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CHILE EN EL CORAZÓN

En Chile se evita hablar del pasado. Las generaciones más jóvenes creen que el mundo comenzó con ellos; lo sucedido antes no interesa. Entre los demás me parece que hay una especie de vergüenza colectiva por lo ocurrido durante la dictadura, como debe haberse sentido Alemania después de Hitler. Tanto jóvenes como viejos procuran evitar el conflicto. Nadie desea embalarse en discusiones que separen aún más a la gente. Por otra parte, la mayoría está demasiado ocupada tratando de terminar el mes con un sueldo que no alcanza y cumpliendo calladamente para que no lo despidan del trabajo, como para preocuparse por la política. Se supone que indagar mucho sobre el pasado puede «desestabilizar» la democracia y provocar a los militares, temor infundado, porque la democracia se ha fortalecido en los últimos años–desde 1989–y los militares han perdido prestigio. Además ya no están los tiempos para golpes militares. A pesar de sus múltiples problemas–pobreza, desigualdad, crimen, drogas, guerrilla–América Latina ha optado por la democracia y por su parte Estados Unidos empieza a darse cuenta de que su política de apoyar tiranías no resuelve ningún problema, sólo crea otros.

El golpe militar no surgió de la nada; las fuerzas que apoyaron a la dictadura estaban allí, pero no las habíamos percibido. Algunos defectos de los chilenos que antes estaban bajo la superficie emergieron en gloria y majestad durante ese período. No es posible que de la noche a la mañana se organizara la represión en tan vasta escala sin que la tendencia totalitaria existiera en un sector de la sociedad; por lo visto no éramos tan democráticos como creíamos. Por su parte el gobierno de Salvador Allende no era inocente como me gusta imaginarlo; hubo ineptitud, corrupción, soberbia. En la vida real héroes y villanos suelen confundirse, pero puedo asegurar que en los gobiernos democráticos, incluyendo el de la Unidad Popular, no hubo jamás la crueldad que la nación ha sufrido cada vez que intervienen los militares.

Como millares de otras familias chilenas, Miguel y yo nos fuimos con nuestros dos hijos, porque no queríamos seguir viviendo en una dictadura. Era el año 1975. El país que escogimos para emigrar

fue Venezuela, porque era una de las últimas democracias que quedaban en América Latina, sacudida por golpes militares, y uno de los pocos países donde podíamos conseguir visas y trabajo. Dice Neruda:

¿Cómo puedo vivir tan lejos de lo que amé, de lo que amo? ¿De las estaciones envueltas por vapor y humo frío?

(Curiosamente, lo que más eché de menos en aquellos años de au–toexilio fueron las estaciones de mi patria. En el verde eterno del trópico fui pofundamente extranjera.)

En la década de los setenta Venezuela vivía el apogeo de la riqueza del petróleo: el oro negro brotaba de su suelo como un río inextinguible. Todo parecía fácil, con un mínimo de trabajo y conexiones adecuadas la gente vivía mejor que en cualquier otro lugar; corría el dinero a raudales y se gastaba sin pudor en una parranda sin fin: era el pueblo que consumía más champaña en el mundo. Para nosotros, que habíamos pasado por la crisis económica del gobierno de la Unidad Popular, en que el papel higiénico era un lujo, y que llegábamos escapando de una tremenda represión, Venezuela nos paralizó de asombro. No podíamos asimilar el ocio, el despilfarro y la libertad de ese país. Los chilenos, tan serios, sobrios, prudentes y amantes de los reglamentos y de la legalidad, no entendíamos la alegría desbocada ni la indisciplina. Acostumbrados a los eufemismos, nos sentíamos ofendidos por la franqueza. Éramos varios miles y muy pronto se sumaron aquellos que escapaban de la «guerra sucia» en Argentina y Uruguay. Algunos llegaban con huellas recientes de cautiverio, todos con aire de derrotados. Miguel encontró trabajo en una provincia del interior del país y yo me quedé en Caracas con los dos niños, quienes me suplicaban a diario que volviéramos a Chile, donde habían dejado a sus abuelos, amigos, escuela; en fin, todo lo conocido. La separación con mi marido fue fatal, creo que marcó el comienzo de nuestro fin como pareja. No fuimos una excepción, porque la mayoría de los matrimonios que se fueron de Chile terminaron separándose. Lejos de su tierra y de la familia, la pareja se encuentra frente a frente, desnuda y vulnerable, sin la presión familiar, las muletas sociales y las rutinas que la sostienen en su medio. Las circunstancias no ayudan: fatiga, temor, inseguridad, pobreza, confusión; si además es

tán separados geográficamente, como nos sucedió a nosotros, el pronóstico es pésimo. A menos que tengan suerte y la relación sea muy fuerte, el amor muere.

