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Había tenido una pesadilla, pero apenas podía recordar nada de lo soñado. El cuarto estaba en penumbra, la misma habitación donde dormía desde los trece años, en el viejo chalet de su tía Pau. Su hogar. Oyó a los gorriones aletear detrás de las contraventanas y disfrutó de esa sensación de claridad entenebrecida que se abría paso con desfachatez, aunque de manera intermitente, hacia el interior de la habitación. Y al cabo de un instante, el ruido de los aviones sobrevolando la zona. Desde que inauguraron la terminal 4 del aeropuerto de Barajas, habían convertido la comarca en un molesto pasillo aéreo («más que pasillo, comedor abierto las veinticuatro horas», solía quejarse la tía Pau) que atormentaba a los residentes y perjudicaba su salud con sus trombas de ruido y gases. En los días despejados, llegaba a ser insoportable. Pero por suerte a veces soplaban fuertes vientos del este que impedían desviar el tráfico aéreo por encima de sus tejados, y entonces el lugar volvía a ser apacible, terso e invitador como la tarjeta de visita de una dama antigua. Tal como era hasta no hacía mucho.
Tomó un trago de agua de la botella que tenía al lado de la cama, manteniendo los ojos cerrados con determinación mientras bebía. Se sentía inquieto, con la sensación de tener la boca habitada por parásitos que se encontraban allí de paso porque ni siquiera ellos la consideraban demasiado acogedora.
Nacho Arán abrió poco a poco los párpados y observó, aún amodorrado y confuso, los números del reloj digital que descansaba en la mesilla. Hizo un esfuerzo por sacar a flote su conciencia, que a esas horas le parecía un cajón profundo en cuyo fondo se había quedado atascada su voluntad. Las 7.15 de la mañana. Hora de levantarse. Unos segundos después de que abriera los ojos, el despertador comenzó a sonar; un sonido irritante y angustiado a los pies del crucifijo de hierro y madera que pendía de la pared, suspendido de un clavo invisible, como la fe de su tía Pau. Lo apagó con movimientos torpes y se acurrucó de nuevo bajo las sábanas. Eran suaves, y estaban limpias; incluso prometían vínculos inesperados con la piel de alguna mujer. Aunque él siempre, o casi siempre, dormía solo.
Tenía el pelo castaño claro, demasiado largo para el gusto de su tía, y la mirada soñadora de un poeta adolescente. Estaba soltero, sin compromiso, y a veces se preguntaba si su estado civil era una elección personal o una condición genética probablemente heredada de su tía, como sus ojos verdosos y la propensión a las jaquecas.
Como todas las mañanas, Nacho se puso boca arriba en la cama e intentó distinguir figuras en el techo del dormitorio, donde ya se filtraban algunas rayas de luz turbia e incipiente que arponeaban con timidez el cielo raso.
En ese instante, el teléfono emprendió la tarea de atormentarlo con sus fatales signos de violencia sonora.
– Vamos, holgazán. Es hora de levantarse. -La voz de la tía Pau tenía un eco artificial, misterioso, por la línea interna de la casa.
– Me estoy levantando -mintió Nacho sin atisbo de remordimiento en la voz-. Subiré a desayunar en cuanto me dé una ducha rápida.
– Está lloviendo, con suavidad, pero sin indolencia. A veces sale un poco el sol entre unas nubes gordas y negras que parece que van a aplastar los tejados, pero la tónica general del día son los chubascos dispersos.
– Lo imaginaba, tía. -Nacho Arán se guardó para sí el hecho, bien conocido por la tía Pau, de que él, su sobrino, era meteorólogo.
– Es tremendo. Hacía casi un año que no caía ni una gota, y ha sido llegar abril… Bueno, mejor así. -La mujer soltó un suspiro que podía confundirse con el sonido de un globo desinflándose, un aliento apagado de plástico roto-. ¿Tienes preparada la maleta?
– Hum… Sí, está lista. -Nacho encendió la lamparilla de lectura y miró a su alrededor en busca de la pequeña maleta Samsonite, que finalmente localizó al lado del galán de noche. Por supuesto, vacía aún.
– Te espero en la cocina. -La mujer se disponía a colgar el teléfono cuando, de pronto, pareció pensarlo mejor-: Ah, sí, Nacho, querido…
Él se encogió de hombros y se resignó a escuchar alguna de las charlas inconexas de su parienta, recién comenzado el día. La tía Pau dormía poco, por no decir nada. El sueño se le antojaba un derroche, puede que un exceso frívolo en un mundo atolondrado de abundancias y atropellos, en constante transformación, a medio hacer.
– Dime, tía… -Se sentía cansado. La habitación en sombras aparentaba tener todos los objetos cambiados de sitio. Y la vivaracha charla de su tía amenazaba con provocarle dolor de cabeza.
– Es una cosa muy rara… -Doña Paulina guardó un silencio teatral al otro lado de la línea. En realidad, se encontraba un par de metros por encima de la cabecera de la cama de su sobrino, en la primera planta de la casa, la que estaba a ras de calle. En la planta baja se hallaban los dormitorios, la biblioteca, un despacho, la cochera y el jardín. Nacho casi podía oír sus enérgicos pasos por encima del techo de su dormitorio, como un indio potawatomi que estuviera auscultando minuciosamente el terreno-. Muy rara, sí, señor…
– ¿Qué es tan raro, tía? -Empezaba a impacientarse y a ponerse nervioso.
Tenía que ducharse y espabilar si quería llegar a tiempo al comienzo de la que sería la cuarta jornada del congreso de poetas. Los demás le llevaban tres días de ventaja, pero él no había podido ausentarse del trabajo hasta entonces. Y, para poder acudir, había tenido que solicitar un permiso sin sueldo, que los productores de su espacio televisivo le habían dado a regañadientes. Se sentía enormemente honrado por la invitación. Teniendo en cuenta que era un meteorólogo de la tele -que, además, ni siquiera salía en pantalla, dado que realizaba el trabajo sucio para una joven presentadora cuyos escotes hacían palidecer de insignificancia al anticiclón de las Azores-, y que, a sus cuarenta años recién cumplidos, contaba únicamente con tres libros de poemas, publicados por él mismo (claro que eso no lo sabía casi nadie), ser elegido para formar parte de un selecto grupo que pretendía reunir lo más exquisito de la poesía viva del momento era un honor que le cortaba el aliento de puro placer.
Aunque, pensándolo bien, Nacho tampoco es que fuera un don nadie, incluso era un poco conocido; famosillo en ciertas esferas, quizás no demasiado líricas. Por supuesto, no tanto como sus colegas vates habituales de los medios de comunicación, pero tenía su parte de notoriedad en unos tiempos en los que todos la deseaban, incluso algunos asesinos a los que no se les ocurría nada mejor que matar para lograr la fama que su falta de talento o de méritos les había negado por otros procedimientos. Nacho había fundado hacía cuatro años, en compañía de su tía Pau -bibliotecaria jubilada, adicta a las novelas de misterio- una publicación en Internet, El Club Baskerville. Revista de Detectives y Sabuesos, cuyo éxito había ido creciendo de forma inesperada y abrumadora. Tanto que los dejaba pasmados, a él y a su tía. El objetivo del sitio era hacer un seguimiento de los crímenes reales que se cometían a diario en el país y, con la ayuda de los internautas, muchos de los cuales se hallaban en las inmediaciones del lugar del crimen, contribuir a resolverlos. Cuando pusieron en marcha el invento lo hicieron para matar el tiempo y divertirse durante unas vacaciones de verano en las que Nacho -un viajero empedernido que todos y cada uno de los meses de agosto de su vida, desde que tenía dieciocho años, había salido pitando con rumbo a algún destino extravagante y exótico del planeta- se encontró con que no disponía ni de un chavo para viajar al extranjero, como era su costumbre, y tuvo que quedarse en casa. Su tía Pau nunca salía del enorme caserón que habitaban (excepto al pueblo, a comprar o hacer gestiones, y eso si no le quedaba más remedio: alegaba que el mundo era cada día más hostil), y no tenía el agradable hábito de proporcionarle a Nacho estipendios regalados que le permitieran equilibrar sus cuentas. No por tacañería, sino porque estaba convencida de que la escasez, la penuria y las privaciones en general suelen suponerle a toda mente abierta un gran impulso para buscarse la vida. En resumen, que era de la opinión de que la necesidad aguza el ingenio, y de que quien no ha pasado necesidad no tiene ingenio, o lo tiene muy menguado. Y ella estaba empeñada en que su sobrino fuese un hombre de ingenio, lúcido y perspicaz, resolutivo. O sea, sin un euro en el bolsillo y desesperado por conseguirlo.
Ese verano se pusieron manos a la obra y organizaron la página -total, era gratis-, más por distraerse que por otra cosa. (Nacho se sentía como una fiera enjaulada, amargado por no estar, por ejemplo, en Asia, dejándose azotar por la lluvia caliente de los monzones y mascando el barro de las calles en Chandigar, India.) Recogieron todas las fechorías que notificaban los periódicos en las que se decía que aún no se había detenido a los culpables, así como cualquier noticia relacionada que se hallara en la red o en papel impreso; mandaron el enlace de la recién nacida revista a todos sus contactos por correo electrónico, y procuraron animar el espacio entre los dos escribiendo comentarios sobre cada caso y elucubrando un poco al tuntún sobre todos ellos.
La sorpresa vino cuando -tímidamente al principio y de forma imparable y casi torrencial al cabo de sólo quince días de estar abierta- la revista se fue animando con la participación de cientos de internautas, mucho más empeñados en hacer justicia que los aburridos tía y sobrino. La historia de la página había sido de lo más extraordinaria, y había estado jalonada de indiscutibles éxitos; también de grandes decepciones, pero ésas ya estaban olvidadas. Comenzaron por aclarar el robo de una estación meteorológica (asunto que a Nacho le agradó especialmente) en Barbastro, Huesca, cerca del río Vero, constituida por una caseta de buena madera, una veleta, un anemómetro, un termómetro de máximas y mínimas y un pluviómetro. Lo lograron gracias a Rodrigo, un chaval internauta residente en Zaragoza con cara de no haber roto un plato en su vida y gafas de montura naranja, a juego con su pelo, que se reveló como un hábil hacker. El chico, que ahora acababa de cumplir los dieciocho, tenía apenas catorce años por entonces, y no se consideraba un ladrón de la red, un cracker, sino un grey hat, un «sombrero gris» de esos que sólo traspasan límites moralmente reprobables de vez en cuando, y siempre que un noble fin justifique los malos medios (Nacho le había advertido que ésa no era una filosofía moral demasiado escrupulosa, pero…). Con las noticias, las indicaciones que dieron algunos lectores de la revista y la habilidad de Rodrigo, que no necesitó moverse de su habitación, resolvieron el misterioso robo: la estación la había birlado un jubilado de Huesca que tenía una casa de veraneo en Castillazuelo, y que escribió un e-mail a su hija, residente en Portland, Estados Unidos, contándole lo bien que había quedado en el jardín su nueva estación casera para controlar el tiempo.
Ese caso sólo fue el primero de una larga serie de enigmas delictivos resueltos. Entre ellos, un caso de asesinato, el de unos aluniceros que asaltaban tiendas en la Milla de Oro de Madrid valiéndose de un coche de alta gama (para lo que fue esencial la colaboración de un taxista, que los sorprendió una madrugada mientras actuaban), y dos atracos a mano armada (el club puso a la policía sobre la pista de los malhechores, a quienes finalmente atraparon).
La revista electrónica se había ganado una justa fama de eficacia y seriedad, y ahora incluso obtenía ganancias por publicidad: contaban con el patrocinio de una agencia internacional de detectives, a la que anunciaban a todo trapo, y de una empresa de cobro de morosos. Hasta la policía los tomaba en serio, y algunos inspectores y agentes habían colaborado con ellos en ocasiones, siempre de manera discreta y extraoficial, apoyándose mutuamente.
Ahora tenían varios casos en marcha, de poca monta, pero entretenidos.
Nacho bostezó, desperezándose. ¿Qué sería eso tan raro que quería contarle su tía? Se irritó un poco. Qué mujer… ¡Cuántas vueltas le daba a todo!
– ¿Qué es tan raro, tía? Habla o te atragantarás -le pidió, incómodo porque le picaba la barba y quería darse una ducha pronto.
