco.
¿Sobre qué?
Ella parecía ligeramente preocupada, como si pensara que tendría que hacer lo mismo pero le faltara tiempo. -Oh, sobre todo en profundas trivialidades.
– En todo. El pasado, el futuro; en todo. Como una especie de confesión laica. Rezo, amo y recuerdo.
Otra vez, una sonrisa preocupada. Se acercó a mí y me besó. Me pareció que quería metacomunicarme el hecho de que quería besarme (y por una vez dejé que me observara).
– Te quiero -dijo, suspirando sobre mi hombro.
– También yo te quiero, así de frente.
– Magnífico.
– Y de espaldas.
Marion dejó escapar una risita. En el matrimonio, se dice, todos los chistes malos son buenos.
Otra de las reconfortantes listas que elaboro es la lista de razones por las que me casé con Marion.
Porque la quería, por supuesto.
¿Por qué la quería, entonces?
Porque era (es) sensata, inteligente, guapa.
Porque no usaba el amor para descubrir el mundo: no miraba a la otra persona (supongo que me refiero a mí) como herramienta para obtener información.
Porque tardó en acostarse conmigo, pero no se resistió con principios remanidos; y después no demostró arrepentimiento alguno.
Porque en el fondo, pienso, a veces, me inspira cierto temor.
Porque una vez le pregunté: «¿Me querrás pase lo que pase?», y ella contestó: «Tú te has vuelto loco.»
Porque era la hija única de una familia bastante rica. «El dinero no es el combustible del amor -dijo Auden-, pero proporciona excelente leña.»
Porque tolera que haga sin descanso listas como esta.
Porque me quiere.
Porque si es verdad, como observó Maugham, que la tragedia de la vida no es que mueran los hombres sino que dejen de amar, entonces Marion es una persona de quien uno podría incluso dejar de estar enamorado; tendría sus compensaciones.
Porque dije que la quería, y no hay posibilidad de volverse atrás. No pretendo ser cínico. Según la ortodoxia, si un matrimonio se funda sobre algo que no sea la verdad absoluta, ésta siempre acabará por salir a la luz. Yo no me lo creo. El matrimonio te aleja de la verdad, no te aproxima a ella. Tampoco aquí quiero ser cínico.
No veo demasiado a Toni últimamente. Todavía sentimos nostalgia de nuestra amistad, pero nos damos cuenta de que nuestras vidas siguen caminos distintos. Después de Marruecos se fue dos años a los Estados Unidos (del kif al kitsch, como decía él); regresó, dio clases de filosofía y se consagró como crítico literario académico y cruel; había publicado poemas y dos libros de ensayos, y se mezclaba cada vez más en política. Ahora vive con una chica, de cuyo nombre no nos acordamos nunca, en la parte menos elegante de Kensington que fue capaz de encontrar. La última vez que vino a comer, invitamos también a su «mujer»; pero dijo que vendría solo.
– Siento que Kelly no haya podido venir -dijo Marion mientras nos sentábamos a tomar un aperitivo.
– Kally. La verdad es que creemos más conveniente tener amistades por separado.
– ¿Quieres decir que no querías que nos conociera, o que ella no quería venir? ¿Cuál de las dos cosas?
Toni pareció un poco sorprendido. Creo que piensa que Marion no tiene carácter porque es tranquila.
– No, probablemente le gustaría conoceros. Es sólo que cada uno tiene sus amigos.
– ¿Le dijiste que la habíamos invitado?
– La verdad es que no.
– Así que nosotros tampoco tendremos posibilidad alguna de conocerla.
– No te pongas pesada, Marion. -(Pronunció su nombre con exagerada lentitud)-. La cosa está bastante clara, ¿no?
– Totalmente. Me vuelvo a la cocina.
Fue un poco violento; siempre olvido durante los intervalos de tiempo en que no nos vemos lo terco que se ha vuelto Toni. Pero la verdad, bastaba mirarnos para ver por dónde iba cada uno. Yo llevaba un suéter sin cuello, pantalones de pana y zapatos de ante. Toni vaqueros de marca, un chaleco de algodón, una camisa ingeniosamente arrugada y una especie de anorak; el pelo cuidadosamente despeinado; y la estropeada bolsa que le colgaba del hombro contenía, supongo, montones de cosas que yo no había necesitado nunca. Seguía siendo moreno, judío y activo, y se afeitaba dos veces al día; noté que últimamente había comenzado a depilarse la zona en donde antaño se le juntaban las cejas. También parecía hablar de un modo algo diferente de como yo recordaba: el acento era el mismo, pero la gramática y el vocabulario se habían vuelto más populares.
La combatividad de Toni era de esperar, ambos éramos así en el colegio. Lo que pasa es que yo no esperaba que complicase tanto una simple invitación. Después de aquella conversación algo tensa nos sentamos a comer. Amy estaba subida en su silla alta a la izquierda de Toni, con su babero amarillo atado al cuello. Toni, inmediatamente, inició una aparatosa comedia poniéndose el anorak y apartándose unos centímetros a la derecha para salir de lo que llamaba campo de lanzamiento.
– Nunca se sabe cuándo van a lanzarte algo -nos dijo con toda la autoridad de quien no tiene hijos. No se refería a vomitar, de todas formas.
– Es buenísima -dijo Marion con firmeza-. ¿Verdad, angelito? Excepto cuando tiene una flatulencia, claro.
Toni simuló amedrentarse.
– ¿En qué se parecen un bebé y una cagada frustrada? -Marion frunció el ceño; yo dije que no lo sabía-. En que los dos son una mezcla de pipí y pedo.
Marion le pasó la sopa sin comentario alguno. Toni aprovechó la ocasión para alejarse todavía unos centímetros más.
– No, nunca se sabe. Por eso siempre visto ropa anti-be-bé. -(Sacudió la manga de su anorak)-. Lo llevo cuando sé que va a haber bebés, en los barrios bajos y para cuidar el jardín. Ah, y para sacarle dinero al Arts Council.
– Aquí entramos en las dos primeras categorías, supongo -dijo Marion, irritada con razón.
– Naturalmente.
Toni se volvió hacia Amy y le dedicó una sonrisa de payaso.
– Ta, ta, ta -le soltó, parodiando toscamente a un tío muy cariñoso-. Yo sé quién tiene muy buena puntería. Venga, escúpele algo a Toni.
Levantó la manga a modo de invitación.
– Está buenísima, cariño -intervine yo, incómodo, levantando la cuchara sobre la sopa de berros.
Marion esperó a que Toni confirmara ese juicio, pero estaba demasiado ocupado llenándose la boca de pan.
– Háblanos de ti, Toni -dijo ella tras una pausa.
– Ah… Me voy a hacer la vasectomía… Tengo que acabar de una vez por todas con ciertos gastos frecuentes. Escribo guiones para una compañía de títeres. Estoy intentando que los fascistas locales del partido laborista se bajen del burro. Estoy haciendo un ensayo sobre Koestler que se titulará «Un estudio sobre la duplicidad». Y como gratis en casa de unos cuantos amigos del colegio.
– Y sus esposas -corrigió Marion.
– Y sus deliciosamente irónicas aunque algo impertinentes esposas.
Aquí, Amy produjo un sonido raro. Tosió y se puso a devolver pacíficamente: un flujo lechoso fue cayendo sobre su bandeja de plástico. Toni recibió su triunfo con grandes risas. Amy le contestó con un gorjeo. Toni se cubrió bien con el anorak y todos nos relajamos. Una vez que nos adaptamos a su aparente rudeza y solipsismo, nos llevamos bastante bien. Marion se había lamentado de que Toni fuera tan poco sensible. Le contesté que se trataba más bien de un escritor que decía todo el rato lo que pensaba.
– Tenía entendido que los escritores eran más y no menos sensibles que la otra gente -respondió ella.
Existe una diferencia entre sensibilidad y educación, creo que dije; y no puedo recordar si yo mismo me quedé convencido.
Después de comer, Toni y yo fuimos a dar un paseo por el jardín. El ignoró las «escapistas» flores, y me interrogó sobre la calidad del suelo, las variedades de las verduras, la cosecha que cabía esperar. Un año que pasó en una granja cooperativa experimental en Gales parecía haberle dado cierto conocimiento empírico, pero poca comprensión de los principios hortícolas.
– Así que esto es todo lo que hay, ¿eh? -me preguntó con una sonrisa sarcástica mientras mirábamos una hilera de nabos-. Así que esto es todo lo que hay.
Creí oportuno desviar la cuestión hasta que me pareciese más clara. Le respondí con otra pregunta.
– Estás mucho más… politizado que antes, ¿no?
– Soy más de izquierdas, si te refieres a eso. El hombre siempre es político.
– Vamos. Durante la adolescencia éramos totalmente pasivos. Totalmente cínicos y desinteresados, ¿no te acuerdas? Era el arte lo que nos importaba, ¿no? Nosotros somos el motor y la agitación, ¿no te acuerdas de ese énfasis en «nosotros»?
– Recuerdo que éramos totalmente conservadores.
– No creo que eso sea cierto en absoluto. Odiábamos a los peces gordos. Y al bon bourgeois. Le Belge est voleur… -empecé yo, pero no pude acordarme del resto.
– Sentíamos apatía y aversión, de acuerdo, pero ésos son los principios fundamentales de la plataforma conservadora. Joder, ¿no te acuerdas de Cuba? ¿Qué hicimos entonces? Estábamos tan encantados con Kennedy como si fuera Robert Ryan en The Battle of the Bulge. -(¿Acaso no era así?)-. ¿Y qué fue lo que pensamos de Profumo? Nos daba envidia: ése fue el resultado de nuestro análisis de la crisis sociopolítica.
