39187.fb2 Muerte Entre Poetas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 7

Muerte Entre Poetas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 7

EL VIAJE DEL HOMBRE DE ACCIÓN. MADRID. 1968

No he oficiado nunca en los altares del odio,

he creído siempre que Dios, lo bello y el amanecer

pueden unir a los hombres. Soy un

criollo que quiere ser bueno y querendón,

bueno y poeta, es decir, poeta bueno.

JOSÉ LEZAMA LIMA, Paradiso

Fernando Sierra siempre había deseado tener un reloj Citizen de correa metálica inoxidable, con sistema exclusivo Parashock. El reloj de los expertos en kárate, capaces de partir un ladrillo en dos con la mano. Y con el reloj puesto. Automático, con calendario. Calidad máxima a precio razonable, según el principio japonés. Los relojes Citizen, o al menos eso decía la publicidad, eran los preferidos por los hombres de acción de todo el mundo. Y, por si fuera poco, tenían dos años de garantía de fábrica.

Fue lo primero que hizo cuando llegó a Madrid, procedente de su pueblo: comprarse el reloj de sus sueños. Hasta la fecha, apenas había salido del lugar donde nació.

Su padre era militar, y estaba destinado en Melilla. Apenas había vivido con él y con su madre. Cuando Fernando nació, a veces las cosas se hacían así. Su madre se casó con su padre, un teniente de infantería con un espeso bigote negro y cara de animal arborícola, de maki volador de Borneo. Su madre era bastante parecida a su padre, pero sin bigote (la mayor parte del tiempo). Una vez casada, no quiso abandonar su pueblo -una población perdida en medio de los montes, a treinta y cuatro largos y difíciles kilómetros del sitio habitado más cercano, donde vivía en la casa en que había nacido y en la que también pensaba morir-, y su padre tuvo que hacer frente en solitario a su destino africano (sólo pasaba con la familia unas cuantas semanas al año; el resto del tiempo vivía con la tropa en un acuartelamiento de Melilla). De alguna manera, se las arreglaron para tener un hijo, Fernando, que no se separó de su madre hasta los veintitrés años, después de que ella fue enterrada. Fernando aterrizó en la capital dispuesto a estudiar, a comerse el mundo y a comprarse un reloj con los menguados ahorros que su padre le había entregado, con renuencia, para hacer frente a los primeros gastos.

Aunque sus padres no fueran muy agraciados físicamente, Fernando era un chico bastante atractivo: el pelo rubio, igual que la paja a comienzos del verano, y los ojos del color del brandy Espléndido Garvey; bastante alto para la media de jóvenes de su edad, y con un cuerpo y unas facciones armoniosas, casi delicadas. La mayoría de sus primos tenían aspecto de sacacorchos, pero su madre decía que él había salido a su abuelo, un mozarrón vocinglero y alegre que trajo locas a todas las muchachas casaderas de la región en su época.

Fernando, sin embargo, no era muy mujeriego. En realidad, las mujeres no le gustaban, pero no quería contrariar a su madre, por eso, cuando la mujer le hablaba del parecido con su abuelo, el conquistador local, sonreía disciplinadamente y ponía punto en boca. Hubiese preferido limpiarse la lengua con Netol antes que confesar sus verdaderos sentimientos ante su progenitora.

Al acabar la escuela en su pueblo, su madre se resistió a dejarlo marchar fuera para ir a estudiar, a pesar de que había obtenido unas notas excelentes y que poseía una destacada habilidad con las lenguas: latín y griego, por ejemplo. Hasta que salió del pueblo, dedicó su tiempo a leer (poesía y novelas de la colección Libros Eternos para la Juventud, que compraba por correo: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; Mi amiga Flicka, de Mary O'Hara; Capitán Horacio Hornblower, de C. S. Forester; El despertar, de Marjorie Kinnan Rawlings…), a escribir poemas que no habría sido capaz de enseñar a nadie, so pena de morirse de vergüenza, y a estudiar por correspondencia. Hizo un curso de electrotecnia en Eratele, y otro de radio y televisión en la academia Afha, aunque descubrió que las cosas mecánicas no se le daban demasiado bien porque no acababan de gustarle. Él ansiaba emociones, más que problemas técnicos. Entonces comenzó a interesarse por los idiomas. Aprendió algo de japonés por el método Assimil, aunque no veía la utilidad de saber japonés a no ser que tuviera la suerte, poco probable, de encontrarse con algún ingeniero de la casa Citizen por los montes pelados que rodeaban su pueblo. Fernando era minucioso y atento, y seguía ordenadamente las indicaciones del método (discos microsurcos de 33 r. p. m. con la pronunciación, libros de vocabulario, cintas, cuadernos de ejercicios…). Con el inglés y el francés hizo avances de manera muy rápida; habiendo empezado por el japonés, esas dos lenguas le parecieron sencillas y asequibles, cosa de niños.

