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Aproveché una mañana en que mi madre estaba lúcida para preguntarle qué pensaba de esa costumbre:
– ¿Te refieres a que ya no viva en mi casa?
– Estarás en una casa donde te atenderán unas personas especialmente formadas para cuidar a los enfermos. No te faltará de nada. Tendrás a los médicos cerca de ti, tu enfermera y tus hijos irán a verte de vez en cuando.
– ¿De vez en cuando? ¡Quiere decir que las horas estarán contadas! ¿Vivirá conmigo Keltum? Lleva conmigo desde hace quince años.
– No, ella no está enferma y no es una persona mayor.
– ¿Y por qué tendría que irme de mi casa? ¿La queréis vender? Claro, es eso, tenéis prisa por heredar.
– Estoy bromeando, sólo quería decirte que en otros países, en Francia o en España, instalan a las personas mayores en unas casas especiales. Sabía que ibas a reaccionar así.
– A mí me basta con mi casa. No necesito una especial. Nunca saldré de aquí. De esta habitación iré a la tumba y entonces haced lo que queráis: destruidla y levantad un edificio de pisos. Yo estoy bien aquí y aquí me quedaré.
Mi madre no bromea. Incluso cuando gozaba de buena salud, se resistía a ir unos días a casa de su hija a Fez o de su hijo a Casablanca. La querencia por su casa es muy intensa. Simboliza unas raíces profundas y esenciales. Aunque tuviera apuros económicos, mi padre siempre quiso poseer una casa. Se puede pasar hambre pero no quedarse en la calle, sin techo. En Fez, en mi niñez, todo el mundo debía ser propietario de su casa. La gente que vivía en casas de alquiler era del campo, no de la ciudad. Recuerdo que alquilábamos una parte de la casa que teníamos en el barrio de Majfiya a unos inquilinos que procedían de Fass-Yedid, de los alrededores de Fez. Una cortina colgada del techo separaba a las dos familias. Nosotros vivíamos en la planta baja y ellos en el piso de arriba y en la azotea. Era una casa grande. Intentábamos cohabitar sin excesivos roces. Éramos pobres y no nos podíamos permitir rechazar el dinero del alquiler. No estaba bien visto en las familias burguesas, pero mi padre no se avergonzaba de reconocer que éramos gente modesta, pobre.
Ayer, por vez primera, mi madre no me reconoció por teléfono y se puso a delirar profusamente. Me confundió con su hermano menor, Muley Ali, que murió hace veinte años. Estaba muy enfadada:
– ¿No te da vergüenza, Muley Ali? ¡Tu hermana está enferma, y no has venido nunca a verla! ¿Dónde estás? ¡Te escondes! Como siempre, tu mujer es la que manda y no te deja venir a verme. Eso no está bien.
– ¡Pero yemma, soy tu hijo, Tahar!
– No, Tahar se ha ido a casar a su hija. No está en Marruecos. ¿Tú quién eres? ¡Ah! Tú eres Mustafa, el hijo que se fue y me abandonó…
– No, yemma, Muley Ali murió hace mucho tiempo.
– ¿Ah, sí? ¡Murió y no me dijisteis nada! Eso no está bien.
Su viudedad no duró mucho tiempo. Su tío Sidi Abeslam habló con su padre. «Es tan joven, tan inocente, tan guapa, y sus manos son un tesoro, no debe quedarse enclaustrada en tu casa, tiene que salir, que acompañe a su madre a las bodas a las que está invitada, allí se fijarán en ella. El otro día, vino a verme Sidi Abdelkrim, un hombre de bien, está casado pero su mujer está enferma, ha tenido cuatro hijos con ella que ya son mayores, pero él tiene aún mucha vitalidad, me ha rogado que te hable de ello, estaría encantado y dichoso de que le concedieras la mano de Lal-la Fatma; ya sé, me vas a decir que podría ser su padre, que va a tener que vivir con la enferma, e incluso ocuparse de ella, pero será todo lo contrario, tu hija es joven, guapa, será la preferida, sólo existirá ella; la otra, la pobre, está tan enferma que ni siquiera sabe dónde ésta. Los hijos son mayores, son todos comerciantes y se ocupan de los bienes de Sidi Abdelkrim. ¿Qué opinas? ¿Qué le contesto?».
Así fue como se volvió a casar; una ceremonia discreta, no hubo fiesta. Las dos familias se reunieron en la gran casa de Sidi Abdeslam, y los adules redactaron el acta de ese nuevo matrimonio en el mismo documento del matrimonio anterior.
«Tras la muerte de Sidi Mohamed, que Dios lo tenga en su gloria y en su clemencia, acabado el período de espera y de luto, y, tras diversas consultas entre ambas familias, Muley Ahmed acepta dar en matrimonio a la viuda Lal-la Fatma a Sidi Abdelkrim, casado y con cuatro hijos, y un acidaque de cinco mil riales ha sido entregado al padre de la novia; de común acuerdo, no habrá festejos para esta boda; la viuda Lal-la Fatma se irá a la casa de su nuevo esposo a partir del momento en que este acta haya sido establecida. Que Dios Todopoderoso los proteja y les dé su bendición.
»Oración de la Fatiha. Amén».
Ella se mudó de barrio y le costó adaptarse a su nueva vida. Se pasaba el tiempo pensando en su primer marido y rogaba a Dios para que su vida no estuviera de nuevo amenazada por la desgracia.
Sidi Abdelkrim la trató como a una princesa. Estaba pendiente de ella, puso a su disposición dos sirvientas y le pedía que no se cansara, no necesitaba ir a la cocina donde reinaba Ghita, la cocinera negra que Sidi Abdelkrim se había traído de Senegal hacia 1915.