– Pero la poesía no hace que sucedan cosas -dije con la cadencia de un hombre razonable.
– Esa es la jodida verdad. Así que si quieres que pase algo no escribas poesías. Yo no sé por qué lo hago. Supongo que para dejar de hacerme pajas un rato. El otro día ojeaba un libro de poemas en una librería y no pude pasar del prefacio. Decía: «Este libro fue escrito para cambiar el mundo.» No hay palabras para decir lo jodidamente irónico que suena.
– ¿Por qué te acaloras tanto?
– Porque la razón de que la poesía no haga que pase nada es que esos mismos peces gordos se lo impiden.
– ¿Quién se lo impide? ¿Qué peces gordos? Venga, concreta.
– Unos imprecisos peces gordos hijos de puta. Peces gordos escurridizos. Porque la poesía la presentan como un programa de televisión a altas horas de la madrugada para una minoritaria afición desconocida… como la del esquí acuático, la que folla con cabras o cosas por el estilo. ¿Quién lee poesía? ¿A quién le han dicho que sirve para algo?
– Publican mucha en la prensa.
– Ja, cuanta más, menos. Eso no son sino parches. Llaman a cualquier gilipollas domesticado y le dicen: «Oh, Jonathan, ¿podrías mandarnos un poema de tantos versos para esta semana?», o: «Me temo que nuestro crítico de ballet se ha torcido la muñeca escribiendo mayúsculas, ¿podrías escribir algo largo en versos cortos? Con rima, por favor, ya sabes que a nuestros lectores les gustan las rimas.»
– Me parece que eso no es muy justo. -(Francamente, pensé que era paranoia, el enconado despecho de un escritor sin éxito.)
– Por supuesto que no es justo. -(Toni pronunció «justo» con el sarcasmo que normalmente reservaba para «conservador»)-. Pero es así como funciona. Pregunta qué poesía tienen en una biblioteca y sólo encontrarás baladas campestres o cosas de gilipollas ya muertos. ¿Qué tiene eso que ver con el presente? Y lo mismo con las novelas: todo son contrabandistas, aventuras de animalitos o historia.
– Y todos sabemos lo que es la historia -apunté yo nostálgicamente (más valía cambiar de tema, pensé).
– Las trampas de los vencedores. Exacto. Pero ¿por qué ya nadie se toma los libros en serio? Quiero decir, aparte de los académicos, y ¿qué coño hacen? No son más que críticos que dan a luz sus ejemplares con cien años de atraso. ¿Por qué todo el mundo se burla de un escritor cuando hace un comentario político? ¿Por qué todo lo que es de izquierdas se pone de moda antes de que se lea, y para entonces es ya una fuerza del conservadurismo? ¿Y por qué coño -(por fin pareció tomar aliento)-, por qué coño no compra la gente mis libros de mierda?
– ¿Demasiado sucios? -sugerí. Se rió, comenzó a calmarse, y se puso a elogiar otra vez el jardín.
– ¿Y por qué no has hecho tú nada, pez gordo en ciernes?
No le dije nada sobre mi proyectada historia del transporte en Londres.
– Oh, yo, caramba, me has cogido, yo estoy metido en la vida.
Se rió otra vez, aunque bastante compasivamente. O eso me pareció.
(Pero ¿acaso no es verdad que estoy -no más metido en la vida, no lo diría así -, que soy más serio? En el colegio me hubiese calificado de serio a mí mismo, cuando en realidad tan sólo era un exagerado. En París me consideré serio -imaginaba, de verdad, que me encaminaba a una síntesis grandiosa entre la vida y el arte-, pero probablemente no hacía más que atribuirle una importancia desmesurada y legitimadora a un placer irreflexivo. Hoy, soy serio respecto a diferentes cosas. Y no temo que mi seriedad se desmorone bajo mis pies.)
– Quieres decir que ya no vives en una habitación alquilada -fue el comentario de Toni cuando hube parafraseado todo esto.
Ahora estábamos al fondo del jardín. Mirando a través del enramado que formaban los tronquitos de las judías, uno podía intuir la buhardilla en lo alto de la casa: un día sería el cuarto de Amy, o quizá de su hermana.
– Bueno, hasta cierto punto. Es una satisfacción saber que no se tienen goteras en el tejado.
– Cavernícola -murmuró Toni, imitando una de las voces que poníamos en el colegio.
– Y que tienes a tu familia a tu alrededor bajo tu protección.
– Machista.
– Y tener un niño. -(Normalmente no lo hubiese mencionado, porque la mujer de Toni había tenido hacía poco lo que él llamaba un trabajo de aspiradora; pero me sentía injustamente atacado.)
– Pues yo creía que había sido un desliz.
– Bueno, no es que fuéramos a buscarla. Pero eso da lo mismo.
– La verdad, creo que es una fórmula bastante extraña: si conseguimos que las fábricas de gomas de Londres den un alfilerazo en la punta de cada condón, la población será más madura: seria, consciente, hipotecada hasta los huevos. Hasta empezaría a comprar mis libros de mierda.
Seguimos andando y nos detuvimos ante los guisantes enanos.
– A propósito -dijo, moviendo el codo de arriba abajo con un gesto licencioso del pasado-, ¿has tenido ya alguna aventurilla?
Mi primera reacción fue decirle que no se metiera más que en sus cochinos asuntos. La segunda fue ignorar la pregunta. La tercera (¿por qué tardé tanto?) fue decir simplemente:
– No.
– Eso es interesante.
– ¿Por qué «No» es interesante? -(¿Con qué derecho me hablaba con tanta superioridad) -. ¿Quieres decir que te sorprende muchísimo que haya sido fiel durante seis años? ¿Que tú no habrías tardado más de una semana en ser infiel?
– No, lo que es interesante es la pausa antes del No. ¿Significa acaso: No, pero no me habría importado lo más mínimo? ¿No, pero estuve a punto la semana pasada? ¿No, porque Marion me deja totalmente exhausto?
– La verdad es que me quedé dudando: ¿Le rompo la cara? No, pensándolo mejor le diré la verdad. Me imagino que Kally y tú tenéis uno de esos acuerdos modernos.
– Modernos, viejos, no importa cómo les llames. Cualquier cosa antes que tu retorcida y anticuada aberración judeocristiana, rematada por el rechazo al sexo de los masturbadores Victorianos.
Clavó en mí una mirada desafiante.
– Pero es que yo no soy judío, no voy a misa y no me hago pajas; simplemente amo a mi mujer.
– Eso es lo que dicen todos. Incluso cuando no es verdad. Y lo podrás seguir diciendo cuando hayas tenido otra. Doy por sentado que sigues creyendo que cuando te mueres te has muerto.
– Por supuesto.
– Bueno, eso ya es un alivio. ¿Y cómo coño puedes soportar la idea de que hasta que te mueras no follarás nunca con otra mujer? ¿Cómo puedes soportarlo? Yo me volvería loco. Quiero decir que estoy seguro de que Marion es esto y aquello, y que te pone los talones en las orejas y que te deja más seco que una esponja, pero aun así…
Yo quería terminar esa conversación, pero la imagen que conjuró de Marion fue tan súbita, tan extrañamente dolorosa (¿cómo te atreves a pensar esas porquerías de mi mujer?). Además, ¿quién se creía que era para darme lecciones?
– No voy a entrar en detalles de cosas que tú sin duda ya has disfrutado, pero nuestra vida sexual -(me detuve, casi sintiéndome desleal)- es bastante…
Toni comenzó a mover el codo otra vez de arriba abajo.
– No me dirás…
Esta vez tenía que cortarlo en seco:
– Mira, sólo porque vivas en la Línea Metropolitana no quiere decir que no hayas oído hablar de…
Estaba indignado. Pero de pronto me sentí tan mortificado que no pude terminar la frase. Me asaltaban las imágenes que yo mismo había conjurado.
– Cuidado con lo que dices -dijo Toni encantado-, hablar de más puede costar una esposa.
– Y en lo que se refiere a no… acostarse con nadie más, no lo veo como lo ves tú. Cuando estoy en la cama con Marion no me paso todo el rato pensando: «Espero no morirme sin haberme enrollado con otra.» Y, en todo caso, una vez que te has acostumbrado al… caviar, no sientes una necesidad imperiosa de… merluza.
– Hay otros peces en el mar. Peces, peces, peces.
Toni no continuó, se quedó sonriendo, invitándome a hablar. Yo estaba irritado, tanto por mi insólita elección de la metáfora como por lo demás.
– En todo caso, no creo en esta nueva ortodoxia. Antes era: no andes follando por ahí porque tendrás mala suerte y cogerás una enfermedad venérea que transmitirás a tu mujer y tendréis hijos locos, como en la obra de Strindberg o Ibsen o quien fuese. Ahora es: folla por ahí todo lo que puedas o te convertirás en un pelmazo y no conocerás a nadie y acabarás siendo impotente con todas menos con tu esposa.
– ¿Cuál de las dos cosas es cierta?
– Por supuesto, ninguna. Sólo son prejuicios de moda.
– Entonces, ¿por qué te cabreas? ¿Por qué te inquietas tanto si sólo estás defendiendo lo que tú crees?
