39130.fb2 Mi coraz?n que baila con espigas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 2

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PRIMERA PARTE

Estaba terminando de maquillarme cuando ha llamado Leo. También es casualidad. Salvo que haya quedado para comer fuera de casa, los domingos no me arreglo en todo el día. El abrazo del camisón en el cuerpo, la sensación de la piel tibia, los muslos pegados, y sobre todo, el vago y persistente deseo de regresar a la cama, me incitan a permanecer así durante horas. Ya sé que es poco higiénico, pero me gusta. Mi estado natural es el desaliño: la bata mal abrochada, el camisón a rastras o, como mucho, una túnica holgada cuyo dobladillo está siempre descosido porque suelo pisarlo en mi constante subir y bajar las escaleras de la buhardilla. Madre solía decir que soy un desastre y ahora lo digo yo también: soy un desastre. Pero esta mañana terminaba de maquillarme cuando ha llamado Leo. Es como si alguna fibra remota de mi cabeza lo hubiera presentido. Hacía bastante que no sabía nada de él. Y él no sabía nada de mí. Cuando he descolgado el auricular y he oído su voz algodonosa abriéndose paso entre las brumas de la larga distancia, he sentido un pequeño acceso de contrariedad, como un leve malestar que partiendo de la tráquea se ha dispersado por el cuerpo en dirección a los brazos y las piernas. Creo que también he notado el pulso de la sangre en las muñecas. Quizás fuera sentimiento de culpabilidad, porque Leo me hace sentir culpable aunque en su voz no haya el mínimo atisbo de reproche. Ahora me tocaba llamar a mí y él se ha adelantado. Leo siempre llega cinco minutos antes de todo, especialmente cinco minutos antes de que llegue yo. Eso me fastidia.

Estaba aún en el cuarto de baño y acababa de depositar junto al lavabo el perfilador de labios, que se ha deslizado por el mármol y ha caído al suelo. Clac. Me pasa siempre. Todos los lápices están despuntados de tanto caerse. Me había agachado a coger el perfilador cuando ha sonado el teléfono (siempre voy con el teléfono portátil a cuestas, y a veces sucede que lo dejo abandonado en un rincón de la casa y tengo que seguir el rastro de la llamada para localizarlo). Esta vez ha sonado cerca, y al cogerlo he visto que estaba un poco mojado porque le había salpicado el agua de la ducha. Hola, ha dicho Leo después de comprobar que mi voz era efectivamente mía. Antes, cuando estaba más enamorado -y cuando yo también lo estaba, pues lo de ahora más que enamoramiento es obcecación-, sus palabras siempre iban precedidas de enormes silencios, y yo pensaba que lo hacía por mortificarme. Hola, ha repetido arrastrando la última vocal. Leo es así. Llama y espera. Luego dice una o dos palabras, como si quisiera tantear mi estado de ánimo a través de sus entrecortados silencios. Hola, he contestado yo fingiendo alegrarme un poco. Su voz me ha llegado entonces limpia y próxima, sin sonidos etéreos, y cuando a continuación le he preguntado dónde estaba, no he oído el eco de mi propia voz como sucede siempre que me llama desde el otro lado del mar. Me ha invadido un sudor frío, intermitente, y el miedo se ha apoderado de todas mis terminaciones nerviosas.

No podía creerlo. Leo estaba aquí. Dios mío: aquí.

He tenido que acompañar a Marius al médico. Otra vez el asma se ceba en su cuerpo. Me angustia su fatiga, la pesadumbre que vence sus movimientos de adolescente, ese pitido punzante que le suena entre palabra y palabra como si tuviera un alambre atravesado en los pulmones. Marius me preocupa. A veces pienso que los médicos, lejos de aplacar su alergia, le han desbaratado el organismo. En primavera, viéndole tan vulnerable, siempre con los ojos llorosos y la respiración dificultosa, parece un muñeco a punto de romperse. Lo digo sin exagerar. No quiero que detecte mi preocupación, ese estado de ánimo vigilante al que me arrastran sus achaques, pero es difícil disimularlo. Marius siempre ha sido un chico especial. Entre todos hemos fomentado su fragilidad, mejor dicho, su engañosa fragilidad, pues luego vamos al médico y resulta que todo es una falsa alarma; entonces yo sufro un gran bochorno y no me atrevo a levantar la cara de la vergüenza que me doy. Al médico le insinúo que ya me lo imaginaba, es decir, que ya me imaginaba que se trataba de una alarma tonta, pero no es cierto. Cuando llevo a Marius al médico siempre me pongo en lo peor. Forma parte de mi naturaleza sufridora y catastrofista. No ponerse en lo peor es como no ponerse. Naturalmente esto que siento tiene una explicación lógica para todo el mundo: Marius es hijo único y acapara todas mis angustias. Siempre he tendido a exagerar sus problemas y a vivirlos como una prolongación de los míos. Cuando lo tuve, hace diecisiete años, me invadió una profunda desazón. De pronto la idea de su existencia fue totalizadora, asfixiante. El bebé se desgajó de mi cuerpo y yo me sentí dividida, extraña, sin autonomía para dirigir mis propios movimientos. Es como si hubiera crecido algo extraño fuera de mí, algo de lo que nunca lograría desligarme. Una especie de brazo nuevo, un apéndice que, sin ser del todo mío, me pertenecía. Desde ese momento tuve la impresión de que jamás volvería a recuperar mi unidad física. Me fastidia reconocerlo, pero durante diecisiete años la maternidad me ha impedido ser libre.

No ha resultado fácil convencerlo porque esta tarde había quedado con sus compañeros para jugar a baloncesto y no estaba dispuesto a sacrificar sus planes. Pero yo tampoco estaba dispuesta a aplazar la cita y, además, una sobredosis deportiva no me parecía prudente en su estado. Marius siempre tiene pretextos para desembarazarse de las responsabilidades. Patín, cine, baloncesto, todo menos apalancar el culo en una silla y mirar un libro, siquiera por encima. Este año el tutor me ha llamado tres veces para quejarse de su escaso rendimiento en clase. Me siento impotente. Se lo he dicho al propio Marius utilizando distintos tonos. Cuando intento hacerle entrar en razón me mira con una suerte de obnubilación espesa, como si las palabras se quedaran flotando y no lograra atraparlas. Esa actitud suya -si no le conociera diría que es autista- me saca bastante de quicio. Lo que más me enfurece, con diferencia, es que ni se moleste en rebatirme. Incluso le da pereza hablar. Se aleja arrastrando sus zapatones del cuarenta y dos por el pasillo mientras yo, detrás de él, farfullo consignas mitineras sobre la responsabilidad y el número de camisetas diarias que echa a lavar, consignas que se estampan contra las paredes y rebotan en mis propios oídos. Seguramente es un problema de vagancia. Prefiero creerlo así. Ya sé que la vagancia es el clavo ardiendo de todas las madres ingenuas, pero yo no le encuentro otra explicación. Si Marius no es tonto, sólo cabe pensar que es vago. En realidad a mí nadie me ha dicho que mi hijo sea tonto -ojo: tampoco me han dicho que no lo sea-, de modo que por lógica habré de concluir que es vago. A Marius le cuesta un triunfo arrancarse, el simple gesto de alargar un brazo para coger algo que está a su alcance le supone un esfuerzo mayúsculo. Cuando se sienta en el sofá no dobla el cuerpo sino que se desploma sobre él como un fardo y los cojines salen disparados en todas las direcciones. Yo me paso el día recogiendo cojines del suelo. He probado a chutarlo con vitaminas, con ginseng, con energizantes de todo tipo, pero no hay manera. Está permanentemente con la mente floja, desvaída. Le cansa pensar, le cansa hablar, le cansa hacer. Le cansa vivir, en una palabra.

Otra vez, con la llegada del buen tiempo, sus medicinas se amontonan en el vasar de la cocina. El pulmicort, el polaramine, el cacharro de los aerosoles, que se lo compré hace un año y sólo lo ha usado un par de veces. Marius es así. Empieza las cosas y luego las deja a medias porque se aburre. Hasta Rocco se lo reprocha con la mirada. El pobre es el primero que lo sufre. Todas las noches Marius pone a prueba la incontinencia de Rocco y terminamos en trifulca. Parece que lo estoy viendo. Rocco se sitúa junto a la puerta, mira fijamente a Marius con la cabeza ladeada y unos ojos que casi lloran, y comienza a lanzar aullidos intermitentes para conmoverlo. Y nada. Algunos días se lo hace ahí mismo. El pis, claro. A veces he deseado poner un árbol de urgencia en el descansillo para aliviar su premura. Marius sólo busca a Rocco cuando se va a dormir. Lo sube a la cama, encima del edredón, y luego no hay forma de quitar los pelos. También eso se lo afeo porque creo que los pelos de Rocco le hacen un flaco favor al asma. Pero Marius prefiere respirar torpemente, castigarme con ese silbido amarillo que le brota entre sus mal hilvanadas palabras. El médico me ha recomendado que olvide un poco al chaval y deje de analizar sus reacciones como si fuera un bicho raro. Que el asma la tengo yo en el corazón. Puede que no ande desencaminado: el asma en el corazón. Pero si yo le contara. Esta tarde, después de llegar de la consulta, Marius ha salido con los amigos. Como tenía prisa, ha tirado al suelo su mochila y la bolsa de deportes. Había logrado convencerlo para que no jugara el partido de baloncesto y, contrariado, ha plantado la bolsa en medio de la cocina, como si fuera una bolsa del Pryca. No he tocado nada. Tal cual lo ha dejado todo, tal cual lo encontrará. Me he tumbado en el sofá en plan despatarrado y me he puesto a comer nueces. Las persianas estaban bajadas y por las rendijas se colaban pequeños rayos de luz harinosa, con muchas partículas de polvo flotando. El cuerpo se me desmayaba solo y me he quedado dormida, como cuando la protagonista de una novela está sola y se duerme entre las páginas. Al despertar casi había anochecido. No había apenas luz, ni partículas de polvo, y en el paladar conservaba el sabor áspero y marrón de las nueces. Me ha costado recordar que estaba sola en casa, que debían de ser las siete de la tarde y que me había hecho el propósito de trabajar un poco en el folleto gastronómico que me ha encargado la agencia. Intentaba recuperar mi existencia mientras sonaba insistentemente el teléfono al otro extremo del salón. He debido soñar que alguien se levantaba a cogerlo, porque he permanecido quieta y su sonido ha seguido hiriendo mis oídos. Cuando he querido reaccionar ya había saltado el contestador. Entonces me he incorporado sacudiéndome la falda, que estaba hecha un borruño, y he tropezado con la esquina de la mesita. Tenía el brazo entumecido por la inmovilidad del sueño y en el bajo vientre notaba una vaga sensación de deseo, ese latido pastoso y ligeramente húmedo que procede de un sueño con equis de sexo. Según me acercaba al teléfono oía una voz como azul grabando un mensaje. He pulsado la tecla del rebobinado dispuesta a escuchar la grabación sin ganas. El cuerpo se me ha tensado en unos segundos. Marius estaba retenido en unos grandes almacenes. Mierda: acababan de pillarlo robando compacts.

Me gusta hablar por teléfono. Mucha gente sostiene que hablar por teléfono es un vicio esencialmente femenino. Sin ir más lejos, lo sostiene Ventura. Cuando Ventura llega a casa y me encuentra enganchada al auricular, sufre un rapto de decepción, una especie de turbamiento que, a juzgar por la expresión de su rostro, es como un retortijón en las tripas. Ventura odia el teléfono, siempre lo ha odiado. En el fondo le encantaría ser ejecutivo para decir a todas horas que está reunido. Cuando él marca un teléfono, le da comunicando, o no contesta, o el abonado ha cambiado de número. Yo creo que tiene gafe. Esa disposición a la contrariedad le trasciende y alcanza a todo lo que le rodea. Si fuera por él tendríamos un teléfono con silenciador, o incluso no tendríamos teléfono. A veces, cuando estoy hablando y oigo el chasquido minucioso de sus llaves en la cerradura, corto la comunicación y hago ver que me ha pillado leyendo. Ventura es cabreante. Me coarta la libertad de expresión, me impide ser espontánea y manifestarme con naturalidad, no le gusta que derroche palabras, que derroche línea, que derroche cotilleos a media voz. Pero hay cosas que sólo existen por teléfono. Las largas y tupidas confesiones de madrugada, por ejemplo. Con mi hermana Loreto nos tiramos horas repasando las vidas propias y ajenas. Es uno de los ejercicios más saludables a los que puede dedicarse una mujer en sus ratos libres. Ese menudeo por los sentimientos proporciona una sensación vivificante, reparadora. Loreto me cuenta sus penas laborales y yo le cuento las mías, pero Ventura no lo entiende: él es incapaz de explayarse en palabras y su mejor manera de demostrarlo es haciendo terrorismo doméstico. Los domingos se levanta antes que yo, desconecta el teléfono y pone ópera muy alta, hasta que consigue despertarnos a todos. Yo estoy acostumbrada a abrir el ojo con los bufidos de Norma. Llego a la cocina y encuentro en el fregadero su taza del desayuno, su plato, el cuchillo embadurnado de mermelada y el cazo con la leche incrustada en los bordes. Qué trabajo le costará, pienso, pasarle un agua y meterlo todo en el lava-vajillas. Si se toma la molestia de ser ordenado, que lo sea del todo. Otra cosa son los periódicos. Normalmente no tenemos problema porque él suele levantarse primero, pero si alguna vez me adelanto yo y cojo la prensa del descansillo, se siente frustrado. Estrenar el periódico del día es como estrenar una barra de pan caliente. A veces se lo digo y sonríe un poco bajo el bigote, como dándome la razón. En realidad lo digo con segundas. Años atrás, cuando hacíamos el amor por la mañana, recién despertados, Ventura siempre murmuraba que mi cuerpo era como el pan recién hecho. Yo crujía entre sus poderosas caderas como crujen las barras tempranas, y él recorría mis músculos hasta que se desmigaban entre sus manos. Pero eso, ya digo, era hace tiempo. Ahora Ventura está pasando una de esas temporadas herméticas en las que yo creo interpretar un cierto desdén existencial, como si ya no esperara nada de la vida, de sus clases en la universidad, de su afición por la música, de sus largos encierros en la buhardilla, siempre repasando notas de conferencias, alucinándose con apuntes de sociología, con porcentajes y cosas que a mí me parecen obviedades, lluvia sobre mojado, redundancias, números y estadísticas. La otra noche, mientras me desvestía frente a él, se lo escupí a la cara: estoy casada con un porcentaje. Me desabroché con rabia la cremallera y la falda se deslizó hacia el suelo y se abrió como una berza. Saqué los pies de dentro, primero uno, luego otro, y quise levantar la falda con el empeine, pero no pude y tuve que agacharme a recogerla. Estaba enfadada porque en la cena con unos amigos Ventura se había pasado el tiempo mirando al infinito y desoyendo los comentarios de todos. Lo hace siempre que no le interesa una conversación: nubla los ojos y fija la mirada en ninguna parte, como si se hallara a solas con un remoto pensamiento que ninguno de los presentes tenemos derecho a compartir. Estaba, pues, enfadada y él lo sabía. Creo que incluso lo sabía desde antes de enfadarme, porque Ventura posee un poder mágico para detectar mis reacciones con antelación, de modo que nada de lo que ocurre en muchos momentos le es ajeno ni escapa a su órbita de control.

Seguramente él había deseado enfadarme y encontraba en ello una suerte de complacencia morbosa. Estoy casada con un porcentaje, dije, o sea, insistiendo en mi enfado, y él ni siquiera se dignó mirarme, puso esa expresión insondable y críptica que pone cuando empiezo a rabiar y no quiere hacer nada por evitarlo, y siguió desvistiéndose maquinalmente, con un apunte de sonrisa cínica en los labios, así que todavía me enfadé más y estuve a punto de salir corriendo hacia el baño para encerrarme a llorar. Pero me contuve. Hace tiempo que no lloro y sólo me encierro en el baño cuando estoy demasiado triste y pienso que no merezco vivir. Sentada en el borde de la bañera, noto la frescura del mármol en los muslos y toda yo me derrito por dentro como un azucarillo, así durante mucho rato, hasta que a fuerza de chirriar con llanto e hipos caigo en la cuenta de que estoy premenstrual, entonces me incorporo para mirarme al espejo y me asusto con mi cara de bruja.

Muchas lágrimas he derramado por Ventura en los diecinueve años de matrimonio, lágrimas que con frecuencia no han hecho sino reafirmarle en su silencio de hombre encastillado, porque Ventura se crece ante mi debilidad, calla y no otorga, más bien se parapeta en su espacio vital, que es un espacio reservado, y desliza sucesivas miradas que me producen escalofríos en la columna. A veces va y dice cosas aparentemente inconexas, palabras que a mí se me antojan metáforas y que me vuelven loca porque no logro interpretarlas. Ventura es raro. Para ser sincera, me gusta que sea raro, pero no tanto. A veces sueño que lo quiero, y lo paso tan mal dentro del sueño que cuando me despierto empiezo a sospechar que estoy irremediablemente enamorada. Sueño, por ejemplo, que llego a casa sin llaves y que no puedo entrar, entonces llamo con insistencia al timbre, pero Ventura está embutido en los cascos escuchando ópera y no me oye. Otras veces me cruzo con él en el sueño y no me ve, aunque yo le hago señales con la mano delante de la cara, como si quisiera espantar una mosca. Sus ojos líquidos me atraviesan, pero no reparan en mí: me desconocen. Ventura se mira siempre hacia adentro, en dirección a ese espacio melifluo y borroso que está siempre ocupado por sus propias sombras. Yo navego entre ellas con precaución asustadiza y timorata. Camino de puntillas para no estorbarle, pero él acusa la intromisión y se rebela. Creo que no me equivoco cuando pienso que Ventura sólo se ama a sí mismo.

