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PÓLVORA Y SANGRE

Para dar una idea de lo que fue el golpe militar, hay que imaginar lo que sentiría un norteamericano o un inglés si sus soldados atacaran con armamento de guerra la Casa Blanca o el palacio de Buc–kingham, provocaran la muerte de millares de ciudadanos, entre ellos el presidente de Estados Unidos o la reina y el primer ministro británicos, declararan el Congreso o el Parlamento en receso indefinido, destituyeran la Corte Suprema, suspendieran las libertades individuales y los partidos políticos, instauraran censura absoluta de los medios de comunicación y se abocaran a la tarea de expurgar toda voz disidente. Ahora imagine que estos mismos soldados, poseídos de fanatismo mesiánico, se instalaran en el poder por largo tiempo, dispuestos a eliminar de raíz a sus adversarios ideológicos. Eso es lo que sucedió en Chile.

La aventura socialista terminó trágicamente. La junta militar, presidida por el general Augusto Pinochet, aplicó la doctrina del capitalismo salvaje, como ha sido llamado el experimento neoliberal, pero ignoró que para su funcionamiento equilibrado se requiere una fuerza laboral en pleno uso de sus derechos. Para destruir hasta la última semilla de pensamiento izquierdista e implantar un capitalismo despiadado, ejercieron una represión brutal.

Chile no fue un caso aislado, la larga noche de las dictaduras cubriría buena parte del continente durante más de una década. En 1975 la mitad de los latinoamericanos vivíamos bajo algún tipo de

gobierno represivo, muchos de ellos apoyados por Estados Unidos, que tiene un bochornoso récord de derrocar gobiernos elegidos por otros pueblos y apoyar tiranías que jamás serían toleradas en su propio territorio, como Papa Doc en Haití, Trujillo en la República Dominicana, Somoza en Nicaragua y tantas otras. Me doy cuenta que al escribir estos hechos soy subjetiva. Debiera contarlos desapasionadamente, pero seria traicionar mis convicciones y sentimientos. Este libro no intenta ser una crónica política o histórica, sino una serie de recuerdos, que siempre son selectivos y están teñidos por la propia experiencia e ideología. La primera parte de mi vida terminó aquel 11 de septiembre de 1973. No me extenderé demasiado en esto, porque ya lo he contado en los últimos capítulos de mi primera novela y en mi memoria Paula. La familia Allende, es decir, aquellos que no murieron, fueron presos o pasaron a la clandestinidad, partieron al exilio. Mis hermanos, que estaban en el extranjero, no regresaron. Mis padres, que eran embajadores en Argentina, se quedaron en Buenos Aires por un tiempo, hasta que fueron amenazados de muerte y debieron escapar. La familia de mi madre, en cambio, era en su mayoría enemiga acérrima de la Unidad Popular y muchos celebraron con champaña el golpe militar. Mi abuelo detestaba el socialismo y esperaba con ansia el término del gobierno de Allende, pero nunca quiso que fuera a costa de la democracia. Estaba horrorizado al ver en el poder a los militares, a quienes despreciaba, y me ordenó que no me metiera en problemas; pero era imposible mantenerme al margen de lo que ocurría. El viejo llevaba meses observándome y haciéndome preguntas capciosas, creo que sospechaba que en cualquier momento su nieta se esfumaría. ¿Cuánto sabía de lo que ocurría a su alrededor? Vivía aislado, casi no salía a la calle y su contacto con la realidad era a través de la prensa, que ocultaba y mentía. Tal vez la única que le contaba el otro lado de la medalla era yo. Al principio traté de mantenerlo informado, porque en mi calidad de periodista tenía acceso a la red clandestina de rumores que reemplazó las fuentes serias de información durante ese tiempo, pero después dejé de darle malas noticias para no deprimirlo y asustarlo. Empezaron a desaparecer amigos y conocidos, a veces algunos regresaban después de semanas de ausencia, con ojos de loco y huellas de tortura. Muchos buscaron refugio en otras partes. México, Alemania, Francia, Canadá, España y varios otros países los recibieron al principio, pero después de un tiempo dejaron de hacerlo, porque a la oleada de chilenos se sumaban millares de otros exiliados latinoamericanos.