También pidió un Manual práctico de cultura física, escrito por John Turbin, de la editorial De Vecchi, respondiendo a un anuncio que prometía: «En pocas semanas haremos de usted otro hombre.» Él había querido toda su vida ser otro hombre: un viajero, un poeta, un amante… Según la publicidad, si se seguían al pie de la letra las instrucciones del libro, y en eso Fernando era especialista, cualquiera podía conseguir un tórax poderoso, unos brazos hercúleos y músculos de acero. Pero él no ansiaba todo aquello, aunque a nadie le viniera mal; estaba razonablemente satisfecho con su cuerpo, que despertaba las miradas inquietantes de las chicas a su paso. «Tener otro cuerpo no es lo mismo que ser otra persona», pensaba Fernando.

No, lo que él codiciaba eran las fotos que prometía el libro. Ciento setenta y cinco ilustraciones, gran parte de ellas a todo color, de hombres que elevaban los brazos por encima de la cabeza y lucían bíceps, y pecho, y muslos, despidiendo masculinidad por cada poro de sus cuerpos, que parecían moldeados por el propio Miguel Ángel en el barro sensitivo de la carne mortal.

El libro le costó doscientas veinte pesetas, más gastos de envío. Él no lo sabía por entonces, pero aquel volumen, con portada en color, lo acompañaría en su biblioteca el resto de su vida. Hasta el fin de sus días.

Le sacaba el dinero para pagar los cursos a su madre, que aunque era de naturaleza tacaña prefería verlo «entretenido con tonterías que no le hacen daño a nadie» antes que vagueando, o buscándose la vida mediante trabajos penosos (plantando pinos de repoblación, por ejemplo), como hacían otros muchachos de su edad.

Pocos días después de que él cumpliera veintitrés años, un cinco de enero de 1968, la madre de Fernando murió.

Una mañana, cuando el joven se levantó -a las siete y media, como de costumbre-, bajó a desayunar y se dio cuenta de que ella no estaba en la cocina. Su madre madrugaba mucho, y ni un solo día de la vida de Fernando había dejado de estar presente en la cocina de su casa cuando él bajaba a desayunar, con el puchero de la leche humeando en la chimenea, apartado en un borde, cerca de las cenizas, para conservarlo caliente hasta que su hijo se sirviera un tazón.

Fernando la llamó con la voz amedrentada por un aciago presentimiento.

– ¿Madre? -apenas le salió la palabra.

Pero ella no respondió ni siquiera cuando el chico reunió fuerzas y logró gritar a voz en cuello, sintiéndose trastornado y débil de repente.

Se dijo que quizás estuviera en el retrete, aunque no era propio de ella. Salió al patio y se acercó al escusado, una caseta al fondo de un corral lleno de piedras y macetas, la mayoría sin flores a esas alturas del invierno. Abrió la puerta de un empujón. Estaba vacío. Corrió de nuevo al interior de la casa. Entró en la cocina; el fuego se consumía poco a poco, como un fin inalcanzable. Salió al pasillo y subió la escalera hasta la planta de arriba. Llamó a la puerta del dormitorio de sus padres, que ocupaba solamente su madre, y entró tratando de no hacer ruido. La contraventana de madera estaba abierta -su madre nunca la cerraba-, y una luz gélida y titubeante se filtraba en la estancia.

La mujer estaba acurrucada bajo las mantas. Absorta en sus sueños, pensó Fernando durante un instante.

Se acercó hasta el bulto que formaba su cuerpo y la tocó suavemente. Su forma le pareció un callejón sin salida, una excrecencia inmóvil en el nublado lienzo del día. La zarandeó levemente, pero la mujer no respondió a sus avances.