– Porque a la gente como tú les gusta machacar a la gente como yo y escribir libros sobre eso. ¿Te acuerdas de que cuando éramos niños a alguien se le ocurrió la teoría del adulterio como sostén del matrimonio? No digo que, en algunos casos, no sea una idea válida. Pero actualmente hay muchos más sistemas de andamiaje.
Toni se detuvo. Advertí que se avecinaba el contraataque.
– ¿Así que tú no eres un marido fiel por respeto, digamos, a la ley de Dios?
– Claro que no.
– Quizá debido a un imperativo categórico: ¿No folies, a menos que tu mujer lo haga?
– No, no soy posesivo de esa manera.
– Quizá no se trate en absoluto de una cuestión de principios.
Empecé a sentir recelo como si me guiaran hacia un redil y no supiera lo que iba a encontrar allí. Sin duda, conociendo a Toni, algo difícil de tragar. El prosiguió:
– ¿Lo has hablado alguna vez con Marion?
– No.
– ¿Por qué no? Pensaba que era de lo primero que hablaban las parejas.
– Para serte sincero, pensé en mencionarlo una o dos veces, pero no veo cómo puedes sacar el tema sin que la otra persona crea que estás ocultando algo.
– O más bien a alguien.
– Como prefieras.
– ¿Así que no sabes si le importaría o no?
– Estoy seguro de que le importaría. Lo mismo que me importaría a mí si fuera al revés.
– Pero ella tampoco te lo ha preguntado.
– No, te he dicho que no.
– Así que sólo es…
– …un presentimiento. Pero fuerte. Lo sé. Lo siento.
Toni suspiró con afectación. Ahora viene la parte más cruel, pensé.
– ¿Qué pasa? -(tratando de devolvérsela)-. ¿Acaso no estoy lo suficientemente interesado en el adulterio para tu gusto?
– No, sólo pensaba en cómo cambian las cosas. ¿Te acuerdas de que cuando estábamos en el colegio, cuando la vida iba con mayúsculas y era algo que nos parecía todavía inaccesible, solíamos pensar que la forma de vivir nuestras vidas era descubrir o deducir ciertos principios de los cuales poder extraer decisiones individuales? Era obvio para todos menos para los gilipollas, ¿no? ¿Te acuerdas de que leímos todos esos panfletos que escribió Tolstoi al final de su vida, tipo La forma en que deberíamos vivir? Me pregunto si te hubieses despreciado de saber que acabarías tomando decisiones basadas en presentimientos que podrías verificar fácilmente, pero que no te tomas la molestia de hacerlo. No es que lo encuentre particularmente sorprendente; sólo deprimente.
Hubo un largo silencio durante el cual no nos miramos el uno al otro. Tenía la sensación de que, esta vez, el esprit d'escalier tardaría más en llegar de lo normal. Finalmente, Toni continuó:
– Quiero decir que quizá yo también haya fallado. Supongo que tomo montones de decisiones que parten del egoísmo, que yo llamo pragmatismo. Supongo que de alguna forma he fallado tanto como tú.
Era como si después de ahogarme se hubiese quedado esperando a que mi cuerpo volviera a flote, para luego, a regañadientes, hacerme la respiración artificial.
Regresamos a la casa mientras le iba hablando de las plantas que encontrábamos por el camino.
Lo absurdo era que mientras Toni me ponía como un trapo, yo podía haberle dicho algunas cosas. Unas pocas, al menos. Pero quizá produzca cierto placer saber que te han conceptuado equivocadamente.
¿Puede uno confesar sus virtudes? No lo sé, pero lo intentaré. Después de todo, el concepto de virtud hoy en día es bastante ambiguo. Sin embargo quizá «virtud» sea una palabra que suene demasiado fuerte; implica apreciaciones demasiado positivas. O quizá no. ¿Quién soy yo para negarle importancia a un cumplido? Si se puede cometer un crimen por no ser capaz de rescatar a un hombre que se ahoga en un estanque, entonces, ¿por qué no es virtuoso quien se resiste a la tentación?
Todo empezó con un encuentro casual en el tren de las 5:45 en Baker Street. Esperaba en el andén cuando un maletín me golpeó en las costillas. Me aparté apresuradamente para dejar paso al individuo gordo y torpe habitual en esta línea de metro, cuando oí:
– Lloyd. Te llamabas Lloyd, ¿no? -Me volví.
– Penny.
Sabía que se llamaba Tim y él sabía que yo me llamaba Chris, pero incluso durante el curso en que, con nuestros menguados huesos de chicos de doce años fuimos los extremos derecho e izquierdo del equipo de rugby de la clase, nunca nos aventuramos más allá de los apellidos. Más tarde, escogió matemáticas en sexto y se convirtió en monitor: su pertenencia a dos categorías que considerábamos despreciables fue razón suficiente para que su compañía fuera eludida. A partir de entonces, fue tan sólo una persona a quien se saludaba por los pasillos, mientras Toni y yo discutíamos, a voces, la ambigüedad dinámica de Hopkins.
Todavía tenía aspecto de monitor, fornido y con el pelo rizado. Su atuendo de ejecutivo apenas había cambiado su aspecto. Sabía que había conseguido una beca de la Shell para estudiar en Cambridge: setecientas libras al año a cambio de tres años de tu vida al terminar la carrera (la forma usual de chantaje de los poderosos, pensábamos Toni y yo). Mientras el tren atravesaba Finchley Road, me contó el resto: entre todas las circunstancias desagradables posibles, resulta que conoció a su mujer -profesora de geografía- en una fiesta a la que había que acudir en pijama. Trabajó en la Shell durante cinco años y luego en Unilever. Tres niños y dos coches. Ahora luchaba para que sus hijos pudieran acceder a la enseñanza privada; la típica historia de una prosperidad banal.
– ¿Fotografías? -le pregunté, más que aburrido.
– ¿Qué fotografías?
– De tu esposa e hijos. ¿No las llevas encima?
– Los veo todos los días y todo el fin de semana, ¿por qué voy a llevar fotos suyas a todas partes?
No me quedó más remedio que sonreír. Miré por la ventanilla hacia el nuevo hospital: era un edificio de muchos pisos construido detrás de un campo de deportes: desde arriba, las porterías de fútbol parecían del tamaño de las de hockey, las de hockey de las de waterpolo. Una neblina crepuscular flotaba aquí y allá a la altura de los tobillos. Comencé a comparar mi vida con la suya. Quizá fuera mi sentido de culpa por haberlo descalificado o quizá fuera la verdad, pero mi vida me pareció entonces muy similar a la suya, excepto en que el índice de fertilidad era más bajo.
Una vez superado mi instintivo rechazo, resultó que nos entendimos bastante bien. Le dije que pensaba escribir una historia social del metro de Londres.
– Me parece la mar de interesante -dijo, y no pude evitar sentirme halagado-. Siempre me ha gustado saber algo sobre este tipo de temas. Precisamente vi a Dicky Simmons el otro día, seguro que te acuerdas de él, y no sé por qué comenzamos a hablar de la cantidad de túneles en desuso que hay por debajo de Londres. Túneles ferroviarios, túneles de las oficinas de correos. Sabe mucho de eso. Ahora trabaja para el ayuntamiento. Podría serte útil.
La verdad es que sí. Simmons fue un chico raro en el colegio: solitario, impredecible, lleno de caspa, tímido. Tampoco su aspecto físico era normal, y el reglamentario corte de pelo no hacía más que enfatizar la falta de armonía de sus rasgos. Se pasaba la hora de comer escondido en un rincón del patio ocupado por los de sexto, con su nariz huesuda, que se tocaba continuamente, metida en algún oscuro tratado sexológico, mientras que con su mano libre intentaba patéticamente pegarse a la cabeza una oreja que sobresalía en un ángulo de noventa grados. El pobre Simmons era un caso desesperado.
– Aunque te parezca sorprendente -dijo Tim-, Dicky y yo vamos a la cena anual de antiguos alumnos el mes que viene. Ven y habla con él.
Tristemente prometí tenerlo en cuenta. Mientras tanto, nos invitó a Marion y a mí a una «cena ligera a base de vino y quesos» el sábado siguiente. Le dije que iríamos siempre y cuando no tuviéramos que ir en pijama.
Cuando llegó la fecha no encontramos quien se quedara con los niños, así que fui solo. La historia es muy tópica: marido solo en una fiesta por primera vez en años -no ha parado de beber-, chica con vestido y lápiz de labios años cincuenta (efecto nostálgico y fetichista en el marido); se habla de esto, de aquello y de lo otro también, mientras ambos intercambian esas risitas de cuando se está un poco bebido, algún coqueteo, alguna indirecta. Y de pronto, todo empieza a ir mal. Mal, es decir, de acuerdo con mi recatada fantasía.
– ¿Nos lo montamos, entonces? -dijo ella de repente.
– ¿Montar qué? -contesté.
Me miró durante unos segundos, y luego dijo con voz sobria y amenazante:
– Pues que si vamos y nos echamos un polvo. -(¿Qué edad tendría ella, por Dios? ¿Veinte, veintiuno?)
– Bueno, no sé -respondí, enrojeciendo repentinamente como a los quince años, casi estirándome la enagua almidonada.
– ¿Por qué no? ¿Te asusta meter la polla donde tienes puesta la boca? -Se inclinó hacia mí rápidamente y me besó en los labios.
Hacía años que no sentía semejante pánico. Pensé: «Seguro que su pintalabios es de ese nuevo tipo indeleble.» Miré a mi alrededor para ver si alguien se había dado cuenta. Parecía que nadie lo había notado. Volví a mirar a mi alrededor otra vez, intentando encontrarme con la mirada de alguien, de quien fuera. No pude. Lo que hice fue bajar la voz y decir con firmeza:
– Estoy casado.