Dentro de un par de horas, a lo sumo, se codearía con las mejores plumas del país. Hombres y mujeres que tenían la gloria al alcance de sus versos. Incluso dispondría de la increíble oportunidad de saludar al nuevo ministro de Cultura, que, si su agenda no se lo impedía en el último minuto, tenía previsto pasar por el Cigarral de la Cava para saludarlos a todos y compartir un almuerzo informal. Él, Nacho Arán, meteorólogo de redacción televisiva y humilde aprendiz de poeta, había sido llamado a sentarse en pie de igualdad con todos ellos. No se lo podía creer. Sin duda la poesía le estaba dando muchas más satisfacciones que la meteorología. No cabía duda al respecto. Aunque, evidentemente, no le daba de comer. Nacho pensó que la poesía raramente daba de comer a nadie, y a los poetas menos que a nadie.
Se levantó de la cama con el teléfono inalámbrico pegado a la oreja y abrió a duras penas la ventana. Echó un vistazo al jardín bajo la luz mortecina y húmeda de la mañana. Efectivamente, llovía por fin. El agua descollaba de los aleros con una tibieza lúgubre. Tocó el radiador situado bajo la ventana. Por fortuna, estaba empezando a caldearse. Hacía un mes que habían decidido apagar la calefacción, pero su tía, con muy buen juicio, había resuelto encenderla de nuevo.
Se rascó la barba. Tendría que afeitarse bien. Sería estupendo que la tía Pau dejase de entretenerlo con su parloteo mañanero.
– Es extraño, pero acabo de leer en Internet que un poeta bastante conocido fue asesinado ayer, sobre las cinco de la tarde. Una hora muy taurina para morir. Ocurrió en Toledo. Éste puede ser un buen caso para el Club Baskerville. Por cierto, querido niño, ¿no ibas tú precisamente a Toledo, a un congreso de poetas? Recuerdo que me dijiste…
– ¿Qué? -Nacho dio un respingo-. ¿Dónde?, ¿de qué estás hablando…?
– Me preguntaba si tú lo conocerías, al hombre. Al poeta… Las noticias aún son un poco confusas, pero…
– Subo ahora mismo a la cocina. -Nacho colgó el teléfono, se calzó las zapatillas de felpa y abrió apresuradamente la puerta del dormitorio. El pasillo, enorme y abarrotado de viejos cuadros originales, lucía una atmósfera dramática y silenciosa. El suelo de madera crujió agradablemente bajo sus zancadas.
Cuando entró en la cocina, la tía Pau agarraba el teléfono con una mano, y con la otra se aferraba al asa de una taza de té hirviendo. Tenía un aspecto osado y testarudo, en cierto modo romántico.
– Ah, todavía estás en pijama. Llegarás tarde, querido. A veces tengo una acuciante sensación: que va siendo hora de que encuentres a una buena mujer y fundes tu propio hogar. Con niños y todo eso -dijo la señora. Luego sonrió, tan satisfecha como un gato que acabara de darse un festín de ratoncitos frente a la chimenea.
Antes de salir de casa en dirección a Toledo, al cigarral donde tenía lugar el encuentro poético, Nacho miró con nostalgia su viejo Opel Vectra blanco aparcado en un lateral de la casa. La lluvia se estaba encargando de limpiarlo un poco, le hacía falta. Sacó el teléfono móvil con la intención de hacer una llamada, pero le temblaba el pulso mientras buscaba el número en la agenda. No era muy aficionado a hablar por teléfono y contempló el aparato como si fuese el centro neurálgico de su desazón. Por fortuna, nadie respondió a sus insistentes timbrazos. No le apetecía mucho hablar con la vieja señora Pons, la anfitriona del encuentro, y menos aún, en las actuales circunstancias. Pensó que lo mejor sería ir a Toledo, tal y como estaba previsto, como si no pasara nada. Desde luego, estaba el aliciente del crimen, si es que era adecuado hablar así, pero…
Se subió el cuello de su chaqueta de Gore-Tex, especial para ir en moto, blandió la pequeña maleta con una mano y salió del porche con la cabeza gacha. Dio unos curiosos saltitos tratando de esquivar los charcos, abrió la portezuela del coche, arrojó la maleta en el asiento trasero y se coló en su interior con un suspiro de alivio.
Mientras daba marcha atrás y activaba el portón de la calle con el mando a distancia, pudo ver a su tía detrás de la ventana enrejada del dormitorio de invitados que daba a la fachada delantera. Soplaba sobre su taza de té, que a esas alturas estaría gélido de todas formas, y le dijo adiós con la mano libre. Su cabeza era un acuoso fardo gris detrás del cristal. Nacho se preguntó si su tía habría conocido alguna vez el amor y el placer. Era una solterona, por lo que tenía serias dudas. Y, bien pensado, él también se estaba convirtiendo en un solterón. Le devolvió el saludo, hilvanó con esfuerzo una enorme sonrisa en su rostro y salió a la calzada. Esperó hasta comprobar que la puerta volvía a cerrarse y enfiló la calle en dirección a la carretera. Pensó malhumorado que, a esas horas, seguro que ya se habría formado un buen atasco en la entrada de Madrid.
Fabio Arjona había muerto a los sesenta y cuatro años de edad. Si su asesino hubiese permitido que la naturaleza siguiera su curso, probablemente habría vivido alguna década más, incluso un par de ellas. Era un hombre de costumbres saludables, por lo general. Tenía muchas posibilidades de haber logrado mantenerse razonablemente ileso durante el resto de su vida, como venía estándolo hasta aquella fatídica tarde. Pero dado que todo es vil materia, podredumbre y cieno, a esas horas de la mañana su cuerpo gastado y exánime -nada que ver con un cadáver exquisito- iba camino del Instituto Anatómico Forense de Madrid, en la Ciudad Universitaria de la capital.
Cuando, por fin, Nacho logró llegar al cigarral de doña Agustina Pons -después de perderse durante más de media hora, tras cruzar el puente de la Cava y desviarse hacia la carretera de Navalpino, en vez de tomar la de Piedrabuena-, el juez ya había procedido al levantamiento del cadáver. Los árboles que poblaban el jardín de la propiedad tenían en las ramas un brillo de ansiosa hipocondría, o eso se le antojó a él. Hacía horas que había dejado de llover en Toledo. La borrasca se desplazaba hacia el noreste con cierta apatía, desgarrándose sobre el paisaje igual que algodón sucio entre cuyos jirones asomaba un sol deslumbrante de cuando en cuando. La luz del aire lo teñía todo de un verde azulado, con débiles tiznajos grises de niebla. Nacho siguió las indicaciones de un hombre bajo y corpulento, que semejaba estar bordado contra el fondo del río Tajo, y aparcó el coche junto a otros tantos cuyos morros enfilaban hacia Toledo, dispuestos a contemplar todo el día la silueta del monasterio de San Juan de los Reyes, al otro lado del río. De los seis coches allí estacionados, el suyo era el más viejo de todos, reconoció con un tímido encogimiento de hombros.
El hombre se llamaba Carlos y era un ecuatoriano de mirada fosca y esquiva que se presentó hablando en dirección al suelo, tan rápido que a Nacho le costó entender lo que decía. Le indicó una entrada a la casa con un breve gesto de la mano y no le preguntó su nombre al recién llegado.
– La señora está en la salita -dijo. Su acento era suave y desangelado.
– Muchas gracias -respondió Nacho; luego titubeó-: ¿Necesita que le deje las llaves del coche, o algo…?
– No ahorita, el señor puede quedárselas propiamente, si gusta. No hay problema.
Nacho asintió y se encaminó a la entrada lateral -un portalón de madera antiguo y cargado de repujes, aunque más modesto que el principal- con paso decidido. El jardín que rodeaba la casa estaba sembrado de almendros en flor, un pequeño olivar arrimado a la parte que asomaba al río y cipreses de un fogoso verdor con gruesos troncos cubiertos de musgo. Los emparrados se ceñían al muro que rodeaba la hacienda, y el tomillo y el romero crecían frescos y saludables en recogidos plantíos que bordeaban el camino principal hasta la puerta. Otras plantas no ofrecían tan buen aspecto, conjeturó entornando los ojos hacia un rincón algo mustio de la parcela, toda ella de trazado antiguo, ordenado y límpido en general. El terrero era irregular, recorrido por caminos que creaban rincones llenos de sutileza y misterio, bordeados de bancales con setos de aligustre, parterres de césped cercados por el verdor del boj y rosas, blancas hortensias y geranios por cualquier lugar que alcanzase la mirada.
Cuando entró en el cigarral, el silencio le pareció tan espeso que le cortó el aliento. Al volver a respirar, oyó el maullido de un gato y el rumor de una voz que se dirigía al minino riñéndole con ese tono que sólo se usa con los animales y los bebés, con seres vivos que no sabrían contestar a tanta reconvención y cordial reproche envuelto en interjecciones de astuto cariño.
– Buenos días, yo… -Nacho pensó que le hubiese gustado tener un sombrero para poder quitárselo ante la dama y mostrar así su respeto en el primer saludo. Aquella estancia era de otra época, y probablemente requería que cualquiera que accediese a ella se descubriera ante la señora.
Doña Agustina Pons estaba sentada en una mecedora alfonsina de finales del siglo XIX, torneada, de madera tan brillante como los ojos de su dueña. Un secreter Biedermeier de líneas sencillas y elegantes estaba abierto a su lado, pegado a la pared junto a una chimenea diminuta de azulejos pintados a mano, enseñando su tesoro de papeles, cartas y periódicos en alegre revoltijo. En el ambiente oscuro y anticuado de la habitación sólo desentonaba un ordenador portátil Macintosh, un MacBook Pro de última generación que lucía morosamente encima de una mesa camilla cubierta con un tapete de croché marfileño, con su salvapantallas de cascadas de agua y fotos del planeta Tierra visto desde algún indiscreto satélite. No le extrañó que la vieja señora estuviera informatizada. Su propia tía Pau era una forofa de las nuevas tecnologías, y le resultaba de una gran utilidad en la gestión de la revista electrónica. Actuaba como una eficiente secretaria, con las virtudes de una mujer del siglo XIX sumadas a las de otra del siglo XXI. Nacho sospechaba que tía Pau mantenía varias relaciones a través de Internet no del todo apropiadas para su edad y condición. Si alguien le hubiese preguntado, habría dicho que su tía no estaba para muchos trotes sentimentales, pero también era perfectamente consciente de las ventajas de mantener líos amorosos en la distancia del ciberespacio. No existían comprometidos intercambios de fluidos corporales -suponiendo que, a la edad de su tía, se pudiera disponer de ellos-, sólo de bits, de gigas, de megas en todo caso. Y tener un buen antivirus era mucho más fácil y barato que arreglar el engorroso asunto de las precauciones higiénicas sexuales.
Nacho contempló pasmado las oscilaciones de la pantalla y luego la cara de doña Agustina.
– Buenos días -dijo ella-. Aunque, en fin, eso de «buenos»… Vamos a dejarlo.
Se rebulló en el asiento y acarició al gato, un abisinio delgado, musculoso y tranquilo, de ojos avellana y una coqueta nariz con orla negra. Tenía el pelaje anaranjado y su cola enlutada parecía un látigo de peluche. Entornó sus bellos ojos y envió un maullido displicente rumbo a Nacho, que lo miró tan sorprendido como si acabara de hablar.
– Siéntate, hijo -doña Agustina señaló otra mecedora, gemela de la que ella ocupaba, al otro lado de la mesa-. Disculpa que no me levante, pero estoy algo mareada. Tú debes de ser Ignacio Arán, ¿verdad? El joven poeta meteorólogo. El único que faltaba en esta desgraciada reunión… -Empujó dulcemente al gato, que saltó desde sus piernas hasta el suelo de baldosines hidráulicos, de colores pastel deslucidos por el paso del tiempo.
– Llámeme Nacho. Así es como me conoce todo el mundo.
– Si me sintiera de mejor humor, te diría que yo no soy todo el mundo, y que te llamaré como me dé la gana. Pero, ya ves… Hoy ni siquiera tengo sentido del humor. Lo he perdido, juntamente con el resto de mis sentidos, después de este desdichado…, hum, accidente.
– ¿Accidente? He leído en Internet que al señor Arjona lo han apuñalado.
– Quiero decir que, lo más probable, a pesar de mis bromas al respecto, es que haya sido alguien de fuera, un intruso, un ladrón o alguien así, quien lo ha asesinado. Lo del «accidente» es una manera de hablar, joven.