Entonces Fernando empezó a hablar, con prisas, en japonés. Tontamente.

– Kokop da!!! -¡Estoy aquí!-. Doko ni ikunda?! -¡¿Adónde vas?!

Pero sus palabras se encaramaron a las paredes de la habitación como lagartos que treparan impasibles hacia el techo, y nadie le respondió. Su monólogo inconexo fue un estruendo inútil ante la impasibilidad de la muerte.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. No recordaba la última vez que había llorado porque, por fortuna, generalmente carecía de motivos para hacerlo. De repente, las lágrimas resbalaron por su cara caudalosamente. Hubieran servido para llenar un pantano. Era como si salieran de algún tanque escondido de detrás de su rostro que hubiera estado olvidado durante años, repleto de esas pequeñas gotitas de agua salada, con sabor a óxido, que le empaparon los labios.

Poco después, en febrero de 1968, Fernando se plantó en Madrid con un dinerillo que le sacó a duras penas a su padre. Estaba dispuesto a abrirse camino en el mundo, a ser otra persona, el orgulloso poseedor de un reloj propio de un hombre de acción.

Para su sorpresa, su padre se afeitó el bigote y volvió a casarse dos meses después del entierro de su madre, con la viuda de un sargento de artilleros, residente también en Melilla. La herencia de su madre fue a parar al bolsillo de su progenitor y de la alegre viuda, a la que Fernando ni siquiera llegó a conocer, y que se había convertido en una madrastra de la que nunca quiso saber muchos detalles. De alguna manera, ahora era libre, se consoló. Podía hacer cualquier cosa que deseara. Y tenía muchos deseos guardados bajo llave, como bestias bien alimentadas que pugnan por salir al aire libre, a campo abierto, que saben que lo conseguirán un día u otro.

Nada mas llegar a Madrid se alojó en una pensión barata cerca de Atocha. Se propuso entrar en la universidad, presentarse al examen de reválida y comenzar una carrera aunque fuese muy mayor para ello. Estaría con estudiantes unos años más jóvenes que él, pero no le importaba. Tenía una cara fresca y moderna, poco habitual para un español de la época; podía pasar incluso por extranjero (eso le decían las mujeres en su pueblo cuando era chico). Daría el pego. Buscaría algún trabajo nocturno para poder mantenerse hasta que concluyera los estudios y encontrara algo mejor. Unos primos suyos que vivían en Aluche le habían dicho que podía descargar mercancías en Santa María de la Cabeza, en el mercado. Pagaban razonablemente bien. Lo haría. Era fuerte, y no temía al trabajo duro, a pesar de que su madre se había pasado la vida intentando alejarlo de ese tipo de actividades. Sin embargo, durante dos años había hecho religiosamente los ejercicios de gimnasia, aquellos que recomendaba su libro favorito, y aunque no consiguió el mismo aspecto que los hombres, tan amados por él, de las fotografías, sí que logró ponerse en forma casi sin darse cuenta.

Fernando era joven, aún no se había maleado, y estaba convencido de que la vida podía ser sencilla y agradable si uno se limitaba a seguir las instrucciones adecuadas. Todavía no era consciente de que uno no siempre sigue los procedimientos apropiados, y que precisamente ahí reside una de las muchas dificultades de la existencia.

Comenzó a ir a la universidad como oyente -quería matricularse en Letras en cuanto aprobara el examen pendiente-, y así fue como conoció a Fabio.