– No tengo prejuicios.
Lo curioso era que no me parecía en absoluto estar metido en un brete por razones de conciencia (quizá sólo la había deseado a medias), tan sólo en una situación social difícil, de la cual no era fácil salir bien parado. Recuperé un poco de mi aplomo.
– Me alegro. Pero verás, «estoy casado» era taquigrafía.
– Suele serlo. ¿Qué quiere decir en esta ocasión? ¿Te follaré pero no quiero meterme en líos; o te follaré y me gustas, pero creo que deberíamos hablar claro antes; o mi esposa no me entiende y no sé si follarte, pero quizá podríamos ir a un sitio y limitarnos a charlar; o es, lisa y llanamente, no te voy a follar?
– Si esas son todas las categorías posibles, escojo la última.
– En ese caso -se inclinó hacia mí al tiempo que yo me apartaba hacia un lado-, no deberías hacerle cosquillas al primer coño que ves.
Dios. Su displicente desfachatez se tornaba agresiva. ¿Es así como hablan todas hoy en día? De pronto, diez años me parecieron muchísimo tiempo. Pensé: «Reflexiona un poco, soy yo el que se supone que está en su mejor momento, soy yo el que tiene experiencia aunque sea una experiencia predecible, soy una persona con principios pero flexible. Ese soy yo.»
– No seas ridícula.
– No me negarás que estabas… ¿cómo decirlo?… intentando engatusarme.
– Hum, no más que tú a mí. -(Cualquiera decía un piropo a una chica hoy día; te juzgaban por incumplimiento de promesa.)
– Pero yo intentaba largarme contigo, ¿no?
– Admito que estaba… coqueteando.
– Bueno, entonces eres un calientacoños. -Y repitió, en el tono breve y condescendiente que se adopta para adoctrinar a un niño-: No calientes coños.
Lo extraño era que aún la encontraba atractiva (aunque por asociación sus rasgos parecían haberse vuelto más afilados). Hasta cierto punto, todavía quería cautivarla.
– Pero ¿por qué todo tiene que ser tan legal e indivisible? ¿No te pasa a veces que sólo quieres oír una canción de todo un disco? Si tú… no sé… abres un paquete de dátiles, ¿te los zampas todos?
– Gracias por las comparaciones. No es una cuestión de grado, tan sólo de honestidad en la intención. Has sido poco honesto. Eres…
– De acuerdo, de acuerdo. -(No quería que me pusiera otra vez el pie en el cuello para volverme a restregar la palabra por las narices)-. Admito haberte decepcionado ligeramente. Pero no más que si te hubiese preguntado en qué trabajas, y después de contestarme te hubiera dicho «qué interesante», aunque diera la casualidad de que me pareciera el trabajo más aburrido del mundo. Es tan sólo una cuestión de protocolo social.
Me miró con una expresión medio escéptica medio despectiva, y luego se fue. ¿Por qué se me acusaba de engaño?, me decía yo dolido en mi lealtad hacia mí mismo. ¿Y por qué se daban tantos malentendidos sobre el sexo?
Más tarde, en el tren de vuelta a casa, recordé la Teoría del Sexo en las Afueras, que Toni elaboró cuando ambos teníamos dieciséis años y estábamos a punto de entrar en tierra sin señalizar.
El poder y la industria y el dinero y la cultura y todo lo valioso, importante y ventajoso se centraban en Londres, explicaba él. Por consiguiente, ex hypothesi, también el sexo. Para empezar mira el número de prostitutas con cadenas de oro; y mira cualquier vagón de metro, lleno de chiquillas con vestidos ajustados, apretujadas contra caricaturas de Grosz. La proximidad, el sudor, la urgencia de la ciudad, todo era estrepitoso Sexo para cualquier observador con sensibilidad. Pero esa energía sexual, me aseguraba, se disipaba gradualmente al ir saliendo de la metrópoli. Cuando se llegaba a Hitchin y Wendover y Haywards Heath, la gente tenía que consultar en los libros para averiguar en qué sitio se metía cada cosa. Así se explicaba el extendido abuso sexual de animales en el campo. Simple ignorancia. No se abusa de los animales en la ciudad.
Pero en las zonas residenciales, continuaba Toni (ayudándome, probablemente, a entender a mis padres), uno se encuentra en un área extraña e intermedia de crepúsculo sexual. Se podía creer que en las afueras -por ejemplo, en Metrolandia-, el erotismo era soporífero. No obstante, el más apremiante deseo dominaba a la gente que uno menos esperaba. Nunca sabías a qué atenerte: una chica podía dejarte plantado; la mujer de un jugador de golf podía arrancarte el uniforme del colegio sin pedirte permiso y hacerte cosas perversas y extravagantes; los empleados de las tiendas de ropa podían actuar de maneras insospechadas. El Papa había prohibido formalmente a las monjas que vivieran en las afueras de las grandes ciudades. Toni estaba bastante seguro de eso. Era en esos suburbios, mantenía, donde ocurría lo verdaderamente interesante del sexo.
Aquella noche pensé que, después de todo, algo de verdad había en esa Teoría.
Hacía meses que Marion y yo no habíamos visto al tío Arthur cuando Nigel llamó para decirnos que había muerto. No puedo decir que la familia se sumiera en el luto. Ninguno de nosotros fue capaz de experimentar un sentimiento más próximo al dolor que la sorpresa. Los últimos quince años no me hicieron sentir más cariño por él; lo más que puede decirse es que llegué a respetar la honestidad de su sincera aversión por mí y a valorar su afectada autosuficiencia.
Conforme fue envejeciendo, Arthur se volvió más transparente e insultantemente mendaz. En la flor de su vida, sus estratagemas fueron siempre preparadas con esmero: primero hacía constar el entumecimiento de su rodilla y la fragilidad de su columna vertebral, consecuencias ambas de su vida de soldado. La sinceridad de su luminosa mirada hacía sospechar que estaba mintiendo, pero no se podía estar seguro. Al cabo de un rato hacía referencia a alguna tarea imposible de realizar con una espalda que «carecía de acero» o unas rodillas que parecían «de madera de teca». Entonces asumías tu derrota con una sonrisa.
Pero durante los últimos años Arthur actuó sin un mínimo de sutileza. No hizo ninguna concesión al estilo ni a la cortesía. «¿Os apetece un té?», empezaba. Luego, levantándose apenas unos centímetros del refugio acolchado de su sillón, dejaba escapar un perezoso «Aay», y se hundía en su asiento de nuevo.
– Es increíble este/a rodilla/pie/hígado que tengo -le aclaraba a Marion, y ya no se molestaba ni en darle las gracias exageradamente (cosa que antes le divertía), cuando ella se levantaba y se dirigía a la cocina.
Otros defectos físicos -algunos tan viejos como sueños recurrentes, otros como novedosas libélulas de una tarde- le impedían cambiar enchufes, llegar a los estantes más altos, zurcirse la ropa, lavar los platos o acompañarnos hasta la puerta. Un día, después de quejarse de artritis en un pulgar, vista borrosa y posibilidad de un pie gangrenado en menos de media hora, Marion sugirió que lo viera un médico.
– ¿Qué pasa, vais detrás de mi dinero? Son todos unos carniceros. Les interesa que sigas enfermo, cualquier imbécil puede darse cuenta de eso. Así pueden pedir más dinero al Ministerio de Sanidad.
– Pero Arthur -protestó Marion -, quizá sea algo grave.
– Nada que otro cojín -(pretendiendo intentar alcanzar uno)-… no pueda aaah, aaaajj… gracias, chica.
Luego añadió sumiso:
– Condenada rodilla.
Su tacañería, antes disfrazada de modestia, asumió gradualmente la condición de un desenfrenado placer. Su perro Ferdinand murió poco después de que Arthur decidiera que había más carne de la necesaria en las comidas para perros. Un cincuenta por ciento de carne de lata y un cincuenta por ciento de virutas de madera fue suficiente para Ferdinand. Arthur le habría aguado el agua si hubiera sabido cómo hacerlo.
Al envejecer fue perdiendo amigos. No arreglaba las vallas del jardín, nunca corría las cortinas, y le gustaba ofender a sus vecinos rascándose con virulencia ante las ventanas. Las postales de Navidad que enviaba eran siempre recicladas, con una ostentosa tachadura sobre la firma del remitente anterior. A veces, con una especie de humor retorcido, nos enviaba, a Marion y a mí, la misma felicitación que le habíamos enviado nosotros a él las Navidades anteriores.
El resto de su correspondencia iba dirigida, principalmente, a los directores de las compañías de venta por correspondencia, a quienes lograba timar con bastante éxito. Su técnica consistía en encargar productos que requerían su visto bueno antes de concretar la compra definitiva. Cuando los recibía esperaba un mes, enviaba un cheque e, inmediatamente después, ordenaba a su banco que no lo pagase. Cuando la firma en cuestión le pedía explicaciones, contestaba en seguida (pero fechando la carta dos días antes, para que pareciese que se habían cruzado), quejándose de la calidad del artículo, exigiendo que se lo reemplazasen antes de devolver el objeto defectuoso, y pidiendo un reembolso por adelantado por los gastos de embalaje y envío. Tenía otras técnicas aún más bizantinas para ganar tiempo y, con frecuencia, acababa ganando un capote de un ex oficial de la Royal Navy, o un par de podadoras de jardín con mango de plástico que se autoafilaban, por el precio de unos pocos sellos usados despegados con vapor y unos sobres aprovechados.