No pude emplearme como periodista. Lo que había hecho antes en Chile servía de poco, en parte porque los exiliados solían inflar sus credenciales y al final nadie les creía mucho; había falsos doctores que apenas habían terminado la secundaria y también doctores verdaderos que terminaban manejando un taxi. Yo no conocía un alma y allí, como en el resto de América Latina, nada se obtiene sin conexiones. Debí ganarme la vida con trabajos insignificantes, ninguno de los cuales vale la pena mencionar. No entendía el temperamento de los venezolanos, confundía su profundo sentido igualitario con malos modales, su generosidad con pedantería, su emotividad con inmadurez. Venía de un país donde la violencia se había institucionalizado, sin embargo me chocaba la rapidez con que los venezolanos perdían el control y se iban a las manos. (Una vez en el cine, una señora sacó una pistola de la cartera porque me senté accidentalmente en el puesto que ella había reservado.) No conocía las costumbres; ignoraba, por ejemplo, que rara vez dicen que no, porque lo consideran rudo, prefieren decir «vuelva mañana». Salía a buscar trabajo, me entrevistaban con gran amabilidad, me ofrecían café, y me despedían con un firme apretón de manos y un «vuelva mañana». Regresaba al otro día y se repetía lo mismo hasta que por fin me daba por vencida. Sentía que mi vida era un fracaso; tenía treinta y cinco años y creía que no me quedaba nada por delante, fuera de envejecer y morir de aburrimiento. Ahora, al recordar aquella época, comprendo que existían muchas oportunidades, pero no las vi; fui incapaz de bailar al ritmo de los demás, andaba ofuscada y temerosa. En vez de hacer un esfuerzo por conocer y aprender a querer la tierra que generosamente me había acogido, estaba obsesionada con el regreso a Chile. Al comparar aquella experiencia de exilio con mi actual condición de inmigrante, veo cuán diferente es el estado de ánimo. En el primer caso uno sale a la fuerza, ya sea escapando o expulsado, y se siente como una víctima a quien le han robado media vida; en el segundo caso uno sale a la aventura, por decisión propia, sintiéndose dueño de su destino. El exiliado mira hacia el pasado, lamiéndose las heridas; el inmigrante mira hacia el futuro, dispuesto a aprovechar las oportunidades a su alcance.

Los chilenos en Caracas nos juntábamos para oír discos de Violeta Parra y Víctor Jara, intercambiar afiches de Allende y Che Guevara

y repetir mil veces los mismos rumores sobre la patria lejana. En cada reunión comíamos empanadas; les tomé repugnancia y hasta hoy no he podido volver a probarlas. Cada día llegaban nuevos compatriotas contando historias terribles y asegurando que la dictadura estaba a punto de caer, pero pasaban los meses y, lejos de caer, parecía cada vez más fuerte, a pesar de las protestas internas y del inmenso movimiento internacional de solidaridad. Ya nadie confundía a Chile con la China, nadie preguntaba por qué no usábamos sombreros con piñas; la figura de Salvador Allende y los acontecimientos políticos colocaron al país en el mapa. Circulaba una fotografía, que se hizo famosa, de la junta militar con Pinochet al centro, de brazos cruzados, lentes oscuros y mandíbula protuberante de bulldog, un verdadero cliché de tirano de Latinoamérica. La estricta censura de prensa impidió a la mayoría de los chilenos dentro del país darse cuenta de que ese movimiento de solidaridad existía. Yo había pasado año y medio bajo esa censura y no sabía que afuera el nombre de Allende se había convertido en un símbolo, por eso al salir de Chile me sorprendió el respeto reverencial que mi apellido provocaba. Por desgracia esa consideración no me sirvió para conseguir trabajo, que tanto necesitaba. Desde Caracas le escribía a mi abuelo, de quien no tuve el valor de despedirme, porque no hubiera podido explicarle mis razones para escapar, sin admitir que había desobedecido sus instrucciones de no meterme en problemas. En mis cartas le pintaba un cuadro dorado de nuestras vidas, pero no se requería mucha agudeza para percibir la angustia entre líneas y mi abuelo debió haber adivinado mi verdadera situación. Pronto esa correspondencia se convirtió en pura nostalgia, en un ejercicio paciente de recordar el pasado y la tierra que había dejado. Volví a leer a Neruda y lo citaba en las cartas a mi abuelo, a veces él me contestaba con versos de otros poetas, más antiguos.