Ese temor fue lo primero que me sobrecogió al conocerlo. Ventura entraba y salía de mi vida con sigilo, procurando borrar todas las pistas de sus pasos, revoloteaba a mi alrededor sin traspasar jamás mis contornos, y si cedía a la tentación del coqueteo, en seguida se apresuraba a dar marcha atrás, cerrándome la posibilidad de cualquier ilusión. Cuando por fin sentí la certeza de su acoso, supe que me aguardaba mucho sufrimiento, y una sensación premonitoria de impotencia se instaló en todas mis vísceras. Ventura me amaba, pero no quería amarme.

Coincidimos en un viaje que habían organizado unos amigos y desde el primer momento se estableció entre los dos una grata sensación de complicidad, un cosquilleo intelectual deshabitado de palabras. Era el tira y afloja de los amores que están destinados a martirizarse mutuamente. El último día del viaje deslicé un papel por debajo de la puerta de su habitación con una frase de Cesare Pavese y esperé pegada al teléfono un acuse de recibo. Pero Ventura no llamó, y a la mañana siguiente tampoco ocupó su lugar habitual en el desayuno, yo creo que ni siquiera deseó verme, se escabulló con modos silenciosos, y al llegar a la estación, ya en casa, me apartó del grupo y se despidió diciéndome: «Me das miedo, Fidela.» Pero Ventura no tenía miedo de mí, porque yo estaba como parada en una esquina viéndole pasar. Ventura tenía miedo de sí mismo, de amarme más allá de lo que su razón pudiera aconsejarle. Y así fue durante mucho tiempo. Me amaba y me temía alternativamente, me buscaba y me apartaba, desaparecía para volver a aparecer con bríos nuevos, luchaba por expulsarme de su vida y regresaba siempre a mi orilla torturándome con sus malditas inseguridades. Nunca me habló de amor, ni siquiera cuando ya era un sentimiento irremediable entre nosotros. Hablaba de ópera, de porcentajes, de libros, de las películas de los hermanos Marx, y todo lo acompañaba con un aire indolente, como si quisiera dejar constancia de su desdén hacia el mundo, de su necesidad de mantenerse firme frente a los afectos o incluso frente a mí, que lo amaba pese a ser tan rara como él y tener las mismas necesidades de rebeldía.

Tiré la falda sobre la cama e intenté llamar inútilmente su atención. Como otras veces, no me hizo caso. Me enzarcé en una discusión estúpida conmigo misma, farfullé un deslavazado monólogo de frases absurdas que sonaban mal a mis propios oídos y que una vez pronunciadas hubiera deseado borrar con una spontex. Ventura no se dignaba dirigirme la mirada, mantenía esa actitud lacia y desinteresada que tantas veces he visto reproducida en Marius al hablarle de estudios o quejarme porque siembra su cuarto de camisetas sudadas. Ventura llevaba el cepillo de dientes en la mano cuando clavó sus pies en el suelo, volvió de pronto su rostro hacia mí y con una irreprimible carga de desprecio me dijo lo que me dijo. No pude responder. Me subió un golpe de sangre a la cara, un sofoco cegador, y la habitación se volvió nublada, como cuando te mareas y el mundo desaparece de tu vista. El corazón me latió con una fuerza desacostumbrada y las piernas empezaron a flaquearme por la parte interna de las rodillas. Ventura jamás había ido tan lejos. Fue entonces cuando decidí odiarle.

El primer día que me acosté con él todo quedó un poco raro. No fue aquí. Debo advertirlo porque yo casi nunca me acuesto aquí, por si acaso. Prefiero los lugares sin referentes, las ciudades sin nombre, esos hoteles que no me recuerdan a nada y donde puedo entrar y salir del ascensor sin pensar que de un momento a otro voy a tropezar con mi vecino. Aquella ciudad me pareció como desvencijada, aunque ahora que lo pienso seguramente me pareció desvencijada porque el hotel estaba en las afueras y el taxista, para atajar, atravesó un barrio donde había muchas naves industriales repetidas, unas al lado de las otras, todas grises y opacas. Aquello me sonó a novela en blanco y negro, así que cuando llegué al hotel tenía el cuerpo como lleno de hormigas y casi no podía creer que la vida me estaba pasando a mí.

Lo primero que hice fue correr las cortinas. Siempre lo hago al llegar a cualquier hotel. Corro las cortinas y, de espaldas a la calle, me construyo un universo propio, idéntico al que ya he conocido en otros hoteles de otras ciudades: el minibar, la tele, la mesilla de noche, la colcha de un color que no recuerda a ningún color, el cuadro que no recuerda a ningún cuadro, y el baño con su cesto rebosante de caprichitos, el gel, el body lotion, el champú, la crema suavizante. Si los tarros son bonitos y tienen formas caprichosas me los llevo. Antes clasificaba los hoteles en función de las puñetitas que ponían en el baño, pero desde que he dejado de coleccionarlas casi ni me entero. Aquel día me abstuve de tocar nada, no fuera que él me tomara por una vulgar choriza o, lo que es peor, por una hortera poco viajada. De modo que me quedé mirando la cestita, algo pobre en comparación con otras, y la toallita, y el papel higiénico que estaba doblado en pico como un sobre de correos, y no toqué nada. Eché un vistazo al espejo y el espejo me devolvió una imagen extraña que sin duda era la mía. Pero yo estaba bien, y el hormigueo que sentía en el cuerpo se trataba de una manifestación de deseo normal y corriente. Encendí un pitillo y me senté en una esquina de la cama, a esperar junto al teléfono. Seguro que cualquier mujer en mi lugar hubiera adoptado una postura más interesante, pero a mí no se me ocurrió. Consulté el reloj y comprobé que todavía faltaban diez minutos para la cita. Diez o más, porque entonces yo no sabía si era un hombre puntual o si gustaba de dar plantones a sus amantes. Fumé, pues, convulsivamente (eso le hubiera parecido a cualquiera que me hubiera visto desde fuera) mirando de vez en cuando los recios cortinones que me separaban del mundo. Había conseguido olvidar cómo era la calle en la que me había depositado el taxista, si hacía sol y si de verdad las palmeras se alineaban al borde del asfalto como había imaginado yo en mis sueños. Estaba viviendo en una estación sin vistas y sólo podía asomarme al espejo. En fin: me sentía arropada en ese pequeño útero de cuatro estrellas sin identidad, repetido, igual a otros úteros de cuatro estrellas sin identidad y repetidos. La única diferencia es que aquí iba a encontrarme con mi mejor amante extramatrimonial, le abriría la puerta y en seguida le ofrecería algo de bebida para salir del paso y disimular que íbamos a lo que íbamos. Aunque a lo mejor la bebida tendría que ofrecérmela él porque a mí me temblaría el cuerpo bajo la carcasa y sería incapaz de actuar con naturalidad. Es posible también que en ese instante yo prefiriera llamar al room service y pedir un café con leche para consolar el estómago. Qué distintas salen las cosas después de haberlas planificado mucho. Llevaba en la maleta un conjunto de noche que me había comprado en Estados Unidos, un conjunto verde rabioso (con un agujero a la altura de la cadera producido por la quemadura de un cigarrillo) y no iba a encontrar el momento de ponérmelo. Hay días en los que todo ocurre al revés, y ése era uno de ellos. No sonó el teléfono. Tenía la mirada clavada en él pero no sonó. Oí un golpe tímido en la puerta, el típico golpe clandestino, de nudillos flojos, y suspiré. Creo que también tuve miedo. Había deseado mucho el encuentro, pero de pronto me sentí aturdida, sin capacidad para alegrarme. Él llegaba a la cita puntualmente -las seis y media de la tarde, ni un minuto más, ni uno menos- y eso, en lugar de satisfacerme, me confundió un poco. Quizás aquel hombre me deseara más de lo que yo estaba deseándolo a él. Como idea no me desagradaba, pero no supe valorarlo. Su cara me pareció descolorida, y sus ojos, bajo aquella frente que el primer día se me había antojado orgullosa, estaban tan asustados como mis ojos. Nos habíamos hablado tres veces, y la necesidad de establecer una relación urgente se había impuesto a todo. Vestido de calle era otro hombre. Ni peor ni mejor: distinto. El uniforme que llevaba cuando nos conocimos disimulaba sus adiposidades prematuras, pero así parecía más joven, y el jersey de cuello vuelto le daba un aire de viejo existencialista francés, una especie de Yves Montand con más kilos. Un mechón corto y mal recortado le caía sobre la frente, acaso para ocultar alguna entrada en el pelo. Tenía las manos cuadradas, poco elegantes, y unos labios que destacaban furiosamente en el conjunto del rostro, con la comisura como tatuada. Las líneas de su boca fueron lo primero que reconocí de él. Las vi sin mirarlas porque me salieron al paso bajo la luz tibia del pasillo. Sin embargo, con toda la reciedumbre a cuestas y aquella boca que ardía bajo sus perfiles, yo creí adivinar una vaga expresión de perro triste. No me cogió por la cintura ni me dio un beso de tornillo ni me tumbó sobre la cama para rasgarme la falda ni me dijo que no podía vivir sin mí. Fue todo confuso, un poco torpe, y hasta que no lo vi reír con su alegría chillona no supe que realmente estaba con el hombre que tanto había querido estar. Extrajo del bolsillo exterior de su chaqueta un pequeño paquete que tenía la envoltura muy arrugada y lo abrí. Era un pañuelo de seda, con dibujos de cadenas de colores, inspirado en esos famosos pañuelos de cadenas y colores que tanto se habían llevado, y le di las gracias con un protocolo falso que apenas disimulé. No preguntó por la bebida. Se quitó la americana, que dejó tirada sobre un sofá, entró en el baño a orinar (yo oí el ruido) y se sentó a mi lado en la cama. Calló largamente y empezó.

La primera vez que hicimos el amor quedó fatal. Yo lo veía todo con una lucidez desmitificadora, horrible, una lucidez que se impuso con crueldad durante las primeras horas de nuestro encuentro amoroso. Lo recuerdo desnudándose -no bebimos, y tampoco llamamos al room service para pedir un café con leche, todo fue como no hubiera debido ser, llegar y besar el santo-, y ahora me sobreviene su imagen desnuda, con calcetines. Desde entonces, cuando me he acostado con un hombre, he procurado mirar hacia otro lado mientras se quitaba los calcetines. No puedo remediarlo. Tengo sin embargo algunos paréntesis amnésicos de las horas que siguieron. Recuerdo unos paseos por el dormitorio -siempre en busca de cigarrillos-, los viajes al cuarto de baño, la imagen de una lámpara de pie que tenía el cuello de la pantalla torcido, y muchos sueños intermitentes. Yo me quedaba dormida y él me despertaba con abrazos y caricias. Volvíamos a hacer el amor como sonámbulos, y de nuevo yo me dormía con los brazos sobre su abdomen y mi sudor pegado a su sudor. Hasta que poco a poco todo cambió y fui yo quien empezó a despertarse y a querer despertarlo a él, buscándolo en todos los recovecos, murmurándole obscenidades, persiguiéndolo como un animal en celo bajo las sábanas. A la mañana siguiente volví a desearlo para desayunar y ese deseo fue creciendo y él me correspondió con una vitalidad casi sobrenatural. La imagen del hombre en calzoncillos quedó sepultada por nuevas imágenes: su sexo fuerte y erguido como un mástil, el desvarío de su mirada previa al orgasmo, esos rugidos que después habrían de enloquecerme tanto, y de nuevo mi voracidad, mis ansias, primero besándole las yemas de los dedos, recorriéndole la comisura de los labios con la lengua, cabalgando por su espalda, masturbándole con los pies, y al fin los inacabables tiempos de penetración, uno junto al otro, no encima ni debajo, así no me dolían los brazos, ni los riñones, ni se me enrojecían los codos ni me flaqueaban los músculos. Me decía frases disparatadas, elogios brutales, cosas que yo repetía porque a él le excitaban mucho y a mí me excitaba que le excitasen. Todo era de una lentitud jamás probada, nueva.

Entonces yo aún no imaginaba que el placer habría de llegar más lejos, y que juntos nos adentraríamos en profundidades tentadoras y peligrosas. Sólo cuando despertaba de aquellas acometidas brutales me parecía descender de otro mundo y trataba de buscar su mirada para enamorarme un poco y sentir la mansedumbre del silencio.

El ambiente de la habitación estaba cargado. Si fuera un poco romántica diría que olía a sexo, amor, tabaco, besos, a todo junto. Pero no quiero mentir. Olía a tigre. Llevábamos casi veinte horas encerrados allí dentro y el cuarto se había inundado de una niebla ácida y profunda. Nos azotó el hambre y decidimos salir para que arreglaran un poco la habitación. Entonces pensé en las camareras y me dio vergüenza. Mientras yo esperaba que terminara de ducharse, recompuse un poco la cama y vacié los ceniceros. Él recuperó cierta finura de existencialista. Con el pelo mojado me pareció que estaba muy atractivo y se lo hice notar. A partir de aquel día, donde quisiera que se encontrara, antes de acudir a una cita conmigo, se metía en un baño para empaparse la cabeza de agua. Era como una dedicatoria. También descorrí las cortinas y abrí un poco la ventana. No había palmeras en el trozo de calle que alcanzaban mis ojos. Cuando íbamos por el pasillo recordé que había dejado en la puerta el cartel de Don't disturb. Volví sobre mis pasos, le di la vuelta y salimos juntos.

La luz del sol nos sosegó el alma, aunque no calmó nuestro apetito. Almorzamos en un pequeño restaurante de la ciudad vieja. En realidad no era un almuerzo, ni siquiera una merienda, pero conseguimos aliviar la necesidad. El cielo tenía el color del cobre viejo y en el aire flotaba un airecillo dulzón mezclado con ráfagas de neumático quemado. Nos servía un barbudo de espaldas gruesas que llevaba un mandil sucísimo. Sembró la mesa de pequeños platitos con ensaladas de pimientos y alcaparras, berenjenas, olivas negras, pasta de harina de garbanzos, y yo empecé a olisquearlos tratando de buscar un rastro de cilantro, que es una especia con la que estoy reñida. Hablé bastante de mí y él no habló nada de él. Sólo preguntaba, preguntaba tanto que a ratos tenía que mentirle para rellenar las respuestas. Me inquietó su escasa disposición a mostrar alguna parcela de su intimidad, y todavía ahora no acierto a comprender cuáles eran las razones que le inducían a preservarse. Le hubiera bastado con cumplir un trámite de despedida y quedar bien. No hacía falta que nos volviéramos a ver. Pero él me rodeaba con sus preguntas. Quería saberlo todo y cuando una explicación no le convencía, callaba y la línea de sus labios se tensaba como si estuviera jurando por sus adentros. Verlo así me ponía muy nerviosa. En un momento determinado dijo que yo me parecía a esas mujeres que salen en las películas francesas dentro de un coche, un día de lluvia -en las películas francesas es que llueve mucho-, con las escobillas moviéndose rítmicamente de un lado a otro del parabrisas. La mujer está detrás del cristal y el espectador siempre trata de adivinar lo que piensa. También él trataba de adivinar lo que pensaba yo, pero yo no pensaba nada, al menos nada especial. No se lo creía y por eso apretaba los labios.

Tenía un perfil como para dibujarlo a carboncillo. Recuerdo muy bien su perfil porque cuando íbamos en el taxi, minutos antes de que me abandonara, lo contemplé detenidamente para hacerlo mío. La frente se le prolongaba en la nariz de forma recta, sin curvarse nada en el entrecejo. Esa unidad entre frente y nariz eran más una característica racial que un capricho de su rostro, pero yo no lo sabía. La línea de su boca hacía juego con su mandíbula, que también tenía un trazo muy marcado. El mechón corto sobre el ángulo derecho de la cara, en justa simetría con una entrada prominente que le desnudaba el parietal por la parte izquierda, y cierta laxitud en las mejillas, le proporcionaban un toque de avejentamiento existencial mezclado con un aire de dejadez. Tenía cuarenta y un años, pero cualquiera le hubiera echado cinco o seis más. Era un hombre muy quemado, sin duda.

Me había pedido que me quedara todo el fin de semana y no aceptaba las razones de mi resistencia. Yo había desviado un viaje para estar con él, había tenido que cuadrar inventos, pretextos, escalas, billetes de tarifa ajustada, un montón de cosas. Y ahora pretendía que lo descabalara todo para pasar más tiempo encamados. Aquella sugerencia, que había empezado como un simple juego, derivó pronto en una discusión kafkiana, tensa, ilógica. Seguro que si hubiera sido yo quien se lo hubiera propuesto, nuestra relación hubiera terminado allí mismo. No conozco a ningún hombre que se crezca en el amor cuando se siente acosado. Todo lo contrario. Lo deja todo y huye. Además, nuestro caso era especial. Se suponía que nosotros no estábamos enamorados, o no lo estábamos tanto como para que cada uno adquiriera derechos sobre el otro. Supe que tenía mujer y tres hijos mayores y sospeché que escondía una vida complicada, o al menos una segunda vida. Me dio igual. Una vez, pasado el tiempo, le monté una desagradable escena de celos cuyo recuerdo todavía me atormenta, pero ese día me dio igual. Cuando íbamos en el taxi, de vuelta al hotel, le dije que me había decepcionado. A lo mejor no se lo dije con estas palabras, pero él lo entendió así. Estábamos ya enzarzados en una conversación imposible y tratábamos de ofendernos mutuamente. Aprovechó que el taxi se detenía en un semáforo, abrió la puerta y se bajó sin despedirse. El coche arrancó de nuevo y yo no volví la cabeza para mirarlo. Quise fingir dignidad, pero me sentí mal. Seguramente él se marchaba en dirección contraria, con las manos en los bolsillos, mientras dibujaba un rictus de tensión en la línea de la boca. Leo era así.