En Chile, donde la amistad y la familia son muy importantes, sucedió un fenómeno que sólo se explica por el efecto que tiene el miedo en el alma de la sociedad. La traición y las delaciones acabaron con muchas vidas; bastaba una voz anónima por teléfono para que los mal llamados servicios de inteligencia le echaran el guante al acusado y en muchos casos no volviera a saberse de su persona. La gente se dividió entre los que apoyaban el gobierno militar y los opositores; odio, desconfianza y miedo arruinaron la convivencia. Hace más de una década que se instauró la democracia, pero esa división todavía puede palparse, incluso en el seno de muchas familias. Los chilenos aprendieron a callar, a no oír y a no ver, porque mientras pudieran ignorar los hechos, no se sentirían cómplices. Conozco personas para quienes el gobierno de Allende representaba lo más deleznable y peligroso que podía ocurrir. Para ellos, gente que se precia de conducir su vida de acuerdo a estrictos preceptos cristianos, la necesidad de destruirlo fue tan imperiosa, que no cuestionaron los métodos. Ni siquiera lo hicieron cuando un padre desesperado, Sebastián Acevedo, se roció con gasolina y se prendió fuego, inmolándose como un bonzo en la plaza de Concepción, como protesta porque a sus hijos los estaban torturando. Se las arreglaron para ignorar las violaciones a los derechos humanos–o fingir que lo hacían–durante muchos años y, ante mi sorpresa, todavía suelo encontrar algunos que niegan lo ocurrido, a pesar de las evidencias. Puedo entenderlos, porque están aferrados a sus creencias como yo lo estoy a las mías. La opinión que tienen del gobierno de Allende es casi idéntica a la que tengo yo de la dictadura de Pino–chet, con la diferencia que en mi caso el fin no justifica los medios. Los crímenes perpetrados en la sombra durante esos años han ido emergiendo inevitablemente. Ventilar la verdad es el comienzo de la reconciliación, aunque las heridas tardarán mucho en cicatrizar, porque los responsables de la represión no han admitido sus faltas y no están dispuestos a pedir perdón. Las acciones del régimen militar quedarán impunes, pero no pueden ya ocultarse ni ignorarse. Muchos piensan, sobre todo los jóvenes que se criaron sin espíritu crítico ni diálogo político, que basta de escarbar el pasado, debemos mirar hacia adelante, pero las víctimas y sus familiares no pueden olvidar. Tal vez debamos esperar que muera el último testigo de aquellos tiempos, antes de cerrar ese capítulo de nuestra historia.

Los militares que se tomaron el poder no eran dechados de cultura. Vista desde la distancia que dan los muchos años transcurridos