No vale la pena hablar en detalle de esos años, de las cosas buenas que sucedieron y de las malas, como amores frustrados, esfuerzos y dolores, porque los he contado antes. Baste decir que se acentuó el sentimiento de soledad y de ser siempre forastera que había tenido desde la infancia. Estaba desconectada de la realidad, sumida en un mundo imaginario, mientras a mi lado crecían mis hijos y se desmoronaba mi matrimonio. Trataba de escribir, pero lo único que lograba era dar vueltas y vueltas a las mismas ideas. Por las noches, después que la familia se retiraba a descansar, me encerraba en la cocina, donde pasaba horas azotando las teclas de la Under–wood, llenando páginas y páginas con las mismas frases, que luego

hacía mil pedazos, como Jack Nicholson en aquella espeluznante película, El resplandor, que dejó a medio mundo con pesadillas durante meses. Nada quedó de esos esfuerzos, puro papel picado. Y así pasaron siete años.

El 8 de enero de 1981 comencé otra carta para mi abuelo, quien para entonces tenía casi cien años y estaba moribundo. Desde la primera frase supe que no era una carta como las otras y que tal vez nunca caería en manos del destinatario. Escribí para desahogar mi angustia, porque ese anciano, depositario de mis más antiguos recuerdos, estaba listo para irse de este mundo. Sin él, que era mi ancla en el territorio de la infancia, el exilio parecía definitivo. Naturalmente escribí sobre Chile y la familia lejana. Tenía material de sobra con los centenares de anécdotas que por años había escuchado de su boca: los protomachos fundadores de nuestra estirpe; mi abuela, que desplazaba el azucarero con pura energía espiritual; la tía Rosa, muerta a fines del siglo XIX, cuyo fantasma aparecía para tocar el piano por las noches; el tío que pretendió cruzar la cordillera en un globo dirigible, y tantos otros personajes que no debían perderse en el olvido. Cuando les contaba esos cuentos a mis hijos, me miraban con expresión de lástima y volteaban los ojos hacia el techo.

Después de haber llorado tanto por regresar, Paula y Nicolás se habían finalmente aclimatado en Venezuela y no querían oír hablar de Chile y menos de sus estrafalarios parientes. Tampoco participaban de las nostálgicas conversaciones de exiliados, de los fallidos intentos de hacer platos chilenos con ingredientes caribeños, ni de las patéticas celebraciones de nuestras fiestas patrias improvisadas en Venezuela. A mis hijos les daba vergüenza su condición de extranjeros.

Pronto perdí el rumbo de aquella extraña carta, pero seguí adelante sin pausa durante un año, al cabo del cual mi abuelo había muerto y yo tenía sobre la mesa de la cocina mi primera novela, La casa de los espíritus. Si me hubieran pedido entonces que la definiera, habría dicho que era un intento de recobrar mi país perdido, de reunir a los dispersos, de resucitar a los muertos y de preservar los recuerdos, que comenzaban a esfumarse en el torbellino del exilio. No era poco lo que pretendía… Ahora doy una explicación más simple: me moría de ganas de contar la historia.