Algunas de las dolencias de Arthur, sin embargo, debían de ser reales -aunque me pregunto si él mismo sabía la diferencia- y se aliaron para producir el ataque de corazón que resultó fatal. Su muerte no me conmovió demasiado, ni la soledad de las circunstancias en que se produjo tampoco. El lo había querido así. Lo que me afectó, cuando Nigel y yo fuimos a vaciar la casa, fue el pathos de los objetos. Mientras Nigel charlaba incesantemente sobre los brutales aspectos de la muerte que le interesaban a él, me fui poniendo melancólico a medida que veía la serie de cosas que habían quedado a medias y que una muerte te hace observar. La pila de platos sucios era normal en casa de Arthur, quien una vez intentó que le hicieran descuento en la factura del agua basándose en que sólo lavaba los platos cada dos semanas, y luego utilizaba el líquido sobrante para regar sus rosas. Pero por todas partes me asaltaban objetos diferentes que parecían recién abandonados, entreabiertos, desechados. Un paquete medio vacío de limpiadores de pipa, con uno -el que habría usado la siguiente vez- asomando de la caja. Señaladores (o para ser exacto trozos de periódico) marcando tristemente la página más allá de la cual Arthur nunca llegaría (cosa que, hasta cierto punto me tenía sin cuidado). Ropas que otros habían desechado ya, pero que Arthur había usado sus buenos cinco años más. Relojes que ahora se detendrían sin que a nadie se le ocurriera ponerlos en marcha. Un diario dado por terminado el 23 de junio.
La incineración no fue peor que una navidad familiar, o que un encuentro en los vestuarios con un equipo de rugby con el que juegas de mala gana. Después, las doce personas, aproximadamente, que convocó la muerte de Arthur, salimos en fila para encontrarnos con un cálido atardecer. Deambulamos por allí, incómodos, leyendo las notas que acompañaban las coronas y comentando los modelos de coche que teníamos cada uno. Advertí que algunas coronas no llevaban tarjeta. Quizá fuera la contribución del personal del crematorio para que no nos deprimiera la modestia de nuestro cortejo.
Mientras Marion conducía hasta casa, yo llevaba a Amy en brazos y escuchaba el parloteo de una pareja de parientes a medias identificados que provenía del asiento trasero. Meditaba, a ratos, sobre la muerte de Arthur, sobre el hecho tan simple de que ya no existiera. Luego, dejé que mi cabeza divagara sobre mi propia y futura no existencia. No había pensado en ella durante años. Me di cuenta, repentinamente, de que podía considerarla casi sin temor. Comencé de nuevo, más seriamente esta vez, con masoquismo, a tratar de disparar el terror y el pánico antes tan familiares. Pero no pasó nada. Me sentiría tranquilo. Amy gorjeaba feliz, dialogando con las alternativas acelerones y frenazos del coche. Era como cuando se alejan los indios en una película del oeste.
Esa noche -Marion cosía y yo leía un libro-, acudió a mi memoria la conversación que mantuve con Toni en el jardín. Me preguntaba cuánto me faltaría para que me alcanzara la muerte: ¿treinta, cuarenta, cincuenta años? Y hasta ahora, ¿había sido fiel a mi mujer porque todavía disfrutaba haciendo el amor con ella (¿por qué ese todavía?)? ¿Es la fidelidad una mera función del placer sexual? ¿Si el deseo disminuía o el timor mortis aumentaba, entonces qué? ¿Y qué pasaría en el futuro si de pronto me acababa aburriendo del mismo círculo de amigos de siempre? El sexo, después de todo, es un viaje.
– ¿Te acuerdas de la fiesta de Tim Penny? -Había llegado el momento, pensé, de refutar algunas de las suposiciones de Toni respecto a nuestro matrimonio.
– Hmmm. -Marion continuó dando primorosas puntadas.
– Me sucedió algo esa noche. -(Pero ¿por qué estaba nervioso?)
– ¿Hmmm?
– Conocí… a una chica que intentó enrollarse conmigo. -Marion me miró burlonamente. Luego volvió a la aguja.
– Bueno, me alegra no ser la única persona que te encuentra atractivo.
– No, quiero decir que lo intentó a fondo.
– No tengo razón para reprochárselo.
Era extraño. Cada vez que Marion y yo empezamos a hablar de asuntos realmente serios, nunca puedo predecir qué rumbo tomará la conversación. No quiero decir que no me comprenda, quizá sea que lo hace demasiado bien. Pero siempre tengo la sensación de que me está manipulando. Y sé que no es así.
– Quiero decir que a mí no me interesó.
– …
– Era muy guapa, la verdad.
– …
– Me puso un poco incómodo, eso es todo.
Mierda, sonó poco convincente.
– Chris, compórtate como una persona adulta, por favor. Te gustó y eso es todo.
– No es verdad… pero pensaba, bueno, que si ahora los dos tenemos alrededor de los treinta… hablo realmente en términos generales… me preguntaba si alguna vez acabaríamos acostándonos con otro.
– Quieres decir que te preguntabas si tú acabarías haciéndolo.
Era como si alguien fuera continuamente cambiando las cosas de sitio mientras tú ibas poniendo la mesa.
– Y la respuesta es: claro que sí -dijo ella mirándome.
– Oh, venga… -Pero ¿por qué miré hacia otro lado? Ya me sentía culpable, como si ella me estuviese enseñando tranquilamente fotos de mi culo subiendo y bajando a toda velocidad.
– Claro que sí. Probablemente ni ahora ni aquí… eso le pido a Dios que no sea nunca en esta casa. Pero alguna vez será. Nunca lo he dudado. Alguna vez. Es demasiado interesante para no hacerlo.
– Pero no lo he intentado, ni he querido hacerlo.
Estaba enfadado y me sentía culpable; pero, si he de ser sincero, tampoco quería que todo estuviera previsto. Quizá, secretamente, quería reservar todas las emociones -incluso las desagradables- para más tarde.
– No tiene importancia, Chris. No te casaste con una virgen y yo no esperaba que fueses un marido fiel a ultranza. No te creas que no soy capaz de imaginar lo que es aburrirse sexualmente.
¡Oh mierda!: se me escapaba el asunto de las manos. Yo no quería oír nada de todo aquello.
– Honestamente, cariño, pensaba en términos muy generales… casi en términos de moralidad, ejem -(sin convencimiento)-, de filosofía. Y no pensaba en mí en particular. Pensaba en los dos,…en cualquiera.
– No es cierto, Chris; si así fuera, habrías hablado primero de mí.
– ¿…?
– Y en todo caso, aunque no lo preguntes, te hago saber que la respuesta es Sí, una vez, y Sí, sólo una vez, y No, no influyó para nada en nuestra relación pues entonces las cosas no iban muy bien entre nosotros, y No, no me arrepiento particularmente, y No, ni lo conoces ni has oído hablar de él.
Dios. Coño. Joder. Me miró de frente, con franqueza y ojos serenos. Fui yo quien apartó la vista. Todo se había venido abajo.
– Y nunca he vuelto a sentir la tentación. Y ahora, con Amy, no creo que vuelva a sentirla, y todo está en orden, Chris, de verdad, todo, todo, está en orden.
Hostias. Carajo. Coño. De cualquier manera, una mierda. En fin, supongo que mi pregunta había sido contestada.
– Supongo que eso responde a mi pregunta -dije con amargura. Marion se acercó a mí y suavemente me acarició el cuello. Eso me gustó.
¿Qué se supone que tenía que sentir? ¿Qué sentía? Que era bastante gracioso, la verdad. También que era interesante. También que estaba casi orgulloso de que Marion fuera aún capaz de sorprenderme. ¿Celos, rabia, rechazo? Todo eso estaría fuera de lugar. Podía esperar hasta más adelante.
Esa noche hice el amor con Marion con frenética dedicación. Vamos, en realidad, muy bien. Al final, mientras se volvía para dormirse, Marion me sorprendió otra vez.
– ¿Ha estado mejor?
– ¿Mejor que qué?
– Que esa chica de la fiesta de Tim Penny.
Cómo podía hacer chistes sobre eso, cuando, cuando… Pero, con todo, casi me gustaba que pudiera y lo hiciera.
– Bueno, ella no estuvo mal ¿sabes? Realmente no estuvo mal para ser tan joven. Pero lo que yo digo, ¿quién quiere vino del malo cuando se puede conseguir «château» no sé cuántos?
– Borrachín -dijo ahogando una risa.
– Gourmet -le corregí; y dejamos escapar unos susurros mutuos de sueño y felicidad. ¿Estaría de verdad todo en orden?
Cuando acepté la invitación de Tim Penny para asistir a la cena de antiguos alumnos fue, sobre todo, por malsana curiosidad. ¿Qué aspecto tendrían doce o trece años después de la última vez que los vi? ¿Quién habría ido, a quién reconocería? ¿Tendría Barton, el que se sentaba delante de mí en clase cuando yo tenía catorce años, el mismo bulto cartilaginoso en la oreja izquierda, o lo tendría camuflado por completo bajo un corte de pelo moldeado con secador? ¿Aún querría Steinway irse pitando al water, en cualquier momento, para hacerse una paja rápida y volver lánguido pero satisfecho? ¿Haría Gilchrist todavía esos ruidos húmedos y obscenos con las manos? (¿Trabajaría acaso en el departamento de efectos especiales de la BBC?) ¿Cuántos serían ya calvos? ¿Habría muerto alguno?