desde entonces, las cosas que decían son para la risa, pero en aquellos momentos resultaban más bien terroríficas. La exaltación de la patria, de los «valores cristianos occidentales» y del militarismo llegó a niveles ridículos. El país se manejaba como un cuartel. Por años yo había escrito una columna de humor en una revista y conducido un programa liviano en televisión, pero en ese ambiente no podía hacerlo, porque en realidad no había de qué reírse, salvo de los gobernantes, lo cual podía costar la vida. Tal vez el único resquicio de humor eran «los martes con Merino». Uno de los generales de la junta, el almirante José Toribio Merino, se reunía sema–nalmente con la prensa para opinar sobre diferentes temas. Los periodistas aguardaban con ansias estas perlas de claridad mental y sabiduría. Por ejemplo, respecto al cambio de la Constitución con que se pretendía legalizar el asalto de los militares al poder en 1980, opinaba con la mayor seriedad que «la primera trascendencia que le veo es que es trascendental». Y enseguida el almirante explicaba para que todos entendieran: «Ha habido dos criterios en la elaboración de esta Constitución; el criterio político, diríamos platónico–aristotélico en lo clásico griego, y en la otra parte el criterio absolutamente militar, que viene de Descartes, que llamaríamos cartesiano. En el cartesianismo la Constitución se encuentra toda aquella, aquel tipo de definiciones que son extraordinariamente positivas, que buscan la verdad sin alternativas, en que el uno más dos no puede ser más que tres, y que no hay otra alternativa sino que el tres…». Poniéndose en el caso de que a estas alturas la prensa hubiera perdido el hilo de su discurso, Merino aclaraba: «… y la verdad cae en esa forma frente a la verdad aristotélica, o la verdad clásica, digamos, que daba ciertos matices para la búsqueda de ella; tiene una importancia enorme en un país como el nuestro, que está buscando nuevos caminos, que está buscando nuevas formas de vivir…».

Este mismo almirante justificó la decisión del Gobierno de ponerlo a cargo de la economía, diciendo que había estudiado economía como hobby en cursos de la Enciclopedia Británica. Y con el mismo candor decía que «la guerra es la profesión más linda que hay. ¿Y qué es la guerra? La continuación de la paz, en la cual se realiza todo aquello que la paz no permite, para llevar al hombre a la dialéctica perfecta, que es la extinción del enemigo».

En 1980, cuando aparecían estas maravillas en la prensa, yo ya no estaba en Chile. Permanecí un tiempo, pero cuando sentí que la represión era como un lazo corredizo en torno a mi cuello, me fui. Vi cambiar al país y a la gente. Traté de adaptarme y de no llamar la

atención, como me pedía mi abuelo, pero era imposible, porque en mi condición de periodista me enteraba de mucho. Al principio el temor era algo vago y difícil de definir, como un mal olor. Descalificaba los terribles rumores que circulaban, alegando que no había pruebas, y cuando me enfrentaba a las pruebas, decía que eran excepciones. Me creía a salvo porque «no participaba en política», mientras amparaba fugitivos desesperados en mi casa o los ayudaba a saltar el muro de una embajada en busca de asilo. Suponía que si era arrestada podría explicar que lo hacía por razones humanitarias; estaba en la luna, evidentemente. Me cubrí de ronchas de pies a cabeza, no podía dormir, bastaba el ruido de un automóvil en la calle después del toque de queda para quedar temblando por horas. Me tomó año y medio darme cuenta del riesgo que corría y por fin, en 1975, después de una semana particularmente agitada y peligrosa, me fui a Venezuela, llevando conmigo un puñado de tierra chilena de mi jardín. Un mes más tarde mi marido y mis hijos se reunieron conmigo en Caracas. Supongo que sufro el mal de muchos chilenos que se fueron en esa época: me siento culpable de haber abandonado mi país. Me he preguntado mil veces qué habría sucedido si me hubiera quedado, como tantos que dieron la batalla contra la dictadura desde dentro, hasta que pudieron vencerla en 1989. Nadie puede responder esa pregunta, pero de una cosa estoy segura: no seria escritora sin haber pasado por la experiencia del exilio.

A partir del instante en que crucé la cordillera de los Andes, una mañana lluviosa de invierno, comencé el proceso inconsciente de inventar un país. He vuelto a volar sobre la cordillera muchas veces y siempre me emociono, porque el recuerdo de aquella mañana me asalta intacto al ver desde arriba el espectáculo soberbio de las montañas. La infinita soledad de esas cumbres blancas, de esos abismos vertiginosos, de ese cielo azul profundo, simboliza mi despedida de Chile. Nunca imaginé que estaría ausente por tanto tiempo. Como todos los chilenos–menos los militares–estaba convencida de que, dada nuestra tradición, pronto los soldados regresarían a sus barracas, habría otra elección y tendríamos un gobierno democrático, como siempre habíamos tenido. Sin embargo, algo debo haber intuido sobre el futuro, porque pasé mi primera noche en Caracas llorando sin consuelo en una cama prestada. En el fondo presentía que algo había terminado para siempre y que mi vida cambiaba violentamente de rumbo. La nostalgia se apoderó de mí desde esa primera noche y no me soltó por muchos años, hasta que cayó la dictadura y volví a pisar mi país. Entretanto vivía mirando