Fernando no estaba muy al corriente de lo que sucedía en el mundo. En su pueblo no tenía la costumbre de escuchar la radio o leer los periódicos (el periódico llegaba con un día de retraso, y siempre pensó que, así las cosas, no merecía la pena el esfuerzo). Se informaba a través de la televisión, pero tampoco hacía mucho caso. Tenía bastante con sus propios problemas, que sentía colgando de su espalda como un pequeño y enojoso zurrón. Por tanto, no sabía que en la Universidad de Madrid el año había comenzado con la policía cerrando la Facultad de Ciencias Técnicas tras una protesta de los estudiantes contra el régimen de Franco. A mediados de enero, el gobierno cerró la Facultad de Filosofía y Letras (donde él aspiraba a licenciarse) y la de Económicas y Ciencias Políticas, por el mismo motivo. Tampoco sabía quién era Bob Dylan, ni que había reaparecido tras ausentarse de la escena pública durante más de un año por culpa de un accidente de moto que casi le partió el cuello. La música que él escuchaba, en su tocadiscos Stereo 1008 de cuatro velocidades (16, 33, 45 y 78 r. p. m.), o en su casete Superportable 909, era más bien clásica, o del tipo «selecciones musicales hispanoamericanas» (lo mejor de México, bossa nova), historia del vals, o música de grandes películas (Casablanca, Charada, Zorba el griego, Lawrence de Arabia, Horizontes de grandeza, Lilí…). Por eso se ruborizó ante su propia ignorancia y las mejillas se le pusieron del color de uno de esos huevos de yema roja que compraba su difunta madre cuando Fabio, que daba clases como ayudante de Literatura Española Contemporánea, le preguntó en clase, a bocajarro, como si fuera una pregunta de examen a pesar de que Fernando ni siquiera estaba matriculado aún, si le había gustado el disco de Bob Dylan. No sabía qué contestarle. «Aún no he podido escucharlo», murmuró haciendo un verdadero esfuerzo por reconocer su ignorancia; le costó tanto extraer las palabras de su garganta que cada sílaba se le antojó una muela arrancada sin anestesia.

Más tarde, Fabio habló en la cafetería de la facultad delante de un grupo de alumnos, entre los que se contaba Fernando, sobre las nuevas canciones de Dylan. «Sencillas y suaves, seres errantes y vagabundos con implicaciones morales o con dejes religiosos», aseguró ante unos boquiabiertos chavales ansiosos de un líder al que admirar que los condujera a la libertad, la revolución y el supremo conocimiento. (Hasta mucho tiempo después, Fernando no supo que Fabio estaba citando casi textualmente la crítica que había hecho Time del último disco del cantante.)

Ese mes de mayo estaba siendo agitado en muchos lugares del mundo. Fernando se enteró a través de Fabio, que lo introdujo en la política asamblearia de la facultad, y lo arrastró a la vida nocturna de Madrid cuando su trabajo de estibador se lo permitía, lo que no sucedía muy a menudo. Fue Fabio quien le prestó el libro Revolution in the revolution, la versión inglesa del ensayo de Régis Debray, un jovenzuelo intelectual francés fascinado por la revolución cubana. Por primera vez, Fernando se alegró de saber idiomas, y eso lo hizo sentirse un poco mejor. Desde que había llegado a Madrid se notaba acobardado por un tremendo complejo de inferioridad cada vez que ponía los pies en la universidad, y tenía la sensación de que incluso su ropa estaba pasada de moda (algo que, por otra parte, era cierto). También fue Fabio quien lo inició en la lectura de Hermann Hesse, un pacifista alemán que lo sedujo con su novela El lobo estepario, y quien lo convenció de que debía ser «hijo de una nueva era», como quien gana un feligrés para una insólita religión. Fernando, envuelto en la borrachera del mundo que empezaba a descubrir, se dejó llevar por Fabio y por el embriagador ambiente estudiantil dando tumbos, movido por un impulso de emulación, de afirmación y de ruptura con su pasado. Sus raíces. Su pobre madre muerta. El hombre de acción que siempre había deseado ser estaba naciendo ante sus ojos.

Le echó un vistazo a su reloj Citizen mientras caminaba por la Cuesta de Moyano, ojeando los libros de segunda mano de los puestos, y sonrió satisfecho. Era joven, y la luz del día, hermosa. Las nubes parecían una rasgadura en el azul malogrado del cielo. Hacía fresco, pero la primavera atravesaba el aire y le hacía sentir la emoción del mundo en cada respiración. Había quedado con Fabio. Luego irían a reunirse con otros compañeros en casa del maestro -así lo llamaban muchos-, y más tarde a una cafetería de Callao.