Tenía un par de horas para matar el tiempo antes de que en el colegio comenzasen a servir… ¿qué?, ¿vino aguado?… De modo que quedé con Toni para tomar una copa. Sugerí -ya que estaba a sólo cinco minutos de Harlow Tewson- que nos encontrásemos enfrente de la National Gallery. Toni contestó que ya no visitaba cementerios. Así que me fui yo solo quince minutos antes.
– ¿Alguna lápida nueva? -preguntó Toni mirándome de soslayo, como antaño, mientras nos acomodábamos ante nuestras copas (vino blanco para mí, whisky y una cerveza negra para él).
– Hay un Seurat en préstamo temporal que está bastante bien. Bueno, y el nuevo Rousseau. Aunque no les he dedicado mucha atención. -(Toni gruñó, y la espuma de la cerveza le dejó marcado un bigote)-. He notado que siempre que entro voy hacia la izquierda: Piero, Crivelli, Bellini… es lo que ahora me gusta.
– Tienes toda la razón: no hay que ir a buscar materia viva en un cementerio. También se puede mirar la obra de todos esos cabrones muertos.
– Hay que estar muerto para que expongan tu obra allí, ¿no?
– Algunos están vergonzosamente vivos. Pero los viejos cabrones que trabajan dentro de unas perspectivas totalmente obsoletas… ésos sí que pueden concentrarse, de verdad, en la técnica y esas cosas, como Crivelli.
No tenía ganas de decir que encontraba a los santos y mártires de Crivelli -los rostros cansados y góticos y las joyas tridimensionales- bueno… bastante conmovedores.
– ¿Te acuerdas de nuestros tontos experimentos allí? -me interesaba ver cómo iba a reaccionar Toni.
– Coño, ¿qué tenían de tontos, eh? -Siempre me olvidaba de lo pronto que se cabreaba-. ¿Acaso no íbamos por buen camino? Admito que estábamos fundamentalmente equivocados en la elección de nuestros especímenes: buscar aunque fuera la más mínima respuesta entre aquellos chupatintas, entre aquella sarta de tenderos que andan rondando por esos sitios, es tan inútil como buscarle el pito a un eunuco. Pero al menos buscábamos. Al menos creíamos que el arte tenía que ver con algo que sucedía de verdad, que no era todo hacerse pajas con acuarela.
– Hmmm.
– ¿Qué quiere decir ese hmmm?
– ¿No te preguntas a veces si, en el fondo, no es más que eso?
– Chris… -Parecía sorprendido, desengañado. No era ni enfado ni desprecio, como yo había esperado-. Venga, Chris, no me digas que tú también. Ya sé que siempre te estoy cabreando. Pero de verdad no piensas así, ¿eh?
Por primera vez parecía capaz de sentirse herido, y yo, por primera vez, no quise apaciguarlo. Recordaba su frase sobre Marion y la esponja.
– No sé. Antes creía que lo sabía. Me gusta todo tanto como siempre: leo, voy al teatro, me gusta el cine…
– Cine de maricones muertos.
– Películas antiguas, de acuerdo. Me gusta todo eso. Siempre me ha gustado. Aunque no sé si existe algún vínculo entre ellos y yo; si la conexión en que nos forzamos a creer existe de verdad.
– No empieces con Wagner y los nazis, por favor.
– De acuerdo, pero ¿no es un poco como las catedrales y la falacia religiosa? Que las pretensiones del arte sean muchas, no las hace más válidas.
– Nooo -dijo Toni, como hablando con un niño.
– Y honestamente, no creo que nuestros experimentos, como les llamábamos nosotros, demostrasen absolutamente nada.
– Nooo.
– Así que el único lugar en donde se puede intentar averiguar si todo se reduce a hacerse o no pajas con acuarelas, como tú has dicho, es en ti mismo.
– Síii.
– Bueno. Pues, supongo que desde que empezamos nuestros experimentos estoy, de forma gradual, cada vez menos convencido.
Levanté la vista esperando ver a un Toni siniestro. Fruncía el ceño y parecía dolido.
– No niego que todo eso no sea… -lo miré otra vez, nervioso-, …divertido, ya me entiendes, conmovedor y todo eso, y también interesante. Pero por lo que se refiere a lo que realmente hace, ¿qué se puede decir? ¿Qué se puede decir, en realidad, a favor de la National Gallery?
– Que es una mierda, estoy de acuerdo.
– No… tienes que estar de acuerdo por razones verdaderas. Llénala con todo lo que te guste, con todas las cosas por las cuales, si no sacrificarías tu vida, estarías dispuesto a sacrificar unas cuantas de los demás; y aún así, ¿qué te quedaría? ¿Qué puedes decir a su favor excepto que hace que haya menos gente en la calle, o que el índice de robos, incestos y atracos a mano armada dentro del museo sea bajísimo?
– ¿No estas siendo demasiado literal? Hablas como un alto comisario soviético para las artes: «Toda obra de arte debe realizar un bien inmediato.»
– No, porque eso es también, obviamente, una tontería.
– Así pues, ¿qué ha cambiado? El arte no, querido. Te lo puedo asegurar. Parece que estés de liquidación.
– Eso sí que es una estupidez.
– Entonces, ¿qué te ha pasado? Incluso cuando estabas en París…
– De eso hace una década. Es decir, la totalidad de mi vida adulta.
– Ah… una nueva definición de «adulto»: el tiempo durante el cual uno ha ido haciendo liquidación.
– Te dije en el jardín la semana pasada que no veo que sirva para nada. Para nosotros está muy bien que hubiera un Renacimiento y demás; pero en realidad todo es ego y acumulación, ¿no?
Toni adoptó de nuevo su tono pedagógico.
– ¿No crees que el efecto puede ser acumulativo?
– Puede serlo. Pero eso no hace que el asunto sea menos especulativo. En todo caso, depende de un acto de fe… y de momento la he perdido.
– Otro triunfo de la maquinaria burguesa -añadió Toni tristemente, casi para sus adentros-. Seguro que viajas con tus pantoufles.
– Te equivocas.
– Esposa, bebé, buen trabajo, hipoteca, jardín de flores -(lo enfatizó despectivamente)-: no me puedes engañar.
¿Qué prueba todo eso? Tú no eres Rimbaud precisamente, ¿eh?
¿Y cuáles son los planes para esta anoche? -Toni se estaba mosqueando-. ¿De regreso al antiguo colegio? Una visita rápida a unos cabrones que murieron en el Quattrocento y luego al cole. Me parece otra concesión a los burgueses, si quieres saber mi opinión.
– Pues no es así. Estoy seguro de que ahora soy feliz. ¿Quién es el que no lo es?
– Pues la evidencia está en tu contra.
– Conociéndome como me conoces tendrías que estar mejor enterado.
– ¿Y quién está pidiendo ahora un acto de fe?
Los escalones de la entrada del colegio estaban flanqueados por una hilera ascendente de postes de luz, coronados por dos anguilas de hierro entralazadas en espiral. Automáticamente, miré hacia arriba, a las ventanas del despacho del director, desde donde espiaba con aspecto severo a los chicos que llegaban tarde. El coronel Barker, antiguo jefe de instrucción militar de los alumnos, un hombre corpulento y temido por su carácter impredecible, nos dio formalmente la bienvenida en la biblioteca a Toni y a mí. Colgada al cuello por una cinta escarlata, una enorme medalla en forma de estrella ocupaba el área entre el segundo y tercer botón de su chaleco. ¿Sería ésta, me dije, su famosa Orden del Imperio Británico, anunciada en su día en la escuela con un tono más propio de una conquista en el extranjero? Parecía demasiado grande y resplandeciente para ser inglesa. Quizá la recibió de un gobierno en el exilio durante la guerra.
– Bienvenido, Lloyd -gruñó, y el hecho de que utilizara el apellido, a pesar del tono amistoso de la voz, me trajo a la memoria antiguos miedos, miedos que tenían que ver con desfiles, grasa de rifles, la humedad del monte bajo, y que te volaran los huevos-. Bienvenido de nuevo al rebaño. Más placer proporciona el retorno del descarriado, y todo eso. Eh, Penny, ¿y tu mujer, bien? ¿Cómo están todos tus cachorritos? Bien, bien.
La biblioteca, escenario de tantas «horas de estudio» (juegos de barcos y crucigramas y ejemplares gastados de la revista Spick), era gris y blanca, los colores con que vestían los ejecutivos, los hombres de negocios. Uno o dos rostros morenos hablaban de viajes al extranjero por cuenta de la empresa, pero la mayoría eran de ese color ajado e indefinible propio del que está rodeado de edificios altos, enterrado como un espárrago. Aquel de allí tenía que ser Bradshaw. Y ése, Voss. Y aquel chico que todo el mundo creía que era extraordinariamente torpe pero que fue designado delegado de curso, ¿Gurley? ¿Gowley? ¿Gurney? Y -oh, Dios- Renton, con -oh, Dios, otra vez- cuello duro, y un aspecto tan escandalosamente entusiasta como siempre; maliciosos ojillos chispeantes, dándote a entender que deberías estar haciendo otra cosa. Por toda la sala resonaban los gritos festejando el reencuentro. Se recordaban cosas tan remotas como los juegos escolares y los campamentos militares.