Loreto se separa. Loreto siempre había dicho que si una de las dos se separaba, ésa sería yo. Pero ahora se separa Loreto y dentro de mí siento como si una parte del amor también se me hubiera quebrado. Padre todavía no sabe nada. A padre le costará un disgusto gordo, porque él creía en el matrimonio de Loreto, tan aparente, tan formal, a la medida de los amores eternos. A mí también me costará un disgusto; de hecho ya llevo todo el día dándole vueltas y preguntándome por qué he tardado tanto tiempo en descubrir el secreto de mi propia hermana. Nuestras largas horas de confidencias, en estos meses, no han servido para aproximarnos y romper el distanciamiento de casi veinte años, desde que abandonamos nuestra habitación compartida en la casa familiar y ambas salimos hacia mundos opuestos. Loreto siempre ha sido muy distinta a mí, pero nunca la he envidiado. Ella heredó de la abuela ese gen de la abnegación en el que muchas mujeres de nuestra familia han edificado su vida. Loreto, como la abuela, nació para derrochar optimismo y entregarse a una vida plural, generosamente multiplicada en los demás. Pero Loreto se separa. El chino -a su marido siempre le he llamado el chino, por sus ojos rasgados bajo las gafas de miope- ya no volverá a imponer las comidas de fibra vegetal y a presumir con su trabajo de diseñador de llantas. El chino se ha esfumado. Loreto no cuenta por qué, pero se ha esfumado. La semana pasada, al llegar de un viaje que habían organizado juntos, Loreto encontró la demanda de separación. Así, sin más. Un viaje de placer y a continuación la ruptura. Ella se ha quedado como desnuda de vida y la pena transcurre por sus ojos todavía secos, fija la mirada de color moscatel, los hombros caídos, el regazo muerto, hasta que en un instante determinado vuelve en sí y desmenuza los nervios arrancándose con los dientes los pellejitos de las uñas. Las mujeres de nuestra familia están marcadas por la desgracia, decía la abuela con voz doctoral cuando contaba la historia de su madre, aquella primera Loreto que fue abandonada por el bisabuelo poco antes de morir de parto. Loreto es un nombre maldito. Todas las Loreto de la familia han pagado su maldición como pagaron las mujeres bíblicas el dolor de sus vientres horadados. Primero la bisabuela Loreto, que se desangró por abajo como en un valle de lágrimas rojas y afiladas. Luego la tía Loreto, cuya soledad constituye todavía hoy la pesadilla de todos, y ahora mi hermana, último eslabón de una cadena que estaba destinada a perpetuarse. Loreto no ha tenido hijos, no ha podido tenerlos, pero siempre ha ejercido su maternidad en todos los que la rodeamos. Su belleza es pedagógica, como es pedagógico su dominio del carácter, sus habilidades culinarias y su naturaleza expansiva y estimulante. Loreto quería estar enamorada del amor, pero se enamoró de un cretino y ahora no encuentra consuelo. Ella ha sabido que su marido la llamaba a menudo desde el aeropuerto fingiendo viajes urgentes, pero se quedaba en un hotel cercano con una mujer que a lo mejor no era una sola sino muchas distintas. Me pregunto qué verían en Fernando, el chino, todas las mujeres que no son Loreto. Lo pienso en voz alta mientras ella permanece con la cabeza entre las manos, abatida por la bofetada del abandono. El canalla de mirada viscosa y hablares prepotentes ha terminado dando la cara. Yo lo intuía. Era un hombre -y lo sigue siendo en alguna parte del mundo- falso, egocéntrico y cafre. Su final estaba escrito hace ya mucho tiempo.

Loreto llora ahora a trompicones. Está envuelta en un albornoz de rayas y se ha tumbado sobre mi cama con los pelos revueltos y húmedos. No la he acariciado, porque yo no sé utilizar las caricias como método de consuelo, sino que la he animado a seguir llorando hasta que su cara pareciera una bayeta estrujada. No me ha escuchado. El llanto le daba arcadas y yo he ido a la cocina a prepararle una infusión. Mientras se la ofrecía, sin dejar de remover el azúcar con la cucharilla, he vislumbrado en ella una expresión desvalida que no parecía suya. He sentido profunda lástima por Loreto, tan derrotada y nueva a mis ojos. No soporto a los débiles, nunca los he soportado, y ella se me antoja ahora como una mujer abierta de carnes, anulada y dependiente de mí. Loreto, que era la dama fuerte de la familia, busca refugio en mi abrazo y pide ayuda con un silencio que me pone la piel de gallina. Estamos quietas largamente, la una pegada a la otra, y los pensamientos me brotan en chorro, sin ningún concierto. Tal vez debiera pasarle la mano por el pelo, ayudarla a secarse, recomponer ese albornoz que deja al descubierto sus muslos, abrir la frazada de la cama e invitarla a acostarse. Pero no hago nada. Sólo siento su corazón en el muelle de mi brazo y dejo que transcurra el tiempo sin necesidad de conducirlo. Rocco araña la puerta porque quiere entrar en el cuarto. Ventura y Marius se han quedado en el salón, supongo que algo aturdidos por el impacto de la noticia. Loreto gimotea, poco a poco le fallan las fuerzas para llorar, su motor se agota como se agotan los muñecos de cuerda. Debería tratar de convencerla para que durmiera un poco porque el sueño es la mejor terapia: mientras duermes no existes, el olvido se apodera de la vida y el tiempo lo nubla todo, ansiedades, sobresaltos, miedos, rabietas. Sólo cuando te despiertas en mitad de la noche vuelves a recobrar la conciencia de las cosas. Tras unos momentos de indecisión aparece de nuevo el recuerdo, la lucidez del sufrimiento, y un dolor agudo, íntimo, se instala en las paredes del estómago. Saltas de la cama y con el frío de las baldosas pegado a las plantas de los pies corres hacia el baño en busca de un orfidal. Con un poco de suerte al cabo de un rato acaso vuelvas a dormirte. Es una sensación balsámica: regresar al sueño, a las profundidades del olvido, a ese claustro de la noche que te envuelve entre telarañas. Cuando Ventura y yo teníamos nuestras largas peleas de recién casados, las noches eran convulsas y yo me pasaba el rato moviéndome en la cama y haciendo ruido para que él supiera que estaba despierta. Ventura siempre lo sabía, pero se fingía dormido y yo no soportaba su placidez, el ritmo acompasado de su respiración y sobre todo su necesidad de armonía y silencio. A mí me mataba el silencio, yo no podía conciliar el sueño porque estábamos enfadados y el desorden azotaba mis sentimientos. Después de mucho enredar conseguía despertarlo y lo incitaba a la discusión. Quería hablar y procuraba una aproximación, que siempre resultaba tortuosa, mordiente. En todas las peleas nos decíamos las mismas cosas, los mismos reproches, las mismas mentiras disfrazadas de verdades, las mismas verdades disfrazadas de mentiras, las mismas locuras, los mismos insultos, hasta que al final caíamos abatidos por el peso implacable del dolor, era ya madrugada y sobre la colcha se deslizaban las primeras luces del día. Entonces Ventura trataba de hacerme entrar en razón; mirando el despertador se lamentaba de las pocas horas que nos quedaban de sueño y acercaba mi cuerpo al suyo, lo encajaba como un puzzle contra sus muslos y yo, hecha un cuatro, me entregaba al sueño, siempre de espaldas a él, sintiendo el abrigo amable de sus piernas y el tacto de sus pies calientes sobre mis pies fríos. Lo recuerdo bien: yo siempre tenía los pies fríos, así que el sabor de la reconciliación era térmico, dulce, y estaba íntimamente relacionado con la progresiva transmisión de nuestras temperaturas corporales. Cuando mis pies entraban en calor significaba que ya nos habíamos reconciliado.

Nunca le he hablado de estas cosas a Loreto. Ella no sabe los problemas que tengo con Ventura, y tampoco conoce la existencia de Leo. Loreto y yo, estando tan unidas, nos ocultamos bastantes cosas de nuestras respectivas vidas. Ahora mismo yo no sabría distinguir los matices de su sufrimiento. Porque no es el desamor, sino la traición, lo que ha alborotado su alma. Está desorientada ante sí misma, incapaz de revisar sus ideas. No quiere terminar de llorar, hay en su tormento una suerte de masoquismo recién descubierto. Se siente degradada, infecta, y por primera vez en su vida, perfectamente imbécil. Debería hablarle de Leo, pero no me atrevo.

Han operado a Rocco. El veterinario le ha sacado un almendruco del intestino y dice que saldrá adelante, pero yo estoy paralizada a sus pies, vigilando esa respiración que se mueve rítmicamente bajo una mantita de Iberia. De vez en cuando abre los ojos para comprobar que sigo junto a él. Sus frágiles trece años están conectados a un gotero que le proporciona intermitentes dosis de vida. Por el tubo resbalan lágrimas de suero y yo lloro lágrimas como dátiles. Marius duerme en la habitación de al lado. Rocco siempre pasa las noches con él, pero hoy no tiene fuerzas para incorporarse. El sufrimiento ha prendido en mis músculos, el pulso me late con fuerza en las muñecas y los silencios de la madrugada repiquetean en todos los espacios de la casa. Es el dolor de la impotencia. Sé que Rocco tendrá que morir un día, pero no [ogro hacerme a la idea. Cuando llegó a esta casa, Marius tenía cinco o seis años y nuestra existencia era agitada, vivíamos dependiendo de las baby-sitters y todo tenía un aire provisional, quebradizo. Resolvíamos las cosas sobre la marcha y salvábamos las emergencias como podíamos. Para terminar de arreglarlo, un día apareció Ventura con un pequeño cocker en brazos y a mí se me vino el mundo encima. Los dos primeros meses fueron confusos, Rocco elegía las alfombras para hacer pis y Marius lo perseguía por los rincones tirándole del rabo a ver si le crecía. No sé quién le puso Rocco, tal vez ya llegó a casa bautizado, porque ahora que lo pienso es como si hubiera existido siempre, incluso antes de nacer. Rocco ha sido una prolongación de nuestras propias vidas, un testigo mudo de los años que han pasado sin darnos cuenta, invierno tras invierno, esperando que Marius llegara del colegio para sentarse en la cocina junto a él y compartir alguna migaja de su merienda. Y luego los veranos, las vacaciones itinerantes por los campings, con él de protagonista insumiso, como aquel año, en Lisboa, que se fugó tras una perra en celo y nos pasamos la noche buscándolo. Rocco se escapa hoy lentamente, me lo dice con la mirada de la edad, unos ojos cubiertos por una telilla blanca que le impide ver mis lágrimas. Me he abrazado muchas veces a él como si fuera un osito de peluche, se ha revolcado conmigo en la cama, nos hemos mordido mientras jugábamos, pero ahora temo hacerle daño y sólo deslizo la mano por su cabeza, le acerco mi cuerpo a su olfato, quiero que sienta mi proximidad, mi olor, la ayuda de esos brazos que tanto le han rescatado del peligro. Rocco no tiene fuerza para quejarse y sus orejas, blandidas mansamente sobre el lomo, parecen dos manchas expropiadas de vida.

No quiero hacer una exaltación del dolor, pero sufro y lo noto en todas las cavidades de mi cuerpo. También me duele la espalda, aunque eso se deberá a la mala postura. Llevo dos horas sentada en el taburete sin apartar la vista de Rocco, los hombros me pesan y en el centro de la columna vertebral siento unos desagradables pinchazos que ascienden por la espalda hasta enquistarse en las cervicales. Necesito pasear por la habitación, fumar otro cigarro, desentumecer esa quietud que ha agarrotado mi cuerpo. Necesito también sacudirme de encima la obsesión de Rocco, agrandada ahora por el efecto absoluto de la noche.

Sobre la mesa he puesto las últimas cartas de Leo. De vez en cuando me distrae leerlas. A través de ellas puedo revivir la trayectoria de nuestras respectivas vidas en estos diecisiete meses de relación. Hay cosas que no logro recordar bien (tal vez he pretendido olvidarlas deliberadamente en algún momento) y que sólo él, con su apabullante memoria, logra sacar a flote. Algunas cartas son quejumbrosas, dolientes, otras en cambio contienen una dulzura incontenible, pero todas me transportan a ese mundo que ningún hombre ocupará jamás y que sólo a él le debo. Leo estimula mi memoria. A veces, cuando permanecemos abrazados en la cama, después de nuestras largas sesiones de amor, él con los ojos fijos en el techo y yo derrumbada de placer, la cabeza sobre su pecho y los párpados vencidos, me siento incapaz de entablar un diálogo y le digo muy bajito: «…A ver, cuéntame cómo nos conocimos.» Y me lo cuenta. No es una versión real, pero es la suya y a mí me gusta. Mientras habla me acaricia el pelo, primero hacia un lado, luego hacia el otro, por el flequillo, las sienes y la nuca, entonces cierro los ojos y me quedo en el borde del sueño.

Me encanta que me acaricien el pelo, salvo cuando estoy en la peluquería, pues en la peluquería me pongo nerviosa y quiero salir con el cabello a medio arreglar, como aquel día que monté el número porque se me subió una llamarada negra a la cabeza y tuve tanto miedo de volverme loca que di un brinco y dejé al peluquero con el secador en la mano. A Rocco también le gusta que le acaricie el pelo, pero cuando me ve con su toalla en la mano, el cepillo, el secador y el champú antiparasitario, corre a esconderse bajo un mueble y tengo que llevarlo a rastras hacia el baño.

Fidela: Me disponía a escribirte cuando escuché unos pasos taconeando en el asfalto. Era una misteriosa vecina que siempre vuelve tarde y que tiene la costumbre de pisar una baldosa suelta que hay a la entrada del edificio. Imaginé que eran tus pasos de novia altanera, el pantalón empezó a apretarme donde tú sabes y las fantasías impidieron que pudiera concentrarme en mi folio. […] Amor, nuestro encuentro no fue fortuito: nos seguíamos el rastro sin saberlo. Somos como dos animales salvajes que se llaman en la espesura sin saber que se están llamando.

La fecha indica que la carta está escrita un mes y medio después de la larga noche de nuestro primer encuentro. Leo se hallaba entonces volcado en mí, me había pedido excusas por el desagradable incidente que precedió a la despedida -¿he dicho despedida?; miento, Leo y yo ni siquiera nos dijimos adiós con la mirada- y expresó su deseo de continuar una relación sin compromisos. Realmente no lo dijo así, porque al natural Leo habla tirando a raro, poniendo muchos puntos suspensivos en las frases, pero ésa fue mi interpretación. Y concluí bien, creo, porque nuestra relación, salvo en contados momentos de los que algún día daré cuenta, ha estado libre de presiones. La primera carta que recibí era disparatada y en ella Leo recreaba algunas sensaciones de la noche que pasamos juntos en el hotel. Lo recuerdo porque él se ha encargado de reproducírmelo en nuevas ocasiones. Decía que no necesitaba forcejear con la distancia para tenerme cerca, pero que echaba en falta mi olor y mi textura. Me produjeron tanto rubor algunas frases que nada más terminar de leer la carta rompí las hojas en mil pedacitos y las arrojé al váter. Fue una pelea terrible con las leyes de la física, porque vaciaba una y otra vez la cisterna pero algunos papelitos se quedaban navegando en la superficie, como si no quisieran ser engullidos por el agua. Me sentí ridícula. Antes siempre echaba al váter todas las huellas de mi vida inconfesable, pero ahora creo que las alcantarillas están llenas de detectives buscando pistas de la gente que arroja cartas y documentos secretos al váter. Nunca más he vuelto a hacerlo. Las siguientes cartas las guardé en libros, bien aprisionadas entre sus páginas, como cuando era pequeña y guardaba los billetes de cien pesetas que me ofrecía la abuela después de seducirla con malas artes. Los guardaba tanto que no los encontraba. Así me pasa ahora también. Leo está esparcido entre mis libros preferidos y a veces no lo encuentro, me cuesta reconstruirlo y releo las cartas para componer el recuerdo de una pasión que algunos días amenaza con desdibujarse.

Por eso, mientras velo a Rocco, que por fin parece haberse sumido en un sueño apacible y no necesita abrir los ojos para saber que continúo a su lado, saboreo esas parcelas íntimas de mi vida, igual que en uno de esos sueños en los que te desplazas de lugar en lugar, de situación en situación, sin saber cómo. La última carta de Leo es elocuente. No lleva fecha, pero podía haberla escrito en cualquier momento.