– Ah, vale.
Nacho le tendió la mano a doña Agustina y se asombró de sí mismo al descubrirse haciendo una leve inclinación de cabeza.
La mujer vestía completamente de negro. Si se la miraba desde un par de metros de distancia, toda su figura poseía un ligero barniz de alquitrán. Su cabeza era, en realidad, un accesorio de su vestuario, del que podría haber prescindido si no hubiese sido porque Nacho no dejaba de percibir síntomas de que la señora se preocuparía de mantenerla a pleno rendimiento incluso mientras sesteaba. Tenía unos pequeños ojos azules que bizqueaban de vez en cuando, como si se pelearan entre sí, y que gobernaban el mundo a su alrededor a través de la inquisitiva mirada, cargada de burla y apremio. Nacho se dijo que quizás la señora se había excedido con el maquillaje a esa hora tan temprana. El pintalabios de color perla se reunía en minúsculos grumos alrededor de las comisuras de su boca, y el colorete era una salva de polvos caídos a toda prisa sobre las mejillas hundidas. Su sonrisa, contra todo pronóstico, era jovial y todavía hermosa, miraba directamente a la cámara de la vida y le decía sin complejos: «Aún estoy aquí, ¿tienes algo legal y divertido que puedas ofrecerme?» Emanaba tenacidad y ardor, a pesar de sus años. Le calculó algunos más que a su tía Pau. Debía rondar los setenta y cinco, por lo menos. Sin embargo, su genio y su energía no habían empezado a declinar.
Agustina Pons era la viuda de un poeta laureado, Alberto Pons, que cada año se consumía un poco más en el olvido de los lectores y de la oficialidad. Alberto había nacido en Toledo a comienzos del siglo XX, y murió en los años noventa de la pasada centuria, en la misma casa en que nació, el Cigarral de la Cava, la finca de recreo favorita de su madre. Hijo único de padre catalán millonario, un empresario dedicado a la fabricación de maquinaria agrícola, y madre italiana, fue un señorito sin muchas cosas que hacer, de modo que se dedicó a la poesía influenciado por Rubén Darío y -durante un período muy breve de tiempo- al fascismo, impresionado por Mussolini y el ambiente que rodeaba a su familia materna, con la que pasó muchos de sus años juveniles. Se adhirió al ultraísmo, más tarde al postsimbolismo, y finalmente al neopopulismo, aunque no consiguió destacar mucho en ninguna de las corrientes poéticas que practicó con denuedo y sin desmayo. Escribió poemas de extraña tipografía e imágenes barrocas que nadie comprendía, ni siquiera él. Y fue tal su empecinamiento por convertirse en poeta que, al final, sus padres no consiguieron hacer de él otra cosa. Recibió el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera en 1941, al que siguió una larga serie de reconocimientos literarios con los que el régimen de Franco lo recompensó cada poco tiempo. Sus malvados críticos dijeron de él que era lógico que obtuviera tantos galardones, al fin y al cabo sus poemas no decían nada en absoluto, lo que, durante el franquismo, no dejaba de ser un gran mérito para un intelectual.
Alberto Pons se casó con Agustina, treinta años más joven que él, a mediados de la década de los sesenta, después de llevar una vida de solterón disipado y sexualmente exigente (eso era lo que se rumoreaba por ahí). No tuvieron hijos, y doña Agustina no los echaba de menos, según había confesado en más de una ocasión. Cuando lo conoció, ella se hacía llamar Tina Huertas, y era la secretaria de Daniel Araujo (y, según se comentaba en voz baja, también su modelo y amante), un pintor con el que Alberto trabajó en algunas de las muchas revistas que fundó y cerró a lo largo se su vida literaria (Adelante, Grecia, Arbor, Tiempo, Poemas del Ángel…). Colaboró activamente con Ernesto Giménez Caballero en La Gaceta Literaria, hasta que surgieron algunas desavenencias entre ellos y, sobre todo, Alberto descubrió que Giménez Caballero no necesitaba coadjutores ni socios, porque se bastaba a sí mismo para escribir de cabo a rabo la revista que fuera.
Una vez casado con Agustina, la vida de Alberto Pons dio un giro sutil pero decisivo. Ya era mayor, y había corrido mucho. También había escrito lo suyo. Al lado de Agustina se dedicó a ordenar su obra, a alejarse de todo lo que oliera a franquismo y a frecuentar la amistad de intelectuales disidentes, casi todos ellos procedentes del marxismo que empezaba a gestarse en las principales universidades de letras. Agustina, con su fino olfato para entender el signo de los tiempos, comprendió enseguida que aquellos jóvenes formarían un día la élite dirigente, y podrían redimir el pasado de su marido; su frívolo pasado fascista, y posteriormente franquista. En realidad, Alberto nunca había tenido ninguna idea política seria. Toda su vida se había dejado llevar por las corrientes del momento, sin preocuparse más que de la estética ni aventurarse más allá de un conocimiento superfluo de la historia, que para él se reducía a una serie de vistosos carteles con alguna soflama poética adornándolos. De modo que, manos a la obra, Agustina consiguió a lo largo de tres décadas, y a lomos de los cambiantes vientos políticos del país, transformar poco a poco la imagen literaria de su marido. Eran ricos, y ella no tenía más oficio que la reputación de Alberto. El dinero es un enojoso asunto que logra consensos y filiaciones, no por pasajeras menos convenientes.
Cuando murió su marido casi había logrado transformarlo en un excéntrico anciano, venerable y sabio. Puso en marcha la Fundación Alberto Pons, y consiguió que se hicieran más de una docena de tesis doctorales sobre su obra, que fueron generosamente becadas. Para entonces, Alberto ofrecía la divertida imagen de un poeta mundano, adelantado a su tiempo, moderno y juguetón con la vida y el lenguaje. Un excéntrico digno y estimable. Agustina había sido el guardabarros de Alberto. Y diecisiete años después de su muerte, sin nada mejor que hacer y más dinero del que podría gastar en lo que le quedaba de vida, estaba dispuesta a seguir siéndolo. Aunque, a esas alturas, procuraba no tener que mancharse demasiado.
La idea del encuentro poético se había gestado también en la fundación. El secretario de Agustina -con el que se entendió durante algún tiempo, hacía ya mil años- y ella habían convencido al Ministerio de Cultura para que coligara su nombre al encuentro. Los gastos los pagaba la fundación, por supuesto; lo de menos era tener a una docena escasa de poetas durante una semana en el cigarral, a gastos pagados. Lo más caro era remunerarles por su tiempo. Quince mil euros para cada uno, más de lo que mucha gente ganaba trabajando duramente un largo año de su vida, con el requisito, eso sí, de que todos ellos leyeran una ponencia (a puerta cerrada, y sólo para sus colegas, pues no se permitía la asistencia de público) que versara sobre un aspecto cualquiera de la obra del difunto y egregio Alberto Pons. Una vez finalizado el evento, las conferencias serían publicadas en forma de libro por la fundación, bajo el padrinazgo del Ministerio de Cultura, con una breve introducción de página y media del propio ministro. Agustina no había dudado de las virtudes publicitarias de la idea. Pensaba repetir el encuentro cada dos años, eligiendo siempre a los mejores poetas del panorama nacional (algunos no repetirían, muchos sí). Quería que el nombre de Alberto estuviera asociado a lo más sobresaliente de la poesía del momento, y quería oírles decir a todos aquellos engolados «juntaversos» progres lo maravilloso y genial que había sido su marido. Costaba una fortuna, pero valía la pena: sabía de buena tinta que algunos habrían matado por estar convocados allí ese día.
Bueno… De hecho, alguien había matado de verdad. Y todo anunciaba que quien lo había hecho sí había sido invitado, o no, pero en cualquier caso…
Agustina suspiró y cerró ceremoniosamente los ojos, igual que haría su gato.
– Parece mentira que esto me haya pasado a mí… Dentro de pocas horas tendremos encima a la prensa. Esto saldrá en los telediarios de la noche, ya lo verás. La radio ha avanzado la noticia, aunque por fortuna no tenían todos los datos. Se han limitado a anunciar que Fabio Arjona «ha muerto en trágicas circunstancias». Ni se imaginan lo trágicas que han sido… Esta noche habrá una docena de periodistas a las puertas del jardín, apuntando sus teleobjetivos hacia nuestros sospechosos… traseros. En tu revista de Internet ya está la cosa que arde, yo misma lo he comprobado… -Bajó la voz cuando pronunció la última palabra, mascullándola.
– ¿Cómo dice? -Nacho se incorporó hacia delante y, con el impulso de su cuerpo, el balancín lo acunó de un modo discreto y agradable.
– Nada, hijo, nada. ¿Te ha enseñado Carlos tu habitación?
– No, aún no. He pasado directamente aquí. Ni siquiera he sacado mi maleta del coche. No sabía si… ¿Dónde está todo el mundo? ¿No hay nadie más en la casa?
«Esto está muy tranquilo -pensó-, demasiado, después de haber pasado lo que sea que haya pasado.» Se mordió los labios. La palabra asesinato le resultaba dura de pronunciar. Se le antojaba uno de esos términos por los que hay que pagar honorarios…, lingüísticos y morales.
Durante un rato ninguno de los dos dijo nada. El gato apareció de nuevo en la puerta entreabierta, procedente del jardín. Se echó sobre la alfombra y comenzó a hacer muecas mientras se acicalaba el bigote, húmedo quizás de hozar entre las plantas. Nacho pensó que los gatos son unos verdaderos maniáticos. Y que siempre parecen profundamente satisfechos y contrariados a la vez.
– Hemos pasado toda la noche en vela. Desde que descubrimos el… cadáver hasta ahora mismo. Lo… lo encontré yo, en el jardín, maldita sea. A los pies de mis plantas, encima de mi banco de hierro del siglo XIX. Esto es demasiado, a mi edad. La policía llegó alrededor de las ocho, estaba oscureciendo, y estuvo interrogando uno por uno a todos los habitantes de la casa. -Para apostillar sus palabras, la señora dejó escapar un pequeño bostezo, el precio en metálico de su cansancio-. Pusieron la casa patas arriba, además, registrándola palmo a palmo. Casi todo el mundo tuvo que desplazarse a la comisaría para prestar declaración. Algunos todavía no han regresado; espero que no tarden en hacerlo. Nos han tomado las huellas digitales y muestras de ADN. ¡ADN!, yo ni siquiera sabía que tenía algo así dentro de mi cuerpo, y mucho menos que me pudieran extraer una porción pasándome un bastoncillo de algodón por las encías. Ha sido, sin lugar a dudas, la noche más extraña de mi vida.
Nacho sólo conocía los detalles que había tenido tiempo de leer por Internet antes de salir corriendo de casa. Informaciones confusas y atropelladas que ni siquiera se ponían de acuerdo sobre la hora de la muerte. De camino a Toledo, había podido oír por la radio una referencia al «luctuoso y terrible suceso» (así lo habían denominado) que no arrojaba mucha más luz sobre el asunto.
– Lo único que puedo decir, a estas alturas del día, es que creo que tú no eres el asesino. -Doña Agustina sonrió y en sus ojos claros y acuosos se despertó un fogonazo de oscuridad, como un diminuto quiste en medio de los iris-. Aunque tampoco podría asegurarlo, claro.
– Bueno, yo…
– Todos los demás somos sospechosos, ¿entiendes, Ignacio? La policía nos tiene a todos en el punto de mira. Trece adultos a los que podríamos incluir sin un titubeo entre las personas más respetables y consideradas de este país, sospechosos de haber cometido un crimen atroz. Con arma blanca.
– ¿Incluye ese número al jardinero? -quiso saber Nacho.
– ¿Te refieres a Carlos? No es exactamente el jardinero, aunque también. Es un «chico para todo». Se encarga del mantenimiento de la propiedad. Cuando yo ando por aquí, también viene su mujer a cocinar y a limpiar.
– O sea, catorce adultos, porque Carlos estaba aquí cuando ocurrieron… los hechos, ¿no? -Hizo un mohín de disgusto consigo mismo.