Tengo una imagen romántica de un Chile congelado al comienzo de la década de los setenta. Por años creí que cuando volviera la democracia, todo sería como antes, pero incluso esa imagen congela

da era ilusoria. Tal vez el lugar que añoro nunca existió. Cuando voy de visita debo confrontar el Chile real con la imagen sentimental que he llevado conmigo por veinticinco años. Como he vivido afuera por tan largo tiempo, tiendo a exagerar las virtudes y a olvidar los rasgos desagradables del carácter nacional. Olvido el clasismo y la hipocresía de la clase alta; olvido cuán conservadora y machista es la mayor parte de la sociedad; olvido la apabullante autoridad de la Iglesia católica. Me espantan el rencor y la violencia alimentados por la desigualdad; pero también me conmueven las cosas buenas, que a pesar de todo no han desaparecido, como esa familiaridad inmediata con que nos relacionamos, la forma cariñosa de saludarnos con besos, el humor torcido que siempre me hace reír, la amistad, la esperanza, la sencillez, la solidaridad en la desgracia, la simpatía, el valor indomable de las madres, la paciencia de los pobres. He armado la idea de mi país como un rompecabezas, seleccionando aquellas piezas que se ajustan a mi diseño e ignorando las demás. Mi Chile es poético y pobretón, por eso descarto las evidencias de esa sociedad moderna y materialista, donde el valor de las personas se mide por la riqueza bien o mal adquirida, e insisto en ver por todos lados signos de mi país de antes. También he creado una versión de mí misma sin nacionalidad o, mejor dicho, con múltiples nacionalidades. No pertenezco en un territorio, sino en varios, o tal vez sólo en el ámbito de la ficción que escribo. No pretendo saber cuánto de mi memoria son hechos verdaderos y cuánto he inventado, porque la tarea de trazar la línea entre ambos me sobrepasa. Mi nieta Andrea escribió una composición para la escuela en la cual dijo: «Me gustaba la imaginación de mi abuela». Le pregunté a qué se refería y replicó sin vacilar: «Tú te acuerdas de cosas que nunca sucedieron». ¿No hacemos todos lo mismo? Dicen que el proceso cerebral de imaginar y el de recordar se parecen tanto, que son casi inseparables. ¿Quién puede definir la realidad? ¿No es todo subjetivo? Si usted y yo presenciamos el mismo acontecimiento, lo recordaremos y lo contaremos en forma diferente. La versión de nuestra infancia que cuentan mis hermanos es como si cada uno hubiera estado en planetas distintos. La memoria está condicionada por la emoción; recordamos más y mejor los eventos que nos conmueven, como la alegría de un nacimiento, el placer de una noche de amor, el dolor de una muerte cercana, el trauma de una herida. Al contar el pasado nos referimos a los momentos álgidos–buenos o malos–y omitimos la inmensa zona gris de cada día. Si yo nunca hubiera viajado, si me hubiera quedado anclada y segura en mi familia, si hubiera aceptado la visión de mi abuelo y sus

reglas, habría sido imposible recrear o embellecer mi propia existencia, porque ésta habría sido definida por otros y yo seria sólo un eslabón más de una larga cadena familiar. Cambiarme de lugar me ha obligado a reajustar varias veces mi historia y lo he hecho atolondrada, casi sin darme cuenta, porque estaba demasiado ocupada en la tarea de sobrevivir. Casi todas las vidas se parecen y pueden contarse en el tono con que se lee la guía de teléfonos, a menos que uno decida ponerle énfasis y color. En mi caso he procurado pulir los detalles para ir creando mi leyenda privada, de manera que, cuando esté en una residencia geriátrica esperando la muerte, tendré material para entretener a otros viejitos seniles. Escribí mi primer libro al correr de los dedos sobre las teclas, tal como escribo éste, sin un plan. Necesité un mínimo de investigación, porque lo tenía completo dentro, no en la cabeza, sino en un lugar del pecho, donde me oprimía como un perpetuo sofoco. Conté de Santiago en tiempos de la juventud de mi abuelo, igual que si hubiera nacido entonces; sabía exactamente cómo se encendía un farol a gas antes que instalaran electricidad en la ciudad, tanto como conocía la suerte de centenares de prisioneros en Chile en esos mismos momentos. Escribí en trance, como si alguien me dictara, y siempre he atribuido ese favor al fantasma de mi abuela, que me soplaba en la oreja. Una sola vez se me ha repetido el regalo de un libro dictado desde otra dimensión, cuando en 1993 escribí Paula. En esa ocasión sin duda recibí ayuda del espíritu benigno de mi hija. ¿Quiénes son en realidad estos y otros espíritus que viven conmigo? No los he visto flotando envueltos en una sábana por los pasillos de mi casa, nada tan interesante como eso. Son sólo recuerdos que me asaltan y que, de tanto acariciarlos, van tomando consistencia material. Me sucede con la gente y también con Chile, ese país mítico que de tanto añorar ha reemplazado al país real. Ese pueblo dentro de mi cabeza, como lo describen mis nietos, es un escenario donde pongo y quito a mi antojo objetos, personajes y situaciones. Sólo el paisaje permanece verdadero e inmutable; en ese majestuoso paisaje chileno no soy forastera. Me inquieta esta tendencia a transformar la realidad, a inventar la memoria, porque no sé cuán lejos me puede conducir. ¿Me ocurre lo mismo con las personas? Si volviera a ver por un instante a mis abuelos o a mi hija, ¿los reconocería? Es probable que no, porque de tanto buscar el modo de mantenerlos vivos, recordándolos hasta en sus más mínimos detalles, los he ido cambiando y adornando con virtudes que tal vez no tuvieron; les he atribuido un destino mucho más complejo del que vivieron. En todo caso, tuve mucha suerte, por