Fidela: por culpa de las líneas telefónicas ayer tuvimos que hablar a trompicones. Perdona si te dejé medio sorda gritando que te quiero, pero es una verdad a gritos. Para indemnizarte, ahora lo susurraré: te quiero. Siento en mi cuerpo síntomas de tu ausencia. Es una patología que se manifiesta en una mirada ausente, una enorme acumulación de ternura en la boca, de semen en los testículos y de testosterona en la sangre. Tu piel, en la distancia del recuerdo, me huele a humo. No a humo de tus cigarrillos sino de las fogatas con que los vinateros queman aquí las cepas después de la última vendimia. […] No es justo que amándote tanto estés ausente. Por eso me rebelo. Perdona. Uno de mis defectos es no saber aguardar, máxime cuando la espera va acompañada de incertidumbre. Alguien me ha preguntado por qué estoy tan inquieto. La inactividad, he respondido yo. Cualquier cosa con tal de no descubrir lo difícil que es no tenerte después de haberte tenido. Mujeres hermosas hay muchas, pero las que he conocido son unidimensionales como los carteles de las películas. Detesto a las actrices de las películas. Marilyn Monroe parece de plástico, Kathleen Turner resulta demasiado grande, a Demi Moore decidí ignorarla desde que se afeitó el cráneo, y Madonna es sexy, pero un día se va a fracturar la pelvis de puro hacerse la provocadora. Tú eres distinta. A ti te basta con existir para despertar mis deseos.

Al principio no les daba importancia a sus declaraciones de amor. Estaba acostumbrada a que me quisiera (o, en todo caso, a que me lo dijera) como lo estoy a que los árboles den sombra. Lo que más me gustaba, sin embargo, no eran sus contundentes y hermosas confesiones amorosas, sino esos recorridos por la vida en los que yo siempre estaba a su lado compartiendo experiencias y sensaciones hasta entonces desconocidas para mí.

Fidela: he regresado de G. con una costra de barro en la suela de las botas. Voy a conservarla en el jardín porque es tierra sagrada de tu altar. (Existe un altar en G. que lleva tu nombre: se lo puse yo. Está en las afueras, muy cerca de un antiguo cráter que ahora es una pequeña laguna.) He pasado veinte días destacado ahí, trabajando de sol a sol y recordándote en las escasas horas de sueño. Eran muy agradables los paseos al amanecer. A menudo me detenía a golpear el suelo basáltico porque produce un sonido metálico muy curioso y cuando lo frotas con una esquirla de sílex suelta chispas casi imperceptibles.

Lo entretenido de vivir en G. es que te sientes dentro de una película y que en la mayoría de los casos uno mismo decide cuando cae el telón. Aunque estés lejos, tú también formas parte de esta película. Te llevé conmigo porque desde que te conozco no has dejado de acompañarme a todas partes. Estuvimos en las calles polvorientas del barrio de H., con sus incesantes peleas de perros y sus cardúmenes de niños macilentos que juegan a ser héroes. Pero G. también tiene sus reductos luminosos, como los naranjales o las pequeñas palmeras que hay junto a la playa. Tú llevabas -sigo imaginando- gafas de sol, y yo te pedía que te las quitaras porque me gusta ver el mundo reflejado en tus pupilas. Además, ya sabes que mi alma nace a la orilla de tus ojos.

¿Te he hablado alguna vez de Joe? Es un viejo amigo con el que me reencuentro esporádicamente y que me somete a continuadas sesiones de lirismo, Joe me torturó con su última desgracia. Nadie, salvo tu adorada Violeta Parra en alguna de sus canciones, maldijo tanto el amor como Joe, frente al mar y con el puerto como telón de fondo. Parecía que escupiera guijarros. Pateaba la arena, se metió borracho en el agua -sin quitarse la ropa- y recitó una letanía de improperios que se le revolvieron como si fueran el latido de su propio eco. Toda una ceremonia de exorcismo que acabó cuando el hambre, más fuerte que el despecho, nos llevó a la panadería. En ese momento le conté que tú existes al otro lado del mar, a lo que me respondió: no me pidas que me solidarice contigo.

Las palabras de Leo me agitan las hormonas como una batidora eléctrica. Antes de que él apareciera en mi vida yo era como una de esas algas que el mar arroja a la orilla. No quiero decir que fuera una mujer apaleada, sino que me dejaba llevar, iba y venía sin ofrecer resistencia y tenía la voluntad atrofiada, o quizás no tenía voluntad, porque en mis cada vez más constantes discusiones con Ventura ya no mostraba deseo ninguno de arreglar las cosas, y los demás, es decir, los hombres que no eran Ventura y cuya existencia terminaba cinco minutos después de empezar, ni siquiera podían arrogarse el privilegio de haber dejado unas iniciales en mi recuerdo. Con frecuencia me he preguntado si no habrá tras ese deseo de quemar aventuras un solapado deseo de venganza en nombre de muchas mujeres machacadas por las decepciones amorosas. Lo desconozco, como también desconozco qué opinarán ellos en su lugar. Cualquiera de mis ocasionales amantes pudo atribuirse el poder de haberme conquistado, y no seré yo quien les quite ahora la razón. Mi revancha consistió simplemente en olvidarlos hasta el punto de no reconocer siquiera sus nombres. Con Leo, sin embargo, todo había sido distinto. Leo iba más allá del amor. En él estaban contenidas muchas emociones juntas, la ilusión, el placer, la ternura, el ansia constante de sorpresa, el desquicie total y gozoso de los sueños.

Acabo de acercarme a la ventana para contemplar unas luces que resplandecen a lo lejos. Son bengalas de las que disparan los soldados cuando salen de maniobras. Iluminan el contorno de los cerros dando a los olivares un aspecto fantasmagórico. A ti te gustaría mucho ese efecto. Fidela, te quiero y te sueño. La otra noche te soñé con horquillas en el pelo, mejor dicho, ibas sujetando el pelo con las horquillas que tenías en la boca, como vi hacer no recuerdo a quién ni dónde. Lo habré presenciado en alguna película, o posiblemente en los prostíbulos de mi adolescencia, aquellos que tenían un local con muchas mesas donde se tomaba vino barato y empanada de carne.

Espero tu llegada ansioso. Ojalá entonces deje de soplar este viento que nos ahoga en arena. Hace un calor muy extraño, como el que se siente a través del cristal de un automóvil. Tu visita cambiará el régimen de los vientos y las mareas, estoy seguro. Vuelvo a rogarte que seas sincera conmigo y no te dejes avasallar por mi impetuosidad. No te tengo cerca para compensar con caricias todo lo que necesito decirte. Dondequiera que estés en este momento, recuerda que soy tuyo. A veces el deseo de ti es tan fuerte que he de masturbarme para seguir viviendo. […] Fidela, me has convertido en un animal rabioso. Quiero dormir, pero tu imagen traspasa las paredes, y ese aroma tuyo que a veces me desbarata la cabeza, vaga por todas partes como un fantasma. Me gustaría arrastrarte a mi escondite secreto para beber tu sexo, penetrarte durante seis horas seguidas y acariciarte el alma a suspiros. Nadie se ha revolcado en un saco de dormir tan febrilmente como yo: el loco que escribe tu nombre en cinco árboles diferentes. Desde que te conozco todo me sabe a sucedáneo y pienso que el resto de mujeres son impostoras. Me gusta querer de ese modo. Seguramente es mi única forma de querer. Cuento con desesperación los días que faltan para tu visita. Cuando nos veamos te pediré que me dejes amarte entera y muy despacio.

Aquella visita, anterior a otras visitas, suyas o mías, que habrían de enloquecer nuestra relación, desencadenó algunos problemas y alteró el ritmo habitual de las cosas. Por eso ahora pienso en Leo y mientras numero sus cartas, ordeno también mis pensamientos, porque ha estallado el caos y se ha precipitado en mí una enfurecida necesidad. Leo ha abierto fisuras en mi vida y temo perder el control sin mi propia autorización.

Ante mi insistencia, Loreto se ha instalado temporalmente en casa. Ocupa una habitación contigua al estudio de Ventura, en la parte alta del dúplex, y hace su vida con más resignación de lo que cabía imaginar. Se levanta temprano, va a su farmacia, por la tarde arregla sus asuntos de abogados y cuando llega está hecha un trapo. Algunos días se queda dormida viendo la televisión y yo tengo que zarandearla para que se acueste. Anteanoche apareció Charo sin avisar y hubo que contárselo todo. Charo es asombrosa, parece que lleva un chip en la cabeza y lo acciona en función de cada problema. El otro día, una vez enterada de la situación de Loreto, se programó para poner el hombro y volcar su generosidad en ella. Me quedé atónita. Charo nunca ha tenido una relación demasiado buena con Loreto, y aunque no puede decirse que se detesten, sus respectivas presencias han pasado siempre desapercibidas para ambas. Desde muy pequeñas quedó determinado así. Charo era mi amiga y Loreto mi hermana, y sus territorios estaban perfectamente acotados, no había mutuas injerencias y las dos se respetaban con admirable desinterés. En cierto modo yo tenía más proximidad con Charo porque ejercía sobre mí una extraña fascinación; su forma de cultivar la autonomía, su talante heterodoxo, y sobre todo, su lucidez para enfrentar los problemas, despertaban en mí gran envidia. Charo era una de esas personas que con el paso del tiempo no había adquirido ataduras. Vivía igual que en los años de estudiante y de su conducta emanaba una excitante sensación de provisionalidad. Todas las demás íbamos llenando nuestras mochilas de cosas propias, maridos, hijos, pisos, trabajos más o menos seguros, pero ella se mantenía siempre ligera de equipaje, alejada de cualquier compromiso. Charo tenía una profunda aversión por todo lo que pudiera atarla, y en cuanto atisbaba la mínima señal de peligro -hubo una época en que ganó bastante dinero como traductora y tuvo en sus manos la posibilidad de firmar un buen contrato con una editorial-, se sentía presa del pánico, sacaba un billete para marcharse fuera del país y desaparecía durante un par de años. Luego volvía más gorda y más contenta.

Charo solía tirar mucho de mí. No digo que me influyera, pero tenía ese don de las personas magnéticas y yo la jaleaba. Una vez me llevó a Centroamérica. Fue un viaje tan disparatado que, de no ser por el sentido del humor de Charo y mi poca disposición a discutir con las amigas, hubiera podido terminar en tragedia. Yo arrastraba una enorme maleta con ropa, libros, y todas las pequeñas dependencias que he adquirido a lo largo de los años, desde laxantes a crema suavizante para el pelo, orfidales, limas de uñas, aután, tapones para los oídos, antifaces y mucho tabaco. Charo llevaba una simple bolsa con ropa interior y unas camisetas de baratillo. Cansada de compartir mi carga, un día Charo me hizo depositar la maleta en casa de un diplomático conocido de la familia y proseguimos el viaje con una de esas bolsas plegables que yo había tenido la precaución de incluir en mi equipaje por si hacía más compras de la cuenta. Sobreviví. No sé cómo, pero sobreviví. Lo dejé todo aparcado, excepto los laxantes y el tabaco.

A Charo, con los años, le ha crecido una papada doble, como una gola de dos alturas, abierta en abanico sobre el cuello. A ella, sin embargo, no parece importarle demasiado. Conserva su pelo corto y abundante, esa mirada que de puro clara parece estar hecha de agua y unas manos muy hermosas, las más hermosas que he visto en mi vida, quitando las de un profesor de francés de quien me enamoré precisamente a partir de sus falanges. Charo, cuando se pone seria, infla su papada y entonces ya sabes que va a pontificar. El otro día pontificó varias veces ante Loreto. Yo miraba su papada, su gesto interesante, sus continuas atenciones con mi hermana, y me quedaba sorprendida, extrañada, porque Charo siempre ha sido muy dispuesta para entregarse a los demás pero la otra noche parecía una ONG.

Al principio Loreto se mantuvo bastante hermética y apenas le proporcionó las claves de su problema, más bien se dejó consolar sin oponer ninguna resistencia, tranquilamente, o acaso dócilmente, hasta que poco a poco empezó a salir de su mutismo y fue soltando pequeños datos, detalles que incluso yo desconocía, todo narrado con cierto alivio reparador, como si llevara tiempo esperando la visita de Charo para quitarse la espina del silencio. Supe que Fernando, el chino, había tenido una amante pocos años atrás, y que la propia Loreto fingió no enterarse para no perturbar la estabilidad matrimonial. Fernando instó a su amante a enviarle un anónimo a Loreto, pero ni así se sintió ella provocada. Loreto guardó la carta y calló. Nunca me lo ha contado porque sabe que yo reprobaría su falta de dignidad, pero con Charo se desarmó y enseñó su vida como quien enseña un álbum de fotos, regodeándose ante unos recuerdos y quejándose ante otros. Yo me fui a la cocina a preparar unos sandwiches, y de nuevo pensé en la posibilidad de que mi propia hermana fuera una desconocida para mí. No encontré jamón de York (Marius es especialista en arrasar la nevera), de manera que abrí una lata de paté y corté unos trozos de queso. Algunos días la asistenta deja preparada una tortilla de patatas o un poco de verdura cocida, pero aquella mañana había llamado para comunicarme que iba a acompañar a alguien al médico (todas las asistentas que he tenido acompañan continuamente a la gente al médico) y decidí no cocinar nada. Ventura estaba de viaje y Marius se había llevado a su habitación provisiones para una semana: patatas fritas, gusanitos de petróleo, galletas saladas y, por supuesto, el jamón de York que faltaba. Coloqué en una bandeja el paté, los quesos, una cesta rebosante de biscotes, una botella de vino y el frutero. Loreto no probó nada. Le había sentado mal la comida y prefirió tomarse un poleo. Charo, en cambio, no paraba de engullir bocaditos de paté, trozos enormes de queso, uvas, todo con una ansiedad irrefrenable. Su papada parecía el buche de una paloma. Estaba abstraída en Loreto y comía sin ser consciente de que se llevaba la comida a la boca, como cuando yo fumo y no me doy cuenta de que tengo el pitillo en los labios. La televisión pestañeaba con imágenes cuyas sombras salían de la pantalla y daban vueltas por el salón. Eran imágenes mudas que nos hacían compañía. Loreto hablaba de Fernando con frenesí de recién casada. Charo, cuando paraba de engullir, pronunciaba frases brillantes que a mí me deslumbraban y a Loreto le arrancaban alguna sonrisa de los labios. Al cabo de un buen rato, ayudadas por el vino, las tres nos reíamos sin pudor mientras desgranábamos recuerdos de nuestra infancia. Charo contaba numerosas anécdotas que no por repetidas dejaban de interesarme. No lo he dicho aquí, pero Charo maneja con gran habilidad la palabra y siempre ha sido una excelente narradora. Loreto por el contrario es hiperbólica, y a todo le da una dimensión desproporcionada. Esa exageración de Loreto que tanto he valorado en los momentos cómicos de la vida, sonaba el otro día como la letra de un tango. Charo se lo hizo notar y por fin Loreto se rió de sí misma como si hubiera sido sorprendida haciendo muecas ante un espejo. Creí ver entonces algunos destellos de la antigua Loreto, aquella hermana mayor que desprendía tanto optimismo y a cuyo cargo estaba la organización de los festejos familiares.

Yo siempre fui más vulgar, más abúlica también, no tenía ideas y las pocas que me venían a la cabeza se las apropiaba ella para mejorarlas. Lo único que hacía yo era escribir. Escribía mis redacciones, las de Loreto y las de sus amigas, y hasta hubo una temporada que me especialicé en epístolas amorosas, sin haber sentido jamás las embestidas del amor ni tener más conocimiento carnal que el que me proporcionaba la visión de ciertas películas no toleradas para menores.

A Loreto le divirtió recordar aquello. En casa vivió una muchacha -mayor a mis ojos, aunque realmente no sobrepasaría los treinta años- que tenía un novio sigiloso, un novio casado o algo así, porque ella nunca le comunicó su existencia a madre y cuando hablaba con nosotras lo hacía en voz baja, como si nos convirtiera en cómplices de un secreto inconfesable. Loreto se sentía patrocinadora de aquel apaño sentimental. La muchacha hablaba con Loreto y si Loreto lo creía oportuno las dos me llamaban a mí, extendían una holandesa de papel rayado sobre la mesa y yo me ponía a escribir con una aplicación admirable. Como quería darle una imagen más o menos tangible al misterioso novio y por aquella época se decía que todos los novios de las muchachas domésticas eran soldados, yo le escribía a un soldado: sería un soldado apuesto, con un uniforme impecable y una gorra de plato que casi formaba parte de su anatomía. Ya que mi muchacha, dados los lazos afectivos que me unían a ella, era más que una muchacha, el soldado también era más que un soldado: era un cadete. Por influencia del oficio de escribana que me tocó en suerte, durante bastante tiempo, cuando pensaba en el amor siempre lo asociaba a un cadete. Mi novio también habría de ser así, erguido, con gorra de plato, y una chaqueta tan impecable que sólo se arrugaría al doblar ceremoniosamente el brazo para que yo pudiera colgarme de él y presumir ante el mundo. Madre no sabía que Loreto y yo confabulábamos con aquella mujer para facilitarle el acceso al novio. Tal circunstancia encendía más mi ánimo morboso. Rellenaba, pues, las holandesas con frases hechas que ni a ella ni a Loreto, y por supuesto tampoco a mí, nos sonaban a tópicas, firmaba con una rúbrica que parecía un tortel de cabello de ángel y luego la muchacha cogía el papel y lo estampaba contra su boca de color ciclamen. El beso rojo quedaba pues marcado en forma de labios. A partir de ahí yo ponía lo demás. Imaginaba que el soldado se llevaría también la carta a la boca y uniría su beso al de ella para formar un beso común y largo, como en los finales de las películas.

