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Mi amigo, el doctor Fattah, me ha hecho una promesa: si el estado de salud de mi madre se agravara, me avisaría. Y me avisó en el mes de mayo. Por el tono de su voz, sé cómo van las cosas, habla pausadamente, mide sus palabras y dice sólo lo imprescindible. Al día siguiente ya estaba yo junto al lecho de mi madre en la clínica. Observé que ocupaba el mismo cuarto en el que mi padre había fallecido diez años antes. La primera impresión es la peor: el color de la tez, cerúleo y macilento; los ojos vidriosos fijando la mirada en el techo; la mandíbula inferior desencajada y metida para adentro, la boca abierta. Mi madre visitada por la muerte. Mi hermano me dice, con lágrimas en los ojos: «Le he dicho a Hadch, nuestro primo, que venga, él sabe lo que hay que hacer para disponer el entierro y los funerales, ya no hay esperanza». A pesar de lo que yo había visto, a pesar del grave pronóstico de los médicos, mi intuición me decía lo contrario. Mi madre no se iba a morir. No ahora.
No sabía dónde estaba ni quiénes éramos los que la rodeábamos. Yo le cogía la mano y le hablaba suavemente. Los parientes cercanos acudían a visitarla. En sus pocos instantes de lucidez, daba órdenes a Keltum para que preparara la cena y pusiera la mesa, insistía en que los manteles estuviesen impecables y bien planchados. Nos turnábamos para acompañarla, pero mi hermana y Keltum no se movían de su lado.
¿Qué hacer junto al lecho de mi madre enferma? Tras los primeros momentos de emoción, uno se aburre. No hay nada que hacer. Recibes a la gente que viene a verla. Atiendes el teléfono. Vigilas su respiración. Esperas que llegue el médico. Observas las paredes de la habitación, recorres las grietas producidas por la humedad, miras el techo, no haces nada, esperas, hablas con las enfermeras. He aprendido muchas cosas sobre esta clínica. No es muy halagüeño lo que ocurre aquí. El dinero vuelve loca a la gente. Algunas enfermeras cobran un sueldo de mil dirhams al mes, a otras no les pagan nada porque se considera que están en prácticas. Los hospitales públicos no son mucho mejores. Preferiría un hospital bien equipado y que funcionara bien a un Parlamento en el que se pasan la horas hablando para no decir nada. A mi madre, sin embargo, la atendieron bien en esta clínica, pagamos por adelantado y dimos buenas propinas a las cuidadoras. Los médicos eran competentes.
Al salir, no se dio cuenta de nada, el regreso a casa transcurrió sin problemas. Se creía que sólo había cambiado de cuarto y, luego, de casa. Ningún recuerdo de su estancia en la clínica. Tanto mejor.
El deseo más acuciante de mi madre se resume en esta oración: «¡Que Dios me haga morir en vuestra vida!». La idea de perder a un hijo la desesperaba, como a cualquier madre. Había visto sufrir a la suya por la muerte prematura de uno de sus hijos. Un duelo imposible de superar. Una eventualidad que no se atreve a imaginar. Demasiado doloroso. «Morir, sí, pero rodeada de mis hijos».
He aprendido a valorar ese egoísmo: es un amor tan fuerte, tan entero, que sólo es posible en la vida de los tuyos y en tu muerte. ¿Qué hacer de ese amor si la muerte brutal se lleva a un ser amado, llamado por Dios, como dice ella? Los místicos musulmanes, los sufíes, dicen lo mismo a propósito del amor de Dios. Mi madre no era mística, pero celebraba las cosas sencillas, los valores esenciales, y se entregaba a sus hijos, sin agobiarlos. Un día dije en un programa de radio que mi madre musulmana era una «madre judía», y añadí, «judía pero no dominante». Ella nos decía: «Me muero por vosotros, mis entrañas no conocen descanso, me hostigan, mi corazón se agita y me asfixio cuando estoy inquieta por vosotros; soy así, no lo puedo evitar, es superior a mis fuerzas; os podéis burlar de mí, pero el día que tengáis vuestros hijos, sabréis lo que es que os queme el pecho con ese sin vivir. Pienso constantemente en vosotros; temo las miradas de la gente; el mal de ojo existe, es de una temible eficacia, como una hidra al acecho de seres felices para destruirlos. Hay gente que os desea el mal simplemente porque gozáis de buena salud o porque existís. Que Dios os proteja de los malos ojos de la gente. Que os proteja de su veneno. Que os ponga a salvo de su crueldad y que haga de vosotros una luz que ilumine a los que viven en las tinieblas. El ser humano no siempre es bueno. Yo no soy desconfiada. Creo lo que me dicen, pienso que la gente es sincera y que está de buena fe, pero no consigo mentir ni disimular, eso es lo que me duele, aunque prefiero ser como soy. Así me han educado. Así era mi madre. Mi padre era un santo y la gente le pedía consejo. Era conocido por su bondad y su cultura. Yo he heredado de él esa bondad que a menudo me ha jugado malas pasadas. Pero qué más da, os tengo a vosotros y es lo principal. Por eso he pedido a Dios que me lleve en su misericordia cuando esté rodeada de todos vosotros. Rezaremos juntos y me iré dulcemente, como se fue mi madre».