«Los hechos», cielo santo, ¿de dónde sacaría esa tendencia a la semántica complaciente y trillada?, ¿quizás de sus actividades en la Revista de Detectives y Sabuesos? Aunque Nacho se dijo que tal vez era algo que le ocurría en presencia de personas de cierta edad, como su tía Pau y ahora doña Agustina. Sin darse cuenta se volvía formal, relamido y deferente con ellas. Se esforzaba inconsciente y patéticamente por caer en gracia. Afloraba enseguida su complejo de niño bueno que por nada del mundo quiere que le riñan. Sí, tenía un problema con la autoridad. En otros ambientes, sin embargo, sus palabras se vestían de cuero y hacían estriptís, se volvían atrevidas y no tenían en cuenta lo que pensaba la gente.
– Carlos no estaba. Siento decepcionarte. Me temo que, al contrario de lo que puede ocurrir en una novela de Agatha Mary Clarissa Miller Christie en la que el asesino sea el mayordomo, éste no es el caso. Quizás Carlos mataría si así pudiera obtener la nacionalidad española, pero no creo que esté muy convencido de que el asesinato sea la vía más rápida para conseguir un DNI. Vive en Guadamur, no en Toledo, y termina de trabajar a las cinco de la tarde; para entonces, se sube en su furgoneta Seat Transit de quinta mano y se va a su casa, solo o con su mujer, Alina, si ella también ha estado trabajando en el cigarral, a una velocidad de por lo menos treinta kilómetros por hora, a su pisito alquilado, de cuarenta metros cuadrados, donde le esperan cinco críos gritones de entre cuatro y diecisiete años. -Doña Agustina se pasó los dedos por la comisura de los labios y arrasó buena parte del carmín marchito que se había acumulado en ellas-. Además, anoche, como estaba planeado que hiciésemos todas las noches mientras dura el encuentro, no teníamos previsto cenar aquí, de modo que Carlos se fue pronto. Íbamos a acercarnos a Toledo, a un restaurante, La Hierbabuena, en la calle del Cristo de la Luz, al lado de la mezquita. Teníamos un reservado. Sirven unas excelentes verduras de temporada, y carnes rojas de primera. Carnes rojas… Sólo de pensarlo ahora se me revuelve el estómago. Deberías haber visto a Fabio, don Fabio… Toda la pechera ensangrentada. -Se pasó un pañuelo bordado por la cara y cerró los ojos con fuerza-. Dios mío… Al parecer, había cogido un cuchillo de la cocina y una manzana. Le encantaban las manzanas; decía que eran la fruta prohibida, pero que ya no había peligro por comerlas. Era la única fruta que probaba. Después de hacerse con una salió al jardín para comérsela sentado en el banco. Cristina Fábregas lo vio, según contó a la policía, cuando entró también en la cocina a por un vaso de agua, pero no cruzaron palabra porque tengo entendido que no se llevaban bien. Cristo bendito. Y el cuchillo sirvió para pelarle el corazón a Fabio como si fuese la manzana de Eva. ¡Un cuchillo de mi cocina, por todos los santos…! Cuando se lo llevaron aún lo tenía incrustado en el pecho, en el centro del corazón. Igual que un figurante en una obra de teatro barata.
– De modo que trece personas… -Nacho se puso en pie; iba siendo hora de subir el equipaje a su habitación. La dama estaba desfallecida, era evidente, y él no quería abusar de su hospitalidad-. Con su permiso, me retiraré un momento a deshacer la maleta. La dejo descansar. Le preguntaré a Carlos por mi habitación.
– Sí, trece, mal número. Éramos catorce contando al finado. Quince contigo. Pero tú aún no habías llegado y él ha… fallecido. Trece, sí.
– ¿No pudo ser alguien de fuera que entrase en la casa sin ser visto, asesinara al señor Arjona y luego huyera? -preguntó Nacho-. ¿Le han robado?
– No lo sabemos. Su cartera estaba en el dormitorio. Nadie sabe si llevaba algo de valor encima. La policía no descarta ninguna posibilidad. Cuentan con que pudimos ser cualquiera de nosotros. ¡Fíjate, hasta yo me incluyo! -Sonrió tristemente y, a pesar de todo, su cara se iluminó como si acabaran de enfocarla con una linterna.
– Trece, ¿eh?
– Así es.
– Mal número, como usted dice. Pero imagino que no todos tenían un motivo para desear la muerte de Fabio Arjona -concluyó Nacho, dirigiéndose hacia la puerta.
Doña Agustina no contestó. O, al menos, Nacho no oyó su respuesta.
Le gustó la habitación que le adjudicaron en el Cigarral de la Cava. Acostumbrado a las vistas cerradas del jardín en casa de su tía Pau -no es que le desagradara en absoluto la panorámica del limonero con los pies abarrotados de rosas enanas y pensamientos que había enfrente de su ventana, así como de un trozo de la piscina cubierta con una lona para conservar el agua, pero a veces echaba de menos la visión de un espacio abierto, algo que siempre calmaba su espíritu-, se le antojó una bendición poder contemplar desde su balcón la trenza de agua del río Tajo, que había crecido un poco con las últimas lluvias y se escurría gozosamente embarrado bajo el puente de San Martín. La silueta de Toledo se recortaba detrás, y si miraba su plano con atención y lo comparaba con la línea del horizonte, podía distinguir las sinagogas del Tránsito y de Santa María la Blanca, pintadas con las líneas de luz pura que regalaba la mañana entre los tejados de la judería. «Qué lastima no poder disfrutar de todo esto como a mí me gustaría. Después del asesinato, el congreso se ha echado a perder -pensó-. Aunque queda el crimen, que tampoco está mal para pasar el rato. Mucho mejor que un sudoku, desde luego.» Sonrió malévolamente.
Deshizo el equipaje y lo almacenó cuidadosamente en la parte baja del armario de caoba estilo años treinta, que crujió cuando abrió las puertas como si se estuviera quejando por falta de uso. Presidía el lado oeste del dormitorio, que habían pintado no hacía mucho de un color azul intenso. A su izquierda, un biombo chino de madera lacada no desentonaba con el resto del mobiliario. La cama era demasiado blanda: un cabecero alfonsino de madera de pino colgado de la pared y un canapé con los muelles tan flojos como las caderas de un octogenario.
El baño -«lamento comunicárselo al señor, usted me entiende», le había dicho Carlos con tono afligido- era compartido. La casa, grande y antigua, se había ido reformando con el paso del tiempo, pero sólo disponía de cuatro baños, uno de ellos de uso exclusivo de la señora. Cada planta de la casa (a él le había tocado la segunda) tenía uno, que prestaba servicio a cinco dormitorios. De modo que, en el caso de Nacho, sería preciso compartirlo con cuatro invitados al congreso. Los de la primera planta tenían suerte: como Fabio Arjona había sido asesinado, eran uno menos a la hora de hacer cola por las mañanas. Los tres invitados alojados en la planta baja disponían de otro para ellos solos.
El primer día, según supo Nacho por Carlos, se había colgado de la puerta de cada baño una hoja con los horarios y turnos (en las horas punta) destinados a cada usuario, para evitar situaciones incómodas.
Había mirado el suyo. Podía ducharse y afeitarse de 8 a 8.30 todas las mañanas, o de 8.30 a 9.30 de la noche. (¿Y cuando salieran a cenar y volvieran más tarde?, se preguntó con un ataque de pánico. Tomó nota mentalmente para preguntárselo a Carlos en cuanto tuviera ocasión.) Nacho abrió su ordenador portátil, un MacBook mucho menos potente que el de doña Agustina, y comprobó que había conexión Wi-Fi a Internet. Se tumbó en la cama, descalzándose previamente, y se sintió envuelto de los pies a los labios por la exagerada blandura del colchón. Le costó acomodarse sobre las almohadas, pero al final logró encontrar una postura no demasiado infamante. Su página de inicio era la del club, sobre la que los internautas se habían abalanzado ya con todo tipo de especulaciones sobre la muerte de Fabio Arjona.
Entró en el buscador de Google. Introdujo las palabras «Fabio Arjona» y aparecieron casi trescientas cincuenta mil entradas.
– ¡Fiuuu!… -silbó Nacho; eran muchas para un nombre poco común, demasiadas para un catedrático de universidad, y una cantidad exorbitante para un poeta vivo. Bueno, «vivo» hasta hacía pocas horas.
Por supuesto, las últimas noticias relacionadas con su nombre comunicaban el hallazgo de su cadáver apuñalado la noche anterior. Prometía ser un escándalo en toda regla. Se preguntó cómo iba a transcurrir el congreso después de aquello. Probablemente, los invitados tendrían ganas de largarse cuanto antes a sus casas. Pero doña Agustina, por lo que él podía intuir, no era la clase de mecenas que les facilitaría la retirada. Les había extendido un generoso cheque -Nacho había recibido el suyo el día anterior, por mensajería-, y seguramente estaba dispuesta a obtener a cambio unos servicios muy concretos.
A pesar de que conocía de sobra a Fabio Arjona (no personalmente, claro), Nacho pasó un buen rato leyendo noticias sobre él en Internet. Abrió un documento con su nombre en el escritorio de su ordenador y cortó y pegó allí todo lo que encontró por la red que le pareció interesante sobre él. Al final obtuvo un dossier de más de ciento cincuenta páginas que leería con tranquilidad cuando tuviera más tiempo. De momento se lo envió a Rodrigo -que a esas horas debía de estar en brazos de Morfeo si su madre no lo había sacado de la cama a escobazos-, a una dirección electrónica de Gmail, pidiéndole que se pusiera las pilas e investigara todo lo que pudiese sobre el caso.
La Wikipedia, la enciclopedia libre de Internet (en alguna ocasión había sido esclava de la maledicencia y el torticero afán de vilipendiar, o de wikipendiar, de algunos wikificadores, aunque eso no era lo habitual; siempre había guardianes que rectificaban a sus colegas cuando éstos no eran lo bastante objetivos, pero lo malo era que el proceso de información errónea, hasta que era corregido, quedaba a la vista de cualquiera), era bastante generosa con el difunto; sus enemigos no habían enredado ahí, aún. Ofrecía datos biográficos, fecha y lugar de nacimiento (nacido en Madrid, hacía sesenta y cuatro años), títulos universitarios y ocupación actual. En cualquier otra profesión, a su edad ya estaría jubilado, pero Fabio Arjona, catedrático de universidad, no había estimado necesario hacerlo todavía.
Según la Wiki, Fabio Arjona era licenciado en Ciencias Económicas y doctor en Filología Hispánica, como muchos de sus colegas de generación, a quienes la fascinación por Karl Marx había encaminado al estudio del capitalismo para darse cuenta, al poco, de que añoraban las letras. (La gloria, y todo eso, suponía Nacho; o quizás es que estaban convencidos de que la poesía era un arma cargada de futuro, con lo que demostraban cierta predilección por las armas, además de por la poesía.) Era catedrático de Literatura Española en Madrid, y hasta la fecha profesor visitante, de manera asidua, en las universidades norteamericanas de Berkeley y Harvard, y en la parisina Sorbona; bien conocido en los ambientes académicos por el extraordinario descubrimiento de unos versos del poeta árabe del siglo XIII Abul-Beka, que, tras sus investigaciones, dedujo que habían servido de «fuente de inspiración» a Jorge Manrique a la hora de escribir sus Coplas. La relación de sus méritos como asesor de fundaciones, sociedades estatales, conmemoraciones culturales y exposiciones diversas ocupaba dos pantallas. Tampoco eran desdeñables sus tareas, pasadas y presentes, como miembro del consejo editorial de una larga lista de revistas, españolas y americanas. Nacho sabía que pertenecer a esos comités no llevaba acarreados grandes esfuerzos, aunque la compensación académica era ciertamente importante, e iba acompañada de algún incentivo económico en ocasiones, lo que nunca venía mal, de modo que no le impresionó demasiado saber que Fabio Arjona era consejero, miembro, coordinador, codirector o fundador de al menos treinta publicaciones de reputación internacional relacionadas con el hispanismo, los estudios literarios o la mera creación poética. Había abandonado hacía años su faceta de editor -vendió su parte de una pequeña editorial a su socio, que terminó vendiéndola a su vez, a muy buen precio, un par de décadas después a un gran grupo editorial-, pero a pesar de ello, editaba de vez en cuando plaquettes y libritos de poemas propios o de poetas cercanos a él en una imprenta de su confianza. Sólo tiradas numeradas y para regalar, no eran libros de venta al público, sino de bibliófilo. Algunos ilustrados, o miniaturas francamente bellas.