Un verano, aquella muchacha de melena encrespada y medias de cristal -ella nunca decía medias, sino medias de cristal, una denominación ya entonces obsoleta y que sólo les había oído a las rancias amigas de la abuela- nos llevó a su pueblo. Habían operado a madre y estorbábamos en casa, así que metimos unos vaqueros en la maleta, unos cuantos polos y un bañador que regresó a casa sin estrenar, y las tres nos marchamos al pueblo, aunque en honor a la verdad llamarle ahora pueblo se me antoja casi un lujo. Su familia vivía en un pequeño tejar a dos o tres kilómetros del núcleo de población más cercano, en medio de un paisaje marrón sin más aderezo vegetal que una pequeña hilera de chopos que pespuntaban la curva de un río. Los entornos de la casa estaban sembrados de tejas y el padre siempre tenía las manos manchadas de color chocolate. La muchacha nos había prohibido hacer alusión a su novio delante de la familia, con lo que disminuyó la relación de complicidad entre nosotras. Mi único aliciente allí era brincar entre las tejas y buscar cigarras en los matorrales nublados de polvo, ayudar a hacer rosquillas y los domingos, bajar al pueblo y beber un refresco en el bar. La muchacha estaba entregada al hogar, preparaba el almuerzo y la cena, daba de comer a los animales del corral, situado en la parte posterior de la casa, y escuchaba los programas de discos dedicados que emitía una emisora provincial. Ante mi resistencia a participar en sus propuestas deportivas, Loreto hacía excursiones por los alrededores y luego presumía de su resistencia. Cada día iba un poco más lejos. Loreto siempre ha tenido un irresistible afán plusmarquista, de jovencita saltaba incansablemente a la comba, y ahora, en sus tardes libres, se encierra en el gimnasio y luego de castigarse el cuerpo durante un buen rato me llama para contarme que ha hecho ciento veinticinco abdominales. Los va contando uno a uno, como si rezara una letanía que día a día es un poquito más larga. Aquel verano anduvo mucho, llegaba siempre extenuada de sus excursiones y la muchacha le preparaba unos bocadillos de chorizo que parecían submarinos. A veces la acompañaba en sus correrías alguno de los hijos menores de la casa, sobre todo uno que arreglaba bicicletas y tenía el pelo descolorido. Le hacían gracia las hazañas de mi hermana y los dos se retaban para saltar con pértigas de caña o descender a cuevas cuyo fondo no se divisaba desde la superficie. Cuando regresaban estaban tan cansados que se sentaban conmigo y jugábamos al parchís o al juego de la verdad, pero yo aún no sabía que el juego de la verdad era el juego de las mentiras y nunca lograba obtener una información interesante.

Para ir al váter había que atravesar el corral y espantar las gallinas que se colaban entre las piernas. El corral olía a caca y el váter olía a corral, y yo entraba y salía de allí tapándome siempre la nariz, huyendo de los olores y sobre todo de unas pieles de conejo que colgaban junto al dintel de la puerta. Cuando comíamos conejo siempre fingía dolor de estómago para no probar bocado, porque sabía que en la cazuela estaban los cadáveres de aquellas pieles que se oreaban en el patio con el olor a váter y a corral. Los conejos me daban además un poco de grima. Cuando, en los días previos a un festín gastronómico, la muchacha venía del patio empuñando a modo de trofeo un conejo que se agitaba convulsivamente, ni siquiera me atrevía a deslizar la mano por su lomo. Hubiera sido como acariciar a un condenado a muerte. El día que presencié el ritual del sacrificio supe que jamás iba a probar el conejo, aunque estuviera condimentado con las más sabrosas especias. Entre la muchacha y su madre cogieron al animal por sus extremidades. La madre tiró de las orejas, con un cuchillo grande le segó el cogote y antes de que cesaran sus espasmos, el animal se desangró sobre un plato metálico que había en el suelo. Luego le retorció la cabeza para asegurarse de que quedaba bien limpio, sin una gota de sangre en el cuerpo. El conejo quedó así listo para ser desollado. La muchacha me perseguía después con los pellejos por todos los rincones de la casa con risas y aspavientos. Yo era muy aprensiva y de noche soñaba que la muerte tenía cara de conejo. Aunque más que aprensiva, era cursi. Loreto, en cambio, parecía que había nacido en aquel ambiente y se pasaba muchos ratos en el corral sin taparse la nariz. Una noche, estando ya acostada, sufrí un fuerte retortijón en las tripas y tuve que levantarme para ir al retrete. Al atravesar el corral me sobresaltó una sombra movediza en la oscuridad y sentí miedo. Me quedé inmóvil, con las manos en el vientre, empequeñecida dentro de mi pijama holgado. Allí estaba Loreto, con la falda levantada hasta la cintura y las bragas en los tobillos, frente a un bulto oscuro que no logré identificar pero que correspondía con toda probabilidad al chico de pelo descolorido. No me vieron. Pasados unos instantes de estupor, retrocedí sin despegar las manos del vientre y volví a mi cuarto de puntillas. Aguanté el retortijón como pude y a la mañana siguiente quise olvidarlo todo, pero la imagen de Loreto con la falda levantada y las bragas arrugadas en los tobillos me acompañó durante mucho tiempo en todas las oscuridades. Ignoro cuántas noches debió de repetirse aquella escena. Tal vez muchas. El mes pasó pronto, yo engordé a pesar de mi resistencia a comer conejo con patatas, y Loreto alcanzó nuevos records de velocidad en sus correrías campo a través. Padre nos recibió en la estación de autobuses como a dos auténticas princesas. En el fondo estaba contento de que hubiéramos aceptado sustituir nuestras tradicionales vacaciones en la costa por una larga estancia en un pueblo. En los pueblos se aprenden muchas cosas, decía padre.

Loreto lo supo aquella noche. Supo que yo lo sabía. Se limitó a emitir una escueta carcajada y a responder que eran cosas de chiquillos, tonterías sin importancia. Yo también me reí. Charo rodeó con su brazo el cuello de mi hermana y, alentada por el deseo de verla contenta, le dijo que siempre había sido una mujer muy atractiva. Pero mentía. Loreto no era atractiva. La atractiva era yo.

Me gusta soñar. Miento: me gusta pensar sueños. No es lo mismo soñar que pensar sueños, y a mí me gusta pensar sueños, cosas que podrían pasarme pero que no me pasarán nunca. Es en el umbral de la noche, tras alargar el brazo para apagar la luz de la mesilla y desplomar mi cabeza sobre la almohada, cuando mejor elaboro esta clase de pensamientos. Transcurridos unos instantes resulta difícil establecer la frontera entre la realidad y la fantasía. Todo empieza a mezclarse, y esa confusión, esa injerencia de unos espacios en otros, propicia un estado afín a la placidez. Antes, cuando era más joven, soñaba que me llamaba Dely, o Curra, o Fide, porque entonces estaba llena de tontunas y creía que los hombres saldrían corriendo al conocer mi auténtico nombre. Me gustaba sobre todo Dely. Dely no era como yo, pero era yo. Mejor dicho, era la que me hubiera gustado ser, con las piernas torneadas y corintias, el cuello selvático y una presencia tirando a estrafalaria que distraía mi verdadera forma de ser y, especialmente, mi verdadero nombre. Para ahuyentar los cataclismos que podía producir la pronunciación de mi nombre yo tenía una personalidad furiosa, vestía siempre pantalones de cuero, bebía whisky y follaba con hombres de polla grande. Esto último era sólo un fogonazo, una chispa loca, pero también me gustaba soñarlo. En la ausencia de lucidez me reconocía a mí misma y alcanzaba instantes de gozoso bienestar. También me sentía libre. Durante mi primera adolescencia recuerdo que la gente hablaba de libertad relacionándola con las asociaciones políticas, la expresión, la ausencia de censura cinematográfica, todo eso. Yo era una imberbe, pero si alguien me hubiera pedido que expresara con palabras la sensación de libertad hubiera respondido sin titubear. Libertad era soñar despierta. De todos los momentos del día, el más grande y el único que no contemplaba limitaciones se producía antes de dormirse. Acurrucada bajo las sábanas, con los párpados dulces y todo el peso del silencio en el cuerpo, pensaba sin necesidad de rendirle cuentas a nadie. A lo largo del día acataba las órdenes de los mayores, contaba cómo me habían ido las clases en el liceo, a qué hora había salido de piano, si había cogido el autobús o el metro, cuántos escaparates me había detenido a mirar en el camino, cómo se titulaba la película que Loreto y yo pensábamos ver el domingo y con quién acababa de hablar por teléfono. No podía reservarme nada porque todo tenía que hacerlo público. Sólo me pertenecían los pensamientos. Me acostaba, pues, para pensar, no para dormir, deseosa de acariciar mi privacidad y dar rienda suelta a las fantasías.

A veces sueño que bebo. No es exactamente una ficción, porque yo también bebo en la vida real. Sólo bebo whisky, pero bebo. En los sueños bebo sin librar batallas con mis propios temores, y la euforia derivada de las aventuras etílicas me proporciona esa sobria fortaleza con la que siempre he deseado adornarme. El sueño procede seguramente de una efímera experiencia que atajé gracias a la colaboración de un amigo de Loreto, un psicólogo que trabajaba en un centro de rehabilitación de alcohólicos. En esa época yo salía a la calle con una petaca de whisky que rellenaba a medida que la iba consumiendo. La guardaba en el bolso, junto al billetero, las llaves y el almax -también entonces vivía en permanente alianza con el ardor de estómago-, y cuando sufría uno de esos accesos de pánico que me paralizaban, extraía la botella del interior, desenroscaba el tapón y me la llevaba a la boca como si fuera a obtener en el trago un remedio inmediato. Siempre a escondidas, eso sí, porque tenía la sensación de estar cometiendo un acto obsceno. Ahora bebo con naturalidad y moderación, y no necesito llevar una petaca en el bolso para vencer mis súbitas inseguridades, pero entre sueños todavía me asalta la tentación de sumergirme en los abrevaderos nocturnos y convertirme en una mujer desbocada que se entrega febrilmente a las locuras. Desde hace unos meses, sin embargo, sueño que bebo con Leo y que tengo ojeras misteriosas -en realidad tengo ojeras, pero nadie ha dicho jamás que sean misteriosas-, y que juntos nos escudamos en la bebida para hacer cosas que nunca me atrevería a hacer. Es como un sueño dentro de otro sueño, primero el sueño propiamente dicho y luego la desinhibición de la bebida metida en el mismo sueño. Leo se me aparece entonces en toda su intensidad, desliza miradas de metal oscuro sobre mi cuerpo, me pellizca las nalgas y se ríe a carcajadas con la barriga. Pero Leo tampoco es Leo, sino una mezcla del personaje que yo he modelado en mis sueños y ese otro, de carne y hueso, al que conocí vestido de uniforme y que tanto ha desbaratado mi vida.

Todas las noches me duermo antes de que el sueño haya terminado. Siempre sucede así. Me duermo en plena borrachera y cuando recupero el hilo, la consciencia impone poco a poco sus hábitos represivos. A la luz del día ya no me llamo Dely, ni bebo más whisky de la cuenta ni hago el amor en los ascensores. A la luz del día tengo miedo, pienso mucho en padre y en la escasa atención que le presto, me avergüenzo de escribir literatura de catálogos y siento que Ventura me desprecia por no saber quién era Max Weber. La luz es cruel. La luz me recuerda que me llamo Fidela, que trabajo en una miserable agencia de publicidad, que tengo casi cuarenta años y que el whisky no me gusta porque es amargo y me rasca el paladar como si fuera una tela de saco.

No le he contado a Ventura que han pillado a Marius robando compacts. Tampoco le he dicho que era la segunda vez. La primera se limitaron a pedirle el carné, tomaron nota y le advirtieron que si reincidía, procederían a llamar a su familia. Y ha repetido. Seguramente ha robado más veces, pero hasta hoy no han vuelto a pillarle. Marius se ha justificado ante mí diciendo que un amigo suyo sacó una raqueta de tenis debajo de la cazadora y que un compact vale menos que una raqueta. No he tenido fuerzas para rebatirle, me he limitado a murmurar que él ya tiene dos raquetas y que, puesto a robar con sentido práctico, la próxima vez robe una moto porque yo no pienso comprársela. Entonces ha empezado su murmullo de siempre, el tira y afloja de lamentos que acompañan todas sus contrariedades. Al llegar a casa he ido a su cuarto y me he puesto a revolver en las estanterías y cajones. Había más compacts, cintas vírgenes y montañas de típex. ¿Típex?, ¿y para qué quieres tanto típex?, he preguntado sin obtener respuesta alguna. Marius estaba cabizbajo, lo que no significa que se sintiera arrepentido o abochornado. Estaba cabizbajo porque había bajado la cabeza para no ver mis ojos. Me ha pedido que no se lo contara a su padre y he notado en alguna parte de mi cuerpo el afilado azote de la envidia. Marius adora a su padre. No le hace confidencias, no juegan juntos al tenis (entre otras razones, porque Ventura detesta el deporte) y no le pide ayuda en los estudios, pero yo sé que le adora. Ventura ve en él un reflejo de su propia personalidad, distante, pudorosa, reservada en los afectos, un poco autista. Se ven el uno en el otro sin manifestarlo, mientras yo hablo, me quejo con insistencia y trato de buscar cualquier rendija para colarme en sus vidas. Pero estoy al margen. Marius y Ventura se atraen con una fuerza enigmática, y su mayor éxito consiste en controlar esa fuerza, manteniéndola siempre a salvo de tentaciones sentimentales. A veces yo también me noto algo contagiada por su orgullo, y entonces disimulo mis flaquezas y no les hago partícipes de la vida que vivo. Con los años he aprendido a ser un poco como ellos, y eso me ha distanciado también de Loreto, que es muy expansiva y cuenta cosas que no deben importarle a nadie, si se le adelanta la regla o se le atrasa, si ha comprado dos sostenes en las rebajas rebajadas o si le ha salido un grano en la ingle como consecuencia de un pelo infectado.

Marius volverá a robar compacts, lo sé, pero no me asusta tanto el hecho de que robe como que yo no logre saberlo. Intento disimular la necesidad física que me une a él, y si le acaricio lo hago con discreción para no ruborizarlo. No quiero renunciar al contacto de ese cuerpo que me perteneció cuando lo llevaba enquistado dentro, cuando lo amamanté o cuando empezó a dar sus primeros pasos por el salón y a meter sus dedos en los enchufes. Marius se aleja paulatinamente de mí, y lo hace de un modo parecido al que yo utilicé para alejarme de mis padres. Se mete en su cascarón, rehuye dar explicaciones y pasa largas horas encerrado en su cuarto, desde donde me llegan extrañas músicas acompasadas con toses. No deseo que crezca, preferiría que siguiera afanando compacts y me llamara para sacarle del apuro. Es ya mi única aspiración: pagarle los compacts que roba, ayudarle a preparar los exámenes de lengua, vigilar su asma y hacerme la remolona para arrebatarle un leve arrumaco cuando pide su paga semanal por adelantado. Él también me necesita aunque no lo reconozca. Ahora, por ejemplo, necesita que guarde su secreto ante Ventura.

Pero Ventura no pregunta. Hoy se ha acostado sin cenar y duerme entre un caótico sembrado de papeles. Lo hace siempre: se lleva el trabajo a la cama, despliega apuntes a su alrededor y cuando ya está enfrascado en la tarea, le sobreviene el sueño. Como tantas otras noches, yo le quitaré los papeles para colocarlos en su mesilla, luego me deslizaré bajo las sábanas y sentiré su respiración espesa junto a la almohada. El radio-despertador parpadeará porque a media tarde se ha ido la luz y Ventura no se ha acordado de ponerlo en hora. Yo me haré la ilusión de que el tiempo se ha detenido. Pero el tiempo es como el mar, no hay forma de pararlo. Creo que en algún lugar de mi conciencia habita la memoria del futuro y siento nostalgia de las cosas que me van a suceder. Tengo prisa por atraparlas.

Todo empezó por un simple edredón. Loreto dice que soy friolera porque como poco y me faltan calorías. Cuando la asistenta abre las ventanas para ventilar el salón, el frío me persigue y yo corro a refugiarme a la buhardilla, el único lugar de la casa que siempre conserva un ambiente tibio y protector. Allí se acumulan los olores, no sólo los olores de Ventura sino también los míos, los de las gentes que habitan en las fotos, los de los objetos salpicados entre los libros y los libros salpicados entre los objetos. Cierro la puerta y escucho el zumbido desesperante de un aspirador que no cesa. En la buhardilla apenas entra el orden y la limpieza. La pantalla del ordenador se llena de polvo y yo paso el dedo por su superficie y me electrizo un poco. Un día saltarán chispas, las chispas prenderán en mi bata de licra y se hará el fuego, la asistenta me verá correr entre llamas y a la mañana siguiente saldré en los periódicos bajo un titular que dirá «mujer encendida cruza la ciudad en bata». Siempre tengo frío y, sin embargo, estoy llena de fuego. Suelto chispas cuando toco la pantalla del ordenador, cuando desciendo de un coche y cierro la portezuela con la mano (escarmentada por los calambres, he aprendido a cerrarla con el codo), cuando me quito un jersey o cuando me paso el cepillo por el pelo. Pero tengo frío, ya digo, y a veces sueño que la vida es una continua corriente de aire que se pasea por mis huesos. Decididamente, mis sueños son bastante estúpidos.