Alguien aseguró que, en 1968, todo el mundo quería ser poeta. Fernando volvió a sonreír, dichoso como un niño ante un plato de patatas fritas, porque se dijo que él ya lo era, que poseía un arte al que mucha gente aspiraba, incluido Eugene McCarthy, senador y candidato a la presidencia de Estados Unidos. Le había enseñado algunos de sus poemas a Fabio. ¡Cielo santo!, nadie imaginaría nunca el miedo que pasó esperando su veredicto. La vergüenza le había forrado por dentro el estómago con una capa fría y deslustrada de tizne. Se lo sentía pintarrajeado con rotulador, como la cara de una de esas chicas que desfilaron el primero de mayo en Praga (Fabio le había enseñado una foto sacada de un periódico francés) portando un cartel que decía «Club de soul de los hippies de Checoslovaquia», y que llevaban los mofletes embadurnados con flores de trazado infantil.

Al cabo de dos semanas, Fabio le devolvió el manuscrito. Su boca esbozó una mueca que tal vez pretendía ser natural y afable, pero Fernando tuvo la sensación de que se la habían sacado a golpes.

– ¿Qué te han parecido? -se atrevió a preguntar, haciendo un penoso esfuerzo.

Por un momento, creyó que Fabio iba a escupir. Fernando lo tenía en una enorme consideración. Estimaba tanto su criterio que se habría cortado las manos si él hubiera afirmado que no servían para agarrar. No lo conocía lo bastante como para haberle perdido el respeto, todavía.

– No están mal… -concedió Fabio.

– ¿De verdad? ¿Lo dices en serio? Me han dicho que también eres editor. Que tienes una pequeña editorial con un socio que… No sé, tal vez… A lo mejor, si te parece, podrías ver si…

– Sí. Hummm… No están del todo mal. -Se acarició la barbilla; se estaba dejando barba, como Fidel Castro, aunque los pelos no le salían con fuerza, y daba la impresión de que le irritaban la piel, porque se rascaba a menudo-. Lo que no entiendo, permíteme que te lo diga, compañero, lo que no comprendo es por qué escribes poemas de amor y hablas de ella todo el tiempo. Ella esto y ella lo otro. Ella una y otra vez…

Fernando lo miró, desconcertado. Fabio continuó hablando.

– Se nota a distancia que eres maricón -dijo. Su voz tenía un eco irritante y bajo. Se acercó al oído de Fernando, resolló un poco y seguidamente le soltó-: Asúmelo, coño, pedazo de nenaza. Muñequita linda.

Luego le rozó la oreja con la lengua, un lametón blando y húmedo que le dejó la piel encerada de saliva caliente y el pulso acelerado de un ternero de rodillas ante su matarife. Fernando se quedó plantado en medio del pasillo de la facultad, con los folios manuscritos con una pulcrísima letra de escolar colgando de su mano igual que un ramo de flores mustio.

Fabio se dio media vuelta y se largó sin mirar atrás. Y a partir de entonces, Fernando no dejó de pensar en aquel contacto físico. Nunca había tenido una intimidad semejante con nadie. Jamás había besado en la boca a otro ser humano. Era virgen, y estaba convencido de que a Dios no le parecería mal que lo fuese, dados sus gustos sexuales. Pero después de aquel beso -pues llegó a considerarlo un beso, el primero de su vida-, no fue capaz de pensar en otra cosa más que en la lengua de Fabio.

Los hindúes -Fernando se informó de ello leyendo un libro de la Biblioteca Nacional- creían que existían distintas clases de besos: beso nominal, palpitante, tierno (propio de jóvenes esposas, de modo que ése no podía ser su caso, o quizás sí, pero bueno…). Para ciertos poetas orientales existían cuatro clases de besos: directo, inclinado, invertido y apretado. El joven pasó noches enteras, de insomnio casi febril, tratando de clasificar el suyo, el que Fabio le había dado a él, su beso, sin darse cuenta de que quizás no se trataba más que de una simple lamedura con afán más despectivo que acariciador.

Consumió horas enteras pensando en Fabio, apelando a la razón y a la lógica, diciéndose, entre pucheros propios de una nenaza: «Él no es de ésos, tú lo sabes, lo presientes en el fondo de tu corazón. No des un mal paso con él, o te arrepentirás…» Pero al final su deseo se impuso a su cordura, como sucede a menudo con la juventud, y no sólo con ella.

Ahora Fernando paseaba arriba y abajo por la Cuesta de Moyano, esperando a Fabio, preguntándose si de verdad lo amaba, y si su amor lo ofendería. El amor era una especie de enfermedad contagiosa -una soriasis, una sífilis del sentimiento- que no evitaba infectar la mirada. Cualquiera que reparara en él se daría cuenta de que estaba enamorado sólo con verle los ojos.