que esa carta a mi abuelo moribundo me salvó de la desesperación. Gracias a ella encontré una voz y una forma de vencer el olvido, que es la maldición de los vagabundos como yo. Ante mí se abrió el camino sin retorno de la literatura, por donde he andado a trastabillones los últimos veinte años y pienso seguir haciéndolo mientras mis pacientes lectores lo aguanten.

Aunque esa primera novela me dio una patria ficticia, seguía añorando la otra, la que había dejado atrás. El gobierno militar se había afirmado como una roca en Chile y Pinochet reinaba con poder absoluto. La política económica de los Chicago boys, como llamaban a los economistas discípulos de Milton Freedman, había sido impuesta por la fuerza, porque de otro modo habría sido imposible hacerlo. Los empresarios gozaban de enormes privilegios, mientras los trabajadores habían perdido la mayoría de sus derechos. Afuera pensábamos que la dictadura era inamovible, pero en realidad dentro del país crecía una valiente oposición, que finalmente habría de recuperar la perdida democracia. Para lograrlo fue necesario deponer las innumerables rencillas partidistas y unirse en la llamada «Concertación», pero eso sucedió siete años más tarde. En 1981 pocos imaginaban esa posibilidad.

Hasta entonces mi vida en Caracas, donde habíamos estado diez años, había transcurrido en completo anonimato, pero los libros atrajeron un poco de atención. Por fin renuncié al colegio donde trabajaba y me zambullí en la incertidumbre de la literatura. Tenía en mente otra novela, esta vez situada en un lugar del Caribe; pensé que había terminado con Chile y ya era hora de situarme en la tierra que poco a poco iba convirtiéndose en mi patria de adopción. Antes de comenzar Eva Luna debí investigar a conciencia. Para describir el olor de un mango o la forma de una palmera, debía ir al mercado a oler la fruta y a la plaza a ver los árboles, lo cual no era necesario en el caso de un durazno o un sauce chilenos. Llevo a Chile tan adentro, que me parece conocerlo al revés y al derecho, pero si escribo sobre cualquier otro lugar, debo estudiarlo. En Venezuela, tierra espléndida de hombres asertivos y mujeres hermosas, me libré por fin de la disciplina de los colegios ingleses, el rigor de mi abuelo, la modestia chilena y los últimos vestigios de esa formalidad en que, como buena hija de diplomáticos, me había criado. Por primera vez me sentí a gusto en mi cuerpo y dejó de preocuparme la opinión ajena. Entretanto mi matrimonio se había deteriorado sin remedio y una vez que los hijos volaron del nido para ir a la universidad se terminaron las razones para permanecer

juntos. Miguel y yo nos divorciamos amigablemente. Tan aliviados nos sentimos con esta decisión, que al despedirnos nos hicimos reverencias japonesas por varios minutos. Yo tenía cuarenta y cinco años, pero no me veía mal para mi edad, al menos así pensaba, hasta que mi madre, siempre optimista, me advirtió que iba a pasar el resto de mi vida sola. Sin embargo, tres meses más tarde, durante una larga gira de promoción en Estados Unidos, conocí a Wi–lliam Gordon, el hombre que estaba escrito en mi destino, como diría mi abuela clarividente.