El edredón lo compré por consejo de Loreto. Loreto tiene una predisposición natural al hogar y, sin dedicarle mucho tiempo, sabe lo que resulta barato y lo que resulta caro, lo que conviene y lo que no conviene, y, en definitiva, lo que puede interesarme y lo que no puede interesarme. El edredón me interesó. Ya no sabía cómo arropar mis noches sin ahogar de calor a Ventura, y aunque la asistenta añadía dos mantas dobladas en el lado de la cama que yo ocupo y dejaba a Ventura con una sola, el invento era precario y un poco chapuza: la cama parecía una montaña rusa y no quedaba nada presentable. Abuela nunca lo hubiera aprobado, para ella las camas tenían que estar primorosas porque en cualquier momento podía uno caer enfermo y no era de buen tono recibir al médico en malas condiciones. Los médicos también tienen su ojo cotilla y al final todo se sabe.

Ventura no se percató de que había un elemento nuevo en la cama. Para ser precisos Ventura no se da cuenta de muchas cosas o finge estar ausente, pero aquella noche fue abatido por el sueño a los pocos minutos de acostarse y sobre el edredón quedaron esparcidos un par de libros y el rotulador destapado. He dicho bien: el rotulador destapado. Retiré los libros y los deposité de mala gana junto a la alfombra, pero el rotulador no lo encontré hasta la mañana siguiente, cuando observé una gran mancha azul sobre la piel de mi flamante compra. Mierda: el edredón se había chupado toda la tinta. Cuarenta mil pesetas al traste. Cuarenta mil, que se dicen pronto. Eso mismo ya hubiera constituido suficiente motivo de discusión, sin embargo, el lío al que quiero referirme vino de madrugada. Ventura se incorporó maldiciendo algo entre dientes. Estaba empapado en sudor y se quitaba de encima la ropa con torpes movimientos. No paró de gruñir hasta que logró despertarme. Me enfadé mucho, me enfadé hasta decirle que era un egoísta, que sólo pensaba en él y que yo no tenía la culpa de su vocación de eremita gruñón. Y de ahí para arriba, todo pronunciado con una solemnidad excesiva. Cualquiera hubiera podido pensar que los problemas matrimoniales se suavizarían aportando una solución racional a nuestras noches, pero Ventura y yo sabíamos que no era cierto. Ni dos camas, ni dos habitaciones, ni dos pisos, hubieran arreglado nuestras ya crónicas desavenencias.

En algunos momentos de bonanza comunicativa Ventura gustaba de repetir, citando a Oscar Wilde, que él, podía ser feliz con cualquier mujer a condición de que no la amara, pero yo le rebatía furiosamente apostillando que Oscar Wilde era maricón. Pasado el tiempo comprendí su razonamiento, porque el amor no hace sino perturbar la buena marcha de las relaciones personales, sobre todo si hay niños o edredones por medio. Pero yo estaba empeñada en darle una única dirección a mi matrimonio y con demasiada frecuencia encontraba obstáculos que lo impedían. El edredón fue uno de ellos. Por culpa del edredón le dije a Ventura que era un muermo y que su presencia en la cama me producía aversión física. Volvió la cabeza hacia mí -esa cabeza que otras veces me había parecido como rescatada de un fresco pompeyano-, y disparó un rictus seco desde su bigote canoso. Luego no añadió nada, seguramente pensó que no valía la pena hacerlo. Todavía no eran las seis de la mañana, pero entró en el baño, se duchó y salió de casa sin dar siquiera un portazo.

A la noche siguiente volvimos a dormir con mantas.

No poseo un físico agradecido, objetivamente no puede decirse que sea una mujer rubia, o alta, de rasgos marcados o con los ojos de un color concreto. Más bien soy una mujer indefinida. Ni alta ni baja, ni rubia ni morena, ni con la nariz grande o pequeña, los ojos azules o negros. Me he analizado muchas veces ante el espejo -o ante los cristales de los escaparates, en los que me miro sin ningún recato- y he llegado a la conclusión de que no soy capaz de describirme. Puedo hablar incansablemente de mí, contar mis peripecias, adjetivar mis sentimientos o hacer reflexiones interminables sobre la angustia, pero describirme no, porque esa indefinición a la que siempre he estado sometida -ni alta ni baja, ni rubia ni morena, ni con los ojos azules ni con los ojos negros- me hace un flaco favor. De niña era escuálida, y aunque ahora me gustaría añadir que tuve una infancia desgraciada para darle más interés a mi personaje, no puedo admitirlo como cierto. También en eso soy indeterminada. No fui una niña ni feliz ni desgraciada, ni bondadosa ni rebelde, ni solitaria ni acompañada. Fui sólo escuálida, hasta que pegué el estirón y alcancé un peso normal, mis rasgos se instalaron en proporciones normales y los rizos de mi pelo desaparecieron para adquirir una ondulación normal, ondulación que por cierto he tratado de corregir y aumentar después con todos los potingues que el arte de la peluquería ha puesto a mi alcance. He sobrellevado la normalidad desarrollando una astuta sutileza que algunos han llegado a confundir con cierto aire de misterio, lo cual no me desagrada del todo, porque sin ser ni misteriosa ni transparente tiendo a ocultar determinados aspectos de mi vida, subrayando esas zonas periféricas que dan una imagen más favorable de mí: interesante, sigilosa, a veces algo desmayada, un punto inaccesible. Pero soy más fuerte que débil, más emocional que reflexiva, más agria que dulce, más rencorosa que olvidadiza. Soy también errática, dispersa, y mis largas aventuras interiores me han aproximado hasta cotas de peligro que me han permitido sacar partido de mis flaquezas y a la postre, saber un poco quién soy y qué lugar merezco.

Siempre he carecido de ese encanto dominante que distingue a muchas mujeres. Lo supe desde muy joven y lo padecí sin llegar jamás a manifestarlo. Loreto era llamativa, tenía un rostro afilado pero vigoroso, las aletas de la nariz como de pájaro hipersensible, la voz aflautada, tirante, y una mirada siempre perceptiva en la que se adivinaba una notable disposición a la euforia. Quiero decir que el rostro le correspondía, era un rostro equivalente a su carácter, y quiero decir también que yo no me parecía en nada a ella. Éramos hermanas y sin embargo estábamos hechas de pastas distintas. Yo no tenía rostro. Tenía sólo una nariz para oler, unos ojos para mirar y una boca para comer. Así fue durante mucho tiempo. Con el paso de los años, las cosas empezaron a cambiar. A Loreto, sin tener hijos, le ha crecido un vientre del que no logra desprenderse ni con interminables sesiones de abdominales, y las arrugas ya empiezan a fruncirle el contorno de los ojos. Yo en cambio tengo el abdomen bastante liso, las arrugas todavía no han arañado mi cara y, al contrario que Loreto, la naturaleza me ha proporcionado un cuello gracias al cual puedo lucir una voluminosa melena sin parecer una menina. Lo que no me dieron al nacer lo he adquirido con sabiduría de rata callejera. Así, hoy puedo afirmar que yo soy yo gracias a mi melena de Botticelli, a la habilidad que despliego para perfilar mis labios, a los suspiros de mi mirada exenta de color, a cuatro gestos de fumadora impenitente, a mis faldas cortas y mis silencios largos, a mi palidez, y a ese aire vagamente lascivo que acompaña todos y cada uno de mis movimientos y del que nunca me haré responsable.

Loreto lo resume diciendo que me saco mucho provecho. A lo mejor tiene razón. Leo, sin embargo, piensa que soy hermosa, diferente en todo. A mí me halaga más la diferencia que la hermosura, porque la hermosura es vulnerable y la diferencia puede prevalecer siempre, aun cuando el tiempo haya empezado a roer las carnes como roe la carcoma la masa de los muebles. Yo no soy hermosa, pero he cultivado mi pequeña diferencia con esmero, porque la diferencia es el verdadero concepto de personalidad y yo, siendo todavía una niña, ya decía que me gustaba la gente con personalidad. Mi mejor diferencia está en el pelo. No se trata de una frivolidad. Algunas veces, arrastrada por un acceso de locura, me he cortado el pelo tras discutir con el peluquero el número exacto de centímetros que estaba dispuesta a sacrificar. Como los peluqueros tienen las tijeras muy largas, siempre me corta más de lo pactado. Cuando miro el suelo y veo mis ondas degolladas, noto como si me hubieran arrancado la fuerza. Supongo que será algo consustancial a muchas especies animales. También Rocco, después de cortarle el pelo, se siente indefenso y lo primero que hace al llegar a casa es esconderse debajo del aparador. Yo no me escondo debajo de ningún aparador, pero voy corriendo al baño, me mojo la cabeza bajo el grifo y delante del espejo estiro una y otra vez mi melena con la vana ilusión de recuperar el trozo que le falta.

Mi fuerza está, pues, en el pelo; soy una sansona del siglo XX que desea tener seguridad en sí misma, pero la propia obsesión por la seguridad me vuelve a menudo insegura, mis espacios fronterizos se desplazan como las arenas por todo el cuerpo y entonces dejo de ser un poco fuerte, distante o agria para ser un poco frágil, sensible y conciliadora. No tengo claro cuáles son los momentos que precipitan esa pérdida de confianza -aparte del ya indicado: el corte de pelo-, pero tiendo a creer que no están relacionados con los vaivenes profesionales. No ambiciono ninguna parcela de poder, no deseo relaciones competitivas, no quiero inmolar mis cervicales ante un ordenador portátil y no estoy dispuesta a entrar en el juego de un mercado donde silban los cuchillos y las zancadillas siembran de cadáveres las aceras.

Me acosté tarde y hacía frío. O hacía frío y me acosté tarde. No tiene nada que ver una cosa con la otra, pero en aquellos momentos lo más importante era que hacía frío, la casa se había quedado destemplada y el cuerpo me respondía con pequeños temblores. Pensé que tendría algo de fiebre, porque llevaba algunos días con la garganta acartonada y apenas podía tragar la comida. Me cubrí la cara con el embozo de la sábana y no moví un solo miembro de mi cuerpo para entrar pronto en calor. Como no tenía sueño empecé a discurrir. Lo primero que pensé, y no precisamente con agrado, es que había olvidado anotar un par de cosas en la agenda. Me sucede siempre cuando estoy en la cama haciendo tiempo para conciliar el sueño. Primero recuerdo y después olvido, nunca al revés. Es decir, recuerdo que he olvidado y, en mi afán por mantener el recuerdo a mano, me vence el sueño y olvido definitivamente. A la mañana siguiente intento una y otra vez atrapar aquello que me preocupaba segundos antes de sucumbir al sueño. Pero es inútil. Sería más práctico tener una agenda en la mesilla para estas emergencias. O no tener agenda en la mesilla pero tampoco tener pereza para saltar de la cama e ir por ella al bolso. Todo lo que no se apunta no existe, al menos en mi caso. En esos momentos de debilidad mental suelo recurrir a los trucos nemotécnicos, que suelen sacarme de bastantes apuros. Yo le llamo el truco de las bienaventuranzas en honor al profesor de religión que me obligó a aprenderlas. Po-ma-llo-ha-mi-li-pa-pa, recitábamos una y otra vez. Po-ma-llo-ha-mi-li-pa-pa, decía yo. Así llegué a saber que serán bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran, los que padecen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, etcétera. El truco consistía en aprender la primera sílaba de cada bienaventuranza. La sílaba proporcionaba la clave. A mis años, ando todas las noches aprendiendo bienaventuranzas y claves -pomallohamilipapa- para no convertirme en una vulgar desmemoriada.

Aquel día tocaba aprender farchalé. Bajo la caricia de las sábanas recién planchadas murmuraba en silencio farchalé, farchalé, farchalé, farchalé, farchalé. Sentía el hueco de Ventura a mi lado. Un hueco que era sobre todo ausencia de calor, porque Ventura, ya lo he dicho, cubría mis deficiencias térmicas sin apenas tocarme, era como un radiador que emitía ondas durante toda la noche y ocupaba el vacío que dejaba la calefacción. Si un día Ventura y yo nos separáramos, me vería obligada a mudarme a un piso moderno de techos bajos donde las ventanas encajaran herméticamente y no hubiera calefacción central, porque la calefacción central te asa cuando tienes calor y te hiela cuando tienes frío, al contrario de lo que debería ser. Todos los años, a mediados de octubre, me sorprende una inesperada ola de frío y he de poner radiadores eléctricos por la casa para sobrevivir a las tiritonas. La calefacción no empieza hasta el uno de noviembre, así está escrito y así hemos de acatarlo todos los vecinos. Farchalé, farchalé, farchalé. Cavilaba cosas al tiempo que recitaba mi clave, cosas que está prohibido contar y que sólo existen en la intimidad de las oquedades propias. Ventura había llamado a casa para decir que llegaría tarde, pero sin añadir nada más, esperando que yo preguntara algo, o quizás no, Ventura callaba para pedir silencio a cambio. Nunca logro saber lo que Ventura desea de mí. Sus contradicciones me confunden tanto que anulan mi capacidad de reacción. Antes metía la nariz en su vida y él me lo reprochaba. A veces, cuando Ventura dibujaba esos monstruos de patas cortas a los que es tan aficionado, y yo me asomaba por detrás de sus hombros para observar el resultado, se sobresaltaba y reprimía con el gesto una evidente irritación. Tampoco soportaba que me asomara a su vida porque se sentía agredido. Cuando aprendí a no mirar sus dibujos y a no preguntar por sus sentimientos, Ventura pensó que había perdido el interés por él y me lo echó en cara. Pero no era verdad, o en todo caso era una verdad a medias. Ventura me interesaba, aunque en ocasiones, llevada por el desasosiego, la rabia se apoderara de mí y creyera odiarle. Pero aquella noche no pregunté. Tampoco tuve ganas de hacerlo. Imaginé que había ido a cenar con alguien y no quise provocar su mentira. En los últimos días se habían producido extrañas llamadas de teléfono a medianoche, a primera hora de la mañana, a todas horas. Llamaban y colgaban. Ventura estaba recluido en la biblioteca nacional para hacer un trabajo y alguna persona, cuyas características yo ignoraba, lo buscaba por todas partes. Se lo dije a él, harta ya de tanta persecución telefónica. Me miró como me mira siempre que no quiere entrar en discusiones, y con displicencia fría, arrogante, sonrió sin dejar en mí rastro alguno de su sonrisa. Farchalé, farchalé. Pero yo conocía a Ventura. Conocía su habilidad para mortificarme. Lo que más me atormentaba de él era el silencio, esos tiempos muertos que mediaban entre mis palabras y su ausencia de respuestas. Los silencios me dolían, como me dolían esas llamadas telefónicas que desde el anonimato pretendían alterar mi equilibrio doméstico. Sin duda aquella noche Ventura había ido en pos de la llamada, porque el teléfono estaba sorprendentemente tranquilo. Será alguna de sus alumnas, dije, porque todos los profesores tienen alumnas que se enamoran y de las que se sirven ellos para crecerse ante sí mismos. Ventura no era un hombre atractivo, pero había llegado a esa edad en que las canas aún no constituyen un signo de decrepitud sino de preponderancia, y además utilizaba su calculada brillantez como un arma de seducción entre las personas que no eran de su entorno. Farchalé, farchalé, farchalé. Ventura estaría, pues, con la llamada, pero yo no pensaba darme por aludida: cuando llegara me encontraría dormida y tendría que entrar en la habitación a tientas para evitar que yo abriera el ojo y viera la hora en los números del radio-despertador. Farchalé. En el fondo prefería no pensarlo. Ventura también era libre para ejercer la pluralidad sentimental y buscar refugio en nuevas amistades. No me gustaba la idea, pero le reconocía el derecho. Farchalé.

Farchalé, insistí de nuevo. Ya podía dormir tranquila porque mi recurso daría resultado. Far-cha-lé. Tres sílabas contundentes para mi quebradiza memoria. Far de farmacia. Por la mañana tenía que ir a la farmacia a comprarle el pulmicort a Marius y, de paso, algo para mi maltratada garganta aunque, dada mi querencia por las farmacias, es probable que comprara también alguna crema de colágeno, tampones, champú a la avena y esparadrapo del que no arranca el vello de cuajo. Me gusta ir a las farmacias, respiro su aroma de jarabe dulzón y me siento transportada. El año que a Ventura se le juntó la piedra en el riñón con las tifoideas, me pasaba el rato yendo y viniendo a la farmacia. Cuando no era una cosa era la otra. Las fiebres cedieron con paciencia y muchas dosis de amoxicilina, y la piedra se la bombardearon a golpe de rayos después de haber agotado kilos de analgésicos y toneladas de agua mineral. Ventura quedaba exhausto tras los cólicos, y su cara reflejaba un anonadamiento como de haber tenido muchos orgasmos seguidos. El médico pretendía que Ventura expulsara la piedra por sus propios medios, así que cuando se levantaba para ir al baño, yo aguardaba junto a la puerta esperando que me proporcionara la noticia del alumbramiento. Imaginaba a Ventura meando una piedra por ahí abajo y me llevaba la mano a la ingle para protegerme de la sensación. Pero Ventura no meaba la piedra, y un día, tras uno de esos horribles ataques que nos ponían a todos en pie de guerra, el médico decidió recurrir a la litotricia. Hasta ese momento no había podido aplicarse el tratamiento porque la piedra, que alcanzaba casi el tamaño de un garbanzo, se había situado estratégicamente en una zona del uréter sombreada por la columna. Fue un parto milagroso; después del combate Ventura pidió ir al servicio y allí mismo meó la piedra convertida en un río de arena.