Ese día, Fernando ni siquiera sospechaba que terminaría aborreciendo a Fabio lentamente, tras convertirse en objeto preferente de su sadismo. Lo que sucedió esa noche, junto a él, no fue sino el comienzo de una larga y desagradable serie de incidentes de humillación que lo dejaron exhausto y resentido como un viejo perro al que apalean con regularidad durante años.

Cuando llegó Fabio decidieron ir a su casa, donde había quedado más tarde con otra gente de la facultad. Vivía en un apartamento alquilado en la plaza de Oriente, minúsculo, con humedades, sin ascensor, y por lo habitual sin agua caliente, pero desde donde podían contemplarse los jardines de Sabatini, y las estatuas de los reyes cansadas de ver pasar el tiempo y los errores de la civilización a su lado.

Fernando llegó primero al quinto piso. La escalera estaba oscura y olía a pintura mohosa. Fabio jadeaba cuando se dispuso a abrir la puerta.

– Estás en buena forma, nenita -dijo. Se le escapó una apática sonrisa y sus dientes cobraron vida contra el fondo umbroso de la puerta mientras hacía girar las llaves para abrir.

Fernando les había dicho, a Fabio y a sus compañeros de curso, cómo se ganaba la vida («Trabajar no es ninguna vergüenza, pero la vida resulta más agradable cuando no tienes que tomarte la molestia de cansarte», decía su madre en vida, suspirando). Lo hizo con cierto temor porque la mayoría de quienes acudían a la universidad tenían familias que podían permitirse pagarles los estudios, o becas con las que ir tirando. Pocos, como él, descargaban camiones de fruta a medianoche confiando en poder pagar la matrícula cuando llegara el momento. Normal que tuviera músculos, pensó, «no paro de levantar pesos; si sigo así mucho más, acabaré pareciéndome de verdad a los hombres de mi libro». Por otra parte, vivían una época de comunión ideológica entre obreros y estudiantes, se suponía que juntos harían una revolución. No creyó que su situación económica fuese deshonrosa para los demás, sino todo lo contrario, quizás incluso sirviera para estimular sus sentimientos de camaradería hacia él, el bicho raro de pueblo recién llegado al mundo. El obrero paleto.

– Psé, ya sabes… Llevo cuatro meses con ese trabajo. Son muchas cajas cargadas al hombro, y muchas noches… -Fernando se miró la punta de los zapatos, apocado, quitándole importancia a su estado físico.

Fabio meneó la cabeza y le ordenó que entrara. Su voz no sonó como una invitación, sino como una orden que Fernando se apresuró a obedecer.

– Bueno, pues ya estamos aquí. Siéntate donde puedas. ¿Quieres hacerte un canuto? Ah, no, que tú no fumas… Si yo dejara de fumar, estaría más fuerte que tú. Pero es que no me apetece.

Se dirigió a la pequeña cocina, empotrada en un rincón del salón, y puso agua a calentar. Le preguntó si se tomaría un té, y Fernando asintió mientras revolvía unos cojines en el suelo, buscando acomodo. Finalmente logró sentarse, pero el suelo estaba lleno de bultos.

Fabio se acercó al círculo de cojines mugrientos, frente al balcón, y empezó a recitar a Philip Larkin. Fernando había observado que tenía una gran memoria. Era capaz de pasarse el día recitando. Y citando, sin citar la fuente, aunque eso Fernando aún no lo sabía.

– «… Cuando estaba tendido en la desvencijada cama diciéndose a sí mismo que aquélla era su casa, sonriente y tembloroso, era capaz de desembarazarse del angustioso pensamiento de que la manera como vivimos da la medida de nuestra verdadera naturaleza, y de que el hecho de que a su edad sólo pudiera envanecerse de una habitación alquilada era la prueba más evidente de que no merecía un destino mejor…»

Fernando lo interrogó con la mirada.