De nuevo encinta, se dejaba mimar. La vida transcurría serenamente. La otra esposa le tenía simpatía y le daba consejos para agradar y satisfacer a Sidi Abdelkrim. «Mi enfermedad me tiene clavada a esta cama, ya casi no me muevo, felizmente Ghita me cuida; no podía dejar la casa abandonada, todas las mañanas viene a mi cuarto y le doy instrucciones. Ya sabes, yo te quiero mucho, eres una hija de buena familia, te agradezco que estés aquí, que hayas aceptado casarte con un hombre mucho mayor que tú y, sobre todo, ya casado; yo fui quien le pedí que se buscara otra esposa, nuestra religión lo exige, está escrito en la sharía, le dije, querido, mi Sidi Abdelkrim querido, no puedes seguir sin una mujer en tu lecho, Dios te autoriza a tener hasta cuatro, tienes que volver a casarte, si yo tuviera buena salud, no te lo habría pedido, pero tal como estoy, no te sirvo para nada, soy un viejo trasto inútil, mis hijos han crecido, que Dios los guarde y los bendiga, no se opondrán a este matrimonio, escoge una mujer, viuda o divorciada, el tifus ha matado a muchos hombres jóvenes. ¡Tiene que haber alguna viuda joven y bella que acepte estar en el lecho de mi marido!
»¿Sabes, hija? Me besó las dos manos y se fue a hablar con tu tío. Sé bienvenida a esta casa y que traigas el bien y la salud a los que carecemos de ellos desde hace tiempo. ¿Me ayudas a sentarme, hija? Cógeme de la mano, tira de ella con suavidad, así está bien, ponme este cojín detrás, mi espalda tiene que estar bien encajada, si no me duele, todos los músculos me duelen, me cuesta mover la mano y más aún los dedos, Ghita es la que se ocupa de mí, me lava, me da de comer como a un bebé, estoy contenta de tener quien me acompañe. ¡Venga! Danos un varoncito hermoso, date prisa, la casa necesita alegría y risas de niños. Mis hijos mayores están casados, me vienen a ver todos los días; mis nueras se hacen las remolonas, no les gusta esta casa, así que pocas veces veo a mis nietas.
»Nadie sabe cómo llamar esta enfermedad. El enfermero Drissi me ha dicho que es una especie de reuma, por el frío y la humedad de las casas. Trabajé como una esclava durante mucho tiempo, me dejé la salud en esa inmensa cocina; a mi marido, a nuestro marido, que Dios lo guarde, le gusta tener invitados, con frecuencia venían sus amigos a comer, y me avisaba la misma mañana, ya te puedes imaginar el apuro, tenía que darme prisa, correr de aquí para allá, no olvidar de amasar el pan, Ghita me ayudaba, pero él insistía en que yo hiciese la comida, me decía tus manos hacen maravillas, no nos prives de lo que sabes hacer tan bien.
»Dime, ¿de qué murió tu marido?». «De ese mal cuyo nombre no quiero pronunciar en esta casa afortunada. Se fue sólo en unas semanas. Lo veía apagarse día tras día. Sólo sus enormes ojos negros permanecían intactos. Yo estaba encinta, tenía náuseas, no me sentía bien. No dormía, me pasaba el tiempo llorando. Cuando nació mi hija, mi madre se hizo cargo de ella, yo estaba demasiado débil, me sentía muy desgraciada para ocuparme de ella. Se la dejé. Mi hermana pequeña tenía apenas un año más que ella. Fue mi madre quien le dio de mamar, como si yo no la hubiera parido».
Sidi Abdelkrim colmaba de atenciones a su nueva esposa. Le prohibía entrar en la cocina, le decía: «No quiero que tus preciosas manos se estropeen con el trabajo, tú eres mi princesa, mi gacela, un don de Dios, quiero que seas feliz, siento que tu cuerpo está cambiando, ¿lleva dentro otro don de Dios? Ojalá».
Dio a luz a un varón; siete días de festejos. La esposa enferma lloró de alegría. Le pusieron de nombre Abdelaziz. El padre quería llamarlo Abdelrazzak, para recordar que ese don de Dios era valioso.
Mi madre cree que ha tenido gemelos: habla de Hassan y Hussein. Su hijo Abdelaziz se ríe y le recuerda que se confunde con su prima que efectivamente tuvo gemelos la misma semana que ella.
Ahora llama a su primer marido, muerto hace más de cincuenta años. Insiste en que necesita hablar con él. Le decimos que ya no está entre nosotros. «¿Ah, sí? ¡Conque escondiéndome cosas!».
Abdelaziz creció en esa casa inmensa, entre una madre demasiado joven y una madrastra enferma. En cuanto tuvo edad para ir a la escuela, su hermano mayor se lo llevó a su casa. Su padre, anciano y enfermo, ya no salía a la calle. El enfermero Drissi ahora estaba todo el tiempo en la casa. Mandaron llamar a Hammad, el primo ciego, conocido por recitar bien el Corán. En la familia se sabía que la llegada de Hammad precedía a la muerte. Sidi Abdelkrim se apagó mientras dormía. Dos meses después, moría su segunda esposa profiriendo gritos de dolor.
De nuevo viuda, mi madre se dedicó a ir a rezar todos los jueves al mausoleo del santo Muley Idris. Le llevaba ofrendas, se quedaba varias horas orando y pidiendo a Dios su clemencia y su alafia. Regresó a vivir a casa de sus padres y con su hija, que ya tenía ocho años. No quería saber nada de volverse a casar, pues estaba convencida de que atraía la desgracia, que había sido víctima del mal de ojo y de la fatalidad. Miraba al cielo, seguía a las estrellas y hablaba con ellas.