La hermana menor de mi madre es una mujer dinámica y muy vital. Se casó con un hombre de una familia rica. Nuestra infancia en Fez estuvo marcada por ella, fueron los primeros en tener coche, teléfono, una casa en el campo adonde nos invitaban en primavera, y, sobre todo, fueron los primeros en irse a vivir fuera de la medina. Les gustaban las cosas sencillas aunque notásemos en ellos un punto de superioridad que nos recordaba que no pertenecíamos a la misma clase. Mi madre nunca tuvo complejo frente a ellos, ni mi padre. Él les criticaba su modo de vivir, y ellos lo tomaban a broma. Mi padre tenía mucho sentido del humor y manejaba con soltura la ironía. Mi tía se metía con él y él se burlaba de esa manera de vivir donde la apariencia era igual de importante que lo fundamental. Decían que sus palabras tenían sal o azúcar, miel y pimienta picante, verdad cruda y crueldad. Él no se andaba con rodeos y decía cosas hirientes pero verdaderas.
Mi tía ha venido a ver a mi madre. Con ella ha entrado en casa una oleada de buen humor. Se ha sorprendido de que la confundiera con otra persona. «Hija, hace tiempo que te espero». La ha confundido con su hija, además de confundir a su propia hija con su madre: «Sabes, hija, tu abuela está aquí pero no me ha reconocido. Se ha portado mal conmigo. Ha llegado de Fez y sólo piensa en volverse a marchar. Yo no le he hecho nada malo. Convéncela, seguro que a ti te hará caso. Pregúntale por qué mi hermana menor no ha venido a verme, no es propio de ella, siempre que se enteraba de que yo estaba enferma acudía a toda prisa, soy su hermana mayor, la he criado como si fuera mi propia hija, creo que incluso las dos han mamado de mis senos. Yo era joven y tenía buena salud cuando nació ella. Mi madre no tenía fuerzas para ocuparse de la casa, de todos sus hijos, así que me entregó a Amina y la crié como a mi propia hija. Las dos tienen la misma edad, cuenta los años y verás, nacieron el mismo año, con sólo una diferencia de seis meses».
Mi madre está sentada en el borde de la cama. Tiene el pie izquierdo más hinchado que el derecho. Seguramente le aprieta la venda. Lleva un chamir rosa, una especie de túnica para estar por casa. Como de costumbre, y desde que empezó a tener canas, se cubre la cabeza con un pañuelo blanco. Lleva una pulsera de oro en la muñeca. Está aburrida, callada, mirando hacia la ventana. Cambia de postura, pone el pie enfermo encima de la cama y se queda mirando el armario que tiene enfrente. Llama a Keltum. Keltum no responde. La vuelve a llamar. Keltum le contesta: «Ya voy». Mi madre le dice: «Ven pronto». Keltum llega, la mira con intención de reñirle, y dice: «Sólo la puede soportar Dios». Mi madre grita: «¡No me dejes sola! ¿Por qué te vas a la otra punta de la casa y me abandonas? Voy a rezar unas oraciones contra ti y verás cómo se va a disgustar el santo de mi padre. ¡Ven, siéntate y no te muevas de aquí!».
Mi madre y Keltum se aburren. Cada una de ellas mira fijamente una esquina del cuarto. La televisión transmite ahora una serie americana doblada en español. Los colores son vivos. Las imágenes caen de la pantalla y se mezclan con el polvo de la alfombra. Mi madre sonríe. Keltum dormita. Suena el teléfono. Gran acontecimiento. «Es tu hijo.
»-¿Cuál de ellos?
»-El que te llama todos los días».
Hablo con mi madre. Cuando le pregunto «¿cómo te encuentras?», siempre me responde del mismo modo: «Aquí estoy, recogiendo migajas del tiempo hasta que Dios decida liberarme, estoy en sus manos, la muerte vendrá y no hay nada más que hablar, espero ese momento».
Le digo que me pase a Keltum. Está obligada a decirme la verdad, si ha dormido bien, si tiene diarrea, si ha delirado, etcétera.
Keltum me vuelve a pasar a mi madre al teléfono. Se queja de Keltum, riéndose. Si se ríe es buena señal. Le pido su bendición y sus oraciones. Se las sabe de memoria y las dice con energía, sin equivocarse, sin dudar. Cuando me bendice, mi madre está siempre lúcida. Alza los ojos al cielo y se dirige directamente a Dios. Basta que ella diga esas oraciones para que yo me sienta protegido. Es irracional, pero no intento romper los símbolos y las imágenes. Mi madre me ve como un ser frágil al que hay que iluminar el camino. No deja de rezar para alejar de él a los enemigos, a la gente mala, a los envidiosos. Los ve y los espanta con la mano.
Hace tiempo que mi madre, al no poder hacer las genuflexiones, reza sentada, mueve los ojos, murmura sus oraciones, da vueltas, según el ritual, a su índice derecho y al acabar alza las manos juntas y dirige a Dios sus deseos más hondos.
Hoy sólo habla de sus joyas. Dice que han desaparecido. Hace algunos años, se las regaló a sus nietas y nueras. Decía: «Para que no os peléis después de mi muerte, prefiero daros estas alhajas en vida. Sólo me quedo con esta pulsera y este collar». El collar lo había tirado por el váter. Al recuperarlo, Keltum estaba convencida de que le tocaría legítimamente a ella. Mi madre se lo pidió. Keltum se lo tiró a la cama, diciendo, «Debería haberlo dejado en su mierda». La pulsera, al no poder quitársela de la muñeca, estaba a salvo.