– Philip Larkin, cateto. Pienso en esos versos cada vez que entro en esta casa. No pongas esa cara de susto, joder. Cuando me miras siento que te estás inmiscuyendo en mi vida privada… -Fabio se tumbó sobre un par de enormes cojines, sacudiendo la ceniza acumulada en el borde de uno de ellos-. Por cierto, ¿qué te ocurre? -preguntó con esa afectada candidez que era la máscara de su destemplanza gratuita, como pronto averiguaría Fernando-. No haces más que rebullir el trasero, ¿te duele? ¡¿Por qué será?!

Fernando se encogió en el suelo igual que un caracol pisoteado. A pesar de todo, lo miró con adoración a través de sus espesas pestañas de niño, y en su cara se pintó su clásica sonrisa de idiota embelesado. El gesto se extendió por el rostro como una mancha.

Fabio tiró de una bolsa de plástico que sacó de debajo del montón de almohadas.

– Ah, mira qué bien. -Abrió la bolsa y miró dentro. La dejó a un lado y dio un sorbo a su taza de té-. Esto se lo ha dejado aquí Mary Carmen. -Fernando no articuló palabra, de modo que Fabio continuó-: No está mal, la chica. Aunque, bien pensado, lo nuestro no podía funcionar, teniendo en cuenta que, de ella, yo sólo estimo sus glándulas mamarias.

Luego comenzó a sacar las cosas de la bolsa. Parecía un niño consentido y maniático, harto de regalos la noche de Navidad.

– Fíjate. Hoy día las mujeres modernas no se pintarrajean tanto la cara. Les gusta más lo natural. Nada de pinturas ni de sostenes. Estoy muy de acuerdo con lo de los sostenes. Pero a esa tía le da por ponerse como un payaso, y lleva unos corsés que ni mi abuela. «Cruzado Mágico», como si perteneciera a la puta Orden del Temple, la muy… -Cogió un objeto, lo miró y lo arrojó a un lado. Era un bote de rimel-. ¿Para qué querrá todo esto? También se afeita. Se lo afeita todo, con más ahínco que un camionero de Kentucky. Lo nuestro no podía durar. Mi Mary Carmen es más antigua que la micción matutina. Con tiparracas así nadie puede cambiar el mundo, joder.

– Querría seducirte -se atrevió a decir Fernando.

Fabio se rascó la barba.

– ¿Seducirme? Sí, quizás lleves razón. Pero por lo que yo sé, lo hace para mí y para cualquiera. Lo suyo es la cosmética.

– Y el amor…

– El amor, ah, eso… Gran temazo. Lord Byron empezó a escribir poemas a los doce años, ardientemente, con la loable intención de seducir a una primita de su edad. La poesía sirve para conquistar. Con unos buenos versos, una chica a mano lo bastante boba y algo de suerte, tu cama nunca estará vacía. -Lo pensó un momento y añadió-: Claro que, en tu caso… Lord Byron era zopo, pero ligaba como un tigre, el camarada, zancajoso y todo. Gracias sobre todo a su pluma, que era muy distinta de la tuya, por supuesto… -Sus labios se curvaron en son de burla, una expresión que a Fernando llegaría a resultarle dolorosamente familiar-. ¿Y tú a quién pretendes seducir con tus poemas, nena?

– Yo… No sé. Bueno, los escribo. Me salen y ya está.

– Te salen y ya está… No seas simple. Dices muchas sandeces. Nada «sale y ya está».

– A mí, sí. Eso creo.

Fernando se llevó el té a los labios y derramó un poco.

– Tranquilízate, guapa, que te va a dar un tabardillo. -Reptó sobre los cojines y se acercó a Fernando, que pudo olerle el aliento a hierbas y a tabaco, algo masculino pero también dulzón, suave-. Tienes cara de niña. ¿Te lo han dicho alguna vez? No debes de tener ni siquiera barba. Déjame tocar. -Le acarició la mejilla con dos dedos mientras Fernando sentía intensamente el modo arrítmico en que latía su corazón-. Lo que yo decía, no tienes ni patillas. -Retiró la mano con brusquedad y arañó el mentón de Fernando.

– Es que acabo de afeitarme hace un rato, antes de salir.

– Estoy pensando… -echó mano de la bolsa de aseo olvidada y eligió algunos productos-, estoy pensando que sólo te falta un poquito de ayuda de estos potingues para convertirte en una tía buena.

Blandió una barra de labios en el aire.