La cuarta entrada del buscador de Google sobre Fabio Arjona era peculiar, y a todas luces denigrante. Nacho la pinchó con indagatoria curiosidad al leer el encabezado: «Los inmundos chanchullos de Fabio Arjona», rezaba. Se trataba de un blog. Abrir un blog para insultar o injuriar algo, o a alguien, era fácil y barato. No se requería pagar un alquiler en Internet, tal como ocurría con las páginas web. Bastaba con acceder a un sitio de blogs y abrir uno, escribir la descarga de improperios y salir corriendo, dejándolos colgados en la red al alcance de cualquiera; de todo el mundo, en realidad.
Al principio, Nacho leyó con interés:
música fotografía deportes viajes cocina actualidad tecnología cine política humor internet literatura
EL BLOG DEL POBRECITO HABLADOR
Se dice, se comenta y se rumorea, por tierra, mar y aire, e incluso en el espacio exterior (se prepara un nuevo capítulo de la difunta serie de televisión «Expediente X» sobre el tema, que resucitará sólo para dar cuenta del fenómeno), que Fabio Arjona, conocido en círculos universitarios con el alias de Fabio Preposiciones, profesor, escritor (dice ser ensayista y poeta, aunque hasta la fecha nadie ha podido comprobarlo), crítico, editor y uno de los mercachifles de la poesía y la cultureta con mayores lucros en su patria y allende los mares, ganador in péctore, pero sobre todo público y notorio, de una exorbitante concentración de premios de poesía, la mayor parte de ellos costeados con dinero público [Premio Ruta de América (6.000 euros, más la edición del libro); Premio Internacional de Poesía Ciudad Real (18.000 euros, más la edición del libro); Premio Cantos de Poesía (36.000 euros, más la edición del libro); Premio de Poesía Generación del 98 (15.000 euros, más la edición del libro); Premio de Poesía Juan Alcaide (16.000 euros, más la edición del libro); Premio Internacional de Poesía de la Fundación Dior (27.000 euros, más la edición del libro); Premio de Poesía Luis Cernuda (12.000 euros, más la edición del libro); Premio Ernestina de Champourcín Morán de Loredo (15.000 euros, más la edición del libro); Premio Los Monegros Patrimonio de la Humanidad (6.000 euros, más la edición del libro); Premio Burger King al mejor libro de poesía (40.000 euros, más la edición del libro); Premio de Poesía en Lengua Castellana Viaje con Iberia (18.000 euros, más la edición del libro, patrocinado por las líneas aéreas correspondientes), etc.], fue al fin sorprendido en flagrante delito de PLAGIO cuando una doctoranda de la Universidad Complutense de Madrid se dedicó a analizar verso por verso la totalidad de las que hasta ahora componían sus sesudas Sobras completas, y encontró que la mayor parte de sus cantares no son más que remedos de lo mejor de la historia de la literatura española (aunque también hay restos mortales de obras de los más conspicuos poetas extranjeros en sus traducciones del inglés, francés, italiano, portugués, chino, japonés, búlgaro, ruso, rumano…, y un sinfín de lenguas más, algunas de las cuales ni siquiera cuentan todavía con diccionario). A Fabio Arjona, desde luego, no se le puede negar que sea un hombre leído (y escribido, que diría aquél) y con buen gusto para seleccionar, cortar y pegar lo ajeno en sus poemas (firmados por él, se entiende, con la misma insolencia con que se rubrica un cheque sin fondos). Fabio Arjona, uno de los pocos poetastros que ha logrado engordar su cuenta corriente en el mundo siempre proceloso de las letras, come, cena y desayuna en el Ritz, donde los camareros le soban la rabadilla esperando los cincuenta euros de propina que deja al terminar su glotona colación, regada con ginebra aguada y mucho hielo. La muerte, la parca, que no hizo ascos a los Capuleto, ronda su enorme tripón, la troglodita barriga de Fabio, tan lejos del canon estético, y esquelético, del caballero del Apocalipsis de Durero, no sólo en cuestión de grosores estomacales, sino también de capacidades genitales, como podrían certificar algunas contratadas temporeras de sus departamentos en varias universidades nacionales y extranjeras. Arjona era hijo de un funcionario franquista con ensoñaciones estalinistas -pero católico a su pesar, pues esos casos en España se dan mucho- que deseó inútilmente que su hijo se convirtiera en líder sindical (del sindicato vertical franquista, se entiende), poniéndole para ello velas a santa Ludovica Albertoni, que debió de hacer caso omiso de los ruegos del progenitor, dado que el vástago se dedicó al comercio de la cultura, que le ha reportado no menos dividendos que le hubiera supuesto el oficio al que quería encaminarlo su padre. Arjona trapicheó con la lírica en los años en los que el franquismo enflaquecía de dolencias estomacales (miren por dónde) que ya apuntaban cuál había de ser el fin del dictador (de Franco, se entiende, no de Arjona, aunque también), y trepó en las escalas siempre resbaladizas de la sociedad y la academia, dicen las malas lenguas que chantajeando a un alto cargo político de la joven democracia española que tenía mucho por lo que callar (todo lo que tenía que callar dicho fulano estaba dispuesto a contarlo Fabio). Se metió a editor cuando los poetas hispanoamericanos se dejaban extirpar el hígado con tal de publicar sus versos en una cochambrosa edición en tierras de la madre patria. Y como Arjona no era cirujano experto ni hombre de ciencias, aunque le guste presumir de tal, les arrancaba la cartera, ya que en esos menesteres sí tenía una vasta experimentación, y luego les mandaba a los autores, al otro lado del charco, un paquete con diez libritos mal cosidos y peor pegados de los que habían desaparecido versos, se habían amputado poemas, títulos, sílabas… A veces Arjona, editor por la gracia de la muerte de Dios, incluso confundía el nombre del autor, y lo que era de Abel se lo atribuía a Caín, o viceversa. Hoy día, Arjona es un figurón de relumbre en el apagado, colapsado, ruin, indecente, frívolo y carente de talento firmamento político-literario del país, que…
Nacho se cansó de leer y lo dejó ahí. Demasiada bilis para un estómago delicado como el suyo, y más teniendo en cuenta que aún no había almorzado. Así y todo, copió el texto y lo adjuntó a la «ficha» de Fabio Arjona, que volvió a enviar a Rodrigo, modificada y ampliada, con copia para su tía Pau. Nunca estaba de más saber qué cosas se decían por ahí. Y alguien que hablaba, aunque fuera anónimamente, de que la muerte rondaba a quien hacía pocas horas se había transformado en cadáver de una manera tan violenta… En fin.
Suspiró y miró con placer la luz que atravesaba en esos momentos su ventana. A Nacho siempre le había fascinado el color del aire. Cuando alcanzó a comprender (dentro de lo que cabe) el concepto de «atmósfera», se dio cuenta de que había encontrado un amor para toda la vida. El agente que lo determinaba todo en cualquier lugar del mundo, a la hora que fuera. Lo suyo eran los trucos de la luz. Y había mucha poesía en algo así. En las nubes negras, en el viento y en la lluvia. En la Luna y su influencia sobre las mareas. En esa enorme bola de gas, de mediana edad, que es el Sol. En el transcurrir de las estaciones. Apreciaba, con la sensibilidad de una criatura salvaje, los equinoccios y los solsticios, las variaciones del calor. Había publicado, con sus ahorros siempre menguantes, tres libros de poesía: Teoría de la Tierra, Almanaques e Historia natural, de versos sencillos y luminosos. Se aficionó a la poesía desde niño, en la biblioteca de su tía Pau, y empezó a componer versos cuando se dio cuenta de que el misterio de la poesía era hermano del de la ciencia. Nunca imaginó que sus libros fuesen a despertar el interés de nadie. Los publicó dejándose llevar por un arrebato de vanidad y exhibicionismo que le procuraba un cierto vértigo, delicioso. Cuando empezaron a aparecer reseñas elogiosas en la prensa, casi sufrió un ataque a causa de la impresión. Sentía el pecho invadido por arenas movedizas que no sabían nada de derechos civiles. Se consideró un bicho medio ciego obligado a salir de su madriguera después de toda una vida hibernando en el subsuelo. Pero la sensación no fue del todo ingrata.
Se rebulló con dificultad en el irritante boato de su cama y miró el reloj. Aún faltaban más de dos horas para el almuerzo, según le había comunicado Carlos. Entonces, todos sus colegas estarían ya sentados a la mesa y podría verlos cara a cara. Nacho había oído algunos ruidos por la casa -puertas que se abrían y se cerraban, toses, pasos apagados o impacientes- que le indicaban que, o mucho se equivocaba, o así sería. Continuó un rato leyendo la relación de méritos que la Wikipedia le atribuía a Fabio Arjona: premios (tenía varios premios nacionales y de la crítica, y había sido propuesto en tres ocasiones para el Reina Sofía, que nunca logró); cursos en universidades españolas, europeas y americanas; conferencias; tomos y más tomos con sus críticas literarias reunidas en formato de libro (había hecho reseñas durante años en el diario ABC); antologías de su obra poética; traducciones a otras lenguas… (era especialmente bien aceptado en los países de Europa del Este, y el búlgaro, el ruso, el rumano e incluso el albanés eran los idiomas a los que se habían traducido sus libros de poemas de forma recurrente; Nacho supuso que eso se debía a sus buenos contactos con el mundo cultural de esos países). La Wiki decía que se lo solía encuadrar en la generación poética de los novísimos, o venecianos, aunque no fue incluido en la famosa antología de José María Castellet Nueve novísimos poetas españoles (Barcelona, 1970), algo que -según había leído Nacho alguna vez, no recordaba dónde- Fabio Arjona no le perdonó jamás al viejo antólogo. Su poesía, según la información facilitada por la página, se caracterizaba por su hermetismo, culturalismo, intertextualismo y referencias metapoéticas. Nacho se preguntó si habría muchas diferencias entre Alberto Pons y Fabio Arjona, después de todo. Claro que él no era un experto; ni siquiera era filólogo. Días antes de ir a Toledo se había tenido que empollar un viejo libro de su tía, Vocabulario literario, de Ramón Esquerra (1938), por si acaso no estaba a la altura de las conversaciones que tuvieran lugar en el Cigarral de la Cava durante su estancia en el congreso. Había llevado consigo el volumen. No estaba de más prevenir.
Como aún le quedaba tiempo antes de la comida, decidió abrir un dossier, como había hecho con Fabio Arjona, para cada uno de los invitados de doña Agustina. Incluida la anfitriona, por supuesto.
Eran trece personas, sin incluir a la víctima. Escribió en su libreta de notas una lista con sus nombres:
Agustina Pons (mujer)
Cristina Oller (mujer)
Richard Vico (hombre)
Pascual Coloma (hombre)
Jacinta Picón (mujer)
Mauricio Blanc (hombre)
Cecilia Fábregas (mujer)
Torres Sagarra (mujer)
Miño Castelo (hombre)
Pedro Charrón (hombre)
Rocío Conrado (mujer)
Fernando Sierra (hombre)
Rilke Sánchez (hombre)
Seis mujeres y siete hombres. Lo anotó. «Trece en total», repitió en voz baja, mordiéndose el labio inferior. Abrió trece documentos de Word en el escritorio de su Mac y luego se puso manos a la obra a navegar por Internet. Se bajó fotos de cada uno, que adjuntó a su correspondiente carpeta, y volvió a mandarlas a las direcciones de correo electrónico de Rodrigo y la tía Pau.
Le satisfacía plenamente la luz del cuarto, y por primera vez en semanas se notaba relajado. Se había sentido muy nervioso antes de llegar allí, pensando que seguramente no estaría a la altura. Ahora, por el contrario, observaba cómo crecía en su interior la confianza en sí mismo. Al menos, él no era un asesino, de eso estaba seguro.
Richard Vico no miraba a nadie a los ojos. Los suyos eran dos bulbos enrojecidos y húmedos, viejas víctimas de algún tiro errado de la vida. El óvalo de su cara estaba con sumido, como si alguien lo hubiera descarnado minuciosamente antes de colocarle encima una piel reseca. El efecto del sida, probablemente, dedujo Nacho (su enfermedad era algo por todos conocido). El pelo castaño y lacio le tapaba la frente con un flequillo más propio de una muchacha. Tenía casi cincuenta años, pero aún conservaba ese aire adolescente de los chicos malos, esos que tienden la mano hacia el mundo con una vela ardiendo entre los dedos temblorosos. Había sido una estrella del pop en los años ochenta del pasado siglo. Todavía seguía siéndolo, aunque hacía más de cinco años que no sacaba ningún disco al mercado, y Nacho aún recordaba cómo su voz gastada y quebradiza lo hacía estremecerse de emoción cuando aún era un adolescente, casi una década más joven que el cantante. Tuvo un grupo, que se disolvió a finales de los años noventa, y continuó una carrera en solitario con muchos altibajos y pocas ventas en general. Todo el mundo decía que era un verdadero poeta antes de que publicara un solo verso, y sus canciones eran la prueba incuestionable de ello. Un buen día se decidió a publicar sus versos y algunos dijeron que, como Bob Dylan, quizás también Richard Vico merecería ser propuesto para el Premio Nobel de Literatura.