hacia el sur, pendiente de las noticias, esperando el instante de volver mientras seleccionaba los recuerdos, cambiaba algunos hechos, exageraba o ignoraba otros, afinaba las emociones y así construía poco a poco ese país imaginario donde he plantado mis raíces.

Hay exilios que muerden y otros son como el fuego que consume. Hay dolores de patria muerta que van subiendo desde abajo, desde los pies y las raíces y de pronto el hombre se ahoga, ya no conoce las espigas, ya se terminó la guitarra, ya no hay aire para esa boca, ya no puede vivir sin tierra y entonces se cae de bruces, no en la tierra, sino en la muerte.

PABLO NERUDA, «Exilios»,

de Cantos ceremoniales

Entre los cambios notables producidos por el sistema económico y los valores que implantó la dictadura, se puso de moda la ostentación: si usted no es rico, debe endeudarse para parecerlo, aunque ande con agujeros en los calcetines. El consumismo es la ideología de hoy en Chile, como en la mayor parte del mundo. La política económica, los negociados y la corrupción, que alcanzó niveles nunca antes vistos en el país, crearon una nueva casta de millonarios. Una de las cosas positivas que ocurrieron es que se trizó la muralla que separaba a las clases sociales; los rancios apellidos dejaron de ser el único pasaporte para ser aceptado en sociedad. Los que se consideraban aristócratas fueron barridos del mapa por jóvenes empresarios y tecnócratas en sus motos cromadas y sus Mercedes Benz y por algunos militares, que se enriquecieron en puestos clave del Gobierno, la industria y la banca. Por primera vez se veían hombres de uniforme en todas partes: ministerios, universidades, empresas, salones, clubes, etc.

La pregunta de rigor es por qué al menos un tercio de la población apoyó a la dictadura, a pesar de que para la mayoría la vida no fue fácil e incluso los adherentes al gobierno militar vivían temerosos. La represión fue general, aunque sin duda sufrieron mucho más los

izquierdistas y los pobres. Todos se sentían vigilados, nadie podía decir que estaba completamente a salvo de la garra del Estado. Es cierto que la información estaba censurada y había una maquinaria de propaganda destinada a lavar los cerebros; cierto es también que a la oposición le costó muchos años y sangre organizarse; pero eso no explica la popularidad del dictador. El porcentaje de la población que lo aplaudía no lo hizo sólo por miedo; a los chilenos les gusta el autoritarismo. Creyeron que los militares iban a «limpiar» el país. «Se terminó la delincuencia, no hay muros pintarrajeados con graffiti, todo está limpio y gracias al toque de queda los maridos llegan temprano a la casa», me dijo una amiga. Para ella eso compensaba la pérdida de los derechos ciudadanos, porque esa pérdida no la tocaba directamente; tenía la suerte de que ninguno de sus hijos había sido despedido del trabajo sin indemnización o arrestado. Comprendo que la derecha, que históricamente no se ha caracterizado por la defensa de la democracia y que durante esos años se enriqueció como nunca antes, apoyara a la dictadura, pero ¿y los demás? Para esta pregunta no he encontrado respuesta satisfactoria, sólo conjeturas.