– ¿Qué dices? -se quejó Fernando-, por favor…

– No tengas miedo, tonta. Ven aquí. En esta vida hay que probarlo todo. -Puso una mano en el pecho de Fernando, que se pegó a la pared y trató de desasirse, aunque el contacto con aquella mano le apetecía más de lo que había sospechado-. Ven aquí, anda…

Era más fuerte que Fabio, eso estaba claro; los dos sabían que bastaría un empujón por su parte para lanzarlo contra la pared de enfrente igual que una pelota. A pesar de su cara de nenita, sentía que los músculos le latigueaban bajo la piel, y estaba seguro de ellos. Pese a todo, y pese a que Fabio estaba forzando su voluntad, se dejó hacer.

Cuando terminó de maquillarlo, Fabio se alejó un poco y contempló su obra. Fernando presentaba un aspecto ridículo y entristecido. Fabio dejó escapar un largo silbido de admiración.

– ¡Qué belleza! -exclamó-. La novia elefante.

Fernando cerró los ojos, pensando que así borraría su grotesca imagen del mundo.

– No digas tonterías… -Hizo ademán de levantarse-. Voy a lavarme la cara ahora mismo.

Fabio lo detuvo con firmeza. Sabía que estaba al mando de la situación.

– ¿Conoces la poesía de Alberto Lista y Aragón? No, evidentemente, qué vas a conocer tú… Bien, pues era un imitador muy fino. En arte, querida, todo o casi todo es imitación, no hay muchas novedades bajo el sol. Decía Lope: «¿Que cómo escribo?, leyendo, de lo que leo, imitando, de lo que imito, tachando, de lo que tacho, escogiendo, de lo que escojo, escribiendo…» No ha habido un solo gran artista que no fuese excelente imitando. Lista era buen imitador, pero un artista mediocre. Qué se le va a hacer. A veces no se puede tener todo en esta vida, ¿verdad? A menudo no podemos tener ni siquiera una parte. Y de todas formas, el arte es un asunto corrupto y burgués; habría que acabar con la sacralización del mismo, con su elitismo capitalista, y entregárselo al pueblo para que se solace con sus restos mortales. -Contempló a Fernando con dulzura. Él estaba temblando igual que un ratón recién nacido, ciego todavía-. Con esa carita, te mereces unos versos de Lista a la manera de san Juan de la Cruz. -Se echó encima del cuerpo medio tendido de Fernando; sus cabezas estaban la una frente a la otra; se rozaban la nariz-. «Y luego en despertando, aroma pedirás, pedirás flores, y con gemido blando, te quejarás de amores, y exhalarás la vida en mis loores.»

Y entonces Fabio lo besó. De verdad. En la boca. Lengua contra lengua, mezclando los alientos y las salivas. Y, de forma rápida, ansiosa y torpe, ocurrieron otras cosas más.

Media hora después, cuando había pasado todo, llegaron los demás, un grupo de siete chicos y chicas de la facultad. A Fernando no le dio tiempo de ocultarse en el baño y lavarse la cara. De hecho, Fabio lo agarró por una manga y lo detuvo cuando intentaba escabullirse.

– Aquí la tenéis: la novia elefante. ¿A que está guapa, el maricón…? -les dijo sujetando la cara embadurnada de carmín y colorete de Fernando para que todos pudieran verla.

Los recién llegados se echaron a reír a coro. El estruendo de la risa por poco le rompió los tímpanos a Fernando. Se quedó sin fuerzas y, cuando logró soltarse del abrazo, corrió escaleras abajo tropezando a cada zancada contra la vetusta barandilla.

Ésa fue la primera de una larga serie de degradaciones, mortificaciones y desprecios con los que Fabio obsequió a Fernando por toda respuesta a su amor, y que únicamente terminaron cuando Fernando hizo las maletas, después de concluir la carrera con mucho esfuerzo, y se marchó a Estados Unidos con idea de no volver.

Una vez en la calle, Fernando se escupió en las manos y las frotó contra su cara, tratando de eliminar el maquillaje que le había borroneado Fabio por todos lados, de arrancarse la piel.

Se dio cuenta de que la barba incipiente le raspaba las yemas de los dedos. No hacía ni cuatro horas que se había afeitado y ya le estaba volviendo a crecer.