Cuando bajó a comer al salón, él fue la primera persona con quien Nacho se tropezó.
Richard era hijo de un médico valenciano, un ginecólogo de mucho renombre, jubilado hacía años. Tenía cuatro hermanas; había crecido entre mujeres y había amado a las mujeres. Se inició pronto con las drogas. Quería vivir fuerte y rápido. A los diecisiete años tenía su primer grupo de música y se inyectaba heroína a diario. Sobrevivió cuando sus camaradas de jeringuilla caían como moscas con las venas rebosantes de jaco y la inmunodeficiencia carcomiéndoles la sangre, antes de que se descubriera la enfermedad. Y aún seguía en la brecha. Nacho no sabía si había dejado la heroína, pero era evidente que los cócteles de medicamentos antirretrovirales que debía estar tomando ya suponían adicción suficiente. No apreció síntomas visibles de sarcoma de Kaposi, pero es que Richard vestía de negro de los pies a la cabeza, con un fino jersey de cuello alto. No dejaba casi nada a la vista salvo la cara, que el flequillo no conseguía ocultar, y parte de las manos.
Le tendió una a Nacho, sin tembleques de ningún tipo. Su apretón fue firme y seco, como el de un ejecutivo bien entrenado, lo que sorprendió al meteorólogo. Buscó sus ojos, pero no los encontró.
– Tú debes ser el que faltaba. -Su voz era un susurro cadencioso y envolvente; tan seductora y amable que Nacho se sintió un espíritu vulgar y chillón a su lado-. Te has perdido lo mejor de la fiesta, colega. Me llamo Richard.
Nacho estrechó su mano y se sintió azorado. Admiraba a aquel hombre desde que era un jovenzuelo que escuchaba música encerrado en su habitación y llevaba un «calendario del futuro» donde apuntaba los días en que tendría relaciones sexuales con su mujer soñada y la música que sonaría de fondo en cada ocasión. Las baladas de Richard Vico estaban entre sus favoritas, Nacho sentía que lo llevaban lejos. Había algo profundamente hermoso en las canciones de amor de Richard. Despiezaban el sentimiento amoroso con la precisión de un perito del corazón. Tenían la tristeza de las cosas bellas que mueren gastadas en vano, sin que nadie las mire.
– Es un verdadero placer conocerte -dijo con sinceridad-. Yo soy Nacho. Ignacio Arán, pero todo el mundo me llama Nacho. Los nombres trisílabos, ya sabes…, son complicados de pronunciar, la gente tiende a acortarlos.
«Vaya -pensó mirándose los zapatos-, una de las frases que tenía apuntadas para quedar bien delante de mis colegas poetas, y la suelto nada más llegar. A este paso, me quedaré sin reservas antes de cinco minutos y pensarán, con razón, que soy un iletrado.»
El salón se le antojó magnífico, sin llegar a ostentoso, cargado de antigüedades como el resto del cigarral. Tres grandes cornucopias con espejos, de madera dorada cubierta con corladura de plata, reflejaban la luz de otros tantos balcones que se abrían al jardín y al paisaje en la pared opuesta y multiplicaban la luz de la estancia, pintada de un blanco roto con sombras de perla. Había una gran mesa alargada, dispuesta para comer, con servicio para catorce comensales. Los poetas empezaban a congregarse alrededor «como insectos atraídos por un cubo de basura» (eso dijo Richard, y Nacho no se atrevió a contestar nada). Percibió al cantante nervioso y excitado. Un movimiento espasmódico afloraba de cuando en cuando a sus mejillas descoloridas, aunque Nacho no podía asegurar que ése no fuese su estado habitual, dado que no lo conocía.
– Creo que ha habido una buena aquí. -Nacho cogió una copa de vino tinto que le ofreció Alina, la mujer de Carlos, en una bandeja y miró a su alrededor con timidez.
Sólo había visto con anterioridad a tres de las personas allí reunidas, y de manera tan fugaz que no creía que se acordaran ni de su cara ni de su nombre. La sensación de extrañeza e inferioridad empezó a trepar por su garganta de nuevo y se le aferró a la nuez como una garrapata. Trató de sonreír, pero estaba seguro de que sólo había logrado esbozar un torpe aspaviento, seguramente gazmoño.
– Esto…, ¿quién encontró el cadáver? -preguntó cuando adquirió fuerzas para volver a hablar. Aunque ya lo sabía por doña Agustina, no se le ocurrió nada más sobre lo que charlar. La presencia de Richard lo intimidaba un poco. Dio un sorbo al vino y empuñó la copa como si fuera una espada.
– Oh, fue Tina. Agustina, la dueña de este tinglado. No está mal, el chiringuito que tiene montado aquí, ¿eh? -Richard guiñó un ojo y Nacho tuvo un encuentro visual con sus pupilas que le provocó una embarazosa sensación de intimidad no deseada-. Si yo fuese joven y fornido, como tú, le tiraría los tejos. La vieja es un buen partido.
Se rió de su propia gracia, pero hasta su risa sonó abatida para Nacho.
– No creo que yo sea joven.
– Amigo mío, comparado con ella, hasta el Palacio Arzobispal es una novedad… Mira, aquí viene… -Richard enderezó el cuerpo y sonrió mirando al suelo-. Agustina, buenas tardes.
– Veo que ya conoces al joven Ignacio, detective aficionado, además de ser nuestro poeta meteorólogo -dijo como si la meteorología fuese una especialidad de la lírica. Nacho se vio a sí mismo siendo presentado en público por la doña: «Ignacio Arán, poeta experto en épica y meteorología»… Sacudió la cabeza igual que un cachorro teker de pelo duro recién bañado; la dama lo agarró cuidadosamente de la mano y luego apretó tanto sus dedos que casi los hizo crujir-. Ven, te presentaré al resto de tus compañeros. No estarán de muy buen humor, porque no han dormido ni descansado lo suficiente; además, son artistas y, obviamente, se pasan casi todo el tiempo siendo ofendidos por el mundo, sin darse cuenta de que, a la vez, se creen el centro del mundo. Pero son buena gente… -Se acercó al oído de Nacho poniéndose de puntillas y musitó-: La mayoría de ellos, ya sabes…
Una vez se hubieron sentado todos, doña Agustina les dio la noticia:
– Imagino que la policía habrá hablado con todos vosotros y os lo habrá dicho uno por uno. En cualquier caso, me han pedido que os lo repita, para que quede bien claro. -Dio un sorbo a su copa de vino. El silencio absoluto apenas se quebró con el rozar de un cristal contra un plato-. Me han requerido para que permanezcamos todos aquí durante los próximos días. Y cuando digo «aquí» me refiero, por supuesto, a Toledo. No quieren que nadie de los presentes, excepto Nacho Arán, abandone la ciudad hasta nuevo aviso. Probablemente tendrán que tomarnos declaración una vez más. Lamento las molestias que esto os pueda causar. Por supuesto, ya sabéis que ésta es vuestra casa, y que podéis permanecer en ella todo el tiempo que gustéis. Sé que nuestro encuentro, que acababa de empezar, se ha teñido de luto y de fatalidad después de la…, del asesinato de Fabio Arjona, que Dios tenga en su gloria…
El hombre que estaba sentado al lado izquierdo de Nacho dejó escapar una débil tosecilla burlona. Acercó la cabeza a él y prácticamente escupió:
– ¿Dios?, ¿gloria?… ¡Por favor!, ese capullo era ateo, y no sólo eso, sino también un cafre blasfemo. En caso de que Dios haya convertido el Edén, allá arriba, en un restaurante, seguro que tiene reservado el derecho de admisión para gente como el grandísimo hijo de…, hum, hijo de Dios, Arjona…
Nacho asintió educadamente, pero al momento se dio cuenta de que quizás no era eso lo más decoroso que podría haber hecho y se rebulló inquieto en su silla. Miró la figura de doña Agustina, presidiendo la mesa, y se le antojó una estatua a la sombra de un arbusto. Si en ese momento hubiese entrado un pájaro y se le hubiera posado en la cabeza a la señora, no le habría extrañado lo más mínimo.
Doña Agustina se pasó la mano por el pelo y prosiguió después de dar otro trago, esta vez, de agua.
– Creo que… lo mejor que podemos hacer es continuar con el congreso tal y como estaba previsto. De todas formas, debíais permanecer aquí estos próximos días, así que, a mi parecer, es preferible colaborar con la policía en lo que nos sea posible, y…
El tipo de al lado, Fernando Sierra, alargó la mano hasta el centro de la mesa y tiró vigorosamente de un trozo de queso, como si acabara de pescarlo; su chaqueta de lino crujió en las sisas con el mismo sonido que un billete de banco arrugado. Masticó el queso y se quedó mirando a doña Agustina con una sonrisilla. Luego empezó a asentir una y otra vez.
Nacho volvió la cabeza hacia el otro lado, donde se sentaba Richard, pero éste no le devolvió la mirada, sino que se limitó a encogerse de hombros.
– … continuaremos con el programa, tal cual.
– Excepto cuando el programa tenga prevista la intervención de Fabio, ¿verdad? -Mauricio Blanc había hablado, levantando con socarronería un dedo descolorado, por la nicotina probablemente.
Una risita débil, procedente de la mujer que tenía sentada a su lado, Cristina Oller, vagó un segundo por la estancia, como una mariposa enloquecida, entre el silencio petrificado del resto de los comensales. Pero Nacho también creyó distinguir un brillo encarnizado en los ojos de la mujer cuando posó la mirada -rápida, cargada de fingimiento- en la figura de Mauricio, que la ignoró por completo.
Doña Agustina lo contempló con ojos de hielo. Nacho pensó que alguien había abierto una trampilla en aquellos ojos pequeños y claros, como los de un husky siberiano, y la escarcha los había desbordado de repente. Sin embargo, la señora se repuso enseguida y sonrió con dulzura.
– Por supuesto, Mauricio. Tú lo has dicho. -Se acomodó la cintura de su blusa negra y carraspeó antes de añadir-: Si no tenéis más preguntas, creo que lo mejor es que empecemos a comer. Buen provecho a todos.
– ¡Buen provecho! -corearon unos cuantos.
A Nacho le sorprendió lo poco luctuoso del ambiente durante la comida, teniendo en cuenta lo que acababa de ocurrir hacía pocas horas, concretamente la tarde anterior. Los presentes bebían sin parar, comían como si acabaran de abandonar una huelga de hambre, y charlaban y reían como si nada anormal hubiera sucedido. Poco a poco, también él se fue dejando llevar por el tono general de apacible bienestar que imperaba alrededor de la mesa. El almuerzo fue provechoso en muchos sentidos. No obtuvo más que un puñado escuálido de frases por parte de Richard -poco más que un «colega, ¿quieres más vino?», dicho mientras el divo de la música contemplaba atentamente los canapés de jamón ibérico que adornaban el centro del tablero sobre el que reposaban los víveres-, pero no podía reprochárselo: estaba acompañado, a su izquierda, de Rocío Conrado, una joven (ella sí que era joven, no como Nacho, que sólo lo parecía) de una belleza delicada pero burbujeante, con un canalillo de vértigo (se acordó de la chica que salía en la tele leyendo las predicciones del tiempo que él había preparado). Toda la atención de Richard se concentraba en Rocío, a la que -Nacho podría haber jurado que no se equivocaba- incluso miraba a los ojos de tanto en tanto. De modo que él, a su vez, se dedicó a hablar con su otro compañero de colación, Fernando Sierra. No había leído toda la ficha con la información recolectada en Internet sobre él, pero sabía que era autor de una extensa obra de poesía homoerótica. Todo indicaba que era gay, aunque no hacía alarde de ello (o sea, que no tenía pluma). Se mostró charlatán, divertido y animado durante el tiempo que estuvieron sentados codo con codo. Su conversación era un río lleno de piezas apetitosas.