Bajamos las escaleras en tropel hacia el comedor del sótano donde el tiempo y la comida derramada habían oscurecido el frágil pino de mi juventud; donde los cuadros de honor se habían encaramado a las paredes como enredaderas; donde las largas mesas me recordaron almuerzos que pasamos doblando cubiertos y empujando saleros de punta a punta para que se deslizaran como las copas sobre el mostrador de un western. De la habitación contigua llegaba el pegajoso hedor de las cocinas comunitarias y el ruido de mil cuchillos y tenedores cayendo en el interior de una cuba metálica.
Me senté entre Penny y Simmons mientras el coronel Barker, que presidía la mesa, nos daba otra vez oficialmente la bienvenida. Luego gritó, «Bon appétit», como si estuviera dirigiendo un desfile. El aspecto de Simmons, después de todos esos años, era bastante normal: incluso sus orejas parecían más pegadas a su cabeza. Resultó que sabía muchísimo sobre los secretos del ferrocarril: estaciones abandonadas; túneles que la gente había olvidado por completo, como en los libros de Conan Doyle; historias de las noches en el metro durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Penny y yo nos íbamos entendiendo bien, y manteníamos una de esas conversaciones alcohólicas sobre distintas personas y lugares. Al otro lado de la mesa estaban los rostros que, proyectados a un pasado de mejillas imberbes y llenas de granos, eran reconocibles como Lowkes, Leigh, Evans y Pook. Se iba uno enterando de las novedades, Gilchrist negociaba en vinos; Hilton era especialista en vidrio; y Lennox había vuelto al colegio como profesor. Thorne había desaparecido por completo; Waterfield cumplía una condena de seis meses en una cárcel francesa por macarra.
Al principio, mi desdén salió a relucir instantáneamente: como un bateador, me echaba hacia atrás para parar todas las pelotas, sin importarme que fueran cortas. Pero a medida que transcurría la cena, advertí que casi me estaba divirtiendo. Después de haber conseguido escapar del colegio y sus influencias -gracias a esfuerzos que uno consideraba heroicos-, es difícil reconocer en los demás la misma tenacidad, la misma firmeza de carácter para lograr, igual de esforzadamente, la autonomía. La idea de que alguno de ellos hubiera podido encontrar una vía más fácil, menos heroica que la tuya, era aun más inaceptable.
– Me han dicho que estás en una editorial, ¿no? -me gritó Leigh (conocido años atrás como «¡Uf!»), desde el otro lado de la mesa, al tiempo que yo iniciaba una exploración geológica en mi postre en busca de cuerpos sólidos. Tenía una voz quejumbrosa e imprecisa que nunca me había gustado. Lo que en principio parecía un acento regional no era sino una pronunciación descuidada,
– Algo así; tenemos un departamento de documentación. La compañía se llama Harlow Tewson.
– Ah, claro, claro. Me compré vuestro libro de jardinería. Es muy bueno, de verdad. El único problema es que es tan grande que necesitas una carretilla para bajarlo al jardín.
Contesté su dudosa pulla arrabalera con una sonrisa de ya-lo-he-oído-antes. El libro al que se refería realmente estaba encuadernado imitando madera y era bastante pesado, pero sólo a un majadero se le ocurriría consultarlo fuera de casa.
– Sí, sí -continuó con cara de espera-que-todavía-hay-más-; una tarde me lo dejé afuera, pero entonces pensé: más vale que lo entre antes de que eche raíces y ya no pueda distinguirlo, y haga estacas de él. Ja, ja. El libro de cocina también lo tenemos.
Este último era un volumen grueso y cuadrado, encuadernado en una especie de hojalata con un retrato de la reina en la portada. El diseño quería sugerir una lata de esas galletas típicas del día de la Coronación.
– Sí, más de una vez lo he sacudido para ver si quedaba alguna dentro. Ja, ja. ¿Por qué crees que ahora la gente siempre Hace cosas que parezcan lo que no son? ¿Crees que se trata de una suerte de escapismo llevado al extremo? ¿Crees que los motivos son económicos o psicológicos?
– ¿A qué te dedicas tú? -(No me apetecía continuar con ese tema tan borde, no faltaba más.)
– Oh, al mismo negocio. Dirijo una pequeña editorial, se llama Hidebound Books.
¿Cómo?… ¿Leigh? De algún modo, había asumido la… bueno, nada específico, aunque sí una amplia gama de posibilidades sin determinar. Así que no todos eran directores de banco como Toni y yo predijimos.
– Somos cuatro gatos, pero…
– Por supuesto; publicasteis el libro de Toni, Mudos desgarros.
Hidebound Books; [8] el nombre estaba pensado como una ironía doble. Publicaban unos cuidados libros de bolsillo sobre temas diversos, en parte rellenando vacíos editoriales, en parte reimpresiones acertadas; pero también una proporción importante de obras originales. La monografía de Toni salió en una colección llamada -era una frase de Orwell- Como a mí me gusta.[9]En ella Toni decía que todo libro importante, cuando se publica por primera vez, es mal interpretado aunque sea elogiado o tenga éxito. Si tiene éxito, siempre hay alguien dispuesto a criticarlo en público; y si la crítica lo ensalza, nadie se va a preocupar de los errores de los críticos. Flaubert dijo que el éxito no interesa nunca. Fueron los fragmentos absurdos de Madame Bovary los que hicieron de esta obra un éxito. Según Toni, la psicología de aquellos que elogian el éxito por razones equivocadas es incluso más interesante que la de aquellos que lo desacreditan por las mismas razones.
– Sí, es cierto, lo publicamos nosotros. No consiguió muchas críticas, pero ya era de esperar: era demasiado provocativo para la crítica establecida. A mí me gusta mucho.
Leigh me explicó sus teorías sobre el negocio, que parecían depender mucho de lo que llamaba «bancarrota creativa».
– No… realmente las cosas nos van bien. Ahora empezamos una nueva colección. Se va a llamar Libros Scavenger. Traducciones de obras punteras, ya sabes, lo que otros llaman obras fundamentales. Principalmente franceses, pienso.
– Suena interesante.
– ¿Tentador?
– ¿Qué quieres decir?
– Necesitamos a alguien que la dirija. Tú has tenido una buena educación.
Movió la mano a un lado y a otro del comedor (tan ruidoso hoy como hacía dos décadas). Sonrió con lo que parecía ser una sonrisa no comercial.
– Podemos arreglar lo de tu sueldo; además viajarías, conocerías a unos cuantos penseurs…
– Harlow Tewson no va a ir a la bancarrota por el sueldo que me paga.
– Creo que nosotros tampoco. Mira, incluso tenemos tarjeta. -(Un lujoso trabajo de Kate Greenaway, con románticos tulipanes enroscándose sobre las iniciales)-. Llámame.
Asentí. La noche comenzó a declinar con un queso derretido, café y coñac (sólo digno para un carajillo). El coronel Barker se levantó, y yo recordé, entonces, que cuando nos equivocábamos en la conjugación de los verbos solía tirarnos con fuerza de las orejas en direcciones opuestas. Con todo, mientras estaba ahí de pie, esperando que sus antiguos alumnos se callaran y con la medalla despidiendo ocasionales reflejos desde la protuberancia de su estómago, parecía repentinamente incapaz de haber inspirado miedo alguna vez. Se había convertido en el tipo de persona a quien le ofrecerías el asiento en el metro.
– Caballeros -comenzó-, iba a decir «chicos», pero ahora son ustedes más grandes que yo. Caballeros, cada vez que vengo a estas cenas acabo creyendo que las cosas no están ni la mitad de mal de lo que los periodistas quieren hacernos creer. En serio. He hablado con bastantes de ustedes esta noche y, sin exagerar en absoluto, me gustaría decir que el Colegio puede estar muy orgulloso de ustedes. -(Golpes de cubiertos, pataleos… como cuando anunciaban el equipo de rugby del colegio)-. Sé que está de moda arremeter contra cualquier cosa que haya funcionado bien durante muchos años, pero no me voy a sumar a ese coro. Creo que si algo va bien durante años es porque es BUENO. -(Más pataleos)-. En fin, dejémonos de política y de rollos. No voy a hacerles perder el tiempo con lo que yo piense. Lo diré de la forma más simple que pueda. Cuando tengan mi edad -(gritos de «qué dice» y «si está hecho un pimpollo»; Barker sonrió; su voz adquirió la calidad de un cálido graznido)-, sabrán lo que yo siento. En mis manos he tenido a muchas personas: es como contemplar el fluir de un caudaloso río de niños hacia el gran mar de la madurez. Y nosotros los profesores somos sus guardianes, los encargados de la banca, los que hacemos que el tráfico sea fluido. Ocasionalmente -(puso cara seria)-, tenemos que tirarnos al agua para sacar a alguno. Y aunque las aguas, a veces, bajen turbulentas, sabemos que este caudaloso río de niños al final llegará al mar. Esta noche me he convencido de que mis modestos esfuerzos han sido recompensados. Seré capaz de retirarme a mi caseta de esclusero con orgullo. Les doy las gracias. Ahora, un hombre viejo los dejará tomar el café en paz.
Llegué a casa algo bebido (Tim y yo hicimos un par de brindis por los ferrocarriles en el bar de la estación de Baker Street, y sonreímos comentando el discurso de Barker), pero alegre. Marion ya estaba en la cama, con una voluminosa biografía del grupo Bloomsbury que la tenía aplastada como si fuese un pisapapeles. Me desaté los cordones de los zapatos, trepé hasta la cama y deposité una mano sobre la parte superior delantera de su camisón.
– He olvidado cómo eran -musité.
– Entonces, estás borracho -respondió ella, pero sin severidad.