Farchalé. O sea, far de farmacia y luego cha de Charo. Necesitaba encontrar a Charo. Había recibido una llamada de su familia comunicándome que acababan de internar a la madre y que Charo no aparecía. Era una familia puntillosa, de las que siempre pasan factura y miden los afectos en función de los intereses. A mí no me sorprendía que Charo buscara pretextos para huir de casa, porque, si bien sobrellevaba las cargas domésticas con un estoicismo admirable, llegado un límite los neurotransmisores le bloqueaban la voluntad y entonces desaparecía del mapa sin dejar rastro. Así podía transcurrir hasta un mes. Cuando daba señales de vida es que su cabeza ya estaba otra vez en orden. En esta ocasión Charo llevaba veinte días fuera y aún no se había dignado llamar por teléfono. Dijo que se iba y se fue. Su ausencia ocasionó un gran revuelo y yo me vi envuelta en una historia familiar de consecuencias desagradables. Charo era la hija tardía de un matrimonio de locos. Sus hermanos mayores, casados desde hacía bastantes años, habían conseguido liberarse de las pesadillas paternas y sólo quedaba Charo para afrontar el problema. Ella estaba acostumbrada a claudicar ante los caprichos de sus progenitores, pero algunas veces necesitaba dedicarse a sí misma y se plantaba. Su padre era un militar retirado que siempre estaba como en pose de pasar revista, y la madre, nervuda y cantarina, de sonrisa color membrillo, se tiraba las horas evocando sus anteriores reencarnaciones con una insistencia verborréica, insoportable. Aquella mujer tenía tantas vidas anteriores como deseos frustrados. La última vez que cometí la osadía de visitar a Charo en casa de sus padres encontré un panorama patético y desolador. La madre estaba disfrazada de época, y luego de cantarme todo tipo de romanzas se empeñó en leerme las cartas. Según ella, sólo tenían futuro las personas que tienen pasado y en mis ojos leía que mi pasado databa del tiempo de los asmoneos. Qué sabría ella de los asmoneos, pienso ahora. Y qué sabría de mí, pensé entonces. Mientras Charo fregaba platos en la cocina, su madre me echó las cartas sobre una mesa plastificada del cuarto de estar, bajo la presencia de un san Pancracio que tenía a los pies un pequeño florero con un manojo de perejil. No utilizó la baraja del tarot, ni siquiera la francesa, que queda como más neutra. Se valió de una simple baraja española, un taco mugriento de Heraclio Fournier con el que jugaba al tute y le cantaba las cuarenta a su marido. Puso el mazo sobre la mesa y me hizo cortar varias veces dirigiéndome con la mirada. Ahora la mano izquierda, ahora la derecha, ahora otra vez la izquierda. Luego dio en enredarse con larguísimas disquisiciones sobre mis sucesivos pasados, que de puro pasados y remotos se habían detenido en los albores del siglo XV. Yo oía el repiqueteo de los cacharros que venía de la cocina y pensaba en Charo. La imaginaba soportando todos los días aquellas larguísimas peroratas, aquel penetrante olor a cerrado, aquellos cortinones incrustados de tiempo, aquellos viejos demenciados, aquella sonrisa color membrillo, y sentía ganas de gritar por ella. Pero Charo estaba acostumbrada a malvivir en cualquier lugar y su historia era la de una heroica superviviente: traducía tratados de filosofía alemana con la misma naturalidad que navegaba el Amazonas, compartía noches con media docena de okupas en una casa esquelética de Viena o fregaba loza en la cocina de su hogar imposible. La vieja desplegó un ritual lleno de espasmos, evocó a sus santos preferidos y a sus ídolos del bel canto, lo aliñó todo de ceremoniosidad y, tras fingir una inesperada conmoción, advirtió que mi futuro estaba sombreado por una nube negra, de la nube negra manaba una lluvia de lágrimas y las lágrimas dibujaban la silueta triste de un recién nacido que se diluía con el agua. Es una maldición, dijo. Disimulé sin dejar de preguntarme si yo sería la lluvia, la nube, las lágrimas o el recién nacido. En ese momento apareció Charo con un mandil en la mano. Recogió el bolso y la americana que dormitaban en una butaca, se peinó el cabello con las púas de los dedos, tiró de mí y, luego de darme pequeños empujoncitos para sacarme de la habitación, despidió a su madre con un beso en el pelo. Cuando cerramos la puerta del piso todavía pude oír las voces de aquella mujer que profería extrañas conjeturas sobre mi futuro.

Tenía que buscar a Charo. No sabía por dónde empezar, pero sospechaba que había vuelto a Centroamérica y yo guardaba algún teléfono a raíz de sus numerosas estancias allí. ¿Le pediría que volviera o me limitaría a comunicarle que su madre había sido ingresada en un psiquiátrico? Quizás prefiriera que no le dijese nada. Su madre no hacía daño a nadie, no molestaba, no requería cuidados especiales y tenía una vitalidad gracias a la cual nutría de optimismo a su fantasmagórico militar, mucho más achacoso y renqueante que ella. Los hijos mayores habían insinuado la conveniencia de buscar una residencia de ancianos, pero la mujer se oponía. La responsabilidad era, pues, de Charo. Por eso, la tarde que uno de los hermanos encontró a su madre desnuda en el cuarto de estar, culpó a Charo y pensó que había llegado el momento de tomar una determinación. Pero Charo no actuaría, no lo habría hecho nunca aunque supiera que su madre bailaba la danza del vientre ante todo el vecindario. Era feliz en su locura y merecía el respeto. Estar loca sin saberlo es una situación idílica, murmuraba yo por mis adentros. Siempre he tenido miedo a volverme loca y padecer la consciencia de la locura. Según cuentan, hay locuras que te desgajan completamente la cabeza y vagas por la vida ocupando un lugar fuera de ti misma, como en esos sueños en los que uno se muere y asiste a su propio entierro. Ha de ser horrible, supuse.

No encontré a Charo, pero eso ya lo contaré más tarde, porque Charo no era una mujer de reacciones imprevisibles, había cruzado el umbral de la noche para ir en pos del sosiego, tampoco ella quería volverse loca y asistir a su propio entierro. Charo no aparecería a pesar de mis numerosas pesquisas, que dejaron buena huella en la factura del teléfono. Ella estaba donde tenía que estar, pero aquella noche yo no lo sabía. Aquella noche yo no hacía más que repetir farchalé, farchalé, farchalé. Far de farmacia, cha de Charo y le de Leo. En todas mis claves había una le de Leo. El recuerdo de Leo no había que forzarlo, pero a mí me gustaba buscarle acertijos nuevos; estaba pasando una de esas rachas en las que la zozobra se apodera de los actos y ya no distinguía entre el deseo y la realidad. Me preguntaba si quería a Leo o si solamente quería quererlo, pero no anhelaba ninguna respuesta, trazaba su figura en la imaginación y todas mis neuronas se ponían alerta, el pulso me latía en la entrepierna y se apoderaba de mí una fuerza como de bronce. Las escasas conversaciones telefónicas que manteníamos bastaban para agitar mi sexualidad y enriquecer los sueños. Cuando hacíamos el amor yo renacía; Leo disparaba tanto mis instintos que luego tenía necesidad de hacer el amor con más hombres. No con uno ni dos sino con todos. Iba por la calle y sentía como si llevara el sexo estampado en la frente. No es que Leo no me colmara. Es que aun colmándome, conseguía volverme insaciable. Yo era una hembra enfebrecida y eso, lejos de humillarme, me producía una indescriptible sensación de placer. Farchalé. Me dormía con el nombre de Leo entre las cejas. Pensaba que estaba aguardándome en algún lado y que quizás un día tuviera valor para seguirle y continuar juntos la vida desde una cama. Sería una cama grande a la orilla del mundo, una cama frente a unos ventanales desde los que nos asomaríamos al mar. El mar tendría puntillas y su música abrazaría nuestro sueño. El amor también sería como el ruido del mar, como las noches que se muerden la cola, como el hálito de un animal antediluviano o como los aromas de una tierra dibujada de sedas, especias y cedros. Un día, al cabo de mucho tiempo, nos sobrevendría el hambre y comeríamos naranjas en la cama, desnudos uno junto a otro. El jugo de nuestros cuerpos tendría el sabor de las naranjas. Farchalé.

Quién sabe si las cosas hubieran resultado distintas de no haber conocido nunca a aquella gente. Posiblemente sí. Pero yo quise que Ventura se comprometiera más allá de la amistad y un día le pedí que me llevara a la casa familiar. Me había hablado un poco de sus padres en las largas noches de confidencias y estaba consumida por la curiosidad. Quería comprobar las miradas de los suyos cuando se encontraran frente a mí, una mujer bastante más joven que él, indómita, señorita y un poco tonta, que movía la melena con aire despectivo y decía tacos sin fingir un mínimo decoro. Para Ventura también era una prueba. Apenas mantenía relaciones con los padres y aquel viaje suponía un examen a sus propios sentimientos. Desde que había abandonado la pequeña ciudad acogiéndose al pretexto de su independencia, contadas veces había regresado a casa. A su escaso apego familiar se unía la complejidad de su situación, varios años en una universidad extranjera, una larga relación que no terminó en boda y ahora, de pronto, el reencuentro con determinados pasajes de una biografía que le infectaba el cuerpo de fantasmas. Para su familia tampoco resultaba cómoda la visita de aquel hijo cuya presencia siempre había despertado la suspicacia de los vecinos, deseosos de hurgar en los pormenores de las vidas ajenas. Pero yo me empeñé y al final Ventura elaboró su aventura con una excitación desaforada, impropia.

Me hubiera gustado tener una familia así, abundante, descabalada, una familia donde las cosas no obedecieran a un orden convencional y nunca se supiera qué protagonismo tenía asignado cada uno de los miembros. Una familia que vivía en una casa de campo cubierta de malezas históricas, junto a una vía de tren apagada por el tiempo. A la primera persona que conocí fue a Dulce, cuya figura brotó con todas las características de un personaje de novela. Dulce no era madre, ni tía, ni abuela, y ni siquiera vecina de vecindario. Dulce era Dulce dulcísima. Un enigma.

Recorrí el trecho de camino que se abría a partir de la cancela y el minuto me pareció eterno, escuchaba el sonido de mis propios pasos sobre la gravilla y busqué inútilmente la aparición de una silueta que me abriera los brazos. Ventura no hablaba; era como si estuviera reconstruyendo desde el silencio todos los fotogramas de una vieja película interior. El reencuentro se obraría, como dijo después, desde el aroma que le asaltó unos metros antes de alcanzar la puerta de la casa. El olfato aviva la memoria y Ventura sintió una vaharada de placidez mezclada con el dulzor fresco de la madreselva. Saboreaba una gratificante palpitación bajo su camisa mientras yo descubría la figura de una casa despellejada, con restos de un remoto encalado y balcones abiertos hacia una cascada de retales verdes. La puerta estaba entornada; cruzamos por ella con paso dudoso, sin dejar de mirar a un lado y a otro, y nos adentramos por el corredor hasta llegar a una salita que parecía una sacristía. Allí estaba Dulce en su silla de ruedas. Tenía una labor entre las manos que depositó sobre el regazo para ofrecerle los brazos a Ventura. Él correspondió sin entusiasmo tras abandonar la bolsa de viaje en el suelo. Yo observé que la mujer estaba vencida por el peso de una joroba desproporcionada respecto a las dimensiones del resto de su cuerpo. Aquella frágil anciana me produjo un extraño repelús, por eso la besé como se besa a los viejos, procurando no sentir sobre mi mejilla las rugosidades del rostro caduco. Pero Dulce era dulce, como no podía esperarse de otro modo, y sus palabras, marcadas por un acento extraño, en seguida empezaron a fluir armoniosamente de sus labios y a envolverlo todo en una música indescifrable.

Con los días Dulce me cautivaría y hasta llegué a pensar que su joroba era un depósito de ternura. Nunca supe muy bien cómo había aterrizado en aquella casa, ni qué grado de parentesco le unía a los padres de Ventura, suponiendo que le uniera alguno. Ventura se limitaba a decir que era una solterona y que siempre la había conocido allí, sentada en su silla de ruedas y tejiendo interminables labores de ganchillo. En mi corazón se estableció pronto una frontera clara entre Dulce dulcísima y el resto de la familia, una madre arrogante y voluminosa, un padre de afectos blindados, la viuda tía Asun, hermana del padre y que desde el primer momento me miró con el gesto esquinado, y Susana Cáceres. También me dejé querer por Susana Cáceres, una chica de nalgas temblorosas cuyo papel no estaba demasiado claro, si bien limpiaba con frecuencia la cocina y hacía camas desganadamente, aburrida ante el ansia de siestas que tenían casi todos los componentes de aquella dilatada familia. Susana Cáceres veía mucho la televisión, cualquier momento era bueno para afincar su trasero en un sofá y devorar concursos con un tarro de magdalenas en la mano. Susana Cáceres me miraba y alargaba el tarro para que cogiera magdalenas, pero, como yo rehusaba, pasaba a ofrecerme refrescos, café, tila o una copita de coñac. Las botellas estaban alineadas en una pequeña vitrina y ni siquiera el padre, que tenía voz de bebedor impenitente, sucumbía a su tentación. La madre era un arrebato de actividad, recorría la casa cientos de veces, hacía incursiones por el jardín con un machete en la mano para doblegar aquella espesura de carne vegetal, trasplantaba las plantas de macetas, teñía el pelo de tía Asun y todas las noches cargaba con Dulce dulcísima para llevarla a la cama. Tenía un cuerpo poderoso, el escote cuajado de verrugas y unas facciones de trazo fuerte en las que no se adivinaba un solo rasgo de Ventura. Junto a ella el padre era un curioso postizo. El padre sí tenía rasgos de Ventura, quizás la forma de mirar, o la disposición de la frente, abierta y limpia como un parabrisas, cierta dejadez de hombros y una forma especial de andar, con los pies en acento circunflejo, casi tocándose por la parte de los dedos, abiertos luego los talones hacia afuera. La voz de seda de Dulce dulcísima, que veía pasar la vida desde su silla de ruedas mientras los demás deambulaban como impulsados por un mecanismo sin rumbo, constituía el mejor entretenimiento para rellenar el hueco de las sobremesas, con aquellas horas apelmazadas en las que Ventura dormía sin dejar de silbar, como si tuviera entre los labios el pito de un arbitro. Dulce dulcísima me contaba historias de los prójimos, historias que sonaban a libros, porque Dulce dulcísima alternaba las vainicas y los ganchillos con largas sesiones de lectura y todo lo impregnaba de un halo ilustrado, con muchos puntos y muchas comas, con ristras interminables de adjetivos y una musicalidad que iba más allá de su enigmático acento. Aquella anciana era capaz de recitar a los románticos del siglo xix con la facilidad que contaba los puntos de las cadenetas, y todo le sabía a gloria, lo mismo una rima de Bécquer que una página de Crimen y castigo. Más de una vez me pregunté si Dulce dulcísima no sería la madre de aquella hipotética tía Asun, porque evitaba hablar de ella y la miraba siempre con gesto arrebolado y blando. Sin embargo, por algún resquicio de sus relatos siempre asomaba un punto de misterio que era la clave de su propio misterio.

Fue una semana muy extraña. Ventura y yo dábamos largos paseos por el jardín, apenas nos acercábamos a la ciudad, comíamos como fieras hambrientas y ocupábamos habitaciones separadas. A veces también jugábamos a las cartas o nos encerrábamos en nuestros respectivos cuartos a leer. El mío era un cuarto sin ventanas ocupado por una gran cama de caoba con un cabecero presidido por un cristo al que le faltaba un pie. La cama estaba cubierta por una colcha blanca de crochet, con cinco cojines, también blancos y de crochet, distribuidos estratégicamente sobre la colcha. En la mesilla de noche había una lámpara que era una cariátide en cuya cabeza reposaba la pantalla. La lámpara iluminaba débilmente un portarretratos con la foto de una mujer joven y sepia, o sea, de una mujer que fue joven hace muchísimos años y a la que yo trataba de buscar parecidos con tía Asun o con Dulce dulcísima. Vestía un traje de mangas abullonadas, con unos puños larguísimos decorados por una hilera de botoncitos, y con la mano sostenía un abanico cerrado y un bolso forrado de tela clara. Yo la miraba a ella y ella miraba al objetivo, es decir, ella me miraba a mí, y ese cruce de miradas producía una turbulencia que de noche se colaba en mis sueños y me sobresaltaba.

En algún momento indeterminado, tal vez a la hora de la cena, cuando toda aquella desunión de gentes coincidía en torno a la mesa, la madre de Ventura hizo una alusión a nuestro futuro. Fue un comentario de pasada, ni agradable ni desagradable, pero a mí se me antojó mortificante porque Ventura bajó los ojos y ni siquiera replicó con palabras educadas. En el fondo quizás la madre tuviera razón. No sabía qué propósito había en nuestra visita, y si éramos novios o dejábamos de serlo, y tampoco comprendía qué esperaba Ventura de la familia después de tantos años de esquinazo. Ventura y yo sostuvimos una larga discusión ese mismo día. A mí me dolió el comportamiento de Ventura -o su ausencia de comportamiento- y pensé que tal actitud de cobardía era un bofetón para mi ánimo enamorado. La irritación prendió en mi cuerpo; di las buenas noches a Dulce y sin dirigirle la mirada a Ventura salí al jardín para regodearme en la noche, que estaba como embarazada de negritud. Mi cabeza era un estallido de puñales y la memoria me traía sin parar imágenes del pasado, cuando nos conocimos en un viaje organizado por amigos comunes y él rehuía estar a mi lado, o después, cuando me pidió que no le quisiera tanto, o más tarde, cuando se desdijo y quiso que volviera a quererle. Ventura era un hombre agitado por sus propias contradicciones y ahora volvía a demostrarlo. Recordaba las primeras noches con él, o las últimas noches sin nadie, las noches de siempre, tan parecidas a la noche de aquella noche. Entonces quise llamar su atención, pero me salió mal.