– En fin -dijo en un momento dado-, ahora el viejo cabrón de Arjona… Disculpa el lenguaje, querido, pero hay condiciones que sólo se definen con un calificativo; con un descalificativo, mejor dicho… Bueno, como iba diciendo, ahora el difunto…, no, mejor: el pretérito infecto que es Arjona estará orgulloso. En este momento pertenece a un nuevo club: ¡el de los poetas muertos! No es exactamente como el de los rotarios, pero… -Estalló en una carcajada y sus párpados se entornaron como tratando de ocultar algo o alguien que viviera escondido en sus ojos.
Nacho asintió de nuevo y se sintió como un imbécil por hacerlo. Echaba de menos a la tía Pau. Le escribiría un correo electrónico desde su habitación en cuanto pudiera subir un momento.
Fernando tenía el pelo rubio rojizo, no todo lo escaso que cabría imaginar -Nacho supuso que teñido-, una piel transparente con algunas manchas marrones de color más pronunciado en las mejillas y las manos, y la cabeza constantemente ladeada, como si pensara que el mundo no se encuentra en el ángulo adecuado y tratara de enderezarlo al mirarlo.
– Éramos de la misma quinta, más o menos. Yo un par de años más joven que él. Si quieres que te diga la verdad -añadió mientras encendía un cigarrillo rubio-, me alegro de que haya muerto. Allá adonde haya ido, seguro que ya habrá empezado a joder a diestro y siniestro. No tardarán en darle la patada y largarlo hacia otro lado. Otra dimensión, o lo que sea. ¿Tú crees en Dios?
– A veces -respondió Nacho, y sorbió la sopa fría que les acababan de servir.
– Bah, eres joven, y atractivo. Terminarás por creer en Dios: tienes mucha suerte, y a alguien tendrás que darle las gracias cuando te des cuenta de la suerte que has tenido.
– Es posible.
– Los que se toparon con Fabio a lo largo de su vida no tuvieron tanta. Suerte, digo.
Se inclinó de nuevo hasta casi rozar con su nariz la pechera de Nacho.
– Esto, por ejemplo, esta misma mesa, esta habitación, está llena de gente en deuda con él. Por pagar, o por cobrar.
Nacho lo escudriñó con mirada interrogante. El otro asintió con un brillo conspirativo en las pupilas. Una sonrisa algo ebria apuntó en su boca, pero se evaporó al instante.
– Verbigracia, compañero, tenemos aquí a la última de sus ex -asintió apresuradamente y movió la mano izquierda en el aire, dibujando una espiral invisible-; la última, claro. Supongo que ni él sabía cuántas había dejado por el camino.
– ¿Quién es ella?
– Cris-ti-na O-ller-casi masticó las dabas una por una antes de pronunciarlas-. Pobre chica. La plantó el día en que cumplió cuarenta años. Un compañero suyo de la facultad, de Cristina, me contó que la pobrecilla estuvo a punto de suicidarse. Una historia que me suena demasiado conocida… -Cogió un pincho de tortilla y se lo llevó a la boca, pero lo pensó mejor y lo sostuvo en el aire como si nunca hubiese pensado en comérselo, hasta que finalmente lo dejó en el borde de su plato, sin tocarlo-. Valiente capullo. Cristinita tiene una hija de padre desconocido, de pocos años. Criatura, lo que habrá visto.
– No sabía que el difunto había sido un donjuán. He visto muchas fotos suyas. Quizás de joven tenía su encanto, como lo tiene todo el mundo cuando es joven, pero yo nunca hubiera dicho, viéndolo desde lejos, que fuese un conquistador.
– Pues sí, lo fue, lo fue… En sus tiempos. Y seguía dale que dale, sólo que ahora era otra cosa. La edad te convierte en eso, deja que te lo diga.
– ¿En qué? -quiso saber Nacho.
– «¿Quién es aquel que cruza por aquella esquina? ¡Bello muchacho!» -Nacho tardó unos segundos en darse cuenta de que Fernando estaba recitando-. «Pero no; conforme se acerca cuento las arrugas del rostro. ¡Ah!, es un joven de sesenta años. A las ocho de la mañana sale vestido ya y ceñido, prendido y ajustado… O acaba de dejar algunas señoras o va a buscarlas. Les hablará de la ópera, del figurín… Ésta es la existencia del viejo verde; miradle contraerse y revolcarse en su vanidad al lado de una hermosa: ¿es una serpiente que roza contra un árbol? No; el viejo verde al lado de las bellas es una oruga que se desliza por entre las rosas.»
– Me gusta lo de la oruga y las rosas -Nacho asintió con la boca llena-, ¿de quién es?
– Mariano José de Larra, muchacho. Fígaro. ¡Deberías conocerlo!
Nacho se sintió avergonzado por un instante, pero Fernando sonrió enseguida haciendo una cabriola de disculpa con los labios.
– Lo que Fabio era no es más que eso: un viejo verde -continuó. Un temblor de rabia le descolocó la mandíbula un instante, y dejó escapar un buche de humo que de pronto envolvió su contorno con un esplendor inerte-. La gente, por lo general, piensa que nosotros, los homosexuales…
Nacho se ruborizó y se llenó la boca de comida tratando de disimular su turbación.
– … somos lúbricos e insaciables, como si el hecho de ser gays nos convirtiera en bestias incapaces de moderar nuestros instintos. Sí, hijo, sí. No me mires con esa cara, lo que digo es tan cierto como que doña Agustina ya no se pone diafragma antes de irse a dormir.
– Yo, bueno, no creo que…
– Las buenas gentes, tan tolerantes ellas… ¿Te has dado cuenta de que éste es el país de la tolerancia, del buen rollito? Sí, ¡por aquí!
– Es posible que… Sí, es posible que haya algo de hipocresía, de…
– Sin embargo, nadie reprende a los heteros. Tú eres hetero, ¿verdad? -Continuó sin esperar una respuesta-: Esos viejos verdes que andan por ahí del bracete de chicas treinta años más jóvenes que ellos… Lo suyo está bien visto, es un síntoma de éxito social, incluso. Y lo peor es que las viejas, las viejas verdes, empiezan a imitarlos, a imitar a esa panda de machos alfa decrépitos que… Ah, sí, querida, dime. -Fernando atendió los requerimientos de Cristina Oller, sentada frente a él, al otro lado de la enorme mesa, y Nacho ya no pudo seguir tirándole de la lengua.
Como pudo comprobar, en el Cigarral de la Cava no reinaba en absoluto un ambiente de pesadumbre. Los allí reunidos actuaban de manera que no parecía que hubiese ocurrido ningún hecho extraordinario. El parterre del jardín donde había sido asesinado Fabio Arjona estaba cerrado al paso, precintado por la policía científica, y excepto por las marcas de tiza blanca acompañadas de algunos papelitos con códigos numéricos que indicaban los lugares donde la policía había recogido muestras y las tiras de plástico amarillo que decoraban la superficie acotada y ordenaban «No pasar» de manera tajante -y un poco ingenuamente también, pues bastaba retirarlas para tener franco el acceso-, la vida no mostraba signos de estar demasiado alterada. Aunque, ciertamente, a doña Agustina aquello no le había agradado lo más mínimo.
– Querido jovenzuelo -le dijo a Nacho-, ¿quién desearía tener el contorno de un cadáver dibujado en su jardín? Es escalofriante. Todo lo contrario del feng shui, si quieres saber mi opinión. Siento como si ese pedacito de tierra y grava emanara su maldad hasta aquí. Y aún doy gracias al cielo porque no ha sucedido en el interior de la casa… No quiero ni pensarlo. No olvides que dentro de aproximadamente una hora, en cuanto tomemos el café, nos reuniremos en la biblioteca para escuchar la ponencia de Rocío Conrado. -Dio un manotazo en el aire, igual que haría un mafioso en una película, y se alejó con pasos rápidos mientras su vestido negro de crepé Georgette se ondulaba entre sus piernas con burlesco desenfado.
Nacho se entretuvo una media hora con sus colegas, saludándolos y manteniendo charlas de lo más insustanciales. Sobre el tiempo…, la mayoría de ellos le preguntaban por el tiempo. También sobre sus actividades detectivescas, porque muchos lo conocían más por eso que por la poesía. El meteorólogo pensó que era debido a que su foto, a toda página, había aparecido en un reportaje sobre el Club Baskerville que publicaron en el semanal del periódico El País, que le había proporcionado una efímera popularidad que, sin embargo, logró que el panadero del pueblo lo mirase con recelo durante semanas.
Se dijo que los poetas no eran demasiado originales en sus temas de conversación. Ninguno estaba dispuesto a hablar de elegías, conjugaciones o postmodernismos (algo para lo que él se había preparado a conciencia), sino de chubascos dispersos, pertinaces sequías, y los halos y parhelios que a veces aparecían en sus poemas. Además de crímenes que nada tenían que ver con el que allí se había cometido.
«No me consideran uno de los suyos -pensó entre decepcionado y divertido-. Eso es lo que ocurre, no creen que yo sea como ellos. Se figuran que sólo soy un bicho raro, un científico; un físico que se toma la poesía como una especie de relajante muscular. Por eso no recelan de mí, pero tampoco confían en mí demasiado. Soy un recién llegado para todos ellos.»
Por un momento, mientras apuraban sus cafés, fumaban y murmuraban entre sí -ya se habían retirado de la mesa, y algunos habían ido a sus habitaciones para refrescarse y lavarse los dientes antes de escuchar la ponencia-, Nacho tuvo la sensación de que le hacían el vacío, del mismo modo en que, cuando era niño, notaba la aterradora sensación de no formar parte del mundo sólo porque unos malévolos compañeros de clase conspiraban a sus espaldas y se negaban a hacerle partícipe de sus secretos cuando él se acercaba tímida y ansiosamente al corrillo. Claro que ahora estaba entre adultos. Todos le sonreían aparentemente, carecían de la zafiedad y la rotundidad de la infancia, pero había algo impuesto y furtivo en las comisuras de sus labios, como un helero adormecido en el fondo de los vientos de marzo.
«Bah, serán imaginaciones mías», se dijo al fin, y sacudió la cabeza tratando de alejar así los malos pensamientos, como si éstos fueran una mosca que le revoloteara tras la oreja. Se levantó para servirse un poco más de café. En realidad, a él no le gustaba el café. Mejor dicho, sí le gustaba, pero apenas podía probarlo porque le quitaba el sueño. Pese a ello, llevaba una buena media hora haciendo como si ese brebaje fuese todo lo que estaba dispuesto a tragar en la vida, y ya se había llenado la taza tres veces. La llenaba, la paseaba arriba y abajo, se sentaba, se levantaba, la dejaba en un rincón de la mesa por recoger, abarrotada de vajilla y cuberterías sucias, atrapaba otra taza limpia y volvía a llenarla y a repetir el proceso, hasta que logró sentirse como un auténtico mastuerzo.
– Tomas mucho café, ¿no? -La voz de Rocío lo sorprendió contemplando fijamente la tacita, con cara de estar decidido a leer los posos del fondo en cuanto estuviese vacía.
– Ah, sí. Hola. No daré ni un sorbo más a partir de este momento, si puedo evitarlo.
– No te costará mucho trabajo, creo -la joven sonrió dulcemente-. He leído tus libros. Recuerdo un verso… «Sé que son limpias mis heridas.» Qué hermoso. ¿Cómo era ese poema?
Nacho contempló aturdido los ojos de la chica. Le resultaba increíble pensar que alguien conociera de memoria un verso, un solo verso suyo. No dijo nada, sino que se limitó a titubear como un pazguato.
– Hum, esto…
– Ah, ya recuerdo: «He dejado todo camino atrás, ¿es que hay algún camino?, yo sé que son limpias mis heridas…» Un poema sobre el sol, creo, ¿no es cierto?
– Aaah, sí, el sol es… Esto…
– Me gusta tu manera de usar los eneasílabos, es una encantadora flaqueza tan medieval, o tan neoclásica… Las sílabas que sirvieron para contar la vida de santa María Egipcíaca a ti te sirven para cantar al sol; no me digas que no es precioso.
– Bueno, ya sabes cómo es esto…
Rocío lo escudriñó de arriba abajo.