Quité la mano tirando del camisón hacia mí, y soplé con fuerza hacia dentro. Luego, eché un vistazo.
– Si el pezón se pone verde, como en esos tests en los que te hacen soplar… sí, vamos allá. Tienes razón otra vez, mi amor, como siempre. -(Me enderecé para ponerme de rodillas y la miré como un niño pequeño)-. Esta noche Huevo Colgante me ha ofrecido trabajo.
– ¿De qué? -Retiró mi mano de encima del camisón, adonde volvía confiada una y otra vez-: ¿De qué?
– A Huevo Colgante le llamaban Huevo Colgante -continué con el tono del viejo a quien se le hace una entrevista-, porque cuando nadábamos en el colegio, desnudos, cosa que hicimos hasta llegar a sexto curso, lo que quiero decir es que en sexto ya no fuimos a nadar más, pero cuando íbamos antes, siempre era desnudos, y Leigh, recuerdo, creo que cualquiera de nuestra generación sería capaz de recordarlo, podemos telefonear a Penny si no me crees, él lo confirmaría, tenía un huevo que le colgaba unos, oh, si no me falla la memoria y esas cosas, unos cinco centímetros por debajo del otro. Era la época en que estaban de moda las botas con elástico lateral, y nosotros, mis amigos y yo claro, solíamos decir que Huevo Colgante era el único chico del mundo con un escroto con elástico lateral. Y ahora, Huevo Colgante me ofrece trabajo. No lo entiendo. ¿Acaso no tengo ya uno?
Durante este discurso logré introducir la mano bajo las sábanas y hacerla ascender bajo el camisón de Marion en dirección contraria a la que hasta entonces había tomado.
– ¿De qué?
Pero para entonces mi mano había logrado ocupar una zona de un valor equivalente -si no mayor (¿quién puede decirlo?)- al ocupado durante su primera y frustrada incursión.
– ¿De semental? -repliqué simplemente. Y me sentí perplejo.
– ¿Así que esto es lo que hay? -dijo Toni, examinando disimuladamente el terreno en donde yo plantaba mis verduras.
No le respondí. ¿Por qué dejar que otro se entrometa en lo que uno puede reprocharse por sí solo? No se necesitan amigos para eso. Cuando estoy frotando el capó del coche con una gamuza, delante de mi casa, y algún rostro relativamente familiar pasa sonriendo y levanta el bastón señalando con gesto de aprobación la parte de mi jardín donde crece con rapidez una enredadera de hoja esfoliada, no hay que imaginar que no oigo la voz que todos llevamos en la habitación trasera de nuestros cráneos: esa que dice: bien, estupendo, de acuerdo, pero otra persona -alguien que podrías haber sido tú- está ahora cruzando en trineo un bosque de abedules en Rusia perseguido por los lobos. Los sábados por la tarde, mientras paso con cuidado la cortadora de césped por nuestra desbordada parcela (aceleración, reducción, freno, vuelta y aceleración otra vez), asegurándome de que no estoy pasando otra vez por el mismo sitio, no hay que creer que ya no soy capaz de citar a Mallarmé.
¿Pero a qué llevan todas estas quejas salvo a un exceso de sinrazón y a ser infiel a tu propia personalidad? ¿Qué es lo que prometen sino la desorientación y la pérdida del amor? ¿Qué es lo que hace que los extremos estén tan de moda? ¿Por qué ese sentido de culpabilidad sobre el falso aliciente de la acción? Rimbaud viajó a El Cairo, y qué fue lo que le escribió a su madre: La vie d'ici m'ennuie et coûte trop. Y en lo que se refiere a la historia del trineo y los lobos: no existe evidencia alguna de que un lobo haya matado nunca a un hombre. No se puede confiar siempre en metáforas llenas de fantasía.
Yo diría que soy un hombre feliz; si soy dado a sermonear, es como resultado de una modesta emoción, no del orgullo. Me pregunto por qué en nuestros días se desprecia la felicidad: se la rechaza confundiéndola con la comodidad y la complacencia; se la juzga como enemiga del progreso social e incluso tecnológico. La gente, a menudo, se niega a creer en ella incluso cuando la ve. O la desprecian como algo que tiene que ver sólo con la suerte o la genética: unas gotitas de esto, un chorrito de lo otro, un par de neuronas sueltas. Nunca como un logro.
¿A noir, E blanc, I rouge…? Paga tus facturas, eso es lo que dijo Auden.
Anoche, Amy se despertó y comenzó a gimotear quedamente. Marion se agitó en seguida, pero le di un par de palmadas en la espalda hasta que se quedó dormida.
– Ya voy yo.
Salté de la cama y me dirigí a la puerta que dejábamos totalmente abierta para poder oír a Amy. Mi medio atontado cerebro se puso a celebrar la moqueta, la calefacción, los vidrios dobles en las ventanas. Estuve a punto de avergonzarme por el alivio y el placer que me proporcionaban estas comodidades materiales; entonces pensé: ¿por qué preocuparse?
Cuando llegué a la habitación de Amy, todo estaba en silencio. Me alarmé. Temo por ella cuando llora, y temo cuando se calla. Quizá por eso le da a uno por elogiar la calefacción central.
Pero ella respiraba normalmente; estaba a salvo y dormía. Le estiré las sábanas mecánicamente y me dirigí hacia las escaleras. Estaba completamente desvelado. Crucé la sala de estar, vacié un cenicero y empujé el sofá para ponerlo en su sitio con la presión del pulgar de mi pie descalzo (repitiendo para mí mismo, con ironía, la frase del anuncio: «Ah, cómo son estas ruedecillas La Pluma»). Volví al recibidor, miré el buzón de alambre junto a la puerta («Habitación 101», siempre pienso) y entré en la cocina. El suelo de corcho es cálido para los pies, incluso más que una moqueta. Me dejé caer sobre uno de nuestros taburetes de bar -esos de mimbre que tienen un poco de respaldo- y me sentí dueño de todo lo que veía.
Afuera, en la carretera, una farola de sodio, cuya luz naranja se filtra por entre las ramas de un abeto a medio crecer que hay a la entrada del jardín, ilumina con suavidad el recibidor, la cocina y el dormitorio de Amy. A ella le gusta esta luz nocturna y cívica, y prefiere dormirse con las cortinas recogidas. Si se despierta y el resplandor naranja no inunda su habitación (la farola funciona con un interruptor horario, y se apaga a las dos de la mañana), se agita un poco.
Estoy sentado en el taburete, en pijama, asido al fregadero, y me tiro hacia atrás hasta que me apoyo sólo sobre dos patas. Entonces, controlando el peso, me muevo hasta sostenerme con una sola de esas patas protegidas por una goma. Me proporciona una especie de indolente placer ser capaz de hacerlo sin perder el equilibrio. También siento una especie de indolente placer ante la extensión de acero inoxidable, suave, limpia y seca que tengo delante. Empiezo a girar sobre la pata del taburete, sosteniéndome con fuerza con una sola mano, luego me paso la otra por detrás de la espalda para volver a agarrarme con las dos a la vez. Ahora abarco toda la habitación. La mesa ya puesta para el desayuno, la ordenada hilera de tazas en sus ganchos, las cebollas desprendiendo un brillo crepuscular desde una bolsa colgante: todo está agradablemente ordenado y, al mismo tiempo, extraordinariamente vivo. La cuchara junto a la taza del desayuno implica que el pomelo ya está partido y que espera en el frigorífico, con el azúcar endureciéndose sobre su superficie. Los objetos denuncian ausencias. Un cartel bien estirado y clavado con chinchetas del châteaude Combourg (donde se crió Chateaubriand), habla de unas vacaciones de hace cuatro años. Una falange de una docena de vasos sobre un estante implica diez amigos. Un biberón, guardado en lo alto de un aparador, predice un segundo bebé. En el suelo, al lado del aparador, hay una pequeña bolsa de viaje con un brillante adhesivo que le compramos a Amy para entretenerla: «Leones de Longleat», pone, con la foto de un león en el centro.
Doy otra vuelta, muy satisfecho, y me pongo de cara a la ventana. La luz naranja ha vuelto marrones las líneas de mi pijama. No puedo ni recordar cuál es su color original: tengo varios de diferentes colores, todos con las mismas rayas, y todos se vuelven marrones con esta luz. Reflexiono sobre el tema durante un rato sin llegar a ninguna conclusión. Mi argumentación sobre la naturaleza de la luz es bastante arbitraria: cómo el sodio con su fuerza y proximidad aniquila incluso el efecto de la más impresionante luna llena; pero de qué forma la luna permanece pese a todo; y cómo todo esto simboliza… bueno, simboliza algo, sin duda. Pero no pienso en ello seriamente: no tiene sentido intentar imponerles falsos significados a las cosas.
Miro un buen rato por la ventana de la cocina, directamente a la farola que brilla por entre las ramas del abeto. Se hacen las dos. La farola se apaga y una mancha borrosa, azul y verde, con forma de rombo, continúa ante mis ojos. Sigo mirando: la mancha disminuye, y luego, a su vez, de la manera más discreta, también se apaga.
<a l:href="#_ftnref7">[7]</a>Lift, en inglés «ascensor». (N. del T.) 184
<a l:href="#_ftnref8">[8]</a>Hidebounden inglés significa «estrecho de miras». Por otra parte hidees «cuero» y bound, «encuadernado». De ahí el doble sentido. (N. del T.)
<a l:href="#_ftnref8">[9]</a> En alusión a Como gustéis de Shakespeare.