Cuando Susana Cáceres, con sus mejillas como pellizcos, se levantó para llevarle la leche caliente a Dulce dulcísima, en el comedor estaba aún la luz encendida bajo los párpados de una lámpara de lágrimas. Descalza anduvo el corredor, los pechos le bailaron en su camisola de algodón y por la rendija de una puerta entreabierta pudo adivinar el bulto de tía Asun en la cama. Sentía el peso del sueño sobre los ojos, pero la curiosidad la llevó hasta el salón y allí vio, arrugado en el suelo como una ese, el cuerpo de una mujer. Estaba envuelto en color cera y junto a ella había una botella de coñac. Susana Cáceres pensó que era la imagen de la muerte y lanzó un grito que le vació la voz. Yo no me daba cuenta de nada porque yo era la mujer que estaba tendida en el suelo con el cuerpo embriagado de rabia.

Fue así como se lo pagué.

La sexta visita fue allí, y sucedió tras la cuarta visita, que fue aquí, y tras la segunda, que fue allí, al igual que la primera, que también fue allí. No contabilizo el resto de visitas impares porque ésas se celebraron en territorios neutrales y por tanto no adquirieron el carácter de visita sino de encuentro. Llegábamos, nos veíamos, buscábamos un hotel para el desfogue y nos despedíamos precipitadamente, como si estuviéramos librando una batalla contra el tiempo. Pero la sexta visita, ya digo, fue allí y yo llegué a ella pertrechada de ilusión, con la maleta rebosante de regalos y mariconadas, libros que él no leía y camisones que yo no me ponía, pues en el momento de la verdad nos sobraban las referencias literarias y los encajes, íbamos a lo que íbamos sin darnos cuenta de que a fuerza de tocarnos tanto estábamos socavando nuestros cuerpos y con ellos, nuestras almas, porque nuestras almas habitaban al final del sexo, en la última sacudida de la penetración. Con la punta del pene él tocaba mi alma y yo la suya, que tenía blindaje de acero y sin embargo se derretía en el orgasmo como no la había visto derretirse a ningún hombre. Sucedían lluvias de placer que nos horadaban más y más el cuerpo, éramos una oquedad que sólo el otro tenía la capacidad de rellenar; en cierto modo cada uno de nosotros constituía el molde del otro, se había producido el fenómeno de la acoplación perfecta y no estábamos dispuestos a sacrificar tal privilegio.

Duró una semana, pero cuando divisé su rostro en el aeropuerto supe que aquella visita podía significar la eternidad. Estaba apoyado en el vértice de una pared, distanciado del resto de personas que esperaban a otros pasajeros y de los agentes turísticos que llevaban un cartelito en la mano con apellidos indescifrables. Al principio no lo vi, o me hice la loca, pero rápidamente fui engullida por sus ojos y sentí el peso de su mirada sobre mi cuerpo, que empezó a bullir y a palpitar, como si desde la distancia me hubiera inoculado el virus de la avidez. Nos recorrimos en silencio y el tiempo se nos derritió en la boca con todos los jugos del deseo. Estaba desmejorado, y bajo su pelo de agua me pareció adivinar un aire somnoliento que potenciaba su morbosidad. A la luz del día los años se le desplomaban en las mejillas, y el rictus de su sonrisa adquiría el tono agridulce de las gentes lascivas o misteriosas. Leo era lascivo y además misterioso, pero ese día estaba tocado también por un extraño decaimiento que, lejos de decepcionarme, reafirmó mi capricho. En su coche destartalado recorrimos el camino del aeropuerto a la ciudad sin apenas mediar palabra. Intercambiamos sólo las mínimas preguntas de cortesía, nos miramos con el rabillo del ojo sabiéndonos reprimidos mutuamente, y casi al final, después de librar una batalla con mi pudor, yo le dije que había pensado mucho en él. Entonces Leo levantó la mano derecha del volante y la depositó en mi pantalón. A punto estuve de fundirme.

Los días y las noches transcurrieron como un sueño atropellado. Escasos eran los momentos en que nos apeábamos de la nube para hablar de temas minuciosos que afectaban a nuestras respectivas vidas. Leo, en campo propio, adquiría una grandeza especial. Me gustaba verlo discutir con los vendedores callejeros, sentarme bajo la sombra de los veladores y escuchar sus relatos, esos cuentos enrevesados en los que jamás podías distinguir dónde terminaba la realidad y empezaba la ficción. Leo había desarrollado una filosofía cáustica en torno a todo y se protegía escupiendo frases cínicas, improperios que sonaban muy bien y que me hubiera gustado recoger en una grabadora para repetirlos algún día. De noche salíamos a ver el mar y su pespunte de luces en la costa, paseábamos por las calles sinuosas del puerto y tomábamos vino blanco en una taberna que dimos en bautizar como nuestro observatorio. Allí había un enorme horno que hacía unos panes grandes y redondos como platillos volantes. De haber permanecido quince días más en aquel país me hubiera puesto como una foca porque comía pan constantemente y mis tripas se hinchaban igual que se hinchan los globos cuando les soplas aire. Estaba preñada de pan, el pan era como el amor, sólo necesitábamos pan y sexo para sentirnos vivos. Fuera de las golosas sesiones amatorias, Leo se investía de un aire profesoral y me contaba leyendas de la ciudad. Hablaba de los falsificadores de monedas, de las madrugadas decadentes que escondían en sus entrañas míticos nombres de artistas y nobles británicos, de esos hoteles que ya forman parte de la historia de Oriente, del hechizo de los prostíbulos escondidos tras unas fachadas garabateadas, de los hombres que habían perdido el juicio sumergiéndose en la noche. Me hablaba de todo mientras comíamos pan o tomábamos té con pastelitos de sésamo en algún café recién descubierto, frente a un revoltijo de grúas y bocinas, de edificios descascarillados y humedades de salitre, estampas sórdidas cuyo encanto sólo es perceptible en momentos muy especiales de la vida. Todo me parecía de una belleza inquietante, las calles herrumbrosas, la truculencia de la nocturnidad, las alfombras de cochambre que lamían nuestros pies, los tullidos que subían por la ciudad vieja arañando las paredes, esas fuentes que eran el ombligo de una plazoleta, los pasadizos con profundo hedor a orín, las bandadas de pájaros sobre una playa de guijarros donde a veces paseábamos al atardecer como dos bobos. Leo evitaba hablarme de trabajo o de política, tal vez porque consideraba que yo formaba parte de un mundo que no merecía ser contaminado. Algunas cosas intuía de él, cosas que no me agradaban del todo, pero Leo sabía distraerlas con malabarismos de palabras y siempre terminaba por llevarme a su terreno, que también era el mío: el terreno de la intimidad física.

Un día quise saber cosas de su mujer, pues la idea de su existencia empezó a inquietarme y a fomentar en mí unos estúpidos resquemores. Hasta entonces no había necesitado hurgar en esa parcela de su vida, pero la curiosidad pudo más que la razón y revoloteé en torno a ella con objeto de acorralarla. No me molestaba tanto el hecho de que Leo tuviera mujer como que la escondiera y yo no lograra ponerle cara, nombre, cuerpo y voz. Bien mirado, lo que deseaba era establecer comparaciones, saber si era más alta o más baja que yo, más lista o más tonta, con melena ondulada o con melena lisa, con pantalones o con faldas, pero Leo me lo impedía. Alguna vez deslizaba hacia ella una palabra ambigua, algo despectiva, aunque luego neutralizaba el comentado con un adjetivo amable para restituirle el honor de esposa. Los hombres casados a menudo hablan mal de sus mujeres, pero tarde o temprano se desdicen, porque empeñarse en ello sería como hablar mal de sí mismos. Leo no era diferente a los demás. Me quedé, pues, con las ganas, contrariada, y los celos me arrebataron la posibilidad de mostrarme ante él como una señora. En el fondo Leo estaba encantado, le gustaba verme celosa, enrabietada, mientras él mordía mi cuerpo con su cuerpo y sugería que nos escapáramos juntos al otro lado del mundo.

Una noche bebimos más de la cuenta y allí, en la taberna que era nuestro observatorio, jugamos procazmente a la vista de todos. Cansados ya de tentarnos como animales en celo, nos fuimos abrazados hacia el coche. Unos segundos me bastaron para comprender que tomábamos un camino contrario al hotel. Leo atravesó la ciudad por calles marginales y se adentró en un barrio que, desde el interior del coche, parecía oler a fritanga y a polvo. En los bajos de las casas había bares mal iluminados, puestos de menudillos, hombres estáticos que ofrecían cambio, tabaco, droga. Las aceras eran estrechas y en ellas se arracimaban cazadores noctivagos que gesticulaban mucho y proferían voces extrañas. Leo detuvo su coche junto a una casa que tenía un pequeño rótulo sobre una ventana situada al nivel de la calle. No pregunté nada porque no deseé arrepentirme. La aventura me hacía cosquillas en el vientre y como consecuencia del exceso de vino tenía la mirada deshilachada y me costaba mucho concentrarla en los perfiles del paisaje. Atravesamos una puerta cromada y se abrió ante mí una panorámica que no guardaba ninguna relación estética con el mundo de afuera. Yo sabía que estábamos en un prostíbulo, pero a primera vista me pareció como un ambulatorio de la Seguridad Social, con las paredes lechosas y unas láminas de dibujos estrafalarios que sugerían más el apunte de un bosque que el de un cuerpo femenino despatarrado.

Nos recibieron dos hombres; uno de ellos conocía a Leo y lo obsequió con un cabezazo que delataba cierta actitud reverencial, como si Leo fuera un hombre importante y dejara allí buena parte de su sueldo. No era así. O lo era, pero no tanto. Intercambiaron unas palabras de cortesía, luego desaparecieron en el interior de un gabinete que tenía el aspecto de un despacho en desuso y cerraron la puerta tras ellos. Yo no vi a ninguna puta ni olí a ninguna puta ni oí a ninguna puta. Todo era silencioso y aséptico, deshabitado de sordidez. El segundo hombre se situó detrás de la barra de un minúsculo bar y, sin preguntarme nada, me preparó una bebida que batió en una coctelera. Recordé entonces las advertencias que mi madre nos hacía a Loreto y a mí cuando éramos niñas: «No hay que aceptar nada de ningún extraño, ni siquiera un caramelo.» Aquel brebaje era sin duda algo más que un caramelo, pero allí estaba Leo para librarme del peligro y batir su pecho contra cualquier desconocido que pretendiera hacerme desaparecer por los sumideros de la trata de blancas. Actuaba yo con falsa naturalidad, mi única obsesión era que no se me notara incómoda, así que estiré el frunce de la sonrisa y engullí el cóctel blanco en dos o tres tragos largos. El hombre también doblaba la cerviz para agradarme, yo levantaba la copa para brindar y juntos nos reíamos en nuestros respectivos idiomas. Cuando volvió Leo en compañía del maitre principal -digo maitre, pero desconozco cuál es la jerarquización de cargos en los prostíbulos-, la mirada aún no se me había nublado de estrellitas y el cuerpo me bailaba entero al compás de un excitante bamboleo. Me llamó por mi nombre, Fidela, y me ofreció asiento en un sofá que estaba tapizado de plástico y se pegaba al pantalón y del pantalón, a los muslos. Me junté mucho a Leo, como deseando dejar claro que formábamos parte del mismo lote, y pedí un nuevo brebaje porque el dulzor me había hecho costra en el paladar y tenía más sed.

Desfilaron en seguida las chicas. Siete, u ocho, o diez, no las conté, todas muy juntitas y bien puestas, como en fila de colegio. No parecían putas, pero lo eran. A mis ojos les faltaba edad, desgarro, canallada y literatura. Les sobraban en cambio modales y aderezos finos, pretensiones, tontuna. Luego diría Leo que debían de sentirse cohibidas por mi presencia y deseaban quedar bien. Lo que yo no imaginaba es que me tocaría elegir la primera. Hice como quien actúa con desgana, para salir del apuro, y señalé a una morenita de rizos que tenía cierto aspecto racial, mezcla de morena de copla y mulata oxigenada con un dedo de raíz. Leo no dudó y eligió dos más, dos que no tenían nada especial, aunque una de ellas se revelaría más tarde como una buena negocianta y utilizaría todas sus artes para sacarnos más dinero. Iban vestidas con esos aderezos que prodigan tanto los anuncios de erotismo prét-á-porter: ligueros, bodis de encaje, minifaldas de cuero, corpiños con el ombligo al aire, medias negras y mucho trasero marcando bulto. Los hombres valoran mucho el trasero. Leo también. Por eso las chicas esmeraron los andares ante su presencia y hasta le pasaron las nalgas por la cara.

A partir de ese momento los recuerdos son algo confusos, y cuando nos dirigíamos a la habitación llamada «Pacha room», el cuerpo se me desmadejaba solo, ausente de sincronía entre los pies y los brazos. Pedí ir al baño para revisar mi ropa interior y allí me encontré con una pequeña tropa de mujeres afanadas en ponerse a punto el cuerpo. Unas se depilaban los sobacos, otras untaban sus pechos con afeites, se retocaban el pelo o el esmalte de las uñas. En aquel compadreo mujeril me sentí bien, divertida, curiosa, un poco descarada también. Pero la procesión iba por dentro.

Que la desnuden, dijo cuando entramos en la «Pacha room». Hizo una divertida mueca desde la punta de la nariz, y rió enseñando las encías con la procacidad de quien enseña lo más íntimo. Para entonces ya todos estaban desnudos, él y ellas, las tres, o sea, los cuatro en total; lo habían hecho sin ningún tipo de ceremonia, rápidos y eficaces, como las personas que tienen prisa por meterse en una ducha y se quedan un poco ateridas de frío, con el cuerpo simplón, cómico, los brazos resbalando sobre el cuerpo y las caderas lacias. Allí dentro hacía calor, pero a mí me pareció que aquellas mujeres usaban ademanes de piel de gallina y estaban vacías de lujuria. Sólo les salvaba que permanecían encaramadas en sus tacones y reían con risa ensalivada y pegajosa. Iban y venían atentas a él y a sus órdenes; una de ellas reptó a cuatro patas por la cama donde yo me había encaramado dispuesta a ver el espectáculo desde platea y empezó a quitarme los jeans, cosa que al principio no logró porque yo me resistía, encogía las rodillas, me doblaba como si tuviera retortijones de barriga y apretaba con fuerza el culo al colchón, un cuadrilátero de gomaespuma insuficiente para una sesión amorosa a cuatro bandas. Todo aquel movimiento nubló aún más mis sentidos, especialmente la vista, que empezó a derramarse en todas direcciones como un caleidoscopio. Lo veía a él jactándose, echándome encima a las demás, haciendo más risas, dando más órdenes, asomándose entre los escasos espacios que aquel revuelo de brazos dejaban libre, y veía su polla trascendental, que parecía el cetro poderoso de un rey y se imponía a todo. Su polla y su risa giraban alrededor de mis ojos mientras las chicas arañaban mi ropa con fuerza, primero los jeans, luego la blusa, el sostén -que era un sostén de los que se abrochan por delante y les costó quitármelo-, las bragas, los calcetines, hasta que me quedé desnuda, más desnuda incluso que ellas, como un pollito recién venido al mundo. Empezaron así los pescozones, las caricias locas, las carreras alrededor del colchón, y muy pronto mis risas, porque a mí también me hacía gracia aquel espectáculo, que no era un espectáculo erótico sino más bien circense, él anudaba su cuerpo con todas menos conmigo, a mí me controlaba a distancia y sólo de vez en cuando volvía la cabeza hacia mis risas y sin desatender su faena alargaba el brazo para pellizcarme un pezón y comprobar las humedades de mi entrepierna. Leo las sobó a todas, las humilló, les hincó los dientes repetidas veces, las penetró una a una y finalmente se vació en mí, que estaba abierta sobre el colchón como un libro de anatomía, con la cabeza colgando hacia el suelo. Me dio un beso largo, un beso hipnótico, porque yo tenía los ojos clavados en un urinario blanco, incrustado en la pared como una concha, cuya visión me llegaba al revés a causa de la postura, y eso fue lo último que recuerdo. El urinario vuelto del revés y una explosión gaseosa por todo el cuerpo, las piernas, el pecho, la espalda, las manos, los ojos, todo, como si yo fuera una botella de champán derramada de espuma.

Desperté hecha un cuatro entre sus brazos, en la cama del hotel. Acababa de soñar que iba con Ventura al cine y que yo protestaba porque había aparcado el coche demasiado lejos y me hacía andar mucho. La cara de Leo estaba un poco abotargada, tenía la boca entreabierta, los labios resecos por la parte de las comisuras, el mechón sudoroso y grasiento. No era el mejor Leo que conocía, pero todo el mundo tiene sus momentos bajos y tampoco sería justo pedirle a un amante que no esté ni legañoso ni abotargado cuando se despierta. Leo me gustaba tanto que me gustaba aun cuando no lo mereciera. Además poseía la habilidad de trastocar hasta los últimos registros de mi cuerpo, era acogedor como un camino viejo, no hacía ascos con las comidas y siempre aparcaba el coche cerca. Mi cara permanecía pegada a la suya. Mientras contaba uno a uno todos los poros de su nariz empecé a urdir la estrategia. Quería escaparme con él.