Pinochet representó al padre intransigente, capaz de imponer disciplina. Los tres años de la Unidad Popular fueron de experimentación, cambio y desorden; el país estaba cansado. La represión puso fin a la politiquería, y el neoliberalismo obligó a los chilenos a trabajar con la boca cerrada y ser productivos, para que las empresas pudieran competir favorablemente en los mercados internacionales. Se privatizó casi todo, incluso la salud, la educación y la seguridad social. La necesidad de sobrevivir impulsó la iniciativa privada. Hoy Chile no sólo exporta más salmones que Alas–ka, también ancas de rana, plumas de ganso y ajos ahumados, entre centenares de otros rubros no tradicionales. La prensa de Estados Unidos celebraba el triunfo del sistema económico y atribuía a Pinochet el mérito de haber convertido a ese pobre país en la estrella de Latinoamérica; pero los índices no mostraban la distribución de la riqueza; nada se sabía de la pobreza y la inseguridad en que vivían varios millones de personas. No se mencionaban las ollas comunes en las poblaciones, que alimentaban miles de familias — llegaron a existir más de quinientas sólo en Santiago–ni el hecho de que la caridad privada y de las iglesias intentaba reemplazar la labor social que corresponde al Estado. No existía ningún foro abierto para discutir las acciones del Gobierno o de los empresarios; así se entregaron impunemente a compañías privadas los servicios públicos y a empresas extranjeras los recursos naturales,

como los bosques y los mares, que han sido explotados con muy poca conciencia ecológica. Se creó una sociedad inclemente en la cual la ganancia es sagrada; si usted es pobre, es culpa suya y si se queja, seguro es comunista. La libertad consiste en que hay muchas marcas para escoger lo que se puede comprar a crédito. Las cifras de crecimiento económico, que aplaudía el Wall Street Journal, no significaban desarrollo, ya que el diez por ciento de la población poseía la mitad de la riqueza y había cien personas que ganaban más de lo que el Estado gastaba en todos sus servicios sociales. Según el Banco Mundial, Chile es uno de los países con peor distribución del ingreso, lado a lado con Kenia y Zimbabue. El gerente de una corporación chilena gana lo mismo o más que su equivalente en Estados Unidos, mientras que un obrero chileno gana aproximadamente quince veces menos que no norteamericano. Aún hoy, al cabo de más de una década de democracia, la desigualdad económica es pavorosa, porque el modelo económico no ha cambiado. Los tres presidentes que han sucedido a Pinochet han estado atados de manos, porque la derecha controla la economía, el Congreso y la prensa. Sin embargo, Chile se ha propuesto convertirse en un país desarrollado en el plazo de una década, lo cual es muy posible, siempre que se redistribuya la riqueza en forma más equilibrada.

¿Quién era realmente Pinochet, ese soldado que tanto marcó a Chile con su revolución capitalista y dos décadas de represión? (Conjugo los verbos en pasado a pesar de que aún está vivo, porque permanece recluido y el país procura olvidar su existencia. Pertenece al pasado, aunque su sombra siga penando.) ¿Por qué se le temía tanto? ¿Por qué se le admiraba? No lo conocí personalmente y no viví en Chile durante la mayor parte de su gobierno, de modo que sólo puedo opinar por sus actos y lo que otros han escrito sobre él. Supongo que para entenderlo conviene leer novelas como La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa o El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, porque tenía mucho en común con la figura típica del caudillo latinoamericano, tan bien descrita por esos autores. Era un hombre rudo, frío, resbaloso y autoritario, sin escrúpulos ni sentido de la lealtad, salvo al Ejército como institución, pero no a sus compañeros de armas, a quienes hizo asesinar según su conveniencia, como el general Carlos Prats y otros. Se creía escogido por Dios y la historia para salvar a la patria. Le gustaban las condecoraciones y la parafernalia militar; era un egomaníaco, incluso creó una fundación con su nombre destinada a promover y preservar su imagen. Era astuto y desconfiado, tenía modales campe

chanos y podía ser simpático. Admirado por unos, odiado por otros, temido por todos, fue posiblemente el personaje de nuestra historia que más poder ha tenido en sus manos y por más largo tiempo.