– Vaya, eres muy tímido. -Dio un sorbo a su chupito de licor de hierbas y se engarzó un rizo entre los dedos, que lió como si estuviera recogiendo un ovillo de seda interminable.
Nacho respiró con apuro. Se la imaginaba delante de una rueca, como una princesa gótica. Pero Rocío no tenía pinta de ser analfabeta. Aquella mujer lo turbaba. En general, las mujeres producían en él ese efecto, unas más que otras, por supuesto.
Rocío Conrado era la invitada más joven del cigarral. Tenía veintiocho años y se había convertido en una autora de éxito con una serie de novelas de fantasía para adolescentes que se habían traducido por medio mundo (iba a la zaga de Harry Potter en popularidad). Llevaba publicando libros desde los veinte años, cuando ganó de manera sorprendente un importante premio de literatura infantil y juvenil convocado por una prestigiosa editorial. Entonces, ya apuntaba maneras, y las expectativas que generó no se vieron defraudadas: un millón de ejemplares vendidos en el país de cada uno de sus títulos (había publicado tres), y cifras de ventas escandalosas en Alemania y Japón (era una celebridad en varios países). Su belleza no le había supuesto ningún obstáculo para triunfar, desde luego. A los veinte años, como auguraba Montaigne, su alma ya había dado muestras de poder y energía, con lo que no se esperaba que dejara de darlas el resto de su vida.
«Las poetas son cada día más guapas», pensó Nacho, y la contempló con tanto interés que temió por un momento que sus ojos la atropellaran.
Nacho se retiró un momento a su habitación y llamó a su tía al darse cuenta de que tenía dos llamadas perdidas suyas. Había olvidado el teléfono móvil encima de la cama cuando había bajado a almorzar. La mujer contestó al tercer timbrazo.
– ¿Cómo va todo, mi querido poeta naturalista? ¿Has atrapado al asesino? Creo que es un hombre; siempre suelen ser hombres, no sé si te has fijado. -La voz de la tía Pau sonaba aflautada.
Su sobrino la imaginó tumbada sobre la chaise-longue de terciopelo bermejo del salón, debajo de una ventana que tenía vistas a Madrid, en cuyo relieve destacaban brumosas, en los días de lluvia, las torres de la Ciudad Deportiva del Real Madrid. De hecho, era el único rincón de la casa donde había cobertura. Estaría envuelta en gasas y tules, como la decadente manola de un sastre isabelino vestida con grisetas de París, pero aferrándose al móvil igual que un adolescente japonés. Intercambiaron unos cuantos comentarios sobre la situación en el cigarral -no se le ocurría nada original o perspicaz que añadir, además de la información que ya le había enviado por correo electrónico-, y quedaron en llamarse al día siguiente.
Cuando colgó el teléfono, Nacho llamó a Rodrigo. El chico respondió al décimo timbrazo.
– No, no estaba durmiendo, si es lo que estás pensando -dijo nada más descolgar-. Me has pillado en el baño.
Lo imaginó en el cuarto de baño, dedicado a sus adolescentes actividades productivas, como la tos de un mal resfriado, pero enseguida borró la imagen de su cabeza, avergonzado.
– ¿Has tenido tiempo de echar un vistazo a la información que te he enviado? -quiso saber Nacho.
– Tío, tío… Estoy en ello. No soy una máquina, ¿sabes?
– Yo creía que sí.
– Sólo de cinco a siete. Y los fines de semana libro.
– Entérate de todo lo que puedas sobre Fabio Arjona, busca en los archivos históricos de la edición digital de los periódicos, mira en la Wiki las universidades en las que ha dado clase y rastrea por ahí…
– ¿Tienes las IP del ordenador del muerto? Supongo que estaría informatizado, siendo catedrático, aunque fuera de letras.
– ¿Y cómo crees que voy a tener algo así? -respondió Nacho, exasperado.
– Si conseguimos su dirección IP estática, podremos localizarlo en la red, siempre que esté conectado, claro.
– Rodrigo, no sé si te has enterado de que el hombre está muerto. Frito como un pajarito. Kaputt. ¿De qué nos serviría localizar su ordenador?
– Podría leer su disco duro. -El chico se quedó en silencio unos segundos-. No sé si debería haber dicho esto por teléfono. No es seguro hablar por los móviles, todo el mundo los escucha.
– No te pongas paranoico, nadie está escuchando tu teléfono, ni el mío. No somos tan importantes.
Rodrigo se quedó callado. Evidentemente abrigaba ciertas dudas, por lo menos en lo que a sí mismo se refería. A saber dónde habría metido las narices, se dijo Nacho, y qué temería.
– Bueno, de todos modos no tengo sus IP -Nacho pensó un poco-. Aunque… Espera. ¿Te valdría con un correo electrónico del difunto para averiguarla?
Acababa de recordar que tenía al menos un par de ellos, unos de esos correos colectivos que se envían como respuesta a un mensaje que, en origen, tenía varios destinatarios. Doña Agustina les había mandado diversos e-mails, dirigidos a todos los participantes en el congreso mientras lo estaba preparando, con datos de interés sobre el evento, fechas, señas y una larga serie de recomendaciones bibliográficas para elaborar las ponencias sobre su egregio marido, que ella esperaba ansiosamente. Nacho creyó recordar que varios poetas habían respondido a alguno de esos correos, enviando su contestación no sólo a doña Agustina, sino al resto de los colegas. Estaba seguro de que algunos de ellos correspondían a Fabio Arjona.
En cambio Nacho, por timidez, no había respondido a ninguno.
– Sí, vale si provenía de su ordenador, y no de un ciber-café, por ejemplo.
– Bueno, eso no me consta, pero puedes probar.
– Está bien -se resignó Rodrigo-. Mándamelos cuando puedas. Reenvíalos a mi cuenta de Gmail.
– Muy bien, chaval, así lo haré. Tú mueve el culo y entérate de todo lo que puedas mientras tanto. No creo que los habituales del Club Baskerville nos puedan echar una mano en esta ocasión. Éste sí es un círculo cerrado, chico -comentó Nacho-. Un club para gente exclusiva. Nada de pringaos que van por ahí reventando escaparates, o el cráneo de sus pobres mujeres. Estamos hablando de poetas, y del cadáver de un poeta que podría haber sido asesinado por otro poeta, si se descarta que el verdugo sea un sicario, o un bala perdida venido de fuera. ¿Te das cuenta? ¡Muerte entre poetas!
A Nacho se le antojó que eso seguramente no sucedía desde que declararon ilegales los duelos, y entonces los poetas se mataban a tiro limpio y a la vista de todo el mundo, sin esconderse. Evocó la figura del poeta romántico ruso Alexander Pushkin, que fue herido mortalmente en un duelo contra un oficial francés, Georges d'Anthes, del que se rumoreaba que se acostaba con su mujer. A Pushkin lo volvieron loco una serie de cartas anónimas que daban curso a la malediciente especie de que su bellísima mujer, Natalia Pushkina, que le daba un hijo por año, no sólo compartía lecho con su esposo, sino también con el francés, ahijado de un embajador. Manipularon las armas del duelo, y Alexander no pudo defenderse en justicia. Cayó muerto a los treinta y siete años, estúpidamente y sin saber si, en realidad, era o no un cornudo.
– Hummm… -Rodrigo asintió-. El caso pinta que te cagas, tío, pero es que tengo que estudiar. -El chico estaba haciendo el primer curso de Ingeniería de Sistemas.
– ¿Desde cuándo estudias tú? -lo presionó Nacho-. Ésa sí que es una novedad, tío.
– Bueno, verás, mi madre…
– No digas tonterías y ponte a leer lo que te he mandado.
Se despidieron y Nacho apagó el teléfono, por si a Rodrigo se le ocurría llamarlo poco después para darle cualquier otra excusa. Si no lo encontraba en el móvil, le mandaría un correo electrónico para quejarse, pero siempre podía decirle que no lo había leído a tiempo. «Estos adolescentes -rumió para sí-, qué perezosos son, los condenados.»
Después de refrescarse un poco en el baño y abusar de la colonia que llevaba en el neceser, bajó de nuevo a la planta principal de la casa para escuchar la ponencia de Rocío Conrado y seguir curioseando entre los ilustres huéspedes. Tenía la sensación de ser un intruso allí, y bajó de puntillas la escalera, temiendo ser sorprendido y amonestado en cualquier momento.
Cuando llegó a la biblioteca, casi todo el mundo estaba sentado alrededor de la gran mesa que ocupaba el centro de la estancia.
Rocío no llevaba nada escrito, salvo unas cuantas frases garabateadas en una hoja de notas, de esas que sirven para escribir la lista de la compra, y cuyos trazos se adivinaban a través del papel cada vez que ella lo sujetaba en alto. Nacho se sintió avergonzado al recordar que él había pasado meses preparando una conferencia sobre un tema en el que se reconocía absolutamente ignorante, y cuya redacción había corrido finalmente a cargo de la tía Pau, cuando él estaba a punto de sufrir un colapso nervioso. «No te preocupes, nadie se enterará. Además, les está bien empleado por obligarte a escribir sobre el pesado de Alberto Pons, que las musas tengan en su gloria, ya que si ellas no lo tienen, me temo que nadie más se atreverá… -lo había tranquilizado su tía-, y si lo tienen, será para asegurarse de que no vuelva a dar la lata con sus versos.»
La joven Rocío, en cambio, se había sentado a la cabecera de la mesa, y sin más ayuda que cuatro garabatos descuidados sobre una hojita de papel de hotel, les estaba largando una conferencia -bien informada, erudita y divertida- sobre un hombre y una época que distaba mucho de conocer de primera mano.
Mientras Rocío hablaba, Richard Vico la observaba con atención parapetado tras su flequillo. Fernando Sierra, en cambio, daba unas cabezaditas que a Nacho se le antojaron un prodigio de prestidigitación, teniendo en cuenta que el respaldo de las sillas no facilitaba el descanso del cuello, al carecer de un apoyo suficiente.
Cuando Fernando despertó, Rocío estaba finalizando su intervención. El hombre aplaudió con tanto entusiasmo a la joven que Nacho llegó a creer que de verdad la había estado escuchando. Tenía un libro en el regazo, pero se le había caído al suelo durante el rato que le había durado la modorra. Nacho lo cogió y se lo tendió con una sonrisa. Fernando se sintió obligado a incorporarse, dio las gracias en un susurro y adoptó una postura de extrema dignidad. Lucía un bronceado impecable a esas alturas del año, y Nacho pensó que, más que moreno, su rostro parecía gratinado.
Al otro lado de la mesa, al fondo, Pascual Coloma, eterno candidato al Premio Nobel, les dirigió una mirada de reprobación. Nacho se sintió intimidado por un momento, como si hubiesen tirado del velo invisible que protege el alma de miradas indiscretas y la hubieran dejado desnuda a la vista de todo el mundo. Aquel hombre emanaba autoridad y seriedad a la manera de las fuentes que no dejan de soltar agua, aunque sea siempre la misma, que entra y sale en un circuito sin fin. Su soberbia cabeza, de tamaño más que considerable en relación con su cuerpo, parecía una talla en mármol. Nacho no lo había visto nunca antes en persona, y se sorprendió al descubrir que la magnificencia de su testa no estaba en proporción ni con su tronco ni con sus extremidades. Luego se dio cuenta de que casi todas las fotos de Pascual Coloma publicadas en los medios de comunicación de las que él guardaba memoria eran de su cabeza, y de que, en televisión, le tomaban primeros planos. Su cuerpo no interesaba mucho en general, ni a sí mismo -se veía a las claras que no había intentado cultivarlo en su vida, o que se había convencido pronto de que no había mucho que cultivar-, ni a los fotógrafos de prensa. Era un hombre bajito, tirando a debilucho, de esos que parecen altos sólo por la majestad de sus cabezas. Si Nacho lo hubiera visto una sola vez en su vida sentado como ahora, habría jurado que era un gigante.
Torres Sagarra -née Margarita, aunque todos la llamaban por sus apellidos porque la mujer detestaba su nombre de pila- soltó una risita y apoyó los codos encima de la mesa. Dio la sensación de que se disponía a contar algo muy importante, pero finalmente inspiró con afectación y no dijo nada.
Minutos después, una vez finalizado un pequeño turno de preguntas más bien desganado sobre la figura literaria del anfitrión -por viuda interpuesta-, la reunión se disolvió hasta el nuevo encuentro, previsto media hora antes de la salida hacia el restaurante donde se celebraría la cena.